El Criticón

Opinión de cine y música

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Black Panther


Black Panther, 2018, EE.UU.
Género: Superhéroes, acción.
Duración: 134 min.
Dirección: Ryan Coogler.
Guion: Ryan Coogler y Joe Robert Cole. Stan Lee y Jack Kirby (cómic).
Actores: Chadwick Boseman, Letitia Wright, Martin Freeman, Danai Gurira, Michael B. Jordan, Lupita Nyong’o, Daniel Kaluuya, Andy Serkis, Angela Bassett, John Kani, Forest Whitaker.
Música: Ludwig Göransson.

Valoración:
Lo mejor: Buen repertorio de personajes secundarios. Dirección artística, vestuario, decorados, efectos especiales, banda sonora original.
Lo peor: El personaje principal no deslumbra. La trama central es muy clásica y por lo tanto predecible.

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Alerta de spoilers: Sin datos reveladores. —

No sabía muy bien qué esperar del episodio de Black Panther en solitario, puesto que la presentación de otros héroes secundarios, Ant-Man y Doctor Strange, sin ser ni mucho menos malas, iban un poco con el piloto automático puesto, sin intenciones de innovar, de aprovechar que ya había muchas historias de orígenes de los héroes para explorar nuevas opciones narrativas. Además, el personaje, aunque resultara un buen complemento en Guerra civil, no terminó de ganarme del todo. Me he encontrado con una película que, aun teniendo todavía bastante margen para mejorar, resulta más compleja de lo esperado, con varias capas de distinto estilo combinadas en un todo con bastante personalidad, sin miedo a conjugar, como de hecho trata en su propio argumento, la tradición con algo más novedoso.

El único pero notable es que la base sobre la que han construido el relato es demasiado clásica y no se mueven de ella un ápice. La trama pasa por todos los clichés ya vistos desde los albores de la narrativa y que Shakespeare explotó con tanto éxito: reyes caídos, príncipes que deben encontrar su valía, herederos desaparecidos que retornan, el consabido conflicto y la obvia maduración y victoria final del héroe. Supone un problema importante, porque el desarrollo de la aventura resulta muy predecible en todas sus fases, y en el desenlace desde luego faltan novedades, alguna sorpresilla que levantara la expectación.

Aquí cabe preguntarse si sus guionistas no dieron para más, o si tuvieron que seguir a rajatabla las directrices del estudio. Y lo cierto es que me inclino por lo segundo, da la sensación de que tragaron con esta premisa tan sencilla porque no les quedaba otra. Así, parece que mientras Edgar Wright no logró salir airoso de su intento dar a Ant-Man una perspectiva personal atrevida, pues fue despedido bien pronto y Peyton Reed tomó las riendas ofreciendo un producto más convencional, el director y principal guionista de Black Panther, Ryan Coogler, ha logrado engañar al estudio con una de héroes tradicional a simple vista pero bastante versátil e inteligente en una lectura más profunda.

Todos dábamos por sentado que, de otorgar protagonismo a la cultura afroamericana, sería con estereotipos blandos y un envoltorio facilón, por ejemplo con música rap y hip hop, como de hecho parecían señalar los avances. Era difícil creer que permitieran tratar a fondo la lucha racial, la miseria en África, y ya de paso la crítica al belicismo tan presente en los cómics, nacidos en los años sesenta en plena crisis de Vietnam y con los líos raciales en momentos álgidos. Pero todo eso está latente en un subtexto bien hilado, que ni parece forzado ni simplón. A veces incluso se permiten reírse de los tópicos, como el chiste de los niños negros del barrio que pretenden desmantelar la nave y vender las piezas como si fuera un Cadillac.

Se expone bien cómo la raza negra ha sido ninguneada, desplazada, negándole igualdad de oportunidades y derechos. También se habla de la colonización, con la invasión de estados, el expolio de recursos y el esclavismo, en parte impulsor de los males del racismo y también un importante factor en la pobreza sistémica de los países del tercer mundo. Por extensión, no se puede evitar criticar el belicismo e intervencionismo de los del primer mundo, o sea, los blancos.

Con todo este trasfondo, las disputas de la corte no se limitan a un “yo valgo más que tú como rey”, sino que tenemos un panorama sociopolítico sólido y realista donde sumergen muy bien a los numerosos personajes secundarios, que se posicionan y mueven ficha con unas motivaciones e intereses claros y verosímiles, algo que muchas veces falta en el género, donde más veces de la cuenta solemos tener una simple lucha del bien contra el mal, con enemigos con planes de conquista por que sí y héroes impolutos sin más aristas. Era obvio que habría un villano que viene a disputar el trono, alguna traición entre los consejeros, más algún otro giro habitual, como la falsa muerte del héroe, pero con este dibujo más elaborado de personajes y tramas se enriquece bien el conjunto. Para rematar, hay roles femeninos en cantidad sin que parezca un panfleto feminista como Los últimos Jedi (Rian Johnson, 2017), sino que fluyen por el relato con naturalidad.

T’Challa / Black Panther (Chadwick Boseman) es el líder prudente y capaz pero al que le falta un poco de maduración para lograr poner orden entre la inmundicia de su reino, para dominar el caos inherente al gobierno. Su corte es dispar y muy atractiva. La hermana ingeniera, Shuri (Letitia Wright), es carismática y divertidísima, su presencia llena la pantalla en cada aparición. Nakia (Lupita Nyong’o) y Okoye (Danai Gurira) forman una pareja espectacular también digna de ver. Las tres terminan resultando más interesantes que el protagonista, pues con la proyección lineal de la trama queda un poco encorsetado, y aunque tiene garra (chistaco) suficiente para no ser engullido (otro más), no logra dejar huella y tiene partes muy mejorables: el romance es lamentable, está incluido como si fuera una obligación a pesar de que no encaja de ninguna manera.

