El Criticón

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Blade Runner 2049


Blade Runner 2049, 2017, EE.UU.
Género: Suspense, ciencia-ficción.
Duración: 164 min.
Dirección: Denis Villeneuve.
Guion: Hampton Fancher, Michael Green, Philip K. Dick (novela).
Actores: Ryan Gosling, Robin Wright, Sylvia Hoeks, Jared Leto, Ana de Armas, Harrison Ford, Mackenzie Davis, Dave Bautista, Lennie James, David Dastmalchian, Tómas Lemarquis, Hiam Abbass.
Música: Hans Zimmer, Benjamin Wallfisch.

Valoración:
Lo mejor: Guion inteligente y acabado deslumbrante. Es respetuosa con la original y en algunos aspectos la supera: explora muy bien la temática, la historia es intrigante y absorbente, y los personajes inolvidables. El reparto está muy implicado. El aspecto visual es impecable: dirección, fotografía, y efectos especiales magníficos.
Lo peor: Repite los fallos más graves de la primera parte, hay un exceso de pretensiones y metraje: se podrían eliminar pasajes completos y agilizar otros, y el tramo final no está a la altura del resto del relato. Y por supuesto, al ser ciencia-ficción no se tuvo en cuenta entre los certámenes de premios más famosos en un año en que fue una de las mejores películas.
La frase:
1) La civilización ha dado saltos con trabajadores desechables. Perdimos estómago para esclavizar, excepto a seres diseñados.
2) Más humanos que los humanos.

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EL RIESGO DE CONTINUAR UNA OBRA DE CULTO

Terror generó el anuncio de una nueva versión o secuela de Blade Runner (Ridley Scott, 1982) en una época en que se mancillan cintas de culto y clásicos sin pudor por arañar cuatro dólares en la taquilla. Todo apuntaba a desastre, tanto por las experiencias previas con otras continuaciones tardías como porque han pasado treinta y cinco años y el cine y la gente han cambiado y por tanto el factor asombro ya no puede funcionar igual, y menos con una cinta tan idealizada, hasta el punto de ser una de las más sobrevaloradas de la historia.

Pero contra todo pronóstico, salió una gran película. Los motivos son obvios, pero todavía los directivos de las majors y otros muchos productores siguen sin enterarse, a tenor de que se siguen haciendo secuelas y remakes basura en cantidad. Cuántas nuevas reinvenciones abominables de Terminator, Alien y Depredador tendremos que tragarnos hasta que se den cuenta de ello. Hay que tener respeto por la obra original, la seguridad de haber encontrado motivos válidos para continuarla, elegir autores con talento para desarrollarla, y no meter mano en el proceso cambiando de ideas sobre la marcha. ¿Que puede salir algo que no convenza a todos? Es probable, dado que el factor nostalgia e idealización pone barreras muy altas. Pero desde luego la posibilidad de tener un producto desalmado, torpe cuando no cutre hasta resultar insultante para el espectador, se reduce casi a cero.

Poner en marcha el proyecto fue complicado. Durante los noventa ya se planteó, pero se atascaron con la adquisición de los derechos de adaptación de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la novela de Philip K. Dick en que se basaron para la primera película. Estaban en manos de uno de los productores de aquella, Bud Yorkin, y no soltaba prenda hasta que en 2011 cedió ante Andrew Kosoveque y Broderick Johnson, no muy conocidos pero con una trayectoria lo suficientemente sólida como para fundar su propia productora, Alcon Enterntainment, con la que habían desarrollado un buen número de obras de suspense y acción de presupuesto moderado, algunas con bastante éxito como Insomnio (2002), El libro de Eli (2010), Prisioneros (2013)… No sé cómo llegaron a un acuerdo, pero por suerte incluyó la cláusula de no hacer remakes, sólo secuelas. También tuvo que ser complicado encontrar grandes estudios que apoyaran un título tan arriesgado. Compartieron la producción con Columbia Pictures, la distribución nacional (en Estados Unidos) corrió a cargo de Warner Bros. y la internacional fue a través de Sony Pictures.

Como prueba de sus intenciones de hacerlo bien, contrataron a uno de los guionistas originales, Hampton Fletcher, y tantearon a un director con gran inventiva, Christopher Nolan. Pero este tenía sus propios planes, así que intentaron traer de nuevo a Ridley Scott. Este también estaba ocupado, con Alien: Covenant (2017), y sólo aportó algunas ideas a la historia. Viendo el resultado de sus últimas aproximaciones al género, Prometheus (2012) y Covenant, que además son de una saga iniciada en parte por él, cabe pensar que fue una suerte que no estuviera al frente, pues no parece tener la inspiración de la juventud. Mientras tanto, al guion se unió Michael Green, capaz de lo peor y lo mejor: de Linterna Verde a Logan, de Covenant a Blade Runner 2049, estas tres últimas además en el mismo año.

Si los temores iniciales se fueron aplacando al ver que se tomaban en serio el proyecto, la llegada del director Denis Villeneuve despertó un gran interés entre los cinéfilos. Ya apuntaba maneras rematando con un acabado muy sólido algunos thrillers y telefilmes con en apariencia poco alcance, como Prisioneros, pero dejó gran huella con Sicario (2015), tampoco muy consistente en guion pero con un acabado espléndido, y terminó de mostrar su gran talento y visión en la maravillosa La llegada (2016).

Blade Runner 2049 se rodó en Hungría para abaratar costes, aunque hay otras pocas localizaciones, como Islandia y España, para algunos exteriores. El Ejido y Sevilla sirvieron para el prólogo, por ejemplo.

MÁS HUMANOS QUE LOS HUMANOS, MÁS PELÍCULA QUE MUCHAS SECUELAS

Recuerdo la experiencia en el cine como si fuera ayer mismo. Quedé hipnotizado desde el prólogo, la historia que se abre ante los ojos invita a implicarse de lleno en lo intelectual tanto como en lo emocional, uniendo pistas en el intrigante caso que investiga el protagonista, dejándote llevar por los sugerentes pensamientos, quedando embelesado ante las poderosas imágenes. Supongo que así se sentirían los que vieron la original en su momento. Pocas veces en el cine reciente he encontrado obras tan absorbentes, con guiones tan inteligentes y acabados tan exquisitos. Y casi siempre ha sido en ciencia-ficción: la citada La llegada, Interstellar (Christopher Nolan, 2014), Mad Max (George Miller, 2015), e incluso algunos capítulos de Los Vengadores.

Blade Runner 2049 mantiene la esencia de la primera parte, su aspecto visual arrebatador, el futuro inquietante pero a la vez fascinante, el análisis filosófico sobre qué nos hace humanos y adónde llegaremos con las inteligencias artificiales, el cine negro en clave de ciberpunk… Pero en algunos amplía horizontes, halla un mejor equilibrio, o directamente se presenta bastante superior.

La investigación policíaca, tan fallida en aquella, aquí es impecable. Combina a la perfección la descripción del futuro imaginario, que es aún más desolador, la odisea de los replicantes por librarse del yugo de sus creadores y tener una vida propia (lo que incluye también los pensamientos existencialistas), la melancólica historia del protagonista, y da espacio a personajes secundarios bastante más complejos y atractivos.

La investigación se desgrana poco a poco, atrapando con la intriga de las indagaciones y los dramas de K (Ryan Gosling), el agente replicante que obedece al sistema pero se lamenta de no tener una vida plena. Las pistas llegan tras un gran esfuerzo personal y laboral, sin chorradas (la magia que hacían con una foto en la primera entrega) ni cosas que le caen encima entre escenas de acción, algo demasiado habitual en el cine en las últimas dos décadas. Se pueden ir uniendo los datos para dar forma al caso, de manera que te vuelcas de lleno y puedes deducir cosas por tu cuenta. Cada cierto tiempo alguna revelación crucial cambia el panorama por completo, llevándote hacia nuevos y enigmáticos caminos. Cuando creías tener ya construido el puzle, como el propio protagonista, te llevas un shock tremendo al desvelarse la realidad en un giro fantástico.

Gosling está espléndido. Es un actor que se ha hecho un maestro de la contención y lo sutil, y aquí la lleva la límites asombrosos. El replicante que debe mostrar una fachada de equilibrado y obediente está cada vez más roto por dentro, algo que se observa en cada silencio y mirada. La imagen de soso y empanado que ofrecía cuando empezó a darse a conocer en Drive (2011 y Los idus de marzo (ídem) ha quedado atrás. Entre Blade Runner 2049 y Dos buenos tipos (2016) debería haberse llevado alabanzas y premios por doquier.

