El Criticón

Opinión de cine y música

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Millennium: Lo que no te mata te hace más fuerte


The Girl in the Spider’s Web, 2018, EE.UU.
Género: Acción, suspense.
Duración: 117 min.
Dirección: Fede Álvarez.
Guion: Jay Basu, Fede Álvarez, Steven Knight.
Actores: Claire Foy, Sverrir Gudnason, Lakeith Stanfield, Sylvia Hoeks, Stephen Merchant, Christopher Convery, Claes Bang, Cameron Britton.
Música: Roque Baños.

Valoración:
Lo mejor: Clare Foy está muy implicada. Tiene buen ritmo y un aspecto visual correcto, con lo que resulta entretenida.
Lo peor: El resto del reparto y de los personajes no dan la talla. Es una de acción convencional que se olvida en seguida, cuando Los hombres que no amaban a las mujeres apuntó mucho más alto.
El título: En toda la saga, las traducciones españolas de novelas y películas son más fieles al original sueco que las estadounidenses.

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En los Los hombres que no amaban a las mujeres (2011) los estudios implicados (Metro-Godlwyn-Mayer y Columbia Pictures) apostaron por mantener el tono de thriller adulto de las novelas, y David Fincher lo llevó más allá, ofreciendo una película muy intrincada y oscura y de gran calidad. Fue un estreno muy de agradecer, dado que desde la entrada del milenio este tipo de cine cada vez es más temido por los estudios. El rango de edad limita bastante el alcance en taquilla, y al ser para un público más inteligente se presupone que lo restringe aún más. Podríamos entrar a analizar si el público es cada vez más tonto y va al cine sólo a echar el rato el fin de semana y se mete en la cinta que esté de moda (a la que han puesto de moda con la campaña publicitaria), o si las majors han ido abandonando el cine auténtico por el de consumo rápido, pero este caso por suerte se demuestra lo contrario: que hay público que quiere cine serio, y que la explotación comercial tiene sus límites.

La de Fincher costó demasiado a pesar de no ser una superproducción de acción, 90 millones de dólares, pero recaudó 230 en taquilla y a saber cuánto en el mercado doméstico, porque su calidad le garantizó fama inmediata; de hecho, fue uno de los mejores estrenos del año. Pero se ve que no ha sido suficiente para garantizar la continudad de la serie, y en esta pseudo secuela, reinicio o lo que sea, han tratado de convertirla en algo más comercial y rentable. Han rebajado las pretensiones intelectuales hasta dejarlas por los suelos, cambiando el thriller denso por una de acción al uso que combina sin tacto estilos de moda. Pero luego han hecho una cosa muy rara, porque han quitado mucha violencia y todo el sexo pero aun así se ha llevado una certificación “R”, o sea, sólo para adultos (en España no somos tan mojigatos y es +12 contra el +16 de la anterior), con lo que han acabado limitándose el rango de espectadores después de tratar de apuntar precisamente a un sector más amplio. No hay quien los entienda. El caso es que ha costado unos míseros 45 millones… y ha recaudado unos vergonzosos 35 millones gracias a un boca a boca que confirmaba una importante traición estilística y cualitativa.

Lo más difícil de digerir es el cambio del reparto. Teníamos a Kate Mara espléndida como Lisbeth Salabander, una joven destrozada por el sistema y algún pasado oscuro pero que fue siendo capaz de canalizar sus habilidades, luchar contra viento y marea y encontrar algo por lo que vivir, y a Mikael Blomkvist, un editor de una pequeña revista, encarnado por Daniel Craig, un tipo maduro y valiente con el que ella inicia una interesante relación de colaboración y puede que algo más. Pero nos los cambian sin más, como esperando que a nadie le moleste. Hemos tenido la suerte de que con Lisbeth se perdona bastante porque la actriz Claire Foy (The Crown, 2016) es muy competente y borda el papel de mujer dura pero metida en grandes peligros, y al trabajarse el pasado del personaje mantiene cierto interés. En cambio, el editor es un desastre. Como personaje no pinta nada, es un comodín de apoyo puntual a la protagonista al que no han sabido darle entidad alguna, y la falta de carisma de Sverrir Gudnason termina de hundirlo. Cada minuto que tiene en pantalla deseas que cambien a otra escena.

También teníamos secundarios de todo tipo y bastante atractivos, destacando al inquiente rol de Christopher Plummer , pero aquí el panorama es desolador. La villana (cuyo secreto creo que desvelan en los tráileres, para variar) está en esa línea, es un objeto conductor de la trama, ni resulta verosímil ni interesante; en esas condiciones Sylvia Hoeks, quien se dio a conocer con un papel impresionante en Blade Runner 2049 (2017), no puede hacer mucho. El resto del reparto es incluso peor, cada cual más intrascendente, tonto o cargante: el científico que ha creado algo mortífero pero se arrepiente y huye desearás que muera pronto, el agente de la CIA que lo persigue es analista informático y agente de campo todo en uno, pero no sé qué pinta aquí si la protagonista es Lisbeth, y para rematar, tenemos un niño superdotado, juntando así todos los clichés más viejos y cutres del cine de acción y suspense de baratillo.

Mosquea también que salten a libros muchos más avanzados. Pasamos a la segunda trilogía, no escrita por el autor original, Stieg Larson, pues falleció de un ataque al corazón, sino por David Lagercrantz. Lisbeth ya es una mujer adulta y ha hecho de la venganza contra los hombres su modo de vida. Pero las menciones a eventos que han pasado entre medio confunden más que servir como bagaje para la protagonista, porque hacen pensar en que nos hemos perdido cosas, que tenían que haber ido novela a novela. Pero claro, esta entrega se adapta más a las pretensiones de los productores, pues según parece (no la he leído) tiene un imporante toque de tecno-thriller y personajes secundarios estrafalarios. Ya me dirá algún lector si el libro se pasa de rosca como esta adaptación, yo voy a centrarme en compararla con la cinta Los hombres que no amaban a las mujeres (los telefilmes suecos tampoco me interesan). La crisis entre agencias de espionaje, con esos personajes anodinos y la demencial intriga nuclear, parece muy ajena al estilo inicial de la serie, y en este relato, también ajena a los protagonistas principales, resultando un hilo conductor, un macguffin, bastante forzado. Y en general, el estilo a lo James Bond, Jason Bourne y Misión Imposible resulta excesivo, sobre todo porque el potencial dramático de Libseth se deja de lado para convertirla en una heroína de acción.

