El Criticón

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Blade Runner 2049


Blade Runner 2049, 2017, EE.UU.
Género: Suspense, ciencia-ficción.
Duración: 164 min.
Dirección: Denis Villeneuve.
Guion: Hampton Fancher, Michael Green, Philip K. Dick (novela).
Actores: Ryan Gosling, Robin Wright, Sylvia Hoeks, Jared Leto, Ana de Armas, Harrison Ford, Mackenzie Davis, Dave Bautista, Lennie James, David Dastmalchian, Tómas Lemarquis, Hiam Abbass.
Música: Hans Zimmer, Benjamin Wallfisch.

Valoración:
Lo mejor: Guion inteligente y acabado deslumbrante. Es respetuosa con la original y en algunos aspectos la supera: explora muy bien la temática, la historia es intrigante y absorbente, y los personajes inolvidables. El reparto está muy implicado. El aspecto visual es impecable: dirección, fotografía, y efectos especiales magníficos.
Lo peor: Repite los fallos más graves de la primera parte, hay un exceso de pretensiones y metraje: se podrían eliminar pasajes completos y agilizar otros, y el tramo final no está a la altura del resto del relato. Y por supuesto, al ser ciencia-ficción no se tuvo en cuenta entre los certámenes de premios más famosos en un año en que fue una de las mejores películas.
Mejores momentos:
La frase:
1) La civilización ha dado saltos con trabajadores desechables. Perdimos estómago para esclavizar, excepto a seres diseñados.
2) Más humanos que los humanos.

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EL RIESGO DE CONTINUAR UNA OBRA DE CULTO

Terror generó el anuncio de una nueva versión o secuela de Blade Runner (Ridley Scott, 1982) en una época en que se mancillan cintas de culto y clásicos sin pudor por arañar cuatro dólares en la taquilla. Todo apuntaba a desastre, tanto por las experiencias previas con otras continuaciones tardías como porque han pasado treinta y cinco años y el cine y la gente han cambiado y por tanto el factor asombro ya no puede funcionar igual, y menos con una cinta tan idealizada, hasta el punto de ser una de las más sobrevaloradas de la historia.

Pero contra todo pronóstico, salió una gran película. Los motivos son obvios, pero todavía los directivos de las majors y otros muchos productores siguen sin enterarse, a tenor de que se siguen haciendo secuelas y remakes basura en cantidad. Cuántas nuevas reinvenciones abominables de Terminator, Alien y Depredador tendremos que tragarnos hasta que se den cuenta de ello. Hay que tener respeto por la obra original, la seguridad de haber encontrado motivos válidos para continuarla, elegir autores con talento para desarrollarla, y no meter mano en el proceso cambiando de ideas sobre la marcha. ¿Que puede salir algo que no convenza a todos? Es probable, dado que el factor nostalgia e idealización pone barreras muy altas. Pero desde luego la posibilidad de tener un producto desalmado, torpe cuando no cutre hasta resultar insultante para el espectador, se reduce casi a cero.

Poner en marcha el proyecto fue complicado. Durante los noventa ya se planteó, pero se atascaron con la adquisición de los derechos de adaptación de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la novela de Philip K. Dick en que se basaron para la primera película. Estaban en manos de uno de los productores de aquella, Bud Yorkin, y no soltaba prenda hasta que en 2011 cedió ante Andrew Kosoveque y Broderick Johnson, no muy conocidos pero con una trayectoria lo suficientemente sólida como para fundar su propia productora, Alcon Enterntainment, con la que habían desarrollado un buen número de obras de suspense y acción de presupuesto moderado, algunas con bastante éxito como Insomnio (2002), El libro de Eli (2010), Prisioneros (2013)… No sé cómo llegaron a un acuerdo, pero por suerte incluyó la cláusula de no hacer remakes, sólo secuelas. También tuvo que ser complicado encontrar grandes estudios que apoyaran un título tan arriesgado. Compartieron la producción con Columbia Pictures, la distribución nacional (en Estados Unidos) corrió a cargo de Warner Bros. y la internacional fue a través de Sony Pictures.

Como prueba de sus intenciones de hacerlo bien, contrataron a uno de los guionistas originales, Hampton Fletcher, y tantearon a un director con gran inventiva, Christopher Nolan. Pero este tenía sus propios planes, así que intentaron traer de nuevo a Ridley Scott. Este también estaba ocupado, con Alien: Covenant (2017), y sólo aportó algunas ideas a la historia. Viendo el resultado de sus últimas aproximaciones al género, Prometheus (2012) y Covenant, que además son de una saga iniciada en parte por él, cabe pensar que fue una suerte que no estuviera al frente, pues no parece tener la inspiración de la juventud. Mientras tanto, al guion se unió Michael Green, capaz de lo peor y lo mejor: de Linterna Verde a Logan, de Covenant a Blade Runner 2049, estas tres últimas además en el mismo año.

Si los temores iniciales se fueron aplacando al ver que se tomaban en serio el proyecto, la llegada del director Denis Villeneuve despertó un gran interés entre los cinéfilos. Ya apuntaba maneras rematando con un acabado muy sólido algunos thrillers y telefilmes con en apariencia poco alcance, como Prisioneros, pero dejó gran huella con Sicario (2015), tampoco muy consistente en guion pero con un acabado espléndido, y terminó de mostrar su gran talento y visión en la maravillosa La llegada (2016).

Blade Runner 2049 se rodó en Hungría para abaratar costes, aunque hay otras pocas localizaciones, como Islandia y España, para algunos exteriores. El Ejido y Sevilla sirvieron para el prólogo, por ejemplo.

MÁS HUMANOS QUE LOS HUMANOS, MÁS PELÍCULA QUE MUCHAS SECUELAS

Recuerdo la experiencia en el cine como si fuera ayer mismo. Quedé hipnotizado desde el prólogo, la historia que se abre ante los ojos invita a implicarse de lleno en lo intelectual tanto como en lo emocional, uniendo pistas en el intrigante caso que investiga el protagonista, dejándote llevar por los sugerentes pensamientos, quedando embelesado ante las poderosas imágenes. Supongo que así se sentirían los que vieron la original en su momento. Pocas veces en el cine reciente he encontrado obras tan absorbentes, con guiones tan inteligentes y acabados tan exquisitos. Y casi siempre ha sido en ciencia-ficción: la citada La llegada, Interstellar (Christopher Nolan, 2014), Mad Max (George Miller, 2015), e incluso algunos capítulos de Los Vengadores.

Blade Runner 2049 mantiene la esencia de la primera parte, su aspecto visual arrebatador, el futuro inquietante pero a la vez fascinante, el análisis filosófico sobre qué nos hace humanos y adónde llegaremos con las inteligencias artificiales, el cine negro en clave de ciberpunk… Pero en algunos amplía horizontes, halla un mejor equilibrio, o directamente se presenta bastante superior.

La investigación policíaca, tan fallida en aquella, aquí es impecable. Combina a la perfección la descripción del futuro imaginario, que es aún más desolador, la odisea de los replicantes por librarse del yugo de sus creadores y tener una vida propia (lo que incluye también los pensamientos existencialistas), la melancólica historia del protagonista, y da espacio a personajes secundarios bastante más complejos y atractivos.

