El Criticón

Opinión de cine y música

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Alita: Ángel de combate


Alita: Battle Angel, 2019, EE.UU.
Género: Acción, ciencia-ficción.
Duración: 122 min.
Dirección: Robert Rodriguez.
Guion: Laeta Kalogridis, Yukito Kishiro (manga).
Actores: Rosa Salazar, Christoph Waltz, Ed Skrein, Mahershala Ali, Keean Johnson, Jennifer Connelly, Jorge Lendeborg, Idara Victor.
Música: Junkie XL.

Valoración:
Lo mejor: Dirección artística y fectos especiales bastante buenos.
Lo peor: El guion es tan simple y malo que resulta insultante para la inteligencia del espectador… pero está claro que esta escasea. El acabado visual prometía pero termina desbarrando en un videojuego sin alma.

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El manga creado por Yukito Kishiro en 1991 tuvo poco después una adaptación truncada en anime, en parte por el poco entusiasmo puesto por sus creadores, en parte por el poco entusiasmo que despertó en el púbico, que criticó principalmente la simplificación que hacían de una obra original según se dice bastante compleja, aunque no sea en los niveles de Akira (Katsuhiro Otomo, 1980). Pero entonces llega Hollywood con una versión pasada por su batidora intelectual y ofrece un producto desalmado, simplificado hasta convertirlo en otra anodina versión del eterno viaje del héroe, y tiene un éxito notable (400 millones de dólares mundiales) y críticas bastante buenas. Lo peor es la sensación de que habrán tomado nota de lo que vende, lo más trillado y tontorrón, y la adaptación de Akira, que se ha puesto en marcha otra vez, casi con toda seguridad debido al éxito de la presente después de que el fracaso de Ghost in the Shell (Rupert Sanders, 2017) la volviera a dejar en el limbo, se inclinará hacia esta fórmula.

No entiendo que pueda tener una sola crítica positiva. Qué aporta en cuestiones de historia, personajes y espectáculo que no hayan tratado con igual desgana en infinidad de títulos recientes, la mayor parte también mediocres: Harry Potter, John Carter, Los Juegos del Hambre, El corredor del laberinto, Ready Player One, Divergente y demás morralla clónica. Versiones del mito o viaje del héroe que destacar hay muy pocas, a la cabeza la obra maestra Interstellar (Christopher Nolan, 2014). Eso es darle una vuelta de tuerca con inteligencia y sensibilidad.

Duele además que esta Alita venga avalada por James Cameron, quien entre esto y que antes nos engañó vendiendo Terminator Génesis (Alan Taylor, 2015) como la secuela digna y ahora trata de hacer lo mismo con la siguiente, Terminator: Destino oscuro (Tim Miller, 2019), a pesar de su aspecto igual de cutre, ha traicionado a lo grande a sus seguidores.

Cameron puso en marcha la adaptación hace casi veinte años ya, pero por falta de ganas y determinación no llegó a lanzase al rodaje, porque tiempo ha tenido como para hacer diez películas entre Titanic (1997) y Avatar (2009) y sus secuelas que sigue retrasando más y más. Se supone que escribió un guion bien grande (180 páginas) y una biblia (historia y datos del mundo planteado) aún más grande (600 páginas), pero si en ello había algo de la grandeza, profundidad y valentía de su mejor época (Abyss, Terminator 1 y 2, Aliens, e incluiría Días extraños), desde luego se evapora por completo en la versión final. O quizá el genio ha perdido su toque, porque Titanic y Avatar están a años luz de la complejidad y trascendencia de aquellas a pesar de su potente acabado.

El guion fue terminado por el director Robert Rodríguez y la escritora Laeta Kalogridis. Rodríguez es un autor dado a experimentar pero que sólo consiguió destacar con la curiosa Sin City (2005), que causó furor por su estilo visual pero en contenido andaba justa y no envejece nada bien. Kalogridis es capaz de lo mejor (Shutter Island, 2010), de no terminar de aprovechar el potencial de la fuente (Altered Cabron -2018-, Alejandro Magno -2004-), y de lo peor (Terminator Génesis, El guía del desfiladero -2007-).

Alita: Battle Angel presenta una trama muy pobre y un universo caótico en la onda de John Carter (Andrew Stanton, 2012). Hay mucha cháchara sobre historias pasadas y nombres de personajes y tecnología que no llegan a entretejer un mundo con vida propia, con una cohesión y atractivo que te permitan conectar con la situación y anhelar que los protagonistas logren poner en marcha el cambio. Si llega a vislumbrarse una sociedad imaginaria concreta es porque a base de billetes logran una buena recreación visual.

