El Criticón

Opinión de cine y música

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Elizabeth: La Edad de Oro


Elizabeth: The Golden Age, 2007, EE.UU. Reino Unido, Francia, Alemania.
Género: Drama, histórico.
Duración: 114 min.
Dirección: Shekhar Kapur.
Guion: Michael Hirst, William Nicholson.
Actores: Cate Blanchett, Clive Owen, Geoffrey Rush, Jordi Mollà, Samantha Morton, Abbie Cornish, Eddie Redmayne.
Música: Craig Armstrong.

Valoración:
Lo mejor: Mejoras en la ambientación, un tramo final bastante espectacular. Cate Blanchett de nuevo dando un recital inolvidable.
Lo peor: Le cuesta bastante arrancar, no parece tener un argumento bien definido.
Mejores momentos: La correcta recreación de la batalla naval.

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Si bien el tener el doble de presupuesto que Elizabeth (unos cincuenta millones) le permite una mejor recreación de la época y mostrar eventos más llamativos (la famosa batalla contra la armada española), lo cierto es que ni desde el guion ni desde la puesta en escena Michael Hirst y Shekhar Kapur corren riesgo alguno. El esquema narrativo de hecho se asemeja demasiado, habiendo cambiado muy poca cosa aparte de nombres de personajes, así que acabamos teniendo la misma historia de la monarca enfrentada a enemigos lejanos y ausentes gran parte del relato, conflicto que Hirst no es capaz de materializar con la fuerza necesaria. Felipe II sustituye a Norfolk, pero a pesar del poder de su armada como personaje dice más bien poco. La pretendiente al trono María Stuart tiene la misma escasa presencia que Marie de Guise. Encontramos también la misma dinámica en la corte: los intentos de matrimonios con pretendientes que aportan algo de humor, el amigo fiel con quien parece que va a mantener una relación amorosa y los consejeros principales poco interesantes.

Como en el capítulo previo, unos personajes son aceptables y otros quedan bastante desdibujados y desaprovechados. Jordi Mollá como Felipe está rarísimo, habla como un telegrama, como si tuviera algún problema mental, dando la sensación de que el personaje se caricaturiza. No llega al destroce que hicieron con María Tudor, eso sí. María Stuart deja mejor impresión por el entusiasta papel de Samantha Morton, porque también es una amenaza demasiado lejana como para causar desazón por el porvenir de la protagonista. Clive Owen como Walter Raleigh, el pirata del que Elizabeth se encapricha, resulta mucho más interesante como amigo y casi amante que el soso de Joseph Fiennes. El asesino interpretado por Eddie Redmayne causa tan poca impresión como el de Daniel Craig. Francis Walsingham (Geoffrey Rush) está bastante desaparecido y del resto de consejeros no recuerdo a ninguno a los pocos días de terminar el visionado. No se expone mal la madurez de Elizabeth, aunque tampoco brilla de manera destacable y de nuevo es Cate Blanchett quien realza el personaje, mostrando magistralmente todo el tormento interno que vive ante la amenaza de la guerra y durante los líos de romances y amistades malogrados.

La intriga, tanto los intentos de derrocarla asesinándola como mediante la guerra, navega a medio gas sin mostrar muchas veces un rumbo claro, con lo que el relato resulta poco intenso, se resiente en varias partes y no da la sensación de sepa muy bien hacia dónde se dirige. Aun así, no decae como para hablar de un mal relato, y por suerte una parte clave de la historia luce medianamente bien: la batalla naval no es grande o extraordinaria, pero sí bastante espectacular. Por ese tramo final más ambicioso deja mejor recuerdo que su predecesora, pero echando la vista atrás tampoco se ve ninguna trama realmente llamativa y los personajes no dan mucho de sí a pesar del potencial. La crítica en cambio fue más tibia, y el resultado en taquilla también empeoró a pesar de que aprovechando el tirón de la primera se estrenó en tres veces más cines.

John Carter


John Carter, 2012, EE.UU.
Género: Acción, fantasía.
Duración: 132 min.
Dirección: Andrew Stanton.
Guion: Andrew Stanton, Mark Andrews, Michael Chabon, Edgar Rice Burroughs (novelas).
Actores: Taylor Kisch, Lynn Collins, Samantha Morton, Willem Dafoe, Thomas Haden Church, Mark Strong, Ciarán Hinds, Dominic West, James Purefoy, Bryan Cranston, Polly Walker.
Música: Michael Giacchino.

