El Criticón

Opinión de cine y música

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Jurassic Word: El reino caído


Jurassic World: Fallen Kingdom, 2017, EE.UU.
Género: Acción.
Duración: 128 min.
Dirección: J. A. Bayona.
Guion: Derek Connolly, Colin Trevorrow.
Actores: Chris Pratt, Bryce Dallas Howard, Rafe Spall, Justin Smith, Daniella Pineda, James Cromwell, Toby Jones, Ted Levine, Jeff Goldblum, BD Wong, Geraldine Chaplin, Isabella Sermon.
Música: Michael Giacchino.

Valoración:
Lo mejor: Dirección, efectos especiales y sonoros y banda sonora ofrecen un visionado a ratos espectacular y trepidante.
Lo peor: La mezcla de géneros, historias y personajes poco meditada: la falta de ambición, coherencia e inteligencia, los escenarios absurdos, las ideas inverosímiles, los protagonistas estereotipados, los diálogos tontos… ¡Y el espantoso póster!

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Alerta de spoilers: Ahondo bastante en las líneas argumentales, incluyendo algunas sorpresas finales.–

Para mí está claro que estamos condenados a no volver a tener una buena película de Parque Jurásico (Steven Spielberg, 1993). Ya las dos primeras secuelas se quedaron muy lejos del memorable título inicial, pero tras el increíble éxito del renacimiento con Jurassic World (Colin Trevorrow, 2015) a pesar de su visión tan simplista, de su formato de taquillazo de usar y tirar, era indudable que mantendrían ese estilo. Así llega El reino caído con la misma falta de ambición, inteligencia y respeto por la saga y los espectadores, y hace otra ingente cantidad de dinero (porque después de todo al público no parece importarle que le tomen el pelo una y otra vez) que termina de enterrar las pocas esperanzas que quedaran en tener una vuelta a un cine más serio.

Como es habitual en este tipo de superproducciones comerciales el acabado final es una amalgama de ideas y egos de productores y de autores que intentan dejar su sello pero, o no les dejan, o se pasan de largo. Distintas premisas se pisan, incluyendo repetición de ideas ya vistas en la saga (y con infinidad de referencias innecesarias), los escenarios se amontonan sin que haya una cohesión narrativa clara, los personajes obedecen a estereotipos de distinta índole mezclados sin un objetivo concreto ni una coherencia dramática atractiva. Si no fuera porque, como en el episodio precedente, el talento del director y las cantidades ingentes de dinero consiguen una cinta de acción espectacular, el resultado sería digno del cine cutre.

Unos productores querían el remake “velado” a El mundo perdido (Steven Spielberg, 1997), así que tenemos una visita a la isla con mercenarios cazando dinosaurios. Había que mantener a los personajes de esta nueva etapa, y ahí los tenemos metidos en todo sin que sepamos muy bien qué nos quieren contar con ellos. Otros quieren pasar a un nuevo escenario para poder expandir la saga, así que a media película cambiamos de argumento porque sí, yéndonos a una historia de venta de dinosaurios a ricos y mafiosos. Algún listo quería extender aún más la ya de por sí fallida idea de crear monstruos nuevos con la excusa de la genética, así que ahora tenemos humanos clonados también. Y finalmente, si bien J. A. Bayona está impresionante con la cámara, dista de mantener ese listón en sus grandes aportes a la historia. Mete con calzador su propio segmento, forzando una película de terror en la línea de El orfanato (2007) donde se espera tensión y aventuras de corte más juvenil (los niños que había en mi sala las pasaron putas).

El prólogo es la primera gran muestra de lo poco que se trabajan el guion, la continuidad, la seriedad de la propuesta y por extensión el respeto al espectador. En Jurassic World el recinto acuático del mosasaurio estaba en el interior de la isla, pero aquí quieren sacar a los dinosaurios del parque, así que aparece en la costa y con una puerta. De la misma forma, el T-Rex había sido engullido por este bicho más grande al final de aquella entrega, pero ahora tenemos otro por ahí pululando… aunque eso sí, la escena posterior en que le sacan sangre está muy bien. Por lo demás, bien podían haberse ahorrado esta introducción, es la típica escena de extras aleatorios muriendo por su avaricia y torpeza, no aporta nada sustancioso.

La vuelta a la isla por la catástrofe inminente del volcán es el mejor tramo a pesar de su falta de novedades y trascendencia. Es una aventura intensa aunque no sea muy inteligente (qué pintan los niñatos esos, con la de expertos que habrá en informática y biología con experiencia en misiones peligrosas), y cuando Bayona da rienda suelta al espectáculo te quedas pegado a la butaca. Incluso hay momentos emotivos: consigue que el destino de los dinos dé pena, con ese brachiosaurio engullido por la lava. El problema es que faltan personajes con garra que hagan de la aventura algo realmente emocionante. La pareja protagonista es simpática, pero por el carisma de Bryce Dallas Howard y Chris Pratt, porque a pesar de tener ya a cuestas otra película siguen atascados en un dibujo simplón. Nos lo presentan como distanciados sentimentalmente (qué penosa la escena del bar), para forzar el cliché cansino de la relación amorosa en tensión, pero en el resto de la película no hay un acercamiento visible, como en la primera parte, al final vuelven a acabar juntos porque hay que cumplir con el tópico. Así que sin un dibujo elaborado ni una progresión dramática tangible me importan bien poco sus destinos. Y no digamos ya el del resto del equipo…

El traslado a tierra firme tenía inicialmente algo de tensión, con los protagonistas infiltrados tratando de acabar con los planes de vender dinosaurios a ricos mafiosos (todos representados por los estereotipos más cutres y racistas que puedas imaginar). Pero en vez de mantener esa premisa y centrarse en la aventura de supervivencia se van por las ramas con diversas historias cada cual más absurda.

Tenemos la parida de vender dinosaurios como armas, donde no se tiene en cuenta la complicadísima logística de mover un animal tan grande y con necesidades especiales por el mundo y el poco secreto con el que se puede hacer. Pero con el indorraptor alcanza niveles delirantes. Resulta que con un rifle equipado con un láser apuntas a la persona objetivo y aprietas el botón para que un pitido haga que el indorraptor ataque… Pero claro, cabe preguntarse para qué necesitas un dinosaurio si ya estás lo suficientemente cerca del objetivo como para apuntarle: dispara y punto.

Lo entremezclamos con el dramón de la chiquilla y el abuelo, al que presentan casi diciendo que es John Hammond pero luego resulta que era su compañero empresarial del que nada sabíamos. Esta línea tan ajena y poco interesante la rematan con la revelación final de que la niña es un clon de la esposa fallecida de este señor que tan poco nos importa, alcanzando así el disparate cotas épicas, porque dicen varias veces que Hammond y esta burda imitación se separaron porque se hizo el clon… es decir, que la chiquilla que aparenta diez años tiene veinticinco y un buen problema de crecimiento y de desarrollo intelectual y emocional. Por no decir que lo que aporta a la trama es menos que cero, porque el intento de dar intriga a sus orígenes genera confusión y la sorpresa es aún más forzada, pues crees que va a tomar relevancia alguna en lo narrado pero pasan de ello sin más. Sólo falta que en próximas entregas tenga poderes mágicos.

La trama central de este segmento, la venta de dinos y los protagonistas luchando contra esos supuestos criminales (¿no es mejor que el dinosario esté en la hacienda de un rico, bien cuidado, a muerto en la isla?) queda relegada a excusa para mover la acción. Los villanos son estereotipos vulgares que molestan en cada frase estúpida que sueltan, los secundarios “graciosos” no hacen nada más aparte de rellenar escenas pretendidamente más livianas pero que resultan cargantes, los protagonistas tampoco aportan ninguna aventura digna más allá de sufrir, gritar y correr, y los dinosaurios no se sabe por qué los persiguen con tanto ahínco. Con todo, de nuevo Bayona deslumbra con una puesta en escena contundente que, apoyada en los efectos especiales y sonoros impecables y la ostentosa música de Michael Giacchino, garantiza tensión y asombro en cantidades que incluso llegan a ser excesivas: al final acabarás harto del cansino indorraptor y las apariciones aleatorias de Blue. Escenas como la de la habitación y la de los tejados parecen tan gratuitas que ya había desconectado por completo, pero el dilema moral final de si dejar a los dinos vivos o no (recordemos, una creación de laboratorio que amenaza ecosistemas y humanos por igual) es vergonzoso.

