El Criticón

Opinión de cine y música

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El caso Sloane


Miss Sloan, 2016, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 132 min.
Dirección: John Madden.
Guion: Jonathan Perera.
Actores: Jessica Chastain, Mark Strong, Gugu Mbatha-Raw, Michael Stuhlbarg, Alison Pill, Sam Waterston, Jake Lacy, John Lithgow, Jake Lacy, David Wilson Barnes.
Música: Max Richter.

Valoración:
Lo mejor: Buen reparto, efectiva banda sonora.
Lo peor: Puesta en escena mediocre, caótica, resultando una cinta agobiante y fea en lo visual. Guion pretencioso, rebuscado, tramposo y aburrido, que para rematar desemboca en un final delirante.

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Por las notables críticas que ha recibido esperaba un buen título de un género cada vez menos habitual, el thriller adulto. Anunciaban un estilo a lo Aaron Sorkin (El Ala Oeste de la Casa Blanca -1999-, La red social -2010-), es decir, guion extremadamente denso e inteligente pero adictivo y fascinante. El reparto es de buen nivel y el director bastante llamativo, así que más alicientes tenía. Pero al poco de empezar ya se ve el desastre en ciernes, y no mejora al avanzar, es de esos casos en que el esfuerzo de llegar hasta el final me ha supuesto un cabreo y la sensación de dos horas perdidas.

Estamos ante una versión comercial y barata del género, una que para aumentar mi disgusto ha tenido bastante éxito. Está en la onda de Whiplash (Damien Chazelle, 2015) o House of Cards (Beau Willimon, 2013) más que en la de cualquier trabajo de Sorkin o de cualquier buen thriller reciente (la obra de David Fincher a la cabeza: Seven, Zodiac, Millennium), y sobre todo queda lejos del punto álgido en los años setenta, con clásicos como Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976). Es presuntuosa pero bastante pobre en inteligencia, profundidad y verosimilitud. Abusa de un pobre repertorio de fuegos artificiales que provea espectáculo poco exigente, resultando aparatosa pero hueca, pues te taladra con mucha información inútil y juegos narrativos sintéticos que se derrumban ante cualquier lectura objetiva. Al contrario que el estimulante entretenimiento que han encontrado muchos espectadores, a mí la acumulación de enredos y tretas de baja calidad me adormeció los sentidos bien pronto, resultándome un visonado muy pesado y al final incluso un tanto incómodo: tanta falsedad y efectismo me resulta un tanto ofensivo, pues no me gusta que me intenten manipular y engañar.

La premisa es muy exagerada, aunque se podría aceptar, que esto es ficción, si el tratamiento tuviera un mínimo de coherencia y calado. Los diálogos van de sorkinianos, o sea, veloces, densos e ingeniosos, pero en realidad amontonan poca savia y muchos clichés apenas escondidos tras una aparatosa verborrea inane. El dibujo de personajes es inexistente, todos son objetos de la trama, es decir, bisagras y cepos para los giros y farsas. En la protagonista se junta todo, no se muestra de ella nada más que lo justo para despistar y engañar, así que a es imposible encontrarle una dimensón humana, con lo que me resultó una figura con la que es imposible conectar. A pesar de tanto supuesto dramón y la buena labor interpretativa de Jessica Chastain, no sabemos por qué actúa, sufre y se lamenta, porque será un talento de actriz, pero sin un rol bien definido no hay manera de que sus lágrimas, rabietas y demás expresiones tan bien logradas transmitan algo concreto. La revelación final explica al menos sus acciones, su plan, después de mucho marear la perdiz, pero no es suficiente y llega tarde, y desde luego no convence al ser una fantasmada surrealista donde pasa de superheroína del modelo capitalista, capaz de manipular su entorno cercano, a diosa que prevee el fluir de todo un estado al dedillo (en todo ámbito: medios, política, sociedad) y planifica una jugada monumental. Y todo ello con algunas salidas de tono ridículas, como la cucaracha espía.

Las pocas promesas del argumento pronto se diluyen en una fantasía que no hay por dónde coger. Se nota en seguida que la idea no es buscar un thriller con tintes dramáticos que nos absorba con su solidez narrativa, un misterio excitante y su fuerza emocional, sino uno que impacte con inmediatez a base de trucos fáciles, directos. Así, guionista y director no trabajan para conseguir una trama intrigante que se va desgranando poco a poco ante nuestros ojos, sino que se esmeran más en construir atmósferas y sensaciones inmediatas por la fuerza, y las sorpresas se basan en soluciones y giros rebuscadísimos de los que ninguno llega a funcionar, sea por tramposos, por artificales, por inverosímiles o una combinación.

Un buen thriller va espaciando pistas coherentes en una narración sugerente, y algunos incluso te plantan la solución en la cara, pero siempre de forma que dudes hasta el final o te falte una sola pieza para reconstruir el puzzle. Un buen thriller nos hace sudar codo con codo con los protagonistas, haciéndonos a ambos partífices del misterio, esto es, el personaje con el que seguimos la historia no guarda secretos relacionados con la misma, sino que va descubriendo las cosas a la par que nosotros. Un buen thriller sólo recurre a flashbacks y saltos temporales si es necesario (por ejemplo, para mostrar visualmente el relato de algún interrogado), no para tratar de realzar el misterio central y potenciar el drama de los personajes anunciándonos peligros próximos y dosificando burdamente la pobre trama.

En El caso Sloan la protagonista principal está trabajando a todas horas del día con el equipo, pero aun así tiene tiempo para montarse un par de intrigas paralelas de altos vuelos, que no vemos porque así lo quieren los autores, pues no saben sorprender de otra manera. El caso es puro humo, con puntuales clímax de relleno para recuperar la atención, y se resuelve con una parida demencial que no hay manera de creerse, ese plan supremo que ya quisiera para sí un villano de James Bond. Es cierto que la pista inicial, soltada a lo bruto sin ton ni son nada más empezar la película y repetida en varias ocasiones, apuntaba a un ardid en la resolución, pero ni aun así podía intuirse semejante disparate, y mira que la premisa ya era de por sí bastante absurda. Los puntos álgidos metidos con calzador y los flashbacks que anuncian la inminente derrota de la protagonista son el colmo de la chapuza y la vagancia. Finalmente, como todo lo que se busca es espectáculo barato y el argumento se limita al juego del engaño chapucero, el potente contenido se deja de lado: los lobbies y políticos corruptos, la industria armamentística y varios conflictos ideológicos de EE.UU. latentes se usan como golpes de efecto, no hay una lectura de ningún tipo con estos temas, más allá de la obviedad de la corrupción moral inherente al capitalismo extremo.

En estas condiciones no sorprende que el ambiente de intriga se deje casi por entero a la puesta en escena. Y me temo que tampoco funciona. John Madden (conocido por Shakespeare enamorado -1998-, y que recientemente tiene una más que decente de suspense, La deuda -2010-) y su equipo (fotografía, montaje) van con la ida de aturullar, de avasallar con información, velocidad y los citados puntos álgidos nada naturales aquí y allá. El montaje trata de ser frenético pero resulta un despropósito, los personajes se quedan con palabras y reacciones en el aire para pasar a planos de otros, o a planos generales que no aportan información a la escena sino confusión. Por extensión, jugar con objetos por medio, deslumbres y demás enredos acentúa ese acabado tan mal planteado. Como resultado, el aspecto visual es informe, más bien desagradable.

