El Criticón

Opinión de cine y música

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El irlandés


The Irishman, 2019, EE.UU.
Género: Drama, suspense, histórico.
Duración: 209 min.
Dirección: Martin Scorsese.
Guion: Steven Zaillian, Charles Brandt (novela).
Actores: Robert De Niro, Al Pacino, Joe Pesci, Harvey Keitel, Ray Romano, Stephen Graham, Bobby Cannavale, Kathrine Narducci, Anna Paquin, Stephanie Kurtzuba.

Valoración:
Lo mejor: El colosal trío de actores principales: Robert de Niro, Al Pacino, Joe Pesci. El tono crepuscular le otorga un toque novedoso.
Lo peor: Metraje desmedido, historia sin rumbo, pasajes anodinos, personajes secundarios sin interés… Lejos de la épica de mafias que defienden muchos, es más bien una miniserie televisiva de escasa calidad y profundidad.

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En Estados Unidos siempre ha existido predilección por figuras fuera de la ley. Tanto el prototipo de forajido del oeste como gente famosa como Bonnie y Clyde se han llevado numerosas películas que idealizaban sus andanzas. Sin embargo, la llegada de El padrino (Francis Ford Coppola, 1972) dio un nuevo giro a esta tendencia, aumentando la complejidad y verosimilitud del mundo del crimen representado pero también su halo mitificador, lo que lejos de resultar anacrónico encandiló a medio mundo. Y en televisión, Los Soprano (David Chase, 1999) revivió muy bien ese estilo al llegar el nuevo milenio, aportando un toque de humor negro genial. Volviendo a la gran pantalla, Martin Scorsese se puede considerar el máximo exponente de esta línea, con Malas calles (1973), Taxi Driver (1976), Uno de los nuestros (1990), Casino (1995), Gangs of New York (2002), Infiltrados (2006), El lobo de Wall Street (2013)… todas historias donde los criminales resultan más o menos entrañables y sus aventuras embriagadoras en vez de parecernos vidas deleznables y crímenes grotescos; incluso en los casos en que sí quería señalar la violencia, lo hacía con cierto humor negro.

Precisamente este favoritismo por un género, por no decir abuso, propició que sus declaraciones a finales del año 2019 afirmando que el cine contemporáneo estaba engullido por la saga Marvel, a la que no considera ni cine, le hicieran quedar como un carcamal y un idiota de cuidado, más aún teniendo El irlandés a punto de estrenar. ¿Cómo se puede ser cineasta, haber estado décadas saturando con un género y luego despreciar otro en su época de esplendor, que ha dado numerosos títulos notables e incluso sobresalientes y que haciendo cuentas realmente no pasa de tres o cuatro estrenos al año entre más de un centenar de obras diferentes? Entró en el debate de géneros y autores rechazados por las grandes distribuidoras como elefante en una cristalería, equivocando de objetivo su crítica y sin ver que las virtudes de las nuevas tecnologías y los nuevos modelos de negocio le han permitido llevar a todo el mundo una cinta obviamente difícil de colar en salas. Pero, como siempre digo, hay que separar la persona del autor, y vamos a centrarnos en la película.

El irlandés rompe la tendencia al ofrecer una de gángsteres y mafias con un tono crepuscular, como en el cine del oeste cuando autores como John Ford y Sam Peckimpah, hartos de la línea dominante tan idealista y blanda, optaron por perseguir historias más realistas y crudas.

Para empezar, el protagonista es un don nadie y acaba más o menos igual, no es un gran capo o un tipo hábil que va ascendiendo. Jefes varios lo usan como matón y guardaespaldas por su falta de escrúpulos, pero de recursos intelectuales y ambición anda muy escaso. Esta vida deja secuelas en la familia y amistades, y garantiza soledad para quienes sobreviven a años de violencia.

Basándose en general en hechos reales seguimos la historia de Frank Sheeran (Robert de Niro), un conductor de camiones que empezó con trapicheos de contrabando y acabó siendo sicario de mafiosos varios (algunos inventados por los autores, como el rol de Joe Pesci, Russell Bufalino, otros reales) y finalmente guardaespaldas de Jimmy Hoffa (Al Pacino), el sindicalista más famoso de la época, muy conectado con el mundo del crimen.

El reparto es excepcional y recupera varias estrellas en una larga decadencia. Dos pesos pesados de los años setenta, ochenta y noventa como fueron De Niro y Pacino llevan veinte años (¡veinte!) enlazando trabajos que les dan de comer sin esfuerzo, películas más o menos mediocres y papeles donde o pasan de todo o sobreactúan sin mesura. Desde Ronin (1998), De Niro sólo pareció esmerarse un poco en El lado bueno de las cosas (2012), y Pacino, desde El dilema (1999) e Insomnio (2002) y un poco también en la miniserie Ángeles en América (2003), anduvo el mismo camino. Pesci por el contrario no ha sido de los de aparecer en dos o tres películas por año, y desde el 2000 andaba medio retirado, con sólo dos papeles, El buen pastor (2006) y Love Ranch (2010).

