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El hobbit: La batalla de los cinco ejércitos


The Hobbit: The Battle of the Five Armies, 2014, EE.UU.
Género: Aventuras, fantasía.
Duración: 144 min.
Dirección: Peter Jackson
Guion: Peter Jackson, Fran Walsh, Philippa Boyens, J. R. R. Tolkien (novela).
Actores: Martin Freeman, Ian McKellen, Richard Armitage, Ken Stott, Luke Evans, Evangeline Lilly, Orlando Bloom, Lee Pace, Aidan Turner, Dean O’Gorman, Ryan Gage.
Música: Howard Shore.

Valoración:
Lo mejor: Menos longitud, menos subtramas irrelevantes y acción más centrada equivalen a buen ritmo.
Lo peor: No tiene final. Tienes que comprarte la extendida para verlo, supongo, con lo que hay que considerarla como un timo descarado. Personajes secundarios insoportables: Legolas, Tauriel, Alfrid.
Mejores momentos: Bilbo negociando con Thranduil y Gandalf. El parlamento de Bardo y Thranduil con Thorin.
Peores momentos: Toda aparición de Legolas y Tauriel: el romance cansino, las piruetas de videojuego… Se lleva la palma el momento “anti-gravedad” de Legolas escalando por piedras que caen. Toda aparición de Alfrid, el secundario tonto.
La frase a destacar: ¿Me seguiréis una última vez? –Thorin.
La frase a repudiar:
-Por qué duele tanto.
-Porque era amor verdadero.
–Tauriel y Thranduil.

* * * * * * * * *

La batalla de los cinco ejércitos no va a sorprender. Peter Jackson ya ha demostrado su forma de escribir y rodar, su estilo y tics, sus escasos aciertos y numerosas limitaciones. Pero lo que sí sorprende es que gran parte del público haya tardado tantas películas en darse cuenta. Lo aquí ofrecido no difiere en tono ni en calidad a lo visto ya en Las dos torres y sobre todo El retorno del rey, y seguía por el mismo camino en el inicio de esta trilogía. ¿Por qué ahora de repente la gente critica fallos que antes no criticaba? Lo único que se me ocurre es el efecto saturación: después de tanto ver los mismos vicios y cosas mal hechas parece que por fin van cayendo las vendas de los ojos. Como muchas otras veces, las modas y gustos del público son incomprensibles.

Casi se ven mejoras en el guion y la narrativa respecto a las dos primeras entregas de las aventuras de Bilbo y Thorin, pero me temo que el potencial no llega a despegar como sí hizo en algunas partes de La desolación de Smaug. Se ve algo de argumento. Es sencillo, pero no era necesario más para mover los personajes y la acción. Así, gracias a eso y a su menor duración, resulta una película más consistente y entretenida que las dos anteriores, donde todo era ir para adelante mientras aparecen dificultades improvisadas que ni siquiera dejan secuelas claras. Aquí se ve un frente común que mueve a todas las facciones (la montaña, sea por avaricia, supervivencia o planes políticos futuros), se ve cómo éstas actúan y se acercan a la confrontación, y cada bando tiene sus protagonistas que muestran bien sus ambiciones y puntos de conflicto. Este argumento justifica bien la batalla y sus distintas fases, y por si fuera poco Jackson inesperadamente acierta al no dejar que esta engulla todo, porque alterna entre el jaleo global y los intereses personales, siguiendo peleas individuales bastante atractivas en un principio. También cabe destacar que Smaug acaba bien, yendo al grano pero sin parecer despachado con prisas.

Pero ya sabemos que con Peter Jackson y sus colaboradoras Fran Walsh y Philippa Boyens no se puede esperar coherencia estilística, guion sólido, puesta en escena firme… y estos llamativos pilares no llegan a dar la buena película que podrían.

Persiste la manía de extenderse en personajes innecesarios que desvían el foco de la narración y por tanto afectan al ritmo y al interés. Es sencillamente absurdo: en vez de centrarte en sacar lo mejor de los protagonistas esenciales pierdes el tiempo metiendo secundarios que no vienen a cuento. Los líos de Legolas y Tauriel no sirven para reforzar la presencia de los elfos, sino todo lo contrario, consiguen que te canses de ellos porque se convierten en personajes paralelos a los que supuestamente son los verdaderos protagonistas. Por si fuera poco, no estos ofrecen ni una escena buena, Jackson les reserva un caos de historias que van de lo insulso a lo excesivo: el romance cutre y cargante, la acción desmedida. A cambio, un secundario que aportaba maneras, el gobernador, se relega completamente a rol cómico infantil. Por suerte dura poco… No así Alfrid, su particular Lengua de Serpiente, que aparece en todo el metraje como un digno contrincante de Jar Jar Binks al personaje más insoportable y vomitivo de la historia del cine. El peor sentido del humor que puedas imaginar se canaliza a través de él; llega a dar chistes de travestismo de lo más vulgares.

