El Criticón

Opinión de cine y música

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Langosta


The Lobster, 2015, Grecia, Irlanda, Países Bajos, Reino Unido, Francia.
Género: Comedia, drama.
Duración: 119 min.
Dirección: Yorgos Lanthimos.
Guion: Yorgos Lanthimos, Efthymis Filippou.
Actores: Colin Farrell, Rachel Weisz, Jessica Barden, Olivia Colman, Ashley Jensen, Ariane Labed, Angeliki Papoulia, John C. Reilly, Léa Seydoux, Michael Smiley, Ben Whishaw, Roger Ashton-Griffiths.

Valoración:
Lo mejor: Original, reflexiva, divertida. Los personajes llegan hondo.
Lo peor: Le falta ritmo y gracia. A veces puede resultar un poco rebuscada.

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En plan distopía a medio camino entre el surrealismo y la sátira, Langosta hace una deconstrucción de las bases de las relaciones humanas, en especial la amistad y el amor. Diversas convenciones sociales, limitaciones personales y otros clichés son desmenuzados y caricaturizados, supongo que con la esperanza de que reflexionemos sobre vicios, errores y costumbres muy generalizados que obstruyen vínculos que deberían fluir de forma más natural, sensata y honesta.

El tono es irónico rayano la humillación, porque como te sientas identificado con alguno de sus ejemplos te hará trizas. Me gustó mucho lo descarado que es con las falsas amistades y los intentos de afianzar las parejas con gustos (¡y dolencias!) fingidos, pero este ensayo tiene numerosos escenarios y situaciones que oscilan entre lo simpático, lo descabellado y lo inquietante. En el hotel destacan los primeros pasos para formar lazos, llenos de inseguridades y mentirijillas, la dinámica con la chica que sangra por la nariz y los altibajos entre los amigos que hace el protagonista. En la ciudad entramos en la parte más oscura: la visita a los padres de otra protagonista, en plan pareja simulada, llega a resultar un tanto incómoda. En cambio el otro escenario esencial no me convence del todo: esa obsesión con aislarse en el bosque no he pillado a qué podría apuntar (si es que había alguna intención oculta), y el viaje de los personajes se estanca un tanto, así que ese tramo se me hizo un poco pesado.

El estilo de cine experimental, con un toque absurdo demencial, se le atragantará a muchos, pero es que no es una cinta para el gran público, sino para quien busque algo distinto y que haga pensar. Me recordó, por la idea de usar referencias poéticas e imaginativas para referirse a distintos sentimientos humanos, a Perfect Sense, aunque por lo demás no se parecen en nada, empezando porque la presente apuesta por la comedia. Eso sí, ahí se queda un poco corta. Es divertida, pero no de las de reírse a carcajada limpia. Si funciona es por su originalidad, que te mantiene siempre en alerta por la nueva ocurrencia que pueda llegar, por su mensaje tratado con un estilo único que te conmueve e irrita por igual, y en especial gracias a sus encantadores personajes, que enganchan rápido y ayudan a que incluso en los momentos más rebuscados tengas una conexión férrea con sus vivencias y las extrañas ideas del griego Yorgos Lanthimos no se te atraganten.

El reparto está repleto de actores de primera, aunque la mayoría sin el reconocimiento merecido. Destaca Colin Farrell como el protagonista afligido y empanado que desespera porque está a punto de convertirse en un paria (o sea, no tener pareja), pero John C. Reilly, Ben Whishaw y Rachel Weisz también captan muy bien el tono: a la vez tienen que hacer reír, dar pena y resultar extravagantes pero sin caer en lo estúpido.

Spectre


Spectre, 2015, EE.UU.
Género: Acción, suspense.
Duración: 148 min.
Dirección: Sam Mendes.
Guion: John Logan, Neal Purvis, Robert Wade, Jez Butterworth.
Actores: Daniel Craig, Léa Seydoux, Christoph Waltz, Ralph Fiennes, Monica Bellucci, Ben Whishaw, Naomie Harris, Dave Bautista, Rory Kinnear.
Música: Thomas Newman.

Valoración:
Lo mejor: La fuerza de algunas escenas.
Lo peor: Parece escrita y dirigida con desgana, sobre todo a la hora de editarla: le falta garra, ritmo, y le sobra mucho metraje. Con un nuevo montaje que agilice la narración podría sacarse una película algo superior, y desde luego más entretenida.
Mejores momentos: El plano secuencia inicial. La persecución pausada. La pelea en el tren.
El presupuesto: ¡245 millones de dólares!

