El Criticón

Opinión de cine y música

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Misión imposible


Mission: Impossible, 1996, EE.UU.
Género: Suspense, acción.
Duración: 110 min.
Dirección: Brian De Palma.
Guion: Robert Towne, David Koepp, Steven Zaillian.
Actores: Tom Cruise, Jon Voight, Ving Rhames, Jean Reno, Emmanuelle Béart, Henry Czerny, Kristin Scott Thomas, Vanessa Redgrave.
Música: Danny Elfman.

Valoración:
Lo mejor: La mar de emocionante: intrigante, agobiante, espectacular.
Lo peor: El papel de Tom Cruise es muy flojo. El personaje de Emmanuelle Béart no tiene garra.
Mejores momentos: La incursión en el servidor. El tren entrando en el túnel.
La frase: Este mensaje se autodestruirá en cinco segundos…

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Auspiciado por el gran conflicto político de la época, la Guerra Fría, el género de espionaje vivió en los años cincuenta y sesenta una época dorada, eso sí, desde una perspectiva de entretenimiento ligero, sobre todo en cine y televisión. Ya había bastante penurias en el mundo real, las excepciones trascendentales como Siete días de mayo (John Frankenheimer, 1964) no eran lo habitual, sino la evasión estilo las adaptaciones de James Bond (Ian Fleming, 1953). En la caja tonta más aún, pues primaba el mantener a las familias entretenidas. El principal referente en este ámbito en Estados Unidos fue la serie Misión imposible de la CBS. Iniciada en 1966 por Bruce Geller, supuso un importante éxito que llegó a durar siete temporadas y fue una notable influencia para el género.

Mucho tardaron en llevarla a la pantalla grande. En Paramount Pictures, poseedora de los derechos, no encontraban enfoque y autores que la sacaran adelante hasta que llegó Tom Cruise, al que le gustaba la serie, con ganas de encabezar la adaptación. Con su fama no le fue difícil liderar el proyecto, imponiendo su protagonismo y eligiendo al director entre varios candidatos de renombre. En cambio, el guion pasó por muchas manos hasta que fue tomando forma, siendo el libreto final una combinación de lo desarrollado por distintos autores.

Raro es que con ese proceso no saliera una amalgama de poca calidad, pero la cinta resultante fue compleja y densa de narices y aun así no se le pueden encontrar carencias importantes. Eso sí, dejó a muchos espectadores más confusos que intrigados, aunque con las magníficas escenas de acción finales todo el mundo salió contento. No ocurrió así con la crítica, que no conectó con una recuperación seria de un género muy en desuso (salvo por la infatigable saga de James Bond) precisamente acusándola de ser demasiado grave y farragosa. Quizá los medios esperaban más fidelidad al original, pero los 500 millones de dólares que recaudó, siendo la tercera en taquilla en 1996, señalan sin lugar a dudas que al espectador medio le convenció la renovación. Partimos de un relevo del protagonista Jim Phelps (Peter Graves en la serie, Jon Voight aquí), que pasa a ser el mentor de un nuevo personaje, Ethan Hunt, encarnado por Tom Cruise. La aventura grupal pasa a una odisea en solitario, y el tono de espionaje se torna más oscuro.

No conocemos nada de la vida personal de Hunt, no es necesario. La historia se centra en su equipo y su trabajo, y cómo trata de salir de un apuro enorme. Cualquier otro autor habría metido flashbacks o como poco alguna llamada telefónica a su familia, con algún niño mono de por medio, para forzar un drama innecesario y tratar de conectar con el espectador con clichés en vez de como logran hacer aquí, contando únicamente lo relevante en esta etapa de su vida. La escena que resume la dinámica de la banda, con el colegueo y la forma de trabajar de cada uno, es muy efectiva para ponernos en situación y conocer qué pierde Ethan cuando empiezan los problemas. Eso sí, aquí puedo citar uno de los pocos puntos grises de la propuesta: el matrimonio entre el viejo líder del equipo y la joven espía no resulta muy verosímil; deberían haber omitido ese dato y optar porque están compinchados por alguna razón relacionada con el espionaje, como dinero o librarse de algún problema.

Desde la primera misión la proyección mantiene el tono de intriga muy alto. ¿Qué está pasando, logrará Ethan salir airoso, en quiénes puede confiar? Vivimos codo con codo su desconcierto y el esfuerzo por desentrañar el complot, y si bien la trama es densa y complicada de seguir a veces, eso mismo garantiza atención máxima, compartir ese empeño por darle sentido a todo. Las sorpresas y las traiciones mantienen la tensión también en un punto álgido casi constante: en cualquier momento puede deshacerse lo andado.

