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Blade Runner (Final Cut)


Blade Runner, 1982, 2007 (Final Cut), EE.UU.
Género: Ciencia-ficción, policíaco.
Duración: 117 min.
Dirección: Ridley Scott.
Guion: Hampton Fancher, David Webb Peoples. Philip K. Dick (novela).
Actores: Harrison Ford, Rutger Hauer, Sean Young, Daryl Hannah, William Sanderson, Joe Turkel, Edward James Olmos, Brion James.
Música: Vangelis.

Valoración:
Lo mejor: Aspecto audiovisual arrebatador. Temática sugerente con reflexiones muy bien planteadas. El papel de Rugter Hauer.
Lo peor: La trama policíaca es muy endeble, el romance más, y Deckard un personaje bastante soso. Y todo ello eclipsa más de la cuenta la parte filosófica y ralentiza demasiado el ritmo.
Los planos: El inicial, con la ciudad hasta donde abarca la vista. El coche volador pasando al lado del anuncio. El edificio Tyrell.
Mejores momentos: Roy conociendo a su creador.
Versiones: Entre cambios obligados por el estudio y cambios que fueron sufriendo las versiones en vhs y dvd, acabó habiendo siete versiones distintas de la película. La más recomendada es la Final Cut de 2007, que fue la única controlada por Ridley Scott con total libertad.
La frase: La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo. Y tú has brillado con mucha intensidad, Roy.

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Alerta de spoilers: Doy por hecho que se conoce a fondo.–

Blade Runner tuvo críticas desiguales en su estreno en 1982. Aquí hay un artículo que habla de ello, por ejemplo. Podríamos argumentar que con la ciencia-ficción de corte intelectual suele ocurrir que los conservadores no la entienden en su momento, pero también señalaban puntos grises evidentes, así que algo de razón tenían. Sin embargo, no tardó mucho en convertirse en una película de culto, es decir, una no del todo popular (generalmente por ser de una temática no atractiva para todos los públicos), imperfecta o incluso regulera, pero que consigue un grupo de fieles seguidores que alaban algún acierto destacable. Pero esa bola fue creciendo con los años y no tardó en considerarse una obra maestra incluso por los gremios más inmovilistas de la crítica cinematográfica, que pasaron del rechazo a la adoración ciega. Y con esa reputación ha acabado convirtiéndose en una de esas cintas en las que se ha olvidado todo fallo o limitación y es imperdonable no decir que es perfecta e irrepetible. Pero yo me voy a mantener firme. Blade Runner es una película de culto, pero dista mucho de ser una obra maestra del cine.

El primer aspecto digno de citar no se puede considerar un gran fallo, pero a mi modo de ver desluce un poco: el texto en pantalla que nos introduce en la historia. Un relato que necesita un resumen explicativo para empezar, que muestra ese miedo a no ser capaz de ser inteligible por sí mismo, no augura nada bueno, sus autores no parecen tener muy claro cómo contar las cosas. Además, la versión estrenada en su momento contaba con voz en off para ir aclarando aún más la historia, aunque es justo aclarar que esto fue imposición de los productores. La verdad es que queda todo bien claro en los primeros minutos con la entrevista al primer replicante y la presentación de Deckard y su misión. Hacía años que el cine y la televisión dejaron atrás la ingenuidad del cine clásico (había buenas excepciones, claro está), sobre todo en la ciencia-ficción y fantasía: 2001 sí era realmente difícil de entender, y Alien, Star Trek y La guerra de las galaxias habían abierto las puertas a imaginar cualquier cosa posible; además, ese año llegaron también E.T. y La cosa. Así que Blade Runner no me parece complicada, ni poniéndome en la época, como para necesitar esa introducción cutre.

Una vez entrados en materia es indudable que la proyección cautiva al instante con su arrebatador aspecto audiovisual, que además soporta el paso de los años con una solidez extraordinaria. Los temas principales de Vangelis (sobre todo el inicial y el de los créditos finales) ponen los pelos de punta. Incluso en los años ochenta, con el auge de la electrónica, suenan como de otro mundo, son potentes y hermosos. La visión de un futurista Los Ángeles impresiona: una ciudad inmensa, llena de grandes edificios y polución. Y pronto ponemos los pies en el suelo y la conocemos más a fondo: sobrepoblación de distintas culturas, calles abarrotadas de gente y suciedad, y avances tecnológicos de todo tipo, incluyendo los llamativos anuncios publicitarios, n+os ponen ante un futuro con un realismo y cercanía tangibles, ante un porvenir tan apasionante como inquietante.

Los guionistas Hampton Fancher y David Webb Peoples se inspiraron en Philip K. Dick, más concretamente en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), y Ridley Scott y el equipo técnico dieron vida al libreto con un resultado memorable. La combinación de escenarios, maquetas y matte paintings no por complicada frenó la imaginación de todos los implicados, que dio frutos dejando anonadados incluso a los que se les atragantó el argumento. Y aunque ya habíamos visto grandes ciudades futuras en Metrópolis y en cierta manera en La guerra de las galaxias (la Estrella de la Muerte), y la literatura nos dejara alguna otra (La fundación de Asimov a la cabeza), su capacidad para asombrar no se vio limitada gracias a esa visión pesimista y la calidad del acabado en todos los ámbitos. Sólo los matte paintings de algunos fondos se notan hoy en día, pero las maquetas, el bullicio de las calles, los coches voladores… siguen resultando verosímiles y espectaculares.

Pero no todo son alabanzas, porque llega un momento en que da la impresión de que Scott se obsesiona con exprimir los efectos especiales y remarcar el tono de la película, como forzando el factor asombro. Hay demasiados planos contemplativos de los edificios con demasiada musiquita pretendidamente conmovedora, y mucho enredo con la iluminación, que termina sobrecargando multitud de escenas con focos, sombras y oscuridad que en varias ocasiones resultan antinaturales, como en el piso de Deckard.

En el relato entramos con fuerza también. La entrevista al replicante Leon, como señalaba, nos pone muy bien en situación. Unos androides tienen problemas de comportamiento, dando pie a la eterna pregunta de qué nos hace humanos: los detectan comprobando sus reacciones ante preguntas que mezclan lógica y sentimientos. La aparición de Rachel, un modelo más avanzado, sube el nivel, porque añade a la ecuación los falsos recuerdos, haciendo más difusa la frontera entre humanos y máquinas. Roy y Pris aportan el otro pensamiento fundamental a la hora de distinguir entre seres sintientes e inteligencias artificiales: la percepción de la muerte, la necesidad de identidad y de conocer de dónde venimos y qué nos puede deparar el futuro. Este grupo de replicantes busca entender por qué su creador los hizo, eludir la muerte inminente (tienen fecha de caducidad), e intentar que los humanos no los cacen como a tostadoras rebeladas, porque se sienten vivos. El encuentro de Roy y Pris con sus creadores, primero con el ingeniero rarito, J. F. Sebastian, y luego con el ideólogo principal, Tyrell, es intenso, hermoso, y provocador: un anhelo primario del hombre es encontrarse con su hacedor (quien crea en esos conceptos, claro), exponerle las preguntas citadas, hallar respuestas a su existencia. Aparte de la fuerza del momento, queda también una sensación melancólica: como Roy, somos conscientes de que la vida es efímera, podemos preguntarnos si merece la pena gastarla en perseguir cuestiones sin respuesta o con unas que puedan no llenar nuestro vacío, etc. Por todo ello, acabamos este clímax de lado de quienes se habían presentado como los villanos: estos seres atormentados se merecen una segunda oportunidad.

