El Criticón

Opinión de cine y música

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Alien: Covenant


Alien: Covenant, 2017, EE.UU.
Género: Suspense, ciencia-ficción.
Duración: 122 min.
Dirección: Ridley Scott.
Guion: John Logan, Dante Harper, Michael Green, Jack Paglen.
Actores: Michael Fassbender, Katherine Waterston, Billy Crudup, Danny McBride, Amy Seimetz, Callie Hernandez, Jussie Smollett, Carmen Ejogo, Guy Pearce.
Música: Jed Kurzel.

Valoración:
Lo mejor: La parte de los androides y el papel de Michael Fassbender. El póster con la cabeza del alien, más inquietante que toda la película.
Lo peor: El guion es un desastre… ¡más grande que el de Prometheus! El ritmo es negligente, los personajes dan vergüenza ajena, excepto los robots, la trama es insustancial y previsible salvo por un par de segmentos, y deja la sensación de que se traiciona demasiado a la serie, de que las nuevas ideas terminan desbarrando en sinsentidos o en soluciones poco emocionantes. El reparto, excepto el citado, no impresiona lo más mínimo. Ridley Scott dirige con desgana. De nuevo los tráileres destripan más de la cuenta.

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Alerta de spoilers: Hasta el próximo aviso no contiene ningún dato revelador más allá de una descripción del argumento.–

El desarrollo de la saga Alien ha sido un caos muy grande y ha traído más disgustos que alegrías a sus seguidores. Desde el éxito de la primera película estuvo claro que era rentable hacer más, que el atractivo del alienígena y del potente personaje principal, Ripley, eran un valor seguro. Bueno, siendo realistas, en cada nueva entrega ha habido unas pocas reticencias por ser ciencia-ficción adulta, que no es tan vendible como otros géneros, pero también era evidente que contaba con bastante fidelidad asegurada y un gran potencial para atraer a nuevos espectadores. Esto queda demostrado con que tras casi cuarenta años siguen pariendo nuevas secuelas, a pesar de que los productores la han liado bastante, improvisando cada proyecto de mala manera de forma que el milagro de Aliens fue un caso aislado y en los siguientes capítulos la desorganización y los egos propiciaron una caída de calidad notable.

Cada película supone una traición más o menos importante a la anterior, y sólo Aliens ofreció giros satisfactorios. Allí pasamos del terror puro a lo bélico, pero sin perder la esencia original: daba miedo y era claustrofóbica como su predecesora, y todas las nuevas ideas que aportaba fueron muy acertadas. En Alien 3, después de marear la perdiz con guiones de todo pelaje, sacrificaron lo andado, sin vergüenza alguna además, pues se cargaron a dos protagonistas muy queridos, Hicks y Newt, para dejar a Ripley sola otra vez y así intentar volver a los orígenes a pesar de que nadie lo pedía. Pero resultó una imitación bastante aburrida e incapaz de provocar pavor. En Alien Resurrection la situación también se descontroló, y acabó siendo una aventura más ligera, con toques de comedia incluso, dejando de lado la premisa de suspense y terror sin disimulo alguno. Al menos es muy entretenida, eso sí.

Prometheus devuelve la saga a manos de Ridley Scott, uno de sus principales artífices. En realidad Alien fue ideada y escrita por Dan O’Bannon, pero hay que contar a Scott y también a H. R. Giger, el diseñador artístico, como los otros pilares fundamentales. Scott ha afirmado estar asqueado, como todos, de la deriva de la saga, y quiere recuperarla con una nueva perspectiva. En este retorno pretende ir a los orígenes del ente alienígena tan misterioso, pero entre las imposiciones del estudio (otra vez con cambios de ideas y de guionistas) y que no estuvo muy atinado, nos trajo explicaciones insuficientes e inclinaciones filosóficas de baratillo en una cinta bastante floja.

