El Criticón

Opinión de cine y música

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La momia


The Mummy, 2017, EE.UU.
Género: Acción, suspense, fantasía.
Duración: 110 min.
Dirección: Alex Kurtzman
Guion: David Koepp, Christopher McQuarrie, Dylan Kussman, Jon Spaihts, Alex Kurtzman.
Actores: Tom Cruise, Annabelle Wallis, Russel Crowe, Sofia Boutella, Jake Johnson.
Música: Brian Tyler.

Valoración:
Lo mejor: Muy entretenida: va al grano, tiene un personaje central potente, buenos diálogos, y está bien hecha.
Lo peor: Resulta muy predecible. Annabelle Wallis ofrece un papel pésimo.

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Vaya varapalo se ha llevado este nuevo reinicio de La momia (que además nace como capítulo inicial de una serie con los monstruos clásicos), puesto a parir como si fuera la peor película de los últimos años, como si los autores debieran pedir perdón por haber mancillado el género. No lo entiendo, está en la media del cine de acción y fantasía revienta taquillas, con la excepción de la serie Marvel y las nuevas de La guerra de las galaxias, que se mantienen bastante por encima. Y por las críticas, tanto los medios como los espectadores la están poniendo al nivel de La gran muralla, y como que no. De hecho incluso tiene algunas virtudes que se echan de menos, más que nada porque tiene autoconsciencia de que es un entretenimiento, lo que se traduce en menos pretensiones y más simpatía. Ha pasado como con Dioses de Egipto: conocía sus limitaciones e iba al grano, a divertir y entretener, pero por alguna razón se machacó sin miramientos.

Esa falta de grandilocuencia propia del cine de acción contemporáneo realza sus puntos fuertes. Lo normal hoy en día habría sido hacer una cinta de dos horas y media con subtramas anexas empalmadas de mala manera y acción avasalladora sin límites. Aquí sus autores se esmeran en exprimir su argumento y las pocas bazas que deja de margen apostar por algo tan trillado, porque al fin y al cabo, se enfrentan a una serie comercial, con requisitos y restricciones muy concretos. Sumergen a los protagonistas en una pesadilla que pone a prueba sus límites intelectuales y físicos, pero también morales. Hay mucha acción, pero es más de correr y sobrevivir a duras penas que de ver ciudades destruyéndose y monstruos o superhéroes pegándose. Y tiene un toque adulto y oscuro muy de agradecer en esta época de cine blando, sin violencia ni drama.

El protagonista es ambiguo, amoral, y evoluciona aceptablemente bien, lejos de los cánones del género de héroes impolutos que no sabemos qué piensan ni qué esperan del mundo y de los demás personajes pero se apuntan a todos los jaleos porque sí. Nick Morton vive para sí mismo, sólo piensa en sus ganancias, y no pocas veces trata de escapar de una situación que lo perjudica y le viene grande. Poco a poco va viendo que no queda más opción que implicarse, y en pequeñas dosis observamos cómo su pose de pasota se va tambaleando. Así, a la decisión heroica final llegamos con una trayectoria coherente y tangible, no sucede sin más porque hay que cumplir con ello. Para rematar, como buen antihéroe tiene numerosas frases socarronas, irónicas o cabronas muy efectivas. “Gracias por salvarme dándome el paracaídas”, le dice ella. “Pensaba que había más”, responde él con sinceridad. Tom Cruise está como siempre: se toma muy en serio su trabajo, tanto físico como interpretativo, pero no ha vuelto a lograr un papel como el de Magnolia, parece que siempre hace del mismo personaje, con lo que siempre ves a Tom Cruise. Y aquí hay que señalar lo obvio: La momia parece una entrega de Misión Imposible con un Ethan un tanto asqueado del mundo, en plan “me jubilé para vivir la vida y he caído en otra puñetera misión”. No en vano, el equipo de guionistas es el mismo que el de las últimas entregas de la serie: Koepp, Kurzman, McQuarrie

La chica, Jenny Halsey, no se enamora sin más de un tipo perfecto, sino que se forma una relación de atracción-odio no sorprendente pero sí muy interesante, alejada de los simplones romances actuales. Ve a un tipo con recursos y capacidades, pero con un espectro moral retorcido, así que no sabe si hostiarlo o acercarse a él, generándose buenos momentos de conflicto. La pena es que relación se atasca un poco, no llega a explorarse a fondo, principalmente porque el dibujo de esta arqueóloga es, en contraste con el atractivo mercenario y saqueador, demasiado simplón. Casi termina pareciendo la excusa para explicar cosas de la trama: esa es el arma mágica, no hagas esto que te contagias la maldición, somos el grupo que lucha contra el mal, etc. Y lo peor, Annabelle Wallis está muy, muy floja. También se puede señalar que no hay personajes secundarios de peso. El Dr. Henry Jekyll es interesante, misterioso, pero la descripción de sus personalidades y cualidades se sueltan demasiado deprisa, sin que lleguen a calar, y Russell Crowe no parece muy motivado. No hay más roles que destacar; al prota lo acompaña el típico secundario simpático que te da igual lo que le pase, y ella, a pesar de la importancia de su misión y los peligros con los que podría encontrarse, no lleva acompañamiento ni escolta de ningún tipo.

La figura de la momia funciona por ese tono más sombrío, pues no intentan ir más allá del enemigo poderoso de rigor. Las películas clásicas del género siempre tenían un aura melancólica, los monstruos eran fruto de infortunios y más que malvados chocaban con el miedo de la gente. Pero en los tiempos que corren se llevan más los entes sin motivaciones que buscan el caos y la destrucción. Así que todo el prólogo que expone traiciones familiares y demás no se entiende, no justifica nada del viaje de la momia por el mundo. Sofia Boutella se limita a prestar su físico, porque el rol no da para más. Al menos, eso de que sea más una joven guapa que un cadáver momificado se justifica, porque en los avances en los que apareciera con la melena al viento provocaron algunas carcajadas y dudas. Esta villana se salva porque es una contrincante dura que hace sufrir a los protagonistas. Las peleas son encarnizadas, las hostias que se llevan se ven realistas, casi se sienten, de hecho me asombró el nivel de violencia. Las momias-zombi que va creando son amenazadoras y asquerosas. Nos ofrecen algunas escenas muy tétricas (aunque no terroríficas), otras inquietantes (la momia a punto de violar al protagonista), y en general se logra una correcta sensación de peligro inminente y fatalismo: los protagonistas están siempre al borde de la muerte, la momia los encuentra y alcanza constantemente, no se ve una salida fácil. Y aunque en el clímax final a tortas pierde bastante intensidad, porque ya es evidente todo lo que va a pasar, tiene un giro también siniestro bastante acertado.

El productor y guionista Alex Kurtzman inicia aquí su andadura como director de superproducciones (porque antes hizo una comedia sencilla, Así somos), y lo cierto es que cumple sin problemas. Supongo que esa idea de buscar una obra más contenida y oscura es de todo el equipo de productores, pero está claro que él sabe aprovecharlo. La fotografía capta muy bien los numerosos pasajes de noche o en catacumbas. La banda sonora de Brian Tyler es épica. Los efectos especiales son un fin y no un protagonista forzado, y si bien hay alguna digitalización mejorable (el avión, el plano de la tormenta engullendo Londres), las momias, usaran la tecnología que usaran, son impecables. La cinta resultante es tenebrosa, tiene un ritmo trepidante y escenas de acción breves y sencillas pero enérgicas. La secuencia del avión es espectacular, la pelea en la iglesia brutal, la huida en ambulancia por el camino del bosque es muy intensa…

Así pues, La momia tiene un poco de cada virtud que espero de una buena superproducción de acción: tener claro que es un entretenimiento pero sin caer en la vergüenza ajena, contención y seriedad sobre el artificio vacuo, un poco de esfuerzo en el guion que busque personajes con algo de vida y diálogos decentes, y un acabado sólido. No termina de ser redonda, pues se queda un poco a medias en todos los elementos (sobre todo en cuanto a personajes) y también anda muy falta de novedades, pero ya tiene más que muchos títulos que en cambio el público recibe con bastante más entusiasmo. Dinero ha hecho suficiente, pero queda por ver si, por las malas críticas, en el resto de la serie optan por un estilo más simplón y luminoso, que es lo que el público parece querer ahora.

