El Criticón

Opinión de cine y música

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Shakespeare enamorado


Shakespeare in Love, 1998, EE.UU., Reino Unido.
Género: Romance, comedia.
Duración: 123 min.
Dirección: John Madden.
Guion: Marc Norman, Tom Stoppard.
Actores: Gwyneth Paltrow, Joseph Fiennes, Geoffrey Rush, Tom Wilkinson, Colin Firth, Imelda Staunton, Judi Dench, Simon Callow, Jim Carter, Martin Culnes, Ben Affleck.
Música: Stephen Warbeck.

Valoración:
Lo mejor: Deslumbrante combinación de talento e inspiración en guion, dirección, interpretaciones, diseño artístico y música.
Lo peor: Excepto Joseph Fiennes, quien va algo justo. El final, tras un clímax glorioso, no funciona del todo. La incomprensible campaña de odio que todavía arrastra.
La frase: Yo he de tener poesía en mi vida… y aventura… y amor. Amor por sobre todo. (…) No las artificiosas posturas del amor, sino el amor que avasalla la vida. Indisciplinado, ingobernable, como un motín en el corazón, que nada puede detener, ni la ruina ni el éxtasis. Amor como el que nunca ha existido en una obra.

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EL PROYECTO Y LA POLÉMICA

El primer guion fue desarrollado por un autor poco conocido, Marc Norman, a finales de los ochenta, y estuvo a punto de ver la luz en 1991 de la mano de Edward Zwick, quien había adquirido bastante fama con Tiempos de gloria (1989). Este pidió una reescritura al prestigioso Tom Stoppard (Brazil -1985-, El imperio del Sol -1987-, La casa Rusia -1990-…) mientras se empezaban a construir los decorados y a preparar el vestuario. Pero la actriz protagonista elegida, Julia Roberts, se empeñó en compartir cartel con Daniel Day Lewis, y cuando este pasó del tema ella no quiso seguir, y la producción quedó en suspenso porque los estudios también se desinteresaron.

En el 98 entraron el todopoderoso estudio Miramax de Harvey Weinstein y el proyecto se movió con gran rapidez, encontrando pocos baches en el camino (sólo la dificultad de hallar un final llamativo). El realizador elegido, John Madden, venía de unas pocas series de televisión en Reino Unido y apenas se acababa de dar a conocer en Hollywood con un drama histórico sencillo, Su majestad Mrs. Brown (1997).

El estreno fue un gran éxito de taquilla, entusiasmó a la crítica, obtuvo premios por doquier y el reconocimiento de la industria, manteniéndose desde entonces presente en cada actualización que hace la WGA, el gremio de guionistas, de su lista de los 101 mejores guiones de la historia.

Pero a pesar del entusiasmo inicial con que el público recibió otra cinta romántica conmovedora tras las cercanas El paciente inglés (Anthony Minghella, 1996) y Titanic (James Cameron, 1997), un ruidoso sector, fanático de Salvar al soldado Ryan de Steven Spielberg, fue haciéndose notar más de la cuenta hasta que la burbuja explotó con los Óscar y los Globos de Oro y lograron tomar el control del relato. No importa que Shakespeare enamorado destile ingenio y elegancia en un guion brillante y un acabado sublime, que Salvar al soldado Ryan sea una historia llena de estereotipos y sensacionalismo que sólo destaque por su efectivo pero hipertrofiado acabado visual, estos iluminados consideran que la primera es una obra cursi que no merece tanto halago y la segunda no sólo un buen drama, sino una de las mejores películas de la historia…

Lo cierto es que ese año hubo una competencia espectacular donde es bastante difícil elegir, quedando claro únicamente que todas ellas son superiores a la cinta de Spielberg: La delgada línea roja (Terrence Malick), El show de Truman (Peter Weir), Lock & Stock (Guy Ritchie), American History X (Tony Kaye), Bichos (John Lasseter, Andrew Stanton)… Pero esa oleada consiguió tanta influencia que todavía hay gente (internet mantiene vivos estos movimientos absurdos) diciendo que no fueron justos y denostando Shakespeare enamorado probablemente sin haberla visto siquiera. De hecho, el tumulto que armaron fue tal que también da la impresión de que, si a lo largo de su historia estos premios no tenían mucho criterio y acertaban poco, desde entonces empezaron a mirar más las tendencias sociales y mediáticas, como intentando complacer y huir de polémicas, perdiendo así más credibilidad todavía.

TALENTO E INSPIRACIÓN SIN IGUAL

Shakespeare enamorado es una conjunción de astros, suerte, destino o como queráis llamarlo. La combinación de inspiración y talento dio una obra singular, hermosa e inolvidable. El brillante guion ofrece capas y más capas de ideas, géneros, estilos, personajes y tramas hasta formar un todo superior sin resquicio alguno, tan perfecto y asombroso que sin duda hay que considerarlo como uno de los mejores de la historia. Los deslumbrantes apartados técnicos garantizan un deleite audiovisual sin igual, y la dirección es muy compleja y virtuosa, pero el conjunto resulta tan equilibrado que se siente como una obra ligera y cercana. Te lleva por una montaña rusa de emociones: es divertida, entrañable, bellísima. Se puede disfrutar desde muchas perspectivas: como retrato histórico del mundo del teatro en una época apasionante, como comedia inteligente como no se veía desde hacía décadas, como un romance de cuento de los que tocan la fibra sensible, como una de aventuras, con personajes sobreviviendo el día a día en las calles del Londres del siglo XVI…

