El Criticón

Opinión de cine y música

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Interstellar (con spoilers)


Interstellar, 2014, EE.UU.
Género: Ciencia-ficción, drama.
Duración: 169 min.
Dirección: Christopher Nolan.
Guion: Jonathan Nolan, Christopher Nolan.
Actores: Matthew McConaughey, Anne Hathaway, Jessica Chastain, Mackenzie Foy, Michael Caine, Casey Affleck, Timothée Chalamet.
Música: Hans Zimmer.

Valoración:
Lo mejor: Como ensayo sobre el ser humano es fascinante, como cinta de aventuras y ciencia-ficción es potente y cautivadora.
Lo peor: Una leve tendencia a explicar más de la cuenta, algún detalle menor y un final un poco comercial.
Mejores momentos: La despedida, el viaje y los fenómenos espaciales, el cobarde, el acople, la singularidad, el contacto…
El plano: Mirando debajo de la manta.

* * * * * * * * *

Alerta de spoilers: Describo los pilares del argumento evitando revelar cosas concretas de la trama y más aún sorpresas y giros. Pero su trasfondo y mensajes los analizo a fondo, y repito que es una película para ver en blanco y dejarte embargar por su complejidad y capacidad de asombro. Ver también: Interstellar sin spoilers.–

Interstellar no es sólo una aventura espacial arrebatadora y un drama familiar de proporciones épicas y gran emotividad, también es una oda a la humanidad. Su trama nos sumerge en cómo enfrentamos las dificultades de la vida, pero llevándolo al extremo último, la cercanía de la extinción. ¿Conseguirá la humanidad sobreponerse a la estrechez de miras, las trabas morales, intelectuales y emocionales que han mostrado sus miembros en toda su existencia?

Anhelos, pensamientos, limitaciones y grandes gestas del hombre van pasando ante nuestros ojos conmoviéndonos, llevándonos a la reflexión. Nolan expone situaciones varias a través de los personajes y sus vivencias, y de algunas nos ofrece las dos caras, dejándote claro que nada es blanco o negro, que no existe una solución única como en las matemáticas, porque el hombre es un ser emocional. El mejor ejemplo es la mentira con que quieren educar a los jóvenes para que la supervivencia inmediata esté garantizada: no miréis al espacio, sino a la tierra, que la agricultura que nos da de comer es más importante que soñar con las lejanas estrellas. Y a la vez, quien mira a las estrellas como única salvación sustenta las esperanzas de su gente en una mentira igual de tétrica.

Se trata inevitablemente la eterna dualidad de la sociedad, progresistas contra conservadores. El choque entre la hermana, valiente y decidida a cambiar las cosas, con el hermano, cuya limitada visión lo lleva a esperar que todo se arregle solo, aferrándose al sueño de que lo que funcionaba antes en circunstancias sociales, políticas y económicas distintas, debería volver a funcionar, porque si no el mundo deja de tener sentido para él (demasiado complejo para entenderlo y asimilarlo, el problema básico de los conservadores), genera grandes momentos de tensión, y señala también que la ciencia siempre tiene algo que aportar, por mucha fobia que le tengan los estrechos de miras.

El mundo que queda es el de los mediocres y cobardes, el del gobierno que manipula para mantener a la población sumisa y señalando la ciencia como causante de los excesos pasados. La ciencia sobrevive como una organización clandestina por su cuenta. Esto no está muy lejos de la realidad actual, sobre todo en España, que hipoteca su futuro tirando de lo malo conocido por miedo a invertir en ciencia, un ente demasiado abstracto para las mentes simples. Los héroes como siempre son los que tienen mayor amplitud de miras, los visionarios, exploradores, científicos… El protagonista apunta maneras con su maquinaria agrícola dirigida por GPS, que le garantiza mejores cosechas mientras los demás se ríen de su afán por la tecnología y pretenden que sus hijos rebajen sus intelectos para amoldarse a una sociedad inmovilista, conservadora. Evidentemente esto tampoco está muy lejos de la realidad.

Como extensión de las heroicidades tenemos el conflicto entre el protagonista y un personaje que aparece en el tercer acto, que ciertamente Nolan se empeña en recalcarlo más de la cuenta, como se ha criticado hasta la saciedad por los detractores que se sustentan en un solo fallo para tratar de tumbar el conjunto. Y está lejos de hacerlo, porque la dualidad del cobarde que sólo piensa en la supervivencia propia inmediata contra el responsable que mira por otros y a largo plazo es muy interesante aunque sea obvia, y además da pie al gran y fantástico clímax de acción, que resulta sobrecogedor, dejándote aplastado por la tensión como pocas secuencias han logrado en el cine.

Está claro a estas alturas que el alegato a favor de la ciencia es muy completo y contundente, pero cabe destacar también que Nolan se acerca a la fe y al humanismo sin chorradas religiosas de por medio, aunque lo cierto es que siguiendo con la tónica de mensajes tratados con inteligencia y sensibilidad podría haber hecho alguna mención, porque es uno de los grandes motores sociales, culturales y espirituales de la humanidad, y también uno de sus peores defectos. En Contact por ejemplo sí lo tuvieron en cuenta.

