El Criticón

Opinión de cine y música

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Salvar al soldado Ryan


Saving Private Ryan, 1998, EE.UU.
Género: Bélico, drama.
Duración: 169 min.
Dirección: Steven Spielberg.
Guion: Robert Rodat.
Actores: Tom Hanks, Tom Sizemore, Edward Burns, Barry Pepper, Adam Goldberg, Vin Diesel, Giovanni Ribisi, Jeremy Davies, Matt Damon, Paul Giamattie, Ted Danson, Joerg Stadler.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: Fotografía, sonido, montaje, decorados, vestuario y dirección dan pie a una obra bélica asombrosa, tan descarnada como apasionante.
Lo peor: El guion es bastante endeble, el subrayado del drama con recursos narrativos simplones es exasperante y limita su potencial, aunque desde luego ayudó a venderla al gran público. Esta popularidad también implica que se sobrevalora demasiado.
Mejores momentos: El desembarco, el dilema de si ejecutar un prisionero.
La confusión: Hay que aclarar una confusión común dado el parecido de los actores: en la batalla final, el soldado aleman que apuñala a un protagonista y deja indemne al asustado novato no es el mismo soldado cuya vida defendió aquel cuando sus compañeros querían ejecutarlo en una escaramuza anterior; pero este sí reaparece pegando tiros en las últimas escenas en el puente. También es lioso que al poco de presentar al capitán enfocan directamente a sus ojos justo como un rato antes hicieron con el anciano que visita el cementario en el futuro… es decir, parecen decir que son la misma persona, pero al final el anciano resulta ser el soldado Ryan.

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LA GUERRA EN TUS CARNES

El cine bélico más duro, el de corte histórico o simplemente más serio que otras aventuras sencillas ambientadas en épocas de guerra, no es un nicho tan exclusivo como otros (por ejemplo, la ciencia-ficción intelectual), pero aun así su público potencial se ve limitado bastante al sector adulto más cinéfilo y a aficionados a la Historia. Además, en los años noventa no había muchas cintas de este estilo, quizá porque, como con el western, hubo muchas y muy notorias en su momento y se considerada pasado de moda, por lo que invertir tanto esfuerzo y dinero como necesitan estas obras se veía como una temeridad. Pero eso también implica que quien se propone abordar de nuevo el género es porque tiene muchas ganas y las ideas claras.

En 1998 llegaron dos obras ambientadas en la segunda guerra mundial que conmocionaron a medio mundo, cada una por razones prácticamente opuestas. La delgada línea roja de Terrence Malick, aparte de estar ambientada en el Pacífico, ofrece una perspectiva filosófica e intimista, centrada en las emociones y reflexiones de los soldados durante una difícil batalla. Salvar al soldado Ryan de Steven Spielberg, partiendo del desembarco de Nombardía propone en un drama más sencillo pero con una espectacular descripción de la violencia de la guerra.

La introducción que muestra el desembarco dejó en shock a millones espectadores, incluso a muchos directores y otros artistas del gremio, que fliparon con el logro, y a veteranos de la guerra e historiadores, que vieron imágenes muy cercanas a la realidad. La representación de un ejemplo (además uno de los más famosos) de lo que sería un escenario bélico frenético y sangriento no se había realizado nunca antes con semejante verosimilitud y visceralidad, y el despliegue técnico orquestado para rodarlo fue asombroso.

La visión y determinación de Spielberg y su implicado equipo permitieron que este insólito reto llegara a buen puerto. La agitada cámara en mano, de apariencia anárquica pero que en realidad no descuida la narrativa, pues te deja seguir la acción con claridad y además es capaz saltar de un encuadre deslumbrante a otro, te sumerge de lleno en la acción, te hace correr, agacharte, sufrir y asustarte como a los anónimos soldados. En la fotografía del gran Janusz Kaminski, el color apagado, recordando a las imágenes de la guerra que vemos los que no estuvimos en ella, fomenta aún más la sensación de estar en esa época, pero también contribuye a generar un entorno opresivo, sin belleza ni casi vida. El trabajo de ambientación en vestuario, explosiones y amputaciones es muy certero. Y el increíble sonido te envuelve por completo, agobiándote, haciendo que sientas en el pecho cada explosión, en la carne cada impacto de bala (se acabaron los chiuuu cutres, esto es la realidad); sin duda estamos ante uno de los mejores trabajos de efectos sonoros de la historia del cine.