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Life (Vida)


Life, 2017, EE.UU.
Género: Suspense, acción, ciencia-ficción.
Duración: 104 min.
Dirección: Daniel Espinosa.
Guion: Rhett Reese, Paul Wernick.
Actores: Jake Gyllenhaal, Rebecca Ferguson, Ryan Reynolds, Hiroyuki Sanada, Olga Dihovichnaya, Ariyon Bakare.
Música: Jon Ekstrand.

Valoración:
Lo mejor: Realizadores y actores muy comprometidos. Buen ritmo y muchas emociones.
Lo peor: Los malditos tráileres te cuentan la película entera, ¡entera! Su falta de pretensiones significa apuntar muy bajo: todo se ve venir muy de lejos, los personajes carecen de la más mínima arista, son carne del bicho.
El título: En serio, qué demonios les pasa a las distribuidoras con los títulos.

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En parte es gracioso y en parte vale para una reflexión el hecho de que Vida llegue casi a la vez que Alien: Covenant. Ambas nacen a la estela de la obra maestra que Ridley Scott regaló al mundo en el primer Alien allá en lejano 1979. Vida no es el primer título que más que verse influenciado directamente vive de las rentas de otro, ni será el último. De hecho también bebe mucho de Gravity. Ni siquiera intenta disimularlo, ni tampoco disimula sus escasas ambiciones más allá de hacer pasar un buen un rato. Juega sobre seguro con honestidad, y no sale mal parado, porque no llega a caer nunca en la vergüenza ajena. Está claro que es un producto industrial, de consumir y tirar. Por el otro lado llega el propio Scott con un intento… no, un segundo intento, tras el fiasco de Prometheus, de revivir una saga agonizante artísticamente. Y lo hace con unas pretensiones intelectuales y narrativas bastante altas, pues persigue una temática más trascendental y darle a la historia nuevos aires. Pero resulta que Covenant se estrella en sus intenciones y acaba siendo un producto más simple y repetitivo de lo que anunciaban, llegando a ahogarse por completo en una pobre imitación de Alien salpicada de torpes adornos que no llevan a nada. Así que los fans de la ciencia-ficción y de la saga Alien nos encontramos en la absurda tesitura de acabar defendiendo a un hijo bastardo que apenas llega a la media para conseguir beca contra el primogénito mimado que ha entrado por la puerta principal con muchos títulos y enchufes pero que luego demuestra ser un patán…

En el guion de Paul Wernick y Rhett Reese (Zombieland, Deadpool) no hallamos intenciones de distanciarse de una premisa tan antigua y gastada, ni de mirar por una profundidad que le permitiera al menos intentar entrar en el cine de calidad, que, en pocas palabras, sería el que se recuerda años después. Pero es evidente que tanto ellos como el resto del equipo, destacando director e intérpretes, sabían dónde se metían y se esforzaron por realizar un trabajo serio que pueda alejar la impresión de producto de segunda o incuso un engaño para llenar salas sin mucho esfuerzo. No me voy a parar a citar las innumerables películas comerciales con cuatro veces su presupuesto que resultan mediocres y estúpidas, baste decir que Vida funciona mejor que muchísimas de ellas. Tiene alma de serie b, de cinta echa con cierto cariño, consciente de sus limitaciones y que sólo busca entretener. Y lo consigue francamente bien.

Uno de sus puntos fuertes es que no empezamos con una farragosa introducción donde intentan describir a los protagonistas a bases de tópicos cansinos. Si está claro que no hay intención (ni necesidad) de darles mucha dimensión, los adornos sobran. Empezamos entrando de lleno en el argumento: una sonda trae pruebas de vida en Marte, y esta se descontrolará a bordo de la Estación Espacial Internacional (ISS). La intriga de cómo y cuándo se irá todo al traste podría haberse trabajado mejor, pero también se agradece que no se dilate más de la cuenta. Y mientras, con cuatro retazos nos presenan a cada miembro de la tripulación: el biólogo, el doctor, la encargada de la seguridad biológica, los ingenieros de vuelo y sistemas… Porque lo único que importa aquí es su trabajo, donde sufren una crisis extraordinaria. Apenas hay algún detalle humanizador, como mencionar que uno de ellos acaba de tener una hija, que no cobra protagonismo innecesario ni subraya el drama de forma facilona. La parte de sus personalidades que importa es su capacidad para reaccionar a esta crisis, y ahí tenemos un buen rango de situaciones. Los actores hacen el resto, pues, como señalaba, se lo toman muy en serio. Los principales y más conocidos, Ryan Reynolds, Rebecca Ferguson y Jake Gyllenhaal, se desviven como si estuvieran en un gran drama, transmitiendo muy bien el sufrimiento y la lucha constante.

El director sueco de origen chileno Daniel Espinosa (El invitado, El niño 44) confecciona un producto muy sólido en un escenario complicado, tanto por la limitación física (la estación) como la artística (el guion tan básico). No hay más que comparar con aquel engendro de Europa One (Europa Report en inglés, en otra de esas traducciones absurdísimas), por citar la más parecida que se me ocurre en los últimos años. Como se suele decir, se presenta como un “artesano de acción” de los que escasean (y eso que en El niño 44 desde luego no apuntaba maneras), ofreciendo una narración absorbente e impactante sin artificios modernos, eso de rodar con pantalla verde sin más esfuerzo por la atmósfera y que el ordenador y la postproducción aporten el factor emocional. Maneja la cámara que da gusto verlo, exprimiendo al máximo un decorado bien trabajado, produciendo adecuadamente el efecto de que flotamos en ingravidez (muy logrado también el trucaje de cuerdas con que se mueven los actores, algo nada fácil de conseguir) y, cuando la cosa se pone fea, sumergiéndonos en un entorno angustioso a la par que vibrante.

A cada fase de la pesadilla le saca el máximo partido. El laboratorio, el exterior, los distintos módulos… No hay sensación de repetición, de escenarios poco excitantes, aunque tenía todas la de resultar así, sino que atrapa con cierta intensidad incluso aunque te intuyas el resultado general, manteniendo un ritmo trepidante con algún segmento desasosegante. Lo más destacable es que las muertes no se precipitan, ni se resuelven con algún cliché tontorrón, algo muy habitual en el género, sino que hacen sufrir a cada personaje durante largo rato, mientras los otros buscan a la desesperada soluciones. Además, con el buen partido que saca de los intérpretes, los distintos clímax ganan puntos extra: en algunos momentos me descubrí algo inquieto por el destino de unos personajes que en principio me importaban bien poco. Los intentos de ubicar y exterminar al ente por toda la estación también funcionan, poniendo ante nuestros ojos planteamientos simples (tapar agujeros y accesos son los retos principales) pero muy bien ejecutados.

La recreación digital del alienígena cumple aceptablemente bien, que esto no es una superproducción, aunque también es cierto que teniendo la tecnología informática tan avanzada es inevitable pensar que podía haber quedado mejor. Pero en cuanto a ente hostil es bastante efectivo: una especie de pulpo escurridizo, inteligente, voraz, incansable… En resumen, como en todo elemento del filme, no sorprende pero funciona correctamente.

Si nos ponemos finos se podría señalar algún aspecto mejorable, como justificaciones algo cogidas por los pelos, como que se haya estropeado la radio justo ahora y haya que salir a arreglarla, pero la única de la que me quejaría es el clásico de los personajes haciendo alguna estupidez. Sí, el ser humano es muy falible, pero se puede exponer en situaciones verosímiles o de forma lastimera. Eso de que el biólogo juegue a través de un simple guante con un ente desconocido que crece a ojos vista… Y tampoco hay esclusa de descontaminación, entran y salen del módulo por una puerta normal. Pero al menos no estamos ante el caso de Prometheus y Covenant, donde todos los tripulantes son gilipollas perdidos durante todo el metraje y no hay ni un solo protocolo científico creíble.