Todo se resuelve con el móvil y el ordenador, con trucos muy inverosímiles, y no por investigación y esfuerzo real de Lisbeth. Dónde quedó el suspense, la sensación de reto enorme para los personajes, y para nosotros la emoción de ir juntando pistas. Se abusa también de la acción aparatosa (persecuciones, explosiones) al estilo Jason Bourne, con calcos descarados como las luchas cuerpo a cuerpo con cámara en mano o la escena en un lugar concurrido y vigilado donde la protagonista trata de pasar desapercibida. La confrontación con la villana hortera y poderosa bebe demasiado de James Bond, sobre todo en ese final que pretende imitar a Skyfall (Sam Mendes, 2012) pero acaba siendo mediocre: el fracontirador y la casa reconstruida con el último exceso de cienci-magia no es un clímax con la suficiente pegada. Y todo ese artificio se sobrepone a la evolución de Lisbeth, quien después tanto flashback y tanto anunciar que va a enfrentar su pasado, no queda claro qué ha supuesto esta aventura para ella: ¿una liberación, un cierre o una herida nueva?

Sin deslumbrar como Fincher, el uruguayo Fede Álvarez es la mar de competente y ofrece un acabado bastante sólido. Hay momentos, como la persecución en moto, espectaculares. Pero conociendo su trayectora, con dos de suspense muy sólidas, Posesión infernal (2013) y sobre todo la notable No respires (2013), está claro que se ha visto algo limitado por las exigencias del estudio de forzar la acción sobre la atmósfera de intriga. En la misma situación parece estar la banda sonora del español Roque Baños. La labor de Trent Reznor y Atticus Ross en la anterior cinta no era brillante pero sí más original y se fusionaba mejor con las imágenes; la presente es muy predecible y algo machacona, parece hecha con samplers de una biblioteca de ejemplos de temas de acción. Pero es muy probable que exigieran eso mismo, no hay más que escuchar la anterior colaboración con el director, la apasionada partitura para Posesión infernal.

Gracias a que la protagonista engancha, la proyección mantiene muy buen ritmo y un aspecto visual vistoso, destacando aprovechan bien los gélidos paisajes de Suecia, Lo que no te mata te hace más fuerte cumple con lo justo como entretenimiento pasajero, pero claro, no tiene nada que te permita recordarla al terminar, salvo la decepción por la falta de ambición artística y la obsesión por el dinero fácil, aunque esta vez podemos alegrarnos de que la fórmula no haya funcionado y les haya explotado en la cara.

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Días extraños


Strange Days, 1995, EE.UU.
Género: Suspense, ciencia-ficción.
Duración: 145 min.
Dirección: Kathryn Bigelow.
Guion: James Cameron, Jay Cocks.
Actores: Ralph Fiennes, Angela Bassett, Juliette Lewis, Tom Sizemore, Michael Wincott, Vincent D’Onofrio, William Fichtner, Josef Sommer.
Música: Graeme Revell.

Valoración:
Lo mejor: La combinación de cine negro con ciencia-ficción de corte cyberpunk. El tono adulto sin tapujos que explora los vicios del ser humano en un futuro plausible. El enérgico papel de Angela Bassett.
Lo peor: Un poco larga, un poco pagada de sí misma, para que a la hora de la verdad el thriller sea muy clásico y la resolución del complot un tanto rebuscada. El resto del reparto no está a la altura.
La fecha: La fiebre del cambio de milenio al acabar 1999 y entrar el año 2000 fue realmente absurda, porque el milenio empezó el día 1 de 2001.
El gazapo: Se ve claramente el cable que sujeta a un personaje que cae por un balcón.
La frase: Supones que tienes una vida, cuando en realidad traficas con las vidas de otras personas.

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Entre Mentiras arriesgadas (1994) y Titanic (1997) el titán James Cameron se puso a desarrollar una premisa que tenía en mente desde hacía mucho tiempo. Pero no quiso dirigirla, supongo que porque ya estaba inmerso, literalmente, en la recreación del famoso naufragio. Así que fue dejando paso a Kathryn Bigelow, quien fuera su esposa durante menos de tres años a finales de los ochenta. Entre ambos dieron forma a una historia muy del destilo de Cameron. Compleja, realista, con personajes muy humanos aunque la trama esté anclada en un universo de ciencia-ficción. Un tercer colaborador, Jay Cocks, que venía de trabajar con éxito con Martin Scorsese en La edad de la inocencia (1993), adaptó esta premisa al guion final. Bigelow no se llevó crédito como escritora, ni tan siquiera como productora, pero sí se encargó de dirigirla, sin que esté claro cuánto se implicó Cameron durante el rodaje. Tenía ya algunos títulos de acción a cuestas, destacando Lo llaman Bodhi (1991), aunque la fama no le llegó hasta que arrasó en los Oscar con una obra menor pero muy del gusto de la academia, En tierra hostil (2009), y luego con una superior pero tampoco brillante, La noche más oscura (2012). Su mejor cinta por ahora sigue siendo esta Días extraños.

Sin buscarlo, el proyecto llegaba tres años después de los graves líos raciales surgidos en Los Ángeles con el caso Rodney King y se rodó con el juicio de O. J. Simpson en marcha, así que el reflejo social que propone no podía ser más atinado. Corrupción de la policía y de las estrellas, conflicto racial, todo espoleado por la crisis económica, es el ambiente caótico, desesperado y a punto de explotar en el Los Ángeles del fin del milenio que nos presentan. Para evadirse, la nueva droga de moda no es un producto químico, sino una tecnología de realidad virtual que, conectada al cerebro, permite vivir las experiencias grabadas por otros como si fueras ellos. Lenny Nero, un policía venido a menos y expulsado del cuerpo, malvive trapicheando con estos videos, manteniendo una red clientelar según él exquisita. El único objetivo que lo mueve es recuperar a su antigua novia, ahora encaprichada de un agente de artistas que lleva al rapero más famoso del momento.

