El Criticón

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Salvar al soldado Ryan


Saving Private Ryan, 1998, EE.UU.
Género: Bélico, drama.
Duración: 169 min.
Dirección: Steven Spielberg.
Guion: Robert Rodat.
Actores: Tom Hanks, Tom Sizemore, Edward Burns, Barry Pepper, Adam Goldberg, Vin Diesel, Giovanni Ribisi, Jeremy Davies, Matt Damon, Paul Giamattie, Ted Danson, Joerg Stadler.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: Fotografía, sonido, montaje, decorados, vestuario y dirección dan pie a una obra bélica asombrosa, tan descarnada como apasionante.
Lo peor: El guion es bastante endeble, el subrayado del drama con recursos narrativos simplones es exasperante y limita su potencial, aunque desde luego ayudó a venderla al gran público. Esta popularidad también implica que se sobrevalora demasiado.
Mejores momentos: El desembarco, el dilema de si ejecutar un prisionero.
La confusión: Hay que aclarar una confusión común dado el parecido de los actores: en la batalla final, el soldado aleman que apuñala a un protagonista y deja indemne al asustado novato no es el mismo soldado cuya vida defendió aquel cuando sus compañeros querían ejecutarlo en una escaramuza anterior; pero este sí reaparece pegando tiros en las últimas escenas en el puente. También es lioso que al poco de presentar al capitán enfocan directamente a sus ojos justo como un rato antes hicieron con el anciano que visita el cementario en el futuro… es decir, parecen decir que son la misma persona, pero al final el anciano resulta ser el soldado Ryan.

* * * * * * * * *

LA GUERRA EN TUS CARNES

El cine bélico más duro, el de corte histórico o simplemente más serio que otras aventuras sencillas ambientadas en épocas de guerra, no es un nicho tan exclusivo como otros (por ejemplo, la ciencia-ficción intelectual), pero aun así su público potencial se ve limitado bastante al sector adulto más cinéfilo y a aficionados a la Historia. Además, en los años noventa no había muchas cintas de este estilo, quizá porque, como con el western, hubo muchas y muy notorias en su momento y se considerada pasado de moda, por lo que invertir tanto esfuerzo y dinero como necesitan estas obras se veía como una temeridad. Pero eso también implica que quien se propone abordar de nuevo el género es porque tiene muchas ganas y las ideas claras.

En 1998 llegaron dos obras ambientadas en la segunda guerra mundial que conmocionaron a medio mundo, cada una por razones prácticamente opuestas. La delgada línea roja de Terrence Malick, aparte de estar ambientada en el Pacífico, ofrece una perspectiva filosófica e intimista, centrada en las emociones y reflexiones de los soldados durante una difícil batalla. Salvar al soldado Ryan de Steven Spielberg, partiendo del desembarco de Nombardía propone en un drama más sencillo pero con una espectacular descripción de la violencia de la guerra.

La introducción que muestra el desembarco dejó en shock a millones espectadores, incluso a muchos directores y otros artistas del gremio, que fliparon con el logro, y a veteranos de la guerra e historiadores, que vieron imágenes muy cercanas a la realidad. La representación de un ejemplo (además uno de los más famosos) de lo que sería un escenario bélico frenético y sangriento no se había realizado nunca antes con semejante verosimilitud y visceralidad, y el despliegue técnico orquestado para rodarlo fue asombroso.

La visión y determinación de Spielberg y su implicado equipo permitieron que este insólito reto llegara a buen puerto. La agitada cámara en mano, de apariencia anárquica pero que en realidad no descuida la narrativa, pues te deja seguir la acción con claridad y además es capaz saltar de un encuadre deslumbrante a otro, te sumerge de lleno en la acción, te hace correr, agacharte, sufrir y asustarte como a los anónimos soldados. En la fotografía del gran Janusz Kaminski, el color apagado, recordando a las imágenes de la guerra que vemos los que no estuvimos en ella, fomenta aún más la sensación de estar en esa época, pero también contribuye a generar un entorno opresivo, sin belleza ni casi vida. El trabajo de ambientación en vestuario, explosiones y amputaciones es muy certero. Y el increíble sonido te envuelve por completo, agobiándote, haciendo que sientas en el pecho cada explosión, en la carne cada impacto de bala (se acabaron los chiuuu cutres, esto es la realidad); sin duda estamos ante uno de los mejores trabajos de efectos sonoros de la historia del cine.

DOS VISIONES ENFRENTADAS

Pero un abrupto cambio de lugar y tono te saca de golpe de la abrumadora inmersión, rompe el hechizo, y te lleva al otro lado del espectro narrativo y emocional. Spielberg y el guionista Robert Rodat se empeñaron en unir dos estilos diametralmente opuestos, y la mezcla estuvo lejos de resultar homogénea. De la contundencia sobrecogedora, de la verosimilitud sin concesiones que te sumerge en la carnicería y el sinsentido de la guerra, pasamos a un drama de construcción demasiado rígida y dirigida, autoimpuesta por el convencimiento de que sólo se puede llenar salas de cine hay con una fórmula melodramática muy básica y estudiada, es decir, complaciente y llena de recursos simplones y muy sobados.

Ya el breve prólogo con el anciano visitando el cementerio parecía demasiado innecesario y endulzado, pero la escena de las cartas resulta vomitiva. Los tonos naranja cálidos para marcar el contraste con las trincheras son demasiado evidentes, las caras de congoja de secretarias y generales demasiado sobreactuadas, los discursos pretendidamente conmovedores casi rastreros, porque la historia de los hermanos de la carta de Lincoln se sabe que es falsa desde hace siglos, había desertores y prisioneros, no murieron todos heroicamente, y tratar de seguir la farsa a estas alturas es ridículo y ofensivo. Y la premisa que se presenta como hilo conductor es débil y poco atractiva: salvar a un pringado para que su mamaíta deje de sufrir.

En resumen, de una visión neutra del conflicto bélico pasamos a un drama de telefilme. Hubiera sido más lógico que siguieran centrándose en la descripción de la guerra y dejar otros dramones paralelos para otra historia que pueda tratarlos con más detenimiento y tacto. La misión podría haber sido simplemente ir al pueblo a defender el puente, como fue el objetivo real del pelotón en que se inspira, y como finalmente acaba ocurriendo después de tanto marearnos con el culebrón de Ryan.

GRAN ESPECTÁCULO, MELODRAMA BÁSICO

Durante el viaje tenemos una correcta variedad de escenarios de compañerismo y guerra, con una combinación de drama, intriga y acción lo suficientemente efectiva como para mantener el interés bastante alto. El periplo por campos y pueblos muestra distintas situaciones del conflicto sin que parezcan malamente justificadas, hay momentos bastante inspirados, como el póquer de fichas identificadoras de muertos, y la relación entre soldados, los miedos y disputas, tienen un buen momento álgido con el asalto a un nido de ametralladoras y el dilema de si ejecutar a un prisionero alemán. Sumando la virtuosa puesta en escena, con infinidad de planos magníficos y en general un ritmo impecable que mantiene bastante bien el ambiente bélico opresivo y realista, la aventura es muy entretenida.

Pero nunca llega a librarse de esa dualidad. La narrativa de ganchos sentimentales fáciles se extiende a la odisea del pelotón que busca al soldado, y aunque por suerte no caemos en la manipulación burda de las escenas en el futuro, sí mantiene ese tono dramático tan básico. Así pues, tenemos una decepcionante simpleza en el tratamiento de una historia que apuntaba a un tono más serio. En La lista de Schindler (1993), por comparar con una de Spielberg cercana en género e intenciones, los personajes eran complejos e iban cambiando con los hechos, aquí los estereotipos no dejan respirar a un grupo con un potencial mayor. Tienen lo suficiente para que cada uno sea identificable y agradable y te intereses por sus desventuras, pero sus descripciones se basan demasiado en un tic o característica que cada uno repite en cada aparición sin llegar a desarrollar una personalidad compleja ni una evolución que logren aportar algo más de atractivo y trascendencia.

Los únicos que ofrecen un poco de movimiento resultan desde luego interesantes, pero ofrecen historias muy tontorronas: el chulito pasota y el novato inocente tendrán su momento de maduración y redención más previsible y conveniente que cabía esperar, y por supuesto, estos llegan de golpe, no hay una transición bien trabajada, y el capitán pasa de frío y distante a algo más cercano también justo cuando se esperaba. Lo alucinante es que al capitán le ponen encima un problema físico que va y viene según quieran dar pena o suspense, cuando precisamente tenían en bandeja un buen arco dramático que parece que les da miedo abordar: la capacidad de mando en una misión de dudosa utilidad y ética solo queda en entredicho en una escena, y no deja secuelas.

De esta forma, cuando muere alguno, muere “el judío”, o “el francotirador”, y por mucho que su final se realce con otros tantos clichés (heroicidades maniqueas, cámaras lentas, etc.), no sientes la pérdida, no son personajes capaces de dejar un vacío. Ni siquiera el porvenir del capitán me inquieta, de hecho, con tanto forzar el drama, su caída acaba siendo empalagosa.

Y para colmo, después de tanto enredo, el soldado Ryan resulta ser un macguffin de baratillo, la excusa para mover la trama, y no se lo trabajan lo más mínimo. Parece que la muerte de sus hermanos le importa bien poco. Cuando sí se requería enfatizar la tragedia para intentar que el encuentro fuera más convincente, los autores no parecen esforzarse, como si quieran despachar el personaje-excusa y centrarse de nuevo en la acción. Aunque sea muy previsible, su decisión de no irse a casa y quedarse a luchar con sus compañeros parece encauzar la cosa… pero al final no llega a hacer nada, no participa activamente, no tiene ninguna escena que justifique y dignifique su presencia.

Sin embargo, esto no pareció molestar al público, y eso que una carambola inesperada generó expectación sobre su aparición. Eligieron al desconocido Matt Damon para potenciar que el soldado a rescatar no motivara una impresión previa en ningún sentido, pero inesperadamente arrasó justo antes con El indomable Will Hunting, que escribió y protagonizó acaparando muchos premios, así que se creó el efecto contrario, se generó mucho interés por su papel.

Con personajes tan simplones y un arco dramático tan limitado, gran parte de su potencial carisma reposaba sobre los hombros de los actores, y sin bien no tenemos un reparto brillante, todos cumplen adecuadamente, empezando por Tom Hanks en un papel contenido, de expresar con miraras y silencios, muy correcto. Cabe destacar que la película sirvió de presentación de varios actores jóvenes: Vin Diesel como el grandote simpático, Giovanni Ribisi como el enfermero preocupado, Jeremy Davis como el novato inocente, Nathan Fillion como el que confunden con Ryan… Y también relanzó o dio más categoría a algunos veteranos: Ted Danson demostró ser algo más que un comediante con su breve aparición, Tom Sizemore tuvo la oportunidad de ser algo más que el típico secundario del cine de acción… aunque por desgracia, sus líos con las drogas volvieron a frenar su carrera. También pienso que debería haber asentado mejor la trayectoria de Edward Burns, el soldado respondón, quien es capaz de dotar de vida a un rol muy trillado, pero parece que no supo aprovecharlo.