Algunos secundarios llaman la atención incluso con apariciones breves: el replicante del prólogo (Dave Bautista) resulta trágico, la prostituta interpretada por Mackenzie Davis es llamativa a pesar de su escasa relevancia real, Lennie James da vida a un personajillo interesante también, el chatarrero esclavista, la doctora aislada, Ana Stelline (interpretada por la suiza Carla Juri) es enternecedora y su encuentro con K es memorable, y Joi (Ana de Armas) es un encanto, inicialmente una acompañante modélica para el torturado protagonista, luego cada vez más humana.

Pero los más relevantes logran dejar una profunda huella. La jefa de policía (Robin Wright) es atractiva de por sí, pero además aporta muy bien la perspectiva de los humanos que quieren mantener el statu quo. De la sorpresa que dio la neerlandesa Sylvia Hoeks todavía no me he repuesto, cada vez que vuelvo a ver la película alucino por el papelón que se marcó y lo que pasó desapercibido. Ya el personaje es potente, una replicante entre perrita faldera y perra de ataque con unas motivaciones que se van exponiendo de maravilla: la pobre sólo es capaz de sentirse viva y realizada obedeciendo fielmente y triunfando en los objetivos que le han marcado, aunque sea a costa de destruir vidas. Pero el torrente de miedos y rabia con que le da vida Hoeks es impresionante y redondea el personaje hasta que se sobrepone a los demás con los que comparte escena.

La esperada aparición de Harrison Ford como Deckard tenía la dificultad de ser uno de esos casos en que entra en juego la nostalgia y es difícil contentar a todos, pero no parece haber decepcionado a nadie. La vida que se intuye entre capítulos es sugerente, sin artificios ni más explicaciones de la cuenta, la posición actual como secundario funciona en bien el lado emocional, aunque en lo argumental sí se puede decir que podría haber hecho algo más relevante, sobre todo en el tramo en que está capturado. Las apariciones estelares de Gaff (Edward James Olmos y Rachael (Sean Young rejuvenecida por ordenador) también son emotivas.

En un escalón inferior queda Niander Wallace, el heredero Tyrell como principal fabricante de replicantes. No sé qué empeño hubo con poner a Jared Leto en papeles atípicos y exigentes (este y el fallido Joker de Escuadrón suicida -2016-), no ha mostrado ni carisma ni talento durante su carrera como para merecerlo. Su pose marcada es forzada tanto por el guion como por el actor, y si bien sus discursos son muy jugosos, se exceden con la cháchara un poco más de la cuenta. Sin duda se pretendía un individuo estrafalario, con una visión entre idealista y perturbadora, pero no cumple lo suficiente en ello ni termina siendo un villano que transmita verdadera sensación de peligro.

La puesta en escena es un portento asombroso. La recreación del futuro es impecable, una magnífica combinación de maquetas y ordenador. La fotografía de Roger Deakins con unos virtuosos juegos de luces y nieblas es bellísima. Y Denis Villeneuve une todo consiguiendo una obra que de hermosa y emocionante resulta sobrecogedora, te tiene tramos casi sin poder respirar, complemenente absorto. Sólo se queda corta, bastante corta, la banda sonora de Hans Zimmer y Benjamin Wallfish, que apenas funciona como un efecto sonoro de acompañamiento más que como una partitura bien implicada y con temas con la fuerza de los que nos dejó Vangelis.

EXCESOS AQUÍ Y ALLÁ DESLUCEN EL CONJUNTO

Con tanto talento y esfuerzo, con un resultado tan excelso, hasta el punto de aportar notorias mejoras a la obra original, es aún más inesperado que arrastrara también los mismos fallos de aquella. A veces peca de irse por las ramas, de pagada de sí misma y de sobre exposición de algunas ideas. En el tramo final da la sensación, aunque desde luego no es tan grave como en la primera parte, de que se desvía de algunas propuestas planteadas por el camino. Sumado a eso, la longitud excesiva y un desenlace anticlimático hacen que pierda fuerza y ritmo en el tercer acto.

Todo ello lastra una obra que, viendo sus puntos fuertes, debería haber sido de sobresaliente, quizá incluso una obra maestra. La capacidad de abstraerte de lleno en las poryección en los primeros dos o tres visionados se resiente en los siguientes, una vez sus fallas empiezan a hacerse más evidentes, y si ya era un poco densa, puede hacerse pesada. Como en la cinta original, la sensación de que se quedan a las puertas de algo grandioso es un tanto decepcionante.

Villeneuve afirma que tenía un montaje previo de cuatro horas y recortó hasta dos horas cuarenta. Si lo consideró demasiado grandilocuente y largo, cómo sería, porque en la versión final queda claro que el realizador y el principal guionista están tan enamorados de su trabajo que acaban resultando un tanto pretenciosos, forzando en algunos momentos un tono solemne innecesario e incapaces ver lo que sobra o resulta reiterativo.

Como en la original, hay demasiadas letras iniciales agobiándote con una información que luego resulta que está muy bien explicada en los primeros escenarios. Hay planos y escenas contemplativas un tanto forzadas. La relación con Joi se alarga demasiado sobre cosas que ya están claras. La llegada a Las Vegas tiene minutos perdidos en enseñar el paisaje apocalíptico y la chorrada de las abejas. Y en general hay bastantes situaciones que se podrían haber agilizado.

También tenemos un breve pero molesto salto hacia el lado contrario, hacia la simplificación excesiva. Tras la investigación y otras situaciones donde iba siendo un relato inteligente y enrevesado, de repente se empeñan en darte la resolución bien mascadita: sobra completamente decir quién es la doctora aislada con flashbacks y diálogos explicativos, la deducción es evidente ya antes de que el protagonista lo asimile.

Hay algunos agujeros de guion llamativos y un giro muy forzado en el final. Cómo sabe K que el tipo que encuentra en Las Vegas es el que busca, podría ser otro fugitivo o superviviente cualquiera. Y sobre todo, cómo averigua al final adónde van a llevar al preso y cuándo es el traslado. Aunque ese mismo hecho es absurdo de por sí: no me creo que el todo poderoso Wallace no tenga recursos para interrogarlo en la Tierra y tenga que llevárselo a planetas lejanos, es una excusa muy torpe para justificar el rescate. ¿No hubiera sido mejor una incursión en su guarida, vencerlo en su propio terreno? Eso implicaría también que el villano no deje de aparecer en el desenlace y no se sepa más de él. También me pregunto por qué el viejo edificio Tyrell está abandonado, con los problemas obvios de espacio que hay en la ciudad. No hubiera sido tampoco mala idea jugar con la nostalgia y los orígenes de los replicantes llevando al preso a ese lugar y desarrollar el final ahí.

El desenlace elegido, aparte de poco meditado y mal justificado, también resulta bastante anticlimático. El encuentro entre K y Deckard (con Sinatra y Elvis de fondo) y la pelea contra Luv se eternizan sin aportar nada concreto en el arco dramático de los personajes y en los pensamientos planteados, son tortas sin más. Y la cosa empeora porque justo antes de lanzarlo se habla de una rebelión de los replicantes contra sus creadores… algo que se deja totalmente de lado. Así, cabe preguntarse para qué sirve la misteriosa replicante con un ojo, (Hiam Abbass): K podría haber cerrado el caso de muchas otras formas.

GÉNERO MENOSPRECIADO, OBRA DE CULTO

Pero aun con sus fallas el conjunto resulta tan fascinante que se ha convertido en cinta de culto, y esta vez, al ser una saga ya asentada, ha ocurrido al instante. Eso implica que pocos la vimos y pocos la adoramos, pero suficientes como para que su nombre suene constantemente. El riesgo corrido por los productores y autores les ha dado prestigio entre los espectadores y medios más cinéfilos, pero en reconocimiento del público anduvo algo justa y los premios más populares como es habitual no la tuvieron en cuenta, al considerar la ciencia-ficción como cine de segunda categoría.

El presupuesto fue muy abultado, de 150 millones de dólares, aunque se rumorea que llegó a 185. En taquilla dio unos decentes 260 millones, pero claro, tenía hacer unos 350 para empezar a dar dinero. Aquí hay que decir que los productores se columpiaron bastante. Siendo ciencia-ficción seria e inteligente y para mayores de 18, no sé cómo esperaban arrasar como si fuera una saga tipo Los Vengadores o La guerra de las galaxias. Villeneuve y Scott afirman que desearían hacer más películas, pero con sus ocupadas agendas y tanto dinero en juego no parece que vaya a ocurrir. Por suerte, el renombre que se ha ganado Villeneuve le ha permitido volver a obtener financiación para otro título difícil del género, Dune de Frank Herbert.