Lo único que mantiene medio unido este desastre es la efectiva música de Max Richter y el buen trabajo actoral. Sino fuera por Mark Strong y Gugu Mbatha-Raw sería como si la protagonista no tuviera compañeros, porque el resto son peleles intercambiables. Los arquetípicos villanos, te acuerdas de ellos porque los encarnan unos veteranos de nivel como son John Lithgow, Sam Waterston y Michael Stuhlbarg. Y, sobre todo, si no fuera porque Jessica Chastain llena la pantalla, su irrisorio personaje sería incapaz de despertar el más mínimo interés.

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American Made (Barry Seal, el traficante)


American Made, 2017, EE.UU.
Género: Acción, suspense, biografía.
Duración: 115 min.
Dirección: Doug Liman.
Guion: Gary Spinelli.
Actores: Tom Cruise, Domhnall Gleeson, Sarah Wright, Mauricio Mejía, Fredy Yate Escobar, Alejandro Edda.
Música: Christophe Beck.

Valoración:
Lo mejor: Entretenida y curiosa.
Lo peor: La enorme falta de originalidad. Parece un capítulo de Narcos.

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Se narra, con a saber cuántas licencias, la vida de Barry Seal, un piloto de aerolínea de pasajeros un tanto aburrido por la monotonía de su vida, hasta que esta da un vuelco cuando la CIA, en plena Guerra Fría, lo selecciona para hacer vuelos de espionaje a grupúsculos paramilitares con presuntos lazos con los soviéticos por Centroamérica y Sudamérica. Con la búsqueda de aventuras y otros giros inesperados acaba saltando al narcotráfico, trabajando para el cártel de Medellín que lidera Pablo Escobar, mientras sigue usando la fachada de la CIA para cubrir sus viajes. El tío se hace rico hasta el punto de no saber dónde meter el dinero.

El problema es que para condensar una epopeya de este tipo en dos horas hay un rango limitado de fórmulas narrativas que faciliten una forma inteligible y entretenida, y han optado por una muy clásica, la de enlazar anécdotas a toda leche y pararse de vez en cuando en recesos más tranquilos que tratan de otorgar un poco de dimensión humana a los implicados. Si en palabras no te haces una idea de lo que quiero decir, con ejemplos conocidos seguro que sí. El lobo de Wall Street, Atrápame si puedes, Scarface, Uno de los nuestros… pero el mejor ejemplo sería la reciente serie Narcos, de hecho parece un capítulo anexo, porque estos acontecimientos forman parte de la misma gran historia (aunque Seal es citado en un solo capítulo, creo recordar) y el estilo es prácticamente el mismo.

Tenemos cantidad de voz en off y apariciones futuras del protagonista explicando situaciones, montajes a modo de resumen y citas históricas (periódicos, discursos presidenciales), y anécdotas breves de todo pelaje. En las secciones más largas y pausadas se aborda el drama familiar (mujer, hijos, fachada social), la adaptación a los nuevos giros (los métodos del narcotráfico y de la CIA) y a las secuelas (el dinero, vivir en alerta constante…).

Pero Barry Seal, el traficante no tiene la originalidad, personalidad y en general la brillantez de las obras citadas, sino que se aferra demasiado al esquema elegido y tira para adelante sin mucho esfuerzo. Las delirantes aventuras del protagonista tienen capacidad de impacto suficiente como para sobreponerse a una fórmula tan convencional, el ritmo es bastante activo y sin bajones, y también hay contexto histórico suficiente para sacar una correcta lectura crítica sobre los desmanes de EE.UU. (intervencionismo, hipocresía, individualismo y capitalismo extremo). Pero le pesa muchísimo el hecho de que se le aplica a una vida singular un filtro muy predecible, de manera que una vez presentada la historia se ve venir prácticamente todo, y las sorpresas y situaciones más peliagudas pierden fuelle, parecen ponerse al mismo nivel detalles insignificantes que su vivencia más peligrosa. Por ejemplo, las peleas familiares son harto predecibles, los autores no son capaces de salirse de los estereotipos a pesar del potencial de la historia; y cuando aparece el vago hermano de ella, ya tienes el final de la odisea bien explícito. También me parece evidente que, dado el título original (American Made, “Hecho en EE.UU.”), la crítica debería tener más protagonismo y agudeza, cuando parece emerger automáticamente por la situación más que por esfuerzo del guionista y del director. Había muchísimo material por donde meter humor negro y autocrítica ácida, pero lo desaprovechan bastante.

Es decir, le falta ingenio, fuerza dramática, sensación de imprevisibilidad. Una epopeya tan fascinante y prometedora acaba convertida en un simple entretenimiento pasajero, cuando más bien debería dejarte anonadado y pensando al terminar el visionado. A su falta de empaque contribuye también la elección de Tom Cruise como protagonista: un héroe de acción no pega en este papel, hacía falta un intérprete con más registro. No hay más personajes, porque el resto quedan como figurantes del repertorio de curiosidades, y claro, tener figuras como Escobar y no sacarles partido, pues apena bastante.

Eso sí, para pasar un rato ameno vale de sobras.

Atómica


Atomic Blonde, 2017, EE.UU.
Género: Acción, suspense.
Duración: 115 min.
Dirección: David Leitch.
Guion: Kurt Johnstad. Antony Johnston y Sam Hart (novela gráfica).
Actores: Charlize Theron, James McAvoy, Eddie Marsan, Toby Jones, James Faulkner, John Goodman, Sofia Boutella.
Música: Tyler Bates.

Valoración:
Lo mejor: La pelea principal, espectacular.
Lo peor: Mezcla de estilos y pretensiones caótica, chapucera, insoportable.

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Viendo los avances parecía que nos vendían una de acción loca en plan John Wick, de hecho, su director fue uno de sus principales artífices, aunque también esperaba que tuviera algo de Jason Bourne (antes de que la extendieran de mala manera), es decir, alma: un argumento más trabajado que el de aquella, algo garra y personalidad. Pero una vez enfrascado en el visionado me sorprenden con una de espionaje en la guerra fría con un tono serio y una estructura narrativa muy forzados y pretenciosos, donde meten a la fuerza esos enredos fantasiosos de la peor acción moderna. Y no creais que queda algo como James Bond, que suele combinar bien la elegancia y la acción exagerada sobre una base sencilla de espionaje clásico, o como Jason Bourne, más realista, ruda y dramática. La mezcla es burda, inconexa, delirante en algunos tramos.

También me pareció que Charlize Theron producía el proyecto (se supone que llevaba años trabajando en él) con la intención de dejar claro que las mujeres pueden protagonizar películas de acción, que son algo más que la secundaria atractiva que se lía con el protagonista… Pero va y casca un desnudo completamente gratuito en una de las primeras escenas (no hacía falta enseñar tanto para ver sus heridas), y a mitad de la cinta tenemos un poco de erotismo lésbico de baratillo sin venir a cuento también. Entre eso y el repertorio de modelitos que va mostrando, cabe pensar que más bien quería lucir físico, que me parece muy bien, pero luego que no se quejen de machismo.