Finalmente, no puede faltar la emoción más importante en las relaciones humanas, el amor. De primeras el discurso que suelta el personaje de Anne Hathaway me pareció un poco salido de madre, pero pronto se ve que la idea es esencial en el relato. Sí, podría haberse sintetizado mejor, de forma más sutil, pero como indicaba en la crítica sin spoilers, el realizador apuesta por llegar a todos los públicos. El amor nos une y guía frente de la adversidad incluso en los peores momentos, nos empuja a llegar más allá de donde la razón dicta, a sacrificarnos por los nuestros. En el onírico final este pensamiento resulta crucial.

Como indicaba, todo esto está sumergido en una aventura de supervivencia y descubrimiento deslumbrante. El primer acto en la Tierra está impregnado de intriga y desazón. La investigación que lanza el segundo acto va cambiando esa sensación por la magia, llevando un relato ya de por sí absorbente a un nuevo nivel de fascinación. El viaje espacial nos trae pura poesía audiovisual, una combinación de imágenes y música (Hans Zimmer pletórico) que ofrece las escenas más bellas y cautivadoras vistas en años. Y cuando se lanza de lleno a la trama filosófica todo lo visto hasta entonces adquiere nuevos sentidos, nuevas capas. Christopher Nolan, como ha demostrado en varias ocasiones, tiene una vena de visionario única y rueda con una técnica de primer nivel. Así, toda la película, casi tres horas, es un crescendo multinivel con una fuerza visual y emocional inenarrable. El largo clímax que hay desde el planeta helado, donde cabe destacar más que nunca la soberbia banda sonora de Hans Zimmer, confirma definitivamente a Interstellar como una obra maestra.

En cuanto a influencias hay que señalar lo obvio: está todo inventado, tratar de hundir la cinta porque una escena recuerda a tal o cual cosa es sencillamente absurdo; ninguna obra es cien por cien genuina y revolucionaria, siempre se parte de conocimientos previos. Las influencias y referencias más notables son las novelas y películas de Solaris, Contact y sobre todo 2001, en algunos elementos visuales y argumentales inevitables tratándose de mezclar espacio, filosofía e ideas sobre la humanidad (amor, destino, evolución, etc.). También fruto del género son conceptos básicos de ingeniería espacial como los ya imaginados entre otros por Arthur C. Clarke (Cita con Rama). Y se pueden citar otras probablemente casuales: la obstinación por lanzarse a lo desconocido a ciegas por pura curiosidad me recordó a Regiones apartadas, de William Gibson.

Alerta de spoilers: En este último párrafo comento algunos detalles más concretos, incluidos del final, que quizá quieras evitar.–

Y sí, como también indiqué en el artículo sin spoilers, hay aspectos criticables. Aparte de los allí citados añado un par más que, aunque destacables, no empañan las cualidades globales de la obra. Pienso que se podría haber reducido bastante el prólogo de presentación de la familia, porque la aventura del drone perdido en plan persecución no aporta nada esencial, y se podía haber dedicado este tiempo a los hallazgos que llevan al protagonista a la NASA, que van muy precipitados. No entiendo por qué ponen tanto empeño en la dirección artística (bueno, es un decir, el robot es grotesco) pero luego el maquillaje lo descuidan: no parece que Michael Caine envejezca, podían haberlo maquillado un poco. Los peros más importantes son la sensación de que reincide un poco más de la cuenta en algunas explicaciones y la discutible inclinación hacia un final casi palomitero: aunque me parece verosímil tal y como se expone (desarraigo en plan Frodo al volver a la Comarca y verla totalmente cambiada: he salvado el mundo, pero no para mí), desentona un poco que tras tanto esfuerzo por salvar a su familia y reunirse con ella, el protagonista se vaya tan rápido en pos de una mujer con la que no me parece que haya congeniado más allá de en lo profesional. Y un detalle que pocos han visto: por qué, si tienen una lanzadera con capacidad de despegar y aterrizar en planetas, el lanzamiento inicial se hace con ella acoplada a un cohete estándar de los que usamos ahora.

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Interstellar (sin spoilers)


Interstellar, 2014, EE.UU.
Género: Ciencia-ficción, drama.
Duración: 169 min.
Dirección: Christopher Nolan.
Guion: Jonathan Nolan, Christopher Nolan.
Actores: Matthew McConaughey, Anne Hathaway, Jessica Chastain, Mackenzie Foy, Michael Caine, Casey Affleck, Timothée Chalamet.
Música: Hans Zimmer.

Valoración:
Lo mejor: No es sólo una obra maestra del cine, trasciende más allá de las imágenes, su mensaje es universal.
Lo peor: Algunos fallos puntuales son dignos de citar. Tan compleja y arriesgada que es y será incomprendida por muchos.
El título: ¿Pero qué costaba traducirlo?

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Alerta de spoilers: La crítica no tiene ningún dato revelador de ninguna clase.–

¿Cómo abordar la crítica de una maravilla como esta, sobre todo cuando su virtud más llamativa es su capacidad para sorprender? Nada quiero desvelar de ella, ni de argumento, ni de estilo, ni de lo que oculta detrás, toda la magia y mensajes. Es imprescindible que cualquiera que piense en ir a verla lo haga sabiendo lo menos posible del argumento, no digamos de imágenes, sorpresas, ideas subyacentes, etc.

