El Criticón

Opinión de cine y música

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Emboscada final (The Highwaymen)


The Highwaymen, 2019, EE.UU.
Género: Suspense, policíaco, drama.
Duración: 132 min.
Dirección: John Lee Hancock.
Guion: John Fusco.
Actores: Kevin Costner, Woody Harrelson, Kathy Bates, John Carroll Lynch, Thomas Mann, William Sadler, David Furr.
Música: Thomas Newman.

Valoración:
Lo mejor: Reparto y personajes. Un policíaco con sabor a clásico…
Lo peor: …aunque se queda algo corto en ritmo y novedades. El revisionismo feminista.
El título: Una traducción más fiel sería Bandoleros, que no suena a telefilme de fin de semana como el elegido.

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La historia Bonnie y Clyde y asociados la conocemos bien en España por la infinidad de títulos que ha habido al respecto, pero en Estados Unidos cabría pensar que ya estarán hartos de estos famosos bandoleros. Pero Netflix otro acercamiento, produciendo un guion que John Fusco llevaba quince años queriendo poner en marcha, de hecho, en su momento pensó en Paul Newman y Robert Redford como protagonistas. Fusco tiene en su haber alguna de aventuras (Hidalgo -2004-, El reino prohibido -2008-) y la serie Marco Polo (2014), nada digno de alabar. El director John Lee Hancock tuvo cierto éxito y algunos premios con cintas como Un sueño imposible (2009) y Al encuentro de Mr. Banks (2013) y guiones como Un mundo perfecto (1993) y Medianoche en el jardín del bien y del mal (1997). Los actores finalmente elegidos no tiene menos potencial que la propuesta inicial. Woody Harrelson no posee una carrera con tanto prestigio como la de Kevin Costner, pero sí es bien larga y en sus últimos años ha dejado muy buenos papeles, como en la primera temporada de True Detective (2014) y Tres anuncios en las afueras (2017).

Fusco pretende un acercamiento más realista, lejos de la mitificación que la banda se llevó en su época y en los primeros libros y películas sobre su vida (las más famosa, la de Arthur Penn en 1967, con Warren Beatty y Faye Dunaway). La descripción de aquellos tiempos y los hechos no se anda con romanticismo: la crisis económica y social de los años veinte queda bien patente, los Clyde son retratados como criminales peligrosos, no como unos Robin Hood, la política y la ley tienen sus fallas, los protagonistas distan de ser héroes impolutos, y la emboscada donde cazaron a los perseguidos fue una ejecución sin juicio y bien sanguinaria. También toma una perspectiva distinta, pues se centra solamente en el lado policíaco y muestra a los Clyde fugazmente.

Sin embargo, a la hora de la verdad no logra novedades suficientes. El cambio de enfoque no sorprende, pues el policíaco estilo road movie (pareja en la carretera) está muy visto y la cinta no ofrece nada distintivo. En el apartado histórico cumple bastante bien, incluso cuando eso significa perder sentido del espectáculo, como en el final. Pero hay que señalar que cae en uno de los peores vicios actuales: el revisionismo moderno de tintes feministas es para poner el grito en el cielo. Se tiene por casi seguro que Bonnie no tocó un arma en ninguna de las fechorías de la banda, que era simplemente la chica enamorada del tipo duro, y como mucho hacía algún trabajo logístico… que es la forma elegante de decir que hacía la compra. Pero en lo poco que aparece nos la describen casi como el cerebro de la banda, una tiradora experta y una asesina despiadada, porque relegarla a mujer florero no está bien visto aunque sea una cinta histórica.

El relato sigue a dos Rangers de Texas jubilados pero con gran reconocimiento a los que el gobierno de Texas, el más afectado por las andanzas de los criminales, recurren por desesperación. La fama de Frank Hamer (Costner) y Maney Gault (Harrelson) de violentos propios del salvaje oeste parece la adecuada para dar caza a quienes se escapan de los cuerpos de la ley limitados por muchas normas legales y morales.

La investigación y persecución combina la historia personal de los Rangers y la intriga policíaca. Dos veteranos que se sienten apartados sin reconocimiento (más allá de alguna medalla política), que ven apagarse su vida, tienen la oportunidad de volver a hacerse notar en un caso muy vistoso. Las dudas sobre si arriesgar lo poco que tienen, si estarán preparados para el reto y demás interrogantes se despachan con celeridad, sin rodeos ni dramas forzados como suele ser habitual. Sabemos que van a decir que sí, para qué alargarlo. Una vez en marcha resultan ser dos viejos fuera de tiempo, chocan con las nuevas tecnologías y sufren los envites de la edad en un trabajo muy exigente, pero la experiencia termina sobreponiéndose a los jóvenes agentes que pierden el tiempo con menudencias técnicas.

