El Criticón

Opinión de cine y música

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Ad astra


Ad Astra, 2019, EE.UU.
Género: Drama, ciencia-ficción.
Duración: 123 min.
Dirección: James Gray.
Guion: James Gray, Ethan Gross.
Actores: Brad Pitt, Tommy Lee Jones, Ruth Negga, Donnie Keshawarz, John Ortiz, Loren Dean.
Música: Varios.

Valoración:
Lo mejor: Por decir algo, ver a la gente salir del cine tan dormida y cabreada como tú, compartiendo así la sensación de engaño.
Lo peor: Hecha a trozos de otras películas. Pretenciosa pero informe y fallida hasta el ridículo. Aburrida hasta la desesperación. Ni cumple en el acabado a pesar del abultado presupuesto.

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Conocí al guionista y director James Gray por La noche es nuestra (2007), un thriller de policía y mafias estupendo que no tuvo la recepción que merecía y pasó muy desapercibido. No me llamaron sus siguientes trabajos, los dramas románticos Dos amantes (2008) y El sueño de Ellis (2013), pero volví a él cuando encaró un género que me resulta más atractivo, el cine de aventuras. Pero Z, la ciudad perdida (2016) fue una gran decepción, no vi en ella ninguna de las cualidades que mostró en aquella. No fue capaz de hacer que conectara con tanta intensidad con los personajes, que la historia cobrara vida con garra y los giros y finales impactaran, sino que fue un título vulgar, superficial, plomizo, y sin pegada en lo visual a pesar del potencial del escenario. Aun con esas malas impresiones no he podido evitar ver Ad astra, pues la ciencia-ficción me llama aún más. Pero Grey sigue en la misma deriva, construyendo otra película torpe y soporífera, y esta vez se estrella más al apuntar mucho más alto.

Inexplicablemente, la crítica se ha volcado con la obra, con lo denostada que suele estar la ciencia-ficción, pero el recibimiento del público es más tibio, no tanto como yo esperaba, pero hay muchos espectadores que salen medio dormidos del cine y con cara de haber sido timados, porque los tráileres anuncian un drama con acción y aventuras pero lo que nos ofrece es un pretencioso pero fallido intento de relato introspectivo y reflexivo en la onda de 2001, una odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968), Solaris (Andrei Tarkovsky -1972-, Steven Soderbergh -2002-), Interstellar (Christopher Nolan, 2014) y, saliendo del género, Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979). Y también bebe más o menos descaradamente de Horizonte final (Paul W. S. Anderson, 1997), Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017), Mad Max (George Miller, 2015), Gravity (Alfonso Cuarón, 2013)… Pero Grey está tan poco inspirado que los referentes en los que se apoya resultan demasiado evidentes, de forma que Ad astra resulta un burdo conglomerado de ideas de otros mezcladas con sus propias y vagas ambiciones.

Alerta de spoilers: A partir de aquí debo entrar bastante a fondo para sacar todas sus carencias a relucir.–

