El Criticón

Opinión de cine y música

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Baby Driver


Baby Driver, 2017, Reino Unido, EE.UU.
Género: Acción.
Duración: 112 min.
Dirección: Edgar Wright.
Guion: Edgar Wright.
Actores: Ansel Elgort, Jon Hamm, Eiza González, Kevin Spacey, Jamie Foxx, Jon Bernthal.
Música: Steven Price.

Valoración:
Lo mejor: Buen reparto, destacando el descubrimiento de Angel Ensort.
Lo peor: La total falta de inspiración del guion, ahogado en clichés cansinos.

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Alerta de spoilers: Hay unos pocos, pero no creo que sean muy relevantes.–

Con qué ganas cogí Baby Driver, la nueva película de Edgar Wright, para mí el único talento actual en comedias y uno de los más notables en el cine de acción. Y qué gran decepción me he llevado…

Su estilo sólo se nota en el pulso frenético de la puesta en escena, donde se presenta como uno de los mejores hacedores de peleas cuerpo a cuerpo, de tiroteos y de persecuciones del momento, porque, aparte de eso y de unos cuantos actores competentes, la cinta no ofrece nada. Quien otrora reinventara géneros como el zombi (Shawn of the Dead), el policíaco de acción (Hot Fuzz), el de superhéroes (Scott Pilgrim contra el mundo) y la comedia de pandillas (Bienvenidos al fin del mundo) mediante unas historias muy originales, unos personajes magnéticos y muy humanos incluso dentro de las locuras tremendas en que sumergía cada aventura, ahora se ha mostrado inesperadamente falto de ideas. En la presente cinta los protagonistas se basan en estereotipos muy básicos y muestran personalidades cambiantes para adaptarse a una trama simplona, enormenente predecible, asfixiada en su limitada forma y en tópicos del cine de gángsteres muy gastados.

El chico rarito pero dotado que se ve arrastrado a una tormenta y sueña con salir de ahí, la chica guapa y simpática de la que se enamora, el criminal malvado que lo tiene entre sus garras, los compañeros de andanzas cada cual más desequilibrado… Por mucha filigrana visual y enredo narrativo que intente Wright (esos paseos del chaval, qué cansinos se hacen), no es capaz de salir de los muros que él mismo se ha levantado: todo se ve venir de lejos, no hay giros ingeniosos y sí muchas situaciones forzadas, el humor es flojo y repetitivo, los personajes no enganchan en ningún momento. Lo único que llega a sorprender es lo mal que maneja algunos protagonistas y como empuja situaciones inverísimiles porque está empeñado en cumplir con el cliché de turno: ese gángster y a la vez mentor que cambia de forma de ser en cada aparición es lamentable, y Kevin Spacey no puede hacer mucho más allá de intentar parecer serio; el chico que una vez librado del contrato que lo ata va a cenar donde está su anterior jefe es poco verosímil, pero la gilipollez innombrable de las cintas de audio es totalmente increíble en alguien tan inteligente y una burda justificación del lío final; no lejos se queda la ridícula carambola de que acaben en el restaurante de la chica; y menuda cursilada el juicio donde todos ponen de bueno al chaval que ha atracado varios bancos y puesto patas arriba la ciudad, que se remata con ese plano final de postal barata.

Aparte, había leído en varias críticas que Wright conseguía una obra que roza el musical, con las canciones formando parte íntima de la narrativa… Y no. Hay unos cuantos videoclips mal empalmados y por lo general la música no transmite mucho, principalmente porque son canciones bastante flojas, sin magia alguna.

Baby Driver queda como una de acción del montón, con pocas secuencias con chispa entre infinidad de dramas artificiales pero gélidos, acción bien rodada pero con poca o ninguna sustancia y menos gracia, y unos protagonistas tan planos que es difícil conectar con ellos. Son los actores quienes los dotan de vida. El desconocido Ansel Elgort está muy bien como chico con cara de bueno, hábil en su trabajo y abatido en la vida. Lily James tiene encanto de sobra para medio salvar el romance más forzado de los últimos años. Jon Hamm es un actor enorme que merece encontrar papeles que le den más visiblidad, y dota de gran carisma a un asesino demasiado clásico. Eiza González cumple como la chica del anterior. Jamie Foxx tiene también facilidad para caer bien y consigue hacer soportable a un matón de manual muy cargante. Y en un mundo aparte está el lastimero Jon Bernthal: sigo preguntándome como encuentra papeles un actor tan limitado.

