El Criticón

Opinión de cine y música

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1917


1917, 2019, EE.UU., Reino Unido.
Género: Bélico.
Duración: 119 min.
Dirección: Sam Mendes.
Guion: Krysty Wilson-Cairns, Sam Mendes.
Actores: Dean-Charles Chapman, George MacKay, Colin Firth, Mark Strong, Benedict Cumberbatch, Richard Madden, Andrew Scott.
Música: Thomas Newman.

Valoración:
Lo mejor: Algunos instantes espectaculares gracias a la fotografía, los escenarios y la dirección.
Lo peor: Relato predecible, superficial y sensacionalista, asfixiado por los enredos técnicos.
Mejores momentos: El derrumbe, las ruinas.

* * * * * * * * *

Alerta de spoilers: Comento algunos detalles menores, nada importante. —

Anunciada como un plano secuencia de dos horas, avalada por críticas que la ponen de obra maestra, multitud de nominaciones y galardones en todos los premios habidos y por haber, y por ahora con una entusiasta recepción del público, llega 1917… otra obra llevada a los altares por un incomprensible furor mediático que no representa su calidad real.

Unas pocas veces la fórmula narrativa de Sam Mendes ofrece una experiencia apasionante, pero en muchas otras resulta su principal limitación. Quizá con un guion más cuidado no se notaría, pero cuando te obsesionas por un único aspecto sueles descuidar los demás y perder la visión de conjunto. Un argumento predecible y simplón se desarrolla con torpeza porque el esfuerzo está centrado en otra parte. Además, en una donde Mendes no ha ido a por todas, porque evidentemente hay cortes en el plano cada quince o veinte minutos, lo cual no sería un problema (en otras del estilo no lo fue, como Birdman) si no tomara cada plano secuencia real como un episodio cerrado, lo que limita la progresión dramática, o sea, el ritmo y el calado emocional.

Una vez queda claro el poco alcance de la historia, que es bien pronto, cada capítulo se ve venir entero en cuanto comienza, y muchas veces puedes intuir el siguiente. A partir de cierto momento incluso sabía perfectamente cómo iba a actuar cada personaje secundario… antes de que estos aparecieran, porque Mendes va poniendo ante el protagonista los desafíos y conflictos más típicos y gastados del género.

Es una oda al héroe bastante pobretona, sin épica ni emoción. Los protagonistas van de A a B siendo héroes en todo momento, a pesar de sus puntuales dudas humanas no cometen fallos, son factores externos y gente malvada los que causan sus problemas. En otras palabras, dos jóvenes íntegros y capaces luchan imbatibles contra lo peor de la condición humana y la naturaleza y en el proceso no cambian ni un ápice porque ya nacieron perfectos; bueno, no tanto, porque uno de ellos corre varias veces en línea recta mientras le disparan, pero como es el héroe no lo alcanzan. Las anécdotas, acciones y contratiempos no dejan secuelas, lo que ocurre en un segmento no se extiende a otro. La mano herida parece que va a dar guerra, pero se olvida; el francotirador se ha superado, ya no vuelven a aparecer otros en todo el pueblo; el pelotón que ayuda en un capítulo se marcha al acabar sin que ningún mando ofrezca refuerzos, para que en la siguiente aventura se mantenga todo como antes; etc.

Como consecuencia, no sorprende que algunos episodios sean totalmente gratuitos, pues la idea es cumplir cupos. Así, tenemos el francotirador, la mujer solitaria (al menos no nos cuelan la escena de sexo de turno), los roces con los mandos (todos muy parcos y nada emocionantes) y otros momentos metidos con calzador, mientras que el resto de situaciones tampoco es que deslumbren: las carreras por trincheras lucen por el acabado visual, no porque narren algo impactante. Una vez visto el tono, tampoco coge desprevenido que abunde el sensacionalismo, pues a falta de contenido original y complejo Mendes trata de tirar de sentimientos muy mascaditos y golpes de efecto que rara vez funcionan (como el susto con el primer disparo del francotirador). Por extensión, se acumula demasiado giro y salto muy conveniente, las transiciones entre algunas partes están muy poco trabajadas. Y como consecuencia, tampoco extraña la presencia de numerosos agujeros.

