El Criticón

Opinión de cine y música

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Jason Bourne


Jason Bourne, 2016, EE.UU.
Género: Acción, thriller.
Duración: 123 min.
Dirección: Paul Greengrass.
Guion: Paul Greengrass, Christopher Rouse.
Actores: Matt Damon, Tommy Lee Jones, Alicia Vikander, Vincent Cassel, Julia Stiles, Riz Ahmed, Ato Essandoh, Scott Shepherd.
Música: David Buckley, John Powell.

Valoración:
Lo mejor: Los personajes e interpretaciones de Matt Damon y Alicia Vikander.
Lo peor: Los villanos no impresionan mucho, la trama menos todavía, todo es repetición de las entregas previas.
La traducción: ¿Por qué los protagonistas se mandan los mensajes de móvil en castellano? ¿Lo usan para dificultar la interceptación? No, resulta que la versión española los muestra traducidos no con subtítulos, sino sustituyendo el texto del móvil. Es una tendencia que empieza a provocarme escalofríos… Recordemos cómo el Capitán América, en la versión española, en vez de empaparse de la cultura de su país como es obvio, apuntaba en su libreta cosas de España. Una cosa es traducir, otra adaptar eliminando la cultura original. Si haces esto, ¿por qué cuando los protagonistas viajan a Londres no lo conviertes en Madrid?

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Tras el intento de extender la serie Bourne sin Paul Greengrass y Matt Damon, con ese El legado de Bourne que nos aburrió cosa mala, se anunció que volverían a la fórmula original. Y se lo han tomado a rajatabla: esta nueva entrega se aferra demasiado a lo conocido. Si la tercera ya mostraba cierto agotamiento, qué menos que intentar ir un poco más allá. Pero sea por miedo a que cambiar mucho causara tan poca sensación como causó el capítulo protagonizado por Jeremy Renner, o porque no han sido capaces de ir más allá salvo por la posible continuidad del personaje de Vikander, Jason Bourne es una película completamente estancada.

No creo que sean spoilers, porque una vez dicho que tenemos lo mismo que en las anteriores ya te haces una idea. Bourne está escondido pero el destino lo vuelve a poner en la mira de la CIA. En los despachos se ponen las pilas y lanzan su persecución. Él no quiere saber nada, pero le tocan las pelotas (con un giro que omito por si acaso por ser más relevante, pero que ya tuvimos en la segunda parte y que aquí se ve venir de lejos) y vuelve a la acción. En la intriga asistimos paso por paso al mismo proceso de siempre: la tecnojerga y ciencimagia imposible (no, no pueden controlar las cámaras de las calles de un país extranjero), las artimañas de los dirigentes de los proyectos secretos para seguir manteniéndolos en la oscuridad, el activo enviado para asesinar al objetivo… Bourne pasará también por las etapas que conocemos de sobras: los juegos de esconderse entre la multitud y localizar al individuo buscado para lograr otra pieza del puzle, los recuerdos que va reconstruyendo poco a poco, la persecución con moto y con coche de rigor, el encuentro final con el tipo importante y con el activo, y vuelta a desaparecer.

Para colmo, la intriga del pasado y la conspiración del alto mando turno de la CIA son menos sustanciosas que de costumbre. Acabada la película no tengo claro qué perseguía Bourne y qué ha hallado. Básicamente el nombre de su padre y qué hacía en la compañía, y no es un gran giro o sorpresa, no me parece que resulte crucial para resolver su crisis de identidad y su desarraigo, al menos no tal y como lo exponen. En cuanto al nuevo enemigo, Tommy Lee Jones para mi sorpresa está muy, muy soso, como si no tuviera ganas de estar ahí, lo que termina de matar un personaje monocromático e insustancial, fruto tanto de la poca fuerza de la trama como porque resulta muy repetitivo. ¿Pero cuántos directores de proyecto hay? ¿Los realizadores de la serie no pueden buscar un villano más original? Que a estas alturas Bourne parece muy estrecho de miras, arriesgándose tanto a pesar de quedar claro que surgen nuevos enemigos de la nada, asumiendo inútilmente que desaparecido uno se desactivan todos los programas oscuros y la CIA lo dejará en paz.