El relato pasa de puntillas, sin ganas de buscar un desarrollo más trabajado ni tratar de aportar algo de savia propia, por todos los pasos del género. El despertar del héroe, el mentor, el amigo y amante, el villano secundario, el pueblo oprimido, el tirano supremo en su guarida inalcanzable… Todo llega en su mínima expresión, con cada presentación, explicación, desenlace y secuelas más simplonas y predecibles.

Los protagonistas son las peores representaciones de los estereotipos más básicos. Alita es perfecta sin mas: moral inquebrantable y físico superior. Si sufre un par de traspiés es porque el avance de la historia lo necesita, no porque haya un proceso de maduración elaborado. Algunos de estos cambios son tan convenientes que he alucinado por la falta de esfuerzo que ponen los realizadores: la nave militar que no ha sido saqueada en trescientos años a pesar de ser una cultura que vive de la chatarra, el enfrentamiento donde de repente dejar de ser invencible para tener la excusa de cambiarle el cuerpo, etc.

No sé qué tal estará Rosa Salazar, porque con la absurda digitalización se cargan su papel. No logro entender por qué cogen a una actriz joven, guapa y con ojos enormes, perfecta para el papel… y le pasan un filtro digital para hacerla aún más delgada y con ojos aún más grandes. Para eso pon un extra sin nombre. No solo me molesta por lo innecesario que resulta y porque es tirar por tierra el trabajo de la actriz, sino que me resulta inquietante, porque no puedo dejar de pensar que es la llegada al cine del trucaje con Photoshop de las revistas, una forma de fomentar aspectos físicos imposibles. Espero que no cree escuela.

El puesto de mentor y comodín explicativo con cuentagotas según los caprichos de los guionistas se lo reparten el doctor Ido, quien la encuentra y arregla, y el joven Hugo, con quien inicia una relación amistosa y luego amorosa. El primero relata la historia reciente y señala los peligros actuales, el segundo la introduce en la sociedad. Los dos aburren cosa mala por lo mismo: todo lo que hacen resulta tan poco orgánico, tan forzado y visto que no hay manera de conectar. Christoph Waltz aporta algo de candidez y simpatía, pero no consigue quitarse de encima la sensación de que es el mismo personaje de siempre. Al menos, aquí no muere para lanzar por fin a la protagonista hacia su destino, pero da igual, este tópico lo cumple el amante. Keean Johnson (Nashville, 2012) está tan mal que querrías que hubiera palmado mucho antes junto a sus insoportables amiguitos.

La tal Chiren, en manos de una apática Jennifer Connelly, no sé qué pinta en todo esto, no aporta nada tangible. Vector es el malo secundario con quien Alita chocará en su proceso de aceptación de que debe luchar contra el sistema. Mahershala Ali parece querer encasillarse en papeles de tipo serio y distante (Luke Cage -2016-, El libro verde -2018-, True Detective -2019-), lo cual es un desperdicio de su talento. Hay otros peleles y matones cada cual más estrafalario en aspecto pero ninguno capaz de impresionar lo más mínimo, como el ridículo cazarrecompensas interpretado por Ed Skrein (Deadpool, 2016). Todos estos son introducidos como malos mediante miradas chungas y musiquita inquietante, no por contar con ellos algo digno, así de vagos son los autores. Pero que lo hagan también con el villano principal es el colmo. A este lo mencionan muchas veces (Nova, se llama) y tenemos esa gilipollez de que habla metiéndose en el cuerpo de otros, de forma que no llega a aparecer hasta el final, en el último y lastimero plano de “mira, este es malote”. Cuesta creer que Edward Norton se rebaje de esta forma.

Por todo ello, es la película más predecible y estúpida que he visto en años. No hay un solo segundo genuino, inesperado y que no tome al espectador por un panoli que debe ser complacido con las emociones más básicas y la trama más simple. Todo llega en fila de la manera más facilona y conveniente, sin fluidez ni naturalidad, sin profundidad ni tan siquiera una pizca de inteligencia. Puedes prever no sólo el desarrollo de cada escena, sino casi todo diálogo y gesto.