En estilo pega saltos sin ton ni son, sin tener claro hacia dónde se dirige, y lo que es peor, mareándote con promesas que no llevan a nada. El prólogo y partes del final tienen acción que parecen tomas descartadas de Gravity, tan exageradas que no encajan en una historia pausada e intimista. El viaje en busca de un familiar y héroe cuyo destino se desconoce recuerda demasiado a Interstellar y Apocalypse Now, y aunque hay que señalar que esta premisa bebe de la Odisea de Homero, la falta total de aportes propios pesa mucho. El protagonista (encarnado por Brad Pitt) serio, frío y desubicado que busca respuestas recuerda bastante a Blade Runner 2049, sobre todo cuando pasea con la misma seriedad que Ryan Gosling por escenarios demasiado semejantes. El dibujo del héroe abnegado y deshumanizado también me recordó a El primer hombre (Damian Chazelle, 2018), que ya era bastante floja de por sí. En la luna hace pensar en Mad Max, con una persecución de forajidos que sería efectiva si la película siguiera por ese camino, pero es un relleno sin justificación. Igual resulta el mono rabioso, un receso de suspense a lo Alien totalmente salido de madre que pone más misterios en la mesa que luego no vuelven a tratarse. También me acordé de Desafío total (Paul Verhoueven, 1990) en el segmento de la Luna, por eso de tener información constante de fondo que va describiendo el entorno (aunque luego no sirve para nada concreto). Los típicos y cansinos flashbacks de la mujer en casa, en plan ensoñación etérea a lo Terence Malick, intentan aportar romance y drama, pero es un toque demasiado artificial que sólo consigue generar distanciamiento. Las constantes menciones a la búsqueda de vida inteligente fuera del sistema solar apuntan a que en cualquier momento se convertirá en Contact (Robert Zemeckis, 1997) o La llegada (Denis Villeneuve, 2016), o que tendrá un final a lo Abyss (James Cameron, 1989) o Misión a Marte (Brian De Palma, 2000)… pero son todo vaciles y engaños insultantes o una torpeza insólita.

En resumen, te tiras toda la proyección creyendo que van a pasar cosas en un sentido u otro, que por fin está tomando rumbo, y de repente abandona esa dirección para irse por otros caminos y otras fórmulas narrativas empalmadas de mala manera.

Por extensión, no sorprende que haya numerosos giros según le convenga hacer avanzar la historia y realzar al héroe, lo que aumenta la sensación de que la progresión de los hechos no es nada natural, sino forzada e inverosímil. El general que lo acompaña un rato está para dar explicaciones, luego se lo quitan de en medio porque se pone malito el pobre. Los diversos extras para las partes de acción mueren con una facilidad pasmosa justo antes de saltar al siguiente escenario. Si Grey se mete en un callejón de salida se saca de la manga otro personaje que resuelve el entuerto, como la marciana, figura que además genera una de muchas incongruencias: afecta al protagonista, que en el planeta rojo queda un poco como un patán sin coraje después de tanto esfuerzo en ponerlo como un superhéroe. Algunas soluciones son delirantes, como esa tapa de alcantarilla en Marte que da a un lago y este tiene una cuerda sumergida para cruzarlo buceando y salir justo al sitio “seguro” donde despega el cohete de la mega corporación más poderosa del sistema solar; que se pueda abrir la escotilla en pleno lanzamiento es una minucia a lado de esto, de hecho, es creíble que un alto rango militar en una misión secreta tenga un código de anulación de protocolos varios. En cuanto al ejército, queda como un organismo bastante débil: apenas consiguen defenderse de los piratas, sus misiles tienen un alcance cortísimo, no son capaces de montar una misión secreta con naves propias…

En contenido es dispersa y vaga y a la vez repetitiva. No se centra durante un rato, y al siguiente se atasca en bucles de los que parece que no va a salir, con diálogos entre personajes o voz en off recalcando lo obvio, lo que estamos viendo. Por extensión, los diálogos explicativos son sonrojantes, casi en plan “vamos a ir en cohete a Marte, porque para llegar allí hay que ir en cohete”. La introspección la convierte en vacío narrativo. El protagonista susurra infinitos pensamientos supuestamente serios y conmovedores, pero en realidad mundanos y aburridos: debo distanciarme de mi esposa para no mostrar debilidad en el trabajo (¡no te hubieras casado!), sufro porque papá no está, etc. Lo sutil se le atraganta sobremanera al realizador, construyendo situaciones con unas obviedades que provocan vergüenza ajena; por ejemplo, el segundo al mando de la nave que transporta al protagonista queda como un inútil y un gilipollas imposible de creer, todo para ensalzarlo a aquel. Pretende ser seria y con rigor científico y da unos bandazos espectaculares, destacando ese salto espacial imposible con un escudo que al chocar con el polvo y los pequeños asteroides del anillo de Neptuno hace que estos exploten y el personaje parezca acelerar en vez de frenar y desviarse de su ya de por sí increíble trayectoria; y no se queda atrás lo de usar la explosión nuclear de una nave para coger impulso con otra, como si a esta la onda expansiva no la afectase.