Acabamos con las muertes cómicas de los villanos que todos esperábamos, porque ya Spielberg apuntó en el nacimiento de la saga a un tono familiar-infantil excesivo, y desenlaces abiertos para nuevas entregas que no sé cómo todavía hay espectadores que esperan con interés.

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Saga Parque Jurásico:
Parque Jurásico (1993)
El mundo perdido (1997)
Parque Jurásico III (2001)
Jurassic World (2015)
-> Jurassic World: El reino caído (2018)

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El mundo perdido: Parque Jurásico


The Lost World: Jurassic Park, 1997, EE.UU.
Género: Acción, aventuras.
Duración: 129 min.
Dirección: Steven Spielberg.
Guion: David Koepp, Michael Crichton (novela).
Actores: Jeff Goldblum, Julianne Moore, Pete Postlethwaite, Vince Vaughn, Vanessa Lee Chester, Peter Stormare, Richard Schiff.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: Entretiene, que ya es algo.
Lo peor: Le falta todo lo que hizo buena a la primera entrega: originalidad, tensión, asombro, personajes con los que conectar.
El idioma: En el doblaje para España, el castellano que hablan con los costarricenses se convierte en algún lenguaje que no consigo identificar (no parece portugués, lo habitual en estos casos).
La curiosidad: En la novela Chrichton tuvo que resucitar a Malcolm porque en la primera moría. “Los médicos lo salvaron”, vino a ser la excusa.
Mejores momentos: La cacería motorizada. El tiranosaurio causando estragos en la ciudad.

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El éxito de Parque Jurásico fue abrumador, por lo que la secuela era bastante inevitable. Tanto los fans como los productores prácticamente le exigieron a Michael Crichton la segunda novela, estos últimos supongo que pensando en ir sobre seguro partiendo de nuevo de una novela con el renombre del autor. En ese sentido cabía esperar que tomando Steven Spielberg las riendas del proyecto no podía salir algo malo, pero lo cierto es que El mundo perdido decepcionó bastante. Viendo el acabado da la impresión de que la rodó como obligado, quizá para que no fuera otro quien le pusiera las zarpas encima y ensuciara su legado, pues las imágenes manifiestan una gran falta de inspiración y pasión, hasta el punto de no parece una película suya. Tanto en el guion, encargado de nuevo a David Koepp, como en la dirección se observan serias carencias, la mayor parte fruto de un fallo clásico: basar las continuaciones en la máxima “más y más grande”. En ese proceso se pierde el elemento que hizo que la primera parte calara tan hondo (y la inspiración obvia de esta segunda, El mundo perdido -1912- de Arthur Conan Doyle, también): el factor sorpresa, el asombro que despertó un relato muy original donde exprimían la intriga muy bien y mejor aún aprovechaban el espectáculo que ponía en bandeja tan buena recreación de los dinosaurios.

La trama se queda en un simple ir andando mientras llegan ataques puntuales, esto es, la típica premisa de “gente muriendo en fila” sin más calado, los diálogos son ramplones, con un humor fallido (se paran en medio del caos a soltar chascarrillos), los personajes principales son anodinos y los secundarios lamentables en su mayoría y con muertes y situaciones cada cual más vergonzosa. En lo visual no termina de desplegar el espectáculo que se espera, o sea, al nivel del episodio anterior. Aferrándose al “más y más grande” encontramos infinidad de dinosaurios nuevos, pero parecen hechos con prisas, los animatronics apenas se mueven, lo digital se nota bastante en algunos planos, y la pantallas de fondo y los matte paintings cantan un montón (la jaula colgante y el precipicio donde cae la caravana). Es decir, inesperadamente no tenemos una mejora sino una pérdida de calidad en el acabado. Y lo más grave, la desgana de Spielberg se disimula un poco en las partes más intensas, pero aun así no encontramos el despliegue de recursos que ofreció en Parque Jurásico. La inspiración que nos regaló infinidad de planos geniales, la construcción metódica de la atmósfera y la ejecución pasmosa de las escenas de acción se cambian por falta de nervio y de imaginación.

El retorno a la isla se hace esperar, con varias escenas anidadas de cháchara y reencuentros con viejos personajes que no despiertan interés alguno. De hecho, pueden provocar frustración: los simpáticos chavales del primer capítulo aparecen para luego no ser protagonistas, sino que los sustituye una niña repelente, y Hammond tiene una escena tan monótona que no deja huella. La información dada en esta introducción es muy sencilla (hay otra isla, vamos a ir a estudiar a los dinosaurios antes de que los cacen gobiernos o mercenarios) pero se reincide en ella minutos y más minutos sin crear la atmósfera adecuada de intriga y despertar en el espectador el deseo de vivir otra peligrosa aventura. Malcolm (Jeff Goldblum), protagonista principal ahora, repite varias veces no querer ir, pero sabemos que irá, así que es perder el tiempo aún más. Spielberg rueda con una pasividad asombrosa estos prólogos, con unos planos estáticos que confieren un ritmo aletargado. Las excusas para tener otra isla con más dinos parecen muy cogidas por los pelos: nunca se mencionó que nacieran y los criaran en otra parte, de hecho, vimos los huevos y un nacimiento en Nublar como si fuera habitual; y la dependencia de lisina se la quitan de encima con todo descaro. Y finalmente, cuesta creer que ningún gobierno realice acciones tan obvias como un bloqueo a la isla y exterminar o reubicar a los dinosaurios por ser una fauna muy peligrosa tanto en el factor ecológico como en el humano. Los prólogos de Parque Jurásico eran reiterativos, pero te enganchaban y animaban a seguir, mientras que aquí sucede lo contrario.

Cuando por fin llegamos no lo hacemos de la mano de unos protagonistas que despierten nuestro interés. Malcolm es bastante simpático, pero parece que recurren a él como reclamo publicitario, como nexo con la serie, porque no se lo trabajan mucho. Como motor dramático se apoyan en un concepto muy básico y trillado, de hecho, ya se vio en la primera parte y por desgracia también lo han ido repitiendo en la tercera y en Jurassic World: divorcio y niños sufriéndolo. Si la premisa es sobrevivir a los dinosaurios, ¿por qué lo adornas con cosas tan mundanas y estereotipadas? Entiendo que fuercen la presencia de infantes, es una obra comercial, pero qué obsesión tienen en Hollywood con que el único conflicto que puede tener un niño es la separación de los padres. Al menos, en Parque Jurásico este tema se mencionaba con naturalidad, para darle vidilla a los personajes, y cuando se volvía sobre las relaciones humanas era como reacción a eventos del parque: Alan Grant, que no traga a los niños, va acercándose a ellos, estos, con líos en casa, encuentran una figura paterna con la que sentirse más seguros… Aquí los problemas de Malcolm con la ex y la petarda de la hija son un culebrón paralelo a los demás acontecimientos, no aportan sustancia al viaje, es decir, tienen largas escenas sueltas que se hacen muy cargantes y en la acción no hay desarrollo emocional relacionado con ello.