En El irlandés están al nivel de los mejores años de sus carreras. La contención fría, rígida, de De Niro es inquietante, se ve a un asesino sin escrúpulos… pero también a una persona sencilla. Al Pacino tiene entre manos a un embaucador de nivel, pero sorprende al limitar bastante la gesticulación de sus peores momentos y aun así conseguir un personaje que te atrapa en su órbita gracias a su arrolladora personalidad. En Pesci se nota más aún la contención, dado sus papeles cómicos aun dentro del género (en Uno de los nuestros era un loco de cuidado). Incluso ante estos dos colosos destaca con una interpretación tan verosímil como entrañable, un mafioso que está por encima de todo, cuya veteranía y convicción le hacen ir por la vida con una tranquilidad pasmosa. En cuanto a secundarios, hay muchos habituales en cine o televisión, pero con apariciones bastante breves, así que aunque cumplan como buenos profesionales ninguno logra dejar huella: Harvey Keitel, Anna Paquin, Bobby Cannavale, Stephen Graham y otros tantos.

Sin embargo, hay un aspecto polémico. El anunciado rejuvenecimiento facial de actores que sobrepasan los setenta pero interpretarían a personajes en distintas épocas, empezando por la treintena o menos, se iba a mirar con lupa, pues aunque ya se había visto en algunos episodios de Los Vengadores con resultados magníficos, destacando Capitana Marvel, ya se sabe que la ciencia-ficción y fantasía muchos no las cuentan como cine de verdad, así que hasta ahora no había realmente gran expectación por ver los resultados; para aumentar el sinsentido, los efectos especiales los hacen los mismos, Industria Light and Magic

El trabajo con los rostros es como en los ejemplos citados impecable, superando con creces a aparatosos maquillajes. No limita la interpretación de los actores, no canta a efecto digital… Pero en este caso hay dos puntos de choque que confunden e incluso molestan y terminan empañando el logro. El primero es que De Niro lleva lentillas o trabajo con ordenador también para ponerle los ojos tan claros que tenía la figura en que se basan, y resulta tan raro que te puede costar bastante rato acostumbrarse, porque te saca bastante del personaje, estás todo el rato pensando que algo no cuadra. Lo segundo es que siguen teniendo setenta años en sus movimientos, y en las escenas más activas se nota mucho, pero cuando entran en juego los dobles de cuerpo (peleas y caídas) la diferencia provoca carcajadas. Así que, al final cabe preguntarse si no es mejor el simple y efectivo recurso de contratar a distintos actores para distintas edades, o al menos haber seleccionado a unos cuarentones y usar la técnica para envejecer también. Por otro lado, hay otro caso extraño que resulta aún más desconcertante: coger a un actor relativamente joven y en forma como Domenick Lombardozzi (el detective tontorrón Herc de The Wire -2002-) y meterlo en un disfraz de gordo y anciano produce unos resultados ridículos.

Dejando estos detalles aparte, los problemas de la cinta son otros más importantes. No hay más virtudes destacables en ella aparte del excelso reparto, y sí una gran acumulación de peros y fallos desde el concepto a la ejecución. Scorsese cree haber conseguido una gran épica de género, compleja, larga, desbordante de contenido y emociones, al estilo El padrino (la segunda parte, sobre todo) y Uno de los nuestros… pero está más bien en la onda de Sergio Leone con su lenta, caótica, no lineal y semionírica Érase una vez en América (1984), que entusiasmó a sus seguidores acérrimos pero confundió y aburrió a muchos otros, cinéfilos y espectadores casuales, y estos, ante tan abrumadora recepción, prefieren callar antes de que se les trate de incultos. Pues yo voy a decirlo claramente y sin miedo: El irlandés no es una buena película, y llamarla obra maestra es una barrabasada insostenible.

Es demasiado larga e irregular, no se centra, no ofrece un rumbo y un contenido claros y consistentes. Ni siquiera me vale decir que con tres horas y media se puede considerar miniserie y ver por partes. Le sobra prácticamente la mitad, una ingente cantidad de material inane que lo que logra es rebajar su categoría de gran epopeya cinematográfica a miniserie televisiva de escaso calado y calidad.

Al menos Netflix ha tenido suerte con su éxito y la multitud de nominaciones a premios, lo que le permitirá atraer a más autores de este calibre. Es más, que Scorsese haya tenido un patinazo (o dos, contando la insustancial y tediosa Silencio -2016-) no significa que no vuelva a ofrecernos otro gran título.

El repertorio de anécdotas y curiosidades funcionó a las mil maravillas en Uno de los nuestros y no resultó nada mal en El lobo del Wall Street, dos historias generosas en metraje y años abarcados pero que gozaban de un ritmo trepidante, un hilo conductor claro y unos personajes que evolucionaban a ojos vista. Aquí, entre anécdota y anécdota puede haber quince minutos de vacío, y hasta llegar a un tramo interesante quizá hay que soportar media hora de vaguedades y vueltas en círculos. De hecho, la historia realmente tarda cuarenta minutos en empezar, pues hasta la aparición de Jimmy Hoffa prácticamente no ha pasado nada. Una presentación del protagonista, diréis. Pero lo que cuenta cabía en diez minutos más o menos. Mostrar a Frank iniciando sus trapicheos, entrando en contacto con Bufalino y empezando a matar para la mafia no necesitaba una exposición tan extendida y superficial. Scorsese tira de una narración no lineal para aumentar el tono melancólico (en el viaje en coche los ancianos recuerdan cómo se conocieron, qué fechorías hacían…), pero da rodeos mil cada cual menos trascendental y más aburrido.

