El Criticón

Opinión de cine y música

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El ritual


The Ritual, 2017, Reino Unido.
Género: Suspense, terror.
Duración: 94 min.
Dirección: David Bruckner.
Guion: Joe Barton, Adam Nevill (novela).
Actores: Rafe Spall, Arsher Ali, Robert James-Collier, Sam Troughton, Paul Reid.
Música: Ben Lovett.

Valoración:
Lo mejor: Ambiente tenso, malsano y agobiante durante casi todo el metraje.
Lo peor: En los minutos finales no consigue mantener el nivel (aunque dista de fallar). Infravalorada mientras otras del género muy inferiores son aclamadas.

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En el cine, odio cuando como prólogo meten con calzador una historia que no pinta nada en el resto de la película, sólo porque no saben describir al protagonista principal sin tirar de un episodio dramático que deje un conflicto no cerrado con el que intentar conectar con el espectador y apoyar una evolución interna que suele ser innecesaria. Hay cantidad de títulos, principalmente de acción y terror, que usan este pobre recurso en vez de centrarse en la aventura y que el personaje sufra por lo que está ocurriendo y no por traumas anexos y sensacionalistas. Rara vez consiguen una relación orgánica con los eventos de la trama y las vivencias personales de forma que se realcen sus problemas y sus muertes o victorias impacten algo más.

Precisamente El ritual empieza con una introducción que parece de esta clase, y entre eso y que los géneros de suspense y terror dan pocas cintas originales, empecé el visionado con bastantes dudas. Pero al poco de entrar en materia se va perfilando una buena conexión entre los personajes y el trágico suceso, tanto por sus dilemas internos y los roces entre ellos como por la paranoia en que el mal que acecha en el bosque va sumiéndolos, jugando con los remordimientos y los miedos.

El realizador David Bruckner y el guionista Joe Barton le cogen el pulso al relato a la primera y lo van moldeando ante tus narices sin que se vean los trucos, pues, aunque no sea el no va más, no encontramos clichés rancios del género ni en lo argumental ni en lo visual. La historia, quizá por estar basada en una novela (de Adam Nevill publicada 2011), es más original y algo más sustanciosa de lo habitual. Aunque evidente que estamos ante lo de siempre, gente aislada muriendo en fila. No sabes por dónde va a salir, ni cómo podría acabar, alejándose así de la infinidad de cintas clónicas que saturan el mercado. Aunque inicialmente pueda recordar a ese fenómeno absurdo que fue El proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myrick, Eduardo Sánchez, 1999), el recorrido y su calidad son muy distintos. Algunos han querido hilar un parecido con La bruja (The Witch, Robert Eggers, 2015), pero más allá de la temática de brujería no hay nada en común. Lo más cercano que se me ocurre sería el videojuego Outlast 2 (2017), y no sé si este bebió del libro o son parecidos casuales.

Juegan con lo desconocido con inteligencia, dejando con cuentagotas pistas que activan tu imaginación. El bosque pasa en un visto y no visto de ser un paisaje natural hermoso a un entorno amenazador, y conforme avanza la proyección cada vez resulta más agobiante, con picos perturbadores. La sensación de indefensión, el miedo a la oscuridad y la claustrofobia te mantienen nervioso en casi toda la proyección, sobre todo desde la noche en la cabaña, que ofrece unas cuantas escenas espeluznantes. Los personajes aguantan el tipo bastante bien, desgranando sus problemas personales con habilidad a lo largo del reto ante el que se encuentran. Y conforme se acerca la misteriosa entidad aumenta el nivel de desasosiego, con unos cuantos sustos bastante efectivos y en general un ambiente perfecto para pasar un mal rato.

El uso del sonido es inteligente, exprimiendo adecuadamente los ruidos naturales del bosque y sin abusar de los sustos sonoros. La fotografía capta muy bien la oscuridad y las sombras de forma que inquieten pero se vea algo, lo que no es nada fácil de conseguir. La música es sencilla pero efectiva, realzando sin sobreponerse y también sin subidones innecesarios. Los actores son muy competentes, en especial el protagonista principal, Rafe Spall (Prometheus -2012-, La gran apuesta -2015-).

El tercer acto parecía que no iba a perder fuelle al mostrar algunas respuestas, tanto el anunciado ritual como la criatura, sobre todo porque el diseño de esta es espectacular, algo también difícil de lograr hoy en día, pero lo cierto es que una vez puestas todas las cartas sobre la mesa la imaginación del espectador ya no puede desbocarse potenciando los temores, y el enfrentamiento final no logra ser muy impactante en sus últimos minutos. Quizá si hubieran logando un giro más ingenioso podríamos estar hablando de una cinta de culto. También, por suerte, no se extiende más de la cuenta (sólo dura una hora y media) ni intenta forzar un giro rebuscado, uno de los males del género.

Lo que me sorprende es que no esté teniendo el éxito que merece mientras otras del género muy inferiores se sobrevaloran con una locura incomprensible, como It Follows (David Robert Mitchell, 2014), Sinister (Scott Derrickson, 2012), Insidious (James Wan, 2010) o sobre todo la reciente e infame Déjame salir (Jordan Peele, 2017).

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Déjame salir


Get Out, 2017, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 104 min.
Dirección: Jordan Peele.
Guion: Jordan Peele.
Actores: Daniel Kaluuya, Allison Williams, Bradley Whitford, Catherine Keener, LilRel Howery, Betty Gabriel, Stephen Root.
Música: Michael Abels.

Valoración:
Lo mejor: Un par de actores secundarios llamativos. Fotografía correcta.
Lo peor: Es ridícula de principio a fin. ¿Cómo ha conseguido tan buena recepción?