Por otro lado, la banda sonora del gran John Williams fue muy justita, y más conociendo sus capacidades. El tono de corte patriótico es bastante empalagoso, con un tema principal muy cargante, y los motivos de acción y suspense están poco inspirados y se ven lastrados por esa fórmula tan subrayada y repetitiva. La cinta funciona mejor cuando Spielberg prescinde de la música y deja que los sonidos de la guerra te arropen y zarandeen.

EL DÉBIL EQUILIBRIO SE VA VINIENDO ABAJO

Es difícil acabar un relato de este tipo, donde el argumento es el viaje y la experiencia y no hay una trama elaborada. Y los autores no atinan del todo, la batalla final se resiente bastante. Primero, pesa aquello de que ahora resulta que Ryan no importa, la misión es proteger el puente, de forma que este último acto parece un anexo improvisado para alargar la película y forzar el clímax heroico-lacrimógeno. Lo dicho: esta misión tendría que haber sido el objetivo, no la chorrada del soldadito. Segundo, la mezcla de estilos se desequilibra demasiado. En lugar de ser conscientes de que una vez expuesta la situación esta resulta muy predecible (el típico sacrificio en una misión suicida recuerda demasiado a cintas como Doce del patíbuloRobert Aldrich, 1967-) e intenten disimularlo yendo al grano y explotando el lado épico, se empeñan en reforzar el melodrama, en abusar de esos recursos obvios.

La crudeza de las escenas bélicas de nuevo realza el conjunto muy por encima de lo que las fallidas intenciones y el flojo guion llegan a alcanzar. El escenario, con el magnífico decorado del pueblo, se aprovecha en imágenes espectaculares, la tensión es palpable, la acción trepidante y por momentos agobiante. Pero poco a poco empieza a pesar su excesiva longitud, sobre todo conforme va dejando de lado la descripción puramente bélica de la batalla para centrarse en la tragedia tan artificial de los protagonistas. Como decía, mueren de típicas formas melodramáticas sin llegar a conmover lo más mínimo, pero además dejan algunos momentos de vergüenza ajena, como el capitán con la pistola disparando al tanque y este explotando de repente… porque han llegado refuerzos. ¿En serio pretendes que funcione este cliché a medio camino de la heroicidad cutre y el chiste estúpido en un clímax pretendidamente serio?

Y si el desenlace iba perdiendo fuelle, el epílogo con el viejo lacrimógeno, el cementario y las banderas termina de romper la conexión, llevándote de nuevo a pensar que hay dos visiones prácticamente opuestas muy mal combinadas. Por lo general no queda claro si querían hacer una representación fiel de la sinrazón y la crueldad de la guerra o si buscaban un drama simplón y patriótico, pero este final tan obvio y remarcado te deja con la visión maniquea y patriótica de la realidad que tienen en los Estados Unidos: las guerras son duras, pero tranquilos, que nosotros nos encargamos de salvar al mundo con nuestra superioridad moral, militar, humana… ¡y pobrecitos que somos, mira lo que sufrimos por esa carga!

PERO COLÓ BIEN COLADO

Salvar al soldado Ryan un espectáculo de primera, no por duro y espeluznante menos gratificante, que envejece bien y se puede ver una y otra vez… si esos momentos melodramáticos y la constante sensación de simplificación en el tratamiento de una historia y unos personajes con mayor potencial no te estropean la experiencia. Sin embargo, ese desequilibrio sí es suficiente colocar al conjunto bastante lejos de esa categoría de obra maestra que se empeñan muchos en darle.

Como suele ocurrir, el éxito popular implica también la adulación y sobrevaloración poco objetiva. El que poco sabe de cine se suma a modas y valora sin tener en cuenta hitos ya superados, cintas del estilo superiores pero que no va a ver porque son antiguas o no se mencionan por su zona de confort. Y si bien la dirección de Spielberg, la fotografía de Kaminski, el montaje y el sonido merecían premios en cantidad, pese a quien le pese, pues en su momento fueron incluso atacadas para realzar esta, Shakespeare enamorado (John Madden), El show de Truman (Peter Weir), Lock & Stock (Guy Ritchie), American History X (Tony Kaye), Bichos (John Lasseter, Andrew Stanton) y sobre todo La delgada línea roja (Terrence Malick) fueron y son mejores películas.

De hecho, con La delgada línea roja la diferencia es brutal. Los protagonistas están magistralmente descritos, entras de lleno en la mente de cada uno, sientes sus temores y esperanzas con gran intensidad. Se logra una inmersión en la guerra y un drama humano bastante superior sin recurrir a tantas florituras técnicas, más allá de la increíble fuerza dramática de la banda sonora de Hans Zimmer. Pero también cabe citar otras muchas aventuras de grupos, sean bélicas o de otros ámbitos, que desarrollan mucho mejor los personajes y la trama: Un puente lejano (Richard Attenborough, 1977), Los violentos de Kelly (Brian G. Hutton, 1970), Los siete samuráis (Akira Kurosawa, 1954) y Los siete magníficos (John Sturges, 1960), Grupo salvaje (Sam Peckinpah, 1969)… Y sin irnos tan lejos, poco después Ridley Scott nos trajo la impecable e impresionante Black Hawk derribado (2001), pero inesperadamente no causó el impacto que merecía. Tampoco puedo dejar de recomendar El último superviviente (Peter Berg, 2013), otra aproximación realista rodada con maestría que tampoco tuvo la repercusión que debería.

Sin embargo, no quiero restarle méritos, sino simplemente traer un poco de cordura y poner las cosas en su sitio. Aparte de ser un gran espectáculo y una aventura muy amena, el logro técnico es inconmensurable y marcó una época. Con 70 millones de dólares de presupuesto muy bien usados logró 480 de recaudación, solo superada ese año por Armaggedon (Michael Bay). En el género fue la más taquillera durante años, hasta las recientes El francotirador (Clint Eastwood, 2014) y Dunkerque (Christopher Nolan, 2017). Y la influencia que ha dejado es indudable y notoria. La cámara en mano como recurso para introducirte en la acción como si estuvieras ahí es algo que desde entonces se ha usado mucho, y pocas veces bien. Multitud de películas imitan sin disimulo su estructura (aunque no fuera nada original, la volvió a popularizar), como Corazones de acero (David Ayer, 2014), con la visión combinada de un joven inexperto y un veterano curtido, las escenas sangrientas mezcladas con dramones básicos, y el final de sacrificio. Y no sé yo si asentó también la idea de empezar con un prólogo de acción de altos vuelos para engancharte. Además, antes de que su influencia saltara a otros ámbitos, el propio Spielberg lo alentó, ideando y produciendo el videojuego Medal of Honor (1999) y la miniserie Hermanos de sangre (2001). Ambas obras fueron de las más revolucionarias e influyentes en sus campos.

Minority Report


Minority Report, 2002, EE.UU.
Género: Acción, suspense, ciencia-ficción.
Duración: 145 min.
Dirección: Steven Spielberg.
Guion: Scott Frank, Philip K. Dick (relato).
Actores: Tom Cruise, Colin Farrell, Samantha Morton, Max von Sydow, Tim Blake Nelson, Kathryn Morris, Peter Stormare, Steve Harris, Neal McDonough, Patrick Kilpatrick, Meredith Monroe.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: Muy entretenida. Buen misterio, con giros sorprendentes. Buen ritmo, con escenas espectaculares. Correctos pesonajes y certero reparto.
Lo peor: En el fondo es un thriller muy básico, lo que se hace evidente en el flojo desenlace y los fallidos villanos.
Mejores momentos: La introducción de los precogs, la policía voladora, las arañas, la huída con Agatha.

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Como ocurre muchas veces, el proyecto dio vueltas durante años y sufrió muchos cambios hasta que logró ver la luz. El productor y guionista Gary Goldman se hizo en 1992 con los derechos del relato El informe de la minoría de Philip K. Dick (1956). Trabajó con otros escritores en una dirección bastante sorprendente: iba a ser una secuela de Desafío total (Paul Verhoeven, 1990), que también se inspiró en Dick, con Arnold Schwarzenegger repitiendo protagonismo, la acción trasladada a Marte, y los precogs siendo los mutantes que allí habitaban. Estuvo a punto de dirigirla Jan de Bont (Speed -1994-, Twister -1996-) a finales de la década. Pero finalmente cayó en manos de Tom Cruise y Steven Spielberg, y la versión de estos escrita por Scott Frank, quien venía de pegar fuerte con Un romance muy peligroso (1998, dirigida por Steve Soderbergh), fue la que tuvimos.

La ciencia-ficción seria es un género arriesgado, porque cuesta más dinero cuanto más ambiciones, de hecho, Spielberg y Cruise tuvieron que recortar sus salarios (a cambio de un pico de la taquilla, eso sí), y también es difícil de vender al gran público si ofreces una historia muy compleja. Pero encontraron un buen término medio, combinando el thriller de acción comercial con una visión del futuro sugerente pero no demasiado complicada, y fue un éxito de taquilla y tuvo buenas críticas. Un año antes, Spielberg causó menos impacto con una obra más pretenciosa y muy publicitada, A.I., Inteligencia Artificial, pero se marcó un buen 2002 con la presente y otro thriller muy llamativo, Atrápame si puedes.

El tirón de Cruise y la marca Spielberg desde luego ayudaron mucho, pero su buen hacer también queda patente. Cruise mantiene su carisma nato y lo cierto es que se esfuerza y convence lo suficiente en un personaje, John Anderton, sencillo pero efectivo. Como en un buen título de cine negro, no tenemos un héroe impoluto e inquebrantable arquetípico, sino que estamos ante un policía bastante capaz pero con traumas serios y que se ve superado por un complot inesperado, de forma que cada paso que da es una lucha constante contra sus problemas personales y los que le caen encima. Cabe destacar que en algunas situaciones sale adelante por ayuda de otros, consiguiendo así giros bastante imprevisibles: un médico que perdió la licencia cuando lo detuvo y la ex esposa que no quería saber nada de él lo salvan en momentos cruciales. Y las dudas de cuánto margen le darán sus colegas del cuerpo generan buenos momentos de incertidumbre.

El misterio central es muy atractivo. Ya resultaba fascinante la premisa de los precogs, esos humanos, mutantes esclavizados, capaces de predecir crímenes capitales, pero la sorpresa de que el propio protagonista aparezca matando a alguien que ni conoce te deja anonadado. El destino incierto se torna inquietante cuando sale por los pelos una y otra vez de cada persecución y huída. Las secuencias con los policías voladores, las arañas y la carrera con Agatha son espectaculares. El esperado encuentro con ese tipo enigmático ofrece un subidón de aupa después de las ya de por sí frenéticas aventuras, y para rematar, te lanza otra gran sorpresa a la cara: era todo parte de la intriga y todavía quedan cosas por resolver.

