El Criticón

Opinión de cine y música

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Casino


Casino, 1995, EE.UU.
Género: Drama, suspense, histórico.
Duración: 178 min.
Dirección: Martin Scorsese.
Guion: Nicholas Pileggi, Martin Scorsese.
Actores: Robert De Niro, Sharon Stone, Joe Pesci, James Woods, Don Rickles, Billy Sherbert, Frank Vincent, Kevin Pollack, Pasquale Cajano.

Valoración:
Lo mejor: Algunos pasajes son lo justo de entretenidos, los protagonistas lo justo de simpáticos, los actores lo justo de carismáticos…
Lo peor: Pero yendo justo no se logra una buena película, y menos esa grandiosa que vende tanta buena crítica. El guion es superficial y torpe, la puesta en escena poco llamativa. Las tres horas que dura se hacen bastante cuesta arriba.

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La conmoción de Uno de los nuestros (1990) todavía coleaba. Y antes de esa, Scorsese nos había deleitado con otros tantos títulos notables sobre criminales. El mundo, tanto crítica como público, estaba abierto de brazos ante un autor que mantenía la expectación en el género por las nubes. Y aún la mantiene, a tenor del entusiasmo con que se esperaba El irlandés (2019). Pero no siempre se acierta, se tiene la inspiración y las ganas. Casino es un bache enorme en su carrera, aún más notable que las irregulares Gangs of New York (2002) y El irlandés. Otra cosa es que el fervor y el favoritismo impidan ver la realidad.

Martin Scorsese y Nicholas Pileggi se unieron de nuevo para adaptar otra historia real de crímenes, pero parece que fue más para revivir el reciente éxito de Uno de los nuestros que por tener verdadera pasión en el relato. En aquella está claro que pusieron mucho más mimo en la escritura, cuidando la forma tanto como el contenido, tratando de lograr algo distintivo, que pegara fuerte. Trabajaron a fondo con los actores en el dibujo de los personajes, analizando cómo habrían de interpretarlos, cuidando el detalle. En el rodaje, el director echó toda la carne en el asador, deslumbrando con infinidad de recursos narrativos.

Aquí da la impresión de que desarrollaron el proyecto con la inercia, optando por lo básico, jugando sobre seguro. La escritura denota dejadez y desequilibrios formales, no es capaz de ofrecer una historia concreta, unos personajes sólidos, un desarrollo de ambos coherente y en general un relato que al menos fuera entretenido. Fuerzan la grandilocuencia por longitud y enredos varios (subtramas, detallismo innecesario), no por apuntalar una trama de gran calado y complejidad, cuidando los aspectos pequeños tanto como la perspectiva global de forma que el todo deslumbre.

La descripción de las mafias no cuaja, no ofrece novedades ni en lo relevante (los capos, el funcionamiento de su entramado criminal) ni en el repertorio de anécdotas (curiosidades de este mundo y vivencias varias de los personajes) con respecto a los obvios referentes, El padrino (Francis Ford Coppola, 1972), Uno de los nuestros y Scarface (Brian De Palma, 1983). La parte más relevante en esta trama, el casino y el protagonista que lo lleva, tampoco apasiona a pesar del glamour del escenario, las fechorías, las fiestas y drogas…

Las motivaciones de los personajes son vagas y la evolución de sus personalidades inconsistentes, en algunos casos dejan huecos enormes. A Sam “Ace” Rothstein (Robert De Niro) le encanta su trabajo en el casino, no conoce otra cosa. Nosotros tampoco conocemos más de él. Por qué se casa con una timadora, por qué si es tan cuidadoso y profesional deja irse tanto las relaciones con los mafiosos, empezando por su amigo Nicky Santoro. Este es un remedo barato del rol que tenía el propio Joe Pesci en Uno de los nuestros. Simpático, alocado, peligroso… impredecible, un comodín para que haya problemas. Y por ello, la rivalidad entre ambos es poco emocionante, muy volátil en el mal sentido: es predecible y repetitiva unas veces, otras se olvida por completo y te preguntas si han arreglado algo fuera de pantalla. Tanto De Niro como Pesci van con el piloto automático puesto, hasta el punto de que llega a ser cargante la poca gana que le ponen y la repetición de sus tics más habituales. Ginger McKenna brilla inicialmente con una Sharon Stone bellísima y enérgica, pero pronto se atasca también en una trayectoria muy mal hilada. Qué piensa, qué anhela, qué le falta, por qué tiene esos prontos y bajones y sigue al paria interpretado por James Woods

No encontramos personajes secundarios con calado y menos con pegada, de hecho, muchos ni se quedan en la memoria, y en los casos en que reaparecen al final para aportar por fin algo en teoría trascendente es difícil acordarse de quiénes son y qué pintan en el conjunto de los hechos. El caso más sangrante es el tipo al que escucha el FBI en su tienda y permite que caiga todo el tinglado de mafias y casinos: ¿quién es, por qué lo siguen? No entendí nada. Algo tan crucial en el desenlace no se puede descuidar tanto.

El único atrevimiento que hay con la narrativa es un disparate descomunal. El protagonista muere en la primera escena de la proyección, lo que representa el final de su historia y el comienzo de la narración al espectador de su vida a modo de flashback. Por lo general la voz en off aporta poco, describe lo obvio y no nos adentra en los pensamientos del personaje. Pero de repente aparecen otros personajes narrando, y entonces todo queda muy raro. No hay una declaración final a las autoridades que justifique tanto palique, es más, como digo, algunos mueren, ¿nos hablan desde el más allá? Así, lo que en principio estaba siendo una voz en off irritante pronto se convierte en un galimatías sin pies ni cabeza. Y para rematar, tres horas después resulta que no, que me has engañado, el personaje en realidad no muere en el atentado y hay más cosas que contar.

Uno de los nuestros


Goodfellas, 1990, EE.UU.
Género: Suspense, acción, histórico.
Duración: 146 min.
Dirección: Martin Scorsese
Guion: Martin Scorsese, Nicholas Pileggi.
Actores: Robert De Niro, Ray Liotta, Joe Pesci, Lorraine Braco, Paul Sorvino, Frank Sivero, Frank Vincent, Chuck Low, Gina Mastrogiacomo, Debi Mazar, Tony Darrow.

