El Criticón

Opinión de cine y música

Archivos mensuales: enero 2020

1917


1917, 2019, EE.UU., Reino Unido.
Género: Bélico.
Duración: 119 min.
Dirección: Sam Mendes.
Guion: Krysty Wilson-Cairns, Sam Mendes.
Actores: Dean-Charles Chapman, George MacKay, Colin Firth, Mark Strong, Benedict Cumberbatch, Richard Madden, Andrew Scott.
Música: Thomas Newman.

Valoración:
Lo mejor: Algunos instantes espectaculares gracias a la fotografía, los escenarios y la dirección.
Lo peor: Relato predecible, superficial y sensacionalista, asfixiado por los enredos técnicos.
Mejores momentos: El derrumbe, las ruinas.

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Alerta de spoilers: Comento algunos detalles menores, nada importante. —

Anunciada como un plano secuencia de dos horas, avalada por críticas que la ponen de obra maestra, multitud de nominaciones y galardones en todos los premios habidos y por haber, y por ahora con una entusiasta recepción del público, llega 1917… otra obra llevada a los altares por un incomprensible furor mediático que no representa su calidad real.

Unas veces la fórmula narrativa de Sam Mendes ofrece una experiencia apasionante, pero en muchas otras resulta su principal limitación. Quizá con un guion más cuidado no se notaría, pero cuando te obsesionas por un único aspecto sueles descuidar los demás y perder la visión de conjunto. Un argumento predecible y simplón se desarrolla con torpeza porque el esfuerzo está centrado en otra parte. Además, en una donde Mendes no ha ido a por todas, porque evidentemente hay cortes en el plano cada quince o veinte minutos, lo cual no sería un problema (en otras del estilo no lo fue, como Birdman) si no tomara cada plano secuencia real como un episodio cerrado, lo que limita la progresión dramática, o sea, el ritmo y el calado emocional.

Una vez queda claro el poco alcance de la historia, que es bien pronto, cada capítulo se ve venir entero en cuanto comienza, y muchas veces puedes intuir el siguiente. A partir de cierto momento incluso sabía perfectamente cómo iba a actuar cada personaje secundario… antes de que estos aparecieran, porque Mendes le va poniendo ante el protagonista los desafíos y conflictos más típicos y gastados del género.

Ni siquiera estamos ante la clásica historia de superación, sino que es una oda al héroe bastante pobretona, sin épica ni emoción. Los protagonistas van de A a B siendo héroes en todo momento, a pesar de sus puntuales dudas humanas no cometen fallos, son factores externos y gente malvada los que causan sus problemas. En otras palabras, dos jóvenes íntegros y capaces luchan imbatibles contra lo peor de la condición humana y la naturaleza y en el proceso no cambian ni un ápice porque ya nacieron perfectos; bueno, no tanto, porque uno de ellos corre varias veces en línea recta mientras le disparan, pero como es el héroe no lo alcanzan. Las anécdotas, acciones y contratiempos no dejan secuelas, lo que ocurre en un segmento no se extiende a otro. La mano herida parece que va a dar guerra, pero se olvida; el francotirador se ha superado, ya no vuelven a aparecer otros en todo el pueblo; el pelotón que ayuda en un capítulo se marcha al acabar sin que ningún mando ofrezca refuerzos, para que en la siguiente aventura se mantenga todo como antes; etc.

Como consecuencia, no sorprende que algunos episodios sean totalmente gratuitos, pues la idea es cumplir cupos. Así, tenemos el francotirador, la mujer solitaria (al menos no nos cuelan la escena de sexo de turno), los roces con los mandos (todos muy parcos y nada emocionantes) y otros momentos metidos con calzador, mientras que el resto de situaciones tampoco es que deslumbren: las carreras por trincheras lucen por el acabado visual, no porque narren algo impactante. Una vez visto el tono, tampoco coge desprevenido que abunde el sensacionalismo, pues a falta de contenido original y complejo Mendes trata de tirar de sentimientos muy mascaditos y golpes de efecto que rara vez funcionan (como el susto con el primer disparo del francotirador). Por extensión, se acumula demasiado giro y salto muy conveniente, las transiciones entre algunas partes están muy poco trabajadas. Y como consecuencia, tampoco extraña la presencia de numerosos agujeros.

