El Criticón

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Fallece Jóhann Jóhannsson

Inesperada y dolorosa ha sido la muerte del compositor islandés Jóhann Jóhannsson, pues contaba con tan sólo 48 años y su carrera estaba en pleno auge. Fue hallado muerto el 9 de febrero en su piso en Berlín, y estamos en espera de que informen de la causa.

Ya empezó a hacerse notar con dos de sus primeros discos, Englabörn (2002) y IBM 1401, a User’s Manual (2006), con los que, junto a otros músicos como Max Richter y Colin Stetson, marcó una nueva tendencia en la sinfónica moderna con un estilo minimalista muy llamativo. Su fama sin embargo llegó al saltar a las bandas sonoras para Hollywood, con la multipremiada La teoría del todo (The Theory of Everything, 2014) y sus trabajos para el director Denis Villeneuve (Prisioneros, Sicario, La llegada). Este año además pasó por España (Auditori de Barcelona) y tenía otra cita en el Primavera Sound.

Discografía. Biografía.

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El caso Sloane


Miss Sloan, 2016, EE.UU.
Género: Suspense.
Duración: 132 min.
Dirección: John Madden.
Guion: Jonathan Perera.
Actores: Jessica Chastain, Mark Strong, Gugu Mbatha-Raw, Michael Stuhlbarg, Alison Pill, Sam Waterston, Jake Lacy, John Lithgow, Jake Lacy, David Wilson Barnes.
Música: Max Richter.

Valoración:
Lo mejor: Buen reparto, efectiva banda sonora.
Lo peor: Puesta en escena mediocre, caótica, resultando una cinta agobiante y fea en lo visual. Guion pretencioso, rebuscado, tramposo y aburrido, que para rematar desemboca en un final delirante.

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Por las notables críticas que ha recibido esperaba un buen título de un género cada vez menos habitual, el thriller adulto. Anunciaban un estilo a lo Aaron Sorkin (El Ala Oeste de la Casa Blanca -1999-, La red social -2010-), es decir, guion extremadamente denso e inteligente pero adictivo y fascinante. El reparto es de buen nivel y el director bastante llamativo, así que más alicientes tenía. Pero al poco de empezar ya se ve el desastre en ciernes, y no mejora al avanzar, es de esos casos en que el esfuerzo de llegar hasta el final me ha supuesto un cabreo y la sensación de dos horas perdidas.

Estamos ante una versión comercial y barata del género, una que para aumentar mi disgusto ha tenido bastante éxito. Está en la onda de Whiplash (Damien Chazelle, 2015) o House of Cards (Beau Willimon, 2013) más que en la de cualquier trabajo de Sorkin o de cualquier buen thriller reciente (la obra de David Fincher a la cabeza: Seven, Zodiac, Millennium), y sobre todo queda lejos del punto álgido en los años setenta, con clásicos como Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976). Es presuntuosa pero bastante pobre en inteligencia, profundidad y verosimilitud. Abusa de un pobre repertorio de fuegos artificiales que provea espectáculo poco exigente, resultando aparatosa pero hueca, pues te taladra con mucha información inútil y juegos narrativos sintéticos que se derrumban ante cualquier lectura objetiva. Al contrario que el estimulante entretenimiento que han encontrado muchos espectadores, a mí la acumulación de enredos y tretas de baja calidad me adormeció los sentidos bien pronto, resultándome un visonado muy pesado y al final incluso un tanto incómodo: tanta falsedad y efectismo me resulta un tanto ofensivo, pues no me gusta que me intenten manipular y engañar.

La premisa es muy exagerada, aunque se podría aceptar, que esto es ficción, si el tratamiento tuviera un mínimo de coherencia y calado. Los diálogos van de sorkinianos, o sea, veloces, densos e ingeniosos, pero en realidad amontonan poca savia y muchos clichés apenas escondidos tras una aparatosa verborrea inane. El dibujo de personajes es inexistente, todos son objetos de la trama, es decir, bisagras y cepos para los giros y farsas. En la protagonista se junta todo, no se muestra de ella nada más que lo justo para despistar y engañar, así que a es imposible encontrarle una dimensón humana, con lo que me resultó una figura con la que es imposible conectar. A pesar de tanto supuesto dramón y la buena labor interpretativa de Jessica Chastain, no sabemos por qué actúa, sufre y se lamenta, porque será un talento de actriz, pero sin un rol bien definido no hay manera de que sus lágrimas, rabietas y demás expresiones tan bien logradas transmitan algo concreto. La revelación final explica al menos sus acciones, su plan, después de mucho marear la perdiz, pero no es suficiente y llega tarde, y desde luego no convence al ser una fantasmada surrealista donde pasa de superheroína del modelo capitalista, capaz de manipular su entorno cercano, a diosa que prevee el fluir de todo un estado al dedillo (en todo ámbito: medios, política, sociedad) y planifica una jugada monumental. Y todo ello con algunas salidas de tono ridículas, como la cucaracha espía.

Las pocas promesas del argumento pronto se diluyen en una fantasía que no hay por dónde coger. Se nota en seguida que la idea no es buscar un thriller con tintes dramáticos que nos absorba con su solidez narrativa, un misterio excitante y su fuerza emocional, sino uno que impacte con inmediatez a base de trucos fáciles, directos. Así, guionista y director no trabajan para conseguir una trama intrigante que se va desgranando poco a poco ante nuestros ojos, sino que se esmeran más en construir atmósferas y sensaciones inmediatas por la fuerza, y las sorpresas se basan en soluciones y giros rebuscadísimos de los que ninguno llega a funcionar, sea por tramposos, por artificales, por inverosímiles o una combinación.

Un buen thriller va espaciando pistas coherentes en una narración sugerente, y algunos incluso te plantan la solución en la cara, pero siempre de forma que dudes hasta el final o te falte una sola pieza para reconstruir el puzzle. Un buen thriller nos hace sudar codo con codo con los protagonistas, haciéndonos a ambos partífices del misterio, esto es, el personaje con el que seguimos la historia no guarda secretos relacionados con la misma, sino que va descubriendo las cosas a la par que nosotros. Un buen thriller sólo recurre a flashbacks y saltos temporales si es necesario (por ejemplo, para mostrar visualmente el relato de algún interrogado), no para tratar de realzar el misterio central y potenciar el drama de los personajes anunciándonos peligros próximos y dosificando burdamente la pobre trama.

En El caso Sloan la protagonista principal está trabajando a todas horas del día con el equipo, pero aun así tiene tiempo para montarse un par de intrigas paralelas de altos vuelos, que no vemos porque así lo quieren los autores, pues no saben sorprender de otra manera. El caso es puro humo, con puntuales clímax de relleno para recuperar la atención, y se resuelve con una parida demencial que no hay manera de creerse, ese plan supremo que ya quisiera para sí un villano de James Bond. Es cierto que la pista inicial, soltada a lo bruto sin ton ni son nada más empezar la película y repetida en varias ocasiones, apuntaba a un ardid en la resolución, pero ni aun así podía intuirse semejante disparate, y mira que la premisa ya era de por sí bastante absurda. Los puntos álgidos metidos con calzador y los flashbacks que anuncian la inminente derrota de la protagonista son el colmo de la chapuza y la vagancia. Finalmente, como todo lo que se busca es espectáculo barato y el argumento se limita al juego del engaño chapucero, el potente contenido se deja de lado: los lobbies y políticos corruptos, la industria armamentística y varios conflictos ideológicos de EE.UU. latentes se usan como golpes de efecto, no hay una lectura de ningún tipo con estos temas, más allá de la obviedad de la corrupción moral inherente al capitalismo extremo.

