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Blade Runner (Final Cut)


Blade Runner, 1982, 2007 (Final Cut), EE.UU.
Género: Ciencia-ficción, policíaco.
Duración: 117 min.
Dirección: Ridley Scott.
Guion: Hampton Fancher, David Webb Peoples. Philip K. Dick (novela).
Actores: Harrison Ford, Rutger Hauer, Sean Young, Daryl Hannah, William Sanderson, Joe Turkel, Edward James Olmos, Brion James.
Música: Vangelis.

Valoración:
Lo mejor: Aspecto audiovisual arrebatador. Temática sugerente con reflexiones muy bien planteadas. El papel de Rugter Hauer.
Lo peor: La trama policíaca es muy endeble, el romance más, y Deckard un personaje bastante soso. Y todo ello eclipsa más de la cuenta la parte filosófica y ralentiza demasiado el ritmo.
Los planos: El inicial, con la ciudad hasta donde abarca la vista. El coche volador pasando al lado del anuncio. El edificio Tyrell.
Mejores momentos: Roy conociendo a su creador.
Versiones: Entre cambios obligados por el estudio y cambios que fueron sufriendo las versiones en vhs y dvd, acabó habiendo siete versiones distintas de la película. La más recomendada es la Final Cut de 2007, que fue la única controlada por Ridley Scott con total libertad.
La frase: La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo. Y tú has brillado con mucha intensidad, Roy.

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Alerta de spoilers: Doy por hecho que se conoce a fondo.–

Blade Runner tuvo críticas desiguales en su estreno en 1982. Aquí hay un artículo que habla de ello, por ejemplo. Podríamos argumentar que con la ciencia-ficción de corte intelectual suele ocurrir que los conservadores no la entienden en su momento, pero también señalaban puntos grises evidentes, así que algo de razón tenían. Sin embargo, no tardó mucho en convertirse en una película de culto, es decir, una no del todo popular (generalmente por ser de una temática no atractiva para todos los públicos), imperfecta o incluso regulera, pero que consigue un grupo de fieles seguidores que alaban algún acierto destacable. Pero esa bola fue creciendo con los años y no tardó en considerarse una obra maestra incluso por los gremios más inmovilistas de la crítica cinematográfica, que pasaron del rechazo a la adoración ciega. Y con esa reputación ha acabado convirtiéndose en una de esas cintas en las que se ha olvidado todo fallo o limitación y es imperdonable no decir que es perfecta e irrepetible. Pero yo me voy a mantener firme. Blade Runner es una película de culto, pero dista mucho de ser una obra maestra del cine.

El primer aspecto digno de citar no se puede considerar un gran fallo, pero a mi modo de ver desluce un poco: el texto en pantalla que nos introduce en la historia. Un relato que necesita un resumen explicativo para empezar, que muestra ese miedo a no ser capaz de ser inteligible por sí mismo, no augura nada bueno, sus autores no parecen tener muy claro cómo contar las cosas. Además, la versión estrenada en su momento contaba con voz en off para ir aclarando aún más la historia, aunque es justo aclarar que esto fue imposición de los productores. La verdad es que queda todo bien claro en los primeros minutos con la entrevista al primer replicante y la presentación de Deckard y su misión. Hacía años que el cine y la televisión dejaron atrás la ingenuidad del cine clásico (había buenas excepciones, claro está), sobre todo en la ciencia-ficción y fantasía: 2001 sí era realmente difícil de entender, y Alien, Star Trek y La guerra de las galaxias habían abierto las puertas a imaginar cualquier cosa posible; además, ese año llegaron también E.T. y La cosa. Así que Blade Runner no me parece complicada, ni poniéndome en la época, como para necesitar esa introducción cutre.

Una vez entrados en materia es indudable que la proyección cautiva al instante con su arrebatador aspecto audiovisual, que además soporta el paso de los años con una solidez extraordinaria. Los temas principales de Vangelis (sobre todo el inicial y el de los créditos finales) ponen los pelos de punta. Incluso en los años ochenta, con el auge de la electrónica, suenan como de otro mundo, son potentes y hermosos. La visión de un futurista Los Ángeles impresiona: una ciudad inmensa, llena de grandes edificios y polución. Y pronto ponemos los pies en el suelo y la conocemos más a fondo: sobrepoblación de distintas culturas, calles abarrotadas de gente y suciedad, y avances tecnológicos de todo tipo, incluyendo los llamativos anuncios publicitarios, nos ponen ante un futuro con un realismo y cercanía tangibles, ante un porvenir tan apasionante como inquietante.

Los guionistas Hampton Fancher y David Webb Peoples se inspiraron en Philip K. Dick, más concretamente en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), y Ridley Scott y el equipo técnico dieron vida al libreto con un resultado memorable. La combinación de escenarios, maquetas y matte paintings no por complicada frenó la imaginación de todos los implicados, que dio frutos dejando anonadados incluso a los que se les atragantó el argumento. Y aunque ya habíamos visto grandes ciudades futuras en Metrópolis y en cierta manera en La guerra de las galaxias (la Estrella de la Muerte), y la literatura nos dejara alguna otra (La fundación de Asimov a la cabeza), su capacidad para asombrar no se vio limitada gracias a esa visión pesimista y la calidad del acabado en todos los ámbitos. Sólo los matte paintings de algunos fondos se notan hoy en día, pero las maquetas, el bullicio de las calles, los coches voladores… siguen resultando verosímiles y espectaculares.

Pero no todo son alabanzas, porque llega un momento en que da la impresión de que Scott se obsesiona con exprimir los efectos especiales y remarcar el tono de la película, como forzando el factor asombro. Hay demasiados planos contemplativos de los edificios con demasiada musiquita pretendidamente conmovedora, y mucho enredo con la iluminación, que termina sobrecargando multitud de escenas con focos, sombras y oscuridad que en varias ocasiones resultan antinaturales, como en el piso de Deckard.

En el relato entramos con fuerza también. La entrevista al replicante Leon, como señalaba, nos pone muy bien en situación. Unos androides tienen problemas de comportamiento, dando pie a la eterna pregunta de qué nos hace humanos: los detectan comprobando sus reacciones ante preguntas que mezclan lógica y sentimientos. La aparición de Rachael, un modelo más avanzado, sube el nivel, porque añade a la ecuación los falsos recuerdos, haciendo más difusa la frontera entre humanos y máquinas. Roy y Pris aportan el otro pensamiento fundamental a la hora de distinguir entre seres sintientes e inteligencias artificiales: la percepción de la muerte, la necesidad de identidad y de conocer de dónde venimos y qué nos puede deparar el futuro. Este grupo de replicantes busca entender por qué su creador los hizo, eludir la muerte inminente (tienen fecha de caducidad), e intentan que los humanos no los cacen como a tostadoras rebeladas, porque se sienten vivos. El encuentro de Roy y Pris con sus creadores, primero con el ingeniero rarito, J. F. Sebastian, y luego con el ideólogo principal, Tyrell, es intenso, hermoso y provocador: un anhelo primario del hombre es encontrarse con su hacedor (quien crea en esos conceptos, claro), exponerle las preguntas citadas, hallar respuestas a su existencia. Aparte de la fuerza del momento, queda también una sensación melancólica: como Roy, somos conscientes de que la vida es efímera, podemos preguntarnos si merece la pena gastarla en perseguir cuestiones sin respuesta o con unas que puedan no llenar nuestro vacío, etc. Por todo ello, acabamos este clímax de lado de quienes se habían presentado como los villanos: estos seres atormentados se merecen una segunda oportunidad.

