El Criticón

Opinión de cine y música

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Ready Player One


Ready Player One, 2018, EE.UU.
Género: Aventuras, ciencia-ficción.
Duración: 140 min.
Dirección: Steven Spielberg.
Guion: Zak Penn, Ernest Cline (también autor de la novela).
Actores: Tye Sheridan, Olivia Cooke, Ben Mendelsohn, Mark Rylance, T. J. Miller, Win Morisaki, Philip Zhao, Lena Waithe.
Música: Alan Silvestri.

Valoración:
Lo mejor: Alegrarte por reconocer alguna referencia a la cultura popular. La chica resulta simpática y la actriz Olivia Cooke competente. Ben Mendelsohn es capaz de deslumbrar incluso en una basura de personaje.
Lo peor: Historia muy vista y tontorrona, personajes planos tirando a cargantes (en especial el protagonista tan mal interpretado por Tye Sheridan), aburrida en lo visual a pesar del potencial.

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Es evidente que el Steven Spielberg de los años ochenta y principios de los noventa hace mucho que quedó atrás, que su talento no ha madurado y envejecido tan bien como desearíamos y se observa desgaste, falta de pasión o inspiración, y un giro conservador. Sus últimas obras que pueden considerarse realmente originales y vibrantes serían Atrápame si puedes y Minority Report (2002 ambas), el resto queda más bien en tierra de nadie o rozando la mediocridad. Cabe destacar el intento de revivir éxitos pasados con Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008), que sí bien a mí me pareció notable se llevó tal varapalo que frenó durante una década cualquier otro acercamiento a su mejor época y prefirió migrar hacia los clichés conservadores del lado más rancio del gremio, el modelo de cine de academia de los Oscar, en busca de un reconocimiento que el público ya no le daba. Pero con Ready Player One inesperadamente vuelve a mirar atrás, y muchos de los que crecieron con Tiburón (1975), E.T. (1982), Indiana Jones (1981), Parque Jurásico (1993) y otras que no dirigió pero produjo con mucha implicación, como Gremlins (1984), Los Goonies (1985) y Regreso al futuro (1985), vieron revividas sus esperanzas de encontrar esa magia que nos llevó a lugares nunca vistos. Pero estos olvidan que el realizador no está en sus mejores momentos y nada apuntaba a remontada, y sobre todo que ya no somos niños y que en el cine está todo inventado y es muy difícil sorprender.

Menos mal que yo no he ido con esperanzas de ningún tipo. Sólo así no me he llevado las manos a la cabeza ante una cinta tan floja, tontorrona, desganada, muy propia de nuestros tiempos (estereotipos y artificios y nada más), que si no supiera que firma Spielberg hubiera achacado a cualquier don nadie trabajando por encargo sobre la enésima adaptación de novelas para adolescentes con la que el estudio de turno trata de sacar tajada con poco esfuerzo. Estamos ante otra aproximación a la La guerra de las galaxias (1977), ante otro Harry Potter (2001) de tres al cuarto. Todos los tópicos de este tipo de aventuras están puestos en orden sin que parezca que intenten disimularlos. El dibujo de los personajes no podía ser más simplón, la historia es predecible hasta provocar rechazo y se apoya demasiado en enredos visuales sin alma que saturan bien pronto.

Tenemos al chico resuelto pero solitario, la chica madura y comprometida, los amigos de adorno y para cumplir cupos (la negra graciosa, el asiático -esta vez por partida doble- para vender en China y Japón), el genio reservado que sirve de guía y el villano que es malo porque sí. Un protagonista tan facilón tiene todas las de aburrir, pero con una interpretación tan sosa como la de Tye Sheridan resulta incluso cargante: no me importa nada su vida y lo que pueda pasarle. La compañera es mucho más simpática y Olivia Cooke una actriz más competente, de hecho es lo prácticamente lo único que salvo de la película, pero cabe preguntarse a qué viene esa gilipollez de la mancha en la cara. Parece que quieren ponerle encima un problema, pero una vez mencionado ya no se vuelve a tener en cuenta, ella es guapa y decicida como siempre, y la mancha parece que se va aclarando. Así que este recurso queda un tanto hipócrita. Y hablando de conflictos, los dos viven tragedias recientes (la de él de hace horas) que se supone dirigen sus vidas, pero no muestran dolor alguno. Aparte, él parece rondar los treinta años (aunque tiene veintiuno), y ella no está muy lejos tampoco, con lo que el romance de corte tan adolescente queda bastante cutre.