Como en una buena obra de cine negro, Nero se encontrará sin querer con un complot que le queda grande, jugando con la intriga de si entre toda la confusión conseguirá salir adelante. Me gusta mucho que el protagonista no sea el típico héroe, ya sea porque es presentado así o porque se sobrepone a sus limitaciones iniciales y termina venciendo a los malos (generalmente a tiros), sino que es un pringado obsesionado con sus vicios (ropa pija, clientes, la ex) e incapaz de ver la realidad, y cuando las cosas se joden da tumbos y recibe hostias por todos lados. Sólo consigue empezar a levantarse por la ayuda de sus amigos, otro ex policía, Max Peltier (el mítico secundario Tom Sizemore), la chófer y guardaespaldas Lornette Mason (Angela Bassett), y algún contacto de sus negocios. Esto le da al relato ese toque de realismo propio de Cameron y muy de agradecer en un cine obsesionado con villanos y héroes de cómic.

Los autores se toman las cosas con calma, a sabiendas de que hay que presentar un entorno verosímil y numerosos personajes entrelazados. El primer acto tiene algo del estilo de Paul Verhoeven en Robocop (1987), con información crucial (la historia del rapero) soltada en televisiones y el trasfondo de las escenas. Seguimos a Nero en un día normal, mostrándonos la vida en la ciudad, cómo funciona la tecnología, y conociendo a algunos personajes secundarios relevantes. Es un tramo entretenido, pero puede dar la sensación de que no se termina de concretar nada y quizá alguna parte podría haberse aligerado. Por ejemplo, el viaje con el cliente asiático de Lornette y la pelea de esta con Nero es un relleno innecesario, pues ya había quedado claro la relación entre ambos y ese personaje extra no aporta nada. Eso sí, cuando empieza a torcerse la cosa muchos detalles y otros individuos que han aparecido fugazmente cobran sentido.

Conforme Nero se ve hasta el cuello la también ciudad se degrada. Esa hábil combinación que realza la sensación de desconcierto y peligro además termina siendo crucial, porque el complot amenaza con terminar de hacer saltar todo por los aires. Los protagonistas corren a la desesperada, intentando encontrar alguna respuesta y salida, dando forma a un thriller magnífico que te atrapa y te zarandea tanto como a los personajes.

Pero le falta algo para resultar una obra perfecta. Lo cierto es que termina destacando más por el trasfondo de cyberpunk tan bien trabajado que por la calidad de la intriga criminal. Con el tono de ciencia-ficción y el detallismo en la reconstrucción de los problemas sociales cabe esperar que el noir se aparte también de lo ordinario, pero acaba más o menos como muchas del género. La pareja de policías que representan la corrupción del cuerpo (Vincent D’Onofrio y William Fichtner) no se trabaja tanto como otros personajes, aparecen y desaparecen quizá demasiado a conveniencia de la historia. Cuando enfocan en la fiesta del final a un secundario presentado tiempo atrás, se intuye rápidamente cómo resolverán el caso. El traidor de turno es forzado e inverosímil, lo que puede decepcionar después de tantos aires de grandeza con que han ido narrando el misterio. Ya he citado cierto exceso de metraje. Y también me sobran algunos flashbacks fugaces que aclaran las deducciones de los protagonista, como si tuvieran miedo de que no se entendiera la trama a pesar de apuntar claramente a un público adulto.

Pero no son problemas graves, sino pequeñas limitaciones que frenan un potencial mayor. La única carencia que me parece más destacable es que salvo Angela Bassett, que está espectacular, dura cuando debe serlo y agobiada cuando las cosas se desmadran, el reparto deja bastante que desear. Michael Wincott (Alien Resurrection, 1997) no transmite nada como cabrón desalmado, Sizemore no muestra el buen hacer y carisma de otros muchos papeles (Heat -1995-, por ejemplo), Juliette Lewis como la niñata que va en brazos de quien más la mime cumple en el morbo físico, pero como actriz da más bien lástima. El más importante, Ralph Fiennes, quien dejara muy buenas sensaciones en La lista de Schindler (1993), no convence con un registro muy limitado, es incapaz de mostrar ninguna de las muchas emociones que lo embargan, y si medio funciona es precisamente porque así cumple como panoli.

Bigelow levanta un thriller monumental con aspecto de superproducción a pesar de que el presupuesto fueron unos escasos 40 millones de dólares. Para las escenas del aparato de realidad virtual, con sus planos subjetivos, tuvieron que desarrollar una nueva cámara, pues no había con calidad cinematográfica (35mm) tan pequeñas en esa época. En la parte final se montaron una fiesta de verdad en plena plaza, cobrando entradas para amortizar un poco los gastos, con músicos como Aphex Twin y reservando un hotel entero.

Ese escenario grandilocuente disimula un poco los breves patinazos del guion en el desenlace. La celebración que representa el fin del milenio es espectacular, y la directora saca mucha tensión de las peleas, sobre todo la que ocurre en plena plaza con los policías corruptos. Su pulso enérgico y la buena fotografía sólo se ven empañados por un montaje precipitado en algunos momentos. Quizá quería dar ritmo a una película densa y larga, pero resulta un poco agobiante a veces. La música original tampoco es destacable, pero hay buenas canciones amenizando los ambientes de clubes y fiestas.

A pesar de su calidad, Días extraños fue un fracaso sonado y dejó el limbo la carrera de Bigelow, que tuvo que pasar por televisión (la serie Homicidio -1993-) para poder volver a recuperar la confianza de los estudios… que fueron en parte culpable del poco éxito: no sabían qué tenían entre manos y no le dieron publicidad. Parece otro caso de miedo a la ciencia-ficción, y más si es oscura y adulta, y eso a pesar de la carrera y fama de James Cameron, cuyo nombre encabezando los anuncios sin duda habría llenado las salas.

Día de patriotas


Patriots Day, 2016, EE.UU.
Género: Drama, suspense, acción.
Duración: 133 min.
Dirección: Peter Berg.
Guion: Peter Berg.
Actores: Mark Wahlberg, Michelle Monaghan, John Goodman, Kevin Bacon, Rachel Brosnahan, J. K. Simmons, Christopher O’Shea, Jimmy O. Yang, Alex Wolff, Themo Melikidze, Michael Beach.
Música: Trent Reznor, Atticus Ross.

