El Criticón

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Parásitos


Gisaengchung, 2019, Corea del Sur.
Género: Drama, comedia, suspense.
Duración: 132 min.
Dirección: Bong Joon Ho.
Guion: Bong Joon Ho, Jin Won Han.
Actores: Kang-ho Song, Sun-kyun Lee, Yeo-jeong Jo, Woo-sik Choi, So-dam Park, Jeong-eun Lee, Hye-jin Jang, Ji-so Jung, Hyun-jun Jung.
Música: Jaeil Jung.

Valoración:
Lo mejor: Ingeniosa crítica social, con humor ácido y negro y algunos buenos giros. Excelente puesta en escena y buen reparto.
Lo peor: Muy desequilibrada en ritmo e interés, el guion parece sin terminar. El primer tramo es lentísimo, el final caótico y el epílogo totalmente fallido. La campaña mediática encumbrándola como obra maestra se ha ido totalmente de madre.

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Alerta de spoilers: Describo bastante de la premisa, el tono y algunas escenas sueltas, pero creo que no revelo nada crucial. —

Parásitos ofrece un retrato costumbrista verosímil y delicado unas veces, otras lo retuerce con humor negro y giros con mala leche, con lo que consigue mostrar lo mejor y lo peor del panorama, conmovernos, hacernos reír y a la vez dejarnos mal cuerpo.

Los miembros de una familia pobre, los Kim, empalman trabajos de mala muerte (eso cuando los encuentran) para sobrevivir el día a día mientras anhelan salir de la miseria y tener una vida de ensueño. La posibilidad se la encuentran cuando una familia rica, los Park, contrata a uno de ellos para unas clases particulares a su hija, y deciden montarse una serie de engaños para que terminen contratándolos a todos en diversos puestos del servicio.

La descripción de ambas familias, de los estratos sociales tan diferenciados, está muy cuidada, y los personajes son bastante encantadores cada uno a su manera. Dan algo de pena, se ve ligeramente alguno de sus defectos, lo justo para hacerlos humanos y conectar con ellos antes de empezar a desbaratar las cosas. El cruce entre los dos grupos abre la caja de pandora, muestra los vicios, las vilezas, la estrechez de miras, el clasismo… Los pobres se convierten en parásitos de los ricos, chupando de su dinero y lugar acomodado, pero es evidente también que los ricos han sido hasta ahora los parásitos de los pobres, logrando su posición a través de la explotación de estos.

Con gran ingenio el autor va urdiendo los engaños para conseguir los puestos y mantener la posición de rémoras en la casa, pasando poco a poco del drama social a la comedia de enredos. Pero también empieza a aportar inesperadamente un humor negro donde no deja títere con cabeza, pues todos los protagonistas quedan fatal, egoístas, cabrones, irresponsables, y la crítica se torna despiadada y casi surrealista. Y cuando ya te habías hecho al nuevo tono le da un giro insólito hacia el suspense, con un tramo de subidón donde todo se torna muy impredecible, para en el tramo final desbarrar en una orgía esta vez sí surrealista del todo.

Siendo el director Bong Joon Ho el principal artífice del guion (en colaboración con Jin Won Han), tenía muy claro cómo darle forma en imágenes. Esta historia bien podría adaptarse al teatro, pero el realizador no desaprovecha las posibilidades del lenguaje cinematográfico, y aparte de lograr un acabado versátil y por momentos deslumbrante también aporta buenas dosis de inteligencia.

Algunas cosas puede parecer obviedades, como que unos vivan en una zona fea y otros en una bonita, pero lo enriquece con detalles muy bien pensados. Los Kim tienen su morada en un semisótano, como siendo pisados por el resto de la ciudad y casi convertidos en una parte más de las alcantarillas (la gente les mea casi encima, las lluvias los inundan), los Park viven en la parte alta, aislados en una mansión de apariencia impenetrable por fuera pero acogedora por dentro. Hay escenas que lo exprimen muy bien: unos cruzan arcenes de autovías, puentes, callejones… hasta llegar a sus casas, los otros unos van cómodamente en coches de lujo con chófer; la lluvia purifica a los de arriba, y se lleva la mierda hacia los de abajo. La casa de los adinerados, escenario principal, aparte de resultar impresionante en su diseño se aprovecha bien en el acabado visual. El director juega hábilmente con el entorno mediante buena planificación y grandes angulares, obteniendo algunos planos hipnóticos y sin dejar lugar al estancamiento, pues cada habitación y rincón tiene su presencia justa.

El reparto está estupendo, destacando Yeo-jeong Jo como la inocente tirando a boba esposa Park, y el rostro más conocido, Kang-ho Song, colaborador habitual del realizador, que muestra muy bien la evolución del personaje y en general de la historia: la desgana inicial, el entusiasmo cuando las cosas van bien, y la frustración y rabia cuando la realidad explota en sus caras.

Pero la brillantez de los buenos momentos contrasta con unas carencias muy graves. Me faltan por ver Crónica de un asesino en serie (2003), en teoría su mejor trabajo, Ojka (207) y Mother (2009), pero en The Host (2006) y Rompenieves (2013) yo he encontrado en Bong Joon Ho un autor muy irregular, con potentes ideas que se quedan a medio camino (la del monstruo que asola Seúl) o se estrellan en su ejecución (la torpe distopía en tren). Y aquí siguen muy presente estos problemas.

He de remarcar bien en este notable desequilibrio, porque la cinta ha entrado en este juego de adoración ciega que se lleva ahora, donde una serie de factores se acumulan, y de repente algo se convierte en intocable, irrebatible, o en este caso en una obra maestra. Sobre todo pesa la imposición de internet y las redes sociales, donde o estás totalmente a favor de algo o totalmente en contra, no hay términos medios, mesura, razón y objetividad. No sé si os habéis fijado, pero en la red ya no hay críticos serios de arte, casi no quedan blogs de divulgación de cultura y ciencia, son todos youtubers y webs de clicbaits, generadores de tendencia que funcionan sin argumentos sólidos y veraces, sólo con contenido facilón, complaciente, con ganchos y fórmulas de interacción que atrapan a la masa y la mueven en una dirección sin pensar por sí mismos, y todo acaba arrastrando también a supuestos medios serios, que no se juegan las visitas por ir a contracorriente de la moda. Es más, estoy convencido de que mucha gente la ve por la inercia impuesta pero no le gusta… y no se atreve a decirlo.

¿Cuántas obras maestras en cine y series llevamos estos últimos años, según dictan estas fórmulas? Van camino de ser incontables. Pero obras tan sobrevaloradas sin razones objetivas son pronto olvidadas mientras los títulos de mayor calidad que han sido más o menos dejados de lado se asientan y son recordados en la posteridad. Parásitos quizá quede como una rareza o cinta de culto, porque no está nada mal y el toque coreano le da exclusividad, pero otras que se han ensalzado este año, como Joker (Todd Philips), 1917 (Sam Mendes) y El irlandés (Martin Scorsese) se las llevará el viento, mientras Historias de un matrimonio (Noah Baumbach), Jojo Rabbit (Taika Waititi) y sobre todo Los Vengadores: Fin del juego (hermanos Russo) no tengo dudas de que tienen lo que hay que tener para recordarlas durante mucho tiempo.

Primero, tenemos algo obvio y que precisamente en una valoración que pretende ser seria no se debería olvidar: lo pue propone Bong Joon Ho no es nuevo, es un género tan antiguo como el teatro mismo, y si bien aporta algunas novedades llamativas, no tantas como para subvertirlo y reinventarlo del todo, requisito imprescindible para hablar de un hito del cine. No es American Beauty (Sam Mendes, 1999), por poner un referente de crítica social que sí rompió esquemas, ni hace la mitad de gracia que la magnífica La cena de los idiotas (Francis Veber, 1998), a la que recuerda bastante por su fórmula teatral y el clasismo que se sale de madre.

Segundo, su propia fórmula, tan prometedora y que ofrece buenos tramos de diversión y drama inteligente, otras veces hace aguas, lastrando el ritmo, el potencial latente, y dejando la sensación de que el guion está inacabado, de que rodaron partes improvisándolas. Para empezar, hay muchas cosas cogidas por los pelos que te tienes que creer porque sí, como el selfie tan conveniente, que se traguen lo de la enfermedad sin preguntar si quiera ni pedir pruebas médicas, que se escondan debajo de una mesa sin ser vistos (y más cuando al pasar por escalera y tumbarse en el sofá pone la vista a ras del suelo), etc. Hay que hacer demasiados actos de fe para entrar en el juego.