Los otros miembros del grupo son tan intrascendentes que a dos días del visionado no recuerdo nada de lo que han hecho. ¿Dónde quedaron esos secundarios brillantes que había en casi cualquier película de los años ochenta, por qué ahora los reducen a chistes andantes y cuotas de corrección política, incluso en esta, que trata de rememorar aquella época? El villano que dirige una corporación todopoderosa de soldados de cartón no podía ser un estereotipo más manido, si no fuera por el colosal Ben Mendelson podría haber resultado ridículo; la escena en que tienta sutilmente al protagonista es el único amago de llegar a tener un personaje sólido y verosímil, en el resto del metraje se queda en el psicópata de siempre, tan cabezón y estúpido que no te crees que pueda haber llegado tan lejos ni da miedo. Por último, el tipo sabio, el maestro que señala el camino a los jóvenes rebeldes, es anodino también, no se dibuja una figura atractiva cuyos secretos vayan redefiniendo lo que sabemos de él. Y Mark Rylance empieza a cansar. Parecía un gran descubrimiento cuando empezó a virar del teatro al cine (El puente de los espías, 2015) y la televisión (Wolf Hall, 2015), pero hace siempre el mismo papel de tipo serio y reservado, y aquí no funciona, no transmite la timidez y ansiedad necesarias, por no decir que disfrazarlo de joven provoca vergüenza ajena.

El viaje del héroe no podía estar más trillado, cumple todos los preceptos del género. Despertar, salida forzosa de su mundo, formación del grupo, confrontación contra el todopoderoso enemigo, maduración personal y cambio en la sociedad. Y por alguna razón, a pesar de que la historia es simple y evidente, se empeñan en sobre explicarla una y otra vez con voz en off. Falla principalmente el factor intriga, y no sólo porque resulte tan predecible que a los pocos minutos ya me la imaginé entera y desconecté. El chaval es una enciclopedia andante, así que cabe preguntarse cómo no resuelve las cosas antes… Supongo que lo hacen así para justificar que necesite el consabido empujón de la chica, pero el resultado es que no hay tensión por cómo saldrán las cosas, ni puedes implicarte pensando en posibles soluciones, pues desde el principio queda claro que se las sacarán de la manga cuando más convenga. Por no desarrollar, no se describe ni el escenario planteado adecuadamente. ¿El dinero del juego vale para el mundo real? Porque nadie parece trabajar, más allá de los que ficha la compañía, y tampoco se sabe cómo esta saca dinero con ellos.

No hay un solo atisbo de que sus realizadores traten de darle una vuelta de tuerca que disimule la falta de ambición e inteligencia del guion, y parece que Spielberg se lanzó al rodaje como esperando que el festín de referencias y efectos especiales le otorgaran al relato una personalidad llamativa, porque la falta de pasión que mostraba en sus últimas cintas se ve acrecentada aquí. Incluso en ellas, a pesar del tono conservador y maniqueo con que buscaba a toda costa un melodrama oscarizable, se veía profesionalidad, experiencia. En Ready Player One, cuando precisamente puede soltarse e imaginar cualquier cosa, le pasa como en Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio (2011), se deja llevar por el ordenador y pare una amalgama con los peores vicios del cine contemporáneo. Mucho movimiento de cámara y un montaje precipitado, todo aderezado con música aparatosa, efectos especiales y sonoros en cantidad, pero sin planificar y desarrollar secuencias que narren algo más tangible y logren transmitir emociones más allá del hastío creciente que tanto caos puede provocar. Sin duda es algo difícil ya de por sí con la pobre trama y los insulsos personajes, pero si algo se podía decir de Spielberg es que era un narrador muy emocional, capaz de conmover con un par de planos y buena música. Por ejemplo, en Minority Report había bastante acción, pero se esforzaba en elaborar escenarios originales que sorprendieran y en que el sufrimiento del protagonista resultara creíble, manteniendo así la expectación. Aquí son todo son tortas exageradas pero sin garra, y en el mundo real incluso bastante inverosímiles: los niños son capaces de tumbar a una abogada-asesina (literal) bien entrenada.