La zona de conflicto es un revoltijo que cuesta creer aunque la lucha de trincheras fuera metro a metro. De una zona dominada por ingleses pasamos a otra en manos de alemanes, en la siguiente hay un grupo de ingleses sentados escuchando a un compañero cantar sin que haya vigilancia alguna, y a dos pasos está la trinchera en pleno combate cuyos disparos y bombas no se oyen hasta que toca entrar en ese episodio. Tienen una misión prioritaria y de pasar sin ser vistos y se entretienen yendo de frente a todo escenario que encuentran y curioseando por todas partes. Y por qué envían una sola batida de dos míseros soldados con un mensaje tan importante y no varias… o mejor, palomas mensajeras y aviones.

La efectiva inmersión en algunas escenas es puramente técnica, de forma que en ocasiones atrapa con bastante fuerza (el derrumbe, los peligros entre las ruinas del pueblo), pero en otras no logra su objetivo, y por acumulación de falta de contenido a la larga las primeras empiezan a perder verosimilitud en tu cabeza: era todo fuegos artificiales que no llevan a nada, en la siguiente fase está todo olvidado y vuelven a intentar otra artimaña del estilo. La música, también aclamada sin mesura, es un triste efecto sonoro, Thomas Newman (American Beauty -1999-, ¿Conoces a Joe Black? -1998-) vale para mucho más. La fotografía de Roger Deakins es muy buena, aunque no al nivel de otros trabajos suyos (Blade Runner 2049 -2017-, Skyfall -2012-). Vestuario, localizaciones y decorados cumplen bien.

Los actores principales no están a la altura del reto y desentonan mucho ante la veteranía y buen hacer de los pocos y breves secundarios. Las caras de pena y sufrimiento de Dean-Charles Chapman (Captain Fantastic, 2016) y George MacKay (Juego de tronos, 2011) no conmueven. Si es que Mark Strong con una sola escena se pone muy por encima, y Colin Firth y Benedict Cumberbatch también imponen bastante.

En conjunto resulta una película a ratos forzada, artificial y tediosa, y si bien en otros sin duda es espectacular y emocionante, con tanto desequilibrio no llama para revisionarla, y desde luego no hay manera objetiva de ponerla como obra maestra. Debería haberse tomado como lo que es, un experimento, una curiosidad para echar el rato, pero se ha encumbrado con la locura febril y volátil que se ve demasiadas veces estos tiempos.

En lo bélico, no hace ni la más mínima sombra a cualquiera representativa del género, sea en la onda introspectiva de La delgada línea roja (Terence Malick, 1998) o la histórica de Un puente lejano (Richard Attenborough, 1977), está más en la línea ultra comercial de Salvar al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998) y Corazones de acero (David Ayer, 2014). De hecho, con esta última guarda muchos parecidos en recursos básicos: un protagonista joven y silencioso, sin gran personalidad, para que puedas meterte en su piel, y aventuras varias facilitas y con trucos sentimentales baratos. En cuanto a epopeya de aventuras con pocos personajes, recuerda bastante a El renacido (Alejandro González Iñárritu, 2015), pero está por debajo en el dibujo de personajes y el factor entretenimiento y espectáculo. En lo experimental, la gente se ha flipado como si estuviéramos ante algo único, pero obras con grandes planos secuencias, o incluso que los empalman hasta hacer uno virtual durante todo su metraje, hay bastantes. Por comparar con algunos referentes conocidos, se queda lejos de la ingeniosa y encantadora Birdman (Alejandro González Iñárritu, 2014) y de la intrigante La soga (Alfred Hitchcock, 1948), e incluso El renacido, con planos secuencia puntuales, le da una buena tunda en riesgo y complejidad visual.

En un año estará completamente olvidada.

El irlandés


The Irishman, 2019, EE.UU.
Género: Drama, suspense, histórico.
Duración: 209 min.
Dirección: Martin Scorsese.
Guion: Steven Zaillian, Charles Brandt (novela).
Actores: Robert De Niro, Al Pacino, Joe Pesci, Harvey Keitel, Ray Romano, Stephen Graham, Bobby Cannavale, Kathrine Narducci, Anna Paquin, Stephanie Kurtzuba.

Valoración:
Lo mejor: El colosal trío de actores principales: Robert de Niro, Al Pacino, Joe Pesci. El tono crepuscular le otorga un toque novedoso.
Lo peor: Metraje desmedido, historia sin rumbo, pasajes anodinos, personajes secundarios sin interés… Lejos de la épica de mafias que defienden muchos, es más bien una miniserie televisiva de escasa calidad y profundidad.