Por el otro lado, es entendible que no todos los enanos puedan tener protagonismo, y los que más tienen no se usan mal: Balin tiene su parte, Fili y Kili la suya (y no se cambia el final respecto al libro como muchos temían). Gandalf aparece lo justo en la trama sacada de los apéndices, que intentaba dar algo de continuidad global a la saga pero al final termina aportando poco más que efectos especiales y peleas exageradas (Galadriel electrocutada da risa, el momento Yoda-saltimbanqui de Saruman igual), dejando de lado la tensión y la intriga por el destino de los personajes implicados, que aparecen y desaparecen, se hieren y curan mágicamente a lo largo de toda la trilogía sin transmitir mucha emoción. Thranduil pierde un poco con las tontas intrigas de Legolas y Tauriel, pero en el resto cumple como líder de un pueblo en disputa eterna con los enanos. El parlamento entre Bardo y él con Thorin está muy bien, por ejemplo. Bardo sigue siendo un roba escenas muy carismático que tampoco defrauda y es fiel a la esencia de la novela, y sorprendemente su familia no es muy pesada. El que queda muy desdibujado es el nuevo líder enano que llega como refuerzo: ¿quién es, de dónde viene, cuál es su cargo, por qué no ha ido antes a reclamar la Montaña si tanto le interesa a los enanos y tiene un buen ejército…?

Thorin es un personaje francamente bueno que para mí supone el mejor que ha dado la serie en sus seis películas. Se dibuja un líder lleno de claroscuros, pues alterna carisma con un tono altivo muy de agradecer en una saga de personajes bastante monocromáticos, y por si fuera poco se muestra una evolución bastante efectiva. Sin embargo, Jackson con su limitada visión está a punto de cargárselo. Parece que piensa que el público está formado por retrasados mentales: para realzar que Thorin está cambiando nos pone musiquita insistente, planos inclinados de “manual del director primerizo” capítulo “reflejar locura”, miraditas de demente, y para rematar, efectos de voz por si acaso aún no te has enterado de que Thorin no es el mismo que antes. Y su vuelta a la cordura igual: la escenita del lago de oro solidificado es vergonzosa y eterna; cuando el oro se lo traga… ¡qué parábola más sutil! Por suerte, el personaje tiene mucha fuerza y se sobrepone a las manazas del director. Sus altibajos, las dudas de lealtad, los aprietos en que pone a los suyos cuando la ambición lo ciega, su redención… todo se desarrolla bastante bien. De hecho, termina engullendo a Bilbo como protagonista principal. El hobbit sigue siendo interesante y crucial en la trama, pero se lleva un poco a segundo plano. Eso sí, este nos regala el único momento genuinamente Tolkien del episodio: cuando lleva la Piedra del Arca a Gandalf y Thranduil y trata de negociar para salvar al enano a pesar de sus pecados.

En cuanto a actores, como es habitual hay bastante irregularidad. Richard Armitage está soberbio y roba cantidad de escenas a Bilbo, a quien de nuevo Martin Freeman da vida repitiendo hasta el hartazgo unos tics muy evidentes (la mueca con la boca, los gestos con las manos). Luke Evans como Bardo realza un personaje atractivo pero que de sencillo podría haberse quedado en poca cosa. Y el resto cumple en papeles menores, aunque alguno muy justito: Orlando Bloom y Lee Pace como elfos no convencen con su pose antinatural.

En el tono o estilo, como cabía esperar, Jackson sigue patinando a lo grande con su concepción hipertrofiada de la narrativa de aventuras: criaturitas digitales, escenarios artificiales y mil exageraciones en fila cambian el realismo épico por el videojuego infantil, y la escasa calidad del apartado visual empeora la situación.