En plena caída del muro de Berlín seguimos la declaración de una agente ante sus superiores, donde desgrana su última y difícil misión. Con una estructura narrativa fragmentada en idas y venidas en el tiempo los autores intentan maximizar una trama de suspense bastante predecible en un principio, pero van reliando las cosas y poniendo capas de enredos forzados hasta que no se entiende nada. Una de espionaje que se precie nos hace partícipe del miedo y desconcierto que viven sus protagonistas, llevándonos con ellos a su situación, compartiendo el esfuerzo por desentrañar los misterios. Una de calidad además sorprende al final con revelaciones verosímiles, de las que estaban ante tus narices y te faltaba sólo un dato para darles forma. Aquí nos embarcamos en mar de artificios, humo, requiebros y vaguedades que para colmo en todo momento parece ir diciendo “mirad qué película más inteligente estamos haciendo”, cuando el ridículo queda patente a las pocas escenas.

El suspense resulta impostado, el dibujo de personajes puesto a disposición total de la farsa (cambios de bando constantes, trampas molestas, como que la historia la veamos a través de los ojos de la protagonista y aun así que se nos oculten cosas que ha hecho), los diálogos resultan muy flojos y predecibles, y la acción es aparatosa y muy pasada de rosca. Ante este tal panorama me veía venir los típicos giros finales demenciales, y los tenemos a lo grande en un epílogo infumable que intenta darle la vuelta a todo, pero después de tanta mentira y engaño ya estaba del todo desconectado y no me hizo ni la esperable gracia por cutre.

Para colmo, es aburrida hasta la desesperación. Porque, aparte de su nula inteligencia, el guion sigue un esquema harto repetitivo: receso explicativo en la sala de interrogatorios, posicionamiento de personajes en el terreno en Berlín, escena de acción estrafalaria acompañada de numerito musical. Y en vez de ofrecer una perspectiva global concreta, de avanzar hacia alguna parte generando expectación, la sensación es que damos vueltas en círculos sin saber cómo contar las cosas, como el amigo borracho que balbucea un chiste eterno.

El desastre termina de rematarse con una estética de videoclip o de anuncio publicitario (de marcas de bebida principalmente, menudo publirreportaje se llevan Jack Daniels y el vodka Stoli). El director se ahoga en los bucles, perdiendo el norte en artificios inmediatos pero sin ser capaz de generar una atmósfera creciente de intriga. La composición de cada escena resulta demasiado teatralizada, con lo que a pesar del exceso de colorido y ruido resultan frías, artificiales. Las peleas salen muy perjudicadas, porque están tan estudiadas que hay momentos en que el movimiento de la cámara te anuncia el siguiente golpe. La paleta de colores es muy básica y a la vez excesiva: saltamos del típico gris verdoso para la europa del Este a neones para referenciar los años ochenta, pero todo llevado a un extremo antinatural. Tampoco convence la selección musical de temas ochenteros, es demasiado obvia, todo grupos ingleses con sus temas más sobados (David Bowie, Depeche Mode y New Order en fila), a pesar de que la mayor parte sucede en Alemania; no tienen ni la decencia de poner aunque fuera a los cansinos Kraftwerk.

Como resultado, Berlín parece demasiado idílico (qué fiestas más molonas) o demasiado barriobajero (cemento y pintadas), pero nunca transmite realismo. Ningún escenario deja huella o parece crucial en los acontecimientos, son sólo escaparates donde los personajes escupen sus diálogos acartonados o pegan tortas exageradas. Es decir, se transmite una sensación de frialdad bastante grande, de que todo está milimétricamente estudiado, impidiendo que emerjan sensaciones indispensables en el cine de espías: un entorno que genere desconcierto y peligro, un retrato palpable de una época y escenario sombríos.

Las peleas merecen un análisis aparte. Se pone demasiado esfuerzo por hacer algo supuestamente alucinante y épico pero no se cuida nada la verosimilitud, la rudeza natural propia de una película que se presentaba como seria pero acaba pareciendo una parodia torpe del género. Los ramalazos de James Bond (Skyfall viene rápido a la mente en la escena tras la pantalla de cine), y Jason Bourne (largas peleas cuerpo a cuerpo rompiendo muebles) le restan personalidad, las exageraciones y fantasías tan forzadas ni pegan con el estilo inicial de la propuesta ni emocionan. Sólo funciona la gran pelea central, esa que se sucede principalmente en la escalera de un bloque. En ella ponen más esfuerzo en una coreografía más orgánica, impredecible, y su ritmo frenético que no pierde fuelle a pesar de su gran longitud garantizan el único rato entretenido.

Los actores son pesos pesados capaces de cumplir en cualquier papel: James McAvoy logra dotar de algo de vida a su penoso personajillo, Eddie Marsan, John Goodman, Toby Jones y James Faulkner imponen lo justo en tópicos andantes que entran y salen de pantalla sin que termines de saber a qué se dedican o qué pretenden; incluso Sofia Boutella está bien en un rol breve y con poca chicha. Pero la protagnista absoluta, Charlize Theron, no se hace a un personaje demasiado plano y robótico, quedando una interpretación forzada. Sabemos por Mad Max: Furia en la carretera que es capaz de lograr buenos papeles que oscilan entre el drama y la acción, así que achaco el problema a las carencias, tanto de guion como de dirección.

Lo peor de todo no es que resulte un galímatías con ínfulas, sino el sopor absoluto que transmite al poco de empezar y va creciendo hasta convertirse en asco y rechazo. La acabé porque no soy de dejar películas a medias, pero cómo no, me arrepentí bastante: es uno de esos casos en que he terminado cabreado por las dos horas perdidas. No logro entender cómo tuvo una recepción crítica tirando hacia el notable, es uno de los peores filmes de los últimos años. El público la recibió con más tibieza y el boca a boca no la terminó de lanzar, si bien con su bajo coste (30 millones de dólares) los tímidos 95 millones de recaudación habrán dado bastante dinero.

La suerte de los Logan


Logan Lucky, 2017, EE.UU.
Género: Drama, suspense, comedia.
Duración: 118 min.
Dirección: Steven Soderbergh.
Guion: Rebecca Blunt.
Actores: Channing Tatum, Adam Driver, Daniel Craig, Katie Holmes, Riley Keough, David Denman, Jack Quaid, Brian Gleeson, Seth MacFarlane, Katherine Waterston, Hilary Swank.
Música: David Holmes.

Valoración:
Lo mejor: Reparto, dirección.
Lo peor: El guion, enormemente predecible en el drama, sin gracia en la comedia, sin garra en general.