Spielberg imprime un buen ritmo, sacando gran partido de los momentos cumbre de acción y tensión, y como es habitual nos deleita con algunos planos estupendos. Rodar la pelea con policías voladores tuvo que ser un quebradero de cabeza enorme, pero el resultado es impresionante. La de las arañas parece prescindible en el fondo, pero con los travellings por encima del escenario mostrando todo lo que ocurre se marca un vacile muy efectivo.

El reparto de secundarios está muy bien elegido. Max von Sydow (recientemente fallecido), Colin Farrell y Neal McDonough son valores seguros, la por entonces desconocida Samantha Morton dejó buena impresión ese año con esta cinta y la hermosa En américa (Jim Sheridan), y atención a la surrealista aparición de Peter Stormare. Quien no estuvo tan atinado fue el gran John Williams. Quizá porque trabajó con muchas prisas por problemas de agenda, ofrece un tema central interesante pero del que abusa demasiado, siendo incapaz de aportar el toque de suspense necesario.

Pero esas virtudes, destacando los giros sorprendentes y las partes tan bien trabajadas, se echan en falta en otros instantes clave, y una vez resuelto el caso miras atrás y empiezas a notar bastantes agujeros. Siempre me pasa lo mismo cuando la veo. Las dos horas y veinte que dura se pasan volando, termino con las buenas impresiones de haber disfrutado de un grato espectáculo… pero reposándola empiezan a salir a la luz carencias importantes, y termina pesando la sensación de que desaprovecharon un potencial mucho mayor.

Quizá con un final más elaborado que nos hubiera dejado absortos no te haría replantearte cosas, pero el desenlace supone un bajón que te hace pensar qué ha podido fallar, y la cadena de errores te lleva hacia atrás. Después de ponerte ante un futuro muy sugerente y tener el momento álgido de si el crimen vaticinado se cumple o no, el tramo final tira por clichés muy sobados de los thriller, con el traidor desenmascarado en unas situaciones muy predecibles.

Spielberg es un narrador bastante inspirado por lo general, pero en ocasiones se empeña en remarcar demasiado algunas cosas, a veces acertando de lleno (E.T. tiene escenas dramáticas un tanto forzadas, pero sin duda llegan hondo) y otras resultando demasiado manipulador (Salvar al soldado Ryan es toda ella un melodrama insoportable, y sus últimos trabajos demasiado pretenciosos). En este caso el efecto es contraproducente, porque realza las debilidades del guion de Scott Frank. En vez de mantener neutralidad con los personajes, de forma que sea más difícil intuir quién será el traidor y que una vez aparecido entre los pocos candidatos no parezca facilón, Spielberg y Frank intentan engañarnos. El rol de Colin Farrell, Witwer, entra en acción siendo un falso villano con el que distraerte, mientras que el director del proyecto Precrimen (Sydow) es un vejete entrañable. Y patinan bastante con ello, Witwer resula un trepa chulesco muy pasado de rosca, masticando el chicle con la boca abierta y todo, para que luego, cuando acaba la farsa, intenten de repente ponerlo de competente, serio y amigable, de forma que sintamos pena por su destino… Pero más bien resulta mosqueanto el ardid y su cutre final, porque si era tan capaz, cómo resulta a la vez tan idiota como para reunirse con el superior contra el que estaba trabajando y contarle todo lo que sabe, justo además cuando se presenta como el sospechoso más obvio.

Pero hay muchos más agujeros y deslices. El principal es que ni tan siquiera intentan tapar la paradoja tan importante que da pie a la trama y que requería una explicación para que la película no parezca al final una farsa o cagada bastante grande. Los precogs perciben la planificación de un crimen o la inmediatez de uno si es pasional… pero el asesinato que “cometerá” el protagonista se pone en marcha únicamente por la visión de estos, es decir, los precogs se lo imaginan por arte de magia, pues no había crimen en marcha, de forma que si no es por ellos el personaje no hubiera entrado en ese juego, no hubiera conocido al tipo al que podría asesinar. Los autores se habrían ahorrado este bucle absurdo haciendo que entrara en contacto con el individuo de otra forma, con una pista casual o un chivatazo de un posible sospechoso en la zona, o que el director interfiriera en la visión para lanzar la conspiración. En el relato de Dick se resuelve con ingenio y lógica: la primera visión condicionaría a Anderton en sus siguientes acciones (al ver el furuto él tiene la opción de elegir), así que las dos siguientes son versiones de lo que haría una vez sabido, pero al ser dos de ellas bastante parecidas a simple vista se genera el informe de la mayoría que lo pone como sospechoso.

Siguiendo la comparativa con el original, el complot es más algo más complejo, un golpe de estado militar, aunque en el fondo es lo mismo, un viejo aferrándose al cargo, y la esposa no es una mujer florero, sino una agente más que además pone en duda su lealtad. Eso sí, dicho relato me parece bastante flojo y también desaprovecha mucho el potencial que guardaba.

Otro aspecto decepcionante es que no se resuelva la desaparición del hijo del protagonista. Tan crucial como parecía en su historia y en la propia intriga, al final se destapa como un cliché melodramático para forzar el final feliz, la reconciciliación con la esposa; si la historia es sobre el complot, no me cueles cursiladas innecesarias. Y hay otros momentos que rechinan bastante. La pelea en la fábrica de coches es demasiado rebuscada y descabellada. Podían habernos dado alguna indicación de adónde quiere ir Anderton cuando se ve obligado a huir, porque se tira un buen tramo de la cinta corriendo para aparecer en la casa de la creadora de los precogs, de la que nada sabíamos y quien le da pistas clave sin que tenga que hacer un trabajo de investigación real, algo que se echa de menos; aunque eso sí, la mujer le da información después de marear la perdiz con diálogos más enredados de la cuenta, hasta el punto de parecer la oráculo de Matrix (hermanas Wachowski, 1999); y esto te lleva a preguntarte que si ella está tan preocupada por qué no ha hecho nada hasta ahora. Parece que falta una escena antes de encontrarse con el cirujano clandestino, cabe pensar que precisamente una donde el tipo sin ojos que le vendía droga los pone en contacto; quizá la eliminaron porque obviamente es predecible y ya había un metraje muy abultado, pero se nota un hueco, de estar sin saber qué hacer pasa a tener la solución en marcha, así que deberían haberla incluido. Pero lo más llamativo es una situación muy conveniente para agilizar las cosas: que a pesar de ser Anderton el fugitivo más buscado pueda volver a entrar en la comisaría con su ojo en la mano y no salten las alarmas ni hayan bloqueado su acceso no hay por dónde cogerlo.

Que dejen de lado el potencial que pone en bandeja el universo imaginado también le resta bastantes puntos. Los dilemas éticos subyacentes con el uso de los precogs, como el determinismo versus la capacidad de elección propia y el conflicto legal y ético con la falibilidad de las leyes y la severidad del castigo, no llegan a explorarse lo más mínimo. La mala imagen que da el caso tumba el proyecto, y aquí no ha pasado nada. Sólo deja una digna reflexión, la de que los ciudadanos estemos fichados en todo momento, sacrificando libertad e intimidad por comodidades (pagar el metro) y seguridad. Otros detalles en los que se pone bastante énfasis no funcionan en el lado argumental, son únicamente enredos visuales, como las autovías, o cosas muy vistas, como las realidades virtuales recreativas.

Por extensión, la recreación del futuro planteado es bastante impresionante en las escenas cumbre, pero siento que se queda corta en otros muchos momentos. Casi todos los escenarios son en sitios muy cerrados, incluso cuando estamos en una calle o parque se empeñan en enfocar un entorno mínimo y el horizonte queda como un fondo indeterminado por los filtros al color. El director de fotografía Janusz Kamiński trató el negativo en exceso, quedando un tono muy saturado y brillante con el que Spielberg estuvo de acuerdo. No fue un efecto que sorprendiera en su momento, si bien tampoco molestó, pero el paso de los años no le hace bien, parece una película más vieja de lo que es; y probablemente esto complique las cosas a la hora de hacer una remasterización. En resumen, no me parece que luzca como una superproducción de 100 millones de dólares (a principios de la década del 2000, hoy equivaldría a más de 150), sino como una de presupuesto medio, de 50 ó 60.

Con todos los pros y contras puestos en la balanza, Minority Report resulta una buena película, con elementos distintivos suficientes para estar por encima de la media y aguantar bien los revisionados, pero encuentro que el equilibrio al final no resulta tan efectivo como prometía, los autores sacrifican demasiado el tono de thriller de ciencia-ficción sólido y con calado por buscar una de acción comercial mediante tretas emocionales y argumentales básicas, de forma que le falta ese toque de grandeza como para poder dejar una huella imborrable.

Por comparar con otras del estilo, con mucho menos dinero y menos enredos visuales Días estraños (Kathryn Bigelow, 1995) te sumergue muchísimo mejor en el ambiente del futuro planteado y deja reflexiones muy potentes, pero no supieron venderla bien y acabó siendo una cinta de culto, conocida pocos pocos, y Desafío total mostró una inventiva sin igual en lo argumental tanto como en lo visual, teniendo gran éxito comercial y marcando un hito inolvidable en el cine.

Ready Player One


Ready Player One, 2018, EE.UU.
Género: Aventuras, ciencia-ficción.
Duración: 140 min.
Dirección: Steven Spielberg.
Guion: Zak Penn, Ernest Cline (también autor de la novela).
Actores: Tye Sheridan, Olivia Cooke, Ben Mendelsohn, Mark Rylance, T. J. Miller, Win Morisaki, Philip Zhao, Lena Waithe.
Música: Alan Silvestri.

Valoración:
Lo mejor: Alegrarte por reconocer alguna referencia a la cultura popular. La chica resulta simpática y la actriz Olivia Cooke competente. Ben Mendelsohn es capaz de deslumbrar incluso en una basura de personaje.
Lo peor: Historia muy vista y tontorrona, personajes planos tirando a cargantes (en especial el protagonista tan mal interpretado por Tye Sheridan), aburrida en lo visual a pesar del potencial.

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Es evidente que el Steven Spielberg de los años ochenta y principios de los noventa hace mucho que quedó atrás, que su talento no ha madurado y envejecido tan bien como desearíamos y se observa desgaste, falta de pasión o inspiración, y un giro conservador. Sus últimas obras que pueden considerarse realmente originales y vibrantes serían Atrápame si puedes y Minority Report (2002 ambas), el resto queda más bien en tierra de nadie o rozando la mediocridad. Cabe destacar el intento de revivir éxitos pasados con Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008), que sí bien a mí me pareció notable se llevó tal varapalo que frenó durante una década cualquier otro acercamiento a su mejor época y prefirió migrar hacia los clichés conservadores del lado más rancio del gremio, el modelo de cine de la academia de los Oscar, en busca de un reconocimiento que el público ya no le daba. Pero con Ready Player One inesperadamente vuelve a mirar atrás, y muchos de los que crecieron con Tiburón (1975), E.T. (1982), Indiana Jones (1981), Parque Jurásico (1993) y otras que no dirigió pero produjo con mucha implicación, como Los Gremlins (1984), Los Goonies (1985) y Regreso al futuro (1985), vieron revividas sus esperanzas de encontrar esa magia que nos llevó a lugares nunca vistos. Pero estos olvidan que el realizador no está en sus mejores momentos y nada apuntaba a remontada, y sobre todo que ya no somos niños y que en el cine está todo inventado y es muy difícil sorprender.