Con este panorama, sólo en tramos más tranquilos y algunos homenajes puede lucirse Alan Silvestri, un compositor que apuntaba a dominar la música de cine de tú a tú con John Williams tras deslumbrar con partituras tan memorables como Regreso al futuro, Depredador (1987) y Abyss (1989), pero por alguna razón no logró contratos que lo mantuvieran en primera línea. Para rematar, los efectos especiales son normalitos, no traen novedades ni nada que pueda causar el más mínimo impacto. En el juego virtual, cada lugar imaginario y cada batalla sólo llaman la atención por pillar qué referencia hay de fondo, y en el mundo real apenas vemos cuatro callejones, sólo la torre donde vive el protagonista es más elaborada, pero nada original.

Acabamos la larguísima proyección (he tenido que verla en tres intentos) con un bajón bien grave en la ruidosa pero inane batalla final y el desenlace anticlimático con el creador del juego, que lo único que deja es un simplón y demasiado subrayado mensaje de que debes salir al mundo real y no encerrarte en casa y en ti mismo… y ni eso, porque lo deja a medias, de lo blanda y cobarde que es la cinta. La decepción por la falta de calado se agrava al ver que futuro que vemos daba para explorar muchos temas, pero aparte de las obviedades sobre el capitalismo extremo no se mojan con nada.

Por mucho Steven Spielberg que lleve en el cartel, Ready Player One es otro ejemplo de las peores modas que inundan el cine actual: las distopías inmaduras y superficiales en plan Los juegos del hambre (2012), Divergente (2014) y demás, las adaptaciones prefabricadas de novelas juveniles prefabricadas en la estela de los éxitos que han marcado estas tendencias, El Señor de los Anillos y Harry Potter, y la obsesión con vivir de réditos antiguos, de atraer al espectador con miradas al pasado, en vez de buscar nuevas historias y poner cariño en ellas.

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Dunkerque


Dunkirk, 2017, EE.UU.
Género: Bélico, drama.
Duración: 106 min.
Dirección: Christopher Nolan.
Guion: Christopher Nolan.
Actores: Fionn Whitehead, Mark Rylance, Tom Hardy, Cillian Murphy, Barry Keoghan, Jack Lowden, Aneurin Barnard, Kenneth Branagh, James D’Arcy, Harry Styles,
Música: Hans Zimmer.

Valoración:
Lo mejor: Transmite la angustia y desesperación de la guerra y muestra llamativos ejemplos de cómo reacciona el ser humano ante situaciones límite. La narrativa es notable: dirección, fotografía, música y montaje muy bien combinados.
Lo peor: El guion descuida la coherencia más de la cuenta, y la puesta en escena termina cobrando demasiado protagonismo, viéndose las costuras algunas veces.
La frase:
-Prácticamente podemos verlo desde aquí.
-El qué.
-El hogar.

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Alerta de spoilers: Sólo presento el argumento y los personajes.–

Dunkerque es una localidad situada al norte de Francia, ruta esencial durante la Segunda Guerra Mundial al estar en el canal de la Mancha que separa Europa de Reino Unido. Un breve texto en pantalla nos pone en situación: en el verano de 1940 unos cuatrocientos mil soldados británicos, franceses y belgas han quedado aislados en la costa de Dunkerque en espera de evacuación, mientras las tropas y aviación alemanas se acercan. De no sacarlos a tiempo, la catástrofe daría un vuelco brutal a la guerra… Pero los pocos navíos militares que llegan están siendo hostigados por los ataques aéreos, y la huida parece destinada al fracaso.

La narrativa es experimental y un tanto exigente. No me sorprende que haya no pocos espectadores que no se enteren de nada, aunque desde luego sí lo hace el que haya algunos diciendo “es otra de guerra, tiros y tiros hasta aburrir”… cuando precisamente el único que dispara es el piloto de caza, y no tiene escenas muy aparatosas. Dunkerque no ofrece un drama al uso, ni una descripción tradicional de la guerra. El relato se basa en una combinación de lo visual y lo emocional, es decir, la trama se desglosa sin describir a fondo las acciones militares, se pone todo el énfasis en tratar de transmitir cómo se sienten los protagonistas. Más que una película sobre la guerra estamos ante una que analiza cómo el ser humano se comporta en situaciones desesperadas: desde los primeros minutos queda claro que el hilo conductor no es la épica de supervivencia a base de tiros y heroicidades físicas, sino la resistencia mental, la lucha contra la angustia y la impotencia. Con unos pocos personajes desperdigados aquí y allá veremos distintos ejemplos de respuesta ante una situación en la que prácticamente sólo cabe esperar la muerte.