Finalmente llegamos a Covenant, que promete, en un segundo intento, abordar la mitología del ser, poner orden en el desbarajuste de la trama y levantar el nivel cualitativo. El que hayan contado entre los guionistas con un peso pesado como es John Logan (Gladiator, El último samurái, El aviador, La invención de Hugo, Skyfall…) parecía indicar que se han tomado el proyecto más en serio. Pero me temo que el resultado ofrece un desastre aún mayor, es la peor entrega, y la más desatinada en cuanto a historia. Aunque se suponía que iba a narrar las andanzas de Shaw y David (tanto que se llamaba Prometheus 2), la sensación que dejó Prometheus en el ambiente fue bastante mala a pesar de su correcto recorrido en la taquilla y en el mercado doméstico, así que el proceso tomó otra vez el rumbo de la improvisación. Es difícil deducir, a la hora de escribir este artículo, cuánto fueron alterándose los planes iniciales (no se han filtrado versiones previas del guion ni hay declaraciones que den pistas, como sí ha ido pasando con Prometheus con los años), pero sí está claro que el estudio obligó a sacar el clásico alienígena de aquella para iniciar una serie distinta, pero ahora lo quiere de vuelta, y Scott ha rodado de nuevo cambiando de ideas sobre la marcha, como si no encontrara el rumbo, anunciando cada poco tiempo que se estaba alejando cada vez más de lo visto en el capítulo inivial de esta nueva línea, dando la impresión de que iba a dejar colgado todo lo que allí se propuso, a hacer la vista gorda.

Pero una vez estrenada Convenant nos encontramos con que la película es en el fondo una repetición apenas disimulada de Prometheus, que cuenta con el mismo esquema narrativo y aborda las mismas ideas aunque sea con otros protagonistas y pequeñas diferencias en los hechos. Es decir, es otra vez llegar a un planeta e ir muriendo de uno en uno en una poco inspirada aventura de suspense y acción, mientras de fondo se desarrolla un burdo ensayo sobre la fe y el creacionismo puesto en boca de personajes mediocres cuando no ridículos. Y para colmo, el intento de avanzar hacia alguna parte, cuando llega, no funciona, ofrece nuevas y absurdas traiciones a la serie, haciendo la historia cada vez menos atractiva y con más agujeros.

Que Scott diera un giro más reflexivo y espiritual a una saga que se aferraba a una combinación del terror alienígena con el humano (la corporación Weyland siempre fue la que nos llevaba a caer en las garras del bicho, en un clásico pero efectivo “el hombre es el peor enemigo del hombre”) no tenía por qué ser malo, pues la ciencia-ficción permite ir por infinidad de caminos, e incluso se podría decir que una renovación de ideas era bastante necesaria. Pero, como en Prometheus, no se sabe en ningún momento a dónde quiere llevarnos, las cuestiones que plantea son banales, quedándose en conceptos muy primarios (“¿hemos sido creados?”, “yo tengo fe a ciegas”), sin profundizar lo más mínimo en ninguna ramificación y desde luego sin dar respuestas convincentes a los pocos y obtusos pensamientos planteados. Y como es de esperar, el dibujo de los personajes se topa con esa visión tan inmadura, superficial. ¿Cómo pretendes sumergirte en la espiritualidad y creencias del ser humano con una descripción tan frívola, tan pueril, del mismo? Los conflictos de creencias son delirantes, pero lo mismo se aplica al resto de dilemas, decisiones y acciones que enfrentan: no guardan lógica ni seriedad alguna. Los científicos elegidos para liderar una misión de gran importancia son memos sin formación que no respetan la cadena de mando, que se toman todo como un juego, que no entienden realmente de ciencia (ni un protocolo de seguridad e investigación decente, es todo más disparatado que en Prometheus), que se mueven por impulsos inmaduros, poniendo en peligro a sus compañeros y la misión (¡2.000 colonos criogenizados!) por el capricho de turno, sea que uno quiere hablar con la novia (abundan los romances de corte adolescente) o cualquier otra sandez.

