El Criticón

Opinión de cine y música

Archivos por Etiqueta: Nota: Interesante

The Gentlemen


The Gentlemen, 2020, Reino Unido.
Género: Acción, suspense, comedia.
Duración: 113 min.
Dirección: Guy Ritchie
Guion: Ivan Atkinson, Marn Davies, Guy Ritchie.
Actores: Matthew McConaughey, Charlie Hunnam, Hugh Grant, Colin Farrell, Michelle Dockery, Jeremy Strong, Henry Golding, Tom Wu, Eddie Marsan.
Música: Christopher Benstead.

Valoración:
Lo mejor: Reparto. El humor negro, rebuscado e ingenioso de Guy Ritchie.
Lo peor: Los bandazos que da, al exceso de voz en off, sobre todo en el primer tercio, bastante aburrido.
El doblaje: Qué molesto resulta en la versión en castellano que Colin Farrell hable como Brad Pitt en vez de con la voz habitual que le suelen poner. Y el título llega como es demasiado habitual con una coletillla (Los señores de la mafia); o traduces o no, pero no hagas cosas a medias.

* * * * * * * * *

Guy Ritchie deslumbró en 1998 y 2000 con Locke & Stock y Snatch, dos cintas de suspense, acción y humor negro muy alocadas y originales. Pero luego patinó a lo grande con una romántica hecha a medida de Madonna, su novia por entonces: Barridos por la marea (2002). A esta le siguió Revólver (2005), más en su línea aunque tampoco logró deslumbrar, pero en Rockanrolla (2008) volvió a mostrar su talento para el thriller gamberro. Tras ella dio un giro comercial a su carrera. En principio esta nueva línea prometía bastante, tanto por traer novedades a su filmografía como por aportarlas también a un ámbito, el cine de acción y aventuras de estudio, poco imaginativo. Sherlock Holmes (2009) fue muy interesante y un gran éxito, pero su secuela, Juego de sombras (2011), aun contando con el beneplácito del público en la taquilla, anduvo muy justa de calidad y desinfló demasiado rápido el entusiasmo en la imagen de marca recién creada.

Sin embargo, el estudio Warner Bros. mantuvo la confianza en Ritchie durante dos títulos más. Operación U.N.C.L.E. (2015) estuvo a medio camino de las dos tendencias, la de altas miras comerciales y la independiente, contando con actores en alza y una buena campaña publicitaria, y siendo un thriller desinhibido aunque no fuera en la onda pasada de rosca del realizador. Sin ser mala, no tenía mucha garra y la taquilla fue muy justa, probablemente provocó pérdidas. Pero Rey Arturo (2017) sí fue una debacle total. Aun con los flojos resultados de la anterior y de otras del género (Warcraft -2016-), por alguna razón misteriosa le dieron carta blanca y un presupuesto enorme. El batacazo fue de aúpa. Ni Ritchie supo combinar la fantasía histórica con su vena extravagante, ni el púbico, por lo general muy receptivo con el género, tragó esta vez.

Pero donde otros habrían visto truncada su carrera indefinidamente, Ritchie tuvo mucha suerte. Disney decidió contratar a un guionista y director con talento en otro de sus estúpidos remakes, Aladdin (2019), como es habitual poniéndole coto artístico, es decir, usando solo su capacidad técnica y experiencia, pero anulando su creatividad. Y cómo decir que no. Cheque en mano y puertas abiertas en el negocio otra vez. Su siguiente producción no ha tardado ni un año en llegar, y no se la ha jugado, ha optado por regresar a lo que conocía y mejores resultados le ha proporcionado.

The Gentlemen tiene su sello, su esencia, por todas partes. Suspense y acción ambientado en su Reino Unido natal, una enmarañada intriga criminal llena de personajes estrafalarios, situaciones variadas que mezclan acción y humor negro, una puesta en escena detallista y sobrecargada, y un reparto de lujo. Esta vez los protagonistas son mafiosos adinerados, unos caballeros en toda regla como dice el título, y no patanes varios (que también los hay), pero el relato es del estilo, una serie de caóticas y catastróficas meteduras de pata y giros inesperados llevan a los personajes de acá para allá, y a saber cómo de mal acabará la cosa.

Algunos encuentros entre mafiosos, sean tiroteos o disputas intelectuales, son espectaculares. Cuando se empiezan a torcer las cosas se acumulan escenarios inesperados y giros loquísimos. El humor combina brutalidad e ingenio, dejándote a veces tan asombrado que tardas unos segundos en empezar a reír. Y muchos de los actores hacen suyos a los personajes con entusiasmo. Matthew McConaughey es desde hace tiempo un valor seguro. Charlie Hunnam está más cómodo que en los papeles raros que eligió recientemente (Pacific Rim -2013-, Rey Arturo). Colin Farrell vuelve a dejarnos anonadados con su mimetismo. Hugh Grant está bastante resuelto, merecería tener mejor suerte de la que arrastra desde hace tiempo.

Pero el conjunto no termina de cuajar, Ritchie no encuentra la inspiración de sus mejores obras. El primer tercio deambula demasiado con la insistente y repetitiva voz en off del rol de Grant, se hace incluso pesado. No sé si quería jugar con la intriga, aportar algo que no había probado antes, pero no funciona. Para introducirnos en la historia criminal y el evento que desencadena todo habría sido mejor mostrarlo con hechos fluidos y conectados, no contarlo saturándote de diálogos confusos y flashes visuales sueltos que tienes que unir en tu cabeza. Una vez logra colocar todas las piezas en el tablero y lanzar el embrollo mejora muchísimo, pero ha tardado demasiado y todavía tiene algunos bajones. La falta de originalidad y ritmo pesa en algunos tramos con más enredos y artificios que diálogos virtuosos y situaciones sorprendentes.

En el reparto también hay carencias importantes. La mujer del mafioso protagonista, encarnada por Michelle Dockery (Downton Abbey -2010-), no funciona como personaje ni la actriz convence, y los enemigos asiáticos parecen estar por añadir más dificultades, no imponen ni hacen gracia. En el final hay momentos un tanto forzados aun tratándose de una historia poco seria: la amenaza del congelador y la libra de carne, donde además otro supuesto gran mafioso se convierte de golpe en un panoli, y el tiroteo a un coche, no hay por dónde cogerlos.

Ritchie ha vuelto a su terreno, pero no muestra el vigor de la juventud, parece que buscaba estar cómodo, sin correr riesgos que lo han tenido dando bandazos durante algunos años. De cara al espectador esto se traduce también en volver a un ambiente conocido y por tanto confortable, pero la falta de nervio y los bajones son importantes. Queda un título con personalidad y gracia que bien vale para echar el rato, pero no llena del todo ni llama para revisonarlo de vez en cuando como sus trabajos más emblemáticos.

El hombre invisible


The Invisible Man, 2020, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 124 min.
Dirección: Leigh Whannell.
Guion: Leigh Whannell.
Actores: Elisabeth Moss, Aldis Hodge, Michael Dorman, Oliver Jackson-Cohen, Harriet Dyer.
Música: Benjamin Wallfisch.

Valoración:
Lo mejor: La siempre impresionante Elisabeth Moss. Algunos giros brutales y espectaculares.
Lo peor: La falta de rumbo y definición en el argumento y el desequilibrio en el suspense y los escenarios echan por tierra un potencial mayor.
La incongruencia: Estamos ante otra película donde como parte del doblaje sustituyen los textos en inglés de móviles y ordenadores por español, generando la incongruencia de que estadounidenses se escriban en castellano cuando evidentemente no lo están haciendo. Aparte, también está plagada de leísmo.

* * * * * * * * *

Leigh Whannell inició su carrera colaborando en las sagas Saw e Insidious como actor, productor y guionista, y finalmente dio el paso a la dirección en Insidious 3 (2015), tras la que se lanzó a escribir y realizar sus propias obras, primero Upgrade (2018) y luego la presente.

