El Criticón

Opinión de cine y música

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Asalto al poder


White House Down, 2013, EE.UU.
Género: Acción.
Duración: 131 min.
Dirección: Roland Emmerich.
Guion: James Vanderbilt.
Actores: Channing Tatum, Jamie Foxx, Maggie Gyllenhaal, Jason Clarke, Richard Jenkins, Joey King, James Woods.
Música: Harald Kloser, Thomas Wander.

Valoración:
Lo mejor: Channing Tatum.
Lo peor: Todo: el abuso de clichés, el argumento sobadísimo, los personajes y situaciones imposibles, las escenas de acción mediocres, los efectos especiales flojos, la música mala…
El cliché más previsible: El puto reloj que le salva del tiro.
La escena patrihortera: La bandera ondeada por la niña patriótica ante el vuelo de aviones militares, y los pilotos abandonando su misión (¡¡¡salvar al mundo de una tercera guerra mundial!!!) por la lagrimilla que les da la escenita.

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Asalto al poder resulta un gran título del cine cutre, pues por mucho que sea una cinta que no se toma muy en serio, el tono de aventura tontorrona no logra sobreponerse a la cutrez casposa, a la mediocridad risible. El guion parece hecho por un programa de ordenador que recopila todos los guiones del género y los mezcla aleatoriamente. Los clichés más estúpidos, las líneas argumentales más disparatadas, los personajes más estereotipados y las escenas de acción más inverosímiles aparecen en todo su patético esplendor.

La trama es el enésimo remedo barato de La jungla de cristal. Qué digo, es una copia descarada, de hecho, es más fiel a la saga que la quinta parte, La jungla: Un buen día para morir, aunque sea incluso peor. Tiene mucha acción y ritmo, pero no consigue resultar interesante y entretenida porque toda escena, todo plano y diálogo, lo hemos visto mil y una veces y no se hace el más mínimo esfuerzo por buscar una identidad llamativa, una vuelta de tuerca que le dé algo de savia, o incluso algo de dignidad. La única forma de sacar algo del vulgar relato es riéndose a su costa. Ojo, hay muchos momentos de humor, pero estos provocan vergüenza ajena: forzados en los peores momentos posibles, escupidos a través de personajes insoportables (el guía es un catalizador de memeces alucinante), con recursos tan primarios que dan penita. No, si te ríes es por lo cutre y ridículo que resulta todo. Sirva de ejemplo una escena importante: el protagonista lanza un puñado de granadas que provocan una explosión enorme (por supuesto con bola de fuego) que derrumba medio edificio… pero él se salva porque ha dado una voltereta y se ha ocultado tras el atril de madera o plástico desde donde hablan los políticos, que por ser presidencial es también indestructible. Fli-pan-te.

El líder de los malos (que se señala mediante su mirada aviesa y musiquita inquietante, como decía Homer en Los Simpson) era uno de los buenos, pero se ha vendido por completo a lo más extremista del lado oscuro por desavenencias políticas y un trauma familiar. Un tipo que ha trabajado toda su vida para su país de repente lo quiere ver en llamas, aun a costa de matar a sangre fría y personalmente a todos sus allegados; lo más normal del mundo, vamos. Para rematar el absurdo, en su mundo de dolor y rabia el tío es más lúcido y capaz que nunca: logra urdir el plan más imposible y eficaz. Eso sí, por supuesto se rodea de patanes enormes que lo tirarán por tierra. Estos peones se dividen en las dos categorías habituales: los que aparecen para morir de forma estúpida y los tienen líneas de diálogo y lo harán de forma algo más llamativa. Los primeros caen como moscas en los tiroteos, mientras el héroe protagonista corre por cualquier parte entre lluvias de balas sin que le pase nada. Los segundos son descritos con algún detalle sencillo y reconocible, que como suele ocurrir se limita a que están locos de remate y hacen gilipolleces una detrás de otra; además, los pobres actores tienen que poner muecas y gestos de cabreo ante las habilidades del héroe mientras aguantan la risa por la incompetencia infinita de sus roles. Y por supuesto, no falta al final la aparición del bueno traidor, en una escena que grita a los cuatro vientos “eh, que no solo es de acción, tiene también un argumento enrevesado y sorprendente”. Sí hombre, sí.