La entrada de Hoffa levanta el interés bastante, pero sigue sin centrarse la cosa. Aparecen de golpe secundarios varios… y de repente desaparecen durante otro largo periodo mientras nos perdemos en otras subtramas vulgares, relatos de crímenes varios, rencillas con otros mafiosos, fiestas que no aportan nada… La peleilla con un rival (el encarnado por Graham) es de las partes más entretenidas, pero a la larga, como todo lo demás, no da la sensación de que aporte nada sustancioso al desarrollo global.

Para cuando encuentra un rumbo más claro ya es tarde y tampoco tiene el nivel exigible. La etapa de decadencia, donde Frank se vuelve consciente de que llega a la vejez sin nexos emocionales y familiares, pues los ha descuidado durante su vida, no funciona como debiera, porque todo esto se ha desarrollado en unas pocas anécdotas sueltas que metieron con calzador entre otras historias. Es decir, no puede ser que pasadas tres horas de metraje intentes que congeniemos con hijas que ni has presentado debidamente, que la versión adulta de una de ellas, encarnada por Paquin, deje huella con dos frases, y que de la otra y la mujer te acuerdes a estas alturas de dónde andan después de la poca presencia que han tenido. Además, el supuesto conflicto interno se sustenta sólo en la parte familiar, ni las misiones en teoría más difíciles que hizo parecen dejar secuelas, sean peligros que pueden volver a acechar o remordimientos serios.

Por hacer la comparación más obvia, en Uno de los nuestros teníamos a la familia presentada en los cinco primeros minutos y entendíamos rápido y con claridad la posición del protagonista, el entorno y sus motivaciones, y en adelante era todo exponer cómo funcionaba el mundo del crimen con cada hecho calando en él y su mujer de distintas formas.

Ni la puesta en escena resulta llamativa. Scorsese, sea porque intenta ofrecer una narrativa sobria acorde al tono nostálgico y decadente, va con la inercia puesta, no ofrece un aspecto visual expresivo y virtuoso, sino más bien uno apagado, casi televisivo, y cuando intenta florituras queda mal porque tira de recursos que ha usado mucho durante su carrera y aquí parecen enredos repentinos que desentonan: harto he acabado del tráveling que sortea un caos de gente para llegar al protagonista, sobre todo en vistas y juicios. Además, la recreación de la época es muy parca, no hay ambición alguna en el acabado de una película que trata de representar décadas de historia. Me temo que gran parte de los estratosféricos 160 millones de presupuesto se gastaron en la puja de derechos de autor y de distribución, que se fueron de madre cosa mala, pero la inversión real en el rodaje no tiene pinta de sobrepasar los 50-60 (lo que costó por ejemplo Emboscada final, por citar una reciente del estilo). No creo que en el rejuvenecimiento digital costara tanto; si es así, quizá no sea tanta mejora respecto al maquillaje o al uso de actores de distintas edades.

Acaba la eterna proyección y te quedas preguntándote qué ha intentado contarte Scorsese, si la historia de la mafia sindical, la vida completa de un sicario, o un anecdotario de crímenes en general. No tiene garra como recreación histórica, no conmueve el drama de las pocas vidas mostradas, no apasiona en las diversas aventuras de gángsteres. El tramo final en el asilo apenas vale para dejar un recuerdo digno en un relato cercano al desastre, salvado por algún tramo entretenido y sobre todo por la colosal interpretación de grandes y admirados veteranos.

Misión imposible


Mission: Impossible, 1996, EE.UU.
Género: Suspense, acción.
Duración: 110 min.
Dirección: Brian De Palma.
Guion: Robert Towne, David Koepp, Steven Zaillian.
Actores: Tom Cruise, Jon Voight, Ving Rhames, Jean Reno, Emmanuelle Béart, Henry Czerny, Kristin Scott Thomas, Vanessa Redgrave.
Música: Danny Elfman.

Valoración:
Lo mejor: La mar de emocionante: intrigante, agobiante, espectacular.
Lo peor: El papel de Tom Cruise es muy flojo. El personaje de Emmanuelle Béart no tiene garra.
Mejores momentos: La incursión en el servidor. El tren entrando en el túnel.
La frase: Este mensaje se autodestruirá en cinco segundos…

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Auspiciado por el gran conflicto político de la época, la Guerra Fría, el género de espionaje vivió en los años cincuenta y sesenta una época dorada, eso sí, desde una perspectiva de entretenimiento ligero, sobre todo en cine y televisión. Ya había bastante penurias en el mundo real, las excepciones trascendentales como Siete días de mayo (John Frankenheimer, 1964) no eran lo habitual, sino la evasión estilo las adaptaciones de James Bond (Ian Fleming, 1953). En la caja tonta más aún, pues primaba el mantener a las familias entretenidas. El principal referente en este ámbito en Estados Unidos fue la serie Misión imposible de la CBS. Iniciada en 1966 por Bruce Geller, supuso un importante éxito que llegó a durar siete temporadas y fue una notable influencia para el género.

