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Godzilla: Rey de los monstruos


Godzilla: King of the Monsters, 2019, EE.UU.
Género: Acción, fantasía.
Duración: 132 min.
Dirección: Michael Dougherty.
Guion: Michael Dougherty, Zach Shields, Max Borenstein.
Actores: Kyle Chandler, Vera Farmiga, Millie Bobby Brown, Ken Watanabe, Ziyi Zhang, Bradley Whitford, Sally Hawkins, Charles Dance, Thomas Middleditch, Aisha Hinds, David Strathairn, O’Shea Jackson.
Música: Brear McCreary.

Valoración:
Lo mejor: Ritmo trepidante. Efectos visuales y sonoros de impresión. Reparto de primer nivel y personajes muy correctos.
Lo peor: La niña es una presencia un poco forzada y da más tumbos de la cuenta. Algunos agujeros de guion y situaciones mal justificadas.

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Me quejé en la primera parte de que el dramón personal metido con calzador rompía el ritmo y el tono, que debían haberse centrado más en las aventuras de los soldados y otros implicados en el lío con Godzilla en vez de salirse por la tangente con topicazos tan tontos. Esta nueva entrega mejora en ese aspecto, dando como resultado un hilo conductor más claro y unos protagonistas que en todo momento están haciendo cosas relacionadas con el conflicto central.

Sin llegar a resultar deslumbrante y teniendo algunos bajones, el repertorio de personajes es bastante interesante, tanto por el estupendo reparto elegido como porque se alejan de los arquetipos de siempre, resultando superior a la media en el cine de acción contemporáneo. Kyle Chandler es un valor seguro, y compone un líder creíble, lejos del cliché cansino de genio infalible que suele verse en el género. Como punto de partida de su arco tenemos dramático el típico trauma familiar, pero no engulle al personaje ni se ahoga en ñoñerías, y su evolución es sencilla pero está bien hilada. Vera Farmiga tiene un rol sorprendentemente ambiguo que sólo desmerece un poco porque en el tercer acto no saben muy bien como cerrar su historia; la tonta escena en que no corre cuando debe para así sufrir más peligros y el intento de redención de rigor no están a la altura. Ken Watanabe ya no aparece solamente para soltar frases explicativas, aporta algo más de vidilla al conjunto. Bradley Whitford es otro placer de ver, y más en un secundario tan simpático. Y hay numerosos técnicos y soldados metidos siempre en todo embrollo aportando su granito de arena, de forma que no parecen extras sin alma ni que lo resuelven todo unos protagonistas más cercanos a superhéroes.

No funcionan tan bien Charles Dance, que tiene un villano algo justo, porque es más bien el catalizador de la catástrofe y el actor no se esfuerza mucho, ni la doctora encarnada por Sally Hawkins, que pasa sin pena ni gloria, tanto que ni recordaba que salía en la primera parte junto a Watanabe hasta que vi los créditos de ambas para hacer la crítica.

Da la impresión de que Millie Bobby Brown causó tan buenas impresiones en Stranger Things (2016) que o consiguió algún padrino con poder o todo el mundo se pega por ella, porque parece un poco ajena a la película, como incluida para exprimir su éxito. Al menos, la chica tiene un talento y una simpatía que salvan bastante su forzada presencia, y como indicaba, la historia familiar está bien relacionada con la trama, va al grano sin atascarse en sentimentalismos de baratillo. Inicialmente cabe preguntarse qué hace en un sitio secreto donde se realizan pruebas peligrosas, pero bueno, está claro que la madre no está muy sana. Sólo en el último acto patinan con ella, pues fuerzan su presencia en el caos: ¿esta joven tan inteligente y resolutiva se queda a esperar a los monstruos?, ¿y por qué la encuentran entre los escombros sin respirar, como ahogada, si no estaba bajo el agua?

Estos agujeros no son los únicos, parece que al guion le ha faltado un último repaso que diera más coherencia y disimulara mejor las situaciones desarrolladas a conveniencia de los escritores. Qué absurdo resulta que todos los protagonistas vayan en el helicóptero final de rescate, en vez de estar en la nave nodriza u otro lugar seguro como hasta ahora, todo para tener un plano final molón. El suicidio de un personaje resulta muy artificial, todo falla porque sí para que haya que enviar a alguien… y no envían a ningún marine entrenado; lo mismo cuando otro personaje principal tiene que ir al hangar a solucionar problemas para los que no está cualificado, cayendo momentáneamente en ese cliché del héroe que vale para todo; y además, esta escena no sé a qué viene, son minutos perdidos. Aparte, los reiterativos chistes sobre el apareamiento de las criaturas son vergonzosos.

De nuevo los productores han arriesgado al elegir un director con poca experiencia para ponerlo al frente superproducción mastodóntica, pero en este caso también destaca que ha tenido una carrera muy irregular como escritor: de X-Men 2 (2003) pasó a Superman Returns (2006) y títulos de terror cutre (donde se estrenó tras las cámaras) hasta acabar en X-Men: Apocalipsis (2016). Y de nuevo han acertado. Michael Dougherty halla un buen equilibrio entre el espectáculo, el desarrollo de la trama, el arco dramático de los personajes y, lo más importante, es capaz de conseguir que una premisa descabellada parezca lógica y ni la situación más exagerada te saque de la proyección.

La amplia diversidad de escenarios se va sucediendo con naturalidad, sin sensación de que las cosas van pasando porque sí como en muchas otras del género. El ritmo es fluido cuando no trepidante, y en lo audiovisual resulta un espectáculo asombroso. Los efectos especiales son magníficos y los utiliza de maravilla, y aunque quizá hay demasiadas escenas en oscuridad y lluvia para facilitar el trabajo con lo digital, sólo le pondría pegas a la pelea en la Antártida, muy oscura y poco original. Los efectos sonoros son impecables, en un buen equipo casero o cine resultan sobrecogedores.

Tras el listón tan alto que dejó Alexandre Desplat en la banda sonora de Godzilla pensé que no volveríamos a escuchar nada semejante a menos que volvieran a contratarlo; de hecho, la labor de Henry Jackman en Kong: La Isla Calavera fue muy flojita. Pero han tenido buen ojo con Brear McCreary, quien deslumbró con su presentación en Battlestar Galactica (2004): compone una colosal obra de acción, con homenajes magníficos al Gojira de Akira Ifukube que marcó el tono en la serie japonesa en los capítulos principales.

Otro aspecto destacable es que este episodio asienta muy bien un universo mitológico particular, pues en el primero no parecía realmente que buscaran crear una serie. El origen de las criaturas, las civilizaciones antiguas, las organizaciones que luchan contra ellas o intentan adaptarse… Da la sensación de que han asentado unas buenas bases desde las que podrán hacer secuelas de distinto pelaje si son capaces de mirar más allá de repetitivas luchas de titanes y destrucciones de ciudades. Desde luego Kong: La Isla Calavera, con su propio estilo bastante diferenciado, parece indicar que lo tienen claro.

Les ha faltado pulir los detalles y algo de innovación en el tercer acto para resultar una gran película, pero como cinta de acción sin pretensiones es de lo mejorcito de los últimos años. No entiendo que las críticas la pongan por debajo de la primera parte, es indudablemente más sólida y asombrosa. Aun así, por ahora mantengo a Kong: La Isla Calavera como la más interesante de la serie por tener más personalidad.

Ver también:
Godzilla (2014)
Kong: La Isla Calavera (2017)
-> Godzilla: Rey de los monstruos (2019)

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