Si Legolas puede matar mil enemigos sin despeinarse… ¿cómo un ejército entero de elfos pierde tan rápido? Y más cuando los orcos son de papel: dos metros, armadura de puro hierro, y caen con piedrecitas lanzadas por un hobbit enclenque o no resisten el cabezazo de un enano (y vaya estrategia suicida atacar a cabezazos teniendo un martillo enorme). En La Comunidad del Anillo los orcos eran creíbles, tanto porque no eran dibujos animados digitales como porque las luchas transmitían realismo y dificultad. Desde entonces fue rebajándose el nivel en pos del espectáculo barato. Los protagonistas sólo sufren con el orco jefe de turno, con el final de la fase, el resto caen con sólo agitar la espada en el aire. Destacan para bien las muertes de un par de enanos y el duelo entre Thorin y el líder enemigo, donde incluso se puede ver que la pelea tiene algo de planificación, que no se dejó todo al ordenador. Pero son excepciones, y en el lado malo hay algunas paridas monumentales: la larga y ridícula lucha de Legolas (el vuelo con murciélago, las escaleras flotantes, el trol-joystick y mil memeces más) es de puro videojuego de plataformas, sólo le faltó la barra de vida.

El abuso de los efectos especiales generados por computadora, donde Jackson incluso llegó a afirmar que prefiere los orcos digitales a los recreados con maquillaje (aquí una fuente de sus declaraciones), indican bien su forma de hacer las cosas. Casi toda la batalla (ejércitos de muñequitos nada impresionantes), la mitad de las peleas personales (dobles digitales en cantidad), muchísimos escenarios (y eso que los decorados que hay son magníficos) son dejados al ordenador. Y esto no es Avatar (James Cameron, 2009), de hecho, el nivel de los efectos especiales resulta sorprendentemente pobre. Como indicaba en el inicio de la trilogía, la calidad es más o menos la misma que en la de los anillos diez años atrás. ¿Cómo es posible que no hayan mejorado, a pesar de que se puede comprobar con el dragón en la segunda parte que se podían alcanzar grandes logros? Sin duda la razón más importante es el uso excesivo de esta tecnología en detrimento de otras, pues no hay tiempo y dinero para abarcar tanto, y más si se empeña en desterrar casi por completo los paisajes reales y tirar de recreaciones por ordenador, que en ningún momento aguantan la comparación. Así pues, hay demasiada digitalización pobretona, demasiada pantalla de fondo cantosa (harto de ver la misma puesta de sol apunte donde apunte la cámara), demasiado paisaje claramente falso (la zona de la batalla y la cascada ni se acercan a un mínimo aceptable para una superproducción tan esperada), y por si fuera poco, también aplica un filtro extraño que consigue que los actores parezcan de plástico en muchísimas escenas, con lo que las imágenes parecen demasiado irreales y de poca calidad, dando la impresión de ser una película anterior a La Comunidad del Anillo, o incluso una de animación.

También hay que añadir un sinfín de detalles mosqueantes: en el primer capítulo nos decían que los trols se convierten en piedra a la luz del sol, pero aquí vemos decenas de ellos paseándose como si nada; ¿a santo de qué vienen esos gusanos sacados de Dune?, ¿y esos murciélagos?; pésimamente mostrada la supuesta diferencia de tamaño entre Kili y Tauriel, parece que ya ni se esfuerza a la hora de rodar; atención a cuando los enanos se preparan para la batalla poniéndose unas armaduras enormes, y cuando deciden finalmente salir a combatir resulta que se las quitan…

Por mucho ruido que haga su estreno debido al amplio público que sigue la saga, no es más que otra película comercial digna de nuestros tiempos, y no precisamente una destacable. Y con todo ello estaba dispuesto a darle un aprobado raspado. Aunque no tiene tramos tan interesantes como La desolación de Smaug sigue pareciéndome claramente mejor que Un viaje inesperado gracias a sus mejoras en el ritmo, su duración más comedida y a que la potente figura de Thorin sostiene bastante bien la historia (y lo secundan unos eficaces Bilbo y Bardo). Pero me temo para rematar todos los fallos tenemos la cagada suprema. Todo lo narrado en las tres películas se olvida en un final que no es final, porque deja todo sin cerrar. ¿Un ardid buscado a propósito para que compremos la versión extendida, o una chapuza de montaje fruto de tener que reducir el metraje para luego sacar esa versión? Sea como sea, el resultado es el mismo: es una estafa, un engaño que no debería permitirse. He pagado mi entrada para ver una película, no puedes ponerme sólo parte de ella. Por ello sí le voy a dar un suspenso, no hay forma de aprobar algo incompleto, cojo, sin final.

Alerta de spoilers: En adelante comento detalles y sorpresas del final.–

Resulta que no se nos muestra cómo acaba la batalla. Los ejércitos de enanos, elfos y hombres estaban siendo diezmados, llaman a retirada. Thorin ha salido a la desesperada para buscar una muerte redentora. Dejamos la situación de derrota inminente para pasar a peleíllas individuales finales. Llegan las águilas (ooootra vez) y frenan al nuevo ejército orco salvando a los protagonistas que estaban en medio… ¿Y el resto de la batalla? ¿Las águilas lo resuelven todo de golpe como los mocos verdes de El retorno del rey? No se ve claramente que suceda eso, y encima se adivina que debería haber más escenas, porque las mujeres dicen que van a salir a luchar con los hombres, algo que tampoco llegamos a ver y que de todas formas no parece que pueda cambiar mucho las cosas. Pasamos al retorno de Bilbo a la Comarca sin saber cómo demonios se ha dado la vuelta a una batalla que estaba perdida.

