El Criticón

Opinión de cine y música

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El caso Sloane


Miss Sloan, 2016, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 132 min.
Dirección: John Madden.
Guion: Jonathan Perera.
Actores: Jessica Chastain, Mark Strong, Gugu Mbatha-Raw, Michael Stuhlbarg, Alison Pill, Sam Waterston, Jake Lacy, John Lithgow, Jake Lacy, David Wilson Barnes.
Música: Max Richter.

Valoración:
Lo mejor: Buen reparto, efectiva banda sonora.
Lo peor: Puesta en escena mediocre, caótica, resultando una cinta agobiante y fea en lo visual. Guion pretencioso, rebuscado, tramposo y aburrido, que para rematar desemboca en un final delirante.

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Por las notables críticas que ha recibido esperaba un buen título de un género cada vez menos habitual, el thriller adulto. Anunciaban un estilo a lo Aaron Sorkin (El Ala Oeste de la Casa Blanca -1999-, La red social -2010-), es decir, guion extremadamente denso e inteligente pero adictivo y fascinante. El reparto es de buen nivel y el director bastante llamativo, así que más alicientes tenía. Pero al poco de empezar ya se ve el desastre en ciernes, y no mejora al avanzar, es de esos casos en que el esfuerzo de llegar hasta el final me ha supuesto un cabreo y la sensación de dos horas perdidas.

Estamos ante una versión comercial y barata del género, una que para aumentar mi disgusto ha tenido bastante éxito. Está en la onda de Whiplash (Damien Chazelle, 2015) o House of Cards (Beau Willimon, 2013) más que en la de cualquier trabajo de Sorkin o de cualquier buen thriller reciente (la obra de David Fincher a la cabeza: Seven, Zodiac, Millennium), y sobre todo queda lejos del punto álgido en los años setenta, con clásicos como Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976). Es presuntuosa pero anda muy escasa de inteligencia, profundidad y verosimilitud. Abusa de un pobre repertorio de fuegos artificiales que provea espectáculo poco exigente, resultando aparatosa pero hueca, pues te taladra con mucha información inútil y juegos narrativos sintéticos que se derrumban ante cualquier lectura objetiva. Al contrario que el estimulante entretenimiento que han encontrado muchos espectadores, a mí la acumulación de enredos y tretas de baja calidad me adormeció los sentidos bien pronto, resultándome un visonado muy pesado y al final incluso incómodo: tanta falsedad y efectismo me resulta un tanto ofensivo, pues no me gusta que me intenten manipular y engañar.

Las pocas promesas del argumento pronto se diluyen en una fantasía que no hay por dónde coger. Se nota en seguida que la idea no es buscar un thriller con tintes dramáticos que nos absorba con su solidez narrativa, un misterio excitante y su fuerza emocional, sino uno que impacte con inmediatez a base de trucos fáciles, directos. Así, guionista y director no trabajan para conseguir una trama intrigante que se va desgranando poco a poco ante nuestros ojos, sino que se esmeran más en construir atmósferas y sensaciones inmediatas por la fuerza, y las sorpresas se basan en soluciones y giros rebuscadísimos de los que ninguno llega a funcionar, sea por tramposos, por artificales, por inverosímiles o una combinación.

Los diálogos van de sorkinianos, o sea, veloces, densos e ingeniosos, pero en realidad amontonan poca savia y muchos clichés apenas escondidos tras una aparatosa verborrea inane. El dibujo de personajes es inexistente, todos son objetos de la trama, es decir, bisagras y cepos para los giros y farsas. En la protagonista se junta todo, no se muestra de ella nada más que lo justo para despistar y engañar, así que es imposible encontrarle una dimensón humana, con lo que me resultó una figura con la que es imposible conectar. A pesar de tanto supuesto dramón y la buena labor interpretativa de Jessica Chastain, no sabemos por qué actúa, sufre y se lamenta, porque será un talento de actriz, pero sin un rol bien definido no hay manera de que sus lágrimas, rabietas y demás expresiones tan bien logradas transmitan algo concreto. La revelación final explica al menos sus acciones, su plan, después de mucho marear la perdiz, pero no es suficiente y llega tarde, y desde luego no convence al ser una fantasmada surrealista donde pasa de superheroína del modelo capitalista capaz de manipular su entorno cercano, a diosa que prevee el fluir de todo un estado al dedillo (en todo ámbito: medios, política, sociedad) y planifica una jugada monumental. Y todo ello con algunas salidas de tono ridículas, como la cucaracha espía.

