El Criticón

Opinión de cine y música

Archivos mensuales: noviembre 2014

Juego de patriotas


Patriot Games, 1992, EE.UU.
Género: Acción, thriller.
Duración: 117 min.
Dirección:
Guión: W. Peter Iliff, Donald Stewart, Tom Clancy (novela).
Actores: Harrison Ford, Sean Bean, Anne Archer, James Earl Jones, Thora Birch, Samuel L. Jackson, Polly Walker, James Fox, Richard Harris, J.E. Freeman, Patrick Bergin.
Música: James Horner

Valoración:
Lo mejor: Eficaz puesta en escena que enfatiza muy bien los momentos de intriga y tensión.
Lo peor: Un argumento muy básico y alargado más de la cuenta; el tramo final es aún más predecible. Pero lo peor es la banda sonora de James Horner.

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La segunda película basada en el agente Jack Ryan creado por Tom Clancy no tardó mucho en llegar tras el éxito de La caza del Octure Rojo. Juego de patriotas apunta hacia otro thriller con más intriga que acción, pero termina absorbido por esta, y pretende también resultar un relato complejo, pero se queda en la superficie. La mezcla de terroristas, la célula independizada, el conflicto entre países, la investigación de despachos y la acción directa apunta maneras pero está sustentada sobre pilares bastante endebles.

El guión controla las pocas bazas que tiene bastante bien: el ritmo no es malo, separa las distintas etapas sin que se noten baches y posiciona a los personajes con cuidado (siempre sabemos dónde están, qué hacen y por qué, qué piensan…). Pero no es sustancioso ni original, sus pretensiones se desinflan rápido en un conflicto de buenos contra malos que aunque lo intenta no logra disimular sus carencias, y el equilibrio entre intriga y acción no se consigue correctamente. La aventura empieza bien, algo dispersa pero encaminada hacia un llamativo thriller de terrorismo e investigación, pero no termina de tomar forma a pesar de algunos instantes eficaces (la misteriosa pelirroja, el asalto al campamento visto desde las pantallas), y conforme avanza y se decanta por la acción rutinaria pierde fuelle, hasta que llegamos a un tedioso final en la casa del protagonista, donde los clichés del género y la falta de trama, emoción e intriga deshacen las buenas maneras iniciales.

No cae en estupideces ni simplezas exasperantes (habituales en el género hoy en día), pero sí tiene algunos agujeros y cosas bastante inverosímiles: Ryan yendo a toda prisa a buscar a su esposa en peligro dejando atrás a un puñado de guardias armados (ni de coña es tan tonto, simplemente el guión quería mostrar únicamente el drama de él en solitario); la célula terrorista independiente con más recursos que muchos ejércitos (campamentos en África, movilidad por todo el globo, armamento y equipo de primera…); la cutre seguridad del Primer Ministro que desmantelan tres terroristas locos; que los compañeros del personaje de Sean Bean no vean lo evidente que resulta que no es apto para esa misión; etc.

La buena puesta en escena de Phillip Noyce funciona como armazón impidiendo que tanto desequilibrio hunda la cinta. No llega a ser una de acción de las de recordar, pero el buen manejo de los clímax, el control exhaustivo del tempo narrativo en busca de tensión e intriga y la estupenda fotografía dan una propuesta más que aceptable para pasar el rato. Lo que falla es la música, pues pillaron a un James Horner de bajón que da uno de sus peores trabajos. Otro pequeño sello de calidad lo pone un reparto bien ajustado: el carisma de Harrison Ford, la simpatía de Anne Archer (no relegada a florero), la sorprendente Thora Birch (con poquísimos años se marca una papel excelente) y una serie de secundarios míticos, como el ya por entonces veterano James Earl Jones y un Sean Bean empezando a destacar como villano, pues a pesar de lo pobre que es su personaje transmite rabia y miradas inquietantes muy bien.

Se mantiene sin envejecer para mal por las buenas maneras del género en la época (esfuerzo por trabajar la escena, no buscar el espectáculo a base de fuegos artificiales), pero realmente no resulta nada destacable. Si se recuerda más que otros títulos es quizá por la combinación de renombre (Ford+Ryan+Clancy) y por su ambiciosa y magnífica secuela, Peligro inminente.