Pero en un análisis en frío hay que decir que debemos hacer un salto de fe inicial para aceptar la premisa. Qué sentido tiene crear androides de servicio tan parecidos a los hombres, cuando queda claro que sólo traen complicaciones. Con robots sexuales obviamente se justifica el parecido, pero sólo en el físico, darles tanto libre albedrío es absurdo; y el resto se supone que son para trabajar en condiciones extremas, así que no convence.

Dejando de lado ese pequeño punto oscuro perfectamente perdonable, los problemas de Blade Runner son otros más claros y que, al menos a mí, me resultan imposibles de perdonar. Y es que este argumento tan jugoso se ve bastante limitado por la otra línea narrativa, el policíaco de corte futurista, neo noir o ciberpunk, que no da la talla y lastra la cinta con una serie de bajones de contenido e interés bastante importantes.

La odisea de Deckard no me entusiasma mucho, el ritmo peca de aletargado y el drama personal es muy básico, su fuerza reside únicamente en el aspecto visual. Es decir, no aporta ninguna perspectiva novedosa al género más allá del entorno futurista. Los pocos policías que lo secundan son irrelevantes: el jefe sólo sirve para darle el trabajo, el mejicano con vestuario extravagante no aporta nada, parece que le quieren dar una relevancia que no llega a tener, pues termina quedando como un simple recadero. Y el romance cumple con todos los clichés del noir paso por paso sin que parezcan ponerle mucho esfuerzo. La chica afligida que se encuentra en medio de todo sin control de nada, el agente rudo, el flechazo instantáneo, la fuga juntos… La falta de novedades y de emoción impiden que me crea la relación. La escena del primer beso se alarga mucho y acaba siendo artificial, los encuentros aquí y allá son demasiado facilones y no cimentan la relación como para creerme la pasión y la decisión final de huir, y eso que los personajes dejan clara la necesidad de romper con sus vidas actuales.

Para empeorar las cosas, la investigación policial es poco o nada sustanciosa. Primero, no se entiende por qué Deckard acepta el trabajo si inicialmente pone tanto empeño en decir que no. No hay una amenaza clara a su estado actual como para resignarse. Y el caso da muy poco de sí. Hurgar en el hotel del replicante, analizar un par de pistas ahí encontradas, y ya está. Para colmo, algunas de estas ofrecen resoluciones muy rebuscadas: el análisis de la foto es ridículo, con esas ampliaciones y giros imposibles; y qué poco profesional eso de disparar entre la multitud a una mujer (aunque sea replicante) que corre desarmada, amén de que la escena se estira demasiado con un aura de trascendencia un tanto impostada. El único trabajo policial real y atractivo que realiza es seguir la pista de la escama, y tampoco es deslumbrante. Por lo demás, se sienta a esperar hasta que le cae encima la posible ubicación de los replicantes en la casa de Sebastian, una escena que debió parecerles demasiado corta, porque la alargan metiendo un relleno intrascendente: el coche patrulla que le da aviso de estar en zona restringida.

Así que Deckard es un personaje principal bastante rutinario, sin pegada, llegando a resultarme incluso aburrido. Si es que hay un momento en que tanto primer plano en silencio sin motivos claros me saca de quicio: la llegada al edificio Tyrell, con plano al edificio, plano a Deckard incesantemente sin venir a cuento, es buena muestra de esa sobreexposición innecesaria que señalaba. Sólo el carisma de Harrison Ford consigue que recuerde su presencia, pero me es inevitable pensar que cada minuto perdido con Deckard podía haberse utilizado para explorar más a fondo la trama de los replicantes. Siguiendo con los actores, Rutger Hauer es el único que me conmueve, y por extensión Roy es el único personaje que me llega con intensidad. Sean Young (Rachael) se limita a poner caras de pena, y William Sanderson (Sebastian), Daryl Hannah (Pris) y Joe Turkell (Tyrell) cumplen bien en sus contadas apariciones.

El problema se agrava porque en el tercer acto la combinación de ambas secciones es prácticamente inexistente. Se espera que se unan en un desenlace que motive cambios en ambos grupos de protagonistas, que culmine en una revelación capaz de dejar huella en ellos y en el espectador. Pero en cambio dejamos de lado toda la parte filosófica y nos lanzamos de lleno al noir, además en una línea muy facilona y predecible, pues es la misma película de acción policíaca de siempre, algo que se criticó bastante en su momento. El poli tras el criminal, el escenario final habitual donde se producirá un duelo que pretende ser intrigante pero se hace bastante predecible y largo, y los agujeros de guion de siempre: por qué Deckard va sin refuerzos, y que el otro agente llegue justito cuando se ha solucionado todo.

Para mí, la historia de Roy termina con su encuentro con Tyrell. Hubiera sido más poético que se suicidara tras eliminar a su creador, ya no tiene motivos para vivir, ha llegado al término de su viaje, ha obtenido algunas respuestas clave y conocido las limitaciones de su existencia. Hubiera sido también bonito que Pris acabara sus días con Sebastian en su pequeño paraíso ilusorio. Pero esa media hora extra de vulgar persecución termina de afear un filme que apuntaba mucho más alto. Y aquí incluyo el discurso de Roy: es puro humo, cháchara pretenciosa. Había formas más sutiles de recalcar que ha aceptado que ha tenido una vida fulgurante y llega su final. Y mientras, en Deckard no veo ninguna revelación que indique lo que parece querer indicarse: que ahora considera humanos a los replicantes. Estaba claro que se iba a ir con Rachael desde hace tiempo, y que perseguía a los otros por ser criminales en busca y captura, pero en ningún momento se exponen pensamientos más concretos sobre sobre todo el asunto de los replicantes.

Para terminar, es inevitable tratar la incógnita que trae de cabeza a los admiradores desde su estreno: ¿es Deckard un replicante? El sueño con el unicornio (aunque esta escena fue eliminada hasta que se recuperó en el Final Cut), el que el otro agente parezca conocer ese sueño, la pregunta de Rachael “¿Te han hecho el test a ti?” que queda en el aire… Todo parece apuntar que sí. Pero entonces se genera un agujero de guion importante: si es un replicante que han activado para atrapar a los otros, pues vaya mierda de modelo, no tiene habilidades llamativas, ni fuerza, es un patán que se deja atrapar cada dos por tres. Si fuese un modelo viejo que tenían por ahí, tampoco tendría mucho sentido usarlo a él en vez de a policías más hábiles.