Esta nueva versión de la premisa de El hombre invisible nada tiene que ver con el clásico de H. G. Wells escrito en 1897 y la adaptación al cine de 1933 de la mano de James Whale, tan llamativa y exitosa que tuvo numerosas secuelas e imitaciones. Se acerca algo más a la versión moderna de Paul Verhoeven del año 2000, titulada El hombre sin sombra, que entraba en el lado más oscuro y perverso del relato y no estuvo mal a pesar de que la crítica se cebó con ella. Whannell toma el relevo adentrándose aún más en la parte sórdida. Una mujer huye de los abusos de un novio controlador y maltratador, pero no termina de superar las secuelas psicológicas cuando este reaparece con un traje de invisibilidad para atormentarla.

Si la historia versa sobre la angustia de vivir con miedo a no encontrar salida, la persecución constante que te mantiene sometido y al borde del colapso psicológico… esto debe trasladarse al espectador con intensidad. Pero la obra resultante es muy irregular, con buenas intenciones dispersas es un conjunto muy desequilibrado y con algunas carencias bastante graves, con lo que la atmósfera desasosegante e imprevisible, efectiva en algunos momentos, falla demasiado en otros muchos.

El primer acto roza el desastre. El realizador se empeña en comenzar en medio de la acción, con la protagonista huyendo, sin haber introducido debidamente la relación tóxica, la forma de ser del novio y su trabajo con tecnologías avanzadas. Quizá pretendía generar intriga, en plan “qué chungo tenía que ser para hacer esa huida desesperada”, pero lo único que crea es confusión. No sabemos de qué es capaz este tipo y de su trabajo y habilidades no se menciona nada claro, reaparece siendo invisible y acosando y ya está, y tampoco se explica con quién se refugia la protagonista, ¿es el novio de la hermana, un amigo, de dónde sale esa relación tan cercana? Te tiras muchos minutos desubicado, esperando que te expliquen quién es quién y la situación y empiece a pasar algo interesante.

A todo ello hemos de sumar la falta de credibilidad de la premisa (un tipo se hace en casa un traje que ni el Pentágono soñaría) y las motivaciones del villano (qué quiere de ella realmente, pues parece cambiar a cada rato), más algunos giros finales forzados (el supuesto secuestro). Queda claro que a Whannell se le ha pegado más de la cuenta el estilo rebuscado y los argumentos poco trabajados de las sagas en las que creció.

Incluso en los mejores tramos se queda corto, y parece que el mismo director lo sabe y hace lo de siempre en este género cuando faltan ideas, tirar de sustos ruidosos y tratar de que la insistente música dé forma a las escenas. Y como siempre, no es suficiente. En el segundo acto, las escenas de acoso en la casa del amigo cumplen con lo justo, los cambios de rumbo, por llamativos que fueran en principio, se terminan desinflando más temprano que tarde. Y en el desenlace, después de tanto generar expectación, el encuentro final cara a cara con el novio es penoso, el actor Oliver Jackson-Cohen (La maldición de Hill House -2019-) da risa y los diálogos son muy justitos, no se ve en ningún momento a un psicópata manipulador, no da miedo alguno.

Es obvia la lectura sobre el maltrato a la mujer y la liberación de esta. Hay partes contundentes (la paliza que se lleva en la cocina), otras demasiado mascaditas (el desenlace se ve venir de lejos y el plano final sobraba), y unas pocas logran transmitir bastante suspense y mal rollo, dejando la integridad de la protagonista por los suelos. Pero el potencial latente es mucho mayor, y el conjunto la parte dramática queda más cerca de un honroso telefilme que de una cinta capaz de conmover y dejar huella.

Si no fuera porque Elisabeth Moss (El Ala Oeste -1999-, Mad Men -2007-, El cuento de la criada -2017-) es un talento que arrasa allá por donde pasa y que Whannell tiene algunos chispazos de inspiración que levantan considerablemente el interés aquí y allá y te mantienen en vilo durante unas cuantas escenas, sin duda habría sido una película bastante mediocre. La agresión a la hija del amigo y la cena con la hermana son brutales, de los momentos más inesperados e impactantes que he visto en bastante tiempo, te dejan durante un buen rato con mal cuerpo y con la sensación de que todo saldrá mal… Pero no es suficiente para hacer olvidar la falta de rumbo y constancia, los recesos tan aburridos, los recursos baratos…

El hombre invisible se queda en un quiero y no puedo sólo recomendable para amantes del género, que como no son pocos y la cinta ha tenido buena publicidad, está dando bastante dinero, más que nada porque ha costado cuatro duros.

Puñales por la espalda


Knives Out, 2019, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 131 min.
Dirección: Rian Johnson.
Guion: Rian Johnson.
Actores: Daniel Craig, Ana de Armas, Michael Shannon, Jamie Lee Curtis, Toni Collette, Christopher Plummer, Katherine Lagford, Jaede Martell, Don Johnson, Chris Evans, Lakeith Stanfield, Riki Lindhome, Noah Segan.
Música: Nathan Johnson.

Valoración:
Lo mejor: Ana de Armas y su rol.
Lo peor: Una historia obsoleta y totalmente desganada, sin intriga que atrape, sin personajes que conmuevan, y con un reparto llamativo dando interpretaciones bastante aburridas.

* * * * * * * * *

Alerta de spoilers: Sin datos reveladores hasta el próximo aviso en el último párrafo.–

Otra película que abordo entusiasmado por sus estupendas críticas que la ponen como un oasis de cine original e inteligente entre la mediocridad contemporánea (aunque esto con matices, que llevamos unos pocos años bastante buenos), y otra película que me decepciona a lo grande. La misma historia de siempre en su género, contada con más desgana y tropiezos que inspiración y buen hacer. Da la impresión de que ya no es sólo el público el que no tiene memoria ni criterio y es fácil de complacer con títulos corrientes cuando no vulgares hechos a trozos de obras muy superiores, sino que los medios y críticos profesionales se dejan llevar por las modas que tanto amplifican internet y alaban mediocridades una tras otra.

Puñales por la espalda es una pobre imitación o un homenaje fallido a un estilo muy anticuado. El policíaco y suspense a lo Arthur Conan Doyle y Agatha Christie iniciado a finales del siglo XIX y principios del XX ha tenido en cine todas las adaptaciones y versiones habidas y por haber, si a estas alturas quieres revisitarlo, y más aún, revivirlo, tienes que aportar algo, sea un clasicismo formal tan virtuoso que la falta de novedades no importe, o actualizaciones suficientes que le otorguen un toque original. Por ejemplo, el Sherlock Holmes (2009) de Guy Ritchie tenía un estilo de acción y aventuras en plan steampunk muy llamativo, mientras que la serie Sherlock (2010) de Mark Gatiss y Steven Moffat ha encandilado a medio mundo con su narrativa muy fiel pero enérgica y su aspecto interpretativo y visual de primera (aunque a mí no me entusiasmó tanto, me pareció apenas correcta). Eso sí, también debo que señalar que numerosos clones con ideas y guiones agotados han tenido gran éxito a lo largo de la historia, destacando recientemente las series House (David Shore, 2004) y Monk (Andy Breckman, 2002).