La investigación se desgrana poco a poco, atrapando con la intriga de las indagaciones y los dramas de K (Ryan Gosling), el agente replicante que obedece al sistema pero se lamenta de no tener una vida plena. Las pistas llegan tras un gran esfuerzo personal y laboral, sin chorradas (la magia que hacían con una foto en la primera entrega) ni cosas que le caen encima entre escenas de acción, algo demasiado habitual en el cine en las últimas dos décadas. Se pueden ir uniendo los datos para dar forma al caso, de manera que te vuelcas de lleno y puedes deducir cosas por tu cuenta. Cada cierto tiempo alguna revelación crucial cambia el panorama por completo, llevándote hacia nuevos y enigmáticos caminos. Cuando creías tener ya construido el puzle, como el propio protagonista, te llevas un shock tremendo al desvelarse la realidad en un giro fantástico.

Gosling está espléndido. Es un actor que se ha hecho un maestro de la contención y lo sutil, y aquí la lleva la límites asombrosos. El replicante que debe mostrar una fachada de equilibrado y obediente está cada vez más roto por dentro, algo que se observa en cada silencio y mirada. La imagen de soso y empanado que ofrecía cuando empezó a darse a conocer en Drive (2011 y Los idus de marzo (ídem) ha quedado atrás. Entre Blade Runner 2049 y Dos buenos tipos (2016) debería haberse llevado alabanzas y premios por doquier.

Algunos secundarios llaman la atención incluso con apariciones breves: el replicante del prólogo (Dave Bautista) resulta trágico, la prostituta interpretada por Mackenzie Davis es llamativa a pesar de su escasa relevancia real, Lennie James da vida a un personajillo interesante también, el chatarrero esclavista, la doctora aislada, Ana Stelline (interpretada por la suiza Carla Juri) es enternecedora y su encuentro con K es memorable, y Joi (Ana de Armas) es un encanto, inicialmente una acompañante modélica para el torturado protagonista, luego cada vez más humana.

Pero los más relevantes logran dejar una profunda huella. La jefa de policía (Robin Wright) es atractiva de por sí, pero además aporta muy bien la perspectiva de los humanos que quieren mantener el statu quo. De la sorpresa que dio la neerlandesa Sylvia Hoeks todavía no me he repuesto, cada vez que vuelvo a ver la película alucino por el papelón que se marcó y lo que pasó desapercibido. Ya el personaje es potente, una replicante entre perrita faldera y perra de ataque con unas motivaciones que se van exponiendo de maravilla: la pobre sólo es capaz de sentirse viva y realizada obedeciendo fielmente y triunfando en los objetivos que le han marcado, aunque sea a costa de destruir vidas. Pero el torrente de miedos y rabia con que le da vida Hoeks es impresionante y redondea el personaje hasta que se sobrepone a los demás con los que comparte escena.

La esperada aparición de Harrison Ford como Deckard tenía la dificultad de ser uno de esos casos en que entra en juego la nostalgia y es difícil contentar a todos, pero no parece haber decepcionado a nadie. La vida que se intuye entre capítulos es sugerente, sin artificios ni más explicaciones de la cuenta, la posición actual como secundario funciona en bien el lado emocional, aunque en lo argumental sí se puede decir que podría haber hecho algo más relevante, sobre todo en el tramo en que está capturado. Las apariciones estelares de Gaff (Edward James Olmos y Rachael (Sean Young rejuvenecida por ordenador) también son emotivas.

En un escalón inferior queda Niander Wallace, el heredero Tyrell como principal fabricante de replicantes. No sé qué empeño hubo con poner a Jared Leto en papeles atípicos y exigentes (este y el fallido Joker de Escuadrón suicida -2016-), no ha mostrado ni carisma ni talento durante su carrera como para merecerlo. Su pose marcada es forzada tanto por el guion como por el actor, y si bien sus discursos son muy jugosos, se exceden con la cháchara un poco más de la cuenta. Sin duda se pretendía un individuo estrafalario, con una visión entre idealista y perturbadora, pero no cumple lo suficiente en ello ni termina siendo un villano que transmita verdadera sensación de peligro.

La puesta en escena es un portento asombroso. La recreación del futuro es impecable, una magnífica combinación de maquetas y ordenador. La fotografía de Roger Deakins con unos virtuosos juegos de luces y nieblas es bellísima. Y Denis Villeneuve une todo consiguiendo una obra que de hermosa y emocionante resulta sobrecogedora, te tiene tramos casi sin poder respirar, complemenente absorto. Sólo se queda corta, bastante corta, la banda sonora de Hans Zimmer y Benjamin Wallfish, que apenas funciona como un efecto sonoro de acompañamiento más que como una partitura bien implicada y con temas con la fuerza de los que nos dejó Vangelis.

EXCESOS AQUÍ Y ALLÁ DESLUCEN EL CONJUNTO

Con tanto talento y esfuerzo, con un resultado tan excelso, hasta el punto de aportar notorias mejoras a la obra original, es aún más inesperado que arrastrara también los mismos fallos de aquella. A veces peca de irse por las ramas, de pagada de sí misma y de sobre exposición de algunas ideas. En el tramo final da la sensación, aunque desde luego no es tan grave como en la primera parte, de que se desvía de algunas propuestas planteadas por el camino. Sumado a eso, la longitud excesiva y un desenlace anticlimático hacen que pierda fuerza y ritmo en el tercer acto.

Todo ello lastra una obra que, viendo sus puntos fuertes, debería haber sido de sobresaliente, quizá incluso una obra maestra. La capacidad de abstraerte de lleno en las poryección en los primeros dos o tres visionados se resiente en los siguientes, una vez sus fallas empiezan a hacerse más evidentes, y si ya era un poco densa, puede hacerse pesada. Como en la cinta original, la sensación de que se quedan a las puertas de algo grandioso es un tanto decepcionante.

Villeneuve afirma que tenía un montaje previo de cuatro horas y recortó hasta dos horas cuarenta. Si lo consideró demasiado grandilocuente y largo, cómo sería, porque en la versión final queda claro que el realizador y el principal guionista están tan enamorados de su trabajo que acaban resultando un tanto pretenciosos, forzando en algunos momentos un tono solemne innecesario e incapaces ver lo que sobra o resulta reiterativo.

Como en la original, hay demasiadas letras iniciales agobiándote con una información que luego resulta que está muy bien explicada en los primeros escenarios. Hay planos y escenas contemplativas un tanto forzadas. La relación con Joi se alarga demasiado sobre cosas que ya están claras. La llegada a Las Vegas tiene minutos perdidos en enseñar el paisaje apocalíptico y la chorrada de las abejas. Y en general hay bastantes situaciones que se podrían haber agilizado.

También tenemos un breve pero molesto salto hacia el lado contrario, hacia la simplificación excesiva. Tras la investigación y otras situaciones donde iba siendo un relato inteligente y enrevesado, de repente se empeñan en darte la resolución bien mascadita: sobra completamente decir quién es la doctora aislada con flashbacks y diálogos explicativos, la deducción es evidente ya antes de que el protagonista lo asimile.