Curiosamente, los mismos problemas que le achaco a Blade Runner los tuvo otro título que abordó temáticas semejantes, Ghost in the Shell: se atascaba en el ritmo, sobre todo porque el caso no se desarrollaba con mucho entusiasmo. También podría mencionar el tenue intento de Ridley Scott de volver a estas preguntas en las fallidas secuelas de Alien, Prometheus y Covenant, donde repite los dilemas de Roy y demás replicantes a través del androide David, de hecho, las escenas de David con Wayland y este con el ingeniero son muy parecidas al encuentro de Roy y Tyrell.

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La guerra de las galaxias: Episodio IV – Una nueva esperanza


Star Wars: Episode IV – A New Hope, 1977, EE.UU.
Género: Fantasía, aventuras.
Duración: 121 min. (1977), 125 min. (Edición Especial, 1997).
Director: George Lucas.
Escritor: George Lucas.
Actores: Mark Hamill, Harrison Ford, Carrie Fisher, Alec Guinness, Peter Cushing, Anthony Daniels, Kenny Baker, Peter Mayhew, David Prowse, James Earl Jones.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: La imaginación y tesón de George Lucas por sacar su visión adelante. La maravillosa historia, los míticos personajes, los gloriosos diálogos, la sucesión de escenas que incluso casi cuarenta años después siguen resultando hipnotizantes, los revolucionarios efectos especiales y por supuesto la música de John Williams, probablemente la mejor banda sonora de la historia del cine.
Lo peor: Nada, excepto lo comentado en la introducción sobre las ediciones retocadas.
Mejores momentos: Por supuesto, el prólogo, con la inmensa nave del Imperio dando caza a los rebeldes. Y a partir de ahí, prácticamente todo: Mos Eisley, la estancia en la Estrella de la Muerte, la huida (mención especial para el combate contra varios cazas)…
Los planos: El inicial con el destructor copando toda la pantalla. Luke mirando al horizonte soñando con el futuro. El Halcón Milenario entrando en la Estrella de la Muerte.
El título: Se estrenó como La guerra de las galaxias a secas y sin número de capítulo, pero cuando tuvo éxito y Lucas pudo rodar más entregas se lo cambió.
Errores de traducción: Hay infinidad de fallos garrafales. El remote (la bola de entrenamiento que usa Luke) como los lejanos, con lo que el resto del diálogo se tergiversa de forma delirante; el reverso tenebroso en vez del Lado Oscuro; los parsecs convertidos en parasegundos (y lo primero está mal también, porque es una unidad de distancia); prueba mental en vez de sonda mental (mental probe); las blast doors (puertas blindadas) como puertas romboides (y además en castellano añaden antes un diálogo inexistente en el original: cierren las puertas romboides), los blaster (las pistolas) con una traducción distinta en cada vez; reactores inferiores en vez de motores subluz; y hay algunos diálogos inventados por completo, algo que es más habitual de lo que parece.
Las frases:
1) Que la Fuerza te acompañe.
2) Su carencia de fe resulta molesta -Darth Vader.
3) No se ofusque con este terror tecnológico que ha construido. La posibilidad de destruir un planeta es algo insignificante comparado con el poder de la Fuerza -Darth Vader.
4) ¿Quién está más loco: el loco o el loco que sigue al loco? -Obi-Wan.
5) Ayúdame Obi-Wan Kenobi, eres mi única esperanza -Leia.

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Una nueva esperanza, aunque mucha gente no se da cuenta, es un relato muy clásico, muchísimo, dentro del género de la fantasía. Es el sempiterno cuento del Bien contra el Mal, la odisea del joven, sus amigos, su mentor y el pueblo oprimido contra el gran tirano oscuro. El desarrollo sigue bastante el estilo habitual de estas narraciones, de hecho podríamos compararlo el gran referente, El Señor de los Anillos de Tolkien, y encontraríamos numerosos paralelismos, algunos incluso tomados más allá de la estructura narrativa (como los pasillos redondos del Halcón Milenario, probablemente inspirados en las casas hobbits): Luke/Frodo, Obi-Wan/Gandalf, Han Solo/Aragorn, Darth Vader/Saruman, Emperador/Sauron, Estrella de la Muerte/Mordor, Mos Eisley/Bree, tropas imperiales/orcos, la Fuerza/el Anillo, etc. Pero hay muchas más influencias: la obra de Kurosawa, cómics como Flash Gordon, largometrajes como Metropolis (el diseño de C-3PO), o la propia realidad, pues se basó en la Segunda Guerra Mundial para la forma de rodar las batallas espaciales. Pero no voy a extenderme al respecto, que hay muchos artículo sobre ello, y voy a centrarme en el análisis de la película.

Esa supuesta limitación, ese clasicismo de las bases del relato, no impidió que George Lucas orquestara una obra maestra deslumbrante. No importaba que fuera evidente que Luke partiría a la aventura y se convertiría en héroe, que la princesa sería salvada y los buenos ganarían, cada paso era y es, aun habiendo transcurrido casi cuarenta años desde el estreno, un deleite narrativo y visual. ¿Cómo lo logró? Contando la historia con muchísima pasión e inspiración y creando un envoltorio fascinante, un mundo desbordante de pueblos, gentes y criaturas extraordinarias donde introdujo unos personajes sencillos pero muy atractivos cuyos ingeniosos diálogos y aventuras embelesaron a millones de espectadores. Es decir, que acertó a lo grande con una combinación magistral. Por un lado, se apoyó en anhelos humanos primarios: el adolescente que quiere vivir aventuras, el bribón que cae bien a todos, la chica madura y decidida pero también muy hermosa, y el alzamiento contra el opresor; o sea, una historia humana, directa al corazón. Por el otro, ese universo tan singular y asombroso dejó anonadado y soñando a medio mundo, porque todo parecía nuevo y maravilloso.

El ritmo de la cinta es impecable, mostrando una insólita capacidad para dejarte embobado escena tras escena: pone cada capítulo y revelación en el orden más acertado, manteniendo el interés constante y desglosando las sorpresas poco a poco. Desde el prólogo, con la mítica entrada del inmenso destructor imperial y la aparición de los androides, hasta la antológica batalla final, el desfile de imágenes cautivadoras es casi indescriptible. La presentación de C-3PO y R2-D2 es estupenda y resultan adorables en toda la trilogía, al contrario del desastre en que los convierte en las precuelas: tienen una personalidad clara, y sufrimos y nos divertimos con ellos. Ponte en la época para entender mejor el impacto: dos robots como protagonistas principales durante un buen trecho de la proyección. Su periplo por el desierto y el encuentro con Luke nos va poniendo poco a poco en situación además de irnos sumergiendo en el vistoso universo planteado. Tatooine con sus dos soles, la misteriosa figura de Obi-Wan, el sugerente goteo de información sobre una guerra que asola la galaxia, los sueños de Luke de salir de la miseria y conocer el universo, Mos Eisley y su agresiva mezcolanza étnica, la taberna y la fantástica introducción de Han Solo y Chewbacca…

