El Criticón

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Blade Runner 2049


Blade Runner 2049, 2017, EE.UU.
Género: Suspense, ciencia-ficción.
Duración: 164 min.
Dirección: Denis Villeneuve.
Guion: Hampton Fancher, Michael Green, Philip K. Dick (novela).
Actores: Ryan Gosling, Robin Wright, Sylvia Hoeks, Jared Leto, Ana de Armas, Harrison Ford, Mackenzie Davis, Dave Bautista, Lennie James, David Dastmalchian, Tómas Lemarquis, Hiam Abbass.
Música: Hans Zimmer, Benjamin Wallfisch.

Valoración:
Lo mejor: Guion inteligente y acabado deslumbrante. Es respetuosa con la original y en algunos aspectos la supera: explora muy bien la temática, la historia es intrigante y absorbente, y los personajes inolvidables. El reparto está muy implicado. El aspecto visual es impecable: dirección, fotografía, y efectos especiales magníficos.
Lo peor: Repite los fallos más graves de la primera parte, hay un exceso de pretensiones y metraje: se podrían eliminar pasajes completos y agilizar otros, y el tramo final no está a la altura del resto del relato. Y por supuesto, al ser ciencia-ficción no se tuvo en cuenta entre los certámenes de premios más famosos en un año en que fue una de las mejores películas.
Mejores momentos:
La frase:
1) La civilización ha dado saltos con trabajadores desechables. Perdimos estómago para esclavizar, excepto a seres diseñados.
2) Más humanos que los humanos.

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EL RIESGO DE CONTINUAR UNA OBRA DE CULTO

Terror generó el anuncio de una nueva versión o secuela de Blade Runner (Ridley Scott, 1982) en una época en que se mancillan cintas de culto y clásicos sin pudor por arañar cuatro dólares en la taquilla. Todo apuntaba a desastre, tanto por las experiencias previas con otras continuaciones tardías como porque han pasado treinta y cinco años y el cine y la gente han cambiado y por tanto el factor asombro ya no puede funcionar igual, y menos con una cinta tan idealizada, hasta el punto de ser una de las más sobrevaloradas de la historia.

Pero contra todo pronóstico, salió una gran película. Los motivos son obvios, pero todavía los directivos de las majors y otros muchos productores siguen sin enterarse, a tenor de que se siguen haciendo secuelas y remakes basura en cantidad. Cuántas nuevas reinvenciones abominables de Terminator, Alien y Depredador tendremos que tragarnos hasta que se den cuenta de ello. Hay que tener respeto por la obra original, la seguridad de haber encontrado motivos válidos para continuarla, elegir autores con talento para desarrollarla, y no meter mano en el proceso cambiando de ideas sobre la marcha. ¿Que puede salir algo que no convenza a todos? Es probable, dado que el factor nostalgia e idealización pone barreras muy altas. Pero desde luego la posibilidad de tener un producto desalmado, torpe cuando no cutre hasta resultar insultante para el espectador, se reduce casi a cero.

Poner en marcha el proyecto fue complicado. Durante los noventa ya se planteó, pero se atascaron con la adquisición de los derechos de adaptación de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la novela de Philip K. Dick en que se basaron para la primera película. Estaban en manos de uno de los productores de aquella, Bud Yorkin, y no soltaba prenda hasta que en 2011 cedió ante Andrew Kosoveque y Broderick Johnson, no muy conocidos pero con una trayectoria lo suficientemente sólida como para fundar su propia productora, Alcon Enterntainment, con la que habían desarrollado un buen número de obras de suspense y acción de presupuesto moderado, algunas con bastante éxito como Insomnio (2002), El libro de Eli (2010), Prisioneros (2013)… No sé cómo llegaron a un acuerdo, pero por suerte incluyó la cláusula de no hacer remakes, sólo secuelas. También tuvo que ser complicado encontrar grandes estudios que apoyaran un título tan arriesgado. Compartieron la producción con Columbia Pictures, la distribución nacional (en Estados Unidos) corrió a cargo de Warner Bros. y la internacional fue a través de Sony Pictures.

Como prueba de sus intenciones de hacerlo bien, contrataron a uno de los guionistas originales, Hampton Fletcher, y tantearon a un director con gran inventiva, Christopher Nolan. Pero este tenía sus propios planes, así que intentaron traer de nuevo a Ridley Scott. Este también estaba ocupado, con Alien: Covenant (2017), y sólo aportó algunas ideas a la historia. Viendo el resultado de sus últimas aproximaciones al género, Prometheus (2012) y Covenant, que además son de una saga iniciada en parte por él, cabe pensar que fue una suerte que no estuviera al frente, pues no parece tener la inspiración de la juventud. Mientras tanto, al guion se unió Michael Green, capaz de lo peor y lo mejor: de Linterna Verde a Logan, de Covenant a Blade Runner 2049, estas tres últimas además en el mismo año.

Si los temores iniciales se fueron aplacando al ver que se tomaban en serio el proyecto, la llegada del director Denis Villeneuve despertó un gran interés entre los cinéfilos. Ya apuntaba maneras rematando con un acabado muy sólido algunos thrillers y telefilmes con en apariencia poco alcance, como Prisioneros, pero dejó gran huella con Sicario (2015), tampoco muy consistente en guion pero con un acabado espléndido, y terminó de mostrar su gran talento y visión en la maravillosa La llegada (2016).

Blade Runner 2049 se rodó en Hungría para abaratar costes, aunque hay otras pocas localizaciones, como Islandia y España, para algunos exteriores. El Ejido y Sevilla sirvieron para el prólogo, por ejemplo.

MÁS HUMANOS QUE LOS HUMANOS, MÁS PELÍCULA QUE MUCHAS SECUELAS

Recuerdo la experiencia en el cine como si fuera ayer mismo. Quedé hipnotizado desde el prólogo, la historia que se abre ante los ojos invita a implicarse de lleno en lo intelectual tanto como en lo emocional, uniendo pistas en el intrigante caso que investiga el protagonista, dejándote llevar por los sugerentes pensamientos, quedando embelesado ante las poderosas imágenes. Supongo que así se sentirían los que vieron la original en su momento. Pocas veces en el cine reciente he encontrado obras tan absorbentes, con guiones tan inteligentes y acabados tan exquisitos. Y casi siempre ha sido en ciencia-ficción: la citada La llegada, Interstellar (Christopher Nolan, 2014), Mad Max (George Miller, 2015), e incluso algunos capítulos de Los Vengadores.