Otros, como la madre de T’Challa (Angela Bassett) o el colega que se posiciona en contra, W’Kabi (Daniel Kaluuya), tienen poco recorrido pero aportan lo justo. Quienes se quedan más cortos son Everett K. Ross (Martin Freeman), quien a pesar del tiempo que ocupa está cerca de resultar más cargante que simpático, y el sacerdote, porque al estar encarnado por un actor tan llamativo como Forest Whitaker cabía esperarse más relevancia pero no pasa de ser un vulgar extra. El villano, Killmonger (Michael B. Jordan), sin llegar a ser fascinante, sí supera de largo el problema que citaba en el género, el de los enemigos de cartón piedra, resultando un individuo con ideas claras y un rival que pone en peligros tangibles al héroe. Cabría preguntarse por qué empezar con Ulysses Klaue (Andy Serkis) como contrincante y no directamente con Killmonger, pero al contrario que otros espectadores no me quejo, su presencia no me parece tiempo perdido. Si Killmonger se hubiera quedado corto sería otro cantar, pero no necesita más profundidad, sólo podría exprimirse con una trama de relleno, para lo cual ya tenemos a Klaue, que funciona bien para ir exponiendo a los demás protagonistas, rellenar las escenas de acción en los dos primeros actos, forzadas por el estudio en todos los capítulos, y dar el necesario toque de continuidad a la serie.

Como punto gris se podría señalar que para aceptar la existencia de Wakanda hay que hacer un salto de fe bastante grande, porque cuesta aceptar que un estado tan avanzado y poderoso lograra pasar desapercibido durante siglos. Para que ninguna persona que descubriera el país (imposible frenar la inmigración estando en el centro de África) hablara de él habrán tenido que mantener una política de asimilación forzosa (con un control total de movimientos durante años) o de exterminio sin miramientos; y a la vez, es poco creíble que, con una ciencia y cultura tan avanzadas, muchos habitantes no quieran irse fuera a conocer mundo y buscar otras oportunidades. También da la sensación de que hay una clase dominante riquísima y unos plebeyos dedicados a la agricultura y ganadería sumidos en la pobreza.

La puesta en escena también contribuye a realzar la personalidad de la cinta. La recreación de Wakanda como pueblo que combina la tradición con la modernidad es deslumbrante en el diseño artístico e impecable en la recreación a través del vestuario, los decorados y los efectos especiales. Hasta la música acierta de lleno en la mezcolanza, uniendo la electrónica, la orquesta estruendosa y motivos africanos (coros y percusiones) con gran habilidad, y además, para mi sorpresa, evitando la inclusión de canciones hip hop de moda para vender más. El desconocido Ludwig Goransson ha logrado una de las mejores bandas sonoras de la serie Marvel, y desde luego la más original.

El realizador Ryan Coogler se dio a conocer en Creed (2015), tardía secuela de Rocky (John G. Avildsen, 1981) que causó muy buenas impresiones. De esta forma, era uno de los pocos realizadores afroamericanos a los que podía optar Marvel, es decir, alguien con talento pero sin una carrera tan asentada como para imponer su personalidad y exigencias. (En la moda del policorrectismo de elegir negros para películas de negros y mujeres para las de mujeres no voy a perder el tiempo). Su trabajo es muy profesional, loable si tenemos en cuenta la dificultad de levantar una superproducción de estas características, logrando un título sólido a pesar de sus ambiciones y a la vez restricciones narrativas. Sólo se queda un poco corto en las luchas cuerpo a cuerpo, pero es que el listón dejado por los hermanos Russo (El Soldado de Invierno, Guerra Civil) está muy alto.

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Serie Los Vengadores:
Iron Man (2008)
Iron Man 2 (2010)
Thor (2011).
Capitán América: El primer Vengador (2011)
Los Vengadores (2012)
Iron Man 3 (2013)
Thor: El mundo oscuro (2013)
Capitán América: El Soldado de Invierno (2014)
Guardianes de la galaxia (2014)
Los Vengadores: La era de Ultrón (2015)
Ant-Man (2015)
Capitán América: Guerra Civil (2016)
Doctor Strange (2016)
Guardianes de la galaxia Vol 2. (2017)
Spider-Man: Homecoming (2017)
Thor: Ragnarok (2017)
-> Black Panther (2018)
Los Vengadores: La guerra del infinito (2018)
Ant-Man and the Wasp (2018)
Capitana Marvel (2019)
Los Vengadores 4 (2019)
Spider-Man 2 (2019)
Guardianes de la galaxia Vol. 3 (2020)

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Rogue One


Rogue One, 2016, EE.UU.
Género: Aventuras, fantasía.
Duración: 133 min.
Dirección: Gareth Edwards.
Guion: Chris Weitz, Tony Gilroy, John Knoll, Gary Whitta.
Actores: Felicty Jones, Diego Luna, Ben Mendelsohn, Donnie Yen, Wen Jiang, Guy Henry, Alan Tudyk, Riz Ahmed, Forest Whitaker, Mads Mikkelsen, Genevieve O’Reilly, Alistair Petrie.
Música: Michael Giacchino.

Valoración:
Lo mejor: Apartado visual inconmensurable. Banda sonora magnífica. Historia muy atractiva con infinidad de grandes momentos.
Lo peor: Algún estereotipo cargante con personajes secundarios. Unas pocas frases explicativas innecesarias.
Mejores momentos: La gran batalla. El épico y trágico final que enlaza con Una nueva esperanza.
El plano: La Estrella de la Muerte apareciendo tras un destructor. La silueta de la Estrella de la Muerte sobre el horizonte.
El título: ¿Qué costaba llamarla “Rebelde Uno”? Además, para variar llega a España con una coletilla: Rogue One: Una historia de Star Wars. Por no decir que ahora se empeñan en que sea Star Wars en vez de La guerra de las galaxias
La traducción: “Stardust” lo traducen como “Estrellita”, que resulta demasiado obvio. Pero hay que decir que tampoco era fácil: “Polvo de estrellas” como que no; “Lucero” quizá hubiera sido mejor, pero también suena un poco raro.
Las frases:
1) -Gerrera: ¿Puedes soportar ver la bandera imperial reinar por toda la galaxia?
-Jyn: No es un problema si no miras hacia arriba.
2) He colocado una debilidad, bien dentro del sistema. Una falla tan pequeña y poderosa que nunca la encontrarán. -Galen.