Pero en un análisis en frío hay que decir que debemos hacer un salto de fe inicial para aceptar la premisa. Qué sentido tiene crear androides de servicio tan parecidos a los hombres, cuando queda claro que sólo traen complicaciones. Con robots sexuales obviamente se justifica el parecido, pero sólo en el físico, darles tanto libre albedrío es absurdo; y el resto se supone que son para trabajar en condiciones extremas, así que no convence.

Dejando de lado ese pequeño punto oscuro perfectamente perdonable, los problemas de Blade Runner son otros más claros y que, al menos a mí, me resultan imposibles de perdonar. Y es que este argumento tan jugoso se ve bastante limitado por la otra línea narrativa, el policíaco de corte futurista, neo noir o ciberpunk, que no da la talla y lastra la cinta con una serie de bajones de contenido e interés bastante importantes.

La odisea de Deckard no me entusiasma mucho, el ritmo peca de aletargado y el drama personal es muy básico, su fuerza reside únicamente en el aspecto visual. Es decir, no aporta ninguna perspectiva novedosa al género más allá del entorno futurista. Los pocos policías que lo secundan son irrelevantes: el jefe sólo sirve para darle el trabajo, el mejicano con vestuario extravagante no aporta nada, parece que le quieren dar una relevancia que no llega a tener, pues termina quedando como un simple recadero. Y el romance cumple con todos los clichés del noir paso por paso sin que parezcan ponerle mucho esfuerzo. La chica afligida que se encuentra en medio de todo sin control de nada, el agente rudo, el flechazo instantáneo, la fuga juntos… Pero la falta de novedades y de emoción impiden que me crea la relación. La escena del primer beso se alarga mucho y acaba siendo artificial, los encuentros aquí y allá son demasiado facilones y no cimentan la relación como para creerme la pasión y la decisión final de huir, y eso que los personajes dejan clara la necesidad de romper con sus vidas actuales.

Para empeorar las cosas, la investigación policial es poco o nada sustanciosa. Primero, no se entiende por qué Deckard acepta el trabajo si inicialmente pone tanto empeño en decir que no. No hay una amenaza clara a su estado actual como para resignarse. Y el caso da muy poco de sí. Hurgar en el hotel del replicante, analizar un par de pistas ahí encontradas, y ya está. Para colmo, algunas de estas ofrecen resoluciones muy rebuscadas: el análisis de la foto es ridículo, con esas ampliaciones y giros imposibles; y qué poco profesional eso de disparar entre la multitud a una mujer (aunque sea replicante) que corre desarmada, amén de que la escena se estira demasiado con un aura de trascendencia un tanto impostada. El único trabajo policial real y atractivo que realiza es seguir la pista de la escama, y tampoco es deslumbrante. Por lo demás, se sienta a esperar hasta que le cae encima la posible ubicación de los replicantes en la casa de Sebastian, una escena que debió parecerles demasiado corta, porque la alargan metiendo un relleno intrascendente: el coche patrulla que le da aviso de estar en zona restringida.

Así que Deckard es un personaje principal bastante rutinario, sin pegada, llegando a resultarme incluso aburrido. Si es que hay un momento en que tanto primer plano en silencio sin motivos claros me saca de quicio: la llegada al edificio Tyrell, con plano al edificio, plano a Deckard incesantemente sin venir a cuento, es buena muestra de esa sobreexposición innecesaria que señalaba. Sólo el carisma de Harrison Ford consigue que recuerde su presencia, pero me es inevitable pensar que cada minuto perdido con Deckard podía haberse utilizado para explorar más a fondo la trama de los replicantes. Siguiendo con los actores, Rutger Hauer es el único que me conmueve, y por extensión Roy es el único personaje que me llega con intensidad. Sean Young (Rachel) se limita a poner caras de pena, y William Sanderson (Sebastian), Daryl Hannah (Pris) y Joe Turkell (Tyrell) cumplen bien en sus contadas apariciones.

El problema se agrava porque en el tercer acto la combinación de ambas secciones es prácticamente inexistente. Se espera que se unan en un desenlace que motive cambios en ambos grupos de protagonistas, que culmine en una revelación capaz de dejar huella en ellos y en el espectador. Pero en cambio dejamos de lado toda la parte filosófica y nos lanzamos de lleno al noir, además en una línea muy facilona y predecible, pues es la misma película de acción policíaca de siempre, algo que se criticó bastante en su momento. El poli tras el criminal, el escenario final habitual donde se producirá un duelo que pretende ser intrigante pero se hace bastante predecible y largo, y los agujeros de guion de siempre: por qué Deckard va sin refuerzos, y que el otro agente llegue justito cuando se ha solucionado todo.

Para mí, la historia de Roy termina con su encuentro con Tyrell. Hubiera sido más poético que se suicidara tras eliminar a su creador, ya no tiene motivos para vivir, ha llegado al término de su viaje, ha obtenido algunas respuestas clave y conocido las limitaciones de su existencia. Hubiera sido también bonito que Pris acabara sus días con Sebastian en su pequeño paraíso ilusorio. Pero esa media hora extra de vulgar persecución termina de afear un filme que apuntaba mucho más alto. Y aquí incluyo el discurso de Roy: es puro humo, cháchara pretenciosa. Había formas más sutiles de recalcar que ha aceptado que ha tenido una vida fulgurante y llega su final. Y mientras, en Deckard no veo ninguna revelación que indique lo que parece querer indicarse: que ahora considera humanos a los replicantes. Estaba claro que se iba a ir con Rachel desde hace tiempo, y que perseguía a los otros por ser criminales en busca y captura, pero en ningún momento se exponen pensamientos más concretos sobre sobre todo el asunto de los replicantes.

Para terminar, es inevitable tratar la incógnita que trae de cabeza a los admiradores desde su estreno: ¿es Deckard un replicante? El sueño con el unicornio (aunque esta escena fue eliminada hasta que se recuperó en el Final Cut), el que el otro agente parezca conocer ese sueño, la pregunta de Rachel “¿Te han hecho el test a ti?” que queda en el aire… Todo parece apuntar que sí. Pero entonces se genera un agujero de guion importante: si es un replicante que han activado para atrapar a los otros, pues vaya mierda de modelo, no tiene habilidades llamativas, ni fuerza, es un patán que se deja atrapar cada dos por tres. Si fuese un modelo viejo que tenían por ahí, tampoco tendría mucho sentido usarlo a él en vez de a policías más hábiles.

Curiosamente, los mismos problemas que le achaco a Blade Runner los tuvo otro título que abordó temáticas semejantes, Ghost in the Shell: se atascaba en el ritmo, sobre todo porque el caso no se desarrollaba con mucho entusiasmo. También podría mencionar el tenue intento de Ridley Scott de volver a estas preguntas en las fallidas secuelas de Alien, Prometheus y Covenant, donde repite los dilemas de Roy y demás replicantes a través del androide David, de hecho las escenas de David con Wayland y este con el ingeniero son muy parecidas al encuentro de Roy y Tyrell.

