El Criticón

Opinión de cine y música

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Independence Day: Contraataque


Independence Day: Resurgence, 2016, EE.UU.
Género: Acción, catástrofes, ciencia-ficción.
Duración: 120 min.
Dirección: Roland Emmerich.
Guion: Roland Emmerich, Dean Devlin, varios.
Actores: Jeff Goldblum, Bill Pullman, Williams Fichtner, Sela Ward, Liam Hemsworth, Judd Hirstch, Maika Monroe, Jessie T. Usher, Brent Spiner, Charlotte Gainsbourg, Deobia Oparei, Travis Tope.
Música: Harald Kloser y Thomas Wanker.

Valoración:
Lo mejor: Espectáculo y entretenimiento garantizados.
Lo peor: El tono estúpido no se ha eliminado.
Mejores momentos: La batalla final.
La pregunta: ¿Cómo han tardado veinte años en hacer la secuela a pesar de la cantidad de dinero que amasó la primera?
La frase:
-¿Por qué gritan?
-No, no gritan. Celebran.

* * * * * * * * *

No entiendo el varapalo que se ha llevado en la opinión del público. En la IMDb le dan la misma nota que a la infame Godzilla, y apenas ha llegado a 400 millones de dólares de recaudación, lo mínimo esperable hoy en día para una superproducción, a pesar de la publicidad y del interés aparente que había y de que la primera parte rompió esquemas con 800 millones a mediados de los años noventa. Bueno, en realidad supongo que el problema ha sido el factor nostalgia. La anterior está sobrevalorada en los corazones de los espectadores y se le perdonan fallos que a esta no. Es lo mismo que pasó con Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, por ejemplo. Parece que han olvidado los estereotipos cansinos en la trama y en los personajes y las salidas de tono excesivas. Vamos, el envoltorio inmaduro y por momentos bobo que echaba a perder unas ideas que parecían apuntar a algo más serio y grande. Con eso en mente, Independence Day: Contraataque es tan entretenida y espectacular… y tan estúpida, claro… como la anterior, y bastante mejor que los bodrios que lleva pariendo Roland Emmerich desde entonces (sólo merece salvar El patriota).

El único cambio notable es lógico y muy aceptable. No hay una larga introducción en plan intriga. No es necesario, conocemos el argumento. Pero no se abandona del todo, sino que el misterio se disemina aquí y allá, con la nave esférica y su sugerente contenido. Sí, cualquiera con dos dedos de frente intuirá de qué va la cosa (en cuanto ocurre lo de la Luna lo vi venir), pero tampoco pido una trama compleja o rebuscada, me conformo con que se desarrolle bien, con que no tomen al espectador por tonto. Y la historia funciona, dando la vuelta de tuerca necesaria al nuevo ataque del despiadado enemigo para que no sepa a repetición sin más. Pero también hay sorpresas. El tramo final no me lo esperaba y arregla un gran fallo del primer episodio: el desenlace esta vez no tiene sandeces patriotas, no es predecible hasta perder mucho interés, sino todo lo contrario, se realza un clímax épico con un giro muy bien exprimido.

El conjunto cumple de sobras como superproducción de acción. El ritmo es fantástico, se combinan muy bien los recesos informativos, las transiciones entre escenarios y personajes (otra cosa es que sobre algún rol, como indicaré luego) y las secuencias de acción. El nivel visual es impresionante a pesar de las reticencias iniciales porque todo sería digital. Los tiempos cambian, y desde hace años la recreación de ciudades por ordenador da resultados magníficos, así que no hay queja alguna. El espectáculo audiovisual está garantizado con un sinfín de situaciones catastróficas y batallas bastante variadas, impidiendo que aparezca la sensación de desgaste.

