El Criticón

Opinión de cine y música

Archivos en la Categoría: Cine

Mortal Engines


Mortal Engines, 2018, EE.UU., Nueva Zelanda.
Género: Aventuras, fantasía.
Duración: 128 min.
Dirección: Christian Rivers.
Guion: Fran Walsh, Philippa Boyens, Peter Jackson, Philip Reeve (novela).
Actores: Hera Hilmar, Robert Sheehan, Hugo Weaving, Ronan Raftery, Jihae, Leila George, Patrick Malahide, Stephen Lang.
Música: Junkie XL.

Valoración:
Lo mejor: Diseño artístico asombrosos y efectos especiales a veces espectacualres. El reparto es muy competente, y los personajes algo mejor trabajados de lo habitual.
Lo peor: El potencial inicial se diluye rápido, y acaba siendo predecible y teniendo algunos bajones de interés y acabado importantes.

* * * * * * * * *

Es asombroso como, en la maraña de títulos comerciales de fantasía y acción, el público y a veces los medios son capaces de encumbrar el enésimo clon cansino y estúpido y al mes siguiente hundir otro de igual características y calidad. Mortal Engines apenas ha recaudado 80 millones de dólares mundiales y la han puesto a parir, mientras que sus hermanas espirituales Ready Player One (Steven Spielberg, 2018) y Alita: Ángel de combate (Robert Rodríguez, 2019) han rondado los 500 y conseguido críticas más que decentes. Sin duda no es una buena película, pero tampoco resulta un engendro anodino y por momentos vergonzoso e insultante como aquellas. Al menos Peter Jackson y sus compañeras intentan aportar algo y cuentan con talentos varios entre sus artífices que logran sumar unas décimas aquí y allá. Esto me sorprende bastante, dado lo poco que se han venido esforzando desde el éxito de El Señor de los Anillos.

En cierta manera es otra vez el sempiterno viaje del héroe, el despertar ante un sistema opresor y la confrontación contra el villano a través de varios de los pasos típicos, pero aprovechando el tono de distopía literaria consiguen alejarse de los clichés más rancios y conferir a la historia un tono más oscuro. Supongo que ese extra de complejidad estará en la novela, pero también podían haberlo simplificado y destrozado como se ha venido haciendo desde El Señor de los Anillos a Alita en incontables ocasiones.

La situación de los protagonistas y la sociedad engañada por los poderes es del estilo de Un mundo feliz (Aldous Huxley, 1932), Fahrenheit 451 (Ray Bradbury, 1953) y otras. Quienes luchan y traen el cambio no están representados por los héroes impolutos y decididos de siempre, son dos personas con su propia agenda y que por casualidad acaban en el ojo de la tormenta y ahí terminan siendo relevantes en el cambio global. Hester Shaw (Hera Hilmar) sólo busca venganza, no le importaba nada hasta que poco a poco empieza a sentir algo por su inesperado compañero de aventuras. Tom Natsworthy (Robert Sheehan) cree que algo va mal en la sociedad, pero hasta que es expulsado de ella no encuentra la determinación para cambiar las cosas. En otro giro inesperado, los productores han optado por buscar actores poco conocidos en vez de estrellas con tirón pero de poca calidad. Tanto Hilmar como Sheehan tienen encanto y buen hacer de sobras como para que te intereses por su odisea rápidamente. Temo que el fracaso de la cinta puede haber frenado sus carreras.

Más ambigüedad encontramos en el mundo presentado. No tenemos una clara y facilona distinción entre el bando bueno y el malo, la luz y la oscuridad, sino que el sistema político y social es más complejo. Cada pueblo y grupo hace lo que conoce y lo que necesita para sobrevivir, sin plantearse alternativas más éticas, como en la vida misma. El villano principal no es una etérea y fantasiosa representación del mal, sino un iluminado con motivaciones medio trabajadas. Desde luego no puede sorprender, pero al menos no es un cliché insoportable y se realza con la intensa interpretación de Hugo Weaving, de las mejores que ha dado.

Sin embargo, esas virtudes iniciales no se extienden al resto de personajes y al desarrollo de la historia, tras un prometedor primer acto el relato empieza a agotar su poco combustible y para el tramo final ha perdido mucho fuelle.

Da la impresión de que han incluido a varios roles secundarios porque estaban en la novela, pero terminan aportando bien poco. La rubia estirada (Leila George) no hace nada tangible a pesar de ser la hija del malo, y el pijo que parecía rival del protagonista (Ronan Raftery) aparece de vez en cuando y cuesta acordarse de quién era, y finalmente tampoco hace mucho. Aparte está la criatura asesina que meten a media película a soltar hostias sin venir a cuento, con la que intentan forjar una conexión emocional a través de la protagonista, pero que desde luego no funciona, queda como un pegote absurdo que consume demasiado tiempo. La pena es que su diseño es alucinante. Además, es imposible no pensar que el tiempo perdido con el monstruito podían haberlo dedicado a los personajes que se van juntando hacia el final para luchar, incluyendo los asiáticos, que quedan como como atontados mientras los protagonistas manejan la ciudad a su antojo; por ejemplo, la que lleva la aeronave, Anna Fang (Jihae), se limita a soltar cuatro frases grandiolocuentes tan forzadas que resulta cargante, y del resto del grupo te importan bien poco sus destinos.

La trama abandona sus promesas y acaba bastante encorsetada en lo más básico de ambos géneros, fantasía y distopía. Unos cuantos giros de esos en que le caen las revelaciones y soluciones encima a los personajes (la escalera que los lleva sin esfuerzo al lugar inaccesible, la reunión con el grupo de rebeldes, la previsible clave final) lanzan una batalla que no tiene sustancia, satura con mucho fuego artificial pero sin una gota épica ni drama. Y por supuesto, no tiene un desenlace definitivo, porque querían hacer secuelas.

El diseño artístico de la recreación de universo planteado es impresionante, y mira que a estas alturas es difícil sorprender. Es cierto que al resultar un mundo tan fantasioso puede costar entrar, pero los primeros planos de las ciudades móviles quitan la respiración con la combinación de decorados, efectos digitales y vestuario. Sin embargo, en otras muchas escenas los distintos métodos no se terminan de integrar del todo, y termina pareciendo un videojuego. Las escenas en la naturaleza en la huida de la pareja protagonista deberían haberse realizado en exteriores, se notan mucho los decorados de cartón piedra y las pantallas de fondo, y en el primer ataque del zombi los fondos cantan aún más.