La ambientación en la época está muy cuidada en todos los niveles. Que sea una recreación ficticia de la vida de William Shakespeare no llega a molestar, o al menos yo no creo que incomode ni siquiera a eruditos del autor y la época, en parte por lo poco que se sabe su vida, pero sobre todo por el fantástico retrato que hace del gremio, de la figura y su entorno. Se muestran las rivalidades entre artistas, los problemas sociales, políticos y económicos, y los temas habituales de las obras de teatro se incorporan a la propia trama con gran naturalidad (la reaparición de personajes muertos, los disfraces, las peleas a espada…). En el detalle está llena de guiños y referencias, donde no importa si algunas sólo pueden pillarlas los más puestos en historia y literatura, porque se hilan muy bien con el desarrollo de personajes, destacando que se juega con la teoría de Christopher Marlowe como autor de las obras de Shakespeare y se bromea con otros artistas (alucinante el chiste recurrente con el niño de la rata, John Webster). En la historia principal se maneja de maravilla la premisa de explorar la posible creación de Romeo y Julieta con experiencias propias del escritor. El amor imposible, la diferencia de clases, momentos clave como la escena del balcón… y en general los citados giros clásicos del género se funden con la aventura romántica, con la nueva obra que escribe ahora que vuelve a estar inspirado, con los líos en el teatro para intentar sacar adelante el proyecto y con los conflictos con otros personajes.

La odisea romántica es cautivadora, desbordante de personajes entrañables y aventuras embelesadoras. Todos los implicados saben que están ante una fábula, una historia idealizada y arquetípica, empezando por los guionistas, y se esfuerzan por dotarla de vida, de energía y encanto. De esta forma, aunque pase por muchos lugares comunes de este ámbito fluye con naturalidad, transmitiendo con intensidad un gran repertorio de sentimientos. Tenemos infinidad de situaciones ingeniosas, hermosas, dramáticas… y muchas que lo combinan todo: la conversación en la barca cuando se descubre que Thomas es Viola, el lío del balcón, la escena en que se desnudan quitándole a ella el disfraz, los besos entre bambalinas, la huida de la carreta dejando plantado al esposo forzado para ir al teatro…

El único punto débil es Joseph Fiennes. Su cara de panoli superado por las circunstancias ayuda a disimular un tanto las carencias dramáticas del intérprete, pero da la sensación de que con un actor más resuelto hubiera sido una cinta aún más extraordinaria, algo que se nota más al lado del colosal torrente de emociones que ofrece su compañera Gwyneth Paltrow, donde aunque la química entre ambos no falla, podría haber tenido mucha más chispa. Además de su belleza y simpatía, Paltrow pone gran pasión en la tormentosa vida de Viola: de afligida por la apatía de una vida que no controla y asustada cuando le imponen el matrimonio, a risueña y resuelta cuando el amor le infiere coraje.

El noble del enlace obligado, Lord Wessex, tiene la difícil tarea de ser el típico villano de cuento y no parecer demasiado encorsetado o una mala parodia, pero los escritores y el certero papel de Colin Firth logran hallar el equilibrio perfecto. Es desagradable sin resultar grotesco, se pueden entender sus motivaciones y frustración, de forma que resulta verosímil, y tiene momentos geniales, como la memorable escena en que cree estar ante el fantasma de Shakespeare.

El repertorio de tramas y personajes secundarios es modélico, hasta el rol en apariencia más irrelevante consigue dejar huella, como el bruto disfrazado de mujer, el presentador tartamudo… Tenemos empresarios, escritores, actores, nobles… todos roles muy bien definidos que hacen desbordar cada escena con su carisma y chistes recurrentes tan rápidos e ingeniosos que si parpadeas te los puedes perder. Destacan con luz propia Geoffrey Rush y su talante esperanzador tronchante: (“Todo saldrá bien.” “¿Cómo?”, “No sé, es un misterio.”) y Tom Wilkinson como el usurero distante que acaba implicado (“¡Un perro!”). La veterana Imelda Staunton está estupenda como la criada personal de Viola; mítica es la escena en que hace ruido con la butaca para disimular los sonidos de la alcoba. Judi Dench está inmensa como reina, imponente y temible en sus pocas apariciones, callando así a los bocazas que decían que con tan pocos minutos no merecía nominaciones a premios. Demonios, hasta Ben Affleck deja buenas impresiones.

El guion desde luego allanó el camino, y los recursos técnicos deslumbraron a pesar de no ser una gran superproducción, pero la dirección de John Madden unió todo dando forma a un portento narrativo asombroso. La cámara vuela con trávelings enérgicos o se apoya en un montaje impecable para transmitir la sensación de estar en las calles y escenarios de la época y lograr un ritmo enérgico que te mantiene pegado a la butaca. Decorados, vestuario y maquillaje, aparte de espectaculares, mantienen una fidelidad enorme, logrando una inmersión plena en aquellos tiempos. Destaca para bien un aspecto que se suele descuidar, la mala higiene de las gentes y de las ciudades y calles de aquellos tiempos. Aunque también hay un aspecto negativo, y es que mantiene el miedo atroz generalizado en Hollywood a mostrar el calzado medieval real, zapatos bajos de cuero basto y burdamente cosido en el pueblo llano y mallas de diversas lanas con sencillos zapatos de puntas alargadas en los nobles, y se opta casi siempre por usar grandes y vistosas botas de cuero bien tratado; el calzado realista sólo se ve en algunos extras de fondo, en los protagonistas, hasta el casi indigente Shakespeare calza como un motero moderno.

Y para rematarlo todo, llegó el desconocido músico Stephen Warbeck y nos regaló una banda sonora de las que hacen época, versátil y exquisita, capaz de realzar la sensibilidad de las imágenes hasta límites indescriptibles.

Aparte de la falta de empaque de Joseph Fiennes, sólo se le puede poner la pega de que no encontraron un buen final a pesar de que probaron varios en pases de prueba con público. Tras el magnífico colofón en el teatro había que abrir más que cerrar historias, porque no cabe un final feliz que ate todos los cabos sin faltar a la Historia. Hicieron lo más lógico, despedidas varias y que Shakespeare siguiera escribiendo, pero la ruptura de la pareja no llega con tanta intensidad como el resto de la relación, el varapalo a Lord Wessex es un tanto predecible y simplón, las escenas con la reina serán necesarias, pero resultan anticlimáticas, y la narración tan larga sobre la nueva obra y las imágenes mostrándola sin venir a cuento despistan un poco, es como desviar el tema.