La caza del Octubre Rojo


The Hunt for Red October, 1990, EE.UU.
Género: Thriller, acción.
Duración: 134 min.
Dirección: John McTiernan.
Guión: Larry Ferguson, Donald Stewart, Tom Clancy (novela).
Actores: Sean Connery, Alec Baldwin, Scott Glenn, Sam Neill, James Earl Jones, Tim Curry, Courtney B. Vance, Stellan Skarsgård, Jeffrey Jones, Fred Dalton Thompson.
Música: Basil Poledouris.

Valoración:
Lo mejor: El magnífico guión y la excelente puesta en escena consiguen un thriller trepidante y absorbente.
Lo peor: Que no haya más títulos de misma temática y calidad.

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La primera adaptación cinematográfica de las novelas sobre el analista de la CIA Jack Ryan escritas por Tom Clancy resultó un memorable hrillers de acción, un ejemplo a seguir que desgraciadamente cada vez se sigue menos. Desde alrededor del año 2000 cada vez se trabajan menos la trama, la atmósfera, el ritmo y las emociones, y se dedica el esfuerzo casi exclusivamente al apartado de efectos especiales o la acción inmediata sin nada detrás. Tanto se ha olvidado el buen hacer que hasta el intento de resucitar la saga fue un fracaso: Jack Ryan, operación sombra resultó un título lastimero. Excepciones como Jason Bourne o Jack Reacher llegan con cuentagotas, y no llegan a hacerle sombra. Hay que irse más atrás, hasta Ronin, para poder poner un ejemplo de alta calidad.

El guión de Larry Ferguson y Donald Stewart (este último escribió también las dos protagonizadas por Harrison Ford) es complejo, detallista y valiente, y si tiene fallos son casi insignificantes. Por ejemplo, hay un par de momentos donde se pasan de largo con el detallismo, como el accidente en el portaaviones, que aporta bien poco. Con valentía me refiero a que no tienen miedo a exponer una trama que se desgrana poco a poco y tarda en cobrar sentido, ni les tiembla el pulso a la hora de presentar personajes muy alejados entre sí y que tardarán muchísimo en encontrarse. Solo podría decir que el capitán del otro submarino ruso, interpretado por Stellan Skarsgård, al final termina quedando un poco al servicio de la trama, más que como un personaje de peso como recurso de último momento para poner las cosas más difíciles, pero en esa función cumple de sobras.

La intriga que da el juego de ir descubriendo los planes del otro, los giros bien colocados, la acción en su justa medida y sobre todo personajes de calidad sumergidos en los momentos más difíciles de sus vidas conforman un relato que atrapa en cada minuto produciéndote una sensación de intriga e inquietud por lo que está por venir. Puedes intuir que habrá final feliz como es habitual en el cine de Hollywood, pero no te lo crees hasta que no lo ves, y además el desenlace no se limita a un clímax de acción ruidosa, sino que sigue manteniendo a los protagonistas en el foco de la narración, haciéndote sufrir con ellos.

John McTiernan rueda con un dominio narrativo impresionante, forjando un ritmo ejemplar para un thriller: intrigante en todo momento y con picos de tensión excepcionales, pero también trepidante cual obra de acción. Además hay que tener en cuenta que era una cinta difícil, pues los escenarios son muy cerrados y oscuros. Destaca el sabio uso de la fotografía de Jan de Bont (quien luego dirigiera títulos conocidos como Speed y Twister), que se maneja de maravilla en los espacios cerrados y logra un excepcional uso de la iluminación. Para terminar, la música de Basil Poledouris es mucho más que los impresionantes coros, pues luego se torna sutil y sumamente efectiva.

Los actores saben adaptarse muy bien a sus personajes. Alec Baldwin es el único por debajo de la media, pero su inexperiencia y aspecto de panoli coinciden con lo que precisamente necesitaba el personaje. Sean Connery muestra muy bien como su rol oculta cosas a la tripulación, desde sus intenciones a sus sentimientos. Scott Glenn como capitán serio y curtido pero que no resulta el cowboy temerario que parecía, sino que es paciente e inteligente, consigue otra interpretación contenida muy lograda; es una pena que el actor nunca pasara de ser uno de esos secundarios de toda la vida. Y tenemos muchos más secundarios de lujo: Sam Neill, James Earl Jones, Jeffrey Jones

Ted


Ted, 2012, EE.UU.
Género: Comedia.
Duración: 106/112 min.
Dirección: Seth MacFarlane
Guión: Seth MacFarlane, Wellesley Wild, Alec Sulkin.
Actores: Mark Wahlberg, Mila Kunis, Seth MacFarlane, Joel McHale, Giovanni Ribisi, Jessica Barth, Patrick Warburton, Matt Walsh.
Música: Walter Murphy.

