El Criticón

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Z, la ciudad perdida


The Lost City of Z, 2016, EE.UU.
Género: Aventuras.
Duración: 141 min.
Dirección: James Gray.
Guion: James Gray, David Grann (novela).
Actores: Charlie Hunnam, Robert Pattinson, Sienna Miller, Edward Ashley, Angus Macfadyen, Ian McDiarmid, Clive Francis, Tom Holland.
Música: Christopher Spelman.

Valoración:
Lo mejor: Buena descripción de algunos aspectos de los últimos coletazos de la época de la exploración.
Lo peor: Aventura sin épica, ni drama, ni intesidad de ningún tipo, ni en el contenido ni en lo visual: es muy aburrida.

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Alerta de spoilers: Comento algún detalle, pero nada que destripe sorpresas… que por otra parte tampoco hay.–

Qué decepción me he llevado con Z, la ciudad perdida. Las críticas profesionales que la señalaban como una vuelta al cine de aventuras clásico me pillaron con el interés por el género en todo lo alto, pues andaba releyendo El Terror (Dan Simmons), una novela sobre la exploración del Paso del Noroeste que me encantó en su momento y volví a coger porque pronto será una miniserie a la que le tengo muchas ganas. Hice caso omiso a la gente que la ponía de película muy aburrida, suponiendo que, como ocurrió con Master and Commander y El guerrero nº 13, los dos últimos grandes (y más bien únicos) títulos del género, el público no las recibió muy bien.

Pero lo cierto es que sí ha sido una cinta muy pesada e insatisfactoria. Hay en ella potencial para algo más notable, pero la narrativa es plomiza, el guionista y director James Gray (adaptando la novela de David Grann que a su vez partió de los hechos reales) no es capaz de abordar con la solidez y pasión necesarias una odisea que termina ahogada en la monotonía y las inconsistencias. En lo único que recuerda a clásicos es en alguna referencia, como la ópera en la selva de Fiztcarraldo (Werner Herzog, 1982). Aguirre, la cólera de Dios (de Herzog también, 1972), El hombre que pudo reinar (John Huston, 1975), El tesoro de Sierra Madre (ídem, 1948), Indiana Jones (Steven Spielberg, a partir de 1981) si incluimos la fantasía también… Olvidaos de cualquier referente que tengáis en mente.

Aunque la era de los exploradores estaba entrando en declive con la globalización, todavía había partes del mundo donde perderse en busca de aventuras, conocimientos, y también fantasías. Pero la principal motivación era más terrenal: el prestigio, el ascenso social y económico. Pocos lo hacían por amor a la naturaleza y a la ciencia, era un trabajo muy vistoso en su rango social y ya está. Volver victorioso de una epopeya de este calibre garantizaba un subidón en el escalafón social que de otra forma podría costar muchos años de esfuerzo. Sí, eran viajes considerablemente arriesgados, pero muchos preferían batallar contra la naturaleza que contra la pirámide social. Igualmente, el apoyo de países y empresas en su mayor parte era político o comercial. Proyectos como el de Charles Darwin no eran lo habitual.

Todo esto tiene aquí una representación bastante correcta, y es lo único que me ha gustado de la película. Percy Fawcett es un joven inglés que no encaja del todo en la aristocracia, que no consigue ascender como desearía ni le caen bien los estirados con los que compite. La posibilidad de ver aumentada a lo grande su reputación por una misión para cartografiar las fronteras entre Bolivia y Brasil es muy jugosa… y el viaje además despierta en él el entusiasmo por encontrar civilizaciones en principio míticas y echarle en cara a la conservadora sociedad su visión antropológica más moderna: los indígenas pueden formar sociedades complejas. Pero de funcionar a deslumbrar hay un gran trecho. Todo lo que se narra lo conocemos ya, y no se ofrece una perspectiva novedosa, no hay diálogos y situaciones con ingenio suficiente para evitar la sensación de falta de riesgo. Por ejemplo, los capítulos dedicados al conflicto con otro explorador, el típico bocazas engreído que en el terreno demuestra su calaña, son entretenidos (uno de los segmentos más amenos de la proyección, de hecho) y aportan matices a la descripción de la época, pero también son muy predecibles, se limitan a exponer lo obvio. Y fuera de esta sección no hay prácticamente nada. El drama personal y la propia aventura en la selva carecen de este amago de contenido y consistencia, resultan historias muy superficiales y monótonas.

