El Criticón

Opinión de cine y música

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Dolor y dinero


Pain and Gain, 2013, EE.UU.
Género: Acción, comedia.
Duración: 129 min.
Dirección: Michael Bay.
Guion: Christopher Markus, Stephen McFeely.
Actores: Mark Walhberg, Dwayne Johnson, Anthony Mackie, Tony Shalhoub, Ed Harris.
Música: Steve Jablonsky.

Valoración:
Lo mejor: Guion excelente, lleno de escenas geniales rebosantes de locuras y humor. Personajes magníficos y actores muy competentes.
Lo peor: Que no haya tenido el éxito que merece.
Mejores momentos: La confusión de coche, la reunión vecinal, la motosierra, la parrilla, el juicio resumido a través de chistes enormes…

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A pesar de su mala fama me parece indudable que Michael Bay tiene bastante talento como director de acción. El problema es que no termina de centrarse y dejarlo salir por completo, no es capaz de dejar atrás algunas limitaciones importantes. La principal y de la que derivan todos sus fallos y manías es que tiene una visión del mundo muy inmadura. Por ello elige guiones de escasa inteligencia y llenos de tonterías, y rueda ensalzando aspectos bastante criticables: clichés adolescentes, machismo, patriotismo exacerbado, grandilocuencia descontrolada… Así pare títulos tan irregulares como Transformers 3, máximo exponente de sus errores y aciertos: es terriblemente estúpida, pero cuando se centra en la acción logra algunas de las mejores escenas de la historia del género (la parte del edificio… sin palabras).

A mediados de su carrera se ve que intentó crecer con un par de producciones más serias: con Pearl Harbor emuló descaradamente el éxito de Titanic como drama emocional de grandes proporciones, y con La isla pretendió una de acción inteligente. Pero se estrelló estrepitosamente por culpa de los mismos puntos de vista y errores: asombrosamente ridículo fue el guion que aceptó para la primera, y la otra no ofreció nada llamativo. Desde entonces en vez de aprender algo se dedicó a potenciar esa vena más que juvenil inmadura, porque tristemente hay que admitir que su estilo y películas triunfan, fomentando así el círculo vicioso. Es decir, no va a replantearse nada mientras lo que haga se acepte en la taquilla, por mucho que luego lo pongamos a parir.

Viendo el panorama nada esperaba ya de él, pero de repente sorprende con Dolor y dinero, un título menor (no independiente, pero casi) de escasísimo presupuesto (20 millones, diez veces menos que en sus últimas producciones) que con un guion excelente y una puesta en escena que lo aprovecha muy bien debería abrir los ojos a cualquier detractor, pues aun siendo una comedia alocada demuestra que Bay puede rodar cine serio, es decir, inteligente y de calidad. Y digo debería porque no ha causado mucho impacto: a pesar de haber tenido buena distribución y publicidad no la ha visto casi nadie (85 millones de recaudación mundial), algo que no logro entender dado el tirón del director, capaz de triunfar con basuras como Dos policías rebeldes, mientras que la recepción crítica ha sido correcta pero no llamativa. Por ello me parece una película a reivindicar, una que creo ganará con el boca a boca y el tiempo. Pero me temo que si enlazo con lo dicho en el párrafo anterior aparece una mala lectura de todo esto: si con esta película que se sale de su onda no ha tenido éxito, se aferrará aún más a su tónica habitual… De hecho se rumorea un Dos policías rebeles III.

Los guionistas Christopher Markus y Stephen McFeely (ambos trabajan siempre juntos, teniendo títulos como la trilogía de Las Crónicas de Narnia, Capitán América o Thor 2) se basan en la historia real de un grupo de perdedores que, obsesionados con el sueño americano de triunfar, optan por agarrar ese sueño en vez de ganárselo: se plantean el secuestro de un tipo con dinero para extorsionarlo. Como patanes que son, todo les sale fatal, y se sumergen en una espiral de calamidades que los lleva directo al abismo, con asesinatos incluidos.

