El Criticón

Opinión de cine y música

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La leyenda del samurái: 47 Ronin


47 Ronin, 2013, EE.UU.
Género: Acción, fantasía.
Duración: 118 min.
Dirección: Carl Rinsch.
Guion: Chris Morgan, Hossein Amini.
Actores: Keanu Reeves, Hiroyuki Sanada, Ko Shibasaki, Tadanobu Asano, Min Tanaka, Jin Akanishi.
Música: Ilan Eshkeri.

Valoración:
Lo mejor: Impresionante aspecto visual: dirección, fotografía, vestuario y decorados de notable o más.
Lo peor: El guion es ridículo. Keanu Reeves no se esfuerza nada.

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El éxito de El Señor de los Anillos (2001) y Harry Potter (ídem) y la evolución de las nuevas tecnologías lanzaron el género de la fantasía a límites nunca vistos… pero esto hablando de número de producciones, porque la calidad brilla por su casi total ausencia. Pocos títulos hay para recordar, y ninguno de ellos especialmente llamativo. El resto son películas de gran presupuesto destinadas a epatar con efectos especiales pero donde se pone muy poco énfasis en el guion. El patrón de muchas es el mismo: toman una premisa conocida y famosa, como películas previas, cuentos o novelas (tal es la dejadez que no buscan ni una puñetera idea original) y repiten un esquema narrativo bastante pobre: un héroe marginal, un viaje, unos cuantos monstruitos, algún ejército, la guarida del enemigo, un villano arquetípico… Y no me malinterpretéis: esta combinación tan básica puede dar una buena película (qué mejor ejemplo que La Guerra de las Galaxias, Episodio IV, Una nueva esperanza -1977-), pero como digo, para ello hay que buscar un guion con calidad y carisma. Conan el bárbaro (2011), Furia de titanes (2010) y secuela (2012), Las crónicas Narnia (2005), Hansel y Gretel (2013), Airbender: El último guerrero (2010), las secuelas de Piratas del Caribe… la mayoría dejan las mismas sensaciones: la trama es una excusa para lucir efectos especiales. Y 47 Ronin está cómo no en la misma onda.

Tenemos el protagonista rechazado que luego probará su valía, la princesa florero con el hermano ultraconservador y cabezón y el padre conservador pero inteligente; y no falta el amigo gordo simpático, claro. En el lado de los malos más clichés: el villano sin motivación ni profundidad más allá de hacer cosas malas, la bruja, el ejército de inútiles… Llega un momento en que todo parece ridículo: el pueblo de los buenos es bonito y luminoso, el de los malos siempre oscuro y feo. Tanta simplificación da como resultado un tono bastante infantil en una epopeya que claramente debería ser para mayores de trece años. De hecho, ni se debería haber limitado a esa edad, porque una aventura de luchas y venganzas como esta requería ser para adultos, pero el mercado manda, así que rodaron esquivando la violencia y la sangre de forma que a veces queda realmente forzado, pues las batallas, los seppuku y los espadazos no sueltan ni una gota de sangre, dando la sensación de que las imágenes son a veces muy falsas.

Como es obligatorio seguir explotando los tópicos del género, en la paupérrima trama de alzamiento de los héroes del pueblo oprimido cuelan con calzador el monstruo de rigor (un animal gigante que pulula por ahí no se sabe por qué), la escena mística (el paseo por el bosque buscando las espadas es un pegote absurdo) y el consabido final en plan videojuego, donde los productores querían un dragón y lo tuvieron, y donde el protagonista de repente tiene superpoderes que no se han presentado antes.

Queda claro que la historia es lo más básico y trillado que ha parido el género entre un sinfín de títulos mediocres, y por extensión la profundidad y la emoción brillan por su ausencia. Pero por suerte no llega a caer en la cutrez risible. Será predecible, pero no vergonzosa. Conan 2011 era más sosa, Airbender: El último guerrero ni se entendía, y las dos últimas de Piratas del Caribe además de confusas eran un coñazo. En 47 Ronin la narración fluye bien, aun contando con ese largo y fallido receso en el bosque mágico, y no llega a aburrir. Tampoco despierta mucho interés, claro. Lo peor son los personajes, que de unidimensionales, previsibles y monótonos provocan hasta rechazo. El protagonista es tan soso y Keanu Reeves está tan mal que dan ganas de ponerse del lado del villano y ayudarle a torturarlo y matarlo. La princesa, como si la violan con un puercoespín. El malo, de risa. El gordito tarda demasiado en morir. Al menos Hiroyuki Sanada como el príncipe conservador que verá la luz es un actorazo con carisma sufiente para levantar cualquier rol. Otra cosa que nunca entenderé es cómo actores mediocres tienen éxito mientras otros grandes intérpretes capaces de deslumbrar en cualquier condición no logran la simpatía de las masas.