La visión de Rian Johnson se ahoga en las bases del género, en todos los recursos y clichés más gastados, el vago intento de aportar algo nuevo está lejos de funcionar, no ofrece tampoco un estilo propio marcado, sino que acumula muchas carencias y falta de vigor. No llega a caer en lo catastrófico, pues puede valer como entretenimiento pasajero si no vas con expectativas, pero no cumple con lo mínimo exigible para considerarla una buena película. Muy pocos personajes interesan, los actores van casi todos con la inercia, pocos tramos son llamativos, pocos misterios mantienen expectación, el aspecto visual es correcto pero no como para cautivar los sentidos…

En la presentación, los protagonistas generan indiferencia y la trama no tiene lo suficiente como para que el misterio atrape con entusiasmo y te impliques pensando en qué ha podido pasar. Las descripción inicial de cada rol y sus motivaciones son las más trilladas de este ámbito: ricachones envidiosos ávidos del dinero del cabeza de familia. Cualquiera ha podido ser, al principio incluso pensaba que todos, en la onda de Asesinato en el Orient Express (Agatha Christie, 1934), pero por suerte Johnson no cae tan bajo. Sin embargo, la narrativa no da mucho de sí, no genera suspense como para mantenerte en vilo ni da margen para pensar por ti mismo, te machaca constantemente con explicaciones, deja ver sus trucos, los misterios secundarios se resuelven muy rápido, los protagonistas no se mueven de su limitado dibujo inicial, el desenlace es caótico…

No puede ser que nada más empezar la proyección, con el detective interrogando a la familia y el servicio, Johnson ya nos enseñe en flashbacks cuáles son las mentiras de cada uno. El autor yerra al correr tanto, en vez de ir saltando con la sombra de la sospecha de uno a otro y siguiendo al detalle la investigación policíaca del detective de forma que todo, las motivaciones aparentes y las intenciones ocultas, el misterio y las posibles pistas, vayan tomando forma poco a poco.

Al avanzar un poco más se manifiesta un motivo para seguir este camino, pero es una idea que frena el potencial de la propuesta y que evidentemente el realizador no maneja bien. Mostrar con tanta premura quién lo hizo y entrar el juego de si saldrá airoso o no, en vez de aportar una nueva perspectiva resulta contraproducente, porque implica que el resto de personajes y la investigación dejan de ser útiles demasiado pronto, es decir, que el primer acto ha resultado ser prácticamente tiempo perdido.

El nudo levanta el interés, pero sin lograr rizar el rizo como se espera. En la nueva dirección hay algunos buenos pasajes de tensión, las mentiras agobian al personaje, la sensación de que será cazado en cualquier momento genera un mínimo aceptable de suspense. Pero como digo, los otros protagonistas pierden atractivo y utilidad, a lo que hay que sumar que los diálogos no son muy ingeniosos (muchas veces se puede intuir lo que va a decir cada uno), la crítica a las clases sociales, los ricos parásitos y los pobres pisoteados, es obvia y tontorrona, con unos muy malos y viciosos y otros demasiado inocentes y virtuosos (y no hablemos del penoso receso para meter a Donald Trump). Por extensión, el humor negro es torpe y cutre, el detective y los dos agentes tontainas que lo acompañan y la ridiculez del personaje que vomita al mentir son una mala parodia que no encaja en un todo más serio.

Centrándome en los personajes, prácticamente sólo destacan el hijo editor (Michael Shannon), el detective en plan sobrado (Daniel Craig), y la enfermera latina (Ana de Armas). Shannon es un secundario de lujo y cumple como siempre. Craig está muy fuera de su zona de confort y en un personaje fuera de tono, así que no funciona en general y tiene partes donde parece estar en otra película. Ana de Armas está muy bien en el personaje que más recorrido tiene, con momentos de estrés y drama que explota de maravilla. La joven y su rol terminan destacando con luz propia en un relato malogrado.

El tercer acto es demasiado previsible a pesar de algunos artificios, y por tanto poco impactante. Si antes había decisiones narrativas muy cuestionables, ahora da la sensación de que Johnson es consciente de que no ha estado a la altura del reto que se ha marcado y busca salidas fáciles. A última hora añade complicaciones y personajes, pero claro, hay que ser muy hábil para meter información nueva estando ya en el desenlace y que no parezca una trampa, un recurso sacado de la manga, una solución muy conveniente… y el autor no hila nada fino. La entrada de Chris Evans no convence lo más mínimo, es un comodín para darle las últimas puntadas a una historia que no terminaba de llevar a nada… y esto significa que otros muchos personajes son finalmente dejados de lado por completo, que han sido tiempo perdido. A pesar de los enredos, las conclusiones y supuestas sorpresas finales se ven venir muy, muy de lejos. He intuido la solución principal y el giro que le da forma in extremis ya desde que se menciona o enfoca cada pista por primera vez (y en algunas reincide de forma descarada), la posición final de cada implicado estaba clara desde que termina su presentación, pues como se intuía no hay movimiento alguno en sus personalidades ni sorpresas en sus historias, y he previsto hasta los giros secundarios en teoría más rebuscados (en spoilers me extiendo).

Grandes obras del género serían La huella (Joseph L. Mankiewicz, 1972) y Gosford Park (Robert Altman, 2001). Puñales por la espalda es del montón y se olvida nada más verla.

Alerta de spoilers: Revelo aspectos clave.–

-Lo del imán de la nevera para borrar una cinta vhs resulta una forma ridícula de destrozar la escena más tensa hasta el momento.
-Penoso también que la protagonista explique el crimen que ha cometido mientras come en un restaurante y luego mientras conduce, como si no fuera un trauma que te pone nervioso o incluso bloquea, sino una charla banal mientras haces otras cosas que requieren más atención.
-El cuchillo de atrezo, el alijo, el cambio en las medicinas… todo resulta demasiado obvio y llega justo cuando se espera.
-Lo único que me ha pillado por sorpresa es que el detective sospechara desde el principio por una pista difícil de ver, la gota de sangre en el zapato… pero claro, si piensas en lo torpe que parecía este tipo, pues no termina de funcionar.

Casino


Casino, 1995, EE.UU.
Género: Drama, suspense, histórico.
Duración: 178 min.
Dirección: Martin Scorsese.
Guion: Nicholas Pileggi, Martin Scorsese.
Actores: Robert De Niro, Sharon Stone, Joe Pesci, James Woods, Don Rickles, Billy Sherbert, Frank Vincent, Kevin Pollack, Pasquale Cajano.

Valoración:
Lo mejor: Algunos pasajes son lo justo de entretenidos, los protagonistas lo justo de simpáticos, los actores lo justo de carismáticos…
Lo peor: Pero yendo justo no se logra una buena película, y menos esa grandiosa que vende tanta buena crítica. El guion es superficial y torpe, la puesta en escena poco llamativa. Las tres horas que dura se hacen bastante cuesta arriba.

* * * * * * * * *

La conmoción de Uno de los nuestros (1990) todavía coleaba. Y antes de esa, Scorsese nos había deleitado con otros tantos títulos notables sobre criminales. El mundo, tanto crítica como público, estaba abierto de brazos ante un autor que mantenía la expectación en el género por las nubes. Y aún la mantiene, a tenor del entusiasmo con que se esperaba El irlandés (2019). Pero no siempre se acierta, se tiene la inspiración y las ganas. Casino es un bache enorme en su carrera, aún más notable que las irregulares Gangs of New York (2002) y El irlandés. Otra cosa es que el fervor y el favoritismo impidan ver la realidad.

Martin Scorsese y Nicholas Pileggi se unieron de nuevo para adaptar otra historia real de crímenes, pero parece que fue más para revivir el reciente éxito de Uno de los nuestros que por tener verdadera pasión en el relato. En aquella está claro que pusieron mucho más mimo en la escritura, cuidando la forma tanto como el contenido, tratando de lograr algo distintivo, que pegara fuerte. Trabajaron a fondo con los actores en el dibujo de los personajes, analizando cómo habrían de interpretarlos, cuidando el detalle. En el rodaje, el director echó toda la carne en el asador, deslumbrando con infinidad de recursos narrativos.

Aquí da la impresión de que desarrollaron el proyecto con la inercia, optando por lo básico, jugando sobre seguro. La escritura denota dejadez y desequilibrios formales, no es capaz de ofrecer una historia concreta, unos personajes sólidos, un desarrollo de ambos coherente y en general un relato que al menos fuera entretenido. Fuerzan la grandilocuencia por longitud y enredos varios (subtramas, detallismo innecesario), no por apuntalar una trama de gran calado y complejidad, cuidando los aspectos pequeños tanto como la perspectiva global de forma que el todo deslumbre.