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Alerta de spoilers: La destripo a fondo, aunque realmente no hay nada que no se intuya a los cinco minutos…–

Déjame salir (no confundir con Déjame entrar, la sueca que tanto dio que hablar, o su remake) no nació con grandes ambiciones, de hecho su presupuesto era de apenas cinco millones de dólares, pero consiguió una distribución con Universal Pictures de alguna manera, la estrenaron en Sundance de improviso para coger carrerilla, y de ahí poco a poco en el resto del mundo, hasta llegar a España a finales mayo siendo un éxito internacional: lleva unos asombrosos 250 millones recaudados empujada por una crítica que la aclama unánimemente (99% en Rottentomatoes; o puedes verlo en español en el recopilatorio de Filmaffinity) y un público también muy entusiasmado. La señalan como la película indie de la temporada y la mejor de terror de los últimos tiempos, así que me lancé a verla entusiasmado… Pero desde el prólogo empecé a dudar, y poco después me quedaba claro que estaba ante una obra no vulgar, ni del montón, sino realmente mala, infame hasta parecerme ridícula y cargante como pocas que he tenido la desgracia de soportar. Está más en la línea de Tusk, tan mala que resulta un visionado desagradable, una completa pérdida de tiempo, que de cualquiera del género que recientemente haya dejado huella, como Babadook, The Conjuring 1 y 2, La visita, Múltiple o No respires. ¿Me equivoqué de título? ¿Se me ha escapado un subtexto inteligente, una vena original, una técnica innovadora? Por más vueltas que le he dado y análisis que he leído, no le he encontrado valor alguno más allá de que la fotografía es muy profesional y casi me engaña con que estaba ante una cinta de primera división. Voy contando las impresiones que me iba dando mientras la veía…

La primera escena ya apunta bajo. Un plano largo y pausado de alguien caminando por un suburbio estadounidense, en plan Halloween de John Carpenter. Para colmo te revela de qué va a ir todo, pues vemos el secuestro de un negro. ¿Apoyarse con todo descaro en uno de los clichés más viejos del género es original? ¿Incluir un innecesario prólogo innecesariamente revelador es rompedor? Algunos lo llaman homenaje. Yo creo que un homenaje bien dado va donde aporta algo a la trama, donde no desentona que cites tus referentes.

Pasamos a la presentación de personajes. Insípida es poco. De lineal y facilona implanta una sensación de aburrimiento que no se va nunca. Porque siguen apareciendo costuras, o más bien desgarrones, mostrando que Déjame salir se ha escrito y rodado a brochazos partiendo de unos pocos tópicos a pesar de lo que, incomprensiblemente, anuncian en tanta apasionada crítica. Si pretendes hacerme sufrir por los protagonistas, primero estos tienen que ganarme, resultar verosímiles, aumentar el interés con una potencial evolución en su situación, y luego ya puedes sumergirlos en un entorno (a poder ser inesperado) que los pone en peligro. Es decir, hay que saber cuándo empezar a edificar veladamente la intriga, la atmósfera de misterio, y exponer el peligro latente sobre un protagonista que previamente ha sido bien desarrollado.

Aquí nos intentan describir dos chicos monos y simpáticos y consiguen lo contrario, que resulten un tanto repelentes y sus vidas me atraigan bien poco. No hay química ni ofrecen una personalidad concreta, pero además su postura inicial, de marcada, empieza a rechinar, pues expone claves del argumento antes de la cuenta y con torpeza. Que él sospeche sin venir a cuento con que los padres de su novia, blancos como ella, no van a tratarlo bien por ser negro, es demasiado obvio, y más tras el prólogo. Sin haber mostrado una relación idílica con la que hacer contraste ya me estás tratando de remarcar el conflicto, pero además me da la sensación de que me va a costar creérmelo como víctima, porque el racista lo parece él. Y con el tono tan falso de ella me empiezo a oler que algo oculta: si los padres son chungos, ¿por qué iba a llevar al novio? Allison Williams (Girls) no pega como arpía con doble cara, pero también es cierto que el guion es demasiado superficial y el director no consigue sacar más de los personajes y los actores. Daniel Kaluuya (numerosas series inglesas: The Fades, Skins, Black Mirror, y empezó a sonar en EE.UU. con Sicario) se compromete un poco más, logrando un aceptable recorrido de desconcierto y sufrimiento, así que cabe pensar que si el personaje tuviera más enjundia quizá hubiera logrado algo llamativo.

El viaje hacia la finca de los padres sigue añadiendo metraje que parece sacado del manual de primer curso de guionista. Tenemos el típico momento de sobresalto barato metido con calzador, con el golpe al venado y el policía algo pasado de rosca; en realidad, es el director el que fuerza la escena para que parezca así, porque el diálogo no muestra nada amenazador. Pero además la situación se remata con otro patinazo revelador: la llamada al amigo grita el final de la cinta a los cuatro vientos. Es una escena tan gratuita en ese momento, sin aportar nada a la descripción de los personajes ni a la trama, que está claro que únicamente sirve para presentar la pistola de Chéjov: es un personaje-objeto que se recuperará al final para salvar al protagonista en el momento clave. Seguimos con esa narrativa que es completamente opuesta a la singular y rompedora que se empeñan en ver muchos.

Llegamos a la casa. Me autoengaño con que pronto me sumergirán en un buen ambiente de misterio y habrá unos cuantos sustos. ¿Cómo si no iba a tener tantas alabanzas? La presentación de los padres amaga con recuperar el nivel con un par de diálogos ligeros pero con chispa puestos en boca de dos actores secundarios de lujo como son Katherine Keener y Bradley Whitford. Y luego llega el hermano (Caleb Landry Jones), un personajillo en plan psicópata demasiado trillado, pero también con un par de frases que parecen apuntar momentáneamente a algo más serio y trabajado, aunque sea predecible también, porque te dicen demasiado a las claras que no es de fiar.