En el bando de los buenos tenemos la misma mierda. La chica competente que los generales cabezones echan a un lado, porque uno llega a general de no sé cuántas estrellas siendo idiota e inmaduro. Además estos altos mandos son temblorosos e indecisos y dejan todo para el protagonista, porque el héroe debe ser siempre superior a todos aunque eso vaya contra la verosimilitud del relato. El presidente es súper majo y perfecto en un mundo donde todos los demás son los que fallan en algo y tienen la culpa de las cosas malas; eso sí, en un requiebro magnífico, Emmerich nos cuela como presi a un negrata de barrio, con sus zapatillas de baloncesto y todo. Y el plato fuerte es el protagonista. Dejo que adivinéis su vida… Sí, es un buenazo muy resuelto pero con algunas torpezas que lo tienen a punto de quedarse sin trabajo, y por su puesto la aventura lo encumbrará donde merece. Sí, tiene una exmujer y una hija preadolescente con las que no consigue llevarse bien por mucho que lo intente; por suerte, la chiquilla no es el clásico niñato insoportable, cumple sin molestar, y la ex aparece durante tres milisegundos. Como es esperable, resolverá todo con sus superpoderes: esquivar balas, hacer que los malos se cabreen tanto que fallen en sus planes, verse en cada situación en el momento justo, etc. Y todo terminará con la reunión familiar y demás instantes pseudo lacrimógenos.

La puesta en escena de Emmerich es plana y aburrida. No ofrece nada destacable, pone la cámara donde dice el manual y nada más. Pero lo peor es que el nivel de los efectos especiales deja mucho que desear: costó 150 millones y parece un telefilme. Lo poco que hay artesanal no luce: los tiroteos son simples a más no poder, las carreras por los pasillos nada espectaculares, los duelos del protagonista con los villanos son tan previsibles que no emocionan lo más mínimo. Emmerich busca un envoltorio grande y supuestamente impresionante, que para eso es una superproducción, mostrando muchos planos aéreos de la Casa Blanca y una batalla final con helicópteros, pero estos se resuelven con unos efectos digitales horribles. Las pantallas de fondo son de serie barata, se notan mucho y las escenas quedan muy falsas, muy cutres. Los vehículos y extras digitales se ven muy falsos, color, textura y movimientos no convencen en absoluto. ¿Con 150 millones no se podían hacer unos efectos digitales no solo de buen nivel, sino espectaculares? En Los Vengadores y Transformers casi toda la ciudad, durante sus batallas principales, está recreada digitalmente y no se nota en ningún momento, de hecho, resulta alucinante. No es cuestión de dinero ni del tipo de efectos especiales, sino de que hay que tener un buen director/productor que sepa rodearse del equipo adecuado y gestionar bien los recursos… y pensaba que Emmerich lo era: ¿cómo puede Independence Day lucir diez veces mejor que Asalto al poder con casi veinte años de diferencia entre una y otra? Porque la cadena de mando ha fallado, no se ha contratado a la gente adecuada, no se ha invertido bien el dinero, no se ha dirigido bien la producción, etc. Por cierto, los efectos sonoros son flojos también. Los tiroteos suenan todos iguales, no falta el abuso de tics (las pantallitas haciendo pipipi) y aparece un nuevo efecto sonoro de esos sin pies ni cabeza: las granadas con cuenta atrás sonora.

Lo único salvable es el carisma de Channing Tatum, que parece tomarse la película a cachondeo y se le ve bastante resuelto en su papel de clon de John McClane. Por lo demás, Asalto al poder es una abominación de grandes proporciones que vuelve a recordar las eternas preguntas: ¿por qué pocos entienden que el cine de acción debería ser medianamente inteligente también?, ¿por qué estos productos de ínfima calidad llegan a aprobarse?, ¿por qué el espectador no les da la espalda?, ¿por qué no se invierte esa pasta en hacer algo original?, ¿es que no hay guiones de mayor calidad circulando por Hollywood?…

Ver también:
Objetivo: la Casa Blanca (Olympus Has Fallen).

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Contact


Contact, 1997, EE.UU.
Género: Drama, ciencia-ficción.
Duración: 153 min.
Dirección: Robert Zemeckis.
Guion: Carl Sagan (novela, historia), James V. Hart y Michael Goldenberg.
Actores: Jodie Foster, David Morse, Geoffrey Blake, William Fichtner, Matthew McConaughey, Tom Skerrit, James Woods.
Música: Alan Silvestri.

Valoración:
Lo mejor: Guion, dirección, fotografía, interpretaciones…
Lo peor: Quizá un exceso de metraje.
Mejores momentos: Las apariciones el excéntrico millonario. Los dos lanzamientos por el artefacto.
La frase: La primera regla de un gobierno derrochador: por qué construir una cuando puedes tener dos por el doble de precio.

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Contact es una cuidadísima producción que narra desde un hiperrealista ámbito científico y social el contacto con una civilización extraterrestre. Supondrá probablemente una decepción para quien espere un producto típico de acción y ciencia-ficción, pues estamos ante un drama social que juega tanto con lo íntimo como con el análisis social de grandes proporciones.