Valoración:
Lo mejor: El dinero luce de maravilla. La banda sonora es excelente.
Lo peor: El guion es penoso, la aventura confusa y aburrida.
La frase: ¡Vorginia, Vorginia!

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La trama tiene un trasfondo demasiado complejo de reinos, razas, culturas, creencias, conflictos e incluso detalles no llamativos pero necesarios para entenderlo todo, como el cargo y funciones de cada personaje o sus difíciles nombres. A su vez, la historia del personaje, este capítulo concreto que se nos relata de ese mundo, resulta muy sencilla, obedece a innumerables clichés de los cuentos de aventuras, reinos y guerras con pueblos oprimidos. Y por desgracia la mezcla no funciona. El mundo imaginario se presenta a duras penas, con evidentes dudas por parte del guionista y director sobre cómo hacerlo (de hecho se habla de que la película duraba casi tres horas y fue recortada drásticamente) y la consecuente sensación de improvisación, parcheo constante y falta de rumbo. Prólogos confusos mal hilvanados, recesos aburridos o todo lo contrario, lluvia de información mal dosificada, exponen de forma confusa y aparatosa la historia de Marte y sus gentes. Conflicto entre pueblos mal explicado (no se entiende de qué va el asunto ni se sigue claramente el desarrollo de los acontecimientos), cuentos de dioses y creencias que resultan intrascendentes y no se entiende muy bien su conexión con la trama, y sobre todo una raza enemiga que no se sabe qué demonios son y qué pretenden, sientan malamente los cimientos de la aventura. Y claro, si el lugar y la situación donde los personajes se sumergen no resultan atractivos ni fáciles de comprender, la conexión es difícil de establecer.

Las vivencias del protagonista y los secundarios que se encuentra por su camino pecan de simples y previsibles. El héroe renegado pero honorable, la princesa luchadora, el padre agobiado por los problemas que asaltan al reino, el enemigo implacable, las fuerzas oscuras que mueven los hilos desde la sombra… No faltan tampoco los nuevos amigos, las rivalidades con los machotes de la tribu y, como es Disney, también tenemos la mascota simpática (menos mal que no habla). Los hechos navegan por un camino igual de trillado. Aceptación de la misión, reunificación del pueblo, lucha contra el villano y final feliz con boda. Pero lo grave no es que el relato siga patrones muy clásicos, sino que lo hace bastante mal. Primero, porque no es capaz de desligarse del sabor a predecible, y segundo, porque parece empeñado en seguir esos patrones a toda costa, aunque deba descartar buenas ideas, aunque fuerce situaciones incongruentes, aunque se simplifique todo hasta límites molestos. Por ejemplo, la forma en que repentinamente Carter se queda y se casa con la princesa es de un ridículo indescriptible, y roles como el rival belicista de la tribu son de risa.

John Carter ofrece la misma historia que Avatar, Willow, La guerra de las galaxias… Y sí, hay que matizar que en realidad la saga de novelas en que se basa, creada por Edgar Burroughs en 1912, es precursora de muchas de estas obras, la fuente de la que numerosas películas conocidas han bebido descaradamente (de ahí el enorme parecido con La guerra de las galaxias, sobre todo la nueva trilogía)… pero es una razón más por la que esforzarse en conseguir dotar a la narración de más intensidad, en forjar un aura reconocible como propia e independiente. Es evidente que todas esas cintas citadas sabían minimizar sus limitaciones y exprimir sus virtudes, hacer interesantes a sus personajes, mostrar la trama de forma clara y, sobre todo, sabían entretener. John Carter es un despropósito, un burdo conglomerado de ideas primarias sumergidas en un universo pésimamente descrito. Y lo peor, el protagonista es mediocre y los secundarios aburridos. Como ocurría con el Aragorn de El Señor de los Anillos, John Carter es un cutre héroe que no sabe lo que quiere, que no desea estar ahí… pero sin que se explique por qué el tío se apunta a todo. Deambula sin motivaciones claras, pasa de todo pero no pasa, no quiere estar ahí pero lo está, se muere por volver a casa pero se casa con la princesa y se queda en Marte no se sabe por qué. Es un rol tan pobremente descrito y tan puesto al servicio de la narración que carece de entidad, de definición, y es incapaz de conseguir despertar interés en su caótico viaje.