Así pues, nos volvemos a encontrar con que los protagonistas son muy aburridos, rematadamente estúpidos y por extensión inverosímiles, resultando cargantes desde sus primeras apariciones. Sólo se salvan los dos androides, Walter y David, encarnados ambos por Michael Fassbender. Son los únicos con una pizca de personalidad y unas motivaciones llamativas, con una evolución digna. Muestran el potencial que había y tanto se desaprovecha. La interpretación de Fassbender es de las difíciles, de las de mostrar intenciones y pensamientos ocultos con sutileza, y encima en dos personajes distintos, y está fantástico. La protagonista, Daniels, es un cero absoluto en carisma, en parte por el pobre papel de Katherine Waterson, pero sobre todo porque no presenta ninguna forma de ser concreta, ni anhelos ni metas. Su única aportación medianamente intelectual es una simplona discusión con el capitán, y el único interés que le conocemos en esta gran aventura es hacerse una cabaña en el nuevo mundo. Luego simplemente se dedica a copar todos los planos sin que sepamos qué piensa, cuánto sufre, qué quiere y qué podría hacer. En Prometheus, Noomi Rapace era capaz de levantar un personaje central inicialmente bastante tonto, pero Waterson no da la talla en ningún momento. El nuevo capitán tampoco pasa el corte menos exigente, es un panoli sin determinación ni dotes de liderazgo, otra descripción que no encaja en un tipo que ha alcanzado un puesto tan exigente, y Billy Crudup tampoco deja huella. El resto de la tripulación son peleles a los que no se les confiere identidad, y menos aún cuando empiezan a caer en los agujeros del guion. En Prometheus, aunque fueran malos personajes y acabaran haciendo el gilipollas, al menos te hacías una idea de quién era quién y a qué se dedicaba, aquí sólo he sido capaz de identificar a varios pilotos, y por supuesto no me importaba lo más mínimo lo que les pasara a ninguno de ellos, así que el resto ni te cuento.

Como es obvio, sin protagonistas con tirón es difícil enganchar, y para empeorar las cosas la aventura es rematadamente insulsa, mucho más lenta y aburrida que Alien 3, y la más previsible de toda la saga. El primer acto se hace eterno. Los líos en la nave son intrascendentes, no resultan excitantes ni sirven para exponer como es debido a los protagonistas. La llegada al planeta de turno se hace de rogar, llega sin forjar una atmósfera de intriga, sino con una parsimonia cansina, y una vez allí empieza la fiesta. Pero en el mal sentido, porque en el arco central se acumulan las tonterías hasta convertir la película en una comedia involuntaria, y garantiza risas en cantidad. Los detalles, aunque todo es predecible hasta el hartazgo, los considero reveladores, así que los dejo para luego. Pero aquí también hay un pequeño giro que salva de la más absoluta ignominia a la proyección: la trama toma una nueva perspectiva bastante prometedora cuando los dos androides se enfrascan en un duelo moral e interpretativo. Deja un par de escenas muy sugerentes y promete encaminarnos por fin hacia algo mejor…

Pero el envoltorio hace aguas por todas partes, con esas situaciones rocambolescas que tiran por tierra no sólo la consistencia global, sino cualquier intención de generar intriga o incluso terror, y finalmente esa nueva línea no termina de despegar, la cinta vuelve a decaer bastante en su tercer acto. De repente Scott se obsesiona por la acción aparatosa, cambiando el género de supuesto suspense por prácticamente una de superhéroes. Los personajes que quedan, de inútiles y pasmaos pasan a ser valerosos y resolutivos en un visto y no visto, pero además en una línea exageradísima, como si estuviéramos en un capítulo de Los Vengadores de Marvel. Pero, de nuevo, sin conexión con los protagonistas no hay manera de emocionarse, y para rematar, las secuencias de acción son tan hipertrofiadas que me sacaron por completo de una narrativa que antes era opuesta, fría, apática.

Scott se queda un poco corto donde siempre suele brillar: el aspecto audiovisual no cautiva. El acabado no es tan impactante como el de Prometheus, que conseguía ser entretenida e incluso bastante intensa en algunos tramos a pesar de sus deficiencias, ni tampoco aguanta el tipo comparada con Alien 3 y Resurrection, bastante efectivas a su manera en lo visual aunque no cogieran el punto a la esencia de la saga. Aparte de que Scott no consigue sacar nada del atroz guion, también se hacen evidentes otros motivos: se nota la falta de confianza del estudio, que le dio sesenta millones menos de presupuesto que a Prometheus, los escenarios principales carecen de originalidad y capacidad para sobrecoger (gran parte de la aventura transcurre en parajes naturales), y las partes más importantes se plantearon, supongo que por buscar algo más comercial, como de acción básica, no de atmósferas trabajadas. La recreación de la nave Covenant es bastante buena, pero en cambio el escenario nuevo que debe sorprender lo hace más bien para mal, porque no parece muy verosímil ni se aprovecha en esta narrativa tan poco estimulante. Es que el poco nivel arrastra hasta a la banda sonora, que en disco suena vibrante, a ratos espeluznante, pero en la película no cala lo más mínimo; solo el tema central de Prometheus, al que recurren un par de veces, se hace notar. Scott es bien conocido por destrozar la labor de los músicos.