No sorprende que los Óscar y Globos de Oro de nuevo se volcaran en cintas melodramáticas e históricas prefabricadas (La forma del aguaGuillermo del Toro-, Los archivos del PentágonoSteven Spielberg-, El instante más oscuroJoe Wright-) cuando había obras de superhéroes, fantasía y ciencia-ficción muy superiores: Logan (James Mangold), Guardianes de la galaxia Vol. 2 (James Gunn), Thor Ragnarok (Taika Waititi), It: Capítulo 1 (Andy Muschietti) y la presente deberían haber rivalizado en el top del año junto a Dunkerque (Christopher Nolan) y Tres anuncios a las afueras (Martin McDonagh), las únicas notables que se contaron en esos obtusos certámenes. Al menos, en los aspectos técnicos sí obtuvo algunas distinciones.

Saga Blade Runner:
Blade Runner (1981)
-> Blade Runner 2049 (2017)

En la línea de fuego


In the Line of Fire, 1993, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 128 min.
Dirección: Wolfgang Petersen.
Guion: Jeff Maguire.
Actores: Clint Eastwood, John Malkovich, Rene Russo, Dylan McDermott, Gary Cole, John Mahoney, Fred Dalton Thompson, Gregory Alan Williams.
Música: Ennio Morricone.

Valoración:
Lo mejor: Reparto y personajes carismáticos, buena puesta en escena.
Lo peor: El guion es un coladero, la historia harto predecible.
El casting: Se tantearon infinidad de nombres de primera categoría: Ed Harris, Robert de Niro, Robert Duvall, Jack Nicholson, Gene Hackman, Sean Connery, Robert Redford, Dustin Hoffman, Glenn Close, Sharon Stone

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Llevaba tiempo queriendo ver En la línea de fuego (no recuerdo si lo hice alguna vez en mi juventud e infancia), convencido no sé por qué de que era un thriller fundamental de los años 90. Llama la atención y termina siendo un correcto entretenimiento por los personajes que mejor funcionan (hay otros bastante fallidos), el estupendo reparto y el temple de Wolfgang Petersen en la dirección, porque la apariencia de película de suspense seria, que fue realzada aún más porque recibió buenas críticas e incluso alguna nominación a premios importantes, se va cayendo a pedazos durante la proyección, para al final quedar como un título comercial más, con demasiados lugares comunes con el género y estereotipos cansinos en un guion un tanto pagado de sí mismo pero muy débil, lleno de agujeros.

Una vez presentada la premisa se adivina instantáneamente cómo serán los pasos principales e incluso la resolución. La vuelta al juego de la vieja gloria, las persecuciones de rigor por calles y tejados, el momento en que lo apartan del trabajo, la revelación casual, el final donde sabes que saldrá airoso pase lo que pase, y la consabida muerte del villano.

El prólogo no sirve para nada, sólo está para señalar algo tan simple como que los protagonistas son agentes secretos, no asienta nada sobre su pasado y su relación más allá de la obvia descripción de perro viejo y novato torpón. La historia parece que va a comenzar como si esta introducción no hubiera existido, además con un salto espacio temporal alucinante: inician un diálogo en el páramo donde estaban y lo acaban entrando en su cuartel, como si se hubieran tele transportado. Pero resulta que esa siguiente escena tampoco tiene sentido, entran en su sede, pero ahí no hacen nada, saltamos otra vez, ahora a un bar… donde el compañero se acuerda de decir que les han asignado un caso, porque parece ser en la oficina no han tenido tiempo de hablar de ello.

Por suerte, una vez entrados en materia la cosa mejora bastante. Frank Harrigan es un agente venido a menos que enfrenta su últimos años de trabajo con apatía, pero en un nuevo caso encuentra la posibilidad de redimirse y volver a demostrar lo que vale. No hay novedades y sorpresas, todo se ve venir de lejos, pero su psicología está algo mejor trabajada de lo habitual, en parte porque al ponerle un antagonista tan llamativo se forma una dinámica enriquecedora.

Aunque debo señalar un tropiezo en los primeros pasos del caso. Sin duda la idea es mostrar cómo la propia obsesión de Harrigan y no admitir sus limitaciones va minando la investigación en la que tanto empeño dice poner, pero el primer escenario que tenemos resulta bastante absurdo: ve la inquietante escena en el piso del sospechoso y no se queda vigilando mientras consigue una orden, se va a casa a dormir y ya volverá otro día.

Clint Eastwood ofrece un gran papel. Lejos del semblante serio cuando no gélido de muchas películas del oeste y la línea más socarrona de la saga Harry el Sucio, Harrigan es un tanto descarado y carismático, pero sus dudas y conflictos internos se reflejan sutilmente en el día a día y explotan a lo grande cuando está en crisis.

Quizá influenciados por el éxito de la adaptación El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991) y su escalofriante Hannibal Lecter, los estudios y autores potenciaron por esas fechas villanos de ese estilo, siendo la presente una versión bastante efectiva. Alejándonos del tópico de asesino (generalmente extranjero) de mentalidad cuadriculada, sin motivaciones claras más allá de ser malo, tenemos un perturbado de cuidado pero capaz de urdir planes que ponen en verdaderos apuros a los héroes en el aspecto psicológico, de resistencia y cordura, en vez basar el choque únicamente en pegar tiros. Con su personalidad extrema, la experiencia en el campo de los asesinatos, el juego macabro que se trae con Harrigan y la mirada de loco que tan bien se le ha dado siempre a John Malkovich, este enemigo es tan inquietante como magnético. Ofrece algunas escenas bastante potentes, como cuando no deja que Harrigan muera al quedar colgado de una cornisa, momento que además remató Malkovich improvisando el instante en que se mete la pistola en la boca.

Pero este villano también arrastra bajones e incongruencias salidas del guion tan irregular, lastrando las posibilidades de la relación simbiótica que forman. Mientras Harrigan investiga y sufre sus envites vemos algunas situaciones del asesino planificando y probando cosas… pero saben a poco, son como escenas para recordar que está ahí y es un criminal sin escrúpulos: los asesinatos de la cajera del banco y de los cazadores son totalmente gratuitos y quedan bastante forzados. No se llega a desarrollar una exposición más compleja de su historia, no potencian precisamente lo que esta haciendo en el banco y con la brevísima escena de construcción del arma: trabajarse su tapadera, estudiar la forma de llegar al presidente, algún flashback o algo que aporte más de sustancia que la pobre entrevista de los agentes a un par de tipos que dicen haberlo conocido. En resumen, mostrar sus capacidades, exprimir su atractiva personalidad, tenerlo siempre un paso por delante del héroe. En este último aspecto, es evidente también que deberían haber sacado más partido de las escenas de acoso a Harrigan, limitadas todas a provocar con llamadas telefónicas y acechar desde lejos. A la larga parece que se centran sólo en cómo hace la puñeta a su contrincante, cuando mostrar los dos cursos de acción con más detalle tenía tantas posibilidades. Por extensión, lo de nominar en los Globos de Oro y los Oscar a Malkovich como secundario me parece surrealista, lo hace bien, pero no como para enmarcar entre las mejores interpretaciones del año.

El repertorio de secundarios es efectivo, salvo dos notables excepciones. El ambiente de trabajo tampoco trae sorpresas, pero las situaciones son variadas y emocionantes. Las disputas entre jefes que le tienen manía (Gary Cole) y los que lo respetan (John Mahoney) y el día a día en la oficina (desternillante la broma del infarto) se combinan bien con el desarrollo del caso. Pero curiosamente fallan las dos figuras más importantes. René Russo queda como la chica de turno; el romance de simplón resulta aburrido, pero además tiene momentos incómodos: un viejo diciéndole guarradas y haciéndole muecas a una compañera de trabajo… y esta cayendo rendida ante esos envites de machote. Y el más desconocido por entonces, Dylan McDermott, también es el menos interesante: es el típico compañero que lleva el letrero de muerte inminente en la frente.

Wolfgang Petersen había causado sensación en todo el mundo con El submarino (Das Boot, 1981) y entró pegando fuerte en Estados Unidos con La historia interminable (1984). Ofrece un ritmo bastante bueno y escenas de masas y persecuciones a pie típicas pero muy bien rodadas, aunque donde mejor se mueve es en las secuencias más complicadas, las conversaciones tensas en habitaciones y despachos, donde con escenarios pequeños y sombríos remarca la soledad e impotencia del protagonista a la vez que genera intriga.