Mucho tardaron en llevarla a la pantalla grande. En Paramount Pictures, poseedora de los derechos, no encontraban enfoque y autores que la sacaran adelante hasta que llegó Tom Cruise, al que le gustaba la serie, con ganas de encabezar la adaptación. Con su fama no le fue difícil liderar el proyecto, imponiendo su protagonismo y eligiendo al director entre varios candidatos de renombre. En cambio, el guion pasó por muchas manos hasta que fue tomando forma, siendo el libreto final una combinación de lo desarrollado por distintos autores.

Raro es que con ese proceso no saliera una amalgama de poca calidad, pero la cinta resultante fue compleja y densa de narices y aun así no se le pueden encontrar carencias importantes. Eso sí, dejó a muchos espectadores más confusos que intrigados, aunque con las magníficas escenas de acción finales todo el mundo salió contento. No ocurrió así con la crítica, que no conectó con una recuperación seria de un género muy en desuso (salvo por la infatigable saga de James Bond) precisamente acusándola de ser demasiado grave y farragosa. Quizá los medios esperaban más fidelidad al original, pero los 500 millones de dólares que recaudó, siendo la tercera en taquilla en 1996, señalan sin lugar a dudas que al espectador medio le convenció la renovación. Partimos de un relevo del protagonista Jim Phelps (Peter Graves en la serie, Jon Voight aquí), que pasa a ser el mentor de un nuevo personaje, Ethan Hunt, encarnado por Tom Cruise. La aventura grupal pasa a una odisea en solitario, y el tono de espionaje se torna más oscuro.

No conocemos nada de la vida personal de Hunt, no es necesario. La historia se centra en su equipo y su trabajo, y cómo trata de salir de un apuro enorme. Cualquier otro autor habría metido flashbacks o como poco alguna llamada telefónica a su familia, con algún niño mono de por medio, para forzar un drama innecesario y tratar de conectar con el espectador con clichés en vez de como logran hacer aquí, contando únicamente lo relevante en esta etapa de su vida. La escena que resume la dinámica de la banda, con el colegueo y la forma de trabajar de cada uno, es muy efectiva para ponernos en situación y conocer qué pierde Ethan cuando empiezan los problemas. Eso sí, aquí puedo citar uno de los pocos puntos grises de la propuesta: el matrimonio entre el viejo líder del equipo y la joven espía no resulta muy verosímil; deberían haber omitido ese dato y optar porque están compinchados por alguna razón relacionada con el espionaje, como dinero o librarse de algún problema.

Desde la primera misión la proyección mantiene el tono de intriga muy alto. ¿Qué está pasando, logrará Ethan salir airoso, en quiénes puede confiar? Vivimos codo con codo su desconcierto y el esfuerzo por desentrañar el complot, y si bien la trama es densa y complicada de seguir a veces, eso mismo garantiza atención máxima, compartir ese empeño por darle sentido a todo. Las sorpresas y las traiciones mantienen la tensión también en un punto álgido casi constante: en cualquier momento puede deshacerse lo andado.

Entre esa conexión y el trabajo físico al que se somete Tom Cruise en las secuencias más importantes se eclipsa bastante el flojísimo papel que ofreció, lejos del carisma de otros títulos recientes (Entrevista con el vampiro -1994-, Nacido el cuatro de julio -1989-) y de la buena interpretación de algunos inmediatamente posteriores (Jerry Maguire -1996-, Magnolia -1999-). En cambio no se trabajan lo suficiente a la compañera, Claire, que podía haber dado mucho más juego con la sospecha de si es de fiar o no, pero apenas deja huella a pesar de aparecer en muchas escenas; además, Emmanuelle Béart está muy sosa. Por suerte, el resto de secundarios es muy efectivo. La ambigüedad moral de Jean Reno (Krieger) y el carisma Ving Rhames (Luther) quedan patentes desde su primera aparición, y pronto su presencia interesa más que la de Béart. Voigh resulta muy intrigante y Henry Czerny construye un jefe tocapelotas efectivo.

Esencial a la hora de dar forma a esta atmósfera absorbente, sofocante a veces, es la dirección de Brian De Palma, que combina de maravilla los distintos tempos de cada escena, y las hay muy variadas. Las partes pausadas resultan tan intensas como otras más activas, por ejemplo, la misión inicial lleva un crescendo que consigue una acertada sensación de que se va perdiendo el control, y la parte de Ethan en los foros de internet transmite muy bien su agotamiento y tensión. Además, como el guion dosifica muy bien cambios de escenario y la introducción de nuevos personajes, la cinta nunca pierde fuelle. El nivel sube inesperadamente en la larga y pausada secuencia de la incursión en el servidor, que toma lo mejor del género (silencios, el peligro a ser descubiertos) y de la serie (el asombro de las tecnologías modernas, con esa alucinante sala) y De Palma remata con un pulso envidiable. Las salas de cine aguantaban la respiración cuando Tom Cruise se cuelga de los cables.