Pero claro, hay que hacer varios saltos de fe para disfrutarla, porque como analicemos a fondo el guion… La llegada de la nave gigantesca está muy bien recreada con los efectos especiales, pero desde luego no es verosímil. Su entrada en la atmósfera directamente destruiría a la humanidad al generar una tormenta global o incluso desplazar hacia el espacio la mitad de la propia atmósfera. Arquímides, señores guionistas. ¿Qué costaba mostrar naves de tamaño más creíble y bien armadas, en plan “han enviado sus destructores”? Nooo, aplican la ley de “más grande = mejor”. También canta un montón cómo se “olvidan” de los escudos para incluir una escena de pelea dentro de la nave. Dicen que “enviarán unos drones para desactivar los escudos”, algo que no vemos, algo que no vuelven a emplear. Además, si el enemigo está ahora desprotegido, por qué no atacas con todo el arsenal nuclear desde lejos, qué es eso de exponerte acercándote tanto. También hay agujeros de guion propiciados por no saber narrar bien, como el tipo que dice que sintonicen tal canal de la radio para hablar cuando ya están hablando, en un burdo intento de justificar que sigan comunicados cuando están separados. Y hay otros producidos por las cansinas escenas de tensión forzada, como engañarnos con que la nave de los compañeros no ha salido del hangar cuando es obvio que sí lo hará (si iban pegaditos, ¿dónde se mete?), o la chapucera cuenta atrás, donde señalan que quedan “cuatro minutos” cuando está claro que la batalla es bastante larga.

Pero los problemas serios de escritura están en el dibujo tan pobre de los protagonistas, el estilo pueril que se busca. Esta vez el patriotismo hortera no existe (de hecho, se habla de unión global, no de EE.UU.), pero no nos libramos de un grupo de personajes anclado en estereotipos vulgares. En realidad hay dos conjuntos de protagonistas, con un notable contraste entre ellos. El de adultos que trabajan duramente contra la amenaza, donde se ofrece una línea más seria, y el de jóvenes idiotas y despreocupados que acaban metidos en todo el embrollo pero nada parece importarles más allá de sus rencillas, amoríos y ganas de fornicar. Para rematar nos meten “la cuota China”, algo ya inevitable en las cintas destinadas a reventar la taquilla, porque ese mercado puede dar como cien millones más. Pero no se esfuerzan por integrar los caracteres de esta sección, sino que los meten en escenas forzadas y con aún más clichés. El familiar (aunque era tío, no padre, creo recordar) duro y exigente, la joven guapa tratando de hacerse un hueco en un mundo de hombres, el sacrificio heroico… En fin, minutos tirados a la basura. Pero bueno, también parecen tiempo perdido los otros adolescentes (aunque son treintañeros con supuesta experiencia se comportan como quinceañeros). El negro es un cero en interés y el actor (el desconocido Jessie T. Usher) empeora la cosa, de hecho, el protagonista es otro; vamos, que no sé qué pinta aquí el personaje, más allá de que tomaron como obligación que había que meter un hijo del personaje de Will Smith. A la hora de la verdad el único destacable del grupo es el blanquito chuletas (un lastimero Liam Hemsworth) al que le resbala todo y hace lo que le sale de los cojones, y aun así todo le va sobre ruedas. Por supuesto tampoco falta el secundario cómico, el tontorrón que se supone que es simpático pero resulta cargante de narices. Finalmente tenemos a la chica guapa, decidida y experta en todo lo que hace (piloto, asistente político… sólo le ha faltado dar órdenes junto a los generales); Maika Monroe (dada a conocer en It Follows) tampoco hace un gran papel, pero no da tanta pena como el resto.