Valoración:
Lo mejor: Guion y dirección desbordantes de imaginación y recursos geniales. Reparto implicadísimo.
Lo peor: Algunos excesos terminan pesando, aunque sea ligeramente. En general está bastante sobrevalorada: es una gran película, pero no una obra maestra y mucho menos una de las diez o incluso de las cien mejores de la historia.
La frase: Desde que tuve uso de razón siempre quise ser un gángster.

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El libro Wiseguy (la forma en que se llamaban a sí mismos los mafiosos, los “tipos sabios” o los “buenos chicos”, según la traducción que prefieras) del periodista Nicholas Pileggi editado en 1985 tuvo estupendas críticas, se consideró el retrato más realista sobre las mafias de Estados Unidos. Martin Scorsese, enamorado del género, no tardó en quedar prendado de él y contactó con Pileggi para adaptarlo, quien estuvo entusiasmado también.

Desde el principio el realizador tenía claro que quería un relato frenético, que saltara de detalle en detalle e historia en historia, incluso yendo adelante y atrás en el tiempo, hasta componer un cuadro completo de la mafia liderada por Paul Vario desde los años cincuenta hasta casi los ochenta. El punto de vista sería el de Henry Hill, un joven cautivado por este mundo hasta que de adulto la violencia y los excesos lo traen a la realidad y acaba colaborando con el FBI para salvar su pellejo.

La pasión de Scorsese en el proyecto se nota en el acabado, pero si se indaga en el proceso creativo se hace aún más evidente. Es normal en el mundo del cine que los rodajes se retrasen o queden en suspenso en espera de financiación y mientras tanto hagan otras películas, pero no tanto que mientras rodaba La última tentación de Cristo (1988) siguiera dando vueltas al concepto, al libreto que escribía mano a mano con Pileggi, a los detalles, hasta el punto de que tenía casi todas las canciones usadas en la banda sonora ya en mente años antes. También se cuidó de tener un reparto cohesionado y comprometido, no se dedicó a reunir colaboradores habituales sin más. El primer elegido, Robert De Niro, no se limitó a cumplir, sino que mostró gran interés en el papel, indagando sobre el personaje, taladrando a Pileggi con preguntas sobre sus gestos y comportamientos. El director fomentó esa implicación haciendo que los demás actores también analizaran a fondo sus personajes, y durante el rodaje permitió bastante improvisación para que adaptaran sus formas de ser a las suyas propias, tomaba nota de todo y retocaba el guion para terminar de pulirlos.

En la puesta en escena estuvo pletórico. Tras varios títulos donde mostraba un excelente dominio de la técnica pero sobre todo lo que te hace destacar, gran inventiva y personalidad, Scorsese fue más allá, dejó clara su maduración y valentía, unió todos sus conocimientos, estilos, tics… y deslumbró con un despliegue de recursos y creatividad asombrosos. El ritmo frenético que no te deja respirar emerge de un guion denso pero ágil y de un montaje soberbio de Thelma Schoonmaker, una figura esencial en su carrera. Los largos e inmersivos trávelings, tan complicados como espectaculares, harían sudar al director de fotografía Michael Ballhaus, otro habitual en sus cintas, fallecido en 2017. La estructura no lineal desgrana cada evento y consecuencia con cuidado, o sea, que no es un artificio. La brillante dirección de actores sacó lo mejor de intérpretes ya consagrados y permitió que otros no tan conocidos dejaran huella. La extensa y cuidada selección musical es muy pegadiza, pero también supuso que la banda sonora fuera una de las más caras jamás producidas. La recreación histórica fue muy adecuada (el mayor presupuesto que tuvo hasta entonces), y ayuda junto a la música a establecer con facilidad el marco temporal de cada segmento.

Con la asombrosa mezcla de géneros (comedia negra, drama satírico, epopeya criminal) y el despliegue de recursos narrativos Uno de los nuestros resulta un relato histórico y costumbrista tan retorcido y violento como apasionante. Desde la presentación del protagonista conocemos instantáneamente su entorno, sus motivaciones y esperanzas, de manera que su vida y el mundo al que aspira captan toda nuestra atención. Henry Hill (Christopher Serrone en la adolescencia) es un joven de barrio obrero con una familia numerosa y pobre que anhela las facilidades del grupo que manda en la zona por encima incluso de la policía. De adulto (Ray Liotta) vivirá a lo grande explotando todas esas ventajas… hasta que se asoma al precipicio. Paul Cicero (basado en Paul Vario, interpretado por Paul Sorvino… “Todas las italianas se llaman Marie y todos los italianos Paul”), es el padre que no puede ser su padre: afable y que todo lo da. Jimmy Conway (adaptación de Jimmy Burke, en manos de Robert De Niro) es el hermano mayor o mentor idealizado, quien todo le enseña y cuyos pasos quiere seguir. Tommy DeVito (inspirado en Tommy DeSimone, dado a la vida por Joe Pesci) es el amigo loco con quien te lo pasas en grande… pero al que tienes que perdonarle sus excesos. Y Karen Hill (Lorraine Braco) es la novia de Henry, que acaba atrapada también en este mundo de ostentación.

Henry es un joven encantador que lo ha conseguido todo con facilidad y da con facilidad. Su vida es una fiesta constante, drogas, putas y trabajos estimulantes. Los únicos problemas que parece tener son guardar las apariencias de familia tradicional mientras comete sus fechorías; e incluso ahí, llega un momento en que su mujer acaba pasando del rol de ama de casa y entrando en el juego también. Pero el mundo en que vive, el que proporciona la mafia, está fuera de la realidad, es una fachada que esconde mucha podredumbre. Los problemas se resuelven con violencia, el poder y el dinero se ganan aplastando a otros, las únicas leyes que tienen son estrictas y crueles, y al final se le caerá la venda incluso con sus amigos.

