El Criticón

Opinión de cine y música

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Salvar al soldado Ryan


Saving Private Ryan, 1998, EE.UU.
Género: Bélico, drama.
Duración: 169 min.
Dirección: Steven Spielberg.
Guion: Robert Rodat.
Actores: Tom Hanks, Tom Sizemore, Edward Burns, Barry Pepper, Adam Goldberg, Vin Diesel, Giovanni Ribisi, Jeremy Davies, Matt Damon, Paul Giamattie, Ted Danson, Joerg Stadler.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: Fotografía, sonido, montaje, decorados, vestuario y dirección dan pie a una obra bélica asombrosa, tan descarnada como apasionante.
Lo peor: El guion es bastante endeble, el subrayado del drama con recursos narrativos simplones es exasperante y limita su potencial, aunque desde luego ayudó a venderla al gran público. Esta popularidad también implica que se sobrevalora demasiado.
Mejores momentos: El desembarco, el dilema de si ejecutar un prisionero.
La confusión: Hay que aclarar una confusión común dado el parecido de los actores: en la batalla final, el soldado aleman que apuñala a un protagonista y deja indemne al asustado novato no es el mismo soldado cuya vida defendió aquel cuando sus compañeros querían ejecutarlo en una escaramuza anterior; pero este sí reaparece pegando tiros en las últimas escenas en el puente. También es lioso que al poco de presentar al capitán enfocan directamente a sus ojos justo como un rato antes hicieron con el anciano que visita el cementario en el futuro… es decir, parecen decir que son la misma persona, pero al final el anciano resulta ser el soldado Ryan.

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LA GUERRA EN TUS CARNES

El cine bélico más duro, el de corte histórico o simplemente más serio que otras aventuras sencillas ambientadas en épocas de guerra, no es un nicho tan exclusivo como otros (por ejemplo, la ciencia-ficción intelectual), pero aun así su público potencial se ve limitado bastante al sector adulto más cinéfilo y a aficionados a la Historia. Además, en los años noventa no había muchas cintas de este estilo, quizá porque, como con el western, hubo muchas y muy notorias en su momento y se considerada pasado de moda, por lo que invertir tanto esfuerzo y dinero como necesitan estas obras se veía como una temeridad. Pero eso también implica que quien se propone abordar de nuevo el género es porque tiene muchas ganas y las ideas claras.

En 1998 llegaron dos obras ambientadas en la segunda guerra mundial que conmocionaron a medio mundo, cada una por razones prácticamente opuestas. La delgada línea roja de Terrence Malick, aparte de estar ambientada en el Pacífico, ofrece una perspectiva filosófica e intimista, centrada en las emociones y reflexiones de los soldados durante una difícil batalla. Salvar al soldado Ryan de Steven Spielberg, partiendo del desembarco de Nombardía propone en un drama más sencillo pero con una espectacular descripción de la violencia de la guerra.

La introducción que muestra el desembarco dejó en shock a millones espectadores, incluso a muchos directores y otros artistas del gremio, que fliparon con el logro, y a veteranos de la guerra e historiadores, que vieron imágenes muy cercanas a la realidad. La representación de un ejemplo (además uno de los más famosos) de lo que sería un escenario bélico frenético y sangriento no se había realizado nunca antes con semejante verosimilitud y visceralidad, y el despliegue técnico orquestado para rodarlo fue asombroso.

La visión y determinación de Spielberg y su implicado equipo permitieron que este insólito reto llegara a buen puerto. La agitada cámara en mano, de apariencia anárquica pero que en realidad no descuida la narrativa, pues te deja seguir la acción con claridad y además es capaz saltar de un encuadre deslumbrante a otro, te sumerge de lleno en la acción, te hace correr, agacharte, sufrir y asustarte como a los anónimos soldados. En la fotografía del gran Janusz Kaminski, el color apagado, recordando a las imágenes de la guerra que vemos los que no estuvimos en ella, fomenta aún más la sensación de estar en esa época, pero también contribuye a generar un entorno opresivo, sin belleza ni casi vida. El trabajo de ambientación en vestuario, explosiones y amputaciones es muy certero. Y el increíble sonido te envuelve por completo, agobiándote, haciendo que sientas en el pecho cada explosión, en la carne cada impacto de bala (se acabaron los chiuuu cutres, esto es la realidad); sin duda estamos ante uno de los mejores trabajos de efectos sonoros de la historia del cine.

DOS VISIONES ENFRENTADAS

Pero un abrupto cambio de lugar y tono te saca de golpe de la abrumadora inmersión, rompe el hechizo, y te lleva al otro lado del espectro narrativo y emocional. Spielberg y el guionista Robert Rodat se empeñaron en unir dos estilos diametralmente opuestos, y la mezcla estuvo lejos de resultar homogénea. De la contundencia sobrecogedora, de la verosimilitud sin concesiones que te sumerge en la carnicería y el sinsentido de la guerra, pasamos a un drama de construcción demasiado rígida y dirigida, autoimpuesta por el convencimiento de que sólo se puede llenar salas de cine hay con una fórmula melodramática muy básica y estudiada, es decir, complaciente y llena de recursos simplones y muy sobados.

Ya el breve prólogo con el anciano visitando el cementerio parecía demasiado innecesario y endulzado, pero la escena de las cartas resulta vomitiva. Los tonos naranja cálidos para marcar el contraste con las trincheras son demasiado evidentes, las caras de congoja de secretarias y generales demasiado sobreactuadas, los discursos pretendidamente conmovedores casi rastreros, porque la historia de los hermanos de la carta de Lincoln se sabe que es falsa desde hace siglos, había desertores y prisioneros, no murieron todos heroicamente, y tratar de seguir la farsa a estas alturas es ridículo y ofensivo. Y la premisa que se presenta como hilo conductor es débil y poco atractiva: salvar a un pringado para que su mamaíta deje de sufrir.

En resumen, de una visión neutra del conflicto bélico pasamos a un drama de telefilme. Hubiera sido más lógico que siguieran centrándose en la descripción de la guerra y dejar otros dramones paralelos para otra historia que pueda tratarlos con más detenimiento y tacto. La misión podría haber sido simplemente ir al pueblo a defender el puente, como fue el objetivo real del pelotón en que se inspira, y como finalmente acaba ocurriendo después de tanto marearnos con el culebrón de Ryan.

GRAN ESPECTÁCULO, MELODRAMA BÁSICO

Durante el viaje tenemos una correcta variedad de escenarios de compañerismo y guerra, con una combinación de drama, intriga y acción lo suficientemente efectiva como para mantener el interés bastante alto. El periplo por campos y pueblos muestra distintas situaciones del conflicto sin que parezcan malamente justificadas, hay momentos bastante inspirados, como el póquer de fichas identificadoras de muertos, y la relación entre soldados, los miedos y disputas, tienen un buen momento álgido con el asalto a un nido de ametralladoras y el dilema de si ejecutar a un prisionero alemán. Sumando la virtuosa puesta en escena, con infinidad de planos magníficos y en general un ritmo impecable que mantiene bastante bien el ambiente bélico opresivo y realista, la aventura es muy entretenida.

Pero nunca llega a librarse de esa dualidad. La narrativa de ganchos sentimentales fáciles se extiende a la odisea del pelotón que busca al soldado, y aunque por suerte no caemos en la manipulación burda de las escenas en el futuro, sí mantiene ese tono dramático tan básico. Así pues, tenemos una decepcionante simpleza en el tratamiento de una historia que apuntaba a un tono más serio. En La lista de Schindler (1993), por comparar con una de Spielberg cercana en género e intenciones, los personajes eran complejos e iban cambiando con los hechos, aquí los estereotipos no dejan respirar a un grupo con un potencial mayor. Tienen lo suficiente para que cada uno sea identificable y agradable y te intereses por sus desventuras, pero sus descripciones se basan demasiado en un tic o característica que cada uno repite en cada aparición sin llegar a desarrollar una personalidad compleja ni una evolución que logren aportar algo más de atractivo y trascendencia.

Los únicos que ofrecen un poco de movimiento resultan desde luego interesantes, pero ofrecen historias muy tontorronas: el chulito pasota y el novato inocente tendrán su momento de maduración y redención más previsible y conveniente que cabía esperar, y por supuesto, estos llegan de golpe, no hay una transición bien trabajada, y el capitán pasa de frío y distante a algo más cercano también justo cuando se esperaba. Lo alucinante es que al capitán le ponen encima un problema físico que va y viene según quieran dar pena o suspense, cuando precisamente tenían en bandeja un buen arco dramático que parece que les da miedo abordar: la capacidad de mando en una misión de dudosa utilidad y ética solo queda en entredicho en una escena, y no deja secuelas.