El resto de protagonistas tampoco terminan de tomar forma. El fotógrafo (Vince Vaughn) no tiene dimensión y anda justo de carisma; cuando se descubre su misión secreta, esta no da mucho juego después de todo, y para colmo, en la parte final en la ciudad desaparece sin más. Eddie Carr (Richard Schiff) es más simpático, pero tampoco termina de estar justificada su presencia: ¿cuál es su trabajo, su especialidad, su personalidad? Con Sarah Harding (Julianne Moore) intentan mostrar a una mujer independiente y capaz, pero termina pareciendo un poco boba o inconsciente a veces, vagando por la isla con un entusiasmo un tanto infantil, sin mirar por su seguridad; cuando empieza la odisea, se queda atascada sin hacer nada interesante aparte de ir de acá para allá, hasta el punto de olvidarte de ella cuando no está en pantalla.

Con este panorama es difícil implicarse: no te interesa el destino de ninguno de los protagonistas, con lo que no se siente el peligro. La primera secuencia de acción importante, el ataque de los tiranosaurios a la caravana, es un desastre. Es un clon del mítico momento del coche de Parque Jurásico, pero sin savia, sin alma. Todo es ruido y caos alargado y exagerado hasta resultar pasado de rosca e inverosímil (los T-Rex que van y vienen según quieran incluir un descanso o más acción). Para rematar, toma un penoso cariz cómico involuntario con Eddie intentando enganchar la cuerda y cayéndose una y otra vez; sólo le faltó la música de Benny Hill. La escena termina haciéndose bastante pesada, porque parece que no va a terminar nunca.

A mitad del camino viene un giro que promete traer novedades a una proyección repetitiva y poco emocionante. La entrada de los mercenarios, con la persecución a los dinosaurios mientras son presentados por encima, tiene bastante pegada. Encabezados por el cazador experimentado, captado muy bien por un siniestro Pete Postlethwaite, tenemos un repertorio de personajes nuevos bastante intrigante. En seguida te preguntas por qué la película no se centró en este grupo, por qué esta no fue la escena inicial y pasaron la trama (sobrevivir, básicamente) a ellos, prescindiendo de Malcolm y demás, que ahora parecen ajenos a la proyección. Sí, terminan uniéndose, pero el conflicto entre ellos tampoco es muy jugoso, el argumento sigue limitado a la huida. Y me temo que en vez de exprimir su potencial los van ahogando en estereotipos y pronto son puestos en el otro lado del simplón espectro moral de la saga: los avariciosos y poco ecologistas son los malos, y tendrán muertes crueles y graciosas en las fauces de los dinosaurios. El empresario (Arliss Howard) cada minuto que pasa se vuelve más idiota, los mercenarios secundarios son directamente retrasados, e incluso el atractivo líder tiene algún patinazo. Atención al vigilante del perímetro escuchando música con auriculares, o al avezado cazador que se planta delante de la peligrosa presa para disparar, mientras que la protagonista al final, sin tener ni idea de caza, se busca como es lógico un lugar apartado y elevado.

No sorprende que el siguiente gran clímax sea también poco satisfactorio. Repetimos con una persecución de los velocirraptores en un complejo que sólo se diferencia en que está abandonado. De nuevo sin interés por el destino de los personajes, todo se resume en saltos, golpes y rugidos, y el abuso de estos conforma otra escena que termina haciéndose larga y poco atractiva. Los raptores han dejado de ser una amenaza, por peligrosos e inteligentes, para convertirse en unos animales tontos y pesados: parece que cazan por diversión, pues a pesar de la manada de humanos que han cogido en el herbazal persiguen a más por ahí con un ahínco desmedido, tropezándose y chocándose con todo como perros atontados. En cambio, en la tercera y las nuevas entregas vuelven al camino de que son inteligentes, pero se pasan de frenada, pues casi hablan. Si la situación estaba siendo vulgar, termina desbarrando con la hija acróbata derrotando al velocirraptor; ya de por sí la idea es ridícula (una niña de 30 kilos lanzando por los aires 150 de un bicho ágil), pero es que se pone a preparar la acrobacia antes de que el velocirraptor se coloque donde ella apunta… vamos, que ha visto el futuro.

Inesperadamente, cuando parece que la cinta ha terminado, nos ofrecen un nuevo arco argumental. El viaje Estados Unidos con el tiranosaurio no es original (inspirado sin disimulo en King KongMerian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933-) pero en una película tan limitada supone un soplo de aire fresco. El caos en que se sumerge la ciudad es más movidito e interesante que las otras piezas de acción, y aunque la solución no es sorprendente (la cría como cebo se veía venir) hay suficiente tensión como para garantizar un buen escenario. Pero tiene todavía demasiadas carencias que frenan sus posibilidades. Se afea un poco con el destino del último “villano”, el empresario avaricioso que no puede acabar sin su muerte estúpida, y con la incomprensible ausencia de unos de los protagonistas principales, el fotógrafo, pero son minucias al lado de la cagada monumental con que se da pie a esta situación. Resulta que el T-Rex se libera durante el viaje, mata a todos los del barco, incluyendo a los que estaban en la minúscula cabina donde evidentemente no cabe, y luego se mete en la zona de carga y un tipo moribundo lo encierra; y al llegar a puerto todos suben a bordo sin acordarse de su existencia, ¡y se sorprenden de que esté cuando abren las compuertas! No voy a entrar en que el barco no llevara escolta ni tuvieran un plan b en el puerto por si el dinosaurio despertaba, que visto lo visto es pedir demasiada lógica.

El mundo perdido acaba siendo, por muy generoso que fuera su presupuesto y el renombre de sus autores, una serie b cualquiera con ramalazos de cine cutre que se salva por los pelos porque resulta lo justo de entretenida y simpática (aunque a veces esto último sea involuntariamente). Gracias al efecto arrastre obtuvo una taquilla muy buena, pero la decepción del público dura desde entonces, y las siguientes secuelas no hacen sino extender la agonía, porque todos queremos ver una nueva Parque Jurásico pero no dejan de parir tonterías comerciales sin alma.

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Saga Parque Jurásico:
Parque Jurásico (1993)
-> El mundo perdido (1997)
Parque Jurásico III (2001)
Jurassic World (2015)
Jurassic World 2: El reino caído (2018)

Parque Jurásico


Jurassic Park, 1993, EE.UU.
Género: Aventuras, suspense.
Duración: 127 min.
Dirección: Steven Spielberg.
Guion: David Koepp, Michael Crichton (también autor de la novela).
Actores: Sam Neill, Laura Dern, Jeff Goldblum, Richard Attenborough, Joseph Mazzello, Ariana Richards, Samuel L. Jackson, Wayne Knight.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: Atrapa de principio a fin, asombra y emociona como pocas películas consiguen hacerlo. Dirección excelente, efectos especiales y sonoros rompedores, música magistral, grandes personajes, escenas y planos míticos por doquier…
Lo peor: Nada grave. Alguna conversación parece innecesaria o alargada, y hay unos pocos gazapos notables que pueden afear los revisionados.
Mejores momentos: La llegada a la isla con la música. El ataque del tiranosaurio al coche. Los velocirraptores dentro del complejo persiguiendo a los niños.
La frase: No hemos reparado en gastos– Hammond.

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Una de las producciones más recordadas, aclamadas y exitosas de los noventa así como una de las obras más reconocidas de Steven Spielberg (y esto es como decir que está entre por lo menos diez títulos memorables) fue Parque Jurásico. El fenómeno social que supuso fue impresionante. Rompió el récord de película más taquillera mantenido por E.T. desde 1982, rozando los mil millones de dólares mundiales (de los que 250 fueron para Spielberg), y duró hasta el estreno de Titanic (James Cameron, 1997). Creó una moda de dinosaurios que hinchó las arcas del estudio a base merchandising, y seguramente llenó carreras universitarias de paleontolgía al estilo Indiana Jones (1981-1989) con la arqueología.