Menos mal que yo no he ido con esperanzas de ningún tipo. Sólo así no me he llevado las manos a la cabeza ante una cinta tan floja, tontorrona, desganada, muy propia de nuestros tiempos (estereotipos y artificios y nada más), que si no supiera que firma Spielberg hubiera achacado a cualquier don nadie trabajando por encargo sobre la enésima adaptación de novelas para adolescentes con la que el estudio de turno trata de sacar tajada con poco esfuerzo. Estamos ante otra aproximación al eterno viaje del héroe, en plan La guerra de las galaxias (1977), pero en su versión moderna y comercial en la onda de Harry Potter (2001) y decenas del estilo que la siguieron. Todos los tópicos de este tipo de aventuras están puestos en orden sin que parezca que intenten disimularlos. El dibujo de los personajes no podía ser más simplón, la historia es predecible hasta provocar rechazo y se apoya demasiado en enredos visuales sin alma que saturan bien pronto.

Tenemos al chico resuelto pero solitario, la chica madura y comprometida, los amigos de adorno y para cumplir cupos (la negra graciosa, el asiático -esta vez por partida doble- para vender en China y Japón), el genio reservado que sirve de guía y el villano que es malo porque sí. Un protagonista tan facilón tiene todas las de aburrir, pero con una interpretación tan sosa como la de Tye Sheridan resulta incluso cargante: no me importa nada su vida y lo que pueda pasarle. La compañera es mucho más simpática y Olivia Cooke una actriz más competente, de hecho es prácticamente lo único que salvo de la película, pero cabe preguntarse a qué viene esa gilipollez de la mancha en la cara. Parece que quieren ponerle encima un problema, pero una vez mencionado ya no se vuelve a tener en cuenta, ella es guapa y decicida como siempre, y parece que incluso la mancha se va aclarando, así que este recurso queda un tanto hipócrita. Y hablando de conflictos, los dos viven tragedias recientes (la de él de hace horas) que se supone dirigen sus vidas, pero no muestran dolor alguno. Aparte, él parece rondar los treinta años (aunque tiene veintiuno), y ella no está muy lejos tampoco, con lo que el romance de corte tan adolescente resulta un tanto ridículo.

Los otros miembros del grupo son tan intrascendentes que a dos días del visionado no recuerdo nada de lo que han hecho. ¿Dónde quedaron esos secundarios brillantes que había en casi cualquier película de los años ochenta, por qué ahora los reducen a chistes andantes y cuotas de corrección política, incluso en esta, que trata de rememorar aquella época? El villano que dirige una corporación todopoderosa de soldados de cartón no podía ser un estereotipo más manido, si no fuera por el colosal Ben Mendelson podría haber dado vergüenza ajena; la escena en que tienta sutilmente al protagonista es el único amago de llegar a tener un personaje sólido y verosímil, en el resto del metraje se queda en el psicópata de siempre, tan cabezón y estúpido que no te crees que pueda haber llegado tan lejos ni provoca miedo. Por último, el tipo sabio, el maestro que señala el camino a los jóvenes rebeldes, es anodino también, no se dibuja una figura atractiva cuyos secretos vayan redefiniendo lo que sabemos de él. Y Mark Rylance empieza a cansar. Parecía un gran descubrimiento cuando viró del teatro al cine (El puente de los espías, 2015) y la televisión (Wolf Hall, 2015), pero hace siempre el mismo papel de tipo serio y reservado, y aquí no funciona, no transmite la timidez y ansiedad necesarias, por no decir que disfrazarlo de joven provoca risa.

El citado viaje del héroe no podía estar más trillado, cumple todos los preceptos del género. Despertar, salida forzosa de su mundo, formación del grupo, confrontación contra el todopoderoso enemigo, maduración personal y cambio en la sociedad. Y por alguna razón, a pesar de que la historia es simple y evidente, se empeñan en sobre explicarla una y otra vez con voz en off. Falla principalmente el factor intriga, y no sólo porque resulte tan predecible que a los pocos minutos ya me la imaginé entera y desconecté. El chaval es una enciclopedia andante, así que cabe preguntarse cómo no resuelve las cosas antes… Supongo que lo hacen así para justificar que necesite el consabido empujón de la chica, pero el resultado es que no hay tensión por cómo saldrán las cosas, ni puedes implicarte pensando en posibles soluciones, pues desde el principio queda claro que se las sacarán de la manga cuando más convenga. Por no desarrollar, no se describe ni el escenario planteado adecuadamente. ¿El dinero del juego vale para el mundo real? Porque nadie parece trabajar, más allá de los que ficha la compañía, y tampoco se sabe cómo esta saca dinero con ellos.

No hay un solo atisbo de que sus realizadores traten de darle una vuelta de tuerca que disimule la falta de ambición e inteligencia del guion, y parece que Spielberg se lanzó al rodaje como esperando que el festín de referencias y efectos especiales le otorgaran al relato una personalidad llamativa, porque la falta de pasión que mostraba en sus últimas cintas se ve acrecentada aquí. Incluso en ellas, a pesar del tono conservador y maniqueo con que buscaba a toda costa un melodrama oscarizable, se veía profesionalidad, experiencia. En Ready Player One, cuando precisamente puede soltarse e imaginar cualquier cosa, le pasa como en Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio (2011), se deja llevar por el ordenador y pare una amalgama con los peores vicios del cine contemporáneo. Mucho movimiento de cámara y un montaje precipitado, todo aderezado con música aparatosa, efectos especiales y sonoros en cantidad, pero sin planificar y desarrollar secuencias que narren algo más tangible y logren transmitir emociones más allá del hastío creciente que tanto caos puede provocar. Sin duda es algo difícil ya de por sí con la pobre trama y los insulsos personajes, pero si algo se podía decir de Spielberg es que era un narrador muy emocional, capaz de conmover con un par de planos y buena música. Por ejemplo, en Minority Report había bastante acción, pero se esforzaba en elaborar escenarios originales que sorprendieran y en que el sufrimiento del protagonista resultara creíble, manteniendo así la expectación. Aquí son todo son tortas exageradas pero sin garra, y en el mundo real incluso bastante inverosímiles: los niños son capaces de tumbar a una abogada-asesina (literal) bien entrenada.

Con este panorama, sólo en tramos más tranquilos y en algunos homenajes puede lucirse Alan Silvestri, un compositor que apuntaba a dominar la música de cine de tú a tú con John Williams tras deslumbrar con partituras tan memorables como Regreso al futuro (1985), Depredador (1987) y Abyss (1989), pero por alguna razón no logró contratos que lo mantuvieran en primera línea. Para rematar, los efectos especiales son normalitos, no traen novedades ni nada que pueda causar el más mínimo impacto. En el juego virtual, cada lugar imaginario y cada batalla sólo llaman la atención por pillar qué referencia hay de fondo, y en el mundo real apenas vemos cuatro callejones, sólo la torre donde vive el protagonista es más elaborada, pero nada original.

Acabamos la larguísima proyección (he tenido que verla en tres intentos) con un bajón bien grave en la ruidosa pero inane batalla final y el desenlace anticlimático con el creador del juego, que lo único que deja es un simplón y demasiado subrayado mensaje de que debes salir al mundo real y no encerrarte en casa y en ti mismo… y ni eso, porque lo dejan a medias, de lo blanda y cobarde que es la cinta. La decepción por la falta de calado se agrava al pensar que el futuro que vemos daba para explorar muchos temas, pero aparte de las obviedades sobre el capitalismo extremo no se mojan con nada.

Por mucho Steven Spielberg que lleve en el cartel, Ready Player One es otro ejemplo de algunas las peores modas que inundan el cine actual, el intento de sacar tajada de adataciones prefabricadas de novelas juveniles exitosas, y la obsesión con vivir de réditos antiguos, de atraer al espectador con miradas al pasado en vez de buscar nuevas historias y poner cariño en ellas. Lo triste es que esta tontería se ha llevado buenas críticas y casi seiscientos millones de dólares de recaudación mundial, así que sigue diciendo a los estudios que este tipo de cine es rentable.

El mundo perdido: Parque Jurásico


The Lost World: Jurassic Park, 1997, EE.UU.
Género: Acción, aventuras.
Duración: 129 min.
Dirección: Steven Spielberg.
Guion: David Koepp, Michael Crichton (novela).
Actores: Jeff Goldblum, Julianne Moore, Pete Postlethwaite, Vince Vaughn, Vanessa Lee Chester, Peter Stormare, Richard Schiff.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: Entretiene, que ya es algo.
Lo peor: Le falta todo lo que hizo buena a la primera entrega: originalidad, tensión, asombro, personajes con los que conectar.
El idioma: En el doblaje para España, el castellano que hablan con los costarricenses se convierte en algún lenguaje que no consigo identificar (no parece portugués, lo habitual en estos casos).
La curiosidad: En la novela Chrichton tuvo que resucitar a Malcolm porque en la primera moría. “Los médicos lo salvaron”, vino a ser la excusa.
Mejores momentos: La cacería motorizada. El tiranosaurio causando estragos en la ciudad.

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El éxito de Parque Jurásico fue abrumador, por lo que la secuela era bastante inevitable. Tanto los fans como los productores prácticamente le exigieron a Michael Crichton la segunda novela, estos últimos supongo que pensando en ir sobre seguro partiendo de nuevo de una novela con el renombre del autor. En ese sentido cabía esperar que tomando Steven Spielberg las riendas del proyecto no podía salir algo malo, pero lo cierto es que El mundo perdido decepcionó bastante. Viendo el acabado da la impresión de que la rodó como obligado, quizá para que no fuera otro quien le pusiera las zarpas encima y ensuciara su legado, pues las imágenes manifiestan una gran falta de inspiración y pasión, hasta el punto de no parece una película suya. Tanto en el guion, encargado de nuevo a David Koepp, como en la dirección se observan serias carencias, la mayor parte fruto de un fallo clásico: basar las continuaciones en la máxima “más y más grande”. En ese proceso se pierde el elemento que hizo que la primera parte calara tan hondo (y la inspiración obvia de esta segunda, El mundo perdido -1912- de Arthur Conan Doyle, también): el factor sorpresa, el asombro que despertó un relato muy original donde exprimían la intriga muy bien y mejor aún aprovechaban el espectáculo que ponía en bandeja tan buena recreación de los dinosaurios.