El problema más notable es que no hay margen para la sorpresa, y menos con esos avances que te destripaban todo. No entiendo esa moda actual de contártelo todo, de mostrarte los momentos álgidos de las películas. Así no me ganan para el cine, sino todo lo contrario. La he visto en bluray porque soy un fanático de la ciencia-ficción y me lo trago casi todo, pero interés tenía poco. Incluso pienso que ha tenido poco tirón en taquilla porque era claramente más de lo mismo. Con unos avances intrigantes podían habernos engañado, y viendo lo amena que es, quizá no nos hubiéramos quejado.

Así pues, entre que la premisa está muy trillada y me la han destripado de antemano, conocía de sobras el desarrollo de la película. Incluso el intento de sorpresa final se ve venir muy de lejos. Pero no tiene más fallas, y aunque no se queda en la memoria da para dos horas de emociones fuertes.

Déjame salir


Get Out, 2017, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 104 min.
Dirección: Jordan Peele.
Guion: Jordan Peele.
Actores: Daniel Kaluuya, Allison Williams, Bradley Whitford, Catherine Keener, LilRel Howery, Betty Gabriel, Stephen Root.
Música: Michael Abels.

Valoración:
Lo mejor: Un par de actores secundarios llamativos. Fotografía correcta.
Lo peor: Es ridícula de principio a fin. ¿Cómo ha conseguido tan buena recepción?

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Alerta de spoilers: La destripo a fondo, aunque realmente no hay nada que no se intuya a los cinco minutos…–

Déjame salir (no confundir con Déjame entrar, la sueca que tanto dio que hablar, o su remake) no nació con grandes ambiciones, de hecho su presupuesto era de apenas cinco millones de dólares, pero consiguió una distribución con Universal Pictures de alguna manera, la estrenaron en Sundance de improviso para coger carrerilla, y de ahí poco a poco en el resto del mundo, hasta llegar a España a finales mayo siendo un éxito internacional: lleva unos asombrosos 250 millones recaudados empujada por una crítica que la aclama unánimemente (99% en Rottentomatoes; o puedes verlo en español en el recopilatorio de Filmaffinity) y un público también muy entusiasmado. La señalan como la película indie de la temporada y la mejor de terror de los últimos tiempos, así que me lancé a verla entusiasmado… Pero desde el prólogo empecé a dudar, y poco después me quedaba claro que estaba ante una obra no vulgar, ni del montón, sino realmente mala, infame hasta parecerme ridícula y cargante como pocas que he tenido la desgracia de soportar. Está más en la línea de Tusk, tan mala que resulta un visionado desagradable, una completa pérdida de tiempo, que de cualquiera del género que recientemente haya dejado huella, como Babadook, The Conjuring 1 y 2, La visita, Múltiple o No respires. ¿Me equivoqué de título? ¿Se me ha escapado un subtexto inteligente, una vena original, una técnica innovadora? Por más vueltas que le he dado y análisis que he leído, no le he encontrado valor alguno más allá de que la fotografía es muy profesional y casi me engaña con que estaba ante una cinta de primera división. Voy contando las impresiones que me iba dando mientras la veía…

La primera escena ya apunta bajo. Un plano largo y pausado de alguien caminando por un suburbio estadounidense, en plan Halloween de John Carpenter. Para colmo te revela de qué va a ir todo, pues vemos el secuestro de un negro. ¿Apoyarse con todo descaro en uno de los clichés más viejos del género es original? ¿Incluir un innecesario prólogo innecesariamente revelador es rompedor? Algunos lo llaman homenaje. Yo creo que un homenaje bien dado va donde aporta algo a la trama, donde no desentona que cites tus referentes.

Pasamos a la presentación de personajes. Insípida es poco. De lineal y facilona implanta una sensación de aburrimiento que no se va nunca. Porque siguen apareciendo costuras, o más bien desgarrones, mostrando que Déjame salir se ha escrito y rodado a brochazos partiendo de unos pocos tópicos a pesar de lo que, incomprensiblemente, anuncian en tanta apasionada crítica. Si pretendes hacerme sufrir por los protagonistas, primero estos tienen que ganarme, resultar verosímiles, aumentar el interés con una potencial evolución en su situación, y luego ya puedes sumergirlos en un entorno (a poder ser inesperado) que los pone en peligro. Es decir, hay que saber cuándo empezar a edificar veladamente la intriga, la atmósfera de misterio, y exponer el peligro latente sobre un protagonista que previamente ha sido bien desarrollado.

Aquí nos intentan describir dos chicos monos y simpáticos y consiguen lo contrario, que resulten un tanto repelentes y sus vidas me atraigan bien poco. No hay química ni ofrecen una personalidad concreta, pero además su postura inicial, de marcada, empieza a rechinar, pues expone claves del argumento antes de la cuenta y con torpeza. Que él sospeche sin venir a cuento con que los padres de su novia, blancos como ella, no van a tratarlo bien por ser negro, es demasiado obvio, y más tras el prólogo. Sin haber mostrado una relación idílica con la que hacer contraste ya me estás tratando de remarcar el conflicto, pero además me da la sensación de que me va a costar creérmelo como víctima, porque el racista lo parece él. Y con el tono tan falso de ella me empiezo a oler que algo oculta: si los padres son chungos, ¿por qué iba a llevar al novio? Allison Williams (Girls) no pega como arpía con doble cara, pero también es cierto que el guion es demasiado superficial y el director no consigue sacar más de los personajes y los actores. Daniel Kaluuya (numerosas series inglesas: The Fades, Skins, Black Mirror, y empezó a sonar en EE.UU. con Sicario) se compromete un poco más, logrando un aceptable recorrido de desconcierto y sufrimiento, así que cabe pensar que si el personaje tuviera más enjundia quizá hubiera logrado algo llamativo.

El viaje hacia la finca de los padres sigue añadiendo metraje que parece sacado del manual de primer curso de guionista. Tenemos el típico momento de sobresalto barato metido con calzador, con el golpe al venado y el policía algo pasado de rosca; en realidad, es el director el que fuerza la escena para que parezca así, porque el diálogo no muestra nada amenazador. Pero además la situación se remata con otro patinazo revelador: la llamada al amigo grita el final de la cinta a los cuatro vientos. Es una escena tan gratuita en ese momento, sin aportar nada a la descripción de los personajes ni a la trama, que está claro que únicamente sirve para presentar la pistola de Chéjov: es un personaje-objeto que se recuperará al final para salvar al protagonista en el momento clave. Seguimos con esa narrativa que es completamente opuesta a la singular y rompedora que se empeñan en ver muchos.

Llegamos a la casa. Me autoengaño con que pronto me sumergirán en un buen ambiente de misterio y habrá unos cuantos sustos. ¿Cómo si no iba a tener tantas alabanzas? La presentación de los padres amaga con recuperar el nivel con un par de diálogos ligeros pero con chispa puestos en boca de dos actores secundarios de lujo como son Katherine Keener y Bradley Whitford. Y luego llega el hermano (Caleb Landry Jones), un personajillo en plan psicópata demasiado trillado, pero también con un par de frases que parecen apuntar momentáneamente a algo más serio y trabajado, aunque sea predecible también, porque te dicen demasiado a las claras que no es de fiar.

Pero me temo que ahí se queda el único amago con ver algo decentillo. En adelante, aunque habíamos empezado en un nivel muy bajo, es todo ir cuesta abajo sin frenos. La presentación de los criados, con mirada y música alarmante, me hizo darle al pause y comprobar que no me había equivocado de película. ¿Cómo se puede ser tan poco sutil? El primer supuesto susto (sí que se ha hecho esperar) es vergonzoso, otro cliché demasiado sobado que meten por la fuerza. La criada anda por la casa y pasa por detrás del protagonista… pero claro, esta gilipollez no da miedo, así que suena a todo volumen como si empezara el ensayo de una orquesta. Menudo estruendo, menudo susto de mierda. En el patio, mientras se echa un pitillo para matar el tiempo, aparece el jardinero corriendo. Otra situación tan trivial que no daría miedo si no fuera porque la orquesta ha subido de tono el calentamiento… En fin, ridículo.

El segundo acto parece que se lanza, de una vez por todas, con la sesión de hipnosis, pero a la larga esto no aporta nada novedoso a la historia. Sólo sirve para inmovilizar al protagonista en los momentos requeridos. Cabe pensar que utilizar este recurso en vez de golpes o drogas es lo que ha llevado a muchos a hablar de originalidad, pero me cuesta creerlo.