En estas condiciones no sorprende que el ambiente de intriga se deje casi por entero a la puesta en escena. Y me temo que tampoco funciona. John Madden (conocido por Shakespeare enamorado -1998-, y que recientemente tiene una más que decente de suspense, La deuda -2010-) y su equipo (fotografía, montaje) van con la ida de aturullar, de avasallar con información, velocidad y los citados puntos álgidos nada naturales aquí y allá. El montaje trata de ser frenético pero resulta un despropósito, los personajes se quedan con palabras y reacciones en el aire para pasar a planos de otros, o a planos generales que no aportan información a la escena sino confusión. Por extensión, jugar con objetos por medio, deslumbres y demás enredos acentúa ese acabado tan mal planteado. Como resultado, el aspecto visual es informe, más bien desagradable.

Lo único que mantiene medio unido este desastre es la efectiva música de Max Richter y el buen trabajo actoral. Sino fuera por Mark Strong y Gugu Mbatha-Raw sería como si la protagonista no tuviera compañeros, porque el resto son peleles intercambiables. Los arquetípicos villanos, te acuerdas de ellos porque los encarnan unos veteranos de nivel como son John Lithgow, Sam Waterston y Michael Stuhlbarg. Y, sobre todo, si no fuera porque Jessica Chastain llena la pantalla, su irrisorio personaje sería incapaz de despertar el más mínimo interés.

Fallece John Morris, compositor habitual de Mel Brooks

Iniciado en la escena musical de Broadway, John Morris dio el salto al cine de la mano de Mel Brooks con Los productores (The Producers, 1967). Mostró un gran talento con él, destacando El jovencito Frankenstein (Young Frankenstein, 1975) y La loca historia de las galaxias (Spaceballs, 1987), pero el prestigio le llegó con la notable partitura para El hombre elefante (The Elephant Man, David Lynch, 1980), que le garantizó premios y el recocimiento y admiración del gremio. Pero, a pesar de ello, su carrera en vez de despegar se fue apagando hasta casi desaparecer en el olvido, siendo recordado por pocos aficionados a la música de cine.

Falleció el 25 de enero a los 91 años, dejando un legado de culto.

La guerra de las galaxias: Episodio VIII – Los últimos Jedi


Star Wars: Episode VIII – The Last Jedi, 2017, EE.UU.
Género: Aventuras, fantasía.
Duración: 152 min.
Dirección: Rian Johnson.
Guion: Rian Johnson.
Actores: Daisy Ridley, Adam Driver, John Boyega, Oscar Isaac, Mark Hamill, Carrie Fisher, Domhnall Gleeson, Andy Serkis, Kelly Marie Tran, Laura Dern, Benicio del Toro, Gwendoline Christie, Anthony Daniels, Frank Oz, Lupita Nyong’o, Frank Oz, Joonas Suotamo, Jimmy Vee.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: Personajes excelentes y actores muy implicados. Algunos tramos muy intensos y emotivos: los centrados en Luke, Rey y Kylo. Aspecto visual como siempre impecable.
Lo peor: Un tramo central sin trascendencia ni garra, agravado por las intromisiones del estudio a modo de anuncios de muñecos y de panfletos ideológicos. Cierta falta de épica y fuerza dramática en global: quiere ser El Imperio contraataca y El retorno del Jedi y se queda más cerca de La venganza de los Sith: mucho potencial desaprovechado.
Mejores momentos: Poe distrayendo a Hux. Rey y Kylo Ren conectando sus mentes en varias ocasiones. La relación de Luke y Rey. Kylo abrazando su destino. La decisión de Luke, y el desenlace de la situación.
El plano: Un héroe solitario ante las máquinas de asedio. Los dos soles.
Las frases: El mejor profesor, el fracaso es -Yoda.

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Alerta de spoilers: Destripo a fondo.–

EL FANÁTICO: MUCHAS ESPERANZAS Y POCA OBJETIVIDAD

Llega el Episodio VIII – Los últimos Jedi con demasiados ojos puestos en él, demasiadas esperanzas y sentimientos a flor de piel, porque es una saga muy querida por millones y millones de seguidores. Y su confección deja entrever demasiada industria detrás, lo que genera también miedo. En las precuelas nos quejábamos de que George Lucas fuera el único artífice de las películas, sin relegar ni pedir consejo como hizo en la trilogía original. Ahora nos hemos ido al otro extremo. Hay demasiadas personas implicadas, directivos, productores, encargados de márketing incluso, y autores varios saliendo y entrando según desavenencias con los anteriores, con lo que si no se dirige bien el proyecto la posibilidad de que una de esas manos implicadas no acierte con su visión se hace mayor.

Por todo ello, vi casi como un milagro que El despertar de la Fuerza saliera tan redonda, aunque fuera evidente que dieron el primer paso yendo a lo básico, a recuperar a los fans perdidos con las más o menos fallidas precuelas, y que Rogue One apuntara tan alto y fuera tan arriesgada. Pero en esta última ya se iba mostrando durante su creación más abiertamente la lucha de egos y los cambios de última hora. Y ahora mismo, el rodaje de la entrega sobre la juventud de Han Solo está siendo otro caos inquietante. Así que no sorprende que este Episodio VIII empiece a mostrar en su narrativa los efectos inherentes a esta forma de producir la serie. Se aglutinan varias películas en una: la Disney sección merchandising, la división cinematográfica, productores varios, destacando a Kathleen Kennedy como directora de orquesta con poder de veto, y el director y guionista de turno. Y con este último no sé si es una bendición que haya conectado bien con los productores, porque eso nos ahorra cambios e improvisaciones de última hora, pero también parece señalar que para agradar se bajó los pantalones, como se suele decir. Ahí están como prueba los anuncios de muñequitos insertados con todo descaro en medio del metraje. Así que da la sensación de que Los últimos Jedi podía haber sido mucho más pero choca con demasiadas barreras, y se va haciendo cada vez más grande también la sensación de que esta serie puede descarrilar en cualquier momento.

Para muchos lo hace en cada nuevo capítulo que se estrena, porque, como decía, es una serie muy arraigada en el corazón y de la que se ansía mucho. Así se está viendo de nuevo la pugna entre el fan que tiene montada su propia obra maestra en su cabeza y chocará con prácticamente cualquier cosa que vea, y el fan dispuesto a abrir su mente y darle una oportunidad. Entre los primeros hay dos extremos igual de equivocados: unos se llevan las manos a la cabeza ante cualquier innovación, considerándola sacrilegio, otros critican cualquier lugar en común como falta de ideas. “¡El final es lo mismo que Hoth, el planeta de hielo, en El Imperio contraataca!”, señalan los segundos. “¡Pero de dónde saca Luke esos poderes, esto no es La guerra de las galaxias!”, dicen los otros. Hay que intentar ir sin ideas preconcebidas ni prejuicios y quedarse en una posición más neutral y objetiva. El escenario del ejemplo es espectacular y tiene elementos de la serie bien usados (los nuevos AT-AT son imponentes), ofrece nuevos giros y, sobre todo, los personajes son muy distintos. En cuanto a la mayor polémica, la sorpresa con la proyección de Luke, resulta una evolución muy acertada de nuestro conocimiento de la Fuerza, una idea bien sembrada a lo largo de la película (Kylo se moja al conectar con Rey), y un desenlace épico y hermoso.