Los dos protagonistas están muy bien descritos, pero la puntilla la ponen Costner y Harreslson con dos papeles magníficos, de forma que resultan roles muy atractivos y el sin fin de anécdotas que viven garantiza un relato muy entretenido. En cada paso de su aventura desarrollan sus personalidad, encontramos chistes recurrentes y problemas de todo tipo que enfrentan con su singular estilo. Por el otro lado, el acabado visual de Lee Hancock es sobrio y elegante, buscando formas clásicas. Junto con la excelente ambientación, recuerda muy bien al noir de los años cincuenta.

Pero a la larga se echa de menos una progresión más clara en la investigación que dé sensación de dirección. Un par de llamadas telefónicas, muchas esperas, una buena pero breve persecución y el vago plan final no causan gran impresión, de forma que la intriga inicial se va diluyendo, tanto que el desenlace me dejó totalmente indiferente y sin alicientes para pensar en volver a verla. La visita al padre de Clyde ni la entiendo, es anticlimática en ritmo y en lo dramático, pues no aporta nada a los personajes y al caso; aunque probablemente la intención de Fusco era maximizar la tragedia final, la decisión de cargárselos a tiros, está lejos de funcionar. Y la emboscada no tiene tensión ni sorpresas, es un trámite a cumplir. Desde luego no voy a pedir que cambiaran los hechos para forzar el espectáculo, pero sí se podía esperar que trabajaran mejor el factor intriga.

Si no la tomamos como un documento histórico, Emboscada final es cine con sabor a clásico hecho con cariño y bastante entretenido, aunque le falta algo para calar en la memoria.

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Passengers


Passengers, 2016, EE.UU.
Género: Acción, romance, ciencia-ficción.
Duración: 116 min.
Dirección: Morten Tyldum.
Guion: Jon Spaihts.
Actores: Jennifer Lawrence, Chris Pratt, Michael Sheen.
Música: Thomas Newman.

Valoración:
Lo mejor: En lo visual y lo interpretativo cumple de sobras.
Lo peor: Todos los estilos y argumentos que trata se quedan a medias, el potencial de la temática y su alcance (reflexiones morales y humanistas) no se exploran. Recuerda demasiado a filmes recientes. Los tráileres, otra vez jodiéndote la película entera.
El título: Otro título fácil que llega sin traducir por razones que se me escapan.

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Alerta de spoilers: Si quieres verla en blanco, quizá revelo demasiado del argumento.–

En los primeros avances presentaban lo justo de la historia (en el tráiler final la revientan entera sin miramientos, así que evítalos) y ya se intuía que lo de ciencia-ficción iba a ser más trasfondo que argumento principal y que la cosa apuntaba a cinta romántica. Quedaba por ver el tono: comedia, aventuras, drama… Por las flojas críticas me esperaba una comedia romántica más tontorrona, pero ese estilo no es excesivo y funciona aceptablemente bien, y, sobre todo, también tiene un poco de otros géneros: la aventura de supervivencia ocupa bastante tiempo, la ciencia-ficción tiene más presencia de la que preveía, e incluso se plantea algún dilema ético muy interesante. El problema es que la mezcla no tiene el equilibrio necesario: ni se termina de abordar todo el potencial de cada sección ni la combinación funciona con el ritmo y coherencia necesarios. El resultado, un entretenimiento pasajero digno pero que deja con la sensación de que han pasado otro guion prometedor por la batidora intelectual.

El tramo inicial es El último hombre en la Tierra, pero en una nave espacial. El protagonista hace lo que haría cualquiera en esa situación: tratar de divertirse para sobrellevar las miserias de la supervivencia en solitario. Pero no hay ni una escena que sorprenda, desaprovechan demasiado un entorno que permitía imaginar casi cualquier cosa, y por ello la proyección no termina de coger fuerza. Hasta que llega la toma de una decisión importante no hay mucho que rascar, el personaje es simple, la historia también. Cuando nos embarcamos en el romance se levanta un poco el interés. En realidad también cumple con lo básico sin mojarse, pero aunque sea previsible tiene la emoción y simpatía justa y lleva buen ritmo. Pero sobre todo se salva por la fuerza visual (el realizador exprime bien el generoso presupuesto) y el buen hacer de los tres únicos intérpretes. Porque estamos en uno de esos casos en que personajes con un dibujo superficial son levantados por los actores. Chris Pratt como el técnico pardillo enamorado y Jennifer Lawrence como la joven decidida y enérgica son capaces de mantener en pie esta odisea sin esforzarse mucho; incluso Michael Sheen como el camarero robot cumple muy bien.

En todo este trayecto se ven latentes una serie de pensamientos sobre la moral y el ser humano muy prometedores, pero no los exploran como se podría. La soledad y la supervivencia como catalizadores de decisiones éticas cuestionables, el amor capaz de hacerte sobrellevar cualquier tragedia, el dominio de la tecnología sobre el trabajo manual y las relaciones, la persecución de sueños y las migraciones forzadas… Había tanto donde sumergirse, y pasan de puntilla sobre todo, mojándose apenas un poco con un solo aspecto, la decisión del personaje que sostiene sobre una mentira monumental el romance. Y a esto le dan el cierre más predecible posible, una redención que se ve venir muy de lejos y aun así resulta un tanto forzada. Al menos ha servido para dar algo de enjundia al tramo central, eso sí.