Michael Crichton era por aquel entonces un escritor de best-sellers bien asentado en su gremio y bastante en el cine, porque casi todas sus novelas solían ser tanteadas los estudios y algunas adaptaciones llegaron a ver la luz (la primera, La amenaza de andrómedaRobert Wise, 1971-), pero, sobre todo, él mismo hizo sus pinitos como guionista e incluso director (por ejemplo, Westworld, Almas de metal -1973-, o El primer gran asalto al tren -1978-). En 1990 estaba ultimando su nuevo libro, Parque Jurásico, cuya atractiva temática atrajo la puja de las majors por los derechos antes si quiera de editarlo, con Steven Spielberg, Tim Burton, Joe Dante, Richard Donner y James Cameron en cabeza de lista de cada uno. Cameron afirmó que planeaba una versión más adulta y oscura, tipo Aliens (1986), pero lo cierto es que los noventa eran otros tiempos y la versión de Spielberg fue inquietante y sangrienta en su justa medida.

Universal Studios se hizo con el premio gordo, y Amblin Enterntainment, la productora fundada por Spielberg, Kathleen Kennedy y Frank Marshall, desarrolló el proyecto. El guion le fue encargado al mismo Crichton, pero el director decidió pulirlo, para lo que trajo a David Koepp, quien hay que decir que no tenía nada llamativo en su currículo. Como adaptación es notable, pues captura lo mejor de la novela y resume o elimina lo innecesario (algunas cosas que no cabían aquí se recuperaron en las siguientes entregas) o lo que no concuerda con el lenguaje cinematográfico, y todo ello sin perder fidelidad. Este uno de esos pocos casos donde se puede decir que se supera a la obra original, pues resulta mucho más intensa e impactante. El único cambio notable es el abuelo, representado por Chrichton como un empresario capitalista que sólo piensa en el dinero y en esta versión como un abuelito simpático que quiere traer felicidad a los niños del mundo. Pero lo cierto es que resulta entrañable aunque sea claramente una treta comercial para atraer al público joven.

La única licencia notable viene de la propia novela, que modifica a su antojo la anatomía de los velocirraptores para hacerlos más peligrosos y temibles. En realidad no eran así, sino que medían medio metro de altura y con toda probabilidad estaban cubiertos de plumas. Está claro que ver a los protagonistas luchando contra unas gallinas, por muy carnívoras que fueran, hubiera sido más bien un chiste, pero también es cierto que si pretende ser una ficción científica resulta una decisión muy cuestionable: ¿no hubiera sido mejor elegir otra especie? Así, atados a la continuidad, todas las entregas mantienen esta fantasía. Por no decir que casi todos los dinosaurios que aparecen son del cretácico…

La visión comercial y narrativa de Spielberg dio sus frutos en una aventura deslumbrante en todos los sentidos. Cabe señalar que fue uno de los trabajos más difíciles y agotadores a los que se enfrentó, principalmente porque estaba ante retos técnicos nuevos y un rodaje muy complicado, pero también porque compaginó la postproducción con la grabación de La lista de Schindler (1993). La sensación de asombro, maximizada por unos efectos especiales extraordinarios, el ritmo excelente con picos de tensión y acción sublimes, y la simpatía que despiertan los personajes conforman una película que rompió moldes y cautivó a toda una generación, y además aguanta el paso de las décadas sin problemas.

El director exprime cada pasaje al máximo. Mediante una metódica construcción de la atmósfera de intriga y tensión garantiza un visionado absorbente de principio a fin. Se trabaja las partes acción logrando unas secuencias insólitas, lo que, unido al paso previo, la creación del ambiente adecuado, garantiza que llegas ya con los nervios a flor de piel, con lo que acabas aturdido más que asombrado. Entre medio dibuja los personajes sin prisas, con presentaciones llamativas, relaciones que se modelan incluso en los momentos más aparatosos, y detalles por todas partes que van provocando un cambio gradual; además, los actores están todos estupendos. Vemos gente real, por muy exagerado que sea el escenario, con lo que conectas con la odisea con fuerza; incluso los niños caen muy bien, algo que rara vez ocurre en el cine. Sientes estar en el parque con ellos, descubriendo los fascinantes logros que han dado vida a los dinosaurios, embargándote la sensación de apremio y de peligro cuando se tuercen las cosas, y manteniéndote en vilo, incluso aguantando la respiración, en los momentos más difíciles.

Esta producción es el ejemplo perfecto de algo que repito muchas veces. Hay dos factores clave a la hora de conseguir una buena escena de acción. Primero, hay que tener unos personajes atractivos y que estos sean el centro de los acontecimientos, porque sin establecer una conexión la situación es muy probable que se reduzca a simple caos y ruido. Segundo y no menos importante, los efectos especiales deben ser un medio narrativo y no un protagonista forzado.

No se veían escenas de acción tan contundentes y asombrosas desde las obras maestras de James Cameron, Terminator II (1990) y Aliens. El ataque del T-Rex ha pasado merecidamente a los anales del cine como una de las escenas más impactantes y recordadas. La huella, el rugido, los chavales gritando mientras sujetan el cristal, el coche aplastado, la caída por el árbol… Y no se queda atrás el tramo final en las cocinas, con la persecución de los velocirraptores: el raptor levantando a la chiquilla al golpear la rejilla, la treta con el reflejo…

Spielberg dirige la mezcla de técnicas de efectos especiales con gran control y visión, sacando adelante escenas y criaturas que parecen imposibles, más cuando piensas que requerían procedimientos apenas desarrollados o muy complejos. El avance en estos campos marcó un hito, y de hecho ha envejecido bastante mejor que superproducciones que han ido llegando muchos años después. En principio todo iba a ser con animatronics (muñecos mecanizados), pero tras ver unas pruebas de cómo resultaría por ordenador decidieron repartir esfuerzos. La combinación se usa con sabiduría, manteniendo en primer plano los animatronics y gente disfrazada (los velocirraptores), y en los lejanos, donde se requería movimiento completo, se usaba el ordenador; en la página www.stanwistonschool.com se pueden ver algunos videos del proceso. Cruciales fueron también los efectos sonoros, con rugidos que te hielan los huesos. Los dinosaurios resultan tan realistas que cada vez que aparecen te olvidas de que estás ante un truco.

Aparte de que la composición de numerosos planos es crucial para forjar la sensación adecuada en cada instante (por ejemplo, la aparición del T-Rex la vemos desde dentro del coche, al lado de los protagonistas), Spielberg también nos deleita con un detallismo muy cuidado que termina de formar ese aura de película única y con gran personalidad. Algunos planos son muy cinematográficos y otros incluso juegan con la ironía, es decir, podrían resultar poco naturales, pero lo cierto es que ninguno desentona, o refuerzan la épica o son detalles curiosos. Cito mis favoritos: el logotipo del parque en la puerta del coche flamante al llegar pero lleno de barro al irse, el frasco de material genético robado perdido en el barro (fosilizándose), el velocirraptor con las secuencias genéticas de la pantalla del ordenador (ATGC) reflejándose en su piel, el T-Rex suplantando a su esqueleto…

El aderezo final lo pone la seductora y épica banda sonora del maestro John Williams, quien se marcó otro hito a través tanto de un tema inolvidable como de una serie de motivos que realzan todas las emociones de la cinta de forma magistral. Sus notas son inseparables en el imaginario popular de escenas como la llegada a la isla o la apertura de las puertas, de hecho en cuatro secuelas que llevamos nadie ha estado a esa altura… ni siquiera él mismo en la segunda parte.

Hay muy pocos momentos en que se pueda romper el hechizo que provoca esta colosal película… pero los hay. No deifiquemos, como hacen muchos con algunas que marcaron nuestra infancia o del cine clásico, hay que ser objetivos. El equilibrio narrativo, el ritmo y la fuerza de cada escena es magnífico, pero no tanto como para alcanzar el apelativo de obra maestra, hay algunos deslices (en tono y en contenido) que pueden empañar algunos tramos, sobre todo en los revisionados.