Dice el propio Mark Hamill que se ha sentido defraudado por el camino que ha tomado el escritor y director Rian Johnson, por cómo ha desarrollado a Luke Skywalker. Como muchos fans, esperaba lo más simple y facilón, un retorno del Jedi en plan maestro avezado, soltando espadazos y salvando la situación como un héroe impoluto, y siente como una ofensa que otros hagan versiones distintas a la que ha soñado. A los espectadores que van con esta actitud, si cualquier cosa los descoloca se aferran a ello para tratar de hundir toda la proyección, sin esforzarse lo más mínimo en dar un paso atrás para ver la perspectiva global, para comprobar si un supuesto error puede ser perdonado por la suma de sus virtudes, o incluso para cerciorase de que a lo mejor no es tan grave, o quizá de hecho sea una gilipollez. Con Luke son son incapaces de ver los enriquecedores y profundos giros que han planteado con el personaje, pero es que también señalan minucias como si fueran grandes transgresiones. Sirva el ejemplo más sangrante: ¿Pero cómo puede haber gente asombrada y cabreada porque Leia haga uso de la Fuerza? ¿Tan inconcebible es que en treinta años no haya entrenado un poco? ¿Por qué ese inmovilismo, esa idea de mantenerla como princesita que debe ser rescatada? ¿Qué tiene de malo esa escena, si es impresionante y dramática como otras tantas de la serie?

Asumir que Los últimos Jedi quizá no es un gran capítulo de la saga, que no es una obra maestra al nivel de la trilogía original, no implica darle un suspenso estrepitoso y aderezarlo con aspavientos y llantos. ¿Es que hemos olvidado la infame La amenaza fantasma? ¿Y el mal recibimiento inicial de El ataque de los clones y La venganza de los Sith? Y ahí están estas dos últimas (el Episodio I mejor hacemos como que no existe), siendo cada vez más reivindicadas, recordadas ahora con agrado mientras se minimizan sus muchos fallos, revisionadas infinitas veces con pasión. Diantres, la propia El Imperio contraataca se llevó en su estreno un buen puñado de críticas negativas de medios y fans, tardó en asentarse. Si con el tiempo y la reflexión pudimos perdonar los puntos grises y las cagadas de los episodios II y III, que las hubo bien gordas, como los Yoda y Dooku saltimbanquis o el patético Hayden Christensen, ¿cómo vamos a tumbar tan rápido y tan tajantemente un nuevo episodio que esconde otros tantos buenos aciertos? Estoy convencido de que con Los últimos Jedi pasará lo mismo: se calmará la tormenta y se irá recibiendo mejor, creciendo con el paso de los años.

LA PELÍCULA: IRREGULAR PERO MUY DIGNA

El primer acto es el mejor. Centrado en desarrollar a Rey, Kylo, Luke, la relación entre ellos y la Fuerza, y recuperando el misticismo de esta, Rian Johnson logra el tramo más sugerente y emocionante sin necesidad de vistosos escenarios y acción aparatosa. Yendo despacito y con buena letra desglosa los encuentros, los posicionamientos, los sentimientos de cada personaje en su justa medida, permitiendo que el espectador los entienda a fondo y conecte plenamente con sus tribulaciones y se inquiete por sus porvenires. No se ven prisas, miedo a perder a los espectadores impacientes, ni a los niños incluso, porque el ambiente es melancólico, lóbrego. Luke está abatido, derrotado por su fracaso con Ben Solo. Rey está un tanto perdida y acumula sentimientos sin la necesaria contención, y Luke ve que puede patinar hacia el Lado Oscuro o simplemente tomar malas decisiones. Kylo Ren, el alter ego de Ben, ambiciona mucho y siente demasiado dolor.

Los saltos a la situación actual de la resistencia están bien colocados y sientan unas bases muy prometedoras. Nos encontramos ante una retirada abrupta y desorganizada con más enjundia que de costumbre, alejada de la clara dicotomía entre el bien y el mal de la trilogía original. Hay angustia, cobardes, héroes militares sin visión política que entran en conflicto con unos pocos líderes al borde del desfallecimiento pero obstinados con seguir adelante un día más, porque la esperanza nunca se debe perder. Finn quiere salir por patas de una vida que le sigue viniendo grande, y encontrar a Rey, la única luz que alumbra su existencia. Poe sólo ve la victoria del día, mientras Leia y otros generales trabajan mirando a largo plazo. La sensación de que todo se puede desmoronar y de que no sabes cómo podrán salir adelante esta muy lograda, y tenemos un punto álgido imponente: Kylo evitando disparar en el último momento y Leia siendo lanzada al espacio.

Pero conforme llegamos al nudo de esta sección, este no se tensa con la destreza necesaria y comienza a deshilacharse. Inesperadamente, la caótica huída pierde fuelle a marchas forzadas, diluyéndose el efecto de desasosiego y de impotencia ante una muerte inminente. Nos estancamos en un bucle con un tono de serie de mala calidad, donde nos vamos a otros capítulos mientras se trata de postergar el desenlace estirando los recursos de mala manera. Llega un punto en que se roza el bochorno, con las naves explotando y explotando sin acabarse nunca, para dar tiempo a que se junten todas las líneas narrativas. Y aun así estas no se unen adecuadamente, pues Rey aparece en la batalla final de sopetón: ¿nadie opone resistencia a su fuga, ni siquiera Kylo?

La causa de este bajón tiene un origen claro: por alguna razón han pensado que Finn necesitaba un arco propio por separado. Su odisea por el planeta de los millonarios (con el casino a lo James Bond, referencia cómica muy mal hilada) supone minutos tirados en una subtrama muy larga, poco trascendente, y que para colmo se desvía en aspectos que no pintan nada aquí. La encarcelación, el encuentro con el ladrón, la fuga (muy seguro conectar las cloacas de la prisión con las de los establos, sí señor) y las carreritas con animales resultan escenas de transición y acción sin sustancia ni un rumbo claro, recordando a los patinazos de Lucas en las precuelas.

La clave para el plan de infiltrarse en el destructor de Snoke es palabrería, ciencimagia, bien podía haberles dado la solución Maz Kanata en su videoconferencia directamente, sin mandarlos lejos. El rol de Benicio del Toro es muy conveniente y artificial, no resulta creíble; parece que tenía enchufe o alguien lo quería en la película. Así que da la impresión de que todo esto es tiempo perdido. ¿No hubiera mejor mantener a Finn a bordo del crucero y reforzar el escenario de la persecución con todos los personajes trabajando en distintos ángulos y chocando en intereses? La relación de Finn y Rose resulta bastante simpática, y el apunte sobre los vendedores de armas que negocian con la Primera Orden y la rebelión por igual apuntala bien el tono más adulto que están imprimiendo a la serie, pero son lo único que sostiene este desvío tan fallido.

Aquí es imposible no pensar en que los distintos egos implicados han metido mano. Algún productor querría acción ligera en el ecuador de la cinta, porque le parecería demasiado oscura y pausada, y la Disney deja ver la ideología del país de piruleta de la compañía y la obsesión con el merchandising. Los mensajitos con sobredosis de corrección política (con patrocinio de alguna asociación animalista) y los anuncios publicitarios provocan unos cuantos momentos de pura vergüenza ajena: los estúpidos pajaritos-peluche con que topa Chewbacca y los pseudocaballos con cara triste son para vomitar. Nos quejamos del humor infantil de Lucas, pero al menos era inocente, aquí nos taladran con un panfleto adoctrinante. Y en este tramo se hace bastante evidente también el estudiado tono feminista: sólo las mujueres tienen la brújula moral intacta y toman buenas decisiones, los hombres son unos patanes que estropean todo.