Para el tercer acto llega la acción con una trama de supervivencia también muy ramplona, de hecho es incluso más pobre que el resto: en vez del esperable subidón me pareció que estiraban demasiado la cosa. Las escenas que no se intuyen de antemano parecen improvisadas (ahora un nuevo problema técnico seguido de una solución de ciencimagia sacada de la manga), con lo que falla un poco la conexión emocional: no siento el peligro, no me llega el esfuerzo de los personajes. Entretiene, pero no impacta. Además, no ayuda que aquí se vean más todavía las semejanzas o inspiraciones en películas recientes. Escenas sacadas de Gravity hay unas cuantas, pero también otras que recuerdan a Guardianes de la galaxia. Aunque la primera cinta que viene a la mente en una comparación general es Pandorum: el argumento inicial e incluso el parecido exterior de la nave es enorme. Aquella en cambio, en un registro muy distinto, eso sí (misterio y terror), tiene bastante más personalidad y pegada y un cierre con giros más trabajados.

Passengers se queda en un quiero y no puedo. Sus achaques no son graves, pero tampoco ofrece nada digno de recordar. Para ciencia-ficción imaginativa, reflexiva y hermosa tenemos aún reciente La llegada.

El puente de los espías


Bridge of Spies, 2015, EE.UU.
Género: Drama, panfleto político.
Duración: 142 min.
Dirección: Steven Spielberg.
Guion: Ethan Coen, Joel Coen, Matt Charman.
Actores: Tom Hanks, Mark Rylance, Alan Alda, Amy Ryan.
Música: Thomas Newman.

Valoración:
Lo mejor: Se ve profesionalidad delante y tras las cámaras.
Lo peor: Pero también se ve cómo Spielberg tira de recursos muy facilones para tratar de llegar hondo por la fuerza, y además tiene un tono adoctrinante descarado.

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Como en sus últimos títulos, Lincoln y Caballo de batalla, tenemos al Steven Spielberg autocomplaciente y acomodado a los manidos parámetros de lo que se puede denominar como “cine de la academia”. Me refiero obviamente a la academia de los Oscar, el sector dominante del gremio en Hollywood, un amplio grupo de cineastas conservadores que se premian entre ellos siguiendo directrices muy claras de narrativa y temática. Los dramas sensibleros, las biografías manipuladoras, el patriotismo rancio, la puesta en escena obsesionada con realzar determinados aspectos de su gusto… El puente de los espías grita a la desesperada “mirad que bueno soy, quiero un Oscar” mientras a la vez vende el cansino mensaje de “somos el mejor país del mundo”.

Debo decir que de primeras no parecía un panfleto tan obvio. El tramo inicial del filme es más comedido, pues aunque narra con el esperable patriotismo hortera algún aspecto de los EE.UU. (su supuesta superioridad democrática, moral y judicial), lo hace con bastante fluidez y cierta naturalidad, quizá más que Lincoln, que pretendía ser tan hermosa y trascendental que quedaba muy encorsetada. Y en la carga política podría haber sido peor, porque la pugna capitalismo-comunismo prometía un tono mucho más partidista. Pero en principio el retrato de la época y los personajes parece realista: es lo que había en esos tiempos, fobia y fanatismo alentados por gobiernos opuestos y que sólo entendían el mundo en términos de blanco o negro. El juicio no sorprende pero entretiene, y la dinámica entre el abogado y el espía defendido ofrece dos personajes sencillos pero con cierto encanto, con lo que es fácil congeniar con ellos. Además, los actores están bastante bien en papeles difíciles, pues son de emociones contenidas. Tom Hanks no parece esforzarse desde hace años y sigue logrando sacar interpretaciones de nivel incluso donde no hay mucho que rascar. Eso sí, el asombro que hay con Mark Rylance me parece excesivo, aquí y en la serie donde también le han dado mil premios, Wolf Hall.

Pero el velo va cayendo, y cuando empieza la segunda parte, la historia de intercambiar rehenes, se hace evidente que es un drama prefabricado y con propaganda política descarada. Se puede aceptar que haya cierto contraste entre EE.UU. y Alemania, pues un país acaba de sufrir los envites de la guerra en sus carnes y está cayendo en un caos político que trae una etapa oscura, mientras que el otro empezaba a vivir una época dorada, pero de ahí al maniqueísmo que se monta Spielberg hay un trecho muy, muy grande. EE.UU. se retrata con luz y color, ambiente de trabajo maravilloso, gente amable y cándida, fuerzas de la ley simpáticas y cercanas… Alemania es el infierno, un lugar frío y desolado donde todos son monstruos desalmados (atención a la absurda escena del robo del abrigo).