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Alien: Covenant


Alien: Covenant, 2017, EE.UU.
Género: Suspense, ciencia-ficción.
Duración: 122 min.
Dirección: Ridley Scott.
Guion: John Logan, Dante Harper, Michael Green, Jack Paglen.
Actores: Michael Fassbender, Katherine Waterston, Billy Crudup, Danny McBride, Amy Seimetz, Callie Hernandez, Jussie Smollett, Carmen Ejogo, Guy Pearce.
Música: Jed Kurzel.

Valoración:
Lo mejor: La parte de los androides y el papel de Michael Fassbender. El póster con la cabeza del alien, más inquietante que toda la película.
Lo peor: El guion es un desastre… ¡más grande que el de Prometheus! El ritmo es negligente, los personajes dan vergüenza ajena, excepto los robots, la trama es insustancial y previsible salvo por un par de segmentos, y deja la sensación de que se traiciona demasiado a la serie, de que las nuevas ideas terminan desbarrando en sinsentidos o en soluciones poco emocionantes. El reparto, excepto el citado, no impresiona lo más mínimo. Ridley Scott dirige con desgana. De nuevo los tráileres destripan más de la cuenta.

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Alerta de spoilers: Hasta el próximo aviso no contiene ningún dato revelador más allá de una descripción del argumento.–

El desarrollo de la saga Alien ha sido un caos muy grande y ha traído más disgustos que alegrías a sus seguidores. Desde el éxito de la primera película estuvo claro que era rentable hacer más, que el atractivo del alienígena y del potente personaje principal, Ripley, eran un valor seguro. Bueno, siendo realistas, en cada nueva entrega ha habido unas pocas reticencias por ser ciencia-ficción adulta, que no es tan vendible como otros géneros, pero también era evidente que contaba con bastante fidelidad asegurada y un gran potencial para atraer a nuevos espectadores. Esto queda demostrado con que tras casi cuarenta años siguen pariendo nuevas secuelas, a pesar de que los productores la han liado bastante, improvisando cada proyecto de mala manera de forma que el milagro de Aliens fue un caso aislado y en los siguientes capítulos la desorganización y los egos propiciaron una caída de calidad notable.

Cada película supone una traición más o menos importante a la anterior, y sólo Aliens ofreció giros satisfactorios. Allí pasamos del terror puro a lo bélico, pero sin perder la esencia original: daba miedo y era claustrofóbica como su predecesora, y todas las nuevas ideas que aportaba fueron muy acertadas. En Alien 3, después de marear la perdiz con guiones de todo pelaje, sacrificaron lo andado, sin vergüenza alguna además, pues se cargaron a dos protagonistas muy queridos, Hicks y Newt, para dejar a Ripley sola otra vez y así intentar volver a los orígenes a pesar de que nadie lo pedía. Pero resultó una imitación bastante aburrida e incapaz de provocar pavor. En Alien Resurrection la situación también se descontroló, y acabó siendo una aventura más ligera, con toques de comedia incluso, dejando de lado la premisa de suspense y terror sin disimulo alguno. Al menos es muy entretenida, eso sí.

Prometheus devuelve la saga a manos de Ridley Scott, uno de sus principales artífices. En realidad Alien fue ideada y escrita por Dan O’Bannon, pero hay que contar a Scott y también a H. R. Giger, el diseñador artístico, como los otros pilares fundamentales. Scott ha afirmado estar asqueado, como todos, de la deriva de la saga, y quiere recuperarla con una nueva perspectiva. En este retorno pretende ir a los orígenes del ente alienígena tan misterioso, pero entre las imposiciones del estudio (otra vez con cambios de ideas y de guionistas) y que no estuvo muy atinado, nos trajo explicaciones insuficientes e inclinaciones filosóficas de baratillo en una cinta bastante floja.

Finalmente llegamos a Covenant, que promete, en un segundo intento, abordar la mitología del ser, poner orden en el desbarajuste de la trama y levantar el nivel cualitativo. El que hayan contado entre los guionistas con un peso pesado como es John Logan (Gladiator, El último samurái, El aviador, La invención de Hugo, Skyfall…) parecía indicar que se han tomado el proyecto más en serio. Pero me temo que el resultado ofrece un desastre aún mayor, es la peor entrega, y la más desatinada en cuanto a historia. Aunque se suponía que iba a narrar las andanzas de Shaw y David (tanto que se llamaba Prometheus 2), la sensación que dejó Prometheus en el ambiente fue bastante mala a pesar de su correcto recorrido en la taquilla y en el mercado doméstico, así que el proceso tomó otra vez el rumbo de la improvisación. Es difícil deducir, a la hora de escribir este artículo, cuánto fueron alterándose los planes iniciales (no se han filtrado versiones previas del guion ni hay declaraciones que den pistas, como sí ha ido pasando con Prometheus con los años), pero sí está claro que el estudio obligó a sacar el clásico alienígena de aquella para iniciar una serie distinta, pero ahora lo quiere de vuelta, y Scott ha rodado de nuevo cambiando de ideas sobre la marcha, como si no encontrara el rumbo, anunciando cada poco tiempo que se estaba alejando cada vez más de lo visto en el capítulo inicial de esta nueva línea, dando la impresión de que iba a dejar colgado todo lo que allí se propuso, a hacer la vista gorda.

Pero una vez estrenada Convenant nos encontramos con que la película es en el fondo una repetición apenas disimulada de Prometheus, que cuenta con el mismo esquema narrativo y aborda las mismas ideas aunque sea con otros protagonistas y pequeñas diferencias en los hechos. Es decir, es otra vez llegar a un planeta e ir muriendo de uno en uno en una poco inspirada aventura de suspense y acción, mientras de fondo se desarrolla un burdo ensayo sobre la fe y el creacionismo puesto en boca de personajes mediocres cuando no ridículos. Y para colmo, el intento de avanzar hacia alguna parte, cuando llega, no funciona, ofrece nuevas y absurdas traiciones a la serie, haciendo la historia cada vez menos atractiva y con más agujeros.

Que Scott diera un giro más reflexivo y espiritual a una saga que se aferraba a una combinación del terror alienígena con el humano (la corporación Weyland siempre fue la que nos llevaba a caer en las garras del bicho, en un clásico pero efectivo “el hombre es el peor enemigo del hombre”) no tenía por qué ser malo, pues la ciencia-ficción permite ir por infinidad de caminos, e incluso se podría decir que una renovación de ideas era bastante necesaria. Pero, como en Prometheus, no se sabe en ningún momento a dónde quiere llevarnos, las cuestiones que plantea son banales, quedándose en conceptos muy primarios (“¿hemos sido creados?”, “yo tengo fe a ciegas”), sin profundizar lo más mínimo en ninguna ramificación y desde luego sin dar respuestas convincentes a los pocos y obtusos pensamientos planteados. Y como es de esperar, el dibujo de los personajes se topa con esa visión tan inmadura, superficial. ¿Cómo pretendes sumergirte en la espiritualidad y creencias del ser humano con una descripción tan frívola, tan pueril, del mismo? Los conflictos de creencias son delirantes, pero lo mismo se aplica al resto de dilemas, decisiones y acciones que enfrentan: no guardan lógica ni seriedad alguna. Los científicos elegidos para liderar una misión de gran importancia son memos sin formación que no respetan la cadena de mando, que se toman todo como un juego, que no entienden realmente de ciencia (ni un protocolo de seguridad e investigación decente, es todo más disparatado que en Prometheus), que se mueven por impulsos inmaduros, poniendo en peligro a sus compañeros y la misión (¡2.000 colonos criogenizados!) por el capricho de turno, sea que uno quiere hablar con la novia (abundan los romances de corte adolescente) o cualquier otra sandez.

