El Criticón

Opinión de cine y música

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Wonder Woman


Wonder Woman, 2017, EE.UU.
Género: Acción, superhéreoes.
Duración: 141 min.
Dirección: Patty Jenkins.
Guion: Allan Heinberg, Zack Snyder, Jason Fuchs, William Moulton Marston (creador del personaje).
Actores: Gal Gadot, Chris Pine, Danny Huston, David Thewlis, Ewn Bremner, Saïd Taghmaoui, Eugene Brave Rock, Robin Wright, Connie Nielsen, Lucy Davis, Elena Anaya.
Música: Rupert Gregson-Williams.

Valoración:
Lo mejor: El choque cultural de Diana con el mundo exterior, con humor y conflictos interesantes.
Lo peor: El resto, un relato ahogado en tópicos hasta resultar bastante aburrido. La puesta en escena, normalita y con salidas de tono innecesarias, pero sobre todo con unos efectos especiales malísimos. Los actores: ni Gal Gadot ni Chris Pine están a la altura.
La pregunta: ¿Por qué Bruce Wayne y Diana se escriben en castellano? Otra película donde traducen el texto sustituyendo el original, creando un absurdo enorme. Hace poco lo hicieron con Jason Bourne, y más atrás el Capitán América (en El Soldado de Invierno) se dedicaba a tachar de su lista de cosas pendientes eventos culturales relevantes de España en vez de su país.

* * * * * * * * *

Parece que Wonder Woman ha llegado para salvar la imagen de la serie DC de Warner Bros.: crítica y público la han recibido asombrosamente bien, al contrario de la decepción, o al menos del sinsabor, más o menos generalizado que dejaron las tres entregas previas. Y si un bodrio como Batman vs. Superman (2016) obtuvo casi novecientos millones de dólares mundiales en la taquilla a pesar del boca a boca que la ponía bastante mal (superando a peliculones como Guardianes de la galaxiaJames Gunn, 2014- y El Soldado de Invierno -hermanos Russo, 2014-), y Escuadrón suicida sólo perdió cien millones respecto a aquella a pesar de ir sobre aviso, la presente, con tanto entusiasmo, tiene todas las de pasar de los mil. Y no lo entiendo, porque es otra entrega que dista de ser una buena película.

Todo está mal en Wonder Woman. O al menos flojo, desganado, como en El hombre de acero (2013), porque Batman vs. Superman (2016) y Escuadrón suicida (2016) dejan claro que se puede hacer peor. Empiezo por la actriz Gal Gadot. Ha deslumbrado tanto con su belleza que a la hora de enfrentar su trabajo real pocos parecen haber visto lo mismo que yo: un papel muy justo como heroína de acción, pero sobre todo un registro dramático infame. En los momentos clave, ya flojos de por sí, me terminó de expulsar del todo de la conexión con las imágenes su irreal y forzada interpretación. Chris Pine tampoco me convence, y eso que venía de haberme sorprendido muy para bien en Comanchería (2016) después de parecerme un patán en las primeras películas donde lo vi, Star Trek (2006) y Jack Ryan: Operación Sombra (2014). Aquí tiene el mismo rol que en esas, el de guaperas un poco engreído, y lo interpreta con el mismo escaso registro. Está clara la diferencia que puede marcar la presencia de un buen director que sepa exprimir a los actores. Unos personajes tan monocromáticos, que basan su fuerza únicamente en su integridad moral, o sea, en ser héroes impolutos e inquebrantables, porque más profundidad no tienen, han de apoyarse unas interpretaciones con mucho tirón para poder sostener una película sobre sus hombros. Y aparte de la escasa ganas que ponen hay que contar también con que de carisma andan bastante escasos.

Pero estos dos protagonistas tan poco llamativos por separado se salvan, e incluso logran resultar algo simpáticos, porque a la hora de juntarlos surge cierta química y situaciones un poco más elaboradas, alguna incluso con cierto poso. No llegan a dar algo deslumbrante, ni encontramos momentos originales, pero al menos se levanta bastante el interés. El choque cultural y moral es el esqueleto que sostiene a la película, lo único que la salva de un suspenso claro. La curiosa y activa Diana (pronunciado “Daiana”) se encuentra con una anomalía cultural y, en vez de rechazarla y volver a su rutina, se implica de lleno con pasión. Quiere aprender qué es el hombre (tronchante la escena del baño), y su falta de conocimientos prácticos ofrece momentos divertidos y bonitos (sobre todo relativos al sexo y sus tabúes). Pero sobre todo destaca su ética rígida, que la lleva apartarse de su pueblo conservador que mira hacia otro lado cuando se presenta el mal para el que precisamente han estado preparándose, y a dar la tabarra a los generales humanos. Su determinación, ingenua y casi fanática, contrasta con la experiencia de Steve Trevor, un espía también implicado hasta la médula en la guerra. Las situaciones en que ella no puede ver la perspectiva global porque la abruma la tragedia inmediata (soldados y refugiados heridos) son bastante efectivas.