DOS VISIONES ENFRENTADAS

Pero un abrupto cambio de lugar y tono te saca de golpe de la abrumadora inmersión, rompe el hechizo, y te lleva al otro lado del espectro narrativo y emocional. Spielberg y el guionista Robert Rodat se empeñaron en unir dos estilos diametralmente opuestos, y la mezcla estuvo lejos de resultar homogénea. De la contundencia sobrecogedora, de la verosimilitud sin concesiones que te sumerge en la carnicería y el sinsentido de la guerra, pasamos a un drama de construcción demasiado rígida y dirigida, autoimpuesta por el convencimiento de que sólo se puede llenar salas de cine hay con una fórmula melodramática muy básica y estudiada, es decir, complaciente y llena de recursos simplones y muy sobados.

Ya el breve prólogo con el anciano visitando el cementerio parecía demasiado innecesario y endulzado, pero la escena de las cartas resulta vomitiva. Los tonos naranja cálidos para marcar el contraste con las trincheras son demasiado evidentes, las caras de congoja de secretarias y generales demasiado sobreactuadas, los discursos pretendidamente conmovedores casi rastreros, porque la historia de los hermanos de la carta de Lincoln se sabe que es falsa desde hace siglos, había desertores y prisioneros, no murieron todos heroicamente, y tratar de seguir la farsa a estas alturas es ridículo y ofensivo. Y la premisa que se presenta como hilo conductor es débil y poco atractiva: salvar a un pringado para que su mamaíta deje de sufrir.

En resumen, de una visión neutra del conflicto bélico pasamos a un drama de telefilme. Hubiera sido más lógico que siguieran centrándose en la descripción de la guerra y dejar otros dramones paralelos para otra historia que pueda tratarlos con más detenimiento y tacto. La misión podría haber sido simplemente ir al pueblo a defender el puente, como fue el objetivo real del pelotón en que se inspira, y como finalmente acaba ocurriendo después de tanto marearnos con el culebrón de Ryan.

GRAN ESPECTÁCULO, MELODRAMA BÁSICO

Durante el viaje tenemos una correcta variedad de escenarios de compañerismo y guerra, con una combinación de drama, intriga y acción lo suficientemente efectiva como para mantener el interés bastante alto. El periplo por campos y pueblos muestra distintas situaciones del conflicto sin que parezcan malamente justificadas, hay momentos bastante inspirados, como el póquer de fichas identificadoras de muertos, y la relación entre soldados, los miedos y disputas, tienen un buen momento álgido con el asalto a un nido de ametralladoras y el dilema de si ejecutar a un prisionero alemán. Sumando la virtuosa puesta en escena, con infinidad de planos magníficos y en general un ritmo impecable que mantiene bastante bien el ambiente bélico opresivo y realista, la aventura es muy entretenida.

Pero nunca llega a librarse de esa dualidad. La narrativa de ganchos sentimentales fáciles se extiende a la odisea del pelotón que busca al soldado, y aunque por suerte no caemos en la manipulación burda de las escenas en el futuro, sí mantiene ese tono dramático tan básico. Así pues, tenemos una decepcionante simpleza en el tratamiento de una historia que apuntaba a un tono más serio. En La lista de Schindler (1993), por comparar con una de Spielberg cercana en género e intenciones, los personajes eran complejos e iban cambiando con los hechos, aquí los estereotipos no dejan respirar a un grupo con un potencial mayor. Tienen lo suficiente para que cada uno sea identificable y agradable y te intereses por sus desventuras, pero sus descripciones se basan demasiado en un tic o característica que cada uno repite en cada aparición sin llegar a desarrollar una personalidad compleja ni una evolución que logren aportar algo más de atractivo y trascendencia.

Los únicos que ofrecen un poco de movimiento resultan desde luego interesantes, pero ofrecen historias muy tontorronas: el chulito pasota y el novato inocente tendrán su momento de maduración y redención más previsible y conveniente que cabía esperar, y por supuesto, estos llegan de golpe, no hay una transición bien trabajada, y el capitán pasa de frío y distante a algo más cercano también justo cuando se esperaba. Lo alucinante es que al capitán le ponen encima un problema físico que va y viene según quieran dar pena o suspense, cuando precisamente tenían en bandeja un buen arco dramático que parece que les da miedo abordar: la capacidad de mando en una misión de dudosa utilidad y ética solo queda en entredicho en una escena, y no deja secuelas.

De esta forma, cuando muere alguno, muere “el judío”, o “el francotirador”, y por mucho que su final se realce con otros tantos clichés (heroicidades maniqueas, cámaras lentas, etc.), no sientes la pérdida, no son personajes capaces de dejar un vacío. Ni siquiera el porvenir del capitán me inquieta, de hecho, con tanto forzar el drama, su caída acaba siendo empalagosa.