Hay algunos agujeros de guion llamativos y un giro muy forzado en el final. Cómo sabe K que el tipo que encuentra en Las Vegas es el que busca, podría ser otro fugitivo o superviviente cualquiera. Y sobre todo, cómo averigua al final adónde van a llevar al preso y cuándo es el traslado. Aunque ese mismo hecho es absurdo de por sí: no me creo que el todo poderoso Wallace no tenga recursos para interrogarlo en la Tierra y tenga que llevárselo a planetas lejanos, es una excusa muy torpe para justificar el rescate. ¿No hubiera sido mejor una incursión en su guarida, vencerlo en su propio terreno? Eso implicaría también que el villano no deje de aparecer en el desenlace y no se sepa más de él. También me pregunto por qué el viejo edificio Tyrell está abandonado, con los problemas obvios de espacio que hay en la ciudad. No hubiera sido tampoco mala idea jugar con la nostalgia y los orígenes de los replicantes llevando al preso a ese lugar y desarrollar el final ahí.

El desenlace elegido, aparte de poco meditado y mal justificado, también resulta bastante anticlimático. El encuentro entre K y Deckard (con Sinatra y Elvis de fondo) y la pelea contra Luv se eternizan sin aportar nada concreto en el arco dramático de los personajes y en los pensamientos planteados, son tortas sin más. Y la cosa empeora porque justo antes de lanzarlo se habla de una rebelión de los replicantes contra sus creadores… algo que se deja totalmente de lado. Así, cabe preguntarse para qué sirve la misteriosa replicante con un ojo, (Hiam Abbass): K podría haber cerrado el caso de muchas otras formas.

GÉNERO MENOSPRECIADO, OBRA DE CULTO

Pero aun con sus fallas el conjunto resulta tan fascinante que se ha convertido en cinta de culto, y esta vez, al ser una saga ya asentada, ha ocurrido al instante. Eso implica que pocos la vimos y pocos la adoramos, pero suficientes como para que su nombre suene constantemente. El riesgo corrido por los productores y autores les ha dado prestigio entre los espectadores y medios más cinéfilos, pero en reconocimiento del público anduvo algo justa y los premios más populares como es habitual no la tuvieron en cuenta, al considerar la ciencia-ficción como cine de segunda categoría.

El presupuesto fue muy abultado, de 150 millones de dólares, aunque se rumorea que llegó a 185. En taquilla dio unos decentes 260 millones, pero claro, tenía hacer unos 350 para empezar a dar dinero. Aquí hay que decir que los productores se columpiaron bastante. Siendo ciencia-ficción seria e inteligente y para mayores de 18, no sé cómo esperaban arrasar como si fuera una saga tipo Los Vengadores o La guerra de las galaxias. Villeneuve y Scott afirman que desearían hacer más películas, pero con sus ocupadas agendas y tanto dinero en juego no parece que vaya a ocurrir. Por suerte, el renombre que se ha ganado Villeneuve le ha permitido volver a obtener financiación para otro título difícil del género, Dune de Frank Herbert.

No sorprende que los Óscar y Globos de Oro de nuevo se volcaran en cintas melodramáticas e históricas prefabricadas (La forma del aguaGuillermo del Toro-, Los archivos del PentágonoSteven Spielberg-, El instante más oscuroJoe Wright-) cuando había obras de superhéroes, fantasía y ciencia-ficción muy superiores: Logan (James Mangold), Guardianes de la galaxia Vol. 2 (James Gunn), Thor Ragnarok (Taika Waititi), It: Capítulo 1 (Andy Muschietti) y la presente deberían haber rivalizado en el top del año junto a Dunkerque (Christopher Nolan) y Tres anuncios a las afueras (Martin McDonagh), las únicas notables que se contaron en esos obtusos certámenes. Al menos, en los aspectos técnicos sí obtuvo algunas distinciones.

Saga Blade Runner:
Blade Runner (1981)
-> Blade Runner (2049) (2017)

El primer hombre


First Man, 2018, EE.UU.
Género: Drama, suspense.
Duración: 141 min.
Dirección: Damien Chazelle.
Guion: Josh Singer, James R. Hansen (novela).
Actores: Ryan Gosling, Claire Foy, Jason Clarke, Kyle Chandler, Corey Stoll, Ciarán Hinds, Olivia Hamilton, Pablo Schreiber, Shea Whigham, Lukas Haas.
Música: Justin Hurwitz.

Valoración:
Lo mejor: Dirección, montaje y sonido en las escenas de pruebas y vuelos.
Lo peor: El resto: melodrama del montón con abuso de artificios y falta de emoción y contenido real.
Mejores momentos: Los tres vuelos, el X-15 (el prólogo), el Gemini, el Apollo XI, y la prueba del módulo lunar.
La pregunta: ¿Por qué cuando aparece un presidente estadounidense real en una película, en España se deja sin doblar y se le pone subtítulos?

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Había puesto en cuarentena al director Damian Chazelle tras la insultante (por manipuladora y retorcida pero inverosímil) Whiplash y la simplona La La Land (un musical de baratillo en lo emocional y plagiado en lo visual), pero el argumento, la carrera espacial y la vida de Neil Armstrong, me atraía mucho y piqué. Lo cierto es que con el prólogo la cinta me ganó por completo… pero pronto cae el velo y resulta ser otro engaño. Y otro que ha funcionado, pues de nuevo el trabajo del realizador ha sido puesto por las nubes por gran parte de la crítica y el público (aunque no ha arrasado como el musical) y presumiblemente se llevará multitud de premios.

La realidad es que El primer hombre no es una biografía decente (en calidad tanto como en sensibilidad) de Neil Armstrong, ni un buen drama sobre la familia y la superación personal, ni una oda al héroe con la suficiente épica y profundidad, ni un retrato de la historia riguroso y atractivo. Los puntuales momentos brillantes no bastan para dar cohesión a un relato destartalado donde parece que Chazelle no sabía qué quería contar ni cómo hacerlo. Vuelve a hacer gala de un talento nato con la técnica, usando con maestría el sonido y el montaje (en otra colaboración con Tom Cross) para exprimir al máximo las situaciones con acción o tensión. Pero también muestra no tener visión global, no saber relatar una historia, y su inclinación por el sensacionalismo, el subrayado tosco y la imitación a otras obras para parchear los numerosos tramos que evidentemente no sabe cómo llevar a cabo. El primer hombre es un galimatías de géneros, ideas, estilos y resultados que te deja anonadado en unas pocas escenas, indiferente en unas cuantas más, molesto en otras tantas, y, con la combinación todo, cada vez más desconectado, desconcertado y finalmente aburrido.

