El Criticón

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Blade Runner 2049


Blade Runner 2049, 2017, EE.UU.
Género: Suspense, ciencia-ficción.
Duración: 164 min.
Dirección: Denis Villeneuve.
Guion: Hampton Fancher, Michael Green, Philip K. Dick (novela).
Actores: Ryan Gosling, Robin Wright, Sylvia Hoeks, Jared Leto, Ana de Armas, Harrison Ford, Mackenzie Davis, Dave Bautista, Lennie James, David Dastmalchian, Tómas Lemarquis, Hiam Abbass.
Música: Hans Zimmer, Benjamin Wallfisch.

Valoración:
Lo mejor: Guion inteligente y acabado deslumbrante. Es respetuosa con la original y en algunos aspectos la supera: explora muy bien la temática, la historia es intrigante y absorbente, y los personajes inolvidables. El reparto está muy implicado. El aspecto visual es impecable: dirección, fotografía, y efectos especiales magníficos.
Lo peor: Repite los fallos más graves de la primera parte, hay un exceso de pretensiones y metraje: se podrían eliminar pasajes completos y agilizar otros, y el tramo final no está a la altura del resto del relato. Y por supuesto, al ser ciencia-ficción no se tuvo en cuenta entre los certámenes de premios más famosos en un año en que fue una de las mejores películas.
La frase:
1) La civilización ha dado saltos con trabajadores desechables. Perdimos estómago para esclavizar, excepto a seres diseñados.
2) Más humanos que los humanos.

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EL RIESGO DE CONTINUAR UNA OBRA DE CULTO

Terror generó el anuncio de una nueva versión o secuela de Blade Runner (Ridley Scott, 1982) en una época en que se mancillan cintas de culto y clásicos sin pudor por arañar cuatro dólares en la taquilla. Todo apuntaba a desastre, tanto por las experiencias previas con otras continuaciones tardías como porque han pasado treinta y cinco años y el cine y la gente han cambiado y por tanto el factor asombro ya no puede funcionar igual, y menos con una cinta tan idealizada, hasta el punto de ser una de las más sobrevaloradas de la historia.

Pero contra todo pronóstico, salió una gran película. Los motivos son obvios, pero todavía los directivos de las majors y otros muchos productores siguen sin enterarse, a tenor de que se siguen haciendo secuelas y remakes basura en cantidad. Cuántas nuevas reinvenciones abominables de Terminator, Alien y Depredador tendremos que tragarnos hasta que se den cuenta de ello. Hay que tener respeto por la obra original, la seguridad de haber encontrado motivos válidos para continuarla, elegir autores con talento para desarrollarla, y no meter mano en el proceso cambiando de ideas sobre la marcha. ¿Que puede salir algo que no convenza a todos? Es probable, dado que el factor nostalgia e idealización pone barreras muy altas. Pero desde luego la posibilidad de tener un producto desalmado, torpe cuando no cutre hasta resultar insultante para el espectador, se reduce casi a cero.

Poner en marcha el proyecto fue complicado. Durante los noventa ya se planteó, pero se atascaron con la adquisición de los derechos de adaptación de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la novela de Philip K. Dick en que se basaron para la primera película. Estaban en manos de uno de los productores de aquella, Bud Yorkin, y no soltaba prenda hasta que en 2011 cedió ante Andrew Kosoveque y Broderick Johnson, no muy conocidos pero con una trayectoria lo suficientemente sólida como para fundar su propia productora, Alcon Enterntainment, con la que habían desarrollado un buen número de obras de suspense y acción de presupuesto moderado, algunas con bastante éxito como Insomnio (2002), El libro de Eli (2010), Prisioneros (2013)… No sé cómo llegaron a un acuerdo, pero por suerte incluyó la cláusula de no hacer remakes, sólo secuelas. También tuvo que ser complicado encontrar grandes estudios que apoyaran un título tan arriesgado. Compartieron la producción con Columbia Pictures, la distribución nacional (en Estados Unidos) corrió a cargo de Warner Bros. y la internacional fue a través de Sony Pictures.

Como prueba de sus intenciones de hacerlo bien, contrataron a uno de los guionistas originales, Hampton Fletcher, y tantearon a un director con gran inventiva, Christopher Nolan. Pero este tenía sus propios planes, así que intentaron traer de nuevo a Ridley Scott. Este también estaba ocupado, con Alien: Covenant (2017), y sólo aportó algunas ideas a la historia. Viendo el resultado de sus últimas aproximaciones al género, Prometheus (2012) y Covenant, que además son de una saga iniciada en parte por él, cabe pensar que fue una suerte que no estuviera al frente, pues no parece tener la inspiración de la juventud. Mientras tanto, al guion se unió Michael Green, capaz de lo peor y lo mejor: de Linterna Verde a Logan, de Covenant a Blade Runner 2049, estas tres últimas además en el mismo año.