Pero los problemas graves son de ritmo, tono e intenciones. El primer acto es muy disperso, Bong Joon Ho no consigue presentar la situación de los personajes con celeridad y fuerza, tarda demasiado en generar interés y en entrar en lo importante. Para mostrar los intereses del hijo adolescente y conseguir el primer trabajo tiene que quedar con su amigo y hablar de cosas irrelevantes en la trama durante largo rato hasta conseguir concretar algo útil. Había mil formas mejores de introducir la historia, de mostrar las motivaciones de los protagonistas en menos tiempo, y para colmo, el colega no vuelva a tener presencia alguna.

El acto central concentra demasiado las buenas ideas, sin tiempo a veces para que estas respiren o se aprovechen del todo, aunque no llega a ser grave, el problema es el desequilibrio con los otros segmentos. El tercer acto peca de no saber muy bien por cuál de los diversos caminos posibles debe tirar, y el relato se torna demasiado caótico, un festín de giros y muertes excesivo en violencia y que abandona la crítica dura pero sutil y opta por fuegos artificiales absurdos.

Para terminar de romper el hechizo, tiene una serie de epílogos aburridos y que no aportan nada. Tampoco es capaz de cerrar la trayectoria de los personajes sin torpes transiciones, una repentina voz en off, y largas dosis de información innecesaria. Bastaba con dejar las cosas abiertas (a ser posible tras un desenlace más inspirado), en plan la vida sigue, las diferencias sociales también, pero a la larga se nota que tiene preferencia por unos personajes sobre otros: es un tanto complaciente con los Kim.

Que los pobres sean astutos y cultos y los ricos ingenuos e incultos no convence. Es ley de vida, unos tienen tiempo y recursos para el ocio y la cultura de alto nivel, los otros apenas tienen acceso a la wifi (literal, es una escena de la película). Pero aunque pasemos este detalle por alto no se puede olvidar otro más claro: estira un relato ya terminado para añadir una especie de victoria que no viene a cuento con los Kim, y a la vez se olvida de los Park, que tenían una historia abierta, la del hijo pequeño, donde el fantasma y el morse apuntaban a un encuentro final en el que plantara cara o algo así.

En el acabado también tiene sus irregularidades. La tensión de algunas escenas podría estar mejor trabajada (el escondite debajo de la mesa no funciona), la parte de acción deja de lado la puesta en escena templada y patina en un caos ininteligible, y además se torna gore sin estar plenamente justificado. También hay algún gazapo muy cantoso: corren sin zapatos hacia la calle… y en ella aparecen con ellos.

Parásitos resulta un buen divertimento. Tiene tanto aciertos gratificantes como fallos que te sacan un poco de la proyección, pero resulta recomendable en general si te gusta la tragicomedia social. Y como es obvio, no hay manera alguna de justificar lo de obra maestra, es decir, tanto ensalzamiento y tanta exposición puede jugar mucho en su contra al predisponerte a esperar algo que no es.

Frances Ha


Frances Ha, 2012, EE.UU.
Género: Comedia, drama.
Duración: 86 min.
Dirección: Noah Baumbach.
Guion: Noah Baumbach, Greta Gerwig.
Actores: Greta Gerwig, Mickey Sumner, Adam Driver, Grace Gummer, Michael Zegen, Michael Esper, Charlotte d’Amboise.

Valoración:
Lo mejor: Guion capaz de tocar la fibra sensible con una encantadora y verosímil descripción de la entrada en la edad adulta. Dirección también muy hábil. El papel de Greta Gerwig ofrece un torrente de emociones.
Lo peor: ¿Qué sentido tiene el rodar en blanco y negro? Entre eso y algunas referencias rebuscadas, se les ve el plumero cultureta o hípster a sus autores.
Mejores momentos: La patética ruptura con el novio, la carrera al cajero, la cena con nuevos amigos, la revelación de dónde sale lo de Ha.

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¿Harto de películas de crecimiento y superación personal prefabricadas, de dramas humanos llenos de clichés y sensacionalismo que intentan obstinadamente decirte cómo debes sentirte, del estilo El libro verde (Peter Farrelly, 2018), Captain Fantastic (Matt Ross, 2016), Dallas Buyers Clubs (Jean-Marc Vallé, 2013), Descifrando enigma (Morten Tyldum, 2014)…? ¿O de otras mejor intencionadas pero que no terminan de alejarse lo más mínimo de todos los tópicos, como An Education (Lone Scherfig, 2009) y Brooklyn (John Crowley, 2015)? ¿O de las que tiran de artificios para fingir que traen novedades, como Boyhood (Richard Linklater, 2014) o Las ventajas de ser un marginado (Stephen Chbosky, 2012)?

Pues te recomiendo a la nueva ola del cine independiente neoyorkino que viene a relevar a Woody Allen con autores jóvenes muy inspirados que nos ofrecen relatos por lo general más originales e ingeniosos, con un trasfondo más culto y versátil, y sobre todo mostrando la realidad de forma más natural y muchas veces también con cierto toque crítico. En la cresta están Noah Baumbach y Greta Gerwig, quienes han conseguido hacerse un hueco en una industria cada vez más restrictiva copando nominaciones y premios y llegando a más público de lo que sus limitadas distribuciones iniciales hubieran permitido, gracias a títulos tan llamativos como Una historia de Brooklyn (2005), Frances Ha (2012), Lady Bird (2017) e Historia de un matrimonio (2019).

Frances Ha es una estupenda descripción de la entrada en la edad adulta, pero también un entretenimiento de primera si su fachada hípster no te echa para atrás. Si el cine comercial peca demasiado de intentar complacer, en el indie a veces se nota el intento de demostrar cuánto sabes y lo alternativo que eres. La fotografía en blanco y negro no aporta nada, es más, es contraproducente si quieres mostrar la vida en Nueva York de forma natural. Y la multitud de referencias culturales a veces parece un tanto rebuscada, como si sus autores quisieran demostrar que viven entre una élite selecta; aunque otas veces lo cierto es que se agradece: la selección musical huye de las típicas canciones románticas y emotivas de siempre. A mí este estilo propio tan marcado no me ha molestado, lo considero un desliz menor en una cinta en realidad muy cercana a cualquier tipo de espectador. Por poner un ejemplo bien conocido, no hablamos de la pretenciosidad insultante de Roma de Alfonso Cuarón (2018). Pero cierto es que si quieres vivir de tu cine, que llegue a mucha gente, los aires de grandeza no son una buena idea. Para la masa de espectadores, cada vez menos dada a obras que parezcan mínimamente inteligentes, es poner de repente una barrera muy alta, aunque a la hora de la verdad sea una fachada y el contenido sea no sólo apto para todos los públicos, sino que tiene todas las de calar hondo.

Seguimos la vida de una veinteañera que ve llegar los treinta con unos amigos que pasan a la etapa adulta, con la responsabilidad del trabajo y la familia, y otros que viven felices en la fase de estudiantes con trabajillos fáciles, mientras ella se va quedando en tierra de nadie, sin lograr encajar del todo en una fase que su subconsciente le dice que debería dejar atrás ni superar los miedos para aceptar que tiene que entrar en otra. Amores, familias, amistades y fiestas. Trabajo y esperanzas. Baches emocionales, problemas diversos, contradicciones, miedos. La historia resulta muy cercana introspectiva, funciona como un verosímil y conmovedor reflejo de la vida real, hasta el punto de que muchos se identificarán a fondo con la protagonista.

La cinta es ingeniosa y divertida en la comedia, con diálogos ágiles, humor sutil y unos toques de mala leche muy bien puestos: el egoísmo de Frances se lleva buenos palos, la indecisión y mentirijillas de algunos amigos otros tantos. Es muy entretenida en las diversas aventuras que tienen sus encantadores protagonistas, con situaciones variadas y por lo general impredecibles o al menos con un toque distintivito. Es emotiva en el drama, sin parecer forzada o guiada en ningún instante. Entre el guion tan inteligente y certero de Baumbagh y Gerwig y la interpretación de la propia Gerwig tan espontánea y enérgica consiguen un personaje deslumbrante. Sus vivencias y las de sus amigos cobran vida ante nuestros ojos con tal naturalidad que a veces quieres abrazarlos, otras te ríes con sus meteduras de pata, otras querrías abofetearlos, y otras te sentirás identificado y reflexionarás sobre tu propia existencia.