Lo único que amaga con concretar algo inteligible e inteligente es con los temas sobre la corrupción del ser humano, el capitalismo esclavizando al ciudadano incluso en la conquista del sistema solar. Pero al final salta al otro espectro y suelta un mensaje que se me antoja profundamente anti científico, anti superación de la humanidad. No vayamos al espacio, no exploremos, no busquemos conocimiento, y rehuyamos de la ciencia, que sólo traen problemas. Quédate en casa y forma una familia, que es la única forma que tiene el ser humano para realizarse y encontrar la felicidad. No puedo evitar pensar en la delicadeza y maestría con que Interstellar combinaba pensamientos de esta índole.

Si al menos tuviera un aspecto visual potente, hipnótico, que engañara los sentidos y te impidiera ver que no te están contando nada sólido o útil, como 2001 en gran parte del metraje (en otras partes el delirio era tal que también se hacía insoportable), Gravity, que con una historia sencilla ofrecía una de acción memorable, Interstellar, que hacía de las numerosas transiciones y explicaciones algo que admirar y no se resentía en su abultado metraje… Pero la labor de Gray es muy pobre y la dirección artística tirando a mala, algo incomprensible teniendo un presupuesto de casi 90 millones de dólares.

Hay un par interiores de naves bastante detallados, pero no les saca provecho con una puesta en escena muy básica, ahogada más de la cuenta en primeros planos; acabarás harto del careto de Brad Pitt. Pero fuera de eso no ofrece nada de nada. Las estaciones espaciales parecen rodadas en aparcamientos subterráneos, todo columnas de hormigón. Llegas a Marte esperando que te deslumbren con la colonia… y es lo más feo e inerte que puedas imaginar… y cutre, porque ponen iluminación roja en esos bastos interiores para decirte que estamos en Marte. Entonces es también cuando más recuerda a Blade Runner 2049, con los tonos anaranjados, los juegos de luces y sombras, los edificios extraños… pero todo parece una imitación barata. Las escenas del espacio, nada originales, como he indicado, pero tampoco hermosas e inquietantes como se espera. Las situaciones donde el personaje reflexiona sobre sí mismo y su entorno carecen de imaginación en la composición del plano, con lo que resultan aún más anodinas y aburridas: soportamos innumerables planos del tipo flotando en la nave, sentado mirando pantallas, el eterno paseo por el lago…

Brad Pitt, prácticamente la única figura relevante, tiene un papel difícil en el que no se lo ve cómodo, así que no conmueve. No creo que sea cosa del actor, al que no le falta talento y experiencia, sino del director, que anda muy perdido. La banda sonora, que cuenta con temas de Max Ritcher y Nils Frahm, dos de los compositores más destacados en cuanto a minimalismo se trata, tampoco da la talla, es un susurro continuo incapaz de transmitir las emociones necesarias, pero apuesto también a que es el director el que no ha sabido qué pedirles y cómo usar la música.

Con tanto cambio de tono y rumbo pesa cada vez más la sensación de que te están timando una y otra vez. Es imposible conectar con un relato que aspira a tanto pero tropieza continuamente, para que al final obtengas unas reflexiones tan pobres sobre padres e hijos y un cierre tan fallido, con la muerte más estúpida que recuerdo fuera del cine cutre. Y es imposible conectar con un personaje tan frío, tan irreal y forzado, cuyo destino no llega a importante y cuyo cambio final parece sacado de un panfleto conservador.

Ad astra es un desastre de proporciones épicas en el que sólo queda ver si se salva del fracaso en taquilla gracias al tirón de Brad Pitt, la notoria campaña publicitaria, y el asombroso tirón que ha obtenido en los medios.