Entre los adultos la cosa mejora, pero no tanto como para conseguir un buen repertorio. David, el científico que descubrió el plan en la primera entrega (Jeff Goldblum), sigue teniendo una personalidad clara y simpática. El número de generales se ha reducido y se potencia en uno solo, Adams, interpretado por uno de esos secundarios de gran calibre, William Fichtner; no dejo de pensar que este podría ser el personaje pensado inicialmente para Will Smith, aunque seguramente con más escenas de acción al final. El expresidente (Bill Pullman) y la nueva presidenta (Sela Ward) tienen la presencia e interés justos. Y varios de ellos son acompañados por secundarios que no parecen vitales pero dan más vidilla al conjunto: el funcionario es graciosete sin resultar excesivo, el líder tribal y su postura tan marcada tampoco se pasa mucho de la raya (y la parte de la tribu es interesante, aporta un poco de historia entre ambos capítulos). Pero ya van inclinándose demasiado hacia lo exagerado y absurdo, espectro que vuelven a copar el científico loco (Brent Spiner) y su novio, con el despertar del coma tras veinte años sin ninguna limitación física, el histrionismo y el humor de payasos infantiles. Pero como decía, también tenemos algunos personajes innecesarios. Reaparecen unos cuantos roles que aquí no pintan nada, del estilo de los de la caravana del capítulo previo: el padre de David y los niños no aportan mucho; ¿querían mostrar con ellos los problemas del pueblo llano? Entiendo la necesidad de dar homenajes varios, pero una cosa es la escena del discurso, donde aparece un viejo general, y otra la gilipollez del hospital, donde el piloto “hijo” de Will Smith deja el escuadrón que debe salvar al mundo para buscar a su mamá, escena tan forzada pero a la vez intrascendente que la borras de la memoria enseguida. Aunque para mí el más inconexo es la científica que va con David (Charlotte Gainsbourg), que no me dice nada.

Gracias al conjunto de adultos se sobrelleva mejor tanta estulticia con los chavales, así que es inevitable pensar que eliminando a estos niñatos la película ganaría bastante. O, dicho de otra forma, tomándola como un drama más serio podría haber sido mucho mejor, pero desde el éxito de la primera entrega Emmerich y también gran parte de Hollywood están convencidos de que es al revés, de que llenando las películas de estupideces es como más éxito tienen.

En el epílogo prácticamente anuncian una tercera parte. Yo espero que se haga, el cambio de escenario es muy prometedor.

Ver también:
Independence Day (1996)
-> Indepencende Day: Contraataque (2016)

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Independence Day


Independence Day, 1996, EE.UU.
Género: Acción, catástrofes, ciencia-ficción.
Duración: 145/153 min.
Dirección: Roland Emmerich.
Guion: Dean Devlin, Roland Emmerich.
Actores: Bill Pullman, Jeff Goldblum, Margaret Colin, Will Smith, Judd Hirsch, Robert Loggia, Randy Quaid, Vivica A. Fox, Mary McDonnell, Adam Baldwin, Brent Spiner.
Música: David Arnold.

Valoración:
Lo mejor: El espectáculo quita la respiración. Tiene los pilares de buen cine de catástrofes…
Lo peor: …pero se ve muy limitada por lo que en Hollywood entienden por entretenimiento: nivel intelectual bajo, estereotipos, humor cutre.
Mejores momentos: La entrada de las naves en la atmósfera, la destrucción de las ciudades, el personaje de Will Smith dando la bienvenida a un alien a la Tierra.
Versión extendida: Existe una versión con ocho minutos más, pero no parece cambiar nada relevante.
La frase: Bienvenido a la Tierra. Eso es lo que se llama un contacto.

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Independence Day fue uno de los mayores taquillazos de los noventa y uno de los grandes referentes de la acción descerebrada. De hecho en su año, 1996, fue el estreno más taquillero a pesar de competir con otros títulos de la misma categoría y renombre, Twister y La Roca, aunque también andaba por ahí la más seria Misión imposible. Pero lo suyo en la taquilla fue una goleada de impresión: las citadas hicieron 500 millones de dólares mundiales, asombrosos números para la época, pero esta llegó a 800. Y si seguimos mirando las comparativas de Boxofficemojo.com se puede citar como la segunda más taquillera en el cine de desastres, sólo superada por la inalcanzable Titanic. La posterior Armageddon, la única comparable en nivel de espectacularidad y éxito, tampoco logró alcanzarla. Así pues, sorprende mucho que tardaran tanto en parir una secuela. Hasta hace pocos años no se pusieron en serio, pero no lograron dar el paso final hasta que asumieron que Will Smith pasaba del tema, pues parece que les costó darse cuenta de que aquí la estrella son los aliens y la destrucción. Y sin duda el éxito de Jurassic World forzó las cosas, porque soñarán con que sea un éxito parecido.