La descripción de las mafias no cuaja, no ofrece novedades ni en lo relevante (los capos, el funcionamiento de su entramado criminal) ni en el repertorio de anécdotas (curiosidades de este mundo y vivencias varias de los personajes) con respecto a los obvios referentes, El padrino (Francis Ford Coppola, 1972), Uno de los nuestros y Scarface (Brian De Palma, 1983). La parte más relevante en esta trama, el casino y el protagonista que lo lleva, tampoco apasiona a pesar del glamour del escenario, las fechorías, las fiestas y drogas…

Las motivaciones de los personajes son vagas y la evolución de sus personalidades inconsistentes, en algunos casos dejan huecos enormes. A Sam “Ace” Rothstein (Robert De Niro) le encanta su trabajo en el casino, no conoce otra cosa. Nosotros tampoco conocemos más de él. Por qué se casa con una timadora, por qué si es tan cuidadoso y profesional deja irse tanto las relaciones con los mafiosos, empezando por su amigo Nicky Santoro. Este es un remedo barato del rol que tenía el propio Joe Pesci en Uno de los nuestros. Simpático, alocado, peligroso… impredecible, un comodín para que haya problemas. Y por ello, la rivalidad entre ambos es poco emocionante, muy volátil en el mal sentido: es predecible y repetitiva unas veces, otras se olvida por completo y te preguntas si han arreglado algo fuera de pantalla. Tanto De Niro como Pesci van con el piloto automático puesto, hasta el punto de que llega a ser cargante la poca gana que le ponen y la repetición de sus tics más habituales. Ginger McKenna brilla inicialmente con una Sharon Stone bellísima y enérgica, pero pronto se atasca también en una trayectoria muy mal hilada. Qué piensa, qué anhela, qué le falta, por qué tiene esos prontos y bajones y sigue al paria interpretado por James Woods

No encontramos personajes secundarios con calado y menos con pegada, de hecho, muchos ni se quedan en la memoria, y en los casos en que reaparecen al final para aportar por fin algo en teoría trascendente es difícil acordarse de quiénes son y qué pintan en el conjunto de los hechos. El caso más sangrante es el tipo al que escucha el FBI en su tienda y permite que caiga todo el tinglado de mafias y casinos: ¿quién es, por qué lo siguen? No entendí nada. Algo tan crucial en el desenlace no se puede descuidar tanto.

El único atrevimiento que hay con la narrativa es un disparate descomunal. El protagonista muere en la primera escena de la proyección, lo que representa el final de su historia y el comienzo de la narración al espectador de su vida a modo de flashback. Por lo general la voz en off aporta poco, describe lo obvio y no nos adentra en los pensamientos del personaje. Pero de repente aparecen otros personajes narrando, y entonces todo queda muy raro. No hay una declaración final a las autoridades que justifique tanto palique, es más, como digo, algunos mueren, ¿nos hablan desde el más allá? Así, lo que en principio estaba siendo una voz en off irritante pronto se convierte en un galimatías sin pies ni cabeza. Y para rematar, tres horas después resulta que no, que me has engañado, el personaje en realidad no muere en el atentado y hay más cosas que contar.

El irlandés


The Irishman, 2019, EE.UU.
Género: Drama, suspense, histórico.
Duración: 209 min.
Dirección: Martin Scorsese.
Guion: Steven Zaillian, Charles Brandt (novela).
Actores: Robert De Niro, Al Pacino, Joe Pesci, Harvey Keitel, Ray Romano, Stephen Graham, Bobby Cannavale, Kathrine Narducci, Anna Paquin, Stephanie Kurtzuba.

Valoración:
Lo mejor: El colosal trío de actores principales: Robert de Niro, Al Pacino, Joe Pesci. El tono crepuscular le otorga un toque novedoso.
Lo peor: Metraje desmedido, historia sin rumbo, pasajes anodinos, personajes secundarios sin interés… Lejos de la épica de mafias que defienden muchos, es más bien una miniserie televisiva de escasa calidad y profundidad.

* * * * * * * * *

En Estados Unidos siempre ha existido predilección por figuras fuera de la ley. Tanto el prototipo de forajido del oeste como gente famosa como Bonnie y Clyde se han llevado numerosas películas que idealizaban sus andanzas. Sin embargo, la llegada de El padrino (Francis Ford Coppola, 1972) dio un nuevo giro a esta tendencia, aumentando la complejidad y verosimilitud del mundo del crimen representado pero también su halo mitificador, lo que lejos de resultar anacrónico encandiló a medio mundo. Y en televisión, Los Soprano (David Chase, 1999) revivió muy bien ese estilo al llegar el nuevo milenio, aportando un toque de humor negro genial. Volviendo a la gran pantalla, Martin Scorsese se puede considerar el máximo exponente de esta línea, con Malas calles (1973), Taxi Driver (1976), Uno de los nuestros (1990), Casino (1995), Gangs of New York (2002), Infiltrados (2006), El lobo de Wall Street (2013)… todas historias donde los criminales resultan más o menos entrañables y sus aventuras embriagadoras en vez de parecernos vidas deleznables y crímenes grotescos; incluso en los casos en que sí quería señalar la violencia, lo hacía con cierto humor negro.

Precisamente este favoritismo por un género, por no decir abuso, propició que sus declaraciones a finales del año 2019 afirmando que el cine contemporáneo estaba engullido por la saga Marvel, a la que no considera ni cine, le hicieran quedar como un carcamal y un idiota de cuidado, más aún teniendo El irlandés a punto de estrenar. ¿Cómo se puede ser cineasta, haber estado décadas saturando con un género y luego despreciar otro en su época de esplendor, que ha dado numerosos títulos notables e incluso sobresalientes y que haciendo cuentas realmente no pasa de tres o cuatro estrenos al año entre más de un centenar de obras diferentes? Entró en el debate de géneros y autores rechazados por las grandes distribuidoras como elefante en una cristalería, equivocando de objetivo su crítica y sin ver que las virtudes de las nuevas tecnologías y los nuevos modelos de negocio le han permitido llevar a todo el mundo una cinta obviamente difícil de colar en salas. Pero, como siempre digo, hay que separar la persona del autor, y vamos a centrarnos en la película.

El irlandés rompe la tendencia al ofrecer una de gángsteres y mafias con un tono crepuscular, como en el cine del oeste cuando autores como John Ford y Sam Peckimpah, hartos de la línea dominante tan idealista y blanda, optaron por perseguir historias más realistas y crudas.

Para empezar, el protagonista es un don nadie y acaba más o menos igual, no es un gran capo o un tipo hábil que va ascendiendo. Jefes varios lo usan como matón y guardaespaldas por su falta de escrúpulos, pero de recursos intelectuales y ambición anda muy escaso. Esta vida deja secuelas en la familia y amistades, y garantiza soledad para quienes sobreviven a años de violencia.

Basándose en general en hechos reales seguimos la historia de Frank Sheeran (Robert de Niro), un conductor de camiones que empezó con trapicheos de contrabando y acabó siendo sicario de mafiosos varios (algunos inventados por los autores, como el rol de Joe Pesci, Russell Bufalino, otros reales) y finalmente guardaespaldas de Jimmy Hoffa (Al Pacino), el sindicalista más famoso de la época, muy conectado con el mundo del crimen.

El reparto es excepcional y recupera varias estrellas en una larga decadencia. Dos pesos pesados de los años setenta, ochenta y noventa como fueron De Niro y Pacino llevan veinte años (¡veinte!) enlazando trabajos que les dan de comer sin esfuerzo, películas más o menos mediocres y papeles donde o pasan de todo o sobreactúan sin mesura. Desde Ronin (1998), De Niro sólo pareció esmerarse un poco en El lado bueno de las cosas (2012), y Pacino, desde El dilema (1999) e Insomnio (2002) y un poco también en la miniserie Ángeles en América (2003), anduvo el mismo camino. Pesci por el contrario no ha sido de los de aparecer en dos o tres películas por año, y desde el 2000 andaba medio retirado, con sólo dos papeles, El buen pastor (2006) y Love Ranch (2010).

