El Criticón

Opinión de cine y música

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Her


Her, 2014, EE.UU.
Género: Dama, romance.
Duración: 126 min.
Dirección: Spike Jonze.
Guion: Spike Jonze.
Actores: Joaquin Phoenix, Amy Adams, Scarlett Johansson, Rooney Mara.
Música: Arcade Fire.

Valoración:
Lo mejor: Buenas intenciones.
Lo peor: En el fondo, llena de topicazos y predecible. En el exterior, nada novedosa y bastante pretenciosa.

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El guion apuntaba maneras, al menos en intenciones y calado. El análisis de las relaciones personales y amorosas en un futuro cercano en el que las nuevas tecnologías dominarán aún más la vida y el comportamiento de los seres humanos se presenta realista y promete ofrecer atractivos planteamientos. Pero una cosa son las intenciones, y otra el resultado. El relato del que parten para explorar esos conceptos es muy obvio, las ideas que analiza no son nuevas (no sé cómo el público se ha sorprendido tanto, será por falta de bagaje) y el envoltorio tampoco sorprende y resulta muy artificial.

La parte romántica, que supone la base de la película, no deslumbra lo más mínimo, porque Spike Jonze no es capaz de darle una perspectiva más intensa y genuina a una historia muy clásica y con numerosos tópicos. Tenemos la típica pareja rota con un miembro que sigue su camino y otro que se estanca, siendo incapaz de tener más relaciones sanas hasta que la amistad con otra persona lo pone en buen camino. Escenas enormemente predecibles (la cita para firmar el divorcio, el apoyo en la amiga) se alternan en una aventura que oscila entre lo cursi y lo pedante sin hallar un buen equilibrio y donde solo algún buen episodio (la brevísima pero estupenda aparición de Olivia Wilde) es capaz de emerger entre el aburrimiento que transmite.

En cuanto al análisis de la evolución del ser humano inmerso en las absorbentes nuevas tecnologías, resulta evidente que el aquí mostrado es el camino que seguimos, con lo que tampoco veo nada sorprendente, y más cuando no es la primera vez que se aborda la dependencia total (incluso afectiva) de las redes de comunicación. La novela Fahrenheit 451 (Ray Bradbury, 1953) lo hacía con la televisión, el cyberpunk lo ha tratado de diversas formas con internet y derivados, y sobre todo la serie Black Mirror (2011) está exponiendo en cada capítulo un estudio distinto sobre el impacto negativo de las nuevas tecnologías en las sociedades humanas. De hecho, paralelo al estreno de la película llegó el primer capítulo de la segunda temporada, Vuelvo enseguida, cuyo parecido es notable en argumento y tono, reflejando que llegar a esta historia y conclusiones no es algo novedoso y menos revolucionario a pesar de que la crítica la pone como una película única y rompedora. También he visto comentar que bebe mucho de Lars y una chica de verdad y Ruby Sparks, en las que el protagonista se enamora de una muñeca y un personaje de ficción respectivamente.

Vuelvo enseguida de hecho supera a Her, aunque no fuera un episodio memorable. Es mucho más directo, conciso y equilibrado: va al grano sin rodeos, te suelta todos los mensajes para que los mastiques a tu gusto, y sobre todo no se desvanece en una historia de amor predecible ni busca un envoltorio pretencioso que trate de disfrazar esa simpleza. Her da mil vueltas sobre lo mismo, tarda muchísimo en exponer ideas sencillas y evidentes, desaprovecha bastante sus personajes, se enfoca demasiado hacia el aspecto visual (que engulle el contenido más veces de la cuenta), y además hacia el final toma un giro muy extraño. El trasfondo de ciencia-ficción toma protagonismo y llega un momento en que parece que estamos viendo el nacimiento de Skynet (el ordenador que toma consciencia y se rebela contra la humanidad en Terminator). Entiendo que querían separar al protagonista de la amada virtual, pero había formas menos rebuscadas y que no desviaran tanto el ritmo y tono previos. De este lado de la película también hay poco que rescatar, quizá el lastimero el viaje a la playa con la novia virtual, es decir, que el tío va de vacaciones con la única compañía del teléfono.