Tanto la crítica como la opinión del público está muy polarizada entre los que ven un producto comercial bobo y los que hallan un entretenimiento bastante llamativo, pero es evidente que algo tuvo como para que el boca a boca la catapultara tan lejos y, sobre todo, para que aguantara en la memoria colectiva durante veinte años. Sus puntos fuertes son obviamente el grandilocuente y memorable sentido del espectáculo, pero es imprescindible también el buen tono de las partes con menos movimiento, donde se utiliza con habilidad el factor sorpresa y la intriga. Tenemos dos horas veinte minutos (algo más en la extendida) que mantienen el interés muy bien con la combinación de estilos, sensaciones y personajes. El tramo inicial juega con el temor a lo desconocido, mostrando tanto distintos niveles de respuesta del público como del gobierno. Mientras, se van dibujando unos personajes sencillos pero atractivos, aunque alguno ya empieza a parecer pasado de rosca, como el piloto alcohólico o el científico homosexual en plan locaza. Roland Emmerich tarda cincuenta minutos en empezar el ataque, pero hasta entonces ha puesto el nivel expectación bastante alto. ¿Eres capaz de citar una cinta del género actual que tenga un prólogo tan bien trabajado, que no empiece con acción metida con calzador para tratar de llamar la atención del espectador de forma rápida y directa?

Habíamos visto muchas invasiones que vienen a destruir la Tierra por razones más o menos irrelevantes. El gran referente obvio es La guerra de los mundos de H. G. Wells en sus diversas versiones, pero destacaría mejor V, los visitantes, por su complejidad y paralelismos claros (el diseño de las naves, las intenciones de expropiar y esquilmar el planeta por la fuerza). Catástrofes y monstruos destructores hay innumerables, aunque puestos a citar, lo más parecido fue el conato de destrucción del mundo en las visiones de la protagonista de Terminator 2. Pero en realidad ningún antecedente nos preparó para el nivel visual de Independence Day: asombroso hasta dejarte sin aliento. La entrada de las naves en la atmósfera y la aniquilación de las grandes ciudades impresionan incluso hoy en día. El magnífico trabajo con maquetas es una de las mejores muestras de su efectividad y perdurabilidad ante el ordenador, que hasta hace pocos años no alcanzó un realismo casi total (y eso con cantidades ingentes de dinero) pero muchos se empeñaban en abusar de él. Desde su estreno sólo se me ocurren tres del estilo que hayan sido tan efectivas en lo visual, Armageddon, Los Vengadores y Transformers, aunque La guerra de los mundos de Steven Spielberg también tenía unas pocas escenas potentes.

De aquí vamos a lo clásico del cine de catástrofes: distintos grupos o personajes en solitario tratando de sobrevivir y reencontrándose milagrosamente o muriendo en el intento. El ritmo e intensidad no se ven mermados porque los protagonistas logran el justo interés en sus andanzas (atención a la bienvenida que la da Will Smith al alienígena, o cuando sale a recoger el periódico y empieza a notar que pasa algo raro), pero también porque la aventura es bastante completa. Destaca de nuevo la intriga, esta vez por conocer cómo tratará de sobrevivir y contraatacar la humanidad, pero también hay que señalar que Emmerich mete de pasada algunas ideas y mensajes, acertados unos y maniqueos otros, que dan algo de enjundia al relato. Lo mismo le salió sin querer, pero me gusta como muestra a los ignorantes y crédulos muriendo en masa (entre muchos inocentes, eso sí) mientras los que sobreviven son los científicos y quienes se esfuerzan por entender qué está pasando y tratan de hallar respuestas en vez de ponerse a huir sin más o a celebrar como pasmados algo que no entienden (los locos de las azoteas). También ironiza con la idea de que en la adversidad todos somos iguales: la primera dama acaba al lado de la bailarina de striptease, los generales tienen que pedir ayuda a rangos bajos desvergonzados y civiles. Y tampoco se corta a la hora de mostrar la inoperancia del ejército y las cagadas de los asesores del presidente. Pero por desgracia, como digo también se va al extremo de la más pura estulticia…