Da la impresión de que los autores conocen esta falla, pero no ponen demasiado empeño en solucionarla. Hacen un amago de aportar algo, pero casi es peor que esté ahí, porque pone de manifiesto lo que podría haber sido la película y no es. Con el personaje de Alicia Vikander parece que van a renovar la historia de conspiraciones y riñas en la agencia, así como asentar cierta continuidad… pero lo cierto es que esta sección apenas se desarrolla, recuerda demasiado al rol de Joan Allen en la segunda y tercera entregas, y me temo que se queda en una presentación muy somera mientras se centran en repetir todos los demás elementos. Eso sí, el papelón que hace es para enmarcar, quitándose de encima rápidamente la sensación de que era demasiado joven para el rol y ensombreciendo aún más al flojo Tommy Lee Jones.

También podría decirse que en el tema de las redes sociales se vislumbraba la posibilidad de sacar más partido del argumento de espionaje gubernamental, pero a la hora de la verdad la temática subyacente es como si no le importara a los realizadores, es el plan del malo a desarticular y ya está. Esto maximiza el efecto de que Bourne no parece perseguir nada tangible más allá de unir cuatro datos de su pasado, pues las conspiraciones a desentrañar acaban siendo irrelevantes nombres de proyectos e irrelevantes jefes de divisiones. Inicialmente funcionaba porque manejaban bien la intriga y el esfuerzo del personaje llegaba con intensidad (en parte porque siempre ha estado bien realzado por un comprometido Matt Damon), pero tras dos capítulos con lo mismo es inevitable pensar que en la tercera y quinta partes deberían haber aportado algo más. En El legado de Bourne la premisa plantea algunas pequeñas novedades, al menos sobre el proceso de creación de los soldados, pero no llegaron a sacarle chicha. Aquí el amago de mojarse un poco más con una historia más compleja y con carga crítica tampoco no llega a nada.

Y para rematar tenemos la pobre resolución: una amplia escolta que desaparece por arte de magia y no acude al oír tiros, un deus ex machina de último segundo forzadísimo, y una pelea final cuerpo a cuerpo que no puede sorprender, así que alargarla sin ofrecer una vuelta de tuerca que reactive el interés no funciona. El desenlace sólo se mantiene por la persecución en coche, que aporta algo más de intensidad.

En la puesta en escena hay otro problema recurrente: el exceso de movimiento en la cámara. Por lo general Greengrass domina muy bien la cámara en mano frenética y el montaje veloz, construyendo secuencias de acción de corte realista donde es fácil sumergirse plenamente en el caos. Pero en los momentos más intensos se pasa con el ajetreo, dificultando a veces entender qué está pasando. Y aquí también pesa el factor repetición. Ni una, ni una sola escena de acción aporta una mínima innovación. Cumplen con lo justo para no aburrir, pero no impresionan lo más mínimo. Hasta los últimos momentos de la persecución final no han conseguido que se me acelere el pulso, y no porque busquen algo original, sino porque con el básico “más grande y más bestia” terminan la secuencia en un pico brutal.

Así que cabe preguntarse: ¿por qué no me veo las dos primeras en casa y me ahorro el dinero y esfuerzo de ir al cine a tragarme un clon sin savia? Pues supongo que todos vamos por lo mismo: familiaridad. Conocemos y nos gusta la serie y el personaje, y no tienen que ofrecernos mucho para satisfacernos porque el listón lo bajamos inconscientemente con las obras que amamos. Es algo más entretenida que El legado de Bourne, pero si te paras a pensar le sacarás muchas carencias y ninguna novedad, con lo que desde mi punto de vista tiene ningún aliciente para verla de nuevo.

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Serie Jason Bourne:
El caso Bourne (2002)
El mito de Bourne (2004)
El ultimátum de Bourne (2007)
El legado de Bourne (2012)
-> Jason Bourne (2016)

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El niño 44


Child 44, 2015, EE.UU.
Género: Drama, suspense.
Duración: 137 min.
Dirección: Daniel Espinosa.
Guion: Richard Price, Tom Rob Smith (novela).
Actores: Tom Hardy, Gary Oldman, Noomi Rapace, Joel Kinnaman, Fares Fares, Jason Clarke, Paddy Considine, Vincent Cassel.
Música: Jon Ekstrand.