Así pues, nos volvemos a encontrar con que los protagonistas son muy aburridos, rematadamente estúpidos y por extensión inverosímiles, resultando cargantes desde sus primeras apariciones. Sólo se salvan los dos androides, Walter y David, encarnados ambos por Michael Fassbender. Son los únicos con una pizca de personalidad y unas motivaciones llamativas, con una evolución digna. Muestran el potencial que había y tanto se desaprovecha. La interpretación de Fassbender es de las difíciles, de las de mostrar intenciones y pensamientos ocultos con sutileza, y encima en dos personajes distintos, y está fantástico. La protagonista, Daniels, es un cero absoluto en carisma, en parte por el pobre papel de Katherine Waterson, pero sobre todo porque no presenta ninguna forma de ser concreta, ni anhelos ni metas. Su única aportación medianamente intelectual es una simplona discusión con el capitán, y el único interés que le conocemos en esta gran aventura es hacerse una cabaña en el nuevo mundo. Luego simplemente se dedica a copar todos los planos sin que sepamos qué piensa, cuánto sufre, qué quiere y qué podría hacer. En Prometheus, Noomi Rapace era capaz de levantar un personaje central inicialmente bastante tonto, pero Waterson no da la talla en ningún momento. El nuevo capitán tampoco pasa el corte menos exigente, es un panoli sin determinación ni dotes de liderazgo, otra descripción que no encaja en un tipo que ha alcanzado un puesto tan exigente, y Billy Crudup tampoco deja huella. El resto de la tripulación son peleles a los que no se les confiere identidad, y menos aún cuando empiezan a caer en los agujeros del guion. En Prometheus, aunque fueran malos personajes y acabaran haciendo el gilipollas, al menos te hacías una idea de quién era quién y a qué se dedicaba, aquí sólo he sido capaz de identificar a varios pilotos, y por supuesto no me importaba lo más mínimo lo que les pasara a ninguno de ellos, así que el resto ni te cuento.

Como es obvio, sin protagonistas con tirón es difícil enganchar, y para empeorar las cosas la aventura es rematadamente insulsa, mucho más lenta y aburrida que Alien 3, y la más previsible de toda la saga. El primer acto se hace eterno. Los líos en la nave son intrascendentes, no resultan excitantes ni sirven para exponer como es debido a los protagonistas. La llegada al planeta de turno se hace de rogar, llega sin forjar una atmósfera de intriga, sino con una parsimonia cansina, y una vez allí empieza la fiesta. Pero en el mal sentido, porque en el arco central se acumulan las tonterías hasta convertir la película en una comedia involuntaria, y garantiza risas en cantidad. Los detalles, aunque todo es predecible hasta el hartazgo, los considero reveladores, así que los dejo para luego. Pero aquí también hay un pequeño giro que salva de la más absoluta ignominia a la proyección: la trama toma una nueva perspectiva bastante prometedora cuando los dos androides se enfrascan en un duelo moral e interpretativo. Deja un par de escenas muy sugerentes y promete encaminarnos por fin hacia algo mejor…

Pero el envoltorio hace aguas por todas partes, con esas situaciones rocambolescas que tiran por tierra no sólo la consistencia global, sino cualquier intención de generar intriga o incluso terror, y finalmente esa nueva línea no termina de despegar, la cinta vuelve a decaer bastante en su tercer acto. De repente Scott se obsesiona por la acción aparatosa, cambiando el género de supuesto suspense por prácticamente una de superhéroes. Los personajes que quedan, de inútiles y pasmaos pasan a ser valerosos y resolutivos en un visto y no visto, pero además en una línea exageradísima, como si estuviéramos en un capítulo de Los Vengadores de Marvel. Pero, de nuevo, sin conexión con los protagonistas no hay manera de emocionarse, y para rematar, las secuencias de acción son tan hipertrofiadas que me sacaron por completo de una narrativa que antes era opuesta, fría, apática.

Scott se queda un poco corto donde siempre suele brillar: el aspecto audiovisual no cautiva. El acabado no es tan impactante como el de Prometheus, que conseguía ser entretenida e incluso bastante intensa en algunos tramos a pesar de sus deficiencias, ni tampoco aguanta el tipo comparada con Alien 3 y Resurrection, bastante efectivas a su manera en lo visual aunque no cogieran el punto a la esencia de la saga. Aparte de que Scott no consigue sacar nada del atroz guion, también se hacen evidentes otros motivos: se nota la falta de confianza del estudio, que le dio sesenta millones menos de presupuesto que a Prometheus, los escenarios principales carecen de originalidad y capacidad para sobrecoger (gran parte de la aventura transcurre en parajes naturales), y las partes más importantes se plantearon, supongo que por buscar algo más comercial, como de acción básica, no de atmósferas trabajadas. La recreación de la nave Covenant es bastante buena, pero en cambio el escenario nuevo que debe sorprender lo hace más bien para mal, porque no parece muy verosímil ni se aprovecha en esta narrativa tan poco estimulante. Es que el poco nivel arrastra hasta a la banda sonora, que en disco suena vibrante, a ratos espeluznante, pero en la película no cala lo más mínimo; solo el tema central de Prometheus, al que recurren un par de veces, se hace notar. Scott es bien conocido por destrozar la labor de los músicos.

Después de la leve remontada del segmento central, el tercer acto se me hizo larguísimo y el aparatoso clímax no recuperó mi atención, estaba totalmente desconectado en esas secuencias de acción desmedidas pero huecas. Y el final no mejora las impresiones. La idea de dejarlo abierto a nuevas secuelas no funciona, es un desenlace insustancial, predecible y nada atractivo de cara al futuro. Nos han engañado dos veces, pero no deberían engañarnos una tercera… ¿O no?

Sorprendentemente, las críticas profesionales son bastante correctas, poniéndola incluso por encima de Prometheus. El público es más duro, pero aun así, desde mi punto de vista, le han llovido pocos palos, porque es pésima hasta dejar atrás la serie b y caer de lleno en el cine cutre, es decir, el que hace gracia por estúpido. Hasta las de Alien vs. Predator tenían algo de dignidad: sabían a lo que iban, la saga les importaba bien poco y en general carecían de pretensiones más allá de ganar algo de dinero.

Alerta de spoilers: A partir de aquí destripo a fondo con todo detalle.–

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Prometheus


Prometheus, 2012, EE.UU.
Género: Ciencia-ficción.
Duración: 124 min.
Dirección: Ridley Scott.
Guion: Damon Lindelof sobre el original de Jon Spaihts.
Actores: Noomi Rapace, Michael Fassbender, Charlize Theron, Idris Elba, Logan Marshall-Green, Sean Harris, Rafe Spall, Emun Elliott, Benedict Wong, Kate Dickie, Guy Pearce.
Música: Marc Streitenfeld.

Valoración:
Lo mejor: El aspecto audiovisual corta la respiración: dirección, fotografía, música, dirección artística, decorados, vestuario y efectos especiales son de gran nivel.
Lo peor: El guion es infame, ofreciendo un relato previsible y bastante falto de garra, pero sobre todo lleno de agujeros que se acumulan haciendo que tramas y personajes pierdan toda coherencia y verosimilitud. Los tráileres, que te reventaban toda la película.
La pregunta: ¿Por qué para mostrar a un anciano cogen a un actor joven y lo maquillan?