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En Estados Unidos siempre ha existido predilección por figuras fuera de la ley. Tanto el prototipo de forajido del oeste como gente famosa como Bonnie y Clyde se han llevado numerosas películas que idealizaban sus andanzas. Sin embargo, la llegada de El padrino (Francis Ford Coppola, 1972) dio un nuevo giro a esta tendencia, aumentando la complejidad y verosimilitud del mundo del crimen representado pero también su halo mitificador, lo que lejos de resultar anacrónico encandiló a medio mundo. Y en televisión, Los Soprano (David Chase, 1999) revivió muy bien ese estilo al llegar el nuevo milenio, aportando un toque de humor negro genial. Volviendo a la gran pantalla, Martin Scorsese se puede considerar el máximo exponente de esta línea, con Malas calles (1973), Taxi Driver (1976), Uno de los nuestros (1990), Casino (1995), Gangs of New York (2002), Infiltrados (2006), El lobo de Wall Street (2013)… todas historias donde los criminales resultan más o menos entrañables y sus aventuras embriagadoras en vez de parecernos vidas deleznables y crímenes grotescos; incluso en los casos en que sí quería señalar la violencia, lo hacía con cierto humor negro.

Precisamente este favoritismo por un género, por no decir abuso, propició que sus declaraciones a finales del año 2019 afirmando que el cine contemporáneo estaba engullido por la saga Marvel, a la que no considera ni cine, le hicieran quedar como un carcamal y un idiota de cuidado, más aún teniendo El irlandés a punto de estrenar. ¿Cómo se puede ser cineasta, haber estado décadas saturando con un género y luego despreciar otro en su época de esplendor, que ha dado numerosos títulos notables e incluso sobresalientes y que haciendo cuentas realmente no pasa de tres o cuatro estrenos al año entre más de un centenar de obras diferentes? Entró en el debate de géneros y autores rechazados por las grandes distribuidoras como elefante en una cristalería, equivocando de objetivo su crítica y sin ver que las virtudes de las nuevas tecnologías y los nuevos modelos de negocio le han permitido llevar a todo el mundo una cinta obviamente difícil de colar en salas. Pero, como siempre digo, hay que separar la persona del autor, y vamos a centrarnos en la película.

El irlandés rompe la tendencia al ofrecer una de gángsteres y mafias con un tono crepuscular, como en el cine del oeste cuando autores como John Ford y Sam Peckimpah, hartos de la línea dominante tan idealista y blanda, optaron por perseguir historias más realistas y crudas.

Para empezar, el protagonista es un don nadie y acaba más o menos igual, no es un gran capo o un tipo hábil que va ascendiendo. Jefes varios lo usan como matón y guardaespaldas por su falta de escrúpulos, pero de recursos intelectuales y ambición anda muy escaso. Esta vida deja secuelas en la familia y amistades, y garantiza soledad para quienes sobreviven a años de violencia.

Basándose en general en hechos reales seguimos la historia de Frank Sheeran (Robert de Niro), un conductor de camiones que empezó con trapicheos de contrabando y acabó siendo sicario de mafiosos varios (algunos inventados por los autores, como el rol de Joe Pesci, Russell Bufalino, otros reales) y finalmente guardaespaldas de Jimmy Hoffa (Al Pacino), el sindicalista más famoso de la época, muy conectado con el mundo del crimen.

El reparto es excepcional y recupera varias estrellas en una larga decadencia. Dos pesos pesados de los años setenta, ochenta y noventa como fueron De Niro y Pacino llevan veinte años (¡veinte!) enlazando trabajos que les dan de comer sin esfuerzo, películas más o menos mediocres y papeles donde o pasan de todo o sobreactúan sin mesura. Desde Ronin (1998), De Niro sólo pareció esmerarse un poco en El lado bueno de las cosas (2012), y Pacino, desde El dilema (1999) e Insomnio (2002) y un poco también en la miniserie Ángeles en América (2003), anduvo el mismo camino. Pesci por el contrario no ha sido de los de aparecer en dos o tres películas por año, y desde el 2000 andaba medio retirado, con sólo dos papeles, El buen pastor (2006) y Love Ranch (2010).

En El irlandés están al nivel de los mejores años de sus carreras. La contención fría, rígida, de De Niro es inquietante, se ve a un asesino sin escrúpulos… pero también a una persona sencilla. Al Pacino tiene entre manos a un embaucador de nivel, pero sorprende al limitar bastante la gesticulación de sus peores momentos y aun así conseguir un personaje que te atrapa en su órbita gracias a su arrolladora personalidad. En Pesci se nota más aún la contención, dado sus papeles cómicos aun dentro del género (en Uno de los nuestros era un loco de cuidado). Incluso ante estos dos colosos destaca con una interpretación tan verosímil como entrañable, un mafioso que está por encima de todo, cuya veteranía y convicción le hacen ir por la vida con una tranquilidad pasmosa. En cuanto a secundarios, hay muchos habituales en cine o televisión, pero con apariciones bastante breves, así que aunque cumplan como buenos profesionales ninguno logra dejar huella: Harvey Keitel, Anna Paquin, Bobby Cannavale, Stephen Graham y otros tantos.

