El Criticón

Opinión de cine y música

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Rey Arturo: La leyenda de Excálibur


King Arthur: Legend of the Sword, 2017, EE.UU.
Género: Acción, fantasía.
Duración: 126 min.
Dirección: Guy Ritchie.
Guion: Guy Ritchie, Lionel Wigram, Joby Harold, David Dobkin.
Actores: Charlie Hunnam, Astrid Bergès-Frisbey, Jude Law, Djimon Hounsoy, Aidan Gillen, Freddie Fox, Neil Maskell, Annabelle Wallis, Kingsley Ben-Adir, Craig McGinlay, Eric Bana.
Música: Daniel Pemberton.

Valoración:
Lo mejor: El dinero luce: vestuario, decorados y escenarios digitales impresionantes.
Lo peor: El guion es un torpe recopilatorio de los clichés del género. El director imprime mucho frenesí pero poca coherencia.
Mejores momentos: El intento de asesinato y la posterior persecución.

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Si las leyendas sobre el Rey Arturo no estaban lo suficientemente vistas, no digamos lo predecible y aburrida que puede resultar si volvemos a llea pero dejándola sólo en el armazón, una historia fundacional de la fantasía que ha sido exprimida durante años y años. El príncipe perdido pero con un destino que lo traerá de vuelta a la acción, el villano malvado porque sí y sus secuaces oscuros, el grupo de amigotes supuestamente simpáticos, el viaje, los objetos mágicos, la aceptación del destino, la guarida del enemigo, la lucha final. Desde el año 2000, con la explosión de las nuevas tecnologías, el género fantástico ha proliferado como setas, sobre todo tras los éxitos de El Señor de los Anillos y Harry Potter. Obras rescatables más bien pocas: La Comunidad del Anillo, pues en adelante esa saga patinó a lo grande, y quizá un par de capítulos del niño mago (tercero y cuarto: El prisionero de Azkaban y El cáliz de fuego). En la línea mediocre de este nuevo Rey Arturo, un montón, las más recientes y parecidas, La leyenda del samurái: 47 Ronin, John Carter y Warcraft, aunque podría citar también El destino de Júpiter, que lleva el escenario al espacio pero cumple con todos los estereotipos.

El Guy Ritchie tan original y virtuoso de Lock & Stock, Snatch: Cerdos y diamantes y RocknRolla parece estar diluyéndose en la deriva comercial de su carrera iniciada con Sherlock Holmes. Ese episodio inicial de otra historia muy reutilizada se sostenía aceptablemente bien por su enérgico aspecto visual, pero en el segundo el desgaste ya era bien patente. En Operación U.N.C.L.E. su vitalidad realzaba aceptablemente bien un guion también muy pobre y trillado, pero se seguía notando una deriva, menos pasión y recursos que antes. En Rey Arturo entramos ya en una triste debacle de la que espero que se recupere.

Da la sensación de que Ritchie sabía que el libreto que tenía entre manos no valía un pimiento, así que no se corta a la hora de intentar darle un giro con su narrativa de estilo diferente, atrevido. Pero sin la mágica conexión entre la puesta en escena excéntrica y el desarrollo de la trama y los personajes que mostraba en sus primeros trabajos, un guion de escasa calidad y calado puesto en imágenes en plan loco tiene todas las de resultar un desastre. No logra una cohesión y personalidad suficientes para conseguir una película sólida y vistosa, de hecho ocurre lo contrario, salvo unos pocos enredos aceptables lo que queda es un experimento hiperactivo, descentrado, incapaz de disimular las carencias de base y que añade más problemas.