La descripción de estos no se detiene en recesos ni explicaciones tangenciales que apoyen su dibujo, sino que se expone poco a poco mediante sus acciones. Y ahí es cierto que hay que hacer cierto esfuerzo para entrar en el juego. Apenas tienen unas pocas frases, están divididos en tres líneas temporales distintas (la historia de la playa dura una semana, el viaje de los barcos civiles un día, la misión del piloto una hora), sus nombres probablemente no seas capaz de recordarlos, y con los jóvenes poco conocidos puede costarte distinguirlos cuando están hasta arriba de barro y aceite. Pero la recompensa es grata si te gustan los flmes que no lo dan todo mascado y las emociones fuertes. A medida que pasan los minutos nos vamos adentrando a fondo en la mente de estos pocos individuos, y sus sentimientos y objetivos llegan con una claridad e intensidad más que certeras dolorosas, conforme vas conociéndolos e intuyendo cómo intentarán actuar, todo lo que las nuevas dificultades les echan encima va haciéndose cada vez más tangible y trágico.

La primera vez que vemos al joven de infantería (el desconocido Fionn Whitehead) tratar de colarse a un barco parece un pilluelo inmaduro, quizá incluso pienses que se merece un castigo por romper las filas, pero en los siguientes intentos de escapar con vida es imposible no sentir lástima por un niño al que adultos irresponsables han metido en un infierno. Y en sus desventuras conoceremos a otros con una actitud semejante, algunos de peor calaña, como esos que, escondidos en un barco esperando que la marea los lleve, se refugian en el egoísmo inmediato, sacrificar a sus compañeros, para vivir unos minutos más. Otros se quedan en un espectro intermedio, como el rol de Cillian Murphy, que representa otro caso de flaqueza, pero este desde otra perspectiva: los remordimientos de sus acciones lo sumergen en un tormento constante, con lo que es imposible no sentir empatía por él. Y también hay muchos héroes. Mark Rylance interpreta a un civil anciano que manifiesta un talante decidido e implicado que se convierte en una brújula moral para otros: a ella se aferran su hijo (Tom Glynn-Carney) y un amigo de este (Barry Keoghan), que quieren seguir su modelo y hacer algo por el bien común a pesar del rieso. Tom Hardy y Jack Lowden encarnan a los pilotos de caza que no se amilanan ante ninguna dificultad, dispuestos a darlo todo por conseguir unos minutos más para que la evacuación sea un éxito. Los comandantes británico (Kenneth Branagh) y francés (James D’Arcy) tampoco agachan la cabeza, manteniendo la cordura y compostura para que sus hombres tengan una oportunidad más.

Sufriremos envestidas de aviones, naufragios y ahogamientos en cantidad, pero entre medio mil anécdotas irán describiendo un tormento capaz de quitar el aliento en muchos tramos, la mayoría de supervivencia a la desesperada, algunos de acción, como los combates aéreos, otros inesperadamente contenidos y breves pero igualmente demoledores, como el soldado anónimo que se mete en el agua para morir mientras los demás miran sin hacer nada, porque saben que de una forma u otra probablemente acaben como él. Y tenemos también unos pocos detalles geniales, como el soldado que se sorprende de que otro esté mirando salidas y escapatorias del barco de salvamento que acaban de abordar con euforia, dándole en la cara con la realidad: aún no estás a salvo.

La virtuosa fotografía de Hoyte Van Hoytema es capaz de saltar de la playa al mar y al aire sin notarse desequilibrio, y logra un hábil uso de la distancia, con el horizonte siempre presente hasta donde alcanza la vista, lo que remarca muy bien la sensación de indefensión y pequeñez de los protagonistas ante una situación que les viene grande. Esto se disfrutaría más en el formato de pantallas gigantes IMAX con que el rodaron, más cuadrado, es decir, con más visión aún del horizonte. La música de Hans Zimmer parece, en una primera escucha aislada en disco, otra más escupida por sus sintetizadores, lejos del gran esfuerzo que puso en la composición de Interstellar, pero en la película va como anillo al dedo. Apoyándose en unos recursos básicos pero efectivos (ritmos repetitivos y crescendos que no parece explotar nunca) logra rematar muy bien las atmósferas agobiantes. Además, la construcción rítmica de la música y los clímax, sumada a la narrativa con distintas líneas temporales, remarca la obsesión habitual de Christophet Nolan con el tiempo, presente en prácticamente todos sus filmes de una forma u otra.