Qué difícil es esquivar información hoy en día. Hay películas que sabes que irás a ver sí o sí y quieres llegar más o menos sin saber nada. O al menos eso hacemos muchos cinéfilos: con conocer quiénes son sus autores o si es parte de un género o una saga que nos interesa la veremos indistintamente de lo que resulte al final. Pero con internet y la televisión es casi imposible llegar virgen. Te cuelan reportajes por todas partes. Te revientan claves del argumento en titulares sólo por conseguir clics rápidos. Y mira que esta vez hemos tenido la suerte de que los productores han sido cuidadosos y no han dejado pasar tráileres que te cuentan todo, que son cada vez más comunes y odiosos. Pero también son imperdonables las críticas que dicen no revelar nada y lo hacen con todo descaro, o las que lo hacen sin avisar. No lo entiendo. ¿Qué ganas con esa actitud? Ni visitas ni respeto.

Pero sí, conseguí llegar al cine sabiendo casi únicamente que Christopher Nolan se iba al espacio; sólo un detalle de la trama me jodieron con un titular mierdero. Y no me entendáis mal, no soy un adorador ciego de este realizador, de esos que ponen de obra maestra todo lo que hace. No compartí el entusiasmo desmedido por Origen o El prestigio, a las que les faltaba mucho para el sobresaliente, y me decepcionó mucho su forma de acabar la trilogía de Batman después de apuntar tan alto. Pero tiene cualidades que pocos poseen hoy en día, tanto porque parece estar todo inventado como por la falta de riesgo que corren autores y productoras. La capacidad de innovar y sorprender son virtudes prácticamente desaparecidas desde los Steven Spielberg y James Cameron de finales de los ochenta y principios de los noventa, pero Nolan ha recuperado ese espíritu muy bien. Soy seguidor suyo desde que deslumbró con Memento, no uno de esos que se suben a la moda cuando ya tiene bien asentada su carrera (El Caballero Oscuro sería su punto álgido), y asisto a cada nueva proyección con sumo interés porque sé que todas van a conseguir algo cada vez menos habitual en el cine: asombrarme y dejarme pensando durante días, indistintamente de que consiga filmes redondos o no.

Así pues, iba sin saber nada y ni siquiera esperando ver una gran película, sólo sabía que con toda probabilidad iba a disfrutar bastante. Y qué bofetón me he llevado. Ni El Caballero Oscuro, en toda su grandilocuencia y magnificencia, me caló tan hondo, ni la narrativa insólita de Memento me dejó tan impresionado. Porque Interstellar es una obra maestra, pero también mucho más. He vivido el nacimiento de un clásico, algo que ocurre dos, tres o cuatro veces por década como mucho. He estado en el estreno de otras obras maestras (El pianista a la cabeza), pero pocas de esas que rompen esquemas de tal manera. Por ejemplo American Beauty dio la vuelta al drama y la crítica social tal y como se conocían hasta entonces, y Seven inventó varios géneros nuevos. Matrix sería la más cercana, por género y capacidad de impacto, porque genialidades como Hijos de los hombres por desgracia no han logrado un reconocimiento global y se limitan a ser “obras de culto”. He sentido lo que seguramente sintieron las generaciones anteriores ante el estreno de La Guerra de las Galaxias y de 2001: asombro por ver cómo se destrozan las fronteras del cine tal y como se conocían, y, como en el segundo caso, se llevan además a terrenos alejados de lo normal en el séptimo arte: la metáfora y la filosofía.

Interstellar resulta más introspectiva, profunda y emocional que directa y convencional. Es decir, como 2001 (por citar el referente más conocido, hay otras obras que se podrían señalar, Tarkovsky y Fritz Lang a la cabeza), es difícil de catalogar tanto en géneros como en corrientes de pensamiento. Y por apuntar al corazón y empujar a la reflexión, las obras de este estilo generan respuestas muy polarizadas. O entras en su juego y entiendes algo del trasfondo filosófico, o puedes chocarte de lleno contra una barrera invisible. Así, hay no pocos enfrentamientos entre críticos y aficionados sobre su alcance: ¿es una obra maestra o un timo?, ¿sus cualidades en conjunto la hacen inmortal o sus fallos derrumban la película?

Para mí es sin duda una obra maestra… y no por eso ignoro o niego los fallos que se le pueden sacar. No hay largometraje por bueno que sea al que no se le pueda señalar algún aspecto mejorable, o incluso algún gran agujero (¿verdad, Alien y La diligencia?). Sólo quizá Casablanca es tan jodidamente perfecta que parece librarse de ello, o quizá es que es tan vieja que se ha convertido en leyenda; y lo mismo se aplica a Metropolis y otras tan antiguas. Interstellar tiene algunos puntos dignos de citar como mejorables, y unos son más perdonables que otros.

Hay una muerte lastimera allá donde el agua (si la has visto sabrás qué escena es); en un principio con la intensidad del clímax quizá no te das cuenta, pero es que el personaje se queda como esperando la muerte, perdiendo bastante credibilidad la situación. No me gusta nada el diseño del robot, que es esperpéntico e ilógico (aunque lo mismo pretendían homenajear el monolito de 2001), y da la sensación de que tratan de esconder sus interacciones (movimiento, agarre, etc.) porque veían que efectivamente no quedaba bien. También pienso que el sentido del humor que intentan colar en algunas escenas queda un poco forzado.