Sin interés por el mundo planteado, sin sorpresa alguna en el camino, con unos personajes tan monótonos y por momentos cargantes, y con tanta estulticia, cliché y falta de trascendencia, pocas esperanzas había en el desenlace… Pero el tramo final es capaz de sorprender para mal perdiendo aún más intensidad e interés. La desgana se convierte en tedio en los soporíferos últimos cuarenta minutos, y para rematar, no tiene final, es como el episodio piloto de una serie. Es decir, toda la película apunta hacia una conclusión que no llegar a verse.

En lo visual cumple bien hasta que se impone la narrativa de videojuego, y entonces se viene todo abajo y acaba siendo un galimatías de borrones y ruido como Ready Player One (Steven Spielberg, 2018), las últimas de Harry Potter y otras. La introducción y los primeros pasos de Alita funcionan: la dirección artística y los efectos especiales son impresionantes (aguantan a plena luz del día sin problemas), mientras que Robert Rodríguez apuntala la dirección con un tono que prometía sobriedad y calidad. Opta por seguir el punto de vista de la protagonista, intentando que formemos parte de su despertar, es decir, la cámara juega a mostrarnos poco a poco la ciudad, sin vaciles ostentosos propios del género. El guion se queda lejos de conseguirlo, pero al menos tenemos una puesta en escena que fluye bien, sin histrionismos ni siquiera en las primeras secuencias de acción, que son ágiles pero nítidas y contundentes.

Pero conforme el metraje avanza el guion sigue estancado y el director pierde fuelle a marchas forzadas, y a partir de su ecuador se va imponiendo la brocha gorda y el abuso del trabajo en postproducción, sobre todo a base de ordenador, con el estilo del que se abusa en el cine de acción actual: agitación y borrones, fuegos artificiales que tratan de disimular la falta de esfuerzo y talento. La cámara de Rodríguez se torna frenética y finalmente caótica, la inspiración desaparece en coreografías repetitivitas (todas las peleas iguales: disparar cadenas, giro en el aire, patinete a toda velocidad), y los escenarios pierden verosimilitud y se ven saturados de efectos digitales, de forma que la cinta acaba convertida en un vulgar y ruidoso videojuego. La banda sonora de Junkie XL es muy floja, pero por suerte no abusan de ella y no molesta.

Entre su pésima calidad, el tono tan rematadamente estúpido, y que no es una película completa, la sensación de engaño, de timo y de insulto es enorme. Me asombra muchísimo no encontrar masas de espectadores enfurecidos por ello y ver lo contrario, que la recepción es bastante buena. Pues yo estoy harto de cine prefabricado, y Alita: Ángel de combate es el máximo exponente de esta cadena de aberraciones.

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Héroes en el infierno


Only the Brave, 2017, EE.UU.
Género: Drama.
Duración: 134 min.
Dirección: Joseph Kosinski.
Guion: Ken Nolan, Eric Warren Singer, Sean Flynn (artículo).
Actores: Josh Brolin, Miles Teller, Jeff Bridges, Jennifer Connelly, James Bagde Dale, Tyalor Kitsch, Andie MacDowell.
Música: Joseph Trapanese.

Valoración:
Lo mejor: La seriedad y contención en contra del sensacionalismo y el ensalzamiento habitual del género.
Lo peor: Se podría haber agilizado el ritmo. A la catástrofe le falta algo más de tensión y espectáculo.

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Héroes en el infierno es una pequeña y grata sorpresa. Lo habitual en el género son melodramas de ensalzamiento de héroes con hazañas aderezadas con mucho sensacionalismo. Pero estamos ante una representación de un suceso trágico y heróico que no se limita a dibujar los personajes con cuatro arquetipos vistosos y a meterlos en una situación que se resuelve por su superioridad nata, sino que sus autores han buscado un acercamiento más serio, mostrando los hechos y sus protagonistas con naturalidad y objetividad. Es un riesgo, dado que el público está acostumbrado al espectáculo vacuo y también porque un drama tan mundano puede resultar aburrido, pero salen airosos con un relato ameno y emotivo en su justa medida para pasar un buen rato.

Básicamente seguimos la vida de un grupo de currantes ante un reto, así que predominan las anécdotas del trabajo, los conflictos personales, y los líos diarios en casa. Los bomberos nuevos tienen que integrarse, los problemas en casa los afectan y pueden superarlos o no, etc., quizá no sean historias sorprendentes pero están bien tratadas, componiendo un retrato de los implicados muy verosímil. No ves a novato torpe, al jefe duro, al compañero graciosete de tantas otras películas de esta índole, sino a gente real, con aristas y cambios de humor, con problemas, fallas y virtudes.

