El Criticón

Opinión de cine y música

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Alejandro Magno (Final Cut)


Alexander, 2004, EE.UU.
Género: Histórico.
Duración: 214 min.
Dirección: Oliver Stone.
Guion: Oliver Stone, Christopher Kyle, Laeta Kalogridis.
Actores: Colin Farrell, Anthony Hopkins, Rosario Dawson, Val Kilmer, Jared Leto, Elliot Cowan, Joseph Morgan, Ian Beattie, Rory McCann, Francisco Bosch.
Música: Vangelis.

Valoración:
Lo mejor: Es una película completamente distinta a la chapuza estrenada en cines. Resulta una trabajada e interesante aproximación histórica a Alejandro Magno y su época.
Lo peor: Algunos pasajes tienen poco ritmo, y en general le falta fuerza y carisma como para dejar huella en la memoria.
Mejores momentos: Las dos batallas, Gaugamela e India.
La frase: Si estos mitos nos llevan a las grandes glorias… ¿por qué está mal seguir lo que queremos?
Las distintas ediciones: Cines (175 min.), Director’s Cut (167 min.), Final Cut (o Alexander Revisited, The Final Cut, 214 min.), Ultimate Cut (207 min.). Creo que ninguna de las buenas ha llegado a España, me temo.

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Alejandro Magno fue un proyecto personal al que Oliver Stone dedicó un montón de años hasta que consiguió que viera la luz… y otro montón después intentando arreglar el fallido montaje estrenado en cines. Según declaraciones del realizador, la chapucera versión inicial se debió a las prisas en el caos de la post-producción, donde es evidente que le exigían un largometraje por debajo de las tres horas, entre otras condiciones que lo obligaban a alejarse del guion original e improvisar de mala manera, como limitar las referencias homosexuales.

Empezó a arreglar el desaguisado con el Director’ Cut, pero me temo que esta versión todavía sigue parámetros (y seguramente también directrices) comerciales: su duración se reduce respecto al original y se siguen eliminando pasajes polémicos (la homosexualidad de nuevo). Era una versión destinada al alquiler y los pases por televisión, y más concreto en el mercado estadounidense. Pero aquí ya apuntaba a una estructura narrativa más meditada: muestra los hechos de forma no lineal (de hecho empieza con la gran batalla) para explicar mejor las motivaciones de Alejandro.

Parece ser que vendió muy bien, porque Stone tuvo carta blanca sacar la versión definitiva, la Final Cut, donde pudo mostrar su película sin limitación alguna. Tanto que años después pensó que se excedió en el metraje y sacó una un poco más corta, la Ultimate Cut. Yo he visto la primera y supone una película completamente distinta y muy superior a la estrenada en cines, pero es cierto que se podría recortar un poco, así que recomiendo la última y supuestamente ya la definitiva.

En el estreno en cines fue vapuleada por crítica y público, definida casi unánimemente como un coñazo. Yo la vi, me aburrí hasta la desesperación y la olvidé sin mucho esfuerzo durante años, hasta que leí sobre las mejoras de las últimas versiones. Por lo poco que puedo recordar, no lograba imprimir interés a la odisea de Alejandro, su personalidad no mostraba un buen dibujo, los secundarios resultaban anodinos y el ritmo era desastroso al no tener un objetivo narrativo claro ni unos protagonistas con densidad. Pero eso ha quedado atrás y sin duda conviene olvidarlo.

Ahora el acercamiento a la mente de Alejandro se trabaja con esmero. Sus miedos internos, sus anhelos, sus ambiciones, las decisiones y sus consecuencias, los mil y un problemas que enfrenta… Todo ello se va mostrando a través de saltos en el tiempo, alternando eventos de su infancia con su gran epopeya, de forma que se expone su crecimiento y su odisea con una coherencia y atractivo de la que careía la primera versión. Es decir, el viaje interno es paralelo al viaje externo, pues cada nueva aventura va acompañada de la maduración del personaje, eliminándose así la sensación de monotonía que despertaba ver anécdotas enlazadas en fila sin seguir un objetivo tangible. Las leyendas troyanas siembran la semilla por el deseo de aventura, conquista y fama eterna. Una madre ambiciosa hasta rozar la locura y algunos conflictos con su padre apuntalan su deseo de irse lejos y también sus problemas para formar una familia. Los recelos y traiciones de sus generales quedan mejor mostrados. En definitiva, Alejandro resulta un buen personaje, uno al que seguir con interés. Es cierto que el guion a veces se topa con la falta de textos históricos que expliquen algunas cosas, por ejemplo el extraño matrimonio con esa don nadie de las tribus de las montañas, pero los rodea bien gracias a la narración de Ptolomeo.