Un buen thriller va espaciando pistas coherentes en una narración sugerente, y algunos incluso te plantan la solución en la cara, pero siempre de forma que dudes hasta el final o te falte una sola pieza para reconstruir el puzzle. Un buen thriller nos hace sudar codo con codo con los protagonistas, haciéndonos a ambos partífices del misterio, esto es, el personaje con el que seguimos la historia no guarda secretos relacionados con la misma, sino que va descubriendo las cosas a la par que nosotros. Un buen thriller sólo recurre a flashbacks y saltos temporales si es necesario (por ejemplo, para mostrar visualmente el relato de algún interrogado), no para tratar de realzar el misterio central y potenciar el drama de los personajes anunciándonos peligros próximos y dosificando burdamente la trama.

En El caso Sloan la protagonista principal está trabajando a todas horas del día con el equipo, pero aun así tiene tiempo para montarse un par de intrigas paralelas de altos vuelos, que no vemos porque así lo quieren los autores, pues no saben sorprender de otra manera. El caso es puro humo, con puntuales clímax de relleno para recuperar la atención, y se resuelve con una parida demencial que no hay manera de creerse, ese plan supremo que ya quisiera para sí un villano de James Bond. Es cierto que la pista inicial, soltada a lo bruto sin ton ni son nada más empezar la película y repetida en varias ocasiones, apuntaba a un ardid en la resolución, pero ni aun así podía intuirse semejante disparate, y mira que la premisa ya era de por sí bastante absurda. Los puntos álgidos metidos con calzador y los flashbacks que anuncian la inminente derrota de la protagonista son el colmo de la chapuza y la vagancia. Finalmente, como todo lo que se busca es espectáculo barato y el argumento se limita al juego del engaño chapucero, el potente contenido se deja de lado: los lobbies y políticos corruptos, la industria armamentística y varios conflictos ideológicos de EE.UU. latentes se usan como golpes de efecto, no hay una lectura de ningún tipo con estos temas, más allá de la obviedad de la corrupción moral inherente al capitalismo extremo.

En estas condiciones no sorprende que el ambiente de intriga se deje casi por entero a la puesta en escena. Y me temo que tampoco funciona. John Madden (conocido por Shakespeare enamorado -1998-, y que recientemente tiene una más que decente de suspense, La deuda -2010-) y su equipo (fotografía, montaje) van con la ida de aturullar, de avasallar con información, velocidad y los citados puntos álgidos nada naturales aquí y allá. El montaje trata de ser frenético pero resulta un despropósito, los personajes se quedan con palabras y reacciones en el aire para pasar a planos de otros, o a planos generales que no aportan información a la escena sino confusión. Por extensión, jugar con objetos por medio, deslumbres y demás enredos acentúa ese acabado tan mal planteado. Como resultado, el aspecto visual es informe, más bien desagradable.

Lo único que mantiene medio unido este desastre es la efectiva música de Max Richter y el buen trabajo actoral. Si no fuera por Mark Strong y Gugu Mbatha-Raw sería como si la protagonista no tuviera compañeros, porque el resto son peleles intercambiables. Los arquetípicos villanos, te acuerdas de ellos porque los encarnan unos veteranos de nivel como son John Lithgow, Sam Waterston y Michael Stuhlbarg. Y, sobre todo, si no fuera porque Jessica Chastain llena la pantalla, su irrisorio personaje sería incapaz de despertar el más mínimo interés.

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The Imitation Game (Descifrando Enigma)


The Imitation Game, 2014, EE.UU.
Género: Drama.
Duración: 114 min.
Dirección: Morten Tyldum.
Guion: Graham Moore, Andrew Hodges (novela).
Actores: Benedict Cumberbatch, Keira Knightley, Matthew Goode, Charles Dance, Mark Strong, Rory Kinnear.
Música: Alexandre Desplat.

Valoración:
Lo mejor: Algunos buenos actores. La magnífica banda sonora.
Lo peor: Falsea completamente la realidad para componer un trillado y manipulador relato de superación personal.
El título: Otra traducción absurda: poner el título original y al lado una traducción que no tiene nada que ver.

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Alan Turing (1912-1954) es uno de esos grandes genios de la ciencia bastante desconocidos por el público en detrimento de otros que se llevan todo el protagonismo. ¿Por qué Einstein, Newton y otros han contado siempre con tanta fama mientras los Tesla y Turing, igual de cruciales para la ciencia y el mundo moderno, y sin duda muchísimo más para el día a día del ciudadano, no cuentan con el reconocimiento merecido? La combinación de sesgo cultural, dominancia ideológica, medios poco implicados (antes también había revistas de divulgación y ciencia, ¿por qué no intentaban cambiar las cosas?) y programas escolares que no han corregido esas desviaciones han mantenido en la sombra a estas eminentes figuras. De hecho la imposición cultural occidental en algunos casos ha llegado a límites vergonzosos, como el endiosamiento de Thomas Edison (empresario que representa el ideal capitalista) a costa de ningunear a Nikola Tesla hasta el punto de atribuirle al primero inventos del segundo y de otros verdaderos científicos, como la electricidad apta para hogares, la bombilla… incluso la radio se le “robó” a Tesla durante décadas, con el cuento de Marconi. Hasta entrado el nuevo milenio, con Internet rompiendo todas las barreras del conocimiento, no se ha ido poniendo a cada uno en su lugar… pero me temo que la cosa va a trompicones y con pasos hacia atrás, como muestra esta fallida (o más bien retorcida) representación de la vida de Turing a modo de producto de consumo rápido dirigido a la masa descerebrada de espectadores. Al menos Internet está ahí para rebatir las mentiras y llegar a quienes quieren informarse mejor. Si es que por inventar se inventan hasta el nombre de la máquina.