Entre esa conexión y el trabajo físico al que se somete Tom Cruise en las secuencias más importantes se eclipsa bastante el flojísimo papel que ofreció, lejos del carisma de otros títulos recientes (Entrevista con el vampiro -1994-, Nacido el cuatro de julio -1989-) y de la buena interpretación de algunos inmediatamente posteriores (Jerry Maguire -1996-, Magnolia -1999-). En cambio no se trabajan lo suficiente a la compañera, Claire, que podía haber dado mucho más juego con la sospecha de si es de fiar o no, pero apenas deja huella a pesar de aparecer en muchas escenas; además, Emmanuelle Béart está muy sosa. Por suerte, el resto de secundarios es muy efectivo. La ambigüedad moral de Jean Reno (Krieger) y el carisma Ving Rhames (Luther) quedan patentes desde su primera aparición, y pronto su presencia interesa más que la de Béart. Voigh resulta muy intrigante y Henry Czerny construye un jefe tocapelotas efectivo.

Esencial a la hora de dar forma a esta atmósfera absorbente, sofocante a veces, es la dirección de Brian De Palma, que combina de maravilla los distintos tempos de cada escena, y las hay muy variadas. Las partes pausadas resultan tan intensas como otras más activas, por ejemplo, la misión inicial lleva un crescendo que consigue una acertada sensación de que se va perdiendo el control, y la parte de Ethan en los foros de internet transmite muy bien su agotamiento y tensión. Además, como el guion dosifica muy bien cambios de escenario y la introducción de nuevos personajes, la cinta nunca pierde fuelle. El nivel sube inesperadamente en la larga y pausada secuencia de la incursión en el servidor, que toma lo mejor del género (silencios, el peligro a ser descubiertos) y de la serie (el asombro de las tecnologías modernas, con esa alucinante sala) y De Palma remata con un pulso envidiable. Las salas de cine aguantaban la respiración cuando Tom Cruise se cuelga de los cables.

Para el tramo final llega otro cambio brutal, llevándonos a unas secuencias de acción que nos dejaron aún más anonadados. Lejos de las explosiones a lo Jerry Bruckheimer y Michael Bay (La roca -1996- y demás) que triunfaba en la acción más terrenal o de los grandes despliegues de efectos especiales de superproducciones más fantasiosas (Independence DayRoland Emmerich, 1996-, TwisterJan de Bont, 1996-), Cruise y De Palma querían algo espectacular pero más por sorprendente y complicado, y no sin pocas dificultades lo lograron. Ante la imposibilidad de rodar en trenes reales (falta de permisos y seguridad) mezclaron decorados con pantallas de fondo, y el resultado fue impecable, te crees la situación incluso veinte años después, no hay limitación alguna en los trucajes que te saque de las imágenes. La intriga por la resolución de la misión combinada con la peripecia de Ethan por los techos del tren fue asombrosa y sigue manteniéndose como una de las escenas de acción más impresionantes que se recuerdan.

Cabe destacar que mantuvieron muy bien un sello crucial de la original: la música de Lalo Schifrin que mezclaba orquesta con jazz de ritmos modernos es recuperada por Danny Elfman con bastante inspiración, teniendo muchos momentos estupendos, aunque también hay algún otro instante donde satura un poco por sobreutilización.

La segunda entrega, parida por John Woo en el año 2000, nadie entiende cómo pudo salir tan desastrosa (¿no lo vieron venir durante el rodaje?), y aunque es cierto que inicialmente la crítica fue incomprensiblemente muy suave, el público la puso a caldo y da la sensación de que muchos iban al cine para reírse del desastre. El paso del tiempo la ha ido poniendo en su lugar: como una de las peores películas de gran presupuesto de la historia. Aunque por el tirón de la primera amasó más de 500 millones, siendo la más taquillera del año, por encima incluso del pelotazo de Gladiator (Ridley Scott), hundió la serie hasta el punto de que parecía no iba a haber más.

Pero ni Cruise ni los estudios podían dejar morir una saga que sólo con el título daría dinero, y para 2006 se montaron una especie de reinicio. El trabajo de J. J. Abrams fue muy sólido, una buena mezcla de espionaje y acción con nuevos secundarios atractivos, aunque las críticas fueron irregulares y le costó llegar a los 400 millones de dólares, que quizá no fueron suficientes viendo su alto presupuesto y la excesiva campaña publicitaria. El siguiente episodio, Protocolo fantasma, llegó en 2011 de la mano de Brad Bird, y ofreció otro enfoque nuevo. Este por fin dio las ingentes cantidad de dinero deseadas (casi 700 millones), y la saga desde entonces sigue sus parámetros, esto es, una vuelta al entretenimiento más ligero con el que nació la serie en los sesenta, con historias más sencillas, más acción, y reutilización poco disimulada de los mejores momentos de la primera entrega.