El caos se apropia de un relato en principio simple pero que termina siendo incluso confuso. Esas explicaciones que reserva para exponer en algún flashback supuestamente molón, como por qué acaba la espada en la piedra, lastran capítulos que requerían ese conocimiento para resultar inteligibles, para no desconcertar arrastrando preguntas. Los recursos modernos quedan anacrónicos en la mayor parte de las situaciones, alguno incluso resulta delirante, como esos planos de los edificios que parecen dibujados por un arquitecto técnico, y sobre los que no hay forma de creerse que los protagonistas, todos del pueblo llano, pudieran entenderlos. Y para rematar, preparan las distintas fases del plan hablando de minutos. Que usen pólvora como si fuera habitual en esos tiempos, tengan unas armaduras alucinantes y muchos vistan como moteros (cuero negro, botas de impresión) se puede justificar con que es fantasía, pero los más puristas se quejarán con razón de que podían haber representado mejor la época. Se macera todo con música percusiva machacona, con ritmos rock pero sin ser rock: por suerte al menos no se han atrevido a meter guitarras metaleras en primer plano, un riesgo que tiene todas las de salir mal.

Hasta los recursos que funcionan aceptablemente bien son cuestionables. El resumen de la juventud de Arturo parece de primeras que ahorra muchos minutos… pero una vez pensado en frío resulta muy obvio: no hacía falta tanto enredo para decir que ha crecido aprendiendo a sobrevivir en las calles, bastaba con demostrarlo con su comportamiento, con las relaciones con sus amigos y enemigos y con sus recursos. Lo mismo le ocurre al viaje por el otro mundo para mostrar su valía: incluso resumido en plan veloz resulta poco emocionante y muy trillado.

Cuando mejor resulta la cinta es precisamente cuando Ritchie se contiene un poco y piensa mejor en qué recursos son necesarios. La larga persecución posterior al intento de asesinato es la mejor parte de acción: grandes panorámicas y carreras por las calles exprimen el presupuesto a lo grande, y el realizador imprime ritmo y energía sin pasarse de rosca con los enredos visuales. Pero sólo este acto central funciona. El inicial es demasiado previsible, no engancha con fuerza. Y conforme nos lanzamos al desenlace vuelve ese tono predecible sobrecargado de excesos, la fantasía explota en un videojuego vergonzoso. Arturo matando gente a toda velocidad con la espada, en plan “le he dado al botón de hacer magia”, y el enfrentamiento final tan artificial pero inerte, con Vortigern transformándose en el monstruo de final de fase, carecen de la más mínima emoción y en lo visual resultan esperpénticos.

La falta de carisma de Arturo es otro gran lastre. El intento de mostrar sus penurias y que se ha hecho fuerte a base de los palos que da la vida no llega a funcionar, a eliminar la sensación de que es el mismo personaje de siempre, sobre todo porque una vez el destino lo alcanza todos los clichés explotan en fila sin trabajar lo más mínimo su psique. Estamos ante otro personaje que dice que no reiteradamente pero al final se apunta a todo. No quiere saber nada de la rebelión, no le importa el mundo más allá de su supervivencia, pero termina aceptando porque tiene pesadillas, y en cuanto dice que sí, de repente le importa todo eso y se hace amigo instantáneamente de los que lo han secuestrado. Y cómo no, de ahí en adelante todo le cae encima sin que se plantee mucho las cosas, y todo se resuelve con magia. Finalmente, me temo que mi apreciado Charlie Hunnam, al que sigo desde que lo conocí en su gran papel en Hijos de la anarquía, es parte del problema, aunque Ritchie tendrá también bastante culpa al no dirigirlo bien: no parece poner esfuerzo en la composición del personaje, se limita a repetir el papel del motero criminal, un chulo pasota con gestos de matón de barrio; sólo le ha faltado la cadena colgando del pantalón. Los secundarios están en manos de buenos actores ingleses la mayoría, pero los personajes no tienen valor alguno, cada uno cumple el estereotipo de rigor: en el grupo de amigos tenemos al tipo ingenioso, al duro, al simpático… ni falta el de las artes marciales metido con calzador; en los villanos encontramos los típicos generales sin alma y un líder que es malo porque sí; este último lo interpreta Jude Law con cierto esfuerzo por poner caras de demente, pero no hay donde rascar y termina resultando caricaturesco.