En el género de aventuras es donde mejor funciona. Es evidente que imita a Gravity (Alfonso Cuarón, 2013) e Interstellar (Christopher Nolan, 2014), pero se esfuerza y sale muy bien parado. Con su dominio de la técnica ofrece unos pasajes sobrecogedores tanto en lo visual como en lo emocional: el prólogo, con el X-15 rozando la atmósfera, el Gemini, con el incidente que casi los deja varados en órbita, las pruebas de alunizaje, y en menor medida el vuelo del Apollo XI. La perspectiva en primera persona (todo lo vivimos desde la cabina, como si fuéramos el protagonista), el magnífico uso del sonido y los silencios, el tempo tan cuidado… Te sumerges de lleno en la odisea suicida que fue la carrera espacial, las pasas putas en cada nuevo reto, y acabas dando un gran suspiro de alivio cuando Armstrong sale airoso.

Pero esto es sólo parte de un todo que está muy lejos de funcionar como es debido. El drama es un desastre. No hay un guion que desarrolle una historia y que dibuje un personaje que nos lleven a un viaje concreto, es decir, que partamos de una situación y unos sentimientos determinados y tras una progresión coherente y atractiva acabemos en otro punto, en unas conclusiones o una maduración. O quizá Chazelle pasa del guion, porque viendo Spotlight (2015) está claro que el escritor Josh Singer es capaz de desarrollar tramas complejas con numerosos protagonistas interesantes. De la novela de la que parten no puedo opinar, pero dudo que sea tan poco fiel a la realidad y tan incompleta.

Tanto que sufrimos en las pruebas, luego acabarás harto de Neil. ¿Quién es, qué siente, qué anhela, qué piensa de la vida, el trabajo, los amigos y la familia? Nada se responde a pesar de que en este cambio de registro mantiene por lo general la primera persona, con constantes planos sobre la cara o el hombro del astronauta. El único poso dramático que tenemos es la hija fallecida, pero Chazelle está empeñado en hacerlo el centro de su vida con su habitual énfasis melodramático tan forzado, y no funciona. Primero, porque no se entiende: ¿por qué tener un hijo muerto debería otorgarle sin más tanta determinación en la carrera y distanciamiento con la familia? Si no desarrollas y justificas el recorrido emocional del personaje sabe a recurso barato. Neil termina siendo una pobre recreación del típico héroe impoluto que ha nacido así de fuerte y decidido (porque Estados Unidos es así de grande) y al que nada nada en el mundo doblegará.

La trama es inexistente, la carrera espacial se la toma unas veces en serio, otras como algo secundario y nos vamos a líos familiares, otras parece querer hablar en general de los héroes, pero sin analizar nada al respecto, sino mostrando a un robot sin alma. Ryan Gosling vuelve la actuación inexpresiva con la que empezó su carrera, así que imagina tener toda la película al protagonista con la misma cara y sin transmitir ninguna emoción: menudo coñazo de personaje. Por el contrario, Claire Foy (The Crown, 2016) como su esposa está estupenda, pero es un pegote, unas veces parece estar para mostrar que Neil tenía una vida, otras intentan darle protagonismo sin lograr también contar nada llamativo. Porque en esos vaivenes de género y estilo el director de vez en cuando rompe la primera persona para andar un rato sin saber por qué con otros personajes.

Con la familia de Neil tenemos repentinos videoclips a lo Terrence Malick (La delgada línea roja -1998-, El árbol de la vida -2011-), con su característica cámara en mano, iluminación natural y música contemplativa con la que sigue a los protagonistas en sus quehaceres. Pero aparte de que este cambio de tono desentona un montón, la imitación que hace Chazelle es chapucera. La cámara en mano es caótica, pone frenesí cuando se requiere contención, la iluminación, tan concisa y realista en los vuelos, resulta demasiado rebuscada (artificial fingiendo ser natural), y la música de Justin Hurwitz es horrenda, una tonadilla repetitiva muy cargante. Otras veces da la sensación de imitar al Ron Howard de Apollo XIII (1995), con la esposa esperando en casa inquieta las noticias de triunfo o muerte, la prensa representando el variable interés social y mediático, y el ajetreo en la sala de control. Y otras se va a añadidos aún más inconexos, como la larga escena del Apollo I donde mueren calcinados personajes secundarios que antes apenas salían de refilón y con los que no se ha llegado a mostrar nunca camaradería, competición o cualquier cosa que los haga relevantes en la vida de Armstrong y para el espectador. Así que, ¿en qué quedamos, aventura de superación en primera persona o un drama más global?

La recreación histórica es otro caos. Saltando de las cuatro pruebas y vuelos al relleno dramático no se vislumbra un contexto histórico concreto, un progreso de la carrera espacial comprensible. Un día están entrenando y parece que Chazelle trata de poner intriga sobre qué les deparará el futuro, pero en la siguiente escena estamos en pleno vuelo crucial sin saber qué han aprendido y sudado entre medio. Y de repente nos encontramos en el Apollo XI sin saber qué ha sido de los demás pasos del proyecto. ¿No hay más pruebas, se lanzan a la Luna a lo loco? Aquí tampoco se decide a elegir una perspectiva, si la odisea de Armstrong o la historia en su conjunto. A veces trata de ampliar el objetivo para incluir a más personajes secundarios relevantes en los hechos, pero se queda a medias, y casi mejor, si el panorama va a ser como el que se vislumbra. Primero, por el citado Apollo I: ¿a santo de qué viene si sólo nos centrábamos en el esfuerzo de Armstrong? Y segundo, por la vergonzosa descripción de los otros tripulantes del vuelo a la Luna: Buzz Aldrin como gilipollas perdido y Michael Collins como un don nadie. Armstrong es el que hace todo, desde comandante a piloto de módulo espacial y del lunar, como si no hubiera nadie más abordo en entrenamientos y misiones.

Con esa falta de coherencia, como señalaba, la cinta se va haciendo confusa y pesada conforme avanza. El viaje del Apollo XI vuelve a levantar un poco el interés cuando ya estaba por los suelos, pero aquí el director no está a la altura de las otras situaciones de este tipo: cuando llega la hora del alunizaje se empeña en alargarlo mezclando sin ton ni son con el drama (incluyendo esa banda sonora molesta), hasta acabar con el relamido plano de la pulserita soltada en el cráter. Ahí queda claro de nuevo que a Chazelle no le gusta o no sabe contar las cosas bien y con naturalidad, sino el sensacionalismo de brocha gorda: no, Neil no soltó un cursi recordatorio familiar, sino objetos en homenaje a Yuri Gagarin y Vladímir Komarov, los primeros cosmonautas rusos, ya fallecidos, y también a sus tres compañeros muertos en el Apollo I (sí, después de todo el lío, ahora se olvida de ellos). Será que todo eso no provoca la lagrimita fácil.

No me gustan las biografías que se inclinan tanto por la ficción a la hora de tratar la vida de personajes tan recientes, me sabe a arrogancia el presuponer que en el fondo pensaba una u otra cosa, y ya sabemos que Hollywood es muy dado a idealizar cuando no directamente inventar (tenemos reciente los bochornosos casos de Dallas Buyers ClubsJean-Marc Vallée, 2013- y Descifrando EnigmaMorten Tyldum, 2014-). En los casos en que no conozco al personaje (o no lo hago a fondo) quizá no me apetezca tener que leerme paralelamente artículos y biografías para comprobar si me engañan o no, quiero y espero que sean honestos y fieles, algo que no tiene por qué estar reñido con el entretenimiento. En este caso sí sé bastante del tema y he indagado alguna otra cosa (la dichosa pulsera), y puedo confirmar que El primer hombre entra en la categoría de biografías falsas y manipuladoras que más vale no tener en cuenta a la hora de querer aprender sobre el periodo y las figuras implicadas.