Para el tramo final llega otro cambio brutal, llevándonos a unas secuencias de acción que nos dejaron aún más anonadados. Lejos de las explosiones a lo Jerry Bruckheimer y Michael Bay (La roca -1996- y demás) que triunfaba en la acción más terrenal o de los grandes despliegues de efectos especiales de superproducciones más fantasiosas (Independence DayRoland Emmerich, 1996-, TwisterJan de Bont, 1996-), Cruise y De Palma querían algo espectacular pero más por sorprendente y complicado, y no sin pocas dificultades lo lograron. Ante la imposibilidad de rodar en trenes reales (falta de permisos y seguridad) mezclaron decorados con pantallas de fondo, y el resultado fue impecable, te crees la situación incluso veinte años después, no hay limitación alguna en los trucajes que te saque de las imágenes. La intriga por la resolución de la misión combinada con la peripecia de Ethan por los techos del tren fue asombrosa y sigue manteniéndose como una de las escenas de acción más impresionantes que se recuerdan.

Cabe destacar que mantuvieron muy bien un sello crucial de la original: la música de Lalo Schifrin que mezclaba orquesta con jazz de ritmos modernos es recuperada por Danny Elfman con bastante inspiración, teniendo muchos momentos estupendos, aunque también hay algún otro instante donde satura un poco por sobreutilización.

La segunda entrega, parida por John Woo en el año 2000, nadie entiende cómo pudo salir tan desastrosa (¿no lo vieron venir durante el rodaje?), y aunque es cierto que inicialmente la crítica fue incomprensiblemente muy suave, el público la puso a caldo y da la sensación de que muchos iban al cine para reírse del desastre. El paso del tiempo la ha ido poniendo en su lugar: como una de las peores películas de gran presupuesto de la historia. Aunque por el tirón de la primera amasó más de 500 millones, siendo la más taquillera del año, por encima incluso del pelotazo de Gladiator (Ridley Scott), hundió la serie hasta el punto de que parecía no iba a haber más.

Pero ni Cruise ni los estudios podían dejar morir una saga que sólo con el título daría dinero, y para 2006 se montaron una especie de reinicio. El trabajo de J. J. Abrams fue muy sólido, una buena mezcla de espionaje y acción con nuevos secundarios atractivos, aunque las críticas fueron irregulares y le costó llegar a los 400 millones de dólares, que quizá no fueron suficientes viendo su alto presupuesto y la excesiva campaña publicitaria. El siguiente episodio, Protocolo fantasma, llegó en 2011 de la mano de Brad Bird, y ofreció otro enfoque nuevo. Este por fin dio las ingentes cantidad de dinero deseadas (casi 700 millones), y la saga desde entonces sigue sus parámetros, esto es, una vuelta al entretenimiento más ligero con el que nació la serie en los sesenta, con historias más sencillas, más acción, y reutilización poco disimulada de los mejores momentos de la primera entrega.

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Serie Misión Imposible:
-> Misión imposible (1996)
Misión imposible 2 (2000)
Misión imposible 3 (2006)
Misión imposible: Protocolo fantasma (2011)
Misión imposible: Nación secreta (2015)
Misión imposible: Fallout (2018)

Exodus: Dioses y reyes


Exodus: Gods and Kings, 2014, EE.UU.
Género: Aventuras, fantasía.
Duración: 150 min.
Dirección: Ridley Scott.
Guion: Steven Zaillian, Jeffrey Caine, Bill Collage, Adam Cooper.
Actores: Christian Bale, Joel Edgerton, Ben Kingsley, Aaron Paul, John Turturro, Sigourney Weaver.
Música: Alberto Iglesias.

Valoración:
Lo mejor: Aspecto visual de primera.
Lo peor: Guion insustancial, con lo que la película carece de garra, de alma. La sosa banda sonora también contribuye a ello.
El título: Otro nombre absurdo que mezcla castellano e inglés. ¿Por qué no traducen exodus?

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El guion de Exodus parte de conceptos muy clásicos. La rivalidad entre hermanos/amigos por el trono, uno déspota, el otro reflexivo y moderado y que terminará dejando la abusiva nobleza para unirse al pueblo en la rebelión, y como es esperable, ambos terminarán enfrentándose; tenemos también otros topicazos como el anciano sabio y la chica de turno, esta última más que nunca metida con calzador en un capítulo que resulta anodino y también bastante machista, pues pone a la mujer como simple complemento del hombre y criadora de familias. Como todo lo hemos visto ya un millar de veces y está claro que no pretendían mostrar algo novedoso dado el relato en el que se basan, qué menos que esforzarse en darle fuerza y profundidad suficientes para que pueda causar alguna impresión y emoción. Pero no, la trama avanza con desgana y monotonía, los personajes se quedan en la superficie, es decir, en arquetipos sin alma. Y como todo es predecible, pues roza el aburrimiento. La comparativa con Gladiator es obvia y necesaria: aquella narraba prácticamente lo mismo, y no hace falta recordar la calidad, fuerza y trascendencia que transmitían todos sus elementos formando una cinta memorable.