Con un final redondo que te dejara conmocionado, flotando entre las nubes durante un buen rato, probablemente hablaríamos de una obra maestra, pero tal y como está, Shakespeare enamorado es una maravilla digna de estudiarse en escuelas de cine.

Aliados


Allied, 2016, EE.UU.
Género: Suspense, drama, romance.
Duración: 124 min.
Dirección: Robert Zemeckis.
Guion: Steven Knight.
Actores: Brad Pitt, Marion Cotillard, Jared Harris, Lizzy Caplan, Simon McBurney, Anton Lesser.
Música: Alan Silvestri.

Valoración:
Lo mejor: Entretiene lo justo, y la pareja protagonista aguanta aunque sea a duras penas el peso de un argumento muy flojo.
Lo peor: Parece empezar varias veces sin llegar a nada, y cuando consigue concretar algo no sorprende: la trama principal es superficial y desganada. Muy cortita en lo visual, de Robert Zemeckis se espera más.

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Durante su primera mitad le pesa demasiado la sensación de que no queda muy claro hacia dónde se está dirigiendo, y no es porque resulte intrigante, pues a pesar del género el suspense no hace acto de presencia, sino porque, como se podrá comprobar al acabar el visionado, mezcla varias historias sin terminar de acabarlas antes de saltar a la siguiente, y tampoco logra congeniarlas con equilibrio. Romance, drama, espías, bélica… toca de todo un poco pero no se moja con determinación por nada. Sí, hay un hilo conductor evidente, la relación entre los dos protagonistas, y en cierta manera sostiene el conjunto, pero no basta para lograr un buen largometraje.

Vi el tráiler hace mucho, cuando se iba a estrenar en cines, y me dije “otro maldito avance que te destripa la película entera”. Por suerte no me llamó como para verla en ese momento, y lo único que recordaba al ponérmela en bluray es que era de espías, lo típico de la sombra de la sospecha sobre alguno de los miembros de la pareja. Pero en todo este primer acto (la estancia en Casablanca) el thriller de espionaje resulta anodino, insípido, como un subgénero con el que cumplir mientras se destaca un romance que absorbe inadecuadamente toda la atención y al final tampoco impresiona mucho por sí solo, despertando el interés por los pelos.

El lío que pone en apuros la relación tarda muchísimo en lanzarse a pesar de que se espera desde que se reúnen por primera vez, porque se supone que de eso trata. Tardamos cuarenta y cinco largos minutos en terminar establecer la relación (cuando pasamos de Casablanca a Londres, tras un interludio resumen que incluye todo lo que no han sido capaces de narrar en este tiempo), y lo único que he sacado en claro es que se han enamorado, pero porque lo dicen con diálogos varias veces, pues en pantalla no se ve, no hay pasión que indique que el amor es real… pero tampoco ni una sutileza que señale una posible conspiración. Así, prácticamente todo lo que hemos visto en esta larguísima introducción es puro relleno. Me esforcé en intentar quedarme con los personajes secundarios y sus actividade, pensando en su inminente implicación en la trama, pero nada, se hace borrón y cuenta nueva. Tampoco se ve ni un amago, ni un momento de incertidumbre que vaya sembrando la duda en la relación hasta el momento clave. ¿No era una de espías? No, eso no llega hasta el ecuador de la cinta. Parece que se toman como algo obligatorio esperar a que estén casados y con bebé para empezar de verdad la historia. Y teniendo en mente esa decisión, lo lógico sería haber abordado la introducción con más agilidad y concisión.

Cuando llegamos por fin al meollo mi interés estaba bastante alicaído, pero por suerte este tramo va más al grano, mejorando el ritmo. Las dudas en el matrimonio no son espectaculares y la intriga no deslumbra, pero como van ocurriendo cosas al menos se atenúa la falta de rumbo y garra. Pero me temo que ni poniendo toda la leña en el fuego consigue levantar mucho el nivel, porque las renovadas esperanzas no tardan en empezar a desvanecerse: la supuesta trama de espías me produjo bastante indiferencia y no surgió desazón alguna por el destino de la pareja. Cuando se acerca el desenlace, se ve venir tan de lejos que ya estaba desconectado totalmente.

Pero bueno, en cierta manera, a pesar de lo predecible y somera que resulta la historia, es suficiente para una de acción con tintes de drama y suspense con la que pasar el rato, y la pareja mantiene el tipo lo justo como para lograr cierta conexión con las imágenes, así que da un entretenimiento aceptable si no se exije mucho. El problema es que las pretensiones y la ambición a las que apunta y lo bastante que se estrella con ellas me han fastidiado mucho el visionado. No podía dejar de hacerme preguntas, de sufrir su falta de determinación, sus obvias vaguedades y recursos facilones. En el thriller, en ningún momento la narración hace pensar, muestra pistas que señalen algo oculto o una doble cara que genere ambigüedad. En el romance, me cuesta creer el enamoramiento, no me impactó lo más mínimo cuando a él le dan la revelación, no me creo ese viaje suicida a territorio enemigo para una pista vaga, no me creo la decisión final de ella. El trasfondo bélico es puro adorno, no transmite temor y caos ni en los momentos más intensos (los bombardeos de Londres). La situación de roces políticos y el mundo del espionaje en que viven los protagonistas no tienen profundidad ni interés alguno, sobre todo porque no hay personajes secundarios de calidad que den vidilla a ese entorno. También peca de excesos poco verosímiles o inadecuadaos para la época y de una estética demasiado sintética, límpida: la hermana lesbiana mostrando su amor en público, la relación demasiado suelta y amistosa con los altos rangos, la vida tan idílica a pesar de la guerra, con más fiestas despreocupadas que esfuerzo en sus empleos, más glamour y belleza (cuántos modelitos y batas hermosas luce ella) que escenas que muestren las dificultades y efectos del conflicto (miedo, escasez, destrucción).