Siguiendo con la fidelidad histórica, aquí hay que hacer frente a algo muy complicado: la cantidad de material que se puede abarcar en una película, por larga que sea, está muy restringida por metraje y porque además hay que mantener el interés y profundidad necesarios para no aburrir y lograr un relato fluido e inteligible. En eso las novelas históricas parten con una gran ventaja. El filme reconstruye muy bien la epopeya de Alejandro, pero recorta algunas cosas del inicio de su viaje: pasamos de la adolescencia a la conquista de Persia, dejando en el camino sus primeros pasos como rey de Macedonia (donde afianza su posición ante los contrincantes que surgen tras la muerte del padre) y un capítulo tan importante como es la conquista de Egipto, su nombramiento como Faraón y la fundación de la Alejandría más conocida.

Pero hay que decir que incluso con estas notorias mejoras dista de ser una gran película. Sus limitaciones y aspectos mejorables son evidentes. Eso sí, fallos importantes no le veo, simplemente se queda corta en muchos elementos, el principal, su capacidad para dejar huella. Tres horas y media que no se hacen largas es indicativo de una buena película, pero le falta mucho para resultar recordable.

Los secundarios más importantes ganan en presencia y trascendencia, pero no me parece suficiente. Para el enorme metraje con el que cuenta la cinta, los generales de Alejandro deberían haberse desarrollado más. Algunos solo cobran vida cuando llega su momento de conflicto con él, otros quedan relegados a breves escenas. Por el lado contrario, el de no saber ir al grano, hay algún tramo donde se reincide demasiado en la influencia de la madre en él, y llega a resultar un poco cargante.

También se puede señalar un ligero exceso de metraje, algo que como indicaba se supone que corrige en la Ultimate Cut. Hay tramos que parecen perder algo de fuelle, otros se ven un tanto innecesarios o alargados; ninguno llega a causar estragos, excepto quizá el discurso final de Ptolomeo, que es demasiado largo y se va por las ramas cuando la película requería un final más contundente. También tenemos algún ejemplo inverso: a pesar del tiempo dedicado a cada paso del viaje hay alguno que se da de golpe y no se entiende bien. En esta línea destaca que la batalla en la India empieza y acaba sin que sepamos contra quiénes lucha y por qué. ¿No había realizado ya pactos con los hindúes, comido con ellos, etc.? La voz en off, que tan bien explica algunos pasajes complicados (como la persecución de Darío), aquí se echa de menos.

La puesta en escena es de muy buen nivel, pero dado el género cabría esperar bastante más. Sólo deslumbra en las batallas, gracias a la excelente planificación de las mismas: la estrategia, su desarrollo y los problemas de los generales quedan bien reflejados, y la lucha en sí resulta espectacular. Pero la película es en su mayor parte pausada, una combinación de aventura de descubrimiento terrenal (nuevos lugares y culturas, nuevos retos) y emocional (la evolución personal Alejandro), y aunque cumple de sobras no alcanza cotas que te dejen boquiabierto, la belleza de lugares exóticos (Babilonia, desiertos, India, etc.) no impresiona ni se graba en la retina; y en el lado intimista a veces peca de abusar de primeros planos cerradísimos sobre los rostros. Los efectos especiales (la recreación de ciudades antiguas, los ejércitos desde lejos) cumplen bien pero podrían ser mejores. Y es inevitable citar un recurso extraño que no me convence: el filtro rojo usado cuando la batalla de la India se tuerce molesta un poco y dura demasiado. Finalmente, la música de Vangelis también es muy correcta pero tampoco impresiona, le falta algo de expresividad, es bastante convencional.

El reparto fue polémico antes de ver las interpretaciones, porque el físico de algunos intérpretes principales no parecía pegar mucho y porque al parecer a mucha gente no le cae bien Colin Farrell. Y no lo entiendo, es un actor muy bueno, no hay más que ver sus papelón en Escondidos en Brujas y otras buenas interpretaciones (Tigerland, Dead Man Down… ). Será que se esperaba una estrella tipo Brad Pitt, como en Troya, al que el público acepta aunque su Aquiles fuera un pésimo papel. Farrell muestra bien las distintas etapas de la vida de Alejandro, y sobre todo las diversas emociones del mismo, pues es una cinta muy introspectiva. Sin embargo, es cierto que de cumplir sin fisuras a asombrar hay un trecho: no logra un papel que llegue con intensidad y cale en la memoria. La que sí falla es Angelina Jolie como Olympias, pues es la que cumple eso del físico inadecuado. Canta mucho que la madre parezca más joven que el hijo, que esté siempre demasiado bella según cánones actuales, incluso en su vejez (le ponen unas pocas canas y listo); y su limitada actuación lo empeora. En los demás intérpretes estamos en la misma situación que el resto de elementos del filme: todos son buenos profesionales, pero les falta la puntada de carisma que consiga que causen impacto.