No hay personajes secundarios atractivos, todos son clichés puestos al servicio de la trama, o sea, monocromáticos y previsibles. El único que da juego es el citado rival, James Murray (Angus Macfadyen, recordado por ser el conde traidor de Braveheart), y porque es importante en el argumento, pues su descripción es muy simple. Los compañeros de aventuras es como si no estuvieran ahí, no sabemos nada de sus vidas y pensamientos, no tienen escenas que aporten algo sustancioso, no hay una dinámica de compañermismo de ningún tipo, todos sueltan su verborrea sin que haya sensación real de que están viajando, trabajando y batallando juntos. Son tan irrelevantes e insípidos que en cuanto salen de plano te olvidas de que estaban ahí. La esposa y los hijos son anodinos también. Ella además me resulta algo inverosímil. Si estás tratando de describir esa época con verosimilitud, no me metas un ramalazo de policorrectismo actual, con la mujer fuerte e independiente y el matrimonio con los dos miembros al mismo nivel, porque no pega en el relato, en la situación habitual de casamiento por conveniencia (nombre, dinero y guardar las apariencias) donde ella se queda en casa cuidando de la familia mientras él trabaja. Pero claro, parece que si hoy en día pones a una mujer florero se te tiran encima, así que prima el revisionismo burdo. Los hijos sólo aparecen para el típico cabreo por un padre ausente, hasta que el mayor crece, y entonces resulta incongruente: de odiar al progenitor y su trabajo pasa a seguirlo con entusiasmo sin que haya habido ningún proceso de cambio, ninguna razón que lo justifique.

Fawcett no es mal rol central, pero le falta algo más de garra a su viaje, más sufrimiento y lucha por sacar adelante sus objetivos. Con secundarios tan pobres hacía falta un protagonista más fuerte y una interpretación muy potente para que fuera capaz de cautivar, en plan Steve McQueen en El Yang-Tsé en llamas (Robert Wise, 1966) o Peter O’Toole en Lawrence de Arabia (David Lean, 1962). Charlie Hunman es muy buen actor, lo dejó claro en Hijos de la anarquía, pero aquí no consigue conmover. El problema es que el personaje apenas tiene recorrido. Sí, empieza mostrándose un poco reticente a ese trabajo y luego ve que le gusta, pero no se ofrece una transición llamativa, ni vamos más allá. Su determinación, fuera de los líos en la Sociedad Geográfica Real, no se contagia, porque la aventura es muy parca en contenido y vacía de emociones. Parece pasearse por la selva sin más, no se ve el fruto de su esfuerzo, los problemas no llegan con intensidad. Los asuntos logísticos (formar el equipo, negociar con el gobernador), las vicisitudes por el río (naturaleza hostil), los choques con los indígenas… Todo se despacha con cuatro tópicos simples empalmados sin mucho tacto, y aun así Gray es capaz de llenar un montón de metraje. En esto pesa también que se obsesiona con narrar toda la vida del explorador, aunque no sea necesario: el receso bélico y sus secuelas es tiempo completamente perdido. De estar ciego por sus heridas en combate pasa a estar curado sin más, sin que sepamos realmente qué ha pasado, cuánto ha padecido, qué proceso de curación ha seguido… Tantos minutos, y no se ve casi nada de contenido.