La puesta en escena acusa otras carencias que socavan su apariencia de película de alta calidad. A pesar de contar con ochenta y cinco millones de dólares de presupuesto luce como una producción menor, rodada en un par de escenarios baratos y con pantallas de fondo muy, muy, muy cantosas. ¿No había recursos para grabar en localizaciones reales más adecuadas y parajes naturales dignos? ¿Cómo esperas que me impresione la escena del desierto si parece sacada de una serie b lastimera? ¿Cómo va a llegarme el ambiente de Casablanca si todo parece rodado en el estudio y, como digo, todo es exageradamente bonito? ¿Cómo voy a sumergirme en el Londres de la época si se abusa de los interiores, sólo vemos un par de calles con grava cutre sobre el asfalto para disimular, y lo único que muestra de la guerra son fondos digitales que dan risa? Pero es que ni siquiera los momentos más intensos dan el tipo: el tiroteo en Casablanca y el de la Francia ocupada resultan muy fríos, teatralizados, las secuencias de intriga son todas iguales, esperar dentro del coche a que se resuelva algo fuera de pantalla.

De un artesano del calibre de Robert Zemeckis, un director de rasgos clásicos pero que ha aprendido a combinar muy bien la tecnología, se esperaba algo más maduro y sólido. No hay más que comparar con El vuelo (no he visto El desafío, no me llama nada). ¿Dónde está el director que hizo de un relato algo básico y sensacionalista una aventura emocionante, con tramos muy impactantes? Aquella también tenía una presentación artificiosa (el accidente de avión), pero era impecable en la técnica y resultaba asombrosa. La de aquí no tiene pegada alguna y se ven muchas limitaciones narrativas. Aquella buscaba sacar lo máximo de una historia centrada más en lo personal que en un argumento complejo, para lo cual Zemeckis cogía a un actor competente y lo empujaba a dar lo máximo de sí; aquí no parece poner mucho empeño en que los intérpretes muestren emociones concretas y logren química entre sí: Brad Pitt va todo el rato con la misma cara, no se sabe qué siente si no lo dice, y si Marion Cotillard funciona es porque tiene un carisma y elegancia que llena la pantalla. Finalmente, la música de Alan Silvestri, otro profesional como la copa de un pino, es otra mala sorpresa inesperada, parece hecha en un rato con temas de muestra.

Aliados parece el habitual encargo de una major (Paramount en este caso) en la onda de lo que se está viendo cada vez más en el séptimo arte: se coge un tema muy usado (al menos no es un remake o adaptación) y se digiere y simplifica, se le elimina toda profundidad y aristas, se deja en un esqueleto de emociones prefabricadas para encandilar a la taquilla fácil. Y no sé si sois conscientes de la gravedad de casos como este, porque no hablamos de sagas ultra comerciales destinadas a los jóvenes, sino de cine supuestamente serio para adultos. Lo único bueno que podría salir de ella es que alguien acabe de rebote viendo Casablanca (Michael Curtiz, 1942) y descubra lo que es el cine de verdad.

Passengers


Passengers, 2016, EE.UU.
Género: Acción, romance, ciencia-ficción.
Duración: 116 min.
Dirección: Morten Tyldum.
Guion: Jon Spaihts.
Actores: Jennifer Lawrence, Chris Pratt, Michael Sheen.
Música: Thomas Newman.

Valoración:
Lo mejor: En lo visual y lo interpretativo cumple de sobras.
Lo peor: Todos los estilos y argumentos que trata se quedan a medias, el potencial de la temática y su alcance (reflexiones morales y humanistas) no se exploran. Recuerda demasiado a filmes recientes. Los tráileres, otra vez jodiéndote la película entera.
El título: Otro título fácil que llega sin traducir por razones que se me escapan.

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Alerta de spoilers: Si quieres verla en blanco, quizá revelo demasiado del argumento.–

En los primeros avances presentaban lo justo de la historia (en el tráiler final la revientan entera sin miramientos, así que evítalos) y ya se intuía que lo de ciencia-ficción iba a ser más trasfondo que argumento principal y que la cosa apuntaba a cinta romántica. Quedaba por ver el tono: comedia, aventuras, drama… Por las flojas críticas me esperaba una comedia romántica más tontorrona, pero ese estilo no es excesivo y funciona aceptablemente bien, y, sobre todo, también tiene un poco de otros géneros: la aventura de supervivencia ocupa bastante tiempo, la ciencia-ficción tiene más presencia de la que preveía, e incluso se plantea algún dilema ético muy interesante. El problema es que la mezcla no tiene el equilibrio necesario: ni se termina de abordar todo el potencial de cada sección ni la combinación funciona con el ritmo y coherencia necesarios. El resultado, un entretenimiento pasajero digno pero que deja con la sensación de que han pasado otro guion prometedor por la batidora intelectual.

El tramo inicial es El último hombre en la Tierra, pero en una nave espacial. El protagonista hace lo que haría cualquiera en esa situación: tratar de divertirse para sobrellevar las miserias de la supervivencia en solitario. Pero no hay ni una escena que sorprenda, desaprovechan demasiado un entorno que permitía imaginar casi cualquier cosa, y por ello la proyección no termina de coger fuerza. Hasta que llega la toma de una decisión importante no hay mucho que rascar, el personaje es simple, la historia también. Cuando nos embarcamos en el romance se levanta un poco el interés. En realidad también cumple con lo básico sin mojarse, pero aunque sea previsible tiene la emoción y simpatía justa y lleva buen ritmo. Pero sobre todo se salva por la fuerza visual (el realizador exprime bien el generoso presupuesto) y el buen hacer de los tres únicos intérpretes. Porque estamos en uno de esos casos en que personajes con un dibujo superficial son levantados por los actores. Chris Pratt como el técnico pardillo enamorado y Jennifer Lawrence como la joven decidida y enérgica son capaces de mantener en pie esta odisea sin esforzarse mucho; incluso Michael Sheen como el camarero robot cumple muy bien.