El delirio está garantizado en este trepidante, original y divertidísimo relato, alzándose como una de las mejores comedias gamberras que recuerdo desde Very Bad Things (aunque sin un humor negro tan excesivo). La gracia emerge de las situaciones absurdas, casi irreales a veces, de las meteduras de pata (cuando se equivocan de coche…), de las excentricidades y tics de los protagonistas (Victor y su palabrería incesante, Paul el buenazo…), de los excesos cometidos (Paul derrochando el dinero en droga)… Toda secuencia es un despiporre, y hay escenas descojonantes cada dos por tres. La policía sin creerse el relato de Victor, la devolución de la motosierra con restos de sangre, la reunión vecinal de seguridad, las paridas que le suelta Daniel a los niños que entrena… Llega un punto en que muy acertadamente nos recuerdan, mediante texto en pantalla, que estamos ante una historia real, consiguiendo realzar lo absurdo de los hechos mientras se logra otro chiste genial.

La narrativa es más que vivaz, es impresionante: de principio a fin es un no parar, con cada tramo bien medido en el tiempo y el ritmo, pues aunque se notan capítulos bien diferenciados (la presentación de personajes, la preparación del crimen, el desastre, las secuelas, la persecución del detective) todos duran lo necesario, se enlazan con habilidad y fluyen de maravilla. Bay saca lo mejor de sí con sus travellings constantes, su fotografía llena de colorido y los numerosos recursos de los que hace gala en las escenas más exigentes. Además capta a la primera el tono irreverente y casi auto paródico y lo aprovecha muy bien, formando un aura de fábula sobre el fracaso que potencia el tono lastimero pero humorístico de los acontecimientos. ¿Se ven algunos de sus cansinos tics?, os preguntaréis. Pues en cierta manera están ahí: las mujeres tienen un papel de mero objeto, la patria se ensalza bastante… Pero también forman parte de la parodia: la chica es tonta porque los protagonistas lo son también y no pueden aspirar a más, y como decía las señas clásicas de Estados Unidos son objeto de burla (hasta algunas cosas secundarias, como las reuniones sobre superación personal y empresarial, se ridiculizan sabiamente). Lo cierto es que sorprende que un tipo que hace un cine tan conservador tenga tanto sentido de autocrítica.

La descripción de los personajes es certera, cada uno tiene su forma de ser, sus manías y limitaciones, y los actores los interpretan muy bien. Mark Walbergh acierta de lleno a la hora de mostrar un tontaina ambicioso, y Dwayne Johnson sorprende enormemente (nunca mejor dicho) con su panoli perdido de la vida al principio y que evoluciona muy bien hacia la desesperación. Anthony Mackie tiene menos presencia pero está correcto. Tony Shalhoub y Ed Harris son valores seguros, y ambos están en su salsa: el primero puede dar rienda a su vena histriónica, pues el personajillo que tiene entre manos es repelente y consigue que dé grima y pena a la vez, y Harris como serio agente retirado flipando por el caso cumple de sobras.

Dolor y dinero es una de las mejores comedias de los últimos años, tan carismática y divertida que no entiendo cómo no ha pegado un pelotazo como el de otras locuras consideradas de culto, como Snatch, porque desde luego lo merecería. Y es la prueba de que Michael Bay, si elige bien el guión, puede hacer buen cine.

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Infiltrados


The Departed, 2006, EE.UU.
Género: Suspense, acción.
Duración: 151 min.
Dirección: Martin Scorsese.
Guion: William Monahan.
Actores: Leonardo DiCaprio, Matt Damon, Martin Sheen, Jack Nicholson, Mark Walhberg, Ray Winstone, Vera Farmiga, Alec Baldwin.
Música: Howard Shore.

Valoración:
Lo mejor: Más consistente en el argumento y con personajes mejor desarrollados.
Lo peor: Pero algo menos impactante en lo audivisual. También tira de sensacionalismo más de la cuenta.
Mejores momentos: El tiroteo a la caravana entre fronteras.

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Scorsese ha orquestado con un resultando difícilmente mejorable una película grandiosa, complejísima en contenido y forma, con una historia llena de numerosos y logrados personajes, con intrincadas tramas de corrupción, delincuencia y persecución de delincuentes, amoríos, crecimiento y superación personal, supervivencia… Estamos, salvo sorpresa de última hora, ante la mejor película del año.