Sólo el dinero (vestuario y decorados impresionantes) y la narrativa siempre impecable de Ridley Scott salvan a la película del suspenso, aunque en un par de aspectos se queda algo por detrás de sus últimos títulos. Los planos y secuencias de ciudades y palacios, las batallas y el cruce del Mar Rojo, son bastante impresionantes; el realizador rueda con la grandeza habitual en él: exteriores bien conjugados con efectos especiales, planificación y ejecución de escenas colosales con una facilidad pasmosa para su edad (¡77 años!), gran dominio de la épica… Pero por las características de la historia esa épica no llega a ser inconmensurable como lo fue en El reino de los cielos, aunque es justo decir que el asedio y las batallas de esa obra serán muy difíciles de superar. Y también se puede señalar que en algunos instantes se notan los efectos especiales, a pesar de que esos escenarios digitales anaranjados de la era de Gladiator ya parecían estar superados.

Pero sí, en líneas generales Scott se marca otro espectáculo visual de primer orden y como se espera de un artesano clásico: tempo bien medido, fotografía llena de estupendos planos medios y grandes angulares, gran provecho de los decorados y exteriores, y todo ello sin dejarse llevar por fuegos artificiales baratos (los recursos de los directores sin recursos: agitar la cámara y acelerar el montaje, saturar de ruido y efectos digitales). La pega, claro está, es que con personajes y trama tan débiles poca fuerza puede salir de las imágenes, por muy perfectas que sean en la técnica. En la misma tónica están los actores: son todos competentes de sobra, en especial el gran Christian Bale, pero poco margen tienen y poco terminan ofreciendo. Ahora bien, hay un aspecto que sí queda muy lejos de dar la talla para una superproducción de aventuras: la banda sonora es floja, simple y carente de empaque. Alberto Iglesias es buen compositor, y destaca su conocimiento de las músicas étnicas, pero aquí no está nada inspirado y se queda lejísimos de reforzar la épica, la aventura y el drama como se requería.

Por otro lado, otro lastre es la sensación de que Scott pretendía un acercamiento más neutral, casi histórico, a la mitología del Éxodo y Moisés. No es directo o descarado, pero todo lo que muestra (visiones de Moisés, plagas, Mar Rojo) lo hace de forma que pueda tener una explicación racional, nunca se inclina del todo por la fantasía. Abordar una fábula mitológica de esta índole sin tener una conexión plena con ella y pretender montarse un revisionismo limitado es lanzarse directamente al fracaso. Ya desde el texto en pantalla del inicio la fachada histórica se derrumba: las pirámides no las construyeron esclavos, las últimas datan de unos 600 años antes de la época representada en la película, aunque Ramsés sí mandó edificar cantidad de templos, y sobre todo no hay prueba alguna del éxodo de Moisés, no encaja en ninguna de las civilizaciones y fechas conocidas. Así, se queda corto para todos los espectadores, tanto para los que esperan ver una representación fiel de la mitología de su religión (incluyendo a los que se la creen como algo real, claro) como para los que prefieren la Historia. El resto de espectadores se conformaría con una buena aventura, pero tampoco eso consigue.

Ahora queda por ver si terminan sacando una versión extendida o director’s cut que, como en El reino de los cielos y Robin Hood, incluya material quizá menos espectacular (las productoras siempre simplifican los montajes centrándose en la acción) pero que dé mejor forma al relato y describa más en profundidad a los personajes, que algunos han quedado en casi nada, como los de Sigourney Weaver y Aaron Paul. Scott afirma que su montaje inicial, ese del que parten para formar la película final quitando cosas no esenciales y recortando escenas, duraba como cuatro horas y media, con lo que tiene buena cantidad de material en espera de formar una película que podría ser mucho mejor, de hecho incluso totalmente diferente si nos atenemos a ejemplos como su El reino de los cielos o la Alejandro Magno de Oliver Stone.

Moneyball: Rompiendo las reglas


Moneyball, 2011, EE.UU.
Género: Drama.
Duración: 133 min.
Director: Bennett Miller.
Guion: Steven Zaillian, Aaron Sorkin, Michael Lewis (novela).
Actores: Brad Pitt, Jonah Hill, Philip Syemour Hoffman, Robin Wright, Cris Pratt, Stephen Bishop.
Música: Mychael Danna.

Valoración:
Lo mejor: Historia sólida y entretenida.
Lo peor: No deja huella alguna. Muy sobrevalorada por los premios de la temporada.

