El Criticón

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Blade Runner (Final Cut)


Blade Runner, 1982, 2007 (Final Cut), EE.UU.
Género: Ciencia-ficción, policíaco.
Duración: 117 min.
Dirección: Ridley Scott.
Guion: Hampton Fancher, David Webb Peoples. Philip K. Dick (novela).
Actores: Harrison Ford, Rutger Hauer, Sean Young, Daryl Hannah, William Sanderson, Joe Turkel, Edward James Olmos, Brion James.
Música: Vangelis.

Valoración:
Lo mejor: Aspecto audiovisual arrebatador. Temática sugerente con reflexiones muy bien planteadas. El papel de Rugter Hauer.
Lo peor: La trama policíaca es muy endeble, el romance más, y Deckard un personaje bastante soso. Y todo ello eclipsa más de la cuenta la parte filosófica y ralentiza demasiado el ritmo.
Los planos: El inicial, con la ciudad hasta donde abarca la vista. El coche volador pasando al lado del anuncio. El edificio Tyrell.
Mejores momentos: Roy conociendo a su creador.
Versiones: Entre cambios obligados por el estudio y cambios que fueron sufriendo las versiones en vhs y dvd, acabó habiendo siete versiones distintas de la película. La más recomendada es la Final Cut de 2007, que fue la única controlada por Ridley Scott con total libertad.
La frase: La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo. Y tú has brillado con mucha intensidad, Roy.

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Alerta de spoilers: Doy por hecho que se conoce a fondo.–

Blade Runner tuvo críticas desiguales en su estreno en 1982. Aquí hay un artículo que habla de ello, por ejemplo. Podríamos argumentar que con la ciencia-ficción de corte intelectual suele ocurrir que los conservadores no la entienden en su momento, pero también señalaban puntos grises evidentes, así que algo de razón tenían. Sin embargo, no tardó mucho en convertirse en una película de culto, es decir, una no del todo popular (generalmente por ser de una temática no atractiva para todos los públicos), imperfecta o incluso regulera, pero que consigue un grupo de fieles seguidores que alaban algún acierto destacable. Pero esa bola fue creciendo con los años y no tardó en considerarse una obra maestra incluso por los gremios más inmovilistas de la crítica cinematográfica, que pasaron del rechazo a la adoración ciega. Y con esa reputación ha acabado convirtiéndose en una de esas cintas en las que se ha olvidado todo fallo o limitación y es imperdonable no decir que es perfecta e irrepetible. Pero yo me voy a mantener firme. Blade Runner es una película de culto, pero dista mucho de ser una obra maestra del cine.

El primer aspecto digno de citar no se puede considerar un gran fallo, pero a mi modo de ver desluce un poco: el texto en pantalla que nos introduce en la historia. Un relato que necesita un resumen explicativo para empezar, que muestra ese miedo a no ser capaz de ser inteligible por sí mismo, no augura nada bueno, sus autores no parecen tener muy claro cómo contar las cosas. Además, la versión estrenada en su momento contaba con voz en off para ir aclarando aún más la historia, aunque es justo aclarar que esto fue imposición de los productores. La verdad es que queda todo bien claro en los primeros minutos con la entrevista al primer replicante y la presentación de Deckard y su misión. Hacía años que el cine y la televisión dejaron atrás la ingenuidad del cine clásico (había buenas excepciones, claro está), sobre todo en la ciencia-ficción y fantasía: 2001 sí era realmente difícil de entender, y Alien, Star Trek y La guerra de las galaxias habían abierto las puertas a imaginar cualquier cosa posible; además, ese año llegaron también E.T. y La cosa. Así que Blade Runner no me parece complicada, ni poniéndome en la época, como para necesitar esa introducción cutre.

Una vez entrados en materia es indudable que la proyección cautiva al instante con su arrebatador aspecto audiovisual, que además soporta el paso de los años con una solidez extraordinaria. Los temas principales de Vangelis (sobre todo el inicial y el de los créditos finales) ponen los pelos de punta. Incluso en los años ochenta, con el auge de la electrónica, suenan como de otro mundo, son potentes y hermosos. La visión de un futurista Los Ángeles impresiona: una ciudad inmensa, llena de grandes edificios y polución. Y pronto ponemos los pies en el suelo y la conocemos más a fondo: sobrepoblación de distintas culturas, calles abarrotadas de gente y suciedad, y avances tecnológicos de todo tipo, incluyendo los llamativos anuncios publicitarios, nos ponen ante un futuro con un realismo y cercanía tangibles, ante un porvenir tan apasionante como inquietante.