Pero aunque consiguen enganchar un poco, hacer llevadera una historia muy facilona, el relato en general no consigue la emotividad y la profundidad exigibles para que con un envoltorio tan trillado pueda dejar huella. Todo se ve venir muy de lejos, con lo que ninguna revelación, giro y maduración sorprende, y mucho menos va a llegar con intensidad. La heroína con el destino marcado, la mentora sabio que sabe más de lo que dice, el contacto con el mundo exterior, las reticencias y miedos iniciales, la caída de la mentora, lo que la empuja a abandonar el nido, la presentación del enemigo, ese que es malo porque sí, el capítulo central de acción de relleno acompañado de la formación del grupo de secundarios, el asalto final a la guarida del villano… En ninguna de las fases hay un solo amago de buscar algo que pueda disimular la total falta de novedades (el parecido con Capitán América: El primer vengadorJoe Johnston, 2011- es excesivo), ni un esfuerzo por alcanzar algo más de complejidad emocional e intelectual. De hecho, ocurre lo contrario, va perdiendo fuelle conforme avanza. A la cantidad de escenas predecibles hasta resultar bastante aburridas, a los giros y soluciones igual de apáticos, hay que añadir las muchas vaguedades cuando no agujeros de guion, más un aspecto visual que no da la talla como superproducción.

Parece que se dejaron casi todo el presupuesto en Temiscira, donde hay planos muy logrados de ciudades y paisajes imaginarios, y además a plena luz del sol. Ahí parece también que Patty Jenkins iba a dirigir con más sobriedad y naturalidad que Zack Snyder. Pero la escaramuza en la playa ya empieza a sembrar la duda. Demasiada filigrana absurda, demasiada amazona disparando flechas en posturitas muy inverosímiles, y demasiada cámara lenta innecesaria que rompe el ritmo. Y una vez en la guerra empieza a dar la impresión de que se ha acabado el dinero y las ideas. El presupuesto se estima en 150 millones de dólares, que es mucho, pero viendo que las otras entregas rondaron los 250 y no lucieron mejor, está claro que no saben sacarle partido. La introducción de Steve, escapando en avioneta de los alemanes, es horrenda, menudo cante las pantallas de fondo. La supuesta gran batalla en las trincheras muestra a unos veinte soldados en un escenario minúsculo, y se resuelve con cuatro tiros y patadas. No hay sensación real de guerra, algo que agrava porque no hay ni gota de sangre, Diana sólo usa la espada para golpear; normal que no la lleve en una vaina, no tiene filo. No sé de qué van en esta serie: Batman vs. Superman era pretendidamente oscura, Escuadrón suicida supuestamente chunga… pero a la hora de la verdad resultaron prácticamente aptas para todos los públicos. El asalto al pueblo está mejor ejecutado, pero no sorprende, y el abuso de las cámaras lentas se va convirtiendo en un lastre enorme: cuánto saltito y fotograma congelado sin venir a cuento… ¿Esto es lo que entienden por espectáculo? En la falta de épica tiene culpa también la pobre banda sonora de Rupert Gregson-Williams, otra hecha con plantilla que apenas pasa de un murmullo de fondo, y donde además el tema que Hans Zimmer compuso para Wonder Woman en Batman vs. Superman no pega ni con cola: ese rock apareciendo de la nada a todo volumen queda fatal.

El final, aun con este pobre nivel, es un bajón enorme. Primero, porque los villanos son de risa, estereotipos vulgares incapaces de transmitir nada. Segundo, porque es el mismo desenlace que el de casi todas las del género, pero en esta serie, con su excesiva simplificación argumental y su flojísimo acabado visual, resulta realmente fallido, un cutre monstruo de fase final de videojuego. A las pantallas de fondo, las nieblas y humos para ocultar la escasísima calidad de las digitalizaciones, destacando los cantosos dobles (y pensar que en Marvel llevamos años viendo peleas enteramente digitales y no se nota nada), se le suma el infantil progreso de la batalla: ahora me saco un golpe o un rayo más grande de la manga, ahora yo otro más, y así hasta que deciden terminar de una vez por todas.