De esta forma, cuando muere alguno, muere “el judío”, o “el francotirador”, y por mucho que su final se realce con otros tantos clichés (heroicidades maniqueas, cámaras lentas, etc.), no sientes la pérdida, no son personajes capaces de dejar un vacío. Ni siquiera el porvenir del capitán me inquieta, de hecho, con tanto forzar el drama, su caída acaba siendo empalagosa.

Y para colmo, después de tanto enredo, el soldado Ryan resulta ser un macguffin de baratillo, la excusa para mover la trama, y no se lo trabajan lo más mínimo. Parece que la muerte de sus hermanos le importa bien poco. Cuando sí se requería enfatizar la tragedia para intentar que el encuentro fuera más convincente, los autores no parecen esforzarse, como si quieran despachar el personaje-excusa y centrarse de nuevo en la acción. Aunque sea muy previsible, su decisión de no irse a casa y quedarse a luchar con sus compañeros parece encauzar la cosa… pero al final no llega a hacer nada, no participa activamente, no tiene ninguna escena que justifique y dignifique su presencia.

Sin embargo, esto no pareció molestar al público, y eso que una carambola inesperada generó expectación sobre su aparición. Eligieron al desconocido Matt Damon para potenciar que el soldado a rescatar no motivara una impresión previa en ningún sentido, pero inesperadamente arrasó justo antes con El indomable Will Hunting, que escribió y protagonizó acaparando muchos premios, así que se creó el efecto contrario, se generó mucho interés por su papel.

Con personajes tan simplones y un arco dramático tan limitado, gran parte de su potencial carisma reposaba sobre los hombros de los actores, y sin bien no tenemos un reparto brillante, todos cumplen adecuadamente, empezando por Tom Hanks en un papel contenido, de expresar con miraras y silencios, muy correcto. Cabe destacar que la película sirvió de presentación de varios actores jóvenes: Vin Diesel como el grandote simpático, Giovanni Ribisi como el enfermero preocupado, Jeremy Davis como el novato inocente, Nathan Fillion como el que confunden con Ryan… Y también relanzó o dio más categoría a algunos veteranos: Ted Danson demostró ser algo más que un comediante con su breve aparición, Tom Sizemore tuvo la oportunidad de ser algo más que el típico secundario del cine de acción… aunque por desgracia, sus líos con las drogas volvieron a frenar su carrera. También pienso que debería haber asentado mejor la trayectoria de Edward Burns, el soldado respondón, quien es capaz de dotar de vida a un rol muy trillado, pero parece que no supo aprovecharlo.

Por otro lado, la banda sonora del gran John Williams fue muy justita, y más conociendo sus capacidades. El tono de corte patriótico es bastante empalagoso, con un tema principal muy cargante, y los motivos de acción y suspense están poco inspirados y se ven lastrados por esa fórmula tan subrayada y repetitiva. La cinta funciona mejor cuando Spielberg prescinde de la música y deja que los sonidos de la guerra te arropen y zarandeen.

EL DÉBIL EQUILIBRIO SE VA VINIENDO ABAJO

Es difícil acabar un relato de este tipo, donde el argumento es el viaje y la experiencia y no hay una trama elaborada. Y los autores no atinan del todo, la batalla final se resiente bastante. Primero, pesa aquello de que ahora resulta que Ryan no importa, la misión es proteger el puente, de forma que este último acto parece un anexo improvisado para alargar la película y forzar el clímax heroico-lacrimógeno. Lo dicho: esta misión tendría que haber sido el objetivo, no la chorrada del soldadito. Segundo, la mezcla de estilos se desequilibra demasiado. En lugar de ser conscientes de que una vez expuesta la situación esta resulta muy predecible (el típico sacrificio en una misión suicida recuerda demasiado a cintas como Doce del patíbuloRobert Aldrich, 1967-) e intenten disimularlo yendo al grano y explotando el lado épico, se empeñan en reforzar el melodrama, en abusar de esos recursos obvios.

La crudeza de las escenas bélicas de nuevo realza el conjunto muy por encima de lo que las fallidas intenciones y el flojo guion llegan a alcanzar. El escenario, con el magnífico decorado del pueblo, se aprovecha en imágenes espectaculares, la tensión es palpable, la acción trepidante y por momentos agobiante. Pero poco a poco empieza a pesar su excesiva longitud, sobre todo conforme va dejando de lado la descripción puramente bélica de la batalla para centrarse en la tragedia tan artificial de los protagonistas. Como decía, mueren de típicas formas melodramáticas sin llegar a conmover lo más mínimo, pero además dejan algunos momentos de vergüenza ajena, como el capitán con la pistola disparando al tanque y este explotando de repente… porque han llegado refuerzos. ¿En serio pretendes que funcione este cliché a medio camino de la heroicidad cutre y el chiste estúpido en un clímax pretendidamente serio?

Y si el desenlace iba perdiendo fuelle, el epílogo con el viejo lacrimógeno, el cementario y las banderas termina de romper la conexión, llevándote de nuevo a pensar que hay dos visiones prácticamente opuestas muy mal combinadas. Por lo general no queda claro si querían hacer una representación fiel de la sinrazón y la crueldad de la guerra o si buscaban un drama simplón y patriótico, pero este final tan obvio y remarcado te deja con la visión maniquea y patriótica de la realidad que tienen en los Estados Unidos: las guerras son duras, pero tranquilos, que nosotros nos encargamos de salvar al mundo con nuestra superioridad moral, militar, humana… ¡y pobrecitos que somos, mira lo que sufrimos por esa carga!

PERO COLÓ BIEN COLADO

Salvar al soldado Ryan un espectáculo de primera, no por duro y espeluznante menos gratificante, que envejece bien y se puede ver una y otra vez… si esos momentos melodramáticos y la constante sensación de simplificación en el tratamiento de una historia y unos personajes con mayor potencial no te estropean la experiencia. Sin embargo, ese desequilibrio sí es suficiente colocar al conjunto bastante lejos de esa categoría de obra maestra que se empeñan muchos en darle.

Como suele ocurrir, el éxito popular implica también la adulación y sobrevaloración poco objetiva. El que poco sabe de cine se suma a modas y valora sin tener en cuenta hitos ya superados, cintas del estilo superiores pero que no va a ver porque son antiguas o no se mencionan por su zona de confort. Y si bien la dirección de Spielberg, la fotografía de Kaminski, el montaje y el sonido merecían premios en cantidad, pese a quien le pese, pues en su momento fueron incluso atacadas para realzar esta, Shakespeare enamorado (John Madden), El show de Truman (Peter Weir), Lock & Stock (Guy Ritchie), American History X (Tony Kaye), Bichos (John Lasseter, Andrew Stanton) y sobre todo La delgada línea roja (Terrence Malick) fueron y son mejores películas.

De hecho, con La delgada línea roja la diferencia es brutal. Los protagonistas están magistralmente descritos, entras de lleno en la mente de cada uno, sientes sus temores y esperanzas con gran intensidad. Se logra una inmersión en la guerra y un drama humano bastante superior sin recurrir a tantas florituras técnicas, más allá de la increíble fuerza dramática de la banda sonora de Hans Zimmer. Pero también cabe citar otras muchas aventuras de grupos, sean bélicas o de otros ámbitos, que desarrollan mucho mejor los personajes y la trama: Un puente lejano (Richard Attenborough, 1977), Los violentos de Kelly (Brian G. Hutton, 1970), Los siete samuráis (Akira Kurosawa, 1954) y Los siete magníficos (John Sturges, 1960), Grupo salvaje (Sam Peckinpah, 1969)… Y sin irnos tan lejos, poco después Ridley Scott nos trajo la impecable e impresionante Black Hawk derribado (2001), pero inesperadamente no causó el impacto que merecía. Tampoco puedo dejar de recomendar El último superviviente (Peter Berg, 2013), otra aproximación realista rodada con maestría que tampoco tuvo la repercusión que debería.

