El Criticón

Opinión de cine y música

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Parque Jurásico III


Jurassic Park III, 2001, EE.UU.
Género: Acción, aventuras.
Duración: 92 min.
Dirección: Joe Johnston
Guion: Peter Buchman, Alexander Payne, Jim Taylor.
Actores: Sam Neill, William H. Macy, Téa Leoni, Alessandro Nivola, Trevor Morgan, Michael Jeter.
Música: Don Davis.

Valoración:
Lo mejor: Va al grano sin rodeos ni ambición innecesaria, ofreciendo un buen rato de diversión.
Lo peor: Se ve y se olvida. El listón dejado por la primera parte quedó muy alto y está lejos de acercarse.

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A pesar de su escaso calado en el corazón del espectador El mundo perdido fue un indiscutible éxito de taquilla, y como es de esperar en Hollywood lo aprovecharon con otro episodio. Esta vez el guion no se basa directamente en una novela de Michael Crichton, pero quien leyera Parque Jurásico verá que un par de escenas importantes se inspiran en partes que no fueron utilizadas en la adaptación de la primera entrega, como la jaula de los dinosaurios voladores o los problemas en el río. Está escrito a varias manos a toda prisa, de hecho, empezaron a rodar antes de terminarlo. Destaca la presencia de Alexander Payne, quien luego se hiciera un buen nombre en el circuito independiente como escritor y director de títulos como Entre copas (2004), Los descendientes (2011) o Nebraska (2013), entre otras. Steven Spielberg produce pero no dirige, siendo el elegido Joe Johnston, quien pegó fuerte poco antes con la divertida Jumanji (1995). Ni siquiera John Williams compone la música, pues le encargan la ingrata labor de versionar sus temas a Don Davis (quien se dio a conocer con Matrix -las hermanas Wachowski, 1999-).

Viendo que repetir la fórmula con el clásico más grande y más ruidoso no funcionó nada bien en El mundo perdido aquí se apostó por una aventura menos ambiciosa. La idea me parece buena y por momentos parece ir bien encaminada. La presentación de los personajes y la trama, dilatada hasta resultar cansina en el anterior capítulo, aquí se despacha rápido, pues no necesita más: varios protagonistas y la premisa son conocidos ya de sobra, y los nuevos personajes se describen aceptablemente bien a lo largo del relato. Por ello llegamos a la isla sin dar vueltas de más y la aventura empieza pronto. Además, la entrada en el juego de la supervivencia es contundente: el accidente de la avioneta es espectacular.

Pero en adelante faltan novedades y sorpresas, volvemos a la simple premisa de vagar por la isla mientras los dinosaurios entran y salen de pantalla según los guionistas quieran un receso o acción. Además, la falta de pegada de los escenarios no permite que estos produzcan inquietud, no digamos temor, y el espectáculo tampoco termina de llegar al nivel de Parque Jurásico. No acertar de lleno no significa un desastre, pues la selva es atractiva, Johnston dirige con solidez, y el ritmo es bueno, pudiéndosele achacar solamente que en algunos momentos los efectos especiales no dan la talla: los matte paintings (fondos pintados) en la escena de los pteranodones son horribles, y el spinosaurio parece un poco rígido a veces. Sin embargo, la falta de visión también supone que el potencial narrativo y el asombro del público se ven frenados por la falta de novedades, de riesgo.

Repetimos con los velocirraptores. Esta vez su inteligencia se exagera demasiado (prácticamente hablan), pero en general no ofrecen ningún instante original o impactante. Por cierto, los diseñan con un amago de plumas y colorines en la piel, como tratando de contentar a las críticas de que no se parecen en nada a los dinosaurios reales… Para eso no les pongas nada y los mantienes en el estilo original de la saga. También intentan lograr un monstruo más temible que el tiranosaurio con la presencia del spinosaurio, que tiene una buena introducción (la avioneta) y un final bastante espectacular (el clímax en el río), pero entre medio sigue ese patrón de aparecer y desaparecer a conveniencia, perdiendo rápidamente fuelle en el factor suspense, en la sensación de peligro latente. Si es que se escapan correteando un poco en cada envite, y a discutir entre ellos hasta el siguiente ataque. ¿Qué hay de trabajarse escenarios jugando con la intriga y la sorpresa? Eso lo intentan con los pteranodones, con la entrada en la jaula entre la niebla sin saber dónde se están metiendo. Pero aunque no está mal tampoco deslumbra, le falta algo de pegada y sobre todo temor real por los implicados.

Los protagonistas están más elaborados que en el episodio precedente y el reparto está bien elegido. La idea de traer rostros conocidos se quedó a medias, pues Johnston no creía que la pareja Alan y Ellie fuera a funcionar, a pesar de que todos esperábamos verlos de nuevo. Inicialmente el guion incluía a ambos (en un proceso de separación, el eterno cliché de la serie), pero al final decidieron dejar la aparición de aquella en un simple homenaje. Al menos Alan, con ayuda del papel de Sam Neill, mantiene y mejora su carisma, logrando un personaje magnético que gusta seguir en cualquier situación. El niño de turno es mucho más simpático y da más juego que la cargante chiquilla de El mundo perdido, y el joven Trevor Morgan está estupendo. Paul (William H. Macy) y Amanda Kirby (Téa Leoni) son una gran pareja de gente normal metida en un embrollo que los supera: son creíbles, sobre todo gracias al buen trabajo de los intérpretes, bastante simpáticos (el humor funciona, no como en la segunda parte), y se podría haber sufrido mucho con ellos si el viaje estuviera más trabajado.