Blade Runner 2049 mantiene la esencia de la primera parte, su aspecto visual arrebatador, el futuro inquietante pero a la vez fascinante, el análisis filosófico sobre qué nos hace humanos y adónde llegaremos con las inteligencias artificiales, el cine negro en clave de ciberpunk… Pero en algunos amplía horizontes, halla un mejor equilibrio, o directamente se presenta bastante superior.

La investigación policíaca, tan fallida en aquella, aquí es impecable. Combina a la perfección la descripción del futuro imaginario, que es aún más desolador, la odisea de los replicantes por librarse del yugo de sus creadores y tener una vida propia (lo que incluye también los pensamientos existencialistas), la melancólica historia del protagonista, y da espacio a personajes secundarios bastante más complejos y atractivos.

La investigación se desgrana poco a poco, atrapando con la intriga de las indagaciones y los dramas de K (Ryan Gosling), el agente replicante que obedece al sistema pero se lamenta de no tener una vida plena. Las pistas llegan tras un gran esfuerzo personal y laboral, sin chorradas (la magia que hacían con una foto en la primera entrega) ni cosas que le caen encima entre escenas de acción, algo demasiado habitual en el cine en las últimas dos décadas. Se pueden ir uniendo los datos para dar forma al caso, de manera que te vuelcas de lleno y puedes deducir cosas por tu cuenta. Cada cierto tiempo alguna revelación crucial cambia el panorama por completo, llevándote hacia nuevos y enigmáticos caminos. Cuando creías tener ya construido el puzle, como el propio protagonista, te llevas un shock tremendo al desvelarse la realidad en un giro fantástico.

Gosling está espléndido. Es un actor que se ha hecho un maestro de la contención y lo sutil, y aquí la lleva la límites asombrosos. El replicante que debe mostrar una fachada de equilibrado y obediente está cada vez más roto por dentro, algo que se observa en cada silencio y mirada. La imagen de soso y empanado que ofrecía cuando empezó a darse a conocer en Drive (2011 y Los idus de marzo (ídem) ha quedado atrás. Entre Blade Runner 2049 y Dos buenos tipos (2016) debería haberse llevado alabanzas y premios por doquier.

Algunos secundarios llaman la atención incluso con apariciones breves: el replicante del prólogo (Dave Bautista) resulta trágico, la prostituta interpretada por Mackenzie Davis es llamativa a pesar de su escasa relevancia real, Lennie James da vida a un personajillo interesante también, el chatarrero esclavista, la doctora aislada, Ana Stelline (interpretada por la suiza Carla Juri) es enternecedora y su encuentro con K es memorable, y Joi (Ana de Armas) es un encanto, inicialmente una acompañante modélica para el torturado protagonista, luego cada vez más humana.

Pero los más relevantes logran dejar una profunda huella. La jefa de policía (Robin Wright) es atractiva de por sí, pero además aporta muy bien la perspectiva de los humanos que quieren mantener el statu quo. De la sorpresa que dio la neerlandesa Sylvia Hoeks todavía no me he repuesto, cada vez que vuelvo a ver la película alucino por el papelón que se marcó y lo que pasó desapercibido. Ya el personaje es potente, una replicante entre perrita faldera y perra de ataque con unas motivaciones que se van exponiendo de maravilla: la pobre sólo es capaz de sentirse viva y realizada obedeciendo fielmente y triunfando en los objetivos que le han marcado, aunque sea a costa de destruir vidas. Pero el torrente de miedos y rabia con que le da vida Hoeks es impresionante y redondea el personaje hasta que se sobrepone a los demás con los que comparte escena.

La esperada aparición de Harrison Ford como Deckard tenía la dificultad de ser uno de esos casos en que entra en juego la nostalgia y es difícil contentar a todos, pero no parece haber decepcionado a nadie. La vida que se intuye entre capítulos es sugerente, sin artificios ni más explicaciones de la cuenta, la posición actual como secundario funciona en bien el lado emocional, aunque en lo argumental sí se puede decir que podría haber hecho algo más relevante, sobre todo en el tramo en que está capturado. Las apariciones estelares de Gaff (Edward James Olmos y Rachael (Sean Young rejuvenecida por ordenador) también son emotivas.

En un escalón inferior queda Niander Wallace, el heredero Tyrell como principal fabricante de replicantes. No sé qué empeño hubo con poner a Jared Leto en papeles atípicos y exigentes (este y el fallido Joker de Escuadrón suicida -2016-), no ha mostrado ni carisma ni talento durante su carrera como para merecerlo. Su pose marcada es forzada tanto por el guion como por el actor, y si bien sus discursos son muy jugosos, se exceden con la cháchara un poco más de la cuenta. Sin duda se pretendía un individuo estrafalario, con una visión entre idealista y perturbadora, pero no cumple lo suficiente en ello ni termina siendo un villano que transmita verdadera sensación de peligro.

La puesta en escena es un portento asombroso. La recreación del futuro es impecable, una magnífica combinación de maquetas y ordenador. La fotografía de Roger Deakins con unos virtuosos juegos de luces y nieblas es bellísima. Y Denis Villeneuve une todo consiguiendo una obra que de hermosa y emocionante resulta sobrecogedora, te tiene tramos casi sin poder respirar, complemenente absorto. Sólo se queda corta, bastante corta, la banda sonora de Hans Zimmer y Benjamin Wallfish, que apenas funciona como un efecto sonoro de acompañamiento más que como una partitura bien implicada y con temas con la fuerza de los que nos dejó Vangelis.

EXCESOS AQUÍ Y ALLÁ DESLUCEN EL CONJUNTO

Con tanto talento y esfuerzo, con un resultado tan excelso, hasta el punto de aportar notorias mejoras a la obra original, es aún más inesperado que arrastrara también los mismos fallos de aquella. A veces peca de irse por las ramas, de pagada de sí misma y de sobre exposición de algunas ideas. En el tramo final da la sensación, aunque desde luego no es tan grave como en la primera parte, de que se desvía de algunas propuestas planteadas por el camino. Sumado a eso, la longitud excesiva y un desenlace anticlimático hacen que pierda fuerza y ritmo en el tercer acto.

