El Criticón

Opinión de cine y música

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Aquaman


Aquaman, 2018, EE.UU.
Género: Superhéroes.
Duración: 143 min.
Dirección: James Wan.
Guion: David Leslie Johnson-McGoldrick, Will Beall, James Wan, Geoff Johns.
Actores: Jason Momoa, Amber Heard, Willem Dafoe, Patrick Wilson, Nicole Kidman, Dolph Lundgren, Temuera Morrison, Yahya Abdul-Mateen.
Música: Rubert Gregson-Williams.

Valoración:
Lo mejor: Algunas mejoras respecto al resto de la serie: estilo y escritura, efectos especiales y, sobre todo, dirección. Un reparto bien elegido. Vestuario impresionante.
Lo peor: Con todo, es un poco tontorrona y demasiado previsible, y los efectos especiales tienen todavía momentos muy cantosos. La banda sonora es horrible, y la selección de canciones peor.
Mejores momentos: Las peleas en el submarino y en el pueblo italiano.

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La gestión de la saga DC o La liga de la justicia, como prefiráis, ha sido caótica, por no decir desastrosa. La idea de una serie de películas que combinara diversos personajes de DC Comics estuvo dando vueltas en el estudio Warner Bros. desde finales de los noventa, pero nunca terminaba de ponerse en marcha. Hay muchas historias que contar ahí (Superman escrito por Kevin Smith y dirigido por Tim Burton con Nicolas Cage de protagonista, Batman vs Superman dirigido por Wolfgang Petersen y escrito por Akiva Goldsman, La liga de la justicia dirigida por George Miller…), pero no lograban sacar la serie adelante, y menos con el fracaso de cintas que se lanzaron a hacer con prisas y sin tener ideas claras, ya por desesperación de estrenar algo, como Superman Returns de Bryan Singer (2006) y Linterna Verde de Martin Campbell (2011). Pero el éxito del Batman de Christopher Nolan (2006), que se gestó aparte de este concepto de héroes unidos o universo cinematográfico, dio el empujón final.

Los directivos del proyecto, Geoff Johns y Jon Berg, idearon un plan de al menos diez películas, pero han ido dando traspiés uno detrás de otro. Tras la tibia recepción de El hombre de acero de Zack Snyder en 2013 y viendo que Marvel les comía terreno, echaron un órdago de forma improvisada y apresurada, saltando a la unión de varios personajes con Batman vs. Superman: El amanecer de la justicia sin haber tenido las películas de presentación de Batman y otros secundarios y manteniendo al frente creativo a Snyder a pesar de que todos los problemas de la cinta inicial eran debidos a su estilo fallido y su nula visión cinematográfica. Pero seguían sin tener claro lo que hacer, pues dicha producción, iniciada a finales de 2013, se alargó con constantes cambios, retrasándose el estreno hasta marzo de 2016. Para rematar las malas decisiones, enlazaron ese proyecto con la siguiente fase, Escuadrón suicida y Wonder Woman, sin esperar a ver el resultado artístico y comercial. Pero tras el fracaso sonado de Escuadrón suicida (David Ayer, agosto de 2016), a Wonder Woman (Patty Jenkins, junio de 2017) le metieron cambios a contrarreloj (incluso tuvieron que eliminar digitalmente el embarazo de la actriz) para intentar alejarse del tono Snyder. Y este a la vez estaba ya inmerso en la siguiente unión de los héroes, La liga de la justicia. El estreno de Wonder Woman empezó a mostrar tibias mejoras en calidad y recepción del público y por fin tomaron nota de que lo que fallaba era la obstusa visión del incompetente de Snyder y la de esos productores que le habían permitido tener demasiado control creativo y continuar pese a los fiascos nada menos que durante tres películas. Pero la cosa estaba clara ya, y prescindieron de él en pleno rodaje. Demasiado tarde, porque por mucho que contrataran al gran Joss Whedon (Los Vengadores 1 y 2), poco pudo hacer para arreglar el desaguisado. Tras el estreno en noviembre de 2017, los directivos también fueron despedidos, tomando las riendas Walter Hamada. Para la siguiente entrega de un héroe en solitario, Aquaman, desde el principio han buscado a un realizador con experiencia demostrada y han tratado de cuidar más el guion. Y falta mencionar el dinero, la cantidad de billetes que tiraron en esos caóticos rodajes: Aquaman habrá costado cien o incluso doscientos millones menos que Batman vs. Superman y La liga de la justicia y luce infinitamente mejor.