La transformación emocional que muestran tanto Ray Liotta como Lorraine Braco es de impresión. De la ilusión inicial pasan a los excesos y problemas, y de ahí a un abismo donde no ven salida. El tormento en la etapa final, con ambos puestos de cocaína huyendo de todo y todos, se contagia al espectador, te pone de los nervios. Jimmy es una figura afable cuando las cosas van bien, pero se torna despiadado y desapegado cuando sale su lado asesino, y De Niro capta la vena psicópata con una facilidad pasmosa, cada gesto y mirada produce escalofríos. La faceta dura de Cicero es inquietante, potenciada muy bien por un inmenso Sorvino. Y Pesci está incluso un escalón por encima de todos, su tormentoso, volátil y demente rol marcó una época.

Lo sorprendente es que a pesar de la buena recepción de la cinta y las loas al reparto muchos actores no supieron aprovechar el éxito para relanzar sus carreras. Liotta arrastró papeles de poca monta hasta que volvió a conseguir un buen personaje en Copland (1997) y ahora más recientemente en Historias de un matrimonio (2019). Pesci tampoco se prodigó mucho, repitiendo en Casino (1995) un pobre remedo de este personaje, y no volvió a dar una gran interpretación hasta El irlandés (2019). Braco no logró nuevos éxitos hasta que pudo volver a demostrar su enorme talento en Los Soprano (1999). Y siguiendo con esta serie, al menos veinte actores secundarios vistos aquí repitieron en aquella con papeles más importantes; Scorsese dio trabajo a la mitad de la comunidad italoamericana dedicada al cine; hasta sus padres tienen una aparición.

Escenas míticas tenemos por doquier. La presentación que mezcla la infancia con un asesinato que le abre los ojos al protagonista, los trávelings que nos pasean entre las fiestas atestadas, las peleas de DeVito con el veterano recién salido de la cárcel y con el joven en la partida de póquer, la mujer de Henry apuntándolo con un arma, y finalmente la memorable paranoia con el helicóptero.

Pegas también tiene algunas, y aunque no resultan graves es indudable que aportan minutos prescindibles o dejan pequeños huecos. A veces la narración se acelera demasiado o se desvía en cosas que no parecen especialmente relevantes. La estancia en la cárcel resulta un poco forzada, como para cumplir con todas las vivencias habituales de estos criminales. Solo se habla de comida, y aunque esto incluye el soborno a los guardias y expone el poder que tienen, supone un receso poco útil, no cuenta nada concreto. Algún personaje secundario queda descolgado, como metido con calzador, como el de Samuel L. Jackson, pues su relación con el gran robo no aporta problemas llamativos y que DeVito mata a cualquiera lo sabemos de sobra; o el pesado que les pide dinero, Morris (Chuck Low), que entra y sale de escena aleatoriamente. El matrimonio de los protagonistas principales pasa por muchas etapas, con bajones acuciados, como suele ocurrir en la vida misma, pero en ocasiones da la sensación de que saltamos de una fase a otra sin que parezca haber una transición adecuada. Y para ser una obra pretendidamente histórica no sé a qué viene la salida de tono con las pistolas con silenciador: no, en la realidad no existen esos silenciadores mágicos que hacen que los disparos suenen como un débil “pufff”.

Aunque Scarface (El precio del poder, Brian De Palma, 1983) ya había jugado a distorsionar el glamour y la idealización de las historias de gángsteres hacia un registro más alocado, que añadiera acción y visceralidad en contraposición con la seriedad y magnificencia impuesta por la saga El padrino (Francis Ford Coppola, 1972), Uno de los nuestros fue mucho más allá, perfeccionando el estilo sin perder un ápice de la visión histórica ni la dramática, ni abandonar la seducción por el mundo del crimen. Creó escuela, arrasó en críticas y premios, y envejece muy bien, más si la comparamos con otros intentos de Scorsese de repetir sus buenos resultados, como Casino y El irlandés. No es de mis favoritas de su filmografía, pero me parece su mejor película hasta la llegada de Infiltrados (2009).

Pero, como suele pasar con algunos fenómenos, la pasión de su recibimiento se llevó demasiado lejos. Objetivamente dista de ser una las diez o veinte mejores películas de la historia como tantos se empeñan en defender. Con toda seguridad ni sería justo contarla entre las cien, donde la incluye la AFI, tan poco de fiar como los Óscar y Globos de Oro. Ese mismo año compitió con pesos pesados como Desafío total (James Cameron), El padrino III (Francis Ford Coppola) y Bailando con lobos (Kevin Costner). El año siguiente tuvimos Terminator 2 (James Cameron), esa sí, una obra maestra de arriba abajo, y el anterior fue el de Indiana Jones y la última cruzada (Steven Spielberg), que se queda muy cerca de serlo. Es decir, sólo en esos tres años se pueden citar cinco películas iguales o superiores… y si nos ponemos serios, en 1988 tuvimos dos obras maestras completamente únicas, Akira (Katsuhiro Ôtomo) y La tumba de las luciérnagas (Isao Takahata), y maravillas como Mi vecino Totoro (Hayao Miyazaki) y La jungla de cristal (John McTiernan), pero claro la animación, la ciencia-ficción y la acción “no son cine de verdad”. En resumen, Uno de los nuestros tiene gran valor por sí misma, no hace falta empequeñecer decenas de obras maestras para disfrutarla y alabarla.

El irlandés


The Irishman, 2019, EE.UU.
Género: Drama, suspense, histórico.
Duración: 209 min.
Dirección: Martin Scorsese.
Guion: Steven Zaillian, Charles Brandt (novela).
Actores: Robert De Niro, Al Pacino, Joe Pesci, Harvey Keitel, Ray Romano, Stephen Graham, Bobby Cannavale, Kathrine Narducci, Anna Paquin, Stephanie Kurtzuba.

Valoración:
Lo mejor: El colosal trío de actores principales: Robert de Niro, Al Pacino, Joe Pesci. El tono crepuscular le otorga un toque novedoso.
Lo peor: Metraje desmedido, historia sin rumbo, pasajes anodinos, personajes secundarios sin interés… Lejos de la épica de mafias que defienden muchos, es más bien una miniserie televisiva de escasa calidad y profundidad.