Todo ello lastra una obra que, viendo sus puntos fuertes, debería haber sido de sobresaliente, quizá incluso una obra maestra. La capacidad de abstraerte de lleno en las poryección en los primeros dos o tres visionados se resiente en los siguientes, una vez sus fallas empiezan a hacerse más evidentes, y si ya era un poco densa, puede hacerse pesada. Como en la cinta original, la sensación de que se quedan a las puertas de algo grandioso es un tanto decepcionante.

Villeneuve afirma que tenía un montaje previo de cuatro horas y recortó hasta dos horas cuarenta. Si lo consideró demasiado grandilocuente y largo, cómo sería, porque en la versión final queda claro que el realizador y el principal guionista están tan enamorados de su trabajo que acaban resultando un tanto pretenciosos, forzando en algunos momentos un tono solemne innecesario e incapaces ver lo que sobra o resulta reiterativo.

Como en la original, hay demasiadas letras iniciales agobiándote con una información que luego resulta que está muy bien explicada en los primeros escenarios. Hay planos y escenas contemplativas un tanto forzadas. La relación con Joi se alarga demasiado sobre cosas que ya están claras. La llegada a Las Vegas tiene minutos perdidos en enseñar el paisaje apocalíptico y la chorrada de las abejas. Y en general hay bastantes situaciones que se podrían haber agilizado.

También tenemos un breve pero molesto salto hacia el lado contrario, hacia la simplificación excesiva. Tras la investigación y otras situaciones donde iba siendo un relato inteligente y enrevesado, de repente se empeñan en darte la resolución bien mascadita: sobra completamente decir quién es la doctora aislada con flashbacks y diálogos explicativos, la deducción es evidente ya antes de que el protagonista lo asimile.

Hay algunos agujeros de guion llamativos y un giro muy forzado en el final. Cómo sabe K que el tipo que encuentra en Las Vegas es el que busca, podría ser otro fugitivo o superviviente cualquiera. Y sobre todo, cómo averigua al final adónde van a llevar al preso y cuándo es el traslado. Aunque ese mismo hecho es absurdo de por sí: no me creo que el todo poderoso Wallace no tenga recursos para interrogarlo en la Tierra y tenga que llevárselo a planetas lejanos, es una excusa muy torpe para justificar el rescate. ¿No hubiera sido mejor una incursión en su guarida, vencerlo en su propio terreno? Eso implicaría también que el villano no deje de aparecer en el desenlace y no se sepa más de él. También me pregunto por qué el viejo edificio Tyrell está abandonado, con los problemas obvios de espacio que hay en la ciudad. No hubiera sido tampoco mala idea jugar con la nostalgia y los orígenes de los replicantes llevando al preso a ese lugar y desarrollar el final ahí.

El desenlace elegido, aparte de poco meditado y mal justificado, también resulta bastante anticlimático. El encuentro entre K y Deckard (con Sinatra y Elvis de fondo) y la pelea contra Luv se eternizan sin aportar nada concreto en el arco dramático de los personajes y en los pensamientos planteados, son tortas sin más. Y la cosa empeora porque justo antes de lanzarlo se habla de una rebelión de los replicantes contra sus creadores… algo que se deja totalmente de lado. Así, cabe preguntarse para qué sirve la misteriosa replicante con un ojo, (Hiam Abbass): K podría haber cerrado el caso de muchas otras formas.

GÉNERO MENOSPRECIADO, OBRA DE CULTO

Pero aun con sus fallas el conjunto resulta tan fascinante que se ha convertido en cinta de culto, y esta vez, al ser una saga ya asentada, ha ocurrido al instante. Eso implica que pocos la vimos y pocos la adoramos, pero suficientes como para que su nombre suene constantemente. El riesgo corrido por los productores y autores les ha dado prestigio entre los espectadores y medios más cinéfilos, pero en reconocimiento del público anduvo algo justa y los premios más populares como es habitual no la tuvieron en cuenta, al considerar la ciencia-ficción como cine de segunda categoría.

El presupuesto fue muy abultado, de 150 millones de dólares, aunque se rumorea que llegó a 185. En taquilla dio unos decentes 260 millones, pero claro, tenía hacer unos 350 para empezar a dar dinero. Aquí hay que decir que los productores se columpiaron bastante. Siendo ciencia-ficción seria e inteligente y para mayores de 18, no sé cómo esperaban arrasar como si fuera una saga tipo Los Vengadores o La guerra de las galaxias. Villeneuve y Scott afirman que desearían hacer más películas, pero con sus ocupadas agendas y tanto dinero en juego no parece que vaya a ocurrir. Por suerte, el renombre que se ha ganado Villeneuve le ha permitido volver a obtener financiación para otro título difícil del género, Dune de Frank Herbert.

No sorprende que los Óscar y Globos de Oro de nuevo se volcaran en cintas melodramáticas e históricas prefabricadas (La forma del aguaGuillermo del Toro-, Los archivos del PentágonoSteven Spielberg-, El instante más oscuroJoe Wright-) cuando había obras de superhéroes, fantasía y ciencia-ficción muy superiores: Logan (James Mangold), Guardianes de la galaxia Vol. 2 (James Gunn), Thor Ragnarok (Taika Waititi), It: Capítulo 1 (Andy Muschietti) y la presente deberían haber rivalizado en el top del año junto a Dunkerque (Christopher Nolan) y Tres anuncios a las afueras (Martin McDonagh), las únicas notables que se contaron en esos obtusos certámenes. Al menos, en los aspectos técnicos sí obtuvo algunas distinciones.

Saga Blade Runner:
Blade Runner (1981)
-> Blade Runner (2049) (2017)

La delgada línea roja


The Thin Red Line, 1998, EE.UU.
Género: Bélico, drama.
Duración: 170 min.
Dirección: Terrence Malick.
Guion: Terrence Malick, James Jones (novela).
Actores: Jim Caviezel, Sean Penn, Nick Nolte, Ben Chaplin, Elias Koteas, John Cusack, Woody Harrelson, Dash Mihok, John C. Reilly, Adrian Brody, John Travolta, Jared Leto, John Savage, Larry Romano, Arie Verveen, George Clooney.
Música: Hans Zimmer.