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Alerta de spoilers: Intento no dar datos concretos y ser ambiguo, pero al hablar a fondo de la temática y la narrativa termino describiendo partes del argumento, así que si quieres verla completamente en blanco quizá sea mejor no leerme.–

Rogue One es una cinta bastante completa, toca varios géneros (aventuras, bélica, comandos…) y aborda diversas temáticas (guerra, dictadura, rebelión, terrorismo, ideales, redención…), y todo ello sin agobiarse con las restricciones impuestas (ser fiel a la serie -estilo e historias-, ser taquillera), de hecho es asombroso que nos ofrezcan una obra relativamente oscura y adulta, algo difícil de ver en estos tiempos donde se quiere abarcar todo el grupo de espectadores posibles, y más aún si tenemos en cuenta que estamos en manos de Disney, y los jóvenes e incluso niños son primordiales en su estrategia comercial. Rogue One rivaliza con El Imperio contraataca a la hora de describir un ambiente opresivo, fatalista, con calamidades inminentes a la vista. De hecho, guionistas y director idearon inicialmente un final feliz, convencidos de que no les iban a dejar reflejar el desenlace dramático que el relato exigía, tanto por argumento como por continuidad.

Comienza como una película de grupo, un concepto narrativo básico pero difícil de evitar, pues la propia realidad se mueve muchas veces por la unión de personas dispares con un objetivo común. El pionero en ver su potencial en una época en que los protagonistas solían ser héroes solitarios fue el gran Akira Kurosawa, con Los siete samuráis (1954). Recordemos que Lucas también se inspiró en su legado para Una nueva esperanza (en concreto en La fortaleza escondida, 1958), así que no es un referente nuevo en la saga. Pero más que de la estela potenciada luego por Los siete magníficos (1960), la presente bebe de la rama centrada en conflictos bélicos, como Doce del patíbulo (1967) y Los violentos de Kelly (1970): convictos, renegados o desertores embarcados, en medio de una guerra, en una misión con un futuro muy negro.

Poco a poco vamos conociendo a cada integrante de esta banda que, en tiempos más estables, tendrían vidas muy diferentes y separadas. En principio temía que Jyn se pareciera demasiado a Rey, la protagonista de El despertar de la Fuerza. Pero ni es la protagonista absoluta ni resulta un carácter simple, como tampoco lo fue Rey, pero sobre todo no se parece en nada a ella en personalidad y recorrido aunque su odisea parta de una separación violenta. Esa tragedia en la infancia forjó en Jyn Erso una personalidad huidiza, vive improvisando día a día su supervivencia y libertad, huyendo del dolor que significaría pararse a pensar y luchar. El resto del universo le importa un bledo, no cree en nadie ni en nada. Pero las circunstancias actuales la llevan hacia un camino donde debe replantearse sus miedos, convicciones e ideales. Felicity Jones había demostrado talento de sobras (La teoría del todo) además de experiencia (su carrera es bien larga), y expone bien esa personalidad derrotista que va ganando fuerza. Eso sí, en la comparación con Daisy Ridley (Rey), se queda bastante lejos de su arrebatadora interpretación.

En el otro lado del espectro está Cassian Andor, que en su primera escena es definido en un instante brillante como un veterano de la parte más dura de la rebelión: las misiones de infiltración, sabotaje, asesinatos… Su dilema interno se va exponiendo con una sutileza que ya querría George Lucas haber mostrado en las precuelas (o mejor: ya querríamos nosotros). Las nuevas órdenes le pesan cada vez más debido a la relación incipiente con sus compañeros, y los acontecimientos lo van dirigiendo hacia un punto de inflexión en el que tendrá elegir entre lo que se espera de él y lo que le susurra su conciencia. La única pega de una figura tan atractiva es que el actor Diego Luna no tiene el carisma y el registro necesarios, o el director no sabe guiarlo, para llegar a dar el personaje memorable que hay latente. A este lo acompaña el robot de turno, introducido sin duda porque hay que mantener el tono de la serie: un androide entre gracioso y pesimista, en la línea de C-3PO pero sin ser un clon descarado. Sin embargo, esta onda de chistes casi infantiles desentona un poco en el conjunto, y pocos me hicieron reír. Les ha faltado ingenio en sus diálogos, pero al menos dista de ser molesto como C-3PO y R2-D2 en las precuelas.

La introducción de los miembros secundarios del comando es también muy certera. En seguida sabes cuál el entorno en el que se movían y cómo este se ha visto afectado por el Imperio. Vuelvo a una comparación que hago mucho: ¿cuántas veces en el cine reciente hemos visto películas corales que sepan presentar a sus protagonistas adecuadamente? Mad Max: Furia en la carretera, Guardianes de la galaxia y para de contar. Hasta la versión nueva de Los siete magníficos, partiendo de las obras fundacionales del género, hizo bastante el ridículo (y no hablemos del desastre de Escuadrón suicida…). En Rogue One estamos rozando el cielo. La escena en que conocemos a Chirrut (el ciego) y Baze (el del arma gorda) vale su peso en oro: un diálogo de Cassian, un plano que los muestra al fondo en una pose muy descriptiva (sin nada que hacer, abatidos), más lo poco que conocemos de Jedha (la represión del Imperio), basta para conocer en un instante su situación. Y en la siguiente aparición ya los tenemos expuestos por completo y con un pie en la banda.

