El Criticón

Opinión de cine y música

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El faro


The Lighthouse, 2019, EE.UU., Canadá.
Género: Suspense.
Duración: 109 min.
Dirección: Robert Eggers.
Guion: Robert Eggers, Max Eggers.
Actores: Robert Pattinson, Willem Dafoe.
Música: Mark Korven.

Valoración:
Lo mejor: Fotografía estupenda y reparto entregado.
Lo peor: Es un experimento más que fallido ridículo y molesto, una sucesión de paridas y gilipolleces sin pies ni cabeza que resulta tiempo perdido.

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Tenía la vista puesta en Robert Eggers tras La bruja (2015). Sin ser una maravilla, mostraba personalidad y buen hacer, resultando una llamativa presentación de un autor con talento y potencial en un género ahogado en productos prefabricados. Pero el tropiezo de El faro deja su futuro en vilo. De un realizador inteligente, metódico, que mostró entender muy bien el lenguaje cinematográfico y la conexión emocional con el espectador, hemos pasado a un iluminado que rueda mezclando conceptos varios sin ton ni son.

¿De qué sirve que un elemento, o dos, o cinco… o todos sean brillantes si el conjunto no logra tener coherencia, equilibrio, y un significado superior? El faro tiene una fotografía valiente y asombrosa. Con un certero formato cuadrado, un estupendo blanco y negro y una iluminación muy cuidada Jarin Blaschke logra una serie de imágenes que van de lo hermoso a lo sobrecogedor. El reparto está imponente, se ve en los ojos de Robert Pattinson y Willem Dafoe la soledad, la desesperanza, la locura.

Pero esto no es suficiente para conseguir unos personajes sólidos, que ofrezcan unas vivencias apasionantes con las que conectar, para que el relato en su conjunto cobre significado y propósito y transmita las sensaciones pretendidas. No ocurre porque no hay guion y la dirección no atina una. Eggers parece haber rodado cada escena según le viniera la inspiración, y desde luego ha tenido bien poca.

Tenemos una amalgama de distintos recursos, ideas, escenarios… El galimatías resultante ni siquiera se puede tildar de pretencioso, porque para eso al menos debes mostrar inteligencia, pero el realizador mezcla vaguedades con tanta torpeza que resulta incomprensible cómo tal despropósito ha podido ver la luz.

Pajarracos intrigantes posándose en sitios intrigantes, como para decir que esta es una de miedo. Alegorías absurdas, como la luz de la vida o lo que coño quiera decir con la lámpara del faro. Mitología metida con calzador: la sirena. Surrealismo y onirismo totalmente salido de madre. Historias de soledad y roces vulgares, con repetitivos sufridos trabajos, peroratas y discusiones rebuscadas o poco justificadas. Todo se sucede, acumula y sobrepone de mala manera.

Hay momentos de auténtica vergüenza ajena, de gritarle a la pantalla “¿pero cómo has podido rodar semejante gilipollez?”, como cuando intenta producir alguna impresión (¿repulsa por grotesco e incómodo, comprensión por su soledad?) con las remarcadas escenas de masturbación. Los piques y las peleas aleatorias en cenas y comidas son penosos también. Y los recesos donde nada ocurre resultan exasperantes.

Y después de todo, de repente al final se acuerda de que debería contar algo, así que intenta ponerles a los protagonistas un pasado, unas experiencias y traumas que justifiquen acciones y permitan que nos interesemos por ellos… ¿Ahora, tras hora y media de bandazos sin rumbo? Por supuesto, no funciona, son historias que llegan tarde y se pierden rápido en un desenlace que no sorprende al ofrecer más artificio inconexo.

El trabajo de dirección a veces es difícil de describir, porque abarca, gestiona y delimita todo. Un buen director controla al milímetro cada elemento, o al menos lo deja en manos de alguien con quien se entiende muy bien. Uno mediocre no tiene tanta visión y descuida cosas aquí y allá, de forma que el relato se resiente. Como indicaba, por la sabiduría y contención mostrada en La bruja esperaba mucho más, pero aquí Eggers está bien perdido. Deja que los distintos elementos den forma a la cinta por su propia cuenta (que la fotografía te atrape, el sonido te inquiete, etc.), y el conglomerado resultante no es que se desmorone, es que no llega a tomar forma.

Además, si la fotografía y el reparto son estupendos, la música y los efectos sonoros son horrendos. El método y el resultado es el habitual en el cine de terror y suspense de baratillo: mucho ruido, poca sustancia. Llega a ser molesto lo que abusa de atmósferas forzadas con música estruendosa y efectos sonoros muy realzados para que al final la escena no lleve a ninguna parte, no transmita nada.