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En Estados Unidos siempre ha existido predilección por figuras fuera de la ley. Tanto el prototipo de forajido del oeste como gente famosa como Bonnie y Clyde se han llevado numerosas películas que idealizaban sus andanzas. Sin embargo, la llegada de El padrino (Francis Ford Coppola, 1972) dio un nuevo giro a esta tendencia, aumentando la complejidad y verosimilitud del mundo del crimen representado pero también su halo mitificador, lo que lejos de resultar anacrónico encandiló a medio mundo. Y en televisión, Los Soprano (David Chase, 1999) revivió muy bien ese estilo al llegar el nuevo milenio, aportando un toque de humor negro genial. Volviendo a la gran pantalla, Martin Scorsese se puede considerar el máximo exponente de esta línea, con Malas calles (1973), Taxi Driver (1976), Uno de los nuestros (1990), Casino (1995), Gangs of New York (2002), Infiltrados (2006), El lobo de Wall Street (2013)… todas historias donde los criminales resultan más o menos entrañables y sus aventuras embriagadoras en vez de parecernos vidas deleznables y crímenes grotescos; incluso en los casos en que sí quería señalar la violencia, lo hacía con cierto humor negro.

Precisamente este favoritismo por un género, por no decir abuso, propició que sus declaraciones a finales del año 2019 afirmando que el cine contemporáneo estaba engullido por la saga Marvel, a la que no considera ni cine, le hicieran quedar como un carcamal y un idiota de cuidado, más aún teniendo El irlandés a punto de estrenar. ¿Cómo se puede ser cineasta, haber estado décadas saturando con un género y luego despreciar otro en su época de esplendor, que ha dado numerosos títulos notables e incluso sobresalientes y que haciendo cuentas realmente no pasa de tres o cuatro estrenos al año entre más de un centenar de obras diferentes? Entró en el debate de géneros y autores rechazados por las grandes distribuidoras como elefante en una cristalería, equivocando de objetivo su crítica y sin ver que las virtudes de las nuevas tecnologías y los nuevos modelos de negocio le han permitido llevar a todo el mundo una cinta obviamente difícil de colar en salas. Pero, como siempre digo, hay que separar la persona del autor, y vamos a centrarnos en la película.

El irlandés rompe la tendencia al ofrecer una de gángsteres y mafias con un tono crepuscular, como en el cine del oeste cuando autores como John Ford y Sam Peckimpah, hartos de la línea dominante tan idealista y blanda, optaron por perseguir historias más realistas y crudas.

Para empezar, el protagonista es un don nadie y acaba más o menos igual, no es un gran capo o un tipo hábil que va ascendiendo. Jefes varios lo usan como matón y guardaespaldas por su falta de escrúpulos, pero de recursos intelectuales y ambición anda muy escaso. Esta vida deja secuelas en la familia y amistades, y garantiza soledad para quienes sobreviven a años de violencia.

Basándose en general en hechos reales seguimos la historia de Frank Sheeran (Robert de Niro), un conductor de camiones que empezó con trapicheos de contrabando y acabó siendo sicario de mafiosos varios (algunos inventados por los autores, como el rol de Joe Pesci, Russell Bufalino, otros reales) y finalmente guardaespaldas de Jimmy Hoffa (Al Pacino), el sindicalista más famoso de la época, muy conectado con el mundo del crimen.

El reparto es excepcional y recupera varias estrellas en una larga decadencia. Dos pesos pesados de los años setenta, ochenta y noventa como fueron De Niro y Pacino llevan veinte años (¡veinte!) enlazando trabajos que les dan de comer sin esfuerzo, películas más o menos mediocres y papeles donde o pasan de todo o sobreactúan sin mesura. Desde Ronin (1998), De Niro sólo pareció esmerarse un poco en El lado bueno de las cosas (2012), y Pacino, desde El dilema (1999) e Insomnio (2002) y un poco también en la miniserie Ángeles en América (2003), anduvo el mismo camino. Pesci por el contrario no ha sido de los de aparecer en dos o tres películas por año, y desde el 2000 andaba medio retirado, con sólo dos papeles, El buen pastor (2006) y Love Ranch (2010).

En El irlandés están al nivel de los mejores años de sus carreras. La contención fría, rígida, de De Niro es inquietante, se ve a un asesino sin escrúpulos… pero también a una persona sencilla. Al Pacino tiene entre manos a un embaucador de nivel, pero sorprende al limitar bastante la gesticulación de sus peores momentos y aun así conseguir un personaje que te atrapa en su órbita gracias a su arrolladora personalidad. En Pesci se nota más aún la contención, dado sus papeles cómicos aun dentro del género (en Uno de los nuestros era un loco de cuidado). Incluso ante estos dos colosos destaca con una interpretación tan verosímil como entrañable, un mafioso que está por encima de todo, cuya veteranía y convicción le hacen ir por la vida con una tranquilidad pasmosa. En cuanto a secundarios, hay muchos habituales en cine o televisión, pero con apariciones bastante breves, así que aunque cumplan como buenos profesionales ninguno logra dejar huella: Harvey Keitel, Anna Paquin, Bobby Cannavale, Stephen Graham y otros tantos.

Sin embargo, hay un aspecto polémico. El anunciado rejuvenecimiento facial de actores que sobrepasan los setenta pero interpretarían a personajes en distintas épocas, empezando por la treintena o menos, se iba a mirar con lupa, pues aunque ya se había visto en algunos episodios de Los Vengadores con resultados magníficos, destacando Capitana Marvel, ya se sabe que la ciencia-ficción y fantasía muchos no las cuentan como cine de verdad, así que hasta ahora no había realmente gran expectación por ver los resultados; para aumentar el sinsentido, los efectos especiales los hacen los mismos, Industria Light and Magic

El trabajo con los rostros es como en los ejemplos citados impecable, superando con creces a aparatosos maquillajes. No limita la interpretación de los actores, no canta a efecto digital… Pero en este caso hay dos puntos de choque que confunden e incluso molestan y terminan empañando el logro. El primero es que De Niro lleva lentillas o trabajo con ordenador también para ponerle los ojos tan claros que tenía la figura en que se basan, y resulta tan raro que te puede costar bastante rato acostumbrarse, porque te saca bastante del personaje, estás todo el rato pensando que algo no cuadra. Lo segundo es que siguen teniendo setenta años en sus movimientos, y en las escenas más activas se nota mucho, pero cuando entran en juego los dobles de cuerpo (peleas y caídas) la diferencia provoca carcajadas. Así que, al final cabe preguntarse si no es mejor el simple y efectivo recurso de contratar a distintos actores para distintas edades, o al menos haber seleccionado a unos cuarentones y usar la técnica para envejecer también. Por otro lado, hay otro caso extraño que resulta aún más desconcertante: coger a un actor relativamente joven y en forma como Domenick Lombardozzi (el detective tontorrón Herc de The Wire -2002-) y meterlo en un disfraz de gordo y anciano produce unos resultados ridículos.