Pero me temo que lo de “por completo” es literal: ya no dan más de sí. El cielo no se alcanza, pues la historia personal de ambos no va más allá, se estanca demasiado en estereotipos un tanto vulgares. El tipo grandote y simpático con un arma tocha puede pasar porque tiene carisma aunque no aporte nada más, pero el asiático ciego experto en artes marciales está demasiado visto y parece fuera de lugar, hasta el punto de acabar siendo muy molesto. Además, obedece demasiado a “la cuota China”, eso de meter subtramas de corte asiático (el actor además es famoso en el género de las artes marciales) para vender la cinta en aquel país. En seguida aparece también el piloto que busca redención por los remordimientos de haber servido al Imperio, pero su recorrido psicológico también es muy limitado, tiene un par aportes al grupo y ya está, quedando como un simple nexo de unión entre personajes y partes de la historia.

La trama global se va configurando de manera bastante dinámica. Los saltos entre planetas y ciudades exponen con celeridad y claridad el entorno, sus habitantes, y la pieza correspondiente del argumento. El más destacable, Jedha, tiene muchísima personalidad, con una historia y una vida tangibles como se espera en la saga. Como señalaba, este lugar y sus habitantes se retroalimentan: la dominación del Imperio, la cultura medio destruida, las gentes perdidas, la resistencia en plan terrorismo liderada por Saw Gerrera… Algunos espectadores se quejan de que esta figura aparece muy poco, de hecho parece ser que Forest Whitaker vio reducido su protagonismo. Pero para mí cumple su función de sobras. Es el mentor de la protagonista, el que la educa en sus primeros pasos y luego su ausencia la libera de ataduras, permitiéndole desplegar su potencial. Si hubieran remarcado más ese rol hubiera resultado con bastante seguridad otro estereotipo muy claro y muy repetido en capítulos previos. Pero muestran lo justo de ese aspecto y abordan otro que le otorga un aire renovado: es un terrorista, no un héroe, abordando así una cara menos idílica de la resistencia.

Esa descripción ambigua de la moral de la rebelión es lo mejor del filme. Lejos de la luminosidad con que nos la describía Lucas (hasta las naves eran de un blanco reluciente), aquí conocemos las distintas facetas que tiene una lucha armada. Aparte de ideales loables, de políticos inquebrantables y héroes que admirar, también hay generales curtidos que no dudan en doblar la ética en la búsqueda de la victoria, secciones que abordan directamente el terrorismo, fanáticos, gente quemada, políticos cobardes, ciudadanos que miran para otro lado… Y a pesar de este llamativo crisol la trama política se expone con inteligencia: la posición de cada grupo (ubicación, planes, recursos) queda bien determinada en todo momento, superando la falta de definición que lastraba el Episodio VII y el poco partido que Lucas sacaba en las precuelas a pesar de tener mucho más protagonismo.

La parte del Imperio también tiene su miga. El villano principal, Krennic, deja muy buena impresión, en gran parte por el entusiasta papel de Ben Mendelsohn. Este actor lleva en el mundillo desde los ochenta, pero hasta hace pocos años no empezó a hacerse notar en algún rol secundario que le permitía explotar su potencial: Mátalos suavemente, El Caballero Oscuro, la leyenda renace y, sobre todo, Slow West, donde estaba espléndido como bandido. Tiene entre manos un tirano clásico pero al que da vida con gran intensidad: la falta escrúpulos y la ambición desmedida lo convierten en una figura a temer. Pero esto es el Imperio, y hay más como él que le pondrán las cosas difíciles en la guerra sucia entre altos mandos. En cuanto a su relación con los buenos, es más bien tangencial (más de resultado de las acciones de ambos bandos que de choque directo), y los momentos en que se cruzan son desiguales. La relación con Galen es inquietante, pues como buen invasor fuerza una amistad que en realidad es una jaula. Pero el encuentro final con nuestros protagonistas es demasiado clásico, facilón, se hubiera agradecido algo más original e impactante.

Con tanto salto de escenario, algunos se han quejado de que el primer segmento de la cinta va a trompicones, pero no lo comparto, pues enseguida se observa que nada está puesto al azar, que no hay minutos desperdiciados sino que, como decía, todo se va presentando e hilando con cuidado. Es más, en un segundo visionado incluso me gustó más este tramo inicial, porque vi desde el principio el trasfondo de guerra y desesperación que está ahí latente hasta el gran clímax. Hay que sentar unas bases argumentales y generar una atmósfera emocional concreta, y aquí lo hacen bastante bien. Sí, podía ser mejor, sin ir más lejos El despertar de la Fuerza me absorbió por completo desde el mismo prólogo. Pero en líneas generales el primer acto cumple de sobras. Es el acto central, el nudo, el que no da la talla.

A la salida de Jedha se estanca un poco la narrativa, en la larga escena en Eadu el ritmo pierde fuerza y se torna a la vez caótico. Los autores nos llevan a un escenario que, por conjunción de acontecimientos, resulta previsible, y no logran conferirle un interés extra en los eventos ni en el desarrollo de caracteres que aproveche el receso y lance mejor la entrada del tramo final. Unos van muy despacio (los protagonistas enredando en la nave y andando por ahí) y otros demasiado rápido (el escuadrón de refuerzo llega instantáneamente, y de forma muy forzada quedan incomunicados para que la situación explote). Y sobre todo, la escenas de disensión en el grupo y la catarsis crucial que viven Cassian y Jyn carecen de la emoción y fuerza necesarias.

Por suerte, en cuanto entramos en el largo tercer acto el subidón es espectacular. La reunión de la rebelión para rehacer sus planes, o más bien toda su organización, es magnífica, expone un sinfín de elecciones y visiones del mundo, y los miedos que amenazan con deshacer la endeble unión quedan muy bien reflejados. Recordemos que en El despertar de la Fuerza había una reunión semejante y se saldaba precipitadamente. Con este buen nivel, la evolución y la toma de decisiones finales de los protagonistas, aunque inevitablemente predecibles, resultan también verosímiles. Y de ahí, a la memorable batalla final. Sin las salidas de tono infantiles de las precuelas, ni su puesta en escena saturada de colores y muñequitos digitales, sino con un sentido del espectáculo encomiable.

