El Criticón

Opinión de cine y música

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Lady Bird


Lady Bird, 2017, EE.UU.
Género: Drama.
Duración: 104 min.
Dirección: Greta Gerwig.
Guion: Greta Gerwig.
Actores: Saoirse Ronan, Laurie Metcalf, Tracy Letts, Lucas Hedges, Timothée Chalament, Beanie Feldstein, Lois Smith, Stephen McKilney Henderson, Odeya Rush.
Música: Jon Brion.

Valoración:
Lo mejor: Historia e intepretaciones muy naturales, sin tapujos ni sensacionalismo. Buen reparto.
Lo peor: No consigue librarse de la sensación de ser el mismo relato de siempre.

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Aunque Greta Gerwig ya había escrito y dirigido un largometraje, Noches y fines de semana (2008), este había pasado bastante desapercibido, y aunque ya había actuado ante la cámara en numerosas ocasiones desde su debut en 2006, no fue hasta su colaboración con Noah Baumbach en Frances Ha (2012) cuando le llegó el reconocimiento internacional por su labor como actriz y guionista. Así, había cierta expectación en la carrera de la joven artista indie, sobre todo en el circuito independiente. Su siguiente colaboración con Baumbach, Misstress America (2015), sorprendentemente pasó sin armar mucho revuelo, pero en 2015 se puso de nuevo ante la cámara en Lady Bird y tuvo un éxito enorme. Pero, como suele pasar, da la impresión de que esta cinta acumuló demasiado aplauso y nominación a premios (película, dirección, guion y actrices) que merecía Frances Ha, pero los Oscar y los Globos de Oro son así de lentos en reaccionar.

Lady Bird es otra historia de la entrada en la edad adulta, género predilecto de la realizadora. También tiene presencia Nueva York, aunque sea como objetivo anhelado por la protagonista. Una adolescente vive en la aburrida Sacramento, California, soñando con crecer e irse a alguna buena universidad, si es posible la de Nueva York, y así dejar atrás una familia aburrida y una madre neurótica, un instituto católico, unos amigos que no parecen estar a su altura, y encontrar unas experiencias vitales que ahí no parecen llegar.

Como en el buen cine indie, estamos ante un relato inteligente y verosímil en oposición al conservadurismo y sensacionalismo demasiado estandarizado en el cine comercial. Los problemas en el instituto y las disputas domésticas no se ahogan en tópicos, sino que respiran realidad, y si hay situaciones comunes están tratadas sin rodeos ni sentimentalismo barato. En el sexo se nota más, pues se habla de ello como lo que es, una fase más, no un tabú: los adolescentes se masturban, pierden la virginidad, tiene bajones emocionales esperables al descubrir cosas nuevas que no cumplen sus expectativas… Y en general, ni juzga ni pretende que pienses o te sientas de una manera. Ni la madre es la mala, ni la protagonista es idiota o víctima, ni la tía buena del instituto una creída, ni la gordita una paria graciosa… Se representa la realidad, con todas sus aristas. Sólo en un momento se permite ser crítica en la estancia en el colegio católico: con el lavado de cerebro anti aborto, y tampoco es que trate de dictar sentencia.

Pero hay demasiados lugares comunes, un halo predecible lastra un relato que no termina de encontrar su propio camino. La adolescente quiere romper con lo conocido, buscar su propia y dar forma a su propia personalidad, tiene experiencias nuevas, aprende, y vuelve a encarrilarse habiendo madurado, mejor capacitada para enfrentar el futuro. Ningún giro sorprende, no hay lecturas complejas o inesperadas.

Frances Ha es una historia original y deslumbrante. Lady Bird va a medio gas. Es bonita, pero no hermosa. Es amena y por momentos entrañable, pero no conmovedora. Es inteligente y no toma por tonto al espectador, pero le falta bastante chispa, tanto originalidad como ingenio. Lo mejor es su naturalidad y la falta tapujos, lo bien que se desenvuelve Saoirse Ronan y el correcto repertorio de actores secundarios.

The Zero Theorem


The Zero Theorem, 2013, EE.UU., Francia, Reino Unido.
Género: Drama, ciencia-ficción.
Duración: 107 min.
Dirección: Terry Gilliam.
Guion: Pat Rushin.
Actores: Christoph Waltz, Lucas Hedges, Mélanie Thierr, Matt Damon, Tilda Swinton, David Thewlis.
Música: George Fenton.