Este desastroso desenlace deja muy malas sensaciones y casi hace olvidar las pocas virtudes que presentaba, el potencial que han desaprovechado por anclarse a un esquema tan pobre. Wonder Woman es otra película del montón que incomprensiblemente va a hacer un montón de dinero.

Para variar, el doblaje es regulero. Las voces de todas las actrices parecen muy forzadas, como si estuvieran leyendo el guion por primera vez, sin emoción, sin adecuarse al contexto, y encima a las amazonas le ponen un acento extraño… No sé si el acento está en el original, y si funciona en caso afirmativo, pero en castellano no queda bien. Tampoco me gusta que cuando se supone que se está hablando alemán lo único que hacen los actores es poner acento alemán. En cambio otros idiomas salen como tales y subtitulados.

Alerta de spoilers: A partir de aquí la destripo a fondo.–

La presentación de la heroína da demasiadas vueltas sobre su necesidad de saber más y de crecer rápido. Sabemos que la madre aceptará el entrenamiento, que llegará el punto de inflexión donde dudará sobre si abandonar lo conocido para embarcarse en el viaje, y que habrá un giro donde su mundo sufra un revés (la típica muerte del maestro o guía, en este caso la general –Robin Wright-) que la empujará por fin a decidirse. Así que estirarlo tanto, reincidir tanto en obviedades, resulta contraproducente: en esta larga y monótona introducción me envolvió el aburrimiento y la sensación de decepción, de que me he dejado engañar otra vez, y apenas se disipa en el siguiente segmento, pues, como señalaba, el choque con el mundo exterior es lo mejor pero lo desaprovechan demasiado. Que el tipo con el que se embarca en la aventura sea un mazizo algo pagado de sí mismo con el que surge un flechazo instanténeo es otra desilusión. ¿Por qué esa obsesión con apoyarse en estereotipos tan manidos? ¿Qué miedo hay a escribir personajes más humanos, más complejos? De un espía curtido en la guerra me espero a un asesino, a alguien sin escrúpulos, y quizá amargado o con traumas. Pero nos ponen ante alguien que es tan superhéroe como ella, sólo que sin superfuerza. En otras palabras, ambos son unos estereotipos demasiado limitados y fríos, dudo que por separado no hubieran hundido la cinta por completo, y juntos, como decía, tienen buenos momentos, pero tampoco se exprime del todo el potencial latente.

El grupo no ayuda. Todos se apoyan en una característica trivial y de ahí no se mueven. El parecido con Doce del patíbulo (Robert Aldrich, 1967), uno de los referentes de cinta bélica con un grupo dispar enfrentado a una misión suicida, remarca muchísimo la diferencia de calidad, o más bien la diferencia con la forma de hacer cine en la actualidad. Hay excepciones, pero pocas, y lo gracioso es que son precisamente de la competencia: Los Vengadores (Joss Whedon, 2012) y Guardianes de la galaxia son grandes ejemplos de películas de grupo. Los miembros de esta panda no tienen personalidad, ninguno evoluciona hacia algo concreto o sirve para desarrollar una historia tangible. ¿Qué hacen en el relato entonces? Lo más absurdo es que mencionan un trauma en el francotirador, pero no aporta absolutamente nada. Es más, él no aporta nada; el actor metido a timador por lo menos tiene una escena en que su habilidad sirve para algo, y el indio también, aunque sea bastante cutre (la del humo que sólo ve el protagonista), pero aun así ni se acercan a un mínimo exigible. La secretaria (Lucy Davis) merece una mención aparte. La gorda simpática me resulta una vulgaridad en su propia concepción, pero el tono humorístico surrealista que le ponen, a base de ruiditos y murmullos estúpidos, termina de convertir sus apariciones en insoportables. Entre eso, la secuencia de Diana probándose trajes (recalcando que está muy buena), el que se vuelva loca por helados y bebés… ¿Pero no anunciaban una película feminista? Yo veo más bien lo contrario.