Esto me lleva a señalar algo obvio: Dunkerque es una cinta muy bien medida, Nolan exprime emociones primarias a base de aturdir con técnicas de eficacia probada. Y desde luego funciona, en lo audiovisual posee cierta belleza y resulta apabullante en sensaciones (opresión, fatalismo, etc.), lo que realza muy bien el drama vivido por los atractivos protagonistas y logra una proyección intensa, sofocante, e incluso sobrecogedora en muchas secuencias. Los ataques de aviones alemanes, con el sonido afilado hasta casi molestar y la música repiqueteando incesantemente en una tétrica cuenta atrás, recuerdan al bombardeo de las aldeas en La tumba de las luciérnagas, donde no ves las bombas venir, pero el silbido hiela los huesos y anuncia la muerte.

Pero esa construcción tan estudiada, tan técnica y milimétrica, aun siendo esencial en el propósito y logre su objetivo con bastante robustez en la mayor parte del metraje, también es el origen de sus problemas o limitaciones. Una vez analizada en frío se ve una cinta un tanto artificial, dejando la sensación de que una película bélica debería ser más natural y visceral. Sí, este estilo se puede justificar con que es una obra de sentimientos más que de desarrollar una historia con detalle, pero Nolan se aferra a la fórmula más de la cuenta. En algunos momentos se nota que fuerza el clímax con la música y el sonido, que en el fondo realmente no estamos ante una escena extraordinaria por sí sola. Y a la larga pesa. Podríamos señalar al menos un par de grandes títulos que abordan el género desde una perspectiva más emocional, como La delgada línea roja y Apocalypse Now, muy filosóficas e introspectivas ambas, pero también es indudable que mostraban el escenario bélico como si estuviéramos allí, sin que la técnica empleada dejara entrever trucos y huecos.

El pasar de puntillas sobre la perspectiva global de la evacuación deja muchas cosas sin explicar, lo que va restando puntos a la experiencia, pues puede llegar un momento en que te cuestiones tanto lo que está ocurriendo que te saque de las imágenes, lo que se ve agravado porque a partir de algún momento los clímax pueden empezar a parecer poco naturales. Así, el tramo final me resultó bastante menos satisfactorio que el enérgico y turbador acto central, ya estaba un poco saturado de tanta secuencia sofocante y esperaba más hechos concretos, más explicaciones y soluciones más claras. De hecho el propio Nolan afirmó que no podía alargar mucho el relato porque se podía romper el hechizo. A mí se me nubló en momentos puntuales aquí y allá, para empezar a disiparse claramente en el tramo final. A pesar de los numerosos planos aéreos de la playa y el entorno no es fácil hacerse una idea del escenario. En ningún momento parece haber ni tan siquiera diez mil personas en la playa, no digamos ya los cuatrocientos mil citados; no queda claro dónde están los alemanes, ni si sólo los franceses están resistiendo en la ciudad mientras los británicos no hacen nada en la playa; apenas vemos un par de aviones solitarios, cuando en realidad atacaron muchos e iban en grupos de bombarderos con escolta; la explicación de por qué no hay más barcos militares se dice de refilón y puede que no te des cuenta y estés toda la película preguntándose los motivos; y salvo un par de planos donde se ve un puñado de barcos civiles no hay sensación de una evacuación desesperada a gran escala, al final dicen que han evacuado a todo el mundo y ya está.

Christopher Nolan, como viene siendo habitual en su llamativa filmografía, exprime y casi reinventa otro género más, ofreciendo una experiencia única y reavivando las esperanzas en que el cine contemporáneo todavía puede sorprender. Dunkerque una obra original, valiente y arriesgada como pocos autores se atreven tan siquiera a plantear hoy en día, una muy necesaria en una industria cada vez más autocomplaciente. De hecho, el estudio fue muy reticente con el proyecto, porque los protagonistas no eran heroicos estadounidenses, el argumento no parecía comercial, requería mucho dinero, etc. Vamos, que si no fuera porque Nolan está bien consagrado y amortizado, esta cinta no habría visto la luz, salvo quizá una versión llena de estereotipos y argumentos trilladísimos. Y el precio a pagar quizá ha sido el restringirla para mayores de trece años, es decir, no hay una gota de sangre, lo que se echa de menos en algunos momentos y contribuye a esa falta de visceralidad.