En el tono, está claro que Spielberg y demás productores querían un estilo familiar con mensajes sencillos, pero en una propuesta tan seria, trágica y terrorífica en muchos instantes, desentonan bastante algunas ideas propias de títulos intantiles llenos de estereotipos. Sólo los avariciosos sin posibilidad de redención mueren (el abuelo no, porque tenía buenas intenciones y aprende), además con una mezcla de crueldad y humor que no me convence, como el abogado en el váter o Nedry tras una serie de calamidades dignas de una comedia tontorrona. También hay algunos discursos un tanto anticientíficos que chocan con otras partes donde se muestra amor por descubrir y comprender el mundo que nos rodea, incluyendo el fascinante pasado; sí, se podría decir que muestran distintas visiones del asunto, y que además es raro ver debates intelectuales en cintas comerciales, pero mi sensación es que pretende sentarse cátedra en un único sentido: principalmente en boca Malcolm, a veces de otros, parecen querer meter miedo con que la naturaleza es como dios la hizo, o es dios, y si la cabreas te castiga, de forma que el más que respetable mensaje ecológico de cuidar nuestro entorno se pervierte con un giro religioso que no me gusta nada; esto se puede enlazar con las muertes absurdas: pórtate bien porque dios te vigila. Aparte de la moral, también se refuerzan las capacidades de los protagonistas de mala manera: el veterinario del parque lleva meses tratando a una triceratops pero tiene que venir una invitada a darse cuenta de síntomas que ha pasado por alto (por cierto, el misterio de qué la enferma no tiene solución, es una escena para fardar de dinosaurios).

En cuanto al contenido en sí, el primer aspecto es un tanto ambiguo, es decir, no me parece un fallo grave, sino una posible mejora, y entiendo que alguien no lo comparta. Si no fuera porque es una película muy querida que he visto muchas veces seguramente no haría un análisis tan profundo y detallista y habría pasado por alto este punto.

Los prólogos encadenados combinando la chispa del misterio con pequeños datos argumentales son un sello clásico del realizador, eficaces unas veces (Indiana Jones, En busca del arca perdida -1981-) y bastante mejorables otras (Encuentros en la tercera fase -1977-). Aquí diría que están en un término medio. Vistos ahora, a veinticinco años del estreno, me parecen fácilmente sacrificables, el primero (el caos con la jaula) por innecesario, y el segundo (el hallazgo de un mosquito) por redundante, pues lo que en él se dice está fuera de contexto (información de personajes que no han aparecido todavía, es difícil asimilarla toda) y se explicará mejor luego. Al menos el segundo lo quitaría, porque el inicial funciona bien en el factor suspense, siendo amenazador e intrigante a partes iguales. Incluso la siguiente escena, ya entrando en materia, se me antoja un poco cursi (el niño respondón) y tiene un fallo importante por culpa de buscar un efectismo innecesario: el aterrizaje del helicóptero sólo sirve para poner un énfasis artificial en la presentación de Hammond, pues él ya está en la caravana.

Pero como iba apuntando, estas cosas son difíciles de ver a la primera, porque Spielberg puede optar más de la cuenta en muchas de sus obras por lo emocional antes que por la concreción y la lógica, pero en la mayor de las veces parte lo hace tan bien, te embauca con tanta facilidad, que te dejas llevar. La atmósfera de misterio y descubrimiento te envuelve desde los primeros rugidos y sorpresas (la grúa apareciendo cual animal entre los árboles), y en seguida pasamos a la presentación de los personajes con una exposición que también tiene buenos aciertos. El niño repelente y la historia de Allan definen en un visto y uno visto a la pareja protagonista y su dinámica, y lo del helicóptero muestra bien la grandilocuencia alternada con cercanía de Hammond. Aun así, es evidente que todo lo que se cuenta en estas escenas se expone suficientemente bien en el viaje hacia la isla y los primeros pasos por ella: quién es quién, el parque y sus problemas, el comité evaluador, el divorcio de los padres de los niños… Puedes empezar a verla en el vuelo y no perderte nada… pero claro, quizá entonces no se hubiera creado tanta expectación por la llegada.

Otros aspectos sí son claramente un pequeño lastre. Hay unas pocas conversaciones que se alargan más de la cuenta para decir bien poco. La del caos es puro relleno, no aporta novedades a ninguno de los personajes, y la cena donde critican a Hammond (donde por cierto no llegan a comer nada) rompe el ritmo demasiado para ser una pequeña ampliación de lo que ya discutían en el helicóptero y otros momentos (amén del citado tono del discurso). También hay una situación que podría haberse resumido pero en cambio intentan realzarla más de la cuenta: el salto a la valla del perímetro (donde Tim se da el calambrazo) paralelo a la reactivación de la energía se exagera demasiado, con tensión forzada para alargar el clímax (tan forzada que incluso Ellie pasa dos veces la misma palmera, se ve que les faltaba metraje para estirarlo como querían). No puedo dejar de pensar que esa parte era para el cazador y los velocirraptores, un escenario más interesante que saltar una valla y pulsar unos botones y un personaje infrautilizado, pero se olvidan de él y lo recuperan más tarde para darle una muerte muy rápida.

Es indudable que con el paso del tiempo Parque Jurásico no ha perdido nada de su capacidad para entretener e incluso asombrar, pero sí puede ocurrir que de tanto verla encuentres algún gazapo que le quite algo de gracia a alguna escena, y lo cierto es que hay unos cuantos bastante gordos. Ya he citado la cuestión de por qué aterriza el helicóptero si el Hammond ya está en tierra. Por mucho que lo digan los personajes, se ve en todo momento que los coches no van sujetos al rail (podían haberse inventado que son magnéticos o algo así), y además en algún plano se ve a los conductores. Qué conveniente que aparezcan unos vasos de agua justo antes del ataque del T-Rex. Hay un baño público en el recorrido del T-Rex a pesar de que se supone que los visitantes no bajarán de los coches. También, si indagas un poco, encontrarás cagadas que eran fácilmente evitables, como por ejemplo que pongan San José, Costa Rica, con playa a pesar de ser una ciudad de interior.

Pero lo más notable es la gran trampa que esconde la escena del T-Rex. El coche de los niños está a la vista de la cabra cebo, por donde entra el tiranosaurio, y en toda la secuencia del ataque se ven plantas y árboles, ergo ese lado de la valla está al mismo nivel que el camino… Pero cuando tienen que huir saltando el muro bajo de la valla resulta que el suelo se ha convertido en un desnivel de diez o veinte metros, y los árboles se ven abajo a lo lejos. Una vez descubierto el engaño resulta muy descarado y difícilmente justificable, pero lo cierto es que esa parte es tan absorbente que es difícil darse cuenta. Es la magia del cine, depende de cada uno perdonar y aceptar el truco o no.

Parque Jurásico, como obra que marca una generación, es tan buena y tan querida que puso complicado que una secuela pudiera llegar a su nivel, y desde luego no lo hacen las dos entregas tan poco trabajadas que la siguieron El mundo perdido: Parque Jurásico, del propio Spielberg en 1997, y Parque Jurásico III de la mano de Joe Johnston en 2001. Pero tampoco da la talla la resurrección reciente, por ahora con otras dos partes, Jurassic World (Colin Trevorrow, 2015) y Jurassic World: El reíno caído (2018, J. A. Bayona), más entretenidas que las anteriores pero también muy mejorables.