Sin embargo, no quiero restarle méritos, sino simplemente traer un poco de cordura y poner las cosas en su sitio. Aparte de ser un gran espectáculo y una aventura muy amena, el logro técnico es inconmensurable y marcó una época. Con 70 millones de dólares de presupuesto muy bien usados logró 480 de recaudación, solo superada ese año por Armaggedon (Michael Bay). En el género fue la más taquillera durante años, hasta las recientes El francotirador (Clint Eastwood, 2014) y Dunkerque (Christopher Nolan, 2017). Y la influencia que ha dejado es indudable y notoria. La cámara en mano como recurso para introducirte en la acción como si estuvieras ahí es algo que desde entonces se ha usado mucho, y pocas veces bien. Multitud de películas imitan sin disimulo su estructura (aunque no fuera nada original, la volvió a popularizar), como Corazones de acero (David Ayer, 2014), con la visión combinada de un joven inexperto y un veterano curtido, las escenas sangrientas mezcladas con dramones básicos, y el final de sacrificio. Y no sé yo si asentó también la idea de empezar con un prólogo de acción de altos vuelos para engancharte. Además, antes de que su influencia saltara a otros ámbitos, el propio Spielberg lo alentó, ideando y produciendo el videojuego Medal of Honor (1999) y la miniserie Hermanos de sangre (2001). Ambas obras fueron de las más revolucionarias e influyentes en sus campos.

Frances Ha


Frances Ha, 2012, EE.UU.
Género: Comedia, drama.
Duración: 86 min.
Dirección: Noah Baumbach.
Guion: Noah Baumbach, Greta Gerwig.
Actores: Greta Gerwig, Mickey Sumner, Adam Driver, Grace Gummer, Michael Zegen, Michael Esper, Charlotte d’Amboise.

Valoración:
Lo mejor: Guion capaz de tocar la fibra sensible con una encantadora y verosímil descripción de la entrada en la edad adulta. Dirección también muy hábil. El papel de Greta Gerwig ofrece un torrente de emociones.
Lo peor: ¿Qué sentido tiene el rodar en blanco y negro? Entre eso y algunas referencias rebuscadas, se les ve el plumero cultureta o hípster a sus autores.
Mejores momentos: La patética ruptura con el novio, la carrera al cajero, la cena con nuevos amigos, la revelación de dónde sale lo de Ha.

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¿Harto de películas de crecimiento y superación personal prefabricadas, de dramas humanos llenos de clichés y sensacionalismo que intentan obstinadamente decirte cómo debes sentirte, del estilo El libro verde (Peter Farrelly, 2018), Captain Fantastic (Matt Ross, 2016), Dallas Buyers Clubs (Jean-Marc Vallé, 2013), Descifrando enigma (Morten Tyldum, 2014)…? ¿O de otras mejor intencionadas pero que no terminan de alejarse lo más mínimo de todos los tópicos, como An Education (Lone Scherfig, 2009) y Brooklyn (John Crowley, 2015)? ¿O de las que tiran de artificios para fingir que traen novedades, como Boyhood (Richard Linklater, 2014) o Las ventajas de ser un marginado (Stephen Chbosky, 2012)?

Pues te recomiendo a la nueva ola del cine independiente neoyorkino que viene a relevar a Woody Allen con autores jóvenes muy inspirados que nos ofrecen relatos por lo general más originales e ingeniosos, con un trasfondo más culto y versátil, y sobre todo mostrando la realidad de forma más natural y muchas veces también con cierto toque crítico. En la cresta están Noah Baumbach y Greta Gerwig, quienes han conseguido hacerse un hueco en una industria cada vez más restrictiva copando nominaciones y premios y llegando a más público de lo que sus limitadas distribuciones iniciales hubieran permitido, gracias a títulos tan llamativos como Una historia de Brooklyn (2005), Frances Ha (2012), Historia de un matrimonio (2019) y en menor medida Lady Bird (2017).

Frances Ha es una estupenda descripción de la entrada en la edad adulta, pero también un entretenimiento de primera si su fachada hípster no te echa para atrás. Si el cine comercial peca demasiado de intentar complacer, en el indie a veces se nota el intento de demostrar cuánto sabes y lo alternativo que eres. La fotografía en blanco y negro no aporta nada, es más, es contraproducente si quieres mostrar la vida en Nueva York de forma natural. Y la multitud de referencias culturales a veces parece un tanto rebuscada, como si sus autores quisieran demostrar que viven entre una élite selecta; aunque otas veces lo cierto es que se agradece: la selección musical huye de las típicas canciones románticas y emotivas de siempre. A mí este estilo propio tan marcado no me ha molestado, lo considero un desliz menor en una cinta en realidad muy cercana a cualquier tipo de espectador. Por poner un ejemplo bien conocido, no hablamos de la pretenciosidad insultante de Roma de Alfonso Cuarón (2018). Pero cierto es que si quieres vivir de tu cine, que llegue a mucha gente, los aires de grandeza no son una buena idea. Para la masa de espectadores, cada vez menos dada a obras que parezcan mínimamente inteligentes, es poner de repente una barrera muy alta, aunque a la hora de la verdad sea una fachada y el contenido sea no sólo apto para todos los públicos, sino que tiene todas las de calar hondo.

Seguimos la vida de una veinteañera que ve llegar los treinta con unos amigos que pasan a la etapa adulta, con la responsabilidad del trabajo y la familia, y otros que viven felices en la fase de estudiantes con trabajillos fáciles, mientras ella se va quedando en tierra de nadie, sin lograr encajar del todo en una fase que su subconsciente le dice que debería dejar atrás ni superar los miedos para aceptar que tiene que entrar en otra. Amores, familias, amistades y fiestas. Trabajo y esperanzas. Baches emocionales, problemas diversos, contradicciones, miedos. La historia resulta muy cercana e introspectiva, funciona como un verosímil y conmovedor reflejo de la vida real, hasta el punto de que muchos se identificarán a fondo con la protagonista.

La cinta es ingeniosa y divertida en la comedia, con diálogos ágiles, humor sutil y unos toques de mala leche muy bien puestos: el egoísmo de Frances se lleva buenos palos, la indecisión y mentirijillas de algunos amigos otros tantos. Es muy entretenida en las diversas aventuras que tienen sus encantadores protagonistas, con situaciones variadas y por lo general impredecibles o al menos con un toque distintivito. Es emotiva en el drama, sin parecer forzada o guiada en ningún instante. Entre el guion tan inteligente y certero de Baumbagh y Gerwig y la interpretación de la propia Gerwig tan espontánea y enérgica consiguen un personaje deslumbrante. Sus vivencias y las de sus amigos cobran vida ante nuestros ojos con tal naturalidad que a veces quieres abrazarlos, otras te ríes con sus meteduras de pata, otras querrías abofetearlos, y otras te sentirás identificado y reflexionarás sobre tu propia existencia.

También hay que alabar la sobria y efectiva labor de dirección de Baumbagh y la fotografía de Sam Levy. Más allá del enredo del blanco y negro, entre ambos logran dotar de belleza, ritmo y energía a un relato que por naturaleza podría haber resultado muy teatral, incluso televisivo, pues gran parte de las situaciones ocurren en pisos y habitaciones. Cada escena está llena de movimiento, la fotografía juega con habilidad con la profundidad de campo, y hay no pocos instantes muy ingeniosos a la hora de rematar la situación emocional de la protagonista. Dos ejemplos claros: cuando está en el trabajo de informadora en una mesa en la universidad se siente atrapada, y el plano lo potencia al no apartarse del rincón de la mesa; cuando está eufórica corre por las calles, y la cámara la sigue en un ágil ballet.

No tuvo mucha suerte con la distribución y la campaña publicitaria a pesar de que sus autores ya eran conocidos tanto en el circuito independiente como en los certámenes de premios grandes de la industria, pues Una historia de Brooklyn tuvo nominaciones a mejor guion en los Óscar y en los Globos de oro a mejor comedia (siendo mucho más un drama…) y mejores actores principales; solo arañó una nominación de Gerwig a mejor actriz en los Globos de oro, y además tardío, en la ceremonia del 2014, que para mí sin duda merecía llevarse aunque Amy Adams estuviera espectacular también en La gran estafa americana (David O. Russell, 2013). Fue el boca a boca lo que hizo que se ganara poco a poco las alabanzas y el renombre que merece y que se mirara con más respeto a sus autores. Pero, como suele pasar, los Óscar y Globos intentaron enmendar su error más adelante nominando a cantidad de premios a Lady Bird de Gerwig, una cinta menor que no merecía tanta repercusión, y desde entonces, parece que cualquier cosa que hagan ambos es suceptible de ser colmada de nominaciones (este 2019, Mujercitas de Gerwig e Historia de un matriomonio de Baumbagh), aunque luego repartan los premios con su criterio tan absurdo.