En todo este trayecto se ven latentes una serie de pensamientos sobre la moral y el ser humano muy prometedores, pero no los exploran como se podría. La soledad y la supervivencia como catalizadores de decisiones éticas cuestionables, el amor capaz de hacerte sobrellevar cualquier tragedia, el dominio de la tecnología sobre el trabajo manual y las relaciones, la persecución de sueños y las migraciones forzadas… Había tanto donde sumergirse, y pasan de puntilla sobre todo, mojándose apenas un poco con un solo aspecto, la decisión del personaje que sostiene sobre una mentira monumental el romance. Y a esto le dan el cierre más predecible posible, una redención que se ve venir muy de lejos y aun así resulta un tanto forzada. Al menos ha servido para dar algo de enjundia al tramo central, eso sí.

Para el tercer acto llega la acción con una trama de supervivencia también muy ramplona, de hecho es incluso más pobre que el resto: en vez del esperable subidón me pareció que estiraban demasiado la cosa. Las escenas que no se intuyen de antemano parecen improvisadas (ahora un nuevo problema técnico seguido de una solución de ciencimagia sacada de la manga), con lo que falla un poco la conexión emocional: no siento el peligro, no me llega el esfuerzo de los personajes. Entretiene, pero no impacta. Además, no ayuda que aquí se vean más todavía las semejanzas o inspiraciones en películas recientes. Escenas sacadas de Gravity hay unas cuantas, pero también otras que recuerdan a Guardianes de la galaxia. Aunque la primera cinta que viene a la mente en una comparación general es Pandorum: el argumento inicial e incluso el parecido exterior de la nave es enorme. Aquella en cambio, en un registro muy distinto, eso sí (misterio y terror), tiene bastante más personalidad y pegada y un cierre con giros más trabajados.

Passengers se queda en un quiero y no puedo. Sus achaques no son graves, pero tampoco ofrece nada digno de recordar. Para ciencia-ficción imaginativa, reflexiva y hermosa tenemos aún reciente La llegada.

Magia a la luz de la Luna


Magic in the Moonlight , 2014, EE.UU.
Género: Comedia, romance.
Duración: 97 min.
Dirección: Woody Allen.
Guion: Woody Allen.
Actores: Colin Firth, Emma Stone, Marcia Gay Harden, Eileen Atkins, Hamish Linklater, Simon McBurney,

Valoración:
Lo mejor: Los personajes son interesantes, la trama sencilla pero amena.
Lo peor: Le falta garra, ritmo y resulta muy predecible además de algo forzada.

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Un mago, escéptico hasta la médula, es llamado por un amigo para comprobar juntos si una chica que dice ser vidente podría ser la prueba que derrumbe su concepción del universo.

El punto de partida promete una comedia de enredo donde además poco a poco aparece el romance, y el dibujo inicial de los personajes es también atractivo, sobre todo el del protagonista (Colin Firth). Pero esa gran comedia que parece guardar el planteamiento no llega a madurar nunca. Hay varios factores que se unen para frenar sus posibilidades. La historia carece de originalidad, sigue un camino muy predecible y además se la ve como encorsetada, anclada en una dinámica muy limitada. Es decir, se repiten el mismo tipo de escenas una y otra vez (cansinos paseos en coche), se fuerzan tópicos (la lluvia los aísla y acerca), e incluso se incluyen giros que parecen metidos con calzador para forzar tal o cual cambio en el personaje en el momento exacto (el accidente y la visita al hospital es muy artificial).

La relación amorosa, como extensión de esas limitaciones, no termina de funcionar. Los diálogos tienen la huella de ingenio de Woody Allen y ofrecen divertidos juegos de ataque y defensa entre la pareja, pero no basta, porque no hay química (los actores tienen parte de culpa: ni Firth ni Emma Stone terminan de congeniar) y la evolución es muy facilona, incapaz de sorprender y emocionar. La intriga por ver cómo desvelarán la farsa o descubrirán la auténtica magia lleva mejor ritmo… pero tampoco tiene giros genuinos, y por extensión el final se huele a distancia.

Lo mejor es que el trasfondo buscado por Allen no se diluye en la simpleza del guion. Los mensajes sobre las esperanzas, el amor, lo que necesitan creer los humanos para seguir viviendo, etc., se intuyen sin problemas. El protagonista más que escéptico es cabezón irracional hasta el punto de que ni cree en el amor, pero la situación le hará comprender tanto las debilidades de las personas, esas que las llevan a creer en fantasías, como las suyas propias: reconocer que los sentimientos no se pueden medir con el rigor científico que pretende. Y por ello es una pena que la maduración del personaje no consiga engrandecer la pobretona historia de amor.

Nunca llega a decaer hasta el aburrimiento, tiene cierto encanto (personajes simpáticos, escenario vistoso y puesta en escena colorida) y entretiene sin problemas, pero resulta intrascendente y se olvida en cuanto termina la proyección.

La vida de Adèle


La vie d’Adèle, 2013, Francia.
Género: Drama, romance.
Duración: 179 min.
Dirección: Abdellatif Kechiche.
Guion: Abdellatif Kechiche, Ghalia Lacroix, Julie Maroh (cómic).
Actores: Léa Seydoux, Adèle Exarchopoulos, Salim Kechiouche, Aurélien Recoing, Catherine Salée, Benjamin Siksou, Mona Walravens.

