El Criticón

Opinión de cine y música

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La gran muralla


The Great Wall, 2017, EE.UU., China.
Género: Aventuras, fantasía, cine cutre.
Duración: 103 min.
Dirección: Yimou Zhang.
Guion: Carlo Bernard, Doug Miro, Tony Gilroy, Edward Zwick, Max Brooks.
Actores: Matt Damon, Pedro Pascal, Tian Jing, Andy Lau, Hanyu Zhang, Willem Dafoe, Lu Han, Kenny Lin, Eddie Peng.
Música: Ramin Djawadi.

Valoración:
Lo mejor: El vestuario es alucinante. El carisma de Pedro Pascal.
Lo peor: El guion es vergonzoso, la puesta en escena horrenda, los actores se encuentran evidentemente incómodos, excepto el recién citado.
“Mejores momentos”: El tipo trabajando en la cocina con la armadura puesta. El protagonista que no quiere saltar desde las alturas… y salta desde las alturas.
La traducción: Se pasan toda la película diciendo “pólvora negra”, y me da que lo correcto sería “polvo negro”.

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Alerta de spoilers: Supongo que hay spoilers, pero es que, como indico en la crítica, en cuanto se expone cada elemento sabes cómo se va a desarrollar todo.–

Ni con las expectativas al mínimo esperaba algo tan espantoso. Iba con la idea de ver una de acción tonta pero divertida, deseando que estuviera más en la onda de Independence Day (1 y 2), Hércules o Furia de titanes, es decir, un entretenimiento consciente de sus limitaciones y que va al grano explotando el divertimento, que en la de cagadas como El destino de Júpiter, Warcraft o John Carter, desastrosas por su narrativa caótica y torpe y lastradas un poco más por su obtusas pretensiones. Hasta obras hipertrofiadas e infumables como algunas entregas de El Señor de los Anillos, El hobbit y Piratas del Caribe (aunque sigo intentando entender su éxito entre el público), como El retorno del rey, Un viaje inesperado, La batalla de los cinco ejércitos y En el fin del mundo, casi parecen buenas épicas de aventuras al lado de esta. Sólo En mareas misteriosas se le acerca, y por aburrida y plana más que por ser ridícula; tengo que remontarme hasta Eragon para encontrar un nivel de vergüenza ajena semejante en el cine comercial de alto presupuesto, y sólo aberraciones como 10.000 la superan. Lo único bueno que puedo decir es que me han entrado ganas de recuperar El guerrero nº 13 y Master and Commander, las últimas grandes películas de aventuras.

En La gran muralla no parecen haber rodado con un guion detrás… pero tampoco con un director. Da la impresión de que a los pobres currantes les han contado el argumento y los han dejado a su aire para grabar como pudieran las escenas que encajaban en él; que hay que comer, oye. Sólo así me puedo explicar la chapuza narrativa, la nula progresión dramática, la trama sencilla pero destartalada y los personajes totalmente huecos. Sólo así se entiende que el repertorio de clichés y estereotipos, incluso en una época de escasez de originalidad e intelecto, sea tan abrumador, y en el mal sentido, porque acabé hastiado de tanta necedad en sólo un par de escenas.

Y mira que si comprobamos los créditos vemos escritores conocidos: Edward Zwick (El último samurái, Resistencia), Carlo Bernard y Doug Miro (Narcos… aunque también Prince of Persia), y Tony Gilroy (serie Bourne, Rogue One). Pero el panorama ante el que nos encontramos es desolador. Es como si hubieran pasado los Tauntaun, no perdón, los Taotie, y hubiera dejado solo los restos de una película y no hubiera sido posible recomponerla entera, quedando sólo un endeble armazón, un resumen tosco. La historia del héroe que se encuentra ante un pueblo oprimido y decide ayudar es un relato primigenio en la imaginación del hombre. La lógica dice que, si vas a tomar un argumento tan trillado, aportes algo distintivo o al menos hagas un esfuerzo para que el conjunto resulte lo suficientemente sólido como para aguantar el tipo. Usar a los monstruos como azote de estas gentes no es especialmente novedoso, pero con el tema de la muralla y la compleja organización del ejército y sus métodos de lucha desde luego parecía haber una margen para más. Pero, como digo, se limitan a lo más básico y lo empalman todo de mala manera. Apenas hay coherencia en un conjunto en precario equilibrio sobre unos pocos tópicos, y desde luego no hallamos ni una pizca de identidad propia o personalidad, de inteligencia y originalidad en toda la aventura, sus habitantes y sus diálogos. La simplificación y banalización de cada elemento llega a niveles inclasificables.

Tenemos el héroe responsable y el colega simpático y alocado más predecibles que puedas imaginarte. Soportamos a generales serios y rígidos… en el sentido de que son puro aburrimiento. Nos dicen que debemos enamorarnos de la chica dulce y atractiva… y aunque por suerte la ponen luchando, no siendo objeto de la misión del hombre, es insustancial también. Y aparece Willem Dafoe como recurso de la historia de la fuga, porque ni llega para denominarlo personaje. Si su definición y posición inicial es realmente vulgar, no esperes que vayan a remontar. Con todos sabes lo que va a ocurrir, lo que van a hacer, en cuanto empieza su nueva escena o nuevo tramo de la historia. Cuando el protagonista dice “Yo llevaré el imán”, ya intuí todo lo que iba a pasar.

Cada situación llega de sopetón, todo se desarrolla a trompicones, con explicaciones metidas con calzador. Ahora toca un ataque para exponer algo sobre la muralla o la naturaleza de los bichos, ahora un receso para romanticismo, ahora otro ataque sin sentido para que la heroína ocupe su lugar, ahora otra pausa para que el héroe se integre, ahora otro ataque para que el colega intente escaparse… Pero por todos los demonios, ¿es que no sois capaces de narrar algo que no sea de forma lineal, no sois capaces de unir dos capítulos mediante una transición tangible y atractiva? Y que conste que dejo de lado asuntos como por qué no usan las cuchillas de la muralla desde el principio en vez de descolgar gente que sólo sirve para carnaza, porque bueno, es efectismo barato sin más, una nimiedad comparada con el resto.