A partir de aquí no esperes inteligencia y sutilezas. Todo está bien mascadito, se recalca en exceso, o se expone con trucos demasiado evidentes. Las escenas con paralelismos son las más grotescas, donde más se notan las trampas: los malvados comunistas torturando al preso en contraposición con el exquisito trato dado por los estadounidenses al suyo, los chavales saltando el muro de Berlín para acabar a tiros, contra los que saltan vallas entre casas en EE.UU. jugando, la mujer que mira al protagonista en el metro con mala cara por defender a un enemigo, contra esa misma mujer tiempo más tarde (¡pero qué casualidad, oye!) que lo mira exultante de admiración cuando el prota vuelve como un héroe… Pero las escenas torticeras más que sensibleras también cantan a distancia. Tenemos la loa a la familia tradicional de rigor, con la mamá en casa, los niños santos y el padre trabajador, donde soportaremos la peleílla artificial de turno para terminar con la reconciliación de cuento de hadas: el clásico el plano final de los niños y la mujer dándose la vuelta a cámara lenta, abriendo los ojos como platos al ver al papi en la tele puesto como un héroe. Toma dos cucharadas de azúcar, por si no tenías suficiente. Y hay muchos más clichés metidos a la fuerza, como la llamada que no parece llegar en el puente, la puerta del despacho del jefe cerrada cuando siempre la encontraba abierta, etc., etc.

A esto se le suma que Spielberg pierde el control del relato. El lío de la negociación a dos bandas, sumado a la intriga de si el protagonista podrá sobrevivir en el caos de Berlín en pleno alzamiento del muro de la vergüenza, debería haber aumentado considerablemente el interés de la proyección, ofreciendo una trama más compleja e intensa. Pero ocurre lo contrario, se diluye la fuerza y profundidad de la historia, y para rematar tiene fallos imperdonables. No entiendo cómo puede presentar tan bien al piloto y tan mal al estudiante, si al final son igual de importantes. Es como si quisiera poner a uno por encima del otro: el piloto paleto que va a la guerra por su país es mejor que el universitario intelectual pacifista. Por lo demás, los personajes implicados en las negociaciones hablan y hablan, pero en escenas carentes de empaque alguno, con lo que queda un thriller bastante soso y superficial.

En el acabado formal es indudable que la mano de profesionales veteranos se ve en cada plano. La ambientación es buena y Spielberg y el gran director de fotografía de Janusz Kaminski edifican una puesta en escena muy cuidada y con sabor a clásico del cine negro, de hecho hay varios planos de gran fuerza visual (como el protagonista pensando que está siendo seguido bajo la lluvia). Y en conjunto, aunque el ritmo sea mejorable en algunos tramos y los eventos muy previsibles, la cinta dura más de dos horas y no se hace larga. Pero la técnica no lo es todo, y con el tono elegido queda una película tan ahogada en su pretenciosidad y maniqueísmo que dificulta enormemente que el talento nato de sus autores fluya con naturalidad, y termina pareciendo un telefilme de alto presupuesto.

Lo sorprendente es que el guion es de los hermanos Cohen, muy dados a lo sutil y con más recursos narrativos de lo que aquí se ve. No hay forma de saber a ciencia cierta si Spielberg altera mucho el guion o los escritores esta vez no estuvieron a la altura, pero comparando la trayectorias de ambos parece estar claro quién cojea. Hubo un tiempo en que Spielberg nos ofrecía cine innovador, genuino y apasionado con el que nos deslumbraba y hacía soñar. La lista de Schindler, por citar la más equiparable con la aquí analizada, es un buen ejemplo de aquella gran época. Pero desde hace años está obsesionado con un clasicismo mal entendido, empeñado con recordar que es un grande de Hollywood. Y además da la impresión de que la edad lo está llevando al espectro conservador de EE.UU. (a pesar de autoproclamarse demócrata), con el patriotismo ciego y la concepción del mundo tan simplista y retorcida de los que hacen gala. Lo triste es que, como se ve todos los años en las nominadas a los Oscar, este estilo es el más admirado por la academia y tiene bastante éxito entre el público.

Spectre


Spectre, 2015, EE.UU.
Género: Acción, suspense.
Duración: 148 min.
Dirección: Sam Mendes.
Guion: John Logan, Neal Purvis, Robert Wade, Jez Butterworth.
Actores: Daniel Craig, Léa Seydoux, Christoph Waltz, Ralph Fiennes, Monica Bellucci, Ben Whishaw, Naomie Harris, Dave Bautista, Rory Kinnear.
Música: Thomas Newman.

Valoración:
Lo mejor: La fuerza de algunas escenas.
Lo peor: Parece escrita y dirigida con desgana, sobre todo a la hora de editarla: le falta garra, ritmo, y le sobra mucho metraje. Con un nuevo montaje que agilice la narración podría sacarse una película algo superior, y desde luego más entretenida.
Mejores momentos: El plano secuencia inicial. La persecución pausada. La pelea en el tren.
El presupuesto: ¡245 millones de dólares!