Por extensión, otro aspecto que no me convence nada es que no nos muestran ningún trabajo científico más allá de cuidar la verosimilitud del vuelo espacial. Dada la temática, qué menos que intentarlo. El entrenamiento y los vuelos sólo se basan en la heroicidad de Neil, y todo el proyecto lunar sólo se justifica por la parte política, la guerra fría y la superación a los rusos, nunca se habla claramente de los retos científicos, de la ingeniería aeroespacial, ni siquiera se muestra un trabajo real en el alunizaje: hubo experimentos y recogida de muestras, no fue sólo un paseo de la victoria para EE.UU., sino, como dijo Neil Armstrong, un gran salto para la humanidad.

La ciudad de las estrellas (La La Land)


La La Land, 2016, EE.UU.
Género: Comedia, drama, musical.
Duración: 128 min.
Dirección: Damien Chazelle.
Guion: Damien Chazelle.
Actores: Ryan Gosling, Emma Stone.
Música: Justin Hurwitz.

Valoración:
Lo mejor: Simpática y entretenida.
Lo peor: A pesar de su asombroso recibimiento no es la panacea en lo visual ni en lo argumental: el romance es muy predecible, el musical muy forzado y pobretón. El director muestra técnica pero no pasión, y los actores no están muy allá.

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En el fondo no esperaba mucho, pero aun así iba con cierta intriga. Una película con un recibimiento tan espléndido de crítica y público tendrá algo llamativo. Incluso hay muchas voces que la proclaman como una obra maestra. Pero, como suponía, me he encontrado un título comercial del montón. La comedia romántica más vieja y facilona posible adornada con ligeros toques de drama y unos pocos videoclips.

Por esto último la han descrito como musical, pero yo no lo veo. En un musical, la música, las canciones y los números coreografiados obviamente tienen una íntima relación con la trama y los personajes, pero son además el principal componente narrativo. Si estos números aparecen puntualmente, muchas veces sin relación clara con lo narrado, y en las que la tiene no se entiende muy bien por qué se usa este recurso, entonces son videoclips insertados en medio de la proyección. Ya desde el prólogo queda claro que se combina con desequilibrio la comedia romántica y el musical: el numerito inicial no pinta nada, no presenta a los personajes (que ni forman parte de la canción) ni se habla sobre algo relevante. Y de ahí en adelante olvídate de grandes despliegues estéticos, de escenarios vistosos y elaboradas coreografías; de hecho, en el caso de haber alguna, los protagonistas no están presentes (el prólogo) o se pasean entre medio sin hacer mucho (el final); y… ¿me lo parece, o las siluetas sobre el espacio en el observatorio son dobles? Tampoco es que canten mucho, por lo general apenas entonan un poco mientras hablan; la única que vez que la chica canta más en serio (en la última audición) no ofrece nada épico o conmovedor, y el turno de él (en el malecón) es tirando a lamentable. No hay ni una letra con garra, ni un baile complejo, ni un escenario deslumbrante. Todos los números obedecen a la técnica de los cansinos videoclips contemporáneos: iluminación artificial (mucha luz de día, mucho foco de noche, mucho neón, mucho amanecer eterno), vestuario excesivamente colorido (parece un anuncio), escenarios intrascendentes y música pegadiza para tratar de epatar sin contenido real, porque los protagonistas sólo se menean un poco delante de la cámara sin que haya una expresión artística concreta.

Sí es un homenaje al musical, eso está claro. Y al cine clásico y a la música en general. Pero la película sólo vive de eso, hasta el punto de ahogarse en las referencias y perder todo rasgo de personalidad propia y parecer un recopilatorio propio de YouTube, no de estrenar en cines. No voy a perder el tiempo citando todas sus fuentes, podéis ver por ejemplo este video, y pensar luego cuándo se pasa de la referencia y el homenaje al plagio. Yo consideraría que es plagio cuando no se aporta nada nuevo, cuando se intenta sacar rédito del trabajo de otros. Este caso lo es, sin duda. Además hasta el ridículo, pues en la obsesión por coger de obras remarcables del género ni cuidan la verosimilitud: atención al vestuario de varias épocas mezclado sin ton ni son, donde los protagonistas en cada escena visten con un traje de una tendencia distinta. ¿Quién tiene un armario así, y más sin dinero?

Es evidente que está todo inventado ya, pero hay muchos ejemplos de que se puede abordar algo clásico con garra y personalidad, como Comanchería con el western crepuscular, por citar una gran cinta del mismo año, e incluso se puede alcanzar la categoría de obra maestra dándole una inesperada vuelta de tuerca a conceptos muy conocidos: ahí están La guerra de las galaxias: Una nueva esperanza y Matrix, por citar solo un par. Es gracioso que un personaje secundario diga que el jazz se muere porque no evoluciona, no se abre a los nuevos tiempos, no deja entrar ideas nuevas… Y este filme es precisamente eso mismo, un refrito de historias muy gastadas que no aporta nada genuino, ni siquiera lo que una vetusta banda de jazz ofrecería, algo de improvisación, pues está todo milimétricamente construido. Es que hasta la música es poco más que una tonada simple y repetitiva; menuda vergüenza el Oscar a banda sonora estando la monumental Rogue One de Michael Giacchino.

Lo que queda es una comedia muy básica, obsesionada también con los estereotipos, con llegar con lo más fácil y directo. Y me temo que esta triste fórmula ha triunfado… otra vez, porque todos los años la industria de Hollywood, con sus medios afines y sus Oscar, avala varios títulos prefabricados como este y hace caja de ello. Él es el guaperas pasota, pero un poco panoli, para que ella pueda moldearlo a su gusto. Ella, guapa, decidida, perfecta, pero tiene un novio de cartón que ni le gusta, para que así pueda anhelar algo más. Los encuentros, todo un cliché cursi detrás de otro. Las coincidencias, los roces y torpezas iniciales, la chispa, la vida en pareja (tan blando es el relato que ni los vemos follar, un beso casto y gracias), los problemas, el cambio de aires obligado por la vida, y fin.

Hay poco que rescatar, si la cinta funciona en sus primeros capítulos aceptablemente bien es porque su ritmo es veloz y los personajes despiertan cierta simpatía. Algunas escenas, como la fiesta ochentera y el paseo siguiente, tienen algo de ingenio y humor. Pero el relato se apoya demasiado en la simplona y predecible dinámica de la pareja, y el desgaste va apareciendo hasta perder toda mi atención en el arco final, donde ya estaba muy claro lo poco que tienen para ofrecer y me lo vi venir todo de lejos. Por ello he echado de menos personajes secundarios. No hay ni uno con presencia suficiente para dejar huella, cuando podrían haber incluido varios para mostrar más perspectivas del mundo de Hollywood y no agotar tan rápido a la pareja protagonista, como hicieron hábilmente en Birdman y La invención de Hugo.