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En el año 2011 Steven Soderbergh dijo a bombo y platillo que dejaba de dirigir cine porque quería dedicarse a su nueva vocación, la pintura. Poco después se topó con el guion de la serie The Knick y lo dejó todo por ella. Luego dijo que seguiría haciendo televisión (Detrás del candelabro) y teatro. Y al final encontró una película que supongo le devolvería la pasión por el cine, porque aquí lo tenemos de nuevo. Eso sí, como en sus últimas obras tras Contagio (Magic Mike -simpática-, Indomable -un buen e infravalorado thriller- y Efectos secundarios -un telefilme vulgar y corriente-), es un título menor, sin ambición ni gran repercusión.

No tenía esperanzas ni ideas de ningún tipo, no había visto tráileres ni leído nada sobre ella, es una cinta a la que me lancé en parte por su reparto (Tatum, Driver, Craig) y en parte por su director, porque aunque Soderbergh no tiene ningún peliculón de los que marcan una época sí posee algo que me llama la atención, un estilo y personalidad propios y afán por probar cosas e innovar. ¿Qué me encontré? Una combinación de drama rural y comedia de atracos poco inspirada y mal combinada.

En su inicio aborda una historia demasiado manida, y no tiene alicientes que la hagan especialmente atractiva. El protagonista divorciado, sus problemas para encontrar trabajo, y desventuras varias en esa vida de miseria y penas en el Estados Unidos rural. El guion va a lo más básico, resultando un drama propio de la televisión si no fuera porque no tiene giros culebronescos pasados de rosca. Pero, de la misma forma, no posee el germen del cine indie, que suele tener una personalidad y profundidad singulares. Por poner el mejor ejemplo reciente, esto no es Comanchería, sino un relato convencional y sin dobles lecturas.

Por suerte, a media que avanza va cambiando el género tornándose en una comedia de atracos, más en la onda de Ocean’s Eleven que de la citada Comanchería. Eso sí, tardé mucho en darme cuenta de que la idea era hacer reír, porque el sentido del humor es pésimo o no hay chistes hasta bien entrados en el meollo, más allá de la absurda pelea en el bar, que no supe muy bien cómo tomarme. Y bueno, ni en el tercer acto, cuando más loca se vuelve, hay momentos desternillantes, pero al menos conforme avanza se hace más imprevisible y alegre, o sea, más entretenida. Pero aun así mantiene más fallos que virtudes, y no termina de exprimir el nuevo potencial.

El primer problema es que no mejora el ritmo y la intensidad. La narrativa va como aletargada, sin sacar toda la gracia posible de las chocantes, a veces delirantes, situaciones. Se ve una comedia con gran potencial latente, quizá incluso sólo con remontarla con más ritmo y vitalidad. De hecho en los pases de prueba los invitados decían que era lenta y larga, así que Soderbergh redujo la duración en 18 minutos. Si el montaje final resulta largo y lento, no quiero saber cómo era entonces.

El otro punto gris es la inverosimilitud. Pasamos de un dramón anodino a un enredo de atracos fantasioso y con demasiado recursos tramposos. El protagonista habla mucho del plan pero en realidad no dice nada, porque los autores no quieren desvelarnos las fases del mismo para sorprendernos. Esta chapucera forma de hacer intriga no da muchos frutos, pues una vez en marcha no es que estemos ante una aventura trepidante e ingeniosa, sino una que apenas cumple por los pelos. Y ni eso a veces, porque los giros rebuscados del final, los típicos flashbacks cutres de las malas películas que pretenden darte una visión distinta de todo lo que hemos ido viendo, echan por tierra lo poco que iban haciendo bien y cierran la proyección dejando un regusto amargo.

Sin llegar a ser mala, me parece tiempo perdido, no ofrece nada llamativo en ninguno de los dos géneros que intenta abarcar con desgana y torpeza. Al final, hasta lo de inofensiva destruyen, porque terminas con la sensación de que te han intentado engañar con trucos muy malos.

La momia


The Mummy, 2017, EE.UU.
Género: Acción, suspense, fantasía.
Duración: 110 min.
Dirección: Alex Kurtzman
Guion: David Koepp, Christopher McQuarrie, Dylan Kussman, Jon Spaihts, Alex Kurtzman.
Actores: Tom Cruise, Annabelle Wallis, Russel Crowe, Sofia Boutella, Jake Johnson.
Música: Brian Tyler.

Valoración:
Lo mejor: Muy entretenida: va al grano, tiene un personaje central potente, buenos diálogos, y está bien hecha.
Lo peor: Resulta muy predecible. Annabelle Wallis ofrece un papel pésimo.

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Vaya varapalo se ha llevado este nuevo reinicio de La momia (que además nace como capítulo inicial de una serie con los monstruos clásicos), puesto a parir como si fuera la peor película de los últimos años, como si los autores debieran pedir perdón por haber mancillado el género. No lo entiendo, está en la media del cine de acción y fantasía revienta taquillas, con la excepción de la serie Marvel y las nuevas de La guerra de las galaxias, que se mantienen bastante por encima. Y por las críticas, tanto los medios como los espectadores la están poniendo al nivel de La gran muralla, y como que no. De hecho incluso tiene algunas virtudes que se echan de menos, más que nada porque tiene autoconsciencia de que es un entretenimiento, lo que se traduce en menos pretensiones y más simpatía. Ha pasado como con Dioses de Egipto: conocía sus limitaciones e iba al grano, a divertir y entretener, pero por alguna razón se machacó sin miramientos.

Esa falta de grandilocuencia propia del cine de acción contemporáneo realza sus puntos fuertes. Lo normal hoy en día habría sido hacer una cinta de dos horas y media con subtramas anexas empalmadas de mala manera y acción avasalladora sin límites. Aquí sus autores se esmeran en exprimir su argumento y las pocas bazas que deja de margen apostar por algo tan trillado, porque al fin y al cabo, se enfrentan a una serie comercial, con requisitos y restricciones muy concretos. Sumergen a los protagonistas en una pesadilla que pone a prueba sus límites intelectuales y físicos, pero también morales. Hay mucha acción, pero es más de correr y sobrevivir a duras penas que de ver ciudades destruyéndose y monstruos o superhéroes pegándose. Y tiene un toque adulto y oscuro muy de agradecer en esta época de cine blando, sin violencia ni drama.