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Serie Misión Imposible:
-> Misión imposible (1996)
Misión imposible 2 (2000)
Misión imposible 3 (2006)
Misión imposible: Protocolo fantasma (2011)
Misión imposible: Nación secreta (2015)
Misión imposible: Fallout (2018)

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Exodus: Dioses y reyes


Exodus: Gods and Kings, 2014, EE.UU.
Género: Aventuras, fantasía.
Duración: 150 min.
Dirección: Ridley Scott.
Guion: Steven Zaillian, Jeffrey Caine, Bill Collage, Adam Cooper.
Actores: Christian Bale, Joel Edgerton, Ben Kingsley, Aaron Paul, John Turturro, Sigourney Weaver.
Música: Alberto Iglesias.

Valoración:
Lo mejor: Aspecto visual de primera.
Lo peor: Guion insustancial, con lo que la película carece de garra, de alma. La sosa banda sonora también contribuye a ello.
El título: Otro nombre absurdo que mezcla castellano e inglés. ¿Por qué no traducen exodus?

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El guion de Exodus parte de conceptos muy clásicos. La rivalidad entre hermanos/amigos por el trono, uno déspota, el otro reflexivo y moderado y que terminará dejando la abusiva nobleza para unirse al pueblo en la rebelión, y como es esperable, ambos terminarán enfrentándose; tenemos también otros topicazos como el anciano sabio y la chica de turno, esta última más que nunca metida con calzador en un capítulo que resulta anodino y también bastante machista, pues pone a la mujer como simple complemento del hombre y criadora de familias. Como todo lo hemos visto ya un millar de veces y está claro que no pretendían mostrar algo novedoso dado el relato en el que se basan, qué menos que esforzarse en darle fuerza y profundidad suficientes para que pueda causar alguna impresión y emoción. Pero no, la trama avanza con desgana y monotonía, los personajes se quedan en la superficie, es decir, en arquetipos sin alma. Y como todo es predecible, pues roza el aburrimiento. La comparativa con Gladiator es obvia y necesaria: aquella narraba prácticamente lo mismo, y no hace falta recordar la calidad, fuerza y trascendencia que transmitían todos sus elementos formando una cinta memorable.

Sólo el dinero (vestuario y decorados impresionantes) y la narrativa siempre impecable de Ridley Scott salvan a la película del suspenso, aunque en un par de aspectos se queda algo por detrás de sus últimos títulos. Los planos y secuencias de ciudades y palacios, las batallas y el cruce del Mar Rojo, son bastante impresionantes; el realizador rueda con la grandeza habitual en él: exteriores bien conjugados con efectos especiales, planificación y ejecución de escenas colosales con una facilidad pasmosa para su edad (¡77 años!), gran dominio de la épica… Pero por las características de la historia esa épica no llega a ser inconmensurable como lo fue en El reino de los cielos, aunque es justo decir que el asedio y las batallas de esa obra serán muy difíciles de superar. Y también se puede señalar que en algunos instantes se notan los efectos especiales, a pesar de que esos escenarios digitales anaranjados de la era de Gladiator ya parecían estar superados.

Pero sí, en líneas generales Scott se marca otro espectáculo visual de primer orden y como se espera de un artesano clásico: tempo bien medido, fotografía llena de estupendos planos medios y grandes angulares, gran provecho de los decorados y exteriores, y todo ello sin dejarse llevar por fuegos artificiales baratos (los recursos de los directores sin recursos: agitar la cámara y acelerar el montaje, saturar de ruido y efectos digitales). La pega, claro está, es que con personajes y trama tan débiles poca fuerza puede salir de las imágenes, por muy perfectas que sean en la técnica. En la misma tónica están los actores: son todos competentes de sobra, en especial el gran Christian Bale, pero poco margen tienen y poco terminan ofreciendo. Ahora bien, hay un aspecto que sí queda muy lejos de dar la talla para una superproducción de aventuras: la banda sonora es floja, simple y carente de empaque. Alberto Iglesias es buen compositor, y destaca su conocimiento de las músicas étnicas, pero aquí no está nada inspirado y se queda lejísimos de reforzar la épica, la aventura y el drama como se requería.

Por otro lado, otro lastre es la sensación de que Scott pretendía un acercamiento más neutral, casi histórico, a la mitología del Éxodo y Moisés. No es directo o descarado, pero todo lo que muestra (visiones de Moisés, plagas, Mar Rojo) lo hace de forma que pueda tener una explicación racional, nunca se inclina del todo por la fantasía. Abordar una fábula mitológica de esta índole sin tener una conexión plena con ella y pretender montarse un revisionismo limitado es lanzarse directamente al fracaso. Ya desde el texto en pantalla del inicio la fachada histórica se derrumba: las pirámides no las construyeron esclavos, las últimas datan de unos 600 años antes de la época representada en la película, aunque Ramsés sí mandó edificar cantidad de templos, y sobre todo no hay prueba alguna del éxodo de Moisés, no encaja en ninguna de las civilizaciones y fechas conocidas. Así, se queda corto para todos los espectadores, tanto para los que esperan ver una representación fiel de la mitología de su religión (incluyendo a los que se la creen como algo real, claro) como para los que prefieren la Historia. El resto de espectadores se conformaría con una buena aventura, pero tampoco eso consigue.