La balada de Buster Scrugss


The Ballad of Buster Scruggs, 2018, EE.UU.
Género: Western, aventuras, comedia, drama.
Duración: 133 min.
Dirección: Ethan Coen, Joel Coen.
Guion: Ethan Coen, Joel Coen.
Actores: Tim Blake Nelson, Zoe Kazan, Tom Waits, James Franco, Liam Neeson, Harry Melling, Bill Heck, Brendan Gleeson, Tyne Daly, Jonjo O’Neill, Stephen Root, Saul Rubinek, Clancy Brown, Willie Watson, Grainger Hines, David Krumholtz.
Música: Carter Burwell.

Valoración:
Lo mejor: La fuerza dramática de algunas historias, por sencillas que sean. El impecable aspecto visual. El llamativo reparto.
Lo peor: Las partes experimentales rompen el tono y la calidad.
El dato: A pesar de que los medios lo repiten como borregos, todo el proyecto se desarrolló como película, en ningún momento se anunció una serie de la que luego se echaran para atrás.
La frase: ¿Es tu primera vez?

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Los hermanos Coen son una lotería, su personal cuando no experimental filmografía es tan difícil de catalogar como de asimilar, y con tanto riesgo de vez en cuando han cometido algún patinazo bien gordo. Cuando anunciaron una película con seis historias independientes me temí que arrastrara el mismo problema, la irregularidad entre títulos, y no cuajara como conjunto, y me resistí a verla durante un tiempo. Pero finalmente la curiosidad me pudo y le di una oportunidad. Cumple en cierta manera mis temores, pero las partes menos conseguidas no se me han atragantado (a excepción de la última) porque son lo justo de entretenidas y además duran poco, pero sobre todo porque las buenas hacen olvidarlas pronto y dejan muy buen recuerdo global.

Todos los cortos giran alrededor de temas clásicos del viejo oeste tratados en infinidad de novelas y películas (podría citar innumerables posibles referentes), y estas a su vez inspiradas en la historia de aquellos tiempos. Hicieron algo parecido en ¡Ave, César! (2016), donde intentaban abarcar y homenajear distintos aspectos del Hollywood de los años cincuenta, pero el resultado fue caótico e insoportable, mientras que en esta, a pesar de que las historias están separadas, la cosa funciona bastante mejor.

Cada una tiene un estilo muy diferenciado dentro del margen en que suelen moverse los autores. Las mejores están en su línea dramática y de giros funestos, pero sorprenden con un tono muy serio y contenido, mientras que las más flojas son las que tienen más de su humor descabellado y surrealista. En común tienen la fotografía de Bruno Delbonnel y la música de Carter Burwell. El francés Delbonnel deslumbró en Amelie (2001) y venía de hacer buenas migas con los Coen en A propósito de Llewyn Davis (2013). Este es capaz de sacar la belleza más asombrosa de los grandes paisajes, de dar color y alegría en las partes cómicas, y de sumergirnos en un ambiente triste en las más dramáticas. Burwell es un colaborador habitual. Realiza una aproximación muy fiel a la música de la época, con mucha guitarra clásica y violín, y se adapta también a la perfección al tono de cada segmento.

Cabe señalar que es la primera ocasión en que los Coen abandonan el celuloide por las cámaras digitales, aunque según dicen lo hicieron para abaratar costes. Y también decidieron distribuir la cinta por Netflix, con un estreno limitado en dos cines para poder optar a premios (donde les fue bastante bien). Aunque a la hora de la verdad ha sido Roma de Alfonso Cuarón, del mismo año pero con más impacto mediático, la que ha empujado a tratar seriamente el debate de que hay que actualizar las normas de distribución y premios, y por ahora no para bien, porque la industria y muchos autores importantes siguen viendo a las plataformas online como un paso atrás en vez de el futuro inevitable y una mejora en muchos aspectos, el primero, que dan cabida a tipos de cine que las grandes productoras cada vez quieren menos.

LA BALADA DE BUSTER SCRUGGS
Duración: 15 min.

La primera historia puede espantar a muchos. Repasa la típica vida del pistolero del oeste haciendo mención a los escenarios y situaciones más reconocibles con un tono caricaturesco e incluyendo varias canciones. Resulta un relato simpático y tiene un ritmo ágil, pero no veo material como para que pueda dejar huella alguna. El poco conocido Tim Blake Nelson cumple como buen profesional, pero no consigue causar impresión alguna, algo que un protagonista único tiene que conseguir.

CERCA DE ALGODONES
Duración: 12 min.

El segmento dedicado a los atracos a bancos y a los indios se inclina por acción ligera y la comedia estilo slapstick (tortas y enredos violentos). James Franco como el bandido y Stephen Root como el banquero pillan el tono absurdo muy bien. El atracador se mete en una serie de líos de los que no parece poder salir, y a cada nuevo embrollo le sigue un giro ingenioso, hasta acabar en un tramo final tronchante. ¿Es tu primera vez? Lo malo es que resulta aún menos trascendente que la anterior. Se ve muy bien, pero se olvida muy rápido, tanto que al ponerme con un segundo visionado ni recordaba que existía.

EL MANTENIDO
Duración: 20 min.

De lo más loco pasamos a lo más serio y trágico. Un feriante (Liam Neeson) malvive con lo que saca exhibiendo a un actor desgraciado sin piernas ni brazos (Harry Melling y un buen trabajo de efectos especiales). El ambiente melancólico y desesperanzado se contagia rápidamente. La vida es una agonía interminable, sufrir un día eterno y agotador tras otro para obtener algo que comer y esperar con resignación otro amanecer. La angustia se contagia con bastante intensidad, no es agradable de ver. El final es demoledor y deja muy mal cuerpo.

EL CAÑÓN DE ORO
Duración: 21 min.

Inspirada en la obra de Jack London. Seguimos las andanzas de un anciano que viaja en solitario a tierras inhóspitas en busca de oro. Por suerte, este segmento empieza despacito, introduciéndote poco a poco en la aventura del buscador, con lo que da tiempo a salir del hechizo funesto del anterior. El peculiar cantautor (nunca he conseguido cogerle el punto) y a veces actor Tom Waits encandila pronto con sus vivencias, los paisajes quitan la respiración, el proceso de encontrar oro resulta muy ameno. Parece que estás ahí con el vejete, silbando mientras cava. El relato resultante es sencillo pero encantador, precioso en algunos tramos.

LA MUJER DESCONCERTADA
Duración: 38 min.

Inspirada en la obra de Stewart Edward White. Los inmigrantes buscan tierras donde encontrar una vida mejor, viajando en grupos de caravanas. Pero la conquista del oeste no es fácil, hay que abandonar lo conocido y enfrentar muchos retos. La joven Alice (Zoe Kazan) vive cada día sin saber qué le deparará el siguiente. Hay baches inesperados que tiran al traste sus débiles esperanzas, y otras nuevas surgen cuando menos pensaba. Encuentra un apoyo fortuito en dos guías de su partida, el anciano silencioso encarnado por Grainger Hines y el joven atento en manos de Bill Heck. ¿Conseguirá salir adelante con su apoyo?

Es la historia más larga y compleja, tan buena y hermosa que acabas con ganas de que le hubieran dedicado una película completa. Un sinfín de anécdotas, conflictos y sentimientos exponen cómo era la vida de la época con gran naturalidad, absorbiéndote por completo de principio a fin. Familias y matrimonios, esperanzas y miedos, los distintos problemas del camino, las vueltas imprevistas del destino… La joven desvalida se hace querer, desearías estar ahí para ayudarla. Los guías, con personalidades dispares, son muy atractivos también. La puesta en escena saca todo el partido de los grandes paisajes, y bien que sudaron los Coen rodándola. Y el final es inolvidable.

LOS RESTOS MORTALES
Duración: 15 min.