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Saga Parque Jurásico:
-> Parque Jurásico (1993)
El mundo perdido (1997)
Parque Jurásico III (2001)
Jurassic World (2015)
Jurassic World 2: El reino caído (2018)

Thor: Ragnarok


Thor: Ragnarok, 2017, EE.UU.
Género: Superhéroes, acción.
Duración: 130 min.
Dirección: Taika Waititi.
Guion: Eric Pearson, Craig Kyle, Christopher Yost; Jack Kirby, Larry Lieber, Stan Lee (cómic).
Actores: Chris Hemsworth, Tom Hiddleston, Mark Ruffalo, Idris Elba, Tessa Thompson, Jeff Goldblum, Cate Blanchett, Karl Urban, Anthony Hopkins, Benedict Cumberbatch, Rachel House.
Música: Mark Mothersbaugh.

Valoración:
Lo mejor: El ingenioso guion (fantástico el tono tragicómico), la excelente puesta en escena (dirección, efectos especiales, vestuario, música), el carisma de los actores.
Lo peor: Que por tener mucho humor algunos la tilden de “comedia tonta”, ignorando o siendo incapaces de ver su inteligencia y mala leche.

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Alerta de spoilers: Sólo describo algunas cosas generales de la trama, pero si quieres verla sin saber nada (ni lo que revelaban en los tráileres, que para mí es más de la cuenta) quizá sea mejor no leerme.–

Es complicado enfrentarse a un obra de superhéroes sin que la fantasía y los efectos especiales engullan la humanidad del personaje y la verosimilitud de la historia. Aunque la serie Marvel de Disney empezó con buen pie con Iron Man, el traspiés de El increíble Hulk (ya olvidada convenientemente por todos) volvió a sembrar dudas: ¿y si a pesar del potencial se sigue poniendo más empeño en los fuegos artificiales que en trabajarse adecuadamente los guiones y los protagonistas? Por ello el primer capítulo de Thor se esperaba con inquietud entre los seguidores, más teniendo en cuenta su temática de dioses, planetas y ciudades muy imaginativos. Pero acertaron bastante con su tono ligero, huyendo de pretenciosas intrigas de la corte y descomunales guerras entre dioses que tenían todas las de salirse de madre para centrarse en una aventura más terrenal, más humana: un par de jóvenes inmaduros (Thor y Loki) embarcados en una aventura de crecimiento y aceptación de la responsabilidad no por predecible menos entretenida. La segunda parte siguió por el mismo camino, y aunque se frivolizó más de la cuenta con algunos personajes secundarios, volvió a salir bastante bien la jugada.

Para la tercera entrega han decidido no arriesgarse y seguir por la misma tónica. El resultado supera las expectativas, mostrando la madurez de la serie y la capacidad de sus autores para seguir arañando historias de cómics sin caer en la vergüenza ajena ni estancarse en estereotipos. Pero, para mi sorpresa, hay un buen número de fanáticos que se lamentan de que no haya habido un giro hacia una épica más trágica y oscura. Argumentan que la saga de Los Vengadores está en pleno punto álgido tras vivir la guerra civil y estar a punto de lanzarse hacia el conflicto galáctico con Thanos, y sobre todo que este capítulo versa sobre el Ragnarok, la profecía del fin de Asgard. Aunque se pueda divagar y teorizar sobre alternativas, al final hay que ser objetivos y calificar la película por lo que ofrece, no por lo que se quisiera que fuera. Además, si la línea de este superhéroe funcionaba bien así, ¿para qué cambiar? En la saga DC (El hombre de acero, Batman vs. Superman, Wonder Woman, Escuadrón suicida y La liga de la justicia) van de oscuros y serios y precisamente caen una y otra vez en el desastre que con habilidad evitan en Thor: forzar un aura seria que resulta muy impostada y fría, y aferrarse a los clichés del héroe correspondiente y el género sin ser capaces tan siquiera de dejar que los personajes respiren, cobren vida propia.

Para retratar con un realismo dramático profundo la vida en el planeta Sakaar habría que inclinarse por la ciencia-ficción intelectual y compleja a lo Blade Runner 2049, lo que sin duda implicaría un tono serio y reflexivo que no pega en esta serie. La odisea de Thor en modo de dramón intenso tampoco encaja, lo mire por donde lo mire; es de tipo mitológico, ha de tener un estilo aventurero, el crecimiento y las moralejas tienen que emerger de algo más emocionante que siniestro. Y desde luego no veo forma de abordar la lucha de titanes como Thor, Loki y Hela con un estilo grave y trascendental sin provocar risa involuntaria, como ocurrió con la esperada batalla de Batman vs. Superman o el lastimero desenlace de Wonder Woman; por lo pronto, para hacer tangible y verosímil a Hela requería un desarrollo como el de Loki, con mucho protagonismo e incluso varias películas a cuestas, y no había necesidad, es únicamente el objeto de la trama, el macguffin que hace mover a los demás personajes, así que la confrontación ha de limitarse a acción comiquera, cualquier otra cosa es desviarse y perder el tiempo.

Precisamente resulta que lo mejor de Thor: Ragnarok es su desatado sentido del humor, que algunos no han sido capaces de entender del todo (o nada). No son chistes tontos, ni una forma facilona de complacer al espectador, y eso a pesar de que como es obvio la película tiene que ser entretenida y gustar a todos. Estos chistes son la esencia misma del relato. Cuando Thor cree haber madurado se encuentra con una situación que le viene muy grande, nada más y nada menos que la realización inminente de la profecía que señala la destrucción de su mundo natal. Y por si fuera poco ha de plantar cara con menos armas que nunca: exiliado, vencido, sin amigos ni aliados. Todo su desconcierto, sus miedos, sus problemas y los esfuerzos fallidos se plasman con un sentido del humor inteligente y gamberro como pocas veces se ha visto en una comedia del Hollywood contemporáneo. Cada gracia, por absurda que parezca, lleva detrás el peso de toda esa situación, con lo que posee varias capas de ironía y drama, de forma que te ríes de muchas formas: por lo delirante de la situación, por los desgraciados que viven en ella, por el viaje caótico y desesperanzado de Thor… Y a la vez compartes el dolor del protagonista y eres consciente de la toda la miseria y penurias que lo rodean. ¿Qué necesidad había de regodearse en un forzado drama personal, sabiendo desde el principio que Thor saldría airoso? Mucho mejor es que nos lleven a una montaña rusa de emociones con una tragicomedia ingeniosa, que ofrezcan una perspectiva mordaz, original, impredecible.

La cinta resultante es espectacular, una locura que sólo flojea en unos pocos detalles, ninguno especialmente grave. El principal lastre es el rol de Karl Urban, Skurge, inerte y aburrido a pesar de tanta presencia; para ello que le hubieran dado más protagonismo a los colegas de Thor, que son despachados repentinamente de mala manera después de haber tenido muy poca presencia en las entregas previas. También es evidente que la proyección pierde fuelle e ingenio en el desenlace, donde no logran aportar situaciones y chistes que aderecen típica batalla final; por ejemplo, estaba claro que Banner se estamparía contra el suelo. Además, el salto de Sakaar a Asgard es un tanto brusco.

El ritmo es impecable, la combinación de acción, humor y desarrollo de personajes casi alcanza el nivel extraordinario de Guardianes de la galaxia 1 y 2. No había visto ni un tráiler, ni una fotografía y reportaje (como es habitual, más reveladores de la cuenta), y me ha sorprendido en numerosas ocasiones. No concebía que el glamuroso Thor acabase en un planeta vertedero, y aunque intuyera que cumpliría con su destino casi toda su aventura mantiene bien la incertidumbre hasta el tramo final. Y por si fuera poco, este desconcierto se exprime a lo grande con ese punto delirante y estresante que emerge tan bien del sentido del humor. En cuanto a los protagonistas, ya teníamos asegurado el carisma de los principales (Thor –Chris Hemsworth-, Loki –Tom Hiddleston-, Heimdall –Idris Elba-), a los que sumamos la inesperada presencia de Hulk/Banner (Mark Ruffalo), que se gana su hueco a pesar de ser una epopeya centrada en Thor y su pueblo. Y los secundarios, exceptuando ese pegote fallido de Skurge, dejan muy buenas impresiones también. Valkyrie por definición tiene un recorrido predecible, pero se trabaja bien y la actriz Tessa Thompson es competente, así que se conecta con ella bastante bien. El Gran Maestro resulta inquietante y gracioso a la vez, algo difícil de lograr tanto desde el guion como en la interpretación, y no fallan en ninguna de las dos; Jeff Goldblum de hecho está fantástico. Y como indicaba, Hela funciona bien como villana sin más objetivo que ser la catalizadora de la historia de los protagonistas, amén de que Cate Blanchett como siempre está estupenda. Aparte queda el Doctor Strange (Benedict Cumberbatch), cuya presencia no se entiende muy bien, aunque su escena es simpática.