Pero me temo que ahí se queda el único amago con ver algo decentillo. En adelante, aunque habíamos empezado en un nivel muy bajo, es todo ir cuesta abajo sin frenos. La presentación de los criados, con mirada y música alarmante, me hizo darle al pause y comprobar que no me había equivocado de película. ¿Cómo se puede ser tan poco sutil? El primer supuesto susto (sí que se ha hecho esperar) es vergonzoso, otro cliché demasiado sobado que meten por la fuerza. La criada anda por la casa y pasa por detrás del protagonista… pero claro, esta gilipollez no da miedo, así que suena a todo volumen como si empezara el ensayo de una orquesta. Menudo estruendo, menudo susto de mierda. En el patio, mientras se echa un pitillo para matar el tiempo, aparece el jardinero corriendo. Otra situación tan trivial que no daría miedo si no fuera porque la orquesta ha subido de tono el calentamiento… En fin, ridículo.

El segundo acto parece que se lanza, de una vez por todas, con la sesión de hipnosis, pero a la larga esto no aporta nada novedoso a la historia. Sólo sirve para inmovilizar al protagonista en los momentos requeridos. Cabe pensar que utilizar este recurso en vez de golpes o drogas es lo que ha llevado a muchos a hablar de originalidad, pero me cuesta creerlo.

La fiesta es un quiero y no puedo que se eterniza. Un par de situaciones raras con gente rara, más recalcar que los criados no son quienes dicen ser, o sea, que también son raros. Uuuh, estoy acojonado. Si la extravagancia y las acciones de estas gentes fueran realmente atípicas y amenazadoras… pero son cuatro clichés triviales de ricos y racistas. Bueno, en realidad sí hay un instante que cumple con ello: el bingo. Pero intenta ser humorístico también, y resulta un despropósito. Así que sigue sin aparecer el suspense, no hay ninguna sensación de peligro inminente sobre los protagonistas, y aunque la hubiera, sus vidas me interesan bien poco. Está claro que algo le hacen a los negros, pero es que por ahora es hasta gracioso: el único negro pendiente de ser abducido es el protagonista, y sé que va a salir airoso. ¿Cómo voy a inquietarme entonces? Hay algo peor que una historia predecible, y es una que también es rematadamente lenta, porque se narra todo con una parsimonia desmoralizante.

Cuando, después de tanto esperar, entramos en las revelaciones y el clímax, lo que venía siendo una cinta desganada, facilona, torpe, entra directamente en la comedia involuntaria, y aunque es justo decir que algunos chistes los buscaban a propósito, hacen más gracia por estúpidos y mal ubicados que por ingeniosos. Como estaba claro, los blancos ricos se dedican a secuestrar negros, aunque mediante un plan lento, farragoso y poco efectivo: la chica se los liga y los lleva a casa. Por muy guarra y seductora que sea, al menos un mes de busca y caza habrá. Una vez los atrae, encima les dan de comer, hacen fiestas… ¿Pero no puedes doblegarlos nada más llegar? ¿Para qué tanta tontería, tanto margen de tiempo para que intuyan algo y escapen? ¿Y dónde quedó lo de atrapar gente por la calle que vimos en el prólogo? Pues se lo ventilan con una explicación en una frase: otros de nosotros usan métodos más brutos. Pues vale, pero sigue habiendo mil formas de capturar gente que no implique el engorroso proceso de ligárselo. Eso sí, lo delirante que es tenerlo como invitado durante un tiempo en vez de iniciar al proceso nada más llegar no se explica, que sin ello no habría película. Pocas veces he visto un argumento tan mal justificado.

La escena en que la chica hace como que busca las llaves mientras él se las pide para irse de la finca entra en las grandes escenas del cine cutre del año. Tan idiota él, que ni amaga con irse por la puerta en vez de soportar tanta tontería, tan forzado el suspense (realmente no hay ningún peligro concreto, seguimos anclados en la idea de que son raros, y claramente es más fuerte que los padres y el hermano drogata, pero no parece darse cuenta), tan ridículo el intento de extender el engaño con que la chica es víctima también, con eso de “no encuentro las llaves” ¡cuando acaban de decirnos a las claras que es cómplice! Es que no parece un clímax real, sino una broma. Como toda la película.

Pero tenemos al protagonista retenido, por fin, como se anticipaba desde su primera aparición. Y no tras un buen rato de intriga, sino con una proyección cansina hasta alcanzar el puro agotamiento. Pero sigo aferrándome a la esperanza. Suspense y sustos no ha habido, pero quizá sude un poco con el cómo escapará… Pues debería haber visto venir que con el nivel mostrado esto no iba a remontar de repente por arte de magia… y aun así sorprende para mal con las salidas de tono, de género incluso, por un lado, y lo poco que se mojan en el esfuerzo del protagonista, por el otro. ¡Cuidado, que está inmovilizado en un sofá ante una tele! Qué miedo. Y resulta que se levanta, suelta un par de hostias y ya está corriendo por ahí. Tanto hipnotismo para nada, pues se pone un cacho de sofá en los oídos y ya es inmune. Una vez en pie es evidente que se cargará a quien se le ponga de por medio, no hay ni un amago de tensión por su destino. Nos ponen un poco de sangre a última hora, a ver si así la atmósfera logra poner los pelos de punta un poco, y para rematar todo, la música en plan coros de clímax épico de una demonios y posesiones no pega ni con cola, resaltando la sensación de chapuza, de tópicos empalmados improvisadamente.