Esta catástrofe de estructura narrativa llega a límites inauditos con el cachondeo que hay con el héroe: en cada episodio enfrenta el dilema de si unirse a la lucha o no, y en cada uno de ellos pasa de rehuir de todo a unirse a ciegas sin más, para en el siguiente habérsele olvidado por completo su determinación. Aunque lo lógico es que el protagonista decida o madure al final, tras una evolución escalonada, una transformación según los eventos calen en él, todo ello expuesto con más o menos acierto (en el cine contemporáneo prima lo segundo), aquí estamos hablando de un nivel tan bajo de calidad que el estereotipo es lo único que tienen para ofrecer, y el pobre Matt Damon enfrenta el dilema como siete veces, en algunos casos con una dejadez vergonzosa, como cuando se enfrenta a la persecución y batalla final (al montar en el globo), donde se da la vuelta porque no quiere ir, pero entrecierra los ojos por la razón que sea y… zas, ve la luz y decide participar, o cuando, tras decir claramente que no va a saltar la muralla para luchar porque no confía en nadie, lo hace en modo suicida sin plan alguno y, atención, esperando que los demás respondan a sus acciones con plena confianza.

Los diálogos son entre sonrojantes y delirantes. Para empezar… ¿Que los distintos idiomas nos molestan porque tendríamos que trabajar un poco más en el guion y el rodaje? Pues hacemos que todos hablen inglés con todo el descaro del mundo. Y a partir de ahí el repertorio de sentencias cortas tan superficiales y evidentes como anodinas es asombroso, como si estuviera hecho a propósito para dar risa.

-¡Ahí está la reina!
-¡Ella los dirige!

Ovación en la sala.

Estoy convencido de que los tres o cuatro chistes medianamente graciosos que salen de boca de Pedro Pascal son improvisados, porque están a un nivel muy superior al resto de sandeces que vomitan los demás actores sin creérselo. En esto empezamos por Matt Damon, inerte, inexpresivo, aburrido, como si no estuviera a gusto; es engullido por Pascal de principio a fin, y eso que en la campaña publicitaria no parece existir. Los chinos, ninguno con carisma, en especial la chica, que para variar no pega en el personaje: demasiado joven, bella y limpia para ser verosímil en un escuadrón de élite de un ejército.

Para rematar, me temo que en lo visual no está a la altura tampoco. Salvo por el extraordinario vestuario, con unas armaduras y armas deslumbrantes, nada luce como se espera en una superproducción de 150 millones de dólares. Los decorados son muy parcos, un escueto cacho de muralla, un par de habitaciones y un salón; el único escenario destacable llega al final con la sala del emperador en el palacio, pero aparece brevemente, así que no sé para qué gastan el dinero donde no deben. Los efectos digitales son de serie b: la muralla y los ejércitos de monstruos cantan un montón; las criaturas vistas desde cerca son bastante mejores, pero tampoco impresionan. Y no lo entiendo, había recursos de sobra, estaba implicada la veterana ILM (Industrial Light & Magic), y la industria del cine china no es novata en grandes despliegues de decorados. Por ello, el contraste con el sobresaliente vestuario es muy llamativo (y por cierto, no podía dejar de pensar en una adaptación a imagen real de Los caballeros del zodíaco). En cuanto a la música, Ramin Djawadi ofrece una partitura en su línea: ritmos simples y repetitivos que parecen sacados de una lista de temas pregrabados; quizá no da más de sí… aunque viendo el estado musical del cine comercial, me da que es lo que le piden, y es otro que se gana su jornal y ya está.

Resulta que al final sí había un director tras las cámaras: Yimou Zhang. Por todos lados vendían que era un gran realizador, un destacado artesano a la hora de lograr películas épicas y hermosas. Desde luego, Hero, La casa de las dagas voladoras, La linterna roja y otras tantas de su currículo tienen mucha fama. Pero se largaría antes de empezar a rodar, digo yo. Lo que se ve aquí es torpeza, nula visión de conjunto, mala escenificación, fallida relación entre lo manual y lo digital, y pésimo trabajo en postproducción. De hecho el montaje es de lo peor que he visto en el gremio, así que las batallas, hipertrofiadas y absurdas fantasías (atención a las cuerdas elásticas), resultan un galimatías de planos mal cortados y unidos. El director no sabe dónde poner la cámara, las escenas son todas iguales, y cuando hay jaleo se pierde por completo. Si el grueso de la aventura se va a desarrollar en una parte de la muralla, qué menos que recrearla bien… Pero el decorado es pequeñísimo y se combina fatal con lo digital; cuando salimos de un limitadísimo plano fijo de frente parece que estamos ante un videojuego. En serio, ¿a dónde fue el presupuesto? ¿A pagar el centenar de traductores que tuvieron que mantener para llevar el día a día del equipo mixto de chinos y estadounidenses (no me invento la cifra)?

Hablando de dinero, las primeras estimaciones del estreno daban 75 millones de dólares en pérdidas, aunque por suerte repartidos entre varias productoras. Esto supone un gran varapalo para las intenciones de unir los mercados estadounidense y chino, aunque claro, si esas intenciones implicaban únicamente películas de este tipo, pues más bien hay que alegrarse.

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Jason Bourne


Jason Bourne, 2016, EE.UU.
Género: Acción, thriller.
Duración: 123 min.
Dirección: Paul Greengrass.
Guion: Paul Greengrass, Christopher Rouse.
Actores: Matt Damon, Tommy Lee Jones, Alicia Vikander, Vincent Cassel, Julia Stiles, Riz Ahmed, Ato Essandoh, Scott Shepherd.
Música: David Buckley, John Powell.