Pasamos de todo lo alto a estrellarnos en un enredo psicológico que desentona mucho y aburre más. En una diligencia, los cinco pasajeros hablan de sus vicisitudes. Distintas visiones del mundo se entrecruzan con diálogos bastante inteligentes y con profundidad por lo general, pero tan enrevesados y por momentos pedantes que parecen muy artificiales. La puesta en escena es lo contrario a lo visto en el resto de la cinta: canta mucho que se rodó en estudio, resulta demasiado cutre. Las lecturas que se pueden sacar sobre la vida y la muerte son interesantes, pero no sé yo si merece la pena tragarse tanta cháchara para llegar a conclusiones que a la hora de la verdad no impactan tanto.

Este último corto pone de manifiesto que La balada de Buster Scruggs habría funcionado mucho mejor con mayor coherencia estilística, más concretamente si hubiera mantenido las formas serias de las tres historias centrales. Estas realzan tanto el conjunto que muchísimos medios la incluyeron entre las mejores películas del año.

It


It, 2017, EE.UU.
Género: Drama, terror.
Duración: 135 min.
Dirección: Andy Muschietti.
Guion: Chase Palmer, Cary Fukunaga, Gary Dauberman. Stephen King (novela).
Actores: Jaeden Martell, Finn Wolfhard, Sophia Lillis, Jeremy Ray Taylor, Jack Dylan Grazer, Wyat Oleff, Chosen Jacobs, Bill Skarsgård, Nicholas Hamilton, Stephen Bogaert.
Música: Benjamin Wallfisch.

Valoración:
Lo mejor: El entusiasmo puesto por todos sus implicados da sus frutos. Es emotiva en el drama, siendo una magnífica obra sobre la entrada en la adolescencia con personajes encantadores. Es acojonante en el terror a pesar de no aportar novedades, sobre todo porque la puesta en escena es impecable.
Lo peor: Por decir algo, como suele pasar en el terror, la experiencia en los revisionados pierde un poco en el factor miedo.

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Cuando un libro vende mucho es muy probable que Hollywood no tarde en hacer una película. Si eres autor de varios superventas las adaptaciones están en marcha incluso antes de publicar la siguiente obra, y quizá hasta puedas darte el lujo de escribir algún guion por ti mismo. Pero si llegas a la categoría de Stephen King tendrás hasta varias adaptaciones de cada novela, relato y escupitajo que sueltes. Eso sí, otra cosa es la calidad de las mismas, que en su mayor parte es escasa. Carrie, Los chicos del maíz, La niebla, El resplandor, El misterio de Salem Lot y quizá más que se me pasen han tenido diversas versiones (y algunas con varias secuelas inventadas) en cine, televisión y series. Y ahora estamos en la edad de oro de los remakes y adaptaciones, con predominancia de sagas de fantasía y de terror y nostalgia por los años ochenta, así que King ha vuelto a primer plano.

Por citar los casos recientes más destacables, tuvimos que sufrir el desastre de La torre oscura (Nikolaj Arcel, 2017), muy esperada por sus fans y bien enterrada como si no hubiera existido, pero ahora lo intentarán de nuevo en forma de serie. En ese formato fracasó también La niebla (Christian Torpe, 2017), después del peliculón que nos dejó Frank Darabont (2007). Así que no sorprende que volvieron a mirar a It, que ya tuvo una versión televisiva con bastante notoriedad en 1990 de la mano de Tommy Lee Wallace. Sin embargo, este ha sido uno de esos casos en que recuperas la fe en el cine, porque ha salido una cinta notable. Claro que su éxito ha avivado aún más el frenesí, y pronto nos han traído otra versión de Cementerio de animales (Kevin Kölsch, Dennis Widmyer, 2019) que tampoco ha tenido buenas críticas.

Quizá entre los productores había alguien con visión, quizá han sido los típicos que dicen “hagamos una peli de esto que está de moda y fijo que sacamos pasta”, pero sea como sea, el equipo elegido para llevarla a cabo ha sido muy acertado. El director Andy Muschietti sólo tenía en su haber el corto y luego el largometraje Mama (2008, 2013), que tuvo una recepción aceptable pero no como para dejar huella. En los guionistas tenemos tres autores bastante distintos. Gary Dauberman, con cierta experiencia en el género pero poco llamativa, pues no tiene nada con críticas decentes, aunque algunas tuvieran cierto éxito por haber nacido en la estela de The Conjuring (James Wan, 2013): Annabelle (2014) y La monja (2018). Chase Palmer, con sólo dos cortos escritos y dirigidos en su haber, y además hace una década. Y el más conocido, Cary Joji Fukunaga, quien deslumbró a todo el mundo dirigiendo la primera temporada de True Detective (2014), pero como guionista sólo destacan dos cintas independientes que se llevaron buenas críticas en varios festivales, Sin nombre (2009) y Beast of No Nation (2015); esta última me pareció muy poca cosa. Lo que no sabemos es cuánto del guion suyo queda en el final, si lo han acreditado por imperativo legal, pues si bien fue el principal guionista y candidato a dirigir, quería alejarse mucho de la obra de King y el estudio no se lo permitió, tomando entonces las riendas Muschietti y los otros escritores.

Prescinden de la morralla infinita que llena las mil y pico páginas de la novela y hacen un lógico cambio de época (de los cincuenta a los ochenta), pero también dividen acertadamente el marco temporal, un capítulo para los jóvenes y otro para los adultos en vez de ir alternando por escenas. Supongo que el segundo estaba supeditado al éxito del primero, pero como fue impresionante se puso en marcha pronto y llegará en septiembre de 2019. Recalco lo del éxito, porque con unos alucinantes 700 millones de dólares de recaudación mundial (costó 35) se ha convertido en la película de terror más taquillera de todos los tiempos, salvo que ajustemos por la inflación, donde El exorcista (William Friedkin, 1973) sigue imbatible, y en una de las diez Rated R (menores acompañados) más rentables, a la altura de Matrix (Las hermanas Wachowski, 1999) y Deadpool (Tim Miller, 2016).

La dirección, la fotografía y la música siguen un metódico clasicismo formal, pero recurriendo sólo en ocasiones a clichés del género, cuando inevitablemente son necesarios. Por ejemplo, tenemos algunos típicos planos cenitales de las habitaciones y trávellings hacia pasillos y zonas oscuras, pero en vez de parecer un tópico llegan para culminar una escena muy bien planificada. Sabes que saldrá algo del desagüe de la chica y no sorprende el plano hacia la oscuridad de la tubería, pero aun así estás con los nervios a flor de piel, y la habitación que acaba de rojo hasta el techo tampoco es original, pero tiene una belleza estremecedora. En la música, Benjamin Wallfisch (otro que no había destacado hasta ahora) tira de los pianos, voces infantiles, cuerdas afiladas y estruendos habituales, pero la composición es muy versátil, resultando vital en todo momento. Sí, hay que decir que hay algún susto sonoro, pero son pocos y por lo general bien justificados.

Son capaces de construir cada nueva secuencia de terror en pocas escenas, sin necesidad de largos previos que vayan moldeando la atmósfera. En la presentación de cada chaval tenemos un escenario completamente distinto, algunos tan poco pavorosos como una biblioteca bastante moderna, y en todos logran poner los pelos de punta y varios sustos de los de saltar en el asiento. Así, aunque una fórmula tan clásica no parecía que pudiera sorprender a estas alturas, el resultado es digno de alabanza: el desconcierto y la inquietud te acompaña casi todo el metraje, no sabes cuándo aparecerá el dichoso payaso ni en qué tipo de reencarnación, y los subidones más terroríficos son de apartar la mirada temblando. Sólo pierde un poco de fuelle justo antes de lanzar el final, porque una vez los niños plantan cara se ve venir un poco lo que va a ir ocurriendo, pero el esfuerzo y entusiasmo puestos levantan muchísimo un desenlace que otros se habrían tomado como un mero trámite a cumplir.

Pero si It resulta tan perturbadora no es sólo por su impecable acabado, sino por la inmersión emocional: consigue llevarnos de vuelta a la infancia. Como drama sobre la adolescencia es de lo mejor que recuerdo haber visto, y tengo que ir precisamente a obras de los años ochenta que fueron muy certeras en este campo, como El club de los cinco (John Hughes, 1985), Los Goonies (Richard Donner, 1985), E.T. (Steven Spielberg, 1982)… La nostalgia desde luego ayuda a que el público congenie con la historia y los protagonistas, pero hay que decir que el grupo de amigos refleja muy bien a cualquier pandilla de cualquier época sin atascarse en los estereotipos iniciales (el gordito, el pedante, el locuelo, la chica). Los autores dedican bastante tiempo a la presentación de cada uno y a la unión gradual, sin miedo a atascarse en ñoñerías y que el espectador olvide al payaso. La escena de la cantera es muy bonita, por ejemplo. Y esto me lleva a decir que me sorprende encontrarme con una cinta sobre la entrada en la adolescencia tan natural viniendo de un país que se autocensura tanto en estos temas: abordan el despertar sexual sin tapujo alguno.