Valoración:
Lo mejor: Reparto. Los personajes y el drama que viven.
Lo peor: El thriller es convencional y algo soso. La puesta en escena mediocre.
La pregunta: ¿Por qué demonios si la película está rodada en inglés, es decir, la vemos como si fuera una traducción del ruso, obligan a los actores a fingir acento ruso? Que hablen en ruso o en inglés, pero este apaño intermedio queda horrible.

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En la temible dictadura de Stalin un soldado valiente y cumplidor se encuentra con el giro en la vida que todos temen: ser considerado sospechoso de traición. Toda su familia y todo lo que conoce pueden irse al traste en un instante, y la sombra de la ejecución pende sobre sus cabezas. La atmósfera que consigue el guion es francamente buena. No vamos a ver nada nuevo, pero se logra una buena descripción de la vida de la época y unos personajes verosímiles y atractivos con los que conectar, de forma que promete un buen drama de supervivencia en tiempos difíciles. Además los actores terminan de ganarse al espectador. Tom Hardy con su energía inicial que se transforma en sufrimiento conforme avanza su tormento, Noomi Rapace eficaz como es habitual en su encasillamiento en papeles de mujer afligida, y una serie de buenos secundarios (Gary Oldman, Fares Fares, Vincent Cassel). Sólo Joel Kinnaman no está a la altura, probablemente porque tiene entre manos el único rol fallido.

Pero a pesar de este tono desasosegante y trágico tan conseguido, el guion no es capaz de desgranar adecuadamente la historia. El prólogo es poco llamativo y cuanto más avanza la trama menos necesario parece. ¿De verdad hacía falta dedicar una escena completa para decir que el protagonista es huérfano y hay otros como él, con esa mención metida con calzador al Holodomor? De ahí pasamos a un largo tramo de presentación que pretende sentar unas bases que cobrarán importancia más adelante, con lo que se posterga aún más la exposición definitiva de cuál va a ser el argumento. Los detalles relevantes, como la rivalidad con un compañero o la amistad férrea con otro, deberían haberse introducido en pleno desarrollo de la trama, no en una larga y poco llamativa exposición inicial. Así, parece que la película no arranca hasta los cuarenta minutos… y encima lo hace con dos problemas. Cuando aparece el caso de los niños muertos el relato se ramifica en dos historias, el drama de supervivencia y el thriller de investigación, y para colmo todo se torna resulta muy predecible, de forma que intuí todo lo que estaba por venir: quién sería el traidor que pondrá en apuros al protagonista, cómo el caso lo seguirá en su destierro, y cómo luchará y renacerá.

Por suerte, a partir de ese punto de inflexión también gana ritmo, y si bien decepciona porque prometía un thriller de más nivel, lo que hay funciona aceptablemente bien. La adaptación al nuevo entorno tiene más interés que el flojo arranque, la odisea de la pareja protagonista llega con cierta intensidad, se agradecen detalles como un tono serio tirando a sórdido (el protagonista no es el típico héroe luminoso de Hollywood, es bastante cabronazo), llegan nuevos personajes que a pesar de llevar ya media película consiguen ser interesantes también (el de Gary Oldman)… y sobre todo, como decía, por fin las cosas avanzan. No van a sorprender las traiciones, la incursión en zona enemiga, los vigilantes peligrosos, las huidas por los pelos, los hallazgos de pistas, el desenlace a hostias… pero tampoco provocan la sensación de ser una película construida a retazos de otras. Obviamente sí se frena su potencial: en todo momento da la sensación de que podría haber sido una obra bastante superior, de que seguramente la novela de Tom Rob Smith daba para más. Los epílogos ponen de manifiesto ese origen literario y maximizan la sensación de no haber estado a la altura en el resto: mostrar dos largas secuencias para reposicionar a los protagonistas resulta inteligente y atrevido hoy día en el cine, donde no se suele dedicar tiempo a los personajes ni se arriesgan a ofrecer un cierre pausado.