Así no se logra suspense, no digamos terror, ni tampoco emerge un drama que conmocione y haga reflexionar. La proyección sólo genera frustración, sensación de engaño y tiempo perdido.

Al menos es divertido ver la delirante oleada de adoración que ha tenido, leer las críticas que hacen malabares para justificar una supuesta obra maestra, con entendidillos cuando no iluminados rebuscando referencias y sentidos ocultos (pasó en Mandy -2018- también): si aparece un pájaro… ¡es una cita a Hitchcock!… blanco y negro… ¡bebe de Bergman!…

The Gentlemen


The Gentlemen, 2020, Reino Unido.
Género: Acción, suspense, comedia.
Duración: 113 min.
Dirección: Guy Ritchie
Guion: Ivan Atkinson, Marn Davies, Guy Ritchie.
Actores: Matthew McConaughey, Charlie Hunnam, Hugh Grant, Colin Farrell, Michelle Dockery, Jeremy Strong, Henry Golding, Tom Wu, Eddie Marsan.
Música: Christopher Benstead.

Valoración:
Lo mejor: Reparto. El humor negro, rebuscado e ingenioso de Guy Ritchie.
Lo peor: Los bandazos que da, al exceso de voz en off, sobre todo en el primer tercio, bastante aburrido.
El doblaje: Qué molesto resulta en la versión en castellano que Colin Farrell hable como Brad Pitt en vez de con la voz habitual que le suelen poner. Y el título llega como es demasiado habitual con una coletillla (Los señores de la mafia); o traduces o no, pero no hagas cosas a medias.

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Guy Ritchie deslumbró en 1998 y 2000 con Locke & Stock y Snatch, dos cintas de suspense, acción y humor negro muy alocadas y originales. Pero luego patinó a lo grande con una romántica hecha a medida de Madonna, su novia por entonces: Barridos por la marea (2002). A esta le siguió Revólver (2005), más en su línea aunque tampoco logró deslumbrar, pero en Rockanrolla (2008) volvió a mostrar su talento para el thriller gamberro. Tras ella dio un giro comercial a su carrera. En principio esta nueva línea prometía bastante, tanto por traer novedades a su filmografía como por aportarlas también a un ámbito, el cine de acción y aventuras de estudio, poco imaginativo. Sherlock Holmes (2009) fue muy interesante y un gran éxito, pero su secuela, Juego de sombras (2011), aun contando con el beneplácito del público en la taquilla, anduvo muy justa de calidad y desinfló demasiado rápido el entusiasmo en la imagen de marca recién creada.

Sin embargo, el estudio Warner Bros. mantuvo la confianza en Ritchie durante dos títulos más. Operación U.N.C.L.E. (2015) estuvo a medio camino de las dos tendencias, la de altas miras comerciales y la independiente, contando con actores en alza y una buena campaña publicitaria, y siendo un thriller desinhibido aunque no fuera en la onda pasada de rosca del realizador. Sin ser mala, no tenía mucha garra y la taquilla fue muy justa, probablemente provocó pérdidas. Pero Rey Arturo (2017) sí fue una debacle total. Aun con los flojos resultados de la anterior y de otras del género (Warcraft -2016-), por alguna razón misteriosa le dieron carta blanca y un presupuesto enorme. El batacazo fue de aúpa. Ni Ritchie supo combinar la fantasía histórica con su vena extravagante, ni el púbico, por lo general muy receptivo con el género, tragó esta vez.

Pero donde otros habrían visto truncada su carrera indefinidamente, Ritchie tuvo mucha suerte. Disney decidió contratar a un guionista y director con talento en otro de sus estúpidos remakes, Aladdin (2019), como es habitual poniéndole coto artístico, es decir, usando solo su capacidad técnica y experiencia, pero anulando su creatividad. Y cómo decir que no. Cheque en mano y puertas abiertas en el negocio otra vez. Su siguiente producción no ha tardado ni un año en llegar, y no se la ha jugado, ha optado por regresar a lo que conocía y mejores resultados le ha proporcionado.

The Gentlemen tiene su sello, su esencia, por todas partes. Suspense y acción ambientado en su Reino Unido natal, una enmarañada intriga criminal llena de personajes estrafalarios, situaciones variadas que mezclan acción y humor negro, una puesta en escena detallista y sobrecargada, y un reparto de lujo. Esta vez los protagonistas son mafiosos adinerados, unos caballeros en toda regla como dice el título, y no patanes varios (que también los hay), pero el relato es del estilo, una serie de caóticas y catastróficas meteduras de pata y giros inesperados llevan a los personajes de acá para allá, y a saber cómo de mal acabará la cosa.