La desgana con que se narra todo afecta incluso a la verosimilitud. Gray incluye todos los pasos de los viajes por la fuerza sin una coherencia ni evolución tangible, sólo cita el problema de turno y enseguida pasa al siguiente asunto dejando un montón de preguntas y agujeros. Los personajes dicen “Necesitamos tres balsas llenas y cuatro caballos”, y resulta que, salvo por un plano muy fugaz al poco de partir donde se ve otra balsa y unos caballos, el resto del tiempo sólo contamos la barcaza donde van los pocos protagonistas, donde además apenas llevan material. En el segundo viaje igual, pero con botes. Los vemos navegar, tienen problemas de suministros, sufren ataques, sobreviven por los pelos, tratan con los indígenas… pero todo el material y gente que supuestamente llevan están desparecidos… salvo cuando tiene que morir un extra, y entonces este se materializa por arte de magia en la barco de los protagonistas; y en otro momento necesitan usar un caballo, y este aparece también sin más. En los primeros pasos del viaje se preocupan de que no son capaces de pescar, mientras a la vez dicen que vivirán en el río unos dos años… pero siguen adelante sin más. Por el camino, en un jaleo dicen haber perdido gran parte de las provisiones… ¡pero sí solo hemos visto volcarse una cesta de fruta que llevaban abierta y sin sujetar! Pero aun así siguen adelante. Llegan a su destino diciendo que tienen hambre, pero sin que sepamos si en estos meses han aprendido a aprovechar el entorno y han recuperado provisiones que les hayan permitido llegar tan lejos. Allí encuentran un jabalí enano y ya con eso no parecen preocuparse de los meses que tienen de retorno. Con otras cuestiones, como las enfermedades, lo mismo: ahora vemos a un protagonista enfermo, en la siguiente escena aparece como si nada, sin mostrar si han hecho algo o todo ha pasado sin más, y secuelas desde luego no hay de ningún tipo. El trato con los indígenas… no me preguntes cómo pasan de hostiles a amistosos, no se explica, de la lluvia de flechas saltamos al intercambio de regalos.

También hay cosas muy cogidas por los pelos. Fawcett chapurrea español y el aborigen habla su propio idioma, pero aun así lo entiende y lo traduce al inglés para sus compañeros; de hecho es un idioma fascinante: dos palabras se traducen en cuatro frases. Llegan a la fuente del río sin haber cartografiado prácticamente nada, y ahí encuentran asombrosos restos de una civilización… pero deciden dejarlo todo e irse porque hay una pantera. Van armados hasta los dientes, podían dispararar, o podían dar un rodeo, pero no, deciden volver sin pruebas sólidas. No me olvido de mencionar también alguna transición absurda, como ese líquido derramado haciendo una línea que se funde con el siguiente plano y se convierte en… no, en el río no… en un tren.

Termina de hundir la propuesta otro aspecto muy decepcionante: lo visual está muy lejos de dar la talla en un tipo de cine que exige más. No hay belleza ni asombro, no tenemos un acabado cinematográfico destacable. Y lo gracioso es que se rodó en 35 milímetros para darle un aire épico acorde al género. Pero la dirección, fotografía y montaje son bastante flojos. Gray no saca partido alguno del escenario, parece que estamos más en un parque que en una selva, todos los planos son muy cerrados encima de la barca y las caras de los actores, y el tono saturado de las imágenes le resta naturalidad a los pocos y nada llamativos paisajes que vemos. No encuentro ninguna escena digna de recordar, ningún pasaje apasionante. Todo lo contrario, el aburrimiento me embargó en grandes tramos de la cinta, sobre todo el pobre desenlace, donde intenta hacer algo extraño, medio onírico, en plan Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979, y el interés acaba por los suelos.

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Foxcatcher


Foxcatcher, 2014, EE.UU.
Género: Drama.
Duración: 134 min.
Dirección: Bennett Miller.
Guion: E. Max Frye, Dan Futterman.
Actores: Steve Carell, Channing Tatum, Mark Ruffalo, Sienna Miller, Vanessa Redgrave.
Música: Rob Simonsen.