Con este resultado que no alcanza el notable difícilmente Alejandro Magno podrá borrar la mala impresión global que causó con su fallida primera versión, porque sólo cinéfilos o amantes del cine histórico se arriesgarán a darle otra oportunidad sabiendo que, primero, requiere cierto esfuerzo, porque es muy larga y pausada, y segundo, probablemente no te va a dejar un gran recuerdo. Con todo, debo reivindicarla como una película más que digna, sin fallas notables, que se esfuerza en buscar rigor histórico y en contar bien las cosas.

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Dallas Buyers Club


Dallas Buyers Club, 2013, EE.UU.
Género: Drama, biografía.
Duración: 117 min.
Dirección: Jean-Marc Vallée.
Guion: Craig Borten, Melisa Wallack.
Actores: Matthew McConaughey, Jared Leto, Jennifer Garner, Denis O’Hare, Steve Zahn.

Valoración:
Lo mejor: Matthew McConaughey y Jared Leto.
Lo peor: Sensiblera y sobre todo manipuladora hasta resultar un insulto a la inteligencia del espectador (algo que por desgracia no abunda).

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Dallas Buyers Club es una cinta fácil de vender, pues aunque se base en un drama duro lo narran con recursos de eficacia probada a la hora de llamar la atención del espectador y tocarle la fibra sensible. Es una historia de superación personal, de lucha contra el sistema, de aceptación entre personas marginadas y de perdones; el clásico producto de Hollywood que aprovecha el viejo sueño americano de labrarte tu camino, de superar la adversidad, de ganar a todos los demás en una lucha desigual; y por si no fuera suficiente, además está inspirada en un personaje real. Así, es obvio que está preparada para atraer al público más facilón y ganar Óscares, unos premios muy cerrados sobre sí mismos que alaban todos estos clichés.

Ron Woodroof es un paleto conservador de libro: ignorante, drogadicto, putero y lleno de fobias hacia los que son distintos, pues su visión del mundo es la única que vale. En los años ochenta el SIDA era una enfermedad “de maricones degenerados”, y cuando le tocaba a un machote de estos por sus vicios honorables de hombres auténticos, pues se le caía el mundo encima. Woodroof vive el rechazo de sus compatriotas, que lo tildan de mariposón, se encuentra perdido en un mundo que desconoce y tiene que luchar además de contra la enfermedad contra el gobierno y las corporaciones, que son tan malvadas que le ponen trabas a su modo de vida donde no pide cuentas a nadie y hace lo que quiere. Así que se monta clínicas ilegales donde ayuda a todo el que puede, trapicheando con drogas, sorteando los agujeros del sistema, sobreponiéndose a cada golpe del destino. Un héroe hecho a sí mismo. En el proceso también aprenderá a aceptar las diferencias, a respetar las distintas formas de ver la vida: su socio será un travesti con el que hará amistad, situación que le enseñará además que sus viejos amigos no valen nada. El héroe además sabe madurar y ampliar sus miras. ¡Qué potitooooo!

El problema es que este relato se sustenta haciendo malabares y requiebros sobre mentiras, engaños y trampas que se van acumulando y transformando una historia predecible y llena de clichés pero con potencial para resultar simpática en una broma de mal gusto. En otras palabras, su posicionamiento ideológico es tan burdo y manipulador que llega a límites molestos… al menos en el caso de espectadores despiertos que se den cuenta del engaño, porque evidentemente es una cinta para el público moldeable.