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Las expectativas ante la llegada de Spectre estaban por las nubes. Tras el fiasco de Quantum of Solace, Skyfall recuperó el camino al que apuntaba Casino Royale, hacia una saga más seria y compleja y menos enquistada en clichés repetidos en todos los capítulos, y además lo hizo con una puesta en escena muy personal de Sam Mendes que resultó fascinante. Las buenas críticas de esos dos notables episodios y su gran taquilla (sobre todo la de Skyfall: ¡mil cien millones de dólares!) evidenciaban que el público quería más entregas de ese nivel, y cuando Mendes tomó las riendas del proyecto después de muchas negociaciones y opciones descartadas (algunas que daban miedo, como el insulso David Yates) se renovaron las esperanzas y ansias, que además desbordaron cuando se anunció como el capítulo final de la trama seriada que estaban montando. Pero la llegada de Spectre ha decepcionado tanto o casi tanto como Quantum of Solace

Al contrario que en la segunda parte protagonizada por Daniel Craig, que suponía un paso atrás mediante una simplificación excesiva del esquema clásico, aquí sí se ve algo más de ambición… pero me temo que está muy mal encauzada, de forma que los errores consumen la cinta y la alejan de la acción trepidante para llevarla hacia el tedio, mientras que Quantum of Solace pecaría de simplona, pero al menos era más entretenida. El problema es que sus autores quieren abarcarlo todo pero nada lo cogen con determinación y lo dirigen hacia algo concreto y atractivo. Intenta ser compleja y trascendente y abarcar distintos estilos como las dos entregas más aclamadas, y a la vez busca la épica intensa y melancólica propia de un episodio final. Pero también trata de mirar al pasado, recuperando la mítica Spectre y el misterioso Blofeld y su gato, para lo que tira de lugares comunes y homenajes en cantidad. El resultado es una película muy larga y con aparentemente mucho material, pero que carece de ritmo en su narración y de cohesión global. Es decir, lo de capítulo final a lo grande se queda en humo, como episodio en sí carece de garra y personalidad, y los homenajes a la serie superan a las ideas originales.

Después de tanto esperar a Spectre resulta que este grupo archienemigo no es para tanto. El malo grandote (Dave Bautista) es un cero en carisma y su presentación es demasiado rebuscada, y el gran villano no tiene pegada alguna, de forma que ni un buen actor como es Christoph Waltz logra sacarle algo de jugo. Un loco más que quiere dominar el mundo, otra batallita en su aislada base y una explosión salida de la nada que acaba con todo. No hay más, no tenemos un enfrentamiento glorioso y trágico que transmita fuertes emociones, no se construye un personaje que cause temor y sea capaz de asombrar por sus habilidades y planes, algo que sí conseguían con Silva en Skyfall. Y teniendo en cuenta la importancia que le dan, tanto por su relación con James Bond como por los momentos impostados (la presentación a contraluz, la fallida escena de tortura…) que intentan sin éxito darle un aura de magnificencia y misterio que el guion no es capaz, pues resulta una decepción bastante grande.

Y para llegar a esta nada lustrosa cumbre hemos dado mil vueltas, la mayoría intrascendentes o desaprovechadas, algunas innecesarias, y pocas sustanciosas e impactantes.

Los saltos entre escenarios y las pesquisas de Bond van a trompicones y con lentitud a pesar de no ser nada complejas. Hay escenas de todo tipo y casi ninguna termina de funcionar. Hay partes simples que se eternizan, como la estancia en el hotel donde buscan pistas. Por el lado contrario encontramos la acción delirante de lo peor de la etapa Brosnan: la persecución en avioneta es tan salida de madre que casi acaba resultando una comedia de acción cutre, y la pelea inicial en el helicóptero me resulta demasiado repetitiva y larga. Vuelve la cienci-magia: ¿pero qué es lo que hace Q con el anillo, saca huellas, rastros de adn o qué?; y telita la casualidad de que haya pasado por todos los malos conocidos. Hay mil referencias y homenajes que no aportan casi nada, y también se empeñan en recordar los enemigos y amigos de la etapa actual con una insistencia cargante, contribuyendo a la sensación de película atascada en un bucle. Mantienen la idea de aumentar la presencia de M y otros secundarios (Monypeny, Q, Tanner), pero al contrario que en Skyfall aquí no funcionan del todo, porque ocupan mucho tiempo para lo poco que se saca de ellos: en vez de complementar a Bond lo eclipsan.

De la acción sólo destaco la pelea en el tren (muy efectiva en su rudeza), y la persecución que juega más con la intriga que con la velocidad y los golpes: no es del agrado de todos pero a mí me pareció original, con estilo y también tensa sin artificios innecesarios. La fémina de turno es lo que mejor funciona, y eso que también sabe a repetición de la jugada, pues es una suerte de Vesper. Pero sí, la actriz Léa Seydoux es bella y competente, el personaje tiene su encanto y la relación evoluciona francamente bien. Además el final se aleja un poco de lo visto, en un intento de hacer madurar por fin a Bond después de tres películas incidiendo en ello pero sin llegar a ninguna parte.