Dejando estos detalles aparte, los problemas de la cinta son otros más importantes. No hay más virtudes destacables en ella aparte del excelso reparto, y sí una gran acumulación de peros y fallos desde el concepto a la ejecución. Scorsese cree haber conseguido una gran épica de género, compleja, larga, desbordante de contenido y emociones, al estilo El padrino (la segunda parte, sobre todo) y Uno de los nuestros… pero está más bien en la onda de Sergio Leone con su lenta, caótica, no lineal y semionírica Érase una vez en América (1984), que entusiasmó a sus seguidores acérrimos pero confundió y aburrió a muchos otros, cinéfilos y espectadores casuales, y estos, ante tan abrumadora recepción, prefieren callar antes de que se les trate de incultos. Pues yo voy a decirlo claramente y sin miedo: El irlandés no es una buena película, y llamarla obra maestra es una barrabasada insostenible.

Es demasiado larga e irregular, no se centra, no ofrece un rumbo y un contenido claros y consistentes. Ni siquiera me vale decir que con tres horas y media se puede considerar miniserie y ver por partes. Le sobra prácticamente la mitad, una ingente cantidad de material inane que lo que logra es rebajar su categoría de gran epopeya cinematográfica a miniserie televisiva de escaso calado y calidad.

Al menos Netflix ha tenido suerte con su éxito y la multitud de nominaciones a premios, lo que le permitirá atraer a más autores de este calibre. Es más, que Scorsese haya tenido un patinazo (o dos, contando la insustancial y tediosa Silencio -2016-) no significa que no vuelva a ofrecernos otro gran título.

El repertorio de anécdotas y curiosidades funcionó a las mil maravillas en Uno de los nuestros y no resultó nada mal en El lobo del Wall Street, dos historias generosas en metraje y años abarcados pero que gozaban de un ritmo trepidante, un hilo conductor claro y unos personajes que evolucionaban a ojos vista. Aquí, entre anécdota y anécdota puede haber quince minutos de vacío, y hasta llegar a un tramo interesante quizá hay que soportar media hora de vaguedades y vueltas en círculos. De hecho, la historia realmente tarda cuarenta minutos en empezar, pues hasta la aparición de Jimmy Hoffa prácticamente no ha pasado nada. Una presentación del protagonista, diréis. Pero lo que cuenta cabía en diez minutos más o menos. Mostrar a Frank iniciando sus trapicheos, entrando en contacto con Bufalino y empezando a matar para la mafia no necesitaba una exposición tan extendida y superficial. Scorsese tira de una narración no lineal para aumentar el tono melancólico (en el viaje en coche los ancianos recuerdan cómo se conocieron, qué fechorías hacían…), pero da rodeos mil cada cual menos trascendental y más aburrido.

La entrada de Hoffa levanta el interés bastante, pero sigue sin centrarse la cosa. Aparecen de golpe secundarios varios… y de repente desaparecen durante otro largo periodo mientras nos perdemos en otras subtramas vulgares, relatos de crímenes varios, rencillas con otros mafiosos, fiestas que no aportan nada… La peleilla con un rival (el encarnado por Graham) es de las partes más entretenidas, pero a la larga, como todo lo demás, no da la sensación de que aporte nada sustancioso al desarrollo global.

Para cuando encuentra un rumbo más claro ya es tarde y tampoco tiene el nivel exigible. La etapa de decadencia, donde Frank se vuelve consciente de que llega a la vejez sin nexos emocionales y familiares, pues los ha descuidado durante su vida, no funciona como debiera, porque todo esto se ha desarrollado en unas pocas anécdotas sueltas que metieron con calzador entre otras historias. Es decir, no puede ser que pasadas tres horas de metraje intentes que congeniemos con hijas que ni has presentado debidamente, que la versión adulta de una de ellas, encarnada por Paquin, deje huella con dos frases, y que de la otra y la mujer te acuerdes a estas alturas de dónde andan después de la poca presencia que han tenido. Además, el supuesto conflicto interno se sustenta sólo en la parte familiar, ni las misiones en teoría más difíciles que hizo parecen dejar secuelas, sean peligros que pueden volver a acechar o remordimientos serios.

Por hacer la comparación más obvia, en Uno de los nuestros teníamos a la familia presentada en los cinco primeros minutos y entendíamos rápido y con claridad la posición del protagonista, el entorno y sus motivaciones, y en adelante era todo exponer cómo funcionaba el mundo del crimen con cada hecho calando en él y su mujer de distintas formas.

Ni la puesta en escena resulta llamativa. Scorsese, sea porque intenta ofrecer una narrativa sobria acorde al tono nostálgico y decadente, va con la inercia puesta, no ofrece un aspecto visual expresivo y virtuoso, sino más bien uno apagado, casi televisivo, y cuando intenta florituras queda mal porque tira de recursos que ha usado mucho durante su carrera y aquí parecen enredos repentinos que desentonan: harto he acabado del tráveling que sortea un caos de gente para llegar al protagonista, sobre todo en vistas y juicios. Además, la recreación de la época es muy parca, no hay ambición alguna en el acabado de una película que trata de representar décadas de historia. Me temo que gran parte de los estratosféricos 160 millones de presupuesto se gastaron en la puja de derechos de autor y de distribución, que se fueron de madre cosa mala, pero la inversión real en el rodaje no tiene pinta de sobrepasar los 50-60 (lo que costó por ejemplo Emboscada final, por citar una reciente del estilo). No creo que en el rejuvenecimiento digital costara tanto; si es así, quizá no sea tanta mejora respecto al maquillaje o al uso de actores de distintas edades.