La mejoría se nota, pero también está claro que todavía falta mucho que recorrer. Eso sí, no creo que podamos decir que el inicio de la remontada (esperemos que sea eso y no sólo un caso aislado) llegue tarde. El público es poco exigente, y si fue en masa a las anteriores a pesar de echar pestes sobre ellas, esta, con un boca a boca decente, ha hecho caja a lo grande, superando los mil millones de dólares de recaudación mundial. Si es que no hace falta mucho para funcionar con una temática de moda, sólo que sea entretenida.

James Wan inició su carrera en el terror serie b con Saw (2004). A pesar de su nula calidad tuvo un éxito abrumador y le permitió optar a proyectos más ambiciosos con mayor libertad, donde fue cogiendo experiencia hasta llegar a The Conjuring (2013), esta sí, una de terror tradicional pero muy sólida que se puede considerar un referente moderno del género. Por si fuera poco, demostró también su valía en el cine de acción con Fast & Furious 7 (2015), que terminó de asentar una saga que iba madurando con el tiempo. Teniendo ya una fama que le permitiría hacer lo que quisiera, es extraño que elija franquicias, pero mejor para nosotros: su llegada a DC prometía traer un soplo de aire fresco.

El visionado confirma una narrativa muy superior a la de Zack Snyder y la de David Ayer (el de Escuadrón suicida, un director y escritor regulero con más fama de la que merece: nadie se acuerda ya de Día de entrenamiento, Corazones de acero y Sin tregua a pesar de que las pusieron por las nubes, y en cambio su único trabajo original y de calidad, Sabotaje, pasó sin pena ni gloria). Y también muestra más personalidad y valentía que la labor de Patty Jenkins en Wonder Woman, bastante profesional pero sin garra alguna. La imagen tiene color y vida, no está tratada de forma artificial para… no sé cuáles eran las intenciones de Snyder, nadie lo sabe, pero todo quedaba oscuro, falso y feo. La historia posee ritmo y coherencia, no es una sucesión de postales rebuscadas sin visión global del desarrollo argumental y emocional. Cabe destacar sobre todo su habilidad para unir distintas secuencias con movimientos de cámara y fundidos, de forma que agiliza las numerosas transiciones entre escenarios y flashbacks; por el contrario, Snyder es de apelotonar todo sin ton ni son, incluso dejando huecos enormes. Wan también se atreve a mantener los intentos de darle un toque distintivo a las escenas de acción con cámaras lentas y trávellings circulares complicados, pero los resuelve con un dominio de la cámara y un montaje soberbios al lado de la tosquedad de Snyder y los fallos puntuales de Jenkins, que iba bien hasta que se atascaba en estos enredos.

Desde las peleas en el submarino, un escenario interior muy limitado, Aquaman impresiona como debería hacerlo cualquier título decente de acción o superhéroes. Y con la ayuda de un vestuario muy elaborado y unos efectos especiales de buen nivel, el acabado es digno de ver en cine (o en IMAX, pues rodaron casi toda la película en ese formato). Eso sí, hay que matizar que en cuestión de efectos especiales todavía está muy por debajo del nivelón de las sagas de referencia, Los Vengadores y Transformers, con algunos momentos donde la integración de fondos y actores canta bastante; pero ya no hablamos de un aspecto de cine cutre como en el resto de la serie. Lo único que falla realmente es la banda sonora original de Rupert Gregson-Williams, muy limitada y un tanto ruidosa, y la selección de canciones, tan malograda que parecen haber elegido temas comerciales rematadamente malos para hacer alguna clase de chiste.