El protagonista es ambiguo, amoral, y evoluciona aceptablemente bien, lejos de los cánones del género de héroes impolutos que no sabemos qué piensan ni qué esperan del mundo y de los demás personajes pero se apuntan a todos los jaleos porque sí. Nick Morton vive para sí mismo, sólo piensa en sus ganancias, y no pocas veces trata de escapar de una situación que lo perjudica y le viene grande. Poco a poco va viendo que no queda más opción que implicarse, y en pequeñas dosis observamos cómo su pose de pasota se va tambaleando. Así, a la decisión heroica final llegamos con una trayectoria coherente y tangible, no sucede sin más porque hay que cumplir con ello. Para rematar, como buen antihéroe tiene numerosas frases socarronas, irónicas o cabronas muy efectivas. “Gracias por salvarme dándome el paracaídas”, le dice ella. “Pensaba que había más”, responde él con sinceridad. Tom Cruise está como siempre: se toma muy en serio su trabajo, tanto físico como interpretativo, pero no ha vuelto a lograr un papel como el de Magnolia, parece que siempre hace del mismo personaje, con lo que siempre ves a Tom Cruise. Y aquí hay que señalar lo obvio: La momia parece una entrega de Misión Imposible con un Ethan un tanto asqueado del mundo, en plan “me jubilé para vivir la vida y he caído en otra puñetera misión”. No en vano, el equipo de guionistas es el mismo que el de las últimas entregas de la serie: Koepp, Kurzman, McQuarrie

La chica, Jenny Halsey, no se enamora sin más de un tipo perfecto, sino que se forma una relación de atracción-odio no sorprendente pero sí muy interesante, alejada de los simplones romances actuales. Ve a un tipo con recursos y capacidades, pero con un espectro moral retorcido, así que no sabe si hostiarlo o acercarse a él, generándose buenos momentos de conflicto. La pena es que relación se atasca un poco, no llega a explorarse a fondo, principalmente porque el dibujo de esta arqueóloga es, en contraste con el atractivo mercenario y saqueador, demasiado simplón. Casi termina pareciendo la excusa para explicar cosas de la trama: esa es el arma mágica, no hagas esto que te contagias la maldición, somos el grupo que lucha contra el mal, etc. Y lo peor, Annabelle Wallis está muy, muy floja. También se puede señalar que no hay personajes secundarios de peso. El Dr. Henry Jekyll es interesante, misterioso, pero la descripción de sus personalidades y cualidades se sueltan demasiado deprisa, sin que lleguen a calar, y Russell Crowe no parece muy motivado. No hay más roles que destacar; al prota lo acompaña el típico secundario simpático que te da igual lo que le pase, y ella, a pesar de la importancia de su misión y los peligros con los que podría encontrarse, no lleva acompañamiento ni escolta de ningún tipo.

La figura de la momia funciona por ese tono más sombrío, pues no intentan ir más allá del enemigo poderoso de rigor. Las películas clásicas del género siempre tenían un aura melancólica, los monstruos eran fruto de infortunios y más que malvados chocaban con el miedo de la gente. Pero en los tiempos que corren se llevan más los entes sin motivaciones que buscan el caos y la destrucción. Así que todo el prólogo que expone traiciones familiares y demás no se entiende, no justifica nada del viaje de la momia por el mundo. Sofia Boutella se limita a prestar su físico, porque el rol no da para más. Al menos, eso de que sea más una joven guapa que un cadáver momificado se justifica, porque en los avances en los que apareciera con la melena al viento provocaron algunas carcajadas y dudas. Esta villana se salva porque es una contrincante dura que hace sufrir a los protagonistas. Las peleas son encarnizadas, las hostias que se llevan se ven realistas, casi se sienten, de hecho me asombró el nivel de violencia. Las momias-zombi que va creando son amenazadoras y asquerosas. Nos ofrecen algunas escenas muy tétricas (aunque no terroríficas), otras inquietantes (la momia a punto de violar al protagonista), y en general se logra una correcta sensación de peligro inminente y fatalismo: los protagonistas están siempre al borde de la muerte, la momia los encuentra y alcanza constantemente, no se ve una salida fácil. Y aunque en el clímax final a tortas pierde bastante intensidad, porque ya es evidente todo lo que va a pasar, tiene un giro también siniestro bastante acertado.

El productor y guionista Alex Kurtzman inicia aquí su andadura como director de superproducciones (porque antes hizo una comedia sencilla, Así somos), y lo cierto es que cumple sin problemas. Supongo que esa idea de buscar una obra más contenida y oscura es de todo el equipo de productores, pero está claro que él sabe aprovecharlo. La fotografía capta muy bien los numerosos pasajes de noche o en catacumbas. La banda sonora de Brian Tyler es épica. Los efectos especiales son un fin y no un protagonista forzado, y si bien hay alguna digitalización mejorable (el avión, el plano de la tormenta engullendo Londres), las momias, usaran la tecnología que usaran, son impecables. La cinta resultante es tenebrosa, tiene un ritmo trepidante y escenas de acción breves y sencillas pero enérgicas. La secuencia del avión es espectacular, la pelea en la iglesia brutal, la huida en ambulancia por el camino del bosque es muy intensa…

Así pues, La momia tiene un poco de cada virtud que espero de una buena superproducción de acción: tener claro que es un entretenimiento pero sin caer en la vergüenza ajena, contención y seriedad sobre el artificio vacuo, un poco de esfuerzo en el guion que busque personajes con algo de vida y diálogos decentes, y un acabado sólido. No termina de ser redonda, pues se queda un poco a medias en todos los elementos (sobre todo en cuanto a personajes) y también anda muy falta de novedades, pero ya tiene más que muchos títulos que en cambio el público recibe con bastante más entusiasmo. Dinero ha hecho suficiente, pero queda por ver si, por las malas críticas, en el resto de la serie optan por un estilo más simplón y luminoso, que es lo que el público parece querer ahora.

Life (Vida)


Life, 2017, EE.UU.
Género: Suspense, acción, ciencia-ficción.
Duración: 104 min.
Dirección: Daniel Espinosa.
Guion: Rhett Reese, Paul Wernick.
Actores: Jake Gyllenhaal, Rebecca Ferguson, Ryan Reynolds, Hiroyuki Sanada, Olga Dihovichnaya, Ariyon Bakare.
Música: Jon Ekstrand.

Valoración:
Lo mejor: Realizadores y actores muy comprometidos. Buen ritmo y muchas emociones.
Lo peor: Los malditos tráileres te cuentan la película entera, ¡entera! Su falta de pretensiones significa apuntar muy bajo: todo se ve venir muy de lejos, los personajes carecen de la más mínima arista, son carne del bicho.
El título: En serio, qué demonios les pasa a las distribuidoras con los títulos.

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En parte es gracioso y en parte vale para una reflexión el hecho de que Vida llegue casi a la vez que Alien: Covenant. Ambas nacen a la estela de la obra maestra que Ridley Scott regaló al mundo en el primer Alien allá en lejano 1979. Vida no es el primer título que más que verse influenciado directamente vive de las rentas de otro, ni será el último. De hecho también bebe mucho de Gravity. Ni siquiera intenta disimularlo, ni tampoco disimula sus escasas ambiciones más allá de hacer pasar un buen un rato. Juega sobre seguro con honestidad, y no sale mal parado, porque no llega a caer nunca en la vergüenza ajena. Está claro que es un producto industrial, de consumir y tirar. Por el otro lado llega el propio Scott con un intento… no, un segundo intento, tras el fiasco de Prometheus, de revivir una saga agonizante artísticamente. Y lo hace con unas pretensiones intelectuales y narrativas bastante altas, pues persigue una temática más trascendental y darle a la historia nuevos aires. Pero resulta que Covenant se estrella en sus intenciones y acaba siendo un producto más simple y repetitivo de lo que anunciaban, llegando a ahogarse por completo en una pobre imitación de Alien salpicada de torpes adornos que no llevan a nada. Así que los fans de la ciencia-ficción y de la saga Alien nos encontramos en la absurda tesitura de acabar defendiendo a un hijo bastardo que apenas llega a la media para conseguir beca contra el primogénito mimado que ha entrado por la puerta principal con muchos títulos y enchufes pero que luego demuestra ser un patán…

En el guion de Paul Wernick y Rhett Reese (Zombieland, Deadpool) no hallamos intenciones de distanciarse de una premisa tan antigua y gastada, ni de mirar por una profundidad que le permitiera al menos intentar entrar en el cine de calidad, que, en pocas palabras, sería el que se recuerda años después. Pero es evidente que tanto ellos como el resto del equipo, destacando director e intérpretes, sabían dónde se metían y se esforzaron por realizar un trabajo serio que pueda alejar la impresión de producto de segunda o incuso un engaño para llenar salas sin mucho esfuerzo. No me voy a parar a citar las innumerables películas comerciales con cuatro veces su presupuesto que resultan mediocres y estúpidas, baste decir que Vida funciona mejor que muchísimas de ellas. Tiene alma de serie b, de cinta echa con cierto cariño, consciente de sus limitaciones y que sólo busca entretener. Y lo consigue francamente bien.