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Las expectativas ante la llegada de Spectre estaban por las nubes. Tras el fiasco de Quantum of Solace, Skyfall recuperó el camino al que apuntaba Casino Royale, hacia una saga más seria y compleja y menos enquistada en clichés repetidos en todos los capítulos, y además lo hizo con una puesta en escena muy personal de Sam Mendes que resultó fascinante. Las buenas críticas de esos dos notables episodios y su gran taquilla (sobre todo la de Skyfall: ¡mil cien millones de dólares!) evidenciaban que el público quería más entregas de ese nivel, y cuando Mendes tomó las riendas del proyecto después de muchas negociaciones y opciones descartadas (algunas que daban miedo, como el insulso David Yates) se renovaron las esperanzas y ansias, que además desbordaron cuando se anunció como el capítulo final de la trama seriada que estaban montando. Pero la llegada de Spectre ha decepcionado tanto o casi tanto como Quantum of Solace

Al contrario que en la segunda parte protagonizada por Daniel Craig, que suponía un paso atrás mediante una simplificación excesiva del esquema clásico, aquí sí se ve algo más de ambición… pero me temo que está muy mal encauzada, de forma que los errores consumen la cinta y la alejan de la acción trepidante para llevarla hacia el tedio, mientras que Quantum of Solace pecaría de simplona, pero al menos era más entretenida. El problema es que sus autores quieren abarcarlo todo pero nada lo cogen con determinación y lo dirigen hacia algo concreto y atractivo. Intenta ser compleja y trascendente y abarcar distintos estilos como las dos entregas más aclamadas, y a la vez busca la épica intensa y melancólica propia de un episodio final. Pero también trata de mirar al pasado, recuperando la mítica Spectre y el misterioso Blofeld y su gato, para lo que tira de lugares comunes y homenajes en cantidad. El resultado es una película muy larga y con aparentemente mucho material, pero que carece de ritmo en su narración y de cohesión global. Es decir, lo de capítulo final a lo grande se queda en humo, como episodio en sí carece de garra y personalidad, y los homenajes a la serie superan a las ideas originales.

Después de tanto esperar a Spectre resulta que este grupo archienemigo no es para tanto. El malo grandote (Dave Bautista) es un cero en carisma y su presentación es demasiado rebuscada, y el gran villano no tiene pegada alguna, de forma que ni un buen actor como es Christoph Waltz logra sacarle algo de jugo. Un loco más que quiere dominar el mundo, otra batallita en su aislada base y una explosión salida de la nada que acaba con todo. No hay más, no tenemos un enfrentamiento glorioso y trágico que transmita fuertes emociones, no se construye un personaje que cause temor y sea capaz de asombrar por sus habilidades y planes, algo que sí conseguían con Silva en Skyfall. Y teniendo en cuenta la importancia que le dan, tanto por su relación con James Bond como por los momentos impostados (la presentación a contraluz, la fallida escena de tortura…) que intentan sin éxito darle un aura de magnificencia y misterio que el guion no es capaz, pues resulta una decepción bastante grande.

Y para llegar a esta nada lustrosa cumbre hemos dado mil vueltas, la mayoría intrascendentes o desaprovechadas, algunas innecesarias, y pocas sustanciosas e impactantes.

Los saltos entre escenarios y las pesquisas de Bond van a trompicones y con lentitud a pesar de no ser nada complejas. Hay escenas de todo tipo y casi ninguna termina de funcionar. Hay partes simples que se eternizan, como la estancia en el hotel donde buscan pistas. Por el lado contrario encontramos la acción delirante de lo peor de la etapa Brosnan: la persecución en avioneta es tan salida de madre que casi acaba resultando una comedia de acción cutre, y la pelea inicial en el helicóptero me resulta demasiado repetitiva y larga. Vuelve la cienci-magia: ¿pero qué es lo que hace Q con el anillo, saca huellas, rastros de adn o qué?; y telita la casualidad de que haya pasado por todos los malos conocidos. Hay mil referencias y homenajes que no aportan casi nada, y también se empeñan en recordar los enemigos y amigos de la etapa actual con una insistencia cargante, contribuyendo a la sensación de película atascada en un bucle. Mantienen la idea de aumentar la presencia de M y otros secundarios (Monypeny, Q, Tanner), pero al contrario que en Skyfall aquí no funcionan del todo, porque ocupan mucho tiempo para lo poco que se saca de ellos: en vez de complementar a Bond lo eclipsan.