El guion, escrito a varias manos, incluyendo al propio Wan, pretende dejar de lado la fallida pretenciosidad en la que Snyder había enquistado la serie, derivando hacia un tono más aventurero y relajado, y trabajar mejor la trayectoria de los protagonistas, que antes no sabías qué motivaba a Superman y Batman, no digamos ya a los secundarios. En cierta manera lo consigue, pero estábamos atascados en un nivel tan bajo que ahora aplaudimos un guion de aprobado por los pelos. No tiene nada que ofrecer a un género muy gastado, y más cuando la propia premisa bebe tanto de clásicos de la cultura: mitos griegos, trama “shakesperiana”, nacimiento del héroe y aceptación de su destino… Así, una vez presentado el argumento se ve venir toda la película, y los escritores no ofrecen ningún momento de inspiración que aporte alguna novedad. De hecho, hay partes (como ese prólogo que repite la misma frase una y otra vez, incapaz de ir al grano) que piden a gritos una última reescritura que otorgue algo más de originalidad y solidez. Donde aciertan es a la hora dotar a la aventura de simpatía además de claridad, y a los personajes de carisma además de unas motivaciones concretas, lo que basta para ofrecer un entretenimiento digno.

Aquaman es el típico individuo con capacidades superiores a la media pero que rechaza la difícil responsabilidad que los demás intentan ponerle encima; Mera es la mujer madura y decidida que trata de ponerlo en camino (aquí no se les acusa de feminismo forzado, eso solo pasa en la competencia); Orm el rey ambicioso; Nereus el político prudente que se deja llevar por la corriente; y así con todos. Pero de todos sacan bastante entre guionistas y un reparto muy bien elegido, de forma que Aquaman (Jason Momoa) tiene una personalidad magnética, Mera (Amber Heard) es más encantadora que rígida, y juntos tienen gran química (más que la pareja protagonista de Wonder Woman, Diana y Steve Trevor). Orm (Patrick Wilson) funciona aceptablemente bien como villano, y Nereus (Willem Dafoe) y otros secundarios aportan su granito de arena a unas relaciones y confrontaciones facilonas pero lo justo de emocionantes.

La odisea que induce la maduración del héroe y la intriga de la corte se desgranan con un ritmo enérgico, más teniendo en cuenta que hay mucho que explicar y que una vez las cartas están sobre la mesa todo resulta predecible. Se acumulan escenarios vistosos sin grandes baches de ritmo e interés, los protagonistas aprenden unos de otros o de sí mismos en un sinfín de aventuras muy moviditas. Hay partes espectaculares, como la citada secuencia del submarino, la pelea por los tejados y calles de la ciudad italiana, los planos de la Atlántida y sus gentes…

Pero imperfecciones todavía quedan muchas, aparte de su falta de novedades y calado. Tenemos algunos diálogos épicos forzados, algún chiste más tonto de la cuenta, un par de tramos de transición mejorables (por ejemplo, la escena de la fuente de Italia es un tanto cursi y a la revelación posterior le falta trascendencia), y algún instante de vergüenza ajena (el tipo que se va andando cuando Aquaman levanta la tonelada de piedras que aplastan sus piernas). Pero más grave son dos factores clave. Primero, el villano secundario, Manta Negra, no convence y parece ajeno al resto de la trama, añadiendo demasiado metraje extra innecesario, y el diseño de su traje parece más propio de una producción japonesa de baratillo. Segundo, en el acto final (desde la llegada a la Fosa) optan demasiado por los fuegos artificiales, de forma que parece que estás viendo una batallita de un videojuego en vez de una historia que pueda conmoverte. Deberían haber potenciado el conflicto político y personal entre las escenas de acción, y con situaciones más originales, pero la batalla global y el enfrentamiento entre los protagonistas van por separado, alargando un desenlace muy facilón con muchos más minutos de la cuenta.