La fiesta es un quiero y no puedo que se eterniza. Un par de situaciones raras con gente rara, más recalcar que los criados no son quienes dicen ser, o sea, que también son raros. Uuuh, estoy acojonado. Si la extravagancia y las acciones de estas gentes fueran realmente atípicas y amenazadoras… pero son cuatro clichés triviales de ricos y racistas. Bueno, en realidad sí hay un instante que cumple con ello: el bingo. Pero intenta ser humorístico también, y resulta un despropósito. Así que sigue sin aparecer el suspense, no hay ninguna sensación de peligro inminente sobre los protagonistas, y aunque la hubiera, sus vidas me interesan bien poco. Está claro que algo le hacen a los negros, pero es que por ahora es hasta gracioso: el único negro pendiente de ser abducido es el protagonista, y sé que va a salir airoso. ¿Cómo voy a inquietarme entonces? Hay algo peor que una historia predecible, y es una que también es rematadamente lenta, porque se narra todo con una parsimonia desmoralizante.

Cuando, después de tanto esperar, entramos en las revelaciones y el clímax, lo que venía siendo una cinta desganada, facilona, torpe, entra directamente en la comedia involuntaria, y aunque es justo decir que algunos chistes los buscaban a propósito, hacen más gracia por estúpidos y mal ubicados que por ingeniosos. Como estaba claro, los blancos ricos se dedican a secuestrar negros, aunque mediante un plan lento, farragoso y poco efectivo: la chica se los liga y los lleva a casa. Por muy guarra y seductora que sea, al menos un mes de busca y caza habrá. Una vez los atrae, encima les dan de comer, hacen fiestas… ¿Pero no puedes doblegarlos nada más llegar? ¿Para qué tanta tontería, tanto margen de tiempo para que intuyan algo y escapen? ¿Y dónde quedó lo de atrapar gente por la calle que vimos en el prólogo? Pues se lo ventilan con una explicación en una frase: otros de nosotros usan métodos más brutos. Pues vale, pero sigue habiendo mil formas de capturar gente que no implique el engorroso proceso de ligárselo. Eso sí, lo delirante que es tenerlo como invitado durante un tiempo en vez de iniciar al proceso nada más llegar no se explica, que sin ello no habría película. Pocas veces he visto un argumento tan mal justificado.

La escena en que la chica hace como que busca las llaves mientras él se las pide para irse de la finca entra en las grandes escenas del cine cutre del año. Tan idiota él, que ni amaga con irse por la puerta en vez de soportar tanta tontería, tan forzado el suspense (realmente no hay ningún peligro concreto, seguimos anclados en la idea de que son raros, y claramente es más fuerte que los padres y el hermano drogata, pero no parece darse cuenta), tan ridículo el intento de extender el engaño con que la chica es víctima también, con eso de “no encuentro las llaves” ¡cuando acaban de decirnos a las claras que es cómplice! Es que no parece un clímax real, sino una broma. Como toda la película.

Pero tenemos al protagonista retenido, por fin, como se anticipaba desde su primera aparición. Y no tras un buen rato de intriga, sino con una proyección cansina hasta alcanzar el puro agotamiento. Pero sigo aferrándome a la esperanza. Suspense y sustos no ha habido, pero quizá sude un poco con el cómo escapará… Pues debería haber visto venir que con el nivel mostrado esto no iba a remontar de repente por arte de magia… y aun así sorprende para mal con las salidas de tono, de género incluso, por un lado, y lo poco que se mojan en el esfuerzo del protagonista, por el otro. ¡Cuidado, que está inmovilizado en un sofá ante una tele! Qué miedo. Y resulta que se levanta, suelta un par de hostias y ya está corriendo por ahí. Tanto hipnotismo para nada, pues se pone un cacho de sofá en los oídos y ya es inmune. Una vez en pie es evidente que se cargará a quien se le ponga de por medio, no hay ni un amago de tensión por su destino. Nos ponen un poco de sangre a última hora, a ver si así la atmósfera logra poner los pelos de punta un poco, y para rematar todo, la música en plan coros de clímax épico de una demonios y posesiones no pega ni con cola, resaltando la sensación de chapuza, de tópicos empalmados improvisadamente.

Mientras tanto, vemos la odisea del amigo, aquel de la llamada, por encontrar a su colega desaparecido. Sabemos que va a llegar y a rescatarlo, qué menos que tratar de currarse una situación verosímil de forma que así el intento de generar incertidumbre no resulte impostado (qué casualidad que el único negro que aparezca aparte de los criados sea un antiguo conocido). Pero nos vamos al otro lado, a una subtrama completamente nueva que, atención, se inclina por la comedia. Pero para mantener el nivel, por una rematadamente estúpida. De repente estamos en el típico show afroamericano (a lo que se dedicaba su escritor y guionista hasta ahora, de hecho), estas comedias de veinte minutos protagonizadas por un negrata de barrio, histriónico hasta resultar ruidoso y cargante en vez de gracioso, con chistes de barra de bar, o de esquina de drogas, estúpidos y chabacanos. ¿Qué demonios aporta a estas alturas este receso, este cambio de rumbo tan drástico? ¿Eso es lo que llaman originalidad? Tuvimos un gran ejemplo reciente de cómo incluir humor entre sustos con La visita de Shyamalan, donde encajaba de maravilla. Lo de aquí mí me pareció ridículo y el remate en una cinta que termina siendo verdaderamente insoportable.

Y no me olvido de que por fin explican qué hacen con los negros. Pero mejor se lo hubieran ahorrado. Convertirlos en esclavos mediante la hipnosis era lo más lógico, pero se ve que en el género hay que meter un giro final absurdo, así que toma: los ricos que llegan a la vejez trasplantan sus cerebros a los negros jóvenes y de físico superior. Qué racistas más extraños, oye. Pero sobre todo, qué soberana gilipollez: se quedan medio mongolos, de forma que sólo valen como criados en vez de poder seguir con sus vidas normales. Y por si fuera poco, las personalidades originales quedan ahí luchando. ¿Quién en su sano juicio querría extender su existencia en una agonía así? Vale que están locos, pero es tan absurdo… ¿O es que es otro intento de chiste? Los ricos terratenientes acabando como lo que odiaban, los seres inferiores usados como esclavos. Pero lo hacen voluntariamente, así que no es una situación irónica. ¿Es esa la “certera crítica social” que le ven muchos? Termina de hundirse porque los diálogos y escenarios son vergonzosos. Justifican con una frase chorra el que estén explicándole al tipo al que van a joder cómo le van a joder, para luego seguir con una sobre explicación aún más evidente del proceso. Un guionista profesional expone el asunto sin tanta obviedad. De hecho un simple plano al quirófano y al cerebro abierto del receptor da sentido a toda la situación.

Acaba la cosa como estaba claro que iba a acabar: el prota se libra gracias al amigo que llega, por supuesto, justito en el último momento, y a que en uno de los criados (el jardinero-abuelo) se sobrepone la personalidad original justo también antes de disparar. Súper original, inesperado y sobrecogedor todo.

Y así tenemos “una de las películas de terror más terroríficas, originales e inteligentes de los últimos años”…

Alien: Covenant


Alien: Covenant, 2017, EE.UU.
Género: Suspense, ciencia-ficción.
Duración: 122 min.
Dirección: Ridley Scott.
Guion: John Logan, Dante Harper, Michael Green, Jack Paglen.
Actores: Michael Fassbender, Katherine Waterston, Billy Crudup, Danny McBride, Amy Seimetz, Callie Hernandez, Jussie Smollett, Carmen Ejogo, Guy Pearce.
Música: Jed Kurzel.

Valoración:
Lo mejor: La parte de los androides y el papel de Michael Fassbender. El póster con la cabeza del alien, más inquietante que toda la película.
Lo peor: El guion es un desastre… ¡más grande que el de Prometheus! El ritmo es negligente, los personajes dan vergüenza ajena, excepto los robots, la trama es insustancial y previsible salvo por un par de segmentos, y deja la sensación de que se traiciona demasiado a la serie, de que las nuevas ideas terminan desbarrando en sinsentidos o en soluciones poco emocionantes. El reparto, excepto el citado, no impresiona lo más mínimo. Ridley Scott dirige con desgana. De nuevo los tráileres destripan más de la cuenta.