La dirección de Gareth Edwards no está exenta de polémica, pues hubo semanas adicionales de rodaje y el realizador Tony Gilroy tuvo una participación que no sabemos hasta qué punto llega (acabó acreditado como co-guionista) ni cuánto se relegó a Edwards. ¿Ha afectado al resultado final el mal endémico de las grandes productoras de Hollywood, o sea, meter mano y coartar la libertad de los autores, o han salvado los trastes? Es probable nunca lo sepamos con exactitud, pero la verdad es que de haber problemas dudo que fueran por la labor de Edwards, que demostró con Godzilla ser un director de primera en cuanto a superproducciones, sino con toda probabilidad del guion, en plan de seguir reescribiéndolo incluso durante el rodaje. Y desde luego este impecable acabado visual recuerda a Edwards y su habilidad para componer planos que combinan elementos de muy distinto tamaño, además del tono intenso y claro que imprime a los momentos de acción, lejos del estilo vago actual de cámaras en mano excesivas y borrones digitales. En un momento estamos hundidos el barro en la playa, en otro levantamos la cabeza para ver la amenaza gigantesca de los AT-AT, a continuación volamos entre ellos con el escuadrón de cazas; entre medio pasamos al frío y mortal espacio, donde la amenaza enemiga llueve por todos lados mientras la flota se esmera por hacer mella en las defensas; ahora saltamos a una incursión a la base improvisada desde la desesperación…

Sólo un detalle reincidente pone una tibia sombra sobre este gran clímax, y precisamente viene de parte del guion: las frases explicativas que sueltan los personajes son demasiado evidentes, antinaturales, secas. ¿De verdad había que matizar tanto las cosas? Que la trama no es complicada. Ese almirante que se explica como si fuéramos niños tontos, mirando además para abajo (al planeta) para que quede más claro aún con quién habla, ese general que casi mira a la cámara para recalcar que “hay que matar al objetivo”, como si no estuviera claro, la descripción repetida del lío de la antena, etc. Por lo general los diálogos son bastante correctos (aunque de ahí a la genialidad hay un buen trecho, claro), pero en ocasiones puntuales meten estos patinazos que pueden afearte un poco la conexión con los acontecimientos.

Quien pensara que por ser una entrega paralela iba a ser una película más pequeña se llevará un sorpresón al encontrarse tanto escenario recreado con una magnitud y un detallismo espectacular, más una batalla colosal, a la altura de El retorno del Jedi. El titánico esfuerzo del equipo artístico da resultados extraordinarios, destacando el realismo de Jedha o el impresionante resultado de la compleja batalla. Un diez redondo para vestuario, decorados y efectos especiales en sus distintas técnicas (sobre todo los digitales, y más en los personajes hechos por ordenador).

Y un notable alto para Michael Giacchino, que tuvo la difícil labor de sustituir tanto a John Williams (la avanzada edad le impide realizar estos esfuerzos), el gran maestro, autor del sello más reconocible de la serie, como a Alexandre Desplat. El francés era la primera elección para cualquiera, por ser sin lugar a dudas el compositor más dotado y versátil del momento, pero no pudo adecuarse al calendario cambiante y precipitado que rige el mundo de la música de cine. Giacchino era la segunda elección también para casi todo el mundo, dada la clarísima influencia de Williams en sus trabajos, aunque yo pondría en liza también a James Newton Howard. El caso es que se ha enfrentado a dos autores con un renombre y un currículo intimidantes, y además tuvo que componer, orquestar y editar a toda prisa. Si con esas nos ha regalado un trabajo sobresaliente, qué hubiera hecho con más tiempo. Nos ofrece una versión de la marcha imperial soberbia, revisitaciones y reinvenciones estupendas de los temas de la rebelión y la esperanza, y un sinfín de inspiradísimos motivos de acción.

A lo largo del relato habíamos visto cantidad de referencias a la serie muy bien ubicadas (algunas incluso aparentemente innecesarias pero muy agradecidas, como la fugaz visión de la pareja del tipo deforme y el alien con aspecto de foca que Obi-Wan se carga en la cantina de Tatooine en Una nueva esperanza), pero el repertorio final es glorioso. Tenemos algunas muy escondidas (muere el piloto Rojo 5, el puesto que luego tomará Luke, y además hay apariciones de otros pilotos del Episodio IV, tomadas de metraje descartado del mismo), otras más claras (como es obvio se mantiene un entorno común: desde el robot negro que parece un coche teledirigido y hace un ruido muy característico, a los AT-AT), y como colofón final tenemos unas escenas que enlazan de forma inesperada y férrea con Una nueva esperanza, unas escenas que ponen los pelos de punta y cierran la película con ganas de aplaudir.

Hay que agradecer la genialidad que supone dar sentido a los dos únicos pero claros agujeros de guion que tenía Una nueva esperanza: la falta de una flota rebelde que diera guerra a la Estrella de la Muerte, y su punto débil tan inverosímil. Pero sobre todo hay que admirar la solución de continuidad tan cohesionada que han logrado, al contrario que Lucas, quien acabó La venganza de los Sith, a pesar de que tuvo un montón de años para pensar cómo unir las trilogías, con agujeros e incongruencias en cantidad. La única queja podría ser que hay demasiada mención a la Fuerza y los Jedi, en comparación con el aura de lejanía y misticismo que se les da en el Episodio IV. Pero esto más bien fue problema del propio Lucas, al hablar ellos como si hubieran desaparecido hace doscientos años y no veinte. Aun así es cierto que podrían haber tratado mejor el tema, pues parece que están empeñados en repetir cada dos por tres que es una entrega de La guerra de las galaxias. Por no decir que el amago de Jedi que hacen con Chirrut es confuso y mucha gente terminará pensando en que es un aprendiz de Jedi, o incluso que los poderes se pueden adquirir con fe y entrenamiento.