No ayuda en este segmento que con Poe también patinen un poco. Su carisma y determinación se mantienen bien, pero la aventura en que lo sumergen es un tanto endeble. Su disputa con la vicealmirante Estorbo, perdón, Holdo, apunta maneras, pero necesita a gritos un desarrollo más verosímil, porque acaba resultando una trama postiza y previsible. ¿Pero qué le costaba a ella decir que tiene un plan, de verdad esperan que nos creamos que un buen comandante deja en el limbo a sus mandos más cercanos? Su respuesta ante las preguntas de Poe es pasar de él con mala leche, así que, ¿cómo no iba a montarse un motín? Muy forzado también que Leia y Holdo lo tengan en buena estima, cuando desobedeciéndolas casi apaga el último rescoldo de la resistencia.

Por suerte, la evolución de Kylo y Rey en el acto central aguanta muy bien el tipo, salvo que afilemos mucho las uñas con los puntos en común con El retorno del Jedi, con Rey metiéndose en la boca del lobo para intentar salvar a Kylo como hizo Luke con Vader. Es entendible que, dadas las características de la saga, haya una limitación en cuando a los arcos argumentales posibles, de la misma manera que para mantener la esencia ha de haber una continuidad y coherencia en argumento y personajes, pero entiendo si alguno se queja de que se nota demasiado la mirada al pasado. Pero en el lado emocional funciona muy bien, y dentro de la idea central de este episodio, el relevo generacional, es también admisible construir un escenario semejante desde el que mostrar las diferencias. Los encuentros mentales entre Rey y Kylo han sido intensos y nos han puesto en una situación muy atractiva con diferentes posibles resultados. La reunión con Snoke mantiene un tono tétrico y anuncia un futuro poco halagüeño para cualquiera de los dos jóvenes. Y la lucha entre los tres es vibrante y bastante espectacular, aunque como es obvio es difícil innovar con los duelos a espada a estas alturas. Para rematar, Johnson es capaz de sorprender con los giros finales, y no una, sino dos veces: los destinos Snoke y de Kylo.

Eso sí, me temo que dejan algunas cuestiones importantes en el aire, y no parece muy lógico que las resuelvan en otros episodios, es aquí cuando había que darles respuesta, para que tuvieran mayor capacidad de impacto. Nos quedamos sin conocer quién es Snoke y sus orígenes, y qué ha pasado con los Caballeros de Ren, si son Jedis que Luke entrenaba o solamente acólitos de algún tipo, y qué ha sido de ellos, pues a pesar de su aparente importancia (unirse a Kylo y acabar con la nueva orden Jedi que estaba levantando Luke) no se los vuelve a mencionar. Siguiendo con otras faltas dignas de mención, igual que en El despertar de la Fuerza se echa de menos un poco más de desarrollo de la situación política de la galaxia. No queda nada claro cómo surge la Primera Orden con tanto poder y la resistencia aparece tan disminuida después de la gran derrota del Imperio. Hemos pasado de demasiada política en las precuelas a que haga falta exponer unas bases mínimas.

La batalla final remonta considerablemente el nivel de la sección de la resistencia desde la brutal embestida de Holdo contra el acorazado de Snoke, y aunque diría que no hasta alcanzar las cotas que los fans soñamos, como iba diciendo, eso no puede cegarnos ante lo que tenemos delante, y el clímax sin duda es bastante efectivo. Todos los personajes tienen su hueco, su conflicto, sea interno o con los demás, está muy bien desarrollado, y encontramos unos cuantos momentos asombrosos y épicos como se espera de la serie: la aparición de Luke y su redención es memorable, con algunos planos sobrecogedores (los AT-AT, los dos soles), y el renacimiento de la resistencia resulta bastante bonito, tanto por la maduración de cada protagonista y la reunión final, como por la semilla de nueva esperanza a lo largo de la galaxia.

LO MEJOR: GRANDES PERSONAJES Y ACTORES

Los cuatro protagonistas principales irradian un magnetismo irresistible, como los de la trilogía original, como se esperaba en las precuelas pero apenas se vio en Palpatine y en unos instantes poco aprovechados con Anakin. Ellos y la calidad de sus intérpretes realzan Los últimos Jedi por encima de sus carencias y problemas. Se conecta con intensidad con sus tragedias, con los miedos de Finn, el fuego descontrolado de Poe, la pasión y dolor de Rey y la tempestad interna de Kylo. Sus trayectorias se desgranan con inteligencia y llegan a sus puntos de inflexión adecuadamente, sin manidos clichés de última hora, y eso a pesar de que algunas de las etapas del argumento en que se ven metidos no son muy efectivas. Poe, carismático y capaz pero pendenciero e irreflexivo, va aprendiendo a analizar la visión global y pensar en el futuro. Finn, cobarde y egoísta, encuentra razones para luchar por otros dándolo todo, e incluso ahí descubre que no puede ir a ciegas en cada situación. Rey y Kylo van tanteándose mutuamente, explorando sus puntos en común y sus diferencias mientras intentan crecer en un mundo muy complejo dominado por los poderosos adultos.

Hay que destacar que Kylo Ren termina aún más alto del gran personaje que presentaron en El despertar de la Fuerza, haciendo recordar con lástima lo mal que expuso George Lucas la deseada presentación del joven Anakin Skywalker y su transformación paulatina en Darth Vader. ¡Kylo es el villano que nos merecíamos entonces! Pero mejor tarde que nunca, claro.

A ellos debemos sumar el retorno de Luke. Como a Hamill, duele verlo derrotado, huidizo, pero, como decía, esta perspectiva aporta un dramatismo muy certero, alejado de lo predecible que hubiera sido tenerlo en plena forma sin más dilemas. Su presentación no puede ser más elocuente: tirando el sable láser de malas maneras. (Por cierto, es una escena con un humor muy cabrón que contrasta con la ridícula cena de Chewbacca con los pajaritos de las narices, señalando muy bien los altibajos, la sensación de que hay demasiados autores metidos en la película). Luke no ha tenido un entrenamiento en condiciones, así que por mucho que lloren algunos, no cabía encontrarse un Maestro Jedi sin más. La única sabiduría que ha adquirido es la que enseña a Rey: deja claro que no hay más Jedi, que la arrogancia de la orden se acaba, y que ella es una niña egoísta como lo fue él. Que tenga una redención de último momento se podía intuir, pero la forma en que surge no se veía venir y supone un cierre para el personaje épico y dramático a partes iguales. También cabe señalar la fantástica aparición de Yoda, emotiva, divertida y con grandes dosis de sabiduría.

Leia queda un poco más en segundo plano, pero como faro de la rebelión brilla con luz propia. La pena es que nos quedaremos sin tener el Episodio IX centrado en ella como se planeaba, debido al inesperado fallecimiento de Carrie Fisher en diciembre de 2016, justo al terminar el rodaje. Queda por ver cómo apañan una despedida digna para el personaje que no parezca precipitada.

Los caracteres más secundarios no pasan desapercibidos. Rose es una chica sencilla en un puesto olvidado, la típica en la que nadie se fija, pero en cuanto la conoces se hace querer y su presencia parece indispensable; eso sí, si nos la presentaron siendo una mecánica, no pinta mucho pilotando una nave al final: convertirla en una heroína de acción es como desandar lo andado, despreciar el mensaje inicial de que todos cuentan. Con el General Hux consiguen que deje huella, a pesar de la aparente simpleza de su dibujo: un trepa psicópata, un perro rabioso pero fiel, como dice Snoke. Genial el momento “El Líder ha muerto. ¡Larga vida al Líder!”