Valoración:
Lo mejor: La combinación de drama humano intimista, reflexiones filosóficas y cine bélico de grandes proporciones es hipnótica, tan bella como dura. La puesta en escena de Terrence Malick, la fotografía de John Toll y la música de Hans Zimmer son sublimes. El reparto está muy implicado.
Lo peor: En el último acto pierde un poco el norte, Malick no supo condensar bien las muchas horas de metraje que tenía grabadas.
La adaptación: Es la segunda película que parte de la novela de James Jones, la primera fue El ataque duró siete días (Andrew Marton, 1964).
El gazapo: En una toma se ve claramente una cámara y varios técnicos.
La frase: Esta gran maldad. ¿De dónde viene? ¿Cómo se infiltró en el mundo? ¿De qué semilla, de qué raíz creció? ¿Quién es el autor? ¿Quién nos está matando? Robándonos vida y luz. Burlándose de nosotros con visiones de lo que podríamos haber conocido.

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UN AUTOR DESCONCERTANTE

Tras colaborar en unos pocos guiones, Terrence Malick inició su carrera en solitario como escritor y director con Malas tierras (1973) y Días del cielo (1978). No tuvieron gran repercusión en taquilla, pero el gremio del cine sintió un escalofrío ante un talento insólito. El lirismo desbordante en la puesta en escena y el calado emocional de ambas historias mostraban una sensibilidad única en el drama y una determinación y pasión sin igual en la técnica. Pero entonces desapareció completamente del panorama durante diecisiete años, tiempo durante el cual fue creciendo un aura de reverencia alrededor de su nombre.

Cuando anunció que volvía en 1995, Hollywood entró en modo euforia, numerosos actores famosos colapsaron el proceso de casting, suplicaban trabajar con él, reduciéndose el sueldo si hacía falta, incluso gratis. La situación unos años después, cuando consiguió acabar su nueva película, fue muy distinta, con medio reparto hastiado por el rodaje tan complicado y decepcionado por los cambios en sus papeles, que en algunos casos implicó incluso quedarse fuera del metraje final. Aunque al parecer, también unos pocos siguieron en el set cuando acabaron su parte, sólo por el placer de verlo trabajar.

Malick abordó una episodio bélico, la batalla de Guadalcanal (en las islas Solomon en el Pacífico), de grandes proporciones en cuanto necesidades técnicas y humanas. El rodaje en exteriores (en las islas y sobre todo en Australia) superó los cien días, que no es tan raro en superproducciones, pero se les haría cuesta arriba tanto por las dificultades esperables (enfermedades tropicales, traslados) como por las exigencias artísticas del realizador en cuanto a composición e iluminación de cada plano, lo que implicaba repetir muchas tomas. Y sobre todo, porque en algún momento empezó a improvisar y a dejar de lado el guion original.

Cuando entró en post-producción seguía dándole vueltas a una obra para la que tenía una cantidad ingente de material grabado. El montaje en bruto (la versión preliminar de una película) llevó siete meses y según los rumores era un mastodonte de cuatro o cinco horas, pero no le convenció, cambió de editor, y trabajaron de nuevo en ello durante más de un año. La narración que grabó Billy Bob Thornton abarcando todo el metraje fue desechada y los actores principales aportaron cada uno su parte. El protagonismo pasó de Adrien Brody, que interpretaba al protagonista de la novela pero quedó casi como un extra, a Jim Caviezel; por lo visto se enteró cuando asistió al estreno esperando ser la estrella. George Clooney también tenía bastante presencia y se vio limitado a una aparición breve, aunque su nombre figuró destacado en el póster. Otros muchos se quedaron sin un solo minuto en pantalla: Bill Pullman, Lukas Haas, Mickey Rourke

La cercanía del estreno generó mucha expectación, pero después de todo no causó una repercusión tan grande como se preveía. Inesperadamente tuvo una dura competencia en el género, pues Salvar al soldado Ryan partió con todas las ventajas (el tirón popular de Steven Spielberg, el apoyo de la industria) y público y medios entraron en una de esas olas de sobrevaloración ciega que ocurren a veces, hasta el punto de que se trató de denostar el logro creativo a todas luces superior de cintas como esta o Shakespeare enamorado (John Madden). Pero también su estilo fuera de registros convencionales y de corte introspectivo desconcertó a mucha gente, que no logró asimilar lo que estaba viendo. El tiempo debería haberla puesto en su sitio, si no como obra maestra sí como una de las películas más hermosas y a la vez perturbadoras de la historia del cine, pero parece que se ha quedado en obra de culto, de esas sólo comprendidas y alabadas por una minoría.

EL SINSENTIDO DE LA GUERRA

Un soldado raso, Witt (Jim Caviezel), ha desertado y disfruta de la sencilla vida entre nativos en una paradisíaca isla perdida. Cuando el ejército da con él, el diálogo con el sargento Welsh (Sean Penn), que entiende su rebeldía, independencia y resentimiento con los mandos e intenta que cambie, es sencillo pero con tanto sentido que duele:

-En este mundo, un hombre por sí solo no es nada. Y no hay más mundo que este.
-Ahí te equivocas. Yo he visto otro mundo.

¿Qué sentido tiene la guerra? ¿Por qué perturbar la vida normal? ¿Qué ambiciones absurdas llevan a ella, quiénes las orquestan? En las siguientes escenas vemos precisamente a quienes viven del conflicto bélico, quienes no conocen otro mundo. Dos altos mandos veteranos, un general engreído (John Travolta) y el anciano teniente coronel Tall (Nick Nolte). Este último anhela una gran victoria para poder ascender por fin, pero en la batalla se topa con el capitán Staros (Elias Koteas), que de primeras parece un blandengue, pero quien en realidad pretende defender a sus hombres ante sus despiadadas órdenes.

Las tropas son dispares. Capitanes y sargentos competentes, como Gaff (John Cusack) o Storm (John C. Reilly), otros que se rompen pronto, McCron (John Savage), o se que topan con el injusto caos de la guerra, Keck (Woody Harreslon). Soldados que echan de menos a sus mujeres pero aguantan el tipo como bien pueden, como Bell (Ben Chaplin), o que parecían cobardes pero van superando sus miedos, como Doll (Dash Mihok). Y muchos jóvenes a los que el conflicto endurecerá, quebrará, o llevará a la tumba (Adrien Brody, Jared Leto, Arie Verveen, Nick Stahl, Kirk Acebedo…).

Todos ellos alternan el protagonismo, pasando a primer o segundo plano según el curso de acción. En los roles principales no sólo compartimos sus vivencias, sino que Malick nos introduce de lleno en su mente a través de sus pensamientos, narrados con largas reflexiones o simplemente con recuerdos de una vida mejor. Esta es la característica más llamativa y la que sin duda echa para atrás a espectadores poco abiertos de miras. No es una cinta de acción, sino de introspección con toques filosóficos y poéticos.