Valoración:
Lo mejor: Los personajes e interpretaciones de Matt Damon y Alicia Vikander.
Lo peor: Los villanos no impresionan mucho, la trama menos todavía, todo es repetición de las entregas previas.
La traducción: ¿Por qué los protagonistas se mandan los mensajes de móvil en castellano? ¿Lo usan para dificultar la interceptación? No, resulta que la versión española los muestra traducidos no con subtítulos, sino sustituyendo el texto del móvil. Es una tendencia que empieza a provocarme escalofríos… Recordemos cómo el Capitán América, en la versión española, en vez de empaparse de la cultura de su país como es obvio, apuntaba en su libreta cosas de España. Una cosa es traducir, otra adaptar eliminando la cultura original. Si haces esto, ¿por qué cuando los protagonistas viajan a Londres no lo conviertes en Madrid?

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Tras el intento de extender la serie Bourne sin Paul Greengrass y Matt Damon, con ese El legado de Bourne que nos aburrió cosa mala, se anunció que volverían a la fórmula original. Y se lo han tomado a rajatabla: esta nueva entrega se aferra demasiado a lo conocido. Si la tercera ya mostraba cierto agotamiento, qué menos que intentar ir un poco más allá. Pero sea por miedo a que cambiar mucho causara tan poca sensación como causó el capítulo protagonizado por Jeremy Renner, o porque no han sido capaces de ir más allá salvo por la posible continuidad del personaje de Vikander, Jason Bourne es una película completamente estancada.

No creo que sean spoilers, porque una vez dicho que tenemos lo mismo que en las anteriores ya te haces una idea. Bourne está escondido pero el destino lo vuelve a poner en la mira de la CIA. En los despachos se ponen las pilas y lanzan su persecución. Él no quiere saber nada, pero le tocan las pelotas (con un giro que omito por si acaso por ser más relevante, pero que ya tuvimos en la segunda parte y que aquí se ve venir de lejos) y vuelve a la acción. En la intriga asistimos paso por paso al mismo proceso de siempre: la tecnojerga y ciencimagia imposible (no, no pueden controlar las cámaras de las calles de un país extranjero), las artimañas de los dirigentes de los proyectos secretos para seguir manteniéndolos en la oscuridad, el activo enviado para asesinar al objetivo… Bourne pasará también por las etapas que conocemos de sobras: los juegos de esconderse entre la multitud y localizar al individuo buscado para lograr otra pieza del puzle, los recuerdos que va reconstruyendo poco a poco, la persecución con moto y con coche de rigor, el encuentro final con el tipo importante y con el activo, y vuelta a desaparecer.

Para colmo, la intriga del pasado y la conspiración del alto mando turno de la CIA son menos sustanciosas que de costumbre. Acabada la película no tengo claro qué perseguía Bourne y qué ha hallado. Básicamente el nombre de su padre y qué hacía en la compañía, y no es un gran giro o sorpresa, no me parece que resulte crucial para resolver su crisis de identidad y su desarraigo, al menos no tal y como lo exponen. En cuanto al nuevo enemigo, Tommy Lee Jones para mi sorpresa está muy, muy soso, como si no tuviera ganas de estar ahí, lo que termina de matar un personaje monocromático e insustancial, fruto tanto de la poca fuerza de la trama como porque resulta muy repetitivo. ¿Pero cuántos directores de proyecto hay? ¿Los realizadores de la serie no pueden buscar un villano más original? Que a estas alturas Bourne parece muy estrecho de miras, arriesgándose tanto a pesar de quedar claro que surgen nuevos enemigos de la nada, asumiendo inútilmente que desaparecido uno se desactivan todos los programas oscuros y la CIA lo dejará en paz.

Da la impresión de que los autores conocen esta falla, pero no ponen demasiado empeño en solucionarla. Hacen un amago de aportar algo, pero casi es peor que esté ahí, porque pone de manifiesto lo que podría haber sido la película y no es. Con el personaje de Alicia Vikander parece que van a renovar la historia de conspiraciones y riñas en la agencia, así como asentar cierta continuidad… pero lo cierto es que esta sección apenas se desarrolla, recuerda demasiado al rol de Joan Allen en la segunda y tercera entregas, y me temo que se queda en una presentación muy somera mientras se centran en repetir todos los demás elementos. Eso sí, el papelón que hace es para enmarcar, quitándose de encima rápidamente la sensación de que era demasiado joven para el rol y ensombreciendo aún más al flojo Tommy Lee Jones.

También podría decirse que en el tema de las redes sociales se vislumbraba la posibilidad de sacar más partido del argumento de espionaje gubernamental, pero a la hora de la verdad la temática subyacente es como si no le importara a los realizadores, es el plan del malo a desarticular y ya está. Esto maximiza el efecto de que Bourne no parece perseguir nada tangible más allá de unir cuatro datos de su pasado, pues las conspiraciones a desentrañar acaban siendo irrelevantes nombres de proyectos e irrelevantes jefes de divisiones. Inicialmente funcionaba porque manejaban bien la intriga y el esfuerzo del personaje llegaba con intensidad (en parte porque siempre ha estado bien realzado por un comprometido Matt Damon), pero tras dos capítulos con lo mismo es inevitable pensar que en la tercera y quinta partes deberían haber aportado algo más. En El legado de Bourne la premisa plantea algunas pequeñas novedades, al menos sobre el proceso de creación de los soldados, pero no llegaron a sacarle chicha. Aquí el amago de mojarse un poco más con una historia más compleja y con carga crítica tampoco no llega a nada.