Valoración:
Lo mejor: Buena visión de las clásicas relaciones amorosas gracias a un sentido del humor original y constante: gamberro, bestia, friki…
Lo peor: El desenlace no impresiona.
Mejores momentos: Las entrevistas en el supermercado. La fiesta con Flash Gordon. El móvil con la melodía de la marcha imperial. Norah Jones.
Versiones: Existe una versión “sin censurar” con seis minutos más, es decir, que incluye las breves escenas que tuvieron que quitar en cines para no terminar restringida para adultos.

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Ted fue un inesperado y enorme éxito de taquilla. Con cincuenta millones hizo quinientos cincuenta (¡!) gracias al boca a boca de los que se aventuraron a verla sin saber muy bien qué esperar. Es por definición una comedia romántica sobre la maduración (el paso de joven vividor a adulto responsable) y las relaciones amorosas, una descripción que asusta dado lo poco que da de sí el género en Hollywood. Pero resulta que su guionista y director es el loco de Seth MacFarlane, autor de Padre de familia y American Dad, donde muestra su afición por un humor extraño y caótico que mezcla lo friki, lo absurdo y lo bruto muchas veces sin una trama consistente, pero otras con historias originales y atinadas perspectivas de distintos temas. Por suerte Ted está en la onda del MacFarlane centrado, de hecho más centrado que nunca.

Un inciso hago aquí. Lo de ir sin saber qué esperar algunos lo cumplieron a rajatabla. No pocos padres se metieron a ciegas en “esa peli de un osito de peluche animado” arrastrando a sus hijos a una orgía de palabrotas y escenas obscenas.

La pareja protagonista, interpretada con gran vitalidad y química por Mark Wahlberg y Mila Kunis, es una fantástica parodia del prototipo del género. Él, inmaduro y torpe pero majete y buenorro, que solo quiere seguir viviendo la vida como la conoce: de juerga en juerga con los amigos. Ella guapa y algo más centrada, que exige más responsabilidad y sentar la cabeza. El conflicto está garantizado, y más con el también clásico amigo que arrastra al prota por el mal camino. En la vena salida de madre de MacFarlane éste es un osito de peluche que cobró vida y que lejos de la simpatía esperable ha crecido siendo un juerguista cabroncete y malhablado.

La consistencia y profundidad del guión es como decía bastante inesperada dado el autor. Sorprende mucho la fluidez y naturalidad con que se exponen las relaciones amorosas y amistosas y el realismo que emerge de cada escena aunque ésta sea una parodia demencial. Así, aunque la trama no vaya por senderos muy novedosos, porque pasa por los puntos clave habituales de cualquier vida, la perspectiva ofrecida le da nueva savia y la citada química entre personajes y actores realza tan bien a los protagonista que termina resultando un cinta romántica más creíble y emocionante de lo habitual.

Y además es divertidísima. La combinación de distintos tipos de humor funciona a las mil maravillas, sobre todo porque apoya muy bien el dibujo de los protagonistas y la evolución de la trama. No pocos chistes, como lo de recitar nombres de niñatas rednecks (o canis/bakalas), son esenciales para entender la dinámica entre personajes. Acierta de lleno también en el uso de chistes recurrentes, que ofrecen una genialidad tras otra: el jefe del supermercado, el jefe de la chica, las menciones a Tom Skerrit, etc. Pero lo mejor es que salta cada dos por a la vena cómica bestia sin que desentone lo más mínimo. La cagada en la alfombra, el concierto de Norah Jones (el mejor cameo que he visto en mi vida), el acosador psicópata y su hijo malcriado… Y siendo MacFarlane no podía faltar la vena friki, las mil referencias a la cultura popular, que también encajan perfectamente en el relato. La marcha imperial como tono de teléfono para cuando llama la novia y otras tantas alusiones tronchantes no son nada comparado con el lío que se traen con Flash Gordon; la fiesta donde aparece el actor es uno de los grandes momentos de la película.