Pero 47 Ronin destaca de forma impresionante en otro aspecto donde este género también suele fallar. Tanto empeño que ponen los productores en parir películas de efectos visuales que atraigan al público y resulta que a la hora de la verdad no contratan buenos directores que sepan aprovechar bien los medios disponibles. Todos esos ejemplos que puse al principio se caracterizan por una labor de dirección entre normalita y mediocre (con honrosas excepciones como Gore Verbinski en Piratas del Caribe). Así de mal acabó la saga de Harry Potter, por ejemplo, cuando vimos lo alto que podía llegar con un realizador con talento (Alfonso Cuarón en El prisionero de Azkaban). Sin embargo, da la casualidad de que 47 Ronin cayó en las manos de un buen artesano. Quién iba a esperar que el desconocido Carl Rinsch, con un par de cortos en su haber y contratado por ser barato, fuera a mostrarse tan profesional. Es más, quién pensaría que un novato fuera capaz de sobreponerse a un proyecto donde los productores son los que mandan y cuyos egos de hecho provocaron que el rodaje resultara un caos. Es la historia de siempre: quiero que la estrella gane protagonismo, quiero un monstruito aquí, quiero más fuegos artificiales, quiero alterar el montaje como me dé la gana…

Como es de esperar, la película no se benefició de esas imposiciones e improvisaciones. No queda en el guion calidad suficiente desde la que poder dotar de algo de vida o de alma al relato, por mucho que la labor de Rinsch tras las cámaras terminara siendo impecable, pero al menos visualmente cumple de sobras. Lo primero que llama la atención es que al contrario que en otras superproduciones maltrechas el dinero luce muy bien. Rinsch supo dirigir al equipo de dirección artística hasta obtener un trabajo de vestuario y decorados que resulta sobrecogedor. No ha habido este año mejor labor de vestuario que la aquí presente, pero como los premios se dan a la popularidad no se ha comido un rosco. Y en la fotografía estamos en las mismas condiciones. Con tal despliegue de medios y las excelentes localizaciones elegidas, el director de fotografía John Mathieson, uno de los grandes del gremio (El reino de los Cielos -2005-, Gladiator -2000-), tenía material para lucirse. Rinsch lo aprovecha a lo grande. Gloriosas panorámicas, buen dominio de las escenas de acción, búsqueda constante de composiciones bellas y ostentosas… Los bosques, el poblado, las complejas escenas llenas de extras… 47 Ronin es tan superficial, monótona y estulta que la hubiera enterrado de no ser por esta magnífica puesta en escena, que merece la pena admirar. De todas formas hay que señalar algo extraño: los efectos digitales, aunque hay pocos y son buenos (la criatura, el dragón), tienen un bajón impresionante: ¿cómo pudo quedarles un zorro digital tan horrible cuando el resto luce tan bien?

En cuanto a la taquilla, fracasó a lo grande: con el enorme presupuesto que tuvo debido a la extensión improvisada del rodaje se ha convertido en uno de los mayores batacazos de la historia. Lo cierto es que películas igual de simples y algunas incluso más estúpidas han triunfado, pues las tendencias sociales son impredecibles. Por ejemplo, Guerra Mundial Z (2013) es del estilo y tuvo un rodaje igual de caótico, pero fue un éxito tremendo, mientras que otro buen ejemplo, John Carter (2012), también se hundió. Ahora queda por ver si con este fracaso la carrera de Rinsch queda truncada o alguien se fija en su gran nivel y le da otra oportunidad.

Y huelga decir que si queréis ver una buena película del género, Los siete samuráis de Akira Kurosawa (1954) es un título indispensable.

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Lobezno: Inmortal


The Wolverine, 2013, EE.UU.
Género: Superhéroes.
Duración: 126 min.
Dirección: James Mangold.
Guion: Mark Bomback, Scott Frank.
Actores: Hugh Jackman, Tao Okamoto, Rila Fukushima, Hiroyuki Sanada, Svetlana Khodchenkova, Brian Tee.
Música: Marco Beltrami.

Valoración:
Lo mejor: Fuera de las escenas de acción, visualmente cumple bastante bien.
Lo peor: Simple, aburrida, y no parece una película de superhéroes.