Luke es un encanto, congenias rápido con sus esperanzas por tener una vida más emocionante. Y su evolución está muy bien trabajada, no se apunta a todo porque sí, algo que detesto en los héroes del cine contemporáneo. Tiene dudas que entendemos bien, toma decisiones imperfectas, y el entorno influye más de lo que puede creer. De hecho el Destino juega a su favor, como es habitual en este tipo de cuento: si no es por la llegada de los androides no habría caído en la órbita de acontecimientos que lo llevarán al lugar que le corresponde. Cuando el Imperio acaba con su familia no tiene ataduras que limiten su potencial, y empieza su camino como Jedi. Obi-Wan aparece poco, pero lo justo para poner en la buena dirección a Luke, y resulta muy intrigante, tanto por su actitud como porque planta más misterios atractivos ante el espectador: los Jedi, su relación con Darth Vader y con el padre de Luke, la vieja guerra… Han Solo atrapa también a la primera, con su porte de bandido carismático y sus diálogos directos con un toque de cinismo. Uno de sus aspectos más vistosos es que resulta un héroe gris, fuera del canon habitual: no duda en disparar a quien va tras él. Por eso se criticó tantísimo a Lucas cuando cambió esa escena: estaba destruyendo la esencia del personaje. Su colega Chewbacca es otro punto genial: no entendemos lo que dice pero se convierte rápidamente en un secundario entrañable.

Una vez en el espacio acabamos en las garras del temible enemigo: la estancia en la Estrella de la Muerte es inquietante y mantiene la tensión a flor de piel al poner un futuro cada vez más oscuro sobre los protagonistas. El enemigo parece demasiado poderoso y terrorífico como para que puedan salir con facilidad de su formidable base, y Lucas explota eso muy bien, haciendo que estén en desamparo constante, improvisando, corriendo, pasándolas putas en cada momento. Además, la descripción de las figuras principales del enemigo es impresionante, hasta el punto de que Darth Vader se convirtió en uno de los iconos más admirados del cine. El diseño del traje, sus estremecedores poderes, las referencias a un pasado misterioso, la voz de James Earl Jones y el buen doblaje de Constantino Romero… Moff Tarkin no se queda atrás, con una personalidad fría y un aspecto amenazador (Peter Cushing no necesitaba elaboradas máscaras para ello), y sirve para mostrar el aspecto más terrenal del Imperio, el ejército tiránico implacable.

La caída de Obi-Wan, la huida por los pelos y la pelea contra los cazas te siguen manteniendo en vilo y funcionan hábilmente para lanzar el tramo final. Por un lado tenemos otro paso en la maduración de Luke: la emancipación, tomar decisiones por sí mismo… aunque como vemos por los consejos de Obi-Wan desde el más allá, su despertar como Jedi continúa (me pregunto si Lucas tenía bien planeado el desarrollo del personaje de cara a los próximos capítulos o las voces de Obi-Wan fueron introducidas en plan deus ex machina). Por el otro, el realizador vuelve a mostrar lo certero que fue su trabajo como guionista y director al saltar al último acto de la narración con inmediatez, sin romper el ritmo ni el aura de “el Imperio se los va a comer a todos”: la fuga es una treta de Vader para encontrar la base rebelde. Así, llegamos a la sobrecogedora batalla final pensando que los malos tienen a los buenos justo donde querían a pesar de todas sus penurias, de forma que, aunque asumes que ganarán los héroes como se espera, estás temiendo todo el rato la derrota inminente. Y ni te cuento lo que tuvo que ser el ver por primera vez la parte final, cuando Darth Vader sale y va cargándose a todos los compañeros de Luke sin mucho esfuerzo. En el epílogo también acierta de lleno tirando por algo básico pero tremendamente efectivo: entrega de medallas con música feliz y heroica, miradas entre los protagonistas congeniando y celebrando, y fin.

Tan sólo ligeros detalles del guion rechinan levemente, y huelga decir que no hay película considerada hito del cine que se libre de tener algún desliz o alguna parte que podría haber sido más lógica de otra manera (y quizá mayor lógica implicaría menor espectacularidad o belleza). Por ejemplo, siempre me ha resultado un poco cogido por los pelos que los Jedis se hayan convertido en leyenda poco verosímil para la gente, a pesar de su presencia y relevancia en las Guerras Clon hace tan solo unos veinte años; y esto es algo que se nota más con la existencia de las precuelas. Pero lo único que sí cojea bastante es que el ataque a la Estrella de la Muerte resulta un tanto forzado. ¿De verdad unos pocos cazas pueden con semejante mastodonte? ¿Y por qué el Imperio envía tan pocas naves a defenderla? Además, el tiempo del combate no se maneja muy bien: en la cuenta atrás, en dos minutos tenemos varias escaramuzas y ataques, en los siguientes tres otro puñado, y así sucesivamente, pero la sensación es que duran muchísimo más. Eso sí, a cambio el tempo narrativo es impecable: qué tensión en toda la larga escena.

En cuanto al reparto, salvo por las estrellas Alec Guinness y Peter Cushing se escogieron actores muy desconocidos, y algunos quedaron escondidos tras aparatosas máscaras y disfraces o incluso con la voz cambiada (James Earl Jones era la voz de Vader, mientras que el cuerpo correspondía a David Prowse). Si bien entre los protagonistas, excepto la sobria interpretación de Guinness, que le da un toque de misterio muy eficaz a Obi-Wan, ninguno ofrece un papel digno de elogio, todos cumplieron correctamente: casi parece que Mark Hamill funciona como Luke por estar tan perdido como él, Carrie Fisher imprime el coraje justo a Leia, y Harrison Ford tenía el desparpajo necesario para hacer verosímil al desvergonzado Han Solo. Pero fue la unión de los tres, mostrando una química muy natural que aprovechaba al máximo los ágiles diálogos, lo que realmente hizo destacable a los protagonistas. Y gracias a ello se supera la conocida ineptitud de Lucas para dirigir a los actores, que se quejaban de no recibir indicaciones claras; por el contrario, en la trilogía de precuelas esta carencia se hizo muy evidente. Curiosamente, sólo Ford supo o quiso aprovechar el éxito del filme para labrarse una vistosa carrera. De hecho no tardó en enlazar con otra saga que le permitiría meterse en la piel de otro personaje antológico: Indiana Jones.

A la hora de dirigir el proyecto Lucas se enfrentó a la misma lucha que han enfrentado todos los visionarios: la incomprensión del mundo y la falta de ayuda y dinero que eso supone. Incluso compañeros y amigos del gremio le expresaron serias dudas. Alec Guinness afirmó mientras rodaban que no entendía nada porque el guion le parecía un sinsentido, Brian de Palma y John Milius echaron pestes del visionado de prueba, siendo Steven Spielberg el único que vio el potencial de la película. Porque Lucas estaba cerca de su sueño, pero si no se hubiera dejado asesorar no habríamos tenido La guerra de las galaxias tal y como la conocemos hoy. Precisamente esto es algo que se le critica en la trilogía de precuelas, donde absorbió todo el trabajo creativo dejando ver sus muchas carencias como narrador. Uno puede ser bueno en varios ramos del arte cinematográfico, pero difícilmente puedan dominarse todos.