Mientras tanto, vemos la odisea del amigo, aquel de la llamada, por encontrar a su colega desaparecido. Sabemos que va a llegar y a rescatarlo, qué menos que tratar de currarse una situación verosímil de forma que así el intento de generar incertidumbre no resulte impostado (qué casualidad que el único negro que aparezca aparte de los criados sea un antiguo conocido). Pero nos vamos al otro lado, a una subtrama completamente nueva que, atención, se inclina por la comedia. Pero para mantener el nivel, por una rematadamente estúpida. De repente estamos en el típico show afroamericano (a lo que se dedicaba su escritor y guionista hasta ahora, de hecho), estas comedias de veinte minutos protagonizadas por un negrata de barrio, histriónico hasta resultar ruidoso y cargante en vez de gracioso, con chistes de barra de bar, o de esquina de drogas, estúpidos y chabacanos. ¿Qué demonios aporta a estas alturas este receso, este cambio de rumbo tan drástico? ¿Eso es lo que llaman originalidad? Tuvimos un gran ejemplo reciente de cómo incluir humor entre sustos con La visita de Shyamalan, donde encajaba de maravilla. Lo de aquí mí me pareció ridículo y el remate en una cinta que termina siendo verdaderamente insoportable.

Y no me olvido de que por fin explican qué hacen con los negros. Pero mejor se lo hubieran ahorrado. Convertirlos en esclavos mediante la hipnosis era lo más lógico, pero se ve que en el género hay que meter un giro final absurdo, así que toma: los ricos que llegan a la vejez trasplantan sus cerebros a los negros jóvenes y de físico superior. Qué racistas más extraños, oye. Pero sobre todo, qué soberana gilipollez: se quedan medio mongolos, de forma que sólo valen como criados en vez de poder seguir con sus vidas normales. Y por si fuera poco, las personalidades originales quedan ahí luchando. ¿Quién en su sano juicio querría extender su existencia en una agonía así? Vale que están locos, pero es tan absurdo… ¿O es que es otro intento de chiste? Los ricos terratenientes acabando como lo que odiaban, los seres inferiores usados como esclavos. Pero lo hacen voluntariamente, así que no es una situación irónica. ¿Es esa la “certera crítica social” que le ven muchos? Termina de hundirse porque los diálogos y escenarios son vergonzosos. Justifican con una frase chorra el que estén explicándole al tipo al que van a joder cómo le van a joder, para luego seguir con una sobre explicación aún más evidente del proceso. Un guionista profesional expone el asunto sin tanta obviedad. De hecho un simple plano al quirófano y al cerebro abierto del receptor da sentido a toda la situación.

Acaba la cosa como estaba claro que iba a acabar: el prota se libra gracias al amigo que llega, por supuesto, justito en el último momento, y a que en uno de los criados (el jardinero-abuelo) se sobrepone la personalidad original justo también antes de disparar. Súper original, inesperado y sobrecogedor todo.

Y así tenemos “una de las películas de terror más terroríficas, originales e inteligentes de los últimos años”…

No respires


Don’t Breathe, 2016, EE.UU.
Género: Suspente, terror.
Duración: 88 min.
Dirección: Fede Álvarez.
Guion: Fede Álvarez, Rodo Sayagues.
Actores: Stephen Lang, Jane Levy, Dylan Minnette, Daniel Zovatto.
Música: Roque Baños.

Valoración:
Lo mejor: La atmósfera de suspense es fantástica, los sustos son numerosos y bastante efectivos.
Lo peor: Quizá su falta de trascendencia le impide dejar huella.

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Alerta de spoilers: Sólo presento el argumento. —

Este es uno de esos casos atípicos que nos recuerdan que no tiene por qué ser un problema el que todo parezca estar inventado (en cualquier ámbito y arte, pero aquí obviamente me refiero al séptimo arte), pues una historia clásica e incluso predecible puede funcionar muy bien si se pone esfuerzo y pasión en ello, y, por supuesto, si sus autores están a la altura. El uruguayo Fede Álvarez demostró ser un gran artesano del cine de suspense con el remake de Posesión infernal, pero incluso con esas No respires ha sorprendido bastante. Su aspecto entre la serie b (en plan Saw) y lo comercial (como Insidious) echaba para atrás, pero por suerte el boca a boca ha ido transmitiendo sus virtudes y está ganando un poco más de fama; en taquilla ha llegado a 160 millones de dólares partiendo de un presupuesto de 10, y supongo que en dvd/bluray tendrá gran tirón. Veremos si la segunda parte, ya en marcha, lanza la saga al mundo entero o se queda con la etiqueta de “película de culto”.

La premisa es tan básica y poco prometedora… Unos adolescentes, un escenario cerrado, un loco asesino. Parece que no hay mucho margen para generar tensión por sus destinos y forjar una atmósfera que logre transmitir terror. El breve primer acto desde luego no apunta muy alto. Tras un prólogo fugaz e innecesario (dos minutos después te olvidas de qué era, y mejor, porque es un spoiler absurdo) nos presentan a un trío de jóvenes que asaltan casas. Unos pocos clichés tratan de dibujar una personalidad concreta antes de meterlos en faena, y si funciona es básicamente porque los actores, los tres jóvenes pero con bastante experiencia, resultan muy competentes, y porque se no consume mucho tiempo en el proceso. Sin duda podría haberse conseguido un guion que ofreciera una introducción más inteligente y original, pero viendo la celeridad con que acabamos dentro de la pesadilla se perdona: no importa mucho de dónde vengan, y no le prestas mucha atención a sus esperanzas sobre el futuro, lo relevante es el atraco que acaba convirtiéndose en una pesadilla y la intriga por cómo saldrán de esa situación.