Algunos encuentros entre mafiosos, sean tiroteos o disputas intelectuales, son espectaculares. Cuando se empiezan a torcer las cosas se acumulan escenarios inesperados y giros loquísimos. El humor combina brutalidad e ingenio, dejándote a veces tan asombrado que tardas unos segundos en empezar a reír. Y muchos de los actores hacen suyos a los personajes con entusiasmo. Matthew McConaughey es desde hace tiempo un valor seguro. Charlie Hunnam está más cómodo que en los papeles raros que eligió recientemente (Pacific Rim -2013-, Rey Arturo). Colin Farrell vuelve a dejarnos anonadados con su mimetismo. Hugh Grant está bastante resuelto, merecería tener mejor suerte de la que arrastra desde hace tiempo.

Pero el conjunto no termina de cuajar, Ritchie no encuentra la inspiración de sus mejores obras. El primer tercio deambula demasiado con la insistente y repetitiva voz en off del rol de Grant, se hace incluso pesado. No sé si quería jugar con la intriga, aportar algo que no había probado antes, pero no funciona. Para introducirnos en la historia criminal y el evento que desencadena todo habría sido mejor mostrarlo con hechos fluidos y conectados, no contarlo saturándote de diálogos confusos y flashes visuales sueltos que tienes que unir en tu cabeza. Una vez logra colocar todas las piezas en el tablero y lanzar el embrollo mejora muchísimo, pero ha tardado demasiado y todavía tiene algunos bajones. La falta de originalidad y ritmo pesa en algunos tramos con más enredos y artificios que diálogos virtuosos y situaciones sorprendentes.

En el reparto también hay carencias importantes. La mujer del mafioso protagonista, encarnada por Michelle Dockery (Downton Abbey -2010-), no funciona como personaje ni la actriz convence, y los enemigos asiáticos parecen estar por añadir más dificultades, no imponen ni hacen gracia. En el final hay momentos un tanto forzados aun tratándose de una historia poco seria: la amenaza del congelador y la libra de carne, donde además otro supuesto gran mafioso se convierte de golpe en un panoli, y el tiroteo a un coche, no hay por dónde cogerlos.

Ritchie ha vuelto a su terreno, pero no muestra el vigor de la juventud, parece que buscaba estar cómodo, sin correr riesgos que lo han tenido dando bandazos durante algunos años. De cara al espectador esto se traduce también en volver a un ambiente conocido y por tanto confortable, pero la falta de nervio y los bajones son importantes. Queda un título con personalidad y gracia que bien vale para echar el rato, pero no llena del todo ni llama para revisonarlo de vez en cuando como sus trabajos más emblemáticos.

Fallece Max Von Sydow

El domingo 8 de marzo nos ha dejado el actor sueco Max Von Sydow, con 90 años de edad.

La primera etapa de su carrera fue en su país natal bajo las órdenes del gran Ingmar Bergman en títulos tan notorios como El séptimo sello (1957), Fresas salvajes (ídem), El manantial de la doncella (1960)… A mediados de los sesenta probó suerte en Estados Unidos, aunque no fue hasta El exorcista (1973) cuando consiguió dejar huella. Alternó ambos países y producciones de todo tipo, incluyendo numerosas series y miniseries. Sus últimas apariciones llamativas fueron en La guerra de las galaxias: El despertar de la Fuerza (2015), Juego de tronos (sexta temporada) y Kursk (2018), y deja una producción griega pendiente de estreno, Ecos del pasado.

Filmografía, Biografía.

El hombre invisible


The Invisible Man, 2020, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 124 min.
Dirección: Leigh Whannell.
Guion: Leigh Whannell.
Actores: Elisabeth Moss, Aldis Hodge, Michael Dorman, Oliver Jackson-Cohen, Harriet Dyer.
Música: Benjamin Wallfisch.

Valoración:
Lo mejor: La siempre impresionante Elisabeth Moss. Algunos giros brutales y espectaculares.
Lo peor: La falta de rumbo y definición en el argumento y el desequilibrio en el suspense y los escenarios echan por tierra un potencial mayor.
La incongruencia: Estamos ante otra película donde como parte del doblaje sustituyen los textos en inglés de móviles y ordenadores por español, generando la incongruencia de que estadounidenses se escriban en castellano cuando evidentemente no lo están haciendo. Aparte, también está plagada de leísmo.

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Leigh Whannell inició su carrera colaborando en las sagas Saw e Insidious como actor, productor y guionista, y finalmente dio el paso a la dirección en Insidious 3 (2015), tras la que se lanzó a escribir y realizar sus propias obras, primero Upgrade (2018) y luego la presente.