También hay que alabar la sobria y efectiva labor de dirección de Baumbagh y la fotografía de Sam Levy. Más allá del enredo del blanco y negro, entre ambos logran dotar de belleza, ritmo y energía a un relato que por naturaleza podría haber resultado muy teatral, incluso televisivo, pues gran parte de las situaciones ocurren en pisos y habitaciones. Cada escena está llena de movimiento, la fotografía juega con habilidad con la profundidad de campo, y hay no pocos instantes muy ingeniosos a la hora de rematar la situación emocional de la protagonista. Dos ejemplos claros: cuando está en el trabajo de informadora en una mesa en la universidad se siente atrapada, y el plano lo potencia al no apartarse del rincón de la mesa; cuando está eufórica corre por las calles y la cámara la sigue en un ágil ballet.

No tuvo mucha suerte con la distribución y la campaña publicitaria a pesar de que sus autores ya eran conocidos tanto en el circuito independiente como en los certámenes de premios grandes de la industria, pues Una historia de Brooklyn tuvo nominaciones a mejor guion en los Oscar y en los Globos de oro a mejor comedia (siendo mucho más un drama…) y mejores actores principales; solo arañó una nominación de Gerwig a mejor actriz en los Globos de oro, y además tardío, en la ceremonia del 2014, que para mí sin duda merecía ganar aunque Amy Adams estuviera espectacular también en La gran estafa americana (David O. Russell, 2013). Fue el boca a boca lo que hizo que se ganara poco a poco las alabanzas y el renombre que merece y que se mirara con más respeto a sus autores. Pero, como suele pasar, los Oscar y Globos intentaron enmendar su error más adelante nominando a cantidad de premios a Lady Bird de Gerwig, una cinta mucho menor que no merecía tanta repercusión, y desde entonces, parece que cualquier cosa que hagan ambos es suceptible de ser colmada de nominaciones (este 2019, Mujercitas de Gerwig e Historia de un matriomonio de Baumbagh), aunque luego repartan los premios con su criterio tan absurdo.

Fallece Kirk Douglas

El miércoles 5 de febrero ha fallecido Kirk Douglas. Contaba con nada más y nada menos que 103 años. La última estrella del cine clásico. Espartaco.

Nacido como Issur Danielovitch en Amsterdam, una ciudad de New York, creció en el seno de una familia pobre de judíos inmigrantes del Imperio Ruso. Cambió su nombre antes de alistarse para la Segunda Guerra Mundial.

Pronto mostró pasión por el cine, estudiando como podía entre mil trabajillos. Empezó a hacerse notar en Retorno al pasado (1947), junto a Robert Mitchum, pero no tardó en ganarse el respeto con una nominación al Óscar en El ídolo de barro (1949) y otras tantas alabanzas en El trompetista (1950), El gran carnaval (1951) y muchas otras.

La condición de gran estrella de Hollywood la asentó en el 57 y 58, con Duelo de titanes, Vikingos, Senderos de gloria y El último tren de Gun Hill. Esta posición no la desaprovechó, porque en Espartaco (1960) le dio una gran y última estocada a la nefasta época del mccarthismo, forzando que unas de sus víctimas más notorias, el guionsita Dalton Trumbo, apareciera en los créditos, retando así a los últimos defensores de la caza de brujas a retratarse o pasar página.

Cuando cumplió 100 años se entristeció ante la deriva del país que antes acogía inmigrantes, creciendo económica y culturalmente, pero en la era Trump gira hacia un fascismo inquietante, y dejó un gran escrito para la posteridad.

Filmografía: IMDb, Biografía: Wikipedia.

Uno de los nuestros


Goodfellas, 1990, EE.UU.
Género: Suspense, acción, histórico.
Duración: 146 min.
Dirección: Martin Scorsese
Guion: Martin Scorsese, Nicholas Pileggi.
Actores: Robert De Niro, Ray Liotta, Joe Pesci, Lorraine Braco, Paul Sorvino, Frank Sivero, Frank Vincent, Chuck Low, Gina Mastrogiacomo, Debi Mazar, Tony Darrow.

Valoración:
Lo mejor: Guion y dirección desbordantes de imaginación y recursos geniales. Reparto implicadísimo.
Lo peor: Algunos excesos terminan pesando, aunque sea ligeramente. En general está bastante sobrevalorada: es una gran película, pero no una obra maestra y mucho menos una de las diez o incluso de las cien mejores de la historia.
La frase: Desde que tuve uso de razón siempre quise ser un gángster.

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El libro Wiseguy (la forma en que se llamaban a sí mismos los mafiosos, los “tipos sabios” o los “buenos chicos”, según la traducción que prefieras) del periodista Nicholas Pileggi editado en 1985 tuvo estupendas críticas, se consideró el retrato más realista sobre las mafias de Estados Unidos. Martin Scorsese, enamorado del género, no tardó en quedar prendado de él y contactó con Pileggi para adaptarlo, quien estuvo entusiasmado también.

Desde el principio el realizador tenía claro que quería un relato frenético, que saltara de detalle en detalle e historia en historia, incluso yendo adelante y atrás en el tiempo, hasta componer un cuadro completo de la mafia liderada por Paul Vario desde los años cincuenta hasta casi los ochenta. El punto de vista sería el de Henry Hill, un joven cautivado por este mundo hasta que de adulto la violencia y los excesos lo traen a la realidad y acaba colaborando con el FBI para salvar su pellejo.

La pasión de Scorsese en el proyecto se nota en el acabado, pero si se indaga en el proceso creativo se hace aún más evidente. Es normal en el mundo del cine que los rodajes se retrasen o queden en suspenso en espera de financiación y mientras tanto hagan otras películas, pero no tanto que mientras rodaba La última tentación de Cristo (1988) siguiera dando vueltas al concepto, al libreto que escribía mano a mano con Pileggi, a los detalles, hasta el punto de que tenía casi todas las canciones usadas en la banda sonora ya en mente años antes. También se cuidó de tener un reparto cohesionado y comprometido, no se dedicó a reunir colaboradores habituales sin más. El primer elegido, Robert De Niro, no se limitó a cumplir, sino que mostró gran interés en el papel, indagando sobre el personaje, taladrando a Pileggi con preguntas sobre sus gestos y comportamientos. El director fomentó esa implicación haciendo que los demás actores también analizaran a fondo sus personajes, y durante el rodaje permitió bastante improvisación para que adaptaran sus formas de ser a las suyas propias, tomaba nota de todo y retocaba el guion para terminar de pulirlos.

En la puesta en escena estuvo pletórico. Tras varios títulos donde mostraba un excelente dominio de la técnica pero sobre todo lo que te hace destacar, gran inventiva y personalidad, Scorsese fue más allá, dejó clara su maduración y valentía, unió todos sus conocimientos, estilos, tics… y deslumbró con un despliegue de recursos y creatividad asombrosos. El ritmo frenético que no te deja respirar emerge de un guion denso pero ágil y de un montaje soberbio de Thelma Schoonmaker, una figura esencial en su carrera. Los largos e inmersivos trávelings, tan complicados como espectaculares, harían sudar al director de fotografía Michael Ballhaus, otro habitual en sus cintas, fallecido en 2017. La estructura no lineal desgrana cada evento y consecuencia con cuidado, o sea, que no es un artificio. La brillante dirección de actores sacó lo mejor de intérpretes ya consagrados y permitió que otros no tan conocidos dejaran huella. La extensa y cuidada selección musical es muy pegadiza, pero también supuso que la banda sonora fuera una de las más caras jamás producidas. La recreación histórica fue muy adecuada (el mayor presupuesto que tuvo hasta entonces), y ayuda junto a la música a establecer con facilidad el marco temporal de cada segmento.

Con la asombrosa mezcla de géneros (comedia negra, drama satírico, epopeya criminal) y el despliegue de recursos narrativos Uno de los nuestros resulta un relato histórico y costumbrista tan retorcido y violento como apasionante. Desde la presentación del protagonista conocemos instantáneamente su entorno, sus motivaciones y esperanzas, de manera que su vida y el mundo al que aspira captan toda nuestra atención. Henry Hill (Christopher Serrone en la adolescencia) es un joven de barrio obrero con una familia numerosa y pobre que anhela las facilidades del grupo que manda en la zona por encima incluso de la policía. De adulto (Ray Liotta) vivirá a lo grande explotando todas esas ventajas… hasta que se asoma al precipicio. Paul Cicero (basado en Paul Vario, interpretado por Paul Sorvino… “Todas las italianas se llaman Marie y todos los italianos Paul”), es el padre que no puede ser su padre: afable y que todo lo da. Jimmy Conway (adaptación de Jimmy Burke, en manos de Robert De Niro) es el hermano mayor o mentor idealizado, quien todo le enseña y cuyos pasos quiere seguir. Tommy DeVito (inspirado en Tommy DeSimone, dado a la vida por Joe Pesci) es el amigo loco con quien te lo pasas en grande… pero al que tienes que perdonarle sus excesos. Y Karen Hill (Lorraine Braco) es la novia de Henry, que acaba atrapada también en este mundo de ostentación.