Sin embargo hay que decir que el ritmo no es perfecto, a veces se ve que MacFarlane encaja como puede algún chiste suelto o incluso escenas necesarias. Por ejemplo la presentación del loco (Giovanni Ribisi haciendo de zumbado como siempre) y su hijo se cuela de mala manera. Pero no llega al punto de resultar demasiado irregular. Solo el final, tanto el clímax como el epílogo, es quizá algo menos intenso de lo que debería, en parte porque opta por un desenlace clásico (acción, tragedia ligera, redención y a comer perdices), en parte porque en esos momentos no logra un humor tan chispeante (salvo la genial hostia al niño) y una lectura tan original de la situación. Aun así, no es un desenlace que deje malas sensaciones más allá de pensar que podría haber sido más emocionante y divertido.

Ted logra dar nueva vida a las comedias románticas juveniles, resultando un título muy recomendable. La pena es que MacFarlane no siguiera tan inspirado en su siguiente largometraje, pues Mil maneras de morder el polvo resultó infumable, completamente opuesta a lo aquí visto.

Hércules


Hercules, 2014, EE.UU.
Género: Aventuras.
Duración: 98 min.
Dirección: Brett Ratner.
Guión: Ryan Condal, Evan Spiliotopoulos,
Actores: Dwayne Johnson, John Hurt, Ian McShane, Rufus Sewell, Aksel Hennie, Ingrid Bolsø Berdal, Reece Ritchie, Joseph Fiennes, Peter Mullan, Rebecca Ferguson.
Música: Fernando Velázquez.

Valoración:
Lo mejor: Vestuario, decorados. Batallas espectaculares. Personajes con carisma y buenos diálogos.
Lo peor: Le falta madurez. Se ve potencial para mucho más.

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Hércules ofrece un argumento sencillo donde se dosifica bien entre la aventura, los problemas personales, la intriga palaciega y el giro que lanza el arco final. Goza de buen ritmo y la puesta en escena es vistosa, aprovechando muy bien una notable labor de vestuario, decorados y efectos especiales. No va a sorprender con el cuento de traiciones en la corte, la princesa desvalida, el héroe con pasado que le aflige, los amigos simpáticos… pero todo se desarrolla de forma más que aceptable y gracias al carisma de los protagonistas (y de los actores, no me olvido de señalar el gran repertorio de secundarios de calidad y del buen hacer de La roca en primer plano) el relato se salva de caer en lo rudimentario y promete entretenimiento y espectáculo a raudales. Todos los personajes tienen su estilo y personalidad bien definida y mantienen una estupenda dinámica entre ellos, con una camaradería que canaliza los mejores golpes humorísticos.

Pero me temo que la cinta ve frenado su potencial, y probablemente mucho, porque no es sino un producto prefabricado por la productora de turno, que contrata a un director con poca personalidad y que no se queja de los cambios impuestos ni de que le fuercen un estilo simplificado que en vez de potenciar las virtudes del guión se incline por el sensacionalismo visual y los clichés que esos ejecutivos piensan que están de moda.

Por ello termina resultando irregular, con un estilo indeciso y unos excesos contraproducentes. Lo primero que salta a la vista es esa contradicción: la proyección empieza diciéndote que será una versión realista de la leyenda de Hércules, es decir, se señala repetidamente que no será de fantasía, sino una recreación pseudohistórica, pero aun así ruedan como si de fantasía se tratase, con un Hércules que pega puñetazos que mandan a la gente cinco metros más allá, que es capaz de lanzar carros de una patada y derribar estatuas de toneladas de peso, que va acompañado por una heroína sacada del peor juego de rol (todos los hombres con ropa y sucios, ella medio desnuda y siempre reluciente y depilada) que tira flechas imposibles (cuánto daño ha hecho Legolas; para empezar, la gilipollez de luchar como si el arco fuera un arma de cara a cara), y un tipo que lanza cuchillos teledirigidos, entre otros. Me temo que es fruto de lo que indicaba, es lo que piensan los productores que mola ahora: el estilo comercial moderno que han asentado obras como la saga Piratas del Caribe, es decir, olvidarse de cualquier atisbo de profundidad y verosimilitud a cambio de la acción sensacionalista. Por extensión, a veces resulta un tanto infantil: los enemigos caen como muñecotes inanimados, algo que desvirtúa batallas bastante espectaculares pero que prometían mucho más. De la misma manera el sentido del humor a veces se fuerza más de la cuenta, dando la sensación de que deambula sin control entre la aventura distendida y la comedia absurda.