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Moneyball se basa en la historia real de un equipo de béisbol de segunda fila sin presupuesto para formar una plantilla de nivel y con un equipo técnico que se las apaña como puede para fichar una figura o dos y tratar de hacer algo centrando el juego en ella. El encargado de los fichajes, desesperado por la situación, opta por una táctica novedosa: aprovecha las ideas de un genio programador y estadista y sigue el camino contrario al esperado, pues en vez de ir a por unas pocas estrellas de calidad trata de hacer un equipo equilibrado basando los fichajes en la estadística. Eligen los porcentajes más sólidos o los que mejor se adaptan a su estrategia (según les falte cubrir una posición o quieran potenciar otra), incluyendo a jugadores que por razones varias (edad, lesiones, fama) son repudiados. Por razones que se me escapan, en este deporte entre las distintas secciones del equipo técnico no hay comunicación, y como el entrenador y el encargado de los fichajes son puestos distintos y sin una relación directa, la nueva situación da no pocos momentos tensos por las distintas formas de ver las cosas. Finalmente se impone el criterio a la tradición, y el equipo despega de forma impresionante, causando un impacto que abre una nueva era en el béisbol.

Lejos de que pueda parecer y de lo que he leído en alguna crítica, el desconocer este deporte no hace de Moneyball una historia complicada o aburrida. Como mucho te preguntarás lo que indicaba en el párrafo anterior, el cómo demonios una plantilla de técnicos tan grande puede funcionar si cada sección va por libre: el entrenador, la economía, los fichajes, etc… Pero aparte de eso no hay problema alguno para seguir la trama, ni siquiera en la táctica estadística. De hecho, o se pasa muy por encima de tecnicismos innecesarios o se explica todo mediante escenas muy amenas que se centran en aspectos menos complicados de entender, como los puntos fuertes de cada jugador y la guerra constante de fichajes. En realidad es, en líneas generales, una historia de superación muy clásica, sencilla, directa y entretenida. El personaje principal resulta cercano y sus problemas interesan, las situaciones y conflictos dan siempre algo de valor (nada de chorradas facilonas, sentimentaloides o previsibles), la trayectoria del equipo da bastante de sí y hay unos cuantos buenos momentos.

Sin embargo a la aventura no le veo tanta calidad como para el revuelo que ha generado. Es más, si no fuera por la efectiva sucesión de anécdotas se notaría que la trama es más bien simple, y sobre todo hay que decir que en personajes anda muy escasa. Únicamente el rol principal tiene un poco más de enjundia, el resto, incluido el genio, quedan muy en segundo plano, desdibujados e infrautilizados hasta el punto de que llegué a pensar que se estaba echando a perder una historia con potencial al centrarlo todo en una sola figura.

Así pues, aunque sea bastante amena, no resulta una película especialmente llamativa, no como para causar impresión o dejar huella tras su visionado. Y desde luego no le veo calidad como para haber sido tan aclamada en la temporada de premios. Es alucinante que agarrara seis nominaciones a los Oscar y cuatro a los Globos de Oro, pues desde mi punto de vista no merece ninguna. El aplaudido guion no tiene la talla que algunos le acreditan o que el renombre de sus autores prometía (Steve Zailian y Aaron Sorkin), y desde luego me parece absurdo ver cómo los actores han sido tan sobrevalorados: Brad Pitt está correcto sin más, muy lejos de sus mejores papeles, y Jonah Hill directamente parece un extra haciendo bulto, convirtiéndose ambos en algunas de las nominaciones a intérpretes (tanto en los Oscar como en Globos de Oro) más incomprensibles que se han dado.

Millennium: los hombres que no amaban a las mujeres


Millennium: The Girl with the Dragon Tattoo , 2011, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 158 min.
Dirección: David Fincher.
Guion: Steven Zaillian, Stieg Larsson (novela).
Actores: Daniel Craig, Rooney Mara, Chistpopher Plummer, Stellan Scarsgard, Robin Wright, Joely Richardson.
Música: Trent Reznor, Atticus Ross.

Valoración:
Lo mejor: Todo, en especial la dirección, la fotografía, la música y el papel de Rooney Mara.
Lo peor: Que se considere una cinta menor de Fincher, cuando no lo es. Que le hayan robado premios gordos.

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Siendo una saga literaria convertida en éxito mundial de ventas y transformada luego en serie de adaptaciones al cine que, aun viniendo de un mercado tan lejano como es el sueco, adquirió también bastante éxito internacional, su adaptación por parte de Hollywood era sólo cuestión de tiempo. Ante esta situación hoy día lo más probable era encontrarnos una obra hecha únicamente como reclamo publicitario, es decir, sin poner esfuerzo alguno dotarla de personalidad (tipo Déjame entrar), pero tuvimos una suerte enorme al caer esta en manos de dos autores de nivel que además se esforzaron en ofrecer un producto de gran calidad: David Fincher en la dirección y Steven Zaillian en el guion.

El libreto sintetiza de maravilla una novela muy larga y compleja, haciendo inteligible todo el entramado de nombres de personajes que ni siquiera salen o lo hacen momentáneamente y mostrando fluidamente una trama a dos bandas que tardan bastante en unirse. Lo único criticable es que el desenlace del caso se ve venir, pero no importa demasiado porque está bien mostrado y en la parte relativa a los protagonistas sí se muestra un desenlace más original y efectivo.