Los actores están espléndidos, mostrando todos un entusiasmo y pasión que el director aprovecha al máximo. Imposible destacar a alguno entre John Boyega, Daisy Ridley y Adam Driver, todos bordan sus papeles, pero Mark Hamill merece una mención especial, por ser un regreso muy anhelado y que salda con maestría aun con las reticencias iniciales con su rol. Muestra todo el dolor que lo ahoga como si fuera un actor de primera, no uno de tercera que vive de las rentas de un éxito pasado. También hay que alabar a Domhnall Gleeson, capaz de conseguir un general temible a pesar de su juventud y cara de bueno.

Si El despertar de la Fuerza fue una introducción a los nuevos personajes, Los últimos Jedi lo es al conflicto global, abordándolo con una idea muy concreta: llega el fin de una época y el nacimiento de otra. Luke, aparte de evadirse por sus sentimientos de fracaso y remordimientos, empieza a ver que la Fuerza no es un asunto exclusivo de los Jedi, que el equilibrio entre luz y oscuridad se mantiene de forma natural y fueron unos egoístas al creerse el centro de todo lo relativo a esta energía. Por extensión, cree que ni los Jedi ni él pintan nada en un mundo que están construyendo los jóvenes. Kylo Ren está hastiado del control que ejercen sobre él los adultos, y se los quiere quitar de en medio para labrarse un camino en total libertad. Rey ofrece la otra cara de la moneda: el anhelo de unos padres y guías adultos le impide ver su propia fuerza. Con Leia, inicialmente se nota que estarían perdidos sin líderes como ella, lo que la abruma, aunque no por eso se rinda; y poco a poco ve la madurez de los jóvenes destinados a reemplazarla, encontrando esa nueva esperanza tan esperada.

De cara a extender la serie también se aporta savia nueva, llevando el legado Jedi más allá de unas pocas familias de sangre pura. Que Rey venga de la nada y nazcan otros Jedi sin más ha cabreado a algunos fans, pero yo lo veo una actualización lógica y muy bien aprovechada que enriquece el universo de La guerra de las galaxias. Los únicos puntos oscuros serían los citados más arriba sobre los orígenes de Snoke y los Caballeros de Ren.

ASPECTO AUDIOVISUAL CASI IMPECABLE

Rian Johnson, quien se dio a conocer con Looper, ha cumplido muy bien como director, sobre todo teniendo en cuenta las dificultades a la que se enfrentaba. Están las exigencias de los productores, las limitaciones argumentales, que esto es una serie con parámetros concretos, y las presiones de los seguidores, que no son pocas. Y con todo ello a cuestas debe lidiar con un rodaje de superproducción de alto nivel. El resultado es notable, sobresaliente en cuanto a dirección de actores, con los que logra algunas escenas memorables, como los encuentros entre Rey y Kylo, unos complicados por su contención y otros porque el espectáculo y las semejanzas con los capítulos antiguos podían minar su fuerza. Sólo podría criticársele que no viera que el guion en el tramo central no estaba a la altura y lo redujera en la mesa de edición para que no hiciera tanta mella. Con veinte o treinta minutos menos saldría una película muy superior.

En los aspectos técnicos sorprendería a estas alturas que fallaran, como mucho podríamos encontrarnos con un capítulo que por argumento no permitiera mostrar tantos lugares imaginativos. Y el presente precisamente tiene un poco ese problema: el casino no llama mucho la atención, es un lugar muy humano, mundano, cuando podían haber ideado cualquier cosa; a la nave de Snoke le falta imaginación y personalidad, que es un triángulo más grande y punto; incluir otra vez al Halcón Milenario volando por lugares estrechos mientras los persiguen los cazas enemigos ya cansa. Por lo demás, dirección artística, vestuario, decorados y efectos especiales son impecables y espectaculares.

La única limitación destacable, y esta sí es muy inesperada, viene de la banda sonora. La experiencia y maestría de John Williams se nota en cada nota, en su capacidad para llevar a un nuevo nivel las imágenes y dejar extasiado al espectador, pero al contrario que el magnífico Episodio VII, donde sorprendía con un trabajo mucho más sutil que el acostumbrado tono épico, aquí anda muy falto de inspiración. La partitura es una reutilización constante de todos los motivos ya conocidos, no hay renovación, expansión y adaptación a las nuevas situaciones. El ejemplo más evidente es que el conflicto creciente de Rey y Kylo y sus sentimientos en común eran caldo de cultivo para explorar versiones más dramáticas y oscuras de sus fantásticos temas, pero Williams no parece tan siquiera intentarlo.

CONCLUSIÓN

Analizada la cinta en conjunto, da la impresión de que sus autores tenían bien planeado el arco de cada protagonista, pero no los escenarios donde desarrollarlos. Y en esos falta imaginación y vitalidad, sobra algo de autocomplacencia (mirar demasiado al pasado) y sobre todo pesa la lucha por el control entre los productores de la serie. Anhela demasiado ser El Imperio contraataca y El retorno del Jedi y se queda más cerca de El ataque de los clones y La venganza de los Sith: es otro episodio más largo y descentrado de la cuenta, con mucho potencial desaprovechado. Pero, como esas entregas, resulta también un espectáculo vibrante, deslumbrante en numerosas ocasiones, pero además tiene algunas mejoras, como la gran calidad de sus personajes y, aun teniendo todavía alguna salida absurda, el estilo más serio y adulto.

DETALLES VARIOS

Listo aquí unos cuantos apuntes y detalles que no me cabían en el ya de por sí largo texto:

-El doblaje de El despertar de la Fuerza me sorprendió para bien con voces para los actores jóvenes poco conocidas y muy bien adaptadas. Pero aquí hay una cuestión chocante: Mark Hamill habla como Harrison Ford, porque comparten un actor de doblaje habitual. Así que Luke habla como Indiana Jones, lo que al menos a mí, que pillo rápido las voces, me descoloca un montón. Teniendo en cuenta que la voz del actor de doblaje no se parece en nada a la que tenía cuando era joven en la trilogía original, bien podrían haberlo cambiado. Aunque es cierto que entonces otros acusarían de poca fidelidad. Al final es lo de siempre: el doblaje es una lacra que deberíamos superar, excepciones de calidad como la presente son pocas y aun así son imperfectas.
-R2D2 y C3PO están muy olvidados, como si quisieran cumplir con ellos y ya está. Hemos pasado de sobreexplotación infantil en las precuelas a esto, y no me gusta. Al menos, el reencuentro de R2 con Luke es conmovedor.
-La visión de Rey en el pozo del Lado Oscuro es sugerente pero no da mucho de sí, cuando la de Luke en El Imperio contrataca era tenebrosa y se remataba señalando que podría convertirse en Vader.
-Vale que es fantasía, pero cagadas como el viento que hay en el espacio en el prólogo de La venganza de los Sith y la de las bombas de aquí, que caen en el espacio como en la atmósfera, son fácilmente evitables, que quedan fatal. Que no haya descompresión en la nave (abren las compuertas sin más) me lo puedo tomar como que tiene un campo de fuerza.
-Qué conveniente que desaparezca todo el ejército que rodea a Finn y Rose. ¿Y de dónde viene ahora Phasma, si estaba al lado? Bastaba con poner a aquellos dos corriendo entre el caos, no era tan complicado.
-Igualmente, pararse a luchar contra Phasma sobra, es una escena para contentar al espectador que quiere lo más fácil y directo. También tenemos críticas de lo contrario, en otro ejemplo de recepción dispar: algunos se quejan de lo desaprovechada que está Phasma. Por favor, es un personaje secundario, si le damos presencia más allá de ser parte de la fauna de la galaxia, aparte de ser totalmente innecesario, perdería su misterio.
-Se destruye el puente de mando cuando Leia sale despedida, pero luego trabajan desde otro puente perfectamente equipado sin explicar de dónde sale. Se supone que el hangar ha sido destruido, pero Finn y Rose despegan sin problemas con una nave.
-Según un fugaz plano en el epílogo, Rey ha cogido los vetustos libros Jedi, esos que se conservan de puta madre en un entorno de gran humedad. ¿Los toma para estudiar? Me cuesta creer que ella los coja sin preguntar. Además, si el mensaje es olvidar un pasado obtuso y caduco y abrazar los nuevos tiempos, ¿por qué esa escena?