Pero lo que realmente frena su potencial como superproducción de las dejarte anonadado es la falta de experiencia del director Christian Rivers, o la mala experiencia y vicios adquiridos trabajando para Peter Jackson, pues viene de su equipo artístico. La repetición de tics y errores (el mismo tráveling para presentar cada nuevo escenario, demasiado plano aéreo, poca visión global en las escenas más complejas, que mezclan planos de distinto estilo sin ton ni son) se traducen en una dirección torpe y caótica, lejos de referentes recientes del género como Mad Max: Furia en la carretera (George Miller, 2015). Y termina de venirse abajo por la falta novedades en guion y soluciones visuales de la pelea final; hay instantes calcados de El señor de los Anillos, La guerra de las galaxias (George Lucas, 1977) y Matrix Revolutions (hermanas Wachowski, 2003). Tampoco ayuda la ruidosa banda sonora de Tom Holkenborg (o Junkie XL, como se hace llamar); parece que la notable Mad Max: Furia en la carretera fue un caso aislado en su floja discografía.

También cabe comentar un detalle mosqueante. Se empeñan en señalar un trauma en la protagonista, pero encaja tan poco que no te lo crees de ninguna manera. Se tiran media película diciendo que es fea y deforme, cuando es un bellezón de cuidado y ahí todo el mundo tiene heridas y cicatrices por la dura vida que llevan. En Ready Player One teníamos un caso igual de absurdo.

Anuncios

Hellboy


Hellboy, 2019, EE.UU.
Género: Aventuras, fantasía.
Duración: 120 min.
Dirección: Neil Marshall.
Guion: Andrew Cosby, Mike Mignola (cómic).
Actores: David Harbour, Milla Jovovich, Ian McShane, Daniel Dae Kim, Sasha Lane, Alistair Petrie, Sophie Okonedo.
Música: Benjamin Wallfisch.

Valoración:
Lo mejor: Maquillaje y efectos especiales de buen nivel (salvo un par de excepciones) y una buena labor de dirección exprimen al máximo el escaso presupuesto.
Lo peor: Guion esquemático, personajes sin carisma, trama sin rumbo, y un horrendo montaje final forzado por los productores que frena aún más su potencial.

* * * * * * * * *

La nueva adaptación del cómic Hellboy (Mike Mignola, 1993) es la típica película de ir hacia adelante sin que nada concreto pase, sin que nada cale. Cada nuevo escenario es resuelto por un giro mágico, y este nos dirige a otro sitio rarito donde otro tipo rarito dará nuevas explicaciones. Mientras, no hay un arco dramático de personajes con el que conectar, estos no hacen un esfuerzo real más allá de recibir hostias ni muestran unas motivaciones claras y atractivas.

Y ojo, las dos entregas anteriores de Guillermo del Toro en cierta manera también eran así. La sobrevalorada primera parte no es que sea mucho mejor que la presente, sólo se salva porque los directivos no le metieron mano empeorándola otro poco y restándole personalidad. La segunda sí apuntaba más alto, aunque tampoco como para dejar huella. Creo que esta aclaración es muy necesaria, porque para criticar esta nueva versión muchos están realzando demasiado las antiguas, cuando en su momento se tildaron de flojillas y hasta la llegada de esta estaban muy olvidadas.

La pena es que aun observándose un trabajo de dirección por parte de Neil Marshall claramente superior al de Del Toro, el acabado final dependiera de los obtusos ejecutivos del estudio y desmerecieran mucho su esfuerzo. Mientras que la obra del mejicano, sobre todo en la primera entrega, tenía un aspecto de telefilme y unas peleas muy toscas donde no se entendía nada, y eran el diseño artístico y el buen acabado de los efectos especiales los que salvaban el aspecto visual, esta nueva versión muestra mucho más talento tras la cámara. Marshall (The Descent -2005-, Juego de tronos -2011-) apuntaba maneras con un acabado esta vez sí digno de cine y unas peleas espectaculares, sobre todo la de los gigantes, que resulta asombrosa.

Pero su labor se fue viendo lastrada durante todo el rodaje por los típicos productores engreídos y megalómanos, y estos terminaron tomando el control de la postproducción, rematando la cinta con un esa narrativa precipitada y caótica que tanto gusta a quienes viven del cine sin saber de cine. El montaje resultante es horrendo, no deja respirar al relato y los personajes. Todo ocurre atropelladamente y se adorna con música en cantidad (ni una canción llega a pasar de los treinta segundos de duración). Y probablemente eliminaron escenas y alteraron otras que presumiblemente darían mejor ritmo y más profundidad y coherencia al relato. De esta forma, la obra estrenada da la sensación de ser un resumen, una muestra de un material sin terminar.

Sin embargo, creo que no se puede echar toda la culpa al estudio. Por mucha mano que hayan metido, en las bases del relato se nota que sus autores, tanto Marshall como el desconocido guionista Andrew Cosby (la serie Eureka -2006- es lo único que ha hecho), estaban desaprovechando un material con muchas posibilidades. Como señalaba, el guion no perfila unos personajes sólidos y la historia es el típico galimatías improvisado para lucir escenarios de fantasía y acción que puebla el cine desde principios del milenio. Cuánto daño han hecho Harry Potter, El Señor de los Anillos y Piratas del Caribe.

La figura de Hellboy tiene algo de su esencia, esto es, un individuo especial que anda entre dos mundos y no termina de encontrar su camino. Pero se quedan en unos mínimos muy poco llamativos que no remontan ni con sus forzadas dudas de lealtad. En la versión de Del Toro se veía mejor su falta de arraigo y sus roces con los demás personajes. Pero si aquella tenía secundarios muy pobres y muy vistos, esta anda aún más escasa. El profesor Broom es completamente intrascendente, te olvidas de él en cuanto deja de salir en pantalla. Hasta un talento como Ian McShane (Deadwood, 2004) está totalmente desubicado en tan anodino rol. Si la chica de turno era sosa en las anteriores, la de aquí, una médium interpretada por la desconocida Sasha Lane, es aún más aburrida, y también confusa, por su torpe presentación donde parece que se han saltado alguna escena. Allí teníamos colegas del trabajo y villanos secundarios estrafalarios pero de escaso recorrido dramático (Sapien, Rasputín y demás), aquí más o menos lo mismo, con esa secta y el cerdo parlante que entran en pantalla sin ton ni son. Sólo destaca el agente encarnado por Daniel Dae Kim (Perdidos -2004-, Hawai 5.0 -2010-), pero su historia se ve venir de lejos. Además, hay una decisión muy rara: como punto de partida del viaje de Hellboy nos encontramos con que muere un compañero suyo… pero claro, sin conocer la relación, por mucho que lo mencione no podemos empatizar con él y su pérdida. Como villana principal tenemos a Milla Jovovich (El quinto elemento -1997-, Resident Evil -2002-) haciendo lo que puede con un personaje bien plano (el típico destructor de mundos sin motivos claros) y un escote imposible, pero no hay donde rascar y no impresiona lo más mínimo.

Contribuyendo a la falta de carisma de Hellboy está su mejorable maquillaje. Parece estar enfermo, y parece que la cámara intenta esquivar su fealdad y falta de carisma, pues no termina una frase entera en el mismo plano. No puedo decir si David Harbour está bien o no, se han cargado el potencial de su interpretación.

