El Criticón

Opinión de cine y música

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It: Capitulo 2


It Chapter 2, 2019, EE.UU.
Género: Suspense, terror, drama.
Duración: 169 min.
Dirección: Andy Muschietti.
Guion: Gary Dauberman, Stephen King (novela).
Actores: Jessica Chastain, James McAvoy, Bill Hader, James Ransone, Isaiah Mustafa, Jay Ryan, Andy Bean, Bill Skarsgård,
Jaeden Martell, Sophia Lillis, Wyat Oleff, Finn Wolfhard, Jeremy Ray Taylor, Jack Dylan Grazer, Chosen Jacobs, Teach Grant, Stephen Bogaert.
Música: Benjamin Wallfisch.

Valoración:
Lo mejor: Muy buena en la técnica, con partes inquietantes, algunas terroríficas, y otras épicas.
Lo peor: Abusa de dicha técnica mientras descuida el lado creativo y emocional. Demasiado acomodada, demasiado metraje, demasiado susto sonoro y efecto especial, y en cambio deja un poco de lado la búsqueda de escenas más originales, trabajadas y sutiles, y no profundiza del todo en los personajes adultos.
Mejores momentos: La anciana y el té. El sótano de la farmacia.

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La pasión por el cine de terror resucita de vez en cuando y los estudios la exprimen con infinidad de producciones baratas de escasa o nula calidad hasta que explota la burbuja y entra en letargo unos años. Pero de vez en cuando hay gratas sorpresas, una chispa de inspiración que rompe esquemas (Shyamalan es el mejor referente) o una aproximación clásica tan bien hecha que consigue dejar huella, como The Conjuring (James Wan, 2013). En ese último rango entró It (Andy Muschietti, 2017), nueva versión de la novela de Stephen King empujada también por la ola de nostalgia ochentera. Su recibimiento fue abrumador, teniendo críticas estupendas y una taquilla de 700 millones de dólares mundiales contra 35 de presupuesto.

El segundo capítulo estaba pendiente de su éxito… y me temo que este ha afectado a su calidad. Con tantas buenas críticas y el esperable subidón de presupuesto (esta ha costado 80 millones), sus principales artífices, el guionista Gary Dauberman y el director Andy Muschietti, no se han esforzado tanto. El acomodamiento de partir sobre un valor seguro, unido al temor a perder el favor del público si se salen mínimamente de la fórmula, los ha llevado a tomar caminos y métodos más facilones y menos trabajados que en la primera parte. En otras palabras, han basado la secuela en el cansino mantra de “más grande es mejor”. Sobra metraje (¡169 minutos!), sobran ruido y efectos especiales, le pesa el ir con la inercia repitiendo situaciones más de la cuenta, y la pareja de actores famosos parece elegida porque tenían dinero, no porque fuera la más adecuada para sus personajes. Falta la dedicación y el amor que pusieron en aquel episodio, el cuidado en usar técnicas clásicas sin abusar de ellas, sino con inteligencia y contención, el mimo a los personajes y a la conexión emocional con el espectador.

En la balanza queda una cinta de terror comercial más que correcta en general y con partes muy conseguidas, pero al no cumplir con lo que se esperaba y exigía de ella es entendible que esté decepcionando a muchos. Ha sido una oportunidad perdida de mejorar un título notable y acabar teniendo una serie digna de citar en los anales del género.

Al menos sobra media hora sobra, y probablemente más. Sin dudar un instante deberían haber eliminado del metraje el vulgar y largo prólogo, al matón de Henry Bowers de adulto, pues para lo poco que hace consume demasiado tiempo, algunas escenas reiterativas de sustos, partes del clímax final (la aparatosa huida mientras todo se viene abajo es la más evidente), y los repetitivos epílogos (sólo la visita a la cantera es útil y emotiva). Si la primera entrega, yendo despacito y con buena letra, uniendo los personajes poco a poco y elaborando los escenarios de miedo con esmero, duró dos horas y cuarto, esta, yendo más deprisa, casi como de una cinta de acción se tratase, y profundizando algo menos en lo dramático, desde luego no necesitaba extenderse tanto. Por el buen ritmo no se hace pesada, pero es evidente que tiene bajones, que sin estirar el chicle hubiera sido mejor y atraería más para revisionarla de vez en cuando.

Este ritmo se consigue a base de abrumar al espectador con una lluvia de manfestaciones del payaso, efectos especiales, y sobre todo efectos sonoros y música constantes subidos un par de tonos más de lo necesario. Y no funciona mal, la proyección está siempre activa, con varios tramos de gran intensidad, unos más pausados (la anciana y el té), otros épicos (la larga batalla final). Pero queda un espectáculo visual a lo Poltergeist (Tobe Hooper, 1982) mientras pierde en el ámbito de terror puro, aunque todavía le quedan tramos con bastante suspense y algún gran susto. También se abusa de un humor ligero, efectivo unas pocas veces pero que en muchas más resulta inadecuado, le resta seriedad y rompe la tensión negligentemente. Por poner los ejemplos más notorios, el chiste del perrito tras la puerta es vergonzoso, y la cena en el restaurante chino acaba siendo un pequeño desastre de gore humorístico.

En el lado dramático ocurre igual. Funciona en líneas generales, pero de manera irregular, un peldaño por debajo de lo esperado. Los recesos más intimistas, como los flashbacks a los niños, son bonitos, pero alguno reincide sobre lo mismo más de la cuenta. El despertar gradual de los adultos y la reunión del grupo se lleva su tiempo y tiene buenos momentos, pero no se consigue generar la misma conexión emocional que en el episodio precedente. Primero, porque se repiten algunos escenarios sin aportar novedades: al final cansa tanta aparición de Pennywise en distintas formas físicas pegando sustos sonoros cada dos por tres; como señalaba, hacía falta novedades y mantener la construcción metódica de escenarios, no tirar por lo fácil. Segundo, porque los personajes, aunque correctos, de hecho son superiores a la media de un género ahogado en estereotipos cansinos, quedan un poco desdibujados después del encantador grupo con el que disfrutamos en la primera película, y para rematar, el casting no es tan certero.