Acaba la eterna proyección y te quedas preguntándote qué ha intentado contarte Scorsese, si la historia de la mafia sindical, la vida completa de un sicario, o un anecdotario de crímenes en general. No tiene garra como recreación histórica, no conmueve el drama de las pocas vidas mostradas, no apasiona en las diversas aventuras de gángsteres. El tramo final en el asilo apenas vale para dejar un recuerdo digno en un relato cercano al desastre, salvado por algún tramo entretenido y sobre todo por la colosal interpretación de grandes y admirados veteranos.

El lobo de Wall Street


The Wolf of Wall Street, 2013, EE.UU.
Género: Aventuras, biografía.
Duración: 180 min.
Dirección: Martin Scorsese.
Guion: Terence Winter, Jordan Belfort (novela).
Actores: Leonardo DiCaprio, Jonah Hill, Margot Robbie, Kyle Chandler, Jon Bernthal, Cristin Milioti.

Valoración:
Lo mejor: Buena factura, aventura entretenida y con tramos espectaculares.
Lo peor: No sorprende, no aporta nada nuevo, le sobra muchísimo metraje.

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El público se pregunta si es comedia o drama de denuncia, como si la comedia no sirivera para criticar. En realidad es más bien una de aventuras. No tienen estas por qué estar ambientadas en la antigüedad, en lugares exóticos o imaginarios. Hay tiempo para el humor, para la crítica irónica, para el espectáculo, el drama… El guion de Terence Winter (Los Soprano, Boardwalk Empire) es enorme, hablando de tamaño y detallismo. Abarca las distintas etapas del viaje de Jordan Belfort dedicándole un montón de tiempo a cada una, rodeándolas de mil anécdotas que muestran a fondo la vida de los protagonistas. La descripción de estos personajes, destacando a la figura central, es muy buena, con momentos brillantes. Leonardo DiCaprio está muy esforzado en su papel, aunque es un personaje más de gritar y cometer locuras que de evolución psicológica importante; es decir, que ha tenido mejores roles donde lucirse, como en Infiltrados. Jonah Hill se ha afianzado ya como secundario de calidad, y el resto cumple de sobras incluso con apariciones breves (como Matthew McConaughey).

Que Scorsese es un director magnífico no hace falta ni decirlo. El lobo de Wall Street es otra muestra de su experiencia y habilidad. Escena tras escena muestra un despliegue impresionante de dominio cinematográfico, incluyendo la adaptación a técnicas modernas (su edad no es impedimento para que haya abrazado las nuevas tecnologías como un recurso más, no hay más que ver La invención de Hugo). Las partes intimistas y pausadas se alternan muy bien con las más efectistas, teniendo cada una por separado la fuerza necesaria para resultar como mínimo atractiva, y en varios casos son bastante impactantes. La visita del agente al yate es tan intensa como la espectacular tormenta en alta mar, por ejemplo. Pero ni Winter ni Scorsese están libres de errores. Dos problemas importantes limitan el alcance (tanto emocional como cualitativo) de la película: trascendencia y longitud.

La odisea del joven triunfador, del empresario exitoso hecho a sí mismo abusando del sistema que sube a lo más alto para luego caer desde la cumbre, no es una historia novedosa, la hemos visto infinidad de veces. La propia Uno de los nuestros (Goodfellas) del mismo Scorsese narra más o menos lo mismo. Y El aviador, como biografía de un gran personaje, también tiene numerosos puntos en común, sobre todo el estilo de epopeya de grandes proporciones. Así pues, El lobo del Wall Street no sorprende, y en la carrera del director aún menos. Se afila y exagera el estilo a lo bestia, como buscando una película distinta, pero por muchas palabrotas, sexo y burradas que haya (hasta el punto de luchar por evitar la calificación de exclusiva para adultos), no se consigue romper la barrera de “esto ya lo he visto”. De hecho los excesos del protagonista también se convierten a veces en excesos de la narración.

Tres horas para una historia que no es original ni realmente compleja resulta a todas luces demasiado. No es que llegue a resentirse como para hablar de que se hace muy larga, pero le sobran minutos a muchas escenas e incluso pasajes completos resultan claramente innecesarios. Hay numerosas anécdotas que no aportan nada esencial (como el vuelo en helicóptero), los personajes secundarios a veces están mucho tiempo en pantalla para mostrar cosas obvias, y algunas salidas de madre aportan bien poco. Por ejemplo los efectos de las pastillas caducadas se alargan durante minutos y minutos cuando con un par de planos ya quedaría bien claro lo que ocurre. Y tampoco puedo dejar de pensar que con tanto metraje el agente del FBI merecía más protagonismo, que sus breves apariciones son jugosas pero en general queda muy descolgado. También podríamos preguntarnos: ¿qué aporta el padre del protagonista?

Ni Winter supo ir al grano ni Scorsese recortar morralla. Los tres actos de la narración (presentación, nudo y desenlace) se estiran y estiran, se difuminan y no parecen llegar nunca. Demasiado tiempo reincidiendo en que Jordan es un vividor que no piensa en las consecuencias de sus acciones, demasiado relegando la cacería del agente, demasiadas vueltas para lanzarnos de una vez a su batacazo final. Sí, estoy entretenido en el proceso… pero esos minutos sobrantes suponen la diferencia entre lo correcto y lo extraordinario. Con cuarenta, cincuenta o incluso sesenta minutos menos (seguiríamos teniendo dos largas horas) podría haber sido un filme mucho más directo, intenso, cohesionado, fluido… y por lo tanto más efectivo y memorable. Y además así sería atractiva para verla otra vez, porque hay que tener valor para ponerse de nuevo tres horas de una sucesión de gags de ricos cometiendo excesos sabiendo que en el fondo nos van a contar lo mismo de siempre.

De hecho el final cuando por fin llega no es muy potente. No sorprende la forma en que Jordan cae, ni cómo será el intento de redención. No conmueve como debería, no deja un personaje para el recuerdo ni una odisea que citar como inolvidable. Así pues, no veo en El lobo de Wall Street material para hablar de una gran película, esa que muchos han visto hasta encumbrarla como una de las diez mejores del año y una de las grandes del realizador. Es entretenimiento en estado puro que derrocha profesionalidad por los cuatro costados, pero no aporta nada con sustancia y originalidad suficiente como para dejar huella.