La zona de conflicto es un revoltijo que cuesta creer aunque la lucha de trincheras fuera metro a metro. De una zona dominada por ingleses pasamos a otra en manos de alemanes, en la siguiente hay un grupo de ingleses sentados escuchando a un compañero cantar sin que haya vigilancia alguna, y a dos pasos está la trinchera en pleno combate cuyos disparos y bombas no se oyen hasta que toca entrar en ese episodio. Tienen una misión prioritaria y de pasar sin ser vistos y se entretienen yendo de frente a todo escenario que encuentran y curioseando por todas partes. Y por qué envían una sola batida de dos míseros soldados con un mensaje tan importante y no varias… o mejor, palomas mensajeras y aviones.

La efectiva inmersión en algunas escenas es puramente técnica, de forma que en ocasiones atrapa con bastante fuerza (el derrumbe, los peligros entre las ruinas del pueblo), pero en otras no logra su objetivo, y por acumulación de falta de contenido a la larga las primeras empiezan a perder verosimilitud en tu cabeza: era todo fuegos artificiales que no llevan a nada, en la siguiente fase está todo olvidado y vuelven a intentar otra artimaña del estilo. La música, también aclamada sin mesura, es un triste efecto sonoro, Thomas Newman (American Beauty -1999-, ¿Conoces a Joe Black? -1998-) vale para mucho más. La fotografía de Roger Deakins es muy buena, aunque no al nivel de otros trabajos suyos (Blade Runner 2049 -2017-, Skyfall -2012-). Vestuario, localizaciones y decorados cumplen bien.

Los actores principales no están a la altura del reto y desentonan mucho ante la veteranía y buen hacer de los pocos y breves secundarios. Las caras de pena y sufrimiento de Dean-Charles Chapman (Captain Fantastic, 2016) y George MacKay (Juego de tronos, 2011) no conmueven. Si es que Mark Strong con una sola escena se pone muy por encima, y Colin Firth y Benedict Cumberbatch también imponen bastante.

En conjunto resulta una película a ratos forzada, artificial y tediosa, y si bien en otros sin duda es espectacular y emocionante, con tanto desequilibrio no llama para revisionarla, y desde luego no hay manera objetiva de ponerla como obra maestra. Debería haberse tomado como lo que es, un experimento, una curiosidad para echar el rato, pero se ha encumbrado con la locura febril y volátil que se ve demasiadas veces estos tiempos.

En lo bélico, no hace ni la más mínima sombra a cualquiera representativa del género, sea en la onda introspectiva de La delgada línea roja (Terence Malick, 1998) o la histórica de Un puente lejano (Richard Attenborough, 1977), está más en la línea ultra comercial de Salvar al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998) y Corazones de acero (David Ayer, 2014). De hecho, con esta última guarda muchos parecidos en recursos básicos: un protagonista joven y silencioso, sin gran personalidad, para que puedas meterte en su piel, y aventuras varias facilitas y con trucos sentimentales baratos. En cuanto a epopeya de aventuras con pocos personajes, recuerda bastante a El renacido (Alejandro González Iñárritu, 2015), pero está por debajo en el dibujo de personajes y el factor entretenimiento y espectáculo. En lo experimental, la gente se ha flipado como si estuviéramos ante algo único, pero obras con grandes planos secuencias, o incluso que los empalman hasta hacer uno virtual durante todo su metraje, hay bastantes. Por comparar con algunos referentes conocidos, se queda lejos de la ingeniosa y encantadora Birdman (Alejandro González Iñárritu, 2014) y de la intrigante La soga (Alfred Hitchcock, 1948), e incluso El renacido, con planos secuencia puntuales, le da una buena tunda en riesgo y complejidad visual. En un año estará completamente olvidada.