Hay que decir que, una vez dentro de la pequeña casa, de nuevo parece que esto no va bien encaminado, pues tenemos una escena muy típica y tontorrona, la de la alarma que ofrece un momento de tensión forzado: se supone que sonará a los treinta segundos, pero puedes contar unos cuarenta y cinco… Pero de ahí en adelante el suspense emerge de golpe para no desvanecerse en ningún momento. El anciano propietario, un veterano ciego y afligido por la pérdida de su hija, se despierta… La presencia imponente e inquietante que logra Stephen Lang (Avatar) es digna de recordar. Sus movimientos, con unas poses animalescas espeluznantes, la gutural, áspera, y resquebrajada voz que se mete en los huesos (el doblaje es bastante bueno, pero aun así pierde bastante), la habilidad de Fede para hacer que llegue de improviso o que pase por el pasillo como un monstruo imparable mientras los protagonistas tratan de esconderse… Es increíble cómo con tan poco se puede conseguirse un villano de género tan memorable. Sin casquería (no es gore, como Posesión infernal), sin excesos, sino con sutileza y buen hacer. Incluso los giros más locos son muy eficaces, llegan en el momento justo, encajan en el argumento (todavía tengo atragantadas las paridas que metía Saw cada dos por tres) y aumentan el nivel de desconcierto y acojone de forma impresionante.

Fede exprime al máximo cada habitación, cada pasillo, cada precario escondite. Hace gala de una dirección sobria, metódica, con una visión de conjunto ejemplar donde pasa completamente del artificio facilón (no existen los cansinos sustos sonoros ni otros recursos baratos). Utiliza planos secuencia tan logrados como necesarios, hace un uso del silencio y la espera magistral, recurriendo lo justo y necesario a la correcta música de Roque Baños, y efectúa cambios de tono muy sabios que mantienen la angustia siempre a flor de piel (si repite una habitación, es en un estilo muy distinto: alucinante cómo exprime el sótano). Cada escena tiene su fórmula, y aunque algunas sean muy clásicas (el sótano a oscuras), el juego del escondite, la caza interminable, los subidones de estrés y miedo y los giros inesperados garantizan que no haya un minuto de descanso, un rincón seguro donde recuperar la cordura y buscar una salida. El factor previsibilidad lo sortea con destreza, en cantidad de ocasiones te coge desprevenido, crees que se está acabando todo y te lanza a otro clímax monumental (¡el puto perro!); y si no da igual, porque el ambiente sofocante te tiene atrapado y te engañará.

No respires es una experiencia tan inesperada como gratificante, si es que te gusta sufrir con una película. Quizá le pesa algo su falta de trascendencia, destacando el escaso recorrido emocional de los personajes, pero aun así se puede ver varias veces sin que pierda capacidad de entretener y de dejarte un mal cuerpo durante hora y media (por suerte no meten relleno para llegar a las dos horas, algo habitual hoy en día). Y desde luego, el primer visionado garantiza sudores, agobio y sustos en cantidad.

La visita


The Visit, 2015, EE.UU.
Género: Suspense, terror, drama.
Duración: 94 min.
Dirección: M. Night Shyamalan.
Guion: M. Night Shyamalan.
Actores: Olivia DeJonge, Ed Oxenbould, Deanna Dunagan, Peter McRobbie, Kathryn Hahn.

Valoración:
Lo mejor: Una atmósfera inquietante con tramos perturbadores. Una combinación de géneros (sólido drama, inesperada comedia negra) que ofrece un filme con bastante personalidad y originalidad.
Lo peor: No ha alcanzado la fama merecida, mientras infinidad de títulos de escasa calidad han tenido más éxito.
Mejores momentos: Los bajos de la casa. La última noche juntos: juegos, sótano, revelaciones…
Versiones: Al parecer Shyamalan rodó dos versiones opuestas de la película, una en plan comedia, otra de terror puro. Al final optó por un término intermedio.

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Después de las numerosas mediocridades que ha dado el cine de “metraje encontrado”, eso de que vemos la película como si hubiéramos hallado una grabación amateur e improvisada de los hechos, y de lo bajo que estaba cayendo la carrera de M. Night Shyamalan después de empezar tan, tan alto, no tenía esperanzas en La visita. Pero me he llevado una grata sorpresa. Alejándose de las limitaciones artísticas que implica trabajar para un gran estudio (te obligan a seguir una línea –como él dice, le gusta experimentar, como es obvio viendo cómo jugó aquí con el terror y la comedia para ver qué le gustaba más-, te imponen ideas sobre la marcha, te quitan el montaje final, te publicitan la película como algo que no es –El bosque no era de terror, mucha gente fue engañada y no la entendió-), volviendo a sus raíces de cine de autor, recuperamos a la mente inspirada y al hábil artesano de misterio y horror que es capaz de llevar el género a nuevas fronteras, de sorprender con ideas y argumentos tremendamente originales.

La narrativa a lo grabación casera fluye de forma más verosímil y efectiva que de costumbre, logrando alejar la cinta de todos esos engendros que van de originales pero resultan forzados y llenos de viejos clichés mal disimulados. Sí, hay algún momento donde parece que el chaval consigue planos muy artísticos a pesar de estar en situaciones de tensión, o donde aparece un efecto sonoro de la nada para terminar de meter miedo (debajo de la casa suena un murmullo de origen desconocido), pero por lo general el relato se desarrolla de forma más espontánea, verosímil, hasta en los instantes de mayor caos. De hecho va incluso más allá, porque también logra distanciarse de los problemas que arrastra el terror en general: historias repetitivas, personajes planos, y abuso de sustos básicos.

El suspense y el terror se manifiestan a través de situaciones más o menos cotidianas y terrenales, pero realzadas en su versión más perturbadora, es decir, mantiene una conexión con la realidad, no hay entes fantasiosos cuyas reglas tienes que definir si no quieres que resulte confuso (por ejemplo It Follows e Insidious no tenían ni pies ni cabeza), sino una sensación desagradable de “eso podría pasarme a mí”. Los entrañables abuelos se convierten poco a poco en la peor pesadilla de los chavales: un rasgo de demencia por aquí, una situación incómoda por allá (los pañales), y Shyamalan te empieza a poner nervioso. Cuando la cosa comienza a irse de madre, con la abuela sonámbula y el abuelo haciendo otras cosas raras, acabas sumergido en un ambiente de terror psicológico de muy buen nivel: desasosegante, desagradable a veces, imprevisible en muchos momentos, y con sustos bastante efectivos. Sólo con un cuento relatado por la abuela es capaz de dejarte mal cuerpo, así que las escenas más explícitas dan bastante canguelo. En estas condiciones no se puede criticar negativamente que termine recurriendo a algún cliché del género: la visión nocturna no parece forzada, sino que llega en el momento justo en que permite rematar la escena pasando de la congoja a las ganas de salir corriendo. Y no falta el giro final que pone patas arriba todo lo que llevamos visto y te deja, como se suele decir, con el culo torcido.