Lucas destacó en los principales, como el ideólogo de la historia y el director del proyecto. Supo mantener al equipo cohesionado incluso en el insoportable desierto, y fue capaz de obtener de cada apartado artístico y técnico lo máximo de sí. Con la inestimable ayuda del principal encargado de los efectos especiales, John Dykstra, llevaron más allá de lo imaginable técnicas conocidas (las maquetas y los matte paintings no eran nuevos), les dieron formas únicas, mejoraron, reinventaron y combinaron todo hasta lograr un aspecto visual tan novedoso como arrebatador. Vaya repertorio de alienígenas y naves tan extraños y asombrosos, menudas batallas espaciales sin igual. Cabe destacar que el diseño de las naves fue tan impresionante que los destructores, los cazas y sobre todo el Halcón Milenario forman parte de la cultura popular desde entonces. No en vano, la empresa que fundaron para este trabajo, Industrial Light and Magic (ILM), se convirtió en referente en cuanto a efectos especiales y sigue siéndolo hoy en día aunque cuente con buenos rivales.

Y el estar Lucas por entonces abierto a la experiencia de otros dio sus frutos. Las recomendaciones de Spielberg fueron cruciales, tanto para la entrada de John Williams como para encaminar a repasar prácticamente la narración entera, o sea, que la película final no se pareció en nada a lo que estaba construyendo Lucas, que se había atascado en un montaje farragoso. Los editores Paul Hirsch y Richard Chew y sobre todo su mujer Marcia Lucas cambiaron muchas cosas, como un primer acto que introducía a Luke rompiendo el ritmo saltando a la superficie en plena batalla del prólogo, o el orden de varias secuencias grandes para aclarar la trama, pero también mejoraron la construcción de los clímax de tensión, como la batalla final, donde en principio la Estrella de la Muerte no estaba a punto de acabar con la base rebelde, por lo que no se creaba esa intensa sensación de peligro y apremio que mencioné más atrás. Este fantástico documental amateur analiza este aspecto a fondo.

Pero el último empujón que encumbró a La guerra de las galaxias: Una nueva esperanza, que la convirtió en una obra maestra que enamoró al mundo entero y no tardó mucho en establecerse como un mito, fue el apartado sonoro, con la portentosa y vibrante música de John Williams. El maestro era de sobras conocido, pero elevó su batuta a un nivel inconcebible: prácticamente cada personaje, pasaje y situación tiene un tema musical propio de gran complejidad, y algunos muestran una fuerza y belleza sin parangón. Es evidente que gran parte la magia de la película se debe a sus notas.

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Saga La guerra de las galaxias:
Introducción: La guerra de las galaxias, de George Lucas.
-> Episodio IV – Una nueva esperanza (1977)
Episodio V – El Imperio contrataca (1980)
Episodio VI – El retorno del Jedi (1983)
Episodio I – La amenaza fantasma (1999)
Episodio II – El ataque de los clones (2002)
Episodio III – La venganza de los Sith (2005)
Episodio VII – El despertar de la Fuerza (2015)
Rogue One (2016)
Episodio VIII – Los últimos Jedi (2017)
Han Solo (2018)

Juego de patriotas


Patriot Games, 1992, EE.UU.
Género: Acción, suspense.
Duración: 117 min.
Dirección: Phillip Noyce.
Guion: W. Peter Iliff, Donald Stewart, Tom Clancy (novela).
Actores: Harrison Ford, Sean Bean, Anne Archer, James Earl Jones, Thora Birch, Samuel L. Jackson, Polly Walker, James Fox, Richard Harris.
Música: James Horner.

Valoración:
Lo mejor: Eficaz puesta en escena que enfatiza muy bien los momentos de intriga y tensión.
Lo peor: Un argumento muy básico y alargado más de la cuenta; el tramo final es aún más predecible. Pero lo peor es la banda sonora de James Horner.

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La segunda película basada en el agente Jack Ryan creado por Tom Clancy no tardó mucho en llegar tras el éxito de La caza del Octure Rojo. Juego de patriotas apunta hacia otro thriller con más intriga que acción, pero termina absorbido por esta, y pretende también resultar un relato complejo, pero se queda en la superficie. La mezcla de terroristas, la célula independizada, el conflicto entre países, la investigación de despachos y la acción directa apunta maneras pero está sustentada sobre pilares bastante endebles.

El guion controla las pocas bazas que tiene bastante bien: el ritmo no es malo, separa las distintas etapas sin que se noten baches y posiciona a los personajes con cuidado (siempre sabemos dónde están, qué hacen y por qué, qué piensan…). Pero no es sustancioso ni original, sus pretensiones se desinflan rápido en un conflicto de buenos contra malos que aunque lo intenta no logra disimular sus carencias, y el equilibrio entre intriga y acción no se consigue correctamente. La aventura empieza bien, algo dispersa pero encaminada hacia un llamativo thriller de terrorismo e investigación, pero no termina de tomar forma a pesar de algunos instantes eficaces (la misteriosa pelirroja, el asalto al campamento visto desde las pantallas), y conforme avanza y se decanta por la acción rutinaria pierde fuelle, hasta que llegamos a un tedioso final en la casa del protagonista, donde los clichés del género y la falta de trama, emoción e intriga deshacen las buenas maneras iniciales.

No cae en estupideces ni simplezas exasperantes (habituales en el género hoy en día), pero sí tiene algunos agujeros y cosas bastante inverosímiles: Ryan yendo a toda prisa a buscar a su esposa en peligro dejando atrás a un puñado de guardias armados (ni de coña es tan tonto, simplemente el guion quería mostrar únicamente el drama de él en solitario); la célula terrorista independiente con más recursos que muchos ejércitos (campamentos en África, movilidad por todo el globo, armamento y equipo de primera…); la cutre seguridad del Primer Ministro que desmantelan tres terroristas locos; que los compañeros del personaje de Sean Bean no vean lo evidente que resulta que no es apto para esa misión; etc.

La buena puesta en escena de Phillip Noyce funciona como armazón impidiendo que tanto desequilibrio hunda la cinta. No llega a ser una de acción de las de recordar, pero el buen manejo de los clímax, el control exhaustivo del tempo narrativo en busca de tensión e intriga y la estupenda fotografía dan una propuesta más que aceptable para pasar el rato. Lo que falla es la música, pues pillaron a un James Horner de bajón que da uno de sus peores trabajos. Otro pequeño sello de calidad lo pone un reparto bien ajustado: el carisma de Harrison Ford, la simpatía de Anne Archer (no relegada a florero), la sorprendente Thora Birch (con poquísimos años se marca una papel excelente) y una serie de secundarios míticos, como el ya por entonces veterano James Earl Jones y un Sean Bean empezando a destacar como villano, pues a pesar de lo pobre que es su personaje transmite rabia y miradas inquietantes muy bien.