La exquisita puesta en escena huye de artificios como escenas de acción o abuso de efectos especiales, pero no escatima en recursos a la hora de mostrar grandes multitudes congregadas por el evento o en las bellas imágenes del espacio y la reconstrucción digital del artefacto, elementos que forman parte imprescindible de la narración. Eso sí, el tramo final, el viaje, no ha envejecido muy bien, pero en cambio la máquina sigue resultando espectacular.

El tempo que imprime Zemeckis es pausado pero certero, siempre mantiene la expectación alta. Se apoya mucho en una fotografía muy certera a la hora de formar escenas que transmitan más de lo que parece a simple vista. No importa el número de personajes que haya en el plano, todos están siempre bien ubicados y en conjunto configuran un dato o emoción concreta (esto último generalmente centrado en la protagonista); hay momentos muy destacables, como cuando vemos a Ellie empequeñecida ante una multitud de gente poderosa y ambiciosa. La música del notable pero infrautilizado Alan Silvestri no es muy elaborada, sólo ofrece u tema principal que está empleado reiteradamente; sí, es bonito, pero llega un momento en que cansa.

El reparto es muy completo y elegido con tino, destacando la interpretación de Jodie Foster, intensa y apasionada pero creíble, nunca excesiva. Da el toque final a un personaje que, sin ser un alarde de complejidad, resulta tan humano que es fácil empatizar con ella. El resto de protagonistas en cierta manera sirven para representar a todos los ámbitos que estarían implicados en este proceso, y aunque verosímiles por lo general también les cuesta a veces no parecer demasiado estereotipados. Eso sí, incluso dentro de esta limitación tienen instantes bastante inteligentes, como las triquiñuelas de David (Tom Skerritt) para ir sumando puntos como candidato.

El guion, basado en una novela de Carl Sagan, no sé hasta qué punto es fiel al original, y aunque lo sea bastante probablemente la novela abarque mucho más, sea más compleja. Pero desde luego el resultado es digno de alabar, sobre todo por ofrecer un relato poco habitual en el cine. Se toma la ciencia en serio, hasta el punto de parecer un ensayo más que una película. Y con todo, es emotiva y entretida hasta el punto de aguantar muy bien los visionados. Así, no sólo refleja de maravilla el trabajo científico y la pasión por lo desconocido (en lo que te embarca con el fascinante argumento tanto como con la pasión que te contagia Ellie), sino que va más allá, teorizando de forma muy creíble con las repercusiones y eventos que viviríamos en un caso semejante. Cómo no, la intromisión de gobiernos y jefes cortos de miras y de fanatismos que se empeñan en huir de la realidad y la ciencia que la explica (o sea, religiones), están presentes, dejando su nefasta huella.

Sólo tengo dos quejas notables. Primero, quizá hay un exceso de metraje, sobre todo en la parte de Ellie joven y algunos otros breves pasajes (alguna conversación intrascendental, un epílogo demasiado simplón…), aunque ni con esta posible carencia ni con el ritmo sosegado la película se hace larga pese a su abultada duración. Y segundo, la desacertada decisión de incluir a un Presidente de EE.UU. real (Bill Clinton, que era el que había en esa fecha), con las consecuentes limitaciones a la hora de rodar e introducir su parte. Quizá se buscó acercar la película todo lo posible a la realidad, pero se podría haber empleado un actor y un nombre falso, porque los complicados montajes que realiza Zemeckis para incluir las escenas en las que el mandatario está presente repercuten en la narración, ya que no quedaron bien resueltas (planos esquivos para no mostrar al doble, montaje con reiterados planos a la TV, planos superpuestos cantosos…). Es una decisión a todas luces errónea, y no comprendo cómo se complicaron tanto la vida y se jugaron el resultado artístico por ello.

Tendría otra queja, pero exclusiva del ámbito personal. El guion es tan fiel reflejo de la sociedad que hay momentos en los que me tiro de los pelos por la falta de sentido común, la persecución de ideales obsoletos y que haya personas con tanto poder como para inducir sus limitadas ideas en la evolución social, política y científica: Ellie no cree en Dios, por lo tanto no es elegida para la misión… Pero no se tiene en cuenta si los otros candidatos creen en Buda, Ra o Yoda. Habrá quien diga que no es incompatible la creencia religiosa y la ciencia (cada uno puede creer en lo que quiera, obviamente), pero la primera nunca debería pisar o entorpecer a la segunda, y está claro que no son complementarias en ese sentido de ninguna forma.