Pero también es indudable que es una película con fallas y limitaciones, que la fantasmada de considerarla su mejor trabajo y una obra maestra no hay manera de justificarla. Para obra maestra Interstellar. El Caballero Oscuro y Memento son claramente superiores. Y El truco final y Origen están a un nivel semejante, pero a mí en lo personal me gustaron más. Esta recepción desmedida es quizá un efecto secundario de este panorama rebosante de series clónicas y remakes sin alma: un estreno con personalidad pega más fuerte de lo que lo haría con una competencia de más nivel. Y también pienso que estamos chocando de nuevo ante la barrera conservadora de los medios: la ciencia-ficción y la fantasía se tratan como cine de segunda al lado del drama (en este caso bélico), y después de ignorarlo durante tanto tiempo parece que por fin han descubierto a este director. Apuesto a que se llevará multitud de premios después de haber pasado por alto un hito del calibre de Interstellar

En pocas palabras, Dunkerque no habrá dado de lleno en el blanco, pero ha apuntado más alto y ha llegado más lejos que gran parte del cine actual.

El puente de los espías


Bridge of Spies, 2015, EE.UU.
Género: Drama, panfleto político.
Duración: 142 min.
Dirección: Steven Spielberg.
Guion: Ethan Coen, Joel Coen, Matt Charman.
Actores: Tom Hanks, Mark Rylance, Alan Alda, Amy Ryan.
Música: Thomas Newman.

Valoración:
Lo mejor: Se ve profesionalidad delante y tras las cámaras.
Lo peor: Pero también se ve cómo Spielberg tira de recursos muy facilones para tratar de llegar hondo por la fuerza, y además tiene un tono adoctrinante descarado.

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Como en sus últimos títulos, Lincoln y Caballo de batalla, tenemos al Steven Spielberg autocomplaciente y acomodado a los manidos parámetros de lo que se puede denominar como “cine de la academia”. Me refiero obviamente a la academia de los Oscar, el sector dominante del gremio en Hollywood, un amplio grupo de cineastas conservadores que se premian entre ellos siguiendo directrices muy claras de narrativa y temática. Los dramas sensibleros, las biografías manipuladoras, el patriotismo rancio, la puesta en escena obsesionada con realzar determinados aspectos de su gusto… El puente de los espías grita a la desesperada “mirad que bueno soy, quiero un Oscar” mientras a la vez vende el cansino mensaje de “somos el mejor país del mundo”.

Debo decir que de primeras no parecía un panfleto tan obvio. El tramo inicial del filme es más comedido, pues aunque narra con el esperable patriotismo hortera algún aspecto de los EE.UU. (su supuesta superioridad democrática, moral y judicial), lo hace con bastante fluidez y cierta naturalidad, quizá más que Lincoln, que pretendía ser tan hermosa y trascendental que quedaba muy encorsetada. Y en la carga política podría haber sido peor, porque la pugna capitalismo-comunismo prometía un tono mucho más partidista. Pero en principio el retrato de la época y los personajes parece realista: es lo que había en esos tiempos, fobia y fanatismo alentados por gobiernos opuestos y que sólo entendían el mundo en términos de blanco o negro. El juicio no sorprende pero entretiene, y la dinámica entre el abogado y el espía defendido ofrece dos personajes sencillos pero con cierto encanto, con lo que es fácil congeniar con ellos. Además, los actores están bastante bien en papeles difíciles, pues son de emociones contenidas. Tom Hanks no parece esforzarse desde hace años y sigue logrando sacar interpretaciones de nivel incluso donde no hay mucho que rascar. Eso sí, el asombro que hay con Mark Rylance me parece excesivo, aquí y en la serie donde también le han dado mil premios, Wolf Hall.

Pero el velo va cayendo, y cuando empieza la segunda parte, la historia de intercambiar rehenes, se hace evidente que es un drama prefabricado y con propaganda política descarada. Se puede aceptar que haya cierto contraste entre EE.UU. y Alemania, pues un país acaba de sufrir los envites de la guerra en sus carnes y está cayendo en un caos político que trae una etapa oscura, mientras que el otro empezaba a vivir una época dorada, pero de ahí al maniqueísmo que se monta Spielberg hay un trecho muy, muy grande. EE.UU. se retrata con luz y color, ambiente de trabajo maravilloso, gente amable y cándida, fuerzas de la ley simpáticas y cercanas… Alemania es el infierno, un lugar frío y desolado donde todos son monstruos desalmados (atención a la absurda escena del robo del abrigo).