Y desde luego no entiendo cómo esta cinta tan limitada consiguió recaudar 225 millones de dólares cuando con las magníficas Hot Fuzz, Bienvenidos al fin del mundo y Shaun of the Dead no hizo ni cincuenta con cada una. Sólo espero que en el futuro Wright recupere la inspiración y no se venda al dinero fácil.

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El contable


The Accountant, 2016, EE.UU.
Género: Acción, suspense, drama.
Duración: 128 min.
Dirección: Gavin O’Connor.
Guion: Bill Dubuque.
Actores: Ben Affleck, Anna Kendrick, J. K. Simmons, Jon Bernthal, Cynthia Addai-Robinson, John Lithgow.
Música: Mark Isham.

Valoración:
Lo mejor: Bien rodada. Ben Affleck se esfuerza.
Lo peor: Mezcla de géneros sin coherencia. Ritmo apático. Un final muy rebuscado.

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Warrior tuvo una distribución pésima y nulo apoyo publicitario a pesar de su potencial para ganar premios (épica historia de superación personal, drama familiar intenso, actores espléndidos), es decir, el estudio no se mojó por ella. Pero el boca a boca la mantiene muy viva, sobre todo en internet, y los cinéfilos la tenemos como una obra muy a destacar en los últimos años, y más teniendo en cuenta que en comparación con las tonterías que alaban los festivales de premios más importantes gana por goleada.

Por ello esperaba, y supongo que todos los que la vieron también, que el siguiente título de su realizador, Gavin O’Connor, mantuviera el nivel y de paso corriera mejor suerte. Pero aunque esta vez ha contado con más apoyo del estudio (el doble de salas en su estreno y más publicidad) y ha tenido mejor acogida en taquilla, la calidad es otro cantar. En esta ocasión no ha elegido un guion que dé la talla, de hecho cabe señalar que Bill Dubuque también escribió El juez, otro drama lleno de sensacionalismo barato. Y me temo que, a pesar de la buena labor con la cámara, O’Connor tampoco ha sabido darle la forma adecuada, es decir, potenciar sus virtudes, disimular sus carencias. De hecho me da la impresión de que intenta otorgarle seriedad, reforzar el drama, cuando el argumento tira más por el thriller de acción, lo que precisamente remarca más el desequilibrio.

Inicialmente nos muestra su cara seria, con una historia sobre la vida de un chico autista y cómo en su maduración consigue encajar en la sociedad. Pero de repente pasa a la acción en un giro más chocante que sorprendente, sumergiéndonos en una aventura tipo James Bond y Jason Bourne, con un héroe superdotado y peleas y tiroteos exagerados. En este género la cinta muestra sus carencias: primero, el protagonista no es creíble, segundo, la trama a desentrañar es muy floja, sin sustancia ni intriga.

Lo cierto es que Ben Affleck se esfuerza y consigue estar ranozablemente bien como autista, pero el personaje en sí es una fantasmada en la onda de El protector (The Ecualizer) y se mantiene entre inverosímil y cargante durante todo el metraje. También se remarca demasiado el dilema ético del agente del FBI (J. K. Simmons), otro rol que resulta un tanto artificial, mientras a la vez su ayudante (la desconocida Cynthia Addai-Robinson) queda totalmente desdibujada a pesar de tener mucha presencia. De hecho está claro que estos dos están puestos en el relato únicamente para remarcar el tono conservador tan rancio al estilo El protector: la loa al pistolero solitario, al vigilante nocturno que acaba con los maleantes y tumba las malvadas corporaciones sin un proceso justo y legal. En cuanto a los villanos… es como si no existieran, son meros trámites con los que cumplir y el único recuerdo que dejan es que Jon Bernthal (The Walking Dead, Daredevil) nos tortura con otro papel lamentable.

La historia se va desgranando con unos pocos momentos decentes que consiguen salvarla del abismo de la indiferencia, como la relación con los ancianos granjeros o con la becaria (Anna Kendrick), que aportan un poco de humanidad a un relato muy frío. Pero en el tramo final tratan de combinar un gran pero predecible colofón (típico asalto definitivo a la guarida del malo) con un retorno al drama, y aquí más que nunca la mezcla de ambos estilos falla, sobre todo porque el desenlace es una mala copia del de Warrior, cayendo en un cierre más cómico que emotivo.