Se mantiene sin envejecer para mal por las buenas maneras del género en la época (esfuerzo por trabajar la escena, no buscar el espectáculo a base de fuegos artificiales), pero realmente no resulta nada destacable. Si se recuerda más que otros títulos es quizá por la combinación de renombre (Ford+Ryan+Clancy) y por su ambiciosa y magnífica secuela, Peligro inminente (1994).

Indiana Jones y la última cruzada

Indiana Jones and the Last Crusade, 1989, EE.UU.
Género: Aventura, fantasía.
Duración: 127 min.
Dirección: Steven Spielberg.
Guion: Jeffrey Boam, historia de George Lucas y Menno Meyjes.
Actores: Harrison Ford, Sean Connery, Denholm Elliot, John Rhys-Davies, Alison Doody, Julian Glover, River Phoenix.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: Guion (acción, aventura, humor, personajes…), actores con una química insuperable, una banda sonora gloriosa y una realización espléndida.
Lo peor: Nada.
Mejores momentos: Tantos… La huida de Venecia, la huida del castillo en motos, la lucha contra el tanque, la estancia en el cañón de la Media Luna…
La pregunta: ¿Por qué en El arca perdida no le manteían el acento a Sallah en la versión doblada y ahora sí?
La frase: Debería estar en un museo.

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Probablemente las malas críticas que tuvo El templo maldito le indicaron a Spielberg que quizá sería mejor repetir el esquema argumental de En busca del arca perdida y darle mayor grandeza a la aventura. Y funcionó, vaya si funcionó, porque La última cruzada es sin duda la mejor entrega de Indiana Jones. Todo en esta cinta es sobresaliente, brillante. El guion es el más trabajado de todos, y aparte de bordar con creces todos los elementos clásicos de la saga (acción, historia llena de misticismo, lugares exóticos y personajes carismáticos) destaca sobre todo por su equilibrada trama, donde se desglosan muy correctamente las pistas y hallazgos de las indagaciones, así como por su gran sentido del humor, logrado este gracias a unos diálogos que son siempre perfectos. El ritmo es espléndido, sin descanso y sin aglomeraciones. Cada escena está puesta donde mejor funciona, cada diálogo está colocado con precisión exquisita en el instante donde más efectivo resulta.

La realización de Spielberg saca el máximo partido de libreto, ofreciendo una escenificación espectacular y un manejo de cámara como siempre tan profesional como virtuoso. La fotografía, el vestuario, los decorados, las localizaciones y los efectos especiales son de primer nivel, y la banda sonora de John Williams resulta la más completa y fascinante de la tetralogía. Pero quizá lo más remarcable sea la excepcional labor de los actores, todos impresionantes en sus papeles, aunque despunta de manera remarcable la pareja Harrison Ford y Sean Connery. Si los personajes son muy completos y los diálogos sublimes, los intérpretes les dieron vida propia con un resultado inolvidable, obteniendo una de las pajeras que mejor química ha tenido en la historia del cine.

La película es más en todos los sentidos. Tiene más acción (la escena del tanque quita la respiración), más humor (atención a la aparición de Hitler), más personajes (se amplía muy acertadamente la presencia de Marcus y Sallah) y todas las situaciones son más espectaculares, originales y resultonas. El prólogo nos introduce más a fondo en la personalidad de Indiana, mostrándonos sus inicios en la arqueología. El chico que se encargó del papel (River Phoenix) no podía haberse lanzado mejor a la fama, aunque desgraciadamente las drogas acabaron con él pocos años después. Dicho prólogo es buen ejemplo de las enormes virtudes que posee: es intrigante, atractivo, espectacular… Las escenas sobre el tren denotan gran planificación y una realización de gran calidad a pesar de las aparentes dificultades. Sin embargo no es más que la punta de un iceberg maravilloso, pues a partir de ahí se lanza en la búsqueda del grial pasando de escena magistral en escena magistral. Venecia, las catacumbas, la huida en lanchas (atención a la música en esta asombrosa secuencia), el reencuentro entre Indy y su padre, la escapada en sidecar, las persecuciones por el desierto, el clímax final, los competidores ambiciosos (Donovan), los enemigos implacables (nazis), la chica hermosa que esta vez esconde una sorpresa (fantástica la interpretación de Alison Doody, que como las otras féminas de la saga no llegó a hacer nada más digno de mención en su carrera) y por supuesto los misterios que juegan con leyendas pseudo históricas dan forma a una producción mítica, inolvidable y que se puede ver un millar de veces, pues no pierde ni con los años ni con los visionados.

Saga Indiana Jones:
En busca del arca perdida (1981)
Indiana Jones y el templo maldito (1984)
-> Indiana Jones y la última cruzada (1989)
Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008)

Indiana Jones y el templo maldito

Indiana Jones and the Temple of Doom, 1984, EE.UU.
Género: Aventuras, fantasía.
Duración: 118 min.
Dirección: Steven Spielberg.
Guion: Willard Huyck, Gloria Katz, historia de George Lucas.
Actores: Harrison Ford, Kate Capshaw, Ke Huy Quan, Amrish Puri.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: Diversión y acción a raudales. Cuando la cinta se lanza es una auténtica montaña rusa.
Lo peor: Peca de extremismos: escenas muy exageradas o más propias de videojuegos, humor cargante y repetitivo a cargo de la chica.
Mejores momentos: Las vagonetas, en especial el final con el agua, y la escena del puente colgante.
El idioma: No sé si será cosa del doblaje, pero todos hablan un perfecto inglés, hasta los niños rescatados.

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En 1984 llegó la segunda parte de las aventuras de Indiana Jones, que en realidad es precuela, pues nos traslada a un año antes de los acontecimientos que suceden en En busca del arca perdida. Este es el capítulo menos conseguido, incluso teniendo en cuenta ya la cuarta película, aunque no por ello deja de ser una correcta cinta de aventuras. Quizá uno de los aspectos negativos más destacables sea el de la escasa relevancia y empaque que transmite. Tiene un prólogo demasiado largo, una especie de homenaje a James Bond bastante aburrido, y luego da bastantes vueltas hasta que por fin se incluye un claro hilo conductor. Al final se lanza, vaya si se lanza, pero hasta entonces la narración además de lenta ha sido difusa y poco llamativa. En las otras entregas la aventura y los enemigos tienen mayor presencia e importancia, con lo que no se da la sensación de que hay cierto metraje sin un rumbo claro.

Otro problema importante es la figura femenina, que resulta un personaje cargante en exceso. Quizá Spielberg buscó a propósito algo opuesto a Marion para no repetirse demasiado, pero se le fue la mano al hacerla centro constante de los chistes. A pesar de la más que buena interpretación de Kate Capshaw, los buenos momentos son pocos (la escena de ligoteo en las habitaciones del castillo) entre un griterío constante y una repetición cansina de los mismos toques de humor (¿hacía falta repetir el mismo chiste en cada plato de la cena?). El joven Tapón, encarnado de forma excelente por Ke Huy Quan (luego visto en Los Goonies) es un carácter mucho más acertado, pues además de su considerable gracia aporta mucho más a las escenas que la rubia tonta. Harrison Ford se mantiene en su línea, mostrando hábilmente la socarronería de su personaje.