Alan Turing es probablemente la figura más relevante en el nacimiento de las ciencias de la computación. Su genialidad con las matemáticas y la criptografía y sus tendencias filosóficas lo llevaron no sólo a crear los principios de la informática (algoritmos, máquinas precursoras de los ordenadores), sino también a predecir los ordenadores modernos y definir lo que sería la inteligencia artificial. Por si su lado científico no daba para una llamativa historia de genios y ciencia, su implicación en la Segunda Guerra Mundial como criptoanalista en el equipo que tuvo la difícil tarea de desentrañar la máquina Enigma de los alemanes ponía en bandeja la fascinante odisea de un héroe en un capítulo crucial de la guerra, un capítulo además secreto hasta hace poco, lo que le proporciona más intriga. Para rematar, sufrió la persecución homófoba de la época, teniendo un final de carrera y vida trágicos que podrían completar el relato analizando en qué fallamos a veces como sociedad y cómo podemos destruir la vida de ciudadanos de gran valor por prejuicios y modas culturales.

Pero en cambio dejan de lado la atractiva realidad, la vida Turing y otros individuos relacionados, y se montan una clásica historia de superación personal tal y como se entienden en Hollywood, es decir, de un bicho raro contra la adversidad, contra el hombre y contra el sistema. ¿Para qué demonios tomas un ejemplo real y lo deformas? Invéntate un personaje cualquiera, no mancilles el recuerdo y la Historia con tanta mentira. Resulta que Turing ya no es el gran trabajador en equipo y la persona simpática y amable que todas las biografías y artículos sobre él reconocen que era. Según Hollywood, un genio científico debe ser un tipo raro, solitario, arisco, con taras y tics, sean físicas o como en este caso mentales: lo convierten casi en autista o asperger. El militar que lidera el proyecto es reinventado también a villano de película infantil. De ser un experto en el campo investigado y quien puso a Turing inmediatamente a dirigir debido a su talento, se transforma en una mente cerrada que se obsesiona con ningunear a la versión ficticia de Turing en una relación de matón-pardillo de manual. Poner a cargo de un vital proyecto a alguien que no entiende lo que se hace y además es un patán… la incongruencia es monumental, pero qué más da, aquí se trata de llegar al espectador más tonto con los clichés más simplones.

Es tan bajo el nivel al que aspira la película que hay paridas demenciales, como ese compañero que pregunta varias veces qué hace la máquina que está ayudando a construir, en una burda excusa para explicar al espectador conceptos simples de forma directa. ¡Tú sabrás, que eres un experto y llevas meses configurando el chisme! Pero para colmo, a pesar de esos paréntesis cutres realmente no se explica casi nada de lo que están haciendo, sólo cosas superficiales: la máquina parece ser crucial, pero sólo sabemos que tiene muchos cables y ruedecitas. ¿Cómo funciona? Parece que por arte de magia: configuran tres conectores por detrás y resuelve los mensajes cifrados por Enigma así sin más. ¿No hay que meterle el propio mensaje cifrado ni nada? ¿Lo lee a distancia en la mesa donde está el papel con el texto? No falta tampoco esa otra manía persistente en Hollywood de que los hallazgos científicos no llegan por esfuerzo y tesón, sino por algo que te cae del cielo: el cansino momento eureka.

La aventura reúne todos los topicazos del género, pero se ve claramente que como referente principal usan Una mente maravillosa, a la que copian hasta escenas enteras (como el ligoteo). Tenemos el ya citado científico loco, un tipo huraño que como es esperable irá ganándose el respecto de sus colegas (risible el momento “Yo soy Espartaco”) a la vez que adquiere algo de humanidad, y cuyo genio derrotará a los intransigentes. Pasamos por el manido romance, que se presenta menos intenso que nunca porque el rol de Keira Knightley es totalmente hueco, pues al ser un simple complemento del protagonista no tiene entidad propia. Tragamos algunos mensajes trillados, como las chorradas obvias de trabajar en equipo, respetar a los diferentes, etc., pero se lleva la palma meter machismo donde no había: en el proyecto trabajaron cantidad de mujeres en tareas complejas de matemáticas y cifrado… lo machista es no reconocerlas y usar un rol femenino tan limitado para decir las tonterías de siempre. Soportamos el drama de postín con el sensacionalista sufrimiento del protagonista (atención a los flashbacks a la infancia) y con las imágenes de guerra metidas con calzador que supuestamente son desoladoras y lacrimógenas pero resultan manipulación emocional barata, cosa que empeora por su aspecto de videojuego.