Después de la leve remontada del segmento central, el tercer acto se me hizo larguísimo y el aparatoso clímax no recuperó mi atención, estaba totalmente desconectado en esas secuencias de acción desmedidas pero huecas. Y el final no mejora las impresiones. La idea de dejarlo abierto a nuevas secuelas no funciona, es un desenlace insustancial, predecible y nada atractivo de cara al futuro. Nos han engañado dos veces, pero no deberían engañarnos una tercera… ¿O no?

Sorprendentemente, las críticas profesionales son bastante correctas, poniéndola incluso por encima de Prometheus. El público es más duro, pero aun así, desde mi punto de vista, le han llovido pocos palos, porque es pésima hasta dejar atrás la serie b y caer de lleno en el cine cutre, es decir, el que hace gracia por estúpido. Hasta las de Alien vs. Predator tenían algo de dignidad: sabían a lo que iban, la saga les importaba bien poco y en general carecían de pretensiones más allá de ganar algo de dinero.

Alerta de spoilers: A partir de aquí destripo a fondo con todo detalle.–

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Macbeth


Macbeth, 2015, EE.UU., Francia, Reino Unido.
Género: Drama.
Duración: 113 min.
Dirección: Justin Kurzel.
Guion: Jacob Koskoff, Michael Lesslie, Todd Louiso. William Shakespeare (obra).
Actores: Michael Fassbender, Marion Cotillard, Paddy Considine, David Thewlis, Jack Reynor, Sean Harris.
Música: Jed Kurzel.

Valoración:
Lo mejor: Fotografía y música bellísimas.
Lo peor: El guion no expone personajes ni trama, la dirección es pretenciosa pero inerte.

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Vi los avances y me dije: no me la puedo perder, menuda belleza y fuerza transmiten las imágenes. Me puse con la película y ahí estaba esa fotografía de Adam Arkapaw (dado a conocer en la primera temporada de True Detective) tan elaborada que combina de forma fascinante el encuadre y la iluminación, pero también se le suma una banda sonora (Jed Kurzel, hermano del director) minimalista, tétrica, subyugante. El argumento no será original (difícil basándose en un texto tan antiguo), pero con ese arrebatador aspecto audiovisual prometía una cinta épica y hermosa de intrigas de la corte y batallas. Pero me aburrí soberanamente con un relato fallido e inerte en su interior. Si miro atrás, lo único que consigo deducir sobre lo que me han contado es gracias a que el relato me era conocido por la cultura popular aunque no haya leído directamente a Shakespeare. Y es que el guion y la dirección no atinan a formar un filme consistente y fluido, y como es obvio, en esas condiciones causar sopor es más probable que lograr emoción alguna.

Una película no son frases recitadas sin más, hay mucho, mucho más. El guion debe presentar y desarrollar un entorno, unos personajes y una historia concretos, y el director debe darle forma con todos los elementos técnicos y artísticos disponibles de manera que la narrativa cobre un sentido global. Aquí sólo tenemos fotografía y música. La escenificación, obcecada en la belleza visual exterior hasta tener unos cuantos momentos muy pretenciosos (cámaras lentas y composiciones rebuscadas), se olvida del contenido, así que el ritmo es negligente y la historia apenas cobra forma, mucho menos una atractiva. Los intérpretes, por mucho renombre y currículo que tengan, sólo recitan frases (la mayoría susurradas) con cara de intensidad, o sea, de tener problemas para ir al baño, pero a los protagonistas no se les reconocen sentimientos y motivaciones concretos, no se sabe por qué toman una decisión u otra, qué los aflige en cada momento. Ni siquiera al principio, cuando se atina a ver un argumento (y porque es presentado con texto en pantalla), se puede conocer a fondo qué planea cada individuo, qué espera de la situación y cómo se mueve por ella. Pero hay partes verdaderamente opacas. El tramo final ya ha perdido todo rastro de rumbo y sentido, sólo vemos a los actores con la eterna cara de compungidos que no se sabe de dónde sale. ¿Por qué Macbeth está en su habitación lamentándose? ¿Qué hay del reino y los contrincantes? ¿Adónde va la mujer y qué trama? Nada se entiende, nada produce un efecto y una respuesta clara en el devenir de acontecimientos y la evolución de los personajes.