La puesta en escena es impecable, la labor del desconocido (pero no novato) Taika Waititi es muy sólida, y se apoya muy bien (sin dejarse eclipsar) en una dirección artística, decorados, vestuario y efectos especiales inconmensurables. Aunque ya difícilmente puedan sorprender en lo visual, desde luego hay muchos ejemplos en recientes superproducciones de que se puede hacer mal: la cutrez incomprensible de la saga DC o La gran muralla son los mejores ejemplos. Donde sí hay cierto riesgo es en la banda sonora: el también desconocido compositor Mark Mothersbaugh consigue una música electrónica ochentera vibrante a la vez que juega con el homenaje a la época muy bien. Es cierto que con Guardianes de la galaxia (y con Stranger Things si nos vamos a la televisión) la valía de lo retro ha quedado bien probada, pero bien podía haber salido mal. De hecho, la inclusión en repetidas ocasiones de un tema de Led Zeppelin, rock duro de los años setenta, desentona bastante.

Thor: Ragnarok ambiciona y ofrece prácticamente lo que exige el género, el argumento, los personajes y la trayectoria de la serie (¿cómo no iba a acercarse a Guardianes de la galaxia si se están uniendo las tramas?). Esto no es El Caballero Oscuro, ni Logan. Es Los Vengadores. Quien quiera ver otra película que se la busque, pero que no se ponga a llorar diciendo que la presente es mala porque no es lo que quería. Con ese llanto infantil muchos son incapaces de ver que Thor: Ragnarok es mucho más inteligente de lo que parece a simple vista, que su calidad y personalidad elevan el listón más allá de lo esperado. Espero que con el tiempo lo vean. Estoy convencido de que ganará reconocimiento con los años.

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Serie Los Vengadores:
Iron Man (2008)
Iron Man 2 (2010)
Thor (2011).
Capitán América: El primer Vengador (2011)
Los Vengadores (2012)
Iron Man 3 (2013)
Thor: El mundo oscuro (2013)
Capitán América: El Soldado de Invierno (2014)
Guardianes de la galaxia (2014)
Los Vengadores: La era de Ultrón (2015)
Ant-Man (2015)
Capitán América: Guerra Civil (2016)
Doctor Strange (2016)
Guardianes de la galaxia Vol. 2 (2017)
Spider-Man: Homecoming (2017)
-> Thor: Ragnarok (2017)
Black Panther (2018)
Los Vengadores: La guerra del infinito (2018)
Ant-Man and the Wasp (2018)
Capitana Marvel (2019)
Los Vengadores 4 (2019)
Spider-Man 2 (2019)
Guardianes de la galaxia Vol. 3 (2020)

Independence Day: Contraataque


Independence Day: Resurgence, 2016, EE.UU.
Género: Acción, catástrofes, ciencia-ficción.
Duración: 120 min.
Dirección: Roland Emmerich.
Guion: Roland Emmerich, Dean Devlin, varios.
Actores: Jeff Goldblum, Bill Pullman, Williams Fichtner, Sela Ward, Liam Hemsworth, Judd Hirstch, Maika Monroe, Jessie T. Usher, Brent Spiner, Charlotte Gainsbourg, Deobia Oparei, Travis Tope.
Música: Harald Kloser y Thomas Wanker.

Valoración:
Lo mejor: Espectáculo y entretenimiento garantizados.
Lo peor: El tono estúpido no se ha eliminado.
Mejores momentos: La batalla final.
La pregunta: ¿Cómo han tardado veinte años en hacer la secuela a pesar de la cantidad de dinero que amasó la primera?
La frase:
-¿Por qué gritan?
-No, no gritan. Celebran.

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No entiendo el varapalo que se ha llevado en la opinión del público. En la IMDb le dan la misma nota que a la infame Godzilla, y apenas ha llegado a 400 millones de dólares de recaudación, lo mínimo esperable hoy en día para una superproducción, a pesar de la publicidad y del interés aparente que había y de que la primera parte rompió esquemas con 800 millones a mediados de los años noventa. Bueno, en realidad supongo que el problema ha sido el factor nostalgia. La anterior está sobrevalorada en los corazones de los espectadores y se le perdonan fallos que a esta no. Es lo mismo que pasó con Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, por ejemplo. Parece que han olvidado los estereotipos cansinos en la trama y en los personajes y las salidas de tono excesivas. Vamos, el envoltorio inmaduro y por momentos bobo que echaba a perder unas ideas que parecían apuntar a algo más serio y grande. Con eso en mente, Independence Day: Contraataque es tan entretenida y espectacular… y tan estúpida, claro… como la anterior, y bastante mejor que los bodrios que lleva pariendo Roland Emmerich desde entonces (sólo merece salvar El patriota).

El único cambio notable es lógico y muy aceptable. No hay una larga introducción en plan intriga. No es necesario, conocemos el argumento. Pero no se abandona del todo, sino que el misterio se disemina aquí y allá, con la nave esférica y su sugerente contenido. Sí, cualquiera con dos dedos de frente intuirá de qué va la cosa (en cuanto ocurre lo de la Luna lo vi venir), pero tampoco pido una trama compleja o rebuscada, me conformo con que se desarrolle bien, con que no tomen al espectador por tonto. Y la historia funciona, dando la vuelta de tuerca necesaria al nuevo ataque del despiadado enemigo para que no sepa a repetición sin más. Pero también hay sorpresas. El tramo final no me lo esperaba y arregla un gran fallo del primer episodio: el desenlace esta vez no tiene sandeces patriotas, no es predecible hasta perder mucho interés, sino todo lo contrario, se realza un clímax épico con un giro muy bien exprimido.

El conjunto cumple de sobras como superproducción de acción. El ritmo es fantástico, se combinan muy bien los recesos informativos, las transiciones entre escenarios y personajes (otra cosa es que sobre algún rol, como indicaré luego) y las secuencias de acción. El nivel visual es impresionante a pesar de las reticencias iniciales porque todo sería digital. Los tiempos cambian, y desde hace años la recreación de ciudades por ordenador da resultados magníficos, así que no hay queja alguna. El espectáculo audiovisual está garantizado con un sinfín de situaciones catastróficas y batallas bastante variadas, impidiendo que aparezca la sensación de desgaste.

Pero claro, hay que hacer varios saltos de fe para disfrutar, porque como analicemos a fondo el guion… La llegada de la nave gigantesca está muy bien recreada con los efectos especiales, pero desde luego no es verosímil. Su entrada en la atmósfera directamente destruiría a la humanidad al generar una tormenta global o incluso desplazar hacia el espacio la mitad de la propia atmósfera. Arquímides, señores guionistas. ¿Qué costaba mostrar naves de tamaño más creíble y bien armadas, en plan “han enviado sus destructores”? Nooo, aplican la ley de “más grande = mejor”. También canta un montón cómo se “olvidan” de los escudos para incluir una escena de pelea dentro de la nave. Dicen que “enviarán unos drones para desactivar los escudos”, algo que no vemos, algo que no vuelven a emplear. Además, si el enemigo está ahora desprotegido, por qué no atacas con todo el arsenal nuclear desde lejos, qué es eso de exponerte acercándote tanto. También hay agujeros de guion propiciados por no saber narrar bien, como el tipo que dice que sintonicen tal canal de la radio para hablar cuando ya están hablando, en un burdo intento de justificar que sigan comunicados cuando están separados. Y hay otros producidos por las cansinas escenas de tensión forzada, como engañarnos con que la nave de los compañeros no ha salido del hangar cuando es obvio que sí lo hará (si iban pegaditos, ¿dónde se mete?), o la chapucera cuenta atrás, donde señalan que quedan “cuatro minutos” cuando está claro que la batalla es bastante larga.