Pero lo del maquillaje es aún más extraño, porque Hellboy no convence, pero en otros personajes resulta asombroso. El diseño y el acabado del cerdo y la bruja fea son espectaculares. Y en cuestión de efectos especiales también funciona muy bien a pesar de su escaso presupuesto, destacando los gigantes y los monstruos del infierno. Así, en cuanto a criaturas fantásticas supera a muchas superproducciones del género, como El Hobbit (Peter Jackson, 2012). Por eso mismo choca otra incomprensible excepción: los fantasmas de los muertos tienen un diseño rarísimo y un acabado digital lastimero.

En cuanto a música, la selección de canciones es facilona y un pegote muy artificial, y la original de Benjamin Wallfisch intenta ser roquera y épica pero se queda un poco en tierra de nadie.

En un aspecto sí aventaja mucho a las anteriores: tiene la sangre y tacos que exige este particular universo. Aquellas nacieron como cintas para mayores de trece años, escondiendo toda la violencia y malas palabras de manera muy evidente y cutre, mientras que esta va a por la restricción para adultos sin miedo… Eso sí, hasta que vieron su fracaso y, al menos en España, decidieron estrenar una versión censurada para rapiñar unas pocas entradas. Como es de esperar, el tiro les salió por la culata, pues internet hirvió de quejas y la taquilla fue igualmente un desastre.

Todo junto contribuye a la sensación de que Hellboy es una película hecha y rehecha sobre la marcha y estrenada sin acabar. No llega a ser un desastre al nivel de The Predator (Shane Black, 2018), pero es otro insulto al cine y al espectador.

Ha muerto Rutger Hauer

El 19 de julio falleció Rutger Hauer a los 75 años de edad, aunque sus allegados han tardado en dar la noticia y no han especificado la enfermedad que se lo ha llevado. Nació y murió en Países Bajos. En una familia de actores, fue el que mayor proyección internacional alcanzó.

Empezó a hacerse notar en Delicias turcas (1973) a las órdenes del también holandés Paul Verhoeven. Sin llegar a convertirse en una gran estrella, ha sido uno de esos secundarios que reconoces al instante y cuyo continuo buen hacer sube medio punto la valoración de cualquier película, por floja que sea, pues el grueso de sus papeles ha sido en series b, acción cutrecilla y telefilmes, destacando el carismático personaje de Segundo sangriento (1992), aunque de vez en cuando se ha dejado ver en cintas de mayor prestigio, como Batman Begins (2005) o Sin City (2005). También tuvo papeles en bastantes series, destacando True Blood (2008).

Su rol más famoso sería el del replicante Roy Batty en Blade Runner (1982). Muchos recuerdan su pedante discurso final, cuando tiene escenas más interesantes y profundas, como el encuentro con su creador. Y la verdad, mucho más notable me parece la interpretación y el personaje Navarre de Lady Halcón (1985), la hermosa película de Richard Donner.

Biografía: Wikipedia. Filmografía: IMDb.

Emboscada final (The Highwaymen)


The Highwaymen, 2019, EE.UU.
Género: Suspense, policíaco, drama.
Duración: 132 min.
Dirección: John Lee Hancock.
Guion: John Fusco.
Actores: Kevin Costner, Woody Harrelson, Kathy Bates, John Carroll Lynch, Thomas Mann, William Sadler, David Furr.
Música: Thomas Newman.

Valoración:
Lo mejor: Reparto y personajes. Un policíaco con sabor a clásico…
Lo peor: …aunque se queda algo corto en ritmo y novedades. El revisionismo feminista.
El título: Una traducción más fiel sería Bandoleros, que no suena a telefilme de fin de semana como el elegido.

* * * * * * * * *

La historia Bonnie y Clyde y asociados la conocemos bien en España por la infinidad de títulos que ha habido al respecto, pero en Estados Unidos cabría pensar que ya estarán hartos de estos famosos bandoleros. Pero Netflix otro acercamiento, produciendo un guion que John Fusco llevaba quince años queriendo poner en marcha, de hecho, en su momento pensó en Paul Newman y Robert Redford como protagonistas. Fusco tiene en su haber alguna de aventuras (Hidalgo -2004-, El reino prohibido -2008-) y la serie Marco Polo (2014), nada digno de alabar. El director John Lee Hancock tuvo cierto éxito y algunos premios con cintas como Un sueño imposible (2009) y Al encuentro de Mr. Banks (2013) y guiones como Un mundo perfecto (1993) y Medianoche en el jardín del bien y del mal (1997). Los actores finalmente elegidos no tiene menos potencial que la propuesta inicial. Woody Harrelson no posee una carrera con tanto prestigio como la de Kevin Costner, pero sí es bien larga y en sus últimos años ha dejado muy buenos papeles, como en la primera temporada de True Detective (2014) y Tres anuncios en las afueras (2017).

Fusco pretende un acercamiento más realista, lejos de la mitificación que la banda se llevó en su época y en los primeros libros y películas sobre su vida (las más famosa, la de Arthur Penn en 1967, con Warren Beatty y Faye Dunaway). La descripción de aquellos tiempos y los hechos no se anda con romanticismo: la crisis económica y social de los años veinte queda bien patente, los Clyde son retratados como criminales peligrosos, no como unos Robin Hood, la política y la ley tienen sus fallas, los protagonistas distan de ser héroes impolutos, y la emboscada donde cazaron a los perseguidos fue una ejecución sin juicio y bien sanguinaria. También toma una perspectiva distinta, pues se centra solamente en el lado policíaco y muestra a los Clyde fugazmente.

Sin embargo, a la hora de la verdad no logra novedades suficientes. El cambio de enfoque no sorprende, pues el policíaco estilo road movie (pareja en la carretera) está muy visto y la cinta no ofrece nada distintivo. En el apartado histórico cumple bastante bien, incluso cuando eso significa perder sentido del espectáculo, como en el final. Pero hay que señalar que cae en uno de los peores vicios actuales: el revisionismo moderno de tintes feministas es para poner el grito en el cielo. Se tiene por casi seguro que Bonnie no tocó un arma en ninguna de las fechorías de la banda, que era simplemente la chica enamorada del tipo duro, y como mucho hacía algún trabajo logístico… que es la forma elegante de decir que hacía la compra. Pero en lo poco que aparece nos la describen casi como el cerebro de la banda, una tiradora experta y una asesina despiadada, porque relegarla a mujer florero no está bien visto aunque sea una cinta histórica.

El relato sigue a dos Rangers de Texas jubilados pero con gran reconocimiento a los que el gobierno de Texas, el más afectado por las andanzas de los criminales, recurren por desesperación. La fama de Frank Hamer (Costner) y Maney Gault (Harrelson) de violentos propios del salvaje oeste parece la adecuada para dar caza a quienes se escapan de los cuerpos de la ley limitados por muchas normas legales y morales.