Y eso no impide que tenga una atmósfera de tensión y unas escenas bélicas de contar entre las mejores de la historia. Con esas vidas combinadas se va dando forma al impacto psicológico de la guerra, y con la batalla queda patente su capacidad destructora. Ser humano y naturaleza son arrasados sin importar sus orígenes: el inocente pajarillo, el paisaje verde, el nativo ajeno a esas ambiciones políticas, los soldados empujados por banderas y patrias tiñen de marrón y rojo las colinas de Guadalcanal… Aunque como es obvio, las reflexiones valen para cualquier época y lugar.

Malick plasma esta transición de la paz inicial al infierno con una puesta en escena magistral en los diversos campos por donde se mueve. Con apoyo John Toll (Braveheart -1995-, Leyendas de pasión -1996-) en la deslumbrante fotografía y con las impecables labores de montaje y sonido, la cámara sigue las carreras y batallas de los soldados por las lomas en un ballet preciso y fascinante. Nunca escenas de guerra han sido tan nítidas, tan bellas y perturbadoras a la vez. Pero todo se vio realzado a un nivel superior por la inspiradísima composición de Hans Zimmer (La fuerza de uno -1992-, Marea roja -1995-, La roca -1996-, El pacificador -1997-), una obra maestra inclasificable en forma y resultado. El sonido que consigue es único, la progresión dramática escalofriante, la fusión con las imágenes es sublime. No soprende que este estilo haya sido imitado en incontables ocasiones, aunque Zimmer y su escuela también han reutilizado estos motivos más de la cuenta.

El reparto es enorme en número y calidad. Es una de esas ocasiones donde acertadamente prescindieron de estrellas (y eso que, como decía, había decenas deseando participar) y se centraron en buscar talentos no tan conocidos (actores secundarios de probada eficacia) y nuevos nombres que pasen el casting por demostrar valía en vez de por enchufe o fama. Todos están impecables, no hay ninguno que no convenza en su viaje al abismo, enfoque donde enfoque la cámara ves miedo y desconcierto, con algunos momentos puntuales de valentía y furia. Pero sí destacaría la inconmensurable interpretación de Nick Nolte, la facilidad con que Jim Caviezel te gana sin esfuerzo, y la capacidad de Dash Mihok para transmitirlo todo con la mirada.

OBRA MAESTRA IMPERFECTA

Pero Malick no fue capaz de rematar el tramo final al mismo nivel que el resto. La difícil tarea de condensar una película partiendo de tantísimo metraje, parte adaptado de la novela homónima de James Jones, parte (muchos de los pensamientos de los personajes) tomada de otra suya famosa, De aquí a la eternidad (que también tuvo dos adaptaciones al cine), parte improvisado libremente según le venían ideas, fue demasiado como para mantener no ya semejante nivel de brillantez, sino la propia coherencia.

En los últimos cuarenta minutos aproximadamente, tras la exposición de las secuelas de la batalla que sufren las tropas (cambios en el mando, estrés postraumático, remordimientos, malas noticias de casa…), empieza a pesar la sensación de que no hay un rumbo determinado. La toma de la colina mantenía todo bien unido, historia global, dramas personales, ideas filosóficas… pero ahora pasamos de etapas de descanso a escaramuzas varias sin conexión clara, con algún momento confuso, como un repentino bombardeo donde no se sabe qué ha pasado, de manera que la combinación entre las distintas intervenciones de cada protagonista no parecen seguir un orden y no hay una progresión concreta de los hechos.

También tenemos unas pocas escenas sobrantes aquí y allá: alguna de las visiones de la mujer de Bell podría eliminarse, por reiterativas; no sé qué aporta el encuentro de Witt con un soldado herido que espera rescate pacientemente (Thomas Jane); y aunque muy poéticos y en consonancia con la destrucción de la naturaleza, algunos planos a animalitos se estiran demasiado, como la absurda captura de un cocodrilo.

Pero en la cinta en conjunto da la impresión de que, aunque sea un relato coral de protagonismo cambiante, hay roles secundarios que quedan con sus historias a medias por los recortes. Juraría que el soldado que deserta con Witt en el prólogo (Will Wallace) no vuelve a aparecer o al menos no aporta nada más (aparte de que es fácil confundirlo con quien lo acompaña mucho luego, Doll –Dash Mihok-). Cabe pensar que falta falta alguna escena para desarrollar mejor la trayectoria del soldado Dale (Arie Verveen), el que maltrata a los japoneses y luego se arrepiente, pues queda algo descolgado del resto. Y Gaff (Cusack) desaparece tras la batalla a pesar de su relevancia. En otros casos sólo podemos echar en falta más presencia si sabemos que fueron drásticamente reducidos en el montaje estrenado, como Fife (Adrien Brody) y el capitán Bosche (George Clooney).

Con todo, a pesar de la notable dispersión, en el arco final se mantiene muy bien su capacidad para dejarte absorto con las imágenes y enganchado a la descripción tan intimista de la guerra. El problema es que parece inacabada, que con poco podría haber sido más completa y equilibrada. Pero ello hace anhelar una versión extendida que tape los huecos y explore el potencial latente en los roles secundarios que no terminan de ser redondos. Que dure cuatro horas si hace falta, pues como en Lawrence de Arabia (David Lean, 1968), no importa la longitud porque es una experiencia inolvidable. Si el siguiente trabajo de Malick, El nuevo mundo (2005), tuvo ampliación de 37 minutos, todavía podemos soñar con que lleguemos a verla.

Desde mi punto de vista, La delgada línea roja se debe catalogar como obra maestra, aunque sea imperfecta. La inmersión dramática es abrumadora: las aventuras de cada personaje llegan hondo, el clímax creciente de tensión es sobrecogedor, los picos álgidos de la batalla ponen los pelos de punta. Las reflexiones son conmovedoras y te dejan pensando horas después de la proyección. La fuerza y belleza de las imágenes se te clavan en la retina y en el corazón. Y más concretamente, las dos horas que dura la batalla son tan sublimes e incomparables a ninguna otra obra de arte que se podría decir, si me perdonáis el atrevimiento, que es lo mejor que ha dado el cine en toda su historia.