Valoración:
Lo mejor: Buen análisis social a través de personajes encantadores. Puesta en escena notable.
Lo peor: A pesar de tanto surrealismo, su temática no sorprende.

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Terry Gilliam nunca ha dejado atrás el cine extraño y surrealista, pero desde Brazil (1985) no se embarcaba en una historia que mirara a un futuro imaginario para analizar nuestro inmediato porvenir, es decir, la fábula distópica. The Zero Theorem nos relata cómo las nuevas tecnologías (informática y telecomunicaciones) absorben nuestras vidas haciéndonos dependientes de ellas, suplantando las relaciones humanas reales, limitando nuestra capacidad para socializar. Apuntala el análisis con la crisis económica y laboral: la competencia por el trabajo es dura, la miseria ahoga el mundo a pesar de la fachada de bienestar y felicidad que genera la tecnología.

Todo esto lo vemos a través de los ojos de un ser antisocial, marginado y con principios de demencia al que seguimos en su odisea por encontrar respuestas a la existencia, por hallar un lugar en el mundo que le devuelva las ganas por vivir. Es un personaje complejo que Christoph Waltz capta a la perfección, sobre todo a la hora de dar pena por su aislamiento y soledad. Conocerá a una chica atractiva y extrovertida, de la que huye porque siente que es demasiado buena para él, o porque le asusta enfrentarse a alguien tan distinto. Pero pronto se verá que ella tiene sus propios problemas emocionales que harán que conecten. Otras relaciones terminan de definir a nuestro protagonista: el jefe de departamento al que no soporta pero que está siempre encima, controlando su tiempo y su vida, y el joven becario que le hará recuperar algunas cosas (placeres sencillos como la comida) que tenía olvidadas.

El estilo de la narración (en lo visual tanto como en el contenido) es histriónico, afilado y excesivo acorde al surrealismo que impregna la obra de Gilliam. Los personajes se llevan al límite, convirtiéndolos en caricaturas a veces funestas, otras lastimeras, pero siempre acertando en la intención de hacernos ver y pensar sobre problemas reales. Dicho de otra forma, el mensaje es claro y no resulta engullido por las partes más abstractas (como el trabajo o el teorema cero).

El exterior es vistoso, rebuscado pero crucial a la hora de describir el entorno, la escena y el personaje. Barroquismo mezclado con cyberpunk, y color y plástico combinados con roca y mugre, exponen muy bien la dualidad del futuro presentado, lo que se refuerza con simbología abierta a teorías (por ejemplo, el ordenador en el altar de la iglesia se puede tomar como símbolo de lo que domina la vida del hombre del futuro). Destaca sobre todo por lo que han logrado con unos escasos ocho o diez millones de dólares: luce como una superproducción. Y todo gana enteros con la hábil mano de Gilliam: los encuadres originales y la cámara inclinada no son caprichosos, sino esenciales en la atmósfera buscada.

Pero hay que decir que a estas alturas este estilo no sorprende, que Gilliam no logra algo tan distintivo o innovador como lo fueron Brazil y Doce monos. La combinación de elementos es sólida y se usa con sabiduría, pero en ningún momento causa gran impresión. Huellas de cualquier título de la ciencia-ficción se pueden ver en todo momento (la ciudad recuerda rápidamente a Blade Runner), pero destaca sobre todo la influencia del surrealismo francés de Jean-Pierre Jeunet. Y en lo argumental tampoco ofrece un análisis realmente novedoso: otros tantos títulos recientes han tratado la misma temática, aunque sea desde otros puntos de vista.

Pero las cosas bien hechas también tienen valor, y más si aportan una perspectiva valiente, inteligente y vistosa. Así, Gilliam no rompe esquemas, pero obtiene una obra rica en lo visual, inteligente en su contenido y con unos personajes que llegan e inspiran. Eso sí, huelga decir que su estilo no es apto para el espectador medio, amigo de la inmediatez, lo conocido y lo expuesto sin segundas lecturas. Solo los que busquen cine arriesgado o de autor podrán disfrutar el visionado.