Una película como esta (obviamente si es superior, mejor todavía) tenía que haber sido el comienzo de la serie, y a partir de ahí ir madurando y creciendo en complejidad hasta que estuviera lista para saltar a la unión de todos los personajes en una entrega más grande. Como reza el dicho, no se puede empezar la casa por el tejado. Quizá deberían hacer borrón y cuenta nueva, es decir, continuar la saga como si no existieran las tres grupales que llevamos (Batman vs. Superman, La liga de la justicia y Escuadrón suicida) y trabajarse mejor las venideras cintas en solitario (Cyborg, Flash y la segunda de Wonder Woman y Joker están en proceso, queda por ver qué pasa con la de Batman y la secuela de El hombre de acero, y si se atreven con otros). Y si estas dan buenos resultados podrían plantearse entonces hacer una unión de los héroes como es debido, con la experiencia adquirida, la mayor profundidad de los protagonistas y su universo. Inesperadamente, todo apunta a que van a probar esta idea con la segunda parte de Escuadrón suicida, que prácticamente será un reinicio de la mano de un autor que también ha demostrado su valía, James Gunn. Este es el realizador de la subserie Guardianes de la galaxia de Marvel, así que entre esto y que ficharon a Joss Whedon para tratar de salvar La liga de la justicia, parece que los productores de DC han admitido la derrota y tratan de levantar cabeza.

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Serie La liga de la justicia:
El hombre de acero (2013)
Batman vs. Superman: El amanecer de la justicia (2016)
Escuadrón suicida (2016)
Wonder Woman (2017)
La liga de la justicia (2017)
-> Aquaman (2018)

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The Conjuring 2 (Expediente Warren: El caso Enfield)


The Conjuring 2, 2016, EE.UU.
Género: Terror.
Duración: 134 min.
Dirección: James Wan.
Guion: James Wan, Carey Hayes, Chad Hayes, David Leslie Johnson.
Actores: Patrick Wilson, Vera Farmina, Madison Wolfe, Frances O’Connor, Lauren Esposito, Benjamin Haigh, Patrick McAuley, Simon McBurney, Franka Potente.
Música: Joseph Bishara.

Valoración:
Lo mejor: Cantidad de suspense y sustos. Buen ritmo. Banda sonora monumental.
Lo peor: Abusa un poco de sustos sonoros y de metraje. Merecía un desenlace más elaborado.
Mejores momentos: Cada plano a la tienda de campaña. El cuadro de la monja.
La frase: ¡Es mi casa!
El título: Es demencial, cada vez tienen menos sentido lo que hacen en las distribuidoras españolas. Han mareado cambiándole el nombre varias veces sin saber qué ponerle y tratando de meter de alguna manera The Conjuring por ahí (Expediente Warren 2: The Conjuring, se llamaba inicialmente), algo de lo que luego desistieron… para metérselo a la primera parte. Sí, han terminado cambiándole el nombre oficial a la primera también (antes Expediente Warren, ahora Expediente Warren: The Conjuring). También es cierto que el original es muy ambiguo, pues conjuro como que no hay, sino posesiones y poltergeist… Pero es su título y punto, no eres quién para modificarlo a tu gusto. Al final la gente la conoce como The Conjuring, como suele pasar.

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The Conjuring fue un éxito rotundo. Con veinte millones de dólares de presupuesto, el boca a boca y las buenas críticas la llevaron a recaudar más de trescientos. Y es que inesperadamente fue una cinta de terror que aterraba, algo nada común en un género ahogado en series b olvidables en su mayoría, empezando por la propia filmografía del director James Wan: perpetró series chusqueras pero exitosas como Saw e Insidious, y no tiene reparos en dejar que otros extiendan su legado: Annabelle. En este panorama, excepciones como The Conjuring, La visita, Babadook y La bruja son casi milagros, y claro, la gente se excita más de la cuenta, como si estuviéramos ante obras maestras, ante cintas revolucionarias. Y no, son buenas sin más.

The Conjuring 2 mantiene las formas del capítulo inicial. No es nada novedosa (El exorcista es la primera que viene a la mente), se aferra demasiado a los elementos de probada eficacia sin atreverse a experimentar, a buscar novedades, pero se ve esfuerzo por narrar las cosas bien, por construir unos pilares sólidos antes de incluir los sustos de rigor. Porque todavía hay muchos que no se enteran de que un golpe sonoro y el fantasma o monstruito de turno (incluido el propio Wan con Insidious) no basta para acojonar. Hay que plantar y regar una historia en la que puedas sumergirte, unos personajes con los que conectar y una atmósfera sugerente que te ponga con los nervios a flor de piel.