COMPARACIONES Y POLÉMICAS

La única película cercana, por el tono introspectivo y melancólico, podría ser Apocalyspe Now (Francis Ford Coppola, 1979), y quizá se podría mencionar El cazador (Michael Cimino, 1978), por la perspectiva psicológica.

En cuanto a la inevitable mención a Salvar al soldado Ryan y otras importantes del año, está claro que es imposible evitar la polémica, pues el fervor de la masa ha encumbrado a aquella mucho más lejos de lo que merece. Pero con la objetividad por delante, Salvar al soldado Ryan es un notable espectáculo de acción… y ya está. Las labores de dirección de Spielberg y de su equipo técnico (fotografía, montaje, efectos sonoros) son ejemplares, pero sin duda, pese a que les moleste a sus fanáticos seguidores, en esa temporada Shakespeare enamorado y El show de Truman (Peter Weir) fueron superiores en conjunto por la inventiva sin igual de sus brillantes guiones, el acabado tan equilibrado (visualmente también son una gozada, sobre todo la primera) y el sentimiento puesto por sus actores y directores.

Pero si los Óscar y Globos de Oro y otros que bailan a su son se guiaran realmente por la calidad y tuvieran coraje en vez de ser un complaciente escaparate promocional de amiguetes, La delgada línea roja se habría llevado los premios a mejor película y banda sonora del año, y podríamos discutir también sobre mejor dirección, fotografía y actor secundario (Nick Nolte).

Alejandro Magno (Final Cut)


Alexander, 2004, EE.UU.
Género: Histórico.
Duración: 214 min.
Dirección: Oliver Stone.
Guion: Oliver Stone, Christopher Kyle, Laeta Kalogridis.
Actores: Colin Farrell, Anthony Hopkins, Rosario Dawson, Val Kilmer, Jared Leto, Elliot Cowan, Joseph Morgan, Ian Beattie, Rory McCann, Francisco Bosch.
Música: Vangelis.

Valoración:
Lo mejor: Es una película completamente distinta a la chapuza estrenada en cines. Resulta una trabajada e interesante aproximación histórica a Alejandro Magno y su época.
Lo peor: Algunos pasajes tienen poco ritmo, y en general le falta fuerza y carisma como para dejar huella en la memoria.
Mejores momentos: Las dos batallas, Gaugamela e India.
La frase: Si estos mitos nos llevan a las grandes glorias… ¿por qué está mal seguir lo que queremos?
Las distintas ediciones: Cines (175 min.), Director’s Cut (167 min.), Final Cut (o Alexander Revisited, The Final Cut, 214 min.), Ultimate Cut (207 min.). Creo que ninguna de las buenas ha llegado a España, me temo.

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Alejandro Magno fue un proyecto personal al que Oliver Stone dedicó un montón de años hasta que consiguió que viera la luz… y otro montón después intentando arreglar el fallido montaje estrenado en cines. Según declaraciones del realizador, la chapucera versión inicial se debió a las prisas en el caos de la post-producción, donde es evidente que le exigían un largometraje por debajo de las tres horas, entre otras condiciones que lo obligaban a alejarse del guion original e improvisar de mala manera, como limitar las referencias homosexuales.

Empezó a arreglar el desaguisado con el Director’ Cut, pero me temo que esta versión todavía sigue parámetros (y seguramente también directrices) comerciales: su duración se reduce respecto al original y se siguen eliminando pasajes polémicos (la homosexualidad de nuevo). Era una versión destinada al alquiler y los pases por televisión, y más concreto en el mercado estadounidense. Pero aquí ya apuntaba a una estructura narrativa más meditada: muestra los hechos de forma no lineal (de hecho empieza con la gran batalla) para explicar mejor las motivaciones de Alejandro.

Parece ser que vendió muy bien, porque Stone tuvo carta blanca sacar la versión definitiva, la Final Cut, donde pudo mostrar su película sin limitación alguna. Tanto que años después pensó que se excedió en el metraje y sacó una un poco más corta, la Ultimate Cut. Yo he visto la primera y supone una película completamente distinta y muy superior a la estrenada en cines, pero es cierto que se podría recortar un poco, así que recomiendo la última y supuestamente ya la definitiva.

En el estreno en cines fue vapuleada por crítica y público, definida casi unánimemente como un coñazo. Yo la vi, me aburrí hasta la desesperación y la olvidé sin mucho esfuerzo durante años, hasta que leí sobre las mejoras de las últimas versiones. Por lo poco que puedo recordar, no lograba imprimir interés a la odisea de Alejandro, su personalidad no mostraba un buen dibujo, los secundarios resultaban anodinos y el ritmo era desastroso al no tener un objetivo narrativo claro ni unos protagonistas con densidad. Pero eso ha quedado atrás y sin duda conviene olvidarlo.

Ahora el acercamiento a la mente de Alejandro se trabaja con esmero. Sus miedos internos, sus anhelos, sus ambiciones, las decisiones y sus consecuencias, los mil y un problemas que enfrenta… Todo ello se va mostrando a través de saltos en el tiempo, alternando eventos de su infancia con su gran epopeya, de forma que se expone su crecimiento y su odisea con una coherencia y atractivo de la que careía la primera versión. Es decir, el viaje interno es paralelo al viaje externo, pues cada nueva aventura va acompañada de la maduración del personaje, eliminándose así la sensación de monotonía que despertaba ver anécdotas enlazadas en fila sin seguir un objetivo tangible. Las leyendas troyanas siembran la semilla por el deseo de aventura, conquista y fama eterna. Una madre ambiciosa hasta rozar la locura y algunos conflictos con su padre apuntalan su deseo de irse lejos y también sus problemas para formar una familia. Los recelos y traiciones de sus generales quedan mejor mostrados. En definitiva, Alejandro resulta un buen personaje, uno al que seguir con interés. Es cierto que el guion a veces se topa con la falta de textos históricos que expliquen algunas cosas, por ejemplo el extraño matrimonio con esa don nadie de las tribus de las montañas, pero los rodea bien gracias a la narración de Ptolomeo.

Siguiendo con la fidelidad histórica, aquí hay que hacer frente a algo muy complicado: la cantidad de material que se puede abarcar en una película, por larga que sea, está muy restringida por metraje y porque además hay que mantener el interés y profundidad necesarios para no aburrir y lograr un relato fluido e inteligible. En eso las novelas históricas parten con una gran ventaja. El filme reconstruye muy bien la epopeya de Alejandro, pero recorta algunas cosas del inicio de su viaje: pasamos de la adolescencia a la conquista de Persia, dejando en el camino sus primeros pasos como rey de Macedonia (donde afianza su posición ante los contrincantes que surgen tras la muerte del padre) y un capítulo tan importante como es la conquista de Egipto, su nombramiento como Faraón y la fundación de la Alejandría más conocida.