Abusan tanto de recursos clásicos que llegan a caer en la más flagrante negligencia, como hacer que la historia sea narrada desde un punto del futuro del protagonista: queda ridículo ver a Turing contarle todos los secretos a un detective del tres al cuarto. A los autores ni les importa que el filme sea completamente inverosímil con tal de cumplir con los clichés. En esas escenas es imposible no pensar: “pues hijo, te has librado de la acusación de espía, pero te vas a comer la de alta traición”.

Pero también podemos hablar de cobardía. Ni una escena de Turing con un hombre, ni un simple beso. Le dan más relevancia al matrimonio de conveniencia, al romance con una fémina, para seguir cumpliendo con los clichés de Hollywood y el matrimonio tradicional de mujer fiel que lo cuide y complete, que a los intereses reales del personaje. ¿No es realmente hipócrita pretender narrar la caída en desgracia de Turing sin mostrar realmente a qué debe renunciar ni tan siquiera criticar la ignominia cometida con él?

Pensaba que este año no podía ver una película más torticera, artificiosa y manipuladora que Whiplash y El juez, pero me equivocaba. Sólo se puede rescatar el buen papel de Benedict Cumberbatch, ya consagrado como un valor seguro, aunque por el lado contrario se han desaprovechado un buen número de secundarios de calidad (Matthew Goode, Mark Strong, Charles Dance) en personajes arquetipos. Pero lo mejor es que sí deja algo para el recuerdo: otra espléndida banda sonora de Alexandre Desplat.

La noche más oscura


Zero Dark Thirty, 2012, EE.UU.
Género: Suspense, histórico.
Duración: 157 min.
Dirección: Kathryn Bigelow.
Guion: Mark Boal.
Actores: Jessica Chastain, Jason Clarke, Kyle Chandler, Jennifer Ehle, Mark Strong, Stephen Dillane, James Gandolfini, Fares Fares.
Música: Alexandre Desplat.

Valoración:
Lo mejor: Puesta en escena, ritmo estable y con un pico final excelente.
Lo peor: Narración fría, personajes poco definidos.
Mejores momentos: El tramo final, desde que localizan la casa hasta el fin del asalto: Maya apuntando los días, las reuniones, los helicópteros, la tensión en cada puerta y pasillo de la casa.

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Zero Dark Thirty es una película atrevida. Primero, porque Kathryn Bigelow se la jugó sacando a la luz información que la CIA consideraba secreto de Estado, lo que le podría haber acarreado notables problemas legales. Por suerte, o no eran secretos tan importantes (los helicópteros si acaso, el resto se ve tal cual en el documental de National Geographic), o han pasado de complicarse la vida persiguiendo a alguien famoso. Segundo, porque la historia tiene una carga política y moral que tanto dentro como fuera de Estados Unidos podría tocar la sensibilidad de muchísima gente. Pero Bigelow ha sido muy inteligente al hacer un relato casi documental, limpio de juicios y valoraciones, que se limita a narrar hechos tal y como ocurrieron. Esto no ha impedido que los lloricas habituales hayan atacado a la película diciendo que vende tal o cual mensaje, cuando evidentemente no lo hace, pero allá ellos, pues así quedan en evidencia. Las cuestiones y críticas que las haga cada uno como le plazca, pero sobre EE.UU., no sobre la película: el asesinato de Osama Bin Laden sin juicio, la invasión de un estado soberano como Pakistán sin pedir permiso, las cárceles secretas de la CIA por todo el mundo, las torturas inhumanas… Estoy sorprendido y agradecido de que una obra proveniente de Hollywood, y más con esta temática, no incluya los habituales mensajes más o menos descarados o maquillados que aparecen en muchas de sus producciones.

El problema es que este estilo es difícil de manejar, pues de aséptico y neutro es fácil pasar a frío y distante. Aunque la cinta tiene un ritmo excelente y el avance de la investigación resulta bastante fluido, desde el principio hasta el final le pesa bastante la sensación de frialdad, de lejanía. No se pierde el tiempo en describir personajes secundarios, en situarlos por la trama y llevarlos de un punto a otro. Salen y entran de la historia constantemente, algunos tienen una sola escena, y muchas veces ni se indica quiénes son, con lo que todos parecen usarse únicamente como canalizadores de alguna parte de la trama, sin darles entidad ni hacerlos atractivos de cara al espectador. Cuesta hacerse una idea de quién es quién en la cadena de mando de la CIA: el director, el enlace con el gobierno, el ayudante de uno u otro, algún director de destacamento, agentes varios… También tengo que decir que cuando uno de esos roles secundarios cobró un repentino protagonismo estaba claro que era para forzar que su muerte resultara impactante… pero el tiro sale por la culata: el personaje tenía que haber sido atractivo desde el principio, darle tanta importancia de golpe sólo anuncia descaradamente que va a morir.