En cuanto al doblaje, este sale bastante bien parado en los actores principales y en la voz de Vader, donde el sustituto de Constantino Romero casi no se nota (y mira que yo soy muy quejica con estas cosas). Pero en algunos secundarios rechina demasiado: la voz de Chirrut y su acento marcado no convencen, pero es que la del piloto es muy histriónica, parece un doblaje de comedia.

En resumen, Rogue One, como película de grupo, se queda sin explorar todo el potencial que guardaba, pero en su trasfondo se iba exponiendo una obra bélica mucho más inteligente, una que en el tramo final explota a lo grande. Hay partes en las que el contraste entre ambas líneas se nota bastante. Conforme la trama bélica gran protagonismo conocemos a otros muchos personajes secundarios (generales, políticos, pilotos, soldados), unos con presencia breve, otros con más tiempo, pero los autores son capaces de dotar de cierta entidad a casi todos en pocos segundos y conseguir que nos interesemos por sus esfuerzos y, en el caso de haberlos, sus trágicos finales. Casi me apena más la muerte del líder del escuadrón que defiende al grupo de asalto desde el aire que la caída de varios del comando, con sus escenas largas tan típicas y artificiosas. Por ello pienso que le habría venido muy bien prescindir un poco del tono de aventura de grupo para embarcarse de lleno en una cinta bélica con numerosos individuos esparcidos por todas partes, en plan Un puente lejano. Un par de escenas menos para el asiático fanático, el robot tonto, el grandote y el piloto hiperactivo a la vez que se potencia a todos esos habitantes tan atractivos, se me antoja muy jugoso. Por supuesto, todo esto es especular sobre posibles cambios y mejoras, de forma bastante subjetiva además, y huelga decir que un guion mejor también nos vale para exprimir al máximo la opción del grupo reducido. En otras palabras, hablar de lo que habríamos hecho o deseado no lleva a nada. La película resultante es la que tenemos ante nuestros ojos, o la disfrutamos como tal o no, y pienso que tiene calidad de sobra como para que sus limitaciones no echen por tierra una gran experiencia.

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Saga La guerra de las galaxias:
Introducción: La guerra de las galaxias, de George Lucas.
Episodio IV – Una nueva esperanza (1977)
Episodio V – El Imperio contrataca (1980)
Episodio VI – El retorno del Jedi (1983)
Episodio I – La amenaza fantasma (1999)
Episodio II – El ataque de los clones (2002)
Episodio III – La venganza de los Sith (2005)
Episodio VII – El despertar de la Fuerza (2015)
-> Rogue One (2016)
Episodio VIII – Los últimos Jedi (2017)
Han Solo (2018)

Southpaw


Southpaw, 2015, EE.UU.
Género: Drama.
Duración: 124 min.
Dirección: Antoine Fuqua.
Guion: Kurt Sutter.
Actores: Jake Gyllenhaal, Rachel McAdams, Oona Laurence, Forest Whitaker, Naomie Harris, 50 Cent.
Música: James Horner.

Valoración:
Lo mejor: Emotiva e intensa sin sensiblerías innecesarias. Reparto muy implicado.
Lo peor: No sorprende en ningún momento.

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No empecé el visionado muy entusiasmado, pues el rumbo del relato se presenta tan predecible que no dejaba de preguntarme por qué hay autores empeñados en contar las mismas historias una y otra vez. De nuevo tenemos la odisea de superación deportiva típica yanqui, donde un novato tiene que llegar a lo alto o una estrella caída tiene que recuperar su posición. Además se mezcla con otro clásico, el del padre que está perdiendo a su familia y tiene que recuperarla. Y cómo no, todo apunta a que el éxito deportivo lo convertirá en mejor persona y padre. No basta tener un trabajo, claro, hay que demostrar que con esfuerzo cualquier estadounidense pringado puede llegar a ser el rey del mundo. Nunca vemos relatos de quienes se quedan en el camino, o en un punto medio y tienen que “aceptar” una “vida normal”.

Como decía, encontramos los puntos clave de todas estas historias. La familia rota, el infante que sufre las consecuencias, el padre que sólo puede reconstruir sus vidas si toma una obsesión y la lleva al límite, el mentor que lo ayudará en su ascenso… Este último asusta un montón, pues el topicazo con él es de escándalo: el tipo paciente, buenazo y experimentado que hemos visto mil veces, por ejemplo en Million Dollar Baby… no en vano Forest Whitaker es la versión barata de Morgan Freeman.

Pero sorprendentemente la película funciona muy bien dentro de su limitado rango de acción. No va a superar el escollo de ser un drama de superación que se ve venir de lejos, pero comparado con infinidad de títulos que llegan incluso a arrasar en los Oscar tiene mucho más valor. Lo primero a destacar en el guion de Kurt Sutter (The Shield, Hijos de la anarquía) es su tono natural y crudo, pues, exceptuando que el accidente que desencadena el evento puede ser un tanto exagerado, se opta por un drama realista, capaz de conmover con sus tragedias sin dejar la sensación de manipulación emocional o de sensacionalismo narrativo. Su segundo acierto es que esquiva bastante bien los aspectos más previsibles: se conecta férreamente con los personajes, las anécdotas del día a día son interesantes y la odisea no se atasca en clichés, sino que evoluciona con ritmo y fuerza. Además, el retorno a la competición tiene una conexión directa con el estado emocional del personaje: su fortaleza psicológica va madurando también. No es como esos superficiales cuentos de hadas sobre el sueño americano en los que con ganar la competición todo se arregla (Cinderella Man, El lado bueno de las cosas).