Y para rematar tenemos la pobre resolución: una amplia escolta que desaparece por arte de magia y no acude al oír tiros, un deus ex machina de último segundo forzadísimo, y una pelea final cuerpo a cuerpo que no puede sorprender, así que alargarla sin ofrecer una vuelta de tuerca que reactive el interés no funciona. El desenlace sólo se mantiene por la persecución en coche, que aporta algo más de intensidad.

En la puesta en escena hay otro problema recurrente: el exceso de movimiento en la cámara. Por lo general Greengrass domina muy bien la cámara en mano frenética y el montaje veloz, construyendo secuencias de acción de corte realista donde es fácil sumergirse plenamente en el caos. Pero en los momentos más intensos se pasa con el ajetreo, dificultando a veces entender qué está pasando. Y aquí también pesa el factor repetición. Ni una, ni una sola escena de acción aporta una mínima innovación. Cumplen con lo justo para no aburrir, pero no impresionan lo más mínimo. Hasta los últimos momentos de la persecución final no han conseguido que se me acelere el pulso, y no porque busquen algo original, sino porque con el básico “más grande y más bestia” terminan la secuencia en un pico brutal.

Así que cabe preguntarse: ¿por qué no me veo las dos primeras en casa y me ahorro el dinero y esfuerzo de ir al cine a tragarme un clon sin savia? Pues supongo que todos vamos por lo mismo: familiaridad. Conocemos y nos gusta la serie y el personaje, y no tienen que ofrecernos mucho para satisfacernos porque el listón lo bajamos inconscientemente con las obras que amamos. Es algo más entretenida que El legado de Bourne, pero si te paras a pensar le sacarás muchas carencias y ninguna novedad, con lo que desde mi punto de vista tiene ningún aliciente para verla de nuevo.

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Serie Jason Bourne:
El caso Bourne (2002)
El mito de Bourne (2004)
El ultimátum de Bourne (2007)
El legado de Bourne (2012)
-> Jason Bourne (2016)

El marciano


The Martian, 2015, EE.UU.
Género: Aventuras, ciencia-ficción.
Duración: 144 min.
Dirección: Ridley Scott.
Guion: Drew Goddard, Andy Weir (novela).
Actores: Matt Damon, Jessica Chastain, Chiwetel Ejiofor, Kristen Wiig, Jeff Daniels, Michael Peña, Sean Bean, Kate Mara, Sebastian Stan, Aksel Hennie, Benedict Wong, Mackenzie Davis, Donald Glover.
Música: Harry Gregson-Williams.

Valoración:
Lo mejor: Buena descripción de personajes. Aventura espacial bastante entretenida. Reparto de grandes nombres.
Lo peor: Le falta garra en todos sus elementos: drama, comedia, aventura de supervivencia. Apenas deja huella. El mediocre doblaje.
El título: De Marte: Operación rescate, a Marte (The Martian). Porque sí, traducirlo como El marciano era realmente complicado. ¿Cómo empleados tan ineptos toman decisiones tan relevantes? Pues obviamente te paseas por internet y todo el mundo la conoce con su título real.
La sorpresa: ¡Sean Bean no muere!
El dato: Drew Goddard iba a dirigir, pero prefirió decantarse por una obra que le atraía más, Los seis siniestros, un grupo de villanos Marvel (aunque al final se quedó en el limbo). Y Ridley Scott se entusiasmó por el proyecto, retrasando Prometheus 2 (cuyo nombre cambia cada pocos meses).
El libro: Andy Weir publicó la novela en su blog, pero viendo su calidad la gente le decía que la publicara en Amazon. Y el éxito fue enorme.

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El libro en que se basa (Andy Weir, 2011) no es revolucionario, pero como entretenimiento tiene bastante pegada. La odisea de Mark Watney por sobrevivir en solitario en Marte enlaza un sinfín de escenarios catastróficos que va sorteando con una personalidad arrolladora. Los saltos a la Hermes (la nave de los compañeros que lo dejaron atrás en la evacuación, dándolo por muerto) y a la Tierra enriquecen el relato con algo más de drama y realzando el alcance de la situación, porque los líos en la NASA son épicos también. Como atractivo extra, la afición a la ciencia-ficción suele ir de la mano con la pasión por la ciencia (ficción científica de hecho es una traducción más fiel de science fiction), y el libro es una gozada en ambos sentidos, porque desarrolla una aventura espacial de gran realismo y con planteamientos científicos muy cuidados. Para rematar, su narrativa es muy pero que muy cinematográfica, con lo que el anuncio de la adaptación generó muchas expectativas entre los lectores y los amantes del género.

Sin embargo, aunque su traslación a la gran pantalla ofrece un entretenimiento bastante decente con algunos puntos fuertes llamativos, también acusa una falta de intensidad importante, dejando la sensación de que hay mucho potencial sin aprovechar. Al público no parece importante tanto, pues la crítica es buena y la taquilla va bastante bien, pero a mí me ha dejado un regusto amargo. Para una vez que podemos tener una del género de gran presupuesto y con talento detrás (empezando por el director, pero también pasando por el notable reparto y cómo no el equipo técnico), resulta que se quedan bastante cortos. Sinceramente, hasta Prometheus (2012) me emocionó más, a pesar de tener un guion que se cae a pedazos, porque su aspecto visual es embriagador y la trama y el escenario ofrecen situaciones más variadas y vibrantes. El marciano tiene mejores personajes (más verosímiles y atractivos) y más consistencia en la trama, pero resulta bastante fría y arrítmica.