En El irlandés están al nivel de los mejores años de sus carreras. La contención fría, rígida, de De Niro es inquietante, se ve a un asesino sin escrúpulos… pero también a una persona sencilla. Al Pacino tiene entre manos a un embaucador de nivel, pero sorprende al limitar bastante la gesticulación de sus peores momentos y aun así conseguir un personaje que te atrapa en su órbita gracias a su arrolladora personalidad. En Pesci se nota más aún la contención, dado sus papeles cómicos aun dentro del género (en Uno de los nuestros era un loco de cuidado). Incluso ante estos dos colosos destaca con una interpretación tan verosímil como entrañable, un mafioso que está por encima de todo, cuya veteranía y convicción le hacen ir por la vida con una tranquilidad pasmosa. En cuanto a secundarios, hay muchos habituales en cine o televisión, pero con apariciones bastante breves, así que aunque cumplan como buenos profesionales ninguno logra dejar huella: Harvey Keitel, Anna Paquin, Bobby Cannavale, Stephen Graham y otros tantos.

Sin embargo, hay un aspecto polémico. El anunciado rejuvenecimiento facial de actores que sobrepasan los setenta pero interpretarían a personajes en distintas épocas, empezando por la treintena o menos, se iba a mirar con lupa, pues aunque ya se había visto en algunos episodios de Los Vengadores con resultados magníficos, destacando Capitana Marvel, ya se sabe que la ciencia-ficción y fantasía muchos no las cuentan como cine de verdad, así que hasta ahora no había realmente gran expectación por ver los resultados; para aumentar el sinsentido, los efectos especiales los hacen los mismos, Industria Light and Magic

El trabajo con los rostros es como en los ejemplos citados impecable, superando con creces a aparatosos maquillajes. No limita la interpretación de los actores, no canta a efecto digital… Pero en este caso hay dos puntos de choque que confunden e incluso molestan y terminan empañando el logro. El primero es que De Niro lleva lentillas o trabajo con ordenador también para ponerle los ojos tan claros que tenía la figura en que se basan, y resulta tan raro que te puede costar bastante rato acostumbrarse, porque te saca bastante del personaje, estás todo el rato pensando que algo no cuadra. Lo segundo es que siguen teniendo setenta años en sus movimientos, y en las escenas más activas se nota mucho, pero cuando entran en juego los dobles de cuerpo (peleas y caídas) la diferencia provoca carcajadas. Así que, al final cabe preguntarse si no es mejor el simple y efectivo recurso de contratar a distintos actores para distintas edades, o al menos haber seleccionado a unos cuarentones y usar la técnica para envejecer también. Por otro lado, hay otro caso extraño que resulta aún más desconcertante: coger a un actor relativamente joven y en forma como Domenick Lombardozzi (el detective tontorrón Herc de The Wire -2002-) y meterlo en un disfraz de gordo y anciano produce unos resultados ridículos.

Dejando estos detalles aparte, los problemas de la cinta son otros más importantes. No hay más virtudes destacables en ella aparte del excelso reparto, y sí una gran acumulación de peros y fallos desde el concepto a la ejecución. Scorsese cree haber conseguido una gran épica de género, compleja, larga, desbordante de contenido y emociones, al estilo El padrino (la segunda parte, sobre todo) y Uno de los nuestros… pero está más bien en la onda de Sergio Leone con su lenta, caótica, no lineal y semionírica Érase una vez en América (1984), que entusiasmó a sus seguidores acérrimos pero confundió y aburrió a muchos otros, cinéfilos y espectadores casuales, y estos, ante tan abrumadora recepción, prefieren callar antes de que se les trate de incultos. Pues yo voy a decirlo claramente y sin miedo: El irlandés no es una buena película, y llamarla obra maestra es una barrabasada insostenible.

Es demasiado larga e irregular, no se centra, no ofrece un rumbo y un contenido claros y consistentes. Ni siquiera me vale decir que con tres horas y media se puede considerar miniserie y ver por partes. Le sobra prácticamente la mitad, una ingente cantidad de material inane que lo que logra es rebajar su categoría de gran epopeya cinematográfica a miniserie televisiva de escaso calado y calidad.

Al menos Netflix ha tenido suerte con su éxito y la multitud de nominaciones a premios, lo que le permitirá atraer a más autores de este calibre. Es más, que Scorsese haya tenido un patinazo (o dos, contando la insustancial y tediosa Silencio -2016-) no significa que no vuelva a ofrecernos otro gran título.

El repertorio de anécdotas y curiosidades funcionó a las mil maravillas en Uno de los nuestros y no resultó nada mal en El lobo del Wall Street, dos historias generosas en metraje y años abarcados pero que gozaban de un ritmo trepidante, un hilo conductor claro y unos personajes que evolucionaban a ojos vista. Aquí, entre anécdota y anécdota puede haber quince minutos de vacío, y hasta llegar a un tramo interesante quizá hay que soportar media hora de vaguedades y vueltas en círculos. De hecho, la historia realmente tarda cuarenta minutos en empezar, pues hasta la aparición de Jimmy Hoffa prácticamente no ha pasado nada. Una presentación del protagonista, diréis. Pero lo que cuenta cabía en diez minutos más o menos. Mostrar a Frank iniciando sus trapicheos, entrando en contacto con Bufalino y empezando a matar para la mafia no necesitaba una exposición tan extendida y superficial. Scorsese tira de una narración no lineal para aumentar el tono melancólico (en el viaje en coche los ancianos recuerdan cómo se conocieron, qué fechorías hacían…), pero da rodeos mil cada cual menos trascendental y más aburrido.

La entrada de Hoffa levanta el interés bastante, pero sigue sin centrarse la cosa. Aparecen de golpe secundarios varios… y de repente desaparecen durante otro largo periodo mientras nos perdemos en otras subtramas vulgares, relatos de crímenes varios, rencillas con otros mafiosos, fiestas que no aportan nada… La peleilla con un rival (el encarnado por Graham) es de las partes más entretenidas, pero a la larga, como todo lo demás, no da la sensación de que aporte nada sustancioso al desarrollo global.

Para cuando encuentra un rumbo más claro ya es tarde y tampoco tiene el nivel exigible. La etapa de decadencia, donde Frank se vuelve consciente de que llega a la vejez sin nexos emocionales y familiares, pues los ha descuidado durante su vida, no funciona como debiera, porque todo esto se ha desarrollado en unas pocas anécdotas sueltas que metieron con calzador entre otras historias. Es decir, no puede ser que pasadas tres horas de metraje intentes que congeniemos con hijas que ni has presentado debidamente, que la versión adulta de una de ellas, encarnada por Paquin, deje huella con dos frases, y que de la otra y la mujer te acuerdes a estas alturas de dónde andan después de la poca presencia que han tenido. Además, el supuesto conflicto interno se sustenta sólo en la parte familiar, ni las misiones en teoría más difíciles que hizo parecen dejar secuelas, sean peligros que pueden volver a acechar o remordimientos serios.

Por hacer la comparación más obvia, en Uno de los nuestros teníamos a la familia presentada en los cinco primeros minutos y entendíamos rápido y con claridad la posición del protagonista, el entorno y sus motivaciones, y en adelante era todo exponer cómo funcionaba el mundo del crimen con cada hecho calando en él y su mujer de distintas formas.