Uno de sus puntos fuertes es que no empezamos con una farragosa introducción donde intentan describir a los protagonistas a bases de tópicos cansinos. Si está claro que no hay intención (ni necesidad) de darles mucha dimensión, los adornos sobran. Empezamos entrando de lleno en el argumento: una sonda trae pruebas de vida en Marte, y esta se descontrolará a bordo de la Estación Espacial Internacional (ISS). La intriga de cómo y cuándo se irá todo al traste podría haberse trabajado mejor, pero también se agradece que no se dilate más de la cuenta. Y mientras, con cuatro retazos nos presenan a cada miembro de la tripulación: el biólogo, el doctor, la encargada de la seguridad biológica, los ingenieros de vuelo y sistemas… Porque lo único que importa aquí es su trabajo, donde sufren una crisis extraordinaria. Apenas hay algún detalle humanizador, como mencionar que uno de ellos acaba de tener una hija, que no cobra protagonismo innecesario ni subraya el drama de forma facilona. La parte de sus personalidades que importa es su capacidad para reaccionar a esta crisis, y ahí tenemos un buen rango de situaciones. Los actores hacen el resto, pues, como señalaba, se lo toman muy en serio. Los principales y más conocidos, Ryan Reynolds, Rebecca Ferguson y Jake Gyllenhaal, se desviven como si estuvieran en un gran drama, transmitiendo muy bien el sufrimiento y la lucha constante.

El director sueco de origen chileno Daniel Espinosa (El invitado, El niño 44) confecciona un producto muy sólido en un escenario complicado, tanto por la limitación física (la estación) como la artística (el guion tan básico). No hay más que comparar con aquel engendro de Europa One (Europa Report en inglés, en otra de esas traducciones absurdísimas), por citar la más parecida que se me ocurre en los últimos años. Como se suele decir, se presenta como un “artesano de acción” de los que escasean (y eso que en El niño 44 desde luego no apuntaba maneras), ofreciendo una narración absorbente e impactante sin artificios modernos, eso de rodar con pantalla verde sin más esfuerzo por la atmósfera y que el ordenador y la postproducción aporten el factor emocional. Maneja la cámara que da gusto verlo, exprimiendo al máximo un decorado bien trabajado, produciendo adecuadamente el efecto de que flotamos en ingravidez (muy logrado también el trucaje de cuerdas con que se mueven los actores, algo nada fácil de conseguir) y, cuando la cosa se pone fea, sumergiéndonos en un entorno angustioso a la par que vibrante.

A cada fase de la pesadilla le saca el máximo partido. El laboratorio, el exterior, los distintos módulos… No hay sensación de repetición, de escenarios poco excitantes, aunque tenía todas la de resultar así, sino que atrapa con cierta intensidad incluso aunque te intuyas el resultado general, manteniendo un ritmo trepidante con algún segmento desasosegante. Lo más destacable es que las muertes no se precipitan, ni se resuelven con algún cliché tontorrón, algo muy habitual en el género, sino que hacen sufrir a cada personaje durante largo rato, mientras los otros buscan a la desesperada soluciones. Además, con el buen partido que saca de los intérpretes, los distintos clímax ganan puntos extra: en algunos momentos me descubrí algo inquieto por el destino de unos personajes que en principio me importaban bien poco. Los intentos de ubicar y exterminar al ente por toda la estación también funcionan, poniendo ante nuestros ojos planteamientos simples (tapar agujeros y accesos son los retos principales) pero muy bien ejecutados.

La recreación digital del alienígena cumple aceptablemente bien, que esto no es una superproducción, aunque también es cierto que teniendo la tecnología informática tan avanzada es inevitable pensar que podía haber quedado mejor. Pero en cuanto a ente hostil es bastante efectivo: una especie de pulpo escurridizo, inteligente, voraz, incansable… En resumen, como en todo elemento del filme, no sorprende pero funciona correctamente.

Si nos ponemos finos se podría señalar algún aspecto mejorable, como justificaciones algo cogidas por los pelos, como que se haya estropeado la radio justo ahora y haya que salir a arreglarla, pero la única de la que me quejaría es el clásico de los personajes haciendo alguna estupidez. Sí, el ser humano es muy falible, pero se puede exponer en situaciones verosímiles o de forma lastimera. Eso de que el biólogo juegue a través de un simple guante con un ente desconocido que crece a ojos vista… Y tampoco hay esclusa de descontaminación, entran y salen del módulo por una puerta normal. Pero al menos no estamos ante el caso de Prometheus y Covenant, donde todos los tripulantes son gilipollas perdidos durante todo el metraje y no hay ni un solo protocolo científico creíble.

El problema más notable es que no hay margen para la sorpresa, y menos con esos avances que te destripaban todo. No entiendo esa moda actual de contártelo todo, de mostrarte los momentos álgidos de las películas. Así no me ganan para el cine, sino todo lo contrario. La he visto en bluray porque soy un fanático de la ciencia-ficción y me lo trago casi todo, pero interés tenía poco. Incluso pienso que ha tenido poco tirón en taquilla porque era claramente más de lo mismo. Con unos avances intrigantes podían habernos engañado, y viendo lo amena que es, quizá no nos hubiéramos quejado.

Así pues, entre que la premisa está muy trillada y me la han destripado de antemano, conocía de sobras el desarrollo de la película. Incluso el intento de sorpresa final se ve venir muy de lejos. Pero no tiene más fallas, y aunque no se queda en la memoria da para dos horas de emociones fuertes.

Déjame salir


Get Out, 2017, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 104 min.
Dirección: Jordan Peele.
Guion: Jordan Peele.
Actores: Daniel Kaluuya, Allison Williams, Bradley Whitford, Catherine Keener, LilRel Howery, Betty Gabriel, Stephen Root.
Música: Michael Abels.

Valoración:
Lo mejor: Un par de actores secundarios llamativos. Fotografía correcta.
Lo peor: Es ridícula de principio a fin. ¿Cómo ha conseguido tan buena recepción?