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Alerta de spoilers: Hasta el próximo aviso no contiene ningún dato revelador más allá de una descripción del argumento.–

El desarrollo de la saga Alien ha sido un caos muy grande y ha traído más disgustos que alegrías a sus seguidores. Desde el éxito de la primera película estuvo claro que era rentable hacer más, que el atractivo del alienígena y del potente personaje principal, Ripley, eran un valor seguro. Bueno, siendo realistas, en cada nueva entrega ha habido unas pocas reticencias por ser ciencia-ficción adulta, que no es tan vendible como otros géneros, pero también era evidente que contaba con bastante fidelidad asegurada y un gran potencial para atraer a nuevos espectadores. Esto queda demostrado con que tras casi cuarenta años siguen pariendo nuevas secuelas, a pesar de que los productores la han liado bastante, improvisando cada proyecto de mala manera de forma que el milagro de Aliens fue un caso aislado y en los siguientes capítulos la desorganización y los egos propiciaron una caída de calidad notable.

Cada película supone una traición más o menos importante a la anterior, y sólo Aliens ofreció giros satisfactorios. Allí pasamos del terror puro a lo bélico, pero sin perder la esencia original: daba miedo y era claustrofóbica como su predecesora, y todas las nuevas ideas que aportaba fueron muy acertadas. En Alien 3, después de marear la perdiz con guiones de todo pelaje, sacrificaron lo andado, sin vergüenza alguna además, pues se cargaron a dos protagonistas muy queridos, Hicks y Newt, para dejar a Ripley sola otra vez y así intentar volver a los orígenes a pesar de que nadie lo pedía. Pero resultó una imitación bastante aburrida e incapaz de provocar pavor. En Alien Resurrection la situación también se descontroló, y acabó siendo una aventura más ligera, con toques de comedia incluso, dejando de lado la premisa de suspense y terror sin disimulo alguno. Al menos es muy entretenida, eso sí.

Prometheus devuelve la saga a manos de Ridley Scott, uno de sus principales artífices. En realidad Alien fue ideada y escrita por Dan O’Bannon, pero hay que contar a Scott y también a H. R. Giger, el diseñador artístico, como los otros pilares fundamentales. Scott ha afirmado estar asqueado, como todos, de la deriva de la saga, y quiere recuperarla con una nueva perspectiva. En este retorno pretende ir a los orígenes del ente alienígena tan misterioso, pero entre las imposiciones del estudio (otra vez con cambios de ideas y de guionistas) y que no estuvo muy atinado, nos trajo explicaciones insuficientes e inclinaciones filosóficas de baratillo en una cinta bastante floja.

Finalmente llegamos a Covenant, que promete, en un segundo intento, abordar la mitología del ser, poner orden en el desbarajuste de la trama y levantar el nivel cualitativo. El que hayan contado entre los guionistas con un peso pesado como es John Logan (Gladiator, El último samurái, El aviador, La invención de Hugo, Skyfall…) parecía indicar que se han tomado el proyecto más en serio. Pero me temo que el resultado ofrece un desastre aún mayor, es la peor entrega, y la más desatinada en cuanto a historia. Aunque se suponía que iba a narrar las andanzas de Shaw y David (tanto que se llamaba Prometheus 2), la sensación que dejó Prometheus en el ambiente fue bastante mala a pesar de su correcto recorrido en la taquilla y en el mercado doméstico, así que el proceso tomó otra vez el rumbo de la improvisación. Es difícil deducir, a la hora de escribir este artículo, cuánto fueron alterándose los planes iniciales (no se han filtrado versiones previas del guion ni hay declaraciones que den pistas, como sí ha ido pasando con Prometheus con los años), pero sí está claro que el estudio obligó a sacar el clásico alienígena de aquella para iniciar una serie distinta, pero ahora lo quiere de vuelta, y Scott ha rodado de nuevo cambiando de ideas sobre la marcha, como si no encontrara el rumbo, anunciando cada poco tiempo que se estaba alejando cada vez más de lo visto en el capítulo inivial de esta nueva línea, dando la impresión de que iba a dejar colgado todo lo que allí se propuso, a hacer la vista gorda.

Pero una vez estrenada Convenant nos encontramos con que la película es en el fondo una repetición apenas disimulada de Prometheus, que cuenta con el mismo esquema narrativo y aborda las mismas ideas aunque sea con otros protagonistas y pequeñas diferencias en los hechos. Es decir, es otra vez llegar a un planeta e ir muriendo de uno en uno en una poco inspirada aventura de suspense y acción, mientras de fondo se desarrolla un burdo ensayo sobre la fe y el creacionismo puesto en boca de personajes mediocres cuando no ridículos. Y para colmo, el intento de avanzar hacia alguna parte, cuando llega, no funciona, ofrece nuevas y absurdas traiciones a la serie, haciendo la historia cada vez menos atractiva y con más agujeros.

Que Scott diera un giro más reflexivo y espiritual a una saga que se aferraba a una combinación del terror alienígena con el humano (la corporación Weyland siempre fue la que nos llevaba a caer en las garras del bicho, en un clásico pero efectivo “el hombre es el peor enemigo del hombre”) no tenía por qué ser malo, pues la ciencia-ficción permite ir por infinidad de caminos, e incluso se podría decir que una renovación de ideas era bastante necesaria. Pero, como en Prometheus, no se sabe en ningún momento a dónde quiere llevarnos, las cuestiones que plantea son banales, quedándose en conceptos muy primarios (“¿hemos sido creados?”, “yo tengo fe a ciegas”), sin profundizar lo más mínimo en ninguna ramificación y desde luego sin dar respuestas convincentes a los pocos y obtusos pensamientos planteados. Y como es de esperar, el dibujo de los personajes se topa con esa visión tan inmadura, superficial. ¿Cómo pretendes sumergirte en la espiritualidad y creencias del ser humano con una descripción tan frívola, tan pueril, del mismo? Los conflictos de creencias son delirantes, pero lo mismo se aplica al resto de dilemas, decisiones y acciones que enfrentan: no guardan lógica ni seriedad alguna. Los científicos elegidos para liderar una misión de gran importancia son memos sin formación que no respetan la cadena de mando, que se toman todo como un juego, que no entienden realmente de ciencia (ni un protocolo de seguridad e investigación decente, es todo más disparatado que en Prometheus), que se mueven por impulsos inmaduros, poniendo en peligro a sus compañeros y la misión (¡2.000 colonos criogenizados!) por el capricho de turno, sea que uno quiere hablar con la novia (abundan los romances de corte adolescente) o cualquier otra sandez.

Así pues, nos volvemos a encontrar con que los protagonistas son muy aburridos, rematadamente estúpidos y por extensión inverosímiles, resultando cargantes desde sus primeras apariciones. Sólo se salvan los dos androides, Walter y David, encarnados ambos por Michael Fassbender. Son los únicos con una pizca de personalidad y unas motivaciones llamativas, con una evolución digna. Muestran el potencial que había y tanto se desaprovecha. La interpretación de Fassbender es de las difíciles, de las de mostrar intenciones y pensamientos ocultos con sutileza, y encima en dos personajes distintos, y está fantástico. La protagonista, Daniels, es un cero absoluto en carisma, en parte por el pobre papel de Katherine Waterson, pero sobre todo porque no presenta ninguna forma de ser concreta, ni anhelos ni metas. Su única aportación medianamente intelectual es una simplona discusión con el capitán, y el único interés que le conocemos en esta gran aventura es hacerse una cabaña en el nuevo mundo. Luego simplemente se dedica a copar todos los planos sin que sepamos qué piensa, cuánto sufre, qué quiere y qué podría hacer. En Prometheus, Noomi Rapace era capaz de levantar un personaje central inicialmente bastante tonto, pero Waterson no da la talla en ningún momento. El nuevo capitán tampoco pasa el corte menos exigente, es un panoli sin determinación ni dotes de liderazgo, otra descripción que no encaja en un tipo que ha alcanzado un puesto tan exigente, y Billy Crudup tampoco deja huella. El resto de la tripulación son peleles a los que no se les confiere identidad, y menos aún cuando empiezan a caer en los agujeros del guion. En Prometheus, aunque fueran malos personajes y acabaran haciendo el gilipollas, al menos te hacías una idea de quién era quién y a qué se dedicaba, aquí sólo he sido capaz de identificar a varios pilotos, y por supuesto no me importaba lo más mínimo lo que les pasara a ninguno de ellos, así que el resto ni te cuento.