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Decir que no parece una película de superhéroes se podría considerar un cumplido si se entiende que por ello no abusa de los clichés del género, pero me temo que se va al otro extremo: los superhéroes están metidos con calzador en un thriller muy trillado. El empresario que se jubila, la pelea por el trono entre los hijos, los contactos políticos y mafiosos, el romance… Nada sorprende, todo se desarrolla de la forma más previsible y simple posible.

Víbora es como si se incluyera por cumplir el cupo, no transmite sensación alguna, es como si no estuviera. Lobezno no parece Lobezno. Apagado, sin el estilo arisco de costumbre que tan simpático y gracioso resultaba, es un rol poco sustancioso que va de acá para allá sin que se sepa por qué hace lo que hace; es decir, no se justifican sus acciones: repite mucho que no quiere estar ahí pero se apunta a todo… Odio este tipo de protagonistas con personalidad indefinida. La vidente que lo acompaña es más interesante, pero no se le saca mucho partido. Ya no hay más mutantes, y el resto de personajes son clichés de lo más vulgares.

La chica tiene un pase porque la actriz elegida cumple bien en el físico y en la interpretación como joven tímida a la que hay que proteger (resulta encantadora y dulce), pero precisamente eso la hace incongruente respecto a la trama donde la sumergen: esta niñita no cuela como empresaria candidata a dirigir la compañía más grande del país. Además, el romance con Lobezno es muy facilón y falto de interés. El hermano malvado es insoportable, por típico y predecible, y el villano no despierta mucho interés, pues aunque su objetivo se trabaja bastante no tiene presencia ni carisma como para dejar huella; quizá también es que Magneto ha puesto el listón muy alto, o que el desenlace en plan monstruo final de videojuego no sorprende lo más mínimo.

Lo mejor que puedo decir es que la puesta en escena es muy correcta. En manos de un artesano como James Mangold (Copland, El tren de las 3:10) Japón luce bien, el tempo narrativo es fluido a pesar de que no hay un guion consistente detrás, y en líneas generales la película entra sin problemas a pesar de su larga duración, aunque al final te quedes con cara de no haber visto nada. Pero por esa sobriedad también se queda corta. De nuevo, no parece una cinta de superhéroes. Las escenas de acción son bastante normalitas: peleas a puñetazos y espadas nada impactantes, con coreografías muy básicas y un montaje mejorable. La secuencia más espectacular tampoco logra un aprobado: la parte del tren está puesta ahí claramente porque hay que cumplir con el género y porque veían que la cinta se venía abajo en este tramo; resulta tan aparatosa e intrascendente como injustificada.

Además, los efectos especiales, para los pocos que hay, no lucen nada, de hecho, son reguleros. En un principio parecía que apostaban por la acción tradicional, pero pronto se ven trucajes digitales mediocres por todas partes. La parte del tren es bastante floja en lo visual, pero es que incluso escenas simples de tiroteos están llenas de pantallas de fondo y extras añadidos cutremente: qué mal queda la gente superpuesta en los tejados. Cada vez se dejan más cosas al ordenador, supuestamente ahorrando dinero y esfuerzo pero perdiendo verosimilitud y espectacularidad. El colmo del absurdo está en la cama adaptable del empresario: ¿de verdad aporta algo esa chorrada de efecto digital?

Lobezno: Inmortal como thriller es uno del montón, nada destacable. Como aventura de superhéroes resulta confusa, porque la mezcla con el anterior género no funciona, no termina de llevar a nada no ya nuevo, sino simplemente atractivo. Y además es monótona y aburrida. Resulta menos sustanciosa y entretenida que X-Men Orígenes: Lobezno, que tampoco era gran cosa.

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Saga X-Men:
X-Men (2000)
X-Men 2 (2003)
X-Men: La decisión final (2006)
X-Men orígenes: Lobezno (2009)
X-Men: Primera generación (2011)
-> Lobezno inmortal (2013)
X-Men: Días del futuro pasado (Rogue Cut) (2014)
X-Men: Apocalipsis (2016)
Deadpool (2016)
Logan (2017)
Deadpool 2 (2018)
X-Men: Fénix oscura (2019)
X-Men: Los nuevos mutantes (2020)

Sunshine


Sunshine, 2007, EE.UU.
Género: Acción, suspense, ciencia-ficción.
Duración: 107 min.
Dirección: Danny Boyle.
Guion: Alex Garland.
Actores: Cliff Curtis, Cillian Murphy, Michelle Yeoh, Rose Byrne, Chris Evans, Chipo Chung, Hiroyuki Sanada, Benedict Wrong, Troy Garity, Mark Strong.
Música: John Murphy, Underworld.