El otro aspecto largamente criticado es uno muy subjetivo y que se puede mirar desde varios prismas: el exceso de explicaciones. A mí como a otros me rompe ligeramente el ritmo algunas ocasiones en que Nolan se empeña en explicar con pelos y señales algunas cosas… pero es que tampoco podía irse al otro extremo, que hay pilares de la trama sólo entendibles por amantes de la ciencia-ficción y la ciencia espacial. Quizá había un punto intermedio más comedido, pero yo entiendo y defiendo la posición de Nolan, aunque hubiera preferido algo más sutil. Apuesta por apuntar al público generalista, no solamente a los más inteligentes y además a los cultos en esta temática. Y como tal debe ser bastante expositivo, debe exponer las reglas básicas de la ciencia del relato y señalar el trasfondo que persigue, para que casi todo el mundo pueda aspirar a entender los planteamientos y mensajes desarrollados.

A mí me da la sensación de que a algunos les jode que no sea un producto intelectual exclusivo al que aludir para sentirse superiores. Nolan juega en la liga de Spielberg, no en la de Malick o Lars von Trier. Sabe que el cine es entretenimiento, y quiere entretener a todos, no mostrar su arte más abstracto y que sólo unos cuantos alcancen a comprenderlo (o a tragarse sus paridas). Y me parece tan digno como loable. ¿Es que no se dan cuenta del gran logro que ha conseguido? Ha colado ciencia-ficción dura y filosofía trascendental como si fuera una cinca comercial. Casi 700 millones ha recaudado en la taquilla, no se ha estrellado como Solaris, que contaba con el tirón de George Clooney pero luego la gente se salía del cine porque era demasiado poética y rebuscada. Y este éxito, más los recientes de Gravity y Guardianes de la galaxia, puede abrir muchas puertas a un género siempre denostado y tratado como de segunda categoría. Quizá próximas maravillas tengan una mejor recepción que joyas ignoradas como Hijos de los hombres, La carretera y otras.

Pero ninguno de los fallos que podamos atribuirle empaña un conjunto que va más allá de resultar una obra maestra del cine, pues también es una oda sobre la humanidad, una reflexión sobre nuestro potencial, nuestras limitaciones y nuestro sino. Interstellar lo tiene todo. Conjuga el drama cercano e introspectivo (conocemos a fondo los anhelos y miedos de los protagonistas) con una épica de aventuras y supervivencia deslumbrante. Cuando se lanza a la intriga y acción te atrapa hasta dejarte sin aliento en un espectáculo del estilo del director: grandilocuente, sí, pero también donde hace gala de una desbordante imaginería visual y gran dominio de la técnica. Y entre medio expone con sensibilidad y a la vez mucha fuerza mensajes de gran calado, pensamientos e ideas de diversa índole, en un relato que rebosa filosofía y metafísica sin notarse desigualdad con todo lo demás.

La fuerza inenarrable de las imágenes (en especial en sus sobrecogedores momentos álgidos) y la belleza del universo comparten mérito entre el realizador y el equipo artístico, pero hay un elemento crucial: el portento de banda sonora. Tras años en una línea comercial un tanto decepcionante recuperamos al Hans Zimmer más inspirado y esforzado, el que se implica de lleno en la narrativa y logra una partitura bella y poderosa que forja una simbiosis perfecta con las imágenes. No escuchaba algo tan hermoso y a la vez estremecedor desde La delgada línea roja.

El personaje principal es de esos inolvidables por su dibujo sencillo pero magnético, y también gracias a la estupenda interpretación de Matthew McConaughey. Otros pocos principales son esenciales para las muchas aristas de la historia, en especial Jessica Chastain, pero la historia fluye principalmente a través de él. No puedo decir más para no revelar nada, pero las sorpresas que guardan algunos de los secundarios son fantásticas, aunque el espectador avezado podrá intuir alguna con antelación (y hay que señalar que en este caso es prueba de que están bien planteadas, no de que sean previsibles). Pega, de haber una, es que un par de personajes en un momento dado son catalizadores de esas explicaciones largas, y puede molestar un poco a quien no las necesitara. El problema más destacable viene del doblaje: primero porque se ve que les cuesta doblar a McConaughey, que habla con la boca cerrada y farfullando, y segundo porque el de las féminas Anne Hathaway y Mackenzie Foy (la niña) es verdaderamente horrendo.

Como se veía venir, los festivales de premios de cine más famosos, en su conservadurismo y vicios (qué obsesión con los telefilmes simplones de superación personal), han pasado de semejante obra de arte, a pesar de que había antecedentes que hacían pensar en que podría tener opciones, porque Gravity y su director obtuvieron mucha representación el año pasado. Quizá fue porque era más simple, una aventura de supervivencia sin más complejidad, pero la ciencia-ficción reflexiva se les atraganta curiosamente tanto como la más comercial: Guardianes de la galaxia y esta Interstellar han sido con diferencia las mejores películas del 2014. Es más, no me cabe duda de que las dos, sobre todo la aquí analizada, son hitos cinematográficos que marcarán una época, mientras la decena de títulos seleccionados por estos supuestos referentes del cine estarán olvidados para el año que viene. Y otra broma suprema es el robo a Hans Zimmer, que se ha marcado la mejor banda sonora de la década y tampoco ha tenido la recepción merecida.

Ver también:
Interstellar con spoilers.

Dallas Buyers Club


Dallas Buyers Club, 2013, EE.UU.
Género: Drama, biografía.
Duración: 117 min.
Dirección: Jean-Marc Vallée.
Guion: Craig Borten, Melisa Wallack.
Actores: Matthew McConaughey, Jared Leto, Jennifer Garner, Denis O’Hare, Steve Zahn.

Valoración:
Lo mejor: Matthew McConaughey y Jared Leto.
Lo peor: Sensiblera y sobre todo manipuladora hasta resultar un insulto a la inteligencia del espectador (algo que por desgracia no abunda).