Siguiendo con la falta de claridad, se sueltan datos sin hacer el más mínimo esfuerzo por dar pistas sobre su significado: las siglas de agencias y organizaciones con toda probabilidad te sean desconocidas, y parece que a Bigelow le da igual, apáñatelas como puedas. Y qué quieres que te diga, pero si no sabes que el ISI es el servicio de inteligencia paquistaní, o qué demonios es eso de KSM que tanto mencionan (un terrorista capturado, uno de los principales artífices del 11S y otros atentados), muchas escenas y averiguaciones no podrás entenderlas del todo.

Por todo esto decidí ver la película por segunda vez, para comprobar si con la Wikipedia y la ficha de IMDB a mano, buscando cosas, mirando los rangos o trabajos de cada rol, le sacaba más jugo a un filme que me resultó entretenido pero bastante inerte, incapaz de emocionarme como para recordarlo con agrado. ¿Puedo decir entonces que Bigelow erige un thriller que se puede disfrutar en dos niveles, primero dejándose avasallar los acontecimientos y luego analizándolos a fondo? Pues no, porque todos estos caracteres siguen siendo entes sin alma que entran y salen de la gélida narración sin aportar mucha esencia.

Sin embargo, siendo Bigelow y el guionista Mark Boal conscientes de que sin un personaje con el que el espectador congenie no hay manera de hacer interesante la historia, es evidente que pusieron esfuerzo en mostrar un rol central más fuerte. Y la jugada sale bien, pero no espectacular, pues este clásico protagonista contra el mundo también peca de ser demasiado distante y superficial. Sí, es consistente y atractivo (su evolución está bien desarrollada), y tiene algunos buenos momentos, pero no puedo quitarme de encima la impresión de que le falta definición (qué la motiva, qué piensa en los momentos clave) y de que en definitiva no es un personaje con el carisma y fuerza suficiente como para hacer que su aventura sea capaz de dejar huella en el espectador. Además hay que decir que, si ella es el foco de la narración, por qué demonios la olvidas en el momento cumbre de su carrera: en el asalto final casi no sale, cuando era crucial ver su reacción en cada paso del mismo. Y lo contrario ocurre en el epílogo: para qué me la sacas llorando cuando ha acabado todo si no me das algo que explique la situación. ¿Llora de alivio porque ha terminado su difícil odisea? Tampoco me explicaste por qué puso tanto empeño en ella, así que no esperes que ahora de repente me interesen sus tribulaciones. La película hubiera debido acabar cuando mira el cadáver de Bin Laden y sale por la cortina: ya no hay más que contar sobre Maya. También tengo claro después de haber visto a Jessica Chastain en algunos muy buenos papeles (en especial en Criadas y señoras), no entiendo por qué ha causado tanta sensación, si su interpretación es correcta sin más.

Si la película destaca como entretenimiento de calidad es por su milimétrica puesta en escena, capaz de mantener el ritmo e interés incluso en largos tramos donde no está ocurriendo realmente nada extraordinario. Los pasos de la investigación se atacan todos con intensidad, consiguiendo que los saltos de uno a otro no pierdan fuelle. Aun sin mostrar algo con mucha esencia (ninguna escena impacta: el interrogatorio es sencillo, las averiguaciones iniciales no son muy trascendentes) la proyección avanza sin achaques. Y desde que se descubre la casa sospechosa, el subidón es notable, pues por fin hay un rumbo más claro, una trama más consistente y varios personajes secundarios con presencia más concreta y definida. Cómo suben y bajan los datos por la cadena de mando, cómo luchan y dudan por la viabilidad del asalto, la insistencia de Maya marcando los días en el cristal del despacho de su superior, las averiguaciones sobre la casa basadas en una observación externa y finalmente el espectacular asalto garantizan un entretenimiento de primera.

En estos momentos de mayor trascendencia la puesta en escena realza la narración de forma impresionante: en realidad el asalto a la casa son cuatro tiros, pero Bigelow llena media hora con ello y consigue que sea trepidante e intensa como la mejor cinta de acción. La excelente planificación, la cámara siempre puesta en el mejor sitio posible, el montaje perfecto, la fotografía e iluminación de calidad, el uso del sonido (efectos sonoros de impresión), la excelente y sutil banda sonora de Alexandre Desplat… No hay duda de que Bigelow es una directora de gran calidad, y de que Zero Dark Thirty sin esta realización de tan buen nivel podría haber sido un telefilme anodino.