Valoración:
Lo mejor: Excelente en lo audiovisual, correcta en el drama, neutral en los hechos, con tramos tensos y espectaculares.
Lo peor: Por decir algo, quizá había potencial para más.
Mejores momentos: La entrada del FBI. Las discusiones sobre si publicar información en los medios. El tiroteo contra el todoterreno.

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El maratón de Boston es la carrera más antigua y popular de Estados Unidos, y se da todos los años en abril en el festivo Día del Patriota. En 2013 sufrió un atentado que provocó por suerte sólo tres muertos, pues fue bastante aparatoso: dos atacantes con dos ollas con explosivos y metralla dejaron casi trescientos heridos y la cuidad se sumió en el terror durante días hasta que la amenaza fue neutralizada.

Peter Berg por entonces era un guionista y director (y a veces actor) que aparte de la atípica obra de culto Very Bad Things (1998) no daba muy buenas sensaciones. La sombra del reino (2007), Hancock (2008) y Battleship (2012) eran bastante flojas, y las series en que participó también. Pero la cosa ha cambiado desde entonces. Con El único superviviente (2013) y esta Día de patriotas se ha alzado como uno de los referentes de la acción con tintes dramáticos e históricos del momento, mostrando una madurez que bien le podía haber garantizado más reconocimiento y premios de los ha obtenido. Pero su estilo huye de la sensiblería y el ensalzamiento patriótico estándares de los Oscar y Globos de Oro, que sí cumplió por ejempelo una cinta menor pero multipremiada como En tierra hostil (2008).

Hay que recalcar que es todo un logro que Día de patriotas sea tan objetiva y neutral, porque la idea era hacer es un homenaje a las víctimas y a la ciudad, y porque Estados Unidos es muy egocéntrico por lo general y esa herida caló hondo en la sociedad, así que cabría esperar un tono más lacrimógeno y a la vez vengativo, y por extensión sesgado. Pero Berg trata de mostrar qué ocurrió, quién lo sufrió y cómo la ciudad sobrepuso a la desgracia sin tomar partido emocional excesivo (sólo encontramos esto en los créditos finales, con las entrevistas a los implicados) ni meterse en berenjenales ideológicos. Así, no entra en la cuestión de cómo nace un terrorista, cómo se les pasó a las agencias de seguridad (uno de ellos estaba en las listas de distintas agencias y gobiernos como más que posible terrorista), de cómo la ciudad estuvo de facto bajo la ley marcial, algo impensable por ejemplo en Detroit con mucho más asesinatos al año, o cuando un supremacista blanco la lía parda, que ocurre muchas más veces de las que hay atentados de radicales islamistas y ni siquiera lo llaman terrorismo.

El único apunte crítico que hay emerge inevitablemente del relato de los hechos. Con tantas agencias trabajando juntas se provoca algún roce y retraso en toma de decisiones, mientras que por el lado contrario los medios hacen su agosto señalando incluso falsos culpables con las prisas. Sin embargo, no se para a ahondar y criticar esa problemática de las excesivas agencias con agendas propias y muchas fallas, que es bien patente desde el 11-S y el Katrina, ni que ningún medio de información pagó por la terrible injusticia de señalar a un ciudadano cualquiera como terrorista sin pruebas tangibles, sólo para vender más. Lo menciona porque ocurrió y pasa a otra cosa.

También es inevitable que haya algo de cursilería (las parejitas y sus frasecitas románticas, el intento de ligar del chino…), porque no hay mucho margen de maniobra al mostrar el día a día de gente corriente sin salirse por la tangente contando cosas más rebuscadas. Pero quizá el propio Berg lo sabía y desarrolla un personaje central ficticio que dirija mejor la historia y conecte mejor con el espectador que esas anécdotas. El personaje es muy sólido, funciona como nexo de toda la historia, centraliza y visibiliza el esfuerzo de la policía local, y Mark Wahlberg está más esforzado que de costumbre… pero aun así se llevó algunas críticas por no ser real; está claro que no llueve al gusto de todos.

El reparto es llamativo, pero con tanto personaje y salto de escenario pocos tienen tiempo para lucirse. Aparte del correcto Wahlberg el que más destaca es un sombrío e imponente Kevin Bacon como agente especial del FBI: con su mirada ya deja claro que está al mando.

Pero el nombre a recordar es Peter Berg, que construye este complejo, caótico y trágico evento como si fuera fácil. El ritmo es ágil en las partes menos intensas, los cambios de escenario no hacen que pierdas el hilo, y sintetiza bien incluso cuando se encuentra ante alguna dificultad importante: hay individuos cruciales en la parte final de los hechos, como el agente encarnado por J. K. Simmons y el estudiante chino en manos de Jimmy O. Yang, pero el realizador los presenta poco a poco sin dar la sensación de que rompen el flujo de acontecimientos.

Para la parte final nos trae un colofón de infarto. El intento de los terroristas de viajar a Nueva York pega un subidón en el factor suspense, y aunque conozcas más o menos el final de los acontecimientos sufres por los implicados y la tensión en el ambiente es palpable. El tiroteo que acaba con la vida de uno es memorable, de lo mejor en acción realista que se ha visto probablemente desde Heat (Michael Mann, 1995), pero cuando el hermano superviviente huye no hay sensación de bajón, sigue manteniendo la expectación.

Atención también al sorprendente y magnífico trabajo con efectos digitales. No se rodó en la calle, sino en un decorado con pantallas verdes que luego fueron sustituidas por los bloques de edificios. No me di cuenta hasta que vi por casualidad una fotografía del rodaje.

Día de patriotas se puede disfrutar de varias maneras. Como homenaje, como drama, como thriller, como cinta de acción, y en todos los ámbitos cumple sin problemas cuando no impresiona.

Cristal


Glass, 2019, EE.UU.
Género: Suspense, drama, superhéroes.
Duración: 129 min.
Dirección: M. Night Shyamalan.
Guion: M. Night Shyamalan.
Actores: James McAvoy, Bruce Willis, Samuel L. Jackson, Ana Taylor-Joy, Sarah Paulson, Spencer Treat Clark, Charlayne Woodard, Adam David Thompson, Luke Kirby.
Música: Dylan Thordson.