Ni la puesta en escena resulta llamativa. Scorsese, sea porque intenta ofrecer una narrativa sobria acorde al tono nostálgico y decadente, va con la inercia puesta, no ofrece un aspecto visual expresivo y virtuoso, sino más bien uno apagado, casi televisivo, y cuando intenta florituras queda mal porque tira de recursos que ha usado mucho durante su carrera y aquí parecen enredos repentinos que desentonan: harto he acabado del tráveling que sortea un caos de gente para llegar al protagonista, sobre todo en vistas y juicios. Además, la recreación de la época es muy parca, no hay ambición alguna en el acabado de una película que trata de representar décadas de historia. Me temo que gran parte de los estratosféricos 160 millones de presupuesto se gastaron en la puja de derechos de autor y de distribución, que se fueron de madre cosa mala, pero la inversión real en el rodaje no tiene pinta de sobrepasar los 50-60 (lo que costó por ejemplo Emboscada final, por citar una reciente del estilo). No creo que en el rejuvenecimiento digital costara tanto; si es así, quizá no sea tanta mejora respecto al maquillaje o al uso de actores de distintas edades.

Acaba la eterna proyección y te quedas preguntándote qué ha intentado contarte Scorsese, si la historia de la mafia sindical, la vida completa de un sicario, o un anecdotario de crímenes en general. No tiene garra como recreación histórica, no conmueve el drama de las pocas vidas mostradas, no apasiona en las diversas aventuras de gángsteres. El tramo final en el asilo apenas vale para dejar un recuerdo digno en un relato cercano al desastre, salvado por algún tramo entretenido y sobre todo por la colosal interpretación de grandes y admirados veteranos.

La guerra de las galaxias – Episodio IX: El ascenso de Skywalker


Star Wars – Episode IX – Rise of Skywalker, 2019, EE.UU.
Género: Aventuras, fantasía.
Duración: 142 min.
Dirección: J. J. Abrams.
Guion: J. J. Abrams, Chris Terrio.
Actores: Daisy Ridley, Adam Driver, John Boyega, Oscar Isaac, Anthony Daniels, Carrie Fisher, Domhnall Gleeson, Richard E. Grant, Ian McDiarmird, Billy Dee Williams, Keri Russell, Naomi Ackie, Joonas Suotamo, Mark Hamill, Harrison Ford.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: La química entre los actores y algunos diálogos y situaciones emocionantes. Efectos especiales y sonoros.
Lo peor: La trilogía, improvisada sobre la marcha, desemboca en un galimatías que intenta contentar a todos: tira demasiado de nostalgia e imitación, de humor básico, de drama subrayado, de ritmo forzado y espectáculo gratuito por encima de una historia bien planificada y de calidad. Es un desastre que roza el nivel de La amenaza fanasma.
Mejores momentos: La dinámica entre Poe, Finn y C3PO, los encuentros de Rey y Kylo.
La frase:
-Poe: ¿Qué haces, 3PO?
-C3PO: Echar un último vistazo, señor. A mis amigos.

* * * * * * * * *

Alerta de spoilers: Hasta próximo aviso solo comento el argumento principal por encima.–

CINE DE DESPACHOS IMPROVISADO VERSUS SERIE BIEN PLANIFICADA

En El despertar de la Fuerza la jugada de mirar atrás para recuperar la esencia de la trilogía original después de la irregular recepción de la trilogía de precuelas corría el riesgo de parecer una imitación descarada y sin personalidad propia de Una nueva esperanza, pero salvo una minoría que lo vio así, el estreno encandiló al mundo, ganándose de nuevo a las dos generaciones previas y atrayendo a una nueva a la saga. Pero en el aire quedaba la pregunta de si seguirían por el camino de la repetición y la nostalgia o si una vez presentado el nuevo ciclo discurrirían por nuevos senderos.

En Los últimos Jedi eligieron avanzar, innovar, tratar de sorprender. Pero parece que esto fue en realidad iniciativa de su director y principal guionista, Rian Johnson, en contra de los deseos de los productores. Estos terminaron metiendo mano y la cinta quedó truncada, con una historia caótica y elecciones narrativas fallidas que lastraban las buenas ideas. El público la recibió con tibieza, y si bien hizo dinero a mansalva por el tirón de su fama, pronto se le sumó el fiasco de Han Solo, donde la desastrosa producción y su flojo acabado pusieron en alerta máxima al estudio y a los fans.

Entonces quedaba claro que esta etapa de la saga, tanto la trilogía como los capítulos paralelos (recordemos que en Rogue One también alteraron cosas a última hora), se ha ido desarrollando en las guerras de los despachos, con productores y realizadores varios jugando a prueba y error hasta que encuentren una fórmula rentable que exprimir, en vez de abordar el proyecto seleccionando a un grupo de guionistas y directores que planificaran bien la historia antes de lanzarse a rodar la primera entrega, y una vez en marcha no cambiar de ideas sin estar seguro de su necesidad y consecuencias.

Las nuevas entregas de esta serie han ido saliendo airosas (sólo Han Solo rozaba el fracaso estrepitoso) porque sus realizadores han mostrado mucho más talante y nivel que los directivos, pero para esta entrega las demandas eran tantas, tan absurdas y contradictorias, la producción tan improvisada y anárquica, que el desastre resultante es enorme.

Unos espectadores amaron El despertar de la Fuerza y odiaron Los últimos Jedi, otros al revés… pero todos se han unido en la decepción que supone El ascenso de Skywalker.

LO QUE SE CONOCE DEL CAÓTICO PROYECTO

El primer realizador elegido, Colin Trevorrow, fue despedido en las primeras fases del guion. El estudio dijo que fue por diferencias creativas, pero quizá él vio el panorama y salió corriendo. De su versión del guion no se sabe nada a la hora de escribir esto. Rian Johnson, autor de Los últimos Jedi, se llevaba bien con el equipo creativo (guionistas varios) pero no con los productores principales (Kathleen Kennedy, Bob Iger, Alan Horn…), y tras el relativo fiasco de su visión terminó despedido, con la nueva trilogía que tenía encargado siendo cancelada. Todo apunta a que su premisa seguiría explorando nuevas opciones, sin rastro de Palpatine y demás imitaciones a El retorno del Jedi.

J. J. Abrams fue traído de vuelta a la desesperada y se le encomendó la tarea de “contentar a todos los fans”. También estaba en contra de la aportación de Johnson, así que pidió permiso para hacer borrón y cuenta nueva y tener control total. Consultó con George Lucas, y entre los dos desarrollaron una historia con mucho material de las series animadas (el universo expandido, lo llaman) y de ideas que Lucas tenía para su trilogía de secuelas que no llegó a realizar (no se veía con fuerzas y edad y vendió a Disney). El villano sería un tal Son of Mortis (encarnado por Matt Smith), pero parece que Palpatine aparecía también por ahí.

Pero Kennedy e Iger no estaban contentos con el trabajo que desarrollaba Abrams, más cuando él mismo afirmó que difícilmente se podría contentar a todos, y empezaron a exigir cambios sustanciosos, aumentando el tono a lo El retorno del Jedi, dando protagonismo a Palpatine. Algunos dicen que el montaje de Abrams y Lucas habría sido casi completado antes de que Disney hiciera su versión.

INTENTANDO CONTENTAR A TODOS CON GOLOSINAS

Teniendo en cuenta el proceso y que el acabado parece una mezcla de ambas visiones, está claro que tanto unos como otros no han sido conscientes de que la improvisación y las interferencias provocaron la desigual calidad y recepción de Los últimos Jedi y piensan que El despertar de la Fuerza funcionó únicamente por el factor nostalgia. Han eliminado sin miramientos casi todo lo desarrollado en esas entregas para inventarse una historia de la nada, se aferran demasiado a la mirada al pasado y persiguen una narración que abarque todo registro posible para contentar a todo el mundo a la vez. En vez de pensar que esto tenía todas las de tomarse como un insulto hacia los espectadores parecen convencidos de que era lo que necesitaba la saga. ¿No queríais La guerra de las galaxias clásica? Pues nos encasquetan un festín de imitación y referencias aderezados con todos los tópicos del género de aventuras. ¡Que nadie se quede sin su ración de emociones prefabricadas!