John Carter


John Carter, 2012, EE.UU.
Género: Acción, fantasía.
Duración: 132 min.
Dirección: Andrew Stanton.
Guion: Andrew Stanton, Mark Andrews, Michael Chabon, Edgar Rice Burroughs (novelas).
Actores: Taylor Kisch, Lynn Collins, Samantha Morton, Willem Dafoe, Thomas Haden Church, Mark Strong, Ciarán Hinds, Dominic West, James Purefoy, Bryan Cranston, Polly Walker.
Música: Michael Giacchino.

Valoración:
Lo mejor: El dinero luce de maravilla. La banda sonora es excelente.
Lo peor: El guion es penoso, la aventura confusa y aburrida.
La frase: ¡Vorginia, Vorginia!

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La trama tiene un trasfondo demasiado complejo de reinos, razas, culturas, creencias, conflictos e incluso detalles no llamativos pero necesarios para entenderlo todo, como el cargo y funciones de cada personaje o sus difíciles nombres. A su vez, la historia del personaje, este capítulo concreto que se nos relata de ese mundo, resulta muy sencilla, obedece a innumerables clichés de los cuentos de aventuras, reinos y guerras con pueblos oprimidos. Y por desgracia la mezcla no funciona. El mundo imaginario se presenta a duras penas, con evidentes dudas por parte del guionista y director sobre cómo hacerlo (de hecho se habla de que la película duraba casi tres horas y fue recortada drásticamente) y la consecuente sensación de improvisación, parcheo constante y falta de rumbo. Prólogos confusos mal hilvanados, recesos aburridos o todo lo contrario, lluvia de información mal dosificada, exponen de forma confusa y aparatosa la historia de Marte y sus gentes. Conflicto entre pueblos mal explicado (no se entiende de qué va el asunto ni se sigue claramente el desarrollo de los acontecimientos), cuentos de dioses y creencias que resultan intrascendentes y no se entiende muy bien su conexión con la trama, y sobre todo una raza enemiga que no se sabe qué demonios son y qué pretenden, sientan malamente los cimientos de la aventura. Y claro, si el lugar y la situación donde los personajes se sumergen no resultan atractivos ni fáciles de comprender, la conexión es difícil de establecer.

Las vivencias del protagonista y los secundarios que se encuentra por su camino pecan de simples y previsibles. El héroe renegado pero honorable, la princesa luchadora, el padre agobiado por los problemas que asaltan al reino, el enemigo implacable, las fuerzas oscuras que mueven los hilos desde la sombra… No faltan tampoco los nuevos amigos, las rivalidades con los machotes de la tribu y, como es Disney, también tenemos la mascota simpática (menos mal que no habla). Los hechos navegan por un camino igual de trillado. Aceptación de la misión, reunificación del pueblo, lucha contra el villano y final feliz con boda. Pero lo grave no es que el relato siga patrones muy clásicos, sino que lo hace bastante mal. Primero, porque no es capaz de desligarse del sabor a predecible, y segundo, porque parece empeñado en seguir esos patrones a toda costa, aunque deba descartar buenas ideas, aunque fuerce situaciones incongruentes, aunque se simplifique todo hasta límites molestos. Por ejemplo, la forma en que repentinamente Carter se queda y se casa con la princesa es de un ridículo indescriptible, y roles como el rival belicista de la tribu son de risa.

John Carter ofrece la misma historia que Avatar, Willow, La guerra de las galaxias… Y sí, hay que matizar que en realidad la saga de novelas en que se basa, creada por Edgar Burroughs en 1912, es precursora de muchas de estas obras, la fuente de la que numerosas películas conocidas han bebido descaradamente (de ahí el enorme parecido con La guerra de las galaxias, sobre todo la nueva trilogía)… pero es una razón más por la que esforzarse en conseguir dotar a la narración de más intensidad, en forjar un aura reconocible como propia e independiente. Es evidente que todas esas cintas citadas sabían minimizar sus limitaciones y exprimir sus virtudes, hacer interesantes a sus personajes, mostrar la trama de forma clara y, sobre todo, sabían entretener. John Carter es un despropósito, un burdo conglomerado de ideas primarias sumergidas en un universo pésimamente descrito. Y lo peor, el protagonista es mediocre y los secundarios aburridos. Como ocurría con el Aragorn de El Señor de los Anillos, John Carter es un cutre héroe que no sabe lo que quiere, que no desea estar ahí… pero sin que se explique por qué el tío se apunta a todo. Deambula sin motivaciones claras, pasa de todo pero no pasa, no quiere estar ahí pero lo está, se muere por volver a casa pero se casa con la princesa y se queda en Marte no se sabe por qué. Es un rol tan pobremente descrito y tan puesto al servicio de la narración que carece de entidad, de definición, y es incapaz de conseguir despertar interés en su caótico viaje.