La proyección no empieza nada mal. Como el libro, nos lanza directamente a la tormenta y a la evacuación que da inicio al periplo del protagonista. Sus primeros pasos en la soledad marciana, tratando de encontrar una forma de extender su esperanza de vida hasta la posible y lejana misión de rescate, parecen llevarnos por al mismo viaje trepidante de la obra de Andy Weir. Pero pronto empieza a perder fuelle, los retos se diluyen en anécdotas poco interesantes y que no presentan peligros ni proezas que causen algún impacto. Llegamos a un punto en que Marte termina resultando una historia secundaria… y eso precisamente salva a la película, porque nos vamos a un teatro más atractivo y variado: la Tierra. La presentación de los personajes de la NASA y el JPL, que son un puñado largo, es bastante correcta. Nos ponemos a trabajar codo con codo con ellos y vamos conociendo sus posiciones (enseguida sabes a qué se dedica cada uno aunque no recuerdes su nombre), sus puntos fuertes y débiles, sus aspiraciones y las luchas y roces con los demás. Con este panorama, incluso te lamentas de que los tripulantes de la Hermes no tengan tanto tiempo en pantalla como ellos, porque también eran prometedores.

Y con estas, Marte casi desaparece. Llega un momento en que da la sensación de que faltan escenas, que Ridley Scott se volvió a pasar de duración y ha tenido que recortar parte del tramo final de la odisea de Watney, saltando directamente al intento de rescate. Por ejemplo, no se explica por qué hace un agujero en el techo del rover y pone un plástico haciendo una burbuja, como si faltara el momento en que le da utilidad a lo que sea eso. Tampoco creo que el viaje de tres mil kilómetros lo hiciera sin que le pase nada (en el original, de todo), porque queda un vacío ahí que resulta un salto narrativo algo torpe.

Así pues, el ritmo peca de irregular y de falto de vigor en varios segmentos, algunos bastante largos. La novela no resulta un drama de altos vuelos ni tiene especial trascendencia, pero sí mantiene una sensación de lucha y peligro constante, de que cada día en Marte es enfrentarse cara a cara contra la muerte. Lo mejor captado por Drew Goddard (el guionista) y Ridley Scott es el sentido del humor del protagonista (y no siempre funciona), que trata de poner buena cara en todo momento, y el caos que se forma en la NASA. Pero la aventura de supervivencia resulta demasiado ligera, sin transmitir el peligro y la tragedia con la fuerza necesaria para dejar huella. La comandante sufre muy poco por el abandono de un miembro de la tripulación. Watney sólo se curra el huerto y la idea para intentar comunicarse, el resto del tiempo no se enfrenta a nada llamativo, y al final en la NASA también parece que falta algo de intensidad.

Estas limitaciones surgen del guion principalmente, pero el trabajo audiovisual tampoco es del todo eficaz. La dirección de Scott es más conservadora de lo habitual en un realizador dado a la magnificencia visual, con lo que contribuye a la falta de garra. Sí, hay belleza en los planos de Marte, y el decorado de la nave se aprovecha bien, pero por lo demás la puesta en escena no ofrece épica alguna, va como desganada. Y como extensión, tampoco luce como superproducción de más de cien millones. Es que me atrevo a compararla con la tontorrona serie b Los últimos días en Marte (Ruairi Robinson, 2013), que con unos ridículos diez millones lucía a un nivel bastante cercano (aquí el tráiler -que para variar te cuenta casi todo-). La banda sonora empobrece todavía más el acabado, porque donde se espera que la música realce la tragedia, matice la intriga o explote la acción, la floja partitura de Harry Gregson-Williams pasa sin causar la más mínima turbulencia en las emociones que debería transmitir la escena.

Así pues, El marciano es una película bastante entretenida que merece la pena ver en el cine, pero también resulta incapaz de emocionar y mucho menos de dejar un grato recuerdo. Quizá incluso por su ritmo moroso no aguante bien sucesivos visionados, algo que hasta la fallida Prometheus permite por su narrativa veloz y enérgica. Las otras incursiones recientes en Marte tampoco terminaron de convencer. La citada Los últimos días en Marte solo se la recomiendo a aficionados a la ciencia-ficción de terror básico (la típica de ir muriendo en fila), Misión a Marte (Brian De Palma, 2000) iba de pretenciosa pero era muy simplona, y Planeta rojo (Antony Hoffman, 2000) a pesar de su presupuesto era una serie b también muy justita.

Aparte tengo que mencionar que la calidad de los doblajes sigue bajando. En esta película mitad de los actores no parecen ponerle ganas, de hecho en alguna escena parece un doblaje amateur, con personajes que hablan sin matiz alguno en la voz cuando por la escena parece indicarse que están en tensión. Con el jugoso reparto que ha reunido Scott, el destroce es lamentable. El peor es el caso de Kate Mara, a quien le han encasquetado una voz muy reconocible y demasiado omnipresente: la de Natalie Portman, Keira Knightley, Scartlett Johansson, Anne Hatthawy y cualquier actriz joven que haya. Por el amor de dios, ¿es que no hay más dobladoras en el gremio? Me saca completamente del personaje e incluso de la película, pues me resulta falso e incluso desagradable, por ser una voz muy aguda que no le pega nada y que se escucha en demasiadas películas. Y por supuesto, donde hay doblaje hay traducción: vaya plaga de leísmo que asola el cine reciente. Hasta el poster comete faltas flagrantes: Traedle a casa. ¿Traedle qué, una pizza?

The Zero Theorem


The Zero Theorem, 2013, EE.UU., Francia, Reino Unido.
Género: Drama, ciencia-ficción.
Duración: 107 min.
Dirección: Terry Gilliam.
Guion: Pat Rushin.
Actores: Christoph Waltz, Lucas Hedges, Mélanie Thierr, Matt Damon, Tilda Swinton, David Thewlis.
Música: George Fenton.

Valoración:
Lo mejor: Buen análisis social a través de personajes encantadores. Puesta en escena notable.
Lo peor: A pesar de tanto surrealismo, su temática no sorprende.