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Dallas Buyers Club es una cinta fácil de vender, pues aunque se base en un drama duro lo narran con recursos de eficacia probada a la hora de llamar la atención del espectador y tocarle la fibra sensible. Es una historia de superación personal, de lucha contra el sistema, de aceptación entre personas marginadas y de perdones; el clásico producto de Hollywood que aprovecha el viejo sueño americano de labrarte tu camino, de superar la adversidad, de ganar a todos los demás en una lucha desigual; y por si no fuera suficiente, además está inspirada en un personaje real. Así, es obvio que está preparada para atraer al público más facilón y ganar Óscares, unos premios muy cerrados sobre sí mismos que alaban todos estos clichés.

Ron Woodroof es un paleto conservador de libro: ignorante, drogadicto, putero y lleno de fobias hacia los que son distintos, pues su visión del mundo es la única que vale. En los años ochenta el SIDA era una enfermedad “de maricones degenerados”, y cuando le tocaba a un machote de estos por sus vicios honorables de hombres auténticos, pues se le caía el mundo encima. Woodroof vive el rechazo de sus compatriotas, que lo tildan de mariposón, se encuentra perdido en un mundo que desconoce y tiene que luchar además de contra la enfermedad contra el gobierno y las corporaciones, que son tan malvadas que le ponen trabas a su modo de vida donde no pide cuentas a nadie y hace lo que quiere. Así que se monta clínicas ilegales donde ayuda a todo el que puede, trapicheando con drogas, sorteando los agujeros del sistema, sobreponiéndose a cada golpe del destino. Un héroe hecho a sí mismo. En el proceso también aprenderá a aceptar las diferencias, a respetar las distintas formas de ver la vida: su socio será un travesti con el que hará amistad, situación que le enseñará además que sus viejos amigos no valen nada. El héroe además sabe madurar y ampliar sus miras. ¡Qué potitooooo!

El problema es que este relato se sustenta haciendo malabares y requiebros sobre mentiras, engaños y trampas que se van acumulando y transformando una historia predecible y llena de clichés pero con potencial para resultar simpática en una broma de mal gusto. En otras palabras, su posicionamiento ideológico es tan burdo y manipulador que llega a límites molestos… al menos en el caso de espectadores despiertos que se den cuenta del engaño, porque evidentemente es una cinta para el público moldeable.

Primero, la lucha de Woodroof no es una lucha real, sino puro humo y sensacionalismo. Reniega de los médicos, del hospital y de las farmacéuticas porque es un solitario ignorante y cabezón, no porque tenga razones para ello. Es decir, lo de la lucha del hombre contra el sistema no hay por dónde agarrarlo, es una pataleta de un trastornado, pero los guionistas ni se dan cuenta de las incongruencas con las que están tratando su visión de las cosas. Resulta evidente que si halla una alternativa que parece irle mejor que el agresivo AZT es por pura potra, pues se mete en el cuerpo a ciegas todo lo que se encuentra en su camino. Pero lo peor es que el tipo se monta clínicas ilegales vendiendo de todo sin control médico alguno (dosis, seguimiento, tratamiento de efectos secundarios), y los malos son el gobierno (la FDA, el órgano de control de alimentos y drogas) y los médicos. Vamos, que tuvo la increíble suerte de no matarse a sí mismo (cerca estuvo) ni a cien personas más, pero no lo presentan como un negligente que se aprovechó del miedo e ignorancia de la gente, sino como una lucha contra la injusticia. Telita.

Segundo, la crítica a la precipitada forma de sacar al mercado el AZT es legítima, y de hecho a través de las dudas de los doctores protagonistas queda clara, pero con las acciones de Woodroof lo que se hace es retorcerla demasiado y llevarla a límites que casi me parecen inmorales. Las circunstancias de la época, de puro pánico, llevaron al gobierno a permitir que el AZT se adoptara como tratamiento sin las medidas de seguridad estándares, porque no había valor para esperar los aproximadamente diez años de desarrollo que requiere un medicamento para ser fiable y seguro. El AZT no se impuso por presión de una corporación ávida de dinero, sino porque la gente lo pedía a gritos y porque era el único producto con garantías científicas demostradas, aunque fueran pocas al principio. Es vergonzoso que se señale al gobierno la negligencia de no esperar a que fuera un tratamiento bien comprobado cuando el protagonista precisamente lleva esa acción al límite, cogiendo las drogas que le vende un charlatán sin licencia e improvisando con ellas. Me temo que pocos espectadores verán esta hipocresía.

Prueba de que la lucha del protagonista ni se sustenta ni lleva en realidad a nada es que al final, por más que el diálogo torticero lo intenta disimular descaradamente diciendo que el juez no puede hacer nada a pesar de quiere, resulta evidente (de nuevo, para el espectador que no está cegato) que Woodroof pataleaba sin sentido contra la lógica y las leyes: tras terminar la proyección se indica mediante texto en pantalla que, por muchas chorradas que diga la película, en una rectificación casi en letra pequeña para colar el resto de mentiras (cual anuncio de tv tramposo), el AZT sigue siendo el medicamento más eficaz y más usado contra el SIDA, mejorando a medida que se hallaba una dosis más segura y en combinación con otros medicamentos. Si Woodroof vivió tantos años fue únicamente porque el diagnóstico inicial de un mes de vida fue equivocado, y porque se cuidó más el cuerpo (dejando las drogas agresivas), no porque hallara una milagrosa cura frente a “las mentiras” de la industria. Todo este sinsentido se remata con la ridícula escena de las mariposas paralela a la muerte del colega, donde nada sutilmente te dicen que la medicina alternativa es mejor que la científica; si hombre sí, metiéndote en el cuerpo jugos de orugas porque un charlatán lo diga es más seguro que medicamentos con estudios homologados por la comunidad científica. ¿Qué es lo que se implantó en todo el mundo, lo que tenía estudios científicos detrás o lo que no? Pues el tiempo y la realidad no parece haber transformado la visión de los guionistas sobre el asunto, por lo que se ve.