El actor Taylor Kitsch cumple por los pelos. Mejor lo hace la princesa, pues Lynn Collins es capaz de sacar algo de emoción de su también monocromático personaje; además, viniendo el filme de Hollywood y de Disney sorprende por haberse elegido un bellezón maduro y exótico y no una rubita adolescente del patrón MTV, y por enseñar bastante chicha. En los caracteres secundarios tenemos un reparto de infarto bastante desaprovechado en personajes caricaturescos y disfrazados de formas horteras, pero el buen hacer de estos veteranos salva algunas escenas, como la pequeña aportación de James Purefoy a la fuga, uno de los pocos momentos cómicos dignos de recordar.

Cabría pensar que como cinta tontorrona de aventuras, fantasía y acción de alto presupuesto valdría para entretener, como Piratas del Caribe antes de ir desvaneciéndose en episodios insulsos o Transformers 1 y 2. De hecho, incluso los pocos que fueron a verla al cine no hablaron muy mal de ella. Pero desde mi punto de vista el guion es tan infame que no hay manera de salvarla, y más cuando la dirección es irregular. Sí, la puesta en imágenes es fastuosa. Los decorados, vestuario, localizaciones y en especial los efectos especiales son alucinantes. La dirección de Andrew Stanton saca buen provecho de todo ello con una puesta en escena que maneja muy bien la amplitud de los escenarios (virtuales y reales), pero a la hora de enfrentar las escenas de acción toda la magia desaparece y la película se convierte en otra más de acción aparatosa llena de efectos especiales y ruido donde no se entiende nada, donde las criaturitas digitales copan las imágenes sin transmitir emoción alguna. El clímax final es muy monótono y las peleas sosísimas a pesar de las impecables labores de diseño de producción y efectos especiales. Gran parte de culpa la tiene que sin personajes llamativos a los que seguir no hay manera de despertar interés, pero también se agrava por la carencia de energía, de alma, en la dirección de esos momentos cumbre. Hasta Michael Bay consigue resultados claramente superiores en sus productos, y por ello logra sobreponerse a sus limitados guiones y ofrecer cintas espectaculares y entretenidas, pero Andrew Stanton, tras su fulgurante carrera en Pixar (con joyas como Wall-E y Buscando a Nemo), no ha solventado muy bien su paso a la imagen real (o medio real).

Pero más allá de la impresionante recreación visual de Marte y sus pobladores, lo que destaca enormemente en esta fallida mega producción es la imponente banda sonora de Michael Giacchino. Con influencias de John Williams y Maurice Jarre crea un motivo principal épico, glorioso, y se marca en general una obra notable que ensalza las imágenes de forma impresionante, dotándolas de una fuerza de la que en realidad carecen y dando intensidad a una trama apática y de ritmo renqueante.

Otra vez Hollywood da por sentado que una buena película se hace solita con dinero y un apartado visual vistoso a base de efectos especiales y ruido. Se buscaba un gran éxito comercial, e incluso el inicio de otra saga que pegase fuerte en la población, pero John Carter no partía con la ventaja que tuvieron Harry Potter, Transformers, Crepúsculo, Los juegos del hambre…: su fuente original no era adorada por masas ingentes de población. Así, el órdago era de aúpa. Y alguna vez esta fórmula absurda tenía que estrellarse. Quiso un aleatorio cúmulo de hechos que no llamara la atención del público de forma masiva, pues no toda producción palomitera puede conseguir llenar las salas de cine con fuegos artificiales sin nada detrás. Una película de 250 millones (la más cara de todos los tiempos, tras excepciones como El Hobbit o Avatar) que no recauda esa misma cifra en su semana de estreno y además tiene un mal boca a boca cuando se necesitaban al menos 500 ó 600 millones para empezar a ser rentable, y no ha pasado de 270, es un fracaso sonado, tan sonado que el presidente de Disney tuvo que dimitir. Y me temo que esto significa que a partir de ahora se arriesgarán menos con las grandes producciones, que tirarán más hacia las secuelas y remakes facilones. Así pues, el fiasco de John Carter no se limita a lo artístico, sino que ha minado también la industria y parte del futuro cercano del género. Ha sido más entretenido y espectacular el efecto causado sobre el gremio que la propia película.

Sunshine


Sunshine, 2007, EE.UU.
Género: Acción, suspense, ciencia-ficción.
Duración: 107 min.
Dirección: Danny Boyle.
Guion: Alex Garland.
Actores: Cliff Curtis, Cillian Murphy, Michelle Yeoh, Rose Byrne, Chris Evans, Chipo Chung, Hiroyuki Sanada, Benedict Wrong, Troy Garity, Mark Strong.
Música: John Murphy, Underworld.