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Z, la ciudad perdida


The Lost City of Z, 2016, EE.UU.
Género: Aventuras.
Duración: 141 min.
Dirección: James Gray.
Guion: James Gray, David Grann (novela).
Actores: Charlie Hunnam, Robert Pattinson, Sienna Miller, Edward Ashley, Angus Macfadyen, Ian McDiarmid, Clive Francis, Tom Holland.
Música: Christopher Spelman.

Valoración:
Lo mejor: Buena descripción de algunos aspectos de los últimos coletazos de la época de la exploración.
Lo peor: Aventura sin épica, ni drama, ni intesidad de ningún tipo, ni en el contenido ni en lo visual: es muy aburrida.

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Alerta de spoilers: Comento algún detalle, pero nada que destripe sorpresas… que por otra parte tampoco hay.–

Qué decepción me he llevado con Z, la ciudad perdida. Las críticas profesionales que la señalaban como una vuelta al cine de aventuras clásico me pillaron con el interés por el género en todo lo alto, pues andaba releyendo El Terror (Dan Simmons), una novela sobre la exploración del Paso del Noroeste que me encantó en su momento y volví a coger porque pronto será una miniserie a la que le tengo muchas ganas. Hice caso omiso a la gente que la ponía de película muy aburrida, suponiendo que, como ocurrió con Master and Commander y El guerrero nº 13, los dos últimos grandes (y más bien únicos) títulos del género, el público no las recibió muy bien.

Pero lo cierto es que sí ha sido una cinta muy pesada e insatisfactoria. Hay en ella potencial para algo más notable, pero la narrativa es plomiza, el guionista y director James Gray (adaptando la novela de David Grann que a su vez partió de los hechos reales) no es capaz de abordar con la solidez y pasión necesarias una odisea que termina ahogada en la monotonía y las inconsistencias. En lo único que recuerda a clásicos es en alguna referencia, como la ópera en la selva de Fiztcarraldo (Werner Herzog, 1982). Aguirre, la cólera de Dios (de Herzog también, 1972), El hombre que pudo reinar (John Huston, 1975), El tesoro de Sierra Madre (ídem, 1948), Indiana Jones (Steven Spielberg, a partir de 1981) si incluimos la fantasía también… Olvidaos de cualquier referente que tengáis en mente.

Aunque la era de los exploradores estaba entrando en declive con la globalización, todavía había partes del mundo donde perderse en busca de aventuras, conocimientos, y también fantasías. Pero la principal motivación era más terrenal: el prestigio, el ascenso social y económico. Pocos lo hacían por amor a la naturaleza y a la ciencia, era un trabajo muy vistoso en su rango social y ya está. Volver victorioso de una epopeya de este calibre garantizaba un subidón en el escalafón social que de otra forma podría costar muchos años de esfuerzo. Sí, eran viajes considerablemente arriesgados, pero muchos preferían batallar contra la naturaleza que contra la pirámide social. Igualmente, el apoyo de países y empresas en su mayor parte era político o comercial. Proyectos como el de Charles Darwin no eran lo habitual.

Todo esto tiene aquí una representación bastante correcta, y es lo único que me ha gustado de la película. Percy Fawcett es un joven inglés que no encaja del todo en la aristocracia, que no consigue ascender como desearía ni le caen bien los estirados con los que compite. La posibilidad de ver aumentada a lo grande su reputación por una misión para cartografiar las fronteras entre Bolivia y Brasil es muy jugosa… y el viaje además despierta en él el entusiasmo por encontrar civilizaciones en principio míticas y echarle en cara a la conservadora sociedad su visión antropológica más moderna: los indígenas pueden formar sociedades complejas. Pero de funcionar a deslumbrar hay un gran trecho. Todo lo que se narra lo conocemos ya, y no se ofrece una perspectiva novedosa, no hay diálogos y situaciones con ingenio suficiente para evitar la sensación de falta de riesgo. Por ejemplo, los capítulos dedicados al conflicto con otro explorador, el típico bocazas engreído que en el terreno demuestra su calaña, son entretenidos (uno de los segmentos más amenos de la proyección, de hecho) y aportan matices a la descripción de la época, pero también son muy predecibles, se limitan a exponer lo obvio. Y fuera de esta sección no hay prácticamente nada. El drama personal y la propia aventura en la selva carecen de este amago de contenido y consistencia, resultan historias muy superficiales y monótonas.