Henry es un joven encantador que lo ha conseguido todo con facilidad y da con facilidad. Su vida es una fiesta constante, drogas, putas y trabajos estimulantes. Los únicos problemas que parece tener son guardar las apariencias de familia tradicional mientras comete sus fechorías; e incluso ahí, llega un momento en que su mujer acaba pasando del rol de ama de casa y entrando en el juego también. Pero el mundo en que vive, el que proporciona la mafia, está fuera de la realidad, es una fachada que esconde mucha podredumbre. Los problemas se resuelven con violencia, el poder y el dinero se ganan aplastando a otros, las únicas leyes que tienen son estrictas y crueles, y al final se le caerá la venda incluso con sus amigos.

La transformación emocional que muestran tanto Ray Liotta como Lorraine Braco es de impresión. De la ilusión inicial pasan a los excesos y problemas, y de ahí a un abismo donde no ven salida. El tormento en la etapa final, con ambos puestos de cocaína huyendo de todo y todos, se contagia al espectador, te pone de los nervios. Jimmy es una figura afable cuando las cosas van bien, pero se torna despiadado y desapegado cuando sale su lado asesino, y De Niro capta la vena psicópata con una facilidad pasmosa, cada gesto y mirada produce escalofríos. La faceta dura de Cicero es inquietante, potenciada muy bien por un inmenso Sorvino. Y Pesci está incluso un escalón por encima de todos, su tormentoso, volátil y demente rol marcó una época.

Lo sorprendente es que a pesar de la buena recepción de la cinta y las loas al reparto muchos actores no supieron aprovechar el éxito para relanzar sus carreras. Liotta arrastró papeles de poca monta hasta que volvió a conseguir un buen personaje en Copland (1997) y ahora más recientemente en Historias de un matrimonio (2019). Pesci tampoco se prodigó mucho, repitiendo en Casino (1995) un pobre remedo de este personaje, y no volvió a dar una gran interpretación hasta El irlandés (2019). Braco no logró nuevos éxitos hasta que pudo volver a demostrar su enorme talento en Los Soprano (1999). Y siguiendo con esta serie, al menos veinte actores secundarios vistos aquí repitieron en aquella con papeles más importantes; Scorsese dio trabajo a la mitad de la comunidad italoamericana dedicada al cine; hasta sus padres tienen una aparición.

Escenas míticas tenemos por doquier. La presentación que mezcla la infancia con un asesinato que le abre los ojos al protagonista, los trávelings que nos pasean entre las fiestas atestadas, las peleas de DeVito con el veterano recién salido de la cárcel y con el joven en la partida de póquer, la mujer de Henry apuntándolo con un arma, y finalmente la memorable paranoia con el helicóptero.

Pegas también tiene algunas, y aunque no resultan graves es indudable que aportan minutos prescindibles o dejan pequeños huecos. A veces la narración se acelera demasiado o se desvía en cosas que no parecen especialmente relevantes. La estancia en la cárcel resulta un poco forzada, como para cumplir con todas las vivencias habituales de estos criminales. Solo se habla de comida, y aunque esto incluye el soborno a los guardias y expone el poder que tienen, supone un receso poco útil, no cuenta nada concreto. Algún personaje secundario queda descolgado, como metido con calzador, como el de Samuel L. Jackson, pues su relación con el gran robo no aporta problemas llamativos y que DeVito mata a cualquiera lo sabemos de sobra; o el pesado que les pide dinero, Morris (Chuck Low), que entra y sale de escena aleatoriamente. El matrimonio de los protagonistas principales pasa por muchas etapas, con bajones acuciados, como suele ocurrir en la vida misma, pero en ocasiones da la sensación de que saltamos de una fase a otra sin que parezca haber una transición adecuada. Y para ser una obra pretendidamente histórica no sé a qué viene la salida de tono con las pistolas con silenciador: no, en la realidad no existen esos silenciadores mágicos que hacen que los disparos suenen como un débil “pufff”.

Aunque Scarface (El precio del poder, Brian De Palma, 1983) ya había jugado a distorsionar el glamour y la idealización de las historias de gángsteres hacia un registro más alocado, que añadiera acción y visceralidad en contraposición con la seriedad y magnificencia impuesta por la saga El padrino (Francis Ford Coppola, 1972), Uno de los nuestros fue mucho más allá, perfeccionando el estilo sin perder un ápice de la visión histórica ni la dramática, ni abandonar la seducción por el mundo del crimen. Creó escuela, arrasó en críticas y premios, y envejece muy bien, más si la comparamos con otros intentos de Scorsese de repetir sus buenos resultados, como Casino y El irlandés. No es de mis favoritas de su filmografía, pero me parece su mejor película hasta la llegada de Infiltrados (2009).

Pero, como suele pasar con algunos fenómenos, la pasión de su recibimiento se llevó demasiado lejos. Objetivamente dista de ser una las diez o veinte mejores películas de la historia como tantos se empeñan en defender. Con toda seguridad ni sería justo contarla entre las cien, donde la incluye la AFI, tan poco de fiar como los Óscar y Globos de Oro. Ese mismo año compitió con pesos pesados como Desafío total (James Cameron), El padrino III (Francis Ford Coppola) y Bailando con lobos (Kevin Costner). El año siguiente tuvimos Terminator 2 (James Cameron), esa sí, una obra maestra de arriba abajo, y el anterior fue el de Indiana Jones y la última cruzada (Steven Spielberg), que se queda muy cerca de serlo. Es decir, sólo en esos tres años se pueden citar cinco películas iguales o superiores… y si nos ponemos serios, en 1988 tuvimos dos obras maestras completamente únicas, Akira (Katsuhiro Ôtomo) y La tumba de las luciérnagas (Isao Takahata), y maravillas como Mi vecino Totoro (Hayao Miyazaki) y La jungla de cristal (John McTiernan), pero claro la animación, la ciencia-ficción y la acción “no son cine de verdad”. En resumen, Uno de los nuestros tiene gran valor por sí misma, no hace falta empequeñecer decenas de obras maestras para disfrutarla y alabarla.

1917


1917, 2019, EE.UU., Reino Unido.
Género: Bélico.
Duración: 119 min.
Dirección: Sam Mendes.
Guion: Krysty Wilson-Cairns, Sam Mendes.
Actores: Dean-Charles Chapman, George MacKay, Colin Firth, Mark Strong, Benedict Cumberbatch, Richard Madden, Andrew Scott.
Música: Thomas Newman.

Valoración:
Lo mejor: Algunos instantes espectaculares gracias a la fotografía, los escenarios y la dirección.
Lo peor: Relato predecible, superficial y sensacionalista, asfixiado por los enredos técnicos.
Mejores momentos: El derrumbe, las ruinas.

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Alerta de spoilers: Comento algunos detalles menores, nada importante. —

Anunciada como un plano secuencia de dos horas, avalada por críticas que la ponen de obra maestra, multitud de nominaciones y galardones en todos los premios habidos y por haber, y por ahora con una entusiasta recepción del público, llega 1917… otra obra llevada a los altares por un incomprensible furor mediático que no representa su calidad real.

Unas veces la fórmula narrativa de Sam Mendes ofrece una experiencia apasionante, pero en muchas otras resulta su principal limitación. Quizá con un guion más cuidado no se notaría, pero cuando te obsesionas por un único aspecto sueles descuidar los demás y perder la visión de conjunto. Un argumento predecible y simplón se desarrolla con torpeza porque el esfuerzo está centrado en otra parte. Además, en una donde Mendes no ha ido a por todas, porque evidentemente hay cortes en el plano cada quince o veinte minutos, lo cual no sería un problema (en otras del estilo no lo fue, como Birdman) si no tomara cada plano secuencia real como un episodio cerrado, lo que limita la progresión dramática, o sea, el ritmo y el calado emocional.