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Alerta de spoilers: la comento bastante a fondo, pero también es cierto que los tráileres te lo contaban todo.–

Parece que Ridley Scott tenía claro qué quería rodar en este inicio de una nueva serie basada en su obra magna Alien, pero en la guerra de despachos habitual de Hollywood el proyecto fue desinflándose. O eso quiero creer, para exonerarlo de los infinitos errores del desastroso resultado. Meses de trabajo con el equipo artístico iban preparando el salto a imagen real del guion firmado por Jon Spaiths, pero, a punto de empezar a rodar, el estudio, 20th Century Fox, cambió de idea sobre el proyecto y exigió que se alejara mucho más de la saga madre, eliminando a los alienígenas de la historia. Fue impuesto Damon Lindelof para reescritir el libreto y Scott filmó cambiando sobre la marcha ideas y escenas varias, lo que indicaba que no encontraba el tono tras las injerencias. La cinta resultante ofrece una odisea científica mezclada con una reflexión religioso-filosófica, todo ello adornado con un poco de intriga y acción, pero la combinación hace aguas por todas partes porque el guion es muy flojo, tirando a esperpéntico. El tratamiento que se hace de la ciencia resulta ridículo, los pensamientos religiosos son primarios, casi infantiles, y la narración es un coladero de inconsistencias. Y no estamos hablando de un par de agujeros de guion y algún detalle cuestionable, sino de que los hay por decenas, y la trama y los personajes terminan atascados en ellos sin llegar a formar un relato coherente.

En el tramo inicial tenemos una aventura de exploración espacial que debería cautivar con la atracción por lo desconocido y por las cuestiones que abren los sorprendentes hallazgos, pero apenas consigue despertar el interés al avanzar con más problemas que aciertos. Las flojas pretensiones filosóficas sobre nuestros orígenes y el sentido de la vida se inclinan torpemente hacia el creacionismo y la fe, la historia que se nos presenta resulta difusa y no parece tener objetivos claros y el ritmo es algo soso. Es decir, ninguna escena o planteamiento causa impresión suficiente como para sumergirte con interés en la película. La simpleza de la perspectiva creacionista de hecho es mosqueante. Para empezar, ¿por qué el haber sido diseñado por una especie alienígena significa de repente tener respuesta a todos los misterios de la vida y la fe? No, es echar balones fuera. Lo único prometedor serían las motivaciones de estos seres, los ingenieros, pero me temo que su presencia es puro artificio y no llega a narrarse nada concreto con ellos después de tanta expectación.

Para empeorar la situación, es difícil establecer conexión con un grupo de personajes tan poco sustancioso, donde los que destacan apenas se mantienen en pie con un dibujo bastante pobre. Shaw (Noomi Rapace) y David (Michael Fassbender) son los dos más relevantes, y van algo justos. Ella de hecho empieza fatal, como una niña mimada que no entiende el mundo pero va de listilla. ¿Esa mente tan cerrada dirige una misión científica tan importante? Al menos Rapace es buena actriz, con lo que, cuando las cosas se ponen feas y lucha por sobrevivir, sus esfuerzos y penurias se transmiten bien al espectador; pero es una lástima que su viaje interior sea tan pobre, quedando a años luz de la gran Ripley, que sólo en Alien, incluso empezando casi como secundaria, mostraba muchas más enjundia. David es bastante intrigante, y más sabiendo que los androides de la serie siempre guardan sorpresas; pronto se sugiere una agenda oculta y gana en atractivo, aunque al final veremos que tampoco lleva a nada atractivo, y si se sostiene es porque Fassbender también llena la pantalla con su carisma nato, lo que le da algo más de empaque. Ningún interés despierta el rol de Charlize Theron, Vickers, cuyo tono críptico resulta cargante, deambula de acá para allá sin que quede claro qué pinta ahí, e igualmente termina sin haber ido a ninguna parte. Y el resto del panorama es desalentador, porque todos los secundarios tienen unas presentaciones bastante torpes: diálogos acartonados y situaciones un tanto forzadas no dejan entrever ninguna personalidad llamativa; también me pregunto cómo aceptaron un trabajo que no les iban a explicar hasta llegar al destino y se embarcaron en la nave y metieron en estasis sin llegar a presentarse entre ellos si quiera. El capitán es el único con potencial, pero tampoco se configura una personalidad clara, y es otro que funciona únicamente por al tirón de su intérprete, Idris Elba. El peor de todos es quien parecía otro protagonista principal, el novio de Shaw, Charlie. No se termina de ubicarlo en un puesto y en una línea argumental concreta, de hecho ni parece aportar nada al viaje emocional de Shaw, y al final es engullido por uno de los giros más malogrados; y Logan Marshall-Green se queda corto ante un reparto bastante llamativo: no deja huella alguna, en cuanto sale de la escena te olvidas de que estaba ahí.

Conforme nos introducimos en el arco central, la situación expuesta acaba pareciendo una comedia involuntaria, porque lo poco que ofrecen los personajes queda diluido por completo en el sinsentido en que desbarra la trama. Es imposible mantener la intriga por lo que encontraremos en el planeta, su significado y su impacto en las vidas de los protagonistas, con un tratamiento tan torpe e irreal de la perspectiva científica, que los convierte a todos en estúpidos. Lo mejor hubiera sido pasar de todo. Aterrizan y se meten ahí, como en cualquier otra del género. Pero Scott buscó un tono serio que Lindelof, como nos temíamos muchos, fue incapaz de alcanzar. Las cosas cogidas por los pelos, los comportamientos inadecuados y los agujeros de guion se amontonan hasta provocar una avalancha.

Resulta que a la misión científica más importante de la historia de la humanidad no sólo le encasquetan unos fanáticos religiosos como líderes, sino que todo el equipo elegido está lleno de incompetentes de un nivel asombroso. Llegamos a la luna objetivo (con la nave siempre en combustión plena cuando debería estar frenando) y… ¿qué hace este gran equipo de científicos? Empezar el aterrizaje a lo bruto. Sin sondas que analicen la atmósfera, el clima y los terrenos adecuados para posarse. Y aun con esas se topan con una estructura alienígena por pura suerte y aparcan ahí. “Dios no construye en líneas rectas” es la gran deducción científica que hacen. Pues oye, lo mismo resulta que detrás de las montañas hay una ciudad, y más allá otra, y otra… Quién sabe, han ido a un sitio aleatoriamente sin comprobar nada más.

Una vez allí siguen olvidándose de la ciencia. Van corriendo a meterse en la estructura, a abrir y tocarlo todo sin una investigación previa que evite contaminación y riesgo personal, porque están tan entusiasmados que ningún protocolo importa. Todo botón, resto y sustancia es manoseado sin miramientos (imagina que activan sin querer un sistema de defensa…). Se quitan los cascos sólo porque detectan una buena combinación de oxígeno, sin que parezca importarles el riesgo biológico en ninguno de los dos sentidos: que se contagien algo o que estropeen los hallazgos con bacterias de la Tierra. Que lo haga Charlie, que como bien dice “soy creyente” y está claro que lo único que quiere es encontrar un viejo sabio que le diga de dónde venimos, adónde vamos y si hay vida después de la muerte, pues podría valer, sólo lo dejaría como majadero a él. Pero lo triste es que los demás lo imitan, incluso los que se reían de su exceso de fe. Con esa actitud no sorprende que accedan a cámaras sin comprobar su atmósfera, alterando lo que hay en su interior, o que se lleven los restos de un alienígena en una mísera bolsa y se paseen con ella por su nave, que por cierto ni siquiera parece tener secciones aisladas para este tipo de trabajos.