A través de los protagonistas construye un drama con la suficiente profundidad e interés como para llegar con fuerza al espectador. Los chicos sufren las secuelas de la separación familiar, con sentimientos como ansiedad y culpabilidad que explotan en forma de tics y limitaciones de funcionamiento social (ella no se mira al espejo, él está obsesionado con los gérmenes). La madre no está mejor, porque arrastra la lejana y dolorosa separación con los padres. Es decir, se habla, más o menos sutilmente, de problemas de relaciones: familias rotas, soledad, perdones, orgullo mal entendido… Así pues, el terror psicológico sale muy reforzado al tener unos roles con los que identificarse férreamente, mientras que en el subgénero de “metraje encontrado” se alza como la única propuesta seria y sólida, lejos de los artificios vacuos habituales. No hay más que comparar con Cloverfield (Monstruoso), incomprensiblemente una de las más exitosas de este estilo, cuyos caracteres oscilaban entre lo insustancial y lo cargante y se convertían pronto en una barrera a la hora de sumergirte en una historia que al final también se quedaba en dos topicazos cutres a pesar de tanto enredo visual. Y cabe destacar el impecable papel de los ancianos Deanna Dunagan y Peter McRobbie y la asombrosa naturalidad de los dos jóvenes intérpretes, Olivia DeJonge y Ed Oxenbould. Es una vergüenza que no hayan tenido en cuenta a los últimos en la temporada de premios.

Además Shyamalan también se atreve con la comedia, alegrando pasajes de transición, tirando hacia un humor negro que descoloca (el chiste del crío justo después de uno de los sustos más gordos, el de la abuela desnuda: “¡Me he quedado ciego!”), e incluso soltando algunos destellos de auto parodia extraños pero efectivos (el típico trueno que llega en el momento justo para rematar un susto consigue, en una de las apariciones más locas del abuelo, terminar de formar una escena desconcertante). Por último, también se podría señalar alguna referencia a cuentos clásicos (de esos inicialmente de miedo pero de los que han ido calando más las versiones infantiles, por Disney principalmente), sobre todo Hansel y Gretel de los Hermanos Grimm. La escena de la abuela (bruja) y el horno es el mejor ejemplo, y no está excenta del tono de recochineo tan peculiar.

Lo único que acusa La visita es la maldición propia del cine de terror: en siguientes visionados obviamente los sustos no te acojonarán tanto. Pero, al contrario de lo que suele ser también habitual, al abordar con inteligencia y gran originalidad otros géneros permite que se pueda disfrutar una y otra vez. Shyamalan añade a su currículo otra de suspense y terror original y con personalidad bastante superior a la media… pero que también ha sido bastante incomprendida, como las magistrales Señales y El bosque. Al menos costó poquísimo (cinco millones de dólares) y casi llega a los cien, así que rentable ha sido. Espero que el tiempo la vaya poniendo en su lugar.

Ver también:
After Earth.
Airbender, el último guerrero.
El incidente.
La joven del agua.

The Conjuring 2 (Expediente Warren: El caso Enfield)


The Conjuring 2, 2016, EE.UU.
Género: Terror.
Duración: 134 min.
Dirección: James Wan.
Guion: James Wan, Carey Hayes, Chad Hayes, David Leslie Johnson.
Actores: Patrick Wilson, Vera Farmina, Madison Wolfe, Frances O’Connor, Lauren Esposito, Benjamin Haigh, Patrick McAuley, Simon McBurney, Franka Potente.
Música: Joseph Bishara.

Valoración:
Lo mejor: Cantidad de suspense y sustos. Buen ritmo. Banda sonora monumental.
Lo peor: Abusa un poco de sustos sonoros y de metraje. Merecía un desenlace más elaborado.
Mejores momentos: Cada plano a la tienda de campaña. El cuadro de la monja.
La frase: ¡Es mi casa!
El título: Es demencial, cada vez tienen menos sentido lo que hacen en las distribuidoras españolas. Han mareado cambiándole el nombre varias veces sin saber qué ponerle y tratando de meter de alguna manera The Conjuring por ahí (Expediente Warren 2: The Conjuring, se llamaba inicialmente), algo de lo que luego desistieron… para metérselo a la primera parte. Sí, han terminado cambiándole el nombre oficial a la primera también (antes Expediente Warren, ahora Expediente Warren: The Conjuring). También es cierto que el original es muy ambiguo, pues conjuro como que no hay, sino posesiones y poltergeist… Pero es su título y punto, no eres quién para modificarlo a tu gusto. Al final la gente la conoce como The Conjuring, como suele pasar.

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The Conjuring fue un éxito rotundo. Con veinte millones de dólares de presupuesto, el boca a boca y las buenas críticas la llevaron a recaudar más de trescientos. Y es que inesperadamente fue una cinta de terror que aterraba, algo nada común en un género ahogado en series b olvidables en su mayoría, empezando por la propia filmografía del director James Wan: perpetró series chusqueras pero exitosas como Saw e Insidious, y no tiene reparos en dejar que otros extiendan su legado: Annabelle. En este panorama, excepciones como The Conjuring, La visita, Babadook y La bruja son casi milagros, y claro, la gente se excita más de la cuenta, como si estuviéramos ante obras maestras, ante cintas revolucionarias. Y no, son buenas sin más.