Y peor aún, después de tres películas centradas en el conflicto político alrededor de la Montaña Solitaria, la situación final no se expone. Ni siquiera nos dan un cierre a la mayor parte de personajes implicados. ¿Cómo se reparten el tesoro, cómo queda organizada la política local? ¿No se hostian los distintos bandos después de haber vencido a los orcos? ¿Qué tipo de homenaje le hacen a Thorin, de héroe o de “olvidemos a este loco”? ¿Dónde y cómo reconstruye sus vidas el pueblo de Bardo? ¿Quién se alza como gobernante de los enanos? ¿Cuál es el destino del secundario cómico mongólico? Está claro que Jackson vio las críticas que tuvieron los dieciséis finales de El retorno del rey y aquí decidió mostrar solo el de Bilbo. Pero el efecto provocado es el opuesto: sabe a engaño dejar todo sin explicar. Ni siquiera queda claro el título de la película… ¿Cuáles son los cinco ejércitos? Orcos, enanos, elfos, hombres… ¿Águilas, murciélagos, gusanos… Bilbo?

EL SEÑOR DE LOS ANILLOS
La Comunidad del Anillo (2001)
Las dos torres (2002)
El retorno del rey (2003)
EL HOBBIT
Un viaje inesperado (2012)
La desolación de Smaug (2013)
-> La batalla de los cinco ejércitos (2014)

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El hobbit: La desolación de Smaug


The Hobbit: The Desolation of Smaug, 2013, EE.UU.
Género: Aventuras, fantasía.
Duración: 161 min.
Dirección: Peter Jackson.
Guion: Peter Jackson, Fran Walsh, Philippa Boyens, J. R. R. Tolkien (novela).
Actores: Martin Freeman, Ian McKellen, Richard Armitage, Ken Stott, Luke Evans, Evangeline Lilly, Orlando Bloom, Lee Pace, Stephen Fry, Benedict Cumberbatch, Sylvester McCoy, Graham McTavish, William Kircher, James Nesbitt, Stephen Hunter, Dean O’Gorman, Aidan Turner, John Callen, Peter Hambleton, Jed Brophy, Mark Hadlow, Adam Browm.
Música: Howard Shore.

Valoración:
Lo mejor: Mejoras respecto a la anterior en ritmo y calidad. Buenos personajes. Algunos tramos llamativos. Todo el largo capítulo con Smaug.
Lo peor: Las salidas de tono de costumbre: recesos y subtramas intrascendentes y aburridas, escenas de acción ridículas.
Peores momentos: La aparición de los elfos. El romance. Los barriles por el río. Las pelas de elfos y orcos en Ciudad Lago.
Mejores momentos: El ataque de las arañas. Bardo. El duelo intelectual entre Smaug y Bilbo.
El plano: Smaug mirando el enano gigante de oro.
La frase:
1) Bueno… ladrón. Te huelo. Oigo tu respiración. Siento tu aire. ¿Dónde estás? -Smaug
2) ¿Venganza? ¿Venganza? ¡Yo te mostraré venganza! -Smaug.

* * * * * * * * *

La segunda entrega de El hobbit mejora considerablemente el despropósito visto en la primera, Un viaje inesperado. No era difícil, se podría pensar, pero no olvidemos que esto es como una película larga partida en tres partes, todo viene del mismo guion y del mismo rodaje. ¿Entonces cómo es posible que haya tanta diferencia de calidad? Pues a estas alturas no sorprende, ya vimos en El Señor de los Anillos los altibajos que puede ofrecer Peter Jackson, fruto de sus pobres dotes como director y guionista y los cambios respecto al original.

La sorpresa que sí me he llevado es que el público y sobre todo la crítica muestran cierto cansancio en lo que llevamos de esta trilogía, empiezan a acusar la fórmula de Jackson y sus colaboradoras Fran Walsh y Philippa Boyens de estirar y dar rodeos innecesarios y no de saber narrar nada coherente. A mí la verdad es que me resulta incomprensible: no ha mejorado ni empeorado, sigue ofreciendo lo mismo que en El Señor de los Anillos, pero la trama y los personajes son lo suficientemente novedosos como para no saber a repetición descarada. No es objetivo decir ahora de repente son películas algo flojas, porque vienen siéndolo desde Las dos torres. Simple y llanamente, la moda está pasando.