Palpatine ha reaparecido con una flota inmensa y amenaza a la galaxia con un nuevo Imperio. Después de tener tanta relevancia, la Primera Orden ya no pinta nada, y el nuevo y atractivo líder Kylo Ren es rebajado ante el omnipotente Emperador. El conflicto entre Kylo y Rey pierde fuelle en la caótica búsqueda del escondite de Palpatine para plantarle cara. Los demás personajes ofrecen un sinfín de aventuras de todo tipo, nos llevan de planeta en planeta saturando con multitud de escenarios de acción, humor, aventuras y romance, muy facilones todos, y además salpicados de añoranza a la trilogía original y referencias mil al universo expandido (resulta que para entender la película al completo tienes que seguir todo el merchandising que van sacando: series infantiles, juegos, cómics, novelas…).

La puesta en escena, habitualmente punto fuerte de Abrams, subraya demasiado lo que debe sentir el espectador (con algunos recursos muy obvios: hay como una decena de planos en que la cámara se acerca al rostro de un personaje para enfatizar tensión o drama), y busca con ahínco epatar con ritmo frenético y efectos especiales.

LO BUENO ES POCO Y DURA POCO

Lo bueno es poco y conforme avanza la proyección se va desvaneciendo, engullido por la narrativa de brocha gorda y el argumento fallido. Basta para salvar el primer visionado, donde puedes encontrar una película de fantasía comercial tonta pero simpática y entretenida, en la lamentable media del género en las últimas dos décadas, es decir, del estilo de El Señor de los Anillos, Piratas del Caribe, Harry Potter y el centenar de variaciones menos conocidas. Se sustenta por el carisma de actores y personajes y por el aspecto visual y el ritmo apabullantes que no dejan tiempo a pensar en su simpleza y carencias.

La búsqueda de pistas sobre el planeta misterioso genera cierta intriga. Los personajes recorren a contrarreloj y desesperados media galaxia, esquivando enemigos, encontrando pocos amigos, deleitándonos con lo habitual en La guerra de las galaxias, lugares exóticos, escenas de aventuras y acción asombrosas.

Poe, Finn y C3PO forman un equipo muy agradable de seguir, mantienen una camaradería inestable muy amena, con tantos roces como trabajo en equipo, y nos deleitan con algunos diálogos bastante graciosos. Rey es adorable, una joven con recursos pero incapaz de centrarse por estar sobrepasada. No veo que sea un personaje muy “Mary Sue” (el favorito del guionista, al que todo le sale bien porque sí, tipo Harry Potter, Frodo…), pues sufre y pelea, falla y aprende constantemente. Kylo Ren y su lucha interna no es menos interesante. ¿Qué bulle en su interior, qué caminos elegirá? El reparto es magnífico, todos los actores están muy compenetrados, y en este episodio en concreto Oscar Isaac está espectacular.

Los secundarios son numerosos y algunos bastante efectivos. Al contrario que a otros, a mí me gusta la aparición de Lando Calrissian, aunque desde luego podría haber dado más de sí. Zorii Bliss (con Keri Russel bajo el casco) resulta entantadora aunque no se le vea el rostro. Los generales Pryde (un inquietante Richard E. Grant) y Hux y los clásicos piques y traiciones entre altos mandos del enemigo son muy efectivos. El muñeco gracioso de turno, Babu Frik, es un puntazo. Por desgracia, Leia tiene un papel breve, pues Carrie Fisher falleció durante el rodaje. Han apañado un final aceptable, aunque no le hace justicia a un personaje tan querido.

Pero su gracia y vitalidad no es suficiente para una saga de la que se espera mucho más, ni para aguantar sucesivos visionados sin que se venga abajo por sus incontables errores de planteamiento, empezando por el abuso de la nostalgia, por las limitaciones de una historia mal trabajada y los agujeros de guion que surgen de ello y del apresurado rodaje. El ascenso de Skywalker no sorprende en ningún momento, ni en argumento ni en desarrollo ni en soluciones, hay personajes muy desaprovechados, y el final es todo fuegos artificiales vacuos.

Con Palpatine me extenderé en la parte con spoilers, baste decir que su presencia ni se sustenta en la lógica ni en lo emocional, sólo provoca sensación de imitación fallida a El retorno del Jedi. Esto arrastra a Kylo y Rey, que pierden interés ante Poe, Finn y C3PO. El arco final de la pareja es bastante flojo y decepcionante, los guionistas desandan lo andado con ellos en lo que llevábamos de trilogía para centrarse en un duelo de acción y efectos especiales muy trillado y nada conmovedor. Y con Poe y Finn, a pesar de su magnetismo y tener unas aventuras muy moviditas, pronto empieza a dar la sensación de que su viaje está demasiado dirigido con giros de guion mal disimulados.

Chewbacca no tiene momentos destacables, y otros secundarios puntuales son más bien molestos, como el robot con forma de secador de pelo y algunos figurantes de la resistencia, que sueltan algunas frases chorras o explicativas sonrojantes. También vuelve a estar presente Maz Kanata sin que expliquen quién es, de dónde sale, de qué va… Su presencia forzada y el halo de “sé cosas, soy importante” resulta bastante cargante.

Cabe preguntarse si una saga de fantasía, más una que abarca toda la galaxia, esto es, con posibilidades infinitas, no podía dar margen a lugares y escenarios más imaginativos y originales que otra vez los dichosos desiertos y bosques frondosos y una guarida del villano oscura, gigante y con un trono chungo, así como ofrecer un poco de renovación en el diseño de las naves, que estamos hartos de los destructores triangulares y, aunque esto es cosa de guion, las armas que destruyen planetas.

John Williams no está al nivel esperado. Sea por tanto trajín en la producción y una narrativa tan acelerada que le impidió trabajar a gusto y desplegar toda su imaginación y versatilidad o porque anda falto de inspiración, la banda sonora es un mero recopilatorio de temas ya conocidos, ni los nuevos lugares y situaciones que mejor venían para explorar sonidos originales se llevan temas llamativos. La amenaza fanasma era del mismo estilo caótico y nos regaló tema tras tema memorable.

En cuanto a efectos especiales y sonoros, estamos ante un trabajo extraordinario, como siempre, mientras que la dirección artística (diseño de escenarios y vestuario) se ve limitada por la falta de novedades.

La dirección de J. J. Abrams es vibrante por lo general, y aunque a veces le pesa la repetición de recursos aquí y allá, el principal problema es el enfoque de la película y el guion. Es difícil perdonarles a él, a Kathleen Kennedy y al resto de productores y guionistas la clara impresión de que toman por tontos a los espectadores, tanto por el pobre intento de complacer con manipulación sensorial (añoranza, lenguaje cinematográfico simplista y efectista) como por romper sin miramientos con lo previamente narrado, incluyendo además puyas descaradas hacia Rian Johnson. Él al menos tuvo una buena visión de cómo hacer avanzar la saga. El relato resultante es muy del estilo de Abrams, pero más en la onda de las dos infames entregas de la reinvención de Star Trek que de la más comedida e inspirada El despertar de la Fuerza: un macguffin ramplón alrededor del que intenta crear mucha expectación, escenas de acción desmedida apretujadas de mala manera, y personajes con gran potencial que acaban asfixiados por los vaivenes de la trama.

Alerta de spoilers: En adelante entro a fondo destripando todo detalle.–
Leer más de esta entrada

Érase una vez… en Hollydood


Once Upon a Time… in Hollywood, 2019, EE.UU.
Género: Drama, suspense.
Duración: 161 min.
Dirección: Quentin Tarantino.
Guion: Quentin Tarantino.
Actores: Leonardo DiCaprio, Brad Pitt, Margot Robbie, Kurt Russell, Al Pacino, Emile Hirsch, Timothy Olyphant, Margaret Qualley.