Pero la limitación más grande que le veo es la puesta en escena, algo pobretona y falta de garra. La dirección de Daniel Espinosa (que a pesar del nombre nació en Suecia y empezó su carrera allí) se presenta sin recursos ni energía, con lo que maximiza la impresión de que se desaprovecha una historia y entorno con muchas más posibilidades. Lo peor es la horrible fotografía con una fallida cámara en mano: en las pocas escenas de acción no se ve ni entiende nada… y qué mala idea hacer la pelea final en barro, para ponerlo peor. Tampoco tiene una buena banda sonora que enfatice la intriga y peligros. Así, el thriller, que no termina de explotar su potencial en el guion, se diluye otro poco. Lo que queda es una cinta correcta y entretenida si te va el género; si no, puede resultar lenta y larga.

Elizabeth


Elizabeth, 1998, EE.UU., Reino Unido.
Género: Drama, histórico.
Duración: 124 min.
Dirección: Shekhar Kapur.
Guion: Michael Hirst.
Actores: Cate Blanchett, Geoffrey Rush, Christopher Eccleston, Joseph Fiennes, Richard Attenborough, Fanny Ardant, Vincent Cassel, Kathy Burke.
Música: David Hirschfelder.

Valoración:
Lo mejor: Cate Blanchett dándose a conocer a lo grande.
Lo peor: Poco ritmo y savia. Personajes poco llamativos.
Mejores momentos: Su salida triunfal del Parlamento. La llegada del duque de Anjou.

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Antes de su mejor obra, la magnífica serie Los Tudor, el guionista Michael Hirst se dio a conocer y mostró su pasión por la historia, sobre todo la inglesa, con Elizabeth, una película menor (el presupuesto fue de unos escasos veinte millones de dólares) que sin embargo tuvo gran recepción en crítica y taquilla, sin duda empujada por la presencia arrolladora de una por entonces desconocida Cate Blanchett, porque la película en sí no es muy llamativa. La idea de Hirst era hacer una trilogía mostrando el largo e importante reinado de Elizabeth I (o Isabel), la más célebre e influyente de los monarcas ingleses. La última entrega estaría finalmente confirmada a la hora de publicar este artículo, después de dudar si se haría porque la segunda parte no repitió el éxito de la primera.

La intensidad y alcance de la narración es escasa a pesar de centrarse en figuras y eventos de gran importancia. El primer problema que salta a la vista es que los personajes son algo irregulares. María Tudor (Kathy Burke) es mostrada de forma tan caricaturesca que provoca vergüenza ajena, y seguro que a más de uno lo predispone en contra del resto de la película. Norfolk (Christopher Eccleston) se supone el gran enemigo de Elizabeth y está desaparecido la mayor parte del metraje, con el resultado de que no parece una amenaza real. El papado sale de refilón, con lo que tampoco es un enemigo tangible, y el asesino enviado (Daniel Craig) tampoco tiene la presencia necesaria para causar temor. James Frain encarna un personaje que ya ni recuerdo qué hacía, y si menciono su presencia es porque luego estaría en Los Tudor en un papel memorable: Thomas Cromwell. El amigo fiel de Elizabeth, Robert Dudley, no está mal (el amago de romance es interesante), pero Joseph Fiennes es un actor muy limitado y termina de conseguir que sea un rol bastante sosete. Richard Attenborough como el consejero anciano y sabio tampoco llama mucho la atención porque no se aparta de esa posición tan tópica. Marie de Guise (Fanny Ardant) es otro enemigo demasiado lejano y ausente como para generar intriga. El protector Francis Walsingham (Geofry Rush) es el más atractivo, pero aparte de cargarse a Marie también da la sensación de que en gran parte del metraje está muy desaprovechado.