Pero sigue decayendo la cosa, porque se dedican a experimentar con ese primer hallazgo de vida extraterrestre a lo bestia: sin trajes aislantes, con unas simples mascarillas que incluso se quitan, pinchando y dando calambrazos… ¡Cuando han destruido la cabeza con sus manazas es cuando deciden tomar muestras! Por si no fuera bastante, ante todos estos descubrimientos Charlie se deprime. ¡No están vivos y no tenemos las respuestas religiosas que quería! Pues no sé, si no te interesa su biología, tecnología y cultura (¿¿pero no eras científico??), estudia sus escritos y sus diarios a ver si ahí te dicen por qué se aburrían y alteraron la evolución de las especies en nuestro planeta; y mira más allá, pues como decía lo mismo hay ciudades enteras. Llegamos al punto de tener bobadas de un calibre verdaderamente risible, como que se pierdan dos miembros a pesar de toda la tecnología que llevan, de hecho incluso transmiten sus coordenadas un momento más tarde. Uno es un geólogo que se asusta de un espécimen fosilizado, diciendo “a mí me gustan las rocas, me piro a la nave” (cosa que hace a gritos sin venir a cuento), y el otro es precisamente un biólogo, al que tampoco parece interesarle el mayor hallazgo del siglo en su materia. Luego esos dos, aburridos de dar vueltas, vuelven al lugar que tanto temían y se ponen a jugar con una serpiente o gusano gigante…

El tercer acto se lanza con la misma torpeza, dejando cada vez más y más cuestiones abiertas, avanzando a trompicones en ninguna dirección concreta. Al final no sabes qué te han querido contar, no te han dado respuesta a ninguno de los planteamientos iniciados, las decisiones de los personajes no se entienden… David probando a infectar con todo lo que encuentra a los demás tripulantes: ¿qué trata de lograr con ello, por qué lo hace sin pruebas controladas ni seguimiento? A Charlie le sale un gusano alienígena en el ojo y no hace nada, se calla cual niño que ha robado una galleta. Nos presentaron un equipo de seguridad con armas que parecía que acompañaba a los científicos, pero por alguna razón desaparecen. Así pues, a la misión de rescatar a los tontos de la serpiente tienen que ir los pobres pilotos. Y por supuesto van sin médico, que parece darles igual si hay algún herido, y luego vuelven a la nave con un tipo infectado sin practicar control biológico alguno, así que Vickers, en su única aportación tangible, intenta evitar que entren, porque los encargados de la seguridad siguen desaparecidos (y flipante ver a gente curioseando por detrás como si no estuvieran implicados en la misión). Pero da igual, al final entran, y una vez se han pateado media nave es cuando empiezan a pensar que quizá habría que hacer pruebas de sangre. ¿De sangre? ¿No habría que hacer una limpieza general, buscar contaminación en la piel, el pelo, la ropa, los pasillos…? Luego uno de los muertos que dejaron atrás se convierte en zombi y ataca… Ahora aparece el equipo de seguridad, pero son tan patanes que de nuevo tienen que implicarse los pilotos; por cierto, no mueren todos estos inútiles, al menos tres cogen un vehículo y se largan, y nunca más se supo de ellos; ¡ahí tienes para otra secuela, Scott! En la operación de Shaw, no sé por qué grita y se pincha si la máquina dice que ha sido anestesiada; y atención a cómo el cacharro cierra la herida sin limpiar los restos orgánicos del interior, ¡qué eficiente! Lo de que luego se vaya corriendo sin más y nadie se cuestione por qué aparece toda ensangrentada y hecha polvo es lo de menos ante tanto desatino.

Pero hay más… Al morir un tripulante por una infección desconocida, Shaw deduce sin más que los alienígenas quieren matar a los humanos. El capitán no se queda atrás: ve al otro infectado (Fifield, el que vuelve en modo Walking Dead) y deduce definitivamente que… ¡es una instalación de guerra bacteriológica! ¿No podría ser una bodega de vino extraterrestre? Y todas las calamidades que os han ocurrido, ¿no podrían deberse a andar enredando con sustancias desconocidas sin medidas de seguridad? De haber sido un equipo competente nada les habría pasado, y antes de haber despertado al ingeniero habrían investigado bien su naturaleza y los archivos de la nave para determinar sus intenciones. El alienígena tampoco parece muy listo. Se despierta solo y no se para a analizar la situación, como qué hacen esos humanos ahí o si siguen estando presente los peligros que acabaron con sus compañeros, su único objetivo es ir a la Tierra a destruir al hombre, ese que tanto parece que les costó crear. Vickers corriendo en línea recta cuando le bastaba dar un paso a un lado es ya un momento legendario del cine cutre. ¿Por qué los otros dos pilotos están contentos por suicidarse cuando tienen una opción de vivir más tiempo?; y a pesar de la aceleración impresionante, el capitán aguanta de pie como un campeón. David le dice a Shaw que el ingeniero va a por ella: ¿cómo sabe que está viva y dónde se encuentra, cómo intuye tan fácilmente adónde va el enemigo y cuál es su plan? Shaw llega con treinta segundos de oxígeno en el traje, cierra la cámara estanca y la llena de oxígeno… ¡pero olvida quitarse el casco!, ¡y aun así sigue viva! Me pregunto cómo crece tanto el pulpo ese sin alimentarse de nada. Finalmente resulta que hay más naves: ¿qué otras cosas habrá en ellas y más allá?, ¿seguro que no queda ningún otro ingeniero vivo?… En resumen, ¿por qué despegan antes de dar un buen repaso a la zona? ¿Y tampoco se les ocurre avisar a la Tierra o incluso llevarle esta tecnología para que la estudien y le saquen partido en defensa de la amenaza? Nooo, vamos a su planeta a agitar el avispero, que parece más sensato. Vale, quizá resulta que este era un grupo rebelde y en su planeta son todos súper majos, o lo mismo están todos extintos ya, pero no es inteligente arriesgarse sin pruebas ni un buen plan.

Y como señalaba, resulta que las incógnitas que funcionan como base de la trama no se explican o, en caso de que quisieran dejarlas en el aire, no se hace bien y quedan confusas. ¿Por qué deduce Shaw que somos creados por ellos, y no lo que indica la lógica más simple, visitados sin más? ¿Para qué hay un mapa-invitación a una base militar indudablemente secreta? ¿Qué pretenden atrayendo a los humanos cuando precisamente el plan es ir a la Tierra a destruirlos? Quizá podríamos pensar que es una mala interpretación de los personajes, pero entonces cabe señalar la torpeza de los ingenieros dejando pistas como para que tribus poco avanzadas elaboraran un mapa de su escondite. El propósito de influir en la evolución tampoco parece muy lógico, al menos sin explicaciones detrás. ¿Nos han fabricado sólo para exterminarnos luego? ¿Cuántos millones de años se tiran controlando la evolución de las especies, cuánto influyen en la aparición del ser humano? Porque está claro que vuelven de vez en cuando, y por alguna razón incluso manteniendo contacto con nuestros ancestros. Menudo trabajito. ¿Son inmortales o es que se pasan eras en estasis? Pero hay infinidad de cuestiones menores que también contribuyen a la confusión. ¿De qué huyen y mueren los habitantes de la nave y por qué se refugian precisamente en una habitación llena la peligrosa sustancia negra? ¿Por qué esa sustancia actúa aleatoriamente, es decir, por qué crean algo tan incontrolable? ¿Por qué las lombrices no fueron afectadas en dos mil años? Aquí supongo que podríamos decir que la sala se activa al entrar ellos. ¿Qué es la vaina verde que tiene un lugar prominente en la sala pero no parece llamarles la atención? ¿Por qué hay representaciones del conocido alien en los murales si el que aparece al final es producto del azar?; y ya me diréis qué aporta ahora este bicho, si la cinta ha terminado y el plan argumental anunciado es que las secuelas se irían a otros mundos.