Lo sorprendente es que los guionistas son los mismos en toda esa etapa. Cómo se puede estar tan acertado en un capítulo y tan cerca del suspenso en otro. El guion parece hecho a trozos y sin esfuerzo por unirlo todo. En cuanto a la puesta en escena, no alcanza al nivel de Casino Royale (sólida y contundente) y Skyfall (elegante y sugerente), pero al menos sí mantiene las formas aceptablemente, y es a mi parecer en lo único que supera a Quantum of Solace. Pero de aceptable a notable hay un salto importante. Mendes mantiene un tono visual correcto y se marca algunas escenas bastante eficaces, como el plano secuencia inicial y la persecución pausada, pero en líneas generales parece haber puesto el esfuerzo en esos momentos puntuales y rodado el resto con el piloto automático. La narración fluye adormilada, sin sacar la energía esperable del resto de escenas de acción ni encontrar el tono de glamour deslumbrante habitual. Una cinta que cambia tanto de escenario, por la que pasan tantos personajes secundarios y que incluye partes intensas cada poco tiempo, no puede tener un ritmo tan manso, aletargado. Pide a gritos un montaje más ágil, que dé ritmo y recorte los segundos innecesarios que parecen tener casi todas las secuencias, y que fulmine algunas enteras que no aportan nada (esa absurda visita al meteorito, por ejemplo).

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Serie James Bond:
Casino Royale (2006)
Quantum of Solace (2008)
Skyfall (20012)
-> Spectre (2015)

Skyfall


Skyfall, 2012, EE.UU.
Género: Suspense, acción.
Duración: 143 min.
Dirección: Sam Mendes.
Guion: John Logan, Neal Purvis, Robert Wise.
Actores: Daniel Craig, Judi Dench, Javier Bardem, Ralph Fiennes, Naomie Harris, Bérénice Marhole, Albert Finney, Ben Whishaw, Rory Kinnear.
Música: Thomas Newman.

Valoración:
Lo mejor: La sublime puesta en escena: dirección, fotografía, música, montaje, sonido… La calidad que el guion otorga a los personajes así como el protagonismo que les da por encima de cualquier escena de acción (alejándose de la acción sin sentido de la era de Pierce Brosnan).
Lo peor: Por decir algo, la trama podría haber sido más compleja.
Mejores momentos: La escena de la grúa. La pelea con el francotirador a contraluz. La casa ardiendo, iluminando la noche.
El gazapo: En la pelea contra el francotirador Bond iba sin guantes para poder usar la pistola dactilar, pero luego aparece con ellos para que el malo pueda resbalarse…

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Lo cierto es que no esperaba nada de James Bond a estas alturas. No soy lo que se dice fan de la saga, sino del género de acción en general, y de hecho siempre le he criticado muchos aspectos: la repetición de un esquema muy manido, lo irreal de muchos capítulos, que se inclinaban demasiado hacia la acción aparatosa (casi de ciencia-ficción) olvidando elementos clásicos de la serie (espionaje, glamour), y la falta de continuidad entre entregas, principalmente. Con Casino Royale hicieron un esfuerzo por encarrilar la saga, y el resultado fue prometedor, aunque a mí no me pareció tan redonda como a casi todo el mundo. Pero desgraciadamente la insustancial Quantum of Solace volvió de nuevo al mal camino, decepcionando a todo el que se había hecho ilusiones.

Por suerte, parece que viendo que la cosa descarrilaba, los productores y guionistas de la serie se han puesto las pilas de nuevo, haciendo que Skyfall sea prácticamente otro reinicio que pone empeño en realzar el personaje de Bond, en rehuir de los tópicos y en mejorar la trama y el villano. Además el director Sam Mendes se tomó en serio la cosa, y con una puesta en escena muy elaborada ha contribuido a la hora de lograr una película que aun siendo Bond no parezca Bond, sino un thriller con una personalidad propia. Eso implica que la crítica se poraliza, al contrario que pasó con Casino Royale, donde el intento de reinicio de calidad no tenía un estilo tan marcado y tuvo mejor recepción. Eso sí, en cuanto a taquilla ha tenido los mejores resultados de la saga, superando los mil millones de dólares.