Sin embargo, hay un aspecto polémico. El anunciado rejuvenecimiento facial de actores que sobrepasan los setenta pero interpretarían a personajes en distintas épocas, empezando por la treintena o menos, se iba a mirar con lupa, pues aunque ya se había visto en algunos episodios de Los Vengadores con resultados magníficos, destacando Capitana Marvel, ya se sabe que la ciencia-ficción y fantasía muchos no las cuentan como cine de verdad, así que hasta ahora no había realmente gran expectación por ver los resultados; para aumentar el sinsentido, los efectos especiales los hacen los mismos, Industria Light and Magic

El trabajo con los rostros es como en los ejemplos citados impecable, superando con creces a aparatosos maquillajes. No limita la interpretación de los actores, no canta a efecto digital… Pero en este caso hay dos puntos de choque que confunden e incluso molestan y terminan empañando el logro. El primero es que De Niro lleva lentillas o trabajo con ordenador también para ponerle los ojos tan claros que tenía la figura en que se basan, y resulta tan raro que te puede costar bastante rato acostumbrarse, porque te saca bastante del personaje, estás todo el rato pensando que algo no cuadra. Lo segundo es que siguen teniendo setenta años en sus movimientos, y en las escenas más activas se nota mucho, pero cuando entran en juego los dobles de cuerpo (peleas y caídas) la diferencia provoca carcajadas. Así que, al final cabe preguntarse si no es mejor el simple y efectivo recurso de contratar a distintos actores para distintas edades, o al menos haber seleccionado a unos cuarentones y usar la técnica para envejecer también. Por otro lado, hay otro caso extraño que resulta aún más desconcertante: coger a un actor relativamente joven y en forma como Domenick Lombardozzi (el detective tontorrón Herc de The Wire -2002-) y meterlo en un disfraz de gordo y anciano produce unos resultados ridículos.

Dejando estos detalles aparte, los problemas de la cinta son otros más importantes. No hay más virtudes destacables en ella aparte del excelso reparto, y sí una gran acumulación de peros y fallos desde el concepto a la ejecución. Scorsese cree haber conseguido una gran épica de género, compleja, larga, desbordante de contenido y emociones, al estilo El padrino (la segunda parte, sobre todo) y Uno de los nuestros… pero está más bien en la onda de Sergio Leone con su lenta, caótica, no lineal y semionírica Érase una vez en América (1984), que entusiasmó a sus seguidores acérrimos pero confundió y aburrió a muchos otros, cinéfilos y espectadores casuales, y estos, ante tan abrumadora recepción, prefieren callar antes de que se les trate de incultos. Pues yo voy a decirlo claramente y sin miedo: El irlandés no es una buena película, y llamarla obra maestra es una barrabasada insostenible.

Es demasiado larga e irregular, no se centra, no ofrece un rumbo y un contenido claros y consistentes. Ni siquiera me vale decir que con tres horas y media se puede considerar miniserie y ver por partes. Le sobra prácticamente la mitad, una ingente cantidad de material inane que lo que logra es rebajar su categoría de gran epopeya cinematográfica a miniserie televisiva de escaso calado y calidad.

Al menos Netflix ha tenido suerte con su éxito y la multitud de nominaciones a premios, lo que le permitirá atraer a más autores de este calibre. Es más, que Scorsese haya tenido un patinazo (o dos, contando la insustancial y tediosa Silencio -2016-) no significa que no vuelva a ofrecernos otro gran título.

El repertorio de anécdotas y curiosidades funcionó a las mil maravillas en Uno de los nuestros y no resultó nada mal en El lobo del Wall Street, dos historias generosas en metraje y años abarcados pero que gozaban de un ritmo trepidante, un hilo conductor claro y unos personajes que evolucionaban a ojos vista. Aquí, entre anécdota y anécdota puede haber quince minutos de vacío, y hasta llegar a un tramo interesante quizá hay que soportar media hora de vaguedades y vueltas en círculos. De hecho, la historia realmente tarda cuarenta minutos en empezar, pues hasta la aparición de Jimmy Hoffa prácticamente no ha pasado nada. Una presentación del protagonista, diréis. Pero lo que cuenta cabía en diez minutos más o menos. Mostrar a Frank iniciando sus trapicheos, entrando en contacto con Bufalino y empezando a matar para la mafia no necesitaba una exposición tan extendida y superficial. Scorsese tira de una narración no lineal para aumentar el tono melancólico (en el viaje en coche los ancianos recuerdan cómo se conocieron, qué fechorías hacían…), pero da rodeos mil cada cual menos trascendental y más aburrido.