Y para colmo, después de tanto enredo, el soldado Ryan resulta ser un macguffin de baratillo, la excusa para mover la trama, y no se lo trabajan lo más mínimo. Parece que la muerte de sus hermanos le importa bien poco. Cuando sí se requería enfatizar la tragedia para intentar que el encuentro fuera más convincente, los autores no parecen esforzarse, como si quieran despachar el personaje-excusa y centrarse de nuevo en la acción. Aunque sea muy previsible, su decisión de no irse a casa y quedarse a luchar con sus compañeros parece encauzar la cosa… pero al final no llega a hacer nada, no participa activamente, no tiene ninguna escena que justifique y dignifique su presencia.

Sin embargo, esto no pareció molestar al público, y eso que una carambola inesperada generó expectación sobre su aparición. Eligieron al desconocido Matt Damon para potenciar que el soldado a rescatar no motivara una impresión previa en ningún sentido, pero inesperadamente arrasó justo antes con El indomable Will Hunting, que escribió y protagonizó acaparando muchos premios, así que se creó el efecto contrario, se generó mucho interés por su papel.

Con personajes tan simplones y un arco dramático tan limitado, gran parte de su potencial carisma reposaba sobre los hombros de los actores, y sin bien no tenemos un reparto brillante, todos cumplen adecuadamente, empezando por Tom Hanks en un papel contenido, de expresar con miraras y silencios, muy correcto. Cabe destacar que la película sirvió de presentación de varios actores jóvenes: Vin Diesel como el grandote simpático, Giovanni Ribisi como el enfermero preocupado, Jeremy Davis como el novato inocente, Nathan Fillion como el que confunden con Ryan… Y también relanzó o dio más categoría a algunos veteranos: Ted Danson demostró ser algo más que un comediante con su breve aparición, Tom Sizemore tuvo la oportunidad de ser algo más que el típico secundario del cine de acción… aunque por desgracia, sus líos con las drogas volvieron a frenar su carrera. También pienso que debería haber asentado mejor la trayectoria de Edward Burns, el soldado respondón, quien es capaz de dotar de vida a un rol muy trillado, pero parece que no supo aprovecharlo.

Por otro lado, la banda sonora del gran John Williams fue muy justita, y más conociendo sus capacidades. El tono de corte patriótico es bastante empalagoso, con un tema principal muy cargante, y los motivos de acción y suspense están poco inspirados y se ven lastrados por esa fórmula tan subrayada y repetitiva. La cinta funciona mejor cuando Spielberg prescinde de la música y deja que los sonidos de la guerra te arropen y zarandeen.

EL DÉBIL EQUILIBRIO SE VA VINIENDO ABAJO

Es difícil acabar un relato de este tipo, donde el argumento es el viaje y la experiencia y no hay una trama elaborada. Y los autores no atinan del todo, la batalla final se resiente bastante. Primero, pesa aquello de que ahora resulta que Ryan no importa, la misión es proteger el puente, de forma que este último acto parece un anexo improvisado para alargar la película y forzar el clímax heroico-lacrimógeno. Lo dicho: esta misión tendría que haber sido el objetivo, no la chorrada del soldadito. Segundo, la mezcla de estilos se desequilibra demasiado. En lugar de ser conscientes de que una vez expuesta la situación esta resulta muy predecible (el típico sacrificio en una misión suicida recuerda demasiado a cintas como Doce del patíbuloRobert Aldrich, 1967-) e intenten disimularlo yendo al grano y explotando el lado épico, se empeñan en reforzar el melodrama, en abusar de esos recursos obvios.

La crudeza de las escenas bélicas de nuevo realza el conjunto muy por encima de lo que las fallidas intenciones y el flojo guion llegan a alcanzar. El escenario, con el magnífico decorado del pueblo, se aprovecha en imágenes espectaculares, la tensión es palpable, la acción trepidante y por momentos agobiante. Pero poco a poco empieza a pesar su excesiva longitud, sobre todo conforme va dejando de lado la descripción puramente bélica de la batalla para centrarse en la tragedia tan artificial de los protagonistas. Como decía, mueren de típicas formas melodramáticas sin llegar a conmover lo más mínimo, pero además dejan algunos momentos de vergüenza ajena, como el capitán con la pistola disparando al tanque y este explotando de repente… porque han llegado refuerzos. ¿En serio pretendes que funcione este cliché a medio camino de la heroicidad cutre y el chiste estúpido en un clímax pretendidamente serio?