Los actores andan bien en carisma y belleza, pero sus papeles distan de resultar extraordinarios como tanto se ha querido vender. Emma Stone contagia bastante bien el entusiasmo del personaje, de hecho algunas escenas se sostienen únicamente gracias a su presencia, como la del banco… pero es eso, su presencia, la sonrisa y los ojos enormes, la cara tan agradable que tiene, porque su interpretación dista de impresionar. Y sé que puede lograr buenos papeles: en Birdman y Criadas y señoras estaba mejor. A Ryan Gosling lo tuve atragantado durante años (Drive, Los idus de marzo, Brigada de élite), no sé qué veía la gente en otro actor joven y en teoría atractivo sin registro interpretativo alguno, pero me sorprendió en Dos tipos buenos, donde por primera vez lo vi actuar de verdad y de hecho estuvo fantástico. Pero aquí vuelve a la pose de Drive, sin más esfuerzo interpretativo. Tampoco tienen grandes voces, ni ofrecen una esforzada labor física, porque el musical es muy parco en esos aspectos. Sabiendo que son capaces de hacer mucho más, el problema es claramente el director, que no sabe qué sacar de ellos. El resultado es que no veo química, no me creo la supuesta llama de la relación, los momentos tristones no me llegan. ¿Cómo ha entusiasmado tanto una pareja tan limitada?

Quizá habría que agradecer que no tragamos con un desenlace en plan “y fueron felices y comieron perdices”, pero en cambio pretende ser oscuro de forma sensacionalista. Todos tenemos amores pasados, relaciones rotas por trabajo, heridas no cerradas, y rememoramos caminos y decisiones que podríamos haber tomado de otra forma. Si se narrara con algo más de chispa… pero tiene un aura melancólica que me pareció impostada, y se remata con un número musical de cierre que por fin intenta jugar con la escenificación pero resulta más bien caótico y poco vigoroso. Así pues, queda un final incluso más artificial de lo habitual pero incapaz de evitar ser predecible, con lo que me resultó bastante pesado.

Como en ese engendro manipulador de Whiplash, Damien Chazelle demuestra buena técnica y saber rodearse de buenos editores. Hay planos secuencia bastante logrados y el montaje es excelente, sobre todo a la hora de obtener ese ritmo enérgico. Lástima que pusieran tan poco empeño en los números musicales, es decir, que falta pasión, un intento de ir más allá. La fotografía es correcta, pero la iluminación en cambio resulta muy forzada: luces de neón, focos evidentes, abuso de tonos muy básicos (ahora verde, ahora azul; por ejemplo, qué mal queda ese fondo verde hortera de la cena que sale mal). En otras palabras, en lo visual le falta naturalidad por lo general y capacidad de asombrar en los momentos clave, le pesa demasiado el estilo de videoclip.

Teniendo recientes La invención de Hugo y Birdman e incluso la correcta The Artist, La La Land palidece aún más. Esas sí fueron películas que homenajeaban al cine con clase, que se arriesgaban en su narrativa, tenían personajes con aristas y pegada e historias que sorprendían. Al menos, con su simpatía consigue contagiar un poco el amor por la música culta y el cine y teatro… Pero lo cierto es que dudo que los espectadores que salieran con lágrimas en los ojos (porque parece que hubo muchos) corran a ver un musical clásico de calidad o pretendan iniciarse en el jazz. Estamos en la época del consumo rápido, y eso es La La Land, una obra prefabricada en narrativa y sentimientos, ligera, simplona, que entre sin esfuerzo. ¿Esto es cine? No tiene nada original, ni una gota de personalidad, carece de emoción que no sea buscada artificialmente. Esto es al cine lo que Los 40 principales a la música: tendrá éxito, pero es de usar y tirar, no tiene valor real, ni por extensión perdurabilidad. Sólo engañará a quienes se puede conmover con cuatro recursos simples, a quienes no tienen memoria artística y no ven que todo se ha contado ya mil veces, y más aún, que todo lo toma con descaro de otros filmes. Está claro que la masa de espectadores abraza lo comercial, el entretenimiento pasajero que no requiera grandes exigencias intelectuales, pero que la crítica profesional se dejara engañar se me escapa. Tanto bombo, tanto Oscar (14 nominaciones, todas delirantes) y tanto dieces que le han dado, y estoy seguro de que estará totalmente olvidada en un par de años, como suele pasar.

La gran apuesta


The Big Short, 2015, EE.UU.
Género: Drama, biografía.
Duración: 130 min.
Dirección: Adam McKay
Guion: Adam McKay, Charles Randolph, Michael Lewis (novela).
Actores: Christian Bale, Steve Carell, Ryan Gosling, John Magaro, Finn Wittrock, Brad Pitt, Hamish Linklater, Rafe Spall, Jeremy Strong.
Música: Nicholas Britell.

Valoración:
Lo mejor: El impresionante reparto. El guion es estupendo…
Lo peor: … pero el director no le saca todo el partido que parece guardar.

* * * * * * * * *

La crisis económica global iniciada en los alrededores del año 2008, para quien no se haya enterado todavía, fue una estafa. Como rémora del sistema capitalista tenemos las especulaciones de la bolsa y la banca, en manos de unas pocas empresas todopoderosas que controlan el cotarro a su antojo para enriquecimiento propio. A esta gente le importan un comino las clases bajas, las leyes y la moral. Tampoco les asusta que su modelo económico explote, porque saben que tienen a los gobiernos agarrados por las pelotas y van a darles todas las ayudas que quieran hasta que el timo esté en marcha otra vez.

Pero sí, está claro que todavía hay millones de ciudadanos que no se han enterado y siguen votando a partidos políticos que avalan o utilizan estos modelos, incluso en España, donde la crisis se ha cebado más que en otros lugares por la incompetencia y corrupción del bipartidismo, y ahí siguen PP y PSOE como los partidos más votados. Por desgracia, tampoco hay muchas formas de llegar a la población adormecida e ignorante (cuando no fanática), y es una pena que un medio tan útil como el cine no se atreva más a menudo a tratar temas complejos y polémicos como la política y la economía. Aparte de Margin Call no he visto ninguna otra reciente, y encuentro muy pocas que parezcan llamativas: The Company Men (John Wells, 2010) y una de la HBO, Malas noticias (Too Big to Fall, de Curtis Hanson, 2011), aunque supongo que habrá varios documentales al estilo Inside Job.

Por suerte, ahora ha llegado La gran apuesta, que además se ha visto catapultada por algunas nominaciones a los Oscar, así que supongo que valdrá para que unos cuantos miles de individuos empanados abran los ojos… aunque no tantos como debiera, porque la mayoría estará viendo Gran Hermano en vez de una película de apariencia adulta y complicada (sólo 100 millones de dólares lleva en todo el mundo a pesar de lo que se habla de ella en los medios). Por lo menos me queda el consuelo de que en la sesión donde la vi escuché gruñidos y suspiros de rabia por la mierda que se narra, y risitas de incomodidad cuando mencionan España.