Pero hay más problemas. Los autores se aferran tanto a la idea de cumplir con el esquema sin mirar más allá que incluso arrastran a la pareja protagonista en varias ocasiones, donde quedan como tontos e inútiles después de haber sido descritos como gente seria y competente. Él, con tanta experiencia en la guerra y en el espionaje, se pone en marcha sin planificar nada, metiéndose de lleno en todo meollo improvisadamente. Se presenta en el frente sin un plan de acción, sin una ruta estudiada y apoyos en el terreno, y la secretaria les resuelve por teléfono la localización de su objetivo, que resulta estar por arte de magia a pocos kilómetros. ¡Vaya potra! Luego nadie se pregunta quién es este desconocido que hay en una fiesta exclusiva de altos mandos, y la vigilancia en la base es tan mala que entran y se pasean por ella sin problemas con un indio de dos metros con plumas y adornos y armado con un Winchester. Resulta que al final sí tiene superpoderes: la suerte. Ella, con tanta educación intelectual y militar de primer nivel, no se para a pensar ni un segundo, ataca a lo loco, apenas escucha a gente que claramente tiene más conocimientos de la situación.

Fruto de esta narrativa tan simplificada y encorsetada encontramos también no pocos momentos ridículos. Diana en su tierra es capaz de saltar un precipicio enorme y escalar una torre muy lisa, pero en la batalla del pueblo no llega a un campanario no muy alto, con muchas cornisas y agarres en su exterior (y unas escaleras en su interior, es de suponer…), todo porque toca meter la escenita en que el grupo empieza a trabajar unido. La decisión final de Steve de suicidarse para eliminar el avión con gas resulta forzadísima, todo porque hay que incluir la tragedia que haga nacer de una vez por todas a Wonder Woman. ¿Este tipo tan curtido no sabe desactivar bombas, ni cambiar el temporizador? ¿No puede saltar en paracaídas soltando una granada? ¿Y qué sentido tiene poner un temporizador en un vuelo que puede encontrarse con resistencia durante el viaje y tener que variar el rumbo? Tampoco funciona eso de que ella se pare en el momento más duro de la lucha para recordar las palabras de despedida y reconciliarse repentinamente con la humanidad, un final para el romance y una revelación que no llegan en el momento ni en la forma adecuada. Y qué me decís de los trajes mágicos… Diana se pone un vestido elegante con mucho escote, pero cuando se lo quita resulta que hemos de creernos que debajo llevaba la armadura completa, ¡incluyendo la espada!; si hasta baila con el malo y no nota el metal. ¿Qué costaba mostrarla cambiándose? ¿Unos segundos de metraje? Sin duda es mejor que tratar al espectador de gilipollas.

Las incursiones en la fiesta y en la base del enemigo dan bastante vergüenza ajena, en parte por el nulo afán que ponen en hacerlas verosímiles y trabajar la tensión y el esfuerzo de los personajes, pero también por lo absurdo de su situación: no hay quien se crea que los alemanes monten una fiesta y una base crucial tan cerca del frente activo. No mejor parado sale el relleno central de acción y posicionamiento de los personajes secundarios, o sea, el asalto a las trincheras y al pueblo. Primero, parece una dificultad muy artificiosa, pues como señalaba, se presentan en el frente sin más, no se justifica bien que deban pasar por ahí. Segundo, tanto decir que llevan años de lucha en esa zona, sin avanzar ni un metro por la resistencia alemana… y luego resulta que hay unos diez soldados por bando. También es alucinante que los alemanes pierdan ese frente y el pueblo más próximo y nadie se preocupe porque haya una incursión tan inesperada justo cuando tienen la gran fiesta y el gran plan a punto.

Los villanos, ante este panorama, no sorprende que sean otro cliché cansino. Ludendorff es un general alemán ambicioso y obsesionado con mantener la guerra. No sé cómo pretenden a estas alturas intimidarme presentándolo disparando a uno de los suyos para remarcar lo malo que es. La idea en sí es ridícula, pero la de años que tiene y todavía siguen con ella (en Escuadrón suicida también tragamos con una escenita así) colma la paciencia de cualquiera… pero es que vamos más allá, con esa escena donde envenena a los altos mandos, ¡y tira una sola máscara para que se peleen por ella y se ríe como un niño chico viéndolo! Y este golpe de estado no deja ninguna secuela clara: ¿se ha hecho con el control del ejército y no queda nadie que le rechiste, o es un apaño temporal, un intento de demostrar su valía? Un buen actor como es Danny Huston, con un físico además imponente, no es capaz de levantar un rol tan básico y aburrido. La doctora deforme (Elena Anaya), porque en una de nazis que se precie ha de haber un doctor demente y deforme, tampoco da la talla. No causa pavor, no aporta nada aparte del macguffin, el gas. Pero a eso llegamos con otra gran incongruencia. Le da a su jefe una cápsula de otro producto: “Mira, he hecho esto para ti”, y el tío se lo esnifa y obtiene una superfuerza que le permite rivalizar con Wonder Woman… Así que cabe preguntarse para qué tanto empeño en encontrar la fórmula del gas si ya tiene otra arma que les daría una ventaja inconmensurable en la guerra. Fabrica eso en cadena, preséntaselo a la junta que iba a firmar la paz, no te lo juegues todo a una baza en el último momento.