Valoración:
Lo mejor: La naturalidad y cercanía que transmiten las vidas de las dos protagonistas. El papelón de ambas actrices.
Lo peor: ¡Tres horas! Le sobra metraje en todas sus escenas, y muchas al completo no aportan nada.
Mejores momentos: El contraste entre las cenas con los padres de cada una. La despedida en una cafetería.

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La vida de Adèle es eso mismo, la vida de una chica desde la adolescencia hasta que ya se puede considerar una mujer adulta (termina antes de los treinta, así a ojo). El relato se centra en el aspecto sexual y amoroso, iniciándose con ella comenzando a sospechar que es lesbiana y por extensión chocando con una sociedad que todavía no respeta plenamente las diferencias con lo establecido como normal. La odisea de Adèle ejemplifica una vida bastante común, extrapolable incluso a cualquier heterosexual, porque al fin y al cabo todos pasamos por las mismas fases en el despertar sexual; sólo algunos condicionantes sociales cambian, y en estos también apuestan por lo más generalizado: el rechazo de sus compañeros, el conflicto con unos padres estrechos de miras, etc. En estas condiciones el relato no puede sorprender, y está claro que no lo pretende. Su intención es ahondar en la psique humana, ser realista, cercano, emotivo y con todo ello combinado intentar resultar trascendente, llegarte hondo. Y lo logra bastante bien. Los altibajos en el viaje de Adèle y Emma conmueven, empujan a reflexionar sobre aspectos oscuros de la sociedad y de nosotros mismos, y en muchas ocasiones incluso funcionan como espejo: habrá partes de sus vidas en las que te veas reflejado, seas hombre o mujer y tengas las preferencias que tengas.

El realizador Abdellatif Kechichese fue muy hábil e inteligente a la hora de buscar ese tono realista. Según han comentado en las entrevistas de promoción, el guion fue solo un punto de partida: dejó a las actrices que lo leyeran una sola vez para que se hicieran una idea de por dónde iba la historia, y a partir de ahí permitió que improvisaran, que canalizaran a los personajes a través de ellas mismas. Léa Seydoux (Emma) y Adèle Exarchopoulos (Adèle) están más que fantásticas soberbias, en especial la segunda, que logra un personaje tan humano que podría pasar por una conocida tuya. Su naturalidad, la facilidad para mostrar emociones y lo bien que capta la evolución de su personalidad son parte de un recital interpretativo que quita la respiración; y en esto último su belleza también tiene algo que aportar, claro.

La puesta en escena es crucial y está a la altura, pues Kechiche sabe ensalzar los distintos estados anímicos de las protagonistas alternando el tono de la fotografía y el montaje, donde destaca la belleza de los momentos idílicos (el banco al lado del árbol) y la crudeza de las escenas de sexo, donde no se corta un pelo en mostrarlo todo. Como la mayor parte de situaciones deben reflejar intimidad o lo que ve y siente la protagonista, hay muchos planos cerrados sobre los rostros, pero lejos de limitar el potencial visual o enclaustrar el ritmo el director lo controla muy bien sacando gran partido de la excelente labor de edición y el gran esfuerzo de las actrices.

Volviendo al sexo, está claro que Kechiche se sirvió de la polémica para promocionar la película, potenciando la carga erótica de la misma y provocando con ella a los medios. Y es una jugada inteligente, pues de otra forma es raro que cintas europeas traspasen fronteras con tanto tirón. Pero también es cierto que usa sabiamente las escenas para mostrar la evolución de la vida de las protagonistas: la primera relación con el chico es fría y torpe, pero luego llega la pasión desenfrenada con Emma, seguida de la rutina y otras fases.

El relato tiene tramos magníficos donde se muestran asuntos cotidianos con un estilo que le da más fuerza e interés. Por ejemplo, el director sabe que no va a sorprender contando que hay padres conservadores e intransigentes y padres modernos y abiertos, pero ensalza el mensaje jugando con el contraste entre ambos, sin perder la sinceridad y cercanía por el camino: algo tan cotidiano como es la comida y hablar del trabajo, de las esperanzas y las parejas, expone muy bien el choque entre formas de entender la vida. Y lo mejor es que no trata de aleccionar poniendo a las gentes cultas por encima de las conservadoras, sino que muestra lo que hay y punto. El mejor ejemplo de esto es ver como la propia Adèle choca con la pandilla de Emma, muy culta en temas muy concretos (pintura) que ni conoce ni le interesan. Siguiendo con el realismo y las zonas grises, los baches en la relación no se suavizan achacándolos a factores ajenos para ensalzar la virtud de las protagonistas, sino que llegan de limitaciones y fallos propios. Y en esta onda también es capaz de lograr un final agridulce muy eficaz: la vida sigue, de todo bache se aprende.

Pero Kechiche no está acertado en todo, pues arrastra un problema bastante importante que limita enormemente la gran calidad que podría haber alcanzado la película. No es capaz de ir al grano, de recortar lo intrascendente, y el metraje se va inflando hasta llegar a tres injustificables horas. Ni tomándola como miniserie resulta aceptable, porque hay paja en cantidad. No sabe frenar escenas que ya han dicho lo que tenían que decir, o se pierde en detalles triviales. Y muchas secuencias enteras son intrascendentes, innecesarias para el desarrollo general de la historia. Con dos horas (o menos) el ritmo habría sido más fluido y la narración mucho más intensa y certera. Como está tiene su valor, pero diluye demasiado su potencial y desde luego dificulta mucho su visionado, pues el aburrimiento hace mella en varios tramos. Para una vez que los productores deberían haber sacado al director de sus errores y terminado de perfilar una obra que podría haber sido magnífica…

Her


Her, 2014, EE.UU.
Género: Dama, romance.
Duración: 126 min.
Dirección: Spike Jonze.
Guion: Spike Jonze.
Actores: Joaquin Phoenix, Amy Adams, Scarlett Johansson, Rooney Mara.
Música: Arcade Fire.