A rasgos generales la película es más oscura, más cómica, más fantasiosa y, aunque esta aparece muy condensada, también se podría decir que tiene más acción que la primera parte. Hay escenas muy tenebrosas, casi de auténtico terror, el humor está presente en todo momento, aunque en este caso como decía no es perfecto, y el tramo final, con las peleas en las minas y las vagonetas es, nunca mejor dicho, una auténtica montaña rusa. Sin embargo dichas escenas de acción pecan en algunos momentos de ser demasiado inverosímiles (el niño tumbando guardias armados de dos en dos, la nefasta puntería de los enemigos, ese momento ridículo en que Indy tumba a un guardia de un puñetazo y este vuela y luego se desliza por el suelo como si estuviéramos viendo dibujos animados) o parecen sacadas directamente de algún videojuego (la pelea sobre una cinta transportadora con el cilindro de aplastar rocas amenazando a los luchadores es bastante cutre).

Destacan por encima de casi todo lo demás los magníficos escenarios (tanto naturales como artificiales) y la de nuevo magistral banda sonora de John Williams, que ayudan a crear la atmósfera de terror y aventura y son indispensables en algunos momentos cumbre como la ceremonia o las escenas en las minas. Sin embargo cabe decir que los efectos especiales, quizá por la mayor dificultad de los mismos, se han quedado un poco anticuados: las pantallas de fondo y la cámara acelerada en las vagonetas son demasiado evidentes.

Divertida, original, muy bien realizada y con algunos grandes instantes, El templo maldito es un entretenimiento muy recomendable, pero es la única entrega que no merece el apelativo de película extraordinaria.

Saga Indiana Jones:
En busca del arca perdida (1981)
-> Indiana Jones y el templo maldito (1984)
Indiana Jones y la última cruzada (1989)
Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008)

Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal


Indiana Jones and the Kingdom of Crystal Skull, 2008, EE.UU.
Género: Aventuras, fantasía.
Duración: 124 min.
Dirección: Steven Spielberg.
Guion: David Koepp, historia de George Lucas y Jeff Nathanson.
Actores: Harrison Ford, Karen Allen, Shia LaBeouf, Cate Blanchett, Ray Winstone, John Hurt, Jim Broadbent.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: Es Indiana Jones: ritmo trepidante, aventura fascinante, humor bien medido, personajes carismáticos, excelentes escenas de acción…
Lo peor: Que el espectador vaya con su película perfecta construida en su cabeza y no disfrute por tener unas expectativas demasiado altas. Que la trilogía está demasiado idealizada y los “fallos” que se le sacan a esta película no se le sacan a las anteriores, aunque sean exactamente los mismos.
Mejores momentos: La persecución y lucha sobre vehículos a través de la selva. El clímax final, intrigante, sobrecogedor y espectacular.
Un apunte anti-magufos: Las calaveras de cristal que inspiran esta historia fueron talladas en el siglo XIX (se cree que en Alemania), y todas las historias de poderes mágicos, mayas y alienígenas que giran a su alrededor no son más que invenciones de los fanáticos de lo paranormal. Más información en Magonia.

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Como decía en una crítica anterior (en concreto La jungla 4.0), cuando se recupera una saga cinematográfica que además de su valor artístico e importancia en la historia del cine está muy arraigada entre el público es harto complicado satisfacer a los espectadores, tanto a los nuevos como a los que crecieron con dicha saga. En el caso de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal se está viendo una tendencia que me resulta muy, muy, muy sorprendente: hay muchos seguidores de toda la vida que la critican duramente, que la fusilan sin miramientos por cosas estúpidas que además eran habituales en la trilogía original. Que si es muy exagerada, que si los malos no tienen puntería, que si las persecuciones son inverosímiles, que si tiene un trasfondo de fantasía… ¿Pero cómo pueden quejarse de esas cosas en esta película y a la vez alaban la trilogía, que tiene exactamente los mismos elementos? Sinceramente, es tan absurdo que no logro comprenderlo. Luego están los que van con la expectativas demasiado altas, con una obra maestra imaginada en su cabeza, y no son capaces de ver lo que tienen delante. Han pasado muchísimos años y las anteriores entregas están idealizadas, sobrevaloradas por nuestros corazones, y además el cine ha cambiado y nosotros hemos cambiado desde entonces. Quien no sea consciente de todo ello no podrá disfrutar la nueva película. La fórmula es la misma, los autores los mismos, los protagonistas los mismos, y el resultado el mismo. El reino de la calavera de cristal no es nada más y nada menos que otra entrega de las aventuras del reverenciado arqueólogo. Señores, quítense la venda de los ojos, que Indiana Jones ha vuelto.

Tras un prólogo impactante e intrigante pasamos a las pistas y revelaciones que ponen al héroe en camino. Amigos presentes y ausentes (emotivos homenajes a Sean Connery, que no quiso estar, y a Denholm Elliott, el simpático Marcus, actor que falleció en los noventa), arqueología con tintes fantásticos y místicos, conflicto social emergente (el nazismo se sustituye por el comunismo, cuya huella se siente constantemente en la historia y los personajes) y peligros constantes, desde enemigos implacables a naturaleza hostil, forman parte de una historia sencilla y con desarrollo lineal que repite más o menos el mismo esquema que sus predecesoras. Hay algún agujero de guion, sí (qué fácil es meter un llamativo grupo de comunistas en una de las instalaciones más secretas del gobierno estadounidense), pero de nuevo repito que tenemos las mismas virtudes y leves defectos que en las demás. Lo importante es que el gran sentido de la aventura y del asombro se mantiene en plena forma, el carisma de los protagonistas no se ha perdido, el humor continúa siendo muy bien tratado y la escenificación es ejemplar. Coreografías impresionantes, efectos especiales de primer nivel y exquisitas labores de fotografía y montaje allanan el camino para que Spielberg pueda ofrecer escenas de acción espectaculares donde prima la impecable planificación de las secuencias sobre la forma de rodar del cine de acción actual. Es decir, el director deja en ridículo a sagas como Piratas del caribe y La momia y otras producciones como King Kong (la nueva versión, el engendro de Peter Jackson) o la terriblemente fallida última entrega de El Señor de los Anillos (El retorno del rey, también de Jackson), cintas donde todo se reduce a muñecotes digitales, agitación de cámara y montaje caótico. Sólo podría quejarme de un par de fantasmadas, la de las lianas y la de la nevera (que es tan ridícula como innecesaria), pero por lo demás diría sin duda alguna que El reino de la calavera de cristal es superior a El templo maldito, que por cierto es igual o más exagerada que esta.