A partir de aquí no esperes inteligencia y sutilezas. Todo está bien mascadito, se recalca en exceso, o se expone con trucos demasiado evidentes. Las escenas con paralelismos son las más grotescas, donde más se notan las trampas: los malvados comunistas torturando al preso en contraposición con el exquisito trato dado por los estadounidenses al suyo, los chavales saltando el muro de Berlín para acabar a tiros, contra los que saltan vallas entre casas en EE.UU. jugando, la mujer que mira al protagonista en el metro con mala cara por defender a un enemigo, contra esa misma mujer tiempo más tarde (¡pero qué casualidad, oye!) que lo mira exultante de admiración cuando el prota vuelve como un héroe… Pero las escenas torticeras más que sensibleras también cantan a distancia. Tenemos la loa a la familia tradicional de rigor, con la mamá en casa, los niños santos y el padre trabajador, donde soportaremos la peleílla artificial de turno para terminar con la reconciliación de cuento de hadas: el clásico el plano final de los niños y la mujer dándose la vuelta a cámara lenta, abriendo los ojos como platos al ver al papi en la tele puesto como un héroe. Toma dos cucharadas de azúcar, por si no tenías suficiente. Y hay muchos más clichés metidos a la fuerza, como la llamada que no parece llegar en el puente, la puerta del despacho del jefe cerrada cuando siempre la encontraba abierta, etc., etc.

A esto se le suma que Spielberg pierde el control del relato. El lío de la negociación a dos bandas, sumado a la intriga de si el protagonista podrá sobrevivir en el caos de Berlín en pleno alzamiento del muro de la vergüenza, debería haber aumentado considerablemente el interés de la proyección, ofreciendo una trama más compleja e intensa. Pero ocurre lo contrario, se diluye la fuerza y profundidad de la historia, y para rematar tiene fallos imperdonables. No entiendo cómo puede presentar tan bien al piloto y tan mal al estudiante, si al final son igual de importantes. Es como si quisiera poner a uno por encima del otro: el piloto paleto que va a la guerra por su país es mejor que el universitario intelectual pacifista. Por lo demás, los personajes implicados en las negociaciones hablan y hablan, pero en escenas carentes de empaque alguno, con lo que queda un thriller bastante soso y superficial.

En el acabado formal es indudable que la mano de profesionales veteranos se ve en cada plano. La ambientación es buena y Spielberg y el gran director de fotografía de Janusz Kaminski edifican una puesta en escena muy cuidada y con sabor a clásico del cine negro, de hecho hay varios planos de gran fuerza visual (como el protagonista pensando que está siendo seguido bajo la lluvia). Y en conjunto, aunque el ritmo sea mejorable en algunos tramos y los eventos muy previsibles, la cinta dura más de dos horas y no se hace larga. Pero la técnica no lo es todo, y con el tono elegido queda una película tan ahogada en su pretenciosidad y maniqueísmo que dificulta enormemente que el talento nato de sus autores fluya con naturalidad, y termina pareciendo un telefilme de alto presupuesto.

Lo sorprendente es que el guion es de los hermanos Cohen, muy dados a lo sutil y con más recursos narrativos de lo que aquí se ve. No hay forma de saber a ciencia cierta si Spielberg altera mucho el guion o los escritores esta vez no estuvieron a la altura, pero comparando la trayectorias de ambos parece estar claro quién cojea. Hubo un tiempo en que Spielberg nos ofrecía cine innovador, genuino y apasionado con el que nos deslumbraba y hacía soñar. La lista de Schindler, por citar la más equiparable con la aquí analizada, es un buen ejemplo de aquella gran época. Pero desde hace años está obsesionado con un clasicismo mal entendido, empeñado con recordar que es un grande de Hollywood. Y además da la impresión de que la edad lo está llevando al espectro conservador de EE.UU. (a pesar de autoproclamarse demócrata), con el patriotismo ciego y la concepción del mundo tan simplista y retorcida de los que hacen gala. Lo triste es que, como se ve todos los años en las nominadas a los Oscar, este estilo es el más admirado por la academia y tiene bastante éxito entre el público.