Como es obvio, sin protagonistas con tirón es difícil enganchar, y para empeorar las cosas la aventura es rematadamente insulsa, mucho más lenta y aburrida que Alien 3, y la más previsible de toda la saga. El primer acto se hace eterno. Los líos en la nave son intrascendentes, no resultan excitantes ni sirven para exponer como es debido a los protagonistas. La llegada al planeta de turno se hace de rogar, llega sin forjar una atmósfera de intriga, sino con una parsimonia cansina, y una vez allí empieza la fiesta. Pero en el mal sentido, porque en el arco central se acumulan las tonterías hasta convertir la película en una comedia involuntaria, y garantiza risas en cantidad. Los detalles, aunque todo es predecible hasta el hartazgo, los considero reveladores, así que los dejo para luego. Pero aquí también hay un pequeño giro que salva de la más absoluta ignominia a la proyección: la trama toma una nueva perspectiva bastante prometedora cuando los dos androides se enfrascan en un duelo moral e interpretativo. Deja un par de escenas muy sugerentes y promete encaminarnos por fin hacia algo mejor…

Pero el envoltorio hace aguas por todas partes, con esas situaciones rocambolescas que tiran por tierra no sólo la consistencia global, sino cualquier intención de generar intriga o incluso terror, y finalmente esa nueva línea no termina de despegar, la cinta vuelve a decaer bastante en su tercer acto. De repente Scott se obsesiona por la acción aparatosa, cambiando el género de supuesto suspense por prácticamente una de superhéroes. Los personajes que quedan, de inútiles y pasmaos pasan a ser valerosos y resolutivos en un visto y no visto, pero además en una línea exageradísima, como si estuviéramos en un capítulo de Los Vengadores de Marvel. Pero, de nuevo, sin conexión con los protagonistas no hay manera de emocionarse, y para rematar, las secuencias de acción son tan hipertrofiadas que me sacaron por completo de una narrativa que antes era opuesta, fría, apática.

Scott se queda un poco corto donde siempre suele brillar: el aspecto audiovisual no cautiva. El acabado no es tan impactante como el de Prometheus, que conseguía ser entretenida e incluso bastante intensa en algunos tramos a pesar de sus deficiencias, ni tampoco aguanta el tipo comparada con Alien 3 y Resurrection, bastante efectivas a su manera en lo visual aunque no cogieran el punto a la esencia de la saga. Aparte de que Scott no consigue sacar nada del atroz guion, también se hacen evidentes otros motivos: se nota la falta de confianza del estudio, que le dio sesenta millones menos de presupuesto que a Prometheus, los escenarios principales carecen de originalidad y capacidad para sobrecoger (gran parte de la aventura transcurre en parajes naturales), y las partes más importantes se plantearon, supongo que por buscar algo más comercial, como de acción básica, no de atmósferas trabajadas. La recreación de la nave Covenant es bastante buena, pero en cambio el escenario nuevo que debe sorprender lo hace más bien para mal, porque no parece muy verosímil ni se aprovecha en esta narrativa tan poco estimulante. Es que el poco nivel arrastra hasta a la banda sonora, que en disco suena vibrante, a ratos espeluznante, pero en la película no cala lo más mínimo; solo el tema central de Prometheus, al que recurren un par de veces, se hace notar. Scott es bien conocido por destrozar la labor de los músicos.

Después de la leve remontada del segmento central, el tercer acto se me hizo larguísimo y el aparatoso clímax no recuperó mi atención, estaba totalmente desconectado en esas secuencias de acción desmedidas pero huecas. Y el final no mejora las impresiones. La idea de dejarlo abierto a nuevas secuelas no funciona, es un desenlace insustancial, predecible y nada atractivo de cara al futuro. Nos han engañado dos veces, pero no deberían engañarnos una tercera… ¿O no?

Sorprendentemente, las críticas profesionales son bastante correctas, poniéndola incluso por encima de Prometheus. El público es más duro, pero aun así, desde mi punto de vista, le han llovido pocos palos, porque es pésima hasta dejar atrás la serie b y caer de lleno en el cine cutre, es decir, el que hace gracia por estúpido. Hasta las de Alien vs. Predator tenían algo de dignidad: sabían a lo que iban, la saga les importaba bien poco y en general carecían de pretensiones más allá de ganar algo de dinero.

Alerta de spoilers: A partir de aquí destripo a fondo con todo detalle.–

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Comanchería


Hell or High Water, 2016, EE.UU.
Género: Drama.
Duración: 102 min.
Dirección: David Mackenzie.
Guion: Taylor Sheridan.
Actores: Chris Pine, Ben Foster, Jeff Bridges, Gil Birmingham, Katy Mixon, Marin Ireland.
Música: Nick Cave, Warren Ellis.

Valoración:
Lo mejor: Guion, dirección, fotografía, reparto. El trasfondo melancólico y crítico.
Lo peor: Es bastante predecible.
Mejores momentos: El torpe atraco inicial, que define muy bien lo que vamos a ver. La visita al casino, que describe las diferencias entre los hermanos. Tanner despertándose alerta y la defensiva. El viejo pegando tiros. El atraco que se desmadra y la persecución. El enfrentamiento contra la ley.
El título: Me gustaría más una traducción más fiel de Hell or High Water, que viene a significar “Contra viento y marea”, pues Comanchería es un tanto ambiguo. Pero lo cierto es que ese era el título original hasta que optaron por cambiarlo poco antes del estreno, quizá por esa misma razón.
La frase:
1) -¿Cómo lograste estar un año fuera de la cárcel?
-Ha sido difícil.

2) -Te perseguirá hasta el final de tus días. Pero no estarás solo, también me perseguirá a mí.
3) -He sido pobre toda la vida. También mis padres, y sus padres. Es como una plaga que se transmite de generación en generación. Se vuelve una enfermedad. Infecta a todas las personas que uno conoce…

* * * * * * * * *

Sus autores no tratan de esconder los pilares en los que se basa, pues precisamente lo que pretenden es una deconstrucción, convertir el clásico western crepuscular en un drama actual. Los elementos clave están ahí, como los forajidos desesperados, la lucha de la familia por salir adelante en un entorno difícil, el sheriff recto y competente, y toda la estructura de la trama. De hecho incluyen algún homenaje claro, como la escena de unos vaqueros salvando su rebaño de un incendio. Es cierto que esto implica que en cierta manera sabemos cómo se van a desarrollar las cosas, y concretamente el final se puede intuir con facilidad, incluyendo ese epílogo tan clásico. Pero tanto el guion de Taylor Sheridan como la dirección de David MacKenzie ofrecen un relato con una solidez y personalidad muy fuertes, con lo que se perdona bastante la sensación de que ya hemos visto muchas historias semejantes.

El elemento más enriquecedor es la perspectiva crítica, que pone patas arriba, y merecidamente, el lema de “el país de las oportunidades”, pues en realidad sigue siendo el salvaje oeste y el sálvese el más fuerte. Descarada y evidente pero verosímil, la perspectiva social cuenta además con una vena de humor negro (atención a los lugareños sacando sus armas) que recuerda al cine de los hermanos Coen (No es país para viejos sería la más cercana), con los personajes curiosos o excesivos (la camarera anciana) y sus diálogos de apariencia simple pero que esconden más de lo que parece, y un aura melancólica que deja un regusto amargo. La justificación de los protagonistas para emprender su empresa suicida, la infinidad de planos a la miseria de la zona, y los discursos directos contra la especulación bancaria y la ambición desmedida (incluyendo algunos apuntes sobre la colonización y el destino de los indígenas), componen un cuadro grisáceo y desesperanzador de la situación social del país, pues aunque se describa en concreto la zona de Texas, la crisis social reflejada es extrapolable a toda la nación.