Conforme vamos pasando por todos los traumas de padres ausentes, maltratadores y sobreprotectores, pandilla de matones, incapacidad para integrarse en lo considerado normal, etc., estás cada vez más metido en la pandilla como si fueras uno de ellos. Ni en las situaciones que podemos señalar como más forzadas (la madre neurótica) parecen pasarse de rosca, porque en todo momento consiguen que entremos de lleno en la suspensión de la realidad pretendida: es una pesadilla muy plausible y el payaso no es sino una hipérbole que la hace más espeluznante. Si esto no te ha pasado a ti, sí otra cosa parecida, o le ha ocurrido a algún conocido, y sea como sea, lo vives como si pudiera pasarte.

Es incuestionable que el reparto ha tenido mucho que ver en el fantástico resultado. Es asombroso como han logrado reunir a actores bastante jóvenes no sólo muy competentes, sino que se adaptaron con rapidez a sus personajes, haciéndolos tan suyos que hay escenas que apostaría a que salieron medio improvisadas. No sé qué tal estará el doblaje, ni quiero saberlo.

Un poco de la mejor nostalgia, de lo mejor del cine terror, y también un drama estupendo y bastante valiente han permitido que It cale bien hondo en todo el mundo. ¿Servirá para que en Hollywood se pongan las pilas buscando talento y calidad, o por el contrario azuzará la llegada de más títulos prefabricados sobre ideas y obras muy vistas?

Ver también:
-> It (2017)
It: Capítulo 2 (2019)

Días extraños


Strange Days, 1995, EE.UU.
Género: Suspense, ciencia-ficción.
Duración: 145 min.
Dirección: Kathryn Bigelow.
Guion: James Cameron, Jay Cocks.
Actores: Ralph Fiennes, Angela Bassett, Juliette Lewis, Tom Sizemore, Michael Wincott, Vincent D’Onofrio, William Fichtner, Josef Sommer.
Música: Graeme Revell.

Valoración:
Lo mejor: La combinación de cine negro con ciencia-ficción de corte cyberpunk. El tono adulto sin tapujos que explora los vicios del ser humano en un futuro plausible. El enérgico papel de Angela Bassett.
Lo peor: Un poco larga, un poco pagada de sí misma, para que a la hora de la verdad el thriller sea muy clásico y la resolución del complot un tanto rebuscada. El resto del reparto no está a la altura.
La fecha: La fiebre del cambio de milenio al acabar 1999 y entrar el año 2000 fue realmente absurda, porque el milenio empezó el día 1 de 2001.
El gazapo: Se ve claramente el cable que sujeta a un personaje que cae por un balcón.
La frase: Supones que tienes una vida, cuando en realidad traficas con las vidas de otras personas.

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Entre Mentiras arriesgadas (1994) y Titanic (1997) el titán James Cameron se puso a desarrollar una premisa que tenía en mente desde hacía mucho tiempo. Pero no quiso dirigirla, supongo que porque ya estaba inmerso, literalmente, en la recreación del famoso naufragio. Así que fue dejando paso a Kathryn Bigelow, quien fuera su esposa durante menos de tres años a finales de los ochenta. Entre ambos dieron forma a una historia muy del destilo de Cameron. Compleja, realista, con personajes muy humanos aunque la trama esté anclada en un universo de ciencia-ficción. Un tercer colaborador, Jay Cocks, que venía de trabajar con éxito con Martin Scorsese en La edad de la inocencia (1993), adaptó esta premisa al guion final. Bigelow no se llevó crédito como escritora, ni tan siquiera como productora, pero sí se encargó de dirigirla, sin que esté claro cuánto se implicó Cameron durante el rodaje. Tenía ya algunos títulos de acción a cuestas, destacando Lo llaman Bodhi (1991), aunque la fama no le llegó hasta que arrasó en los Oscar con una obra menor pero muy del gusto de la academia, En tierra hostil (2009), y luego con una superior pero tampoco brillante, La noche más oscura (2012). Su mejor cinta por ahora sigue siendo esta Días extraños.

Sin buscarlo, el proyecto llegaba tres años después de los graves líos raciales surgidos en Los Ángeles con el caso Rodney King y se rodó con el juicio de O. J. Simpson en marcha, así que el reflejo social que propone no podía ser más atinado. Corrupción de la policía y de las estrellas, conflicto racial, todo espoleado por la crisis económica, es el ambiente caótico, desesperado y a punto de explotar en el Los Ángeles del fin del milenio que nos presentan. Para evadirse, la nueva droga de moda no es un producto químico, sino una tecnología de realidad virtual que, conectada al cerebro, permite vivir las experiencias grabadas por otros como si fueras ellos. Lenny Nero, un policía venido a menos y expulsado del cuerpo, malvive trapicheando con estos videos, manteniendo una red clientelar según él exquisita. El único objetivo que lo mueve es recuperar a su antigua novia, ahora encaprichada de un agente de artistas que lleva al rapero más famoso del momento.

Como en una buena obra de cine negro, Nero se encontrará sin querer con un complot que le queda grande, jugando con la intriga de si entre toda la confusión conseguirá salir adelante. Me gusta mucho que el protagonista no sea el típico héroe, ya sea porque es presentado así o porque se sobrepone a sus limitaciones iniciales y termina venciendo a los malos (generalmente a tiros), sino que es un pringado obsesionado con sus vicios (ropa pija, clientes, la ex) e incapaz de ver la realidad, y cuando las cosas se joden da tumbos y recibe hostias por todos lados. Sólo consigue empezar a levantarse por la ayuda de sus amigos, otro ex policía, Max Peltier (el mítico secundario Tom Sizemore), la chófer y guardaespaldas Lornette Mason (Angela Bassett), y algún contacto de sus negocios. Esto le da al relato ese toque de realismo propio de Cameron y muy de agradecer en un cine obsesionado con villanos y héroes de cómic.

Los autores se toman las cosas con calma, a sabiendas de que hay que presentar un entorno verosímil y numerosos personajes entrelazados. El primer acto tiene algo del estilo de Paul Verhoeven en Robocop (1987), con información crucial (la historia del rapero) soltada en televisiones y el trasfondo de las escenas. Seguimos a Nero en un día normal, mostrándonos la vida en la ciudad, cómo funciona la tecnología, y conociendo a algunos personajes secundarios relevantes. Es un tramo entretenido, pero puede dar la sensación de que no se termina de concretar nada y quizá alguna parte podría haberse aligerado. Por ejemplo, el viaje con el cliente asiático de Lornette y la pelea de esta con Nero es un relleno innecesario, pues ya había quedado claro la relación entre ambos y ese personaje extra no aporta nada. Eso sí, cuando empieza a torcerse la cosa muchos detalles y otros individuos que han aparecido fugazmente cobran sentido.

Conforme Nero se ve hasta el cuello la también ciudad se degrada. Esa hábil combinación que realza la sensación de desconcierto y peligro además termina siendo crucial, porque el complot amenaza con terminar de hacer saltar todo por los aires. Los protagonistas corren a la desesperada, intentando encontrar alguna respuesta y salida, dando forma a un thriller magnífico que te atrapa y te zarandea tanto como a los personajes.

Pero le falta algo para resultar una obra perfecta. Lo cierto es que termina destacando más por el trasfondo de cyberpunk tan bien trabajado que por la calidad de la intriga criminal. Con el tono de ciencia-ficción y el detallismo en la reconstrucción de los problemas sociales cabe esperar que el noir se aparte también de lo ordinario, pero acaba más o menos como muchas del género. La pareja de policías que representan la corrupción del cuerpo (Vincent D’Onofrio y William Fichtner) no se trabaja tanto como otros personajes, aparecen y desaparecen quizá demasiado a conveniencia de la historia. Cuando enfocan en la fiesta del final a un secundario presentado tiempo atrás, se intuye rápidamente cómo resolverán el caso. El traidor de turno es forzado e inverosímil, lo que puede decepcionar después de tantos aires de grandeza con que han ido narrando el misterio. Ya he citado cierto exceso de metraje. Y también me sobran algunos flashbacks fugaces que aclaran las deducciones de los protagonista, como si tuvieran miedo de que no se entendiera la trama a pesar de apuntar claramente a un público adulto.