The Conjuring 2 mantiene las formas del capítulo inicial. No es nada novedosa (El exorcista es la primera que viene a la mente), se aferra demasiado a los elementos de probada eficacia sin atreverse a experimentar, a buscar novedades, pero se ve esfuerzo por narrar las cosas bien, por construir unos pilares sólidos antes de incluir los sustos de rigor. Porque todavía hay muchos que no se enteran de que un golpe sonoro y el fantasma o monstruito de turno (incluido el propio Wan con Insidious) no basta para acojonar. Hay que plantar y regar una historia en la que puedas sumergirte, unos personajes con los que conectar y una atmósfera sugerente que te ponga con los nervios a flor de piel.

Nada más empezar se nota que se esmera en dotar de vida y personalidad a los protagonistas de forma que, aunque es muy fácil saber qué capítulo vendrá a continuación, no importa demasiado porque estás implicado de lleno con las dos familias, intrigado por cómo saldrán de esa. Tan sólo hay un detalle criticable: le sobra el tono absurdo de “estoy ocurrió de verdad” del prólogo y el epílogo, como si trataran de defender esta leyenda y a los timadores y fanáticos/dementes implicados. Pero por suerte luego no tratan de explicar la fantasía con chorradas pseudocientíficas como en Insidious.

En lo que se diferencia respecto a la anterior es que Wan persigue más de la cuenta la clásica idea de que la secuela debe ser “más y mejor”. Por suerte, los nuevos puntos grises no llegan a convertirse en fallos importantes porque se eclipsan bastante por sus muchas virtudes, pero obviamente queda la duda de si cambiando poca cosa podría haber salido una mejor película.

Primero, casi cae en el error de excederse un poco con los golpes de sonido. Pero hay que decir que estos se emplean como sobresaltos secundarios o sustos rápidos que van salpicando un relato tenebroso, agobiante, con tramos angustiosos y donde hay otros muchos sustos de primer orden que te pondrán los pelos de punta. La tienda de campaña en el pasillo, el sofá inquietante (un cliché viejísimo pero bien usado) y sobre todo la maldita monja y su cuadro garantizan momentos de buen terror incluso para el espectador más curtido. La escena del cuadro a oscuras es espeluznante, a la altura de la bajada del sótano que acaba en aplauso de la primera parte. Además la calidad del sonido es muy buena, y para rematar tenemos una banda sonora de Joseph Bishara muy inteligente y compleja: infinidad de recursos y estilos acompañan a las imágenes formando varios puntos álgidos espectaculares.

También está a punto de pasarse con el metraje, pues hay un par de escenas redundantes que se podría haber ahorrado. Una clara es la reunión en un bar, que no aporta nada, pero el momento guitarra también es prescindible, se extiende mucho para transmitir algo ya evidente. En cambio debería haber puesto esos minutos en la parte final, pues el desenlace me parece un poco precipitado: le hubiera venido bien una lucha más elaborada con el demonio, pues el clímax se presenta muy intenso pero se resuelve con demasiada facilidad, con un truco muy simple. Pero en líneas generales el ritmo es bastante bueno, siempre están pasando cosas, no hay lugar al descanso. Si la parte de la familia víctima está en un receso obligado (como la huida a la casa de los vecinos), nos vamos al hogar de los Warren a desarrollar estos caracteres y pasar miedo ahí. Prácticamente cada capítulo tiene su intento de asustar, y la verdad es que no parece forzado, incluso los más tramos más débiles mantienen cierta tensión y van desarrollando la historia y moviendo a los personajes con bastante tino. Pero como decía, cabe pensar que recortando y afinando los breves momentos poco sustanciosos y los repetitivos, y exprimiendo mejor el final, la proyección hubiera sido una auténtica montaña rusa.

El buen trabajo actoral, donde de nuevo tenemos actores muy jóvenes bien seleccionados y veteranos de buen nivel, se ve empobrecido un poco con el doblaje, lleno de voces demasiado comunes o poco adecuadas (lo típico de que algunos niños suenan falsos), con lo que continúo esperando el día en que los cines tengan salas en versión original subtitulada en castellano. Alguno hay, pero siguen siendo muy pocos. Entre esto, la poca calidad de muchos cines (por dejadez de sus encargados), las miserias de las distribuidoras (la Warner pide tanto dinero que no pueden hacer ofertas como el día del espectador) y el no aguantar jaleos (la sala llena de adolescentes maleducados), cada vez somos más los aficionados que muchas veces preferimos esperar al bluray. Luego lloran de la pérdida de espectadores…

Babadook


The Babadook, 2014, Australia, Canadá.
Género: Suspense, terror.
Duración: 95 min.
Dirección: Jennifer Kent.
Guion: Jennifer Kent.
Actores: Essie Davis, Noah Wiseman.
Música: Jed Kurzel.

Valoración:
Lo mejor: Inquientante, agobiante, y con un par de sustos de calidad. Los dos actores principales.
Lo peor: Muy predecible, y se queda algo corta.
Mejores momentos: ¡Baba dook, dook, DOOOOK!
La frase: ¡Baba dook, dook, DOOOOK!

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Tengo que admitir que Babadook sin sorprender consigue sorprender. Me refiero a que es capaz de causar impresión con una premisa muy vista en el género, de hecho es bastante predecible en muchos tramos. Y es que, al contrario que en la fallida It Follows (otra que pegó fuerte en 2014), aquí se demuestra que contando las cosas bien puedes lograr una un relato muy digno en un estilo muy agotado.