La puesta en escena obviamente también pretende reflejar ese futuro luminoso por fuera (vidas cómodas gracias a la tecnología) y solitario y deprimente por dentro, pero tampoco resulta una labor sorprendente y genuina. Las localizaciones elegidas son fantásticas (mitad Los Ángeles mitad Shanghai) y la fotografía capta bien la belleza gélida de la urbe moderna, pero la técnica empleada está bastante vista ya, parece un calco de títulos recientes como Shame o Lost in Traslation. Los mismos planos de la metrópolis y sus grandes edificios de cristal, llena de color pero a la vez fría y deshumanizada, las mismas escenas en trenes (rostros apoyados en el cristal, reflejos) y restaurantes, los mismos hogares modernistas pero sin calor humano… Se puede hacer una comparativa por imágenes y las tres películas parecen iguales, plano a plano es un déjà vu constante porque siguen el manual de “cómo ser un hipster pretencioso paso a paso”. Además parece un maldito anuncio de colonia: tanto plano milimétricamente elegido, tanta escena obsesionada con sacar el encuadre más llamativo y colorista, y mientras, se olvida del tempo narrativo. Hay numerosas secuencias que de primeras entran muy bien por los ojos, pero luego resulta que están vacías, por lentas e inertes. Donde sí destaca algo de buen hacer es en el detallismo, pues la descripción del entorno y de muchas situaciones se expone sutilmente: un fugaz plano a un peatón basta para reflejar que el protagonista no es el único embarcado en esa extraña aventura amorosa, por ejemplo.

Si la salvo del suspenso es por los pelos. La descripción de personajes es buena, aunque con su lentísima evolución y lo previsible de la trama no se explota su potencial, y los actores están muy correctos. Joaquin Phoenix encarna a un efectivo reflejo del treintañero urbano (un hipster de tomo y lomo), aunque debo decir que la recepción crítica ha sido desmedida, es un papel profesional pero no notable, ha tenido trabajos muchísimo mejores (Gladiator a la cabeza, pero también Señales o La noche es nuestra). Scarlett Johansson enamora solo con la voz. Rooney Mara es ya un valor seguro, y Amy Adams más aún, es una actriz enorme y aun teniendo un papel pequeño y sencillo está muy creíble (aunque eso de maquillarla para que parezca fea es gracioso, pues es uno de los rostros más hermosos del momento). Y sin duda, aunque no sean nuevos y están dispersos en un metraje muy estirado y superficial, se pueden sacar algunos interesantes e inquietantes pensamientos sobre nuestro porvenir: soledad y aislamiento, relaciones ficticias, etc.

Pero no tiene mucho más. Es de suponer que la película debería resultar triste y esperanzadora a la vez, que tendría que contagiarse la soledad y melancolía de los protagonistas, que en algún momento deberíamos desear que fueran capaces de salir de su letargo… Pero lo único que conseguí fue aburrirme soberanamente. Ni el guion ni la dirección de Jonze logran dotar de vida al relato, no es capaz de ofrecer una conmovedora tragedia emocional y social como se intuye que pretendía y como evidentemente debería ser. Termina resultando un filme tremendamente aséptico y distante, lastrado además por sus ínfulas pretenciosas y por su abultada longitud: dos horas para mostrar tan poca cosa es a todas luces un error, habiendo no pocos tramos soporíferos. La crítica entusiasta de los medios (siete nominaciones a los Oscar, siendo una obra ajena a sus tendencias, es inexplicable) y del escaso público que la ha visto (45 millones de recaudación) me resulta muy sorprendente. No tiene calidad, fuerza, alma, autenticidad ni novedades suficientes como para resultar impactante, no sé dónde radica su capacidad para hechizar a quienes la ven.

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Ain’t Them Bodies Saints


Ain’t Them Bodies Saints, 2013, EE.UU.
Género: Drama.
Duración: 96 min.
Dirección: David Lowery.
Guion: David Lowery.
Actores: Rooney Mara, Casey Affleck, Ben Foster, Keith Carradine.
Música: Daniel Hart.