De la acción sólo destaco la pelea en el tren (muy efectiva en su rudeza), y la persecución que juega más con la intriga que con la velocidad y los golpes: no es del agrado de todos pero a mí me pareció original, con estilo y también tensa sin artificios innecesarios. La fémina de turno es lo que mejor funciona, y eso que también sabe a repetición de la jugada, pues es una suerte de Vesper. Pero sí, la actriz Léa Seydoux es bella y competente, el personaje tiene su encanto y la relación evoluciona francamente bien. Además el final se aleja un poco de lo visto, en un intento de hacer madurar por fin a Bond después de tres películas incidiendo en ello pero sin llegar a ninguna parte.

Lo sorprendente es que los guionistas son los mismos en toda esa etapa. Cómo se puede estar tan acertado en un capítulo y tan cerca del suspenso en otro. El guion parece hecho a trozos y sin esfuerzo por unirlo todo. En cuanto a la puesta en escena, no alcanza al nivel de Casino Royale (sólida y contundente) y Skyfall (elegante y sugerente), pero al menos sí mantiene las formas aceptablemente, y es a mi parecer en lo único que supera a Quantum of Solace. Pero de aceptable a notable hay un salto importante. Mendes mantiene un tono visual correcto y se marca algunas escenas bastante eficaces, como el plano secuencia inicial y la persecución pausada, pero en líneas generales parece haber puesto el esfuerzo en esos momentos puntuales y rodado el resto con el piloto automático. La narración fluye adormilada, sin sacar la energía esperable del resto de escenas de acción ni encontrar el tono de glamour deslumbrante habitual. Una cinta que cambia tanto de escenario, por la que pasan tantos personajes secundarios y que incluye partes intensas cada poco tiempo, no puede tener un ritmo tan manso, aletargado. Pide a gritos un montaje más ágil, que dé ritmo y recorte los segundos innecesarios que parecen tener casi todas las secuencias, y que fulmine algunas enteras que no aportan nada (esa absurda visita al meteorito, por ejemplo).

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Serie James Bond:
Casino Royale (2006)
Quantum of Solace (2008)
Skyfall (20012)
-> Spectre (2015)

Misión imposible: Protocolo fantasma


Mission: Impossible – Ghost Protocol, 2011, EE.UU.
Género: Acción.
Duración: 133 min.
Dirección: Brad Bird.
Guion: Josh Appelbaum, André Nemec.
Actores: Tom Cruise, Jeremy Renner, Simon Pegg, Paula Patton, Léa Seydoux, Michael Nyqvist.
Música: Michael Giacchino.

Valoración:
Lo mejor: Entretiene bastante.
Lo peor: Le falta coherencia, las cosas ocurren porque sí. El grupo protagonista es menos interesante que el anterior. El thriller se trabaja también menos.
Mejores momentos: La persecución en la tormenta de arena, el clímax en el aparcamiento automatizado.

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Para pasar el rato es una película que cumple de sobras. Es vistosa, posee buen ritmo, y los personajes tienen cierto carisma. No deslumbra en originalidad, de hecho es bastante predecible, pero está lejos de ser cargante. Conoce sus bazas y limitaciones y las exprime bastante bien: el guion va al grano, la dirección es de buen nivel. Pero también se puede criticar su simpleza, y lanzar la eterna pregunta de por qué se asume que el cine de acción ha de ser tontorrón y directo, y más en una saga que nació siendo densa de narices y con las escenas de acción limitadas a un par de pasajes bien aprovechados, y demostró que esa fórmula podía llegar muy bien al público. En la tercera (la segunda no existe) la premisa era más básica y comercial que en sus inicios, pero al menos el desarrollo de la trama estaba bien trabajado, no se olvidaban de que era un thriller, y el grupo de protagonistas tenía bastante calidad. Pero en este nuevo capítulo se va disipando la fórmula y notan muchos agujeros.

La aventura avanza a trompicones sin un argumento tangible, el tono de suspense y espionaje clásico está casi desaparecido, todo se resuelve con cienci-magia (cada vez exageran más los cachivaches) y deducciones muy cogidas por los pelos, y la mayor parte de las escenas de acción parecen metidas a la fuerza. Con este estilo narrativo elegido saltamos de un escenario a otro sin que quede realmente claro por qué, sin que haya una lógica consistente detrás. Sinceramente, no tiene más chicha que un capítulo cualquiera de Alias (J. J. Abrams, 2001), y sí muchas escenas usadas en esa serie y en el cine de espías en general. Colarse en las fiestas de rigor y robar algo está muy visto, por ejemplo, y no logran ni la mitad de intriga y tensión que en la secuencia equivalente de la tercera entrega, cuando van a por Davian al Vaticano.