Ares, el supervillano, es simple por definición, así que había razones de más para tratar de darle una forma novedosa al clímax. Pero de nuevo parece que ponen la mira en abrazar los tópicos con fuerza en vez de intentar algo que disimule las carencias. El giro que en Ares resulta ser quien menos te lo esperabas es una parida monumental: el senador pacifista de los aliados. Parece que los guionistas lo han elegido al azar. Y sus motivaciones y planes también. Si quiere la guerra, ¿para qué trabaja para el armisticio? Dales a ambos bandos armas de una vez, en vez de andar susurrando sugerencias poco a poco. Por no decir que una vez se quita el velo, David Thewlis no funciona como archienemigo, ni parece inteligente ni temible, y menos con esos diálogos tan tontos. Porque, como cabía esperar, tenemos un villano que se pone a explicarle el plan a su principal enemigo en vez de eliminarlo de una vez. El nacimiento de Wonder Woman ya lo he comentado: precipitado e inverosímil, otro elemento que se veía venir y donde no tratan de darle una perspectiva más ingeniosa. La forma de derrotar al dios es de esas que odio: un superpoder nuevo sacado de la nada en una batalla que es puro artificio sin nada detrás. Y encima, el artificio es del malo: la pobreza visual es alucinante. El escenario y el acabado es el mismo que en Batman vs. Superman y Escuadrón suicida: un lugar sin nada vistoso, sin personalidad, y un enfrentamiento ininteligible de rayitos y explosiones generados con efectos especiales muy malos que intentan disimular entre nieblas y oscuridad.

Para colmo, después de tener a Ares aclarando bien aclarado que el hombre es malo por naturaleza, que él sólo empujó un poquito, una vez muerto este los nazis se abrazan con los protagonistas… Es decir, el mal ha desaparecido de la Tierra como esperaba Wonder Woman. ¿Cómo justifican entonces la Segunda Guerra Mundial? Y ya de paso, ¿qué hizo Diana durante la misma y durante todos los conflictos hasta el presente? Parece que se hartó del hombre y se fue de vacaciones hasta que aparece Superman, que le hará tilín también, porque no se justifica que vuelva a la acción.

Aparte cabe señalar que la madre (Connie Nielsen) y sus compañeras de Temiscira parece que seguían en la isla (a menos que el destructor varado de los nazis se pusiera a disparar y arrasara con todo…) ¿No ha vuelto a visitarlas? Esto me lleva a hacerme más preguntas sobre las amazonas. ¿Cuándo empieza su historia? ¿Hace milenios o en el siglo XIX? Porque si llevan ahí desde hace miles de años no se entiende que con un aislamiento total del resto del mundo conozcan y dominen todos los idiomas modernos. Tampoco quedan claros sus poderes; es de suponer que no envejecen, pero no parecen tener un físico superior al hombre. Los de Wonder Woman tampoco se concretan. Al final no sé si le afectan las balas y flechas, porque, si bien se mete en todo fregado sin pensar, pone mucho empeño en pararlas con el escudo y los brazaletes, y cuando está el francotirador se esconde rápidamente. Entre eso y los poderes cambiantes en la batalla final… No puedes presentar al héroe sin dejar claras sus habilidades y superpoderes.

Wonder Woman resulta un compendio de los tópicos más rancios del género, acumulados sin alma ni a veces coherencia, pero también sin sentido del espectáculo. Su impresionante éxito se me escapa.