Si los temores iniciales se fueron aplacando al ver que se tomaban en serio el proyecto, la llegada del director Denis Villeneuve despertó un gran interés entre los cinéfilos. Ya apuntaba maneras rematando con un acabado muy sólido algunos thrillers y telefilmes con en apariencia poco alcance, como Prisioneros, pero dejó gran huella con Sicario (2015), tampoco muy consistente en guion pero con un acabado espléndido, y terminó de mostrar su gran talento y visión en la maravillosa La llegada (2016).

Blade Runner 2049 se rodó en Hungría para abaratar costes, aunque hay otras pocas localizaciones, como Islandia y España, para algunos exteriores. El Ejido y Sevilla sirvieron para el prólogo, por ejemplo.

MÁS HUMANOS QUE LOS HUMANOS, MÁS PELÍCULA QUE MUCHAS SECUELAS

Recuerdo la experiencia en el cine como si fuera ayer mismo. Quedé hipnotizado desde el prólogo, la historia que se abre ante los ojos invita a implicarse de lleno en lo intelectual tanto como en lo emocional, uniendo pistas en el intrigante caso que investiga el protagonista, dejándote llevar por los sugerentes pensamientos, quedando embelesado ante las poderosas imágenes. Supongo que así se sentirían los que vieron la original en su momento. Pocas veces en el cine reciente he encontrado obras tan absorbentes, con guiones tan inteligentes y acabados tan exquisitos. Y casi siempre ha sido en ciencia-ficción: la citada La llegada, Interstellar (Christopher Nolan, 2014), Mad Max (George Miller, 2015), e incluso algunos capítulos de Los Vengadores.

Blade Runner 2049 mantiene la esencia de la primera parte, su aspecto visual arrebatador, el futuro inquietante pero a la vez fascinante, el análisis filosófico sobre qué nos hace humanos y adónde llegaremos con las inteligencias artificiales, el cine negro en clave de ciberpunk… Pero en algunos amplía horizontes, halla un mejor equilibrio, o directamente se presenta bastante superior.

La investigación policíaca, tan fallida en aquella, aquí es impecable. Combina a la perfección la descripción del futuro imaginario, que es aún más desolador, la odisea de los replicantes por librarse del yugo de sus creadores y tener una vida propia (lo que incluye también los pensamientos existencialistas), la melancólica historia del protagonista, y da espacio a personajes secundarios bastante más complejos y atractivos.

La investigación se desgrana poco a poco, atrapando con la intriga de las indagaciones y los dramas de K (Ryan Gosling), el agente replicante que obedece al sistema pero se lamenta de no tener una vida plena. Las pistas llegan tras un gran esfuerzo personal y laboral, sin chorradas (la magia que hacían con una foto en la primera entrega) ni cosas que le caen encima entre escenas de acción, algo demasiado habitual en el cine en las últimas dos décadas. Se pueden ir uniendo los datos para dar forma al caso, de manera que te vuelcas de lleno y puedes deducir cosas por tu cuenta. Cada cierto tiempo alguna revelación crucial cambia el panorama por completo, llevándote hacia nuevos y enigmáticos caminos. Cuando creías tener ya construido el puzle, como el propio protagonista, te llevas un shock tremendo al desvelarse la realidad en un giro fantástico.

Gosling está espléndido. Es un actor que se ha hecho un maestro de la contención y lo sutil, y aquí la lleva la límites asombrosos. El replicante que debe mostrar una fachada de equilibrado y obediente está cada vez más roto por dentro, algo que se observa en cada silencio y mirada. La imagen de soso y empanado que ofrecía cuando empezó a darse a conocer en Drive (2011 y Los idus de marzo (ídem) ha quedado atrás. Entre Blade Runner 2049 y Dos buenos tipos (2016) debería haberse llevado alabanzas y premios por doquier.

Algunos secundarios llaman la atención incluso con apariciones breves: el replicante del prólogo (Dave Bautista) resulta trágico, la prostituta interpretada por Mackenzie Davis es llamativa a pesar de su escasa relevancia real, Lennie James da vida a un personajillo interesante también, el chatarrero esclavista, la doctora aislada, Ana Stelline (interpretada por la suiza Carla Juri) es enternecedora y su encuentro con K es memorable, y Joi (Ana de Armas) es un encanto, inicialmente una acompañante modélica para el torturado protagonista, luego cada vez más humana.

Pero los más relevantes logran dejar una profunda huella. La jefa de policía (Robin Wright) es atractiva de por sí, pero además aporta muy bien la perspectiva de los humanos que quieren mantener el statu quo. De la sorpresa que dio la neerlandesa Sylvia Hoeks todavía no me he repuesto, cada vez que vuelvo a ver la película alucino por el papelón que se marcó y lo que pasó desapercibido. Ya el personaje es potente, una replicante entre perrita faldera y perra de ataque con unas motivaciones que se van exponiendo de maravilla: la pobre sólo es capaz de sentirse viva y realizada obedeciendo fielmente y triunfando en los objetivos que le han marcado, aunque sea a costa de destruir vidas. Pero el torrente de miedos y rabia con que le da vida Hoeks es impresionante y redondea el personaje hasta que se sobrepone a los demás con los que comparte escena.