Valoración:
Lo mejor: Buenas intenciones.
Lo peor: En el fondo, llena de topicazos y predecible. En el exterior, nada novedosa y bastante pretenciosa.

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El guion apuntaba maneras, al menos en intenciones y calado. El análisis de las relaciones personales y amorosas en un futuro cercano en el que las nuevas tecnologías dominarán aún más la vida y el comportamiento de los seres humanos se presenta realista y promete ofrecer atractivos planteamientos. Pero una cosa son las intenciones, y otra el resultado. El relato del que parten para explorar esos conceptos es muy obvio, las ideas que analiza no son nuevas (no sé cómo el público se ha sorprendido tanto, será por falta de bagaje) y el envoltorio tampoco sorprende y resulta muy artificial.

La parte romántica, que supone la base de la película, no deslumbra lo más mínimo, porque Spike Jonze no es capaz de darle una perspectiva más intensa y genuina a una historia muy clásica y con numerosos tópicos. Tenemos la típica pareja rota con un miembro que sigue su camino y otro que se estanca, siendo incapaz de tener más relaciones sanas hasta que la amistad con otra persona lo pone en buen camino. Escenas enormemente predecibles (la cita para firmar el divorcio, el apoyo en la amiga) se alternan en una aventura que oscila entre lo cursi y lo pedante sin hallar un buen equilibrio y donde solo algún buen episodio (la brevísima pero estupenda aparición de Olivia Wilde) es capaz de emerger entre el aburrimiento que transmite.

En cuanto al análisis de la evolución del ser humano inmerso en las absorbentes nuevas tecnologías, resulta evidente que el aquí mostrado es el camino que seguimos, con lo que tampoco veo nada sorprendente, y más cuando no es la primera vez que se aborda la dependencia total (incluso afectiva) de las redes de comunicación. La novela Fahrenheit 451 (Ray Bradbury, 1953) lo hacía con la televisión, el cyberpunk lo ha tratado de diversas formas con internet y derivados, y sobre todo la serie Black Mirror (2011) está exponiendo en cada capítulo un estudio distinto sobre el impacto negativo de las nuevas tecnologías en las sociedades humanas. De hecho, paralelo al estreno de la película llegó el primer capítulo de la segunda temporada, Vuelvo enseguida, cuyo parecido es notable en argumento y tono, reflejando que llegar a esta historia y conclusiones no es algo novedoso y menos revolucionario a pesar de que la crítica la pone como una película única y rompedora. También he visto comentar que bebe mucho de Lars y una chica de verdad y Ruby Sparks, en las que el protagonista se enamora de una muñeca y un personaje de ficción respectivamente.

Vuelvo enseguida de hecho supera a Her, aunque no fuera un episodio memorable. Es mucho más directo, conciso y equilibrado: va al grano sin rodeos, te suelta todos los mensajes para que los mastiques a tu gusto, y sobre todo no se desvanece en una historia de amor predecible ni busca un envoltorio pretencioso que trate de disfrazar esa simpleza. Her da mil vueltas sobre lo mismo, tarda muchísimo en exponer ideas sencillas y evidentes, desaprovecha bastante sus personajes, se enfoca demasiado hacia el aspecto visual (que engulle el contenido más veces de la cuenta), y además hacia el final toma un giro muy extraño. El trasfondo de ciencia-ficción toma protagonismo y llega un momento en que parece que estamos viendo el nacimiento de Skynet (el ordenador que toma consciencia y se rebela contra la humanidad en Terminator). Entiendo que querían separar al protagonista de la amada virtual, pero había formas menos rebuscadas y que no desviaran tanto el ritmo y tono previos. De este lado de la película también hay poco que rescatar, quizá el lastimero el viaje a la playa con la novia virtual, es decir, que el tío va de vacaciones con la única compañía del teléfono.

La puesta en escena obviamente también pretende reflejar ese futuro luminoso por fuera (vidas cómodas gracias a la tecnología) y solitario y deprimente por dentro, pero tampoco resulta una labor sorprendente y genuina. Las localizaciones elegidas son fantásticas (mitad Los Ángeles mitad Shanghai) y la fotografía capta bien la belleza gélida de la urbe moderna, pero la técnica empleada está bastante vista ya, parece un calco de títulos recientes como Shame o Lost in Traslation. Los mismos planos de la metrópolis y sus grandes edificios de cristal, llena de color pero a la vez fría y deshumanizada, las mismas escenas en trenes (rostros apoyados en el cristal, reflejos) y restaurantes, los mismos hogares modernistas pero sin calor humano… Se puede hacer una comparativa por imágenes y las tres películas parecen iguales, plano a plano es un déjà vu constante porque siguen el manual de “cómo ser un hipster pretencioso paso a paso”. Además parece un maldito anuncio de colonia: tanto plano milimétricamente elegido, tanta escena obsesionada con sacar el encuadre más llamativo y colorista, y mientras, se olvida del tempo narrativo. Hay numerosas secuencias que de primeras entran muy bien por los ojos, pero luego resulta que están vacías, por lentas e inertes. Donde sí destaca algo de buen hacer es en el detallismo, pues la descripción del entorno y de muchas situaciones se expone sutilmente: un fugaz plano a un peatón basta para reflejar que el protagonista no es el único embarcado en esa extraña aventura amorosa, por ejemplo.

Si la salvo del suspenso es por los pelos. La descripción de personajes es buena, aunque con su lentísima evolución y lo previsible de la trama no se explota su potencial, y los actores están muy correctos. Joaquin Phoenix encarna a un efectivo reflejo del treintañero urbano (un hipster de tomo y lomo), aunque debo decir que la recepción crítica ha sido desmedida, es un papel profesional pero no notable, ha tenido trabajos muchísimo mejores (Gladiator a la cabeza, pero también Señales o La noche es nuestra). Scarlett Johansson enamora solo con la voz. Rooney Mara es ya un valor seguro, y Amy Adams más aún, es una actriz enorme y aun teniendo un papel pequeño y sencillo está muy creíble (aunque eso de maquillarla para que parezca fea es gracioso, pues es uno de los rostros más hermosos del momento). Y sin duda, aunque no sean nuevos y están dispersos en un metraje muy estirado y superficial, se pueden sacar algunos interesantes e inquietantes pensamientos sobre nuestro porvenir: soledad y aislamiento, relaciones ficticias, etc.