La invención de Hugo


Hugo, 2011, EE.UU.
Género: Acción, aventura, drama.
Duración: 126 min.
Dirección: Martin Scorsese.
Guion: John Logan, Brian Selznick (novela).
Actores: Asa Butterfield, Chleë Grace Moretz, Ben Kingsley, Sacha Baron Cohen, Ray Winstone, Emily Mortimer, Christopher Lee, Jude Law.
Música: Howard Shore.

Valoración:
Lo mejor: La exquisita puesta en escena, que ofrece un aspecto visual deslumbrante. La fuerza de muchas secuencias.
Lo peor: Al guion le faltan unas puntadas para ser perfecto, y la propia dirección no atina a rematar algunas partes: el ritmo es irregular, hay pasajes algo fallidos.
La pregunta: ¿Por qué no se considera un fracaso comercial? 170 millones de presupuesto, 180 millones recaudados en la taquilla mundial… Teniendo en cuenta un puñado más de millones en publicidad y que no todo lo recaudado va para la productora, me sorprende que no se considere un fiasco.

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La invención de Hugo resulta un giro sorprendente en la carrera de Martin Scorsese, pues se ha decantado por una cinta de carácter familiar (una aventura para todos los públicos) en plan superproducción de apariencia comercial. Como hiciera en su momento el aquí homenajeado George Méliès, Scorsese exprime toda su técnica, experiencia e imaginería a la hora de dar vida a su creación. La mezcla de su pericia tras las cámaras (qué buen partido saca de la estupenda fotografía, menudos trávelings de esos suyos tan míticos se marca), lo bien que aprovecha el enorme presupuesto disponible (vestuario y decorados magníficos) y la habilidad con que maneja las nuevas tecnologías (el 3D dicen que es el mejor desde Avatar, de hecho el propio James Cameron lo aplaudió, y la recreación digital de París y la estación es impecable) proporcionan al filme un acabado fastuoso y de gran belleza. El único punto negativo sería que se excede en el uso de la música, pues aunque la composición de Howard Shore es de gran calidad y sensibilidad, es evidente que Scorsese busca conseguir intensidad y formar un aura de magia mediante ella, pero su uso constante acaba notándose más de lo debido y termina sobrecargando algunas escenas. Para redondear la producción el reparto consigue grandes interpretaciones: los dos chavales protagonistas están fantásticos (Chloë Moretz tiene un buen currículo y experiencia que demuestra aquí sobradamente, pero Asa Butterfield era más desconocido y ha resultado un gran hallazgo) y el veterano Ben Kingsley se marca un papelón que quita la respiración (cuánta melancolía y tristeza transmite).

Los personajes son encantadores y sus aventuras resultan apasionantes además de estar envueltas en un halo cuasi mágico precioso (no hay fantasía, pero resulta casi un cuento). El chico sin padre que pone en hora los relojes de la estación, su encuentro con la chica empollona y solitaria que sueña con vivir las aventuras que lee, el misterioso y afligido padre de ella y luego mentor de él, los problemas de supervivencia, el giro que imprime a sus vidas el secreto que desvela el autómata… La trama transmite emoción y vitalidad, los protagonistas son identificables y adorables, y encontramos no pocos instantes trepidantes cuando no impresionantes (persecuciones por las entrañas de la estación rodadas con una pericia sólo al alcance de Scorsese) y otros tantos arrebatadores cuando no bellísimos (prácticamente todo lo relativo a los hallazgos sobre Méliès).

Pero tengo la impresión de que, y esto es algo que también sucede en otros filmes recientes de este autor (Gangs of New York, El aviador), se pasa de largo en grandilocuencia y longitud y quizá por ello no es capaz de rematar la película, quedándose a las puertas de obtener una obra memorable. Me explico: este intento de conseguir una gran película que abarque muchas ideas e historias resiente la naturalidad del relato, porque no consigue centrarse del todo en narrar una aventura concreta de forma fluida. Le sobran subtramas, como el ligoteo del encargado de seguridad o el del gordo con la señora del perro, fallidos intentos de otorgar aún más magia a la estación y a la vez homenajear a las clásicas comedias de tortazos del cine mudo. También me pareció que la vida del chaval se estira más de lo debido, perdiéndose en aventurillas no del todo conectadas con el hilo central (qué aporta la presencia de Christopher Lee, por ejemplo, aparte de ser en sí mismo otro homenaje al cine, claro). De hecho diría que en la sala de montaje han metido buenos recortes, porque hay instantes en que parece haberse eliminado alguna secuencia entera, dejando un par de transiciones raras donde se salta de una parte a otra de forma extraña. Y por el lado contrario, también tuve la sensación de que a prácticamente todas las escenas le sobran treinta segundos o un minuto, como si Scorsese o el encargado del montaje no supieran cogerle del todo el pulso al tempo narrativo, y eso a la larga resiente el ritmo y estropea algunos momentos: hay secuencias de acción que se alargan demasiado, perdiendo intensidad, y otras quedan muy raras o forzadas, como el sueño que acaba en accidente de tren.

Añadiendo imperfecciones al asunto, cabe pensar que el autómata tiene más protagonismo del que finalmente posee. Se debe tanto a unos cuantos momentos confusos (algunos instantes donde parece que va a pasar algo o incluso que va a cobrar vida) como a la campaña publicitaria no del todo clara (viendo los avances no se sabe muy bien a qué público va dirigido el filme ni de qué va). El segundo punto es claramente fallo de la distribuidora, pero el primero es resultado de que, aunque se basa en una novela de Brian Selznick que se centra en el crío y los autómatas que coleccionaba Méliès, Scorsese, el guion de John Logan se inclina más hacia la historia del nacimiento del cine, y a veces la conexión entre la historia de Hugo con el autómata y su acercamiento al anciano y por extensión hacia el descubrimiento de la obra de Méliès no conecta con la fluidez necesaria. Y también está el título: ¿qué se supone que inventa Hugo? Lo más cercano es reparar el autómata.