La entrada de Hoffa levanta el interés bastante, pero sigue sin centrarse la cosa. Aparecen de golpe secundarios varios… y de repente desaparecen durante otro largo periodo mientras nos perdemos en otras subtramas vulgares, relatos de crímenes varios, rencillas con otros mafiosos, fiestas que no aportan nada… La peleilla con un rival (el encarnado por Graham) es de las partes más entretenidas, pero a la larga, como todo lo demás, no da la sensación de que aporte nada sustancioso al desarrollo global.

Para cuando encuentra un rumbo más claro ya es tarde y tampoco tiene el nivel exigible. La etapa de decadencia, donde Frank se vuelve consciente de que llega a la vejez sin nexos emocionales y familiares, pues los ha descuidado durante su vida, no funciona como debiera, porque todo esto se ha desarrollado en unas pocas anécdotas sueltas que metieron con calzador entre otras historias. Es decir, no puede ser que pasadas tres horas de metraje intentes que congeniemos con hijas que ni has presentado debidamente, que la versión adulta de una de ellas, encarnada por Paquin, deje huella con dos frases, y que de la otra y la mujer te acuerdes a estas alturas de dónde andan después de la poca presencia que han tenido. Además, el supuesto conflicto interno se sustenta sólo en la parte familiar, ni las misiones en teoría más difíciles que hizo parecen dejar secuelas, sean peligros que pueden volver a acechar o remordimientos serios.

Por hacer la comparación más obvia, en Uno de los nuestros teníamos a la familia presentada en los cinco primeros minutos y entendíamos rápido y con claridad la posición del protagonista, el entorno y sus motivaciones, y en adelante era todo exponer cómo funcionaba el mundo del crimen con cada hecho calando en él y su mujer de distintas formas.

Ni la puesta en escena resulta llamativa. Scorsese, sea porque intenta ofrecer una narrativa sobria acorde al tono nostálgico y decadente, va con la inercia puesta, no ofrece un aspecto visual expresivo y virtuoso, sino más bien uno apagado, casi televisivo, y cuando intenta florituras queda mal porque tira de recursos que ha usado mucho durante su carrera y aquí parecen enredos repentinos que desentonan: harto he acabado del tráveling que sortea un caos de gente para llegar al protagonista, sobre todo en vistas y juicios. Además, la recreación de la época es muy parca, no hay ambición alguna en el acabado de una película que trata de representar décadas de historia. Me temo que gran parte de los estratosféricos 160 millones de presupuesto se gastaron en la puja de derechos de autor y de distribución, que se fueron de madre cosa mala, pero la inversión real en el rodaje no tiene pinta de sobrepasar los 50-60 (lo que costó por ejemplo Emboscada final, por citar una reciente del estilo). No creo que en el rejuvenecimiento digital costara tanto; si es así, quizá no sea tanta mejora respecto al maquillaje o al uso de actores de distintas edades.

Acaba la eterna proyección y te quedas preguntándote qué ha intentado contarte Scorsese, si la historia de la mafia sindical, la vida completa de un sicario, o un anecdotario de crímenes en general. No tiene garra como recreación histórica, no conmueve el drama de las pocas vidas mostradas, no apasiona en las diversas aventuras de gángsteres. El tramo final en el asilo apenas vale para dejar un recuerdo digno en un relato cercano al desastre, salvado por algún tramo entretenido y sobre todo por la colosal interpretación de grandes y admirados veteranos.

La guerra de las galaxias – Episodio IX: El ascenso de Skywalker


Star Wars – Episode IX – Rise of Skywalker, 2019, EE.UU.
Género: Aventuras, fantasía.
Duración: 142 min.
Dirección: J. J. Abrams.
Guion: J. J. Abrams, Chris Terrio.
Actores: Daisy Ridley, Adam Driver, John Boyega, Oscar Isaac, Anthony Daniels, Carrie Fisher, Domhnall Gleeson, Richard E. Grant, Ian McDiarmird, Billy Dee Williams, Keri Russell, Naomi Ackie, Joonas Suotamo, Mark Hamill, Harrison Ford.
Música: John Williams.