Entre todo este caos, la esperada evolución de los protagonistas no llega a hacer acto de presencia. ¿Qué han aprendido, qué respuestas a sus cuestiones personales han obtenido? Salvo que hay peligro y deben correr, no hay más cambio en ellos. Shaw ahora decide ir en busca del planeta de los ingenieros tras las dichosas respuestas, porque esto de la fe es un ciclo sin fin. Luego se preguntará quién los creó a ellos, y así sucesivamente. Aunque deba aliarse con Shaw para sobrevivir, no se explica por qué David al final es súper atento y simpático. Tampoco se matiza si ha aprendido algo sobre la humanidad, la vida y la muerte. Ya he comentado el incomprensible entusiasmo de los pilotos por suicidarse. Vickers ni con la aparición de Weyland toma una forma concreta: ¿toda su pose distante y fría se debe a que su padre, que le ha dado dinero y posibilidades infinitas, pasa un poco de ella en lo emocional? La aparición del millonario buscando respuestas e inmortalidad no es una gran sorpresa, pero dada la trama y viéndose claramente que era un actor joven maquillado (Guy Pearce) cabía esperar un final muy distinto, y eso de que exija atención al ingeniero en plan pataleta para luego acabar muerto, pues corta el rollo bastante.

No sé cómo Damon Lindelof se sorprende de que sea tan odiado por los fans de la ciencia-ficción, pues se ven en todo momento sus vicios, esos que acabaron con Perdidos pasando de ser una serie que generaba admiración a ser odiada: crear misterios al tuntún y luego no saber encajarlos en la trama global y menos aún darles respuesta, y destrozar personajes sumergiéndolos en esas tramas sin sentido. Pero lo peor y más difícil de perdonar es que fuera aceptado sin que en el estudio vieran que era un coladero inestable y no daba la talla como capítulo inicial de una saga destinada a ser secuela de otra muy admirada. El trabajo de Jon Spaiths se filtró y ha habido varios que lo leyeron y analizaron: este artículo por ejemplo es muy descriptivo y hace pensar en que había una obra con gran potencial, sin duda más coherente y mucho más relacionada con la serie; tiene ideas y tramos muy atractivos, como ese final con un alien enorme parido por el ingeniero.

La sensación de decepción se agrava porque en el aspecto visual no hay pegas, sino todo lo contrario, es digno de admirar. Como es habitual en su filmografía, Ridley Scott edifica una película impecable en forma, siendo capaz de exprimir bastantes emociones de ese libreto lastimero. Sacando gran provecho de una banda sonora sugerente, una buena fotografía, la vistosa labor artística y su magnífica ejecución a través de los decorados, efectos especiales y vestuario (¿pero cuantos trajes espaciales distintos tienen?, menudo derroche), consigue una obra lo suficientemente cautivadora a la par que inquietante como para atrapar lo justo y resultar entretenida a pesar de sus carencias internas. Algunas escenas son bastante potentes, como las panorámicas del planeta, los pasillos alienígenas, el puente de mando, el despertar del ingeniero (increíble lo realista que ha quedado) y el ascenso y caída de la nave. El clímax final dura media hora y se pasa en un suspiro de lo bien narrado que está desde la puesta en escena: el ritmo y la fuerza de las imágenes es de impresión. La única pega es la obsesión que hay en títulos de intriga o terror con amplificar los efectos sonoros: tocan una sustancia y suena como si una apisonadora aplastara una tonelada de cucarachas, Shaw vomita como una manguera de bomberos a pesar de que apenas se ve salir líquido, los intentos de sustos se remarcan demasiado, etc.

Pero con semejante parida de guion ni siquiera este espectacular acabado visual puede obrar milagros, y aunque en un primer visionado resulta bastante amena, como las veas más veces empieza a caerse a pedazos. Prometheus se queda en una superproducción con tono de serie b: simple, tontorrona, cutre a veces, pero divertida si te la tomas como algo intrascendente. El problema es que sus pretensiones y nuestras esperanzas eran muy altas y por lo tanto hay que hablar de un fracaso importante.

Una mención aparte merecen los tráileres. Precisamente el de Alien siempre se ha considerado uno de los mejores que se han hecho, por ser capaz de despertar interés y generar intriga y desazón sin mostrar casi nada, y desde luego no la criatura principal. Y el de Aliens iba por el mismo camino, resultando igual de efectivo. Pero los de Prometheus te muestran prácticamente el argumento completo y te destripan las escenas cumbre con detalle. ¿Son culpables de que la proyección pareciera bastante previsible? Porque no pueden esperar que te sorprenda la aparición del ingeniero o la nave despegando si te lo han mostrado varias veces antes de verla. Es un desastre de campaña publicitaria y para mí una falta de respeto al espectador. Además es una práctica cada vez más común y difícil de esquivar: no puedes ir al cine sin que te destrocen dos o tres películas en los avances.

(actualización de la entrada original publicada el 04-08-12)

Serie Alien:
Alien (1979).
Aliens (1986).
Alien 3 (1992).
Alien Resurrection (1997).
-> Prometheus (2012).
Alien: Covenant (2017).

El marciano


The Martian, 2015, EE.UU.
Género: Aventuras, ciencia-ficción.
Duración: 144 min.
Dirección: Ridley Scott.
Guion: Drew Goddard, Andy Weir (novela).
Actores: Matt Damon, Jessica Chastain, Chiwetel Ejiofor, Kristen Wiig, Jeff Daniels, Michael Peña, Sean Bean, Kate Mara, Sebastian Stan, Aksel Hennie, Benedict Wong, Mackenzie Davis, Donald Glover.
Música: Harry Gregson-Williams.

Valoración:
Lo mejor: Buena descripción de personajes. Aventura espacial bastante entretenida. Reparto de grandes nombres.
Lo peor: Le falta garra en todos sus elementos: drama, comedia, aventura de supervivencia. Apenas deja huella. El mediocre doblaje.
El título: De Marte: Operación rescate, a Marte (The Martian). Porque sí, traducirlo como El marciano era realmente complicado. ¿Cómo empleados tan ineptos toman decisiones tan relevantes? Pues obviamente te paseas por internet y todo el mundo la conoce con su título real.
La sorpresa: ¡Sean Bean no muere!
El dato: Drew Goddard iba a dirigir, pero prefirió decantarse por una obra que le atraía más, Los seis siniestros, un grupo de villanos Marvel (aunque al final se quedó en el limbo). Y Ridley Scott se entusiasmó por el proyecto, retrasando Prometheus 2 (cuyo nombre cambia cada pocos meses).
El libro: Andy Weir publicó la novela en su blog, pero viendo su calidad la gente le decía que la publicara en Amazon. Y el éxito fue enorme.