Una vez queda claro el poco alcance de la historia, que es bien pronto, cada capítulo se ve venir entero en cuanto comienza, y muchas veces puedes intuir el siguiente. A partir de cierto momento incluso sabía perfectamente cómo iba a actuar cada personaje secundario… antes de que estos aparecieran, porque Mendes le va poniendo ante el protagonista los desafíos y conflictos más típicos y gastados del género.

Ni siquiera estamos ante la clásica historia de superación, sino que es una oda al héroe bastante pobretona, sin épica ni emoción. Los protagonistas van de A a B siendo héroes en todo momento, a pesar de sus puntuales dudas humanas no cometen fallos, son factores externos y gente malvada los que causan sus problemas. En otras palabras, dos jóvenes íntegros y capaces luchan imbatibles contra lo peor de la condición humana y la naturaleza y en el proceso no cambian ni un ápice porque ya nacieron perfectos; bueno, no tanto, porque uno de ellos corre varias veces en línea recta mientras le disparan, pero como es el héroe no lo alcanzan. Las anécdotas, acciones y contratiempos no dejan secuelas, lo que ocurre en un segmento no se extiende a otro. La mano herida parece que va a dar guerra, pero se olvida; el francotirador se ha superado, ya no vuelven a aparecer otros en todo el pueblo; el pelotón que ayuda en un capítulo se marcha al acabar sin que ningún mando ofrezca refuerzos, para que en la siguiente aventura se mantenga todo como antes; etc.

Como consecuencia, no sorprende que algunos episodios sean totalmente gratuitos, pues la idea es cumplir cupos. Así, tenemos el francotirador, la mujer solitaria (al menos no nos cuelan la escena de sexo de turno), los roces con los mandos (todos muy parcos y nada emocionantes) y otros momentos metidos con calzador, mientras que el resto de situaciones tampoco es que deslumbren: las carreras por trincheras lucen por el acabado visual, no porque narren algo impactante. Una vez visto el tono, tampoco coge desprevenido que abunde el sensacionalismo, pues a falta de contenido original y complejo Mendes trata de tirar de sentimientos muy mascaditos y golpes de efecto que rara vez funcionan (como el susto con el primer disparo del francotirador). Por extensión, se acumula demasiado giro y salto muy conveniente, las transiciones entre algunas partes están muy poco trabajadas. Y como consecuencia, tampoco extraña la presencia de numerosos agujeros.

La zona de conflicto es un revoltijo que cuesta creer aunque la lucha de trincheras fuera metro a metro. De una zona dominada por ingleses pasamos a otra en manos de alemanes, en la siguiente hay un grupo de ingleses sentados escuchando a un compañero cantar sin que haya vigilancia alguna, y a dos pasos está la trinchera en pleno combate cuyos disparos y bombas no se oyen hasta que toca entrar en ese episodio. Tienen una misión prioritaria y de pasar sin ser vistos y se entretienen yendo de frente a todo escenario que encuentran y curioseando por todas partes. Y por qué envían una sola batida de dos míseros soldados con un mensaje tan importante y no varias… o mejor, palomas mensajeras y aviones.

La efectiva inmersión en algunas escenas es puramente técnica, de forma que en ocasiones atrapa con bastante fuerza (el derrumbe, los peligros entre las ruinas del pueblo), pero en otras no logra su objetivo, y por acumulación de falta de contenido a la larga las primeras empiezan a perder verosimilitud en tu cabeza: era todo fuegos artificiales que no llevan a nada, en la siguiente fase está todo olvidado y vuelven a intentar otra artimaña del estilo. La música, también aclamada sin mesura, es un triste efecto sonoro, Thomas Newman (American Beauty -1999-, ¿Conoces a Joe Black? -1998-) vale para mucho más. La fotografía de Roger Deakins es muy buena, aunque no al nivel de otros trabajos suyos (Blade Runner 2049 -2017-, Skyfall -2012-). Vestuario, localizaciones y decorados cumplen bien.

Los actores principales no están a la altura del reto y desentonan mucho ante la veteranía y buen hacer de los pocos y breves secundarios. Las caras de pena y sufrimiento de Dean-Charles Chapman (Captain Fantastic, 2016) y George MacKay (Juego de tronos, 2011) no conmueven. Si es que Mark Strong con una sola escena se pone muy por encima, y Colin Firth y Benedict Cumberbatch también imponen bastante.

En conjunto resulta una película a ratos forzada, artificial y tediosa, y si bien en otros sin duda es espectacular y emocionante, con tanto desequilibrio no llama para revisionarla, y desde luego no hay manera objetiva de ponerla como obra maestra. Debería haberse tomado como lo que es, un experimento, una curiosidad para echar el rato, pero se ha encumbrado con la locura febril y volátil que se ve demasiadas veces estos tiempos.

En lo bélico, no hace ni la más mínima sombra a cualquiera representativa del género, sea en la onda introspectiva de La delgada línea roja (Terence Malick, 1998) o la histórica de Un puente lejano (Richard Attenborough, 1977), está más en la línea ultra comercial de Salvar al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998) y Corazones de acero (David Ayer, 2014). De hecho, con esta última guarda muchos parecidos en recursos básicos: un protagonista joven y silencioso, sin gran personalidad, para que puedas meterte en su piel, y aventuras varias facilitas y con trucos sentimentales baratos. En cuanto a epopeya de aventuras con pocos personajes, recuerda bastante a El renacido (Alejandro González Iñárritu, 2015), pero está por debajo en el dibujo de personajes y el factor entretenimiento y espectáculo. En lo experimental, la gente se ha flipado como si estuviéramos ante algo único, pero obras con grandes planos secuencias, o incluso que los empalman hasta hacer uno virtual durante todo su metraje, hay bastantes. Por comparar con algunos referentes conocidos, se queda lejos de la ingeniosa y encantadora Birdman (Alejandro González Iñárritu, 2014) y de la intrigante La soga (Alfred Hitchcock, 1948), e incluso El renacido, con planos secuencia puntuales, le da una buena tunda en riesgo y complejidad visual.

En un año estará completamente olvidada.

El irlandés


The Irishman, 2019, EE.UU.
Género: Drama, suspense, histórico.
Duración: 209 min.
Dirección: Martin Scorsese.
Guion: Steven Zaillian, Charles Brandt (novela).
Actores: Robert De Niro, Al Pacino, Joe Pesci, Harvey Keitel, Ray Romano, Stephen Graham, Bobby Cannavale, Kathrine Narducci, Anna Paquin, Stephanie Kurtzuba.

Valoración:
Lo mejor: El colosal trío de actores principales: Robert de Niro, Al Pacino, Joe Pesci. El tono crepuscular le otorga un toque novedoso.
Lo peor: Metraje desmedido, historia sin rumbo, pasajes anodinos, personajes secundarios sin interés… Lejos de la épica de mafias que defienden muchos, es más bien una miniserie televisiva de escasa calidad y profundidad.

* * * * * * * * *

En Estados Unidos siempre ha existido predilección por figuras fuera de la ley. Tanto el prototipo de forajido del oeste como gente famosa como Bonnie y Clyde se han llevado numerosas películas que idealizaban sus andanzas. Sin embargo, la llegada de El padrino (Francis Ford Coppola, 1972) dio un nuevo giro a esta tendencia, aumentando la complejidad y verosimilitud del mundo del crimen representado pero también su halo mitificador, lo que lejos de resultar anacrónico encandiló a medio mundo. Y en televisión, Los Soprano (David Chase, 1999) revivió muy bien ese estilo al llegar el nuevo milenio, aportando un toque de humor negro genial. Volviendo a la gran pantalla, Martin Scorsese se puede considerar el máximo exponente de esta línea, con Malas calles (1973), Taxi Driver (1976), Uno de los nuestros (1990), Casino (1995), Gangs of New York (2002), Infiltrados (2006), El lobo de Wall Street (2013)… todas historias donde los criminales resultan más o menos entrañables y sus aventuras embriagadoras en vez de parecernos vidas deleznables y crímenes grotescos; incluso en los casos en que sí quería señalar la violencia, lo hacía con cierto humor negro.