Nada más empezar se nota que se esmera en dotar de vida y personalidad a los protagonistas de forma que, aunque es muy fácil saber qué capítulo vendrá a continuación, no importa demasiado porque estás implicado de lleno con las dos familias, intrigado por cómo saldrán de esa. Tan sólo hay un detalle criticable: le sobra el tono absurdo de “estoy ocurrió de verdad” del prólogo y el epílogo, como si trataran de defender esta leyenda y a los timadores y fanáticos/dementes implicados. Pero por suerte luego no tratan de explicar la fantasía con chorradas pseudocientíficas como en Insidious.

En lo que se diferencia respecto a la anterior es que Wan persigue más de la cuenta la clásica idea de que la secuela debe ser “más y mejor”. Por suerte, los nuevos puntos grises no llegan a convertirse en fallos importantes porque se eclipsan bastante por sus muchas virtudes, pero obviamente queda la duda de si cambiando poca cosa podría haber salido una mejor película.

Primero, casi cae en el error de excederse un poco con los golpes de sonido. Pero hay que decir que estos se emplean como sobresaltos secundarios o sustos rápidos que van salpicando un relato tenebroso, agobiante, con tramos angustiosos y donde hay otros muchos sustos de primer orden que te pondrán los pelos de punta. La tienda de campaña en el pasillo, el sofá inquietante (un cliché viejísimo pero bien usado) y sobre todo la maldita monja y su cuadro garantizan momentos de buen terror incluso para el espectador más curtido. La escena del cuadro a oscuras es espeluznante, a la altura de la bajada del sótano que acaba en aplauso de la primera parte. Además la calidad del sonido es muy buena, y para rematar tenemos una banda sonora de Joseph Bishara muy inteligente y compleja: infinidad de recursos y estilos acompañan a las imágenes formando varios puntos álgidos espectaculares.

También está a punto de pasarse con el metraje, pues hay un par de escenas redundantes que se podría haber ahorrado. Una clara es la reunión en un bar, que no aporta nada, pero el momento guitarra también es prescindible, se extiende mucho para transmitir algo ya evidente. En cambio debería haber puesto esos minutos en la parte final, pues el desenlace me parece un poco precipitado: le hubiera venido bien una lucha más elaborada con el demonio, pues el clímax se presenta muy intenso pero se resuelve con demasiada facilidad, con un truco muy simple. Pero en líneas generales el ritmo es bastante bueno, siempre están pasando cosas, no hay lugar al descanso. Si la parte de la familia víctima está en un receso obligado (como la huida a la casa de los vecinos), nos vamos al hogar de los Warren a desarrollar estos caracteres y pasar miedo ahí. Prácticamente cada capítulo tiene su intento de asustar, y la verdad es que no parece forzado, incluso los más tramos más débiles mantienen cierta tensión y van desarrollando la historia y moviendo a los personajes con bastante tino. Pero como decía, cabe pensar que recortando y afinando los breves momentos poco sustanciosos y los repetitivos, y exprimiendo mejor el final, la proyección hubiera sido una auténtica montaña rusa.

El buen trabajo actoral, donde de nuevo tenemos actores muy jóvenes bien seleccionados y veteranos de buen nivel, se ve empobrecido un poco con el doblaje, lleno de voces demasiado comunes o poco adecuadas (lo típico de que algunos niños suenan falsos), con lo que continúo esperando el día en que los cines tengan salas en versión original subtitulada en castellano. Alguno hay, pero siguen siendo muy pocos. Entre esto, la poca calidad de muchos cines (por dejadez de sus encargados), las miserias de las distribuidoras (la Warner pide tanto dinero que no pueden hacer ofertas como el día del espectador) y el no aguantar jaleos (la sala llena de adolescentes maleducados), cada vez somos más los aficionados que muchas veces preferimos esperar al bluray. Luego lloran de la pérdida de espectadores…

Bone Tomahawk


Bone Tomawahk, 2015, EE.UU.
Género: Western, gore.
Duración: 132 min.
Dirección: S. Craig Zahler.
Guion: S. Craig Zahler.
Actores: Kurt Russell, Patrick Wilson, Matthew Fox, Richard Jenkins, Lili Simmons.
Música: Jeff Herriott.