Valoración:
Lo mejor: Buen reparto en personajes interesantes. La aventura es atractiva…
Lo peor: … pero no llega a desplegar todo su potencial: es lenta, superficial, poco emocionante.
El detalle: Si notas algo raro en las orejas de los actores, es maquillaje imitando a los personajes en que se basan. Digo esto porque yo anduve descolocado un rato hasta que comprobé qué pasaba.

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Otro drama biográfico de superación personal, del hombre que lucha contra sí mismo, sus iguales y el entorno para llegar a donde sus sueños le guían. Otro más que demuestra la afinidad descarada de los Oscar por patrones narrativos inmovilistas y arcaicos. Y como suele ocurrir, poco tiene que ofrecer a pesar del entusiasmo de la Academia con él.

Mark Schultz es un campeón de lucha libre, de esa versión menos violenta que consiste en poner al contrincante de espaldas contra el suelo. Desde mi punto de vista no es un deporte muy llamativo, ni espectacular ni emocionante, y como suele ocurrir, si esperas que la película te muestre cómo funciona y cuáles son sus atractivos, vas apañado, porque pasa muy por encima de todo ello para centrarse en el drama personal. La vida de Mark es solitaria y no disfruta de grandes lujos, porque no es un deporte exitoso, pero no ceja en su empeño de seguir adelante. No le iba del todo mal entrenando con su hermano, no en vano ya tenía alguna medalla olímpica, pero es evidente que podía aspirar a más. Un millonario aburrido y fan del deporte se encapricha con la idea de patrocinarle, entrenarle y compartir sus sueños y conquistas.

Du Pont es extraño, antisocial, de humor inconstante, y la película no profundiza demasiado en él… por suerte, porque sería improvisar y especular, dado que no se sabe muy bien qué pasaba por su cabeza. El relato se basa en hechos reales, pero si con Mark Schultz se toman libertades hasta el punto de haberlo cabreado de lo lindo (a pesar del contrato de silencio echó pestes del director, diciendo que había deformado toda su vida), pues podrían haber desbarrado mucho con Du Pont en busca de sensacionalismo. Pero apuestan por no montarse una historia muy compleja, tirando por lo básico. Du Pont se siente solo y no realizado a pesar de su posición económica, y la relación con Mark es casi de adopción. La dinámica entre ambos pasa por varias fases, hasta que los celos, profesionales y sentimentales, llevan a un desenlace trágico (puedes leer la Wikipedia si no pretendes ver la película).

La aventura es bastante sencilla y predecible, pero contando con un personaje fuerte y un par de secundarios interesantes no era difícil conseguir un entretenimiento aceptable… Sin embargo, la película desaprovecha el potencial latente y termina aburriendo más de la cuenta. Por una vez debo reprocharle a un guion del género que debería haber apostado un poco más por la carga sentimental y el drama latente, porque pasa de puntillas por muchas cosas, sin mojarse del todo, sin dar relevancia suficiente a los eventos como para que causen impacto en el espectador, sin exprimir personajes con buenas posibilidades. Pero es la puesta en escena el problema más claro. El tempo narrativo es demasiado lento y apático, formando un relato frío, distante y aburrido. Con una dirección que supiera ensalzar los puntos clave y otorgar un ritmo vibrante hubiera resultado mucho más emocionante, pero además de la poco entusiasta labor de Bennett Miller (Moneyball) tenemos una fotografía rutinaria y una música muy floja. Eso no impide que haya tenido nominaciones a los Oscar a mejor guion y mejor dirección, se ve que en la Academia han perdido el juicio por completo definitivamente.

Y con los actores estamos ante el mismo absurdo panorama. Han nominado a Steve Carrel supongo que por su transformación física (anda como un pato y lleva bastante maquillaje) y a Mark Ruffalo no tengo ni idea de por qué (quizá también por andar raro), pero realmente ninguno de los dos muestra un registro interpretativo de gran calado. Y mientras, el que sí está muy convincente es dejado de lado: Channing Tatum usa los detalles físicos (otro que anda extraño, oye) como un complemento en una transformación completa: la mirada, los gestos, las emociones contenidas… se palpa qué siente y cuánto sufre, incluso a pesar de que el guion no profundiza demasiado en su psique. El único reconocimiento que merecía la película es el único que no recibe.