El actor Taylor Kitsch cumple por los pelos. Mejor lo hace la princesa, pues Lynn Collins es capaz de sacar algo de emoción de su también monocromático personaje; además, viniendo el filme de Hollywood y de Disney sorprende por haberse elegido un bellezón maduro y exótico y no una rubita adolescente del patrón MTV, y por enseñar bastante chicha. En los caracteres secundarios tenemos un reparto de infarto bastante desaprovechado en personajes caricaturescos y disfrazados de formas horteras, pero el buen hacer de estos veteranos salva algunas escenas, como la pequeña aportación de James Purefoy a la fuga, uno de los pocos momentos cómicos dignos de recordar.

Cabría pensar que como cinta tontorrona de aventuras, fantasía y acción de alto presupuesto valdría para entretener, como Piratas del Caribe antes de ir desvaneciéndose en episodios insulsos o Transformers 1 y 2. De hecho, incluso los pocos que fueron a verla al cine no hablaron muy mal de ella. Pero desde mi punto de vista el guion es tan infame que no hay manera de salvarla, y más cuando la dirección es irregular. Sí, la puesta en imágenes es fastuosa. Los decorados, vestuario, localizaciones y en especial los efectos especiales son alucinantes. La dirección de Andrew Stanton saca buen provecho de todo ello con una puesta en escena que maneja muy bien la amplitud de los escenarios (virtuales y reales), pero a la hora de enfrentar las escenas de acción toda la magia desaparece y la película se convierte en otra más de acción aparatosa llena de efectos especiales y ruido donde no se entiende nada, donde las criaturitas digitales copan las imágenes sin transmitir emoción alguna. El clímax final es muy monótono y las peleas sosísimas a pesar de las impecables labores de diseño de producción y efectos especiales. Gran parte de culpa la tiene que sin personajes llamativos a los que seguir no hay manera de despertar interés, pero también se agrava por la carencia de energía, de alma, en la dirección de esos momentos cumbre. Hasta Michael Bay consigue resultados claramente superiores en sus productos, y por ello logra sobreponerse a sus limitados guiones y ofrecer cintas espectaculares y entretenidas, pero Andrew Stanton, tras su fulgurante carrera en Pixar (con joyas como Wall-E y Buscando a Nemo), no ha solventado muy bien su paso a la imagen real (o medio real).

Pero más allá de la impresionante recreación visual de Marte y sus pobladores, lo que destaca enormemente en esta fallida mega producción es la imponente banda sonora de Michael Giacchino. Con influencias de John Williams y Maurice Jarre crea un motivo principal épico, glorioso, y se marca en general una obra notable que ensalza las imágenes de forma impresionante, dotándolas de una fuerza de la que en realidad carecen y dando intensidad a una trama apática y de ritmo renqueante.

Otra vez Hollywood da por sentado que una buena película se hace solita con dinero y un apartado visual vistoso a base de efectos especiales y ruido. Se buscaba un gran éxito comercial, e incluso el inicio de otra saga que pegase fuerte en la población, pero John Carter no partía con la ventaja que tuvieron Harry Potter, Transformers, Crepúsculo, Los juegos del hambre…: su fuente original no era adorada por masas ingentes de población. Así, el órdago era de aúpa. Y alguna vez esta fórmula absurda tenía que estrellarse. Quiso un aleatorio cúmulo de hechos que no llamara la atención del público de forma masiva, pues no toda producción palomitera puede conseguir llenar las salas de cine con fuegos artificiales sin nada detrás. Una película de 250 millones (la más cara de todos los tiempos, tras excepciones como El Hobbit o Avatar) que no recauda esa misma cifra en su semana de estreno y además tiene un mal boca a boca cuando se necesitaban al menos 500 ó 600 millones para empezar a ser rentable, y no ha pasado de 270, es un fracaso sonado, tan sonado que el presidente de Disney tuvo que dimitir. Y me temo que esto significa que a partir de ahora se arriesgarán menos con las grandes producciones, que tirarán más hacia las secuelas y remakes facilones. Así pues, el fiasco de John Carter no se limita a lo artístico, sino que ha minado también la industria y parte del futuro cercano del género. Ha sido más entretenido y espectacular el efecto causado sobre el gremio que la propia película.