La investigación y persecución combina la historia personal de los Rangers y la intriga policíaca. Dos veteranos que se sienten apartados sin reconocimiento (más allá de alguna medalla política), que ven apagarse su vida, tienen la oportunidad de volver a hacerse notar en un caso muy vistoso. Las dudas sobre si arriesgar lo poco que tienen, si estarán preparados para el reto y demás interrogantes se despachan con celeridad, sin rodeos ni dramas forzados como suele ser habitual. Sabemos que van a decir que sí, para qué alargarlo. Una vez en marcha resultan ser dos viejos fuera de tiempo, chocan con las nuevas tecnologías y sufren los envites de la edad en un trabajo muy exigente, pero la experiencia termina sobreponiéndose a los jóvenes agentes que pierden el tiempo con menudencias técnicas.

Los dos protagonistas están muy bien descritos, pero la puntilla la ponen Costner y Harreslson con dos papeles magníficos, de forma que resultan roles muy atractivos y el sin fin de anécdotas que viven garantiza un relato muy entretenido. En cada paso de su aventura desarrollan sus personalidad, encontramos chistes recurrentes y problemas de todo tipo que enfrentan con su singular estilo. Por el otro lado, el acabado visual de Lee Hancock es sobrio y elegante, buscando formas clásicas. Junto con la excelente ambientación, recuerda muy bien al noir de los años cincuenta.

Pero a la larga se echa de menos una progresión más clara en la investigación que dé sensación de dirección. Un par de llamadas telefónicas, muchas esperas, una buena pero breve persecución y el vago plan final no causan gran impresión, de forma que la intriga inicial se va diluyendo, tanto que el desenlace me dejó totalmente indiferente y sin alicientes para pensar en volver a verla. La visita al padre de Clyde ni la entiendo, es anticlimática en ritmo y en lo dramático, pues no aporta nada a los personajes y al caso; aunque probablemente la intención de Fusco era maximizar la tragedia final, la decisión de cargárselos a tiros, está lejos de funcionar. Y la emboscada no tiene tensión ni sorpresas, es un trámite a cumplir. Desde luego no voy a pedir que cambiaran los hechos para forzar el espectáculo, pero sí se podía esperar que trabajaran mejor el factor intriga.

Si no la tomamos como un documento histórico, Emboscada final es cine con sabor a clásico hecho con cariño y bastante entretenido, aunque le falta algo para calar en la memoria.

Alita: Ángel de combate


Alita: Battle Angel, 2019, EE.UU.
Género: Acción, ciencia-ficción.
Duración: 122 min.
Dirección: Robert Rodriguez.
Guion: Laeta Kalogridis, Yukito Kishiro (manga).
Actores: Rosa Salazar, Christoph Waltz, Ed Skrein, Mahershala Ali, Keean Johnson, Jennifer Connelly, Jorge Lendeborg, Idara Victor.
Música: Junkie XL.

Valoración:
Lo mejor: Dirección artística y fectos especiales bastante buenos.
Lo peor: El guion es tan simple y malo que resulta insultante para la inteligencia del espectador… pero está claro que esta escasea. El acabado visual prometía pero termina desbarrando en un videojuego sin alma.

* * * * * * * * *

El manga creado por Yukito Kishiro en 1991 tuvo poco después una adaptación truncada en anime, en parte por el poco entusiasmo puesto por sus creadores, en parte por el poco entusiasmo que despertó en el púbico, que criticó principalmente la simplificación que hacían de una obra original según se dice bastante compleja, aunque no sea en los niveles de Akira (Katsuhiro Otomo, 1980). Pero entonces llega Hollywood con una versión pasada por su batidora intelectual y ofrece un producto desalmado, simplificado hasta convertirlo en otra anodina versión del eterno viaje del héroe, y tiene un éxito notable (400 millones de dólares mundiales) y críticas bastante buenas. Lo peor es la sensación de que habrán tomado nota de lo que vende, lo más trillado y tontorrón, y la adaptación de Akira, que se ha puesto en marcha otra vez, casi con toda seguridad debido al éxito de la presente después de que el fracaso de Ghost in the Shell (Rupert Sanders, 2017) la volviera a dejar en el limbo, se inclinará hacia esta fórmula.

No entiendo que pueda tener una sola crítica positiva. Qué aporta en cuestiones de historia, personajes y espectáculo que no hayan tratado con igual desgana en infinidad de títulos recientes, la mayor parte también mediocres: Harry Potter, John Carter, Los Juegos del Hambre, El corredor del laberinto, Ready Player One, Divergente y demás morralla clónica. Versiones del mito o viaje del héroe que destacar hay muy pocas, a la cabeza la obra maestra Interstellar (Christopher Nolan, 2014). Eso es darle una vuelta de tuerca con inteligencia y sensibilidad.

Duele además que esta Alita venga avalada por James Cameron, quien entre esto y que antes nos engañó vendiendo Terminator Génesis (Alan Taylor, 2015) como la secuela digna y ahora trata de hacer lo mismo con la siguiente, Terminator: Destino oscuro (Tim Miller, 2019) a pesar de su aspecto igual de cutre, ha traicionado a lo grande a sus seguidores.

Cameron puso en marcha la adaptación hace casi veinte años ya, pero por falta de ganas y determinación no llegó a lanzase al rodaje, porque tiempo ha tenido como para hacer diez películas entre Titanic (1997) y Avatar (2009) y sus secuelas que sigue retrasando más y más. Se supone que escribió un guion bien grande (180 páginas) y una biblia (historia y datos del mundo planteado) aún más grande (600 páginas), pero si en ello había algo de la grandeza, profundidad y valentía de su mejor época (Abyss, Terminator 1 y 2, Aliens, e incluiría Días extraños), desde luego se evapora por completo en la versión final. O quizá el genio ha perdido su toque, porque Titanic y Avatar están a años luz de la complejidad y trascendencia de aquellas a pesar de su potente acabado.

El guion fue terminado por el director Robert Rodríguez y la escritora Laeta Kalogridis. Rodríguez es un autor dado a experimentar pero que sólo consiguió destacar con la curiosa Sin City (2005), que causó furor por su estilo visual pero en contenido andaba justa y no envejece nada bien. Kalogridis es capaz de lo mejor (Shutter Island, 2010), de no terminar de aprovechar el potencial de la fuente (Altered Cabron -2018-, Alejandro Magno -2004-), y de lo peor (Terminator Génesis, El guía del desfiladero -2007-).

Alita: Battle Angel presenta una trama muy pobre y un universo caótico en la onda de John Carter (Andrew Stanton, 2012). Hay mucha cháchara sobre historias pasadas y nombres de personajes y tecnología que no llegan a entretejer un mundo con vida propia, con una cohesión y atractivo que te permitan conectar con la situación y anhelar que los protagonistas logren poner en marcha el cambio. Si llega a vislumbrarse una sociedad imaginaria concreta es porque a base de billetes logran una buena recreación visual.