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Alerta de spoilers: La destripo a fondo, aunque realmente no hay nada que no se intuya a los cinco minutos…–

Déjame salir (no confundir con Déjame entrar, la sueca que tanto dio que hablar, o su remake) no nació con grandes ambiciones, de hecho su presupuesto era de apenas cinco millones de dólares, pero consiguió una distribución con Universal Pictures de alguna manera, la estrenaron en Sundance de improviso para coger carrerilla, y de ahí poco a poco en el resto del mundo, hasta llegar a España a finales mayo siendo un éxito internacional: lleva unos asombrosos 250 millones recaudados empujada por una crítica que la aclama unánimemente (99% en Rottentomatoes; o puedes verlo en español en el recopilatorio de Filmaffinity) y un público también muy entusiasmado. La señalan como la película indie de la temporada y la mejor de terror de los últimos tiempos, así que me lancé a verla entusiasmado… Pero desde el prólogo empecé a dudar, y poco después me quedaba claro que estaba ante una obra no vulgar, ni del montón, sino realmente mala, infame hasta parecerme ridícula y cargante como pocas que he tenido la desgracia de soportar. Está más en la línea de Tusk, tan mala que resulta un visionado desagradable, una completa pérdida de tiempo, que de cualquiera del género que recientemente haya dejado huella, como Babadook, The Conjuring 1 y 2, La visita, Múltiple o No respires. ¿Me equivoqué de título? ¿Se me ha escapado un subtexto inteligente, una vena original, una técnica innovadora? Por más vueltas que le he dado y análisis que he leído, no le he encontrado valor alguno más allá de que la fotografía es muy profesional y casi me engaña con que estaba ante una cinta de primera división. Voy contando las impresiones que me iba dando mientras la veía…

La primera escena ya apunta bajo. Un plano largo y pausado de alguien caminando por un suburbio estadounidense, en plan Halloween de John Carpenter. Para colmo te revela de qué va a ir todo, pues vemos el secuestro de un negro. ¿Apoyarse con todo descaro en uno de los clichés más viejos del género es original? ¿Incluir un innecesario prólogo innecesariamente revelador es rompedor? Algunos lo llaman homenaje. Yo creo que un homenaje bien dado va donde aporta algo a la trama, donde no desentona que cites tus referentes.

Pasamos a la presentación de personajes. Insípida es poco. De lineal y facilona implanta una sensación de aburrimiento que no se va nunca. Porque siguen apareciendo costuras, o más bien desgarrones, mostrando que Déjame salir se ha escrito y rodado a brochazos partiendo de unos pocos tópicos a pesar de lo que, incomprensiblemente, anuncian en tanta apasionada crítica. Si pretendes hacerme sufrir por los protagonistas, primero estos tienen que ganarme, resultar verosímiles, aumentar el interés con una potencial evolución en su situación, y luego ya puedes sumergirlos en un entorno (a poder ser inesperado) que los pone en peligro. Es decir, hay que saber cuándo empezar a edificar veladamente la intriga, la atmósfera de misterio, y exponer el peligro latente sobre un protagonista que previamente ha sido bien desarrollado.

Aquí nos intentan describir dos chicos monos y simpáticos y consiguen lo contrario, que resulten un tanto repelentes y sus vidas me atraigan bien poco. No hay química ni ofrecen una personalidad concreta, pero además su postura inicial, de marcada, empieza a rechinar, pues expone claves del argumento antes de la cuenta y con torpeza. Que él sospeche sin venir a cuento con que los padres de su novia, blancos como ella, no van a tratarlo bien por ser negro, es demasiado obvio, y más tras el prólogo. Sin haber mostrado una relación idílica con la que hacer contraste ya me estás tratando de remarcar el conflicto, pero además me da la sensación de que me va a costar creérmelo como víctima, porque el racista lo parece él. Y con el tono tan falso de ella me empiezo a oler que algo oculta: si los padres son chungos, ¿por qué iba a llevar al novio? Allison Williams (Girls) no pega como arpía con doble cara, pero también es cierto que el guion es demasiado superficial y el director no consigue sacar más de los personajes y los actores. Daniel Kaluuya (numerosas series inglesas: The Fades, Skins, Black Mirror, y empezó a sonar en EE.UU. con Sicario) se compromete un poco más, logrando un aceptable recorrido de desconcierto y sufrimiento, así que cabe pensar que si el personaje tuviera más enjundia quizá hubiera logrado algo llamativo.

El viaje hacia la finca de los padres sigue añadiendo metraje que parece sacado del manual de primer curso de guionista. Tenemos el típico momento de sobresalto barato metido con calzador, con el golpe al venado y el policía algo pasado de rosca; en realidad, es el director el que fuerza la escena para que parezca así, porque el diálogo no muestra nada amenazador. Pero además la situación se remata con otro patinazo revelador: la llamada al amigo grita el final de la cinta a los cuatro vientos. Es una escena tan gratuita en ese momento, sin aportar nada a la descripción de los personajes ni a la trama, que está claro que únicamente sirve para presentar la pistola de Chéjov: es un personaje-objeto que se recuperará al final para salvar al protagonista en el momento clave. Seguimos con esa narrativa que es completamente opuesta a la singular y rompedora que se empeñan en ver muchos.

Llegamos a la casa. Me autoengaño con que pronto me sumergirán en un buen ambiente de misterio y habrá unos cuantos sustos. ¿Cómo si no iba a tener tantas alabanzas? La presentación de los padres amaga con recuperar el nivel con un par de diálogos ligeros pero con chispa puestos en boca de dos actores secundarios de lujo como son Katherine Keener y Bradley Whitford. Y luego llega el hermano (Caleb Landry Jones), un personajillo en plan psicópata demasiado trillado, pero también con un par de frases que parecen apuntar momentáneamente a algo más serio y trabajado, aunque sea predecible también, porque te dicen demasiado a las claras que no es de fiar.

Pero me temo que ahí se queda el único amago con ver algo decentillo. En adelante, aunque habíamos empezado en un nivel muy bajo, es todo ir cuesta abajo sin frenos. La presentación de los criados, con mirada y música alarmante, me hizo darle al pause y comprobar que no me había equivocado de película. ¿Cómo se puede ser tan poco sutil? El primer supuesto susto (sí que se ha hecho esperar) es vergonzoso, otro cliché demasiado sobado que meten por la fuerza. La criada anda por la casa y pasa por detrás del protagonista… pero claro, esta gilipollez no da miedo, así que suena a todo volumen como si empezara el ensayo de una orquesta. Menudo estruendo, menudo susto de mierda. En el patio, mientras se echa un pitillo para matar el tiempo, aparece el jardinero corriendo. Otra situación tan trivial que no daría miedo si no fuera porque la orquesta ha subido de tono el calentamiento… En fin, ridículo.

El segundo acto parece que se lanza, de una vez por todas, con la sesión de hipnosis, pero a la larga esto no aporta nada novedoso a la historia. Sólo sirve para inmovilizar al protagonista en los momentos requeridos. Cabe pensar que utilizar este recurso en vez de golpes o drogas es lo que ha llevado a muchos a hablar de originalidad, pero me cuesta creerlo.