Valoración:
Lo mejor: La química entre los actores y algunos diálogos y situaciones emocionantes. Efectos especiales y sonoros.
Lo peor: La trilogía, improvisada sobre la marcha, desemboca en un galimatías que intenta contentar a todos: tira demasiado de nostalgia e imitación, de humor básico, de drama subrayado, de ritmo forzado y espectáculo gratuito por encima de una historia bien planificada y de calidad. Es un desastre que roza el nivel de La amenaza fanasma.
Mejores momentos: La dinámica entre Poe, Finn y C3PO, los encuentros de Rey y Kylo.
La frase:
-Poe: ¿Qué haces, 3PO?
-C3PO: Echar un último vistazo, señor. A mis amigos.

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Alerta de spoilers: Hasta próximo aviso solo comento el argumento principal por encima.–

CINE DE DESPACHOS IMPROVISADO VERSUS SERIE BIEN PLANIFICADA

En El despertar de la Fuerza la jugada de mirar atrás para recuperar la esencia de la trilogía original después de la irregular recepción de la trilogía de precuelas corría el riesgo de parecer una imitación descarada y sin personalidad propia de Una nueva esperanza, pero salvo una minoría que lo vio así, el estreno encandiló al mundo, ganándose de nuevo a las dos generaciones previas y atrayendo a una nueva a la saga. Pero en el aire quedaba la pregunta de si seguirían por el camino de la repetición y la nostalgia o si una vez presentado el nuevo ciclo discurrirían por nuevos senderos.

En Los últimos Jedi eligieron avanzar, innovar, tratar de sorprender. Pero parece que esto fue en realidad iniciativa de su director y principal guionista, Rian Johnson, en contra de los deseos de los productores. Estos terminaron metiendo mano y la cinta quedó truncada, con una historia caótica y elecciones narrativas fallidas que lastraban las buenas ideas. El público la recibió con tibieza, y si bien hizo dinero a mansalva por el tirón de su fama, pronto se le sumó el fiasco de Han Solo, donde la desastrosa producción y su flojo acabado pusieron en alerta máxima al estudio y a los fans.

Entonces quedaba claro que esta etapa de la saga, tanto la trilogía como los capítulos paralelos (recordemos que en Rogue One también alteraron cosas a última hora), se ha ido desarrollando en las guerras de los despachos, con productores y realizadores varios jugando a prueba y error hasta que encuentren una fórmula rentable que exprimir, en vez de abordar el proyecto seleccionando a un grupo de guionistas y directores que planificaran bien la historia antes de lanzarse a rodar la primera entrega, y una vez en marcha no cambiar de ideas sin estar seguro de su necesidad y consecuencias.

Las nuevas entregas de esta serie han ido saliendo airosas (sólo Han Solo rozaba el fracaso estrepitoso) porque sus realizadores han mostrado mucho más talante y nivel que los directivos, pero para esta entrega las demandas eran tantas, tan absurdas y contradictorias, la producción tan improvisada y anárquica, que el desastre resultante es enorme.

Unos espectadores amaron El despertar de la Fuerza y odiaron Los últimos Jedi, otros al revés… pero todos se han unido en la decepción que supone El ascenso de Skywalker.

LO QUE SE CONOCE DEL CAÓTICO PROYECTO

El primer realizador elegido, Colin Trevorrow, fue despedido en las primeras fases del guion. El estudio dijo que fue por diferencias creativas, pero quizá él vio el panorama y salió corriendo. De su versión del guion no se sabe nada a la hora de escribir esto. Rian Johnson, autor de Los últimos Jedi, se llevaba bien con el equipo creativo (guionistas varios) pero no con los productores principales (Kathleen Kennedy, Bob Iger, Alan Horn…), y tras el relativo fiasco de su visión terminó despedido, con la nueva trilogía que tenía encargado siendo cancelada. Todo apunta a que su premisa seguiría explorando nuevas opciones, sin rastro de Palpatine y demás imitaciones a El retorno del Jedi.

J. J. Abrams fue traído de vuelta a la desesperada y se le encomendó la tarea de “contentar a todos los fans”. También estaba en contra de la aportación de Johnson, así que pidió permiso para hacer borrón y cuenta nueva y tener control total. Consultó con George Lucas, y entre los dos desarrollaron una historia con mucho material de las series animadas (el universo expandido, lo llaman) y de ideas que Lucas tenía para su trilogía de secuelas que no llegó a realizar (no se veía con fuerzas y edad y vendió a Disney). El villano sería un tal Son of Mortis (encarnado por Matt Smith), pero parece que Palpatine estaba también por ahí.