Valoración:
Lo mejor: Es bastante original, con situaciones y giros muy sorprendentes. Todos los personajes son atractivos…
Lo peor: …pero se desaprovechan en un relato irregular y falto de la garra esperada.

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Alerta de spoilers: Sin dator reveladores hasta el próximo aviso.–

Con el insólito giro final de Múltiple (2016), M. Night Shyamalan unió esa cinta con El protegido (2000), aspirando a que si alcanzaba éxito suficiente podría realizar la trilogía que tenía planeada en aquellos años. Según él, el protagonista de numerosas personalidades de Múltiple estaba en el guion inicial de El protegido, pero lo dejó para las secuelas pensando que no encajaba del todo en ella, y luego su carrera se hundió bastante y no tuvo la libertad y recursos para terminar con el proyecto.

Aunque ninguna de aquellas dos fueran obras para el gran público sí consiguieron enganchar a millones de espectadores abiertos a propuestas arriesgadas y originales. Y con el paso del tiempo se ha forjado alrededor de El protegido ese estado de “cinta culto” que tiende a sobrevalorar y rechazar críticas negativas. Así pues, las expectativas de sus admiradores estaban por las nubes, quizá demasiado altas para que una tercera parte pueda satisfacer con suficientes sorpresas, con un desarrollo de personajes que llene por igual a todos, y una historia con pegada suficiente para sacudirte de nuevo.

Fui sin saber nada, sin ver tráileres e imágenes, como debe ser en estos casos. No tenía ni idea de cómo iba a ser el encuentro entre David Dunn, la Horda y Don Cristal, solo era capaz de pensar en el típico enfrentamiento a tortas de toda la vida, así que confiaba en que Shyamalan me llevara por otra dirección. Cuando ese choque clásico parece suceder a los pocos minutos de proyección me vine un poco abajo: ¿a tan poco aspiras, y qué vas a dejar para el resto del metraje? Pero de repente corta por lo sano con ese camino tan previsible y nos traslada a un escenario nuevo y sugerente que reavivó a lo grande las esperanzas. Hay planteamientos muy jugosos e ingeniosos, y la intriga por cómo superarán esa situación y volverán a encauzar el conflicto entre ellos recobra nuevas fuerzas.

Destaca de nuevo el factor sorpresa, la valentía y el talento Shyamalan para deconstruir el mundo de los superhéroes, ponerlo patas arriba, y después de todo ello incluso seguir siendo capaz de aportar giros finales que vuelven a rizar el rizo con gran acierto. Como en El protegido, analiza las premisas y giros comunes del género, ofreciendo otra vez tanto un homenaje como una perspectiva más humana y dramática que la habitual línea fantasiosa y basada en el espectáculo directo. Juega con lo que prevee el espectador y los personajes para luego resolver las situaciones con una vuelta de tuerca más novedosa e inteligente. Así, cabe pensar que no veremos batallas y victorias épicas, sino aceptación del quiénes somos, de nuestras capacidades y nuestro lugar en el mundo

Pero me temo que el escenario donde se reúnen los personajes, que es donde se desarrolla la mayor parte de la historia, también deja ver todas sus carencias. Una importante falta de credibilidad y de ritmo se va adueñando del relato, siendo grave en varios momentos, mientras a la vez da la sensación de que no exprime del todo a los personajes y el choque entre ellos. También se nota que el indio no están tan inspirado como de costumbre con la cámara.

Las diatribas del nuevo personaje que cambia las reglas del juego, Ellie Staple (Sarah Paulson), se alargan demasiado mientras no hay señales de que los personajes conocidos se vayan a mover de una vez por todas. Don Cristal/Elijah Price se tira demasiado tiempo parado, y aunque cuando entra en acción desde luego es lo mejor de la cinta, da la impresión de que el realizador no sabía qué hacer con él el resto del tiempo. Los secundarios se dejan demasiado de lado después de prometer más relevancia: Casey aparece como para cumplir, el hijo de David tiene más presencia pero no termina de pasar a primer plano, la madre de Elijah no aporta nada. Y David Dunn, llamado por la gente “el protector” (haciendo más evidente que nunca la ridícula traducción de “Unbreakable” como “El protegido”), no tiene un desarrollo tan cuidado y detallista como en su presentación, a pesar de que el dilema ante el que es puesto (¿es un superhéroe o tiene delirios fruto de traumas?) es muy prometedor: Shyamalan debería haber ahodando más en su pérdida de fe, su frustración, y su renacer, pero se queda en cuatro escenas un tanto básicas.

Conforme se va materializando el desenlace, los agujeros en la credibilidad se hacen demasiado visibles. La falta de vigilancia y seguridad de ese escenario principal es vergonzosa, dejando claro que Shyamalan se ha esforzado menos de lo necesario. El encuentro final es lento, desganado y un poco engañoso, no termina de cumplir como ese esperado duelo dramático e intelectual que te haría olvidar las aparatosas batallas del género. De hecho, el realizador hace un extraño amago, anunciando un gran clímax en un entorno llamativo, como queriendo desviar la atención sobre lo que cabía esperar dada la naturaleza de las dos entregas previas. Pero a la hora de la verdad no tenemos ni una cosa ni otra. Hay pelea final con acción, pero en un entorno anodino, con escenas poco espectaculares, y la exposición dialogada carece de la garra esperada, del calado dramático y las lecturas inteligentes, todo es más o menos lo que se veía venir; hasta revelaciones que prometían cambiarlo todo, como la verdad sobre el accidente de tren, pasan sin pena ni gloria.Si no fuera por los varios giros posteriores que le dan la vuelta a todo y aportar nuevas ramificaciones a la historia, quizá el recuerdo que deja la proyección hubiera sido menos grato, pero echando la vista atrás, la anhelada contienda final entre los tres protagonistas tiene las de defraudar a muchos espectadores.

James McAvoy está fantástico en la complicada tesitura de interpretar no sólo varias personalidades, sino cambiando a toda leche entre ellas en los momentos álgidos. Samuel L. Jackson se luce a lo grande también pero por el lado contrario, el de la contención: sus miradas reflejan muy bien el cambio de la frustración y la ira al éxtasis de la revelación. El resto queda bastante por debajo. Bruce Willis no tiene un rol con recorrido suficiente como para lucirse. Sarah Paulson no convence como la mujer de aspecto afable pero rígida. Anya Taylor-Joy y Spencer Treat Clark cumplen de sobras, pero eso aumenta la sensación de que los podría haber aprovechado más. Cabe señalar también que uno de los secundarios, Luke Kirby, está muy pasado de rosca, pero se podría decir que el director debería haberlo controlado mejor.