Los guionistas, y supongo que también el autor del libro en que se basan, sabían en el fregado que se metían. La terminología enrevesada de la banca y Wall Street y la complejidad global de los hechos son un muro muy alto para el espectador, así que ponen mucho empeño en explicar bien las cosas, con paréntesis descarados, narración hacia la cámara y con los personajes disimuladamente exponiendo las cosas despacito. Pero lo mejor es el tono distendido con salpicaduras de humor ácido: saben de sobra que hay que entretener, y la aventura se mantiene con un pie en la comedia negra y otro en la parida absurda (los cameos de famosos aclarando conceptos). Parece que pensaron, no sin razón, que no había forma de abordar este esperpento de historia sin hacerte vomitar, ni soltar esos datos tan complejos sin que la gente se perdiera. Así pues, el guion es muy certero a la hora de elegir el tono, consiguiendo que el espectador se implique, divierta y aprenda con facilidad.

La descripción de los protagonistas es también muy buena. Hay muchos pero cada uno tiene su personalidad bien definida, en especial los más relevantes obviamente, pero no se descuida lo más mínimo el gran repertorio de secundarios: no te quedas con los nombres pero sabes quién es quién y cómo pueden reaccionar en cada momento. Quizá el flashback del rol de Christian Bale es reiterativo, pero el resto se presenta con lo justo. La entrada de Steve Carell es fantástica, por ejemplo. El único fallo es que se empeñan en mostrárnoslos como héroes, cuando realmente ninguno lo es, pues lo que hacen es aprovechar el agujero del sistema para intentar forrarse, en vez de denunciarlo. Sólo un par de personajes amagan con ir a la prensa, pero luego deciden no seguir intentándolo y sí sacar tajada, y sólo el de Carell analiza las injusticias y problemas subyacentes… pero a la hora de la verdad no hace nada tangible por sacarlo a la luz o tratar de arreglarlo. Una visión más cínica de los propios protagonistas hubiera sido más acorde al estilo del relato, pero se nota una clara intención de ser amable en esta parte, quizá para que el espectador pueda conectar con algo positivo.

El reparto es magnífico y logra que los personajes cobren vida con mucha verosimilitud. Todos los actores secundarios están excelentes (incluso los cameos breves), pero los principales están soberbios. Christian Bale y Steve Carell son dos de los más grandes de nuestro tiempo y vuelven a demostrar por qué, aunque por desgracia el segundo, quizá por haber hecho muchas comedias tontas, no tiene el reconocimiento que merece; eso sí, aquí sí está impresionante, no como en Foxcatcher, el papel que empezó a darle reconocimiento como actor “de verdad” aunque en realidad no fuera para tanto. El único que falla es Ryan Gosling, como ocurre en absolutamente todas sus películas. ¿Qué le ven algunos? Su falta de carisma y dotes interpretativas son bien evidentes.

Ahora bien, el guion tiene una calidad que no luce en imágenes como podría. No conozco el resto de la obra del escritor y director Adam McKay (salvo por el simplón guion de Ant-Man), pero mi impresión con La gran apuesta es clara: como escritor ha estado muy por encima de su labor como director. Parece que el libreto le ha resultado demasiado inteligente y complejo, porque en la puesta en escena le faltan recursos, agilidad, sutilezas… Lo único que destaca es que sabe qué sacar de los actores en cada escena, pero es un milagro que sus interpretaciones no se pierdan en el caos. No puedes pretender una fotografía cámara en mano y un montaje frenético que transmitan sensación de inmersión y caos, y construir las escenas de forma tan evidentemente planificada, teatralizada. Con las pausas forzadas para meter chistes, los cortes de plano tan estudiados (si enfoca a alguien del fondo sabes que va a hacer algo, en vez de sorprendente porque pase algo) no se consigue la naturalidad buscada. Además, tiene patinazos muy gordos. En numerosas ocasiones incluye flashes, sean fotografías o imágenes en movimiento, de cosas paralelas, gente con sus quehaceres y tal. Pero pocas veces tienen un sentido claro, una relación con lo narrado, como la gente viviendo en la calle tras la crisis; en la gran mayoría de los casos te quedas con cara de qué narices estoy viendo.

Es imposible no pensar en qué habría resultado en manos de un realizador más dotado. Cabe citar a Martin Scorsese por el parecido con El lobo de Wall Street, y aunque esa tenía sus propios fallos que limitaban su también destacable potencial, sus virtudes en la dirección son las que se echan de menos aquí: sabio uso de recursos muy variados, gran vitalidad, y en general pegada y carisma. Mejor narrada (en agilidad e ingenio sobre todo) y con mayor personalidad, La gran apuesta podría haber sido un peliculón.

PD: Otro fallo es el final con letras explicado qué fue de cada protagonista… Podían haber puesto las caras al lado, que hay tantos que no me quedé con todos los nombres.
PD2: ¿Los fallos de montaje de la escena de Margot Robbie son a propósito? Resultan tan evidentes que me hace pensar que forman parte de la broma.

Brigada de élite


Gangster Squad, 2013, EE.UU.
Género: Suspense, acción.
Duración: 113 min.
Dirección: Ruber Fleischer.
Guion: Will Beall, Paul Lieberman (novela).
Actores: Sean Penn, Josh Brolin, Ryan Gosling, Nick Nolte, Giovanni Rivisi, Robert Patrick, Emma Stone, Michael Peña, Mireille Enos.
Música: Steve Jablonsky.

Valoración:
Lo mejor: Sean Penn.
Lo peor: Guion construido a cachos de otras películas, dirección horrible, Ryan Gosling perdidísimo como siempre.

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Gangster Squad (Brigada antigángster, convertida en Brigada de élite en España) es una pobre amalgama de los thrillers policíacos basados o inspirados en los criminales famosos de los años cuarenta y cincuenta, concretamente el argumento está tomado con descaro de Los intocables de Elliot Ness, una de las últimas obras remarcables del género.

El grupo justiciero se compone de todos los clichés posibles: el novato, el pistolero maduro, el manitas, el chulo ligón, el prota y líder heroico, la mujercita, la novia… Algunos parecen puestos para cumplir el cupo (el mejicano sirve para un par de chistes), otros porque pensaron que era obligatorios incluirlos pero luego no supieron manejarlos (qué aburrido es el personaje de Emma Stone), otros prometen pero luego solo dan la escena molona de rigor (el veterano y su tiro final)… El grupito se salva porque sus miembros se definen con rapidez y cada uno se reconoce bien en todo momento, y porque Josh Brolin como héroe y Sean Penn como villano funcionan correctamente gracias a su calidad y carisma como intérpretes, de hecho, Penn está inmenso. Por el lado contrario, sigo sin entender qué ven algunos en Ryan Gosling, quien está tan penoso como siempre. Tiene el mismo careto en toda la película, el mismo que en todas sus películas; en escenas cumbre, cuando debe mostrar ira y rabia, da pena verlo.