Pero Kennedy e Iger no estaban contentos con el trabajo que estaba desarrollando Abrams, más cuando él mismo afirmó que difícilmente se podría contentar a todos, y empezaron a exigir cambios sustanciosos, aumentando el tono a lo El retorno del Jedi, dando protagonismo a Palpatine. Algunos dicen que el montaje de Abrams y Lucas habría sido casi completado antes de que Disney hiciera su versión.

INTENTANDO CONTENTAR A TODOS CON GOLOSINAS

Teniendo en cuenta el proceso y que el acabado parece una mezcla de ambas visiones, está claro que tanto unos como otros no han sido conscientes de que la improvisación y las interferencias provocaron la desigual calidad y recepción de Los últimos Jedi y piensan que El despertar de la Fuerza funcionó únicamente por el factor nostalgia. Han eliminado sin miramientos casi todo lo desarrollado en esas entregas para inventarse una historia de la nada, se aferran demasiado a la mirada al pasado y persiguen una narración que abarque todo registro posible para contentar a todo espectador posible. En vez de pensar que esto tenía todas las de tomarse como un insulto hacia los espectadores parecen convencidos de que era lo que necesitaba la saga. ¿No queríais La guerra de las galaxias clásica? Pues nos encasquetan un festín de imitación y referencias aderezados con todos los tópicos del género de aventuras. ¡Que nadie se quede sin su ración de emociones prefabricadas!

Palpatine ha reaparecido con una flota inmensa y amenaza a la galaxia con un nuevo Imperio. Después de tener tanta relevancia, la Primera Orden ya no pinta nada, y el nuevo y atractivo líder Kylo Ren es rebajado ante el omnipotente Emperador. El conflicto entre Kylo y Rey pierde fuelle en la caótica búsqueda del escondite de Palpatine para plantarle cara. Los demás personajes ofrecen un sinfín de aventuras de todo tipo, nos llevan de planeta en planeta saturando con multitud de escenarios de acción, humor, aventuras y romance, muy facilones todos, y además salpicados de añoranza a la trilogía original y referencias mil al universo expandido (resulta que para entender la película al completo tienes que seguir todo el merchandising que van sacando: series infantiles, juegos, cómics, novelas…).

La puesta en escena, habitualmente punto fuerte de Abrams, subraya demasiado lo que debe sentir el espectador (con algunos recursos muy obvios: hay como una decena de planos en que la cámara se acerca al rostro de un personaje para enfatizar tensión o drama), y busca con ahínco epatar con ritmo frenético y efectos especiales.

LO BUENO ES POCO Y DURA POCO

Lo bueno es poco y conforme avanza la proyección se va desvaneciendo, engullido por la narrativa de brocha gorda y el argumento fallido. Basta para salvar el primer visionado, donde puedes encontrar una película de fantasía comercial tonta pero simpática y entretenida, en la lamentable media del género en las últimas dos décadas, es decir, del estilo de El Señor de los Anillos, Piratas del Caribe, Harry Potter y el centenar de variaciones menos conocidas. Se sustenta por el carisma de actores y personajes y por el aspecto visual y el ritmo apabullantes que no dejan tiempo a pensar en su simpleza y carencias.

La búsqueda de pistas sobre el planeta misterioso genera cierta intriga. Los personajes recorren a contrarreloj y desesperados media galaxia, esquivando enemigos, encontrando pocos amigos, deleitándonos con lo habitual en La guerra de las galaxias, lugares exóticos, escenas de aventuras y acción asombrosas.

Poe, Finn y C3PO forman un equipo muy agradable de seguir, mantienen una camaradería inestable muy amena, con tantos roces como trabajo en equipo, y nos deleitan con algunos diálogos bastante graciosos. Rey es adorable, una joven con recursos pero incapaz de centrarse por estar sobrepasada. No veo que sea un personaje muy “Mary Sue” (el favorito del guionista, al que todo le sale bien porque sí, tipo Harry Potter, Frodo…), pues sufre y pelea, falla y aprende constantemente. Kylo Ren y su lucha interna no es menos interesante. ¿Qué bulle en su interior, qué caminos elegirá? El reparto es magnífico, todos los actores están muy compenetrados, y en este episodio en concreto Oscar Isaac está espectacular.