El esfuerzo por dotar de verosimilitud y profundidad se extiende a los personajes, cada uno con un carácter muy marcado y unas motivaciones claras. Los hermanos delincuentes están embarcados en esta odisea por razones concretas relacionadas hábilmente con cómo el entorno en el que han crecido ha dirigido inexorablemente sus vidas. Uno es un padre de familia que no encuentra otra forma de salir adelante (la tercera frase seleccionada define muy bien su existencia), el otro un forajido que sólo se siente vivo con la adrenalina de los crímenes, lo único que ese mundo le ha permitido conocer. En el lado de la ley tenemos al sheriff veterano a punto de jubilarse (lo que da para uno de esos golpes de humor negro de cuidado) y a su compañero de ascendencia indígena; uno es metódico hasta la obsesión, el otro ha agachado la cabeza ante un mundo podrido y hace su trabajo con desgana.

Chris Pine da una gran sorpresa, pues no esperaba nada de él como actor tras ver su cara de palo en Star Trek 2009 y Jack Ryan, pero aquí se marca un papel sombrío y trágico excelente. El hermano alocado lo encarna el siempre estupendo e infravalorado Ben Foster (El tren de las 3:10, Pandorum), carismático como él solo. Jeff Bridges (El gran Lebowski, Valor de ley) en cambio ha sido alabado en exceso: no me parece que esté mejor que aquellos dos, de hecho sobreactúa un poco, pero también es que la idea era darle un estilo muy marcado a su rol. Y Gil Birminghanm encarna bien al agente abatido y pasota.

El tempo narrativo es magnífico, la fotografía de Giles Nuttgens muy buena, la música de Nick Cave y Warren Ellis muy atinada. MacKenzie capta toda la esencia de este brillante guion y le da la puntada final que necesitaba: la melancolía, la crítica social y el drama llegan con intensidad pero sin abrumar ni aburrir, sino enganchando con un título serio, inteligente, adulto, pero cautivador y muy entretenido, algo que escasea cada vez más en el cine de Hollywood, que se aferra a la dualidad de dramón barato para ganar premios por un lado y clones de acción y fantasía por el otro.

No respires


Don’t Breathe, 2016, EE.UU.
Género: Suspente, terror.
Duración: 88 min.
Dirección: Fede Álvarez.
Guion: Fede Álvarez, Rodo Sayagues.
Actores: Stephen Lang, Jane Levy, Dylan Minnette, Daniel Zovatto.
Música: Roque Baños.

Valoración:
Lo mejor: La atmósfera de suspense es fantástica, los sustos son numerosos y bastante efectivos.
Lo peor: Quizá su falta de trascendencia le impide dejar huella.

* * * * * * * * *

Alerta de spoilers: Sólo presento el argumento. —

Este es uno de esos casos atípicos que nos recuerdan que no tiene por qué ser un problema el que todo parezca estar inventado (en cualquier ámbito y arte, pero aquí obviamente me refiero al séptimo arte), pues una historia clásica e incluso predecible puede funcionar muy bien si se pone esfuerzo y pasión en ello, y, por supuesto, si sus autores están a la altura. El uruguayo Fede Álvarez demostró ser un gran artesano del cine de suspense con el remake de Posesión infernal, pero incluso con esas No respires ha sorprendido bastante. Su aspecto entre la serie b (en plan Saw) y lo comercial (como Insidious) echaba para atrás, pero por suerte el boca a boca ha ido transmitiendo sus virtudes y está ganando un poco más de fama; en taquilla ha llegado a 160 millones de dólares partiendo de un presupuesto de 10, y supongo que en dvd/bluray tendrá gran tirón. Veremos si la segunda parte, ya en marcha, lanza la saga al mundo entero o se queda con la etiqueta de “película de culto”.

La premisa es tan básica y poco prometedora… Unos adolescentes, un escenario cerrado, un loco asesino. Parece que no hay mucho margen para generar tensión por sus destinos y forjar una atmósfera que logre transmitir terror. El breve primer acto desde luego no apunta muy alto. Tras un prólogo fugaz e innecesario (dos minutos después te olvidas de qué era, y mejor, porque es un spoiler absurdo) nos presentan a un trío de jóvenes que asaltan casas. Unos pocos clichés tratan de dibujar una personalidad concreta antes de meterlos en faena, y si funciona es básicamente porque los actores, los tres jóvenes pero con bastante experiencia, resultan muy competentes, y porque se no consume mucho tiempo en el proceso. Sin duda podría haberse conseguido un guion que ofreciera una introducción más inteligente y original, pero viendo la celeridad con que acabamos dentro de la pesadilla se perdona: no importa mucho de dónde vengan, y no le prestas mucha atención a sus esperanzas sobre el futuro, lo relevante es el atraco que acaba convirtiéndose en una pesadilla y la intriga por cómo saldrán de esa situación.

Hay que decir que, una vez dentro de la pequeña casa, de nuevo parece que esto no va bien encaminado, pues tenemos una escena muy típica y tontorrona, la de la alarma que ofrece un momento de tensión forzado: se supone que sonará a los treinta segundos, pero puedes contar unos cuarenta y cinco… Pero de ahí en adelante el suspense emerge de golpe para no desvanecerse en ningún momento. El anciano propietario, un veterano ciego y afligido por la pérdida de su hija, se despierta… La presencia imponente e inquietante que logra Stephen Lang (Avatar) es digna de recordar. Sus movimientos, con unas poses animalescas espeluznantes, la gutural, áspera, y resquebrajada voz que se mete en los huesos (el doblaje es bastante bueno, pero aun así pierde bastante), la habilidad de Fede para hacer que llegue de improviso o que pase por el pasillo como un monstruo imparable mientras los protagonistas tratan de esconderse… Es increíble cómo con tan poco se puede conseguirse un villano de género tan memorable. Sin casquería (no es gore, como Posesión infernal), sin excesos, sino con sutileza y buen hacer. Incluso los giros más locos son muy eficaces, llegan en el momento justo, encajan en el argumento (todavía tengo atragantadas las paridas que metía Saw cada dos por tres) y aumentan el nivel de desconcierto y acojone de forma impresionante.

Fede exprime al máximo cada habitación, cada pasillo, cada precario escondite. Hace gala de una dirección sobria, metódica, con una visión de conjunto ejemplar donde pasa completamente del artificio facilón (no existen los cansinos sustos sonoros ni otros recursos baratos). Utiliza planos secuencia tan logrados como necesarios, hace un uso del silencio y la espera magistral, recurriendo lo justo y necesario a la correcta música de Roque Baños, y efectúa cambios de tono muy sabios que mantienen la angustia siempre a flor de piel (si repite una habitación, es en un estilo muy distinto: alucinante cómo exprime el sótano). Cada escena tiene su fórmula, y aunque algunas sean muy clásicas (el sótano a oscuras), el juego del escondite, la caza interminable, los subidones de estrés y miedo y los giros inesperados garantizan que no haya un minuto de descanso, un rincón seguro donde recuperar la cordura y buscar una salida. El factor previsibilidad lo sortea con destreza, en cantidad de ocasiones te coge desprevenido, crees que se está acabando todo y te lanza a otro clímax monumental (¡el puto perro!); y si no da igual, porque el ambiente sofocante te tiene atrapado y te engañará.

No respires es una experiencia tan inesperada como gratificante, si es que te gusta sufrir con una película. Quizá le pesa algo su falta de trascendencia, destacando el escaso recorrido emocional de los personajes, pero aun así se puede ver varias veces sin que pierda capacidad de entretener y de dejarte un mal cuerpo durante hora y media (por suerte no meten relleno para llegar a las dos horas, algo habitual hoy en día). Y desde luego, el primer visionado garantiza sudores, agobio y sustos en cantidad.

Aliados


Allied, 2016, EE.UU.
Género: Suspense, drama, romance.
Duración: 124 min.
Dirección: Robert Zemeckis.
Guion: Steven Knight.
Actores: Brad Pitt, Marion Cotillard, Jared Harris, Lizzy Caplan, Simon McBurney, Anton Lesser.
Música: Alan Silvestri.