La producción se inicia con un montaje confuso de planos intercalados de personajes: jóvenes policías en su graduación. La narración va cobrando forma, siguiendo a los protagonistas en sus recién iniciadas carreras. Unos comienzan a labrarse un futuro de prestigio y riqueza con el ascenso en cuerpos especializados en la vigilancia y detención de mafias, otros ven cómo su pasado relacionado con dicha organización criminal sirve como pretexto para que sus superiores les endosen delicadísimas misiones de infiltración entre los mafiosos. Por si fuera poco, entre la policía también hay infiltrados en los departamentos menos esperados… Asistimos así a un impresionante y perfectamente escrito juego de espionajes, traiciones y crímenes donde mafia y policía danzan el uno al lado del otro cada uno según sus reglas, donde las sorpresas que dan giros completos a la historia están a la orden del día.

Infiltrados es una película cien por cien Scorsese: planos rápidos, montajes extraños, fotogramas congelados, movimientos de cámara ingeniosos, diálogos ágiles, sangre por doquier… No soy experto en la filmografía del autor, pero la realización es una auténtica maravilla, superior a otros trabajos suyos tan famosos como El aviador o Uno de los nuestros. Por si fuera poco, el director de fotografía Michael Ballhaus nos deleita con una labor estupenda y llena de recursos, aunque aun más destacable es el montaje, uno de los más difíciles que he visto en años, resuelto con perfecta sincronización por Thelma Schoonmaker.

El guion es una versión de una película china de hace muy poco, del año 2002, Mou gaan dou (Juego sucio), escrita por Alan Mak y Felix Chong y dirigida por Andrew Lau. De la adaptación se ha encargado William Monahan, un escritor con muy pocas películas en su haber (la más conocida, El reino de los cielos). El resultado es prodigioso, sobre todo teniendo en cuenta la enorme complejidad de la historia: los personajes, los diálogos, la forma narrativa que alterna con rapidez y mucha claridad y fluidez los distintos frentes de la acción… Es cine del inteligente de primer nivel, pero el espectador medio disfrutará igualmente, pues el ritmo es infernal, los personajes fácilmente identificables y simpáticos, y las dosis de humor, drama y acción están perfectamente medidas.

En un reparto tan amplio, con el tiempo en pantalla tan repartido y el protagonismo compartido, no era fácil obtener actuaciones inolvidables. El resultado en general es muy bueno, con profesionales ofreciendo actuaciones de primer nivel (Nicholson, Damon, Sheen…)… pero sin embargo entre todos ellos destaca alguien que ya apuntaba bien alto desde sus últimos trabajos: Leonardo DiCaprio. El joven guaperas que inició su carrera con producciones donde encarnaba a personajes insoportables (Titanic el mejor ejemplo) con interpretaciones muy limitadas ha ido ganando en experiencia y ha realizado grandes papeles. En El aviador fue uno de los actores más destacables de aquel año, y en Atrápame si puedes también se lució. En Infiltrados vuelve a sorprender, metiéndose muy bien en la piel de un joven con un futuro incierto y un presente difícil, donde su vida pende siempre de un hilo. Sus frustraciones e inquietudes están representadas con gran efectividad por el actor, y tiene algunos momentos muy llamativos, como cuando su jefe en la mafia (un siempre histriónico Jack Nicholson) le interroga cara a cara para tratar de averiguar si es la rata traidora: DiCaprio transmite toda la desesperación y temor del momento.

Scorsese y Monahan mantienen sumido al espectador en una sensación de asombro constante durante más de dos horas. La tensión en los momentos cumbres era palpable en la sala donde vi la película, y las risas acompañaban al humor rápido y nada fácil de los diálogos y situaciones. Infiltrados es absolutamente imprescindible para cualquiera que tenga algo de interés en el buen cine, aunque como sucedió el año pasado con Crash, es una producción distinta, con un estilo muy personal que probablemente no guste a todos, pero cuya calidad debería estar fuera de toda duda.