El francotirador


American Sniper, 2014, EE.UU.
Género: Drama, bélico.
Duración: 132 min.
Dirección: Clint Eastwood.
Guion: Jason Hall, Chris Kyle (novela).
Actores: Bradley Cooper, Sienna Miller, Mido Hamada, Sam Jaeger.

Valoración:
Lo mejor: Bastante entretenida. Correcta en todos sus elementos…
Lo peor: …pero de forma muy justita, dejando un conjunto nada vistoso por fuera y rutinario y predecible por dentro. El horrible doblaje (atención a uno de los traductores). Y como siempre, lo que sobrevaloran estas cintas las nominaciones a los Oscar.
El detalle: Espantoso el muñeco que representa al bebé.

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El personaje en que se basa es muy controvertido, y la visión simple y arquetípica de él que construyen el guionista Jason Hall y el director Clint Eastwdood omite toda polémica. Se habla de que se inventó la mitad de lo que afirmaba, de que estaba realmente como una cabra, no tuvo una curación final feliz como aquí se señala, y su muerte (a manos de otro veterano loco) está llena de interrogantes pero aquí se esquivan con todo descaro en un final que no sabían por dónde coger, así que lo dejan en el aire, señalándolo brevemente a través de texto en pantalla.

Para acercarnos a la mente del personaje tiran de clichés, dando la sensación de que no se esfuerzan por aportar un mínimo de complejidad y frescura. Que sí, que los soldados se casan y los matrimonios sufren por la distancia y las secuelas de la guerra. Lo sabemos de sobras, lo hemos visto mil veces. Por ejemplo, es clavadita a En tierra hostil. ¿No hay forma de ser más sutil con esas bases, de mostrarlo con menos estereotipos y más naturalidad? Tampoco la trayectoria psicológica es destacable. Se alista con entusiasmo, tiene valor y cualidades que le hacen ascender y ganarse respeto en su trabajo. Allí sufre la presión de la guerra, y las heridas se notan sobre todo en los viajes a casa. Tensión, estrés, violencia, mente en otra parte, dependencia de la adrenalina de la guerra y el deber patriótico… Todo funciona, pero no deslumbra, pues sigue un sendero muy trillado y no se logra un personaje que cause impresión, que deje huella. Con todo, dista de ser malo y sustenta bastante bien un relato que tampoco es brillante. La interpretación de Bradley Cooper es muy convincente, aunque no tan lograda como sus trabajos previos (El lado bueno de las cosas, La gran estafa americana).

En cuanto a la aventura, al entorno donde se sumerge el protagonista, no hay mucho que destacar. Para empezar, no hay personajes secundarios de nivel. La esposa es un cliché de cartón y… para de contar. El resto no tienen presencia ni definición suficiente como para pasar de figurantes. Esto es habitual en el cine contemporáneo, pero que venga de un autor clásico como Clint Eastwood decepciona. De esta forma me da igual quién muere, no sé quién es, con lo que el drama humano del conflicto queda muy deslavazado. La trama se limita a enlazar anécdotas, algunas intrascendentes, la mayoría poco sustanciosas. Prácticamente nos limitamos a avanzar por calles iraquíes sin quedar realmente claro qué están haciendo. Cuando por fin parece haber una misión llamativa (buscar un alto mando de Bin Laden), tampoco resulta digna de recordar ni parece haber aportado algo esencial al personaje, simplemente parece un relleno más trabajado para dar peso al tramo central. Las escenas de acción no dan la talla, ni en lo emocional ni en el sentido del espectáculo. Casi parece que lo sabían, porque se buscan un enemigo más tangible con el que tratar de levantar algo de expectación por la odisea del francotirador: le ponen un contrincante de su talla. Otro cliché manido, por ejemplo recuerda demasiado a Enemigo a las puertas.