Valoración:
Lo mejor: Personajes, actores.
Lo peor: Se desaprovechan por completo en un relato inerte y soporífero.

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Empezó su andadura por festivales en octubre de 2015 (incluyendo Sitges), y apenas ha llegado a otros países, aunque sorprendentemente sí a España, pero eso sí, con un estreno limitadísimo. Los pocos que la han ido viendo hablaban bien de ella, así que decidí darle una oportunidad esperando que, como ocurrió con Slow West y The Salvation, encontrara un atractivo filme independiente del género. Sin embargo mi decepción ha sido monumental, ha resultado uno de los visionados más aburridos que he soportado en los últimos años.

Lo peor es que inicialmente promete mucho, es decir, que sabe a engaño. La presentación de los personajes es certera y juega bien con los elementos clásicos del cine del Oeste: tenemos roles claros, como el sheriff curtido, el galán presumido, el amigo fiel… Todos resultan verosímiles, y sumado al carisma que le otorga el reparto de grandes actores, se prometía una buena dinámica entre ellos. Sin embargo no hay más en la película tras la introducción. Es como si hubieran robado el guion y el realizador improvisara de mala manera. Una vez empezada la búsqueda de la chica raptada, a lo Centauros del desierto, la narración muere por inanición. La odisea carece de contenido, los diálogos son mediocres, todas las escenas repiten el mismo patrón: el pijo engreído fastidiando, el vejete siendo simpático, el sheriff prudente… Damos vueltas en círculos durante dos eternas horas, sin avanzar realmente en las relaciones y atascados en un viaje que no parece ir hacia ninguna parte.

El giro al gore, cuando llega, ni aporta nada nuevo ni levanta el interés, sino que el nivel sigue cayendo porque una vez plantadas las bases del arco final todo se ve venir de lejos con una facilidad pasmosa: no hay ni una sola escena que no se intuya al completo antes de empezar. Y no hay más chicha, porque la atmósfera carece de intriga y temor, solamente es gore, es decir, destripamientos y amputaciones verdaderamente asquerosas.

Fuera lo que fuera lo que intentara rodar S. Craig Zahler en esta su primera incursión como director, se ha estampado a lo grande. Western clásico, road movie, serie b de terror, gore… Ningún género lo coge con determinación y la combinación de ellos es inexistente, pues salta de uno a otro sin tacto alguno. La más parecida en estilo que recuerdo es la muy recomendable Ravenous, original, alocada y trepidante, todas virtudes de las que carece Bone Tomahawk.

Es una de esas ocasiones en que me arrepiento de no haber quitado la película, pero es que me da rabia dejarlas a medias, sin saber si al final mejora aunque sea para salvarla por los pelos. Además, siempre puedo desquitarme en el blog.

The Conjuring (Expediente Warren)


The Conjuring, 2013, EE.UU.
Género: Terror.
Duración: 115 min.
Dirección: James Wan.
Guion: Chad Hayes, Carey Hayes.
Actores: Patrick Wilson, Vera Farmiga, Ron Livingston, Lili Taylor, Mackenzie Foy, Joey King.
Música: Joseph Bishara.

Valoración:
Lo mejor: Tradicional y efectiva. Bien rodada. Personajes interesantes.
Lo peor: Lo tradicional a veces es también previsible, muchas escenas se ven venir de lejos.
Mejores momentos: La visita al sótano. El aplauso.

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Inesperadamente The Conjuring ha resultado un título muy recomendable, una grata resurrección de un género ahogado en películas menores y mediocres. De hecho, el propio realizador James Wan ha sido artífice de sagas populares pero de baja calidad, como Saw o Insidious.