Precisamente este favoritismo por un género, por no decir abuso, propició que sus declaraciones a finales del año 2019 afirmando que el cine contemporáneo estaba engullido por la saga Marvel, a la que no considera ni cine, le hicieran quedar como un carcamal y un idiota de cuidado, más aún teniendo El irlandés a punto de estrenar. ¿Cómo se puede ser cineasta, haber estado décadas saturando con un género y luego despreciar otro en su época de esplendor, que ha dado numerosos títulos notables e incluso sobresalientes y que haciendo cuentas realmente no pasa de tres o cuatro estrenos al año entre más de un centenar de obras diferentes? Entró en el debate de géneros y autores rechazados por las grandes distribuidoras como elefante en una cristalería, equivocando de objetivo su crítica y sin ver que las virtudes de las nuevas tecnologías y los nuevos modelos de negocio le han permitido llevar a todo el mundo una cinta obviamente difícil de colar en salas. Pero, como siempre digo, hay que separar la persona del autor, y vamos a centrarnos en la película.

El irlandés rompe la tendencia al ofrecer una de gángsteres y mafias con un tono crepuscular, como en el cine del oeste cuando autores como John Ford y Sam Peckimpah, hartos de la línea dominante tan idealista y blanda, optaron por perseguir historias más realistas y crudas.

Para empezar, el protagonista es un don nadie y acaba más o menos igual, no es un gran capo o un tipo hábil que va ascendiendo. Jefes varios lo usan como matón y guardaespaldas por su falta de escrúpulos, pero de recursos intelectuales y ambición anda muy escaso. Esta vida deja secuelas en la familia y amistades, y garantiza soledad para quienes sobreviven a años de violencia.

Basándose en general en hechos reales seguimos la historia de Frank Sheeran (Robert de Niro), un conductor de camiones que empezó con trapicheos de contrabando y acabó siendo sicario de mafiosos varios (algunos inventados por los autores, como el rol de Joe Pesci, Russell Bufalino, otros reales) y finalmente guardaespaldas de Jimmy Hoffa (Al Pacino), el sindicalista más famoso de la época, muy conectado con el mundo del crimen.

El reparto es excepcional y recupera varias estrellas en una larga decadencia. Dos pesos pesados de los años setenta, ochenta y noventa como fueron De Niro y Pacino llevan veinte años (¡veinte!) enlazando trabajos que les dan de comer sin esfuerzo, películas más o menos mediocres y papeles donde o pasan de todo o sobreactúan sin mesura. Desde Ronin (1998), De Niro sólo pareció esmerarse un poco en El lado bueno de las cosas (2012), y Pacino, desde El dilema (1999) e Insomnio (2002) y un poco también en la miniserie Ángeles en América (2003), anduvo el mismo camino. Pesci por el contrario no ha sido de los de aparecer en dos o tres películas por año, y desde el 2000 andaba medio retirado, con sólo dos papeles, El buen pastor (2006) y Love Ranch (2010).

En El irlandés están al nivel de los mejores años de sus carreras. La contención fría, rígida, de De Niro es inquietante, se ve a un asesino sin escrúpulos… pero también a una persona sencilla. Al Pacino tiene entre manos a un embaucador de nivel, pero sorprende al limitar bastante la gesticulación de sus peores momentos y aun así conseguir un personaje que te atrapa en su órbita gracias a su arrolladora personalidad. En Pesci se nota más aún la contención, dado sus papeles cómicos aun dentro del género (en Uno de los nuestros era un loco de cuidado). Incluso ante estos dos colosos destaca con una interpretación tan verosímil como entrañable, un mafioso que está por encima de todo, cuya veteranía y convicción le hacen ir por la vida con una tranquilidad pasmosa. En cuanto a secundarios, hay muchos habituales en cine o televisión, pero con apariciones bastante breves, así que aunque cumplan como buenos profesionales ninguno logra dejar huella: Harvey Keitel, Anna Paquin, Bobby Cannavale, Stephen Graham y otros tantos.

Sin embargo, hay un aspecto polémico. El anunciado rejuvenecimiento facial de actores que sobrepasan los setenta pero interpretarían a personajes en distintas épocas, empezando por la treintena o menos, se iba a mirar con lupa, pues aunque ya se había visto en algunos episodios de Los Vengadores con resultados magníficos, destacando Capitana Marvel, ya se sabe que la ciencia-ficción y fantasía muchos no las cuentan como cine de verdad, así que hasta ahora no había realmente gran expectación por ver los resultados; para aumentar el sinsentido, los efectos especiales los hacen los mismos, Industria Light and Magic

El trabajo con los rostros es como en los ejemplos citados impecable, superando con creces a aparatosos maquillajes. No limita la interpretación de los actores, no canta a efecto digital… Pero en este caso hay dos puntos de choque que confunden e incluso molestan y terminan empañando el logro. El primero es que De Niro lleva lentillas o trabajo con ordenador también para ponerle los ojos tan claros que tenía la figura en que se basan, y resulta tan raro que te puede costar bastante rato acostumbrarse, porque te saca bastante del personaje, estás todo el rato pensando que algo no cuadra. Lo segundo es que siguen teniendo setenta años en sus movimientos, y en las escenas más activas se nota mucho, pero cuando entran en juego los dobles de cuerpo (peleas y caídas) la diferencia provoca carcajadas. Así que, al final cabe preguntarse si no es mejor el simple y efectivo recurso de contratar a distintos actores para distintas edades, o al menos haber seleccionado a unos cuarentones y usar la técnica para envejecer también. Por otro lado, hay otro caso extraño que resulta aún más desconcertante: coger a un actor relativamente joven y en forma como Domenick Lombardozzi (el detective tontorrón Herc de The Wire -2002-) y meterlo en un disfraz de gordo y anciano produce unos resultados ridículos.

Dejando estos detalles aparte, los problemas de la cinta son otros más importantes. No hay más virtudes destacables en ella aparte del excelso reparto, y sí una gran acumulación de peros y fallos desde el concepto a la ejecución. Scorsese cree haber conseguido una gran épica de género, compleja, larga, desbordante de contenido y emociones, al estilo El padrino (la segunda parte, sobre todo) y Uno de los nuestros… pero está más bien en la onda de Sergio Leone con su lenta, caótica, no lineal y semionírica Érase una vez en América (1984), que entusiasmó a sus seguidores acérrimos pero confundió y aburrió a muchos otros, cinéfilos y espectadores casuales, y estos, ante tan abrumadora recepción, prefieren callar antes de que se les trate de incultos. Pues yo voy a decirlo claramente y sin miedo: El irlandés no es una buena película, y llamarla obra maestra es una barrabasada insostenible.

Es demasiado larga e irregular, no se centra, no ofrece un rumbo y un contenido claros y consistentes. Ni siquiera me vale decir que con tres horas y media se puede considerar miniserie y ver por partes. Le sobra prácticamente la mitad, una ingente cantidad de material inane que lo que logra es rebajar su categoría de gran epopeya cinematográfica a miniserie televisiva de escaso calado y calidad.

Al menos Netflix ha tenido suerte con su éxito y la multitud de nominaciones a premios, lo que le permitirá atraer a más autores de este calibre. Es más, que Scorsese haya tenido un patinazo (o dos, contando la insustancial y tediosa Silencio -2016-) no significa que no vuelva a ofrecernos otro gran título.

El repertorio de anécdotas y curiosidades funcionó a las mil maravillas en Uno de los nuestros y no resultó nada mal en El lobo del Wall Street, dos historias generosas en metraje y años abarcados pero que gozaban de un ritmo trepidante, un hilo conductor claro y unos personajes que evolucionaban a ojos vista. Aquí, entre anécdota y anécdota puede haber quince minutos de vacío, y hasta llegar a un tramo interesante quizá hay que soportar media hora de vaguedades y vueltas en círculos. De hecho, la historia realmente tarda cuarenta minutos en empezar, pues hasta la aparición de Jimmy Hoffa prácticamente no ha pasado nada. Una presentación del protagonista, diréis. Pero lo que cuenta cabía en diez minutos más o menos. Mostrar a Frank iniciando sus trapicheos, entrando en contacto con Bufalino y empezando a matar para la mafia no necesitaba una exposición tan extendida y superficial. Scorsese tira de una narración no lineal para aumentar el tono melancólico (en el viaje en coche los ancianos recuerdan cómo se conocieron, qué fechorías hacían…), pero da rodeos mil cada cual menos trascendental y más aburrido.

La entrada de Hoffa levanta el interés bastante, pero sigue sin centrarse la cosa. Aparecen de golpe secundarios varios… y de repente desaparecen durante otro largo periodo mientras nos perdemos en otras subtramas vulgares, relatos de crímenes varios, rencillas con otros mafiosos, fiestas que no aportan nada… La peleilla con un rival (el encarnado por Graham) es de las partes más entretenidas, pero a la larga, como todo lo demás, no da la sensación de que aporte nada sustancioso al desarrollo global.