Si O’Connor se hubiera decantado por el thriller desde un principio quizá hubiera conseguido una mejor película, una más natural, honesta y equilibrada. Las fallas de ritmo, los cambios de tono, lo previsible y a la vez impostado que resulta todo, lastran demasiado una cinta con potencial que se queda en otra más de acción de ver y olvidar.

Corazones de acero


Fury, 2014, EE.UU.
Género: Acción.
Duración: 134 min.
Dirección: David Ayer.
Guion: David Ayer.
Actores: Brad Pitt, Shia LaBeouf, Logan Lerman, Michael Peña, Jon Bernthal, Jason Isaacs.
Música: Steven Price.

Valoración:
Lo mejor: Como entretenimiento cumple.
Lo peor: Pero va muy justa en todo, está llena de tópicos y es enormemente predecible.
El trailer: Estamos ante otro lamentable caso en que el trailer principal te desvela la película entera escena a escena. Por suerte no lo vi hasta después de ir al cine, por curiosidad por cómo lo enfocaban. Y es que ya evito verlos, sabiendo lo que hay.

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En Sin tregua (End of Watch) David Ayer se marcó una aventura policial de lo más vulgar, pero la adornó con altas dosis de drama y sensacionalismo baratos de comprobada eficacia entre el público facilón y tuvo una buena recepción crítica (de los que la vieron, fue una cinta menor con escasa taquilla). Yo la vi y la olvidé, no tenía nada digno de destacar y sí muchas cosas que criticar (la forzada puesta en escena en plan metraje encontrado era muy cargante). Luego se lanza a hacer cine original y arriesgado con Sabotage, le sale una estupenda cinta de acción… y todos le dan la espalda. ¿Qué hace entonces? Pues volver a la fórmula de simpleza y topicazos que parece tener éxito.

Así, Corazones de acero se anuncia como una supuesta cinta bélica épica y descarnada, pero resulta ser otra de acción comercial, llena de clichés y con una trama y personajes harto predecibles. No aporta ni una escena o idea original al género, y tampoco presenta un drama que se aleje lo más mínimo de historias contadas decenas de veces. Sólo con un público que parece no haber visto un filme bélico en su vida puede funcionar este compendio de tópicos.

El grupo protagonista se compone de los patrones más rancios. El sargento duro en principio pero que luego resulta ser un gran amigo, el novato que tiene que hacerse un hueco, el simpático, el tonto peleón y el misterioso o reservado (religioso en este caso). Se podría decir que partir de un frente común no tiene por qué dar malos personajes, pero es que la evolución sigue el mismo camino de tomar todo lo conocido y plantarlo ahí sin darle el más mínimo toque distintivo. En cuanto se ve la dinámica se puede intuir en qué orden llegarán los capítulos que irán haciendo progresar las relaciones del grupo: la presentación de la banda, la inclusión del novato, la emboscada de relleno a media película, la entrada en el pueblo, el receso con las chicas (porque hay que meter alguna hembra), la pelea entre tanques…

Y me temo que no hay un argumento más allá de avanzar por la guerra y mostrar la vida de esos personajes. Si en ellos falla tanto, en la descripción del entorno no parece que pudiera sorprender, y efectivamente tenemos más de lo mismo. Como decía, Ayer se cree estar dando forma a un gran drama bélico, pero sólo sabe poner capas de pintura en un relato muy básico. En el guion trata de mostrar la dureza de la guerra (el blandengue novato enfrenta la muerte y la crueldad) y lanzar algunos mensajes trillados (como que en el conflicto la humanidad se deja de lado y aplicando justicia y ética no puedes sobrevivir). En la puesta en escena fuerza el tono con musiquita trágica (aunque no esté pasando nada), planos a detalles varios (muertos, refugiados) y alguna muerte truculenta. Pero entre lo impostado que resulta y la sensación de que todo se ha visto ya y no se usa con sabiduría, la atmósfera nunca alcanza las intenciones buscadas. Un buen ejemplo de esta fallida dualidad entre cinta de corte serio y cinta comercial es el capítulo de los soldados saqueando y violando. Por un lado pretende recalcar la pérdida de humanidad (con otros tantos clichés), por el otro, no puede poner a los protagonistas principales violando, que no vende, y se inventa un romance momentáneo de lo más vergonzoso.