Y mientras, se va sembrando la semilla de la tragedia. La falta de recursos, el peligro potencial y la catástrofe que nunca esperan que llegue pero lo hace en su máxima expresión. Pero me temo que, después de todo, la gesta final de los bomberos no tiene tanta épica como se espera. El fuego los alcanza y poco más. Ahí sí podrían haber dejado un poco de lado sobriedad y trabajado más el clímax de tensión y el sentido del espectáculo. El primer aspecto se ve que lo busca el director Joseph Kosinski (Tron: Legacy, 2010, y Oblivion, 2013), intentando generar desazón con numerosos planos que muestran el avance del fuego, pero no es suficiente para transmitir la sensación de peligro necesaria para ponernos los pelos de punta y sufrir por el inminente destino de unos personajes que hasta entonces nos estaban interesando bastante. La floja música de Joseph Trapanese también influye en la falta de pegada de las escenas clave. En pocas palabras, el desenlace se ve venir como un trámite y ya está.

La otra única carencia notable sería la interpretación tan desganada de Miles Teller (ya estuvo muy flojo en la sobrevalorada Whiplash -2014-), que se queda a años luz de un reparto estupendo encabezado por Josh Brolin, Jeff Bridges, Jennifer Connelly y Taylor Kitsch.

Noé


Noah, 2014, EE.UU.
Género: Fantasía, aventuras.
Duración: 138 min.
Dirección: Darren Aronofsky.
Guion: Darren Aronofsky, Ari Handel.
Actores: Russell Crowe, Jennifer Connelly, Anthony Hopkins, Ray Winstone, Emma Watson, Logan Lerman, Douglas Booth.
Música: Clint Mansell.

Valoración:
Lo mejor: Banda sonora, reparto.
Lo peor: Confusa, indefinida, arrítmica, algo pobre en lo visual… En resumen, aburridísima.

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Como ocurre con otras obras de género fantasioso tan abierto, al no tener delimitaciones claras en el universo presentado, en las capacidades de los seres que la habitan y en las intenciones y poderes del dios de turno es complicado establecer una buena conexión con el espectador. Sí, en este caso se supone que hablamos de un cuento con moraleja, es decir, que no se pretende construir un entorno sólido y bien estructurado, pero aun así debe haber unos patrones que den sentido, entidad y coherencia a lo expuesto. Muchas son las cuestiones que se dejan sin respuesta, abundan las intervenciones divinas aleatorias, etc., pero las que más hacen torcer el gesto son las que afectan a la credibilidad de lo narrado. Por ejemplo, si ya es difícil tragar con la historia de las parejas de animales (supongamos que hay conjuros para controlarlos, adormilarlos y alimentarlos), no digamos cuando resulta que los protagonistas dicen que no se alimentan de animales y plantas y aparecen recolectando musgo. ¿El musgo no se considera vida? ¿A los humanos no se les aplica el conjuro? ¿Cómo sobreviven con esa mierda de dieta? Y mientras, se nos pone al resto de la humanidad comiendo carne y señalándolo como si fuera algo inmoral y pernicioso. Extendiendo el asunto, la familia vive de maravilla en la hostil naturaleza, aparte de porque no necesitan comer, por sus poderes de curación (la madre detecta las heridas internas con un vistazo superficial -oh, te has quedado estéril- y el abuelo se las cura con la imposición de manos -eso sí, cuando le sale de los cojones-), pero parecer ser que el resto de humanos no tienen esa ventaja, y para colmo la industrialización que proporciona progreso y comida se señala como malísima y todos los que viven en ella acaban locos. Pero bueno, la propia fuente no es precisamente coherente tampoco.

En estas condiciones la enseñanza que se puede sacar es bastante vaga, y eso cuando no resulta confusa. Están presentes las nociones básicas del pecado, la familia, el perdón, la decadencia de la humanidad, etc., pero poco claras y sin intensidad alguna, algo difícilmente perdonable cuando es la base del relato. Entre los momentos confusos destacaría un ejemplo extraño, la mezcla de creación con ciencia: el videoclip de la evolución en medio de cagadas monumentales sobre incesto (esas parejas de animales y esa única familia que deben repoblar la Tierra) quizá buscara conciliar posturas, pero también podría ser que Aronofsky pretendiera aportar algo de sentido común y no le quedara bien.