En lo visual Shyamalan muestra también cierta dejadez. El acabado es más que correcto, pero del indio se espera que nos deslumbre con belleza y también que las propias imágenes sean un complemento de la narración. En El protegido innumerables planos asombrosos se combinaban con otros que transmitían muy bien el progreso emocional de los protagonistas. Aquí, el único complemento en ese sentido es la banda sonora de Dylan Thordson, efectiva unas veces pero otras tomando demasiado protagonismo en escenas que deberían haber contado con mayor esfuerzo por parte del realizador. Múltiple tampoco era muy virtuosa en el acabado, pero al menos conseguía ser profunda y emotiva a través de unos protagonistas mejor desarrollados.

Cristal tiene las carencias de los dos capítulos previos, pero también sus principales virtudes, su gran personalidad y la inventiva sin igual con salidas atrevidas e inesperadas, así que supone un cierre bastante interesante aunque no cumpla del todo las expectativas.

Alerta de spoilers: A partir de aquí destripo a fondo detalles, cosas clave y el final.–
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El protegido


Unbreakable, 2000, EE.UU.
Género: Suspense, drama, superhéroes.
Duración: 106 min.
Dirección: M. Night Shyamalan.
Guion: M. Night Shyamalan.
Actores: Bruce Willis, Samuel L. Jackson, Robin Wright, Spencer Treat Clark.
Música: James Newton Howard.

Valoración:
Lo mejor: Original, sugestiva, hecha con mucho mimo.
Lo peor: Lenta en un primer visionado, se puede hacer pesada en los siguientes, porque se basa mucho en golpes de efecto y el aspecto audiovisual es superior al contenido.

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Tras deslumbrar a medio mundo con El sexto sentido en 1999, M. Night Shyamalan tomó un camino que descolocó a los que esperaban más de lo mismo, suspense y terror. De hecho, el primer tráiler parecía anunciar una de miedo, y el segundo no dejaba muy claro de qué iba. El protegido es una obra muy arriesgada y personal, con lo que llega con intensidad a algunos espectadores y choca frontalmente con otros, sobre todo si se va con ideas preconcebidas y la mente cerrada. Ofrece un perspectiva insólita del género de los superhéroes tanto en forma como en contenido, pero la cinta tiene más capas, porque también es un drama bastante certero.

Huyendo de mundos de fantasía y personajes con superpoderes grandilocuentes representados con muchos efectos especiales en aparatosas escenas de acción, el indio apuesta por tomar una perspectiva más realista y contenida, centrando el relato en el drama de dos individuos bastante normales y un entorno mundano y aburrido. Las bases, el argumento más clásico y muchos clichés del género de superhéroes están presentes, pero mostrados desde este ángulo tan humano. También es evidente que quiere homenajear al género, no sólo darle vuelta de tuerca. Las referencias a los orígenes, los cánones y otros detalles de este arte son constantes en todo el metraje, y además se funden con naturalidad con la trama y la descripción de los protagonistas.

El héroe es superior en lo moral y lo físico al hombre común, y por lo general también al supervillano, que se apoya en su intelecto retorcido para buscar ventaja exprimiendo diversos recursos y tecnologías y tratando de adelantarse a los planes de su némesis. El héroe bueno de corazón, pero debe elegir entre una vida normal y la sacrificada responsabilidad de estar de guardia para salvar a desconocidos cada dos por tres, con lo que su viaje no está exento de dilemas; además, su contrincante suele ponerlo ante problemas y elecciones complicados. El enemigo se divide en dos tipos, los criminales comunes y el supervillano. Los primeros suelen servir únicamente para presentar al héroe y su aprendizaje. El villano emerge de una vida dura que se complica por los fallos del sistema, y actúa con rabia destructora que se agrava porque el bueno desbarata sus proyectos cada dos por tres. El autor reincide en la idea de que la dualidad es necesaria para el nacimiento y maduración de ambos: sin uno, el otro no tendría mucha razón de ser, y los dos se retroalimentan.

Estos conceptos están desarrollados a través de un drama sencillo, combinados con los problemas cotidianos de la gente de forma que vemos más de cerca que nunca a la persona real tras el superhéroe. En algunos cómics, como Superman o Spider-Man, se ha abordado ese aspecto, pero casi siempre es para poner en apuros al protagonista, con familias y amigos en peligro por culpa de los malos, y también para aportar algo de comedia con los choques entre las dos vidas. Shyamalan va a conflictos más oscuros y profundos pero que cualquier persona ha sufrido o puede sufrir alguna vez.

David Dunn es un guarda de seguridad que ve pasar los años sin que la existencia termine de llenar su vacío. Elecciones pasadas le hacen recordar que podía haber tenido otra vida, una de ensueño como deportista, y por ello es incapaz de ver lo que tiene delante. El matrimonio hace aguas, el niño es una carga, el trabajo lo aburre… Elijah Price en cierta manera va en sentido contrario. Se atribuye un lugar en el mundo, pero su vida y sus ambiciones chocan con sus limitaciones, y la frustración marca su personalidad. El encuentro entre ambos promete despertar el potencial de cada uno, pero antes tienen que enfrentar sus demonios internos y los efectos secundarios en su círculo cercano. Cabe destacar la parte del hijo de David, que sufre las consecuencias en algunas escenas muy potentes.

Bruce Willis nos dejó a cuadros en El sexto sentido con una interpretación seria y muy conmovedora después de estar décadas interpretando a distintas versiones de John McClane (La jungla de cristal, 1988), y aquí se mantiene en esa línea, aunque quizá un peldaño por debajo. Samuel L. Jackson capta muy bien la aflicción y cólera de Elijah. El joven Spencer Treat Clark está estupendo como niño confundido. Sólo Robin Wright queda un poco descolgada, pero también es cierto que su personaje es más secundario.