La esperada aparición de Harrison Ford como Deckard tenía la dificultad de ser uno de esos casos en que entra en juego la nostalgia y es difícil contentar a todos, pero no parece haber decepcionado a nadie. La vida que se intuye entre capítulos es sugerente, sin artificios ni más explicaciones de la cuenta, la posición actual como secundario funciona en bien el lado emocional, aunque en lo argumental sí se puede decir que podría haber hecho algo más relevante, sobre todo en el tramo en que está capturado. Las apariciones estelares de Gaff (Edward James Olmos y Rachael (Sean Young rejuvenecida por ordenador) también son emotivas.

En un escalón inferior queda Niander Wallace, el heredero Tyrell como principal fabricante de replicantes. No sé qué empeño hubo con poner a Jared Leto en papeles atípicos y exigentes (este y el fallido Joker de Escuadrón suicida -2016-), no ha mostrado ni carisma ni talento durante su carrera como para merecerlo. Su pose marcada es forzada tanto por el guion como por el actor, y si bien sus discursos son muy jugosos, se exceden con la cháchara un poco más de la cuenta. Sin duda se pretendía un individuo estrafalario, con una visión entre idealista y perturbadora, pero no cumple lo suficiente en ello ni termina siendo un villano que transmita verdadera sensación de peligro.

La puesta en escena es un portento asombroso. La recreación del futuro es impecable, una magnífica combinación de maquetas y ordenador. La fotografía de Roger Deakins con unos virtuosos juegos de luces y nieblas es bellísima. Y Denis Villeneuve une todo consiguiendo una obra que de hermosa y emocionante resulta sobrecogedora, te tiene tramos casi sin poder respirar, complemenente absorto. Sólo se queda corta, bastante corta, la banda sonora de Hans Zimmer y Benjamin Wallfish, que apenas funciona como un efecto sonoro de acompañamiento más que como una partitura bien implicada y con temas con la fuerza de los que nos dejó Vangelis.

EXCESOS AQUÍ Y ALLÁ DESLUCEN EL CONJUNTO

Con tanto talento y esfuerzo, con un resultado tan excelso, hasta el punto de aportar notorias mejoras a la obra original, es aún más inesperado que arrastrara también los mismos fallos de aquella. A veces peca de irse por las ramas, de pagada de sí misma y de sobre exposición de algunas ideas. En el tramo final da la sensación, aunque desde luego no es tan grave como en la primera parte, de que se desvía de algunas propuestas planteadas por el camino. Sumado a eso, la longitud excesiva y un desenlace anticlimático hacen que pierda fuerza y ritmo en el tercer acto.

Todo ello lastra una obra que, viendo sus puntos fuertes, debería haber sido de sobresaliente, quizá incluso una obra maestra. La capacidad de abstraerte de lleno en las poryección en los primeros dos o tres visionados se resiente en los siguientes, una vez sus fallas empiezan a hacerse más evidentes, y si ya era un poco densa, puede hacerse pesada. Como en la cinta original, la sensación de que se quedan a las puertas de algo grandioso es un tanto decepcionante.

Villeneuve afirma que tenía un montaje previo de cuatro horas y recortó hasta dos horas cuarenta. Si lo consideró demasiado grandilocuente y largo, cómo sería, porque en la versión final queda claro que el realizador y el principal guionista están tan enamorados de su trabajo que acaban resultando un tanto pretenciosos, forzando en algunos momentos un tono solemne innecesario e incapaces ver lo que sobra o resulta reiterativo.

Como en la original, hay demasiadas letras iniciales agobiándote con una información que luego resulta que está muy bien explicada en los primeros escenarios. Hay planos y escenas contemplativas un tanto forzadas. La relación con Joi se alarga demasiado sobre cosas que ya están claras. La llegada a Las Vegas tiene minutos perdidos en enseñar el paisaje apocalíptico y la chorrada de las abejas. Y en general hay bastantes situaciones que se podrían haber agilizado.

También tenemos un breve pero molesto salto hacia el lado contrario, hacia la simplificación excesiva. Tras la investigación y otras situaciones donde iba siendo un relato inteligente y enrevesado, de repente se empeñan en darte la resolución bien mascadita: sobra completamente decir quién es la doctora aislada con flashbacks y diálogos explicativos, la deducción es evidente ya antes de que el protagonista lo asimile.

Hay algunos agujeros de guion llamativos y un giro muy forzado en el final. Cómo sabe K que el tipo que encuentra en Las Vegas es el que busca, podría ser otro fugitivo o superviviente cualquiera. Y sobre todo, cómo averigua al final adónde van a llevar al preso y cuándo es el traslado. Aunque ese mismo hecho es absurdo de por sí: no me creo que el todo poderoso Wallace no tenga recursos para interrogarlo en la Tierra y tenga que llevárselo a planetas lejanos, es una excusa muy torpe para justificar el rescate. ¿No hubiera sido mejor una incursión en su guarida, vencerlo en su propio terreno? Eso implicaría también que el villano no deje de aparecer en el desenlace y no se sepa más de él. También me pregunto por qué el viejo edificio Tyrell está abandonado, con los problemas obvios de espacio que hay en la ciudad. No hubiera sido tampoco mala idea jugar con la nostalgia y los orígenes de los replicantes llevando al preso a ese lugar y desarrollar el final ahí.