Esta nueva versión de la premisa de El hombre invisible nada tiene que ver con el clásico de H. G. Wells escrito en 1897 y la adaptación al cine de 1933 de la mano de James Whale, tan llamativa y exitosa que tuvo numerosas secuelas e imitaciones. Se acerca algo más a la versión moderna de Paul Verhoeven del año 2000, titulada El hombre sin sombra, que entraba en el lado más oscuro y perverso del relato y no estuvo mal a pesar de que la crítica se cebó con ella. Whannell toma el relevo adentrándose aún más en la parte sórdida. Una mujer huye de los abusos de un novio controlador y maltratador, pero no termina de superar las secuelas psicológicas cuando este reaparece con un traje de invisibilidad para atormentarla.

Si la historia versa sobre la angustia de vivir con miedo a no encontrar salida, la persecución constante que te mantiene sometido y al borde del colapso psicológico… esto debe trasladarse al espectador con intensidad. Pero la obra resultante es muy irregular, con buenas intenciones dispersas es un conjunto muy desequilibrado y con algunas carencias bastante graves, con lo que la atmósfera desasosegante e imprevisible, efectiva en algunos momentos, falla demasiado en otros muchos.

El primer acto roza el desastre. El realizador se empeña en comenzar en medio de la acción, con la protagonista huyendo, sin haber introducido debidamente la relación tóxica, la forma de ser del novio y su trabajo con tecnologías avanzadas. Quizá pretendía generar intriga, en plan “qué chungo tenía que ser para hacer esa huida desesperada”, pero lo único que crea es confusión. No sabemos de qué es capaz este tipo y de su trabajo y habilidades no se menciona nada claro, reaparece siendo invisible y acosando y ya está, y tampoco se explica con quién se refugia la protagonista, ¿es el novio de la hermana, un amigo, de dónde sale esa relación tan cercana? Te tiras muchos minutos desubicado, esperando que te expliquen quién es quién y la situación y empiece a pasar algo interesante.

A todo ello hemos de sumar la falta de credibilidad de la premisa (un tipo se hace en casa un traje que ni el Pentágono soñaría) y las motivaciones del villano (qué quiere de ella realmente, pues parece cambiar a cada rato), más algunos giros finales forzados (el supuesto secuestro). Queda claro que a Whannell se le ha pegado más de la cuenta el estilo rebuscado y los argumentos poco trabajados de las sagas en las que creció.

Incluso en los mejores tramos se queda corto, y parece que el mismo director lo sabe y hace lo de siempre en el este género cuando faltan ideas, tirar de sustos ruidosos y tratar de que la insistente música dé forma a las escenas. Y como siempre, no es suficiente. En el segundo acto, las escenas de acoso en la casa del amigo cumplen con lo justo, los cambios de rumbo, por llamativos que fueran en principio, se terminan desinflando más temprano que tarde. Y en el desenlace, después de tanto generar expectación, el encuentro final cara a cara con el novio es penoso, el actor Oliver Jackson-Cohen (La maldición de Hill House -2019-) da risa y los diálogos son muy justitos, no se ve en ningún momento a un psicópata manipulador, no da miedo alguno.

Es obvia la lectura sobre el maltrato a la mujer y la liberación de esta. Hay partes contundentes (la paliza que se lleva en la cocina), otras demasiado mascaditas (el desenlace se ve venir de lejos y el plano final sobraba), y unas pocas logran transmitir bastante suspense y mal rollo, dejando la integridad de protagonista por los suelos. Pero el potencial latente es mucho mayor, y en el conjunto la parte dramática queda más cerca de un honroso telefilme que de una cinta capaz de conmover y dejar huella.

Si no fuera porque Elisabeth Moss (El Ala Oeste -1999-, Mad Men -2007-, El cuento de la criada -2017-) es un talento que arrasa allá por donde pasa y que Whannell tiene algunos chispazos de inspiración que levantan considerablemente el interés aquí y allá y te mantienen en vilo durante unas cuantas escenas, sin duda habría sido una película bastante mediocre. La agresión a la hija del amigo y la cena con la hermana son brutales, de los momentos más inesperados e impactantes que he visto en bastante tiempo, te dejan durante un buen rato con mal cuerpo y con la sensación de que todo saldrá mal… Pero no es suficiente para hacer olvidar la falta de rumbo y constancia, los recesos tan aburridos, los recursos baratos…

El hombre invisible se queda en un quiero y no puedo sólo recomendable para amantes del género, que como no son pocos y la cinta ha tenido buena publicidad, está dando bastante dinero, más que nada porque ha costado cuatro duros.