La narración va a toda leche, y eso es bueno porque la proyección se hace corta, pero malo porque da la sensación de que todo se expone atropelladamente, de que muchos pasos se dan sin la dedicación y profundidad necesarias. Encontramos algunas cosas poco claras, como que los malos hallen la casa del protagonista (todo para poner a la mujer en peligro… y por eso la estupenda escena de la bañera se desaprovecha: está metida con calzador), pero las secuencias que más abundan son las que parecen refritos o fallidos homenajes al género: el clásico montaje resumiendo las acciones del grupo, las fiestas en bares más predecibles, el típico tiroteo en coche, el asalto final que se sabe perfectamente cómo acabará…

Si el guion falla por eso de tomar de aquí y de allá sin aportar nada de la cosecha propia, la dirección no funciona por lo contrario: pretende ir algo más allá y se pierde en excesos. Ruben Fleischer a veces parece imitar al género, pero otras mete salidas de tono extrañas y malogradas, como enredos visuales a lo Snatch y toques de Matrix (cámaras lentas y planos rebuscados) que quedan fatal, en ocasiones ridículos. Además, los tiroteos y peleas están tan mal rodados que no se entiende nada y a veces resultan incluso bastante cutres.

Lo mejor que puedo decir es que no es realmente mala, y entretiene sin problemas. Lo que pasa es que cualquiera que haya visto algo de cine negro tendrá una sensación constante de esto ya lo he visto y de imitación pobretona. Queda muy lejos de la correcta Los intocables de Elliot Ness (1987) de Brian de Palma y a años luz de la extraordinaria L.A. Confidential (1997) de Curtis Hanson, que sí aportó savia nueva y calidad., y ni siquiera se aproxima a la infravalorada pero interesante Enemigos públicos (2009) de Michael Mann. Hasta en televisión hay producciones de mucho mayor calibre: Boardwalk Empire (2010, Terence Winter) es una lección de cine al lado de esta pobre Brigada de élite.

Drive


Drive, 2011, EE.UU.
Género: Drama, thriller.
Duración: 100 min.
Dirección: Nicolas Winding Refn.
Guion: Hossein Amini, James Sallis (novela).
Actores: Ryan Gosling, Carey Mulligan, Bryan Cranston, Albert Brooks, Ron Perlman, Christina Hendricks, Oscar Isaac.
Música: Cliff Martinez.

Valoración:
Lo mejor: Alguna escena suelta, la atmósfera sugerente lograda por la fotografía y la música. El papel de Carey Mulligan.
Lo peor: La narrativa mediocre y a trompicones, la falta de consistencia del rol central y los personajes secundarios estereotipados y mal usados. La interpretación de Ryan Gosling.
Mejores momentos: El prólogo.

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Drive nos sumerge en una atmósfera con cierto atractivo, mostrando un Los Angeles sombrío, solitario y peligroso. Esto se logra a través del tono melancólico y sugerente contruido mediante una fotografía hipnótica y la acertada música de Cliff Martinez. Esta última tiene un estilo electrónico ochentero muy interesante que se suma a una excelente selección musical (atención a los temas de Chromatics y College). Se construyen varias secuencias elegantes, capaces de dejarte pensando momentáneamente “esto es digno de una gran película”. Pero son destellos de calidad fugaces en un conjunto mediocre. Es decir, si hay talento, en especial en la labor de fotografía, el director no lo ha aprovechado del todo, pero sobre todo, el guion es un coladero muy grande, tanto que es capaz de hundir al filme en un pozo de monotonía y mediocridad.

A medio camino entre Taxi Driver y Collateral, Drive es un quiero y no puedo constante, una amalgama de ideas empalmadas una detrás de otra sin mucha cohesión narrativa. La trama peca de una notable falta de definición y posee carencias enormes de ritmo y coherencia. Para empezar, el protagonista es totalmente hueco, se usa como comodín para montar esas escenas variadas sin hilo en común: cambia de forma de ser demasiadas veces. Se nos presenta como un tipo frío, capaz de medir cada situación al milímetro incluso en momentos de gran estrés, un superviviente que usa sus dotes de piloto de coches para realizar algunas actividades delictivas. Es también inteligente, pues evita meterse directamente en fregados peligrosos: no usa armas, se mantiene al margen de los robos y esquiva las relaciones largas con criminales. Sin embargo, repentinamente se convierte en un pistolero vengativo que no se piensa las jugadas, que actúa sin pensar, lanzado por la ira del momento. Y para rematar la faena, al final enlaza unas cuantas decisiones tan absurdas que no hay manera de entender teniendo en cuenta lo presentado anteriormente. Y no me vale argumentar que la situación ha cambiado y ahora está en peligro, no, porque debería haber actuado como antes o si acaso haber evolucionado a través de una transición creíble. Pero el cambio se produce sin más, de tal forma que parece otro personaje de una escena a otra.

La falta de descripción del protagonista afecta también a la relación amorosa. ¿Por qué se embarca en ella? No se muestra razón alguna, si hay amor, compasión o simplemente es que se aburre; y más difuso se torna todo cuando vuelve el novio de ella, sobre todo con esa incomprensible decisión de ayudarlo. Por ello las escenas románticas no funcionan, y más cuando se desarrollan mediante videoclips musicales metidos con calzador. Sin embargo, Carey Mulligan se marca un gran papel, transmitiendo todas las emociones de su personaje de forma excelente, con lo que levanta considerablemente las previsibles escenas que le dan. No se puede decir lo mismo de Ryan Gosling, quien con una interpretación completamente inerte sin duda pone una gota extra en el desastre que resulta el personaje. Incomprensiblemente, se ha levantado cierto culto alrededor de este rol…

En cuanto al resto de la historia y los protagonistas hay que destacar que el embrollo final (es decir, el supuesto punto álgido de la trama) resulta precipitado y confuso, pues se desarrolla a través de caracteres secundarios mal ubicados en la narración y construidos a base de tanto cliché que resultan incluso ridículos: la presencia de Ron Perlman… pocas veces he visto un personaje tan mal introducido en un relato.

A todo esto se le suma que el director está obsesionado con el encuadre perfecto de cada plano (hasta el punto de que se han realizado análisis sobre esta fotografía), pero se olvida de todo lo demás: la escena no dice nada, los personajes van dando tumbos, y como resultado el ritmo es torpe, entre moroso y caótico. Así pues, conforme avanza la tenue trama la proyección va perdiendo el interés que despertó con su prometedor inicio, cuanto más se sumerge en ella más se emborrona el argumento y la consistencia de los protagonistas y más artificial parece la puesta en escena. El arco final enlaza tiroteos exagerados pero sin capacidad de asombrar y alguna persecución con más enredo visual que esfuerzo por transmitir emoción. Finalmente un desenlace bastante pobre cierra una película aburrida y torpe.

Pero sorprendentemente Drive se ha convertido en una de las producción menores o independientes más aclamadas del año. Por lo tanto fui a verla esperando una cinta como mínimo buena… y el encontronazo ha sido brutal. Su aspecto externo ha engañado a muchos, pero a mí no me parece justificable una buena nota en una película tan hueca por dentro, y más si en vez de ofrecer una trama mínimamente interesante resulta un caos de incoherencias.