No hay nada nuevo en la presencia de monstruo/fantasma acosador, personajes cayendo en la paranoia, casa misteriosa/encantada y situación de aislamiento (aunque en este caso no es total). Pero su autora Jennifer Kent se esmera en construir un relato equilibrado donde no se vean mucho los trucos e influencias y se expriman las emociones. Pone especial cuidado en dotar de vida a los personajes para que podamos integrarnos con ellos plenamente en una atmósfera construida también con dedicación y habilidad: utiliza una larga, larguísima introducción que va cimentando la relación familiar, las situación trágica y delicada que viven, y poco a poco siembra la semilla del desconcierto, para luego aflorar la inquietud y finalmente explotar la paranoia.

La sensación de que esto acabará en tragedia y la intriga de quién de los dos será el que pierda el juicio y asesine al otro ofrece un creciente estado de desasosiego y varias escenas turbadoras. Y cuando llegan los pocos sustos, porque muchos no tiene, estos dejan un mal cuerpo durante bastante minutos. La principal aparición de Babadook, con su espeluznante grito, es para salir corriendo del cine o de casa sin mirar atrás. Por ello es una pena que momentos así haya tan pocos, que se centre tanto en el terror psicológico y no aproveche todo el potencial de horror puro. El tramo final lo acusa bastante, porque cuando la tensión está al máximo resulta que acaba de forma bastante básica, sin dirigirse a un clímax de infarto que exprima la atmósfera tan sugestiva. También le pesa su falta de novedades. Engaña en parte porque te atrapa con fuerza con los personajes, pero sabes perfectamente qué ruta seguirá la historia aunque algunas curvas te hagan sufrir.

La puesta en escena templada, sin abusos (como por ejemplo de los cansinos golpes sonoros de multitud de filmes) ni excesos, consigue sacar el máximo partido del escenario principal, la casa, pero también de otros secundarios breves pero primordiales, como el coche, donde juega muy bien con la separación entre asientos para crear distanciamiento entre madre e hijo, o la fiesta de cumpleaños, con el contraste que hace con la luminosidad y el vestuario chillón de los demás invitados, matizando lo fuera de la vida real que están los protagonistas. Y como decía, que los hechos ocurran en una casa de aspecto rústico (no destartalada, pero tampoco preciosa), con madera, puertas chirriantes, escaleras inquietantes… pues no es original, pero funciona sin problemas: el ambiente hogareño no empieza bien, con la situación de familia rota y angustiada, y poco a poco la propia residencia, la concepción de hogar, se va volviendo en su contra, convirtiéndose en una prisión mental cuyos recovecos empiezan a ser más oscuros y más hostiles.

Prácticamente sólo tenemos dos actores principales, y los dos están estupendos en unos papeles muy exigentes. Essie Davis como la madre inmersa en una pesadilla, a punto de la locura, clava los momentos de desesperación. Noah Wiseman asombra a pesar de su juventud con un papel muy natural en general, pero también está impresionante en los momentos más difíciles. Como la cinta no tuvo éxito ni supongo un gran empuje por parte de la distribuidora, no optó a premios en esta categoría, pero desde luego en un mundo más justo y objetivo estas dos notables interpretaciones hubieran recibido más aplausos.

Tusk


Tusk, 2014, EE.UU.
Género: Suspense, terror, comedia.
Duración: 102 min.
Dirección: Kevin Smith.
Guion: Kevin Smith.
Actores: Justin Long, Michael Parks, Haley Joel Osment, Genesis Rodriguez, Johnny Depp.
Música: Christopher Drake.

Valoración:
Lo mejor: Fingir que no existe.
Lo peor: Insoportable, una pérdida de tiempo total
El título: Tusk significa cuerno.

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Entre sus muchos proyectos humorísticos Kevin Smith tiene un podcast (un programa de radio que emite por internet) llamado SModcast, donde él y sus invitados hablan de temas variados. Una de las historias que allí relataron sirve de base para esta Tusk, que pretende además ser el inicio de una trilogía llamada True North Trilogy.

Dos jóvenes que realizan un podcast se han hecho famosos y bastante ricos. Preparando próximos programas uno de ellos viaja a Canadá para entrevistar a un tipo de los que parodian en el show, es decir, otra “figura” de internet. Pero el protagonista acaba en garras de un lunático y será presa de sus crueles experimentos.

Tusk es comedia de terror, no de las estúpidas tipo Scream, ni de las ingeniosas tipo La cabaña en el bosque, sino más de descolocar con salidas extrañas, humor absurdo, y situaciones grotescas a lo The Human Centipede. Pero ni da miedo, ni causa gracia alguna. Es caótica y aburrida hasta resultar verdaderamente insoportable. Capítulos larguísimos carentes de ritmo y contenido, diálogos inflados que no llevan a nada, personajes que prometían pero se estiran y deforman hasta acabar resultando cansinos, situaciones salidas de madre que no causan impresión alguna porque son giros metidos porque sí sin atender a la progresión de la intriga, el drama y el humor. Es como una serie de sketches puestos en fila, pero todos horrendos y anticlimáticos.

La puesta en escena me parece más equilibrada que en Red State, pero sin guion poco puede hacer, y además una escenificación tan estática no ayuda al ritmo. El reparto es irregular, algunos porque los personajes no dan nada de sí. El protagonista Justin Long y sus muecas me ponen nervioso, Jaley Joel Osment aporta bien poco, se nota que no se hace al simplón personaje, y Génesis Rodríguez al menos apunta maneras, porque además de guapa no lo hace nada mal. Hacia el final aparecen las hijas de Kevin Smith en papeles menores y un Johnny Depp caracterizado hasta resultar irreconocible en un detective surrealista realmente ridículo. Y Michael Parks, del que más esperaba tras su papelón en Red State, no deslumbra al tener un rol que el guion no logra convertir en el gran monstruo inquietante que se pretende.

Un fracaso artístico absoluto, y el resto de la serie apunta al mismo estilo. Pues hasta que se digne en lanzar Clerks III, Kevin Smith pasa a cuarentena.