Jessica Chastain hace de sí misma, no se adapta al rol, sólo te acuerdas de que es Beverly Marsh cuando mencionan los maltratos. ¿Qué fue de la chica enérgica que ponía buena cara ante todo y que junto a Ben era la que dirigía el grupo? Si no fuera porque se lleva la mejor secuencia de la película, la de la anciana inquietante, hubiera pasado sin dejar huella. Es imposible no seguir pensando lo mismo que cuando se anunció el reparto: que Amy Adams se ajustaba más al papel, más parecida físicamente y una actriz más versátil; aunque claro, como digo, es problema de guion también. Con Bill Denbrough estamos en las mismas. Mucho tirar de actor famoso, pero aunque tenga un innegable talento James McAvoy en ningún momento parece ajustarse al personaje, y este además no tiene gran recorrido. Le aplico lo mismo: si no fuera por otro estupendo momento, aquel en la que se acerca a la alcantarilla donde desapareció su hermano y entra en contacto con otro niño que podría ser víctima del payaso, daría la sensación de que no está en la película.

Mike Hanlon tiene más presencia que en la primera parte, donde quedaba muy relegado, pero el resultado es el mismo, pues es un macguffin explicativo de la trama, no se trabaja lo más mínimo su personalidad. Además, todo el rollo indio y el conjuro sólo aporta confusión, la forma de luchar contra Pennywise está expuesta desde el primer episodio y aquí también termina aplicándose después de tanto enredo. Y este quita protagonismo a Ben Hanscom, que era el que investigó el asunto y el cerebro del grupo por aquel entonces, y aquí queda como el cliché de guaperas para mantener el triángulo amoroso, lo cual empeora porque no hay química alguna entre Jay Ryan, el peor intérprete, y Chastain.

Curiosamente, son los dos más secundarios de entonces los que mejor parados salen en el presente. Eddie Kaspbrak, el neurótico, y Richie Tozier, el bocazas, tienen mayor recorrido y más interacción útil con el payaso. Eso sí, me temo que a Richie le falta una buena escena central de terror y tiene un aspecto de su historia un tanto forzado: el susto con la estatua del leñador es más bien lastimero, y su supuesto secreto íntimo al final no tiene mucha relevancia, y además en la anterior entrega no se dio ni una pista, es muy postizo (ni estaba en el libro, al parecer). Pero Eddie tiene una estupenda, la del sótano de la farmacia, que juega bien a marearte con cuándo llegará el susto obvio y pone en marcha la evolución del personaje. Los actores James Ransone y Bill Hader respectivamente son también los que más llaman la atención, sobre todo el primero, que además tiene un parecido asombroso con su versión joven.

Ver también:
It (2017)
-> It: Capítulo 2 (2019)

X-Men: Fénix oscura


Dark Phoenix, 2019, EE.UU.
Género: Superhéroes.
Duración: 113 min.
Dirección: Simon Kinberg.
Guion: Simon Kinberg. Stan Lee, Jack Kirby, Chris Claremont, John Byrne, Dave Cockrum (cómic).
Actores: Sophie Turner, James McAvoy, Michael Fassbender, Jennifer Lawrence, Nicholas Hoult, Tye Sheridan, Evan Peters, Alexandra Shipp, Kodi Smit-McPhee, Jessica Chastain.
Música: Hans Zimmer.

Valoración:
Lo mejor: Tiene ritmo y actores principales que caen bien con facilidad.
Lo peor: Muy simplona y sin garra en guion y puesta en escena. Tras un puñado de capítulos, no han desarrollado prácticamente a ningún personaje, y encima pierden el tiempo metiendo unos villanos anodinos. Terminan pasando por completo de la continuidad de la saga.
El título: En el original han eliminado “X-Men”, como para intentar darle la categoría de Logan y Deadpool.

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X-Men: Primera generación parecía haber llegado para encarrillar la serie tras el batacazo de X-Men: La decisión final y las dos primeras de Lobezno en solitario, pero esta línea también se desinfló rápidamente, primero, por intentar abarcar demasiado en Días del futuro pasado, luego, por aspirar a tan poco en Apocalipsis. Tras los éxitos de las entregas paralelas Logan y Deadpool cabría pensar que tratarían de seguir manteniéndola viva, y con esfuerzo por aportar algo más novedoso, pero Fénix oscura ha vuelto a herirla de gravedad, y la adquisición de Fox por parte de Disney la ha dejado en el aire, con Los nuevos mutantes cada vez más retrasada. Por mi parte, no diría que no a que reinicien la saga dentro de unos años si se esmeran en hacerlo bien en vez de improvisar de mala manera. Hay muchos personajes y muchas historias que contar.

No es de recibo que lleguemos al cuarto episodio y sigan sin desarrollar a los numerosos protagonistas. Todo lo prometido en Primera generación quedó en suspenso en los siguientes, lo poco que dieron de sí los protagonistas principales se fue repitiendo en bucle y los secundarios seguían sin aprovecharse lo más mínimo. Que si Raven se va y no se va, que si Magneto se vuelve malo o no, que si Xavier quiere perdonar a todos los mutantes y la paz entre humanos. Si no fuera por el talento y magnetismo de los intérpretes, seguramente la serie no se habría mantenido viva tanto tiempo.

Aquí Raven vuelve a dudar con su lugar en el mundo, Xavier sigue lidiando con el gobierno y los mutantes que ponen en peligro el equilibrio… y por suerte, Magneto sale poco y hace menos. Este último arrastraba otro problema importante: siempre que se vuelve malo es momentáneamente y debido a factores externos, el resto del tiempo sólo quiere vivir por su cuenta. Pero aquí no nos libramos de esa cobardía argumental, porque se la encasquetan a Jean Grey en su conversión en Fénix. Su maldad es una crisis temporal que sin duda no habría ocurrido si esos cutres alienígenas que aparecen de vez en cuando no la hubieran forzado. Así, no hay sensación de conflicto, de crisis y tragedia real, de ruptura del statu quo que pueda dejar secuelas. Está claro que vencerán al villano de turno y todo volverá a la normalidad, como siempre.