Puñales por la espalda


Knives Out, 2019, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 131 min.
Dirección: Rian Johnson.
Guion: Rian Johnson.
Actores: Daniel Craig, Ana de Armas, Michael Shannon, Jamie Lee Curtis, Toni Collette, Christopher Plummer, Katherine Lagford, Jaede Martell, Don Johnson, Chris Evans, Lakeith Stanfield, Riki Lindhome, Noah Segan.
Música: Nathan Johnson.

Valoración:
Lo mejor: Ana de Armas y su rol.
Lo peor: Una historia obsoleta y totalmente desganada, sin intriga que atrape, sin personajes que conmuevan, y con un reparto llamativo dando interpretaciones bastante aburridas.

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Alerta de spoilers: Sin datos reveladores hasta el próximo aviso en el último párrafo.–

Otra película que abordo entusiasmado por sus estupendas críticas que la ponen como un oasis de cine original e inteligente entre la mediocridad contemporánea (aunque esto con matices, que llevamos unos pocos años bastante buenos), y otra película que me decepciona a lo grande. La misma historia de siempre en su género, contada con más desgana y tropiezos que inspiración y buen hacer. Da la impresión de que ya no es sólo el público el que no tiene memoria ni criterio y es fácil de complacer con títulos corrientes cuando no vulgares hechos a trozos de obras muy superiores, sino que los medios y críticos profesionales se dejan llevar por las modas que tanto amplifican internet y alaban mediocridades una tras otra.

Puñales por la espalda es una pobre imitación o un homenaje fallido a un estilo muy anticuado. El policíaco y suspense a lo Arthur Conan Doyle y Agatha Christie iniciado a finales del siglo XIX y principios del XX ha tenido en cine todas las adaptaciones y versiones habidas y por haber, si a estas alturas quieres revisitarlo, y más aún, revivirlo, tienes que aportar algo, sea un clasicismo formal tan virtuoso que la falta de novedades no importe, o actualizaciones suficientes que le otorguen un toque original. Por ejemplo, el Sherlock Holmes (2009) de Guy Ritchie tenía un estilo de acción y aventuras en plan steampunk muy llamativo, mientras que la serie Sherlock (2010) de Mark Gatiss y Steven Moffat ha encandilado a medio mundo con su narrativa muy fiel pero enérgica y su aspecto interpretativo y visual de primera (aunque a mí no me entusiasmó tanto, me pareció apenas correcta). Eso sí, también debo que señalar que numerosos clones con ideas y guiones agotados han tenido gran éxito a lo largo de la historia, destacando recientemente las series House (David Shore, 2004) y Monk (Andy Breckman, 2002).

La visión de Rian Johnson se ahoga en las bases del género, en todos los recursos y clichés más gastados, el vago intento de aportar algo nuevo está lejos de funcionar, no ofrece tampoco un estilo propio marcado, sino que acumula muchas carencias y falta de vigor. No llega a caer en lo catastrófico, pues puede valer como entretenimiento pasajero si no vas con expectativas, pero no cumple con lo mínimo exigible para considerarla una buena película. Muy pocos personajes interesan, los actores van casi todos con la inercia, pocos tramos son llamativos, pocos misterios mantienen expectación, el aspecto visual es correcto pero no como para cautivar los sentidos…

En la presentación, los protagonistas generan indiferencia y la trama no tiene lo suficiente como para que el misterio atrape con entusiasmo y te impliques pensando en qué ha podido pasar. Las descripción inicial de cada rol y sus motivaciones son las más trilladas de este ámbito: ricachones envidiosos ávidos del dinero del cabeza de familia. Cualquiera ha podido ser, al principio incluso pensaba que todos, en la onda de Asesinato en el Orient Express (Agatha Christie, 1934), pero por suerte Johnson no cae tan bajo. Sin embargo, la narrativa no da mucho de sí, no genera suspense como para mantenerte en vilo ni da margen para pensar por ti mismo, te machaca constantemente con explicaciones, deja ver sus trucos, los misterios secundarios se resuelven muy rápido, los protagonistas no se mueven de su limitado dibujo inicial, el desenlace es caótico…

No puede ser que nada más empezar la proyección, con el detective interrogando a la familia y el servicio, Johnson ya nos enseñe en flashbacks cuáles son las mentiras de cada uno. El autor yerra al correr tanto, en vez de ir saltando con la sombra de la sospecha de uno a otro y siguiendo al detalle la investigación policíaca del detective de forma que todo, las motivaciones aparentes y las intenciones ocultas, el misterio y las posibles pistas, vayan tomando forma poco a poco.