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Saga La guerra de las galaxias:
Introducción: La guerra de las galaxias, de George Lucas.
Episodio IV – Una nueva esperanza (1977)
Episodio V – El Imperio contrataca (1980)
Episodio VI – El retorno del Jedi (1983)
Episodio I – La amenaza fantasma (1999)
Episodio II – El ataque de los clones (2002)
Episodio III – La venganza de los Sith (2005)
Episodio VII – El despertar de la Fuerza (2015)
Rogue One (2016)
-> Episodio VIII – Los últimos Jedi (2017)

Detroit


Detroit, 2017, EE.UU.
Género: Drama, histórico.
Duración: 143 min.
Dirección: Kathryn Bigelow.
Guion: Mark Boal.
Actores: John Boyega, Algee Smith, Will Poulter, Jack Reynor, Ben O’Toole, Hannah Murray, Anthony Mackie, Jacob Latimore, Jason Mitchell, Kaitlyn Dever, John Krasinski.
Música: James Newton Howard.

Valoración:
Lo mejor: Buen reparto.
Lo peor: Un retrato superficial y descentrado de unos hechos muy graves y relevantes: tenía potencial para mucho más y resulta una película fría, previsible, sin miga alguna

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Pensaba que Detroit iba a ser una de las preferidas para encabezar la temporada de premios… aunque sí, eso por lo general no garantiza que sea buena película, pero al menos me mantengo al día. También me atraía por su aparente temática de análisis sociopolítico. Y, a pesar de que En tierra hostil fue un tanto floja y La noche más oscura podía haber sido mejor, Kathryn Bigelow me parece buena directora y todavía tengo la esperanza de que encuentre un guion con el que pegue un pelotazo… uno real, porque, de nuevo, las sobrevaloraciones de los Oscar pronto se ponen en su lugar: ¿alguien se acuerda a estas alturas de En tierra hostil, ha influido en el cine, en la sociedad, a pesar de sus churricientos galardones?

Pero para mi sorpresa, a pesar del caché de su autora y el éxito de sus obras, el estudio no la ha apoyado esta vez. Con su limitada distribución y la escasa campaña publicitaria, Detroit ha pasado completamente desapercibida: apenas se habla de ella y ha dejado unos ridículos 16 millones de dólares de recaudación mundial. Sería muy raro que la academia Oscar, que se apoya sobre todo en la presión de los medios y la insistencia de los estudios, la resucite de la nada. ¿La temática de policía racista ha asustado al estudio? Es posible, pues a pesar de los años pasados desde los hechos narrados, en Estados Unidos siguen más o menos igual, dando la sensación de que en cualquier momento podría ocurrir algo parecido otra vez.

Una vez vista, tampoco cumple como ensayo analítico, y aunque esto no debería sorprenderme tanto, algunas esperanzas me había hecho. Es de hecho combinación de La noche más oscura y En tierra hostil. Como la primera cinta, es un resumen de los eventos que intenta ser neutral y acaba resultando fría y superficial, y como la segunda, intenta abarcar distintas etapas de una situación sin ser capaz de hacernos entrar en ella, es decir, resultando caótica y poco emocionante. En la caza de Bin Laden podía perdonarse, porque era una acción militar concreta y se narraba con ritmo y garra, pero hablando de unos disturbios sociales tan grandes no puedes quedarte tan al margen de los condicionantes, los conflictos latentes, las personalidades de los protagonistas, las respuestas y repercusiones…

Me puse con ella sin haber visto ni un solo avance, es decir, sin saber exactamente qué perspectiva del tema iban a abordar, y conforme avanza se observa que van cambiando el ángulo y el tono varias veces, quedando un relato incapaz de ir al grano y de sacar jugo de una situación que permitía muchos rangos de análisis y crítica. Los veinte primeros minutos se dedican a exponer anécdotas y situaciones varias de los disturbios, dando la impresión de que se pretende dibujar un panorama completo del asunto. Pero la frialdad con que los hechos son expuestos me impidió entrar en el ambiente: estaba aburriéndome bastante. De repente saltamos a un estilo completamente distinto: hay que soportar otros treinta minutos siguiendo a una pandilla que busca su oportunidad para triunfar como músicos, y a la vez conocemos a un policía sin preparación y racista. El drama es ahora demasiado localizado e intrascendente (qué cansina la escena de ligoteo), y la construcción de los personajes (en especial el estereotipado agente) no llama como para interesarse por el esperable momento en que caerán en algún problema relacionado con las revueltas.

Está claro que querían ofrecer una introducción global a la situación y luego presentar a los personajes implicados en el caso que van a abordar, pero ninguno de los dos segmentos funciona, tanto por su poca pegada emocional y su escaso calado como porque son dos secciones demasiado separadas, incapaces de formar un todo superior. Así que se puede decir que la película de verdad tarda cincuenta eternos minutos en empezar. Y cuando lo hace, no ofrece nada arriesgado (por ejemplo, Perros de paja viene pronto a la memoria) ni tampoco provoca la necesaria sensación de desasosiego e imprevisibilidad. Los policías racistas asaltan un hotel lleno de negros y pierden los estribos y el control de la situación, los otros cuerpos de la ley (policía nacional, ejército) se desentienden, y se convierte en una pesadilla para los inocentes ahí atrapados. Es el mejor tramo, porque es más activo y concreto y por extensión entretenido. Pero aun así le falta componente emocional y crítico: seguimos ante una exposición sin sustancia alguna de los hechos, y, por mucho que fuera una situación real, no me he importaba mucho quién muriera.

El cuarto segmento, muy largo también, parece que por fin va a mojarse… pero las consecuencias (investigación, juicio, respuesta del público) siguen sin rascar en las muchas capas y caras de contenido que hay latente, se mantiene la línea entre desganada y gélida. Sinceramente, para esto me veo un documental. No entiendo la necesidad de tanto metraje y tanto detalle y las dosis de siempre de clichés y sensacionalismo si lo único que van a hacer es narrar en imágenes la entrada de la Wikipedia del caso. De hecho, parte de los acontecimientos los exponen en texto en pantalla al inicio y al final de la proyección, quizá porque vieron que faltaba contexto o claridad. Llegamos al desenlace y no ha dejado nada en que pensar, ni tan siquiera puedes hacerte una idea del ambiente social, político y económico que provocó los disturbios, ni si dejó secuelas, si se aprendió algo y se trató de solucionarlo de alguna manera.