La historia sigue el esquema clásico de prólogo intenso, receso para ligoteos y presentar al villano, investigación, exposición del plan del villano y confrontación final. Pero se ha escrito trabajando más en profundidad cada elemento, y sobre todo los personajes se han tratado con mucho mimo, más incluso del que se veía en Casino Royale. La humanización de Bond alcanza su cima: nos acercamos más que nunca a su psique, tanto porque viajamos a su pasado como porque la relación con M, casi su madre adoptiva, forma parte de la trama, de manera que sus motivaciones quedan más claras, resultando un personaje más verosímil y permitiendo mayor conexión emocional con él. El villano, Silva, también está más humanizado y mejor justificado de lo habitual: este agente usado y descartado por quienes considerada su familia y que decide tomar venganza, resulta uno de los enemigos más inquietantes, temibles y cercanos a los protagonistas que ha tenido toda la serie, por lo que también resulta más tangible y creíble. Además el inquietante papel de Javier Bardem ofrece una llamativa ambigüedad en varios campos (sexual, de intenciones o planes, de estabilidad psicológica) que refuerza su aura perturbadora. Aquí es inevitable la comparación: en esta línea pero más temible tenía que haber sido el malo de Spectre, pero ni se acerca.

También se potencian los secundarios: reaparecen Q (Ben Whishaw) y Moneypenny (Naomie Harris), M pasa casi a primer plano (Judi Dench) y el ayudante de esta, Tanner (Rory Kinnear) la acompaña bien, y se presenta el nuevo superior, Mallory (Ralph Fiennes). Todos aportan consistencia y dinamismo a la trama, no dejando que Bond sea el superhéroe que hace todo y refozando ese lado humano al tratar con otras personas. Y también prometen continuidad de cara a próximos capítulos. Cabe destacar que, inesperadamente y para bien, no han forzado la vena cómica tontorrona de Q, sino que buscan un personaje más contenido.

Me pregunto cómo terminó Sam Mendes en este proyecto, y cómo pudo imprimir un acabado tan personal a una cinta tan comercial: ¿lo buscaba la productora o tuvo carta blanca y lanzó un órdago? Sea como sea resultó un gran atrevimiento que ha dado sus frutos de forma notable. Jamás se me habría ocurrido pensar que James Bond podría ofrecer una película tan hermosa y cautivadora, capaz de mantener al espectador hipnotizado durante su largo pero bien empleado metraje. Mendes logra convertir una simple pelea a puñetazos en una secuencia memorable (la escena del francotirador, a contraluz, es fascinante) y ofrece tramos donde la impronta visual te deja sin aliento, como por ejemplo el desenlace, donde la iluminación del fuego muestra un paisaje tan bello como sobrecogedor. Y no por ello descuida la esencia Bond: la estancia en el casino y la guarida del villano muestran muy bien el glamour y el exotismo habituales, y la acción intensa la resuelve con el nivel esperable (atención a la espectacular pelea encima del tren).

No cabe duda de que el realizador no podría haber logrado tanto sin esa arrebatadora fotografía de Roger Deakins, cuya labor es una proeza digna de citar entre las mejores fotografías de cine de los últimos años, y sin la brillante banda sonora de Thomas Newman. Este compositor habitualmente asociado a Mendes parecía una elección poco apropiada, más cuando David Arnold había tomado la saga para sí mismo con méritos de sobra, pero lo cierto es que su partitura es sorprendentemente dinámica y rica en sonoridades (los que le conozcan a fondo sabrán de qué hablo: es bastante repetitivo dentro de un estilo propio muy definido) y sobre todo tiene una fuerza y una expresividad que se adapta como anillo al dedo a cada escena. Hay instantes donde la música brilla con luz propia, como la llegada al casino, o la intriga que consigue generar antes del ataque principal de Silva (en la vista de M). Y debo decir que la canción de Adelle está muy bien, cuando este elemento siempre me ha parecido fallido, por innecesario (es mera treta comercial) y por mala calidad (no daba ni una canción buena).

Sólo unas pocas pegas menores se pueden señalar. El previo al lanzamiento del desenlace se ralentiza quizá demasiado: el viaje hacia la casa y los preparativos deberían haberse agilizado un poco. Y no sé si es un agujero de guion o que se me escapa algo que no he podido deducir en las varias veces que he visto la película, pero me pregunto para qué tanto lío con el francotirador si es evidente que los que rodean a la víctima saben lo que va a pasar, es decir, ¿por qué no la ejecutan ellos? También hay otro momento un tanto confuso: Bond tiene una cicatriz del tiro que le pega el malo en el prólogo, de la cual saca trozos de bala para investigar… pero yo en un primer momento pensé que estaba hurgando en el tiro que le pegó su compañera, que por lo visto no dejó cicatriz, con lo que pienso que se podría haber matizado mejor el asunto. Y finalmente tenemos las cansinas gilipolleces sobre informática que se empeñan en poner en el cine: todo resuelve tecleando a toda velocidad y viendo en la pantalla un montón de letras y gráficas sin sentido en movimiento.

Entrada actualizada de la original publicada el 06/03/2013.

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Serie James Bond:
Casino Royale (2006)
Quantum of Solace (2008)
-> Skyfall (20012)
Spectre (2015)

El juez


The Judge, 2014, EE.UU.
Género: Drama.
Duración: 141 min.
Dirección: David Dobkin.
Guion: Nick Schenk, Bill Dubuque.
Actores: Robert Downey Jr., Robert Duvall, Vera Farmiga, Vincent D’Onofrio, Leighton Meester, Billy Bob Thornton, Denis O’Hare.
Música: Thomas Newman.