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Terry Gilliam nunca ha dejado atrás el cine extraño y surrealista, pero desde Brazil (1985) no se embarcaba en una historia que mirara a un futuro imaginario para analizar nuestro inmediato porvenir, es decir, la fábula distópica. The Zero Theorem nos relata cómo las nuevas tecnologías (informática y telecomunicaciones) absorben nuestras vidas haciéndonos dependientes de ellas, suplantando las relaciones humanas reales, limitando nuestra capacidad para socializar. Apuntala el análisis con la crisis económica y laboral: la competencia por el trabajo es dura, la miseria ahoga el mundo a pesar de la fachada de bienestar y felicidad que genera la tecnología.

Todo esto lo vemos a través de los ojos de un ser antisocial, marginado y con principios de demencia al que seguimos en su odisea por encontrar respuestas a la existencia, por hallar un lugar en el mundo que le devuelva las ganas por vivir. Es un personaje complejo que Christoph Waltz capta a la perfección, sobre todo a la hora de dar pena por su aislamiento y soledad. Conocerá a una chica atractiva y extrovertida, de la que huye porque siente que es demasiado buena para él, o porque le asusta enfrentarse a alguien tan distinto. Pero pronto se verá que ella tiene sus propios problemas emocionales que harán que conecten. Otras relaciones terminan de definir a nuestro protagonista: el jefe de departamento al que no soporta pero que está siempre encima, controlando su tiempo y su vida, y el joven becario que le hará recuperar algunas cosas (placeres sencillos como la comida) que tenía olvidadas.

El estilo de la narración (en lo visual tanto como en el contenido) es histriónico, afilado y excesivo acorde al surrealismo que impregna la obra de Gilliam. Los personajes se llevan al límite, convirtiéndolos en caricaturas a veces funestas, otras lastimeras, pero siempre acertando en la intención de hacernos ver y pensar sobre problemas reales. Dicho de otra forma, el mensaje es claro y no resulta engullido por las partes más abstractas (como el trabajo o el teorema cero).

El exterior es vistoso, rebuscado pero crucial a la hora de describir el entorno, la escena y el personaje. Barroquismo mezclado con cyberpunk, y color y plástico combinados con roca y mugre, exponen muy bien la dualidad del futuro presentado, lo que se refuerza con simbología abierta a teorías (por ejemplo, el ordenador en el altar de la iglesia se puede tomar como símbolo de lo que domina la vida del hombre del futuro). Destaca sobre todo por lo que han logrado con unos escasos ocho o diez millones de dólares: luce como una superproducción. Y todo gana enteros con la hábil mano de Gilliam: los encuadres originales y la cámara inclinada no son caprichosos, sino esenciales en la atmósfera buscada.

Pero hay que decir que a estas alturas este estilo no sorprende, que Gilliam no logra algo tan distintivo o innovador como lo fueron Brazil y Doce monos. La combinación de elementos es sólida y se usa con sabiduría, pero en ningún momento causa gran impresión. Huellas de cualquier título de la ciencia-ficción se pueden ver en todo momento (la ciudad recuerda rápidamente a Blade Runner), pero destaca sobre todo la influencia del surrealismo francés de Jean-Pierre Jeunet. Y en lo argumental tampoco ofrece un análisis realmente novedoso: otros tantos títulos recientes han tratado la misma temática, aunque sea desde otros puntos de vista.

Pero las cosas bien hechas también tienen valor, y más si aportan una perspectiva valiente, inteligente y vistosa. Así, Gilliam no rompe esquemas, pero obtiene una obra rica en lo visual, inteligente en su contenido y con unos personajes que llegan e inspiran. Eso sí, huelga decir que su estilo no es apto para el espectador medio, amigo de la inmediatez, lo conocido y lo expuesto sin segundas lecturas. Solo los que busquen cine arriesgado o de autor podrán disfrutar el visionado.

Monuments Men


The Monuments Men, 2014, EE.UU.
Género: Bélico, aventuras.
Duración: 118 min.
Dirección: George Clooney
Guion: George Clooney, Grant Heslov. Novela de Robert M. Edsel y Bret Witter.
Actores: George Clooney, Matt Damon, Cate Blanchett, Bill Murray, John Goodman, Jean Dujardin, Hugh Boneville, Bob Balaban.
Música: Alexandre Desplat.

Valoración:
Lo mejor: Buen reparto, fotografía y ambientación.
Lo peor: Hecha a trozos sin conexión entre sí, es un galimatías y un rollazo.
El título: Estamos ante una de esos extraños casos en que para la versión española simplemente le quitan el “The” al título, como The Matrix, The Terminator o The Abyss. Y si en esos casos no tenía sentido, en este menos todavía.

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Qué pena que un argumento tan potente, que una perspectiva alternativa tan original y atractiva de la Segunda Guerra Mundial, que un tipo de filme con base para ofrecer una aventura como las de antaño (con la referencia de Los violentos de Kelly a la cabeza) se quedara en tan poca cosa, prácticamente en nada. George Clooney y Grant Heslov (su colaborador habitual) no han sabido adaptar bien la novela en que se basan, confeccionando un guion superficial, desestructurado y disperso incapaz de dotar de vida a los protagonistas y de dar ritmo y objetivo a una trama compuesta de capítulos anecdóticos casi sin conexión entre ellos. Son errores que se veían en otros de sus títulos en común, las sobrevaloradas Buenas noches, y buena suerte (tediosa y caótica como la aquí comentada) o Los idus de marzo (telefilme sin garra), pero aquí se ven maximizados porque la sensación de potencial desaprovechado es enorme.