El desenlace elegido, aparte de poco meditado y mal justificado, también resulta bastante anticlimático. El encuentro entre K y Deckard (con Sinatra y Elvis de fondo) y la pelea contra Luv se eternizan sin aportar nada concreto en el arco dramático de los personajes y en los pensamientos planteados, son tortas sin más. Y la cosa empeora porque justo antes de lanzarlo se habla de una rebelión de los replicantes contra sus creadores… algo que se deja totalmente de lado. Así, cabe preguntarse para qué sirve la misteriosa replicante con un ojo, (Hiam Abbass): K podría haber cerrado el caso de muchas otras formas.

GÉNERO MENOSPRECIADO, OBRA DE CULTO

Pero aun con sus fallas el conjunto resulta tan fascinante que se ha convertido en cinta de culto, y esta vez, al ser una saga ya asentada, ha ocurrido al instante. Eso implica que pocos la vimos y pocos la adoramos, pero suficientes como para que su nombre suene constantemente. El riesgo corrido por los productores y autores les ha dado prestigio entre los espectadores y medios más cinéfilos, pero en reconocimiento del público anduvo algo justa y los premios más populares como es habitual no la tuvieron en cuenta, al considerar la ciencia-ficción como cine de segunda categoría.

El presupuesto fue muy abultado, de 150 millones de dólares, aunque se rumorea que llegó a 185. En taquilla dio unos decentes 260 millones, pero claro, tenía hacer unos 350 para empezar a dar dinero. Aquí hay que decir que los productores se columpiaron bastante. Siendo ciencia-ficción seria e inteligente y para mayores de 18, no sé cómo esperaban arrasar como si fuera una saga tipo Los Vengadores o La guerra de las galaxias. Villeneuve y Scott afirman que desearían hacer más películas, pero con sus ocupadas agendas y tanto dinero en juego no parece que vaya a ocurrir. Por suerte, el renombre que se ha ganado Villeneuve le ha permitido volver a obtener financiación para otro título difícil del género, Dune de Frank Herbert.

No sorprende que los Óscar y Globos de Oro de nuevo se volcaran en cintas melodramáticas e históricas prefabricadas (La forma del aguaGuillermo del Toro-, Los archivos del PentágonoSteven Spielberg-, El instante más oscuroJoe Wright-) cuando había obras de superhéroes, fantasía y ciencia-ficción muy superiores: Logan (James Mangold), Guardianes de la galaxia Vol. 2 (James Gunn), Thor Ragnarok (Taika Waititi), It: Capítulo 1 (Andy Muschietti) y la presente deberían haber rivalizado en el top del año junto a Dunkerque (Christopher Nolan) y Tres anuncios a las afueras (Martin McDonagh), las únicas notables que se contaron en esos obtusos certámenes. Al menos, en los aspectos técnicos sí obtuvo algunas distinciones.

Saga Blade Runner:
Blade Runner (1981)
-> Blade Runner 2049 (2017)

El protegido


Unbreakable, 2000, EE.UU.
Género: Suspense, drama, superhéroes.
Duración: 106 min.
Dirección: M. Night Shyamalan.
Guion: M. Night Shyamalan.
Actores: Bruce Willis, Samuel L. Jackson, Robin Wright, Spencer Treat Clark.
Música: James Newton Howard.

Valoración:
Lo mejor: Original, sugestiva, hecha con mucho mimo.
Lo peor: Lenta en un primer visionado, se puede hacer pesada en los siguientes, porque se basa mucho en golpes de efecto y el aspecto audiovisual es superior al contenido.

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Tras deslumbrar a medio mundo con El sexto sentido en 1999, M. Night Shyamalan tomó un camino que descolocó a los que esperaban más de lo mismo, suspense y terror. De hecho, el primer tráiler parecía anunciar una de miedo, y el segundo no dejaba muy claro de qué iba. El protegido es una obra muy arriesgada y personal, con lo que llega con intensidad a algunos espectadores y choca frontalmente con otros, sobre todo si se va con ideas preconcebidas y la mente cerrada. Ofrece un perspectiva insólita del género de los superhéroes tanto en forma como en contenido, pero la cinta tiene más capas, porque también es un drama bastante certero.

Huyendo de mundos de fantasía y personajes con superpoderes grandilocuentes representados con muchos efectos especiales en aparatosas escenas de acción, el indio apuesta por tomar una perspectiva más realista y contenida, centrando el relato en el drama de dos individuos bastante normales y un entorno mundano y aburrido. Las bases, el argumento más clásico y muchos clichés del género de superhéroes están presentes, pero mostrados desde este ángulo tan humano. También es evidente que quiere homenajear al género, no sólo darle vuelta de tuerca. Las referencias a los orígenes, los cánones y otros detalles de este arte son constantes en todo el metraje, y además se funden con naturalidad con la trama y la descripción de los protagonistas.