En La desolación de Smaug volvemos a tener un guion superficial e incapaz de ir al grano, pero al contrario que en el capítulo precedente el ritmo es más fluido y el interés de la trama gana fuerza. Mostrar el objetivo del viaje al alcance de la mano es una buena ventaja, pero la mejora se debe sobre todo a que el camino ofrece aventuras con mayor cohesión y atractivo y los personajes principales son bastante sólidos. No nos libramos de recesos innecesarios, subtramas irrelevantes que ocupan mucho metraje y protagonismo mal repartido, pero las dos horas y cuarenta minutos ya no son insoportables, sólo excesivas: es inevitable pensar en lo que ganaría eliminando al menos cuarenta minutos y algunos secundarios cansinos. Y en lo innecesaria que será una versión extendida.

Bilbo gana enteros al no abusarse de sus vaivenes con el grupo, al no estirarse su indecisión (tiene dudas y problemas, pero son consecuentes y no forzados) y mostrarse bien la maduración a través de su determinación y coraje (atención al enfrentamiento dialéctico con el dragón). Los efectos del anillo también se materializan correctamente, casi mejor que con Frodo de hecho. Pero seguimos con el problema de que Martin Freeman a veces sobreactúa más de la cuenta, rompiendo en ocasiones la buena conexión que establece con el espectador gracias a su simpatía y carisma. No sé si es porque el director lo exige o porque no sabe frenarlo, pero el gesto de vacilación o asombro acompañado de los cansinos tics con las manos se repite demasiado. Con Richard Armitage como Thorin no tengo quejas, está inmenso. Entre su interpretación y el sólido dibujo del personaje (esta vez no hay salidas de tono chocantes) tenemos un protagonista oscuro y caótico muy atractivo. Los momentos en que la tensión e impaciencia empujan sus acciones contrastan muy bien (y sin perder credibilidad) con los instantes donde muestra sus dotes de liderazgo. Recordad mis quejas con Aragorn: ¿por qué se apuntaba a todas las aventuras, si incluso decía varias veces que no quería estar ahí? ¡Ojalá hubiera tenido la mitad de carisma que Thorin! En cuanto a los secundarios, hablo ellos en el resto del análisis, pero resumo diciendo que hay algunos grandes aciertos y algunos deslices notables. Por los primeros en conjunción con los dos excelentes protagonistas, desde mi punto de vista La desolación de Smaug se alza como la película con mejores personajes desde La Comunidad del Anillo.

El diseño artístico, los decorados, el vestuario, el maquillaje y la música (mejor que en la primera parte) están como siempre en un nivel entre notable y extraordinario. Los efectos especiales vuelven a deslumbrar tras resultar algo flojos en Un viaje inesperado (las panorámicas de las ciudades y el dragón son alucinantes), pero arrastran todavía algunas deficiencias. El problema viene siendo el habitual: la irregularidad de Peter Jackson como director. ¿Por qué la recreación digital de Smaug es más que impecable, resultando de hecho sobrecogedora, y los orcos digitales son flojos aun estando escondidos siempre en la oscuridad? Porque improvisó sobre la marcha, eliminando orcos que eran actores disfrazadas y poniendo en el último momento unos creados por ordenador, y con las prisas no pueden acabarse con el cuidado esperable. Así, seguimos viendo que con este clásico enemigo hemos retrocedido en vez de avanzar: con lo bien recreados que estaban en la trilogía de los anillos, y aquí dejan bastante que desear, sobre todo en las peleas. Me temo que en éstas sólo los primeros planos son rodados con actores (y eso cuando los hay, claro), y en cuanto la cámara se aleja un poco todo se convierte en digital, y el cambio es horrible, texturas y movimientos no pasan por reales.

Además, como se veía venir en el primer episodio, aparecen otras limitaciones si comparamos con El Señor de los Anillos. La extraña decisión de rodar algunas escenas de parajes naturales en decorados contrasta muy para mal con los excelentes paisajes elegidos. Por ejemplo, la escena que sigue al prólogo, con el grupo huyendo de los orcos, parece rodada en una cochera con cartón piedra y fondos falsos, resultando demasiado cutre. Y un nuevo tic explota por completo en esta entrega: el abuso de filigranas con la cámara para vacilar con el 3D aparece sólo en la recreación de algunos entornos (en Dol Guldur se ceba de lo lindo), pero en el resto del metraje parece que se olvida de que conoce esa técnica.