La labor de dirección, bastante limitada, ayuda aún más a que se desvanezca el potencial. ¿Dónde está el Ayer dinámico y hábil de Sabotage? No saca provecho de los exteriores ni de los pueblos, pareciendo una serie más que una película (Hermanos de sangre luce muchísimo mejor), y sobre todo, no hay sensación de claustrofobia en el tanque y las batallas no causan conmoción alguna. Cuando ataca el Tiger diezmando la columna de tanques protagonistas debería transmitirse sufrimiento y tensión… pero entre que sabes perfectamente qué pasará y la poca fuerza de las imágenes, pasa como los demás episodios: sin dejar huella.

Una mención aparte merece la inclusión de un recurso claramente comercial muy absurdo: Ayer se empeña en dibujar las balas cual láseres de La Guerra de las Galaxias o Star Trek para que veamos por dónde van los tiros. Supongo que es mitad efectismo barato para enfatizar la acción y mitad ponérselo fácil al espectador objetivo de la película, el que tiene que recibir todo mascadito.

Hasta el capítulo final cumplía bastante bien como entretenimiento intrascendente, aunque se venda como otra cosa, pero entonces todos los fallos se acumulan hasta que se viene abajo.

Alerta de spoilers: El siguiente párrafo contiene spoilers gordos del final, pero vamos, es algo que se intuye a media película.–

La batalla suicida en plan remedo exagerado de Tiempos de gloria (y mil más del estilo) es digna del cine de Michael Bay. ¿Cinco contra trescientos? Venga ya, hombre. Es increíble lo forzadamente que mete Ayer el final épico-trágico de todos muertos en una batalla desigual. Una batalla que no debería haber tenido lugar, que era totalmente evitable. ¿Morir para nada es mejor que retirarse para dar la alarma? Surrealista. Y cómo no la supuesta épica hace aguas por todas partes. Los malos de papel atacan en oleadas que los protagonistas puedan manejar, se olvidan de las granadas y sólo sacan los lanzacohetes al final, pero tampoco saben usarlos. Además parece rodado en una cochera, por no decir que el brusco cambio entre día y noche para poner unos planos molones con el fuego de fondo es descarado. Por supuesto los buenos irán muriendo en perfecto orden de importancia, y cada muerte irá acompañada de la escenita lacrimógena de rigor donde los malos se toman un descanso para que lloremos a los muertos.

Alerta de spoilers: fin de spoilers.–

Tanto dramón de postín me sacó por completo de una película que no apuntaba maneras pero que hasta entonces valía para pasar el rato. Le doy un aprobado porque nunca llega a ser mala, porque a pesar de su tono simplón pero creído no me hizo rechinar los dientes hasta el lastimero desenlace. En mi caso lo mejor fue que en cuanto terminó supe que la olvidaría en dos días, y además salí recordando a Los violentos de Kelly

El lobo de Wall Street


The Wolf of Wall Street, 2013, EE.UU.
Género: Aventuras, biografía.
Duración: 180 min.
Dirección: Martin Scorsese.
Guion: Terence Winter, Jordan Belfort (novela).
Actores: Leonardo DiCaprio, Jonah Hill, Margot Robbie, Kyle Chandler, Jon Bernthal, Cristin Milioti.

Valoración:
Lo mejor: Buena factura, aventura entretenida y con tramos espectaculares.
Lo peor: No sorprende, no aporta nada nuevo, le sobra muchísimo metraje.

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El público se pregunta si es comedia o drama de denuncia, como si la comedia no sirivera para criticar. En realidad es más bien una de aventuras. No tienen estas por qué estar ambientadas en la antigüedad, en lugares exóticos o imaginarios. Hay tiempo para el humor, para la crítica irónica, para el espectáculo, el drama… El guion de Terence Winter (Los Soprano, Boardwalk Empire) es enorme, hablando de tamaño y detallismo. Abarca las distintas etapas del viaje de Jordan Belfort dedicándole un montón de tiempo a cada una, rodeándolas de mil anécdotas que muestran a fondo la vida de los protagonistas. La descripción de estos personajes, destacando a la figura central, es muy buena, con momentos brillantes. Leonardo DiCaprio está muy esforzado en su papel, aunque es un personaje más de gritar y cometer locuras que de evolución psicológica importante; es decir, que ha tenido mejores roles donde lucirse, como en Infiltrados. Jonah Hill se ha afianzado ya como secundario de calidad, y el resto cumple de sobras incluso con apariciones breves (como Matthew McConaughey).