Si en Apocalipsis el enemigo parecía distante y poco temible a pesar de tanto enredo, aquí estamos en las mismas. La nube misteriosa como macguffin de baratillo, los extraterrestres que no causan sensación alguna, salvo preguntas de por qué están ahí, y la anodina líder encarnada por Jessica Chastain son minutos perdidos, cada aparición suya desvía el interés y te hace pensar que podrían haber dedicado el tiempo a desarrollar mejor a los personajes.

Ni con Jean ponen ganas en profundizar realmente en su psique, en construir una evolución dramática más compleja. Sueltan cuatro tópicos sobre traumas infantiles y ale, a lanzar fuegos artificiales. Tampoco ayuda que Sophie Turner anda un poco justa, ni lo que canta el relleno que le han puesto en el sujetador. Con el resto de mutantes apuntan también a unos mínimos que apenas valen para mantener cierto aire de camaradería, que resulta agradable pero desde luego no como para implicarte, para conseguir que te interese su destino y lo que puedan sufrir por el camino. Para rematar, si la continuidad de la saga ya estaba muy liada a pesar de los malabares que han ido haciendo los autores, aquí directamente pasan de ella, pues el final de un par de personajes contradice todo lo que habíamos visto en la trilogía de mutantes adultos.

No se puede entender cómo se mantuvo a Simon Kinberg como escritor y productor en la saga tras su fallida entrada en La decisión final, y menos que vuelva a ella después de haber parido guiones tan nefastos como el de Cuatro fantásticos (Josh Trank, 2015). Tendría alguna autoridad como productor para mantenerse, o algún enchufe, porque aquí encima acabó como director.

Y precisamente el otro gran problema es la falta de garra visual, su nulo talento como narrador queda patente también tras la cámara. La proyección va ligerita, con lo que entra bien, pero con el piloto automático puesto, sin adecuarse al tono de cada situación, sin emoción en el drama, sin energía en la acción, sin clímax que aumenten la tensión. También carece de originalidad en escenarios y batallas. Todas las peleas son iguales, tortas entre calles lanzándose coches (algo de lo que ya abusó en La decisión final) y con algún vagón de metro de por medio, todo ello con unos poco efectos especiales de rayitos y colores que no impresionan nada a pesar de los doscientos millones de dólares que ha costado. Y para colmo, se filtró durante el rodaje que cambiaron el final previsto, que sería una lucha en el espacio, por un vulgar tren a pesar de haber usado ya el metro, donde repite los mismos golpes de todas las confrontaciones anteriores.

Eso sí, para mi sorpresa la banda sonora de Hans Zimmer, que escuchada en disco me pareció un insoportable trabajo hecho con librerías y sintetizadores, se adapta bastante bien a las imágenes, aunque claro, queda lejos de la versatilidad de John Ottman y Michael Kamen.

Con un final más original y que centrara más el foco en los protagonistas podría haber resultado mejor, pero en esa ruidosa batalla acabé bastante desconectado. Con todo, por simplona y predecible que resulte, nunca cae en el caos o la vergüenza ajena como sí hizo La decisión final, y me ha resultado algo más entretenida que Apocalipsis, aunque es igual de decepcionante.

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Saga X-Men:
X-Men (2000)
X-Men 2 (2003)
X-Men: La decisión final (2006)
X-Men orígenes: Lobezno (2009)
X-Men: Primera generación (2011)
Lobezno inmortal (2013)
X-Men: Días del futuro pasado (Rogue Cut) (2014)
X-Men: Apocalipsis (2016)
Deadpool (2016)
Logan (2017)
Deadpool 2 (2018)
-> X-Men: Fénix oscura (2019)
X-Men: Los nuevos mutantes (2020)

El caso Sloane


Miss Sloan, 2016, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 132 min.
Dirección: John Madden.
Guion: Jonathan Perera.
Actores: Jessica Chastain, Mark Strong, Gugu Mbatha-Raw, Michael Stuhlbarg, Alison Pill, Sam Waterston, Jake Lacy, John Lithgow, Jake Lacy, David Wilson Barnes.
Música: Max Richter.

Valoración:
Lo mejor: Buen reparto, efectiva banda sonora.
Lo peor: Puesta en escena mediocre, caótica, resultando una cinta agobiante y fea en lo visual. Guion pretencioso, rebuscado, tramposo y aburrido, que para rematar desemboca en un final delirante.

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Por las notables críticas que ha recibido esperaba un buen título de un género cada vez menos habitual, el thriller adulto. Anunciaban un estilo a lo Aaron Sorkin (El Ala Oeste de la Casa Blanca -1999-, La red social -2010-), es decir, guion extremadamente denso e inteligente pero adictivo y fascinante. El reparto es de buen nivel y el director bastante llamativo, así que más alicientes tenía. Pero al poco de empezar ya se ve el desastre en ciernes, y no mejora al avanzar, es de esos casos en que el esfuerzo de llegar hasta el final me ha supuesto un cabreo y la sensación de dos horas perdidas.

Estamos ante una versión comercial y barata del género, una que para aumentar mi disgusto ha tenido bastante éxito. Está en la onda de Whiplash (Damien Chazelle, 2015) o House of Cards (Beau Willimon, 2013) más que en la de cualquier trabajo de Sorkin o de cualquier buen thriller reciente (la obra de David Fincher a la cabeza: Seven, Zodiac, Millennium), y sobre todo queda lejos del punto álgido en los años setenta, con clásicos como Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976). Es presuntuosa pero anda muy escasa de inteligencia, profundidad y verosimilitud. Abusa de un pobre repertorio de fuegos artificiales que provea espectáculo poco exigente, resultando aparatosa pero hueca, pues te taladra con mucha información inútil y juegos narrativos sintéticos que se derrumban ante cualquier lectura objetiva. Al contrario que el estimulante entretenimiento que han encontrado muchos espectadores, a mí la acumulación de enredos y tretas de baja calidad me adormeció los sentidos bien pronto, resultándome un visonado muy pesado y al final incluso incómodo: tanta falsedad y efectismo me resulta un tanto ofensivo, pues no me gusta que me intenten manipular y engañar.