Hay metraje más que de sobra dedicado a describir a los protagonistas, sus puntos débiles y fuertes, sus problemas y esperanzas, de forma que cuando empiezan a ocurrir desgracias tenemos en quien fijarnos, con quien sufrir. Cuando un personaje se acerca a un momento de peligro, la conexión establecida con el espectador funciona mil veces mejor que cualquier efecto sonoro forzado para asustar.

Y esa buena base no se desaprovecha. James Wan maneja el tempo narrativo con gran paciencia, controlando la secuencia milimétricamente usando la combinación más acertada de fotografía, iluminación, sonido y dirección de actores. Juega con el miedo a lo desconocido, con el sugerir más que el mostrar (la niña gritando que hay alguien ahí resulta espeluznante), pero también con los miedos clásicos: el fantasma, la posesión, el monstruo bajo la cama o en el armario, el sótano oscuro, el muñeco inquietante… Sin altibajos o recesos donde pierda fuelle, salvo quizá el breve cambio de escenario (el salto a la casa de los Warren), minuto tras minuto The Conjuring va sembrando la semilla del desasosiego, logrando inquietar aunque se sepa de sobras que va a pasar algo. La visita al sótano es uno de los mejores momentos del género en los últimos años, y rematada con el aplauso resulta verdaderamente sobrecogedora, una de las pocas veces que una cinta de terror ha logrado asustarme de verdad.

Con este panorama no importa mucho que la falta de originalidad sea evidente, que tome sin vergüenza ideas de clásicos del género. La pelota al estilo Al final de la escalera, el grupo de tipos raros con cachivaches a lo Poltergeist o la esencia misma de la casa encantada están a disposición de un relato consistente, bien escrito y sobre todo muy bien narrado. The Conjuring no va a sorprender, pero sí asusta, que es su cometido. Queda por ver si el director James Wan sigue por este camino de maduración o se aferra a los títulos más facilones, porque The Conjuring da esperanzas, pero la inmediatamente posterior Insidous 2, filme comercial barato a la estela de una primera entrega ya de por sí pobretona, las quita.

Hard Candy


Hard Candy, 2005, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 115 min.
Dirección: David Slade.
Guion: Brian Nelson.
Actores: Ellen Page, Patrick Wilson, Sandra Oh.
Música: Harry Escott, Molly Newman.

Valoración:
Lo mejor: Lo arriesgado de la propuesta. Los inmensos actores. Dirección y fotografía.
Lo peor: Es un tanto rebuscada y le faltan sorpresas con garra.
Mejores momentos: El instante en que vemos el cambio de la Haylye dulce y juguetona a la fría y calculadora. La cruel operación.

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La producción independiente Hard Candy ha ido recibiendo un correcto número de buenas críticas a su paso por los festivales, ganando en Sitges los premios de mejor película, mejor guión y el premio del público. En la taquilla mundial no fue un taquillazo, pero sí funcionó bien teniendo en cuenta sus orígenes, lo cual tiene mucho mérito no sólo teniendo en cuenta que es cine independiente (muchas veces sobrevalorado por culturetas varios), sino atendiendo a que es una producción muy arriesgada en contenido y forma, pues narra la venganza de una adolescente contra un supuesto pedófilo que atacó sexualmente a una de sus amigas y está realizada limitando la narración a dos personajes y a un par de escenarios minimalistas, con lo que que podría asemejarse a una obra de teatro si no se hiciera especial hincapié en una fotografía tan colorida y trabajada. El resultado, una obra muy original aunque de difícil digestión, no apta para todos los públicos pero una ocasión perfecta para el espectador con inquietudes.

Comienza con un prólogo en el que sólo vemos la pantalla de un ordenador y una conversación a través de un programa de mensajería instantánea donde un adulto queda con una joven de catorce años. La narración pasa entonces a una cafetería y de ahí a la casa del hombre pasando por una fugaz estancia en un parking. Son los únicos escenarios de esta peculiar historia, pero son más que suficientes, pues la fotografía de Jo Willems proporciona unos encuadres llenos de color (muy trabajado en la post-producción) y de vida, obteniendo magníficos planos del hogar del protagonista, una casa de decoración moderna tan sobria como bella muy bien elegida. Además, se limita a primerísimos planos de los actores funcionando con eficacia como catalizador de la narración hacia los elementos principales del relato, los personajes.