El tercer acto es el más endeble y donde más se nota el estilo bipolar de la narración, que pretende ser épica y sombría pero a la vez sencilla y divertida, y en vez de encontrar un equilibrio lo va perdiendo, lastrando bastante las pocas virtudes que venía mostrando. La llegada al Área 51 tiene su gracia inicialmente, y apunta a que la solución del conflicto saldrá de ahí, pero nada funciona al mismo nivel de intensidad e inmersión que antes. El receso para el reencuentro de protagonistas rompe bastante el ritmo al no ofrecer nada original. Los tópicos que asomaban por aquí y por allá terminan explotando y dirigen a partir de ahora toda la proyección, y me temo que son tan simplones que provocan vergüenza ajena: los momentos de redención y reunión (padre e hijo aceptándose, las distintas religiones dándose la mano, la boda…), rancios clichés como el científico loco y horteradas como el patriotismo más salido de madre… Este último de hecho es surrealista, con la combinación del borracho y el presidente liderando la gran batalla como héroes militares, uno en plan sacrificio por la patria y el otro como líder utópico según los cánones del país. Así, la batalla final se ahoga entre todas las tonterías y pierde mucha fuerza. Sólo la entrada en la nave nodriza aguanta el tipo gracias al efecto asombro, pero el vuelo repleto de chistes tontos rompe la atmósfera de tensión por completo (aunque el objetivo era probablemente mostrar un ambiente enrarecido, con los personajes en plan “intentemos suavizar la situación para no perder la cabeza”), y la solución del virus que es compatible con los sistemas de hardware y software de una especie alienígena resulta realmente ridícula.

Por suerte el conjunto no se tropieza del todo a pesar de sus muchas meteduras de pata, y tiene la suficiente simpatía y pegada como para ofrecer un visionado muy agradable si te gusta el género. Los protagonistas, aunque algo ramplones, tienen cierto encanto… salvo ese insoportable grupo de la caravana, que eliminado del metraje nadie echaría de menos. Los actores se toman esto bastante en serio, destacando a Bill Pullman y Jeff Goldblum. Como épica de catástrofes, aunque no llegue a exprimir todo el potencial latente, como he indicado mantiene bien el tipo y se apoya en una puesta en escena sobrecogedora. Y este acabado visual aguanta el paso del tiempo sin problema alguno, resultando una superproducción muy entretenida y espectacular incluso a veinte años de su estreno. Pero también es indudable que no llega explotar todo su potencial por culpa de esa obsesión que tienen en la industria de Hollywood con que un entretenimiento destinado al gran público tiene que ser sencillo y graciosete, y ellos entienden esto como simple y con humor barato.

¿Qué problema hay con que sea un poco más seria? Un drama no lacrimógeno entretiene igual y puede emocionar con mayor intensidad que una parida descerebrada; un tono superficial y distendido no tiene por qué ser estúpido. ¿Y es que piensan que la gente no disfrutará un estreno comercial si no está rebosando estereotipos de toda condición? Pero sobre todo, ¿por qué ese rechazo a un humor más ingenioso y elaborado? Hoy en día, a pesar de que la serie Los Vengadores de Marvel es buena muestra de que se puede hacer acción amable y con buenas dosis de humor sin echar a perder las partes más serias y sin asfixiar a los personajes en clichés, seguimos tragando infinidad de producciones que prácticamente parecen clonar a Independence Day y otras obras comerciales. San Andrés sin ir más lejos es una clara representante del bajo nivel que suele darse en la actualidad, y Jurassic World un gran ejemplo de cómo una con cierto potencial se echa a perder por aferrarse a este estilo. Pero es que el propio Emmerich ha apuntado muy bajo en sus siguientes trabajos, a sabiendas de que, después de todo, el público los ve aunque se queje mucho: todo el mundo puso a parir a Godzilla, y con razón, pero hizo mucho dinero, y El día del mañana y 2012 también eran bastante flojas pero igualmente triunfaron en taquilla. Sólo en 10.000 el boca a boca hizo mella en la recaudación, pero es que ahí se pasó de la línea de “película tontorrona” para hacer cine cutre de primer nivel.