Las pocas promesas del argumento pronto se diluyen en una fantasía que no hay por dónde coger. Se nota en seguida que la idea no es buscar un thriller con tintes dramáticos que nos absorba con su solidez narrativa, un misterio excitante y su fuerza emocional, sino uno que impacte con inmediatez a base de trucos fáciles, directos. Así, guionista y director no trabajan para conseguir una trama intrigante que se va desgranando poco a poco ante nuestros ojos, sino que se esmeran más en construir atmósferas y sensaciones inmediatas por la fuerza, y las sorpresas se basan en soluciones y giros rebuscadísimos de los que ninguno llega a funcionar, sea por tramposos, por artificales, por inverosímiles o una combinación.

Los diálogos van de sorkinianos, o sea, veloces, densos e ingeniosos, pero en realidad amontonan poca savia y muchos clichés apenas escondidos tras una aparatosa verborrea inane. El dibujo de personajes es inexistente, todos son objetos de la trama, es decir, bisagras y cepos para los giros y farsas. En la protagonista se junta todo, no se muestra de ella nada más que lo justo para despistar y engañar, así que es imposible encontrarle una dimensón humana, con lo que me resultó una figura con la que es imposible conectar. A pesar de tanto supuesto dramón y la buena labor interpretativa de Jessica Chastain, no sabemos por qué actúa, sufre y se lamenta, porque será un talento de actriz, pero sin un rol bien definido no hay manera de que sus lágrimas, rabietas y demás expresiones tan bien logradas transmitan algo concreto. La revelación final explica al menos sus acciones, su plan, después de mucho marear la perdiz, pero no es suficiente y llega tarde, y desde luego no convence al ser una fantasmada surrealista donde pasa de superheroína del modelo capitalista capaz de manipular su entorno cercano, a diosa que prevee el fluir de todo un estado al dedillo (en todo ámbito: medios, política, sociedad) y planifica una jugada monumental. Y todo ello con algunas salidas de tono ridículas, como la cucaracha espía.

Un buen thriller va espaciando pistas coherentes en una narración sugerente, y algunos incluso te plantan la solución en la cara, pero siempre de forma que dudes hasta el final o te falte una sola pieza para reconstruir el puzzle. Un buen thriller nos hace sudar codo con codo con los protagonistas, haciéndonos a ambos partífices del misterio, esto es, el personaje con el que seguimos la historia no guarda secretos relacionados con la misma, sino que va descubriendo las cosas a la par que nosotros. Un buen thriller sólo recurre a flashbacks y saltos temporales si es necesario (por ejemplo, para mostrar visualmente el relato de algún interrogado), no para tratar de realzar el misterio central y potenciar el drama de los personajes anunciándonos peligros próximos y dosificando burdamente la trama.

En El caso Sloan la protagonista principal está trabajando a todas horas del día con el equipo, pero aun así tiene tiempo para montarse un par de intrigas paralelas de altos vuelos, que no vemos porque así lo quieren los autores, pues no saben sorprender de otra manera. El caso es puro humo, con puntuales clímax de relleno para recuperar la atención, y se resuelve con una parida demencial que no hay manera de creerse, ese plan supremo que ya quisiera para sí un villano de James Bond. Es cierto que la pista inicial, soltada a lo bruto sin ton ni son nada más empezar la película y repetida en varias ocasiones, apuntaba a un ardid en la resolución, pero ni aun así podía intuirse semejante disparate, y mira que la premisa ya era de por sí bastante absurda. Los puntos álgidos metidos con calzador y los flashbacks que anuncian la inminente derrota de la protagonista son el colmo de la chapuza y la vagancia. Finalmente, como todo lo que se busca es espectáculo barato y el argumento se limita al juego del engaño chapucero, el potente contenido se deja de lado: los lobbies y políticos corruptos, la industria armamentística y varios conflictos ideológicos de EE.UU. latentes se usan como golpes de efecto, no hay una lectura de ningún tipo con estos temas, más allá de la obviedad de la corrupción moral inherente al capitalismo extremo.

En estas condiciones no sorprende que el ambiente de intriga se deje casi por entero a la puesta en escena. Y me temo que tampoco funciona. John Madden (conocido por Shakespeare enamorado -1998-, y que recientemente tiene una más que decente de suspense, La deuda -2010-) y su equipo (fotografía, montaje) van con la ida de aturullar, de avasallar con información, velocidad y los citados puntos álgidos nada naturales aquí y allá. El montaje trata de ser frenético pero resulta un despropósito, los personajes se quedan con palabras y reacciones en el aire para pasar a planos de otros, o a planos generales que no aportan información a la escena sino confusión. Por extensión, jugar con objetos por medio, deslumbres y demás enredos acentúa ese acabado tan mal planteado. Como resultado, el aspecto visual es informe, más bien desagradable.

Lo único que mantiene medio unido este desastre es la efectiva música de Max Richter y el buen trabajo actoral. Si no fuera por Mark Strong y Gugu Mbatha-Raw sería como si la protagonista no tuviera compañeros, porque el resto son peleles intercambiables. Los arquetípicos villanos, te acuerdas de ellos porque los encarnan unos veteranos de nivel como son John Lithgow, Sam Waterston y Michael Stuhlbarg. Y, sobre todo, si no fuera porque Jessica Chastain llena la pantalla, su irrisorio personaje sería incapaz de despertar el más mínimo interés.

La cumbre escarlata


Crimson Peak, 2015, EE.UU.
Género: Suspense, fantasía.
Duración: 119 min.
Dirección: Guillermo del Toro.
Guion: Guillermo del Toro, Matthew Robbins.
Actores: Mia Wasikowska, Jessica Chastain, Tom Hiddleston, Charlie Hunnam, Jim Beaver, Burn Gorman, Leslie Hope.
Música: Fernando Velázquez.

Valoración:
Lo mejor: El decorado de la casa no está mal. Los actores escogidos son llamativos.
Lo peor: El acabado visual no sorprende como se esperaba. El guion es lastimero. La película resultante es simple, predecible y muy aburrida.