Destaca también el trabajo del equipo técnico, tanto por la buena fotografía y montaje como por la composición de imágenes de archivo, que costó mucho dinero y esfuerzo por el empeño en usar grabaciones de mítines y presidentes reales y meter a los personajes ahí, usando además planos de Eastwood de joven sacados de otras películas. Por otro lado, cabe mencionar que la música corrió a cargo de Ennio Morricone, pero porque fue una aportación a un género poco habitual en su carrera, pues es un trabajo bastante rutinario, efectivo en general, pero sin logros destacables.

Sin embargo, a pesar de sus buenas maneras e intenciones Petersen termina chocando con las limitaciones del guion de Jeff Maguire (quien sólo había aportado ideas a dos cintas previas) y no tuvo libertad para meter mano en el montaje final o no vio las carencias más notorias. Sobran bastantes minutos en escenas inútiles o repetitivas, siendo evidente que los roles de Russo y McDermott son minutos perdidos en clichés que no llevan a ninguna parte. Y a pesar del talento de actores y director, algunos momentos cumbre resultan muy obvios, siendo el más claro el desenlace, tan básico que roza lo vulgar, con la previsible escena de redención y el duelo final y la típica caída desde las alturas del villano.

Pero lo peor es que los agujeros son numerosos, algunos asombrosos por sus dimensiones. La investigación arrastra una cagada monumental: tienen un piso entero lleno de huellas que por alguna razón (no se da ninguna) no toman, pero luego se emocionan confiscando un coche por la calle porque el sospechoso lo ha tocado. Este además a veces deja de ser tan listo como parecía, por culpa de escenas de relleno de acción y tensión: resulta verdaderamente ridículo cuando se para a mirar cómo lo buscan por el parque, justo en frente del edificio del servicio secreto, pero consiguen que empeore con la parida que, de todo el personal a mano, solo salgan a correr tras él los dos protagonistas, con los otros pocos agentes que han salido quedándose a mirar las palomas o yo qué sé, y para rematar, además los protagonistas no piden refuerzos (agentes, coches, helicópteros) ni plantean hacer un barrido por la zona cuando lo pierden de vista. La revelación casual es delirante: el número de teléfono escondido en código en la nota encontrada en el piso podría convencer… si no fuera porque es una prueba del caso que lleva Harrigan en su bolsillo como si nada. La entrada final del héroe en la cena donde asiste el presidente carece de verosimilitud: un viejo loco sin autorización alguna se cuela corriendo al salón sin ser parado en ningún control, ni siquiera en la calle, donde aparca el taxi derrapando entre coches oficiales como si nada. Y así se van acumulando un montón de deslices, cosas poco meditadas y errores flagrantes, hasta dejarte a cuadros cuanto te enteras de que fue nominada a mejor guion en los Óscar.

En la línea de fuego aparenta más de lo que llega a ofrecer. Los nombres tan llamativos delante y tras la cámara apenas logran rascar unas décimas por encima de la media, pero no suficiente como para destacar y aguantar bien el paso de los años. Es inevitable y necesaria la comparación con otro estreno de su año, El fugitivo (Andrew Davis), que sí sorprendió al aportar acertadas novedades, mezclando muy bien el thriller con la acción trepidante, cuidando la historia y los personajes mejor, y teniendo un reparto también muy entusiasta.

Minority Report


Minority Report, 2002, EE.UU.
Género: Acción, suspense, ciencia-ficción.
Duración: 145 min.
Dirección: Steven Spielberg.
Guion: Scott Frank, Philip K. Dick (relato).
Actores: Tom Cruise, Colin Farrell, Samantha Morton, Max von Sydow, Tim Blake Nelson, Kathryn Morris, Peter Stormare, Steve Harris, Neal McDonough, Patrick Kilpatrick, Meredith Monroe.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: Muy entretenida. Buen misterio, con giros sorprendentes. Buen ritmo, con escenas espectaculares. Correctos pesonajes y certero reparto.
Lo peor: En el fondo es un thriller muy básico, lo que se hace evidente en el flojo desenlace y los fallidos villanos.
Mejores momentos: La introducción de los precogs, la policía voladora, las arañas, la huída con Agatha.

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Como ocurre muchas veces, el proyecto dio vueltas durante años y sufrió muchos cambios hasta que logró ver la luz. El productor y guionista Gary Goldman se hizo en 1992 con los derechos del relato El informe de la minoría de Philip K. Dick (1956). Trabajó con otros escritores en una dirección bastante sorprendente: iba a ser una secuela de Desafío total (Paul Verhoeven, 1990), que también se inspiró en Dick, con Arnold Schwarzenegger repitiendo protagonismo, la acción trasladada a Marte, y los precogs siendo los mutantes que allí habitaban. Estuvo a punto de dirigirla Jan de Bont (Speed -1994-, Twister -1996-) a finales de la década. Pero finalmente cayó en manos de Tom Cruise y Steven Spielberg, y la versión de estos escrita por Scott Frank, quien venía de pegar fuerte con Un romance muy peligroso (1998, dirigida por Steve Soderbergh), fue la que tuvimos.

La ciencia-ficción seria es un género arriesgado, porque cuesta más dinero cuanto más ambiciones, de hecho, Spielberg y Cruise tuvieron que recortar sus salarios (a cambio de un pico de la taquilla, eso sí), y también es difícil de vender al gran público si ofreces una historia muy compleja. Pero encontraron un buen término medio, combinando el thriller de acción comercial con una visión del futuro sugerente pero no demasiado complicada, y fue un éxito de taquilla y tuvo buenas críticas. Un año antes, Spielberg causó menos impacto con una obra más pretenciosa y muy publicitada, A.I., Inteligencia Artificial, pero se marcó un buen 2002 con la presente y otro thriller muy llamativo, Atrápame si puedes.

El tirón de Cruise y la marca Spielberg desde luego ayudaron mucho, pero su buen hacer también queda patente. Cruise mantiene su carisma nato y lo cierto es que se esfuerza y convence lo suficiente en un personaje, John Anderton, sencillo pero efectivo. Como en un buen título de cine negro, no tenemos un héroe impoluto e inquebrantable arquetípico, sino que estamos ante un policía bastante capaz pero con traumas serios y que se ve superado por un complot inesperado, de forma que cada paso que da es una lucha constante contra sus problemas personales y los que le caen encima. Cabe destacar que en algunas situaciones sale adelante por ayuda de otros, consiguiendo así giros bastante imprevisibles: un médico que perdió la licencia cuando lo detuvo y la ex esposa que no quería saber nada de él lo salvan en momentos cruciales. Y las dudas de cuánto margen le darán sus colegas del cuerpo generan buenos momentos de incertidumbre.

El misterio central es muy atractivo. Ya resultaba fascinante la premisa de los precogs, esos humanos, mutantes esclavizados, capaces de predecir crímenes capitales, pero la sorpresa de que el propio protagonista aparezca matando a alguien que ni conoce te deja anonadado. El destino incierto se torna inquietante cuando sale por los pelos una y otra vez de cada persecución y huída. Las secuencias con los policías voladores, las arañas y la carrera con Agatha son espectaculares. El esperado encuentro con ese tipo enigmático ofrece un subidón de aupa después de las ya de por sí frenéticas aventuras, y para rematar, te lanza otra gran sorpresa a la cara: era todo parte de la intriga y todavía quedan cosas por resolver.

Spielberg imprime un buen ritmo, sacando gran partido de los momentos cumbre de acción y tensión, y como es habitual nos deleita con algunos planos estupendos. Rodar la pelea con policías voladores tuvo que ser un quebradero de cabeza enorme, pero el resultado es impresionante. La de las arañas parece prescindible en el fondo, pero con los travellings por encima del escenario mostrando todo lo que ocurre se marca un vacile muy efectivo.

El reparto de secundarios está muy bien elegido. Max von Sydow (recientemente fallecido), Colin Farrell y Neal McDonough son valores seguros, la por entonces desconocida Samantha Morton dejó buena impresión ese año con esta cinta y la hermosa En américa (Jim Sheridan), y atención a la surrealista aparición de Peter Stormare. Quien no estuvo tan atinado fue el gran John Williams. Quizá porque trabajó con muchas prisas por problemas de agenda, ofrece un tema central interesante pero del que abusa demasiado, siendo incapaz de aportar el toque de suspense necesario.