Aun así, debo decir que el varapalo de críticas que se lleva Brett Ratner, que ha caído en desgracia por cargarse la saga X-Men con su lamentable tercera entrega, es excesivo. Realiza una labor muy profesional, sin fisuras notables en la técnica, llegando a captar bien la épica del relato (espectaculares planos de ejércitos) a pesar de que la dinámica impuesta de acción chorra entorpezca más de la cuenta.

Pongo en la balanza sus virtudes y limitaciones. Por un lado destaca su tono ameno con buen ritmo, buen sentido del humor y personajes de muy buen nivel. Por el otro ve frenado su potencial al simplificarse el guión y potenciarse la narrativa simplona y los fuegos artificiales, dando la impresión de que había la semilla de una buena película y los productores se la han cargado. Como resultado es fácil que unos espectadores se lo pasen bomba y otros se pregunten de qué demonios va. Yo he conseguido conectar con su estilo desvergonzado y su autoconsciencia como aventura ligera sin más objetivo que divertir, que la sitúa por encima de muchas cintas de aventuras comerciales de los últimos años, todas ellas más pretenciosas y ambiciosas, como Pompeya, 47 Ronin, El hobbit, las secuelas de Piratas del Caribe

Por cierto, ha sido uno de esos casos donde dos estudios se pelean por sacar la misma idea adelante. Pero la otra, llamada Hércules, el origen de la leyenda y rodada en el estilo de 300, por las críticas que tiene parece estar cerca del cine cutre.

El hombre más buscado


A Most Wanted Man, 2014, EE.UU., Reino Unido, Alemania.
Género: Thriller.
Duración: 122 min.
Dirección: Anton Corbijn.
Guión: Andrew Bovell, John le Carré (novela).
Actores: Philip Seymour Hoffman, Nina Hoss, Grigoriy Dobrygin, Robin Wright, Rachel McAdams, Willem Dafoe.
Música: Herbert Grönemeyer.

Valoración:
Lo mejor: El papel de Philip Seymour Hoffman. La lectura moral.
Lo peor: Falta de ritmo y energía, resulta bastante aburrida.

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El realizador Antjon Corbin dirigió El americano (con George Clooney), que fue una de las pocas películas que no he conseguido terminar de ver enteras, pues de aburrida y superficial me resultó insoportable. Si le di una oportunidad a El hombre más buscado es por ver el último trabajo del fallecido Philip Seymour Hoffman y porque las críticas la ponían bastante bien. No me ha llenado del todo, pero al menos no ha sido tiempo perdido.

Su fuerte es su tono europeo, es decir, es una obra muy alejada de la inmadurez intelectual y moral y de la corrección política que sufre Hollywood. La trama es realista, los personajes también, los dilemas éticos, políticos, profesionales y personales de cada situación son complejos y no tienen una única solución, y además dejan consecuencias. El lío entre gobiernos, agencias y agentes, y la lucha del protagonista por salir adelante conforman tramas con potencial pero sobre todo con un jugoso trasfondo. El relato termina proponiendo una forma alternativa y bastante atrevida de enfrentar el terrorismo islámico, y por el camino ha dejado otras tantas ideas y pensamientos con los que reflexionar sobre prejuicios, conflictos culturales, ambiciones políticas que generan más problemas de los que resuelven, etc.

Pero no hay más. A cambio hay que soportar una trama que cuando se sale de los conflictos morales carece de ritmo, intensidad y tan siquiera interés. La odisea por atrapar y usar al terrorista a la fuga no ofrece nada impactante, la intriga es escasa, el calado emocional casi nulo. Y le cuesta bastante dotar de profundidad a unos personajes en principio muy atractivos. La chica que defiende al objetivo (Rachel McAdams) debería haber dado más juego. El banquero (Willem Dafoe) es un objeto de la trama, y el intento de darle vida con una escena familiar no funciona. Los compañeros del protagonista son insustanciales. Es Hoffman el único que interesa, gracias a la intensidad de su interpretación, que muestra mejor que el guión el esfuerzo que realiza y los problemas que sortea.

Para una vez que encuentro una película con calado y contenido resulta que carece de un envoltorio que lo sostenga y muestre con solidez y atractivo suficiente.