En lo visual estamos en las mismas: la puesta en escena es profesional pero no deslumbra lo más mínimo. Es comparar con Black Hawk derribado, y palidece. En ella (aparte de personajes numerosos y de cierta calidad) el espectáculo era glorioso y no se olvidaba de ser inteligible: en todo momento sabías dónde estaban los protagonistas y cuánto sufrían. Aquí nada causa impresión. Escenario muy visto, batallas simplonas y como indicaba con nula conexión emocional… y ello a pesar de que meten con calzador al protagonista en algunas: el tío se aburre, deja su puesto y prácticamente toma el mando de un pelotón, algo que no hay quien se lo crea. La escena en que diezman al grupo y el malo se carga un niño mientras el rival francotirador lo acosa es la única que causa algo de desazón. Pero el resto de momentos clave no tienen pegada. La batalla final en una azotea es insípida y la fuga demasiado inverosímil: llega la tormenta de arena justo a tiempo para cegar a los malos… pero los buenos ven de puta madre y no fallan ni una.

El francotirador termina siendo otro drama de superación muy básico y esquemático, de esos simplones y directos que gustan en Hollywood y que entran bien al público poco exigente. Pero aunque sus vicios son claros, no acusa negligencia ni tampoco se excede con el sentimentalismo, y todos sus elementos tienen la suficiente solidez como para dar un entretenimiento intrascendente más que digno. Desde luego no es una película de las de recordar entre las diez mejores del año, como se empeñan en vendernos la Academia de los Oscar. Por cierto, es con diferencia la película más taquillera de la carrera de Clint Eastwood. Se ha sumado un poco de todo: tema ya no tabú que resulta atractivo, sobre todo gracias al empujón de éxitos recientes (En tierra hostil -más por crítica que por taquilla- y La noche más oscura); actor de moda; la polémica subyacente le ha dado mucha visibilidad; las nominaciones.

A día de hoy, sigo pensando que el mejor acercamiento a la guerra de Iraq fue la excelente pero cancelada serie Over There, que mezclaba muy bien lo bélico con los problemas en casa, sin tirar de clichés, con naturalidad y protagonistas de calidad.

Aparte del comentario de la película podemos entrar también en su polémica. No es lo que se dice propagandística, porque no muestra una versión idealizada de la guerra y el ejército (todo lo contrario, de hecho), pero sí resulta bastante patriotera. Sin embargo, pienso que no ensalza unos valores patriotas ni lanza un mensaje pro-Estados Unidos con descaro, sino que termina resultando así porque retrata una sociedad de esas características. Aun así, algún apunte de guion sí señala claramente el tono maniqueo y conservador que imprime Eastwood: los iraquíes son convertidos en El Mal, así sin más, deshumanizando por completo un pueblo y una cultura, poniéndolos a todos en el mismo saco de terroristas sin alma. Así, resulta vergonzoso ver cómo se justifica el asesinato de niños que no hacen otra cosa sino defender lo poco que les queda ante el avance del invasor. Pero repito que más que a la película hay que criticar a los propios Estados Unidos: ellos crean sus enemigos, ellos inventan guerras, ellos invaden países bajo pretextos enormemente discutibles, ellos alaban a esos “héroes” que matan a gente que hace lo que puede por sobrevivir ante quienes los están sacando a la fuerza de sus hogares; la cinta sólo muestra lo que hay. Los títulos de crédito exponen muy bien esta cultura belicista: el ostentoso funeral, con carreteras llenas de gente llorando al héroe caído, da ganas de vomitar, porque este soldado es realmente un terrorista más: igual que un talibán, deja su vida tras sufrir el shock de ver a los suyos morir por un ataque de odio, y se embarca en una odisea de odio y muerte igual de ciega.