Pero esas virtudes, destacando los giros sorprendentes y las partes tan bien trabajadas, se echan en falta en otros instantes clave, y una vez resuelto el caso miras atrás y empiezas a notar bastantes agujeros. Siempre me pasa lo mismo cuando la veo. Las dos horas y veinte que dura se pasan volando, termino con las buenas impresiones de haber disfrutado de un grato espectáculo… pero reposándola empiezan a salir a la luz carencias importantes, y termina pesando la sensación de que desaprovecharon un potencial mucho mayor.

Quizá con un final más elaborado que nos hubiera dejado absortos no te haría replantearte cosas, pero el desenlace supone un bajón que te hace pensar qué ha podido fallar, y la cadena de errores te lleva hacia atrás. Después de ponerte ante un futuro muy sugerente y tener el momento álgido de si el crimen vaticinado se cumple o no, el tramo final tira por clichés muy sobados de los thriller, con el traidor desenmascarado en unas situaciones muy predecibles.

Spielberg es un narrador bastante inspirado por lo general, pero en ocasiones se empeña en remarcar demasiado algunas cosas, a veces acertando de lleno (E.T. tiene escenas dramáticas un tanto forzadas, pero sin duda llegan hondo) y otras resultando demasiado manipulador (Salvar al soldado Ryan es toda ella un melodrama insoportable, y sus últimos trabajos demasiado pretenciosos). En este caso el efecto es contraproducente, porque realza las debilidades del guion de Scott Frank. En vez de mantener neutralidad con los personajes, de forma que sea más difícil intuir quién será el traidor y que una vez aparecido entre los pocos candidatos no parezca facilón, Spielberg y Frank intentan engañarnos. El rol de Colin Farrell, Witwer, entra en acción siendo un falso villano con el que distraerte, mientras que el director del proyecto Precrimen (Sydow) es un vejete entrañable. Y patinan bastante con ello, Witwer resula un trepa chulesco muy pasado de rosca, masticando el chicle con la boca abierta y todo, para que luego, cuando acaba la farsa, intenten de repente ponerlo de competente, serio y amigable, de forma que sintamos pena por su destino… Pero más bien resulta mosqueanto el ardid y su cutre final, porque si era tan capaz, cómo resulta a la vez tan idiota como para reunirse con el superior contra el que estaba trabajando y contarle todo lo que sabe, justo además cuando se presenta como el sospechoso más obvio.

Pero hay muchos más agujeros y deslices. El principal es que ni tan siquiera intentan tapar la paradoja tan importante que da pie a la trama y que requería una explicación para que la película no parezca al final una farsa o cagada bastante grande. Los precogs perciben la planificación de un crimen o la inmediatez de uno si es pasional… pero el asesinato que “cometerá” el protagonista se pone en marcha únicamente por la visión de estos, es decir, los precogs se lo imaginan por arte de magia, pues no había crimen en marcha, de forma que si no es por ellos el personaje no hubiera entrado en ese juego, no hubiera conocido al tipo al que podría asesinar. Los autores se habrían ahorrado este bucle absurdo haciendo que entrara en contacto con el individuo de otra forma, con una pista casual o un chivatazo de un posible sospechoso en la zona, o que el director interfiriera en la visión para lanzar la conspiración. En el relato de Dick se resuelve con ingenio y lógica: la primera visión condicionaría a Anderton en sus siguientes acciones (al ver el furuto él tiene la opción de elegir), así que las dos siguientes son versiones de lo que haría una vez sabido, pero al ser dos de ellas bastante parecidas a simple vista se genera el informe de la mayoría que lo pone como sospechoso.

Siguiendo la comparativa con el original, el complot es más algo más complejo, un golpe de estado militar, aunque en el fondo es lo mismo, un viejo aferrándose al cargo, y la esposa no es una mujer florero, sino una agente más que además pone en duda su lealtad. Eso sí, dicho relato me parece bastante flojo y también desaprovecha mucho el potencial que guardaba.

Otro aspecto decepcionante es que no se resuelva la desaparición del hijo del protagonista. Tan crucial como parecía en su historia y en la propia intriga, al final se destapa como un cliché melodramático para forzar el final feliz, la reconciciliación con la esposa; si la historia es sobre el complot, no me cueles cursiladas innecesarias. Y hay otros momentos que rechinan bastante. La pelea en la fábrica de coches es demasiado rebuscada y descabellada. Podían habernos dado alguna indicación de adónde quiere ir Anderton cuando se ve obligado a huir, porque se tira un buen tramo de la cinta corriendo para aparecer en la casa de la creadora de los precogs, de la que nada sabíamos y quien le da pistas clave sin que tenga que hacer un trabajo de investigación real, algo que se echa de menos; aunque eso sí, la mujer le da información después de marear la perdiz con diálogos más enredados de la cuenta, hasta el punto de parecer la oráculo de Matrix (hermanas Wachowski, 1999); y esto te lleva a preguntarte que si ella está tan preocupada por qué no ha hecho nada hasta ahora. Parece que falta una escena antes de encontrarse con el cirujano clandestino, cabe pensar que precisamente una donde el tipo sin ojos que le vendía droga los pone en contacto; quizá la eliminaron porque obviamente es predecible y ya había un metraje muy abultado, pero se nota un hueco, de estar sin saber qué hacer pasa a tener la solución en marcha, así que deberían haberla incluido. Pero lo más llamativo es una situación muy conveniente para agilizar las cosas: que a pesar de ser Anderton el fugitivo más buscado pueda volver a entrar en la comisaría con su ojo en la mano y no salten las alarmas ni hayan bloqueado su acceso no hay por dónde cogerlo.

Que dejen de lado el potencial que pone en bandeja el universo imaginado también le resta bastantes puntos. Los dilemas éticos subyacentes con el uso de los precogs, como el determinismo versus la capacidad de elección propia y el conflicto legal y ético con la falibilidad de las leyes y la severidad del castigo, no llegan a explorarse lo más mínimo. La mala imagen que da el caso tumba el proyecto, y aquí no ha pasado nada. Sólo deja una digna reflexión, la de que los ciudadanos estemos fichados en todo momento, sacrificando libertad e intimidad por comodidades (pagar el metro) y seguridad. Otros detalles en los que se pone bastante énfasis no funcionan en el lado argumental, son únicamente enredos visuales, como las autovías, o cosas muy vistas, como las realidades virtuales recreativas.

Por extensión, la recreación del futuro planteado es bastante impresionante en las escenas cumbre, pero siento que se queda corta en otros muchos momentos. Casi todos los escenarios son en sitios muy cerrados, incluso cuando estamos en una calle o parque se empeñan en enfocar un entorno mínimo y el horizonte queda como un fondo indeterminado por los filtros al color. El director de fotografía Janusz Kamiński trató el negativo en exceso, quedando un tono muy saturado y brillante con el que Spielberg estuvo de acuerdo. No fue un efecto que sorprendiera en su momento, si bien tampoco molestó, pero el paso de los años no le hace bien, parece una película más vieja de lo que es; y probablemente esto complique las cosas a la hora de hacer una remasterización. En resumen, no me parece que luzca como una superproducción de 100 millones de dólares (a principios de la década del 2000, hoy equivaldría a más de 150), sino como una de presupuesto medio, de 50 ó 60.

Con todos los pros y contras puestos en la balanza, Minority Report resulta una buena película, con elementos distintivos suficientes para estar por encima de la media y aguantar bien los revisionados, pero encuentro que el equilibrio al final no resulta tan efectivo como prometía, los autores sacrifican demasiado el tono de thriller de ciencia-ficción sólido y con calado por buscar una de acción comercial mediante tretas emocionales y argumentales básicas, de forma que le falta ese toque de grandeza como para poder dejar una huella imborrable.

Por comparar con otras del estilo, con mucho menos dinero y menos enredos visuales Días estraños (Kathryn Bigelow, 1995) te sumergue muchísimo mejor en el ambiente del futuro planteado y deja reflexiones muy potentes, pero no supieron venderla bien y acabó siendo una cinta de culto, conocida pocos pocos, y Desafío total mostró una inventiva sin igual en lo argumental tanto como en lo visual, teniendo gran éxito comercial y marcando un hito inolvidable en el cine.

El faro


The Lighthouse, 2019, EE.UU., Canadá.
Género: Suspense.
Duración: 109 min.
Dirección: Robert Eggers.
Guion: Robert Eggers, Max Eggers.
Actores: Robert Pattinson, Willem Dafoe.
Música: Mark Korven.

Valoración:
Lo mejor: Fotografía estupenda y reparto entregado.
Lo peor: Es un experimento más que fallido ridículo y molesto, una sucesión de paridas y gilipolleces sin pies ni cabeza que resulta tiempo perdido.