Con la contención citada, el relato avanza sin vistosos encuentros entre los dos protagonistas, sino con mucho diálogo y mucha exposición sutil que desgrana poco a poco los sentimientos, los miedos y los apáticos esfuerzos que hacen cuando la realidad trata de imponerse. Por ejemplo, desde la magistral presentación donde David se guarda el anillo esperando tener una aventura romántica se hace palpable su melancolía y el distanciamiento con su familia, y el accidente de tren no se ve, se muestra como lo viviría él, haciéndonos partícipes del cambio inesperado y como le afecta. Pero infinidad de detalles visuales y algunos diálogos muy certeros abundan por el relato; me gustan especialmente aquellos planos donde David mira algo y la cámara tarda unos segundos en acercarse a ello, matizando el estado de ánimo del personaje (expectante) y también el suspense.

Y es que el esfuerzo en la puesta en escena hace gala de una inteligencia y una cantidad de recursos asombrosa. Plano a plano Shyamalan compone un mosaico de sensaciones y belleza muy singular, y demostró que El sexto sentido no fue un momento puntual de inspiración sino la presentación de uno de los mejores directores del momento. La música de James Newton Howard, con una efectiva base electrónica, termina de realzar tanto el drama como la intriga, y brilla en los momentos de revelación, como la escena de David en la estación abriendo los brazos para conectar con la gente.

Pero, después de todo, la película se queda corta. Por la razón que fuera, Shyamalan va a un mínimo muy justo. Con el guion que desarrolla da la sensación de que no hay suficiente para un largometraje, sino que iría mejor en un capítulo de una serie tipo Dimensión desconocida (1959) o Más allá del límite (1963 y 1995). Así, rellena bastante, reincidiendo en algunas cosas (los encuentros con Don Cristal se repiten más de la cuenta), estirando el drama de la separación (alguna conversación, sobre todo la de la cita reconciliadora con la esposa, se alarga mucho)… y en cambio, donde debería haber más metraje, en el final, corta por lo sano porque prefiere terminar con el subidón del giro sorpresa. Resume con texto en pantalla lo que deberíamos ver, de forma que, aunque salieras del cine asombrado por el golpe de efecto, en los revisionados empieza a pesar la impresión de que después de todo no es un giro tan efectivo y faltaban por contar cosas. Cabe pensar que agilizando el ritmo mejoraría la experiencia y además cabría un enfrentamiento entre héroe villano mejor trabajado, pues después de tanto tratar el tema y prometer termina abruptamente sin abordarlo.

Por ello no veo la obra maestra que defienden algunos, pero El protegido sin duda se ha de considerar una cinta de culto, original como pocas, hecha con gran amor al arte y a lo que se está contando.

Más tarde Shyamalan afirmó que tenía en mente una trilogía, pero quedó en el aire con el posterior declive de su carrera. Pero se atrevió a volver a tantear esa idea en Múltiple (2016), y con su arrollador éxito puso pronto en marcha una nueva película que combinara ambas, Glass (2019), formando dicho tríptico.

Mandy


Mandy, 2018, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 121 min.
Dirección: Panos Cosmatos.
Guion: Panos Cosmatos.
Actores: Nicolas Cage, Andrea Riseborough, Linus Roache, Ned Dennehy, Olwen Fouéré, Line Pillet.
Música: Jóhann Jóhannsson.

Valoración:
Lo mejor: Nicolas Cage.
Lo peor: No es que sea un experimento fallido, es que no tiene ni un ápice de inteligencia o buen hacer, resultando insoportable.

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Mandy se ha ido estrenando en festivales varios, algunos relevantes como Sundance y Sitges, y acumulando bastantes buenas críticas de los medios que los siguen, pero no tanta del público, que anda divido entre “experimento fallido” y “cinta de culto”. La curiosidad me atrajo… y he salido escaldado, es una de las peores y más soporíferas películas que he visto en mi vida.

El guionista y director Panos Cosmatos anda perdidísimo acumulando ideas y recursos narrativos sin ton ni son. Asesinos en serie y venganzas estilo años ochenta y ocultismo y sectas danzan en un relato sin cohesión ni dirección. Salta entre escenarios con una torpeza inenarrable, siendo difícil pensar que se pueda enlazar peor situaciones tan básicas y un argumento tan trillado, que se pueda poner menos ganas en los personajes y en su evolución, en dotar a los enemigos de algo de entidad y capacidad para causar inquietud.

Se podría suponer que lo que pretendía era narrar con las imágenes, establecer la conexión emocional con la pareja y provocar pavor con los lunáticos a través de un estilo audiovisual elaborado que oscile entre lo conmovedor y lo espeluznante… Pero la cinta resultante es un sindiós por muchas ínfulas que le ponga. Para ser pretencioso al menos tienes que mostrar algo de inteligencia, y aunque Cosmatos parece creerse que está rodando algo serio se estrella como el mítico rey del cine cutre, Uwe Boll, dando una vergüenza ajena inclasificable. Los que señalan una supuesta originalidad, algún subtexto profundo o cualquier otro malabar que hagan para defender este despropósito no sé qué se habrán fumado o si es simplemente ese afán de “he visto algo raro y voy de guay defendiéndolo”. El delirio ha llegado tan lejos que se ha llevado premio a mejor director en Sitges.

En la fotografía e iluminación pasamos de inescrutable oscuridad a saturaciones con focos evidentes y filtros demenciales cuando no a abstractas composiciones pseudoartísticas. La orgía entre onírica y lisérgica no tiene ni pies ni cabeza y hace pensar inicialmente en que la copia está mal, y cuando asumes que no, cuesta aceptar como algo serio. En el audio, el exceso de estímulos sonoros quizá pretendiera lo mismo, provocar sensaciones concretas, pero la música se funde con los efectos de sonido y cae en otro caos, en ruido y efectismo sin lógica alguna. La pena es que la partitura Jóhann Jóhannsson (que falleció poco después del estreno en Sundance), escuchada en disco, aunque no resulta especialmente destacable dentro de su versátil discografía, se intuye como un correcto trabajo de suspense minimalista que habría apoyado adecuadamente atmósferas bien trabajadas, pero en esta situación termina siendo otro problema: su presencia llena demasiados vacíos cuando debería ser un complemento sutil, por lo que pronto resulta cargante.