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No esperaba gran cosa a tenor de las tibias críticas, pero tampoco que me decepcionara de semejante manera. Ni siquiera su acabado visual resulta arrebatador como tanto se prometía. Sí, las obsesiones de Del Toro de sobrecargar el escenario ofrecen un entorno interesante gracias al buen trabajo de diseño de producción, pero el realizador no le saca el partido que podría. La fotografía es rutinaria y la iluminación bastante floja, con unos tonos verde azulados muy falsos, con lo que parece más bien un telefilme poco inspirado. Planos que jueguen con acierto con lo hermoso y lo sobrecogedor hay pocos, muy pocos. La escena final en la nieve es la única que me impresionó. En cambio muchas partes cruciales fracasan estrepitosamente: esos fantasmas de plastilina y sin sentido en la trama dan más bien pena.

El relato en sí tampoco consigue despertar el más mínimo interés, no digamos ya fascinación como supongo se pretendía. Si la dirección es apática, el guion resulta superficial, plano. La narración avanza sin ritmo ni fuerza, y también sin contenido, con lo que aburre, y aburre, y aburre cada vez más. No hay ninguna atmósfera en la que sumergirse, y termina sin saberse sin es drama, thriller o terror. Los caracteres son un esbozo, no se expone motivación alguna ni se explican acciones poco claras, como el supuesto enamoramiento de la chica, que la ponen como inteligente y luego resulta ser muy cortita, o que acepte vivir en una casa en ruinas. En cuanto los caracteres son presentados se ve venir todo acontecimiento, porque además de básica y sin garra, ni en los momentos cumbre la trama es capaz de esquivar su simpleza y previsibilidad, como la llegada del héroe en el último momento.

Conforme van llegando los supuestos momentos álgidos el ritmo termina de perder el poco fuelle que tenía, la escasa tensión va desapareciendo (se supone que la chica no tiene escapatoria, pero no sufres intriga ni interés alguno por su destino), y para rematar los agujeros de guion hacen acto de presencia. Ese pueblo donde ven ir jovencitas a la mansión cada poco tiempo y ni una vuelve, pero les da igual. Ese giro final en que uno de los implicados ve por fin ve la luz pero en vez de ir todos a por la loca, que son varios y van armados, apuñala a uno de sus aliados para “disimular”. Así, si no fuera por la última escena en la nieve, el desenlace habría sido ridículo.

La pena es que en estas condiciones se desperdicia un reparto de grandes talentos: la joven Mia Wasikowska (que se está quedando encasillada en papeles de época), Jessica Chastain, Tom Hiddleston y Charlie Hunnam no logran sacar nada de sus inertes roles. Otra cuestión es qué ha hecho Guillermo del Toro para despertar una fascinación equiparable a la de Tim Burton en sus mejores momentos, porque no ha hecho ni una película buena.

El marciano


The Martian, 2015, EE.UU.
Género: Aventuras, ciencia-ficción.
Duración: 144 min.
Dirección: Ridley Scott.
Guion: Drew Goddard, Andy Weir (novela).
Actores: Matt Damon, Jessica Chastain, Chiwetel Ejiofor, Kristen Wiig, Jeff Daniels, Michael Peña, Sean Bean, Kate Mara, Sebastian Stan, Aksel Hennie, Benedict Wong, Mackenzie Davis, Donald Glover.
Música: Harry Gregson-Williams.

Valoración:
Lo mejor: Buena descripción de personajes. Aventura espacial bastante entretenida. Reparto de grandes nombres.
Lo peor: Le falta garra en todos sus elementos: drama, comedia, aventura de supervivencia. Apenas deja huella. El mediocre doblaje.
El título: De Marte: Operación rescate, a Marte (The Martian). Porque sí, traducirlo como El marciano era realmente complicado. ¿Cómo empleados tan ineptos toman decisiones tan relevantes? Pues obviamente te paseas por internet y todo el mundo la conoce con su título real.
La sorpresa: ¡Sean Bean no muere!
El dato: Drew Goddard iba a dirigir, pero prefirió decantarse por una obra que le atraía más, Los seis siniestros, un grupo de villanos Marvel (aunque al final se quedó en el limbo). Y Ridley Scott se entusiasmó por el proyecto, retrasando Prometheus 2 (cuyo nombre cambia cada pocos meses).
El libro: Andy Weir publicó la novela en su blog, pero viendo su calidad la gente le decía que la publicara en Amazon. Y el éxito fue enorme.

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El libro en que se basa (Andy Weir, 2011) no es revolucionario, pero como entretenimiento tiene bastante pegada. La odisea de Mark Watney por sobrevivir en solitario en Marte enlaza un sinfín de escenarios catastróficos que va sorteando con una personalidad arrolladora. Los saltos a la Hermes (la nave de los compañeros que lo dejaron atrás en la evacuación, dándolo por muerto) y a la Tierra enriquecen el relato con algo más de drama y realzando el alcance de la situación, porque los líos en la NASA son épicos también. Como atractivo extra, la afición a la ciencia-ficción suele ir de la mano con la pasión por la ciencia (ficción científica de hecho es una traducción más fiel de science fiction), y el libro es una gozada en ambos sentidos, porque desarrolla una aventura espacial de gran realismo y con planteamientos científicos muy cuidados. Para rematar, su narrativa es muy pero que muy cinematográfica, con lo que el anuncio de la adaptación generó muchas expectativas entre los lectores y los amantes del género.

Sin embargo, aunque su traslación a la gran pantalla ofrece un entretenimiento bastante decente con algunos puntos fuertes llamativos, también acusa una falta de intensidad importante, dejando la sensación de que hay mucho potencial sin aprovechar. Al público no parece importante tanto, pues la crítica es buena y la taquilla va bastante bien, pero a mí me ha dejado un regusto amargo. Para una vez que podemos tener una del género de gran presupuesto y con talento detrás (empezando por el director, pero también pasando por el notable reparto y cómo no el equipo técnico), resulta que se quedan bastante cortos. Sinceramente, hasta Prometheus (2012) me emocionó más, a pesar de tener un guion que se cae a pedazos, porque su aspecto visual es embriagador y la trama y el escenario ofrecen situaciones más variadas y vibrantes. El marciano tiene mejores personajes (más verosímiles y atractivos) y más consistencia en la trama, pero resulta bastante fría y arrítmica.