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Tenía la vista puesta en Robert Eggers tras La bruja (2015). Sin ser una maravilla, mostraba personalidad y buen hacer, resultando una llamativa presentación de un autor con talento y potencial en un género ahogado en productos prefabricados. Pero el tropiezo de El faro deja su futuro en vilo. De un realizador inteligente, metódico, que mostró entender muy bien el lenguaje cinematográfico y la conexión emocional con el espectador, hemos pasado a un iluminado que rueda mezclando conceptos varios sin ton ni son.

¿De qué sirve que un elemento, o dos, o cinco… o todos sean brillantes si el conjunto no logra tener coherencia, equilibrio, y un significado superior? El faro tiene una fotografía valiente y asombrosa. Con un certero formato cuadrado, un estupendo blanco y negro y una iluminación muy cuidada Jarin Blaschke logra una serie de imágenes que van de lo hermoso a lo sobrecogedor. El reparto está imponente, se ve en los ojos de Robert Pattinson y Willem Dafoe la soledad, la desesperanza, la locura.

Pero esto no es suficiente para conseguir unos personajes sólidos, que ofrezcan unas vivencias apasionantes con las que conectar, para que el relato en su conjunto cobre significado y propósito y transmita las sensaciones pretendidas. No ocurre porque no hay guion y la dirección no atina una. Eggers parece haber rodado cada escena según le viniera la inspiración, y desde luego ha tenido bien poca.

Tenemos una amalgama de distintos recursos, ideas, escenarios… El galimatías resultante ni siquiera se puede tildar de pretencioso, porque para eso al menos debes mostrar inteligencia, pero el realizador mezcla vaguedades con tanta torpeza que resulta incomprensible cómo tal despropósito ha podido ver la luz.

Pajarracos intrigantes posándose en sitios intrigantes, como para decir que esta es una de miedo. Alegorías absurdas, como la luz de la vida o lo que coño quiera decir con la lámpara del faro. Mitología metida con calzador: la sirena. Surrealismo y onirismo totalmente salido de madre. Historias de soledad y roces vulgares, con repetitivos sufridos trabajos, peroratas y discusiones rebuscadas o poco justificadas. Todo se sucede, acumula y sobrepone de mala manera.

Hay momentos de auténtica vergüenza ajena, de gritarle a la pantalla “¿pero cómo has podido rodar semejante gilipollez?”, como cuando intenta producir alguna impresión (¿repulsa por grotesco e incómodo, comprensión por su soledad?) con las remarcadas escenas de masturbación. Los piques y las peleas aleatorias en cenas y comidas son penosos también. Y los recesos donde nada ocurre resultan exasperantes.

Y después de todo, de repente al final se acuerda de que debería contar algo, así que intenta ponerles a los protagonistas un pasado, unas experiencias y traumas que justifiquen acciones y permitan que nos interesemos por ellos… ¿Ahora, tras hora y media de bandazos sin rumbo? Por supuesto, no funciona, son historias que llegan tarde y se pierden rápido en un desenlace que no sorprende al ofrecer más artificio inconexo.

El trabajo de dirección a veces es difícil de describir, porque abarca, gestiona y delimita todo. Un buen director controla al milímetro cada elemento, o al menos lo deja en manos de alguien con quien se entiende muy bien. Uno mediocre no tiene tanta visión y descuida cosas aquí y allá, de forma que el relato se resiente. Como indicaba, por la sabiduría y contención mostrada en La bruja esperaba mucho más, pero aquí Eggers está bien perdido. Deja que los distintos elementos den forma a la cinta por su propia cuenta (que la fotografía te atrape, el sonido te inquiete, etc.), y el conglomerado resultante no es que se desmorone, es que no llega a tomar forma.

Además, si la fotografía y el reparto son estupendos, la música y los efectos sonoros son horrendos. El método y el resultado es el habitual en el cine de terror y suspense de baratillo: mucho ruido, poca sustancia. Llega a ser molesto lo que abusa de atmósferas forzadas con música estruendosa y efectos sonoros muy realzados para que al final la escena no lleve a ninguna parte, no transmita nada.

Así no se logra suspense, no digamos terror, ni tampoco emerge un drama que conmocione y haga reflexionar. La proyección sólo genera frustración, sensación de engaño y tiempo perdido.

Al menos es divertido ver la delirante oleada de adoración que ha tenido, leer las críticas que hacen malabares para justificar una supuesta obra maestra, con entendidillos cuando no iluminados rebuscando referencias y sentidos ocultos (pasó en Mandy -2018- también): si aparece un pájaro… ¡es una cita a Hitchcock!… blanco y negro… ¡bebe de Bergman!…

The Gentlemen


The Gentlemen, 2020, Reino Unido.
Género: Acción, suspense, comedia.
Duración: 113 min.
Dirección: Guy Ritchie
Guion: Ivan Atkinson, Marn Davies, Guy Ritchie.
Actores: Matthew McConaughey, Charlie Hunnam, Hugh Grant, Colin Farrell, Michelle Dockery, Jeremy Strong, Henry Golding, Tom Wu, Eddie Marsan.
Música: Christopher Benstead.

Valoración:
Lo mejor: Reparto. El humor negro, rebuscado e ingenioso de Guy Ritchie.
Lo peor: Los bandazos que da, al exceso de voz en off, sobre todo en el primer tercio, bastante aburrido.
El doblaje: Qué molesto resulta en la versión en castellano que Colin Farrell hable como Brad Pitt en vez de con la voz habitual que le suelen poner. Y el título llega como es demasiado habitual con una coletillla (Los señores de la mafia); o traduces o no, pero no hagas cosas a medias.

* * * * * * * * *

Guy Ritchie deslumbró en 1998 y 2000 con Locke & Stock y Snatch, dos cintas de suspense, acción y humor negro muy alocadas y originales. Pero luego patinó a lo grande con una romántica hecha a medida de Madonna, su novia por entonces: Barridos por la marea (2002). A esta le siguió Revólver (2005), más en su línea aunque tampoco logró deslumbrar, pero en Rockanrolla (2008) volvió a mostrar su talento para el thriller gamberro. Tras ella dio un giro comercial a su carrera. En principio esta nueva línea prometía bastante, tanto por traer novedades a su filmografía como por aportarlas también a un ámbito, el cine de acción y aventuras de estudio, poco imaginativo. Sherlock Holmes (2009) fue muy interesante y un gran éxito, pero su secuela, Juego de sombras (2011), aun contando con el beneplácito del público en la taquilla, anduvo muy justa de calidad y desinfló demasiado rápido el entusiasmo en la imagen de marca recién creada.

Sin embargo, el estudio Warner Bros. mantuvo la confianza en Ritchie durante dos títulos más. Operación U.N.C.L.E. (2015) estuvo a medio camino de las dos tendencias, la de altas miras comerciales y la independiente, contando con actores en alza y una buena campaña publicitaria, y siendo un thriller desinhibido aunque no fuera en la onda pasada de rosca del realizador. Sin ser mala, no tenía mucha garra y la taquilla fue muy justa, probablemente provocó pérdidas. Pero Rey Arturo (2017) sí fue una debacle total. Aun con los flojos resultados de la anterior y de otras del género (Warcraft -2016-), por alguna razón misteriosa le dieron carta blanca y un presupuesto enorme. El batacazo fue de aúpa. Ni Ritchie supo combinar la fantasía histórica con su vena extravagante, ni el púbico, por lo general muy receptivo con el género, tragó esta vez.

Pero donde otros habrían visto truncada su carrera indefinidamente, Ritchie tuvo mucha suerte. Disney decidió contratar a un guionista y director con talento en otro de sus estúpidos remakes, Aladdin (2019), como es habitual poniéndole coto artístico, es decir, usando solo su capacidad técnica y experiencia, pero anulando su creatividad. Y cómo decir que no. Cheque en mano y puertas abiertas en el negocio otra vez. Su siguiente producción no ha tardado ni un año en llegar, y no se la ha jugado, ha optado por regresar a lo que conocía y mejores resultados le ha proporcionado.

The Gentlemen tiene su sello, su esencia, por todas partes. Suspense y acción ambientado en su Reino Unido natal, una enmarañada intriga criminal llena de personajes estrafalarios, situaciones variadas que mezclan acción y humor negro, una puesta en escena detallista y sobrecargada, y un reparto de lujo. Esta vez los protagonistas son mafiosos adinerados, unos caballeros en toda regla como dice el título, y no patanes varios (que también los hay), pero el relato es del estilo, una serie de caóticas y catastróficas meteduras de pata y giros inesperados llevan a los personajes de acá para allá, y a saber cómo de mal acabará la cosa.