El héroe es superior en lo moral y lo físico al hombre común, y por lo general también al supervillano, que se apoya en su intelecto retorcido para buscar ventaja exprimiendo diversos recursos y tecnologías y tratando de adelantarse a los planes de su némesis. El héroe es bueno de corazón, pero debe elegir entre una vida normal y la sacrificada responsabilidad de estar de guardia para salvar a desconocidos cada dos por tres, con lo que su viaje no está exento de dilemas; además, su contrincante suele ponerlo ante problemas y elecciones complicados. El enemigo se divide en dos tipos, los criminales comunes y el supervillano. Los primeros suelen servir únicamente para presentar al héroe y su aprendizaje. El villano emerge de una vida dura que se complica por los fallos del sistema, y actúa con rabia destructora que se agrava porque el bueno desbarata sus proyectos cada dos por tres. El autor reincide en la idea de que la dualidad es necesaria para el nacimiento y maduración de ambos: sin uno, el otro no tendría mucha razón de ser, y los dos se retroalimentan.

Estos conceptos están desarrollados a través de un drama sencillo, combinados con los problemas cotidianos de la gente de forma que vemos más de cerca que nunca a la persona real tras el superhéroe. En algunos cómics, como Superman o Spider-Man, se ha abordado ese aspecto, pero casi siempre es para poner en apuros al protagonista, con familias y amigos en peligro por culpa de los malos, y también para aportar algo de comedia con los choques entre las dos vidas. Shyamalan va a conflictos más oscuros y profundos pero que cualquier persona ha sufrido o puede sufrir alguna vez.

David Dunn es un guarda de seguridad que ve pasar los años sin que la existencia termine de llenar su vacío. Elecciones pasadas le hacen recordar que podía haber tenido otra vida, una de ensueño como deportista, y por ello es incapaz de ver lo que tiene delante. El matrimonio hace aguas, el niño es una carga, el trabajo lo aburre… Elijah Price en cierta manera va en sentido contrario. Se atribuye un lugar en el mundo, pero su vida y sus ambiciones chocan con sus limitaciones, y la frustración marca su personalidad. El encuentro entre ambos promete despertar el potencial de cada uno, pero antes tienen que enfrentar sus demonios internos y los efectos secundarios en su círculo cercano. Cabe destacar la parte del hijo de David, que sufre las consecuencias en algunas escenas muy potentes.

Bruce Willis nos dejó a cuadros en El sexto sentido con una interpretación seria y muy conmovedora después de estar décadas interpretando a distintas versiones de John McClane (La jungla de cristal, 1988), y aquí se mantiene en esa línea, aunque quizá un peldaño por debajo. Samuel L. Jackson capta muy bien la aflicción y cólera de Elijah. El joven Spencer Treat Clark está estupendo como niño confundido. Sólo Robin Wright queda un poco descolgada, pero también es cierto que su personaje es más secundario.

Con la contención citada, el relato avanza sin vistosos encuentros entre los dos protagonistas, sino con mucho diálogo y mucha exposición sutil que desgrana poco a poco los sentimientos, los miedos y los apáticos esfuerzos que hacen cuando la realidad trata de imponerse. Por ejemplo, desde la magistral presentación donde David se guarda el anillo esperando tener una aventura romántica se hace palpable su melancolía y el distanciamiento con su familia, y el accidente de tren no se ve, se muestra como lo viviría él, haciéndonos partícipes del cambio inesperado y cómo le afecta. Pero infinidad de detalles visuales y algunos diálogos muy certeros abundan por el relato; me gustan especialmente aquellos planos donde David mira algo y la cámara tarda unos segundos en acercarse a ello, matizando el estado de ánimo del personaje (expectante) y también el suspense.

Y es que el esfuerzo en la puesta en escena hace gala de una inteligencia y una cantidad de recursos asombrosa. Plano a plano Shyamalan compone un mosaico de sensaciones y belleza muy singular, y demostró que El sexto sentido no fue un momento puntual de inspiración sino la presentación de uno de los mejores directores del momento. La música de James Newton Howard, con una efectiva base electrónica, termina de realzar tanto el drama como la intriga, y brilla en los momentos de revelación, como la escena de David en la estación abriendo los brazos para conectar con la gente.

Pero, después de todo, la película se queda corta. Por la razón que fuera, Shyamalan va a un mínimo muy justo. Con el guion que desarrolla da la sensación de que no hay suficiente para un largometraje, sino que iría mejor en un capítulo de una serie tipo Dimensión desconocida (1959) o Más allá del límite (1963 y 1995). Así, rellena bastante, reincidiendo en algunas cosas (los encuentros con Don Cristal se repiten más de la cuenta), estirando el drama de la separación (alguna conversación, sobre todo la de la cita reconciliadora con la esposa, se alarga mucho)… y en cambio, donde debería haber más metraje, en el final, corta por lo sano porque prefiere terminar con el subidón del giro sorpresa. Resume con texto en pantalla lo que deberíamos ver, de forma que, aunque salieras del cine asombrado por el golpe de efecto, en los revisionados empieza a pesar la impresión de que después de todo no es un giro tan efectivo y faltaban por contar cosas. Cabe pensar que agilizando el ritmo mejoraría la experiencia y además cabría un enfrentamiento entre héroe y villano mejor trabajado, pues después de tanto tratar el tema y prometer termina abruptamente sin abordarlo.