La trama se queda en un simple ir andando mientras llegan ataques puntuales, esto es, la típica premisa de “gente muriendo en fila” sin más calado, los diálogos son ramplones, con un humor fallido (se paran en medio del caos a soltar chascarrillos), los personajes principales son anodinos y los secundarios lamentables en su mayoría y con muertes y situaciones cada cual más vergonzosa. En lo visual no termina de desplegar el espectáculo que se espera, o sea, al nivel del episodio anterior. Aferrándose al “más y más grande” encontramos infinidad de dinosaurios nuevos, pero parecen hechos con prisas, los animatronics apenas se mueven, lo digital se nota bastante en algunos planos, y la pantallas de fondo y los matte paintings cantan un montón (la jaula colgante y el precipicio donde cae la caravana). Es decir, inesperadamente no tenemos una mejora sino una pérdida de calidad en el acabado. Y lo más grave, la desgana de Spielberg se disimula un poco en las partes más intensas, pero aun así no encontramos el despliegue de recursos que ofreció en Parque Jurásico. La inspiración que nos regaló infinidad de planos geniales, la construcción metódica de la atmósfera y la ejecución pasmosa de las escenas de acción se cambian por falta de nervio y de imaginación.

El retorno a la isla se hace esperar, con varias escenas anidadas de cháchara y reencuentros con viejos personajes que no despiertan interés alguno. De hecho, pueden provocar frustración: los simpáticos chavales del primer capítulo aparecen para luego no ser protagonistas, sino que los sustituye una niña repelente, y Hammond tiene una escena tan monótona que no deja huella. La información dada en esta introducción es muy sencilla (hay otra isla, vamos a ir a estudiar a los dinosaurios antes de que los cacen gobiernos o mercenarios) pero se reincide en ella minutos y más minutos sin crear la atmósfera adecuada de intriga y despertar en el espectador el deseo de vivir otra peligrosa aventura. Malcolm (Jeff Goldblum), protagonista principal ahora, repite varias veces no querer ir, pero sabemos que irá, así que es perder el tiempo aún más. Spielberg rueda con una pasividad asombrosa estos prólogos, con unos planos estáticos que confieren un ritmo aletargado. Las excusas para tener otra isla con más dinos parecen muy cogidas por los pelos: nunca se mencionó que nacieran y los criaran en otra parte, de hecho, vimos los huevos y un nacimiento en Nublar como si fuera habitual; y la dependencia de lisina se la quitan de encima con todo descaro. Y finalmente, cuesta creer que ningún gobierno realice acciones tan obvias como un bloqueo a la isla y exterminar o reubicar a los dinosaurios por ser una fauna muy peligrosa tanto en el factor ecológico como en el humano. Los prólogos de Parque Jurásico eran reiterativos, pero te enganchaban y animaban a seguir, mientras que aquí sucede lo contrario.

Cuando por fin llegamos no lo hacemos de la mano de unos protagonistas que despierten nuestro interés. Malcolm es bastante simpático, pero parece que recurren a él como reclamo publicitario, como nexo con la serie, porque no se lo trabajan mucho. Como motor dramático se apoyan en un concepto muy básico y trillado, de hecho, ya se vio en la primera parte y por desgracia también lo han ido repitiendo en la tercera y en Jurassic World: divorcio y niños sufriéndolo. Si la premisa es sobrevivir a los dinosaurios, ¿por qué lo adornas con cosas tan mundanas y estereotipadas? Entiendo que fuercen la presencia de infantes, es una obra comercial, pero qué obsesión tienen en Hollywood con que el único conflicto que puede tener un niño es la separación de los padres. Al menos, en Parque Jurásico este tema se mencionaba con naturalidad, para darle vidilla a los personajes, y cuando se volvía sobre las relaciones humanas era como reacción a eventos del parque: Alan Grant, que no traga a los niños, va acercándose a ellos, estos, con líos en casa, encuentran una figura paterna con la que sentirse más seguros… Aquí los problemas de Malcolm con la ex y la petarda de la hija son un culebrón paralelo a los demás acontecimientos, no aportan sustancia al viaje, es decir, tienen largas escenas sueltas que se hacen muy cargantes y en la acción no hay desarrollo emocional relacionado con ello.

El resto de protagonistas tampoco terminan de tomar forma. El fotógrafo (Vince Vaughn) no tiene dimensión y anda justo de carisma; cuando se descubre su misión secreta, esta no da mucho juego después de todo, y para colmo, en la parte final en la ciudad desaparece sin más. Eddie Carr (Richard Schiff) es más simpático, pero tampoco termina de estar justificada su presencia: ¿cuál es su trabajo, su especialidad, su personalidad? Con Sarah Harding (Julianne Moore) intentan mostrar a una mujer independiente y capaz, pero termina pareciendo un poco boba o inconsciente a veces, vagando por la isla con un entusiasmo un tanto infantil, sin mirar por su seguridad; cuando empieza la odisea, se queda atascada sin hacer nada interesante aparte de ir de acá para allá, hasta el punto de olvidarte de ella cuando no está en pantalla.

Con este panorama es difícil implicarse: no te interesa el destino de ninguno de los protagonistas, con lo que no se siente el peligro. La primera secuencia de acción importante, el ataque de los tiranosaurios a la caravana, es un desastre. Es un clon del mítico momento del coche de Parque Jurásico, pero sin savia, sin alma. Todo es ruido y caos alargado y exagerado hasta resultar pasado de rosca e inverosímil (los T-Rex que van y vienen según quieran incluir un descanso o más acción). Para rematar, toma un penoso cariz cómico involuntario con Eddie intentando enganchar la cuerda y cayéndose una y otra vez; sólo le faltó la música de Benny Hill. La escena termina haciéndose bastante pesada, porque parece que no va a terminar nunca.

A mitad del camino viene un giro que promete traer novedades a una proyección repetitiva y poco emocionante. La entrada de los mercenarios, con la persecución a los dinosaurios mientras son presentados por encima, tiene bastante pegada. Encabezados por el cazador experimentado, captado muy bien por un siniestro Pete Postlethwaite, tenemos un repertorio de personajes nuevos bastante intrigante. En seguida te preguntas por qué la película no se centró en este grupo, por qué esta no fue la escena inicial y pasaron la trama (sobrevivir, básicamente) a ellos, prescindiendo de Malcolm y demás, que ahora parecen ajenos a la proyección. Sí, terminan uniéndose, pero el conflicto entre ellos tampoco es muy jugoso, el argumento sigue limitado a la huida. Y me temo que en vez de exprimir su potencial los van ahogando en estereotipos y pronto son puestos en el otro lado del simplón espectro moral de la saga: los avariciosos y poco ecologistas son los malos, y tendrán muertes crueles y graciosas en las fauces de los dinosaurios. El empresario (Arliss Howard) cada minuto que pasa se vuelve más idiota, los mercenarios secundarios son directamente retrasados, e incluso el atractivo líder tiene algún patinazo. Atención al vigilante del perímetro escuchando música con auriculares, o al avezado cazador que se planta delante de la peligrosa presa para disparar, mientras que la protagonista al final, sin tener ni idea de caza, se busca como es lógico un lugar apartado y elevado.

No sorprende que el siguiente gran clímax sea también poco satisfactorio. Repetimos con una persecución de los velocirraptores en un complejo que sólo se diferencia en que está abandonado. De nuevo sin interés por el destino de los personajes, todo se resume en saltos, golpes y rugidos, y el abuso de estos conforma otra escena que termina haciéndose larga y poco atractiva. Los raptores han dejado de ser una amenaza, por peligrosos e inteligentes, para convertirse en unos animales tontos y pesados: parece que cazan por diversión, pues a pesar de la manada de humanos que han cogido en el herbazal persiguen a más por ahí con un ahínco desmedido, tropezándose y chocándose con todo como perros atontados. En cambio, en la tercera y las nuevas entregas vuelven al camino de que son inteligentes, pero se pasan de frenada, pues casi hablan. Si la situación estaba siendo vulgar, termina desbarrando con la hija acróbata derrotando al velocirraptor; ya de por sí la idea es ridícula (una niña de 30 kilos lanzando por los aires 150 de un bicho ágil), pero es que se pone a preparar la acrobacia antes de que el velocirraptor se coloque donde ella apunta… vamos, que ha visto el futuro.

Inesperadamente, cuando parece que la cinta ha terminado, nos ofrecen un nuevo arco argumental. El viaje Estados Unidos con el tiranosaurio no es original (inspirado sin disimulo en King KongMerian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933-) pero en una película tan limitada supone un soplo de aire fresco. El caos en que se sumerge la ciudad es más movidito e interesante que las otras piezas de acción, y aunque la solución no es sorprendente (la cría como cebo se veía venir) hay suficiente tensión como para garantizar un buen escenario. Pero tiene todavía demasiadas carencias que frenan sus posibilidades. Se afea un poco con el destino del último “villano”, el empresario avaricioso que no puede acabar sin su muerte estúpida, y con la incomprensible ausencia de unos de los protagonistas principales, el fotógrafo, pero son minucias al lado de la cagada monumental con que se da pie a esta situación. Resulta que el T-Rex se libera durante el viaje, mata a todos los del barco, incluyendo a los que estaban en la minúscula cabina donde evidentemente no cabe, y luego se mete en la zona de carga y un tipo moribundo lo encierra; y al llegar a puerto todos suben a bordo sin acordarse de su existencia, ¡y se sorprenden de que esté cuando abren las compuertas! No voy a entrar en que el barco no llevara escolta ni tuvieran un plan b en el puerto por si el dinosaurio despertaba, que visto lo visto es pedir demasiada lógica.

El mundo perdido acaba siendo, por muy generoso que fuera su presupuesto y el renombre de sus autores, una serie b cualquiera con ramalazos de cine cutre que se salva por los pelos porque resulta lo justo de entretenida y simpática (aunque a veces esto último sea involuntariamente). Gracias al efecto arrastre obtuvo una taquilla muy buena, pero la decepción del público dura desde entonces, y las siguientes secuelas no hacen sino extender la agonía, porque todos queremos ver una nueva Parque Jurásico pero no dejan de parir tonterías comerciales sin alma.

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Saga Parque Jurásico:
Parque Jurásico (1993)
-> El mundo perdido (1997)
Parque Jurásico III (2001)
Jurassic World (2015)
Jurassic World 2: El reino caído (2018)

Parque Jurásico


Jurassic Park, 1993, EE.UU.
Género: Aventuras, suspense.
Duración: 127 min.
Dirección: Steven Spielberg.
Guion: David Koepp, Michael Crichton (también autor de la novela).
Actores: Sam Neill, Laura Dern, Jeff Goldblum, Richard Attenborough, Joseph Mazzello, Ariana Richards, Samuel L. Jackson, Wayne Knight.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: Atrapa de principio a fin, asombra y emociona como pocas películas consiguen hacerlo. Dirección excelente, efectos especiales y sonoros rompedores, música magistral, grandes personajes, escenas y planos míticos por doquier…
Lo peor: Nada grave. Alguna conversación parece innecesaria o alargada, y hay unos pocos gazapos notables que pueden afear los revisionados.
Mejores momentos: La llegada a la isla con la música. El ataque del tiranosaurio al coche. Los velocirraptores dentro del complejo persiguiendo a los niños.
La frase: No hemos reparado en gastos– Hammond.