Valoración:
Lo mejor: Reparto de impresión.
Lo peor: Telefilme simplón, sensacionalista, manipulador, predecible, exagerado…

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El juez engaña por fuera gracias a su buen reparto y su aspecto de cine de primera división (fotografía de Janusz Kaminski), pero en cuanto el guion empieza a mostrar la trama y a soltar sandeces se ve su naturaleza de telefilme rancio, manipulador, simplón, predecible y aburrido.

El relato de la familia rota que intenta seguir adelante es harto previsible, los estereotipos copan todas las escenas y personajes. Las reuniones con peleas, los pequeños pasos hacia el perdón, las reconciliaciones finales… Todo se ve venir de lejos porque se escupe sin el más mínimo esfuerzo por buscar algo de naturalidad, no digamos ya originalidad. De hecho el esfuerzo se pone en realzar el tono sensiblero, dejando muy atrás lo empalagoso para legar a la más rastrera manipulación emocional. Esos secretos absurdos escondidos de mala manera (la enfermedad), esos giros tramposos (algunos que ni vienen a cuento, como la hija bastarda), esos detalles cutres para empujar al espectador más moldeable (el abogado tontito y su vómito)…

Pero conforme avanza va empeorando la cosa, porque en esta auténtica extorsión sentimental los guionistas llegan a perder el norte: el juicio es un risión. La realidad y verosimilitud se dejan completamente de lado, el proceso legal lo reinventan y olvidan para cebarse en una orgía dramática tan artificial y descarada que produce carcajadas. El interrogatorio convertido en un padre y un hijo teniendo la pelea familiar final, mientras el juez y el fiscal no hacen nada y la cámara se ceba en las caritas de pena del jurado, se convierte en una parodia involuntaria. Como era de esperar con este nivel, las pretensiones morales son dignas del Disney más conservador: el protagonista rico y distante terminará aprendiendo a ser más humano y tradicional, todo ello expuesto sin sutileza alguna.

Lo único rescatable es el sorprendente reparto que han logrado reunir. Desde secundarios de lujo como Vincent D’Onofrio y Verga Farmia (a Billy Bob Thornton no lo cuento, su papel es anecdótico), a estrellas como Robert Downey y veteranos como Robert Duvall. Todos están muy bien, pero Duvall ofrece un recital que casi hace creíble algunas escenas de esas salidas de madre. Casi.

La crítica la puso en su lugar (aunque con más suavidad de la que merece), pero a tenor del pedazo siete y medio que le da el público en la IMDd parece que muchos se han tragado este esperpento.

Efectos secundarios


Side Effects, 2013, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 106 min.
Dirección: Steven Soderbergh.
Guin: Scott Z. Burns.
Actores: Rooney Mara, Channing Tatum, Jude Law, Catherine Zeta-Jones.
Música: Thomas Newman.

Valoración:
Lo mejor: El reparto y la puesta en escena realzan la poca calidad del guion.
Lo peor: Es un telefilme con el que rellenas la parrilla de tarde de los fines de semana.

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Me gusta Steven Soderbergh, pero su carrera es bastante extraña. Mezcla cintas muy exitosas (Ocean’s Eleven) con títulos que ganan premios (la excelente Erin Brokovich, la aburrida Traffic) y tiene obras de gran calidad pero muy infravaloradas (Contagio, Indomable, Un romance muy peligroso), pero cada dos por tres le da por hacer películas menores de escasa trascendencia: The Girlfriend Experience, Magic Mike (bastante entretenida, pero no deja huella), Bubble

Esta Efectos secundarios, a pesar de lo que su gran reparto promete, es otro paréntesis extraño, de hecho, es completamente prescindible. Resulta un telefilme del montón, otro más de crímenes rebuscados, falsas apariencias y personajes sufriendo lo indecible. La sólida puesta en escena garantiza un acabado de calidad y los actores son competentes aunque no estén en sus mejores papeles, pero de este guion no hay quien saque algo bueno.

Lo peor es la sensación de engaño. Al principio parecía ser un thriller correcto y con buena carga crítica sobre la labor de los psicólogos, el lado feo de la industria farmacéutica (chanchullos con medicamentos) y la mala praxis médica (errores, timos, etc.), y además se conecta bien con los problemas del personaje de Jude Law, pero conforme se desarrolla la historia esta se va diluyendo y girando hacia ideas absurdas que echan a perder la buena base inicial. Los personajes se convierten en marionetas de una trama que se va por la tangente montando un thriller de crímenes imposibles, y el final desbarra con giros tan rebuscados (lesbianas, jajajaja) y tramposos que terminan por rematar lo poco que quedase de la historia y de la conexión con el espectador.