En cuanto a la figura central, tampoco es perfecta. Tardan mucho en mostrarse las motivaciones y tribulaciones de Elizabeth. Hasta que no empieza a oponerse a la guerra no hace nada, solo está ahí mientras pasan unas pocas cosas. No queda claro si quiere ser reina o no, si pretende luchar por una causa u otra, qué piensa sobre la actitud de María… A la larga alguna buena escena muestra su crecimiento y maduración, pero esta sale de la nada, no se ve un proceso de cambio tangible. La parte en que planta cara al Parlamento es excelente, por ejemplo. Los líos matrimoniales se tratan mejor que la parte política, con la relación con Robert y larga parte dedicada al francés Duque de Anjou (Vincent Cassel), que además es divertidísima. Pero si el personaje termina llegando con gran fuerza es por la colosal interpretación de Cate Blanchett, de hecho, da la sensación de que si vemos una transición es porque ella lo refleja mejor que el guion, mostrándola magistralmente: tímida al principio, llena de dudas y temores en el tramo central y endureciéndose hacia el final. El papelón que nos regala además de virtuoso derrocha carisma de forma espectacular, logrando destacar en la temporada de premios a lo grande.

La trama política está a la par que los protagonistas: a medio gas, sin una definición y un rumbo claro y consistente. Por ello el ritmo se resiente, como si la película amagara con empezar una y otra vez sin llegar a hacerlo. El relato acaba con la ejecución de los oponentes, pero no se narra con la energía necesaria para dar la sensación de que Elizabeth ha ganado su trono con esfuerzo y tesón. Además, supongo que para intentar sintetizarlo todo en unos minutos, Hirst se aparta bastante de la historia con el final de varios personajes.

La dirección es correcta sin más, aunque a veces Shekhar Kapur abusa del traveling alrededor del personaje que habla, como si quisiera con ello dar ritmo, pero resulta un tanto artificial. Los escenarios están algo limitados (se nota sobre todo comparando con la segunda parte, que contó con mayor presupuesto) de forma que parece más la Alta Edad Media que el principio del Renacimiento, pero el vestuario es excelente. La música destaca por el ostentoso y magnífico tema principal, y luego se mantiene muy bien en segundo plano en un tono más comedido.

Está claro que la película es Cate Blanchett, y por ella llegó mucho más lejos de lo que su categoría de telefilme le hubiera permitido llegar. Agarró varias nominaciones importantes (¡siete a los Oscar!, solo merecida la de vestuario) y tuvo una taquilla decente (algo más de ochenta millones), pero lo que más sorprende es que las críticas fueron bastante entusiastas para lo poco que ofrece. Se deja ver si te gusta el género histórico, pero con el aviso de que no tiene acción ninguna, los personajes son poco llamativos y la trama carece de pegada.

Promesas del este


Eastern Promises, 2007, EE.UU., Canadá, Reino Unido.
Género: Suspense, drama.
Duración: 100 min.
Dirección: David Cronenberg.
Guion: Steven Knight.
Actores: Naomi Watts, Viggo Mortensen, Armin Mueller-Stahl, Vincent Cassel, Sinéad Cusack, Jerzy Skolimowski.
Música: Howard Shore.

Valoración:
Lo mejor: Guion, dirección, actores, música.
Lo peor: El final es algo apresurado y sobra el beso.
Mejores momentos: La pelea en los baños, casi toda lectura del diario.
La frase: Las ventanas están cerradas, así que no puedo tirarme al vacío.

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Tras el éxito cosechado ante la crítica mundial con Una historia de violencia, que no me pareció excelente pero sí buena aunque irregular y algo pretenciosa, David Cronenberg vuelve a obtener el beneplácito de los medios con esta Promesas del este, de temática muy similar a su anterior trabajo pero más redonda en forma y contenido. De nuevo la violencia es el eje de la narración, de nuevo Cronenberg se sirve de ella para retratar tanto a los que hacen de la misma un modo de vida como para mostrar la forma en que afecta a la vida cotidiana de personas normales. Más oscura y sórdida que su predecesora y con mayor presencia del lado criminal, en esencia sigue los mismos pasos: el evento que da pie al cambio en los quehaceres diarios de los protagonistas, la familia honrada siendo perturbada por situaciones que los superan, los delincuentes organizados enfrentando también un inesperado revés en sus planes… Pero no esperen por ello una película que transmita la sensación de que no es más que una repetición o secuela, pues tiene alma propia a pesar de las similitudes citadas. De hecho, es una obra de gran calidad y con mucha más personalidad que la mayor parte del cine actual, alzándose como el primer gran estreno tras la etapa veraniega. Cabe además la posibilidad de que esté presente en venideras entregas de premios importantes.