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Una de las producciones más recordadas, aclamadas y exitosas de los noventa así como una de las obras más reconocidas de Steven Spielberg (y esto es como decir que está entre por lo menos diez títulos memorables) fue Parque Jurásico. El fenómeno social que supuso fue impresionante. Rompió el récord de película más taquillera mantenido por E.T. desde 1982, rozando los mil millones de dólares mundiales (de los que 250 fueron para Spielberg), y duró hasta el estreno de Titanic (James Cameron, 1997). Creó una moda de dinosaurios que hinchó las arcas del estudio a base merchandising, y seguramente llenó carreras universitarias de paleontolgía al estilo Indiana Jones (1981-1989) con la arqueología.

Michael Crichton era por aquel entonces un escritor de best-sellers bien asentado en su gremio y bastante en el cine, porque casi todas sus novelas solían ser tanteadas los estudios y algunas adaptaciones llegaron a ver la luz (la primera, La amenaza de andrómedaRobert Wise, 1971-), pero, sobre todo, él mismo hizo sus pinitos como guionista e incluso director (por ejemplo, Westworld, Almas de metal -1973-, o El primer gran asalto al tren -1978-). En 1990 estaba ultimando su nuevo libro, Parque Jurásico, cuya atractiva temática atrajo la puja de las majors por los derechos antes si quiera de editarlo, con Steven Spielberg, Tim Burton, Joe Dante, Richard Donner y James Cameron en cabeza de lista de cada uno. Cameron afirmó que planeaba una versión más adulta y oscura, tipo Aliens (1986), pero lo cierto es que los noventa eran otros tiempos y la versión de Spielberg fue inquietante y sangrienta en su justa medida.

Universal Studios se hizo con el premio gordo, y Amblin Enterntainment, la productora fundada por Spielberg, Kathleen Kennedy y Frank Marshall, desarrolló el proyecto. El guion le fue encargado al mismo Crichton, pero el director decidió pulirlo, para lo que trajo a David Koepp, quien hay que decir que no tenía nada llamativo en su currículo. Como adaptación es notable, pues captura lo mejor de la novela y resume o elimina lo innecesario (algunas cosas que no cabían aquí se recuperaron en las siguientes entregas) o lo que no concuerda con el lenguaje cinematográfico, y todo ello sin perder fidelidad. Este uno de esos pocos casos donde se puede decir que se supera a la obra original, pues resulta mucho más intensa e impactante. El único cambio notable es el abuelo, representado por Chrichton como un empresario capitalista que sólo piensa en el dinero y en esta versión como un abuelito simpático que quiere traer felicidad a los niños del mundo. Pero lo cierto es que resulta entrañable aunque sea claramente una treta comercial para atraer al público joven.

La única licencia notable viene de la propia novela, que modifica a su antojo la anatomía de los velocirraptores para hacerlos más peligrosos y temibles. En realidad no eran así, sino que medían medio metro de altura y con toda probabilidad estaban cubiertos de plumas. Está claro que ver a los protagonistas luchando contra unas gallinas, por muy carnívoras que fueran, hubiera sido más bien un chiste, pero también es cierto que si pretende ser una ficción científica resulta una decisión muy cuestionable: ¿no hubiera sido mejor elegir otra especie? Así, atados a la continuidad, todas las entregas mantienen esta fantasía. Por no decir que casi todos los dinosaurios que aparecen son del cretácico…

La visión comercial y narrativa de Spielberg dio sus frutos en una aventura deslumbrante en todos los sentidos. Cabe señalar que fue uno de los trabajos más difíciles y agotadores a los que se enfrentó, principalmente porque estaba ante retos técnicos nuevos y un rodaje muy complicado, pero también porque compaginó la postproducción con la grabación de La lista de Schindler (1993). La sensación de asombro, maximizada por unos efectos especiales extraordinarios, el ritmo excelente con picos de tensión y acción sublimes, y la simpatía que despiertan los personajes conforman una película que rompió moldes y cautivó a toda una generación, y además aguanta el paso de las décadas sin problemas.

El director exprime cada pasaje al máximo. Mediante una metódica construcción de la atmósfera de intriga y tensión garantiza un visionado absorbente de principio a fin. Se trabaja las partes acción logrando unas secuencias insólitas, lo que, unido al paso previo, la creación del ambiente adecuado, garantiza que llegas ya con los nervios a flor de piel, con lo que acabas aturdido más que asombrado. Entre medio dibuja los personajes sin prisas, con presentaciones llamativas, relaciones que se modelan incluso en los momentos más aparatosos, y detalles por todas partes que van provocando un cambio gradual; además, los actores están todos estupendos. Vemos gente real, por muy exagerado que sea el escenario, con lo que conectas con la odisea con fuerza; incluso los niños caen muy bien, algo que rara vez ocurre en el cine. Sientes estar en el parque con ellos, descubriendo los fascinantes logros que han dado vida a los dinosaurios, embargándote la sensación de apremio y de peligro cuando se tuercen las cosas, y manteniéndote en vilo, incluso aguantando la respiración, en los momentos más difíciles.

Esta producción es el ejemplo perfecto de algo que repito muchas veces. Hay dos factores clave a la hora de conseguir una buena escena de acción. Primero, hay que tener unos personajes atractivos y que estos sean el centro de los acontecimientos, porque sin establecer una conexión la situación es muy probable que se reduzca a simple caos y ruido. Segundo y no menos importante, los efectos especiales deben ser un medio narrativo y no un protagonista forzado.

No se veían escenas de acción tan contundentes y asombrosas desde las obras maestras de James Cameron, Terminator II (1990) y Aliens. El ataque del T-Rex ha pasado merecidamente a los anales del cine como una de las escenas más impactantes y recordadas. La huella, el rugido, los chavales gritando mientras sujetan el cristal, el coche aplastado, la caída por el árbol… Y no se queda atrás el tramo final en las cocinas, con la persecución de los velocirraptores: el raptor levantando a la chiquilla al golpear la rejilla, la treta con el reflejo…

Spielberg dirige la mezcla de técnicas de efectos especiales con gran control y visión, sacando adelante escenas y criaturas que parecen imposibles, más cuando piensas que requerían procedimientos apenas desarrollados o muy complejos. El avance en estos campos marcó un hito, y de hecho ha envejecido bastante mejor que superproducciones que han ido llegando muchos años después. En principio todo iba a ser con animatronics (muñecos mecanizados), pero tras ver unas pruebas de cómo resultaría por ordenador decidieron repartir esfuerzos. La combinación se usa con sabiduría, manteniendo en primer plano los animatronics y gente disfrazada (los velocirraptores), y en los lejanos, donde se requería movimiento completo, se usaba el ordenador; en la página www.stanwistonschool.com se pueden ver algunos videos del proceso. Cruciales fueron también los efectos sonoros, con rugidos que te hielan los huesos. Los dinosaurios resultan tan realistas que cada vez que aparecen te olvidas de que estás ante un truco.

Aparte de que la composición de numerosos planos es crucial para forjar la sensación adecuada en cada instante (por ejemplo, la aparición del T-Rex la vemos desde dentro del coche, al lado de los protagonistas), Spielberg también nos deleita con un detallismo muy cuidado que termina de formar ese aura de película única y con gran personalidad. Algunos planos son muy cinematográficos y otros incluso juegan con la ironía, es decir, podrían resultar poco naturales, pero lo cierto es que ninguno desentona, o refuerzan la épica o son detalles curiosos. Cito mis favoritos: el logotipo del parque en la puerta del coche flamante al llegar pero lleno de barro al irse, el frasco de material genético robado perdido en el barro (fosilizándose), el velocirraptor con las secuencias genéticas de la pantalla del ordenador (ATGC) reflejándose en su piel, el T-Rex suplantando a su esqueleto…

El aderezo final lo pone la seductora y épica banda sonora del maestro John Williams, quien se marcó otro hito a través tanto de un tema inolvidable como de una serie de motivos que realzan todas las emociones de la cinta de forma magistral. Sus notas son inseparables en el imaginario popular de escenas como la llegada a la isla o la apertura de las puertas, de hecho en cuatro secuelas que llevamos nadie ha estado a esa altura… ni siquiera él mismo en la segunda parte.

Hay muy pocos momentos en que se pueda romper el hechizo que provoca esta colosal película… pero los hay. No deifiquemos, como hacen muchos con algunas que marcaron nuestra infancia o del cine clásico, hay que ser objetivos. El equilibrio narrativo, el ritmo y la fuerza de cada escena es magnífico, pero no tanto como para alcanzar el apelativo de obra maestra, hay algunos deslices (en tono y en contenido) que pueden empañar algunos tramos, sobre todo en los revisionados.

En el tono, está claro que Spielberg y demás productores querían un estilo familiar con mensajes sencillos, pero en una propuesta tan seria, trágica y terrorífica en muchos instantes, desentonan bastante algunas ideas propias de títulos intantiles llenos de estereotipos. Sólo los avariciosos sin posibilidad de redención mueren (el abuelo no, porque tenía buenas intenciones y aprende), además con una mezcla de crueldad y humor que no me convence, como el abogado en el váter o Nedry tras una serie de calamidades dignas de una comedia tontorrona. También hay algunos discursos un tanto anticientíficos que chocan con otras partes donde se muestra amor por descubrir y comprender el mundo que nos rodea, incluyendo el fascinante pasado; sí, se podría decir que muestran distintas visiones del asunto, y que además es raro ver debates intelectuales en cintas comerciales, pero mi sensación es que pretende sentarse cátedra en un único sentido: principalmente en boca Malcolm, a veces de otros, parecen querer meter miedo con que la naturaleza es como dios la hizo, o es dios, y si la cabreas te castiga, de forma que el más que respetable mensaje ecológico de cuidar nuestro entorno se pervierte con un giro religioso que no me gusta nada; esto se puede enlazar con las muertes absurdas: pórtate bien porque dios te vigila. Aparte de la moral, también se refuerzan las capacidades de los protagonistas de mala manera: el veterinario del parque lleva meses tratando a una triceratops pero tiene que venir una invitada a darse cuenta de síntomas que ha pasado por alto (por cierto, el misterio de qué la enferma no tiene solución, es una escena para fardar de dinosaurios).

En cuanto al contenido en sí, el primer aspecto es un tanto ambiguo, es decir, no me parece un fallo grave, sino una posible mejora, y entiendo que alguien no lo comparta. Si no fuera porque es una película muy querida que he visto muchas veces seguramente no haría un análisis tan profundo y detallista y habría pasado por alto este punto.

Los prólogos encadenados combinando la chispa del misterio con pequeños datos argumentales son un sello clásico del realizador, eficaces unas veces (Indiana Jones, En busca del arca perdida -1981-) y bastante mejorables otras (Encuentros en la tercera fase -1977-). Aquí diría que están en un término medio. Vistos ahora, a veinticinco años del estreno, me parecen fácilmente sacrificables, el primero (el caos con la jaula) por innecesario, y el segundo (el hallazgo de un mosquito) por redundante, pues lo que en él se dice está fuera de contexto (información de personajes que no han aparecido todavía, es difícil asimilarla toda) y se explicará mejor luego. Al menos el segundo lo quitaría, porque el inicial funciona bien en el factor suspense, siendo amenazador e intrigante a partes iguales. Incluso la siguiente escena, ya entrando en materia, se me antoja un poco cursi (el niño respondón) y tiene un fallo importante por culpa de buscar un efectismo innecesario: el aterrizaje del helicóptero sólo sirve para poner un énfasis artificial en la presentación de Hammond, pues él ya está en la caravana.