Lo peor es la sensación de que intentan arreglar la simplificación con apaños en vez de reescribir la escena con algo más de calidad, más contenido y esfuerzo por trabajar el suspense. Por ejemplo, llegan a un vagón de tren mágico donde tienen todo lo que pueden necesitar y la tecnología más flipante que les resuelve la situación sin que tengan que esforzarse mucho. Lo único difícil es acceder al vagón, que, oh, se mueve. Es decir, en vez de elaborar una buena trama montan una escena de tensión y acción cutre y luego avanzan en la historia tirándoles las soluciones encima a los personaje. El asalto al Kremlin sigue bastante misma dinámica: es una situación metida con calzador, se basa en cacharritos imposibles (esa absurda mampara) y explosiones para narrar en vez de trabajarse una buena escena de intriga. Esta parte se puede comparar con la entrada al Vaticano, minuciosamente desarrollada, mostrando el trabajo, los problemas, las soluciones improvisadas… y todo con un buen manejo de la intriga. Tampoco me convence la escalada al edificio, que busca descaradamente el espectáculo sin excusas dignas.

Los personajes también han perdido bastante entidad. La dinámica entre ellos no es tan llamativa (compleja, emotiva) como el anterior capítulo y hay momentos en que abusan de los clichés y de un sentido del humor no está a la altura: no se sabe a qué juegan con Benji, quieren ponerlo de secundario tonto pero sin pasarse, y queda muy irregular. Por no decir que es absurdo cambiar a casi todo el grupo, pero claro, los productores sólo se esfuerzan por conseguir la participación de Tom Cruise. Ethan sigue siendo un personaje central con carácter, pero como se pudo ver en la cinta de J. J. Abrams, con apoyo de mejores secundarios la película gana enteros. Además, hacen algo raro con él: parece que tratan de buscarle algo de trasfondo con ese misterio que arrastra el nuevo (Jeremy Renner), pero queda un poco de pegote, porque no llega a tener relación con los hechos que nos narran.

Pero aun con sus achaques cumple de sobras como entretenimiento. El ritmo es bueno porque saltando rápidamente entre situaciones y escenarios consiguen que no dé tiempo a que aparezca la sensación de “esto lo he visto mil veces”, y algunas piezas de acción son bastante espectaculares: la tormenta de arena es clásica pero Brad Bird (Los Increíbles -2004-, Ratatouille, -2007-) le saca gran partido, y la pelea final en el aparcamiento automatizado es de infarto. Pero en cambio, con esta fórmula no logran que nada cale: ¿te acuerdas de quién era el villano y qué planes ejecutan los buenos?, ¿te interesa el destino de los pocos secundarios, sufres con ellos? Es decir, se ve y se olvida, y no aguanta muy bien los revisionados. Pero ha sido la más exitosa (¡700 millones de dólares!) y mejor valorada por el público, así que ha garantizado más secuelas que probablemente seguirán simplificando la serie…

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Serie Misión Imposible:
Misión imposible (1996)
Misión imposible 2 (2000)
Misión imposible 3 (2006)
-> Misión imposible: Protocolo fantasma (2011)
Misión imposible: Nación secreta (2015)
Misión imposible: Fallout (2018)

La vida de Adèle


La vie d’Adèle, 2013, Francia.
Género: Drama, romance.
Duración: 179 min.
Dirección: Abdellatif Kechiche.
Guion: Abdellatif Kechiche, Ghalia Lacroix, Julie Maroh (cómic).
Actores: Léa Seydoux, Adèle Exarchopoulos, Salim Kechiouche, Aurélien Recoing, Catherine Salée, Benjamin Siksou, Mona Walravens.

Valoración:
Lo mejor: La naturalidad y cercanía que transmiten las vidas de las dos protagonistas. El papelón de ambas actrices.
Lo peor: ¡Tres horas! Le sobra metraje en todas sus escenas, y muchas al completo no aportan nada.
Mejores momentos: El contraste entre las cenas con los padres de cada una. La despedida en una cafetería.

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La vida de Adèle es eso mismo, la vida de una chica desde la adolescencia hasta que ya se puede considerar una mujer adulta (termina antes de los treinta, así a ojo). El relato se centra en el aspecto sexual y amoroso, iniciándose con ella comenzando a sospechar que es lesbiana y por extensión chocando con una sociedad que todavía no respeta plenamente las diferencias con lo establecido como normal. La odisea de Adèle ejemplifica una vida bastante común, extrapolable incluso a cualquier heterosexual, porque al fin y al cabo todos pasamos por las mismas fases en el despertar sexual; sólo algunos condicionantes sociales cambian, y en estos también apuestan por lo más generalizado: el rechazo de sus compañeros, el conflicto con unos padres estrechos de miras, etc. En estas condiciones el relato no puede sorprender, y está claro que no lo pretende. Su intención es ahondar en la psique humana, ser realista, cercano, emotivo y con todo ello combinado intentar resultar trascendente, llegarte hondo. Y lo logra bastante bien. Los altibajos en el viaje de Adèle y Emma conmueven, empujan a reflexionar sobre aspectos oscuros de la sociedad y de nosotros mismos, y en muchas ocasiones incluso funcionan como espejo: habrá partes de sus vidas en las que te veas reflejado, seas hombre o mujer y tengas las preferencias que tengas.