Tampoco funciona en el drama: los personajes no han tenido una profundidad y una evolución con la que conectar. El policía era gilipollas entonces y lo es ahora, ni se ha tratado de entender su actitud ni analizar la situación que permite que gente tan descarriada llegue tan lejos y luego se salga con la suya; el negro indeciso y cobarde lo era antes del asalto y lo sigue siendo después, y me da completamente igual la siguiente etapa de su vida, a la que dedican muchos minutos; el resto de la banda me atraen menos, pero no ocupan tanto tiempo… aunque claro, eso significa que son tratados como meros figurantes; el vigilante privado, aunque parece estar triste por el resultado del juicio, no sirve para exponer ninguna reflexión, así que sus esporádicas apariciones no parecen haber servido para nada.

El reparto se lo toma en serio, eso sí, y salva bastante una narración tan poco emocionante. La mayor parte son desconocidos pero cumplen bastante bien con el repertorio de personajes-cliché: los policías dan miedo, los negros pena; John Boyega (el vigilante) es el más destacado, pues aunque su rol es de los menos llamativos deja un par de escenas muy intensas; por cierto, es clavadísimo a Denzel Washington en versión joven. Kathryn Bigelow es buena realizadora, y como tal es capaz de dotar de cierta tensión a los momentos clave del asalto al hotel, pero no hay más enjundia en el guion, así que el resto del metraje parecen minutos tirados en introducciones y epílogos fallidos.

Al final da la impresión de que estamos ante un incidente aislado de tres policías racistas, cuando fallaron la política, todos los cuerpos de la ley, e incluso la sociedad en general. Pero claro, esto no es The Wire, es una obra sin personalidad, sin coraje, sin contenido, con un poco de acción y una pizca drama de amarillista y superficial para que la masa de espectadores se indigne un poco pero no sepa realmente por qué y pueda aplicarlo a un cambio de pensar real, es decir, para que impacte sólo el tiempo suficiente para ganar dinero y premios; y lo gracioso es que, como decía, le han quitado esa posibilidad al no darle apoyo desde la industria; por suerte, no es un caso que lamentar.

En el mismo estilo semidocumental que narra una crisis (el atentado islamista del maratón de Boston) tenemos la reciente Día de patriotas de Peter Berg, que resulta mucho más recomendable: se lo toma como una de acción y aun así es capaz de dar una impresión global de los hechos más compacta y cercana, y sobre todo, es una cinta muy entretenida.

Valérian y la ciudad de los mil planetas


Valerian and the City of a Thousand Planets, 2017, EE.UU., Francia, China, Bélgica…
Género: Aventuras, fantasía.
Duración: 137 min.
Dirección: Luc Besson.
Guion: Luc Besson. Cómic por Pierre Christin, Jean-Claude Mézières, y Évelyne Tranlé.
Actores: Dane DeHaan, Cara Delevingne, Clive Owen, Sam Spruell, Rihanna, Ethan Hawke, Herbie Hancock.
Música: Alexandre Desplat.

Valoración:
Lo mejor: Dirección artística, decorados, vestuario y efectos especiales magníficos.
Lo peor: Luc Besson se pierde en un frenesí demencial, ridículo, inclasificable. ¿Dónde quedó el inspirado autor de la inolvidable El quinto elemento? Los actores principales dan grima.

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Valérian: agente espacio-temporal, o Valérian y Laureline, como es más conocido, es un cómic francés de finales de los años sesenta que, si bien no alcanzó gran popularidad global, gracias a su asombrosa imaginación sirvió de inspiración para muchos autores de género posteriores. De hecho, es uno de los referentes menos conocidos de La guerra de las galaxias: numerosas viñetas aparecen calcadas en la trilogía original. Aquí tenéis un artículo que habla de ello, por poner uno de los muchos que surgieron con la llegada de la película.

Que de la adaptación se ocupara Luc Besson, artífice de esa joya memorable que es El quinto elemento, fue toda una alegría para sus fans, pues con el potente material de origen y lo que se veía en los avances prometía una maravilla semejante. Esas impresiones también eliminaban un poco “el efecto John Carter“, eso de que pudiera perder la frescura que tuvo la obra en su momento al adaptarla tan tarde, cuando el género está tan sobado y ha habido tantas referencias a la misma que ya nos es conocida aunque ni siquiera conociéramos su nombre. Es decir, si mantenía el estilo imaginativo y vibrante de El quinto elemento no importaría que la premisa pareciera simple o anticuada.

Pero me temo que el resultado está precisamente en la onda del desastre de John Carter o de otro hostión monumental reciente, El destino de Júpiter. La originalidad deslumbrante, el ritmo excelente, las situaciones rocambolescas tan emocionantes y los personajes carismáticos de El quinto elemento brillan por su ausencia. El galimatías que tenemos aquí apenas deja entrever unos pocos estereotipos que ahogan a los pobres personajes, y el prometedor universo se presenta con torpeza en capítulos caóticos y mal hilvanados incapaces de conmover lo más mínimo.

El nivel es tan bajo que provoca mucha vergüenza ajena y supone una enorme decepción, no ya porque Besson esté perdiendo el norte (recordemos la parida de Lucy… ¡que tendrá secuela!), sino porque se haya desaprovechado un material tan atractivo y tantos recursos monetarios y artísticos en tal bazofia. A pesar de que estamos en una época en que cualquier historia imaginable es factible de cobrar vida en imágenes con suficiente credibilidad, resulta que apenas hay guionistas y directores con talento e imaginación como para lograr buenas películas. Por cada Denis Villeneuve (La llegada, Blade Runner 2046) y Christopher Nolan (Memento, Origen, El truco final, Interstellar) tenemos infinidad de morralla y productos prefabricados, pero también algunos batacazos de autores otrora admirados, como este caso o el de El destino de Júpiter.

La pareja protagonista es lo más grotesco en cuanto a personajes que ha dado el cine reciente, y mira que podemos poner ejemplos lamentables en cantidad, la quinta de Transformers a la cabeza. Para empezar, los intérpretes están horribles, parecen escupir sus diálogos como si su compañero no estuviera a su lado. Su elección no sé cómo ha podido salir de un casting serio, vaya par de críos sin carisma, ni química, ni porte; son poco o nada agradables de ver, por decirlo suavemente… ¿se supone que ella es modelo? Lo sorprendente es que Dane DeHaan (Valérian) estuvo muy bien en la serie En terapia en un papel exigente; de Cara Delevigne (Laureline) sólo conocía su papel secundario en Escuadrón suicida, donde apuntaba pocas maneras, pero tampoco es que fuera un personaje que permitiera mucho. En su defensa se puede decir que no ayuda que sus roles sean estereotipos cutres sin una sola arista a la que aferrarse, pero también es evidente no tienen el carisma necesario para salvarlos y el director no es capaz de sacarles la más mínima química. Sus personalidades están tan poco cuidadas que incluso resultan inverosímiles en el universo y la historia propuestos. ¿Cómo estos niñatos inmaduros y sin experiencia visible en ningún campo pueden haber llegado a ser espías o mercenarios de tal fama que el gobierno los tiene los primeros en su lista? Él, el típico quinceañero salidorro, y ella, la chica que va de madura y respetable pero es igual de idiota (“yo no me lío con niñitos”, aunque babea por él en todo momento). Como resultado, tenemos unos protagonistas principales que oscilan entre la aburrida indiferencia inicial y una creciente sensación de rechazo: acabas la proyección harto de ellos, de sus tonterías y de los penosos actores. Los fans de los cómics señalan que se parecen bien poco a los magnéticos personajes originales, así que la pena con lo que han hecho es mayor.