Algunos encuentros entre mafiosos, sean tiroteos o disputas intelectuales, son espectaculares. Cuando se empiezan a torcer las cosas se acumulan escenarios inesperados y giros loquísimos. El humor combina brutalidad e ingenio, dejándote a veces tan asombrado que tardas unos segundos en empezar a reír. Y muchos de los actores hacen suyos a los personajes con entusiasmo. Matthew McConaughey es desde hace tiempo un valor seguro. Charlie Hunnam está más cómodo que en los papeles raros que eligió recientemente (Pacific Rim -2013-, Rey Arturo). Colin Farrell vuelve a dejarnos anonadados con su mimetismo. Hugh Grant está bastante resuelto, merecería tener mejor suerte de la que arrastra desde hace tiempo.

Pero el conjunto no termina de cuajar, Ritchie no encuentra la inspiración de sus mejores obras. El primer tercio deambula demasiado con la insistente y repetitiva voz en off del rol de Grant, se hace incluso pesado. No sé si quería jugar con la intriga, aportar algo que no había probado antes, pero no funciona. Para introducirnos en la historia criminal y el evento que desencadena todo habría sido mejor mostrarlo con hechos fluidos y conectados, no contarlo saturándote de diálogos confusos y flashes visuales sueltos que tienes que unir en tu cabeza. Una vez logra colocar todas las piezas en el tablero y lanzar el embrollo mejora muchísimo, pero ha tardado demasiado y todavía tiene algunos bajones. La falta de originalidad y ritmo pesa en algunos tramos con más enredos y artificios que diálogos virtuosos y situaciones sorprendentes.

En el reparto también hay carencias importantes. La mujer del mafioso protagonista, encarnada por Michelle Dockery (Downton Abbey -2010-), no funciona como personaje ni la actriz convence, y los enemigos asiáticos parecen estar por añadir más dificultades, no imponen ni hacen gracia. En el final hay momentos un tanto forzados aun tratándose de una historia poco seria: la amenaza del congelador y la libra de carne, donde además otro supuesto gran mafioso se convierte de golpe en un panoli, y el tiroteo a un coche, no hay por dónde cogerlos.

Ritchie ha vuelto a su terreno, pero no muestra el vigor de la juventud, parece que buscaba estar cómodo, sin correr riesgos que lo han tenido dando bandazos durante algunos años. De cara al espectador esto se traduce también en volver a un ambiente conocido y por tanto confortable, pero la falta de nervio y los bajones son importantes. Queda un título con personalidad y gracia que bien vale para echar el rato, pero no llena del todo ni llama para revisonarlo de vez en cuando como sus trabajos más emblemáticos.

El hombre invisible


The Invisible Man, 2020, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 124 min.
Dirección: Leigh Whannell.
Guion: Leigh Whannell.
Actores: Elisabeth Moss, Aldis Hodge, Michael Dorman, Oliver Jackson-Cohen, Harriet Dyer.
Música: Benjamin Wallfisch.

Valoración:
Lo mejor: La siempre impresionante Elisabeth Moss. Algunos giros brutales y espectaculares.
Lo peor: La falta de rumbo y definición en el argumento y el desequilibrio en el suspense y los escenarios echan por tierra un potencial mayor.
La incongruencia: Estamos ante otra película donde como parte del doblaje sustituyen los textos en inglés de móviles y ordenadores por español, generando la incongruencia de que estadounidenses se escriban en castellano cuando evidentemente no lo están haciendo. Aparte, también está plagada de leísmo.

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Leigh Whannell inició su carrera colaborando en las sagas Saw e Insidious como actor, productor y guionista, y finalmente dio el paso a la dirección en Insidious 3 (2015), tras la que se lanzó a escribir y realizar sus propias obras, primero Upgrade (2018) y luego la presente.

Esta nueva versión de la premisa de El hombre invisible nada tiene que ver con el clásico de H. G. Wells escrito en 1897 y la adaptación al cine de 1933 de la mano de James Whale, tan llamativa y exitosa que tuvo numerosas secuelas e imitaciones. Se acerca algo más a la versión moderna de Paul Verhoeven del año 2000, titulada El hombre sin sombra, que entraba en el lado más oscuro y perverso del relato y no estuvo mal a pesar de que la crítica se cebó con ella. Whannell toma el relevo adentrándose aún más en la parte sórdida. Una mujer huye de los abusos de un novio controlador y maltratador, pero no termina de superar las secuelas psicológicas cuando este reaparece con un traje de invisibilidad para atormentarla.

Si la historia versa sobre la angustia de vivir con miedo a no encontrar salida, la persecución constante que te mantiene sometido y al borde del colapso psicológico… esto debe trasladarse al espectador con intensidad. Pero la obra resultante es muy irregular, con buenas intenciones dispersas es un conjunto muy desequilibrado y con algunas carencias bastante graves, con lo que la atmósfera desasosegante e imprevisible, efectiva en algunos momentos, falla demasiado en otros muchos.

El primer acto roza el desastre. El realizador se empeña en comenzar en medio de la acción, con la protagonista huyendo, sin haber introducido debidamente la relación tóxica, la forma de ser del novio y su trabajo con tecnologías avanzadas. Quizá pretendía generar intriga, en plan “qué chungo tenía que ser para hacer esa huida desesperada”, pero lo único que crea es confusión. No sabemos de qué es capaz este tipo y de su trabajo y habilidades no se menciona nada claro, reaparece siendo invisible y acosando y ya está, y tampoco se explica con quién se refugia la protagonista, ¿es el novio de la hermana, un amigo, de dónde sale esa relación tan cercana? Te tiras muchos minutos desubicado, esperando que te expliquen quién es quién y la situación y empiece a pasar algo interesante.

A todo ello hemos de sumar la falta de credibilidad de la premisa (un tipo se hace en casa un traje que ni el Pentágono soñaría) y las motivaciones del villano (qué quiere de ella realmente, pues parece cambiar a cada rato), más algunos giros finales forzados (el supuesto secuestro). Queda claro que a Whannell se le ha pegado más de la cuenta el estilo rebuscado y los argumentos poco trabajados de las sagas en las que creció.

Incluso en los mejores tramos se queda corto, y parece que el mismo director lo sabe y hace lo de siempre en este género cuando faltan ideas, tirar de sustos ruidosos y tratar de que la insistente música dé forma a las escenas. Y como siempre, no es suficiente. En el segundo acto, las escenas de acoso en la casa del amigo cumplen con lo justo, los cambios de rumbo, por llamativos que fueran en principio, se terminan desinflando más temprano que tarde. Y en el desenlace, después de tanto generar expectación, el encuentro final cara a cara con el novio es penoso, el actor Oliver Jackson-Cohen (La maldición de Hill House -2019-) da risa y los diálogos son muy justitos, no se ve en ningún momento a un psicópata manipulador, no da miedo alguno.

Es obvia la lectura sobre el maltrato a la mujer y la liberación de esta. Hay partes contundentes (la paliza que se lleva en la cocina), otras demasiado mascaditas (el desenlace se ve venir de lejos y el plano final sobraba), y unas pocas logran transmitir bastante suspense y mal rollo, dejando la integridad de la protagonista por los suelos. Pero el potencial latente es mucho mayor, y el conjunto la parte dramática queda más cerca de un honroso telefilme que de una cinta capaz de conmover y dejar huella.

Si no fuera porque Elisabeth Moss (El Ala Oeste -1999-, Mad Men -2007-, El cuento de la criada -2017-) es un talento que arrasa allá por donde pasa y que Whannell tiene algunos chispazos de inspiración que levantan considerablemente el interés aquí y allá y te mantienen en vilo durante unas cuantas escenas, sin duda habría sido una película bastante mediocre. La agresión a la hija del amigo y la cena con la hermana son brutales, de los momentos más inesperados e impactantes que he visto en bastante tiempo, te dejan durante un buen rato con mal cuerpo y con la sensación de que todo saldrá mal… Pero no es suficiente para hacer olvidar la falta de rumbo y constancia, los recesos tan aburridos, los recursos baratos…

El hombre invisible se queda en un quiero y no puedo sólo recomendable para amantes del género, que como no son pocos y la cinta ha tenido buena publicidad, está dando bastante dinero, más que nada porque ha costado cuatro duros.