La proyección no empieza nada mal. Como el libro, nos lanza directamente a la tormenta y a la evacuación que da inicio al periplo del protagonista. Sus primeros pasos en la soledad marciana, tratando de encontrar una forma de extender su esperanza de vida hasta la posible y lejana misión de rescate, parecen llevarnos por al mismo viaje trepidante de la obra de Andy Weir. Pero pronto empieza a perder fuelle, los retos se diluyen en anécdotas poco interesantes y que no presentan peligros ni proezas que causen algún impacto. Llegamos a un punto en que Marte termina resultando una historia secundaria… y eso precisamente salva a la película, porque nos vamos a un teatro más atractivo y variado: la Tierra. La presentación de los personajes de la NASA y el JPL, que son un puñado largo, es bastante correcta. Nos ponemos a trabajar codo con codo con ellos y vamos conociendo sus posiciones (enseguida sabes a qué se dedica cada uno aunque no recuerdes su nombre), sus puntos fuertes y débiles, sus aspiraciones y las luchas y roces con los demás. Con este panorama, incluso te lamentas de que los tripulantes de la Hermes no tengan tanto tiempo en pantalla como ellos, porque también eran prometedores.

Y con estas, Marte casi desaparece. Llega un momento en que da la sensación de que faltan escenas, que Ridley Scott se volvió a pasar de duración y ha tenido que recortar parte del tramo final de la odisea de Watney, saltando directamente al intento de rescate. Por ejemplo, no se explica por qué hace un agujero en el techo del rover y pone un plástico haciendo una burbuja, como si faltara el momento en que le da utilidad a lo que sea eso. Tampoco creo que el viaje de tres mil kilómetros lo hiciera sin que le pase nada (en el original, de todo), porque queda un vacío ahí que resulta un salto narrativo algo torpe.

Así pues, el ritmo peca de irregular y de falto de vigor en varios segmentos, algunos bastante largos. La novela no resulta un drama de altos vuelos ni tiene especial trascendencia, pero sí mantiene una sensación de lucha y peligro constante, de que cada día en Marte es enfrentarse cara a cara contra la muerte. Lo mejor captado por Drew Goddard (el guionista) y Ridley Scott es el sentido del humor del protagonista (y no siempre funciona), que trata de poner buena cara en todo momento, y el caos que se forma en la NASA. Pero la aventura de supervivencia resulta demasiado ligera, sin transmitir el peligro y la tragedia con la fuerza necesaria para dejar huella. La comandante sufre muy poco por el abandono de un miembro de la tripulación. Watney sólo se curra el huerto y la idea para intentar comunicarse, el resto del tiempo no se enfrenta a nada llamativo, y al final en la NASA también parece que falta algo de intensidad.

Estas limitaciones surgen del guion principalmente, pero el trabajo audiovisual tampoco es del todo eficaz. La dirección de Scott es más conservadora de lo habitual en un realizador dado a la magnificencia visual, con lo que contribuye a la falta de garra. Sí, hay belleza en los planos de Marte, y el decorado de la nave se aprovecha bien, pero por lo demás la puesta en escena no ofrece épica alguna, va como desganada. Y como extensión, tampoco luce como superproducción de más de cien millones. Es que me atrevo a compararla con la tontorrona serie b Los últimos días en Marte (Ruairi Robinson, 2013), que con unos ridículos diez millones lucía a un nivel bastante cercano (aquí el tráiler -que para variar te cuenta casi todo-). La banda sonora empobrece todavía más el acabado, porque donde se espera que la música realce la tragedia, matice la intriga o explote la acción, la floja partitura de Harry Gregson-Williams pasa sin causar la más mínima turbulencia en las emociones que debería transmitir la escena.

Así pues, El marciano es una película bastante entretenida que merece la pena ver en el cine, pero también resulta incapaz de emocionar y mucho menos de dejar un grato recuerdo. Quizá incluso por su ritmo moroso no aguante bien sucesivos visionados, algo que hasta la fallida Prometheus permite por su narrativa veloz y enérgica. Las otras incursiones recientes en Marte tampoco terminaron de convencer. La citada Los últimos días en Marte solo se la recomiendo a aficionados a la ciencia-ficción de terror básico (la típica de ir muriendo en fila), Misión a Marte (Brian De Palma, 2000) iba de pretenciosa pero era muy simplona, y Planeta rojo (Antony Hoffman, 2000) a pesar de su presupuesto era una serie b también muy justita.

Aparte tengo que mencionar que la calidad de los doblajes sigue bajando. En esta película mitad de los actores no parecen ponerle ganas, de hecho en alguna escena parece un doblaje amateur, con personajes que hablan sin matiz alguno en la voz cuando por la escena parece indicarse que están en tensión. Con el jugoso reparto que ha reunido Scott, el destroce es lamentable. El peor es el caso de Kate Mara, a quien le han encasquetado una voz muy reconocible y demasiado omnipresente: la de Natalie Portman, Keira Knightley, Scartlett Johansson, Anne Hatthawy y cualquier actriz joven que haya. Por el amor de dios, ¿es que no hay más dobladoras en el gremio? Me saca completamente del personaje e incluso de la película, pues me resulta falso e incluso desagradable, por ser una voz muy aguda que no le pega nada y que se escucha en demasiadas películas. Y por supuesto, donde hay doblaje hay traducción: vaya plaga de leísmo que asola el cine reciente. Hasta el poster comete faltas flagrantes: Traedle a casa. ¿Traedle qué, una pizza?

El año más violento


A Most Violent Year, 2014, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 115 min.
Dirección: J. C. Chandor.
Guion: J. C. Chandor.
Actores: Oscar Isaac, Jessica Chastain, David Oyelowo, Elyes Gabel, Albert Brooks.
Música: Alex Ebert.

Valoración:
Lo mejor: Su fórmula clásica ofrece una cinta bastante sólida y atractiva, en especial en el manejo de la intriga y la calidad del rol central.
Lo peor: Pero no termina de deslumbrar, es predecible y le falta garra.