Los guionistas Hampton Fancher y David Webb Peoples se inspiraron en Philip K. Dick, más concretamente en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), y Ridley Scott y el equipo técnico dieron vida al libreto con un resultado memorable. La combinación de escenarios, maquetas y matte paintings no por complicada frenó la imaginación de todos los implicados, que dio frutos dejando anonadados incluso a los que se les atragantó el argumento. Y aunque ya habíamos visto grandes ciudades futuras en Metrópolis y en cierta manera en La guerra de las galaxias (la Estrella de la Muerte), y la literatura nos dejara alguna otra (La fundación de Asimov a la cabeza), su capacidad para asombrar no se vio limitada gracias a esa visión pesimista y la calidad del acabado en todos los ámbitos. Sólo los matte paintings de algunos fondos se notan hoy en día, pero las maquetas, el bullicio de las calles, los coches voladores… siguen resultando verosímiles y espectaculares.

Pero no todo son alabanzas, porque llega un momento en que da la impresión de que Scott se obsesiona con exprimir los efectos especiales y remarcar el tono de la película, como forzando el factor asombro. Hay demasiados planos contemplativos de los edificios con demasiada musiquita pretendidamente conmovedora, y mucho enredo con la iluminación, que termina sobrecargando multitud de escenas con focos, sombras y oscuridad que en varias ocasiones resultan antinaturales, como en el piso de Deckard.

En el relato entramos con fuerza también. La entrevista al replicante Leon, como señalaba, nos pone muy bien en situación. Unos androides tienen problemas de comportamiento, dando pie a la eterna pregunta de qué nos hace humanos: los detectan comprobando sus reacciones ante preguntas que mezclan lógica y sentimientos. La aparición de Rachael, un modelo más avanzado, sube el nivel, porque añade a la ecuación los falsos recuerdos, haciendo más difusa la frontera entre humanos y máquinas. Roy y Pris aportan el otro pensamiento fundamental a la hora de distinguir entre seres sintientes e inteligencias artificiales: la percepción de la muerte, la necesidad de identidad y de conocer de dónde venimos y qué nos puede deparar el futuro. Este grupo de replicantes busca entender por qué su creador los hizo, eludir la muerte inminente (tienen fecha de caducidad), e intentan que los humanos no los cacen como a tostadoras rebeladas, porque se sienten vivos. El encuentro de Roy y Pris con sus creadores, primero con el ingeniero rarito, J. F. Sebastian, y luego con el ideólogo principal, Tyrell, es intenso, hermoso y provocador: un anhelo primario del hombre es encontrarse con su hacedor (quien crea en esos conceptos, claro), exponerle las preguntas citadas, hallar respuestas a su existencia. Aparte de la fuerza del momento, queda también una sensación melancólica: como Roy, somos conscientes de que la vida es efímera, podemos preguntarnos si merece la pena gastarla en perseguir cuestiones sin respuesta o con unas que puedan no llenar nuestro vacío, etc. Por todo ello, acabamos este clímax de lado de quienes se habían presentado como los villanos: estos seres atormentados se merecen una segunda oportunidad.

Pero en un análisis en frío hay que decir que debemos hacer un salto de fe inicial para aceptar la premisa. Qué sentido tiene crear androides de servicio tan parecidos a los hombres, cuando queda claro que sólo traen complicaciones. Con robots sexuales obviamente se justifica el parecido, pero sólo en el físico, darles tanto libre albedrío es absurdo; y el resto se supone que son para trabajar en condiciones extremas, así que no convence.

Dejando de lado ese pequeño punto oscuro perfectamente perdonable, los problemas de Blade Runner son otros más claros y que, al menos a mí, me resultan imposibles de perdonar. Y es que este argumento tan jugoso se ve bastante limitado por la otra línea narrativa, el policíaco de corte futurista, neo noir o ciberpunk, que no da la talla y lastra la cinta con una serie de bajones de contenido e interés bastante importantes.

La odisea de Deckard no me entusiasma mucho, el ritmo peca de aletargado y el drama personal es muy básico, su fuerza reside únicamente en el aspecto visual. Es decir, no aporta ninguna perspectiva novedosa al género más allá del entorno futurista. Los pocos policías que lo secundan son irrelevantes: el jefe sólo sirve para darle el trabajo, el mejicano con vestuario extravagante no aporta nada, parece que le quieren dar una relevancia que no llega a tener, pues termina quedando como un simple recadero. Y el romance cumple con todos los clichés del noir paso por paso sin que parezcan ponerle mucho esfuerzo. La chica afligida que se encuentra en medio de todo sin control de nada, el agente rudo, el flechazo instantáneo, la fuga juntos… La falta de novedades y de emoción impiden que me crea la relación. La escena del primer beso se alarga mucho y acaba siendo artificial, los encuentros aquí y allá son demasiado facilones y no cimentan la relación como para creerme la pasión y la decisión final de huir, y eso que los personajes dejan clara la necesidad de romper con sus vidas actuales.