Quizá por partir de nociones morales básicas y arcaicas este guionista y realizador intentó modernizarlo un poco, pero se limitó solo a lo visual, dándole un tono de fantasía comercial (con esos ángeles-trols de piedra a la cabeza), y al final como cinta de aventuras tampoco funciona. Sin ritmo ni épica alguna y con poco lustre en lo visual, no impacta lo más mínimo. La dirección de Aronofsky está lejos de mostrar las técnicas y habilidades que le hemos visto otras veces, y además los efectos digitales son algo pobres. No llega a caer en lo cutre, pero visualmente se queda bastante corta para lo esperado de una superproducción. Sólo la banda sonora de Clint Mansell alcanza algo de la épica anunciada.

El otro elemento crucial que tampoco da la talla son los protagonistas. Podría entender que tiraran de arquetipos para ejemplificar tal o cual idea y mensaje, pues va con el género, pero el dibujo de los personajes y sus conflictos se inclina hacia lo vulgar y con abundancia de clichés, y la exposición de alegorías a través de ellos es bastante tosca. El padre solo está obsesionado con cumplir con lo que cree que le ha dicho Dios y de ahí no se mueve hasta que en el epílogo, sin razones aparentes, vuelve con la familia, todos se perdonan y son felices. Sin una trayectoria más trabajada, sin puntos de inflexión bien determinados, su viaje no puede interesar, y la enseñanza del perdón es tan simple y forzada que enerva. Al menos Russell Crowe cumple bastante bien.

En el resto de la familia el que no es un adorno intrascendente no vale para mucho. La madre (Jennifer Connelly) solo tiene una escena con enjundia (cuando se posiciona contra las intenciones de matar a los nuevos hijos), el hijo mayor es un florero (y casting y maquillaje están muy desacertados: su pinta modelo de revista desentona en el ambiente), el menor más aún. Dan más juego el hijo intermedio (Logan Lerman), que está salido y quiere una mujer para el viaje (y se va a buscarla en medio del ejército enemigo, mira que es listo), y la hija que adoptan (Emma Watson bastante sosa). Ella llora porque es estéril y sin críos no vales para una familia cristiana aceptable, pero como sufre como también mandan los preceptos del cristianismo pues milagrosamente se cura y ale, a parir en grandes cantidades. En cuanto a lo que querían transmitir con el potencial secuestrador de niñas, no me queda claro, quizá ser fiel a tu padre… ¿aunque esté como una puta cabra? Finalmente tenemos el villano (Ray Winstone es el nuevo Brendan Gleeson) que sirve como ejemplo de la debacle e inmoralidad de la humanidad. Que sea malo porque sí se acepta en un cuento, pero no si es a costa de resultar cansino mientras su posición como catalizador del viaje psicológico y moral de los buenos se cuida tan poco: el conflicto con el padre se limita a lo bélico, y la tentación que siembra en el chaval da muy poco de sí, con lo que queda como un simple enemigo más a vencer en el momento de acción y tensión de rigor. Aparte tenemos a Matusalén (Anthony Hopkins), el sabio-mago estándar (simpático, críptico y fumado) que aparece únicamente para dar un par de buenos consejos y luego se olvidan de él hasta el punto de que esa perfecta familia cristiana no se lo lleva en el arca.

Con unos personajes tan simples y aburridos y con unas carencias tan grandes en la epopeya y la fábula, entre poca y ninguna emoción surge de la proyección. Solo salvaría la parte en que el padre pierde del todo la cabeza y amenaza con matar a los futuros hijos, porque los actores cumplen y unas pocas escenas tienen algo de intensidad. El resto del tiempo no pasa nada interesante, o lo que hay se difumina en una narración malograda y no llega a nada.

Como cuento con moraleja de índole religiosa tenemos un ejemplo reciente de bastante calidad en La vida de Pi, que tenía todos los elementos necesarios para funcionar puestos en su momento y cantidad justos: la fábula era hermosa y dejaba buen poso, los personajes eran atractivos, las partes realistas se fusionaban bien con la fantasía, el mensaje llegaba con claridad y fuerza, y visualmente era excelente. Noé solo alcanza un mínimo aceptable como superproducción, donde no luce como aquélla pero al menos no resulta horrible. En el resto hace aguas por todas partes, nunca mejor dicho. ¿Qué pasó con el Aronofsky que conocemos, el arriesgado, virtuoso y con gran capacidad para cautivar y dejar huella?