Dallas Buyers Clubs es una basura ofensiva, una mierda sensiblera y manipuladora como no veía desde John Q. Sus escritores no han perdido una gran oportunidad de narrar con objetividad un capítulo muy llamativo y trágico de la historia reciente, sino que la han esquivado con todo descaro, a sabiendas de que la fábula que te dice cómo debes pensar vende mejor que un relato complejo lleno de claroscuros y que invite a estrujarte el cerebro para ver dónde se falló y dónde se acertó, qué condicionantes sociales, ideológicos y personales dieron pie a los hechos.

Al final lo único bueno son los dos actores principales. Matthew McConaughey (el machote) y Jared Leto (el travesti) están muy bien en sus roles, mostrando con intensidad la trayectoria de los personajes: la caída al abismo, el sufrimiento, la lucha y las pequeñas victorias las hacen tangibles en todo momento. Pero como ocurre con la película en general, los medios han ensalzado estos papeles de forma que casi juega en su contra, porque se espera una interpretación revolucionaria cuando, sin quitarles mérito, no destacan más que otros muchos buenos actores; vamos, que se ven papeles de este buen nivel todos los años. En cuanto a los premios, ya sabemos que la transformación física (adelgazaron unos veinte kilos cada uno, da asquito verlos) es algo que se aplaude más que la transformación psicológica.

Mud


Mud, 2012, EE.UU.
Género: Drama.
Duración: 130 min.
Dirección: Jeff Nichols.
Guion: Jeff Nichols.
Actores: Matthew McConaughey, Tye Sheridan, Jacob Lofland, Sam Shepard, Ray McKinnon, Sarah Paulson, Reese Witherspoon.
Música: David Wingo.

Valoración:
Lo mejor: Buena fotografía y actores.
Lo peor: Demasiado larga y descentrada.

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El relato es un clásico del cine independiente: una historia sencilla de superación y crecimiento personal que se aleja de los cánones hollywoodienses (llenos de clichés y moralina barata) para inclinarse hacia un retrato más realista y detallista de sociedades e individuos. Seguimos la vida de un preadolescente que busca su lugar en el mundo, chocando con los primeros problemas del paso a la edad adulta entre las dificultades añadidas del típico ambiente del Estados Unidos profundo (pobreza, marginalidad). El entorno es ciertamente atractivo, pues la vida alrededor del río Mississippi en la época presente no se ha visto mucho; la descripción del lugar y sus gentes es eficaz, y los paisajes se captan bastante bien. Pero en la aventura del crío no hay un arco argumental bien definido, se salta entre varias historias si un objetivo claro. No hay una gran trama, ni una evolución psicológica que justifique la mayor parte de los capítulos.

El guion y la dirección son obra de Jeff Nichols, pero mi impresión es que lo que parece funcionar bien en papel el realizador no es capaz de sacarle todo el jugo que podría al pasarlo a imágenes. Estoy convencido de que con mejor ritmo y mayor cercanía hubiera resultado una historia más natural y amena, pues muchas escenas arrastran demasiada pompa, con lo que la naturalidad y fluidez de la narración se resienten. Nichols rueda con un tono que parece gritar “esta es una compleja y profunda película”, cuando evidentemente no lo es, ni puede serlo porque no hay material para ello. También resulta un lastre la manía de sacar planos de la naturaleza, uno detrás de otro, de emplear mini documentales como transición entre escenas, inflando el metraje sin aportar nada, hasta el punto de que parecen cortes de publicidad que te sacan por completo de la proyección. Una cosa es mostrar el entorno de manera que forme parte de la historia (que en principio parecía ir por buen camino), otra es irse a tal extremo.

Entre el tono grandilocuente, el metraje inerte y la falta de rumbo en la odisea del chaval la película avanza con ritmo aletargado y se hace larguísima para lo simple que es en realidad. Y hablando de simpleza, el tema de las serpientes resulta demasiado facilón y evidente, y no parece aportar mucho excepto algo de sensacionalismo para darle empaque a la parte final, donde la sencilla trama iba perdiendo fuelle. Por desgracia Nichols se empeña en exprimir el sensacionalismo en el desenlace: el tiroteo es un despropósito. De repente, una película seria como esta se convierte en una de acción exagerada. La secuencia es una salida de madre impresionante donde la falta de credibilidad tira por tierra la narración en su momento culmen. Te quedas con cara de “¿y esto de dónde sale, es que no sabía cómo terminar la película?”. Parece que no.


Con todo, el problema es más de ver un potencial desaprovechado que de mala calidad. Había en el guion dosis de realismo, drama y emoción suficientes para lograr una historia mucho más entretenida y certera, pero tanta pretenciosidad lo echa a perder. Quise darle otra oportunidad a Jeff Nichols tras el despropósito de Take Shelter, y si bien es evidente que anda más centrado queda claro también que todavía le falta bastante experiencia para saber construir una buena película. Del género, no puedo dejar de recomendar una que sí acertó de lleno como drama rural sencillo pero emotivo: la magnífica Winter’s Bone.