Valoración:
Lo mejor: Entretiene lo justo, y la pareja protagonista aguanta aunque sea a duras penas el peso de un argumento muy flojo.
Lo peor: Parece empezar varias veces sin llegar a nada, y cuando consigue concretar algo no sorprende: la trama principal es superficial y desganada. Muy cortita en lo visual, de Robert Zemeckis se espera más.

* * * * * * * * *

Durante su primera mitad le pesa demasiado la sensación de que no queda muy claro hacia dónde se está dirigiendo, y no es porque resulte intrigante, pues a pesar del género el suspense no hace acto de presencia, sino porque, como se podrá comprobar al acabar el visionado, mezcla varias historias sin terminar de acabarlas antes de saltar a la siguiente, y tampoco logra congeniarlas con equilibrio. Romance, drama, espías, bélica… toca de todo un poco pero no se moja con determinación por nada. Sí, hay un hilo conductor evidente, la relación entre los dos protagonistas, y en cierta manera sostiene el conjunto, pero no basta para lograr un buen largometraje.

Vi el tráiler hace mucho, cuando se iba a estrenar en cines, y me dije “otro maldito avance que te destripa la película entera”. Por suerte no me llamó como para verla en ese momento, y lo único que recordaba al ponérmela en bluray es que era de espías, lo típico de la sombra de la sospecha sobre alguno de los miembros de la pareja. Pero en todo este primer acto (la estancia en Casablanca) el thriller de espionaje resulta anodino, insípido, como un subgénero con el que cumplir mientras se destaca un romance que absorbe inadecuadamente toda la atención y al final tampoco impresiona mucho por sí solo, despertando el interés por los pelos.

El lío que pone en apuros la relación tarda muchísimo en lanzarse a pesar de que se espera desde que se reúnen por primera vez, porque se supone que de eso trata. Tardamos cuarenta y cinco largos minutos en terminar establecer la relación (cuando pasamos de Casablanca a Londres, tras un interludio resumen que incluye todo lo que no han sido capaces de narrar en este tiempo), y lo único que he sacado en claro es que se han enamorado, pero porque lo dicen con diálogos varias veces, pues en pantalla no se ve, no hay pasión que indique que el amor es real… pero tampoco ni una sutileza que señale una posible conspiración. Así, prácticamente todo lo que hemos visto en esta larguísima introducción es puro relleno. Me esforcé en intentar quedarme con los personajes secundarios y sus actividade, pensando en su inminente implicación en la trama, pero nada, se hace borrón y cuenta nueva. Tampoco se ve ni un amago, ni un momento de incertidumbre que vaya sembrando la duda en la relación hasta el momento clave. ¿No era una de espías? No, eso no llega hasta el ecuador de la cinta. Parece que se toman como algo obligatorio esperar a que estén casados y con bebé para empezar de verdad la historia. Y teniendo en mente esa decisión, lo lógico sería haber abordado la introducción con más agilidad y concisión.

Cuando llegamos por fin al meollo mi interés estaba bastante alicaído, pero por suerte este tramo va más al grano, mejorando el ritmo. Las dudas en el matrimonio no son espectaculares y la intriga no deslumbra, pero como van ocurriendo cosas al menos se atenúa la falta de rumbo y garra. Pero me temo que ni poniendo toda la leña en el fuego consigue levantar mucho el nivel, porque las renovadas esperanzas no tardan en empezar a desvanecerse: la supuesta trama de espías me produjo bastante indiferencia y no surgió desazón alguna por el destino de la pareja. Cuando se acerca el desenlace, se ve venir tan de lejos que ya estaba desconectado totalmente.

Pero bueno, en cierta manera, a pesar de lo predecible y somera que resulta la historia, es suficiente para una de acción con tintes de drama y suspense con la que pasar el rato, y la pareja mantiene el tipo lo justo como para lograr cierta conexión con las imágenes, así que da un entretenimiento aceptable si no se exije mucho. El problema es que las pretensiones y la ambición a las que apunta y lo bastante que se estrella con ellas me han fastidiado mucho el visionado. No podía dejar de hacerme preguntas, de sufrir su falta de determinación, sus obvias vaguedades y recursos facilones. En el thriller, en ningún momento la narración hace pensar, muestra pistas que señalen algo oculto o una doble cara que genere ambigüedad. En el romance, me cuesta creer el enamoramiento, no me impactó lo más mínimo cuando a él le dan la revelación, no me creo ese viaje suicida a territorio enemigo para una pista vaga, no me creo la decisión final de ella. El trasfondo bélico es puro adorno, no transmite temor y caos ni en los momentos más intensos (los bombardeos de Londres). La situación de roces políticos y el mundo del espionaje en que viven los protagonistas no tienen profundidad ni interés alguno, sobre todo porque no hay personajes secundarios de calidad que den vidilla a ese entorno. También peca de excesos poco verosímiles o inadecuadaos para la época y de una estética demasiado sintética, límpida: la hermana lesbiana mostrando su amor en público, la relación demasiado suelta y amistosa con los altos rangos, la vida tan idílica a pesar de la guerra, con más fiestas despreocupadas que esfuerzo en sus empleos, más glamour y belleza (cuántos modelitos y batas hermosas luce ella) que escenas que muestren las dificultades y efectos del conflicto (miedo, escasez, destrucción).

La puesta en escena acusa otras carencias que socavan su apariencia de película de alta calidad. A pesar de contar con ochenta y cinco millones de dólares de presupuesto luce como una producción menor, rodada en un par de escenarios baratos y con pantallas de fondo muy, muy, muy cantosas. ¿No había recursos para grabar en localizaciones reales más adecuadas y parajes naturales dignos? ¿Cómo esperas que me impresione la escena del desierto si parece sacada de una serie b lastimera? ¿Cómo va a llegarme el ambiente de Casablanca si todo parece rodado en el estudio y, como digo, todo es exageradamente bonito? ¿Cómo voy a sumergirme en el Londres de la época si se abusa de los interiores, sólo vemos un par de calles con grava cutre sobre el asfalto para disimular, y lo único que muestra de la guerra son fondos digitales que dan risa? Pero es que ni siquiera los momentos más intensos dan el tipo: el tiroteo en Casablanca y el de la Francia ocupada resultan muy fríos, teatralizados, las secuencias de intriga son todas iguales, esperar dentro del coche a que se resuelva algo fuera de pantalla.

De un artesano del calibre de Robert Zemeckis, un director de rasgos clásicos pero que ha aprendido a combinar muy bien la tecnología, se esperaba algo más maduro y sólido. No hay más que comparar con El vuelo (no he visto El desafío, no me llama nada). ¿Dónde está el director que hizo de un relato algo básico y sensacionalista una aventura emocionante, con tramos muy impactantes? Aquella también tenía una presentación artificiosa (el accidente de avión), pero era impecable en la técnica y resultaba asombrosa. La de aquí no tiene pegada alguna y se ven muchas limitaciones narrativas. Aquella buscaba sacar lo máximo de una historia centrada más en lo personal que en un argumento complejo, para lo cual Zemeckis cogía a un actor competente y lo empujaba a dar lo máximo de sí; aquí no parece poner mucho empeño en que los intérpretes muestren emociones concretas y logren química entre sí: Brad Pitt va todo el rato con la misma cara, no se sabe qué siente si no lo dice, y si Marion Cotillard funciona es porque tiene un carisma y elegancia que llena la pantalla. Finalmente, la música de Alan Silvestri, otro profesional como la copa de un pino, es otra mala sorpresa inesperada, parece hecha en un rato con temas de muestra.

Aliados parece el habitual encargo de una major (Paramount en este caso) en la onda de lo que se está viendo cada vez más en el séptimo arte: se coge un tema muy usado (al menos no es un remake o adaptación) y se digiere y simplifica, se le elimina toda profundidad y aristas, se deja en un esqueleto de emociones prefabricadas para encandilar a la taquilla fácil. Y no sé si sois conscientes de la gravedad de casos como este, porque no hablamos de sagas ultra comerciales destinadas a los jóvenes, sino de cine supuestamente serio para adultos. Lo único bueno que podría salir de ella es que alguien acabe de rebote viendo Casablanca (Michael Curtiz, 1942) y descubra lo que es el cine de verdad.