Pero como iba apuntando, estas cosas son difíciles de ver a la primera, porque Spielberg puede optar más de la cuenta en muchas de sus obras por lo emocional antes que por la concreción y la lógica, pero en la mayor de las veces parte lo hace tan bien, te embauca con tanta facilidad, que te dejas llevar. La atmósfera de misterio y descubrimiento te envuelve desde los primeros rugidos y sorpresas (la grúa apareciendo cual animal entre los árboles), y en seguida pasamos a la presentación de los personajes con una exposición que también tiene buenos aciertos. El niño repelente y la historia de Allan definen en un visto y uno visto a la pareja protagonista y su dinámica, y lo del helicóptero muestra bien la grandilocuencia alternada con cercanía de Hammond. Aun así, es evidente que todo lo que se cuenta en estas escenas se expone suficientemente bien en el viaje hacia la isla y los primeros pasos por ella: quién es quién, el parque y sus problemas, el comité evaluador, el divorcio de los padres de los niños… Puedes empezar a verla en el vuelo y no perderte nada… pero claro, quizá entonces no se hubiera creado tanta expectación por la llegada.

Otros aspectos sí son claramente un pequeño lastre. Hay unas pocas conversaciones que se alargan más de la cuenta para decir bien poco. La del caos es puro relleno, no aporta novedades a ninguno de los personajes, y la cena donde critican a Hammond (donde por cierto no llegan a comer nada) rompe el ritmo demasiado para ser una pequeña ampliación de lo que ya discutían en el helicóptero y otros momentos (amén del citado tono del discurso). También hay una situación que podría haberse resumido pero en cambio intentan realzarla más de la cuenta: el salto a la valla del perímetro (donde Tim se da el calambrazo) paralelo a la reactivación de la energía se exagera demasiado, con tensión forzada para alargar el clímax (tan forzada que incluso Ellie pasa dos veces la misma palmera, se ve que les faltaba metraje para estirarlo como querían). No puedo dejar de pensar que esa parte era para el cazador y los velocirraptores, un escenario más interesante que saltar una valla y pulsar unos botones y un personaje infrautilizado, pero se olvidan de él y lo recuperan más tarde para darle una muerte muy rápida.

Es indudable que con el paso del tiempo Parque Jurásico no ha perdido nada de su capacidad para entretener e incluso asombrar, pero sí puede ocurrir que de tanto verla encuentres algún gazapo que le quite algo de gracia a alguna escena, y lo cierto es que hay unos cuantos bastante gordos. Ya he citado la cuestión de por qué aterriza el helicóptero si el Hammond ya está en tierra. Por mucho que lo digan los personajes, se ve en todo momento que los coches no van sujetos al rail (podían haberse inventado que son magnéticos o algo así), y además en algún plano se ve a los conductores. Qué conveniente que aparezcan unos vasos de agua justo antes del ataque del T-Rex. Hay un baño público en el recorrido del T-Rex a pesar de que se supone que los visitantes no bajarán de los coches. También, si indagas un poco, encontrarás cagadas que eran fácilmente evitables, como por ejemplo que pongan San José, Costa Rica, con playa a pesar de ser una ciudad de interior.

Pero lo más notable es la gran trampa que esconde la escena del T-Rex. El coche de los niños está a la vista de la cabra cebo, por donde entra el tiranosaurio, y en toda la secuencia del ataque se ven plantas y árboles, ergo ese lado de la valla está al mismo nivel que el camino… Pero cuando tienen que huir saltando el muro bajo de la valla resulta que el suelo se ha convertido en un desnivel de diez o veinte metros, y los árboles se ven abajo a lo lejos. Una vez descubierto el engaño resulta muy descarado y difícilmente justificable, pero lo cierto es que esa parte es tan absorbente que es difícil darse cuenta. Es la magia del cine, depende de cada uno perdonar y aceptar el truco o no.

Parque Jurásico, como obra que marca una generación, es tan buena y tan querida que puso complicado que una secuela pudiera llegar a su nivel, y desde luego no lo hacen las dos entregas tan poco trabajadas que la siguieron El mundo perdido: Parque Jurásico, del propio Spielberg en 1997, y Parque Jurásico III de la mano de Joe Johnston en 2001. Pero tampoco da la talla la resurrección reciente, por ahora con otras dos partes, Jurassic World (Colin Trevorrow, 2015) y Jurassic World: El reíno caído (2018, J. A. Bayona), más entretenidas que las anteriores pero también muy mejorables.

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Saga Parque Jurásico:
-> Parque Jurásico (1993)
El mundo perdido (1997)
Parque Jurásico III (2001)
Jurassic World (2015)
Jurassic World 2: El reino caído (2018)

Encuentros en la tercera fase


Close Encounters of the Third Kind, 1977, EE.UU.
Género: Ciencia-ficción.
Duración: 132 min. (cines), 135 min. (Especial Edition), 137 min. (Director’s Cut).
Dirección: Steven Spielberg.
Guion: Steven Spielberg.
Actores: Richard Dreyfuss, François Truffaut, Melinda Dillon, Bob Balaban, Teri Garr.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: Buena puesta en escena.
Lo peor: Caótica y artificial pero vacía, lenta cuando no pesada. Incomprensiblemente sobrevalorada.
Versiones: Hay tres versiones en las que al parecer cambia un poco el tono dramático y humorístico de la locura de Roy y los líos con su familia. La de cines, la edición especial (donde destaca que se ve a Roy entrar en la nave), y la Director’s Cut. Unos prefieren la original, otros la versión final del director. En movie-censorship las analizan más a fondo.

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Con el cuarenta aniversario y su llegada remasterizada en 4k, incluyendo reestreno en algunos cines, se está volviendo a hablar de una película de la que en realidad nunca se dejó de hablar, pues fue un fenómeno bastante notable en su estreno y desde entonces se ha mantenido muy viva como obra de culto. Pero yo nunca he entendido esa fascinación. Crecí en los ochenta fascinado con el mejor Steven Spielberg, el de E.T. e Indiana Jones, más otras grandes sagas que marcaron una época, como La guerra de las galaxias o Regreso al futuro. Pero Encuentros en la tercera fase nunca me dijo nada. Recuperada ahora como adulto sigue dejándome igual de frío, y como ahora puedo entender en qué falla, por extensión también me sorprende ese estatus tan alto que mantiene. Lo que veo es una cinta plomiza en ritmo, con un argumento sin dirección clara, muy poca sustancia y que además abusa del sensacionalismo, y unos personajes poco o nada llamativos.

Me he quejado, en sus respectivas críticas, de que el Spielberg contemporáneo, el de Caballo de batalla, Lincoln y El puente de los espías, es muy dado a remarcar e incluso forzar emociones, a tirar de dramón barato y maniqueísmo para taladrar al espectador (y a la academia de los Óscar, pues se nota mucho que estos últimos años gritaba por premios) una emoción determinada, mientras que en los setenta, ochenta y noventa su estilo era mucho más natural, la magia emergía de una buena historia, unos buenos protagonistas y situaciones originales y con gran fuerza. Pero en Encuentros en la tercera fase (que además escribió él, al no encontrar un guion que lo satisfaciera) ya mostraba a lo grande ese amor por el artificio, por la construcción obvia de planos y escenas. El prólogo es buena muestra de ello, con tanto secretismo e intriga forzados (qué conveniente la tormenta de polvo), musiquita insistente, palabras crípticas y planos demasiado evidentes (esos trávelings hacia las caras de asombro), todo para realzar un truco argumental barato: proponer algo insólito para tratar de atrapar la imaginación del espectador.

Avanzando en la proyección se ve pronto que ese prólogo, con los aviones de la Segunda Guerra Mundial apareciendo intactos en el presente, ha sido simplemente eso, un truco, uno del que además abusa, pues vuelve a él con esos indios embelesados (¿ante qué?) y el barco en Gobi (otro desierto y otro vehículo antiguo, qué ingenioso). Porque, ¿sirven estos enredos para dar sentido a la trama y desarrollar el viaje de los protagonistas? Ni por asomo. Una vez presentada la historia OVNI queda claro que secuestran o abducen gente, siendo esto lo único que tiene relevancia en sus aventuras; las apariciones supuestamente sobrecogedoras de vehículos en sitios raros (a lo que hay que añadir la larga escena de los controladores aéreos) son adornos, y viendo el metraje excesivo y los bajones de ritmo que suponen, evidentemente innecesarios y malogrados.

Me temo que entrando en materia no se ve un horizonte muy sugerente, ni en complejidad, ni en profundidad, ni en el factor asombro o magia, como para justificar precisamente el asombro que despertó la película. Es demasiado larga y dispersa para lo poco que llega a mostrar, y también poco emocionante. La mitología OVNI se queda en su mínima expresión y no aporta ninguna novedad a los relatos típicos. Un encuentro en la carretera, una abducción ruidosa en una casa, y el contacto definitivo. Las dos primeras están bien trabajadas, y en la época, más con la fiebre de los platillos voladores aún dando coletazos, puedo entender que funcionaran. Pero es que no hay nada más. El suspense de quiénes son, qué hacen aquí, qué quieren de los humanos y qué pasará con los protagonistas se va diluyendo con rapidez porque ni la trama ni sus arcos personales se terminan de dirigir hacia algo determinado. Todo el misterio central se basa en el personaje principal, Roy, haciendo montañitas. Cada cual se lleva largos y aburridos minutos, en especial cuando se empeña en meter tierra por la cocina, que es la simple y repetitiva forma que tiene Spielberg de remarcar que ha quedado un poco tocado y es incomprendido por los demás.

De hecho, aparte de la locura irracional, ¿qué mueve a Roy? Lo suyo sería hablar de cómo el encontrarse con los alienígenas lo ha despertado de su vida monótona y aburrida, y cómo anhela nuevas experiencias y buscarlos para encontrar respuestas. Pero no nos llega a contar nada con esta figura tan superficial e intrascendente, no digamos ya con los secundarios, que entran y salen del relato sin motivos claros. Sólo hay una ocasión en que Roy intenta (con otros afectados) algo más concreto, hablar con el gobierno. Es una escena necesaria dado el tema tratado, pero Spielberg parece cumplir con ella con desgana para luego centrarse en la incomprensible locura de Roy, prácticamente sin volver a hablar de otros implicados y de los movimientos del gobierno hasta el final, donde tampoco aporta nada jugoso.