Primero, la lucha de Woodroof no es una lucha real, sino puro humo y sensacionalismo. Reniega de los médicos, del hospital y de las farmacéuticas porque es un solitario ignorante y cabezón, no porque tenga razones para ello. Es decir, lo de la lucha del hombre contra el sistema no hay por dónde agarrarlo, es una pataleta de un trastornado, pero los guionistas ni se dan cuenta de las incongruencas con las que están tratando su visión de las cosas. Resulta evidente que si halla una alternativa que parece irle mejor que el agresivo AZT es por pura potra, pues se mete en el cuerpo a ciegas todo lo que se encuentra en su camino. Pero lo peor es que el tipo se monta clínicas ilegales vendiendo de todo sin control médico alguno (dosis, seguimiento, tratamiento de efectos secundarios), y los malos son el gobierno (la FDA, el órgano de control de alimentos y drogas) y los médicos. Vamos, que tuvo la increíble suerte de no matarse a sí mismo (cerca estuvo) ni a cien personas más, pero no lo presentan como un negligente que se aprovechó del miedo e ignorancia de la gente, sino como una lucha contra la injusticia. Telita.

Segundo, la crítica a la precipitada forma de sacar al mercado el AZT es legítima, y de hecho a través de las dudas de los doctores protagonistas queda clara, pero con las acciones de Woodroof lo que se hace es retorcerla demasiado y llevarla a límites que casi me parecen inmorales. Las circunstancias de la época, de puro pánico, llevaron al gobierno a permitir que el AZT se adoptara como tratamiento sin las medidas de seguridad estándares, porque no había valor para esperar los aproximadamente diez años de desarrollo que requiere un medicamento para ser fiable y seguro. El AZT no se impuso por presión de una corporación ávida de dinero, sino porque la gente lo pedía a gritos y porque era el único producto con garantías científicas demostradas, aunque fueran pocas al principio. Es vergonzoso que se señale al gobierno la negligencia de no esperar a que fuera un tratamiento bien comprobado cuando el protagonista precisamente lleva esa acción al límite, cogiendo las drogas que le vende un charlatán sin licencia e improvisando con ellas. Me temo que pocos espectadores verán esta hipocresía.

Prueba de que la lucha del protagonista ni se sustenta ni lleva en realidad a nada es que al final, por más que el diálogo torticero lo intenta disimular descaradamente diciendo que el juez no puede hacer nada a pesar de quiere, resulta evidente (de nuevo, para el espectador que no está cegato) que Woodroof pataleaba sin sentido contra la lógica y las leyes: tras terminar la proyección se indica mediante texto en pantalla que, por muchas chorradas que diga la película, en una rectificación casi en letra pequeña para colar el resto de mentiras (cual anuncio de tv tramposo), el AZT sigue siendo el medicamento más eficaz y más usado contra el SIDA, mejorando a medida que se hallaba una dosis más segura y en combinación con otros medicamentos. Si Woodroof vivió tantos años fue únicamente porque el diagnóstico inicial de un mes de vida fue equivocado, y porque se cuidó más el cuerpo (dejando las drogas agresivas), no porque hallara una milagrosa cura frente a “las mentiras” de la industria. Todo este sinsentido se remata con la ridícula escena de las mariposas paralela a la muerte del colega, donde nada sutilmente te dicen que la medicina alternativa es mejor que la científica; si hombre sí, metiéndote en el cuerpo jugos de orugas porque un charlatán lo diga es más seguro que medicamentos con estudios homologados por la comunidad científica. ¿Qué es lo que se implantó en todo el mundo, lo que tenía estudios científicos detrás o lo que no? Pues el tiempo y la realidad no parece haber transformado la visión de los guionistas sobre el asunto, por lo que se ve.

Dallas Buyers Clubs es una basura ofensiva, una mierda sensiblera y manipuladora como no veía desde John Q. Sus escritores no han perdido una gran oportunidad de narrar con objetividad un capítulo muy llamativo y trágico de la historia reciente, sino que la han esquivado con todo descaro, a sabiendas de que la fábula que te dice cómo debes pensar vende mejor que un relato complejo lleno de claroscuros y que invite a estrujarte el cerebro para ver dónde se falló y dónde se acertó, qué condicionantes sociales, ideológicos y personales dieron pie a los hechos.

Al final lo único bueno son los dos actores principales. Matthew McConaughey (el machote) y Jared Leto (el travesti) están muy bien en sus roles, mostrando con intensidad la trayectoria de los personajes: la caída al abismo, el sufrimiento, la lucha y las pequeñas victorias las hacen tangibles en todo momento. Pero como ocurre con la película en general, los medios han ensalzado estos papeles de forma que casi juega en su contra, porque se espera una interpretación revolucionaria cuando, sin quitarles mérito, no destacan más que otros muchos buenos actores; vamos, que se ven papeles de este buen nivel todos los años. En cuanto a los premios, ya sabemos que la transformación física (adelgazaron unos veinte kilos cada uno, da asquito verlos) es algo que se aplaude más que la transformación psicológica.