Valoración:
Lo mejor: El primer tramo de la cinta, el más comedido e interesante.
Lo peor: El delirante final. La mediocre puesta en escena de Danny Boyle, el guion lleno de agujeros e incongruencias e incapaz de definir buenos personajes y ofrecer una trama que equilibre las distintas y casi incompatibles líneas narrativas (mezcla poco homogénea de cine de catástrofes, de ciencia-ficción, de terror…).

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Trainspotting (1996) fue notable e influyente, pero desde entonces Danny Boyle no da pie con bola. La playa (2000) y 28 días después (2002) mantienen el éxito pero de calidad andan bien escasas. El caso de Sunshine ha ido por el mismo camino: ha tenido en general críticas decentes, pero el producto final me ha parecido casi desastroso, y en gran medida por culpa del director.

Sunshine es una malograda mezcla de géneros. Comienza como cine de catástrofes, con la poco creíble misión de detonar una bomba en el Sol para reactivarlo, continúa como cinta de ciencia-ficción, con las aburridas aventuras de la tripulación intentando llegar a su objetivo mientras lidian con irrelevantes problemas técnicos, y en el tramo final se decanta sorprendentemente por el terror de zombis (que incluye leves toques de gore). La simbiosis entre estos tres estilos es irregular, ineficaz. La cinta va dando traspiés sin que quede claro de qué va (con la bomba como macguffin chapucero), sin decantarse de una vez por un rumbo y género concreto, con lo que dificulta la atención del espectador, quien tiene que afrontar los cambios de estilo y dirección.

El otro gran problema que su base resulta bastante endeble: los personajes carecen definición, entran y salen aleatoriamente porque su único cometido es morir en uno u otro instante. Se trabajan tan poco desde el guion al casting que ni alcanzan el mínimo exigible en la verosimilitud. No hay quien se crea a estos jóvenes casi imberbes como científicos y astronautas de gran nivel, de hecho, aparte de comportarse como adolescentes inmaduros cada cual es más incompetente y patético; el segundo al mando llega a ser una caricatura vergonzosa.

Se acumulan diálogos vacíos, situaciones poco trabajadas cuando no incongruencias enormes, te asaltan preguntas cada dos por tres… Por ejemplo, ¿qué sentido tiene que el escudo tenga paneles que se abren?, ¿cómo pueden los restos de piel humana de siete tripulantes dejar una capa de polvo de varios centímetros en una nave tan grande?, ¿por qué ese personaje se comporta tan irracional e infantilmente?, ¿por qué justo ahora se olvidan de la radio o de poner el filtro solar?, ¿cómo pueden respetar tan poco la cadena de mando? A veces dan ganas de gritarle ¡estúpido! a los personajes.

Las virtudes del libreto son casi inexistentes, pero es más lamentable que el poco jugo que se le podría sacar Danny Boyle no lo aprovecha. Su puesta en escena carece de originalidad (¿por qué cuando se está en una nave espacial la cámara tiene que girarse?), abusa de primeros planos y enfoques cortados (reflejos, reflejos borrosos, objetos de por medio) que lejos de imprimir el tono de claustrofobia propio de la situación limitan completamente la narración a los rostros de unos personajes muy aburridos, con lo que no se ve nada y se echa a perder aún más la poca intensidad que posee la historia. El abuso de escenas que pasan por encima de la nave o muestran su escudo también resulta cansino, por no hablar de las repetidas e innecesarias visitas a la sala de observación. Pero la cosa va a peor a medida que avanza la función, pues cuando la nave perdida aparece, Boyle pierde el juicio completamente. La absurda y ridícula locura a la que asistimos a partir de entonces comienza con unos flashes repentinos diseminados entre fotogramas. No se acierta a ver qué es, no se comprende su presencia, sólo distrae y hace pensar en un fallo de la proyección. El montaje se acelera, se hace caótico, la fotografía empieza a agitarse descontroladamente… Pero todavía no ha llegado lo peor, pues contra toda lógica Boyle se empeña en emborronar la pantalla ante la presencia del zombi, así que los últimos minutos se limitan a ruido, borrones, personajes corriendo… y uno ya no sabe qué pasa.

Arreglando el tramo final podría haber sido una serie b decentilla; bastante típica y con muchos baches, pero pasable. El conjunto da lástima, y por si fuera poco se acumulan los instantes que recuerdan a producciones clásicas del género, desde 2001, una odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968), Solaris (Andrei Tarkovsky, 1972) y Alien (Ridley Scott, 1979) a cintas menores recientes, como Horizonte Final (Paul W.S. Anderson, 1997), dejando una sensación constante de falta de originalidad, de personalidad.