El relato pasa de puntillas, sin ganas de buscar un desarrollo más trabajado ni tratar de aportar algo de savia propia, por todos los pasos del género. El despertar del héroe, el mentor, el amigo y amante, el villano secundario, el pueblo oprimido, el tirano supremo en su guarida inalcanzable… Todo llega en su mínima expresión, con cada presentación, explicación, desenlace y secuelas más simplonas y predecibles.

Los protagonistas son las peores representaciones de los estereotipos más básicos. Alita es perfecta sin mas: moral inquebrantable y físico superior. Si sufre un par de traspiés es porque el avance de la historia lo necesita, no porque haya un proceso de maduración elaborado. Algunos de estos cambios son tan convenientes que he alucinado por la falta de esfuerzo que ponen los realizadores: la nave militar que no ha sido saqueada en trescientos años a pesar de ser una cultura que vive de la chatarra, el enfrentamiento donde de repente dejar de ser invencible para tener la excusa de cambiarle el cuerpo, etc.

No sé qué tal estará Rosa Salazar, porque con la absurda digitalización se cargan su papel. No logro entender por qué cogen a una actriz joven, guapa y con ojos enormes, perfecta para el papel… y le pasan un filtro digital para hacerla aún más delgada y con ojos aún más grandes. Para eso pon un extra sin nombre. No solo me molesta por lo innecesario que resulta y porque es tirar por tierra el trabajo de la actriz, sino que me resulta inquietante, porque no puedo dejar de pensar que es la llegada al cine del trucaje con Photoshop de las revistas, una forma de fomentar aspectos físicos imposibles. Espero que no cree escuela.

El puesto de mentor y comodín explicativo con cuentagotas según los caprichos de los guionistas se lo reparten el doctor Ido, quien la encuentra y arregla, y el joven Hugo, con quien inicia una relación amistosa y luego amorosa. El primero relata la historia reciente y señala los peligros actuales, el segundo la introduce en la sociedad. Los dos aburren cosa mala por lo mismo: todo lo que hacen resulta tan poco orgánico, tan forzado y visto que no hay manera de conectar. Christoph Waltz aporta algo de candidez y simpatía, pero no consigue quitarse de encima la sensación de que es el mismo personaje de siempre. Al menos, aquí no muere para lanzar por fin a la protagonista hacia su destino, pero da igual, este tópico lo cumple el amante. Keean Johnson (Nashville, 2012) está tan mal que querrías que hubiera palmado mucho antes junto a sus insoportables amiguitos.

La tal Chiren, en manos de una apática Jennifer Connelly, no sé qué pinta en todo esto, no aporta nada tangible. Vector es el malo secundario con quien Alita chocará en su proceso de aceptación de que debe luchar contra el sistema. Mahershala Ali parece querer encasillarse en papeles de tipo serio y distante (Luke Cage -2016-, El libro verde -2018-, True Detective -2019-), lo cual es un desperdicio de su talento. Hay otros peleles y matones cada cual más estrafalario en aspecto pero ninguno capaz de impresionar lo más mínimo, como el ridículo cazarrecompensas interpretado por Ed Skrein (Deadpool, 2016). Todos estos son introducidos como malos mediante miradas chungas y musiquita inquietante, no por contar con ellos algo digno, así de vagos son los autores. Pero que lo hagan también con el villano principal es el colmo. A este lo mencionan muchas veces (Nova, se llama) y tenemos esa gilipollez de que habla metiéndose en el cuerpo de otros, de forma que no llega a aparecer hasta el final, en el último y lastimero plano de “mira, este es malote”. Cuesta creer que Edward Norton se rebaje de esta forma.

Por todo ello, es la película más predecible y estúpida que he visto en años. No hay un solo segundo genuino, inesperado y que no tome al espectador por un panoli que debe ser complacido con las emociones más básicas y la trama más simple. Todo llega en fila de la manera más facilona y conveniente, sin fluidez ni naturalidad, sin profundidad ni tan siquiera una pizca de inteligencia. Puedes prever no sólo el desarrollo de cada escena, sino casi todo diálogo y gesto.

Sin interés por el mundo planteado, sin sorpresa alguna en el camino, con unos personajes tan monótonos y por momentos cargantes, y con tanta estulticia, cliché y falta de trascendencia, pocas esperanzas había en el desenlace… Pero el tramo final es capaz de sorprender para mal perdiendo aún más intensidad e interés. La desgana se convierte en tedio en los soporíferos últimos cuarenta minutos, y para rematar, no tiene final, es como el episodio piloto de una serie. Es decir, toda la película apunta hacia una conclusión que no llegar a verse.

En lo visual cumple bien hasta que se impone la narrativa de videojuego, y entonces se viene todo abajo y acaba siendo un galimatías de borrones y ruido como Ready Player One (Steven Spielberg, 2018), las últimas de Harry Potter y otras. La introducción y los primeros pasos de Alita funcionan: la dirección artística y los efectos especiales son impresionantes (aguantan a plena luz del día sin problemas), mientras que Robert Rodríguez apuntala la dirección con un tono que prometía sobriedad y calidad. Opta por seguir el punto de vista de la protagonista, intentando que formemos parte de su despertar, es decir, la cámara juega a mostrarnos poco a poco la ciudad, sin vaciles ostentosos propios del género. El guion se queda lejos de conseguirlo, pero al menos tenemos una puesta en escena que fluye bien, sin histrionismos ni siquiera en las primeras secuencias de acción, que son ágiles pero nítidas y contundentes.

Pero conforme el metraje avanza el guion sigue estancado y el director pierde fuelle a marchas forzadas, y a partir de su ecuador se va imponiendo la brocha gorda y el abuso del trabajo en postproducción, sobre todo a base de ordenador, con el estilo del que se abusa en el cine de acción actual: agitación y borrones, fuegos artificiales que tratan de disimular la falta de esfuerzo y talento. La cámara de Rodríguez se torna frenética y finalmente caótica, la inspiración desaparece en coreografías repetitivitas (todas las peleas iguales: disparar cadenas, giro en el aire, patinete a toda velocidad), y los escenarios pierden verosimilitud y se ven saturados de efectos digitales, de forma que la cinta acaba convertida en un vulgar y ruidoso videojuego. La banda sonora de Junkie XL es muy floja, pero por suerte no abusan de ella y no molesta.

Entre su pésima calidad, el tono tan rematadamente estúpido, y que no es una película completa, la sensación de engaño, de timo y de insulto es enorme. Me asombra muchísimo no encontrar masas de espectadores enfurecidos por ello y ver lo contrario, que la recepción es bastante buena. Pues yo estoy harto de cine prefabricado, y Alita: Ángel de combate es el máximo exponente de esta cadena de aberraciones.