Valoración:
Lo mejor: El primer tramo de la cinta, el más comedido e interesante.
Lo peor: El delirante final. La mediocre puesta en escena de Danny Boyle, el guion lleno de agujeros e incongruencias e incapaz de definir buenos personajes y ofrecer una trama que equilibre las distintas y casi incompatibles líneas narrativas (mezcla poco homogénea de cine de catástrofes, de ciencia-ficción, de terror…).

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Trainspotting (1996) fue notable e influyente, pero desde entonces Danny Boyle no da pie con bola. La playa (2000) y 28 días después (2002) mantienen el éxito pero de calidad andan bien escasas. El caso de Sunshine ha ido por el mismo camino: ha tenido en general críticas decentes, pero el producto final me ha parecido casi desastroso, y en gran medida por culpa del director.

Sunshine es una malograda mezcla de géneros. Comienza como cine de catástrofes, con la poco creíble misión de detonar una bomba en el Sol para reactivarlo, continúa como cinta de ciencia-ficción, con las aburridas aventuras de la tripulación intentando llegar a su objetivo mientras lidian con irrelevantes problemas técnicos, y en el tramo final se decanta sorprendentemente por el terror de zombis (que incluye leves toques de gore). La simbiosis entre estos tres estilos es irregular, ineficaz. La cinta va dando traspiés sin que quede claro de qué va (con la bomba como macguffin chapucero), sin decantarse de una vez por un rumbo y género concreto, con lo que dificulta la atención del espectador, quien tiene que afrontar los cambios de estilo y dirección.

El otro gran problema que su base resulta bastante endeble: los personajes carecen definición, entran y salen aleatoriamente porque su único cometido es morir en uno u otro instante. Se trabajan tan poco desde el guion al casting que ni alcanzan el mínimo exigible en la verosimilitud. No hay quien se crea a estos jóvenes casi imberbes como científicos y astronautas de gran nivel, de hecho, aparte de comportarse como adolescentes inmaduros cada cual es más incompetente y patético; el segundo al mando llega a ser una caricatura vergonzosa.

Se acumulan diálogos vacíos, situaciones poco trabajadas cuando no incongruencias enormes, te asaltan preguntas cada dos por tres… Por ejemplo, ¿qué sentido tiene que el escudo tenga paneles que se abren?, ¿cómo pueden los restos de piel humana de siete tripulantes dejar una capa de polvo de varios centímetros en una nave tan grande?, ¿por qué ese personaje se comporta tan irracional e infantilmente?, ¿por qué justo ahora se olvidan de la radio o de poner el filtro solar?, ¿cómo pueden respetar tan poco la cadena de mando? A veces dan ganas de gritarle ¡estúpido! a los personajes.

Las virtudes del libreto son casi inexistentes, pero es más lamentable que el poco jugo que se le podría sacar Danny Boyle no lo aprovecha. Su puesta en escena carece de originalidad (¿por qué cuando se está en una nave espacial la cámara tiene que girarse?), abusa de primeros planos y enfoques cortados (reflejos, reflejos borrosos, objetos de por medio) que lejos de imprimir el tono de claustrofobia propio de la situación limitan completamente la narración a los rostros de unos personajes muy aburridos, con lo que no se ve nada y se echa a perder aún más la poca intensidad que posee la historia. El abuso de escenas que pasan por encima de la nave o muestran su escudo también resulta cansino, por no hablar de las repetidas e innecesarias visitas a la sala de observación. Pero la cosa va a peor a medida que avanza la función, pues cuando la nave perdida aparece, Boyle pierde el juicio completamente. La absurda y ridícula locura a la que asistimos a partir de entonces comienza con unos flashes repentinos diseminados entre fotogramas. No se acierta a ver qué es, no se comprende su presencia, sólo distrae y hace pensar en un fallo de la proyección. El montaje se acelera, se hace caótico, la fotografía empieza a agitarse descontroladamente… Pero todavía no ha llegado lo peor, pues contra toda lógica Boyle se empeña en emborronar la pantalla ante la presencia del zombi, así que los últimos minutos se limitan a ruido, borrones, personajes corriendo… y uno ya no sabe qué pasa.

Arreglando el tramo final podría haber sido una serie b decentilla; bastante típica y con muchos baches, pero pasable. El conjunto da lástima, y por si fuera poco se acumulan los instantes que recuerdan a producciones clásicas del género, desde 2001, una odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968), Solaris (Andrei Tarkovsky, 1972) y Alien (Ridley Scott, 1979) a cintas menores recientes, como Horizonte Final (Paul W.S. Anderson, 1997), dejando una sensación constante de falta de originalidad, de personalidad.