Puñales por la espalda


Knives Out, 2019, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 131 min.
Dirección: Rian Johnson.
Guion: Rian Johnson.
Actores: Daniel Craig, Ana de Armas, Michael Shannon, Jamie Lee Curtis, Toni Collette, Christopher Plummer, Katherine Lagford, Jaede Martell, Don Johnson, Chris Evans, Lakeith Stanfield, Riki Lindhome, Noah Segan.
Música: Nathan Johnson.

Valoración:
Lo mejor: Ana de Armas y su rol.
Lo peor: Una historia obsoleta y totalmente desganada, sin intriga que atrape, sin personajes que conmuevan, y con un reparto llamativo dando interpretaciones bastante aburridas.

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Alerta de spoilers: Sin datos reveladores hasta el próximo aviso en el último párrafo.–

Otra película que abordo entusiasmado por sus estupendas críticas que la ponen como un oasis de cine original e inteligente entre la mediocridad contemporánea (aunque esto con matices, que llevamos unos pocos años bastante buenos), y otra película que me decepciona a lo grande. La misma historia de siempre en su género, contada con más desgana y tropiezos que inspiración y buen hacer. Da la impresión de que ya no es sólo el público el que no tiene memoria ni criterio y es fácil de complacer con títulos corrientes cuando no vulgares hechos a trozos de obras muy superiores, sino que los medios y críticos profesionales se dejan llevar por las modas que tanto amplifican internet y alaban mediocridades una tras otra.

Puñales por la espalda es una pobre imitación o un homenaje fallido a un estilo muy anticuado. El policíaco y suspense a lo Arthur Conan Doyle y Agatha Christie iniciado a finales del siglo XIX y principios del XX ha tenido en cine todas las adaptaciones y versiones habidas y por haber, si a estas alturas quieres revisitarlo, y más aún, revivirlo, tienes que aportar algo, sea un clasicismo formal tan virtuoso que la falta de novedades no importe, o actualizaciones suficientes que le otorguen un toque original. Por ejemplo, el Sherlock Holmes (2009) de Guy Ritchie tenía un estilo de acción y aventuras en plan steampunk muy llamativo, mientras que la serie Sherlock (2010) de Mark Gatiss y Steven Moffat ha encandilado a medio mundo con su narrativa muy fiel pero enérgica y su aspecto interpretativo y visual de primera (aunque a mí no me entusiasmó tanto, me pareció apenas correcta). Eso sí, también debo que señalar que numerosos clones con ideas y guiones agotados han tenido gran éxito a lo largo de la historia, destacando recientemente las series House (David Shore, 2004) y Monk (Andy Breckman, 2002).

La visión de Rian Johnson se ahoga en las bases del género, en todos los recursos y clichés más gastados, el vago intento de aportar algo nuevo está lejos de funcionar, no ofrece tampoco un estilo propio marcado, sino que acumula muchas carencias y falta de vigor. No llega a caer en lo catastrófico, pues puede valer como entretenimiento pasajero si no vas con expectativas, pero no cumple con lo mínimo exigible para considerarla una buena película. Muy pocos personajes interesan, los actores van casi todos con la inercia, pocos tramos son llamativos, pocos misterios mantienen expectación, el aspecto visual es correcto pero no como para cautivar los sentidos…

En la presentación, los protagonistas generan indiferencia y la trama no tiene lo suficiente como para que el misterio atrape con entusiasmo y te impliques pensando en qué ha podido pasar. Las descripción inicial de cada rol y sus motivaciones son las más trilladas de este ámbito: ricachones envidiosos ávidos del dinero del cabeza de familia. Cualquiera ha podido ser, al principio incluso pensaba que todos, en la onda de Asesinato en el Orient Express (Agatha Christie, 1934), pero por suerte Johnson no cae tan bajo. Sin embargo, la narrativa no da mucho de sí, no genera suspense como para mantenerte en vilo ni da margen para pensar por ti mismo, te machaca constantemente con explicaciones, deja ver sus trucos, los misterios secundarios se resuelven muy rápido, los protagonistas no se mueven de su limitado dibujo inicial, el desenlace es caótico…

No puede ser que nada más empezar la proyección, con el detective interrogando a la familia y el servicio, Johnson ya nos enseñe en flashbacks cuáles son las mentiras de cada uno. El autor yerra al correr tanto, en vez de ir saltando con la sombra de la sospecha de uno a otro y siguiendo al detalle la investigación policíaca del detective de forma que todo, las motivaciones aparentes y las intenciones ocultas, el misterio y las posibles pistas, vayan tomando forma poco a poco.

Al avanzar un poco más se manifiesta un motivo para seguir este camino, pero es una idea que frena el potencial de la propuesta y que evidentemente el realizador no maneja bien. Mostrar con tanta premura quién lo hizo y entrar el juego de si saldrá airoso o no, en vez de aportar una nueva perspectiva resulta contraproducente, porque implica que el resto de personajes y la investigación dejan de ser útiles demasiado pronto, es decir, que el primer acto ha resultado ser prácticamente tiempo perdido.

El nudo levanta el interés, pero sin lograr rizar el rizo como se espera. En la nueva dirección hay algunos buenos pasajes de tensión, las mentiras agobian al personaje, la sensación de que será cazado en cualquier momento genera un mínimo aceptable de suspense. Pero como digo, los otros protagonistas pierden atractivo y utilidad, a lo que hay que sumar que los diálogos no son muy ingeniosos (muchas veces se puede intuir lo que va a decir cada uno), la crítica a las clases sociales, los ricos parásitos y los pobres pisoteados, es obvia y tontorrona, con unos muy malos y viciosos y otros demasiado inocentes y virtuosos (y no hablemos del penoso receso para meter a Donald Trump). Por extensión, el humor negro es torpe y cutre, el detective y los dos agentes tontainas que lo acompañan y la ridiculez del personaje que vomita al mentir son una mala parodia que no encaja en un todo más serio.

Centrándome en los personajes, prácticamente sólo destacan el hijo editor (Michael Shannon), el detective en plan sobrado (Daniel Craig), y la enfermera latina (Ana de Armas). Shannon es un secundario de lujo y cumple como siempre. Craig está muy fuera de su zona de confort y en un personaje fuera de tono, así que no funciona en general y tiene partes donde parece estar en otra película. Ana de Armas está muy bien en el personaje que más recorrido tiene, con momentos de estrés y drama que explota de maravilla. La joven y su rol terminan destacando con luz propia en un relato malogrado.

El tercer acto es demasiado previsible a pesar de algunos artificios, y por tanto poco impactante. Si antes había decisiones narrativas muy cuestionables, ahora da la sensación de que Johnson es consciente de que no ha estado a la altura del reto que se ha marcado y busca salidas fáciles. A última hora añade complicaciones y personajes, pero claro, hay que ser muy hábil para meter información nueva estando ya en el desenlace y que no parezca una trampa, un recurso sacado de la manga, una solución muy conveniente… y el autor no hila nada fino. La entrada de Chris Evans no convence lo más mínimo, es un comodín para darle las últimas puntadas a una historia que no terminaba de llevar a nada… y esto significa que otros muchos personajes son finalmente dejados de lado por completo, que han sido tiempo perdido. A pesar de los enredos, las conclusiones y supuestas sorpresas finales se ven venir muy, muy de lejos. He intuido la solución principal y el giro que le da forma in extremis ya desde que se menciona o enfoca cada pista por primera vez (y en algunas reincide de forma descarada), la posición final de cada implicado estaba clara desde que termina su presentación, pues como se intuía no hay movimiento alguno en sus personalidades ni sorpresas en sus historias, y he previsto hasta los giros secundarios en teoría más rebuscados (en spoilers me extiendo).

Grandes obras del género serían La huella (Joseph L. Mankiewicz, 1972) y Gosford Park (Robert Altman, 2001). Puñales por la espalda es del montón y se olvida nada más verla.

Alerta de spoilers: Revelo aspectos clave.–

-Lo del imán de la nevera para borrar una cinta vhs resulta una forma ridícula de destrozar la escena más tensa hasta el momento.
-Penoso también que la protagonista explique el crimen que ha cometido mientras come en un restaurante y luego mientras conduce, como si no fuera un trauma que te pone nervioso o incluso bloquea, sino una charla banal mientras haces otras cosas que requieren más atención.
-El cuchillo de atrezo, el alijo, el cambio en las medicinas… todo resulta demasiado obvio y llega justo cuando se espera.
-Lo único que me ha pillado por sorpresa es que el detective sospechara desde el principio por una pista difícil de ver, la gota de sangre en el zapato… pero claro, si piensas en lo torpe que parecía este tipo, pues no termina de funcionar.