Fiel a su idea de tener un prólogo en cada película (todos efectivos menos el de Gollum en El retorno del rey), Jackson introduce la Piedra del Arca, que es esencial en los objetivos de los enanos, dando más peso e interés al viaje del grupo. Lo que no entiendo muy bien es el tema de Thrain, padre de Thorin: si está realmente vivo, si está actuando, o si se encuentra escondido acobardado. Si no explican más de este asunto en la tercera parte, quedará como un dato innecesario y confuso. Pero lo que sobra sin duda es el cameo de turno del dichoso director, que se empeña en aparecer en todas sus películas de forma que veas claramente que es él. ¿Tanto ego arrastra?

Tras la persecución de los orcos con la que acababa Un viaje inesperado enlazamos con Beorn. Mantener este personaje totalmente innecesario sirve como excusa para librarse de la cacería, pero pensando en ello te das cuenta de que esta escena de acción fue sólo una excusa para acabar la anterior película con un clímax. ¿No había suficiente con los trasgos de las cuevas y la salida por los pelos? Así, se van veinte minutos en la más absoluta nada. Resumir, sintetizar, ir al grano… para qué, si la idea es precisamente hacer una película innecesariamente larga. Al menos, dentro de lo que cabe, este tramo no sale tan mal parado. Eso sí, tiene sus tonterías: Beorn es capaz de sobrevivir como el último de su especie pero es tan inútil que no logra quitarse un grillete de la muñeca después de tantos años. Más bien es que Jackson se empeña en recalcar visualmente algo obvio, cayendo en una inverosimilitud.

Llegamos al Bosque Negro, y aunque la cosa empieza mal con esa llamada telepática entre Gandalf y Galadriel, esta tenebrosa sección resulta bastante interesante. El ritmo es bueno, la atmósfera de suspense y agobio se logra sin problemas, la sensación de que están perdidos y sin salida es palpable, la escena de Bilbo asomándose por la cresta de los árboles es bonita y la lucha con las arañas resulta bastante espectacular y no abusa de gilipolleces exageradas. Pero llegan los elfos y lo estropean todo. Entonces volvemos a presenciar un videojuego, no una película. Piruetas ridículas, movimientos imposibles, exageración absurda sin límites… La falta de credibilidad y comedimiento echa por tierra toda la escena, hasta parecer una comedia estúpida.

La elfa Tauriel resulta de primeras una protagonista secundaria interesante que presenta una historia prometedora, pues describe un conflicto entre los elfos abiertos al mundo y los conservadores, como el rey Thranduil, algo que es de suponer que en el tercer capítulo se desarrollará más, hasta que el monarca decida actuar ayudando a hombres y enanos. Pero su dibujo abusa de viejos clichés: ooh, te gusta Legolas, pero no puedes estar con él porque es el príncipe, ¡qué original y profundo!. Y la actriz Evangeline Lilly está bastante sobreactuada, realzando los gestos y reacciones de forma que queda todo vergonzosamente obvio. Y termina de hundirse cuando nos muestra la otra cara de su historia, una parida sin nombre donde no logro discernir si se trata de humor malogrado o Jackson iba en serio: el romance con el enano Kili. ¿Esto es zoofilia o pederastia? Esta subtrama lastimera, con diálogos sonrojantes y excesivamente larga, lastra la película entera: luego se va a buscarlo a Ciudad Lago, lo cura, se pelea por él con los orcos… Y promete torturarnos más en la siguiente entrega.

Y para colmo no viene sola, pues va acompañada por Legolas, al que también le ponen su ración de escenas innecesarias con las eternas y rebuscadas luchas con los orcos, incluido un anodino pique personal. ¿Para qué sirve todo esto? ¿Qué aporta a la película? Minutos y minutos desperdiciados. Otra gran pregunta es relativa al nuevo superpoder de Legolas: tiene ojos refulgentes, brillantes o fluorescentes, aunque no parecen tener utilidad y es algo que por lo visto pierde de aquí a los eventos de El Señor de los Anillos. También me pregunto cómo puede haber un destacamento de orcos corriendo y luchando por la ciudad y que nadie se entere.

La presentación del rey elfo tiene otra escenita surrealista: ese primerísimo plano a sus horribles cejas negras… ¿pero esto es serio o no? Y que me aspen si entiendo lo que le pasa en la cara. ¿El dragón le quemó y se lo oculta con un maquillaje holográfico? ¡Pobrecito, tiene heridas que nadie salvo él ve! Otra cuestión intrigante es por qué los elfos viven en una gran cueva, como los orcos y los enanos. Además, el diseño pretenderá ser espectacular, pero no parece muy útil: muchas pasarelas y columnas… ¿pero hay zonas habitables?