Ahora queda por ver si terminan sacando una versión extendida o director’s cut que, como en El reino de los cielos y Robin Hood, incluya material quizá menos espectacular (las productoras siempre simplifican los montajes centrándose en la acción) pero que dé mejor forma al relato y describa más en profundidad a los personajes, que algunos han quedado en casi nada, como los de Sigourney Weaver y Aaron Paul. Scott afirma que su montaje inicial, ese del que parten para formar la película final quitando cosas no esenciales y recortando escenas, duraba como cuatro horas y media, con lo que tiene buena cantidad de material en espera de formar una película que podría ser mucho mejor, de hecho incluso totalmente diferente si nos atenemos a ejemplos como su El reino de los cielos o la Alejandro Magno de Oliver Stone.

Millennium: los hombres que no amaban a las mujeres


Millennium: The Girl with the Dragon Tattoo , 2011, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 158 min.
Dirección: David Fincher.
Guion: Steven Zaillian, Stieg Larsson (novela).
Actores: Daniel Craig, Rooney Mara, Chistpopher Plummer, Stellan Scarsgard, Robin Wright, Joely Richardson.
Música: Trent Reznor, Atticus Ross.

Valoración:
Lo mejor: Todo, en especial la dirección, la fotografía, la música y el papel de Rooney Mara.
Lo peor: Que se considere una cinta menor de Fincher, cuando no lo es. Que le hayan robado premios gordos.

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Siendo una saga literaria convertida en éxito mundial de ventas y transformada luego en serie de adaptaciones al cine que, aun viniendo de un mercado tan lejano como es el sueco, adquirió también bastante éxito internacional, su adaptación por parte de Hollywood era sólo cuestión de tiempo. Ante esta situación hoy día lo más probable era encontrarnos una obra hecha únicamente como reclamo publicitario, es decir, sin poner esfuerzo alguno dotarla de personalidad (tipo Déjame entrar), pero tuvimos una suerte enorme al caer esta en manos de dos autores de nivel que además se esforzaron en ofrecer un producto de gran calidad: David Fincher en la dirección y Steven Zaillian en el guion.

El libreto sintetiza de maravilla una novela muy larga y compleja, haciendo inteligible todo el entramado de nombres de personajes que ni siquiera salen o lo hacen momentáneamente y mostrando fluidamente una trama a dos bandas que tardan bastante en unirse. Lo único criticable es que el desenlace del caso se ve venir, pero no importa demasiado porque está bien mostrado y en la parte relativa a los protagonistas sí se muestra un desenlace más original y efectivo.

La dirección de Fincher exprime al máximo una historia abocada a resultar lenta y tediosa en manos de alguien sin tantas dotes y personalidad. Compone un thriller intenso, subyugante, a ratos espectacular, con unos personajes magníficos tanto en su descripción como en su evolución y capacidad para llegar al espectador. El relato es oscuro y cruel, cualidades que el director agudiza sin contemplaciones llegando a ofrecer algunas escenas, como la violación y su represalia, realmente perturbadoras, de las más bestias y explícitas vistas en cine comercial en muchísimos años. De hecho el nivel de violencia es muy sorprendente para lo estándar en el Hollywood actual, y me extraña que no causara polémica.

La fotografía fascinante, el pulso y calidad impecable de cada escena (algunas visualmente impresionantes, como la persecución en moto) y la atípica pero eficaz música de Trent Reznor (que viene del rock industrial de calidad –Nine Inch Niles– y está pegando fuerte en las bandas sonoras) y Atticus Ross dan un aspecto visual arrebatador a una historia densa pero sumamente atractiva y entretenida. Y la labor de los actores, en especial una Rooney Mara totalmente sumergida en un personaje magistral, es impecable.

Así pues, es una pena que a estas alturas a David Fincher, ya aceptado por Hollywood (antes era el típico bicho raro de culto pero sin prestigio académico) y con obras muy premiadas, algunas incluso muy por encima de su calidad (insoportable la de Benjamin Button), le hayan pasado por alto otra gran película: ni guion ni dirección optaron a los Oscar y Globos de Oro cuando hay títulos claramente inferiores (Los descendientesAlexander Payne-, MoneyballBennett Miller-, Los idus de marzo, –George Clooney-) que sí lo han hecho.

Como apunte final, un dato extra para alabar la entereza y profesionalidad de sus autores: la historia se ambienta en la propia Suecia, algo que sorprende dado lo etnocentristas que son los estadounidenses, que ni aceptan cine que no sea en inglés (razón por la que se hacen versiones como esta).