Por ello no veo la obra maestra que defienden algunos, pero El protegido sin duda se ha de considerar una cinta de culto, original como pocas, hecha con gran amor al arte y a lo que se está contando.

Más tarde Shyamalan afirmó que tenía en mente una trilogía, pero quedó en el aire con el posterior declive de su carrera. Pero se atrevió a volver a tantear esa idea en Múltiple (2016), y con su arrollador éxito puso pronto en marcha una nueva película que combinara ambas, Glass (2019), formando dicho tríptico.

Everest


Everest, 2015, EE.UU.
Género: Drama, aventuras.
Duración: 121 min.
Dirección: Baltasar Kormákur.
Guion: William Nicholson, Simon Beaufoy.
Actores: Jason Clarke, John Hawkes, Josh Brolin, Jake Gyllenhaal, Thomas M. Wright, Martin Henderson, Ingvar Eggert Sigurðsson, Michael Kelly, Emily Watson, Keira Knightley, Sam Worthington, Robin Wright.
Música: Dario Marianelli.

Valoración:
Lo mejor: Los momentos cumbre agobian y causan desazón.
Lo peor: El ritmo es muy irregular, el dibujo de personajes superficial. No emociona e impacta como podría.

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El estreno llegó sin mucha expectación, pues no tiene nombres reconocibles ni una gran campaña publicitaria detrás. Pero las críticas y el boca a boca han sido bastante buenos, y si bien no se ha convertido en un taquillazo sin duda terminará siendo muy rentable. Yo fui por esa buena recepción, pero lo cierto es que la he visto excesiva. Es una película vistosa y entretenida, pero su potencial daba para muchísimo más. El drama no me removió por dentro lo más mínimo, el espectáculo va justito, los personajes secundarios son mejorables, el ritmo es muy irregular.

El principal problema es que al guion le falta inteligencia y determinación, y es la puesta en escena la que realza sus pocas virtudes. Termina pareciendo un telefilme de alto presupuesto: drama básico, desarrollo de personajes esquemático, desenlace sin garra, y sobre todo la impresión de que carece de trascendencia, y eso que se basa en una tragedia muy llamativa. Si termina resultando un título de acción dramática aceptable es por su tramo central, donde el desconocido director Baltasar Kormákur exprime el escenario y el sufrimiento de los protagonistas al máximo. El peligro de la tormenta, el cansancio de los escaladores, la tensión en el campamento… Consigue un puñado de largas secuencias donde hay bastante agobio e inquietud por el destino de los escaladores. Y por ello es una pena que se vea tan limitado por la escasa profundidad de los protagonistas, que se va diluyendo cuanto más secundarios son estos.

Los roles de Jason Clarke y John Hawkes son los únicos con una personalidad clara, los únicos que interesa seguir de principio a fin. En el siguiente rango ya estamos entre los clichés cargantes (Josh Brolin como el chulo tonto, Keira Knightley como la esposa sufridora) y los que te suenan pero no te queda claro quiénes son realmente: el sueco (¿o era ruso?) y algún otro los reconoces porque salen bastante, y el de Jake Gyllenhaal porque es el actor más conocido. Con estos el interés ya va justito. El siguiente nivel es de atractivo nulo, como la japonesa y otros que sólo hacen bulto, con lo que su sufrimiento apenas llega con intensidad, y en los casos en que alargan sus escenas innecesariamente empiezan a aburrir. Por ello me sorprende que algunos se hayan quejado de que han faltado escaladores, como una española que andaba por allí. Pues no, a la película le sobran personajes. O mejor, le falta un guion más hábil a la hora de presentarlos de forma cercera y darles una personalidad y posición claras. Aparte de todos estos tenemos el extraño caso del rol de Sam Worthington, que por alguna razón recibe mejor tratamiento que otros a pesar de ser completamente prescindible. Su gran aportación es hablar un par de veces por radio.

Everest tiene lo básico para cumplir como entretenimiento, pero el único recuerdo que deja es la sensación de haber desaprovechado una historia con más potencial.

El hombre más buscado


A Most Wanted Man, 2014, EE.UU., Reino Unido, Alemania.
Género: Suspense.
Duración: 122 min.
Dirección: Anton Corbijn.
Guion: Andrew Bovell, John le Carré (novela).
Actores: Philip Seymour Hoffman, Nina Hoss, Grigoriy Dobrygin, Robin Wright, Rachel McAdams, Willem Dafoe.
Música: Herbert Grönemeyer.

Valoración:
Lo mejor: El papel de Philip Seymour Hoffman. La lectura moral.
Lo peor: Falta de ritmo y energía, resulta bastante aburrida.