The Zero Theorem


The Zero Theorem, 2013, EE.UU., Francia, Reino Unido.
Género: Drama, ciencia-ficción, distopía.
Duración: 107 min.
Dirección: Terry Gilliam
Guión: Pat Rushin
Actores: Christoph Waltz, Lucas Hedges, Mélanie Thierr, Matt Damon, Tilda Swinton, David Thewlis.
Música: George Fenton.

Valoración:
Lo mejor: Buen análisis social a través de personajes encantadores. Puesta en escena notable.
Lo peor: A pesar de tanto surrealismo, su temática no sorprende.

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Terry Gilliam nunca ha dejado atrás el cine extraño y surrealista, pero desde Brazil (1985) no se embarcaba en una historia que mirara a un futuro imaginario para analizar nuestro inmediato porvenir, es decir, la fábula distópica. The Zero Theorem nos relata cómo las nuevas tecnologías (informática y telecomunicaciones) absorben nuestras vidas haciéndonos dependientes de ellas, suplantando las relaciones humanas reales, limitando nuestra capacidad para socializar. Apuntala el análisis con la crisis económica y laboral: la competencia por el trabajo es dura, la miseria ahoga el mundo a pesar de la fachada de bienestar y felicidad que genera la tecnología.

Todo esto lo vemos a través de los ojos de un ser antisocial, marginado y con principios de demencia al que seguimos en su odisea por encontrar respuestas a la existencia, por hallar un lugar en el mundo que le devuelva las ganas por vivir. Es un personaje complejo que Christoph Waltz capta a la perfección, sobre todo a la hora de dar pena por su aislamiento y soledad. Conocerá a una chica atractiva y extrovertida, de la que huye porque siente que es demasiado buena para él, o porque le asusta enfrentarse a alguien tan distinto. Pero pronto se verá que ella tiene sus propios problemas emocionales que harán que conecten. Otras relaciones terminan de definir a nuestro protagonista: el jefe de departamento al que no soporta pero que está siempre encima, controlando su tiempo y su vida, y el joven becario que le hará recuperar algunas cosas (placeres sencillos como la comida) que tenía olvidadas.

El estilo de la narración (en lo visual tanto como en el contenido) es histriónico, afilado y excesivo acorde al surrealismo que impregna la obra de Gilliam. Los personajes se llevan al límite, convirtiéndolos en caricaturas a veces funestas, otras lastimeras, pero siempre acertando en la intención de hacernos ver y pensar sobre problemas reales. Dicho de otra forma, el mensaje es claro y no resulta engullido por las partes más abstractas (como el trabajo o el teorema cero).

El exterior es vistoso, rebuscado pero crucial a la hora de describir el entorno, la escena y el personaje. Barroquismo mezclado con cyberpunk, y color y plástico combinados con roca y mugre, exponen muy bien la dualidad del futuro presentado, lo que se refuerza con simbología abierta a teorías (por ejemplo, el ordenador en el altar de la iglesia se puede tomar como símbolo de lo que domina la vida del hombre del futuro). Destaca sobre todo por lo que han logrado con unos escasos ocho o diez millones de dólares: luce como una superproducción. Y todo gana enteros con la hábil mano de Gilliam: los encuadres originales y la cámara inclinada no son caprichosos, sino esenciales en la atmósfera buscada.

Pero hay que decir que a estas alturas este estilo no sorprende, que Gilliam no logra algo tan distintivo o innovador como lo fueron Brazil y Doce monos. La combinación de elementos es sólida y se usa con sabiduría, pero en ningún momento causa gran impresión. Huellas de cualquier título de la ciencia-ficción se pueden ver en todo momento (la ciudad recuerda rápidamente a Blade Runner), pero destaca sobre todo la influencia del surrealismo francés de Jean-Pierre Jeunet. Y en lo argumental tampoco ofrece un análisis realmente novedoso: otros tantos títulos recientes han tratado la misma temática, aunque sea desde otros puntos de vista.

Pero las cosas bien hechas también tienen valor, y más si aportan una perspectiva valiente, inteligente y vistosa. Así, Gilliam no rompe esquemas, pero obtiene una obra rica en lo visual, inteligente en su contenido y con unos personajes que llegan e inspiran. Eso sí, huelga decir que su estilo no es apto para el espectador medio, amigo de la inmediatez, lo conocido y lo expuesto sin segundas lecturas. Solo los que busquen cine arriesgado o de autor podrán disfrutar el visionado.