Ver también:
-> Independence Day (1996)
Independence Day: Contraataque (2016)

Asalto al poder


White House Down, 2013, EE.UU.
Género: Acción.
Duración: 131 min.
Dirección: Roland Emmerich.
Guion: James Vanderbilt.
Actores: Channing Tatum, Jamie Foxx, Maggie Gyllenhaal, Jason Clarke, Richard Jenkins, Joey King, James Woods.
Música: Harald Kloser, Thomas Wander.

Valoración:
Lo mejor: Channing Tatum.
Lo peor: Todo: el abuso de clichés, el argumento sobadísimo, los personajes y situaciones imposibles, las escenas de acción mediocres, los efectos especiales flojos, la música mala…
El cliché más previsible: El puto reloj que le salva del tiro.
La escena patrihortera: La bandera ondeada por la niña patriótica ante el vuelo de aviones militares, y los pilotos abandonando su misión (¡¡¡salvar al mundo de una tercera guerra mundial!!!) por la lagrimilla que les da la escenita.

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Asalto al poder resulta un gran título del cine cutre, pues por mucho que sea una cinta que no se toma muy en serio, el tono de aventura tontorrona no logra sobreponerse a la cutrez casposa, a la mediocridad risible. El guion parece hecho por un programa de ordenador que recopila todos los guiones del género y los mezcla aleatoriamente. Los clichés más estúpidos, las líneas argumentales más disparatadas, los personajes más estereotipados y las escenas de acción más inverosímiles aparecen en todo su patético esplendor.

La trama es el enésimo remedo barato de La jungla de cristal. Qué digo, es una copia descarada, de hecho, es más fiel a la saga que la quinta parte, La jungla: Un buen día para morir, aunque sea incluso peor. Tiene mucha acción y ritmo, pero no consigue resultar interesante y entretenida porque toda escena, todo plano y diálogo, lo hemos visto mil y una veces y no se hace el más mínimo esfuerzo por buscar una identidad llamativa, una vuelta de tuerca que le dé algo de savia, o incluso algo de dignidad. La única forma de sacar algo del vulgar relato es riéndose a su costa. Ojo, hay muchos momentos de humor, pero estos provocan vergüenza ajena: forzados en los peores momentos posibles, escupidos a través de personajes insoportables (el guía es un catalizador de memeces alucinante), con recursos tan primarios que dan penita. No, si te ríes es por lo cutre y ridículo que resulta todo. Sirva de ejemplo una escena importante: el protagonista lanza un puñado de granadas que provocan una explosión enorme (por supuesto con bola de fuego) que derrumba medio edificio… pero él se salva porque ha dado una voltereta y se ha ocultado tras el atril de madera o plástico desde donde hablan los políticos, que por ser presidencial es también indestructible. Fli-pan-te.

El líder de los malos (que se señala mediante su mirada aviesa y musiquita inquietante, como decía Homer en Los Simpson) era uno de los buenos, pero se ha vendido por completo a lo más extremista del lado oscuro por desavenencias políticas y un trauma familiar. Un tipo que ha trabajado toda su vida para su país de repente lo quiere ver en llamas, aun a costa de matar a sangre fría y personalmente a todos sus allegados; lo más normal del mundo, vamos. Para rematar el absurdo, en su mundo de dolor y rabia el tío es más lúcido y capaz que nunca: logra urdir el plan más imposible y eficaz. Eso sí, por supuesto se rodea de patanes enormes que lo tirarán por tierra. Estos peones se dividen en las dos categorías habituales: los que aparecen para morir de forma estúpida y los tienen líneas de diálogo y lo harán de forma algo más llamativa. Los primeros caen como moscas en los tiroteos, mientras el héroe protagonista corre por cualquier parte entre lluvias de balas sin que le pase nada. Los segundos son descritos con algún detalle sencillo y reconocible, que como suele ocurrir se limita a que están locos de remate y hacen gilipolleces una detrás de otra; además, los pobres actores tienen que poner muecas y gestos de cabreo ante las habilidades del héroe mientras aguantan la risa por la incompetencia infinita de sus roles. Y por supuesto, no falta al final la aparición del bueno traidor, en una escena que grita a los cuatro vientos “eh, que no solo es de acción, tiene también un argumento enrevesado y sorprendente”. Sí hombre, sí.