Por suerte, en el cautiverio de los enanos por parte de los elfos los protagonistas mantienen el tipo. Bilbo actúa con determinación, una palabra que Jackson parecía desconocer, y la disputa entre Thorin y Thranduil describe dos roles ariscos, obstinados, cabezones e irreconciliables bastante interesantes. Balin vuelve a ser el único secundario del grupo con atractivo: su posición de viejo sabio es predecible pero efectiva. Resulta estupendo el gesto de lamentación cuando ve cómo Thorin echa por tierra las esperanzas de negociar con los elfos. Pero me temo que en seguida dejamos de lado los personajes para irnos en pos de otro aborto visual y narrativo. La escena de los barriles es del nivel de las andanzas por las cuevas de los trasgos. Inverosímil, exagerada, absurda, estúpida, larguísima… Esos barriles que flotan en una posición imposible, esas peleas con coreografías infantiles y dignas de un videojuego malo (el triple hit combo del enano gordo es de un ridículo que espanta), esas tonterías ilógicas (usar el arco como arma de corta distancia)… Toda la eterna escena resulta in-fu-ma-ble.

Menos mal que tras ese dislate enlazamos con otra buena sección. Bardo es una gran sorpresa, y la estancia en Ciudad Lago está muy lograda. El casting ha acertado de lleno con un actor tremendamente carismático, pues Luke Evans está impecable en todo momento. Y el guion no anda mal encaminado en su dibujo. Rebelde, luchador, inteligente… todo eso se ve en cada una de sus acciones. No falla tampoco la aparición del Señor de la ciudad, un dirigente alejado del pueblo, pagado de sí mismo y cegado por la ambición que quizá no sorprenda pero que está bien construido. Su lugarteniente, una versión de Lengua de Serpiente, tampoco está mal: es un secundario cliché, el típico tío baboso que sólo sirve para poner en apuros a los protagonistas, pero no cae a límites vergonzosos. Así, este segmento central se sostiene bien en un grupo de caracteres sencillos pero sólidos y con atractivo suficiente para mantener la expectación. Le dan una somanta de palos al indeciso y hueco de Theoden, su comparación más obvia, quien tantos minutos ocupaba sin transmitir absolutamente nada.

La introducción a la historia de la lucha contra el dragón es efectiva, se entiende qué ocurrió y queda clara la influencia de esos hechos hasta llegar a la historia personal de Bardo. La salida de los enanos del lugar está bien trabajada: las disputas entre el Señor, Thorin y Bardo tienen diálogos de calidad impropios de Peter Jackson. Se enlaza rápido con la montaña, aunque la entrada a la misma podría haberse resumido un poco, que de tanto estirar la intriga termina perdiendo fuelle. También cabe señalar que hay un momento bastante fallido, uno de esos instantes forzados para dar protagonismo a algún personaje por encima de los demás, que como ya he comentado, este realizador sólo sabe conseguirlo denigrando a otros protagonistas. Bilbo encuentra el acceso a la puerta. “Tiene una vista aguda, señor Bolsón”, le felicitan. Resulta que nadie más ha sido capaz de ver el enano de piedra de cincuenta metros que tenían delante hasta que él lo ha señalado. Penoso.

Pero antes de meternos con el dragón no hay que olvidar a Gandalf. No me parece mal incluir el tema del Nigromante, era la mejor forma de alargar la historia, porque a fin de cuentas también fue escrito por Tolkien, aunque fuese como anexo a la novela. El problema es que, aun sin ser una sección fallida, le falta algo de garra y definición. El mago se va no se sabe dónde a buscar pruebas del retorno de conocidos seres malvados. Empieza por el Rey Brujo, el líder de los Nueve Jinetes Negros que conocimos en El Señor de los Anillos, fieles sirvientes de Sauron. Como no está en su tumba deduce que ha sido llamado por su Señor. Aquí surgen preguntas obvias: dónde, cómo y por qué estaba enterrado, si sabían que no estaba muerto o podía resucitar, cómo ocurre y quién lo hace… Luego se va a Dol Guldur… Por qué no ha ido directamente si todas las sospechas apuntaban en esa dirección, cabe preguntarse también. Allí ve orcos y lucha contra el Nigromante, y este se revela como Sauron en una escena que tampoco se entiende muy bien qué pretende decir. Está claro que Jackson estaba atado con su estúpido “no tiene forma pero tiene forma de Ojo”, pozo que se cavó él solito en la trilogía de los anillos. Ahora tiene que salir un Nigromante, pero sale un humo… no, un ojo, no, Sauron… Bueno, todo a la vez. Da igual, el público no se cuestiona nada hoy en día. Y no es la única incongruencia de esta sección: Gandalf envía a Radagast y su nido con un mensaje para Galadriel. ¿Y por qué no se comunica telepáticamente como ha hecho antes en esta y la anterior películas? Porque Jackson tiene que incluir a Radagast pero a la vez quiere que Gandalf entre solo… Vamos, que se lía y lo apaña como puede. Finalmente, Gandalf queda preso del enemigo, algo que no causa mucha desazón porque sabemos que saldrá airoso. Después de tantos minutos, esta sección apenas deja huella, aunque que tampoco da asquito. Sólo espero que haya servido para sentar las bases de una buena trama de cara al último capítulo.