Que Scorsese es un director magnífico no hace falta ni decirlo. El lobo de Wall Street es otra muestra de su experiencia y habilidad. Escena tras escena muestra un despliegue impresionante de dominio cinematográfico, incluyendo la adaptación a técnicas modernas (su edad no es impedimento para que haya abrazado las nuevas tecnologías como un recurso más, no hay más que ver La invención de Hugo). Las partes intimistas y pausadas se alternan muy bien con las más efectistas, teniendo cada una por separado la fuerza necesaria para resultar como mínimo atractiva, y en varios casos son bastante impactantes. La visita del agente al yate es tan intensa como la espectacular tormenta en alta mar, por ejemplo. Pero ni Winter ni Scorsese están libres de errores. Dos problemas importantes limitan el alcance (tanto emocional como cualitativo) de la película: trascendencia y longitud.

La odisea del joven triunfador, del empresario exitoso hecho a sí mismo abusando del sistema que sube a lo más alto para luego caer desde la cumbre, no es una historia novedosa, la hemos visto infinidad de veces. La propia Uno de los nuestros (Goodfellas) del mismo Scorsese narra más o menos lo mismo. Y El aviador, como biografía de un gran personaje, también tiene numerosos puntos en común, sobre todo el estilo de epopeya de grandes proporciones. Así pues, El lobo del Wall Street no sorprende, y en la carrera del director aún menos. Se afila y exagera el estilo a lo bestia, como buscando una película distinta, pero por muchas palabrotas, sexo y burradas que haya (hasta el punto de luchar por evitar la calificación de exclusiva para adultos), no se consigue romper la barrera de “esto ya lo he visto”. De hecho los excesos del protagonista también se convierten a veces en excesos de la narración.

Tres horas para una historia que no es original ni realmente compleja resulta a todas luces demasiado. No es que llegue a resentirse como para hablar de que se hace muy larga, pero le sobran minutos a muchas escenas e incluso pasajes completos resultan claramente innecesarios. Hay numerosas anécdotas que no aportan nada esencial (como el vuelo en helicóptero), los personajes secundarios a veces están mucho tiempo en pantalla para mostrar cosas obvias, y algunas salidas de madre aportan bien poco. Por ejemplo los efectos de las pastillas caducadas se alargan durante minutos y minutos cuando con un par de planos ya quedaría bien claro lo que ocurre. Y tampoco puedo dejar de pensar que con tanto metraje el agente del FBI merecía más protagonismo, que sus breves apariciones son jugosas pero en general queda muy descolgado. También podríamos preguntarnos: ¿qué aporta el padre del protagonista?

Ni Winter supo ir al grano ni Scorsese recortar morralla. Los tres actos de la narración (presentación, nudo y desenlace) se estiran y estiran, se difuminan y no parecen llegar nunca. Demasiado tiempo reincidiendo en que Jordan es un vividor que no piensa en las consecuencias de sus acciones, demasiado relegando la cacería del agente, demasiadas vueltas para lanzarnos de una vez a su batacazo final. Sí, estoy entretenido en el proceso… pero esos minutos sobrantes suponen la diferencia entre lo correcto y lo extraordinario. Con cuarenta, cincuenta o incluso sesenta minutos menos (seguiríamos teniendo dos largas horas) podría haber sido un filme mucho más directo, intenso, cohesionado, fluido… y por lo tanto más efectivo y memorable. Y además así sería atractiva para verla otra vez, porque hay que tener valor para ponerse de nuevo tres horas de una sucesión de gags de ricos cometiendo excesos sabiendo que en el fondo nos van a contar lo mismo de siempre.

De hecho el final cuando por fin llega no es muy potente. No sorprende la forma en que Jordan cae, ni cómo será el intento de redención. No conmueve como debería, no deja un personaje para el recuerdo ni una odisea que citar como inolvidable. Así pues, no veo en El lobo de Wall Street material para hablar de una gran película, esa que muchos han visto hasta encumbrarla como una de las diez mejores del año y una de las grandes del realizador. Es entretenimiento en estado puro que derrocha profesionalidad por los cuatro costados, pero no aporta nada con sustancia y originalidad suficiente como para dejar huella.