Pero hay que decir que incluso con estas notorias mejoras dista de ser una gran película. Sus limitaciones y aspectos mejorables son evidentes. Eso sí, fallos importantes no le veo, simplemente se queda corta en muchos elementos, el principal, su capacidad para dejar huella. Tres horas y media que no se hacen largas es indicativo de una buena película, pero le falta mucho para resultar recordable.

Los secundarios más importantes ganan en presencia y trascendencia, pero no me parece suficiente. Para el enorme metraje con el que cuenta la cinta, los generales de Alejandro deberían haberse desarrollado más. Algunos solo cobran vida cuando llega su momento de conflicto con él, otros quedan relegados a breves escenas. Por el lado contrario, el de no saber ir al grano, hay algún tramo donde se reincide demasiado en la influencia de la madre en él, y llega a resultar un poco cargante.

También se puede señalar un ligero exceso de metraje, algo que como indicaba se supone que corrige en la Ultimate Cut. Hay tramos que parecen perder algo de fuelle, otros se ven un tanto innecesarios o alargados; ninguno llega a causar estragos, excepto quizá el discurso final de Ptolomeo, que es demasiado largo y se va por las ramas cuando la película requería un final más contundente. También tenemos algún ejemplo inverso: a pesar del tiempo dedicado a cada paso del viaje hay alguno que se da de golpe y no se entiende bien. En esta línea destaca que la batalla en la India empieza y acaba sin que sepamos contra quiénes lucha y por qué. ¿No había realizado ya pactos con los hindúes, comido con ellos, etc.? La voz en off, que tan bien explica algunos pasajes complicados (como la persecución de Darío), aquí se echa de menos.

La puesta en escena es de muy buen nivel, pero dado el género cabría esperar bastante más. Sólo deslumbra en las batallas, gracias a la excelente planificación de las mismas: la estrategia, su desarrollo y los problemas de los generales quedan bien reflejados, y la lucha en sí resulta espectacular. Pero la película es en su mayor parte pausada, una combinación de aventura de descubrimiento terrenal (nuevos lugares y culturas, nuevos retos) y emocional (la evolución personal Alejandro), y aunque cumple de sobras no alcanza cotas que te dejen boquiabierto, la belleza de lugares exóticos (Babilonia, desiertos, India, etc.) no impresiona ni se graba en la retina; y en el lado intimista a veces peca de abusar de primeros planos cerradísimos sobre los rostros. Los efectos especiales (la recreación de ciudades antiguas, los ejércitos desde lejos) cumplen bien pero podrían ser mejores. Y es inevitable citar un recurso extraño que no me convence: el filtro rojo usado cuando la batalla de la India se tuerce molesta un poco y dura demasiado. Finalmente, la música de Vangelis también es muy correcta pero tampoco impresiona, le falta algo de expresividad, es bastante convencional.

El reparto fue polémico antes de ver las interpretaciones, porque el físico de algunos intérpretes principales no parecía pegar mucho y porque al parecer a mucha gente no le cae bien Colin Farrell. Y no lo entiendo, es un actor muy bueno, no hay más que ver sus papelón en Escondidos en Brujas y otras buenas interpretaciones (Tigerland, Dead Man Down… ). Será que se esperaba una estrella tipo Brad Pitt, como en Troya, al que el público acepta aunque su Aquiles fuera un pésimo papel. Farrell muestra bien las distintas etapas de la vida de Alejandro, y sobre todo las diversas emociones del mismo, pues es una cinta muy introspectiva. Sin embargo, es cierto que de cumplir sin fisuras a asombrar hay un trecho: no logra un papel que llegue con intensidad y cale en la memoria. La que sí falla es Angelina Jolie como Olympias, pues es la que cumple eso del físico inadecuado. Canta mucho que la madre parezca más joven que el hijo, que esté siempre demasiado bella según cánones actuales, incluso en su vejez (le ponen unas pocas canas y listo); y su limitada actuación lo empeora. En los demás intérpretes estamos en la misma situación que el resto de elementos del filme: todos son buenos profesionales, pero les falta la puntada de carisma que consiga que causen impacto.

Con este resultado que no alcanza el notable difícilmente Alejandro Magno podrá borrar la mala impresión global que causó con su fallida primera versión, porque sólo cinéfilos o amantes del cine histórico se arriesgarán a darle otra oportunidad sabiendo que, primero, requiere cierto esfuerzo, porque es muy larga y pausada, y segundo, probablemente no te va a dejar un gran recuerdo. Con todo, debo reivindicarla como una película más que digna, sin fallas notables, que se esfuerza en buscar rigor histórico y en contar bien las cosas.

Dallas Buyers Club


Dallas Buyers Club, 2013, EE.UU.
Género: Drama, biografía.
Duración: 117 min.
Dirección: Jean-Marc Vallée.
Guion: Craig Borten, Melisa Wallack.
Actores: Matthew McConaughey, Jared Leto, Jennifer Garner, Denis O’Hare, Steve Zahn.

Valoración:
Lo mejor: Matthew McConaughey y Jared Leto.
Lo peor: Sensiblera y sobre todo manipuladora hasta resultar un insulto a la inteligencia del espectador (algo que por desgracia no abunda).

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Dallas Buyers Club es una cinta fácil de vender, pues aunque se base en un drama duro lo narran con recursos de eficacia probada a la hora de llamar la atención del espectador y tocarle la fibra sensible. Es una historia de superación personal, de lucha contra el sistema, de aceptación entre personas marginadas y de perdones; el clásico producto de Hollywood que aprovecha el viejo sueño americano de labrarte tu camino, de superar la adversidad, de ganar a todos los demás en una lucha desigual; y por si no fuera suficiente, además está inspirada en un personaje real. Así, es obvio que está preparada para atraer al público más facilón y ganar Óscares, unos premios muy cerrados sobre sí mismos que alaban todos estos clichés.