Pero no tiene mucho más. Es de suponer que la película debería resultar triste y esperanzadora a la vez, que tendría que contagiarse la soledad y melancolía de los protagonistas, que en algún momento deberíamos desear que fueran capaces de salir de su letargo… Pero lo único que conseguí fue aburrirme soberanamente. Ni el guion ni la dirección de Jonze logran dotar de vida al relato, no es capaz de ofrecer una conmovedora tragedia emocional y social como se intuye que pretendía y como evidentemente debería ser. Termina resultando un filme tremendamente aséptico y distante, lastrado además por sus ínfulas pretenciosas y por su abultada longitud: dos horas para mostrar tan poca cosa es a todas luces un error, habiendo no pocos tramos soporíferos. La crítica entusiasta de los medios (siete nominaciones a los Oscar, siendo una obra ajena a sus tendencias, es inexplicable) y del escaso público que la ha visto (45 millones de recaudación) me resulta muy sorprendente. No tiene calidad, fuerza, alma, autenticidad ni novedades suficientes como para resultar impactante, no sé dónde radica su capacidad para hechizar a quienes la ven.

Perfect Sense


Perfect Sense, 2011, Reino Unido.
Género: Romance.
Duración: 92 min.
Dirección: David Mackenzie.
Guion: Kim Fupz Aakeson.
Actores: Eva Green, Ewan McGregor, Connie Nielsen, Denis Lawson, Stephen Dillane.
Música: Max Richter.

Valoración:
Lo mejor: Actores, dirección, fotografía. Precioso relato de amor con trasfondo muy original.
Lo peor: Altibajos en el ritmo. Le falta garra en los últimos minutos.

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Perfect Sense es una producción independiente escrita por el danés Kim Fupz Aakeson y dirigida por el inglés David Mackenzie cuyo estreno llegó en 2011 en el festival de Sundance. Tras pasar por otros tantos festivales fue apareciendo en dvd, pero como es habitual en España no se sabe nada de ella. Parece que va camino de convertirse en una cinta de culto, es decir, de esas en los que la hemos visto nos preguntamos cómo un título tan llamativo y vendible fácilmente por su reparto no ha tenido el favor de las distribuidoras. Sí, es rarita, pero no hasta el punto de resultar difícil o ininteligible.

La historia versa sobre cómo se conocen y comienzan a enamorarse una mujer solitaria que está perdiendo la esperanza en encontrar a alguien con quien compartir la vida y un hombre en apariencia bastante cabrón con las mujeres (el clásico usar y tirar) pero que en realidad se comporta así por problemas sentimentales varios. Su unión les hará enfrentarse a conflictos tanto del pasado como del presente y les permitirá ver la vida a través de una nueva perspectiva. La relación gira además alrededor de un acontecimiento catastrófico: una epidemia está haciendo que la población mundial pierda paulatinamente los sentidos y tenga ataques de diversa índole (como ira o felicidad incontrolables). Este trasfondo atípico funciona (al contrario que la absurda invasión alienígena de la fallida Monster) como hipérbole para lanzar la historia de amor desde un ángulo distinto y analizar el comportamiento humano en condiciones extremas. Aunque algunas reflexiones son claras (la esperanza y lucha que nos hace salir hacia adelante mostrada con el restaurante lleno de clientes sin gusto y olfato), otras muchas se dejan para que el espectador desarrolle sus propias ideas.

La aventura amorosa lleva muy buen ritmo, los personajes resultan cercanos y sus emociones alcanzan con fuerza al espectador. Los dos actores principales, Ewan McGregor y Eva Green, están estupendos, esenciales a la hora de trasladar esa sensación de proximidad y credibilidad. El seguimiento de la pandemia, tanto en el círculo de los protagonistas (el restaurante, sobre todo) como en las escenas que muestran al resto de la ciudad e incluso del mundo, está bastante bien hilado, y si bien a veces parece discutible darle tanta importancia al exterior (los excesivos montajes de imágenes de alrededor del globo no son esenciales), otras veces aciertan de lleno: cuando el caos y la desesperación toman la ciudad el romance adquiere aún más intensidad.

La naturalidad, emotividad y belleza que desprende el relato lo ponen por encima de lo que se suele ver en el género últimamente, por no decir que su estilo arriesgado le otorga un aura única. Me tengo que remontar a Antes del amanecer y Antes del anochecer para poder citar una aventura romántica que me cautivara, aunque cierto es que Perfect Sense, aunque bien encaminada, no llega a tal nivel de perfección, pues a veces parece que a guionista y director se les escapa un poco el rumbo de la historia. Se producen pequeños altibajos en el ritmo, juegan con ideas narrativas que no parecen del todo acertadas (la voz en off no me convence, los citados montajes de fotos se descontrolan), y sobre todo el segmento final puede resultar algo predecible a partir de cierto momento y además, por eso de ser abierto para empujar al espectador a la reflexión, no contentará a todos.

La labor de dirección de David Mackenzie es francamente buena, y si bien a veces se deja ver la falta de dinero se apoya muy bien en una estupenda fotografía y en una música muy acertada y ofrece imágenes por lo general hermosas y en ocasiones bastante poderosas. Perfect Sense es una bella historia de amor narrada desde una perspectiva bastante curiosa que estoy seguro que llegará muy bien al espectador que acepte historias intimistas, reflexivas y también distintas, arriesgadas.