Harrison Ford se mete de nuevo en la piel del intrépido arqueólogo, recuperando el rumbo que había perdido en los últimos años encadenando apariciones en títulos mediocres. La edad no es el problema que algunos temían, pues el libreto cuida mucho esa parte (atención a los chistes al respecto) y el actor está en buena forma. Karen Allen hace lo mismo con Marion, Shia LaBeouf se desenvuelve muy bien en su papel (el chico apunta maneras), aunque el doblaje es mediocre, y la siempre espléndida y hermosa Cate Blanchett no puede lucirse mucho al tener un personaje muy serio y frío (no por ello menos interesante, ojo). El resto (John Hurt y Jim Broadbent) cumplen con profesionalidad en papeles menores pero lo suficientemente atractivos como para que su presencia se recuerde tras el visionado. La excepción es el carácter de Ray Winstone (el amigo de Indy, Mac), quien queda un tanto desdibujado. Nada grave, pero no está a la altura del resto y sus constantes cambios de lealtad terminan confundiendo y disipando el interés que pudiera despertar al principio de la función.

Es una lástima que una parte bastante numerosa del público no haya sabido apreciarla, porque El reino de la calavera de cristal es, como lo fueron sus predecesoras, una cinta modélica en el género de entretenimiento sin más pretensiones. Sin embargo, cabe recordar que tanto El templo maldito como La última cruzada en su momento también tuvieron malas críticas y sufrieron odiosas comparaciones entre sí. El tiempo las puso en el lugar que merecen, y espero que con esta ocurra lo mismo. Tengo que añadir también un ya inútil deseo personal: ojalá el regreso de La guerra de las galaxias hubiera tenido esta calidad y hubiera conservado tan bien el espíritu de la saga original. ¿Para cuándo la quinta entrega, a ser posible basada en el argumento de aquella obra maestra de juego para ordenador que fue Indiana Jones and the Fate of Atlantis?

Saga Indiana Jones:
En busca del arca perdida (1981)
Indiana Jones y el templo maldito (1984)
Indiana Jones y la última cruzada (1989)
-> Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008)

En busca del arca perdida


Raiders of the Lost Ark, 1981, EE.UU.
Género: Aventura, acción, fantasía.
Duración: 115 min.
Dirección: Steven Spielberg.
Guion: Lawrence Kasdan, historia de George Lucas y Philip Kaufman.
Actores: Harrison Ford, Karen Allen, Paul Freeman, Ronald Lacey, John Rhys-Davies, Denholm Elliott, Wolf Kahler, Alfred Molina.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: Todo, en especial que el paso del tiempo no le hace el más mínimo daño.
Lo peor: Nada.
Mejores momentos: Difícil elección. El prólogo, porque resume muy bien el tono de la historia.
La frase: Es un transmisor, una radio para hablar con Dios.

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Podría buscar información variada y hacer un artículo extenso y completo, pues se pueden contar muchísimas cosas sobre una obra tan popular y aclamada como la trilogía de Indiana Jones, sobre su proceso creativo, su rodaje y su influencia en el cine, pero eso se lo dejo a revistas varias, y seguro que no es difícil encontrar buenos artículos en la red. Voy a ir al grano, a dar mi opinión.

Los viejos amigos Steven Spielberg y George Lucas unieron sus fuerzas por un interés común, el de revivir el género de aventuras clásicas que estuvo en vigor durante los años 30 y 40, y no pudieron hacerlo mejor, porque En busca del arca perdida resultó una película extraordinaria y además dio pie a otras dos entregas que, por supuesto gracias a su también gran nivel de calidad, ayudaron a crear un mito cinematográfico y una de las sagas más memorables que ha dado el séptimo arte. La cuarta parte se gestó muchísimo más tarde y no ha llegado hasta el presente año, por supuesto envuelta en una expectación inconmensurable.

En busca del arca perdida es uno de los mejores ejemplos de lo que debe ser una cinta comercial que no deja de lado la calidad tanto en la narración como en el envoltorio. No sólo resulta espectacular, sino que es fascinante incluso tras casi treinta años de su estreno, y todo gracias a un guion muy cuidado e inspirado, una puesta en escena exquisita y una serie de elementos que estuvieron justo al nivel necesario: la música, los actores, la fotografía, el vestuario, las localizaciones…

Empecemos por el libreto de Lawrence Kasdan, un autor bastante aclamado a pesar de sus escasas obras (Elegidos para la gloria, El fuera de la ley…). En él se conjugan a la mil maravillas un sentido modélico de la aventura (misterio, misticismo, lugares exóticos, enemigos inquietantes…), humor (bastante original, a veces cínico, y siempre puesto en el momento donde resulta más eficaz y sorprendente), y algunos de los personajes más carismáticos que se puedan recordar. Por supuesto destaca el arqueólogo Indiana Jones (Harrison Ford), que recuerda a Han Solo, y no sólo por el actor, sino por su desparpajo, aunque en este caso estamos ante un individuo menos egoísta, que lucha por causas justas y no por enriquecimiento personal. Sin embargo es ineludible citar la sorprendente personalidad de Marion (Karen Allen) una chica muy audaz y resuelta. Fue muy inteligente y valiente derruir con ella los tópicos de la heroína débil que debe ser salvada por el héroe, acertándose de lleno al mostrar una mujer fuerte e independiente. Le dio a la cinta no sólo más originalidad y carisma, sino que es sin duda uno de los elementos que más juegan a su favor en la re-evaluación que provoca el paso de los años. Tenemos también amigos afables y divertidos (Sallah, en manos de John Rhys-Davies), enemigos temibles (los nazis, en especial el interpretado por Ronald Lacey, el tipo misterioso que se quema con el medallón) y por supuesto la némesis del arqueólogo, con Belloq (Paul Freeman), cuya ambición y curiosidad le llevan a alinearse en cualquier bando. Por cierto, de forma semejante a como ocurrió en La guerra de las galaxias, salvo Harrison Ford el resto de actores nunca ha conseguido forjarse una carrera realmente destacable.

Spielberg no desaprovecha la atractiva historia que tiene entre manos y ofrece un espectáculo sólo comparable al conseguido por él mismo en las continuaciones. Su calidad como director ofrece una cinta ejemplar en escenificación y ritmo, pero también aporta un toque extra de genialidad al deleitarnos con planos brillantes por doquier. Destacan los juegos de sombras y luces (atención a la forma de presentar a Indiana en el prólogo, o su entrada en el bar de Marion) y los clímax de acción (con escenas que incluso hoy día son impresionantes) y misterio (efectos especiales muy bien empleados en instantes sobrecogedores). El realizador se apoya con sabiduría en una gran fotografía de Douglas Slocombe, que saca gran partido del exotismo de los paisajes, y cómo no en la increíble música, donde el maestro John Williams elaboró una de las bandas sonoras que más han calado en la memoria del espectador. El tema de Indiana, con sus impactantes notas heroicas, y la facilidad del compositor para dotar a las escenas de pura magia fueron imprescindibles para encumbrar a En busca del arca perdida como un clásico del género de aventuras, como una lección magistral de cine.