La fascinación inicial se diluye rápido, y conforme avanza la proyección esta se va haciendo más y más larga y pesada. La belleza que alcanza ojos y oídos no llega a más sentidos.

Babadook


The Babadook, 2014, Australia, Canadá.
Género: Suspense, terror.
Duración: 95 min.
Dirección: Jennifer Kent.
Guion: Jennifer Kent.
Actores: Essie Davis, Noah Wiseman.
Música: Jed Kurzel.

Valoración:
Lo mejor: Inquientante, agobiante, y con un par de sustos de calidad. Los dos actores principales.
Lo peor: Muy predecible, y se queda algo corta.
Mejores momentos: ¡Baba dook, dook, DOOOOK!
La frase: ¡Baba dook, dook, DOOOOK!

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Tengo que admitir que Babadook sin sorprender consigue sorprender. Me refiero a que es capaz de causar impresión con una premisa muy vista en el género, de hecho es bastante predecible en muchos tramos. Y es que, al contrario que en la fallida It Follows (otra que pegó fuerte en 2014), aquí se demuestra que contando las cosas bien puedes lograr una un relato muy digno en un estilo muy agotado.

No hay nada nuevo en la presencia de monstruo/fantasma acosador, personajes cayendo en la paranoia, casa misteriosa/encantada y situación de aislamiento (aunque en este caso no es total). Pero su autora Jennifer Kent se esmera en construir un relato equilibrado donde no se vean mucho los trucos e influencias y se expriman las emociones. Pone especial cuidado en dotar de vida a los personajes para que podamos integrarnos con ellos plenamente en una atmósfera construida también con dedicación y habilidad: utiliza una larga, larguísima introducción que va cimentando la relación familiar, las situación trágica y delicada que viven, y poco a poco siembra la semilla del desconcierto, para luego aflorar la inquietud y finalmente explotar la paranoia.

La sensación de que esto acabará en tragedia y la intriga de quién de los dos será el que pierda el juicio y asesine al otro ofrece un creciente estado de desasosiego y varias escenas turbadoras. Y cuando llegan los pocos sustos, porque muchos no tiene, estos dejan un mal cuerpo durante bastante minutos. La principal aparición de Babadook, con su espeluznante grito, es para salir corriendo del cine o de casa sin mirar atrás. Por ello es una pena que momentos así haya tan pocos, que se centre tanto en el terror psicológico y no aproveche todo el potencial de horror puro. El tramo final lo acusa bastante, porque cuando la tensión está al máximo resulta que acaba de forma bastante básica, sin dirigirse a un clímax de infarto que exprima la atmósfera tan sugestiva. También le pesa su falta de novedades. Engaña en parte porque te atrapa con fuerza con los personajes, pero sabes perfectamente qué ruta seguirá la historia aunque algunas curvas te hagan sufrir.

La puesta en escena templada, sin abusos (como por ejemplo de los cansinos golpes sonoros de multitud de filmes) ni excesos, consigue sacar el máximo partido del escenario principal, la casa, pero también de otros secundarios breves pero primordiales, como el coche, donde juega muy bien con la separación entre asientos para crear distanciamiento entre madre e hijo, o la fiesta de cumpleaños, con el contraste que hace con la luminosidad y el vestuario chillón de los demás invitados, matizando lo fuera de la vida real que están los protagonistas. Y como decía, que los hechos ocurran en una casa de aspecto rústico (no destartalada, pero tampoco preciosa), con madera, puertas chirriantes, escaleras inquietantes… pues no es original, pero funciona sin problemas: el ambiente hogareño no empieza bien, con la situación de familia rota y angustiada, y poco a poco la propia residencia, la concepción de hogar, se va volviendo en su contra, convirtiéndose en una prisión mental cuyos recovecos empiezan a ser más oscuros y más hostiles.

Prácticamente sólo tenemos dos actores principales, y los dos están estupendos en unos papeles muy exigentes. Essie Davis como la madre inmersa en una pesadilla, a punto de la locura, clava los momentos de desesperación. Noah Wiseman asombra a pesar de su juventud con un papel muy natural en general, pero también está impresionante en los momentos más difíciles. Como la cinta no tuvo éxito ni supongo un gran empuje por parte de la distribuidora, no optó a premios en esta categoría, pero desde luego en un mundo más justo y objetivo estas dos notables interpretaciones hubieran recibido más aplausos.