Para empeorar las cosas, la investigación policial es poco o nada sustanciosa. Primero, no se entiende por qué Deckard acepta el trabajo si inicialmente pone tanto empeño en decir que no. No hay una amenaza clara a su estado actual como para resignarse. Y el caso da muy poco de sí. Hurgar en el hotel del replicante, analizar un par de pistas ahí encontradas, y ya está. Para colmo, algunas de estas ofrecen resoluciones muy rebuscadas: el análisis de la foto es ridículo, con esas ampliaciones y giros imposibles; y qué poco profesional eso de disparar entre la multitud a una mujer (aunque sea replicante) que corre desarmada, amén de que la escena se estira demasiado con un aura de trascendencia un tanto impostada. El único trabajo policial real y atractivo que realiza es seguir la pista de la escama, y tampoco es deslumbrante. Por lo demás, se sienta a esperar hasta que le cae encima la posible ubicación de los replicantes en la casa de Sebastian, una escena que debió parecerles demasiado corta, porque la alargan metiendo un relleno intrascendente: el coche patrulla que le da aviso de estar en zona restringida.

Así que Deckard es un personaje principal bastante rutinario, sin pegada, llegando a resultarme incluso aburrido. Si es que hay un momento en que tanto primer plano en silencio sin motivos claros me saca de quicio: la llegada al edificio Tyrell, con plano al edificio, plano a Deckard incesantemente sin venir a cuento, es buena muestra de esa sobreexposición innecesaria que señalaba. Sólo el carisma de Harrison Ford consigue que recuerde su presencia, pero me es inevitable pensar que cada minuto perdido con Deckard podía haberse utilizado para explorar más a fondo la trama de los replicantes. Siguiendo con los actores, Rutger Hauer es el único que me conmueve, y por extensión Roy es el único personaje que me llega con intensidad. Sean Young (Rachael) se limita a poner caras de pena, y William Sanderson (Sebastian), Daryl Hannah (Pris) y Joe Turkell (Tyrell) cumplen bien en sus contadas apariciones.

El problema se agrava porque en el tercer acto la combinación de ambas secciones es prácticamente inexistente. Se espera que se unan en un desenlace que motive cambios en ambos grupos de protagonistas, que culmine en una revelación capaz de dejar huella en ellos y en el espectador. Pero en cambio dejamos de lado toda la parte filosófica y nos lanzamos de lleno al noir, además en una línea muy facilona y predecible, pues es la misma película de acción policíaca de siempre, algo que se criticó bastante en su momento. El poli tras el criminal, el escenario final habitual donde se producirá un duelo que pretende ser intrigante pero se hace bastante predecible y largo, y los agujeros de guion de siempre: por qué Deckard va sin refuerzos, y que el otro agente llegue justito cuando se ha solucionado todo.

Para mí, la historia de Roy termina con su encuentro con Tyrell. Hubiera sido más poético que se suicidara tras eliminar a su creador, ya no tiene motivos para vivir, ha llegado al término de su viaje, ha obtenido algunas respuestas clave y conocido las limitaciones de su existencia. Hubiera sido también bonito que Pris acabara sus días con Sebastian en su pequeño paraíso ilusorio. Pero esa media hora extra de vulgar persecución termina de afear un filme que apuntaba mucho más alto. Y aquí incluyo el discurso de Roy: es puro humo, cháchara pretenciosa. Había formas más sutiles de recalcar que ha aceptado que ha tenido una vida fulgurante y llega su final. Y mientras, en Deckard no veo ninguna revelación que indique lo que parece querer indicarse: que ahora considera humanos a los replicantes. Estaba claro que se iba a ir con Rachael desde hace tiempo, y que perseguía a los otros por ser criminales en busca y captura, pero en ningún momento se exponen pensamientos más concretos sobre sobre todo el asunto de los replicantes.

Para terminar, es inevitable tratar la incógnita que trae de cabeza a los admiradores desde su estreno: ¿es Deckard un replicante? El sueño con el unicornio (aunque esta escena fue eliminada hasta que se recuperó en el Final Cut), el que el otro agente parezca conocer ese sueño, la pregunta de Rachael “¿Te han hecho el test a ti?” que queda en el aire… Todo parece apuntar que sí. Pero entonces se genera un agujero de guion importante: si es un replicante que han activado para atrapar a los otros, pues vaya mierda de modelo, no tiene habilidades llamativas, ni fuerza, es un patán que se deja atrapar cada dos por tres. Si fuese un modelo viejo que tenían por ahí, tampoco tendría mucho sentido usarlo a él en vez de a policías más hábiles.

Curiosamente, los mismos problemas que le achaco a Blade Runner los tuvo otro título que abordó temáticas semejantes, Ghost in the Shell: se atascaba en el ritmo, sobre todo porque el caso no se desarrollaba con mucho entusiasmo. También podría mencionar el tenue intento de Ridley Scott de volver a estas preguntas en las fallidas secuelas de Alien, Prometheus y Covenant, donde repite los dilemas de Roy y demás replicantes a través del androide David, de hecho, las escenas de David con Wayland y este con el ingeniero son muy parecidas al encuentro de Roy y Tyrell.

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