El contacto con los extraterrestres sólo tiene una secuencia donde veamos a alguien trabajar en una investigación, y es bastante chapucera: la del francés exponiendo, ante una pequeña audiencia, que ha descubierto una melodía con la que quizá puedan comunicarse. Es tan vago todo que deja un montón de incógnitas. ¿Quién es este individuo y por qué manda tanto? ¿Qué han visto los indios, qué cantan, cómo ese tipo saca de ahí la pista para llegar a la melodía? ¿Cómo un aspecto clave de la trama se expone en una escena tan breve y tonta? Pero hay más… ¿Y ese otro tipo, el de los mapas, qué hace metido en todo? No sé si es un intento de incluir humor, pero menudo desastre de personajillo; al final incluso parece uno de los rangos más altos en la base militar donde preparan para el encuentro.

Aparte, el realizador también se entretiene demasiado en un drama familiar que reincide demasiado en unos pocos clichés anodinos, añadiendo más metraje inerte y la sensación de que no sabe en qué historia y género centrarse. En E.T. el lío familiar tenía relevancia clara y era muy emotivo. Aquí los niños cansan desde la primera aparición, la esposa es un maniquí, y después de tanto rollo, en el tercer acto se olvida por completo de ellos, como si no hubieran existido.

El desenlace es la mismísima definición de anticlímax. Llegamos a la montaña por fin, ya iba siendo hora, para que lo único que veamos sean más platillos volantes en un escenario propio de James Bond (o sea, muy común, sin originalidad ni sorpresas). ¿Y qué ocurre ahí? Nada de nada, salvo alguna incongruencia monumental, como la otra mujer, Jillian (esa que aparece de vez en cuando sin venir a cuento, como para cumplir con el tema de las abducciones), que no quiere acercarse porque no ve a su bebé ahí, cuando ha ido precisamente buscando a los alienígenas que se lo llevaron y estos se están acercando justamente ahora, o ese beso que se da con Roy, cuando no se ha mostrado ningún acercamiento romántico, amén de que significa confirmar que a Roy su familia le importa una mierda, con lo que queda un individuo bastante cabrón aparte de idiota.

Todo el eterno tramo final se resume en que los alienígenas y humanos se saludan y hacen un intercambio erasmus, que para colmo no se sabe de dónde sale, porque en este momento queda claro que el gobierno está improvisando la comunicación, o sea, que no se han pasado mensajes antes para poder concretar ese plan. Entre medio suena mucho la melodía, pero resulta ser otro artificio, musiquita facilona para encandilar al espectador, pues no llega a formar parte de ninguna sorpresa o conclusión. Pero está claro que la melodía funcionó y sigue funcionando, pues todo el mundo habla de ella pero no de que la película en realidad no cuenta nada ni en su ruidoso pero vacuo desenlace. Es que ni se llega a aclarar el título. ¿Qué es la tercera fase? ¿Y la primera y segunda? En algunos pósteres lo explican, pero durante la proyección no se puede ni dedudir: la primera fase es ver un OVNI, la segunda tener evidencia, la tercera realizar el contacto.

En resumen, Encuentros en la tercera fase es media hora de anexos sensacionalistas (los viajes por el mundo) irrelevantes en la trama, casi una hora del prota medio loco, sin garra ni dirección clara, media hora de viaje a la montaña, sin intriga ninguna, y media hora de final más que lento pesado de la nave aterrizando para que luego no pase nada interesante. Sí, toda la película se basa en ir a una montaña a ver aterrizar una nave. Se saludan y se acaba.

Tampoco se puede decir que deslumbre en su acabado. La labor de Spielberg es sólida pero muy tradicional, no sorprende nada. Los efectos especiales son correctos sin más, nada original o espectacular, lo único que hacen es ponerle luces a los platillos volantes de toda la vida, siendo esta también la única y pobre actualización al género. Los actores son competentes, pero los personajes son muy pobres y no tienen un recorrido llamativo, así que no conmueven. Ni la música de John Williams destaca más allá de las dichosas notas, es uno de sus trabajos menos interesantes, y aun así tiene una veneración como si fuera La guerra de las galaxias.

Para cintas de contactos con extraterrestres está la propia E.T., clásicos como Ultimátum a la Tierra (Robert Wise, 1951), o las más recientes Contact (Robert Zemeckis, 1997) y La llegada (Denis Villeneuve, 2016). Si es que hasta ¡Han llegado! (David Twohy, protagonizada por Charlie Sheen, 1996) es más estimulante que este bodrio.

Lincoln


Lincoln, 2012, EE.UU.
Género: Drama, histórico.
Duración: 150 min.
Dirección: Steven Spielberg.
Guion: Tony Kushner, Doris Kearns Goodwin (novela).
Actores: Daniel Day-Lewis, Sally Field, David Strathairn, Joseph Gordon Levitt, James Spader, Tomme Lee Jones.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: Dirección, reparto, vestuario, fotografía, iluminación.
Lo peor: Lenta, más pensada para ganar premios que para resultar entretenida.

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Steven Spielberg es un gran director, con un currículo lleno películas de estilos y géneros diversos que han causado un notable impacto tanto en el arte cinematográfico como en la sociedad. El terror agobiante (Tiburón), el drama con toques de ciencia-ficción (E.T.), la acción (Parque jurásico), la aventura (Indiana Jones), la historia (La lista de Schindler)… Su maestría con la cámara ha sacado todo el partido posible de guiones a la altura de las circunstancias. Pero no siempre ha ocurrido así. También ha habido casos donde el libreto no daba mucho margen o donde el propio Spielberg patinaba un poco. Por ejemplo La guerra de los mundos no tenía una base de calidad, con lo que a pesar de su exquisito acabado era incapaz de dejar huella. En sus dos últimos largometrajes, War Horse y Lincoln, al guion quizá le falta algo, o quizá no, pero es el propio director quien no lo remata bien: se ve claramente un tono forzado, la intención de capturar una emoción o peor, un premio, por encima del equilibrio global de la cinta y su capacidad para conectar con el espectador de forma más natural.

Lincoln apuesta demasiado por la sobriedad, la magnificencia, la clara idea de ganar premios, con los Oscar en el punto de mira. Y como cada escena debe ser la más solemne, intensa, milimétrica y oscarizable, el relato resulta un tanto manipulador y presuntuoso, y también un tanto encorsetado, teatralizado. Hay mucha verborrea con poca esencia, poco gancho (Tony Kushner no es Aaron Sorkin, por hacer la evidente comparación con El Ala Oeste) y sí mucha trascendencia impostada. Realmente la intriga política no tiene más complejidad que un capítulo de la citada serie, pero cada momento se traslada a pantalla como si fuera cada uno de ellos el instante más importante y supuestamente emocionante que has visto nunca. Todo resulta tan ampuloso, planificado y subrayado que no parece haber margen para que fluyan los sentimientos y la naturalidad del relato, es decir, para que no parezca una postal. Se pierde mucho el propósito de ofrecer una película emotiva, intensa, entretenida, y se va al extremo de lucirse con aires de grandeza, manipular el sentimiento (aunque por suerte no es tan tramposa en este aspecto como War Horse) y dar lecciones casi pedantes de cómo hacer cine.

Pero aun resultando forzosamente teatral y milimetrada, la puesta en escena es notable en la labor de dirección y brillante en la fotografía e iluminación así como en la dirección artística (decorados, atrezo, vestuario). A pesar de estar rodado casi todo en interiores y con largas conversaciones, Spielberg se inclina por planos amplios y bastante escenificación: en vez de usar un montaje que salte de rostro en rostro apuesta por llenar la pantalla con todo lo que hay y mueve personajes y cámara lo mínimo necesario. La composición de cada escena ofrece cuadros de gran riqueza y belleza (la luz entrando por la ventana ofrece instantes cautivadores), y por ello es una lástima que esta extraordinaria labor se quede en el exterior, en la impronta visual, que Spielberg no haya estado tan atinado a la hora de darle a la narración en su conjunto el tono y empaque necesarios para resultar tan conmovedora por dentro como por fuera.

Lo mejor es que la figura de Lincoln, aunque algo endiosada, llega con intensidad al espectador. Su descripción y forma de ser está bien expuesta, su presencia llena la pantalla y se hace notar en los personajes que lo rodean, y el mimetismo habitual de Daniel Day Lewis le otorga varios puntos extra, pues se sumerge muy bien en el rol, desde el aspecto físico a la forma de ser: la voz y entonación característica (imprescindible la versión original), la mirada, la forma de moverse, los gestos… Con todo, aunque sea una gran labor creo que Hugh Jackman merecía más el Oscar a mejor actor, pues su papel en los Los miserables me pareció superior.

Por la fuerza de este rol central es una pena que no tenga secundarios a la altura, pues aunque hay varios personajes con casi tanta presencia como él no se acercan a su nivel, y el entramado de caracteres queda por ello bastante cojo. El tipo que le acompaña (David Strathairn) es un maniquí (su dibujo es tan superficial que no se comprende su posición en todo el asunto: ¿qué hace ahí, quién es?), Sally Field aparece por cumplir el cupo familiar (nominada al Oscar… ¿de verdad?), Tommy Lee Jones está estupendo como siempre, pero su personaje no me dice mucho, y el trío de pillos para los chanchullos (liderados por James Spader) no funciona como receso cómico. El resto de secundarios, sean unos cuantos políticos monocromáticos y aburridos o algún flojo intento de mostrar la perspectiva de los negros (con los criados de la familia Lincoln) me transmiten la misma sensación que los secundarios de Zero Dark Thirty: son elementos de la trama, sin entidad ni vida, y están ahí como objetivos o complementos del personaje central en puntos tan concretos de la historia que en el resto del metraje se nota que sobran. El hijo mayor (Joseph Gordon-Levitt) por ejemplo, cuando cumple su objetivo desaparece sin más. Además, tanto la presencia de este hijo como el innecesario epílogo mencionando la muerte de Lincoln se nota que solo buscan poner la gota de drama oscarizable que tanto gusta en la Academia de Hollywood: la familia rota (ay, que mi niño se va a la guerra) y la epopeya personal con desenlace épico-trágico. Si se supone que la narración versa sobre la enmienda (con lo que está claro que el título de Lincoln no es acertado), un final así era difícil de ver como algo útil en la narración, y desde luego no queda bien.

Hay suficiente calidad en Lincoln como para que su tono pretencioso no la convierta en un visionado excesivamente cargante y aburrido, y desde luego su fuerza visual es impactante, pero precisamente ver que ese potencial no se ha canalizado en la mejor dirección fastidia un poco. La mejor forma de resumir todo este rollo que estoy soltando es con una pregunta: si tan importante es la consecución de la enmienda anti esclavitud y tan trágica la guerra… ¿por qué en ningún momento me siento emocionado, abrumado o afligido por la supuesta fuerza de los acontecimientos? Porque Spielberg se empeña tanto en señalar y forzar cada escena y sensación que o no me la creo o me satura por exagerada. En la técnica Lincoln es muy buena película. Conceptualmente (el cómo se ha abordado la narración y con qué intenciones) resulta un tanto manipuladora. Como entretenimiento se queda a medio camino.