La premisa queda en un segundo plano ante el galimatías audiovisual, pero para terminar de diluir su interés pronto se ve que es lo mismo de siempre en el género: familia que vive feliz, psicópatas de aspecto inquietante, asesinato cruel, venganza desmadrada. La pareja protagonista no tiene entidad alguna, son dos tipos que aparecen en pantalla sin hacer nada durante cuarenta minutos mientras cambian los filtros de colores y se suceden escenas cada cual más desatinada: la mujer saliendo del lago a cámara lenta, el cervatillo muerto… Cosmatos confunde contención con letargo, idilio con “aquí no pasa nada”, y espera que mágicamente entremos en la vida de esos dos entes sin alma y su aburrida casa. Hilando con eso, por no saber, no sé ni dónde viven, dónde está el lago que mencionan y cuál es la distribución del hogar, para entender al menos dónde se encuentran en cada escena, de dónde pueden venir los peligros, etc. Interesarse por ellos en esta situación es imposible, más bien pronto estarás deseando que los ataquen para que pase algo de una vez. La secta de dementes suelta mucha cháchara pero nada trascendental o impactante, ergo el miedo nunca llega a hacer acto de presencia. De hecho, cuando presenta a los moteros zumbados con sus estrafalarios disfraces el realizador tiene que recurrir a forzados rugidos animalescos para intentar que asusten en vez de provocar risa, pero el efecto conseguido es el de asco por ver algo tan ridículo.

El asalto a la pareja, cuando por fin llega, es un trámite alargado eternamente. No sufro lo más mínimo, y eso a pesar de que Nicolas Cage inesperadamente está bastante bien en un papel de darlo todo con el gesto y la mirada. Pero claro, sabiendo que desde entonces todo va a ser perseguir y matar a los malos con cada muerte más violenta y rebuscada, pues no hay por dónde agarrar al personaje. Y con el nivel del director, no hay ni una muerte ni un escenario salvable. Como mucho, puedes reírte en alguna de las paridas más grandes, como el coche que se estrella contra la nada (el montaje es tan malo que no se ve nada), la forja del arma chunga (¿no era leñador, ahora sabe herrería también?), los malos embutidos en cuero hasta en su casa, el típico individuo enigmático que explica la trama a media película… Pero yo no he sido capaz de tomármelo a risa, el desastre es tan grande que en el atropello recién citado se cuela un plano de lluvia en una escena que no la tiene.

Malos tiempos en El Royale


Bad Times at the El Royale, 2018, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 141 min.
Dirección: Drew Goddard.
Guion: Drew Goddard.
Actores: Jeff Bridges, Cynthia Erivo, Dakota Johnson, Jon Hamm, Chris Hemsworth, Cailee Spaeny, Lewis Pullman.
Música: Michael Giacchino.

Valoración:
Lo mejor: Reparto notable. Buen acabado visual. Un guion con gran potencial.
Lo peor: El director no imprime el ritmo y mala baba necesarios y se excede con el metraje.

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Drew Goddard es un talento en alza. Criado en las salas de guionistas de Buffy, la Cazavampiros (Josh Whedon, 1996), Angel (ídem, 1999), Alias (J. J. Abrams, 2001), y Perdidos (ídem, 2004), pegó fuerte con la sorprendente película La cabaña en el bosque (2012), que co-escribió con Whedon pero fue su estreno como director, y la primera temporada de Daredevil (2015), de forma que las productoras empezaron a rifárselo para varios proyectos, como la enésima reescritura de Guerra mundial Z (Marc Forster, 2013), El marciano (Ridley Scott, 2015) y otros que no terminan de ver la luz, como Los seis siniestros (un grupo de villanos de Spider-Man). Con semejante caché podía permitirse cualquier proyecto personal, y ha optado por uno muy arriesgado.

Malos tiempos en El Royale apunta maneras, dejando entrever un guion ingenioso lleno de personajes peculiares y carismáticos, situaciones enrevesadas con giros inesperados, bastante humor negro y una buena ambientación de la época. En esto último no me refiero al vestuario y decorados (a los que también saca buen partido), sino al ambiente que se respira. En el trasfondo de diálogos y escenas y en partes de la trama se deja entrever a Nixon, la guerra de Vietnam, las drogas, los hippies, la corrupción en la política, el estrellato y la música…

Eso sí, no se puede decir que la propuesta sea muy original. Todo es una imitación al Quentin Tarantino de Reservoir Dogs (1992), Pulp Fiction (1994) y sobre todo Jackie Brown (1997) y Los odiosos ocho (2015), con su narración fragmentada por capítulos que se van uniendo poco a poco, los personajes que llegan a media película para cambiarlo todo, los que parecen protagonistas y mueren repentinamente, las conversaciones que parecen triviales pero van matizando la atmósfera y definiendo las personalidades, la selección musical muy cuidada…

Pero me temo que a la hora de plasmarlo en imágenes no termina de sacar todo el potencial latente, construyendo una película que más bien está a punto del desastre. En lo visual es bastante sólida, con un aspecto setentero que oscila entre el cine negro y la horterada cultural de la época que llena la vista. El problema es el tempo tan descentrado, aletargado, plomizo. La presentación se alarga hasta el infinito, aburriéndonos con un ritmo estancado que provoca que los diálogos en vez de chispeantes parezcan estirados con verborrea inane. El nudo carece de garra, de la mala hostia necesaria que termine de hacer explotar una mezcla de eventos y protagonistas muy prometedora, de aprovechar la expectación que se genera y llevarnos a un torbellino de emociones. El tramo final es el que mejor parado sale, tornándose por fin en un relato más ágil y contundente, pero claro, llega tarde. Así tenía que haber sido todo el metraje. Por otro lado, la banda sonora repleta de canciones de la época agiliza muchas escenas, pero se abusa de este parche más de la cuenta y llega un momento en que resulta tan cargante como ver a la protagonista cantar otra vez más.

Si funciona es porque la intriga por qué está pasando y cómo se resolverá todo mantiene el interés, porque hay momentos muy simpáticos, espectaculares y emotivos que dejan entrever hasta dónde podía haber llegado, y porque te interesas por los personajes y los actores enganchan con interpretaciones muy entusiastas. Pero claro, sabiendo que al final no ofrece mucho, no atrae demasiado la idea de volver a verla. Da la sensación es de obra inacabada o fallida y de que con un nuevo montaje se podía salvar.