A primera vista la labor de dirección de Clooney es correcta en la composición de escenas sueltas, pero sin una trama con proyección trabajada y creciente es difícil saber si la poca intensidad de la narración es fruto del guion o de falta de visión en conjunto como director. Todas las escenas tienen el mismo tempo, no hay tensión o intriga en aumento ni la elaboración de algún clímax en momentos clave. Como resultado la película es un inestable conglomerado de escenas sueltas cuyo hilo conductor (buscar y recuperar las obras de arte robadas por los nazis) no basta como nexo en común, como centro de gravedad sobre el que hacer girar los acontecimientos de manera que haya una progresión narrativa en la que sumergirse con interés y emoción.

Con los protagonistas ocurre lo mismo. Los personajes aparecen en pantalla sin más, no se expone bien quién es quién a pesar de que se nos presentan de uno en uno. De ahí nos vamos al frente, donde todo el rato están nombrando ciudades pero finalmente no tenemos ni idea de dónde estamos y cuál es la misión actual. Cuando se separan en grupos todo se viene abajo definitivamente, saltamos entre ellos sin que haya motivos claros solo para soportar anécdotas triviales y aburridas que no aportan nada al argumento: ahora fumamos, ahora un chiste, ahora echamos de menos el hogar aunque realmente no da esa sensación, ahora la escena de francotirador de turno, ahora la de “he pisado una mina”… Los intentos de humor que deberían mostrar camaradería son un desastre, pues las escenas se fuerzan demasiado para meter la gracia. La muerte de algún protagonista no impacta lo más mínimo. Los discursos narrados que aparecen de vez en cuando cansan y son otra muestra de que no sabían cómo enlazar las historias entre sí. La única línea con algo de continuidad es la relación entre Matt Damon y Cate Blanchett, pero es muy simple y no impresiona lo más mínimo.

En estas condiciones es difícil interesarse por el porvenir de los protagonistas y el desarrollo de sus aventuras. No hay sensación de esfuerzo, de trabajo, de peligro, de que se muevan realmente hacia algo, solamente saltamos entre un caso y otro. Y ninguna de estas aventuras tiene fuerza suficiente por sí sola para dejar huella, salvo los hallazgos finales, y por la importancia de estos, no porque la película impacte: el nivel de hijoputismo de los nazis fue tan grande que resulta difícil de creer todo lo que estaban haciendo.

La ambientación está bien lograda, hay buenos paisajes y escenarios pequeños pero efectivos de la guerra. Pero eso no es nada que no se consiga con dinero. El reparto es lo único llamativo, pero solo destacan por carisma, porque con los diálogos acartonados y el escaso calado emocional de los personajes ninguno puede conseguir una buena interpretación. También destaca para mal el habitual tono patriotero paternalista que se traen los estadounidenses. Ellos salvan el mundo, la cultura y la forma de vida occidental, que además es la única que vale. Hasta la música realza ese patriotismo de forma demasiado evidente y cargante, decepcionándome Alexander Desplat por primera vez.

Monuments Men es un asombroso desastre narrativo que además muestra que la carrera de George Clooney como realizador va hacia abajo en vez de hacia arriba: le falta bastante para entender los conceptos más básicos del lenguaje cinematográfico.

Detrás del candelabro


Behind the Candelabra, 2013, EE.UU.
Género: Biografía, drama.
Duración: 118 min.
Dirección: Steven Soderbergh.
Guion: Richard LaGravenese. Scott Thorson y Alex Thorleifson (novela).
Actores: Michael Douglas, Matt Damon, Dan Aykroyd, Debbie Reynolds, Scott Bakula, Rob Lowe, Cheyenne Jackson.
Música: Marvin Hamlisch.

Valoración:
Lo mejor: Ritmo e interés constante. Las magníficas interpretaciones de Matt Damon y Michael Douglas.
Lo peor: Nada.

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Es difícil hacer biografías que resulten interesantes, casi siempre son más o menos monótonas y de narración irregular. Hay que basarse en un personaje realmente jugoso para conseguir algo llamativo, y aun así hay que ser hábil para no tener tramos donde los aspectos menos atractivos de su vida se traduzcan en fallas del ritmo y del interés. Incluso buenas películas de autores de gran experiencia resultan arrítmicas: El aviador tiene partes de desigual fuerza, por ejemplo. No sé si la vida y obra de Liberace tendría enjundia de sobra, lo que sí está claro es que el guion sabe seleccionar y exponer muy bien la parte más importante de la historia del pianista a través de una idea muy acertada: centrándose en el ascenso, gloria y caída de su protegido, Scott Thorson, se logra una narración con objetivos claros y ritmo fluido, y se abarca lo justo de la trayectoria de Liberace para conocer su carrera, su forma de ser y el entorno en que se movía.

La odisea de Thorson ofrece una visión espectacular de la fama y los excesos, pues Liberace fue un notable ejemplo de todas las excentricidades y vicios que puede tener una figura con fama y dinero. Los caprichos, los derroches, la ostentación, la cirugía estética, las amistades fingidas, los vaivenes emocionales, la soledad, el rechazo… Hay un momento para describir cada aspecto y de todos ellos se saca muy buen partido. El fulgurante ascenso de Thorson muestra muy bien como deja atrás amistades y familia reales por un sueño lleno de ficciones y mentiras, pues está ciego de emociones y dinero. Su momentánea gloria tiene momentos surrealistas, como las operaciones que le empujan a realizarse para parecerse a Liberace. Y la caída es triste, realmente triste: despachado por otro más joven y aplastado en juicios para que no pudiera reclamar nada.

El guion pone en bandeja dos personajes muy jugosos para lucirse en la interpretación, y Matt Damon y Michael Douglas lo aprovechan de forma impresionante. Damon está pletórico como el joven embobado primero y alicaído después, logrando uno de sus mejores trabajos. Pero lo de Douglas es alucinante. Logra uno de esos papeles no se olvidan: su transformación es total, todos los gestos, la inflexión de la voz (absolutamente imprescindible la versión original) y el tono de la mirada hacen irreconocible a Douglas, parece realmente otra persona, parece el auténtico Liberace. En los secundarios también hay transformaciones dignas de citar a pesar de sus pocos minutos en pantalla: Scott Bakula y Rob Lowe están estupendos, de hecho, el segundo tiene un papel muy gracioso (el flipado de las cirugías estéticas).