La fiesta es un quiero y no puedo que se eterniza. Un par de situaciones raras con gente rara, más recalcar que los criados no son quienes dicen ser, o sea, que también son raros. Uuuh, estoy acojonado. Si la extravagancia y las acciones de estas gentes fueran realmente atípicas y amenazadoras… pero son cuatro clichés triviales de ricos y racistas. Bueno, en realidad sí hay un instante que cumple con ello: el bingo. Pero intenta ser humorístico también, y resulta un despropósito. Así que sigue sin aparecer el suspense, no hay ninguna sensación de peligro inminente sobre los protagonistas, y aunque la hubiera, sus vidas me interesan bien poco. Está claro que algo le hacen a los negros, pero es que por ahora es hasta gracioso: el único negro pendiente de ser abducido es el protagonista, y sé que va a salir airoso. ¿Cómo voy a inquietarme entonces? Hay algo peor que una historia predecible, y es una que también es rematadamente lenta, porque se narra todo con una parsimonia desmoralizante.

Cuando, después de tanto esperar, entramos en las revelaciones y el clímax, lo que venía siendo una cinta desganada, facilona, torpe, entra directamente en la comedia involuntaria, y aunque es justo decir que algunos chistes los buscaban a propósito, hacen más gracia por estúpidos y mal ubicados que por ingeniosos. Como estaba claro, los blancos ricos se dedican a secuestrar negros, aunque mediante un plan lento, farragoso y poco efectivo: la chica se los liga y los lleva a casa. Por muy guarra y seductora que sea, al menos un mes de busca y caza habrá. Una vez los atrae, encima les dan de comer, hacen fiestas… ¿Pero no puedes doblegarlos nada más llegar? ¿Para qué tanta tontería, tanto margen de tiempo para que intuyan algo y escapen? ¿Y dónde quedó lo de atrapar gente por la calle que vimos en el prólogo? Pues se lo ventilan con una explicación en una frase: otros de nosotros usan métodos más brutos. Pues vale, pero sigue habiendo mil formas de capturar gente que no implique el engorroso proceso de ligárselo. Eso sí, lo delirante que es tenerlo como invitado durante un tiempo en vez de iniciar al proceso nada más llegar no se explica, que sin ello no habría película. Pocas veces he visto un argumento tan mal justificado.

La escena en que la chica hace como que busca las llaves mientras él se las pide para irse de la finca entra en las grandes escenas del cine cutre del año. Tan idiota él, que ni amaga con irse por la puerta en vez de soportar tanta tontería, tan forzado el suspense (realmente no hay ningún peligro concreto, seguimos anclados en la idea de que son raros, y claramente es más fuerte que los padres y el hermano drogata, pero no parece darse cuenta), tan ridículo el intento de extender el engaño con que la chica es víctima también, con eso de “no encuentro las llaves” ¡cuando acaban de decirnos a las claras que es cómplice! Es que no parece un clímax real, sino una broma. Como toda la película.

Pero tenemos al protagonista retenido, por fin, como se anticipaba desde su primera aparición. Y no tras un buen rato de intriga, sino con una proyección cansina hasta alcanzar el puro agotamiento. Pero sigo aferrándome a la esperanza. Suspense y sustos no ha habido, pero quizá sude un poco con el cómo escapará… Pues debería haber visto venir que con el nivel mostrado esto no iba a remontar de repente por arte de magia… y aun así sorprende para mal con las salidas de tono, de género incluso, por un lado, y lo poco que se mojan en el esfuerzo del protagonista, por el otro. ¡Cuidado, que está inmovilizado en un sofá ante una tele! Qué miedo. Y resulta que se levanta, suelta un par de hostias y ya está corriendo por ahí. Tanto hipnotismo para nada, pues se pone un cacho de sofá en los oídos y ya es inmune. Una vez en pie es evidente que se cargará a quien se le ponga de por medio, no hay ni un amago de tensión por su destino. Nos ponen un poco de sangre a última hora, a ver si así la atmósfera logra poner los pelos de punta un poco, y para rematar todo, la música en plan coros de clímax épico de una demonios y posesiones no pega ni con cola, resaltando la sensación de chapuza, de tópicos empalmados improvisadamente.

Mientras tanto, vemos la odisea del amigo, aquel de la llamada, por encontrar a su colega desaparecido. Sabemos que va a llegar y a rescatarlo, qué menos que tratar de currarse una situación verosímil de forma que así el intento de generar incertidumbre no resulte impostado (qué casualidad que el único negro que aparezca aparte de los criados sea un antiguo conocido). Pero nos vamos al otro lado, a una subtrama completamente nueva que, atención, se inclina por la comedia. Pero para mantener el nivel, por una rematadamente estúpida. De repente estamos en el típico show afroamericano (a lo que se dedicaba su escritor y guionista hasta ahora, de hecho), estas comedias de veinte minutos protagonizadas por un negrata de barrio, histriónico hasta resultar ruidoso y cargante en vez de gracioso, con chistes de barra de bar, o de esquina de drogas, estúpidos y chabacanos. ¿Qué demonios aporta a estas alturas este receso, este cambio de rumbo tan drástico? ¿Eso es lo que llaman originalidad? Tuvimos un gran ejemplo reciente de cómo incluir humor entre sustos con La visita de Shyamalan, donde encajaba de maravilla. Lo de aquí mí me pareció ridículo y el remate en una cinta que termina siendo verdaderamente insoportable.

Y no me olvido de que por fin explican qué hacen con los negros. Pero mejor se lo hubieran ahorrado. Convertirlos en esclavos mediante la hipnosis era lo más lógico, pero se ve que en el género hay que meter un giro final absurdo, así que toma: los ricos que llegan a la vejez trasplantan sus cerebros a los negros jóvenes y de físico superior. Qué racistas más extraños, oye. Pero sobre todo, qué soberana gilipollez: se quedan medio mongolos, de forma que sólo valen como criados en vez de poder seguir con sus vidas normales. Y por si fuera poco, las personalidades originales quedan ahí luchando. ¿Quién en su sano juicio querría extender su existencia en una agonía así? Vale que están locos, pero es tan absurdo… ¿O es que es otro intento de chiste? Los ricos terratenientes acabando como lo que odiaban, los seres inferiores usados como esclavos. Pero lo hacen voluntariamente, así que no es una situación irónica. ¿Es esa la “certera crítica social” que le ven muchos? Termina de hundirse porque los diálogos y escenarios son vergonzosos. Justifican con una frase chorra el que estén explicándole al tipo al que van a joder cómo le van a joder, para luego seguir con una sobre explicación aún más evidente del proceso. Un guionista profesional expone el asunto sin tanta obviedad. De hecho un simple plano al quirófano y al cerebro abierto del receptor da sentido a toda la situación.

Acaba la cosa como estaba claro que iba a acabar: el prota se libra gracias al amigo que llega, por supuesto, justito en el último momento, y a que en uno de los criados (el jardinero-abuelo) se sobrepone la personalidad original justo también antes de disparar. Súper original, inesperado y sobrecogedor todo.

Y así tenemos “una de las películas de terror más terroríficas, originales e inteligentes de los últimos años”…