It


It, 2017, EE.UU.
Género: Drama, terror.
Duración: 135 min.
Dirección: Andy Muschietti.
Guion: Chase Palmer, Cary Fukunaga, Gary Dauberman. Stephen King (novela).
Actores: Jaeden Martell, Finn Wolfhard, Sophia Lillis, Jack Dylan Grazer, Wyat Oleff, Chosen Jacobs, Bill Skarsgård, Nicholas Hamilton.
Música: Benjamin Wallfisch.

Valoración:
Lo mejor: El entusiasmo puesto por todos sus implicados da sus frutos. Es emotiva en el drama, siendo una magnífica obra sobre la entrada en la adolescencia con personajes encantadores. Es acojonante en el terror a pesar de no aportar novedades, sobre todo porque la puesta en escena es impecable.
Lo peor: Por decir algo, como suele pasar en el terror, la experiencia en los revisionados pierde un poco en el factor miedo.

* * * * * * * * *

Cuando un libro vende mucho es muy probable que Hollywood no tarde en hacer una película. Si eres autor de varios superventas las adaptaciones están en marcha incluso antes de publicar la siguiente obra, y quizá hasta puedas darte el lujo de escribir algún guion por ti mismo. Pero si llegas a la categoría de Stephen King tendrás hasta varias adaptaciones de cada novela, relato y escupitajo que sueltes. Eso sí, otra cosa es la calidad de las mismas, que en su mayor parte es escasa. Carrie, Los chicos del maíz, La niebla, El resplandor, El misterio de Salem Lot y quizá más que se me pasen han tenido diversas versiones (y algunas con varias secuelas inventadas) en cine, televisión y series. Y ahora estamos en la edad de oro de los remakes y adaptaciones, con predominancia de sagas de fantasía y de terror y nostalgia por los años ochenta, así que King ha vuelto a primer plano.

Por citar los casos recientes más destacables, tuvimos que sufrir el desastre de La torre oscura (Nikolaj Arcel, 2017), muy esperada por sus fans y bien enterrada como si no hubiera existido, pero ahora lo intentarán de nuevo en forma de serie. En ese formato fracasó también La niebla (Christian Torpe, 2017), después del peliculón que nos dejó Frank Darabont (2007). Así que no sorprende que volvieron a mirar a It, que ya tuvo una versión televisiva con bastante notoriedad en 1990 de la mano de Tommy Lee Wallace. Sin embargo, este ha sido uno de esos casos en que recuperas la fe en el cine, porque ha salido una cinta notable. Claro que su éxito ha avivado aún más el frenesí, y pronto nos han traído otra versión de Cementerio de animales (Kevin Kölsch, Dennis Widmyer, 2019) que tampoco ha tenido buenas críticas.

Quizá entre los productores había alguien con visión, quizá han sido los típicos que dicen “hagamos una peli de esto que está de moda y fijo que sacamos pasta”, pero sea como sea, el equipo elegido para llevarla a cabo ha sido muy acertado. El director Andy Muschietti sólo tenía en su haber el corto y luego el largometraje Mama (2008, 2013), que tuvo una recepción aceptable pero no como para dejar huella. En los guionistas tenemos tres autores bastante distintos. Gary Dauberman, con cierta experiencia en el género pero poco llamativa, pues no tiene nada con críticas decentes, aunque algunas tuvieran cierto éxito por haber nacido en la estela de The Conjuring (James Wan, 2013): Annabelle (2014) y La monja (2018). Chase Palmer, con sólo dos cortos escritos y dirigidos en su haber, y además hace una década. Y el más conocido, Cary Joji Fukunaga, quien deslumbró a todo el mundo dirigiendo la primera temporada de True Detective (2014), pero como guionista sólo destacan dos cintas independientes que se llevaron buenas críticas en varios festivales, Sin nombre (2009) y Beast of No Nation (2015); esta última me pareció muy poca cosa. Lo que no sabemos es cuánto del guion suyo queda en el final, si lo han acreditado por imperativo legal, pues si bien fue el principal guionista y candidato a dirigir, quería alejarse mucho de la obra de King y el estudio no se lo permitió, tomando entonces las riendas Muschietti y los otros escritores.

Prescinden de la morralla infinita que llena las mil y pico páginas de la novela y hacen un lógico cambio de época (de los cincuenta a los ochenta), pero también dividen acertadamente el marco temporal, un capítulo para los jóvenes y otro para los adultos en vez de ir alternando por escenas. Supongo que el segundo estaba supeditado al éxito del primero, pero como fue impresionante se puso en marcha pronto y llegará en septiembre de 2019. Recalco lo del éxito, porque con unos alucinantes 700 millones de dólares de recaudación mundial (costó 35) se ha convertido en la película de terror más taquillera de todos los tiempos, salvo que ajustemos por la inflación, donde El exorcista (William Friedkin, 1973) sigue imbatible, y en una de las diez Rated R (menores acompañados) más rentables, a la altura de Matrix (Las hermanas Wachowski, 1999) y Deadpool (Tim Miller, 2016).

La dirección, la fotografía y la música siguen un metódico clasicismo formal, recurriendo sólo en ocasiones a clichés del género, cuando inevitablemente son necesarios. Por ejemplo, tenemos algunos típicos planos cenitales de las habitaciones y trávellings hacia pasillos y zonas oscuras, pero en vez de parecer un tópico llegan para culminar una escena muy bien planificada. Sabes que saldrá algo del desagüe de la chica y no sorprende el plano hacia la oscuridad de la tubería, pero aun así estás con los nervios a flor de piel, y la habitación que acaba de rojo hasta el techo tampoco es original, pero tiene una belleza estremecedora. En la música, Benjamin Wallfisch (otro que no había destacado hasta ahora) tira de los pianos, voces infantiles, cuerdas afiladas y estruendos habituales, pero la composición es muy versátil, resultando vital en todo momento. Sí, hay que decir que hay algún susto sonoro, pero son pocos y por lo general bien justificados.

Son capaces de construir cada nueva secuencia de terror en pocas escenas, sin necesidad de largos previos que vayan moldeando la atmósfera. En la presentación de cada chaval tenemos un escenario completamente distinto, algunos tan poco pavorosos como una biblioteca bastante moderna, y en todos logran poner los pelos de punta y varios sustos de los de saltar en el asiento. Así, aunque una fórmula tan clásica no parecía que pudiera sorprender a estas alturas, el resultado es digno de alabanza: el desconcierto y la inquietud te acompaña casi todo el metraje, no sabes cuándo aparecerá el dichoso payaso ni en qué tipo de reencarnación, y los subidones más terroríficos son de apartar la mirada temblando. Sólo pierde un poco de fuelle justo antes de lanzar el final, porque una vez los niños plantan cara se ve venir un poco lo que va a ir ocurriendo, pero el esfuerzo y entusiasmo puestos levantan muchísimo un desenlace que otros se habrían tomado como un mero trámite a cumplir.