Promesas del este es una cinta pausada, pero su ritmo moderado está lejos de resultar lento, pues atrapa con facilidad durante casi todo su metraje. La cámara de Cronenberg se pasea entre escenarios y personajes con la naturalidad justa para dejar que la historia hable por sí sola (en gran medida a través de la fuerza de sus personajes) sin interferir con virtuosismos y alardes innecesarios, y con la madurez suficiente para dotar a la misma de solidez y estabilidad de forma que el relato no se diluya en su propia sencillez hasta perder interés.

El guion no destaca por su complejidad, sino por su sinceridad, por saber ir al grano sin artificios. Con templanza teje las situaciones donde se moverán los caracteres, iniciando la narración en secuencias que parecen inconexas pero poco a poco van confluyendo hasta que todos los protagonistas terminan con sus destinos más o menos atados entre sí. Los diálogos son concisos pero intensos, creíbles y con una sorprendente carga irónica que produce algunos instantes de humor tan inesperado como eficaz; los personajes son sólidos y resultan muy humanos; el espectador se encontrará con sorpresas que proporcionan giros impresionantes (incluso aunque se vean venir, porque no se ocultan para resultar manipuladoramente impactantes). Hay grandes instantes, como la visita que hace el inquietante Semyon (que viene a ser como el Padrino de la mafia rusa) a la protagonista y al bebé en el hospital, llena de advertencias y amenazas sutiles; como la cruenta pelea en los baños, donde se muestra toda la violencia tal y como es: dolorosa, sangrienta, rápida y contundente; y algunas lecturas del diario de la fallecida son desgarradoras por su durísima descripción de la vida como prostituta esclava y por si fuera poco adolescente. Pero también se cometen algunos deslices, como ese tramo final un poco apresurado, incluido un poco de sopetón (¿cómo es tan fácil robar un bebé?) y con una resolución algo convencional y con menos garra que el resto de la cinta, o ese forzado beso entre dos personajes incompatibles, que apenas resulta creíble. El que la cinta se desinfle levemente en su resolución no es un desliz grave, pero no me cabe duda de que con un cierre al nivel del resto o incluso superior podría haber sido una película memorable.

Uno de los mejores aspectos de la cinta, la efectividad de esos inmensos personajes, se debe en gran parte a interpretaciones de gran nivel, a actores que se sumergen en sus papeles hasta resultar irreconocibles. La siempre competente Naomi Watts resulta creíble como mujer sencilla que lucha contra la adversidad tanto con miedo como con entereza; el interesante y bastante desaprovechado por el cine Vincent Cassel aporta lo justo a su personaje para que este resulte un borrachín más creíble que típico; Armin Mueller-Stahl está inmenso como líder de la familia mafiosa, manteniendo en todo momento un equilibrio formidable entre la candidez de un padre, la amistad de un anfitrión y la perturbadora y amenazante sensación de que en cualquier momento ordenará a sus sicarios que te descuarticen. Pero la sorpresa más notoria de este agraciado reparto es precisamente el que menos esperaba que diera algo de sí a estas alturas de su carrera. El hasta ahora siempre torpe y limitadísimo Viggo Mortensen (mediocre hasta en sus papeles más conocidos, como El Señor de los Anillos o Una historia de violencia) se ha introducido hasta la médula en este fantástico retrato de un criminal en ascenso. Inquietante y terrorífico a ratos, amable y extrañamente delicado a veces, la interpretación de Mortensen, eficazmente apoyada por una excelente labor de maquillaje, sustenta y engrandece un personaje muy bien descrito y en el que hasta la estupenda sorpresa que guarda encaja a la perfección con lo mostrado hasta ese momento. Y no puedo dejar de citar la valentía de este actor a la hora de rodar esa impresionante pelea en los baños públicos, donde está completamente desnudo.