La más que correcta puesta en escena de Antoine Fuqua y el notable reparto realzan muy bien el producto. Jake Gyllenhal (atención al físico que consiguió) está inmenso en un rol que evoluciona a ojos vista: de la felicidad a la desolación, de la desesperación al renacer. Las escenas en que visita a la hija, que la joven Oona Laurence también interpreta muy bien, son demoledoras. Y Forest Whitaker y Rachel McAdams son valores seguros. Con la suma de todos estos factores el drama llega con intensidad, se vive con angustia la caída al abismo del protagonista, vibras con su recuperación paulatina, y en resumen, pasas un buen rato con una cinta emocionante y muy entretenida. Al final, como he dicho muchas veces, después de todo lo importante no es qué cuentes, sino cómo lo cuentes.

Tanto por ser de un género popular como por aportar algo de calidad en el mismo, es verdaderamente incomprensible la pésima distribución que le dieron. Para rematar el despropósito tuvo buenas críticas y sobre todo un director y unos actores de bastante tirón. De hecho fue ridículo no usarla junto a Nightcrawler para lanzar a Gyllenhaal a la campaña por el Oscar, algo que muchos medios daban por seguro, es decir, los todopoderosos hermanos Weinstein, quienes deciden cómo serán la mitad de los Oscar, tenían media campaña hecha. Pero ellos encumbran y ellos hunden. A la hora de escribir esto, en España está sin fecha incluso para dvd. El mismo destino sufrió otra cinta incluso más recomendable, Warrior, donde en Lionsgate no supieron o no quisieron ver su enorme potencial.

La ley del más fuerte


Out of the Furnace, 2013, EE.UU.
Género: Suspense, drama.
Duración: 116 min.
Dirección: Scott Cooper.
Guion: Scott Cooper, Brad Ingelsby.
Actores: Christian Bale, Casey Affleck, Zoe Saldana, Woody Harrelson, Sam Shepard, Willem Dafoe, Forest Whitaker.
Música: Dickon Hinchliffe.

Valoración:
Lo mejor: La solidez de los personajes, desde el guion a los actores.
Lo peor: Nada original. No deja huella alguna.

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Out of the Furnace (renvientada en castellano a La ley del más fuerte) es una película independiente (22 millones de presupuesto) que ha logrado reunir a un buen reparto aprovechando esas ocasiones en que actores conocidos rebajan su sueldo comprometiéndose con una obra menor. Aun así, ninguna distribuidora los ha aprovechado con una campaña publicitaria y estreno decentes (de hecho a la hora de escribir esto sigue sin fecha en España), con lo que no ha tenido éxito alguno.

Como suele ocurrir con el cine independiente, destaca sobre las obras de grandes productoras en algo que cada vez se ve menos en las películas más comerciales: desde el guion se esmeran en construir unos personajes consistentes y un entorno verosímil que puede servir para analizar algún aspecto de la sociedad. La presentación de los protagonistas es efectiva, su descripción detallada y su evolución bastante correcta. La precaria situación de la región tiene a los Baze siempre en la cuerda floja. El padre está enfermo después de años trabajando en la fábrica. El hijo mayor, Russell (Christian Bale), se esfuerza por salir adelante con lo que tienen, enfrentándose con coraje y determinación a lo que la vida le echa encima (incluido el paso por la cárcel). El hermano menor, Rodney (Cassey Affleck), en cambio está más perdido, metiéndose en jaleos varios en la búsqueda de dinero rápido. La situación se desmadra cuando se implica demasiado con algunos criminales locales (Willem Dafoe, Woody Harrelson), y Russell, siendo como es, no se va a estar quietecito. Los actores están todos como siempre estupendos.

Se trabaja bien la intriga, de forma que hay peligro tangible sobre los protagonistas en todo momento, y en algunas escenas, sin acción aparatosa o sensacionalista, hay momentos donde la tensión produce una correcta sensación de agobio y miedo por el porvenir de estos. Pero aunque no se tira de clichés y el ambiente está bien conseguido, en líneas generales la trama no sorprende, con lo que algún episodio pierde algo de fuelle. Y a la larga esa falta de novedades limita bastante una propuesta con una base tan bien trabajada. No hay giros ni resoluciones que impacten, no se desvía de un camino que se ve venir de lejos. El guion es sólido, y la puesta en escena y los actores muy profesionales, pero sin novedades ni ambición alguna no es un relato que deje la más mínima huella. Además el final es facilón y sin garra, y se remata con el único momento en que intenta ofrecerse algo distinto… y no queda nada bien: el plano último es realmente confuso, tanto que el realizador Scott Cooper tuvo que explicar que es en plan metáfora y tú decides cómo acaba realmente la película. Pues después de contarnos algo tan básico, esa salida de tono no funciona.

El mayordomo


The Butler, 2013, EE.UU.
Género: Drama.
Duración: 132 min.
Dirección: Lee Daniels.
Guion: Danny Strong, Wil Haygood.
Actores: Forest Whitaker, Oprah Winfrey, David Oyelowo, Cuba Gooding Jr., John Cusack, Terrence Howard, Lenny Kravitz, James Marsden, Vanessa Redgrave, Alan Rickman, Liev Schreiber.
Música: Rodrigo Leao.

Valoración:
Lo mejor: Si vacías tu cerebro, entretiene. Los actores están bien.
Lo peor: Tan edulcorada que indigesta, tan milimétrica que resulta enormemente predecible.