Por fin entramos a la Montaña Solitaria, y este tramo es lo mejor que ha dado la saga desde La Comunidad del Anillo. Aunque por desgracia cuenta con los fallos y excesos habituales, claro. La primera escena es para enmarcar. Los enanos ven su objetivo al alcance la mano, pero el miedo y la tensión están a flor de piel. Los gestos y diálogos, en especial los de Thorin y Balin al ver las inscripciones y el pasillo de entrada… Ufff, pone los pelos de punta ver tanta emoción contenida. No sé si es porque un material tan potente como el que tiene entre manos ha sido capaz cobrar vida y resistir e incluso superar la incompetencia habitual del realizador o porque es bipolar, pero el caso es que la escena es puro Tolkien. ¡Cuántos minutos y horas de películas sin que recordara a su obra! Cuando conocemos a Smaug tenemos a esos dos Peter Jackson en cruenta lucha por ver cuál emerge. A primera vista destaca el megalómano empeñado en poner montañas imposibles de monedas en un plano que se va abriendo hasta provocar carcajadas, el que desbarra con más pasarelas y columnas absurdamente grandes y disfruta derribándolas en una concepción desmedida e ilógica de las escenas de acción, abusando del estilo de videojuego de plataformas hasta provocar vergüenza ajena, rematándolo todo con tonterías inverosímiles (Thorin navegando por un río de oro sobre una carretilla) e incongruencias cantosas (el dragón que se hunde en una zona donde acabamos de ver que apenas le cubre una garra).

Pero también aparece el Jackson inesperadamente fiel a Tolkien e inspirado. Asistimos a un estupendo clímax que se ha trabajado con esmero desde el guion a través de diálogos, posicionamiento de personajes y paciencia para encontrar el tempo narrativo correcto, donde se mantiene la intriga y expectación sin recurrir a trucos visuales baratos y exagerados. En resumen, Smaug es una maravilla. El duelo intelectual con Bilbo está lleno de ingenio y grandes frases, la narración fluye con calma y seguridad, forjando una tensión e intensidad crecientes. Entran los enanos en acción, con Thorin casi cegado de ansias y deseos, y todo explota en una montaña rusa de acción donde el megalómano sigue obsesionado con forzar las cosas, pero donde todavía quedan retazos de sabiduría. La estrategia de reactivar la forja es excelente, y deja ver el plan de los enanos sin que por una ver el director remarque todo como si pensara que somos tan cortitos que no lo vamos a entender. La lucha pasa por diversas fases, y sí, algunas de videojuego, pero otras de gran espectacularidad. El enano de oro aparece ante Smaug regalando un plano fantástico con una pizca de humor genial: el careto del dragón es impagable. También está hábil Jackson encontrando una buena excusa para que el dragón salga a pagar su rabia con Ciudad Lago. La película acaba con un subidón de infarto y un desenlace abierto muy emocionante.

Esas grandes escenas sueltas, esos personajes con destellos de calidad y cierta profundidad y ese dragón inmejorable muestran que había en La desolación de Smaug una base más que suficiente para lograr una notable película de aventuras. Pero estamos en manos de Peter Jackson, y no sorprende que todo sea desvirtuado, desaprovechado, deformado en una narración tosca llena de memeces incomprensibles. Después de las nefastas El retorno del rey y Un viaje inesperado sólo podía echar pestes sobre su obra y fingir que no existía, pero esta entrega vuelve a recordarme las maravillas que podríamos haber visto en manos de un artífice inteligente, comedido, profesional, inspirado…

EL SEÑOR DE LOS ANILLOS
La Comunidad del Anillo (2001)
Las dos torres (2002)
El retorno del rey (2003)
EL HOBBIT
Un viaje inesperado (2012)
-> La desolación de Smaug (2013)
La batalla de los cinco ejércitos (2014)