Pero si It resulta tan perturbadora no es sólo por su impecable acabado, sino por la inmersión emocional: consigue llevarnos de vuelta a la infancia. Como drama sobre la adolescencia es de lo mejor que recuerdo haber visto, y tengo que ir precisamente a obras de los años ochenta que fueron muy certeras en este campo, como El club de los cinco (John Hughes, 1985), Los Goonies (Richard Donner, 1985), E.T. (Steven Spielberg, 1982)… La nostalgia desde luego ayuda a que el público congenie con la historia y los protagonistas, pero hay que decir que el grupo de amigos refleja muy bien a cualquier pandilla de cualquier época sin atascarse en los estereotipos iniciales (el gordito, el pedante, el locuelo, la chica). Los autores dedican bastante tiempo a la presentación de cada uno y a la unión gradual, sin miedo a atascarse en ñoñerías y que el espectador olvide al payaso. La escena de la cantera es muy bonita, por ejemplo. Y esto me lleva a decir que me sorprende encontrarme con una cinta sobre la entrada en la adolescencia tan natural viniendo de un país que se autocensura tanto en estos temas: abordan el despertar sexual sin tapujo alguno.

Conforme vamos pasando por todos los traumas de padres ausentes, maltratadores y sobreprotectores, pandilla de matones, incapacidad para integrarse en lo considerado normal, etc., estás cada vez más metido en la pandilla como si fueras uno de ellos. Ni en las situaciones que podemos señalar como más forzadas (la madre neurótica) parecen pasarse de rosca, porque en todo momento consiguen que entremos de lleno en la suspensión de la realidad pretendida: es una pesadilla muy plausible y el payaso no es sino una hipérbole que la hace más espeluznante. Si esto no te ha pasado a ti, sí otra cosa parecida, o le ha ocurrido a algún conocido, y sea como sea, lo vives como si pudiera pasarte.

Es incuestionable que el reparto ha tenido mucho que ver en el fantástico resultado. Es asombroso como han logrado reunir a actores bastante jóvenes no sólo muy competentes, sino que se adaptaron con rapidez a sus personajes, haciéndolos tan suyos que hay escenas que apostaría a que salieron medio improvisadas. No sé qué tal estará el doblaje, ni quiero saberlo.

Un poco de la mejor nostalgia, de lo mejor del cine terror, y también un drama estupendo y bastante valiente han permitido que It cale bien hondo en todo el mundo. ¿Servirá para que en Hollywood se pongan las pilas buscando talento y calidad, o por el contrario azuzará la llegada de más títulos prefabricados sobre ideas y obras muy vistas?

Un lugar tranquilo


A Quiet Place, 2018, EE.UU.
Género: Suspense, drama.
Duración: 90 min.
Dirección: John Krasinski.
Guion: Bryan Woods, Scott Beck, John Krasinski.
Actores: Emily Blunt, John Krasinski, Millicent Simmonds, Noah Jupe.
Música: Marco Beltrami.

Valoración:
Lo mejor: Va al grano sin rodeos. Premisa clásica pero con buenos momentos. Estupendo reparto.
Lo peor: Demasiado susto sonoro, traicionando a la premisa del silencio. Demasiados lugares comunes con el género y por tanto demasiado previsible. Demasiados pequeños agujeros de guion que rompen la conexión más de la cuenta. Demasiado sobrevalorada, mientras otras del género más redondas pasan injustamente desapercibidas.
El título: Muchísima mejor traducción sería Un hogar en silencio. Se lo han tomado demasiado literal.

* * * * * * * * *

Alerta de spoilers: Comento algunos detalles del argumento. No creo que destripe nada, pero es mejor verla en blanco.–

Como suele pasar, la idea y el guion de Un lugar tranquilo dio bastantes vueltas por los estudios hasta que tomó la forma final. Propuestas iniciales eran más extremas (una versión era completamente muda, aquí hay bastantes diálogos), y otras absurdas, como la idea del típico productor imbécil, que quería formara parte de la pseudo serie Cloverfield. John Krasinski, quien se dio a conocer en The Office (2005) como un gran actor y empezó a hacer sus pinitos como director, tampoco era el primer candidato, ni quería hacer una de terror, pero entre que tenía tiempo libre antes de meterse en la serie Jack Ryan (que es una pérdida de su talento), vio que el guion trataba más sobre la familia, y su mujer Emily Blunt, que la protagoniza, lo presionó, la acabó dirigiendo e interpretando y teniendo tanto éxito que podrá hacer las secuelas como quiera, aunque inicialmente también andaba diciendo que no participaría.

La premisa es muy clásica pero muestra potencial. Entramos en el relato ganando rápidamente interés por la familia e inquietándonos por el ambiente de peligros constantes en que viven. Los problemas del día a día en un mundo postapocalíptico tocan cosas sencillas, pero lo hacen con un cariño que se contagia. El amor entre los miembros de la familia, los baches y remordimientos debidos a tragedias, la pena por la pérdida, el esfuerzo por superar la adversidad… Con poco consiguen atrapar lo suficiente para seguir sus aventuras.

Los actores jóvenes cumplen y los adultos están estupendos: Krasinski y Blunt componen un retrato hermoso y a la vez doloroso de lo que supone formar una familia en momentos adversos. Está bien dirigida, con buen uso de los puntos de vista de cada personaje, de forma que en todo momento sabemos qué sienten y sufren sin que tengan que hablar, y un sabio manejo de los silencios, las pausas tensas, las carreras desesperadas…

El problema es que guionistas y director se atascan en una idea que creen más novedosa de lo que es, y pronto empiezan a apoyarse en ideas y soluciones muy usadas en el género y a descuidar las formas. El concepto de unas criaturas que oyen todo y tienes que vivir en silencio va como anillo al dedo para crear una historia de terror distintiva en contenido y narrativa, y aunque parece apuntar a ello en su primer acto, en adelante en vez de explorar a fondo las opciones los autores acumulan escenas muy vistas y por tanto predecibles y pequeños agujeros de guion que terminan de echar por tierra sus posibilidades. La cinta se va diluyendo tanto en el drama como en el suspense hasta desembocar en un tramo final muy convencional, y sólo en algunas situaciones la dirección y los actores levantan el nivel.

La historia familiar no crece, se queda en lo básico sin avanzar hacia algo más trascendental y emocionante. En el subidón final de acción la falta de calado pesa mucho, las anécdotas que iban perfilando sus vidas parecen nimiedades ante la gravedad de la realidad, y el desequilibrio hace que te cuestiones cosas hasta el punto de que termina chirriando el desenlace de los dos arcos principales de los personajes.