Y si el desenlace iba perdiendo fuelle, el epílogo con el viejo lacrimógeno, el cementario y las banderas termina de romper la conexión, llevándote de nuevo a pensar que hay dos visiones prácticamente opuestas muy mal combinadas. Por lo general no queda claro si querían hacer una representación fiel de la sinrazón y la crueldad de la guerra o si buscaban un drama simplón y patriótico, pero este final tan obvio y remarcado te deja con la visión maniquea y patriótica de la realidad que tienen en los Estados Unidos: las guerras son duras, pero tranquilos, que nosotros nos encargamos de salvar al mundo con nuestra superioridad moral, militar, humana… ¡y pobrecitos que somos, mira lo que sufrimos por esa carga!

PERO COLÓ BIEN COLADO

Salvar al soldado Ryan un espectáculo de primera, no por duro y espeluznante menos gratificante, que envejece bien y se puede ver una y otra vez… si esos momentos melodramáticos y la constante sensación de simplificación en el tratamiento de una historia y unos personajes con mayor potencial no te estropean la experiencia. Sin embargo, ese desequilibrio sí es suficiente colocar al conjunto bastante lejos de esa categoría de obra maestra que se empeñan muchos en darle.

Como suele ocurrir, el éxito popular implica también la adulación y sobrevaloración poco objetiva. El que poco sabe de cine se suma a modas y valora sin tener en cuenta hitos ya superados, cintas del estilo superiores pero que no va a ver porque son antiguas o no se mencionan por su zona de confort. Y si bien la dirección de Spielberg, la fotografía de Kaminski, el montaje y el sonido merecían premios en cantidad, pese a quien le pese, pues en su momento fueron incluso atacadas para realzar esta, Shakespeare enamorado (John Madden), El show de Truman (Peter Weir), Lock & Stock (Guy Ritchie), American History X (Tony Kaye), Bichos (John Lasseter, Andrew Stanton) y sobre todo La delgada línea roja (Terrence Malick) fueron y son mejores películas.

De hecho, con La delgada línea roja la diferencia es brutal. Los protagonistas están magistralmente descritos, entras de lleno en la mente de cada uno, sientes sus temores y esperanzas con gran intensidad. Se logra una inmersión en la guerra y un drama humano bastante superior sin recurrir a tantas florituras técnicas, más allá de la increíble fuerza dramática de la banda sonora de Hans Zimmer. Pero también cabe citar otras muchas aventuras de grupos, sean bélicas o de otros ámbitos, que desarrollan mucho mejor los personajes y la trama: Un puente lejano (Richard Attenborough, 1977), Los violentos de Kelly (Brian G. Hutton, 1970), Los siete samuráis (Akira Kurosawa, 1954) y Los siete magníficos (John Sturges, 1960), Grupo salvaje (Sam Peckinpah, 1969)… Y sin irnos tan lejos, poco después Ridley Scott nos trajo la impecable e impresionante Black Hawk derribado (2001), pero inesperadamente no causó el impacto que merecía. Tampoco puedo dejar de recomendar El último superviviente (Peter Berg, 2013), otra aproximación realista rodada con maestría que tampoco tuvo la repercusión que debería.

Sin embargo, no quiero restarle méritos, sino simplemente traer un poco de cordura y poner las cosas en su sitio. Aparte de ser un gran espectáculo y una aventura muy amena, el logro técnico es inconmensurable y marcó una época. Con 70 millones de dólares de presupuesto muy bien usados logró 480 de recaudación, solo superada ese año por Armaggedon (Michael Bay). En el género fue la más taquillera durante años, hasta las recientes El francotirador (Clint Eastwood, 2014) y Dunkerque (Christopher Nolan, 2017). Y la influencia que ha dejado es indudable y notoria. La cámara en mano como recurso para introducirte en la acción como si estuvieras ahí es algo que desde entonces se ha usado mucho, y pocas veces bien. Multitud de películas imitan sin disimulo su estructura (aunque no fuera nada original, la volvió a popularizar), como Corazones de acero (David Ayer, 2014), con la visión combinada de un joven inexperto y un veterano curtido, las escenas sangrientas mezcladas con dramones básicos, y el final de sacrificio. Y no sé yo si asentó también la idea de empezar con un prólogo de acción de altos vuelos para engancharte. Además, antes de que su influencia saltara a otros ámbitos, el propio Spielberg lo alentó, ideando y produciendo el videojuego Medal of Honor (1999) y la miniserie Hermanos de sangre (2001). Ambas obras fueron de las más revolucionarias e influyentes en sus campos.