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Serie La liga de la justicia:
El hombre de acero (2013)
Batman vs. Superman: El amanecer de la justicia (2016)
Escuadrón suicida (2016)
-> Wonder Woman (2017)
La liga de la justicia (2017)
Aquaman (2018)

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Hasta el último hombre


Hacksaw Ridge, 2016, EE.UU.
Género: Drama, bélico.
Duración: 139 min.
Dirección: Mel Gibson
Guion: Robert Schenkkan, Andrew Knight.
Actores: Andrew Garfield, Sam Worthington, Hugo Weaving, Vince Vaughn, Teresa Palmer.
Música: Rupert Gregson-Williams.

Valoración:
Lo mejor: La parte bélica es impresionante. Buenos actores secundarios.
Lo peor: Es un panfleto yanki descarado. Resulta simple, manipuladora y predecible.

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Soy de los que prefieren separar la obra de un artista de su vida privada. Más que nada, porque te puedes llevar muchas malas sorpresas al descubrir cómo piensan algunos a pesar de que sus trabajos te hayan gustado mucho. Si su labor tiene un sesgo muy marcado, pues paso de ella y ya está. No voy a irme al lado opuesto y montar campañas para prohibirlas como hacen algunos, porque es lo mismo, fanatismo. Pero a veces es difícil hacer la vista gorda, porque alguna de sus mamarrachadas puede ser tan grave que provoque gran rechazo, o peor, directamente afecte a la vida de mucha gente. Mel Gibson de hecho la lio tanto que prácticamente acabó vetado en Hollywood. Es un ultraconservador, homófobo y antisemita de cuidado, y tuvo algunas salidas de tono muy gordas paralelas a una recaída en su alcoholismo, más una condena por conducir borracho (sin cárcel pero con libertad condicional muy vigilada), con lo que su carrera, muy pública y dependiente del apoyo del gremio, quedó truncada.

Tras aparecer como actor en algunos títulos menores y olvidados parece que consiguió la confianza suficiente para tener financiación y distribución de su próxima cinta como director. Y en este retorno ha tenido claro su objetivo: un título de los que gustan en Hollywood, que dé premios (tres nominaciones gordas a los Globos de Oro por lo pronto), y de paso que ensalce también su ideología, pues a pesar del desprestigio que le dio el berrinche también sabe que mucho de lo que defiende está en la onda del pensamiento general de Estados Unidos.

Así, Hasta el último hombre es el clásico relato del hombre contra el sistema, la fe que todo lo puede, y la loa patriótica, donde se habla de lo dura que es la guerra… pero para ensalzar al país como salvador del mundo, el único que tiene entereza moral y héroes dispuestos a sacrificarlo todo por los demás. Y como tal, es un filme de mirada estrecha y tendencia manipuladora, y por extensión no hay ni un solo momento en que no sea harto predecible. Cada personaje cumple un rol: el protagonista capaz e inquebrantable pero que es tomado por tonto por todos por ser diferente, la chica dócil y guapísima que acepta a ese hazmerreír, el sargento malvado y el matón que luego verán el valor del héroe, la pandilla definida con cuatro estereotipos… Tenemos la familia difícil, el romance fácil (en dos frases la conquista) tan pasteloso y forzado como el de Pearl Harbour, las escenas de rigor de rechazo en el ejército, la obvia lucha incansable que pone a prueba el sistema, el momento decisivo, y los perdones y adulaciones esperables.

Lo triste es que está basada en hechos reales, pero no hacen ni un amago de ofrecer un relato menos idealizado y maniqueo, un ensayo que abordara de forma más realista la situación de la época, la formación de personalidades según los entornos, el nacimiento de sentimientos religiosos y el fanatismo, las distintas posturas sobre la guerra, etc. Para la película las cosas son como son y punto, no hay un trasfondo complejo, y obviamente no hay análisis ni crítica.

Se hace una mitificación del héroe demasiado idílica. Incluso a pesar del tiempo que ocupa, el personaje carece de aristas, de evolución, de escenas que describan cómo llegó a ser quién es. La única visión a su pasado es para ensalzar sus virtudes: el padre era malo malísimo pero él supo sobreponerse. La chica y la boda no pintan nada en el relato, bastaba cumplir con algún flashback a modo de resumen si querían mencionar que estaba casado, porque al personaje y su historia no le aportan nada. Los incluye porque hay que cumplir con el estereotipo: el héroe patriota ha de ser completo, o sea, también padre de familia; por lo menos no cuelan niñitos monos. Es demasiado obvio el contraste entre la vida en el pueblo y la guerra: el ambiente en casa es agradable, luminoso, sacado directamente de un cuento (salvo por el padre borracho), la guerra es oscura, caótica, terrorífica, y con la muerte acechando en todo momento. Por supuesto, los japoneses son un ente indefinido, un mal a extirpar, mientras que el ejército yanqui está lleno de grandes líderes que ponen en forma a los jóvenes inmaduros pero prometedores, y una vez en guerra estos mueren como héroes o salen airosos por su superioridad ética y religiosa, en esa combinación ultraconservadora que casi parece decir “ganamos porque nuestro dios es el real”.