No hay personajes secundarios atractivos, todos son clichés puestos al servicio de la trama, o sea, monocromáticos y previsibles. El único que da juego es el citado rival, James Murray (Angus Macfadyen, recordado por ser el conde traidor de Braveheart), y porque es importante en el argumento, pues su descripción es muy simple. Los compañeros de aventuras es como si no estuvieran ahí, no sabemos nada de sus vidas y pensamientos, no tienen escenas que aporten algo sustancioso, no hay una dinámica de compañermismo de ningún tipo, todos sueltan su verborrea sin que haya sensación real de que están viajando, trabajando y batallando juntos. Son tan irrelevantes e insípidos que en cuanto salen de plano te olvidas de que estaban ahí. La esposa y los hijos son anodinos también. Ella además me resulta algo inverosímil. Si estás tratando de describir esa época con verosimilitud, no me metas un ramalazo de policorrectismo actual, con la mujer fuerte e independiente y el matrimonio con los dos miembros al mismo nivel, porque no pega en el relato, en la situación habitual de casamiento por conveniencia (nombre, dinero y guardar las apariencias) donde ella se queda en casa cuidando de la familia mientras él trabaja. Pero claro, parece que si hoy en día pones a una mujer florero se te tiran encima, así que prima el revisionismo burdo. Los hijos sólo aparecen para el típico cabreo por un padre ausente, hasta que el mayor crece, y entonces resulta incongruente: de odiar al progenitor y su trabajo pasa a seguirlo con entusiasmo sin que haya habido ningún proceso de cambio, ninguna razón que lo justifique.

Fawcett no es mal rol central, pero le falta algo más de garra a su viaje, más sufrimiento y lucha por sacar adelante sus objetivos. Con secundarios tan pobres hacía falta un protagonista más fuerte y una interpretación muy potente para que fuera capaz de cautivar, en plan Steve McQueen en El Yang-Tsé en llamas (Robert Wise, 1966) o Peter O’Toole en Lawrence de Arabia (David Lean, 1962). Charlie Hunman es muy buen actor, lo dejó claro en Hijos de la anarquía, pero aquí no consigue conmover. El problema es que el personaje apenas tiene recorrido. Sí, empieza mostrándose un poco reticente a ese trabajo y luego ve que le gusta, pero no se ofrece una transición llamativa, ni vamos más allá. Su determinación, fuera de los líos en la Sociedad Geográfica Real, no se contagia, porque la aventura es muy parca en contenido y vacía de emociones. Parece pasearse por la selva sin más, no se ve el fruto de su esfuerzo, los problemas no llegan con intensidad. Los asuntos logísticos (formar el equipo, negociar con el gobernador), las vicisitudes por el río (naturaleza hostil), los choques con los indígenas… Todo se despacha con cuatro tópicos simples empalmados sin mucho tacto, y aun así Gray es capaz de llenar un montón de metraje. En esto pesa también que se obsesiona con narrar toda la vida del explorador, aunque no sea necesario: el receso bélico y sus secuelas es tiempo completamente perdido. De estar ciego por sus heridas en combate pasa a estar curado sin más, sin que sepamos realmente qué ha pasado, cuánto ha padecido, qué proceso de curación ha seguido… Tantos minutos, y no se ve casi nada de contenido.