Primero, es un suicidio de tener un bebé en esas condiciones, no resulta verosímil que estén tan felices por ello en vez de asustados. Esta parte se salva por las buenas escenas angustiosas, como el clavo, el parto, el sótano… pero también por los pelos, porque tienen demasiados agujeros de guion y no son nada originales. Segundo, comentaba en A ciegas (Susanne Bier, 2018) que este género sufre mucho el abuso de traumas artificiales para intentar que los personajes enganchen, en vez de contar con ellos algo que enganche, y este caso roza esa categoría. Como se centran en la supervivencia de la familia, los detalles del día a día eran enriquecedores, pero al no aportar en la parte final algo más pierde mucha fuerza. Sabemos de sobras que el padre se desvive en todo momento por su hija, que la quiere muchísimo aunque haya cierto distanciamiento desde la tragedia. En otras condiciones (antes del clímax, en un epílogo donde hayan superado la crisis externa) no hubiera molestado que cerraran ese conflicto personal, pero basar toda la pelea final con las criaturas en ello no funciona, el contraste entre la relevancia de una situación y la de la otra es muy grande y resulta forzadísimo. La cutre y tonta reconciliación, con giros absurdos (para qué sueltas el hacha, idiota), hunde el interés por los suelos, y ya había perdido bastante.

También pesa que se va descuidando cada vez más la coherencia, y eso que de primeras ya había cosas forzadas. Por qué la niña va siempre con el aparato si este no funciona… es decir, lo presentas de forma evidente como “el arma de Chéjov”, así que en las primeras escenas ya me has contado el final. Y sorprendido leo que hay espectadores no sólo sorprendidos, sino que no lo han entendido bien. Tienen electricidad, aunque no he visto placas solares, y se montan un buen sistema de vigilancia por cámaras, pero no se les ocurre poner altavoces para espantar a los bichos con interruptores colocados en lugares estratégicos. Es más, porqué no ponen lejos trampas con sonido, algo tan simple como una jaula que se cierre al entrar la criatura. Se ven otras hogueras de otros supervivientes: ¿por qué no se ayudan? Qué hace un clavo enorme clavado de abajo arriba en la parte del escalón que tienen pintada para pisar porque es supuestamente seguro y no hace ruido. En el silo de maíz te hundes unas veces sí y otras no. Y en ocasiones no son ni agujeros de guion, sino burdas trampas para dar forma a la escena como quieren. El bebé está encerrado en un baúl insonorizado y con una máscara con oxígeno para que no llore… pero aparece abierto y sin máscara, para ponerlo en peligro ante una criatura que ha entrado no se sabe cómo en el sótano que también está cerrado y aislado.

En la dirección también flojea la cosa después de sentar unas bases tan llamativas. Sea porque Krasinski patina o porque el estudio lo obliga, se empeñan en convertir el suspense con sobresaltos en terror de acojonarse, pero lo hacen abusando de sustos sonoros por todas partes, y vaya cagada inclinarse por esa fórmula en una película que empieza apuntando a todo lo contrario. Que aparece un anciano sospechoso de fondo, buuum golpe sonoro a todo volumen; que el papá agarra al niño en el último momento, buum; que pasa una criatura lejos y los personajes aguantan la respiración para no hacer ruido, buuum, atronador golpe sonoro… Y así todo el rato. Acaba siendo molesto, porque los respingos que puedas dar por sorpresas y temores crecientes se rompen, cambiados por la molestia del subidón incómodo. La pena es que la banda sonora de Marco Beltrami es bastante buena, pero la sobreutilizan sin mesura. En ocasiones también la construcción de la escena es demasiado evidente; por ejemplo, enfocar al cristal del coche ya me revela que la criatura golpeará por ahí. Al final, tanta publicidad y entusiasmo por su estilo, y hay otra reciente que maneja bastante mejor los silencios y las pausas tensas: No respires (Fede Álvarez, 2016). Es más, ¿tengo que recordarle al mundo la existencia del episodio Hush de la cuarta temporada de Buffy, la Cazavampiros (Joss Whedon, 1997), con casi veinte años a cuestas ya?

Y siguiendo con las comparativas, el guion es tan poco original que ni con Krasinski dando lo mejor de sí se salvan escenas cogidas directamente de clásicos del género, es decir, es una cinta que se ve venir en cuanto presenta la trama, que te intuyes cada escena en cuanto se pone en marcha.

Lo alucinante y triste es que la gente se ha vuelto loca, como si estuviera ante algo único y novedoso, cuando no es así. No voy a recriminarle que se pueda pensar en Alien (Ridley Scott, 1979) y La noche de los muertos vivientes (George A. Romero, 1968), porque es inevitable, ya que son el nacimiento de muchos subgéneros que impliquen enfrentarse a monstruos en lugares aislados, sino que tome tanto del cine y la literatura del género, sobre todo clásicos de los años cincuenta y alrededores. Vienen pronto a la mente demasiadas semejanzas con Soy leyenda (Richard Matheson, 1954) y sus adaptaciones (El último hombre… vivoBoris Sagal, 1971-, Soy leyendaFrancis Lawrence, 2007-), hay mucho también de La guerra de los mundos (Herbert George Wells, 1898), al menos de sus versiones en pantalla grande (Byron Haskin, 1953, Steven Spielberg, 2005). Pero no hay que irse tan lejos. La memoria de la masa de espectadores es muy, muy corta, porque también toma con descaro de clásicos modernos. La escena del coche está sacada de Parque Jurásico (Steven Spielberg, 1953), y la del maizal y el sótano de Señales (M. Night Shyamalan, 2002).

Esta última me lleva decir que se puede realizar una escena, o incluso una película entera, como homenaje a otras, y ser respetuoso a la vez que aportas tu propia historia y estilo. En Señales, Shymalan lo hizo de maravilla, pero aunque tuvo muy buena taquilla por el efecto arrastre de El sexto sentido (1999) la gente no la entendió e incluso se metió con su final, considerado estúpido (luego se aceptan sin problemas tonterías de fantasmas con cosas pendientes y asesinos en serie que parecen inmortales). En cambio, Un lugar tranquilo copia aportando poco y con torpeza de su cosecha, destacando el final, y arrasa y se aprecia como si hubiera inventado algo nuevo.

Y por seguir con las injusticias, hay películas mejores a las que les cuesta no ya alcanzar su abrumador éxito de taquilla (400 millones de dólares mundiales contra 17 de presupuesto), sino una recepción tan entusiasta. Otras de Shymalan como El bosque (2004) y La visita (2015) (El incidente -2008- también se parece, pero fue muy floja), Hereditary (Ari Aster, 2018), The Descent (Neil Marshall, 2005), La carretera (John Hillcoat, 2009)… Y la comparación más obvia, por fecha y semejanzas, A ciegas, que ofrece una historia más sólida e impredecible pero no ha tenido tan buenas críticas.