Y vamos a decirlo claramente: si hacemos caso a lo que nos han mostrado aquí, el protagonista era un fanático con un trastorno de la adolescencia (odia las armas por una pelea con su padre), y si acabó siendo un héroe fue por una conjunción de acontecimientos muy improbables. No quiero matar, pero me apunto a una guerra donde mis compañeros matan a decenas de personas y me voy a la batalla sin armas, poniendo en peligro a todo el pelotón al ser un lastre inútil. Si quería contribuir al país, pero no en el lado bélico, podía haber trabajado en fábricas que ayudaran en la crisis que dejó la guerra en casa: industria textil, alimenticia, automovilística… o, por hilar con la enfermería, el cuidado de los soldados que vuelven heridos. Ciertamente acaba metido a enfermero, pero ni siquiera nos muestran que estudie algo de enfermería en el entrenamiento. Es decir, con lo visto aquí me resulta un personaje tan irreal (sin profundidad ni motivaciones, casi una máquina) que no me lo creo. Hacía falta un relato más inteligente, profundo y sobre todo objetivo, es decir, con los pies en la tierra, para dar forma a una historia tan atípica e inesperada. Pero está claro que han cogido “el milagro” para vender ciertos ideales, y lo demás no importa.

La cinta se salva porque los autores ponen mucha pasión en lo que están contando y además Mel Gibson es un narrador de primer nivel y parece que su exilio no le ha afectado. El esfuerzo se agradece mucho en el mimo al detalle. Los diálogos son sorprendentemente ingeniosos para un guion tan superficial y previsible, y se nota mucho la mano de Gibson en la dirección de actores y el manejo de emociones a transmitir al público, con lo que logran dotar de algo de entidad a unos personajes en el fondo sin historia ni rumbo, o sea, puestos al servicio de la narración, y sacan algo de partido, aunque sea poco, hasta de las escenas más ñoñas. Así, la vida en el pueblo es demasiado de color de rosa, pero el protagonista cae bien sin muchos problemas y se sobrelleva mejor. El sargento está sacado con todo descaro de La chaqueta metálica, pero tiene pegada, y el pelotón está definido a base de clichés y anécdotas irrelevantes y superficiales, pero pasa el corte. En los actores destacan los excelentes papeles de Hugo Weaving (en un rol demasiado limitado consigue resultar verosímil) y Vince Vaughn (fantástico como el sargento cabrón), más el entusiasmo de Andrew Garfield, aunque anda todavía falto de experiencia y carisma.

Pero más que nada destaca la pericia del director con la acción, que se explaya a gusto cuando la guerra hace acto de presencia. Apoyado en unos efectos de sonido y un montaje extraordinarios Gibson hace gala de un dominio narrativo de quitarse el sombrero. La batalla es una auténtica pesadilla, te ves envuelto una carnicería que resulta un espectáculo muy gratificante para los amantes del género, pero también un drama capaz de ponerte los pelos de punta. Lo único malo del acabado es la banda sonora de Rupert Gregson-Williams, pues básicamente coge composiciones previas y las pega aquí y allá una y otra vez sin mucho tacto, con lo que no hay una buena simbiosis entre música e imágenes y termina siendo molesta.

En resumen, tengo sensaciones encontradas. Por un lado, es un entretenimiento simpático en su tramo inicial, y se torna impresionante y acongojante cuando se pone serio. Por el otro, le pesa demasiado la sensación de que están metiéndote a la fuerza un mensaje y unos sentimientos concretos. Esto último no parece pesar en las críticas y el público, todo sea dicho; no hay más que ver cómo muchos se han creído que es una obra sobre el pacifismo, cuando es precisamente lo contrario: qué grande es nuestro país que hasta un pacifista puede ser un héroe militar que ayuda a la cruzada para salvar el mundo e imponer nuestro fantástico modelo de vida. Mel Gibson la ha colado pero bien.