Valoración:
Lo mejor: Dirección, fotografía, reparto.
Lo peor: Muy predecible, a ratos aburrida.

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Ain’t Them Bodies Saints es un título del cine independiente norteamericano muy clásico, donde todas las señas de identidad de este género son bien patentes. El ambiente rural y empobrecido bien captado por una atmósfera entre sombría y esperanzadora, los personajes realistas sufriendo tanto el entorno como sus propias limitaciones, la historia de superación también realista, en plan retrato de la sociedad… Pero no tarda mucho en notarse también que todos estos factores se traducen en algo negativo: el relato es muy predecible, nada en él aporta algo lo suficientemente original o sustancioso como para conseguir dejar atrás la sensación de que todo se ve venir de antemano.

Si se salva de resultar realmente intrascendente e insustancial es otro aspecto habitual del cine “indie”: se ha realizado con dedicación y amor, se nota esfuerzo y cariño en cada escena. Así, su aspecto visual es de primer nivel: David Lowery, apoyándose en una fotografía e iluminación sublimes, consigue dotar a la cinta de considerable belleza y de un tono romántico y trágico bastante eficaz. La cámara en constante movimiento es muy acertada, los planos artísticos en plan Terence Malick resultan hermosos y algunas secuencias son arrebatadoras (como el tiroteo en la oscuridad). Igualmente los actores captan muy bien la esencia sus roles: a Rooney Mara dan ganas de salvarla de su monotonía e indecisión, Casey Affleck construye muy bien a un joven incapaz de madurar, y sobre todo destaca Ben Foster en el papel del sheriff tranquilo y con anhelos (el incipiente enamoramiento con la chica) que el intérprete expone sutilmente con maestría. Es una pena que este actor con tanto potencial (su papelón en El tren de las 3:10 fue para enmarcar) no haya alcanzado el éxito.

Sin embargo el esfuerzo no es suficiente para lograr una obra destacable. Es una lástima que una película que entra tan bien por los ojos y presenta unos personajes tan atractivos resulte tan simple que termina teniendo carencias notables en el ritmo: como la odisea de los protagonistas es tan facilona y previsible no consigue despertar mucho interés, y en muchos tramos incluso aburre.

Efectos secundarios

 


Side Effects, 2013, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 106 min.
Dirección: Steven Soderbergh.
Guin: Scott Z. Burns.
Actores: Rooney Mara, Channing Tatum, Jude Law, Catherine Zeta-Jones.
Música: Thomas Newman.

Valoración:
Lo mejor: El reparto y la puesta en escena realzan la poca calidad del guion.
Lo peor: Es un telefilme con el que rellenas la parrilla de tarde de los fines de semana.

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Me gusta Steven Soderbergh, pero su carrera es bastante extraña. Mezcla cintas muy exitosas (Ocean’s Eleven) con títulos que ganan premios (la excelente Erin Brokovich, la aburrida Traffic) y tiene obras de gran calidad pero muy infravaloradas (Contagio, Indomable, Un romance muy peligroso), pero cada dos por tres le da por hacer películas menores de escasa trascendencia: The Girlfriend Experience, Magic Mike (bastante entretenida, pero no deja huella), Bubble

Esta Efectos secundarios, a pesar de lo que su gran reparto promete, es otro paréntesis extraño, de hecho es completamente prescindible. Resulta un telefilme del montón, otro más de crímenes rebuscados, falsas apariencias y personajes sufriendo lo indecible. La sólida puesta en escena garantiza un acabado de calidad y los actores son competentes aunque no estén en sus mejores papeles, pero de este guión no hay quien saque algo bueno.

Lo peor es la sensación de engaño. Al principio parecía ser un thriller correcto y con buena carga crítica sobre la labor de los psicólogos, el lado feo de la industria farmacéutica (chanchullos con medicamentos) y la mala praxis médica (errores, timos, etc.), y además se conecta bien con los problemas del personaje de Jude Law, pero conforme se desarrolla la historia esta se va diluyendo y girando hacia ideas absurdas que echan a perder la buena base inicial. Los personajes se convierten en marionetas de una trama que se va por la tangente montando un thriller de crímenes imposibles, y el final desbarra con giros tan rebuscados (lesbianas, jajajaja) y tramposos que terminan por rematar lo poco que quedase de la historia y de la conexión con el espectador.