Para cuando encuentra un rumbo más claro ya es tarde y tampoco tiene el nivel exigible. La etapa de decadencia, donde Frank se vuelve consciente de que llega a la vejez sin nexos emocionales y familiares, pues los ha descuidado durante su vida, no funciona como debiera, porque todo esto se ha desarrollado en unas pocas anécdotas sueltas que metieron con calzador entre otras historias. Es decir, no puede ser que pasadas tres horas de metraje intentes que congeniemos con hijas que ni has presentado debidamente, que la versión adulta de una de ellas, encarnada por Paquin, deje huella con dos frases, y que de la otra y la mujer te acuerdes a estas alturas de dónde andan después de la poca presencia que han tenido. Además, el supuesto conflicto interno se sustenta sólo en la parte familiar, ni las misiones en teoría más difíciles que hizo parecen dejar secuelas, sean peligros que pueden volver a acechar o remordimientos serios.

Por hacer la comparación más obvia, en Uno de los nuestros teníamos a la familia presentada en los cinco primeros minutos y entendíamos rápido y con claridad la posición del protagonista, el entorno y sus motivaciones, y en adelante era todo exponer cómo funcionaba el mundo del crimen con cada hecho calando en él y su mujer de distintas formas.

Ni la puesta en escena resulta llamativa. Scorsese, sea porque intenta ofrecer una narrativa sobria acorde al tono nostálgico y decadente, va con la inercia puesta, no ofrece un aspecto visual expresivo y virtuoso, sino más bien uno apagado, casi televisivo, y cuando intenta florituras queda mal porque tira de recursos que ha usado mucho durante su carrera y aquí parecen enredos repentinos que desentonan: harto he acabado del tráveling que sortea un caos de gente para llegar al protagonista, sobre todo en vistas y juicios. Además, la recreación de la época es muy parca, no hay ambición alguna en el acabado de una película que trata de representar décadas de historia. Me temo que gran parte de los estratosféricos 160 millones de presupuesto se gastaron en la puja de derechos de autor y de distribución, que se fueron de madre cosa mala, pero la inversión real en el rodaje no tiene pinta de sobrepasar los 50-60 (lo que costó por ejemplo Emboscada final, por citar una reciente del estilo). No creo que en el rejuvenecimiento digital costara tanto; si es así, quizá no sea tanta mejora respecto al maquillaje o al uso de actores de distintas edades.

Acaba la eterna proyección y te quedas preguntándote qué ha intentado contarte Scorsese, si la historia de la mafia sindical, la vida completa de un sicario, o un anecdotario de crímenes en general. No tiene garra como recreación histórica, no conmueve el drama de las pocas vidas mostradas, no apasiona en las diversas aventuras de gángsteres. El tramo final en el asilo apenas vale para dejar un recuerdo digno en un relato cercano al desastre, salvado por algún tramo entretenido y sobre todo por la colosal interpretación de grandes y admirados veteranos.

La guerra de las galaxias – Episodio IX: El ascenso de Skywalker


Star Wars – Episode IX – Rise of Skywalker, 2019, EE.UU.
Género: Aventuras, fantasía.
Duración: 142 min.
Dirección: J. J. Abrams.
Guion: J. J. Abrams, Chris Terrio.
Actores: Daisy Ridley, Adam Driver, John Boyega, Oscar Isaac, Anthony Daniels, Carrie Fisher, Domhnall Gleeson, Richard E. Grant, Ian McDiarmird, Billy Dee Williams, Keri Russell, Naomi Ackie, Joonas Suotamo, Mark Hamill, Harrison Ford.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: La química entre los actores y algunos diálogos y situaciones emocionantes. Efectos especiales y sonoros.
Lo peor: La trilogía, improvisada sobre la marcha, desemboca en un galimatías que intenta contentar a todos: tira demasiado de nostalgia e imitación, de humor básico, de drama subrayado, de ritmo forzado y espectáculo gratuito por encima de una historia bien planificada y de calidad. Es un desastre que roza el nivel de La amenaza fanasma.
Mejores momentos: La dinámica entre Poe, Finn y C3PO, los encuentros de Rey y Kylo.
La frase:
-Poe: ¿Qué haces, 3PO?
-C3PO: Echar un último vistazo, señor. A mis amigos.

* * * * * * * * *

Alerta de spoilers: Hasta próximo aviso solo comento el argumento principal por encima.–

CINE DE DESPACHOS IMPROVISADO VERSUS SERIE BIEN PLANIFICADA

En El despertar de la Fuerza la jugada de mirar atrás para recuperar la esencia de la trilogía original después de la irregular recepción de la trilogía de precuelas corría el riesgo de parecer una imitación descarada y sin personalidad propia de Una nueva esperanza, pero salvo una minoría que lo vio así, el estreno encandiló al mundo, ganándose de nuevo a las dos generaciones previas y atrayendo a una nueva a la saga. Pero en el aire quedaba la pregunta de si seguirían por el camino de la repetición y la nostalgia o si una vez presentado el nuevo ciclo discurrirían por nuevos senderos.

En Los últimos Jedi eligieron avanzar, innovar, tratar de sorprender. Pero parece que esto fue en realidad iniciativa de su director y principal guionista, Rian Johnson, en contra de los deseos de los productores. Estos terminaron metiendo mano y la cinta quedó truncada, con una historia caótica y elecciones narrativas fallidas que lastraban las buenas ideas. El público la recibió con tibieza, y si bien hizo dinero a mansalva por el tirón de su fama, pronto se le sumó el fiasco de Han Solo, donde la desastrosa producción y su flojo acabado pusieron en alerta máxima al estudio y a los fans.

Entonces quedaba claro que esta etapa de la saga, tanto la trilogía como los capítulos paralelos (recordemos que en Rogue One también alteraron cosas a última hora), se ha ido desarrollando en las guerras de los despachos, con productores y realizadores varios jugando a prueba y error hasta que encuentren una fórmula rentable que exprimir, en vez de abordar el proyecto seleccionando a un grupo de guionistas y directores que planificaran bien la historia antes de lanzarse a rodar la primera entrega, y una vez en marcha no cambiar de ideas sin estar seguro de su necesidad y consecuencias.

Las nuevas entregas de esta serie han ido saliendo airosas (sólo Han Solo rozaba el fracaso estrepitoso) porque sus realizadores han mostrado mucho más talante y nivel que los directivos, pero para esta entrega las demandas eran tantas, tan absurdas y contradictorias, la producción tan improvisada y anárquica, que el desastre resultante es enorme.

Unos espectadores amaron El despertar de la Fuerza y odiaron Los últimos Jedi, otros al revés… pero todos se han unido en la decepción que supone El ascenso de Skywalker.

LO QUE SE CONOCE DEL CAÓTICO PROYECTO

El primer realizador elegido, Colin Trevorrow, fue despedido en las primeras fases del guion. El estudio dijo que fue por diferencias creativas, pero quizá él vio el panorama y salió corriendo. De su versión del guion no se sabe nada a la hora de escribir esto. Rian Johnson, autor de Los últimos Jedi, se llevaba bien con el equipo creativo (guionistas varios) pero no con los productores principales (Kathleen Kennedy, Bob Iger, Alan Horn…), y tras el relativo fiasco de su visión terminó despedido, con la nueva trilogía que tenía encargado siendo cancelada. Todo apunta a que su premisa seguiría explorando nuevas opciones, sin rastro de Palpatine y demás imitaciones a El retorno del Jedi.

J. J. Abrams fue traído de vuelta a la desesperada y se le encomendó la tarea de “contentar a todos los fans”. También estaba en contra de la aportación de Johnson, así que pidió permiso para hacer borrón y cuenta nueva y tener control total. Consultó con George Lucas, y entre los dos desarrollaron una historia con mucho material de las series animadas (el universo expandido, lo llaman) y de ideas que Lucas tenía para su trilogía de secuelas que no llegó a realizar (no se veía con fuerzas y edad y vendió a Disney). El villano sería un tal Son of Mortis (encarnado por Matt Smith), pero parece que Palpatine estaba también por ahí.

Pero Kennedy e Iger no estaban contentos con el trabajo que estaba desarrollando Abrams, más cuando él mismo afirmó que difícilmente se podría contentar a todos, y empezaron a exigir cambios sustanciosos, aumentando el tono a lo El retorno del Jedi, dando protagonismo a Palpatine. Algunos dicen que el montaje de Abrams y Lucas habría sido casi completado antes de que Disney hiciera su versión.