Al avanzar un poco más se manifiesta un motivo para seguir este camino, pero es una idea que frena el potencial de la propuesta y que evidentemente el realizador no maneja bien. Mostrar con tanta premura quién lo hizo y entrar el juego de si saldrá airoso o no, en vez de aportar una nueva perspectiva resulta contraproducente, porque implica que el resto de personajes y la investigación dejan de ser útiles demasiado pronto, es decir, que el primer acto ha resultado ser prácticamente tiempo perdido.

El nudo levanta el interés, pero sin lograr rizar el rizo como se espera. En la nueva dirección hay algunos buenos pasajes de tensión, las mentiras agobian al personaje, la sensación de que será cazado en cualquier momento genera un mínimo aceptable de suspense. Pero como digo, los otros protagonistas pierden atractivo y utilidad, a lo que hay que sumar que los diálogos no son muy ingeniosos (muchas veces se puede intuir lo que va a decir cada uno), la crítica a las clases sociales, los ricos parásitos y los pobres pisoteados, es obvia y tontorrona, con unos muy malos y viciosos y otros demasiado inocentes y virtuosos (y no hablemos del penoso receso para meter a Donald Trump). Por extensión, el humor negro es torpe y cutre, el detective y los dos agentes tontainas que lo acompañan y la ridiculez del personaje que vomita al mentir son una mala parodia que no encaja en un todo más serio.

Centrándome en los personajes, prácticamente sólo destacan el hijo editor (Michael Shannon), el detective en plan sobrado (Daniel Craig), y la enfermera latina (Ana de Armas). Shannon es un secundario de lujo y cumple como siempre. Craig está muy fuera de su zona de confort y en un personaje fuera de tono, así que no funciona en general y tiene partes donde parece estar en otra película. Ana de Armas está muy bien en el personaje que más recorrido tiene, con momentos de estrés y drama que explota de maravilla. La joven y su rol terminan destacando con luz propia en un relato malogrado.

El tercer acto es demasiado previsible a pesar de algunos artificios, y por tanto poco impactante. Si antes había decisiones narrativas muy cuestionables, ahora da la sensación de que Johnson es consciente de que no ha estado a la altura del reto que se ha marcado y busca salidas fáciles. A última hora añade complicaciones y personajes, pero claro, hay que ser muy hábil para meter información nueva estando ya en el desenlace y que no parezca una trampa, un recurso sacado de la manga, una solución muy conveniente… y el autor no hila nada fino. La entrada de Chris Evans no convence lo más mínimo, es un comodín para darle las últimas puntadas a una historia que no terminaba de llevar a nada… y esto significa que otros muchos personajes son finalmente dejados de lado por completo, que han sido tiempo perdido. A pesar de los enredos, las conclusiones y supuestas sorpresas finales se ven venir muy, muy de lejos. He intuido la solución principal y el giro que le da forma in extremis ya desde que se menciona o enfoca cada pista por primera vez (y en algunas reincide de forma descarada), la posición final de cada implicado estaba clara desde que termina su presentación, pues como se intuía no hay movimiento alguno en sus personalidades ni sorpresas en sus historias, y he previsto hasta los giros secundarios en teoría más rebuscados (en spoilers me extiendo).

Grandes obras del género serían La huella (Joseph L. Mankiewicz, 1972) y Gosford Park (Robert Altman, 2001). Puñales por la espalda es del montón y se olvida nada más verla.

Alerta de spoilers: Revelo aspectos clave.–

-Lo del imán de la nevera para borrar una cinta vhs resulta una forma ridícula de destrozar la escena más tensa hasta el momento.
-Penoso también que la protagonista explique el crimen que ha cometido mientras come en un restaurante y luego mientras conduce, como si no fuera un trauma que te pone nervioso o incluso bloquea, sino una charla banal mientras haces otras cosas que requieren más atención.
-El cuchillo de atrezo, el alijo, el cambio en las medicinas… todo resulta demasiado obvio y llega justo cuando se espera.
-Lo único que me ha pillado por sorpresa es que el detective sospechara desde el principio por una pista difícil de ver, la gota de sangre en el zapato… pero claro, si piensas en lo torpe que parecía este tipo, pues no termina de funcionar.

Lady Bird


Lady Bird, 2017, EE.UU.
Género: Drama.
Duración: 104 min.
Dirección: Greta Gerwig.
Guion: Greta Gerwig.
Actores: Saoirse Ronan, Laurie Metcalf, Tracy Letts, Lucas Hedges, Timothée Chalament, Beanie Feldstein, Lois Smith, Stephen McKilney Henderson, Odeya Rush.
Música: Jon Brion.