Millennium: los hombres que no amaban a las mujeres


Millennium: The Girl with the Dragon Tattoo , 2011, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 158 min.
Dirección: David Fincher.
Guion: Steven Zaillian, Stieg Larsson (novela).
Actores: Daniel Craig, Rooney Mara, Chistpopher Plummer, Stellan Scarsgard, Robin Wright, Joely Richardson.
Música: Trent Reznor, Atticus Ross.

Valoración:
Lo mejor: Todo, en especial la dirección, la fotografía, la música y el papel de Rooney Mara.
Lo peor: Que se considere una cinta menor de Fincher, cuando no lo es. Que le hayan robado premios gordos.

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Siendo una saga literaria convertida en éxito mundial de ventas y transformada luego en serie de adaptaciones al cine que, aun viniendo de un mercado tan lejano como es el sueco, adquirió también bastante éxito internacional, su adaptación por parte de Hollywood era sólo cuestión de tiempo. Ante esta situación hoy día lo más probable era encontrarnos una obra hecha únicamente como reclamo publicitario, es decir, sin poner esfuerzo alguno dotarla de personalidad (tipo Déjame entrar), pero tuvimos una suerte enorme al caer esta en manos de dos autores de nivel que además se esforzaron en ofrecer un producto de gran calidad: David Fincher en la dirección y Steven Zaillian en el guion.

El libreto sintetiza de maravilla una novela muy larga y compleja, haciendo inteligible todo el entramado de nombres de personajes que ni siquiera salen o lo hacen momentáneamente y mostrando fluidamente una trama a dos bandas que tardan bastante en unirse. Lo único criticable es que el desenlace del caso se ve venir, pero no importa demasiado porque está bien mostrado y en la parte relativa a los protagonistas sí se muestra un desenlace más original y efectivo.

La dirección de Fincher exprime al máximo una historia abocada a resultar lenta y tediosa en manos de alguien sin tantas dotes y personalidad. Compone un thriller intenso, subyugante, a ratos espectacular, con unos personajes magníficos tanto en su descripción como en su evolución y capacidad para llegar al espectador. El relato es oscuro y cruel, cualidades que el director agudiza sin contemplaciones llegando a ofrecer algunas escenas, como la violación y su represalia, realmente perturbadoras, de las más bestias y explícitas vistas en cine comercial en muchísimos años. De hecho el nivel de violencia es muy sorprendente para lo estándar en el Hollywood actual, y me extraña que no causara polémica.

La fotografía fascinante, el pulso y calidad impecable de cada escena (algunas visualmente impresionantes, como la persecución en moto) y la atípica pero eficaz música de Trent Reznor (que viene del rock industrial de calidad –Nine Inch Niles– y está pegando fuerte en las bandas sonoras) y Atticus Ross dan un aspecto visual arrebatador a una historia densa pero sumamente atractiva y entretenida. Y la labor de los actores, en especial una Rooney Mara totalmente sumergida en un personaje magistral, es impecable.

Así pues, es una pena que a estas alturas a David Fincher, ya aceptado por Hollywood (antes era el típico bicho raro de culto pero sin prestigio académico) y con obras muy premiadas, algunas incluso muy por encima de su calidad (insoportable la de Benjamin Button), le hayan pasado por alto otra gran película: ni guion ni dirección optaron a los Oscar y Globos de Oro cuando hay títulos claramente inferiores (Los descendientesAlexander Payne-, MoneyballBennett Miller-, Los idus de marzo, –George Clooney-) que sí lo han hecho.

Como apunte final, un dato extra para alabar la entereza y profesionalidad de sus autores: la historia se ambienta en la propia Suecia, algo que sorprende dado lo etnocentristas que son los estadounidenses, que ni aceptan cine que no sea en inglés (razón por la que se hacen versiones como esta).