La trama… ¿Qué trama? Un doble prólogo intenta meternos en situación, pero si ya se hacen largos mientras los ves, el poco poso que dejan en la materialización del universo y la historia remarca la sensación de innecesarios. El primero narra el nacimiento de la ciudad de los mil planetas, algo que se podría resumir sin ocupar tantos minutos redundantes; ni la preciosa Space Oddity de David Bowie lo salva, me temo que está muy sobada ya. La segunda introducción resulta instantáneamente cursi y pesada, y se alarga hasta la desesperación para señalar un argumento muy simple: una raza alienígena muy especial está en peligro, y aunque parezca increíble no es porque pasen hambre (la película parace una oda a la anorexia). La hora siguiente la perdemos en aventuras caóticas con la parejita insoportable sin que se llegue a concretar nada. En El quinto elemento, aunque la premisa era tremendamente simple (vencer a un ente maligno sin definición), todo escenario mantenía la misión como objetivo, el efecto especial no se sobreponía a la aventura (la búsqueda de respuestas y la unión de los implicados), y los personajes tenían una presencia que levantaba cualquier situación. Aquí nos encontramos ante una exposición destartalada de una lluvia de ideas delirante vivida a través de dos individuos difíciles de querer.

El mercadillo en varias dimensiones, la especie retrógrada que secuestra a la chica, el trío de patos gilipollas, la pesca submarina con criaturas metidas con calzador en plan La amenaza fantasma, el numerito musical de Beyoncé… Todos los capítulos resultan largos, anodinos e inconexos, nunca hay sensación de que vamos hacia alguna parte, de que los personajes van cambiando. Para cuando Besson se decide a recuperar la trama principal ya es tarde, ha perdido la poca trascendencia e interés que pudiera tener. Los irritantes protagonistas y su descentrada odisea me han desesperado tanto que he tenido que ver la película repartida en varios días. Y todo para que al final apenas aborde otros pocos clichés cansinos: el militar genocida y sus secundarios peleles, la forzada maduración del prota, la penita que supuestamente debe darnos la raza desfavorecida, y la batallita final de rigor ponen un cierre sin garra alguna para un conjunto infame.

La pena es que en el aspecto audiovisual han derrochado a lo grande. Para una vez que tenemos una banda sonora de acción ajena a la factoría Hans Zimmer (clones sin alma), en manos del virtuoso Alexandre Desplat, esta pasa desapercibida entre tanto ruido. La labor de dirección artística es encomiable y se traslada a imágenes de forma deslumbrante gracias a un abultado presupuesto (180 millones de dólares). El universo es rico y vistoso hasta abrumar, pero, por culpa del penoso guion, en el mal sentido: no hay coherencia y verosimilitud como para que el bombardeo de imágenes cale hondo, todo queda infrautilizado como artificios vacuos. En El quinto elemento sentías que los personajes vivían en ese futuro imaginario, y los distintos escenarios cobraban vida propia. Aquí hay mucha lucecita, criatura, navecita y planeta exótico pero nada logra transmitir alguna emoción concreta más allá de una breve “molonidad” visual.

Lo peor de todo es que no llega a caer en el cine cutre. Si pudieras reírte de lo estúpida y chapucera que es al menos sacarías algo. Pero es aburrida y cargante hasta límites inclasificables. Corramos un tupido velo y hagamos como que no ha existido…

American Made (Barry Seal, el traficante)


American Made, 2017, EE.UU.
Género: Acción, suspense, biografía.
Duración: 115 min.
Dirección: Doug Liman.
Guion: Gary Spinelli.
Actores: Tom Cruise, Domhnall Gleeson, Sarah Wright, Mauricio Mejía, Fredy Yate Escobar, Alejandro Edda.
Música: Christophe Beck.

Valoración:
Lo mejor: Entretenida y curiosa.
Lo peor: La enorme falta de originalidad. Parece un capítulo de Narcos.

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Se narra, con a saber cuántas licencias, la vida de Barry Seal, un piloto de aerolínea de pasajeros un tanto aburrido por la monotonía de su vida, hasta que esta da un vuelco cuando la CIA, en plena Guerra Fría, lo selecciona para hacer vuelos de espionaje a grupúsculos paramilitares con presuntos lazos con los soviéticos por Centroamérica y Sudamérica. Con la búsqueda de aventuras y otros giros inesperados acaba saltando al narcotráfico, trabajando para el cártel de Medellín que lidera Pablo Escobar, mientras sigue usando la fachada de la CIA para cubrir sus viajes. El tío se hace rico hasta el punto de no saber dónde meter el dinero.

El problema es que para condensar una epopeya de este tipo en dos horas hay un rango limitado de fórmulas narrativas que faciliten una forma inteligible y entretenida, y han optado por una muy clásica, la de enlazar anécdotas a toda leche y pararse de vez en cuando en recesos más tranquilos que tratan de otorgar un poco de dimensión humana a los implicados. Si en palabras no te haces una idea de lo que quiero decir, con ejemplos conocidos seguro que sí. El lobo de Wall Street, Atrápame si puedes, Scarface, Uno de los nuestros… pero el mejor ejemplo sería la reciente serie Narcos, de hecho parece un capítulo anexo, porque estos acontecimientos forman parte de la misma gran historia (aunque Seal es citado en un solo capítulo, creo recordar) y el estilo es prácticamente el mismo.

Tenemos cantidad de voz en off y apariciones futuras del protagonista explicando situaciones, montajes a modo de resumen y citas históricas (periódicos, discursos presidenciales), y anécdotas breves de todo pelaje. En las secciones más largas y pausadas se aborda el drama familiar (mujer, hijos, fachada social), la adaptación a los nuevos giros (los métodos del narcotráfico y de la CIA) y a las secuelas (el dinero, vivir en alerta constante…).

Pero Barry Seal, el traficante no tiene la originalidad, personalidad y en general la brillantez de las obras citadas, sino que se aferra demasiado al esquema elegido y tira para adelante sin mucho esfuerzo. Las delirantes aventuras del protagonista tienen capacidad de impacto suficiente como para sobreponerse a una fórmula tan convencional, el ritmo es bastante activo y sin bajones, y también hay contexto histórico suficiente para sacar una correcta lectura crítica sobre los desmanes de EE.UU. (intervencionismo, hipocresía, individualismo y capitalismo extremo). Pero le pesa muchísimo el hecho de que se le aplica a una vida singular un filtro muy predecible, de manera que una vez presentada la historia se ve venir prácticamente todo, y las sorpresas y situaciones más peliagudas pierden fuelle, parecen ponerse al mismo nivel detalles insignificantes que su vivencia más peligrosa. Por ejemplo, las peleas familiares son harto predecibles, los autores no son capaces de salirse de los estereotipos a pesar del potencial de la historia; y cuando aparece el vago hermano de ella, ya tienes el final de la odisea bien explícito. También me parece evidente que, dado el título original (American Made, “Hecho en EE.UU.”), la crítica debería tener más protagonismo y agudeza, cuando parece emerger automáticamente por la situación más que por esfuerzo del guionista y del director. Había muchísimo material por donde meter humor negro y autocrítica ácida, pero lo desaprovechan bastante.

Es decir, le falta ingenio, fuerza dramática, sensación de imprevisibilidad. Una epopeya tan fascinante y prometedora acaba convertida en un simple entretenimiento pasajero, cuando más bien debería dejarte anonadado y pensando al terminar el visionado. A su falta de empaque contribuye también la elección de Tom Cruise como protagonista: un héroe de acción no pega en este papel, hacía falta un intérprete con más registro. No hay más personajes, porque el resto quedan como figurantes del repertorio de curiosidades, y claro, tener figuras como Escobar y no sacarles partido, pues apena bastante.

Eso sí, para pasar un rato ameno vale de sobras.