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El mayordomo es un clásico producto hollywoodiense hecho a medida para conmover al público blandengue y ganar Óscares, que ya sabemos que son muy amigos de las historias de superación facilonas y las lecturas históricas monocromáticas. Las típicas críticas compradas repiten las típicas frases cansinas como “veraz, conmovedora y sincera”… Pero resulta que es precisamente lo contrario. Es maniquea, es sensiblera y es sensacionalista. Rebosa de mensajes simplones excesivamente remarcados, sentimentalismo barato, clichés cansinos, personajes arquetipo…

El ensalzamiento patriótico es cargante, con ese tono a lo Forrest Gump donde el humilde y atontado protagonista se ve metido sin quererlo y sin mover un dedo en todos los eventos importantes de unas cuantas décadas (varias presidencias –Nixon y Kennedy a la cabeza- y sus problemas). Sí, sirve para retratar el movimiento social de los negros en busca de igualdad y respeto, pero esto se podía abordar perfectamente sin necesidad de forzar tanto la grandeza de la situación, sin perseguir un relato tan pretencioso. La idealización de los presidentes es una manipulación flagrante (tan endiosados que parecen caricaturas), porque la historia muestra solo una cara, la que el guionista y director quieren para motivar los sentimientos del espectador. Como consecuencia, la enseñanza histórica y moral resultante es empalagosa. El drama familiar resulta también superfluo, con problemas triviales que son mostrados como si del fin del mundo se tratase. Los personajes, unidimensionales y con diálogos tan básicos que resultan bastante falsos. Así pues, la maduración final del protagonista no podría ser más previsible y forzadamente tierna.

Tiene un par de momentos intensos, como la violencia psicológica y física a la que son sometidos los jóvenes afroamericanos por atreverse a romper las reglas injustas, donde destaca la escena del restaurante, pero no ofrecen nada nuevo, son una lectura muy básica de hechos de sobra conocidos. Lo único realmente llamativo es que desfilan ante nuestros ojos un puñado de buenos actores y ninguno defrauda, aunque Forest Whitaker tiene papeles mucho mejores, y por suerte la campaña publicitaria empeñada en sobrevalorar su labor no ha causado mucho impacto.

Aunque es entretenida (el ritmo es fluido a pesar de los saltos temporales), vistosa (correcta puesta en escena) y ligera (superficial equivale también a poco densa, es decir, fácil de ver), El mayordomo está encasillada en unos patrones demasiado gastados y previsibles, ahogada en un tono maniqueo y endulzado hasta provocar vergüenza ajena en no pocas ocasiones. No hay lugar a la reflexión, porque todo te lo dan machacadito. Como le ocurre a Dallas Buyers Club, se opta por lo fácil y cobarde, construyendo una fábula tramposa que te dice exactamente cómo debes pensar y sentirte, sin enseñar realmente a pensar y plantearse las cosas por uno mismo. Solo los espectadores impresionables podrán emocionarse con este cuento tan simplista… y me temo que son legión, lamentablemente, de hecho, he leído sobre salas llenas de aplausos y lágrimas.

A pesar de ser un telefilme con ínfulas de grandeza, hay gente que se sorprende de que no sea una de las favoritas en los Oscar. Yo me alegraría de que Hollywood por una vez no hubiera caído tan bajo, pero resulta que han optado por nominar a Dallas Buyers Club, que es lo mismo, es venderse al cine prefabricado y a la fábula maniquea. Al menos, El mayordomo no es descaradamente mentirosa, solo manipuladora, y aunque sea resumida y cocinada alguna lección de historia dejará en el espectador.

El último desafío


The Last Stand, 2013, EE.UU.
Género: Acción.
Duración: 107 min.
Dirección: Kim Jee-Woon.
Guion: Andrew Knauer.
Actores: Arnold Schwarzenegger, Forest Whitaker, Eduardo Noriega, Jaimie Alexander, Zach Gilford, Luis Guzmán, Rodrigo Santoro.
Música: Mowg.

Valoración:
Lo mejor: No se me ocurre nada, salvo que no llega al nivel de “joder, he tirado dos horas de mi vida”.
Lo peor: La fallida mezcla de comedia y acción. Los personajes tan estereotipados. La acción tan predecible y vista.

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El último desafío es un título menor de acción que no podría llamar mucho la atención si no contase con algún famoso como protagonista, y precisamente la vuelta al cine de Arnold Schwarzenegger es ese reclamo. Y más no tiene.

La trama es simple, lo que sería aceptable si sirviera para exponer una aventura emocionante y con personajes atractivos, diálogos divertidos y partes de acción originales e intensas. Pero se queda lejos de conseguir todo eso, de hecho, está cerca de resultar una catástrofe. La historia es poco verosímil, por no decir absurda, y se desarrolla bastante mal: falta de rumbo, de ritmo, de originalidad y por extensión de interés. Los personajes son muy arquetípicos, bordeando la vergüenza ajena, con lo que llegan a resultar cargantes en muchos momentos. Destaca el pésimo villano (Eduardo Noriega), que no deja de ser un cutre mcguffin, es decir, un objeto excusa para la trama. Los tiroteos y persecuciones son anodinos, ninguno resulta emocionante.

Pero quizá su problema más grave es que no sabe decantarse por la acción o por la comedia absurda, y muchas escenas quedan realmente raras, confusas por su estilo sin pies ni cabeza. La acción es demasiado simplona unas veces, demasiado salida de madre otras. La comedia es demasiado estúpida y los chistes se meten con calzador. La presencia como secundario de uno de los protagonistas de Jackass (esos gilipollas que tuvieron éxito grabando sus locuras y hostias) agrava el problema: vaya personaje más ridículo.

El desigual conglomerado va perdiendo el poco interés que pudiera tener en su tramo inicial, y las escenas cumbre, como el tiroteo en la calle principal del pueblecito, no son lo suficientemente entretenidas e impactantes como para salvar la función. Pero además, el final es un despropósito. La persecución por el maizal es insípida, la pelea en el puente muy cutre. El problema no es tanto de concepto (tan previsible como el resto del relato) como de ejecución: aunque la cinta prometía ser de acción terrenal (sin abusar de efectos especiales y sin trucos digitales), para resolver estas escenas el director tira de efectos digitales, y resulta que los fondos y el puente falsos son horribles, verdaderamente horribles.

Lo cierto es que no ha sido muy mal recibida por crítica y público, pero a mí me parece un quiero y no puedo constante que roza la parodia involuntaria.