En el bando de los buenos tenemos la misma mierda. La chica competente que los generales cabezones echan a un lado, porque uno llega a general de no sé cuántas estrellas siendo idiota e inmaduro. Además estos altos mandos son temblorosos e indecisos y dejan todo para el protagonista, porque el héroe debe ser siempre superior a todos aunque eso vaya contra la verosimilitud del relato. El presidente es súper majo y perfecto en un mundo donde todos los demás son los que fallan en algo y tienen la culpa de las cosas malas; eso sí, en un requiebro magnífico, Emmerich nos cuela como presi a un negrata de barrio, con sus zapatillas de baloncesto y todo. Y el plato fuerte es el protagonista. Dejo que adivinéis su vida… Sí, es un buenazo muy resuelto pero con algunas torpezas que lo tienen a punto de quedarse sin trabajo, y por su puesto la aventura lo encumbrará donde merece. Sí, tiene una exmujer y una hija preadolescente con las que no consigue llevarse bien por mucho que lo intente; por suerte, la chiquilla no es el clásico niñato insoportable, cumple sin molestar, y la ex aparece durante tres milisegundos. Como es esperable, resolverá todo con sus superpoderes: esquivar balas, hacer que los malos se cabreen tanto que fallen en sus planes, verse en cada situación en el momento justo, etc. Y todo terminará con la reunión familiar y demás instantes pseudo lacrimógenos.

La puesta en escena de Emmerich es plana y aburrida. No ofrece nada destacable, pone la cámara donde dice el manual y nada más. Pero lo peor es que el nivel de los efectos especiales deja mucho que desear: costó 150 millones y parece un telefilme. Lo poco que hay artesanal no luce: los tiroteos son simples a más no poder, las carreras por los pasillos nada espectaculares, los duelos del protagonista con los villanos son tan previsibles que no emocionan lo más mínimo. Emmerich busca un envoltorio grande y supuestamente impresionante, que para eso es una superproducción, mostrando muchos planos aéreos de la Casa Blanca y una batalla final con helicópteros, pero estos se resuelven con unos efectos digitales horribles. Las pantallas de fondo son de serie barata, se notan mucho y las escenas quedan muy falsas, muy cutres. Los vehículos y extras digitales se ven muy falsos, color, textura y movimientos no convencen en absoluto. ¿Con 150 millones no se podían hacer unos efectos digitales no solo de buen nivel, sino espectaculares? En Los Vengadores y Transformers casi toda la ciudad, durante sus batallas principales, está recreada digitalmente y no se nota en ningún momento, de hecho, resulta alucinante. No es cuestión de dinero ni del tipo de efectos especiales, sino de que hay que tener un buen director/productor que sepa rodearse del equipo adecuado y gestionar bien los recursos… y pensaba que Emmerich lo era: ¿cómo puede Independence Day lucir diez veces mejor que Asalto al poder con casi veinte años de diferencia entre una y otra? Porque la cadena de mando ha fallado, no se ha contratado a la gente adecuada, no se ha invertido bien el dinero, no se ha dirigido bien la producción, etc. Por cierto, los efectos sonoros son flojos también. Los tiroteos suenan todos iguales, no falta el abuso de tics (las pantallitas haciendo pipipi) y aparece un nuevo efecto sonoro de esos sin pies ni cabeza: las granadas con cuenta atrás sonora.

Lo único salvable es el carisma de Channing Tatum, que parece tomarse la película a cachondeo y se le ve bastante resuelto en su papel de clon de John McClane. Por lo demás, Asalto al poder es una abominación de grandes proporciones que vuelve a recordar las eternas preguntas: ¿por qué pocos entienden que el cine de acción debería ser medianamente inteligente también?, ¿por qué estos productos de ínfima calidad llegan a aprobarse?, ¿por qué el espectador no les da la espalda?, ¿por qué no se invierte esa pasta en hacer algo original?, ¿es que no hay guiones de mayor calidad circulando por Hollywood?…

Ver también:
Objetivo: la Casa Blanca (Olympus Has Fallen).