Valoración:
Lo mejor: Historia e intepretaciones muy naturales, sin tapujos ni sensacionalismo. Buen reparto.
Lo peor: No consigue librarse de la sensación de ser el mismo relato de siempre.

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Aunque Greta Gerwig ya había escrito y dirigido un largometraje, Noches y fines de semana (2008), este había pasado bastante desapercibido, y aunque ya había actuado ante la cámara en numerosas ocasiones desde su debut en 2006, no fue hasta su colaboración con Noah Baumbach en Frances Ha (2012) cuando le llegó el reconocimiento internacional por su labor como actriz y guionista. Así, había cierta expectación en la carrera de la joven artista indie, sobre todo en el circuito independiente. Su siguiente colaboración con Baumbach, Misstress America (2015), sorprendentemente pasó sin armar mucho revuelo, pero en 2015 se puso de nuevo ante la cámara en Lady Bird y tuvo un éxito enorme. Pero, como suele pasar, da la impresión de que esta cinta acumuló demasiado aplauso y nominación a premios (película, dirección, guion y actrices) que merecía Frances Ha, pero los Oscar y los Globos de Oro son así de lentos en reaccionar.

Lady Bird es otra historia de la entrada en la edad adulta, género predilecto de la realizadora. También tiene presencia Nueva York, aunque sea como objetivo anhelado por la protagonista. Una adolescente vive en la aburrida Sacramento, California, soñando con crecer e irse a alguna buena universidad, si es posible la de Nueva York, y así dejar atrás una familia aburrida y una madre neurótica, un instituto católico, unos amigos que no parecen estar a su altura, y encontrar unas experiencias vitales que ahí no parecen llegar.

Como en el buen cine indie, estamos ante un relato inteligente y verosímil en oposición al conservadurismo y sensacionalismo demasiado estandarizado en el cine comercial. Los problemas en el instituto y las disputas domésticas no se ahogan en tópicos, sino que respiran realidad, y si hay situaciones comunes están tratadas sin rodeos ni sentimentalismo barato. En el sexo se nota más, pues se habla de ello como lo que es, una fase más, no un tabú: los adolescentes se masturban, pierden la virginidad, tiene bajones emocionales esperables al descubrir cosas nuevas que no cumplen sus expectativas… Y en general, ni juzga ni pretende que pienses o te sientas de una manera. Ni la madre es la mala, ni la protagonista es idiota o víctima, ni la tía buena del instituto una creída, ni la gordita una paria graciosa… Se representa la realidad, con todas sus aristas. Sólo en un momento se permite ser crítica en la estancia en el colegio católico: con el lavado de cerebro anti aborto, y tampoco es que trate de dictar sentencia.

Pero hay demasiados lugares comunes, un halo predecible lastra un relato que no termina de encontrar su propio camino. La adolescente quiere romper con lo conocido, buscar su propia y dar forma a su propia personalidad, tiene experiencias nuevas, aprende, y vuelve a encarrilarse habiendo madurado, mejor capacitada para enfrentar el futuro. Ningún giro sorprende, no hay lecturas complejas o inesperadas.

Frances Ha empezaba siendo una historia original, deslumbrante, y acababa igual. Lady Bird va a medio gas. Es bonita, pero no hermosa. Es amena y por momentos entrañable, pero no conmovedora. Es inteligente y no toma por tonto al espectador, pero le falta bastante chispa, tanto originalidad como ingenio. Lo mejor es su naturalidad y la falta tapujos, lo bien que se desenvuelve Saoirse Ronan y el correcto repertorio de actores secundarios.

Casino


Casino, 1995, EE.UU.
Género: Drama, suspense, histórico.
Duración: 178 min.
Dirección: Martin Scorsese.
Guion: Nicholas Pileggi, Martin Scorsese.
Actores: Robert De Niro, Sharon Stone, Joe Pesci, James Woods, Don Rickles, Billy Sherbert, Frank Vincent, Kevin Pollack, Pasquale Cajano.

Valoración:
Lo mejor: Algunos pasajes son lo justo de entretenidos, los protagonistas lo justo de simpáticos, los actores lo justo de carismáticos…
Lo peor: Pero yendo justo no se logra una buena película, y menos esa grandiosa que vende tanta buena crítica. El guion es superficial y torpe, la puesta en escena poco llamativa. Las tres horas que dura se hacen bastante cuesta arriba.