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El año más violento es un thriller con sabor setentero tanto en lo visual como en el argumento, una revisitación a las historias de crímenes y corrupción de la época y un homenaje al cine que las retrataba. Para empezar, el protagonista es una suerte de Michael Corleone con toques de Serpico, un individuo de gran personalidad que intenta evitar caer en la violencia del entorno pero la vorágine de acontecimientos lo arrastra inexorablemente hacia allí. Las mafias dominan los negocios típicos (basuras, calefacción, transporte), la policía es incompetente cuando no corrupta, y la urbe está sumida en un caos donde sólo los más fuertes triunfan. Nueva York se capta con colores ocres y apagados típicos del género, y la aventura mantiene también sus bases clásicas, ofreciendo una sencilla pero efectiva descripción de los tejemanejes, reuniones, alianzas, engaños, traiciones, etc.

Pero la trama no se sumerge en la complejidad y épica que suelen embargar estas películas. Es la odisea personal de un tipo moral contra un mundo amoral, así que no esperes una historia de grandes proporciones a lo El padrino o Uno de los nuestros, está más en la onda de Serpico o la posterior Atrapado por su pasado. Su autor (J. C. Chandor escribe y dirige, como en Margin Call y Cuando todo está perdido) es consciente de ello y fortalece la narración tratando de sacar el máximo partido de su protagonista, volcando sobre sus hombros todo el estrés y dificultades de la situación de forma que su viaje llegue con intensidad al espectador. A Abel Morales le llueve mierda por todas partes, puede desfallecer o morir en cualquier momento, y te mantiene expectante, en vilo constantemente. Hasta las escasas escenas de acción se apoyan únicamente en la carga emocional, en ver cómo supera las dificultades.

Oscar Isaac (A propósito de Llewyn Davis) ofrece todo lo que el papel necesitaba. Desde un registro contenido muestra magistralmente la tensión que carga, destacando su estupenda evolución: se va agobiando cada vez más, hasta casi no ver salida alguna. De esta forma el personaje se alza como uno de los más llamativos del año, de hecho, muchos esperaban que fuera el tirón final para que la película entrara en la carrera por los premios, aunque al final estos se decantaron por los melodramas cutres que tanto adoran.

El protagonista está bien secundado por una esposa que guarda buenas sorpresas, papel en manos de la competente Jessica Chastain (Criadas y señoras, Interstellar, Zero Dark Thirty). Sin embargo el resto de personajes no se trabajan tanto, y alguno requería un dibujo más elaborado para no parecer un mero objeto de la trama, como el chaval que huye, el jefe del sindicato de conductores o el detective, todos cruciales pero algo desdibujados.

Esas limitaciones también se extienden al resto del relato. Sin tener bajones de ritmo, de hecho, este es francamente bueno, sí acusa cierta falta de fuerza y carisma. Hay capítulos intensos que te hacen sudar un poco, pero ninguno que deje huella en la memoria. Y sobre todo carece de giros y soluciones sorprendentes, todo se ve venir con bastante antelación. La buena mano del director exprime el guion, pero al final la historia, de sencilla, no es capaz de causar mucha impresión. Le ha faltado una pizca de originalidad e ingenio para que consiguiera apartarse de parecer un homenaje o imitación profesional del género pero sin alma propia. Con todo, resulta un título muy recomendable para cinéfilos que echan de menos ciertas formas de hacer de cine: clasicismo, contención, manejo de las emociones, personajes como centro de la narración, trama que no pierde coherencia para buscar artificios comerciales. Pero precisamente por tener esas virtudes, sabe a poco que no se logre una obra remarcable. En este estilo recomendaría La noche es nuestra, un filme muy potente que no tuvo repercusión alguna.

Interstellar (con spoilers)


Interstellar, 2014, EE.UU.
Género: Ciencia-ficción, drama.
Duración: 169 min.
Dirección: Christopher Nolan.
Guion: Jonathan Nolan, Christopher Nolan.
Actores: Matthew McConaughey, Anne Hathaway, Jessica Chastain, Mackenzie Foy, Michael Caine, Casey Affleck, Timothée Chalamet.
Música: Hans Zimmer.

Valoración:
Lo mejor: Como ensayo sobre el ser humano es fascinante, como cinta de aventuras y ciencia-ficción es potente y cautivadora.
Lo peor: Una leve tendencia a explicar más de la cuenta, algún detalle menor y un final un poco comercial.
Mejores momentos: La despedida, el viaje y los fenómenos espaciales, el cobarde, el acople, la singularidad, el contacto…
El plano: Mirando debajo de la manta.

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Alerta de spoilers: Describo los pilares del argumento evitando revelar cosas concretas de la trama y más aún sorpresas y giros. Pero su trasfondo y mensajes los analizo a fondo, y repito que es una película para ver en blanco y dejarte embargar por su complejidad y capacidad de asombro. Ver también: Interstellar sin spoilers.–

Interstellar no es sólo una aventura espacial arrebatadora y un drama familiar de proporciones épicas y gran emotividad, también es una oda a la humanidad. Su trama nos sumerge en cómo enfrentamos las dificultades de la vida, pero llevándolo al extremo último, la cercanía de la extinción. ¿Conseguirá la humanidad sobreponerse a la estrechez de miras, las trabas morales, intelectuales y emocionales que han mostrado sus miembros en toda su existencia?

Anhelos, pensamientos, limitaciones y grandes gestas del hombre van pasando ante nuestros ojos conmoviéndonos, llevándonos a la reflexión. Nolan expone situaciones varias a través de los personajes y sus vivencias, y de algunas nos ofrece las dos caras, dejándote claro que nada es blanco o negro, que no existe una solución única como en las matemáticas, porque el hombre es un ser emocional. El mejor ejemplo es la mentira con que quieren educar a los jóvenes para que la supervivencia inmediata esté garantizada: no miréis al espacio, sino a la tierra, que la agricultura que nos da de comer es más importante que soñar con las lejanas estrellas. Y a la vez, quien mira a las estrellas como única salvación sustenta las esperanzas de su gente en una mentira igual de tétrica.

Se trata inevitablemente la eterna dualidad de la sociedad, progresistas contra conservadores. El choque entre la hermana, valiente y decidida a cambiar las cosas, con el hermano, cuya limitada visión lo lleva a esperar que todo se arregle solo, aferrándose al sueño de que lo que funcionaba antes en circunstancias sociales, políticas y económicas distintas, debería volver a funcionar, porque si no el mundo deja de tener sentido para él (demasiado complejo para entenderlo y asimilarlo, el problema básico de los conservadores), genera grandes momentos de tensión, y señala también que la ciencia siempre tiene algo que aportar, por mucha fobia que le tengan los estrechos de miras.