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El realizador Antjon Corbin dirigió El americano (con George Clooney), que fue una de las pocas películas que no he conseguido terminar de ver enteras, pues de aburrida y superficial me resultó insoportable. Si le di una oportunidad a El hombre más buscado es por ver el último trabajo del fallecido Philip Seymour Hoffman y porque las críticas la ponían bastante bien. No me ha llenado del todo, pero al menos no ha sido tiempo perdido.

Su fuerte es su tono europeo, es decir, es una obra muy alejada de la inmadurez intelectual y moral y de la corrección política que sufre Hollywood. La trama es realista, los personajes también, los dilemas éticos, políticos, profesionales y personales de cada situación son complejos y no tienen una única solución, y además dejan consecuencias. El lío entre gobiernos, agencias y agentes, y la lucha del protagonista por salir adelante conforman tramas con potencial pero sobre todo con un jugoso trasfondo. El relato termina proponiendo una forma alternativa y bastante atrevida de enfrentar el terrorismo islámico, y por el camino ha dejado otras tantas ideas y pensamientos con los que reflexionar sobre prejuicios, conflictos culturales, ambiciones políticas que generan más problemas de los que resuelven, etc.

Pero no hay más. A cambio hay que soportar una trama que cuando se sale de los conflictos morales carece de ritmo, intensidad y tan siquiera interés. La odisea por atrapar y usar al terrorista a la fuga no ofrece nada impactante, la intriga es escasa, el calado emocional casi nulo. Y le cuesta bastante dotar de profundidad a unos personajes en principio muy atractivos. La chica que defiende al objetivo (Rachel McAdams) debería haber dado más juego. El banquero (Willem Dafoe) es un objeto de la trama, y el intento de darle vida con una escena familiar no funciona. Los compañeros del protagonista son insustanciales. Es Hoffman el único que interesa, gracias a la intensidad de su interpretación, que muestra mejor que el guion el esfuerzo que realiza y los problemas que sortea.

Para una vez que encuentro una película con calado y contenido resulta que carece de un envoltorio que lo sostenga y muestre con solidez y atractivo suficiente.

Moneyball: Rompiendo las reglas


Moneyball, 2011, EE.UU.
Género: Drama.
Duración: 133 min.
Director: Bennett Miller.
Guion: Steven Zaillian, Aaron Sorkin, Michael Lewis (novela).
Actores: Brad Pitt, Jonah Hill, Philip Syemour Hoffman, Robin Wright, Cris Pratt, Stephen Bishop.
Música: Mychael Danna.

Valoración:
Lo mejor: Historia sólida y entretenida.
Lo peor: No deja huella alguna. Muy sobrevalorada por los premios de la temporada.

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Moneyball se basa en la historia real de un equipo de béisbol de segunda fila sin presupuesto para formar una plantilla de nivel y con un equipo técnico que se las apaña como puede para fichar una figura o dos y tratar de hacer algo centrando el juego en ella. El encargado de los fichajes, desesperado por la situación, opta por una táctica novedosa: aprovecha las ideas de un genio programador y estadista y sigue el camino contrario al esperado, pues en vez de ir a por unas pocas estrellas de calidad trata de hacer un equipo equilibrado basando los fichajes en la estadística. Eligen los porcentajes más sólidos o los que mejor se adaptan a su estrategia (según les falte cubrir una posición o quieran potenciar otra), incluyendo a jugadores que por razones varias (edad, lesiones, fama) son repudiados. Por razones que se me escapan, en este deporte entre las distintas secciones del equipo técnico no hay comunicación, y como el entrenador y el encargado de los fichajes son puestos distintos y sin una relación directa, la nueva situación da no pocos momentos tensos por las distintas formas de ver las cosas. Finalmente se impone el criterio a la tradición, y el equipo despega de forma impresionante, causando un impacto que abre una nueva era en el béisbol.

Lejos de que pueda parecer y de lo que he leído en alguna crítica, el desconocer este deporte no hace de Moneyball una historia complicada o aburrida. Como mucho te preguntarás lo que indicaba en el párrafo anterior, el cómo demonios una plantilla de técnicos tan grande puede funcionar si cada sección va por libre: el entrenador, la economía, los fichajes, etc… Pero aparte de eso no hay problema alguno para seguir la trama, ni siquiera en la táctica estadística. De hecho, o se pasa muy por encima de tecnicismos innecesarios o se explica todo mediante escenas muy amenas que se centran en aspectos menos complicados de entender, como los puntos fuertes de cada jugador y la guerra constante de fichajes. En realidad es, en líneas generales, una historia de superación muy clásica, sencilla, directa y entretenida. El personaje principal resulta cercano y sus problemas interesan, las situaciones y conflictos dan siempre algo de valor (nada de chorradas facilonas, sentimentaloides o previsibles), la trayectoria del equipo da bastante de sí y hay unos cuantos buenos momentos.