Pero no son problemas graves, sino pequeñas limitaciones que frenan un potencial mayor. La única carencia que me parece más destacable es que salvo Angela Bassett, que está espectacular, dura cuando debe serlo y agobiada cuando las cosas se desmadran, el reparto deja bastante que desear. Michael Wincott (Alien Resurrection, 1997) no transmite nada como cabrón desalmado, Sizemore no muestra el buen hacer y carisma de otros muchos papeles (Heat -1995-, por ejemplo), Juliette Lewis como la niñata que va en brazos de quien más la mime cumple en el morbo físico, pero como actriz da más bien lástima. El más importante, Ralph Fiennes, quien dejara muy buenas sensaciones en La lista de Schindler (1993), no convence con un registro muy limitado, es incapaz de mostrar ninguna de las muchas emociones que lo embargan, y si medio funciona es precisamente porque así cumple como panoli.

Bigelow levanta un thriller monumental con aspecto de superproducción a pesar de que el presupuesto fueron unos escasos 40 millones de dólares. Para las escenas del aparato de realidad virtual, con sus planos subjetivos, tuvieron que desarrollar una nueva cámara, pues no había con calidad cinematográfica (35mm) tan pequeñas en esa época. En la parte final se montaron una fiesta de verdad en plena plaza, cobrando entradas para amortizar un poco los gastos, con músicos como Aphex Twin y reservando un hotel entero.

Ese escenario grandilocuente disimula un poco los breves patinazos del guion en el desenlace. La celebración que representa el fin del milenio es espectacular, y la directora saca mucha tensión de las peleas, sobre todo la que ocurre en plena plaza con los policías corruptos. Su pulso enérgico y la buena fotografía sólo se ven empañados por un montaje precipitado en algunos momentos. Quizá quería dar ritmo a una película densa y larga, pero resulta un poco agobiante a veces. La música original tampoco es destacable, pero hay buenas canciones amenizando los ambientes de clubes y fiestas.

A pesar de su calidad, Días extraños fue un fracaso sonado y dejó el limbo la carrera de Bigelow, que tuvo que pasar por televisión (la serie Homicidio -1993-) para poder volver a recuperar la confianza de los estudios… que fueron en parte culpable del poco éxito: no sabían qué tenían entre manos y no le dieron publicidad. Parece otro caso de miedo a la ciencia-ficción, y más si es oscura y adulta, y eso a pesar de la carrera y fama de James Cameron, cuyo nombre encabezando los anuncios sin duda habría llenado las salas.

Día de patriotas


Patriots Day, 2016, EE.UU.
Género: Drama, suspense, acción.
Duración: 133 min.
Dirección: Peter Berg.
Guion: Peter Berg.
Actores: Mark Wahlberg, Michelle Monaghan, John Goodman, Kevin Bacon, Rachel Brosnahan, J. K. Simmons, Christopher O’Shea, Jimmy O. Yang, Alex Wolff, Themo Melikidze, Michael Beach.
Música: Trent Reznor, Atticus Ross.

Valoración:
Lo mejor: Excelente en lo audiovisual, correcta en el drama, neutral en los hechos, con tramos tensos y espectaculares.
Lo peor: Por decir algo, quizá había potencial para más.
Mejores momentos: La entrada del FBI. Las discusiones sobre si publicar información en los medios. El tiroteo contra el todoterreno.

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El maratón de Boston es la carrera más antigua y popular de Estados Unidos, y se da todos los años en abril en el festivo Día del Patriota. En 2013 sufrió un atentado que provocó por suerte sólo tres muertos, pues fue bastante aparatoso: dos atacantes con dos ollas con explosivos y metralla dejaron casi trescientos heridos y la cuidad se sumió en el terror durante días hasta que la amenaza fue neutralizada.

Peter Berg por entonces era un guionista y director (y a veces actor) que aparte de la atípica obra de culto Very Bad Things (1998) no daba muy buenas sensaciones. La sombra del reino (2007), Hancock (2008) y Battleship (2012) eran bastante flojas, y las series en que participó también. Pero la cosa ha cambiado desde entonces. Con El único superviviente (2013) y esta Día de patriotas se ha alzado como uno de los referentes de la acción con tintes dramáticos e históricos del momento, mostrando una madurez que bien le podía haber garantizado más reconocimiento y premios de los ha obtenido. Pero su estilo huye de la sensiblería y el ensalzamiento patriótico estándares de los Oscar y Globos de Oro, que sí cumplió por ejempelo una cinta menor pero multipremiada como En tierra hostil (2008).

Hay que recalcar que es todo un logro que Día de patriotas sea tan objetiva y neutral, porque la idea era hacer un homenaje a las víctimas y a la ciudad, y porque Estados Unidos es muy egocéntrico por lo general y esa herida caló hondo en la sociedad, así que cabría esperar un tono más lacrimógeno y a la vez vengativo, y por extensión sesgado. Pero Berg trata de mostrar qué ocurrió, quién lo sufrió y cómo la ciudad sobrepuso a la desgracia sin tomar partido emocional excesivo (sólo encontramos esto en los créditos finales, con las entrevistas a los implicados) ni meterse en berenjenales ideológicos. Así, no entra en la cuestión de cómo nace un terrorista, cómo se les pasó a las agencias de seguridad (uno de ellos estaba en las listas de distintas agencias y gobiernos como más que posible terrorista), de cómo la ciudad estuvo de facto bajo la ley marcial, algo impensable por ejemplo en Detroit con mucho más asesinatos al año, o cuando un supremacista blanco la lía parda, que ocurre muchas más veces de las que hay atentados de radicales islamistas y ni siquiera lo llaman terrorismo.

El único apunte crítico que hay emerge inevitablemente del relato de los hechos. Con tantas agencias trabajando juntas se provoca algún roce y retraso en toma de decisiones, mientras que por el lado contrario los medios hacen su agosto señalando incluso falsos culpables con las prisas. Sin embargo, no se para a ahondar y criticar esa problemática de las excesivas agencias con agendas propias y muchas fallas, que es bien patente desde el 11-S y el Katrina, ni que ningún medio de información pagó por la terrible injusticia de señalar a un ciudadano cualquiera como terrorista sin pruebas tangibles, sólo para vender más. Lo menciona porque ocurrió y pasa a otra cosa.

También es inevitable que haya algo de cursilería (las parejitas y sus frasecitas románticas, el intento de ligar del chino…), porque no hay mucho margen de maniobra al mostrar el día a día de gente corriente sin salirse por la tangente contando cosas más rebuscadas. Pero quizá el propio Berg lo sabía y desarrolla un personaje central ficticio que dirija mejor la historia y conecte mejor con el espectador que esas anécdotas. El personaje es muy sólido, funciona como nexo de toda la historia, centraliza y visibiliza el esfuerzo de la policía local, y Mark Wahlberg está más esforzado que de costumbre… pero aun así se llevó algunas críticas por no ser real; está claro que no llueve al gusto de todos.

El reparto es llamativo, pero con tanto personaje y salto de escenario pocos tienen tiempo para lucirse. Aparte del correcto Wahlberg el que más destaca es un sombrío e imponente Kevin Bacon como agente especial del FBI: con su mirada ya deja claro que está al mando.

Pero el nombre a recordar es Peter Berg, que construye este complejo, caótico y trágico evento como si fuera fácil. El ritmo es ágil en las partes menos intensas, los cambios de escenario no hacen que pierdas el hilo, y sintetiza bien incluso cuando se encuentra ante alguna dificultad importante: hay individuos cruciales en la parte final de los hechos, como el agente encarnado por J. K. Simmons y el estudiante chino en manos de Jimmy O. Yang, pero el realizador los presenta poco a poco sin dar la sensación de que rompen el flujo de acontecimientos.

Para la parte final nos trae un colofón de infarto. El intento de los terroristas de viajar a Nueva York pega un subidón en el factor suspense, y aunque conozcas más o menos el final de los acontecimientos sufres por los implicados y la tensión en el ambiente es palpable. El tiroteo que acaba con la vida de uno es memorable, de lo mejor en acción realista que se ha visto probablemente desde Heat (Michael Mann, 1995), pero cuando el hermano superviviente huye no hay sensación de bajón, sigue manteniendo la expectación.