El mundo que queda es el de los mediocres y cobardes, el del gobierno que manipula para mantener a la población sumisa y señalando la ciencia como causante de los excesos pasados. La ciencia sobrevive como una organización clandestina por su cuenta. Esto no está muy lejos de la realidad actual, sobre todo en España, que hipoteca su futuro tirando de lo malo conocido por miedo a invertir en ciencia, un ente demasiado abstracto para las mentes simples. Los héroes como siempre son los que tienen mayor amplitud de miras, los visionarios, exploradores, científicos… El protagonista apunta maneras con su maquinaria agrícola dirigida por GPS, que le garantiza mejores cosechas mientras los demás se ríen de su afán por la tecnología y pretenden que sus hijos rebajen sus intelectos para amoldarse a una sociedad inmovilista, conservadora. Evidentemente esto tampoco está muy lejos de la realidad.

Como extensión de las heroicidades tenemos el conflicto entre el protagonista y un personaje que aparece en el tercer acto, que ciertamente Nolan se empeña en recalcarlo más de la cuenta, como se ha criticado hasta la saciedad por los detractores que se sustentan en un solo fallo para tratar de tumbar el conjunto. Y está lejos de hacerlo, porque la dualidad del cobarde que sólo piensa en la supervivencia propia inmediata contra el responsable que mira por otros y a largo plazo es muy interesante aunque sea obvia, y además da pie al gran y fantástico clímax de acción, que resulta sobrecogedor, dejándote aplastado por la tensión como pocas secuencias han logrado en el cine.

Está claro a estas alturas que el alegato a favor de la ciencia es muy completo y contundente, pero cabe destacar también que Nolan se acerca a la fe y al humanismo sin chorradas religiosas de por medio, aunque lo cierto es que siguiendo con la tónica de mensajes tratados con inteligencia y sensibilidad podría haber hecho alguna mención, porque es uno de los grandes motores sociales, culturales y espirituales de la humanidad, y también uno de sus peores defectos. En Contact por ejemplo sí lo tuvieron en cuenta.

Finalmente, no puede faltar la emoción más importante en las relaciones humanas, el amor. De primeras el discurso que suelta el personaje de Anne Hathaway me pareció un poco salido de madre, pero pronto se ve que la idea es esencial en el relato. Sí, podría haberse sintetizado mejor, de forma más sutil, pero como indicaba en la crítica sin spoilers, el realizador apuesta por llegar a todos los públicos. El amor nos une y guía frente de la adversidad incluso en los peores momentos, nos empuja a llegar más allá de donde la razón dicta, a sacrificarnos por los nuestros. En el onírico final este pensamiento resulta crucial.

Como indicaba, todo esto está sumergido en una aventura de supervivencia y descubrimiento deslumbrante. El primer acto en la Tierra está impregnado de intriga y desazón. La investigación que lanza el segundo acto va cambiando esa sensación por la magia, llevando un relato ya de por sí absorbente a un nuevo nivel de fascinación. El viaje espacial nos trae pura poesía audiovisual, una combinación de imágenes y música (Hans Zimmer pletórico) que ofrece las escenas más bellas y cautivadoras vistas en años. Y cuando se lanza de lleno a la trama filosófica todo lo visto hasta entonces adquiere nuevos sentidos, nuevas capas. Christopher Nolan, como ha demostrado en varias ocasiones, tiene una vena de visionario única y rueda con una técnica de primer nivel. Así, toda la película, casi tres horas, es un crescendo multinivel con una fuerza visual y emocional inenarrable. El largo clímax que hay desde el planeta helado, donde cabe destacar más que nunca la soberbia banda sonora de Hans Zimmer, confirma definitivamente a Interstellar como una obra maestra.

En cuanto a influencias hay que señalar lo obvio: está todo inventado, tratar de hundir la cinta porque una escena recuerda a tal o cual cosa es sencillamente absurdo; ninguna obra es cien por cien genuina y revolucionaria, siempre se parte de conocimientos previos. Las influencias y referencias más notables son las novelas y películas de Solaris, Contact y sobre todo 2001, en algunos elementos visuales y argumentales inevitables tratándose de mezclar espacio, filosofía e ideas sobre la humanidad (amor, destino, evolución, etc.). También fruto del género son conceptos básicos de ingeniería espacial como los ya imaginados entre otros por Arthur C. Clarke (Cita con Rama). Y se pueden citar otras probablemente casuales: la obstinación por lanzarse a lo desconocido a ciegas por pura curiosidad me recordó a Regiones apartadas, de William Gibson.

Alerta de spoilers: En este último párrafo comento algunos detalles más concretos, incluidos del final, que quizá quieras evitar.–

Y sí, como también indiqué en el artículo sin spoilers, hay aspectos criticables. Aparte de los allí citados añado un par más que, aunque destacables, no empañan las cualidades globales de la obra. Pienso que se podría haber reducido bastante el prólogo de presentación de la familia, porque la aventura del drone perdido en plan persecución no aporta nada esencial, y se podía haber dedicado este tiempo a los hallazgos que llevan al protagonista a la NASA, que van muy precipitados. No entiendo por qué ponen tanto empeño en la dirección artística (bueno, es un decir, el robot es grotesco) pero luego el maquillaje lo descuidan: no parece que Michael Caine envejezca, podían haberlo maquillado un poco. Los peros más importantes son la sensación de que reincide un poco más de la cuenta en algunas explicaciones y la discutible inclinación hacia un final casi palomitero: aunque me parece verosímil tal y como se expone (desarraigo en plan Frodo al volver a la Comarca y verla totalmente cambiada: he salvado el mundo, pero no para mí), desentona un poco que tras tanto esfuerzo por salvar a su familia y reunirse con ella, el protagonista se vaya tan rápido en pos de una mujer con la que no me parece que haya congeniado más allá de en lo profesional. Y un detalle que pocos han visto: por qué, si tienen una lanzadera con capacidad de despegar y aterrizar en planetas, el lanzamiento inicial se hace con ella acoplada a un cohete estándar de los que usamos ahora.