Sin embargo a la aventura no le veo tanta calidad como para el revuelo que ha generado. Es más, si no fuera por la efectiva sucesión de anécdotas se notaría que la trama es más bien simple, y sobre todo hay que decir que en personajes anda muy escasa. Únicamente el rol principal tiene un poco más de enjundia, el resto, incluido el genio, quedan muy en segundo plano, desdibujados e infrautilizados hasta el punto de que llegué a pensar que se estaba echando a perder una historia con potencial al centrarlo todo en una sola figura.

Así pues, aunque sea bastante amena, no resulta una película especialmente llamativa, no como para causar impresión o dejar huella tras su visionado. Y desde luego no le veo calidad como para haber sido tan aclamada en la temporada de premios. Es alucinante que agarrara seis nominaciones a los Oscar y cuatro a los Globos de Oro, pues desde mi punto de vista no merece ninguna. El aplaudido guion no tiene la talla que algunos le acreditan o que el renombre de sus autores prometía (Steve Zailian y Aaron Sorkin), y desde luego me parece absurdo ver cómo los actores han sido tan sobrevalorados: Brad Pitt está correcto sin más, muy lejos de sus mejores papeles, y Jonah Hill directamente parece un extra haciendo bulto, convirtiéndose ambos en algunas de las nominaciones a intérpretes (tanto en los Oscar como en Globos de Oro) más incomprensibles que se han dado.

Millennium: los hombres que no amaban a las mujeres


Millennium: The Girl with the Dragon Tattoo , 2011, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 158 min.
Dirección: David Fincher.
Guion: Steven Zaillian, Stieg Larsson (novela).
Actores: Daniel Craig, Rooney Mara, Chistpopher Plummer, Stellan Scarsgard, Robin Wright, Joely Richardson.
Música: Trent Reznor, Atticus Ross.

Valoración:
Lo mejor: Todo, en especial la dirección, la fotografía, la música y el papel de Rooney Mara.
Lo peor: Que se considere una cinta menor de Fincher, cuando no lo es. Que le hayan robado premios gordos.

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Siendo una saga literaria convertida en éxito mundial de ventas y transformada luego en serie de adaptaciones al cine que, aun viniendo de un mercado tan lejano como es el sueco, adquirió también bastante éxito internacional, su adaptación por parte de Hollywood era sólo cuestión de tiempo. Ante esta situación hoy día lo más probable era encontrarnos una obra hecha únicamente como reclamo publicitario, es decir, sin poner esfuerzo alguno dotarla de personalidad (tipo Déjame entrar), pero tuvimos una suerte enorme al caer esta en manos de dos autores de nivel que además se esforzaron en ofrecer un producto de gran calidad: David Fincher en la dirección y Steven Zaillian en el guion.

El libreto sintetiza de maravilla una novela muy larga y compleja, haciendo inteligible todo el entramado de nombres de personajes que ni siquiera salen o lo hacen momentáneamente y mostrando fluidamente una trama a dos bandas que tardan bastante en unirse. Lo único criticable es que el desenlace del caso se ve venir, pero no importa demasiado porque está bien mostrado y en la parte relativa a los protagonistas sí se muestra un desenlace más original y efectivo.

La dirección de Fincher exprime al máximo una historia abocada a resultar lenta y tediosa en manos de alguien sin tantas dotes y personalidad. Compone un thriller intenso, subyugante, a ratos espectacular, con unos personajes magníficos tanto en su descripción como en su evolución y capacidad para llegar al espectador. El relato es oscuro y cruel, cualidades que el director agudiza sin contemplaciones llegando a ofrecer algunas escenas, como la violación y su represalia, realmente perturbadoras, de las más bestias y explícitas vistas en cine comercial en muchísimos años. De hecho el nivel de violencia es muy sorprendente para lo estándar en el Hollywood actual, y me extraña que no causara polémica.

La fotografía fascinante, el pulso y calidad impecable de cada escena (algunas visualmente impresionantes, como la persecución en moto) y la atípica pero eficaz música de Trent Reznor (que viene del rock industrial de calidad –Nine Inch Niles– y está pegando fuerte en las bandas sonoras) y Atticus Ross dan un aspecto visual arrebatador a una historia densa pero sumamente atractiva y entretenida. Y la labor de los actores, en especial una Rooney Mara totalmente sumergida en un personaje magistral, es impecable.

Así pues, es una pena que a estas alturas a David Fincher, ya aceptado por Hollywood (antes era el típico bicho raro de culto pero sin prestigio académico) y con obras muy premiadas, algunas incluso muy por encima de su calidad (insoportable la de Benjamin Button), le hayan pasado por alto otra gran película: ni guion ni dirección optaron a los Oscar y Globos de Oro cuando hay títulos claramente inferiores (Los descendientesAlexander Payne-, MoneyballBennett Miller-, Los idus de marzo, –George Clooney-) que sí lo han hecho.

Como apunte final, un dato extra para alabar la entereza y profesionalidad de sus autores: la historia se ambienta en la propia Suecia, algo que sorprende dado lo etnocentristas que son los estadounidenses, que ni aceptan cine que no sea en inglés (razón por la que se hacen versiones como esta).