En cierta manera es una cinta entretenida, pero sólo si te ríes por sus clichés tan tontos y su estilo sin mesura. Entiendo que quienes fueron esperando una película seria (porque fantasía no tiene por qué significar gilipollez infantil) salieran defraudados. Lo peor es lo decepcionante que resulta que para una vez que intentan darle una vuelta de tuerca a la misma historia de siempre no lo hagan nada bien y el resultado sea el mismo: Rey Arturo: La leyenda de Excálibur es otra más de acción y fantasía del montón. Con los pésimos resultados de crítica y taquilla (dejará bastante pérdidas) con toda seguridad nos hemos librado de tener otra serie mediocre copando las carteleras.

La invención de Hugo


Hugo, 2011, EE.UU.
Género: Acción, aventura, drama.
Duración: 126 min.
Dirección: Martin Scorsese.
Guion: John Logan, Brian Selznick (novela).
Actores: Asa Butterfield, Chleë Grace Moretz, Ben Kingsley, Sacha Baron Cohen, Ray Winstone, Emily Mortimer, Christopher Lee, Jude Law.
Música: Howard Shore.

Valoración:
Lo mejor: La exquisita puesta en escena, que ofrece un aspecto visual deslumbrante. La fuerza de muchas secuencias.
Lo peor: Al guion le faltan unas puntadas para ser perfecto, y la propia dirección no atina a rematar algunas partes: el ritmo es irregular, hay pasajes algo fallidos.
La pregunta: ¿Por qué no se considera un fracaso comercial? 170 millones de presupuesto, 180 millones recaudados en la taquilla mundial… Teniendo en cuenta un puñado más de millones en publicidad y que no todo lo recaudado va para la productora, me sorprende que no se considere un fiasco.

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La invención de Hugo resulta un giro sorprendente en la carrera de Martin Scorsese, pues se ha decantado por una cinta de carácter familiar (una aventura para todos los públicos) en plan superproducción de apariencia comercial. Como hiciera en su momento el aquí homenajeado George Méliès, Scorsese exprime toda su técnica, experiencia e imaginería a la hora de dar vida a su creación. La mezcla de su pericia tras las cámaras (qué buen partido saca de la estupenda fotografía, menudos trávelings de esos suyos tan míticos se marca), lo bien que aprovecha el enorme presupuesto disponible (vestuario y decorados magníficos) y la habilidad con que maneja las nuevas tecnologías (el 3D dicen que es el mejor desde Avatar, de hecho el propio James Cameron lo aplaudió, y la recreación digital de París y la estación es impecable) proporcionan al filme un acabado fastuoso y de gran belleza. El único punto negativo sería que se excede en el uso de la música, pues aunque la composición de Howard Shore es de gran calidad y sensibilidad, es evidente que Scorsese busca conseguir intensidad y formar un aura de magia mediante ella, pero su uso constante acaba notándose más de lo debido y termina sobrecargando algunas escenas. Para redondear la producción el reparto consigue grandes interpretaciones: los dos chavales protagonistas están fantásticos (Chloë Moretz tiene un buen currículo y experiencia que demuestra aquí sobradamente, pero Asa Butterfield era más desconocido y ha resultado un gran hallazgo) y el veterano Ben Kingsley se marca un papelón que quita la respiración (cuánta melancolía y tristeza transmite).