Tropic Thunder


Tropic Thunder , 2008, EE.UU.
Género: Comedia, acción.
Duración: 107 min. (cines), 121 min. (unrated director’s cut).
Dirección: Ben Stiller.
Guion: Ben Stiller, Justin Theroux.
Actores: Ben Stiller, Robert Downey Jr., Jack Black, Nick Notle, Steve Coogan, Brandon T. Jackson, Tom Cruise, Matthew McConaughey.
Música: Theodore Shapiro.

Valoración:
Lo mejor: La originalidad del planteamiento y calidad de la puesta en escena (atención a la fotografía). Los personajes y sus actores (antológico el papel de Robert Downey). Un número más que aceptable de grandes chistes y una buena carga crítica contra algunos aspectos de Hollywood.
Lo peor: Le falta constancia en el humor, decayendo este ligeramente en algunos tramos. Que al estar protagonizada por Ben Stiller se pueda pensar que es una comedia estúpida de las habituales.
Mejores momentos: Los trailers, los primeros pasos en la selva cuando cambian la forma de rodar la película, las apariciones de Tom Cruise, algunos instantes en los que al personaje de Robert Downey se le va la cabeza… Muchos, muchos.
El subtítulo: Y dale con la manía de añadir una frase extra al título, un anexo ridículo que me niego a utilizar: Tropic Thunder, ¡una guerra muy perra!

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Detesto las comedias estúpidas yanquis, esas de humor chabacano basado en cutres chistes infantiles o en auténticas guarradas, en personajes estúpidos y situaciones estúpidas. Y no comprendo cómo pueden tener tanto éxito; no dice nada bueno del nivel intelectual de la población. Pues bien, aunque Ben Stiller sea protagonista habitual del género, esta Tropic Thunder (que además está escrita y dirigida por él) nada tiene que ver con esos engendros (salvo porque se mete con ese tipo de cine en varios momentos, claro). Estamos ante una comedia poco común, ante una cinta que aúna originalidad y crítica y que busca la sonrisa de forma un poco más inteligente.

La ficción y la realidad se mezclan en este relato sobre el accidentado rodaje de una película bélica ya desde el inicio, con esos falsos trailers que, a pesar de ser un tanto absurdos, en un primer momento pueden perfectamente pasar como reales y engañar a quien cojan desprevenido. Funcionan como una original forma de introducción a la trama (presenta a los personajes) y al estilo de la proyección, y a partir de ahí nos sumergimos en un delirante camino a través de la selva y de la mente de unos personajes (que hacen de actores) muy peculiares. Sus egos y miedos y los conflictos con otros trabajadores del gremio dan pie a momentos muy divertidos, pero también a irónicas y logradas críticas contra Hollywood. La fama de las estrellas, el afán monetario de los productores, los caprichos y excentricidades de los actores… ninguno se libra de ser ridiculizado con eficaces sátiras. Destacan algunos instantes fantásticos, como las apariciones de Tom Cruise y Matthew McConaughey (el dilema sobre si aceptar un súper reactor privado o luchar por los derechos del actor es genial) o algún discurso del personaje de Robert Downey (como el del grado de subnormalidad que hay que interpretar para que te den un Oscar).

Aunque tiene algunos altibajos, por lo general la cinta mantiene un buen ritmo y alcanza impresionantes cotas de espectacularidad y humor. Destaca la solvente puesta en escena de Ben Stiller, siempre hábil en los distintos tramos de la historia (los paisajes selváticos, las escenas de acción –algunas bestiales-, los momentos de disputas entre personajes, etc.), quien se apoya muy bien en la espléndida labor de John Toll, uno de los mejores directores de fotografía cinematográfica. Pero quizá sea más llamativo el cohesionado reparto, donde además de la buena química entre los intérpretes hay que citar las impecables actuaciones de algunos de ellos. La breve pero intensa aparición de Tom Cruise es alucinante (vaya maquillaje y vaya bailes), los cómicos Ben Stiller y Jack Black están en su salsa, Nick Nolte como es habitual se sumerge profundamente en su personaje… pero lo de Robert Downey no tiene parangón. Su sensacional e indescriptible representación de un actor que interpreta a un afroamericano, con los constantes cambios de registro y el sublime acento de negro de las calles, es uno de los mejores papeles que puedo recordar. Y sobre este debo incidir en un absurdo muy habitual, el que haya espectadores que aún defiendan con ahínco el doblaje de películas cuando en casos así se presenta como una elección irracional, desatinada: ¿cómo se puede disfrutar de la magistral presencia de Robert Downey si lo que se ve es una versión o reinterpretación y además probablemente mediocre?

Recapitulando, Tropic Thunder es un soplo de aire fresco en un género que parece agotado, o mejor dicho, desaprovechado e incluso vilipendiado por la manía de limitarlo a edulcoradas comedias románticas y a las parodias insufribles para adolescentes con pocas neuronas. No será una película para recordar en los anales de la historia, pero entre lo original y divertida que es y el papelón de Robert Downey es un visionado muy recomendable.