La desgana con que se narra todo afecta incluso a la verosimilitud. Gray incluye todos los pasos de los viajes por la fuerza sin una coherencia ni evolución tangible, sólo cita el problema de turno y enseguida pasa al siguiente asunto dejando un montón de preguntas y agujeros. Los personajes dicen “Necesitamos tres balsas llenas y cuatro caballos”, y resulta que, salvo por un plano muy fugaz al poco de partir donde se ve otra balsa y unos caballos, el resto del tiempo sólo contamos la barcaza donde van los pocos protagonistas, donde además apenas llevan material. En el segundo viaje igual, pero con botes. Los vemos navegar, tienen problemas de suministros, sufren ataques, sobreviven por los pelos, tratan con los indígenas… pero todo el material y gente que supuestamente llevan están desparecidos… salvo cuando tiene que morir un extra, y entonces este se materializa por arte de magia en la barco de los protagonistas; y en otro momento necesitan usar un caballo, y este aparece también sin más. En los primeros pasos del viaje se preocupan de que no son capaces de pescar, mientras a la vez dicen que vivirán en el río unos dos años… pero siguen adelante sin más. Por el camino, en un jaleo dicen haber perdido gran parte de las provisiones… ¡pero sí solo hemos visto volcarse una cesta de fruta que llevaban abierta y sin sujetar! Pero aun así siguen adelante. Llegan a su destino diciendo que tienen hambre, pero sin que sepamos si en estos meses han aprendido a aprovechar el entorno y han recuperado provisiones que les hayan permitido llegar tan lejos. Allí encuentran un jabalí enano y ya con eso no parecen preocuparse de los meses que tienen de retorno. Con otras cuestiones, como las enfermedades, lo mismo: ahora vemos a un protagonista enfermo, en la siguiente escena aparece como si nada, sin mostrar si han hecho algo o todo ha pasado sin más, y secuelas desde luego no hay de ningún tipo. El trato con los indígenas… no me preguntes cómo pasan de hostiles a amistosos, no se explica, de la lluvia de flechas saltamos al intercambio de regalos.

También hay cosas muy cogidas por los pelos. Fawcett chapurrea español y el aborigen habla su propio idioma, pero aun así lo entiende y lo traduce al inglés para sus compañeros; de hecho es un idioma fascinante: dos palabras se traducen en cuatro frases. Llegan a la fuente del río sin haber cartografiado prácticamente nada, y ahí encuentran asombrosos restos de una civilización… pero deciden dejarlo todo e irse porque hay una pantera. Van armados hasta los dientes, podían dispararar, o podían dar un rodeo, pero no, deciden volver sin pruebas sólidas. No me olvido de mencionar también alguna transición absurda, como ese líquido derramado haciendo una línea que se funde con el siguiente plano y se convierte en… no, en el río no… en un tren.

Termina de hundir la propuesta otro aspecto muy decepcionante: lo visual está muy lejos de dar la talla en un tipo de cine que exige más. No hay belleza ni asombro, no tenemos un acabado cinematográfico destacable. Y lo gracioso es que se rodó en 35 milímetros para darle un aire épico acorde al género. Pero la dirección, fotografía y montaje son bastante flojos. Gray no saca partido alguno del escenario, parece que estamos más en un parque que en una selva, todos los planos son muy cerrados encima de la barca y las caras de los actores, y el tono saturado de las imágenes le resta naturalidad a los pocos y nada llamativos paisajes que vemos. No encuentro ninguna escena digna de recordar, ningún pasaje apasionante. Todo lo contrario, el aburrimiento me embargó en grandes tramos de la cinta, sobre todo el pobre desenlace, donde intenta hacer algo extraño, medio onírico, en plan Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979, y el interés acaba por los suelos.

La noche es nuestra


We Own the Night, 2007, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 117 min.
Dirección: James Gray.
Guion: James Gray.
Actores: Joaquin Fenix, Mark Wahlberg, Eva Mendes, Robert Duvall, Tony Musante, Antoni Corone, Alex Veadov, Moni Moshonov.
Música: Wojciech Kilar.