La dirección de Fincher exprime al máximo una historia abocada a resultar lenta y tediosa en manos de alguien sin tantas dotes y personalidad. Compone un thriller intenso, subyugante, a ratos espectacular, con unos personajes magníficos tanto en su descripción como en su evolución y capacidad para llegar al espectador. El relato es oscuro y cruel, cualidades que el director agudiza sin contemplaciones llegando a ofrecer algunas escenas, como la violación y su represalia, realmente perturbadoras, de las más bestias y explícitas vistas en cine comercial en muchísimos años. De hecho el nivel de violencia es muy sorprendente para lo estándar en el Hollywood actual, y me extraña que no causara polémica.

La fotografía fascinante, el pulso y calidad impecable de cada escena (algunas visualmente impresionantes, como la persecución en moto) y la atípica pero eficaz música de Trent Reznor (que viene del rock industrial de calidad –Nine Inch Niles– y está pegando fuerte en las bandas sonoras) y Atticus Ross dan un aspecto visual arrebatador a una historia densa pero sumamente atractiva y entretenida. Y la labor de los actores, en especial una Rooney Mara totalmente sumergida en un personaje magistral, es impecable.

Así pues, es una pena que a estas alturas a David Fincher, ya aceptado por Hollywood (antes era el típico bicho raro de culto pero sin prestigio académico) y con obras muy premiadas, algunas incluso muy por encima de su calidad (insoportable la de Benjamin Button), le hayan pasado por alto otra gran película: ni guion ni dirección optaron a los Oscar y Globos de Oro cuando hay títulos claramente inferiores (Los descendientesAlexander Payne-, MoneyballBennett Miller-, Los idus de marzo, –George Clooney-) que sí lo han hecho.

Como apunte final, un dato extra para alabar la entereza y profesionalidad de sus autores: la historia se ambienta en la propia Suecia, algo que sorprende dado lo etnocentristas que son los estadounidenses, que ni aceptan cine que no sea en inglés (razón por la que se hacen versiones como esta).

Gangs of New York


Gangs of New York/em>, 2002, EE.UU.
Género: Drama, histórico.
Duración: 167 min.
Dirección: Martin Scorsese.
Guion: Jay Cocks, Steven Zaillian, Kenneth Lonergan.
Actores: Leonardo DiCaprio, Daniel Day-Lewis, Cameron Diaz, Brendan Gleeson, John C. Reilly, Jim Broadbent, Liam Neeson, Henry Thomas.
Música: Howard Shore.

Valoración:
Lo mejor: Impresionantes labores de dirección, fotografía, escenarios, vestuario…
Lo peor: Los personajes son insípidos y sus vidas no interesan lo más mínimo.
Mejores momentos: Algunos planos espectaculares que muestran las calles atestadas de gente y los escenarios construidos de forma tan realista.

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Scorsese pretende narrar en Gangs of New York los difíciles años del nacimiento de New York como metrópolis rebosante de diversidad cultural, y lo consigue, pero a costa de sacrificar la importancia de los protagonistas que supuestamente llevan la historia. Y es que olvida que una película ha de tener un grupo de caracteres como hilo conductor, que les ocurran cosas dignas de seguir con interés, perdiéndose en la recreación del lugar, en ambientes, curiosidades, historias secundarias y el aspecto visual. Por lo tanto, el relato está deslavazado, disperso, a medio camino entre el documental y el drama sin conseguir decantarse por uno u otro. Sí, hay grandes escenas aquí y allá, el trasfondo social y político es atractivo y todo se muestra a través de una envoltura exquisita, pero en su abultadísima duración la cinta apenas consigue captar la atención por culpa de unos caracteres insulsos cuyas vidas, cuyos enfrentamientos, ligues y amistades no ofrecen nada que merezca la pena recordar.

Para empeorar el pobre interés que despiertan los protagonistas tenemos actores inadecuados a sus roles: DiCaprio no había entrado todavía en su buena racha (iniciada precisamente en sus siguientes intervenciones, en Atrápame si puedes y El aviador), Cameron Diaz da pena verla a pesar de su belleza y Daniel Day-Lewis rebosa histrionismo y muecas caricaturescas. Algunos secundarios como Brendan Gleeson, Gary Lewis o Liam Neeson (curiosamente empecinado en hacer de maestro que muere rápidamente) resultan más atractivos, pero no lo suficiente para dejar huella.

En la realización no hay quejas y sí numerosos adjetivos de admiración, pues la producción fue mastodóntica y Scorsese le sacó buen rendimiento. El aspecto visual quita la respiración desde la escenificación, con una dirección artística encomiable y unos decorados grandiosos y detallados con sumo cuidado, hasta la labor tras las cámaras, con una fotografía excelente, un montaje muy correcto y un Scorsese que siempre sabe dónde poner el objetivo y cómo realizar las secuencias de la mejor forma posible. Lástima que todo se quedase en una fachada, muy preciosista y virtuosa pero vacía.