Contact


Contact, 1997, EE.UU.
Género: Drama, ciencia-ficción.
Duración: 153 min.
Dirección: Robert Zemeckis.
Guion: Carl Sagan (novela, historia), James V. Hart y Michael Goldenberg.
Actores: Jodie Foster, David Morse, Geoffrey Blake, William Fichtner, Matthew McConaughey, Tom Skerrit, James Woods.
Música: Alan Silvestri.

Valoración:
Lo mejor: Guion, dirección, fotografía, interpretaciones…
Lo peor: Quizá un exceso de metraje.
Mejores momentos: Las apariciones el excéntrico millonario. Los dos lanzamientos por el artefacto.
La frase: La primera regla de un gobierno derrochador: por qué construir una cuando puedes tener dos por el doble de precio.

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Contact es una cuidadísima producción que narra desde un hiperrealista ámbito científico y social el contacto con una civilización extraterrestre. Supondrá probablemente una decepción para quien espere un producto típico de acción y ciencia-ficción, pues estamos ante un drama social que juega tanto con lo íntimo como con el análisis social de grandes proporciones.

La exquisita puesta en escena huye de artificios como escenas de acción o abuso de efectos especiales, pero no escatima en recursos a la hora de mostrar grandes multitudes congregadas por el evento o en las bellas imágenes del espacio y la reconstrucción digital del artefacto, elementos que forman parte imprescindible de la narración. Eso sí, el tramo final, el viaje, no ha envejecido muy bien, pero en cambio la máquina sigue resultando espectacular.

El tempo que imprime Zemeckis es pausado pero certero, siempre mantiene la expectación alta. Se apoya mucho en una fotografía muy certera a la hora de formar escenas que transmitan más de lo que parece a simple vista. No importa el número de personajes que haya en el plano, todos están siempre bien ubicados y en conjunto configuran un dato o emoción concreta (esto último generalmente centrado en la protagonista); hay momentos muy destacables, como cuando vemos a Ellie empequeñecida ante una multitud de gente poderosa y ambiciosa. La música del notable pero infrautilizado Alan Silvestri no es muy elaborada, sólo ofrece u tema principal que está empleado reiteradamente; sí, es bonito, pero llega un momento en que cansa.

El reparto es muy completo y elegido con tino, destacando la interpretación de Jodie Foster, intensa y apasionada pero creíble, nunca excesiva. Da el toque final a un personaje que, sin ser un alarde de complejidad, resulta tan humano que es fácil empatizar con ella. El resto de protagonistas en cierta manera sirven para representar a todos los ámbitos que estarían implicados en este proceso, y aunque verosímiles por lo general también les cuesta a veces no parecer demasiado estereotipados. Eso sí, incluso dentro de esta limitación tienen instantes bastante inteligentes, como las triquiñuelas de David (Tom Skerritt) para ir sumando puntos como candidato.

El guion, basado en una novela de Carl Sagan, no sé hasta qué punto es fiel al original, y aunque lo sea bastante probablemente la novela abarque mucho más, sea más compleja. Pero desde luego el resultado es digno de alabar, sobre todo por ofrecer un relato poco habitual en el cine. Se toma la ciencia en serio, hasta el punto de parecer un ensayo más que una película. Y con todo, es emotiva y entretida hasta el punto de aguantar muy bien los visionados. Así, no sólo refleja de maravilla el trabajo científico y la pasión por lo desconocido (en lo que te embarca con el fascinante argumento tanto como con la pasión que te contagia Ellie), sino que va más allá, teorizando de forma muy creíble con las repercusiones y eventos que viviríamos en un caso semejante. Cómo no, la intromisión de gobiernos y jefes cortos de miras y de fanatismos que se empeñan en huir de la realidad y la ciencia que la explica (o sea, religiones), están presentes, dejando su nefasta huella.

Sólo tengo dos quejas notables. Primero, quizá hay un exceso de metraje, sobre todo en la parte de Ellie joven y algunos otros breves pasajes (alguna conversación intrascendental, un epílogo demasiado simplón…), aunque ni con esta posible carencia ni con el ritmo sosegado la película se hace larga pese a su abultada duración. Y segundo, la desacertada decisión de incluir a un Presidente de EE.UU. real (Bill Clinton, que era el que había en esa fecha), con las consecuentes limitaciones a la hora de rodar e introducir su parte. Quizá se buscó acercar la película todo lo posible a la realidad, pero se podría haber empleado un actor y un nombre falso, porque los complicados montajes que realiza Zemeckis para incluir las escenas en las que el mandatario está presente repercuten en la narración, ya que no quedaron bien resueltas (planos esquivos para no mostrar al doble, montaje con reiterados planos a la TV, planos superpuestos cantosos…). Es una decisión a todas luces errónea, y no comprendo cómo se complicaron tanto la vida y se jugaron el resultado artístico por ello.

Tendría otra queja, pero exclusiva del ámbito personal. El guion es tan fiel reflejo de la sociedad que hay momentos en los que me tiro de los pelos por la falta de sentido común, la persecución de ideales obsoletos y que haya personas con tanto poder como para inducir sus limitadas ideas en la evolución social, política y científica: Ellie no cree en Dios, por lo tanto no es elegida para la misión… Pero no se tiene en cuenta si los otros candidatos creen en Buda, Ra o Yoda. Habrá quien diga que no es incompatible la creencia religiosa y la ciencia (cada uno puede creer en lo que quiera, obviamente), pero la primera nunca debería pisar o entorpecer a la segunda, y está claro que no son complementarias en ese sentido de ninguna forma.