Atención también al sorprendente y magnífico trabajo con efectos digitales. No se rodó en la calle, sino en un decorado con pantallas verdes que luego fueron sustituidas con ordenador por los bloques de edificios. No me di cuenta hasta que vi por casualidad una fotografía del rodaje.

Día de patriotas se puede disfrutar de varias maneras. Como homenaje, como drama, como thriller, como cinta de acción, y en todos los ámbitos cumple sin problemas cuando no impresiona.

El protegido


Unbreakable, 2000, EE.UU.
Género: Suspense, drama, superhéroes.
Duración: 106 min.
Dirección: M. Night Shyamalan.
Guion: M. Night Shyamalan.
Actores: Bruce Willis, Samuel L. Jackson, Robin Wright, Spencer Treat Clark.
Música: James Newton Howard.

Valoración:
Lo mejor: Original, sugestiva, hecha con mucho mimo.
Lo peor: Lenta en un primer visionado, se puede hacer pesada en los siguientes, porque se basa mucho en golpes de efecto y el aspecto audiovisual es superior al contenido.

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Tras deslumbrar a medio mundo con El sexto sentido en 1999, M. Night Shyamalan tomó un camino que descolocó a los que esperaban más de lo mismo, suspense y terror. De hecho, el primer tráiler parecía anunciar una de miedo, y el segundo no dejaba muy claro de qué iba. El protegido es una obra muy arriesgada y personal, con lo que llega con intensidad a algunos espectadores y choca frontalmente con otros, sobre todo si se va con ideas preconcebidas y la mente cerrada. Ofrece un perspectiva insólita del género de los superhéroes tanto en forma como en contenido, pero la cinta tiene más capas, porque también es un drama bastante certero.

Huyendo de mundos de fantasía y personajes con superpoderes grandilocuentes representados con muchos efectos especiales en aparatosas escenas de acción, el indio apuesta por tomar una perspectiva más realista y contenida, centrando el relato en el drama de dos individuos bastante normales y un entorno mundano y aburrido. Las bases, el argumento más clásico y muchos clichés del género de superhéroes están presentes, pero mostrados desde este ángulo tan humano. También es evidente que quiere homenajear al género, no sólo darle vuelta de tuerca. Las referencias a los orígenes, los cánones y otros detalles de este arte son constantes en todo el metraje, y además se funden con naturalidad con la trama y la descripción de los protagonistas.

El héroe es superior en lo moral y lo físico al hombre común, y por lo general también al supervillano, que se apoya en su intelecto retorcido para buscar ventaja exprimiendo diversos recursos y tecnologías y tratando de adelantarse a los planes de su némesis. El héroe es bueno de corazón, pero debe elegir entre una vida normal y la sacrificada responsabilidad de estar de guardia para salvar a desconocidos cada dos por tres, con lo que su viaje no está exento de dilemas; además, su contrincante suele ponerlo ante problemas y elecciones complicados. El enemigo se divide en dos tipos, los criminales comunes y el supervillano. Los primeros suelen servir únicamente para presentar al héroe y su aprendizaje. El villano emerge de una vida dura que se complica por los fallos del sistema, y actúa con rabia destructora que se agrava porque el bueno desbarata sus proyectos cada dos por tres. El autor reincide en la idea de que la dualidad es necesaria para el nacimiento y maduración de ambos: sin uno, el otro no tendría mucha razón de ser, y los dos se retroalimentan.

Estos conceptos están desarrollados a través de un drama sencillo, combinados con los problemas cotidianos de la gente de forma que vemos más de cerca que nunca a la persona real tras el superhéroe. En algunos cómics, como Superman o Spider-Man, se ha abordado ese aspecto, pero casi siempre es para poner en apuros al protagonista, con familias y amigos en peligro por culpa de los malos, y también para aportar algo de comedia con los choques entre las dos vidas. Shyamalan va a conflictos más oscuros y profundos pero que cualquier persona ha sufrido o puede sufrir alguna vez.

David Dunn es un guarda de seguridad que ve pasar los años sin que la existencia termine de llenar su vacío. Elecciones pasadas le hacen recordar que podía haber tenido otra vida, una de ensueño como deportista, y por ello es incapaz de ver lo que tiene delante. El matrimonio hace aguas, el niño es una carga, el trabajo lo aburre… Elijah Price en cierta manera va en sentido contrario. Se atribuye un lugar en el mundo, pero su vida y sus ambiciones chocan con sus limitaciones, y la frustración marca su personalidad. El encuentro entre ambos promete despertar el potencial de cada uno, pero antes tienen que enfrentar sus demonios internos y los efectos secundarios en su círculo cercano. Cabe destacar la parte del hijo de David, que sufre las consecuencias en algunas escenas muy potentes.

Bruce Willis nos dejó a cuadros en El sexto sentido con una interpretación seria y muy conmovedora después de estar décadas interpretando a distintas versiones de John McClane (La jungla de cristal, 1988), y aquí se mantiene en esa línea, aunque quizá un peldaño por debajo. Samuel L. Jackson capta muy bien la aflicción y cólera de Elijah. El joven Spencer Treat Clark está estupendo como niño confundido. Sólo Robin Wright queda un poco descolgada, pero también es cierto que su personaje es más secundario.

Con la contención citada, el relato avanza sin vistosos encuentros entre los dos protagonistas, sino con mucho diálogo y mucha exposición sutil que desgrana poco a poco los sentimientos, los miedos y los apáticos esfuerzos que hacen cuando la realidad trata de imponerse. Por ejemplo, desde la magistral presentación donde David se guarda el anillo esperando tener una aventura romántica se hace palpable su melancolía y el distanciamiento con su familia, y el accidente de tren no se ve, se muestra como lo viviría él, haciéndonos partícipes del cambio inesperado y cómo le afecta. Pero infinidad de detalles visuales y algunos diálogos muy certeros abundan por el relato; me gustan especialmente aquellos planos donde David mira algo y la cámara tarda unos segundos en acercarse a ello, matizando el estado de ánimo del personaje (expectante) y también el suspense.

Y es que el esfuerzo en la puesta en escena hace gala de una inteligencia y una cantidad de recursos asombrosa. Plano a plano Shyamalan compone un mosaico de sensaciones y belleza muy singular, y demostró que El sexto sentido no fue un momento puntual de inspiración sino la presentación de uno de los mejores directores del momento. La música de James Newton Howard, con una efectiva base electrónica, termina de realzar tanto el drama como la intriga, y brilla en los momentos de revelación, como la escena de David en la estación abriendo los brazos para conectar con la gente.

Pero, después de todo, la película se queda corta. Por la razón que fuera, Shyamalan va a un mínimo muy justo. Con el guion que desarrolla da la sensación de que no hay suficiente para un largometraje, sino que iría mejor en un capítulo de una serie tipo Dimensión desconocida (1959) o Más allá del límite (1963 y 1995). Así, rellena bastante, reincidiendo en algunas cosas (los encuentros con Don Cristal se repiten más de la cuenta), estirando el drama de la separación (alguna conversación, sobre todo la de la cita reconciliadora con la esposa, se alarga mucho)… y en cambio, donde debería haber más metraje, en el final, corta por lo sano porque prefiere terminar con el subidón del giro sorpresa. Resume con texto en pantalla lo que deberíamos ver, de forma que, aunque salieras del cine asombrado por el golpe de efecto, en los revisionados empieza a pesar la impresión de que después de todo no es un giro tan efectivo y faltaban por contar cosas. Cabe pensar que agilizando el ritmo mejoraría la experiencia y además cabría un enfrentamiento entre héroe y villano mejor trabajado, pues después de tanto tratar el tema y prometer termina abruptamente sin abordarlo.

Por ello no veo la obra maestra que defienden algunos, pero El protegido sin duda se ha de considerar una cinta de culto, original como pocas, hecha con gran amor al arte y a lo que se está contando.

Más tarde Shyamalan afirmó que tenía en mente una trilogía, pero quedó en el aire con el posterior declive de su carrera. Pero se atrevió a volver a tantear esa idea en Múltiple (2016), y con su arrollador éxito puso pronto en marcha una nueva película que combinara ambas, Glass (2019), formando dicho tríptico.