La solidez del guion, la profesional puesta en escena (Steve Soderbergh es un valor seguro) y sobre todo el excelso reparto han sacado de su órbita a Behind the Candelabra: como telefilme para la HBO no hubiera tenido mucha repercusión incluso ganando los Globos de Oro en la categoría de televisión, pero la fama adquirida merecidamente por Michael Douglas la ha llevado bastante más lejos de lo esperado. No será un peliculón a recordar entre los grandes títulos del año, pero sí es muy recomendable.

Elysium


Elysium, 2013, EE.UU.
Género: Acción, ciencia-ficción.
Duración: 109 min.
Dirección: Neill Blomkamp.
Guion: Neill Blomkamp.
Actores: Matt Damon, Jodie Foster, Sharlto Copley, Alice Braga, Diego Luna, Wagner Moura, William Fichtner.
Música: Ryan Amon.

Valoración:
Lo mejor: Efectos digitales excelentes. Aventura de ciencia-ficción muy entretenida y con buena crítica social.
Lo peor: A pesar del envoltorio, es un relato harto previsible, lleno de agujeros y con un final decepcionante.

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En el futuro los millonarios tienen medios para alejarse aún más de las clases bajas: se refugian en una maravillosa estación espacial llamada Elysium. Aunque no todo es idílico, porque las ambiciones de algunos por el poder ponen en peligro su estabilidad. En la Tierra la sobrepoblación y la escasez de recursos mantienen a la gente en la miseria, con trabajos de baja calidad o subsistiendo mediante el crimen a pesar de la dura represión policial. El protagonista, Max (Matt Damon), como es esperable se verá empujado a llegar a Elysium por circunstancias de la vida, y quiere la casualidad que en sus manos caiga la posibilidad de cambiar la situación para siempre.

Un personaje puteado al límite, un ritmo excelente, unos efectos especiales impresionantes (espectacular la estación), un diseño artístico con bastante imaginación (aunque solo vemos unas pocas naves y cachivaches), un villano (el mercenario) que acojona y fascina (imprescindible la versión original) y un entorno sencillo pero bien descrito que da pie a una buena crítica forman una aventura de ciencia-ficción visualmente bastante lograda, con contenido que hace pensar y un protagonista de calidad. Sin embargo se puede decir pronto que todo lo que se ve ha sido contado mil veces y Neill Blomkamp lo único que hace es darle un envoltorio más vistoso: no es difícil prever el devenir de la historia y no hay sorpresas, si acaso todo lo contrario, casualidades bastante forzadas, como la forma meter a la chica y su niña en el embrollo.

El problema llega cuando los pequeños detalles negativos, los deslices narrativos o directamente los agujeros de guion que salpican el relato van afeando la propuesta cada vez más, hasta llegar a un final un tanto insatisfactorio. Con el empeño que hay por la seguridad de Elysium no se entiende cómo no tiene defensas contra naves; la escenita de los misiles lanzados desde la Tierra servirá para presentar al mercenario, pero creíble no es. Igualmente, tantos robots y naves de interior que tienen y resulta que el núcleo, el ordenador central, no tiene protección alguna y los protagonistas se pasean por allí como si nada; tampoco se entiende por qué el Presidente, que estaba retenido a cubierto, aparece ahí justo al final, en una cutre forma de decir que ha perdido el poder. Las casualidades imposibles son demasiado descaradas: cada vez que el protagonista se acerca al hospital se encuentra con la chica; y qué conveniente que la niña se desmaye en toda la acción, para no tener un crío molestando. En los momentos finales el mercenario, un rol hasta entonces muy atractivo, se estropea: de repente se convierte en un tirano ambicioso, algo que no pega nada con su personalidad de marginal, y para colmo la persecución del protagonista termina con una pelea a puños muy simplona. No falta el informático loco y pasado de rosca y las paridas habituales con el tema: el tipo ve un código hexadecimal pasar a toda leche por la pantalla y en diez segundos sabe qué es y qué dice exactamente. No escatiman tampoco en aparatitos electrónicos que sin venir a cuento emiten sonido: resulta que el protagonista lleva en algún momento un rastreador que hace pipipipi… ¿y no se da cuenta?, ¿y no es absurdo ponerle luz y sonido a un dispositivo que debe pasar desapercibido?

En la dirección Blomkamp también arrastra ciertas irregularidades. En general su labor es de muy buen nivel, con planos amplios excelentes, gran ritmo en cada secuencia, un uso muy sabio de los efectos especiales (las naves se integran muy bien en la escena)… Sin embargo en ocasiones se le va la pinza e introduce adornos absurdos, borrones confusos, movimientos extraños, ralentizaciones y vaciles contraproducentes. Así, las escenas de acción, bien planificadas y trepidantes por lo general, tienen momentos que deslucen por culpa de estas tonterías.

Entre que resulta bastante previsible, hay inconsistencias notables de vez en cuando y el final acaba con una pelea bastante burda y poco creíble, Elysium parece desaprovechar todo el potencial que muestran en un principio ante tus ojos. Como le ocurrió en District 9, Blomkamp parte de algunas buenas ideas, tanto en el argumento como en lo visual, pero no termina de obtener un relato redondo. Eso sí, Elysium tiene mejor narrativa que District 9, mucho más centrada y fluida. Curiosamente, las críticas siguen dando buena nota a la anterior, mientras que Elysium ha sido bastante machacada. Lo cierto es que aun con sus limitaciones resulta una cinta de ciencia-ficción bastante correcta y muy agradable de ver, todo un logro en el género hoy en día.