Pero los problemas serios de escritura están en el dibujo tan pobre de los protagonistas, el estilo pueril que se busca. Esta vez el patriotismo hortera no existe (de hecho se habla de unión global, no de EE.UU.), pero no nos libramos de un grupo de personajes anclado en estereotipos vulgares. En realidad hay dos conjuntos de protagonistas, con un notable contraste entre ellos. El de adultos que trabajan duramente contra la amenaza, donde se ofrece una línea más seria, y el de jóvenes idiotas y despreocupados que acaban metidos en todo el embrollo pero nada parece importarles más allá de sus rencillas, amoríos y ganas de fornicar. Para rematar nos meten “la cuota China”, algo ya inevitable en las cintas destinadas a reventar la taquilla, porque ese mercado puede dar como cien millones más. Pero no se esfuerzan por integrar los caracteres de esta sección, sino que los meten en escenas forzadas y con aún más clichés. El familiar (aunque era tío, no padre, creo recordar) duro y exigente, la joven guapa tratando de hacerse un hueco en un mundo de hombres, el sacrificio heroico… En fin, minutos tirados a la basura. Pero bueno, también parecen tiempo perdido los otros adolescentes (aunque son treintañeros con supuesta experiencia se comportan como quinceañeros). El negro es un cero en interés y el actor (el desconocido Jessie T. Usher) empeora la cosa, de hecho el protagonista es otro; vamos, que no sé qué pinta aquí el personaje, más allá de que tomaron como obligación que había que meter un hijo del personaje de Will Smith. A la hora de la verdad el único destacable del grupo es el blanquito chuletas (un lastimero Liam Hemsworth) al que le resbala todo y hace lo que le sale de los cojones, y aun así todo le va sobre ruedas. Por supuesto tampoco falta el secundario cómico, el tontorrón que se supone que es simpático pero resulta cargante de narices. Finalmente tenemos a la chica guapa, decidida y experta en todo lo que hace (piloto, asistente político… sólo le ha faltado dar órdenes junto a los generales); Maika Monroe (dada a conocer en It Follows) tampoco hace un gran papel, pero no da tanta pena como el resto.

Entre los adultos la cosa mejora, pero no tanto como para conseguir un buen repertorio. David, el científico que descubrió el plan en la primera entrega (Jeff Goldblum), sigue teniendo una personalidad clara y simpática. El número de generales se ha reducido y se potencia en uno solo, Adams, interpretado por uno de esos secundarios de gran calibre, William Fichtner; no dejo de pensar que este podría ser el personaje pensado inicialmente para Will Smith, aunque seguramente con más escenas de acción al final. El expresidente (Bill Pullman) y la nueva presidenta (Sela Ward) tienen la presencia e interés justos. Y varios de ellos son acompañados por secundarios que no parecen vitales pero dan más vidilla al conjunto: el funcionario es graciosete sin resultar excesivo, el líder tribal y su postura tan marcada tampoco se pasa mucho de la raya (y la parte de la tribu es interesante, aporta un poco de historia entre ambos capítulos). Pero ya van inclinándose demasiado hacia lo exagerado y absurdo, espectro que vuelven a copar el científico loco (Brent Spiner) y su novio, con el despertar del coma tras veinte años sin ninguna limitación física, el histrionismo y el humor de payasos infantiles. Pero como decía, también tenemos algunos personajes innecesarios. Reaparecen unos cuantos roles que aquí no pintan nada, del estilo los de la caravana del capítulo previo: el padre de David y los niños no aportan mucho; ¿querían mostrar con ellos los problemas del pueblo llano? Entiendo la necesidad de dar homenajes varios, pero una cosa es la escena del discurso, donde aparece un viejo general, y otra la gilipollez del hospital, donde el piloto “hijo” de Will Smith deja el escuadrón que debe salvar al mundo para buscar a su mamá, escena tan forzada pero a la vez intrascendente que la borras de la memoria enseguida. Aunque para mí el más inconexo es la científica que va con David (Charlotte Gainsbourg), que no me dice nada.

Gracias al conjunto de adultos se sobrelleva mejor tanta estulticia con los chavales, así que es inevitable pensar que eliminando a estos niñatos la película ganaría bastante. O, dicho de otra forma, tomándola como un drama más serio podría haber sido mucho mejor, pero desde el éxito de la primera entrega Emmerich y también gran parte de Hollywood están convencidos de que es al revés, de que llenando las películas de estupideces es como más éxito tienen.

En el epílogo prácticamente anuncian una tercera parte. Yo espero que se haga, el cambio de escenario es muy prometedor.

Ver también:
Independence Day (1996)

El gran hotel Budapest


The Grand Budapest Hotel, 2014, EE.UU.
Género: Aventuras.
Duración: 99 min.
Dirección: Wes Anderson.
Guion: Wes Anderson, Hugo Guinness, basados en los escritos de Stefan Zweig.
Actores: Ralph Fiennes, F. Murray Abraham, Tony Revolori, Mathieu Amalric, Adrien Brody, Jeff Goldblum, Jude Law, Bill Murray, Saoirse Ronan, Jason Schwartzman.
Música: Alexandre Desplat.

Valoración:
Lo mejor: Puesta en escena: dirección, fotografía, dirección artística. El papel de Ralph Fiennes.
Lo peor: Historias sueltas sin mucha conexión, muchas son poco llamativas y rompen el ritmo.

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El gran hotel Budapest es un clásica aventura con un pie en el realismo mágico y otro en la fantasía, de estas fábulas con encanto y belleza propias de Wes Anderson, aunque recuerda también a una obra cumbre género, Amelie. El tono es el esperable, de cuento imaginativo: personajes curiosos, anécdotas originales, comedia de situaciones enrevesadas y absurdas. Los peculiares habitantes del hotel y la familia de la anciana rica son atractivos, y los dos protagonistas principales, el encargado y el botones, ofrecen una relación encantadora y transmiten gran simpatía; además la interpretación de Ralph Fiennes es vibrante y contagia su entusiasmo. Las aventurillas son variadas y juegan bien con el sentido del asombro, estando llenas de escenarios peculiares y situaciones excitantes.

Sin embargo el equilibrio no es perfecto. Los numerosos secundarios, aunque están bien definidos en un primer vistazo y resultan prometedores, no consiguen pasar de simples anécdotas, no tienen el magnetismo suficiente como para causar mucha impresión. Pero la principal limitación del relato es la falta de un nexo en común realmente llamativo para todas las historias. Sí, está la trama del cuadro, pero no tiene mucha pegada, y los saltos entre distintos capítulos son muy desiguales, alejándose algunos demasiado del hilo principal. Por ejemplo la estancia en la cárcel se alarga mucho, pero es que la fuga llega a ser cansina. Y a cambio el romance con la pastelera queda casi en nada, decepcionando porque prometía más.

Gracias al portento de puesta en escena este desigual guion gana bastante. La virtuosa dirección, apoyada en una fotografía con enorme personalidad (encuadres muy medidos, uso constante de colorido y atrezo para enriquecer el cuadro), otorga una impronta visual rica y sugerente. Pero lo que entra por los ojos no termina de llegar al corazón, pues el envoltorio no lo es todo. Como entretenimiento cumple de sobras, pero no logra emocionar como para dejar huella en la memoria.