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La conmoción de Uno de los nuestros (1990) todavía coleaba. Y antes de esa, Scorsese nos había deleitado con otros tantos títulos notables sobre criminales. El mundo, tanto crítica como público, estaba abierto de brazos ante un autor que mantenía la expectación en el género por las nubes. Y aún la mantiene, a tenor del entusiasmo con que se esperaba El irlandés (2019). Pero no siempre se acierta, se tiene la inspiración y las ganas. Casino es un bache enorme en su carrera, aún más notable que las irregulares Gangs of New York (2002) y El irlandés. Otra cosa es que el fervor y el favoritismo impidan ver la realidad.

Martin Scorsese y Nicholas Pileggi se unieron de nuevo para adaptar otra historia real de crímenes, pero parece que fue más para revivir el reciente éxito de Uno de los nuestros que por tener verdadera pasión en el relato. En aquella está claro que pusieron mucho más mimo en la escritura, cuidando la forma tanto como el contenido, tratando de lograr algo distintivo, que pegara fuerte. Trabajaron a fondo con los actores en el dibujo de los personajes, analizando cómo habrían de interpretarlos, cuidando el detalle. En el rodaje, el director echó toda la carne en el asador, deslumbrando con infinidad de recursos narrativos.

Aquí da la impresión de que desarrollaron el proyecto con la inercia, optando por lo básico, jugando sobre seguro. La escritura denota dejadez y desequilibrios formales, no es capaz de ofrecer una historia concreta, unos personajes sólidos, un desarrollo de ambos coherente y en general un relato que al menos fuera entretenido. Fuerzan la grandilocuencia por longitud y enredos varios (subtramas, detallismo innecesario), no por apuntalar una trama de gran calado y complejidad, cuidando los aspectos pequeños tanto como la perspectiva global de forma que el todo deslumbre.

La descripción de las mafias no cuaja, no ofrece novedades ni en lo relevante (los capos, el funcionamiento de su entramado criminal) ni en el repertorio de anécdotas (curiosidades de este mundo y vivencias varias de los personajes) con respecto a los obvios referentes, El padrino (Francis Ford Coppola, 1972), Uno de los nuestros y Scarface (Brian De Palma, 1983). La parte más relevante en esta trama, el casino y el protagonista que lo lleva, tampoco apasiona a pesar del glamour del escenario, las fechorías, las fiestas y drogas…

Las motivaciones de los personajes son vagas y la evolución de sus personalidades inconsistentes, en algunos casos dejan huecos enormes. A Sam “Ace” Rothstein (Robert De Niro) le encanta su trabajo en el casino, no conoce otra cosa. Nosotros tampoco conocemos más de él. Por qué se casa con una timadora, por qué si es tan cuidadoso y profesional deja irse tanto las relaciones con los mafiosos, empezando por su amigo Nicky Santoro. Este es un remedo barato del rol que tenía el propio Joe Pesci en Uno de los nuestros. Simpático, alocado, peligroso… impredecible, un comodín para que haya problemas. Y por ello, la rivalidad entre ambos es poco emocionante, muy volátil en el mal sentido: es predecible y repetitiva unas veces, otras se olvida por completo y te preguntas si han arreglado algo fuera de pantalla. Tanto De Niro como Pesci van con el piloto automático puesto, hasta el punto de que llega a ser cargante la poca gana que le ponen y la repetición de sus tics más habituales. Ginger McKenna brilla inicialmente con una Sharon Stone bellísima y enérgica, pero pronto se atasca también en una trayectoria muy mal hilada. Qué piensa, qué anhela, qué le falta, por qué tiene esos prontos y bajones y sigue al paria interpretado por James Woods

No encontramos personajes secundarios con calado y menos con pegada, de hecho, muchos ni se quedan en la memoria, y en los casos en que reaparecen al final para aportar por fin algo en teoría trascendente es difícil acordarse de quiénes son y qué pintan en el conjunto de los hechos. El caso más sangrante es el tipo al que escucha el FBI en su tienda y permite que caiga todo el tinglado de mafias y casinos: ¿quién es, por qué lo siguen? No entendí nada. Algo tan crucial en el desenlace no se puede descuidar tanto.

El único atrevimiento que hay con la narrativa es un disparate descomunal. El protagonista muere en la primera escena de la proyección, lo que representa el final de su historia y el comienzo de la narración al espectador de su vida a modo de flashback. Por lo general la voz en off aporta poco, describe lo obvio y no nos adentra en los pensamientos del personaje. Pero de repente aparecen otros personajes narrando, y entonces todo queda muy raro. No hay una declaración final a las autoridades que justifique tanto palique, es más, como digo, algunos mueren, ¿nos hablan desde el más allá? Así, lo que en principio estaba siendo una voz en off irritante pronto se convierte en un galimatías sin pies ni cabeza. Y para rematar, tres horas después resulta que no, que me has engañado, el personaje en realidad no muere en el atentado y hay más cosas que contar.