Los personajes son encantadores y sus aventuras resultan apasionantes además de estar envueltas en un halo cuasi mágico precioso (no hay fantasía, pero resulta casi un cuento). El chico sin padre que pone en hora los relojes de la estación, su encuentro con la chica empollona y solitaria que sueña con vivir las aventuras que lee, el misterioso y afligido padre de ella y luego mentor de él, los problemas de supervivencia, el giro que imprime a sus vidas el secreto que desvela el autómata… La trama transmite emoción y vitalidad, los protagonistas son identificables y adorables, y encontramos no pocos instantes trepidantes cuando no impresionantes (persecuciones por las entrañas de la estación rodadas con una pericia sólo al alcance de Scorsese) y otros tantos arrebatadores cuando no bellísimos (prácticamente todo lo relativo a los hallazgos sobre Méliès).

Pero tengo la impresión de que, y esto es algo que también sucede en otros filmes recientes de este autor (Gangs of New York, El aviador), se pasa de largo en grandilocuencia y longitud y quizá por ello no es capaz de rematar la película, quedándose a las puertas de obtener una obra memorable. Me explico: este intento de conseguir una gran película que abarque muchas ideas e historias resiente la naturalidad del relato, porque no consigue centrarse del todo en narrar una aventura concreta de forma fluida. Le sobran subtramas, como el ligoteo del encargado de seguridad o el del gordo con la señora del perro, fallidos intentos de otorgar aún más magia a la estación y a la vez homenajear a las clásicas comedias de tortazos del cine mudo. También me pareció que la vida del chaval se estira más de lo debido, perdiéndose en aventurillas no del todo conectadas con el hilo central (qué aporta la presencia de Christopher Lee, por ejemplo, aparte de ser en sí mismo otro homenaje al cine, claro). De hecho diría que en la sala de montaje han metido buenos recortes, porque hay instantes en que parece haberse eliminado alguna secuencia entera, dejando un par de transiciones raras donde se salta de una parte a otra de forma extraña. Y por el lado contrario, también tuve la sensación de que a prácticamente todas las escenas le sobran treinta segundos o un minuto, como si Scorsese o el encargado del montaje no supieran cogerle del todo el pulso al tempo narrativo, y eso a la larga resiente el ritmo y estropea algunos momentos: hay secuencias de acción que se alargan demasiado, perdiendo intensidad, y otras quedan muy raras o forzadas, como el sueño que acaba en accidente de tren.

Añadiendo imperfecciones al asunto, cabe pensar que el autómata tiene más protagonismo del que finalmente posee. Se debe tanto a unos cuantos momentos confusos (algunos instantes donde parece que va a pasar algo o incluso que va a cobrar vida) como a la campaña publicitaria no del todo clara (viendo los avances no se sabe muy bien a qué público va dirigido el filme ni de qué va). El segundo punto es claramente fallo de la distribuidora, pero el primero es resultado de que, aunque se basa en una novela de Brian Selznick que se centra en el crío y los autómatas que coleccionaba Méliès, Scorsese, el guion de John Logan se inclina más hacia la historia del nacimiento del cine, y a veces la conexión entre la historia de Hugo con el autómata y su acercamiento al anciano y por extensión hacia el descubrimiento de la obra de Méliès no conecta con la fluidez necesaria. Y también está el título: ¿qué se supone que inventa Hugo? Lo más cercano es reparar el autómata.

Por todo ello, aunque La invención de Hugo visualmente cautiva y la aventura por tramos es un torbellino de emociones, magia y belleza, hay veces en que el ritmo decae demasiado, y el conjunto en general anda un poco desequilibrado en ideas, intenciones y resultados. Pero aun con sus imperfecciones resulta una película notable, y sobre todo se nota la huella de un genio apasionado del cine. De hecho, como homenaje al cine resulta maravillosa. La cantidad de escenas realizadas expresamente para referenciar o recordar alguna secuencia, película o hecho relacionado con este arte es abrumadora. Algunas son descaradas (el niño colgando del reloj como en la famosa escena de Harold Lloyd en El hombre mosca), otras están más en segundo plano (El maquinista de la general, Tiempos modernos) y habrá otras tantas que son fugaces o de cintas menos conocidas y que no he sabido ver. Y el tramo final, cuando se centra en Méliès, es precioso.