INTENTANDO CONTENTAR A TODOS CON GOLOSINAS

Teniendo en cuenta el proceso y que el acabado parece una mezcla de ambas visiones, está claro que tanto unos como otros no han sido conscientes de que la improvisación y las interferencias provocaron la desigual calidad y recepción de Los últimos Jedi y piensan que El despertar de la Fuerza funcionó únicamente por el factor nostalgia. Han eliminado sin miramientos casi todo lo desarrollado en esas entregas para inventarse una historia de la nada, se aferran demasiado a la mirada al pasado y persiguen una narración que abarque todo registro posible para contentar a todo espectador posible. En vez de pensar que esto tenía todas las de tomarse como un insulto hacia los espectadores parecen convencidos de que era lo que necesitaba la saga. ¿No queríais La guerra de las galaxias clásica? Pues nos encasquetan un festín de imitación y referencias aderezados con todos los tópicos del género de aventuras. ¡Que nadie se quede sin su ración de emociones prefabricadas!

Palpatine ha reaparecido con una flota inmensa y amenaza a la galaxia con un nuevo Imperio. Después de tener tanta relevancia, la Primera Orden ya no pinta nada, y el nuevo y atractivo líder Kylo Ren es rebajado ante el omnipotente Emperador. El conflicto entre Kylo y Rey pierde fuelle en la caótica búsqueda del escondite de Palpatine para plantarle cara. Los demás personajes ofrecen un sinfín de aventuras de todo tipo, nos llevan de planeta en planeta saturando con multitud de escenarios de acción, humor, aventuras y romance, muy facilones todos, y además salpicados de añoranza a la trilogía original y referencias mil al universo expandido (resulta que para entender la película al completo tienes que seguir todo el merchandising que van sacando: series infantiles, juegos, cómics, novelas…).

La puesta en escena, habitualmente punto fuerte de Abrams, subraya demasiado lo que debe sentir el espectador (con algunos recursos muy obvios: hay como una decena de planos en que la cámara se acerca al rostro de un personaje para enfatizar tensión o drama), y busca con ahínco epatar con ritmo frenético y efectos especiales.

LO BUENO ES POCO Y DURA POCO

Lo bueno es poco y conforme avanza la proyección se va desvaneciendo, engullido por la narrativa de brocha gorda y el argumento fallido. Basta para salvar el primer visionado, donde puedes encontrar una película de fantasía comercial tonta pero simpática y entretenida, en la lamentable media del género en las últimas dos décadas, es decir, del estilo de El Señor de los Anillos, Piratas del Caribe, Harry Potter y el centenar de variaciones menos conocidas. Se sustenta por el carisma de actores y personajes y por el aspecto visual y el ritmo apabullantes que no dejan tiempo a pensar en su simpleza y carencias.

La búsqueda de pistas sobre el planeta misterioso genera cierta intriga. Los personajes recorren a contrarreloj y desesperados media galaxia, esquivando enemigos, encontrando pocos amigos, deleitándonos con lo habitual en La guerra de las galaxias, lugares exóticos, escenas de aventuras y acción asombrosas.

Poe, Finn y C3PO forman un equipo muy agradable de seguir, mantienen una camaradería inestable muy amena, con tantos roces como trabajo en equipo, y nos deleitan con algunos diálogos bastante graciosos. Rey es adorable, una joven con recursos pero incapaz de centrarse por estar sobrepasada. No veo que sea un personaje muy “Mary Sue” (el favorito del guionista, al que todo le sale bien porque sí, tipo Harry Potter, Frodo…), pues sufre y pelea, falla y aprende constantemente. Kylo Ren y su lucha interna no es menos interesante. ¿Qué bulle en su interior, qué caminos elegirá? El reparto es magnífico, todos los actores están muy compenetrados, y en este episodio en concreto Oscar Isaac está espectacular.

Los secundarios son numerosos y algunos bastante efectivos. Al contrario que a otros, a mí me gusta la aparición de Lando Calrissian, aunque desde luego podría haber dado más de sí. Zorii Bliss (con Keri Russel bajo el casco) resulta entantadora aunque no se le vea el rostro. Los generales Pryde (un inquietante Richard E. Grant) y Hux y los clásicos piques y traiciones entre altos mandos del enemigo son muy efectivos. El muñeco gracioso de turno, Babu Frik, es un puntazo. Por desgracia, Leia tiene un papel breve, pues Carrie Fisher falleció durante el rodaje. Han apañado un final aceptable, aunque no le hace justicia a un personaje tan querido.

Pero su gracia y vitalidad no es suficiente para una saga de la que se espera mucho más, ni para aguantar sucesivos visionados sin que se venga abajo por sus incontables errores de planteamiento, empezando por el abuso de la nostalgia, por las limitaciones de una historia mal trabajada y los agujeros de guion que surgen de ello y del apresurado rodaje. El ascenso de Skywalker no sorprende en ningún momento, ni en argumento ni en desarrollo ni en soluciones, hay personajes muy desaprovechados, y el final es todo fuegos artificiales vacuos.

Con Palpatine me extenderé en la parte con spoilers, baste decir que su presencia ni se sustenta en la lógica ni en lo emocional, sólo provoca sensación de imitación fallida a El retorno del Jedi. Esto arrastra a Kylo y Rey, que pierden interés ante Poe, Finn y C3PO. El arco final de la pareja es bastante flojo y decepcionante, los guionistas desandan lo andado con ellos en lo que llevábamos de trilogía para centrarse en un duelo de acción y efectos especiales muy trillado y nada conmovedor. Y con Poe y Finn, a pesar de su magnetismo y tener unas aventuras muy moviditas, pronto empieza a dar la sensación de que su viaje está demasiado dirigido con giros de guion mal disimulados.

Chewbacca no tiene momentos destacables, y otros secundarios puntuales son más bien molestos, como el robot con forma de secador de pelo y algunos figurantes de la resistencia, que sueltan algunas frases chorras o explicativas sonrojantes. También vuelve a estar presente Maz Kanata sin que expliquen quién es, de dónde sale, de qué va… Su presencia forzada y el halo de “sé cosas, soy importante” resulta bastante cargante.

Cabe preguntarse si una saga de fantasía, más una que abarca toda la galaxia, esto es, con posibilidades infinitas, no podía dar margen a lugares y escenarios más imaginativos y originales que otra vez los dichosos desiertos y bosques frondosos y una guarida del villano oscura, gigante y con un trono chungo, así como ofrecer un poco de renovación en el diseño de las naves, que estamos hartos de los destructores triangulares y, aunque esto es cosa de guion, las armas que destruyen planetas.

John Williams no está al nivel esperado. Sea por tanto trajín en la producción y una narrativa tan acelerada que le impidió trabajar a gusto y desplegar toda su imaginación y versatilidad o porque anda falto de inspiración, la banda sonora es un mero recopilatorio de temas ya conocidos, ni los nuevos lugares y situaciones que mejor venían para explorar sonidos originales se llevan temas llamativos. La amenaza fanasma era del mismo estilo caótico y nos regaló tema tras tema memorable.

En cuanto a efectos especiales y sonoros, estamos ante un trabajo extraordinario, como siempre, mientras que la dirección artística (diseño de escenarios y vestuario) se ve limitada por la falta de novedades.

La dirección de J. J. Abrams es vibrante por lo general, y aunque a veces le pesa la repetición de recursos aquí y allá, el principal problema es el enfoque de la película y el guion. Es difícil perdonarles a él, a Kathleen Kennedy y al resto de productores y guionistas la clara impresión de que toman por tontos a los espectadores, tanto por el pobre intento de complacer con manipulación sensorial (añoranza, lenguaje cinematográfico simplista y efectista) como por romper sin miramientos con lo previamente narrado, incluyendo además puyas descaradas hacia Rian Johnson. Él al menos tuvo una buena visión de cómo hacer avanzar la saga. El relato resultante es muy del estilo de Abrams, pero más en la onda de las dos infames entregas de la reinvención de Star Trek que de la más comedida e inspirada El despertar de la Fuerza: un macguffin ramplón alrededor del que intenta crear mucha expectación, escenas de acción desmedida apretujadas de mala manera, y personajes con gran potencial que acaban asfixiados por los vaivenes de la trama.

Alerta de spoilers: En adelante entro a fondo destripando todo detalle.–
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