* * * * * * * * *

El libro en que se basa no es revolucionario, pero como entretenimiento tiene bastante pegada. La odisea de Mark Watney por sobrevivir en solitario en Marte enlaza un sinfín de escenarios catastróficos que va sorteando con una personalidad arrolladora. Los saltos a la Hermes (la nave de los compañeros que lo dejaron atrás en la evacuación, dándolo por muerto) y a la Tierra enriquecen el relato con algo más de drama y realzando el alcance de la situación, porque los líos en la NASA son épicos también. Como atractivo extra, la afición a la ciencia-ficción suele ir de la mano con la pasión por la ciencia (ficción científica de hecho es una traducción más fiel de science fiction), y el libro es una gozada en ambos sentidos, porque desarrolla una aventura espacial de gran realismo y con planteamientos científicos muy cuidados. Para rematar, su narrativa es muy pero que muy cinematográfica, con lo que el anuncio de la adaptación generó muchas expectativas entre los lectores y los amantes del género.

Sin embargo, aunque su traslación a la gran pantalla ofrece un entretenimiento bastante decente con algunos puntos fuertes llamativos, también acusa una falta de intensidad importante, dejando la sensación de que hay mucho potencial sin aprovechar. Al público no parece importante tanto, pues la crítica es buena y la taquilla va bastante bien, pero a mí me ha dejado un regusto amargo. Para una vez que podemos tener una del género de gran presupuesto y con talento detrás (empezando por el director, pero también pasando por el notable reparto y cómo no el equipo técnico), resulta que se quedan bastante cortos. Sinceramente, hasta Prometheus me emocionó más, a pesar de tener un guion que se cae a pedazos, porque su aspecto visual es embriagador y la trama y el escenario ofrecen situaciones más variadas y vibrantes. El marciano tiene mejores personajes (más verosímiles y atractivos) y más consistencia en la trama, pero resulta bastante fría y arrítmica.

La proyección no empieza nada mal. Como el libro, nos lanza directamente a la tormenta y a la evacuación que da inicio al periplo del protagonista. Sus primeros pasos en la soledad marciana, tratando de encontrar una forma de extender su esperanza de vida hasta la posible y lejana misión de rescate, parecen llevarnos por al mismo viaje trepidante de la obra de Andy Weir. Pero pronto empieza a perder fuelle, los retos se diluyen en anécdotas poco interesantes y que no presentan peligros ni proezas que causen algún impacto. Llegamos a un punto en que Marte termina resultando una historia secundaria… y eso precisamente salva a la película, porque nos vamos a un teatro más atractivo y variado: la Tierra. La presentación de los personajes de la NASA y el JPL, que son un puñado largo, es bastante correcta. Nos ponemos a trabajar codo con codo con ellos y vamos conociendo sus posiciones (enseguida sabes a qué se dedica cada uno aunque no recuerdes su nombre), sus puntos fuertes y débiles, sus aspiraciones y las luchas y roces con los demás. Con este panorama, incluso te lamentas de que los tripulantes de la Hermes no tengan tanto tiempo en pantalla como ellos, porque también eran prometedores.

Y con estas, Marte casi desaparece. Llega un momento en que da la sensación de que faltan escenas, que Ridley Scott se volvió a pasar de duración y ha tenido que recortar parte del tramo final de la odisea de Watney, saltando directamente al intento de rescate. Por ejemplo, no se explica por qué hace un agujero en el techo del rover y pone un plástico haciendo una burbuja, como si faltara el momento en que le da utilidad a lo que sea eso. Tampoco creo que el viaje de tres mil kilómetros lo hiciera sin que le pase nada (en el original, de todo), porque queda un vacío ahí que resulta un salto narrativo algo torpe.

Así pues, el ritmo peca de irregular y de falto de vigor en varios segmentos, algunos bastante largos. La novela no resulta un drama de altos vuelos ni tiene especial trascendencia, pero sí mantiene una sensación de lucha y peligro constante, de que cada día en Marte es enfrentarse cara a cara contra la muerte. Lo mejor captado por Drew Goddard (el guionista) y Ridley Scott es el sentido del humor del protagonista (y no siempre funciona), que trata de poner buena cara en todo momento, y el caos que se forma en la NASA. Pero la aventura de supervivencia resulta demasiado ligera, sin transmitir el peligro y la tragedia con la fuerza necesaria para dejar huella. La comandante sufre muy poco por el abandono de un miembro de la tripulación. Watney sólo se curra el huerto y la idea para intentar comunicarse, el resto del tiempo no se enfrenta a nada llamativo, y al final en la NASA también parece que falta algo de intensidad.

Estas limitaciones surgen del guion principalmente, pero el trabajo audiovisual tampoco es del todo eficaz. La dirección de Scott es más conservadora de lo habitual en un realizador dado a la magnificencia visual, con lo que contribuye a la falta de garra. Sí, hay belleza en los planos de Marte, y el decorado de la nave se aprovecha bien, pero por lo demás la puesta en escena no ofrece épica alguna, va como desganada. Y como extensión, tampoco luce como superproducción de más de cien millones. Es que me atrevo a compararla con la tontorrona serie b Los últimos días en Marte, que con unos ridículos diez millones lucía a un nivel bastante cercano (aquí el tráiler -que para variar te cuenta casi todo-). La banda sonora empobrece todavía más el acabado, porque donde se espera que la música realce la tragedia, matice la intriga o explote la acción, la floja partitura de Harry Gregson-Williams pasa sin causar la más mínima turbulencia en las emociones que debería transmitir la escena.

Así pues, El marciano es una película bastante entretenida que merece la pena ver en el cine, pero también resulta incapaz de emocionar y mucho menos de dejar un grato recuerdo. Quizá incluso por su ritmo moroso no aguante bien sucesivos visionados, algo que hasta la fallida Prometheus permite por su narrativa veloz y enérgica. Las otras incursiones recientes en Marte tampoco terminaron de convencer. La citada Los últimos días en Marte solo se la recomiendo a aficionados a la ciencia-ficción de terror básico (la típica de ir muriendo en fila), Misión a Marte iba de pretenciosa pero era muy simplona, y Planeta rojo a pesar de su presupuesto era una serie b también muy justita.

Aparte tengo que mencionar que la calidad de los doblajes sigue bajando. En esta película mitad de los actores no parecen ponerle ganas, de hecho en alguna escena parece un doblaje amateur, con personajes que hablan sin matiz alguno en la voz cuando por la escena parece indicarse que están en tensión. Con el jugoso reparto que ha reunido Scott, el destroce es lamentable. El peor es el caso de Kate Mara, a quien le han encasquetado una voz muy reconocible y demasiado omnipresente: la de Natalie Portman, Keira Knightley, Scartlett Johansson, Anne Hatthawy y cualquier actriz joven que haya. Por el amor de dios, ¿es que no hay más dobladoras en el gremio? Me saca completamente del personaje e incluso de la película, pues me resulta falso e incluso desagradable, por ser una voz muy aguda que no le pega nada y que se escucha en demasiadas películas. Y por supuesto, donde hay doblaje hay traducción: vaya plaga de leísmo que asola el cine reciente. Hasta el poster comete faltas flagrantes: Traedle a casa. ¿Traedle qué, una pizza?