Los secundarios son numerosos y algunos bastante efectivos. Al contrario que a otros, a mí me gusta la aparición de Lando Calrissian, aunque desde luego podría haber dado más de sí. Zorii Bliss (con Keri Russel bajo el casco) resulta entantadora aunque no se le vea el rostro. Los generales Pryde (un inquietante Richard E. Grant) y Hux y los clásicos piques y traiciones entre altos mandos del enemigo son muy efectivos. El muñeco gracioso de turno, Babu Frik, es un puntazo. Por desgracia, Leia tiene un papel breve, pues Carrie Fisher falleció durante el rodaje. Han apañado un final aceptable, aunque no le hace justicia a un personaje tan querido.

Pero su gracia y vitalidad no es suficiente para una saga de la que se espera mucho más, ni para aguantar sucesivos visionados sin que se venga abajo por sus incontables errores de planteamiento, empezando por el abuso de la nostalgia, por las limitaciones de una historia mal trabajada y los agujeros de guion que surgen de ello y del apresurado rodaje. El ascenso de Skywalker no sorprende en ningún momento, ni en argumento ni en desarrollo ni en soluciones, hay personajes muy desaprovechados, y el final es todo fuegos artificiales vacuos.

Con Palpatine me extenderé en la parte con spoilers, baste decir que su presencia ni se sustenta en la lógica ni en lo emocional, sólo provoca sensación de imitación fallida a El retorno del Jedi. Esto arrastra a Kylo y Rey, que pierden interés ante Poe, Finn y C3PO. El arco final de la pareja es bastante flojo y decepcionante, los guionistas desandan lo andado con ellos en lo que llevábamos de trilogía para centrarse en un duelo de acción y efectos especiales muy trillado y nada conmovedor. Y con Poe y Finn, a pesar de su magnetismo y tener unas aventuras muy moviditas, pronto empieza a dar la sensación de que su viaje está demasiado dirigido con giros de guion mal disimulados.

Chewbacca no tiene momentos destacables, y otros secundarios puntuales son más bien molestos, como el robot con forma de secador de pelo y algunos figurantes de la resistencia, que sueltan algunas frases chorras o explicativas sonrojantes. También vuelve a estar presente Maz Kanata sin que expliquen quién es, de dónde sale, de qué va… Su presencia forzada y el halo de “sé cosas, soy importante” resulta bastante cargante.

Cabe preguntarse si una saga de fantasía, más una que abarca toda la galaxia, esto es, con posibilidades infinitas, no podía dar margen a lugares y escenarios más imaginativos y originales que otra vez los dichosos desiertos y bosques frondosos y una guarida del villano oscura, gigante y con un trono chungo, así como ofrecer un poco de renovación en el diseño de las naves, que estamos hartos de los destructores triangulares y, aunque esto es cosa de guion, las armas que destruyen planetas.

John Williams no está al nivel esperado. Sea por tanto trajín en la producción y una narrativa tan acelerada que le impidió trabajar a gusto y desplegar toda su imaginación y versatilidad o porque anda falto de inspiración, la banda sonora es un mero recopilatorio de temas ya conocidos, ni los nuevos lugares y situaciones que mejor venían para explorar sonidos originales se llevan temas llamativos. La amenaza fanasma era del mismo estilo caótico y nos regaló tema tras tema memorable.

En cuanto a efectos especiales y sonoros, estamos ante un trabajo extraordinario, como siempre, mientras que la dirección artística (diseño de escenarios y vestuario) se ve limitada por la falta de novedades.

La dirección de J. J. Abrams es vibrante por lo general, y aunque a veces le pesa la repetición de recursos aquí y allá, el principal problema es el enfoque de la película y el guion. Es difícil perdonarles a él, a Kathleen Kennedy y al resto de productores y guionistas la clara impresión de que toman por tontos a los espectadores, tanto por el pobre intento de complacer con manipulación sensorial (añoranza, lenguaje cinematográfico simplista y efectista) como por romper sin miramientos con lo previamente narrado, incluyendo además puyas descaradas hacia Rian Johnson. Él al menos tuvo una buena visión de cómo hacer avanzar la saga. El relato resultante es muy del estilo de Abrams, pero más en la onda de las dos infames entregas de la reinvención de Star Trek que de la más comedida e inspirada El despertar de la Fuerza: un macguffin ramplón alrededor del que intenta crear mucha expectación, escenas de acción desmedida apretujadas de mala manera, y personajes con gran potencial que acaban asfixiados por los vaivenes de la trama.

Alerta de spoilers: En adelante entro a fondo destripando todo detalle.–
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