El ritmo otorgado por el director novel David Slade resulta correcto teniendo en cuenta la dificultad de mantener el interés en estas circunstancias, aunque en ningún momento atrapa con la intensidad que lo hacen otros elementos (actores y fotografía). La narración se desarrolla en continuas conversaciones rodadas sobre todo en secuencias largas, con un buen montaje que no se muestra ni precipitado ni estático, sino adecuado a las necesidades del momento. Sólo un par de momentos de estilo de video clip (con música ruidosa inclusive) resultan molestos, incluso sabiendo que las intenciones del autor eran destacar momentos de confusión (el protagonista drogado, por ejemplo). Slade mantiene la narración en cerrados encuadres de los rostros de los personajes, demostrando una dirección de actores magistral donde los intérpretes del reducido elenco se lucen consiguiendo interpretaciones inolvidables, de las mejores en años, ignoradas por los grandes premios (Globos de oro, Oscares…) y el público por la limitada distribución del filme. La actuación de Patrick Wilson es redonda, muestra con genial habilidad los diferentes estados de su personaje (contención ante el dulce, frustración, tensión, terror…), pero la de Ellen Page es antológica, quien con 18 años consiguió ofrecer un papel digno de ser recordado en la historia, pero que por desgracia es muy probable que se pierda en el olvido a pesar de que sólo con ver un par de planos ya se puede comprobar la increíble capacidad de expresión, la cantidad de matices que es capaz de mostrar en unos segundos… y eso por no hablar de la facilidad con que cambia de registro en uno de los momentos claves del filme. Sinceramente, sólo por ver a los actores merece la pena el esfuerzo de atreverse con este nada fácil visionado, pues el duelo interpretativo es sublime.

Las brevísimas apariciones de personajes secundarios como el del dependiente de la tienda de dulces, la ex-novia, la mujer que sale del baño o la única con algo de diálogo, la vecina (Sandra Oh, la feísima pero magnífica actriz conocida sobre todo por su papelón en la serie Anatomía de Grey), están muy bien incluidas, ya que ofrecen evidencias irrefutables de que la historia no es una falsa realidad, sea sueño, delirio mental o lucha interna contra la conciencia. Un aporte de guión muy significativo, última prueba de que Brian Nelson es buen escritor (a pesar de ser su primera obra en cine) y sabía que lo que estaba haciendo podría haber dado pie a teorías de diversa índole que apartaran las verdaderas intenciones de su obra hacia desvaríos fantasiosos (aunque he visto alguna crítica que evita estas pruebas en pro de sus delirantes búsquedas de significados ocultos –esos amantes de David Lynch…-). Su libreto juega con una de las peores perversiones del ser humano y sus consecuencias en las víctimas y sus allegados (secuelas mentales como la repetición del daño en otras personas… que aquí con un giro rebuscado aparece dirigido hacia el criminal) y los verdugos (remordimientos), así como la búsqueda de justicia y/o venganza, además de dejar en la mesa una pregunta que no tiene fácil respuesta: ¿es lícito moral y legalmente iniciar una relación de amor/sexo con una menor si ella lo consiente y demuestra plena madurez psicológica, como es el caso de la protagonista de Hard Candy?

En resumen, Brian Nelson ha creado una interesante aunque ligera (no conmoverá profundamente al espectador, le falta algo de garra) reflexión social desarrollada con diálogos que, si bien no son de un nivel que merezca un calificativo demasiado alabador (un inciso para recomendar Antes del amanecer y su secuela, muestras definitivas de cómo hacer una película únicamente con los diálogos de dos personajes), sustentan sin problemas la historia. Además, añade efectismo al relato incluyendo elementos de cine de suspense y en algunas ocasiones casi de terror psicológico, cuyo único error sería que quizá es algo forzado, sobre todo en su resolución propia de películas de asesinos en serie de giros rebuscados, instantes que no llegan a ser muy negativos para la valoración global y sin los que probablemente Hard Candy se hubiera quedad en una mera charla con algo de sustancia pero sin interés como película.