Valoración:
Lo mejor: Actores, guion, dirección.
Lo peor: Que pasara tan desapercibida.
Mejores momentos: La persecución en coche en la lluvia. El protagonista en la reunión para comprar droga.

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La New York de finales de los ochenta se ahoga en el crimen y la policía se ve desbordada. En una familia donde por tradición casi todos sus miembros han terminado siendo policías uno de los hijos se presenta como la oveja negra al dirigir un club donde abundan las drogas y presumiblemente se realizan citas de alto nivel de las mafias narcotraficantes. Quiere el desarrollo de ciertas investigaciones que el local sea el centro de la tormenta, y a partir de ahí los choques entre los criminales y la policía desatan una oleada de violencia que pone a la familia en peligro constante y dirigen la vida del dueño del club hacia caminos inesperados.

La absorbente trama se desarrolla con un ritmo envidiable y un manejo de la tensión exquisito. Los personajes son exprimidos al máximo en numerosas escenas que los ponen al borde de la muerte, transmitiendo de forma loable todo su tormento y el agobio constante en que viven. Hay un par de tramos que van confeccionando poco a poco los dos grandes clímax de la película, aquel en que el protagonista lleva escucha en una importante reunión con los narcotraficantes y la persecución en coche provocada cuando intentan quitárselo de en medio. Y recalco lo impresionante que resultan ambas secuencias: pocas veces he estado tan dentro de una película, tan en la cabeza de un personaje viviendo sus seguros últimos segundos de vida. La planificación y ejecución de estos dos momentos son dignos de recordar y destacan incluso dentro de una cinta tan equilibrada como esta.

La construcción de personajes es digna de aplaudir. Las tensas relaciones familiares y los roces entre las distintas formas de vida resultan muy creíbles y atractivos, sobre todo conforme evolucionan y las cosas empiezan a ponerse muy feas. Y por extensión la evolución de los caracteres (sobre todo el interpretado por Joaquin Fenix) resulta encomiable. O dicho de otra forma, se nos ofrece unos personajes de una solidez que hoy día es muy rara de encontrar, y la gran calidad del reparto ensalza aún más estas virtudes. Mark Wahlberg y Robert Duvall ofrecen interpretaciones muy ajustadas a sus papeles, pero si destaca alguien es Joaquin Fenix, un actor poco activo pero que ha dado papales magníficos, entre ellos este.

El que el tema que trata está bastante visto puede pesar, el ascenso del protagonista puede resultar algo forzado y el desenlace deja la sensación de que a una propuesta tan convincente como esta le hubiera ido de perlas un cierre menos convencional, pero en conjunto La noche es nuestra es un notable thriller policiaco, denso y fascinante y con el sabor de los clásicos del género. Solo le ha faltado el toque de brillantez justo para hacer de ella una película redonda, memorable, como el que sí tiene Infiltrados de Scorsese por ejemplo, pero es un ejemplo de cine de primera que apenas tuvo repercusión.

Las críticas no fueron malas, pero no la ensalzaron como desde mi punto de vista se merece y además apenas se habló de ella y casi nadie la vio (50 millones de recaudación en todo el mundo, aunque supera su presupuesto, es de chiste viendo su calidad o lo atractivo de su reparto). ¿Mala distribución, poca publicidad o falta de interés? Sea como sea, es una pena que pasara tan desapercibida, y eso que forma parte de un género que suele obtener mucho reconocimiento. Para mí es un filme a reivindicar, uno de los más grandes del año 2007. Supera por ejemplo a la insatisfactoria American Gangster de Ridley Scott, que sí fue muy aplaudida, y no digamos a algunas de las injustamente laureadas ese año, cintas que he mencionado unas cuantas veces, como Expiación, Pozos de ambición, Michael Clayton o Juno. No me canso de decirlo: esa temporada fue lamentable a la hora de repartir alabanzas.