Los asuntos matrimoniales, porque al final tuvieron que incluirlos con dicha pareja, esta vez están mejor hilados, pues definen las acciones de los personajes y la relación va evolucionando alrededor del problema mientras tienen los propios problemas con los monstruos. Pero esto significa también que tenemos un melodrama muy de telefilme, previsible, sensacionalista, algo fuera de lugar en una película de la que se espera algo menos de drama tontorrón y más lucha por la supervivencia. Tampoco me convence el patinazo que dan con el ayudante de Alan (Alessandro Nivola), que pasa de competente a niñato avaricioso en un visto y no visto, como para cumplir con el otro estereotipo de la saga: los que ponen el beneficio propio por encima de la naturaleza y el bien común acaban comidos por los dinosaurios. Eso sí, esta cinta es la más blanda y al final sigue vivo para aprender de sus errores.

En resumen, la falta de ambición funciona a la hora de conseguir un capítulo más entretenido y sólido que el anterior, pero ello mismo implica seguir lejos de la grandeza de la primera entrega. Después de contentar tan poco con El mundo perdido el público fue incluso más exigente, llevándose un varapalo mayor de lo que merece.

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La habitación


Room, 2015, EE.UU.
Género: Drama.
Duración: 115 min.
Dirección: Lenny Abrahamson.
Guion: Emma Donoghue adaptando su novela.
Actores: Brie Larson, Jacob Tremblay, Sean Bridgers, Joan Allen, Cas Anvar, William H. Macy, Tom McCamus.
Música: Stephen Rennicks.

Valoración:
Lo mejor: Dirección, reparto y sobre todo guion. La imaginación, profundidad y fuerza que desprende.
Lo peor: Nada de la película. El tráiler, que te revienta todo sin miramientos, mostrando mucha cobardía a la hora de venderla.

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Un niño de cinco años y su madre viven aislados en una sola habitación. Lejos de lo que pueda pensarse, como que promete un relato muy limitado y probablemente aburrido, la historia es muy sugerente y la proyección te atrapa con rapidez para no soltarte. La pequeña familia resulta adorable y su futuro nos atrae muchísimo. Con el chaval vamos descubriendo lo que es su mundo, tanto lo que ve como lo que sentiría alguien criado así. Y con la madre lo mismo: el aislamiento (no expongo los motivos, hay que dejarse llevar por la trama y sus muchas sorpresas: ¡no se te ocurra ver los tráileres!) supone replantearse su concepto de la vida y de las esperanzas. Así, esta primera parte ya está sobrada de profundos e inteligentes análisis sobre nuestra formación como personas (entorno, educación, familia), pero lejos de resultar farragoso o demasiado filosófico todo fluye de forma natural y emotiva.

El segundo acto nos lleva a los momentos más sombríos. En sus primeros pasos en el mundo adulto las fantasías infantiles dan paso a las primeras pesadillas reales: el chico vive sus primeras tragedias y la madre sufre los cambios y ha de luchar por los dos. Escenas tensas, alguna situación dramática que llega a resultar angustiosa, y unas pocas esperanzas nos lanzan a un torbellino de emociones que nos mantienen el corazón en un puño.

Pero no hay lugar al descanso. En el tercer segmento, la adaptación a una nueva situación, también es muy completo en argumento y sentimientos. Los nuevos paradigmas a los que se debe enfrentar el niño dejan sutilmente otros muchos mensajes: la relevancia de cosas que hemos perdido en la obsesión con placeres superficiales, las distintas visiones del concepto de familia (cuando surge el planteamiento de por qué no dio al crío en adopción llorará hasta el más duro), más otras tantas reflexiones sobre cómo la educación y el entorno nos forman como personas: la zona de confort, la adaptación a cambios bruscos, cómo puede surgir la depresión incluso cuando todo parece ir bien…

La labor de dirección de Lenny Abrahamson es brillante, se adapta a cada escenario físico y emocional con maestría. La habitación, como al chico, nos parece enorme, todo un mundo, y los cambios de tono, sutiles (la iluminación) o evidentes (de la tranquilidad al caos) son esenciales para mostrar qué sienten y sufren los protagonistas. Y la evolución de estos la borda, sacando lo máximo de los actores: Jacob Tremblay muestra un registro impresionante para su corta edad, y Brie Larson está espléndida, logrando una interpretación de las que no se olvidan. En cuanto al doblaje, sorprendentemente al crío le han puesto un actor de una edad cercana, pero la voz de la madre está demasiado vista, parece que sólo hay y tres voces femeninas en todas las películas y series de los últimos veinte años. Y obviamente el papelón de Larson merece ser visto sin alteraciones.

Imaginativa y aun así muy realista y humana. Inteligente y profunda pero amena y conmovedora. Hermosa sin tirar de presupuesto en la ambientación. La habitación es una de las mejores películas de los últimos años.