El realizador Abdellatif Kechichese fue muy hábil e inteligente a la hora de buscar ese tono realista. Según han comentado en las entrevistas de promoción, el guion fue solo un punto de partida: dejó a las actrices que lo leyeran una sola vez para que se hicieran una idea de por dónde iba la historia, y a partir de ahí permitió que improvisaran, que canalizaran a los personajes a través de ellas mismas. Léa Seydoux (Emma) y Adèle Exarchopoulos (Adèle) están más que fantásticas soberbias, en especial la segunda, que logra un personaje tan humano que podría pasar por una conocida tuya. Su naturalidad, la facilidad para mostrar emociones y lo bien que capta la evolución de su personalidad son parte de un recital interpretativo que quita la respiración; y en esto último su belleza también tiene algo que aportar, claro.

La puesta en escena es crucial y está a la altura, pues Kechiche sabe ensalzar los distintos estados anímicos de las protagonistas alternando el tono de la fotografía y el montaje, donde destaca la belleza de los momentos idílicos (el banco al lado del árbol) y la crudeza de las escenas de sexo, donde no se corta un pelo en mostrarlo todo. Como la mayor parte de situaciones deben reflejar intimidad o lo que ve y siente la protagonista, hay muchos planos cerrados sobre los rostros, pero lejos de limitar el potencial visual o enclaustrar el ritmo el director lo controla muy bien sacando gran partido de la excelente labor de edición y el gran esfuerzo de las actrices.

Volviendo al sexo, está claro que Kechiche se sirvió de la polémica para promocionar la película, potenciando la carga erótica de la misma y provocando con ella a los medios. Y es una jugada inteligente, pues de otra forma es raro que cintas europeas traspasen fronteras con tanto tirón. Pero también es cierto que usa sabiamente las escenas para mostrar la evolución de la vida de las protagonistas: la primera relación con el chico es fría y torpe, pero luego llega la pasión desenfrenada con Emma, seguida de la rutina y otras fases.

El relato tiene tramos magníficos donde se muestran asuntos cotidianos con un estilo que le da más fuerza e interés. Por ejemplo, el director sabe que no va a sorprender contando que hay padres conservadores e intransigentes y padres modernos y abiertos, pero ensalza el mensaje jugando con el contraste entre ambos, sin perder la sinceridad y cercanía por el camino: algo tan cotidiano como es la comida y hablar del trabajo, de las esperanzas y las parejas, expone muy bien el choque entre formas de entender la vida. Y lo mejor es que no trata de aleccionar poniendo a las gentes cultas por encima de las conservadoras, sino que muestra lo que hay y punto. El mejor ejemplo de esto es ver como la propia Adèle choca con la pandilla de Emma, muy culta en temas muy concretos (pintura) que ni conoce ni le interesan. Siguiendo con el realismo y las zonas grises, los baches en la relación no se suavizan achacándolos a factores ajenos para ensalzar la virtud de las protagonistas, sino que llegan de limitaciones y fallos propios. Y en esta onda también es capaz de lograr un final agridulce muy eficaz: la vida sigue, de todo bache se aprende.

Pero Kechiche no está acertado en todo, pues arrastra un problema bastante importante que limita enormemente la gran calidad que podría haber alcanzado la película. No es capaz de ir al grano, de recortar lo intrascendente, y el metraje se va inflando hasta llegar a tres injustificables horas. Ni tomándola como miniserie resulta aceptable, porque hay paja en cantidad. No sabe frenar escenas que ya han dicho lo que tenían que decir, o se pierde en detalles triviales. Y muchas secuencias enteras son intrascendentes, innecesarias para el desarrollo general de la historia. Con dos horas (o menos) el ritmo habría sido más fluido y la narración mucho más intensa y certera. Como está tiene su valor, pero diluye demasiado su potencial y desde luego dificulta mucho su visionado, pues el aburrimiento hace mella en varios tramos. Para una vez que los productores deberían haber sacado al director de sus errores y terminado de perfilar una obra que podría haber sido magnífica…