Ron Woodroof es un paleto conservador de libro: ignorante, drogadicto, putero y lleno de fobias hacia los que son distintos, pues su visión del mundo es la única que vale. En los años ochenta el SIDA era una enfermedad “de maricones degenerados”, y cuando le tocaba a un machote de estos por sus vicios honorables de hombres auténticos, pues se le caía el mundo encima. Woodroof vive el rechazo de sus compatriotas, que lo tildan de mariposón, se encuentra perdido en un mundo que desconoce y tiene que luchar además de contra la enfermedad contra el gobierno y las corporaciones, que son tan malvadas que le ponen trabas a su modo de vida donde no pide cuentas a nadie y hace lo que quiere. Así que se monta clínicas ilegales donde ayuda a todo el que puede, trapicheando con drogas, sorteando los agujeros del sistema, sobreponiéndose a cada golpe del destino. Un héroe hecho a sí mismo. En el proceso también aprenderá a aceptar las diferencias, a respetar las distintas formas de ver la vida: su socio será un travesti con el que hará amistad, situación que le enseñará además que sus viejos amigos no valen nada. El héroe además sabe madurar y ampliar sus miras. ¡Qué potitooooo!

El problema es que este relato se sustenta haciendo malabares y requiebros sobre mentiras, engaños y trampas que se van acumulando y transformando una historia predecible y llena de clichés pero con potencial para resultar simpática en una broma de mal gusto. En otras palabras, su posicionamiento ideológico es tan burdo y manipulador que llega a límites molestos… al menos en el caso de espectadores despiertos que se den cuenta del engaño, porque evidentemente es una cinta para el público moldeable.

Primero, la lucha de Woodroof no es una lucha real, sino puro humo y sensacionalismo. Reniega de los médicos, del hospital y de las farmacéuticas porque es un solitario ignorante y cabezón, no porque tenga razones para ello. Es decir, lo de la lucha del hombre contra el sistema no hay por dónde agarrarlo, es una pataleta de un trastornado, pero los guionistas ni se dan cuenta de las incongruencas con las que están tratando su visión de las cosas. Resulta evidente que si halla una alternativa que parece irle mejor que el agresivo AZT es por pura potra, pues se mete en el cuerpo a ciegas todo lo que se encuentra en su camino. Pero lo peor es que el tipo se monta clínicas ilegales vendiendo de todo sin control médico alguno (dosis, seguimiento, tratamiento de efectos secundarios), y los malos son el gobierno (la FDA, el órgano de control de alimentos y drogas) y los médicos. Vamos, que tuvo la increíble suerte de no matarse a sí mismo (cerca estuvo) ni a cien personas más, pero no lo presentan como un negligente que se aprovechó del miedo e ignorancia de la gente, sino como una lucha contra la injusticia. Telita.

Segundo, la crítica a la precipitada forma de sacar al mercado el AZT es legítima, y de hecho a través de las dudas de los doctores protagonistas queda clara, pero con las acciones de Woodroof lo que se hace es retorcerla demasiado y llevarla a límites que casi me parecen inmorales. Las circunstancias de la época, de puro pánico, llevaron al gobierno a permitir que el AZT se adoptara como tratamiento sin las medidas de seguridad estándares, porque no había valor para esperar los aproximadamente diez años de desarrollo que requiere un medicamento para ser fiable y seguro. El AZT no se impuso por presión de una corporación ávida de dinero, sino porque la gente lo pedía a gritos y porque era el único producto con garantías científicas demostradas, aunque fueran pocas al principio. Es vergonzoso que se señale al gobierno la negligencia de no esperar a que fuera un tratamiento bien comprobado cuando el protagonista precisamente lleva esa acción al límite, cogiendo las drogas que le vende un charlatán sin licencia e improvisando con ellas. Me temo que pocos espectadores verán esta hipocresía.

Prueba de que la lucha del protagonista ni se sustenta ni lleva en realidad a nada es que al final, por más que el diálogo torticero lo intenta disimular descaradamente diciendo que el juez no puede hacer nada a pesar de quiere, resulta evidente (de nuevo, para el espectador que no está cegato) que Woodroof pataleaba sin sentido contra la lógica y las leyes: tras terminar la proyección se indica mediante texto en pantalla que, por muchas chorradas que diga la película, en una rectificación casi en letra pequeña para colar el resto de mentiras (cual anuncio de tv tramposo), el AZT sigue siendo el medicamento más eficaz y más usado contra el SIDA, mejorando a medida que se hallaba una dosis más segura y en combinación con otros medicamentos. Si Woodroof vivió tantos años fue únicamente porque el diagnóstico inicial de un mes de vida fue equivocado, y porque se cuidó más el cuerpo (dejando las drogas agresivas), no porque hallara una milagrosa cura frente a “las mentiras” de la industria. Todo este sinsentido se remata con la ridícula escena de las mariposas paralela a la muerte del colega, donde nada sutilmente te dicen que la medicina alternativa es mejor que la científica; si hombre sí, metiéndote en el cuerpo jugos de orugas porque un charlatán lo diga es más seguro que medicamentos con estudios homologados por la comunidad científica. ¿Qué es lo que se implantó en todo el mundo, lo que tenía estudios científicos detrás o lo que no? Pues el tiempo y la realidad no parece haber transformado la visión de los guionistas sobre el asunto, por lo que se ve.

Dallas Buyers Clubs es una basura ofensiva, una mierda sensiblera y manipuladora como no veía desde John Q. Sus escritores no han perdido una gran oportunidad de narrar con objetividad un capítulo muy llamativo y trágico de la historia reciente, sino que la han esquivado con todo descaro, a sabiendas de que la fábula que te dice cómo debes pensar vende mejor que un relato complejo lleno de claroscuros y que invite a estrujarte el cerebro para ver dónde se falló y dónde se acertó, qué condicionantes sociales, ideológicos y personales dieron pie a los hechos.

Al final lo único bueno son los dos actores principales. Matthew McConaughey (el machote) y Jared Leto (el travesti) están muy bien en sus roles, mostrando con intensidad la trayectoria de los personajes: la caída al abismo, el sufrimiento, la lucha y las pequeñas victorias las hacen tangibles en todo momento. Pero como ocurre con la película en general, los medios han ensalzado estos papeles de forma que casi juega en su contra, porque se espera una interpretación revolucionaria cuando, sin quitarles mérito, no destacan más que otros muchos buenos actores; vamos, que se ven papeles de este buen nivel todos los años. En cuanto a los premios, ya sabemos que la transformación física (adelgazaron unos veinte kilos cada uno, da asquito verlos) es algo que se aplaude más que la transformación psicológica.