Valoración:
Lo mejor: La pareja protagonista engancha con su relación. Los magníficos actores Leonardo DiCaprio, Brad Pitt y Margot Robbie. La dirección de Quentin Tarantino vuelve a mostrar su talento.
Lo peor: La falta de rumbo, el metraje desmedido y las salidas de tono ponen de manifiesto también de nuevo que Tarantino no tiene mesura ni hay productores que se atrevan a decírselo y a exigir un montaje más coherente y equilibrado.

* * * * * * * * *

Quentin Tarantino siempre ha demostrado gran amor por el cine, dotando a sus cintas de numerosas referencias a títulos que le han marcado, recuperando técnicas y estilos en desuso, y sobre todo, mostrando un nivel técnico propio al alcance de muy pocos realizadores. Pero el estar tan enamorado del cine se convierte en un lastre también, porque termina demasiado embelesado con lo que está haciendo y no es capaz de centrarse, de coger un rumbo y seguirlo con determinación, de dar forma a una historia sin patinar en salidas de tono y detalles innecesarios, de ver lo que sobra. También pesa en sus películas que el poder alcanzado tras el éxito de Pulp Fiction (1994) le ha garantizado algo poco común, una libertad monetaria, creativa y de distribución total. Es decir, no hay productores que se atrevan a decirle que el montaje final necesita un buen repaso.

Érase una vez… en Hollydood también arrastra esos problemas. Las escenas alargadas sólo porque está encariñado con lo que cuenta y no es capaz de cortar cuando debe y los rellenos más o menos curiosos pero que añaden minutos prescindibles se empiezan a acumular pronto, lastrando el ritmo y la sensación de dirección, y acabando con la paciencia de muchos espectadores. Otros se habrán quedados prendados de la enorme química entre los dos protagonistas y sus intérpretes, de la fuerza de muchas escenas, y podrán pasar por alto bastantes de esos fallos… Pero dependiendo de la resistencia de cada uno habrá un punto de ruptura. En mi caso fueron los eternos viajes en coche de Brad Pitt, los paseos de Margot Robbie por tiendas (todo un plano para ver cómo cruza un paso de peatones), y finalmente el eterno rodaje del episodio piloto de Leonardo DiCaprio. Una vez rota la conexión, en adelante ya nada cuaja lo suficiente como mantener el interés constante. Demasiada exposición intrascendente, demasiada música y enredos visuales para dar vitalidad a una narrativa que hace aguas, demasiada salida por la tangente…

Desde el descarado grito wilhelm del principio queda claro que esta vez Tarantino no se va a quedar en unas cuantas referencias, sino que pretende un homenaje completo al cine, aunque su predilección por el western y la serie b es bien conocida y tendrán más presencia. El protagonista, Rick Dalton (DiCaprio), es un actor de seriales del oeste al que acompaña un fiel amigo, su doble de acción y chico para todo Cliff Booth (Pitt). Son dos figuras imaginarias, al contrario que casi todo el repertorio de secundarios, y le servirán al realizador para reunir los homenajes pretendidos. Historias sobre la fama, el fracaso, los géneros y formas de hacer cine, las fiestas y amistades, y las referencias a numerosos actores, películas y series, escenas y detalles se agolpan una tras otra, en ocasiones deslumbrando, en otras saturando innecesariamente, se mezclan con las vidas de los personajes ora con naturalidad, ora de forma muy forzada.

A veces el galimatías es enorme, confunde, abruma, desvía la atención. El rodaje del episodio piloto se alarga demasiado, sobrepasando la necesidad (la crisis de Rick Dalton) para irse por las ramas con personajes que ya han dicho lo que tenían que decir pero siguen ahí porque no es capaz desprenderse de ellos o que sólo están para añadir más curiosidades. Por ejemplo, la presencia de James Stacy (encarnado por Timothy Olyphant) no tiene relevancia real, parece obedecer sólo al morbo: aparece con la moto que lo llevaría unos años después a un accidente del que se salva de milagro, y más adelante intentó suicidarse tras descubrirse que abusó de niños, caso por el que pasó el resto de su vida en la cárcel; hasta la aparición de Bruce Lee (Mike Moh) es anecódtica: aunque divierte, no aporta sustancia al argumento ni a los personajes; y otros por suerte se quedaron en la sala de montaje, como Michael Madsen; pero ya se anuncia una versión extendida que incluirá más morralla, como hicieron con Los odiosos ocho (2015). También tenemos apariciones breves de otros grandes actores, como Al Pacino o Bruce Dern, que no que aportan nada llamativo; si Tarantino quería decir algo con ellos, se me escapa. Y cabe señalar que fue el último papel de Luke Perry antes de fallecer.

Lo peor es que está claro que los Manson y los Tate y sus amigos sobran por completo. A pesar de la eficaz escena de intriga en la visita de Cliff Booth a la comuna y de la desbordante elegancia y simpatía de Margot Robbie, nos encontramos ante dos películas en una sin conexión alguna, tan separadas que el realizador tiene que recurrir a una torpe voz en off para unirlas. Pero por si fuera poco, remata la cinta con un final absurdo, un revisionismo histórico surrealista completamente salido de tono. En Malditos bastardos (2009) la parodia era evidente y se veía venir lo de Hitler, aquí va de serio y de repente te engaña con una locura ridícula.

A veces la cosa fluye bastante bien en el detallismo, tanto en cosas evidentes para cualquier cinéfilo como en lo sutil para los más cultos, e incluso también tiene guiños muy rebuscados bien colocados (el breve enfoque a la partitura de The Mamas and The Papas en el piano de los Tate lo reconocí por casualidad porque acababa de leer sobre el tema). Pero sobre todo destaca el ambiente en general. El trabajo tras las cámaras y la vida de los actores resulta muy interesante, incluso teniendo en cuenta con que muchas cosas las hemos visto bastantes veces los personajes atrapan con intensidad y sus vivencias resultan más o menos emocionantes.

Los tres actores principales están espectaculares, Pitt y DiCaprio superan los irreglares papeles de Malditos bastardos y Django desencadenado respectivamente, deslumbrando con algunas de las mejores interpretaciones de sus carreras. Y Robbie, sin apenas diálogos, despliega un torrente de emociones contagioso. La dirección de Tarantino y los aspectos técnicos son brillantes y reconstruyen la época a la perfección. Si bien no ofrece el expresionismo de Los odiosos ocho y el sentido del espectáculo de Django desencadenado, vuelve a regalarnos una película impecable en lo visual. Pero si no se usa ese portento de acabado con sabiduría a la hora de de forma a un relato coherente y atractivo, ¿de qué sirve? Por muy bonita que sea la fachada, Érase una vez… en Hollywood da tumbos sin rumbo y su rocambolesco final te deja con mal recuerdo.

¿En qué nivel la pongo en comparación con otras cintas de Tarantino? Pues yo diría que desde Pulp Fiction no da pie con bola y todas están en la misma línea más o menos, pareciéndome la elección más bien subjetiva: ¿qué grupo de personajes te cae mejor y qué género y escenario te llega más? En mi caso sería Los odiosos ocho. Su tono de comedia más que gamberra hijaputa permitió que las carencias de siempre me resultaran mejor disimuladas. Luego pondría Jackie Brown (1997), con personajes estupendos y un estilo de historias cruzadas a lo Pulp Fiction muy interesante. Y en Malditos bastardos su peculiar banda salvaba por los pelos otra cinta caótica. Pero las demás me parecen demasiado irregulares como para que sus puntos fuertes levanten la media. La pareja de actores de la presente me ha caído muy bien, pero el desastre narrativo es enorme. La pondría justo por encima de Django desencadenado (2012) y Kill Bill (2003, 2004), cuyos protagonistas e historias no me llegan tanto.