Por todo ello, aunque La invención de Hugo visualmente cautiva y la aventura por tramos es un torbellino de emociones, magia y belleza, hay veces en que el ritmo decae demasiado, y el conjunto en general anda un poco desequilibrado en ideas, intenciones y resultados. Pero aun con sus imperfecciones resulta una película notable, y sobre todo se nota la huella de un genio apasionado del cine. De hecho, como homenaje al cine resulta maravillosa. La cantidad de escenas realizadas expresamente para referenciar o recordar alguna secuencia, película o hecho relacionado con este arte es abrumadora. Algunas son descaradas (el niño colgando del reloj como en la famosa escena de Harold Lloyd en El hombre mosca), otras están más en segundo plano (El maquinista de la general, Tiempos modernos) y habrá otras tantas que son fugaces o de cintas menos conocidas y que no he sabido ver. Y el tramo final, cuando se centra en Méliès, es precioso.

Gangs of New York


Gangs of New York/em>, 2002, EE.UU.
Género: Drama, histórico.
Duración: 167 min.
Dirección: Martin Scorsese.
Guion: Jay Cocks, Steven Zaillian, Kenneth Lonergan.
Actores: Leonardo DiCaprio, Daniel Day-Lewis, Cameron Diaz, Brendan Gleeson, John C. Reilly, Jim Broadbent, Liam Neeson, Henry Thomas.
Música: Howard Shore.

Valoración:
Lo mejor: Impresionantes labores de dirección, fotografía, escenarios, vestuario…
Lo peor: Los personajes son insípidos y sus vidas no interesan lo más mínimo.
Mejores momentos: Algunos planos espectaculares que muestran las calles atestadas de gente y los escenarios construidos de forma tan realista.

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Scorsese pretende narrar en Gangs of New York los difíciles años del nacimiento de New York como metrópolis rebosante de diversidad cultural, y lo consigue, pero a costa de sacrificar la importancia de los protagonistas que supuestamente llevan la historia. Y es que olvida que una película ha de tener un grupo de caracteres como hilo conductor, que les ocurran cosas dignas de seguir con interés, perdiéndose en la recreación del lugar, en ambientes, curiosidades, historias secundarias y el aspecto visual. Por lo tanto, el relato está deslavazado, disperso, a medio camino entre el documental y el drama sin conseguir decantarse por uno u otro. Sí, hay grandes escenas aquí y allá, el trasfondo social y político es atractivo y todo se muestra a través de una envoltura exquisita, pero en su abultadísima duración la cinta apenas consigue captar la atención por culpa de unos caracteres insulsos cuyas vidas, cuyos enfrentamientos, ligues y amistades no ofrecen nada que merezca la pena recordar.

Para empeorar el pobre interés que despiertan los protagonistas tenemos actores inadecuados a sus roles: DiCaprio no había entrado todavía en su buena racha (iniciada precisamente en sus siguientes intervenciones, en Atrápame si puedes y El aviador), Cameron Diaz da pena verla a pesar de su belleza y Daniel Day-Lewis rebosa histrionismo y muecas caricaturescas. Algunos secundarios como Brendan Gleeson, Gary Lewis o Liam Neeson (curiosamente empecinado en hacer de maestro que muere rápidamente) resultan más atractivos, pero no lo suficiente para dejar huella.

En la realización no hay quejas y sí numerosos adjetivos de admiración, pues la producción fue mastodóntica y Scorsese le sacó buen rendimiento. El aspecto visual quita la respiración desde la escenificación, con una dirección artística encomiable y unos decorados grandiosos y detallados con sumo cuidado, hasta la labor tras las cámaras, con una fotografía excelente, un montaje muy correcto y un Scorsese que siempre sabe dónde poner el objetivo y cómo realizar las secuencias de la mejor forma posible. Lástima que todo se quedase en una fachada, muy preciosista y virtuosa pero vacía.

Taxi Driver


Taxi Driver, 1976, EE.UU.
Género: Drama.
Duración: 113 min.
Dirección: Martin Scorsese.
Guion: Paul Schrader.
Actores: Robert De Niro, Cybill Shepherd, Peter Boyle, Harvey Keitel, Jodie Foster.
Música: Bernard Herrmann.

Valoración:
Lo mejor: La atmósfera que crean el guion y la dirección, el papel de Robert De Niro.
Lo peor: La trama no parece tener un rumbo fijo, algunos personajes secundarios no aportan mucho.
Mejores momentos: Travis ensayando ante el espejo, su conversación con un miembro de seguridad, el tiroteo y sus inesperadas repercusiones.
La frase: ¿Me estás hablando a mí?

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Travis Bickle es un tipo solitario inadaptado a la sociedad hasta el punto de que afecta a su vida personal (es incapaz de mantener una relación amorosa) y cada día que pasa se encuentra más asqueado de la ciudad y sus gentes. Para luchar contra el insomnio se mete a taxista en turnos nocturnos, pero lo único que consigue es hundirse más en la miseria moral y la hipocresía de los habitantes de una Nueva York repleta de basura maloliente.

El guión de Paul Schrader (Toro salvaje, también de Scorsese, Mishima, La última tentación de Cristo…) describe con todo lujo de detalles la decadencia de las sociedades modernas y de las grandes urbes, y Martin Scorsese da forma a esta oscura historia de manera que introduce al espectador de lleno en una atmósfera agobiante, sórdida y deprimente. En este ambiente sumergen a un individuo desequilibrado que choca frontalmente con todo lo que ve y que gradualmente se encamina hacia un final trágico. La transformación del personaje es magnífica, y la labor encomiable del gran Robert De Niro no hace sino ensalzarlo hasta convertirlo en un icono del cine. Varios momentos míticos nos son regalados a través de su peculiar personalidad: el ensayo que practica ante el espejo, su delirante conversación con un miembro de seguridad, el tiroteo final, donde Scorsese da rienda suelta a una violencia hiperrealista y sobrecogedora, y las inesperadas e irónicas repercusiones que tiene el evento, que convierte al lastimero protagonista en héroe.

Sin embargo, a pesar de su buena factura, de la imponente presencia de De Niro y de algunos momentos brillantes, no veo la obra maestra que defienden algunos por ninguna parte. Algunos personajes secundarios (los taxistas) aportan más bien poco, y en varios tramos da la sensación de que no hay un rumbo muy definido, de que las historias que vive el protagonista están muy separadas entre sí en la narración y alejan su conclusión innecesariamente.